Aniversario Mártires de El Despertar

Mártires de El Despertar – 20 de enero de 1979. Octavio Ortiz, Sacerdote Diocesano

Una masacre que no debe quedar en la impunidad

El asesinato de los mártires de El Despertar: P. Octavio Ortiz,  Ángel Morales, Jorge Alberto Gómez, Roberto Orellana y David Alberto Caballero, como muchos otros cometidos antes y durante el conflicto armado, nunca fueron investigados, por lo que continúan en la impunidad hasta hoy. Pero sostenemos que para que se logre una autentica reconciliación luego de la firma de los Acuerdos de Paz, se necesita saber quienes fueron los responsables de dicha masacre, quienes ordenaron el asalto a ese centro de retiros y quienes son los responsables de mantener prisioneros a los jóvenes asistentes al retiro espiritual, durante mas de tres meses, sufriendo los vejámenes que se viven en las prisiones salvadoreñas,  en esa época el Presidente era el General Carlos Humberto Romero, el Ministro de Defensa era Fidel Torres, el Director de la Guardia Nacional era Ramón Alfredo Alvarenga y de la Policía Nacional el General Iraheta (el chivo).

P. Octavi parado en el mismo lugar en donde   fue asesinado

“ Quiero recordar con cariño y solidarizarme fielmente con los sacerdotes asesinados. Investigaciones de nuestro Arzobispado y de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos de la OEA nos dejan claro que…a los otros dos sacerdotes, Neto Barrera y Octavio Ortiz, es claro que perecieron en poder de agentes de seguridad…”Msr. Oscar A. Romero, 16-09-79.

Los padres y familiares del padre Octavio han decidido reabrir el caso para que se investigue a fondo quienes fueron los responsables de tal barbarie. Muchos testigos están testificando sobre lo que realmente pasó ese día.

Para dar un poco de tranquilidad a esa madre, a ese padre y sus familiares, que han vivido en la zozobra de ese asesinato, para que mueran en paz, para que se logre una autentica reconciliación en el país. Para que la memoria de este pueblo sea reivindicada se necesita la VERDAD y la JUSTICIA!  

BIOGRAFÍA del Padre Octavio Ortiz Luna

Octavio Ortiz Luna, sacerdote diocesano, nació en Cacaopera, Morazán,  El Salvador e1 22 de marzo de 1944.

Estudió en el Seminario San José de la Montaña, San Salvador.

En 1971 llegó como seminarista a la parroquia San Francisco de Asís de la ciudad de Mejicanos donde fundó las primeras Comunidades Eclesiales de Base.

En 1974 fue ordenado sacerdote por Monseñor Oscar Arnulfo Romero.

El mismo año fue nombrado párroco de la Parroquia San Francisco de Asís, lo que le permitió continuar el trabajo comenzado desde hacía tres años.

Fue nombrado vicario general de la vicaría de Mejicanos.

Monseñor Romero lo escogió para ser uno de sus consejeros espirituales y de trabajo.

Al padre Octavio le tocó vivir su misión como sacerdote en un momento muy difícil. La década de los 70 fue una década de mucha efervescencia popular en El Salvador. La injusticia social y el irrespeto a los derechos humanos eran tan insoportables que la amenaza de una guerra civil como única alternativa para solucionar los problemas se veía llegar.

Al igual que otros sacerdotes, obispos y monjas, Octavio tomó la Opción Preferencial por Los Pobres y se identificó con la lucha de los pobres.

Su parroquia sirvió de refugio para muchos campesinos, fue lugar de encuentro y reflexión para los-as jóvenes, obreros-as, etc.

A la edad de 35 años fue asesinado por la Guardia Nacional en el centro de retiros EL DESPERTAR. En el momento de su martirio se encontraba reunido con jóvenes varones. 

Monseñor Romero que se presentó a la morgue reconoció los cadáveres y ordenó que se les llevara a la funeraria para que los prepararan y que luego los llevaran a Catedral para su vela y posterior entierro.

El día 21, Monseñor Romero en Catedral, celebró la misa ante el cadáver del Padre Ortiz y de los cuatro jóvenes: Ángel Morales, Jorge Alberto Gómez, Roberto Orellana y David Alberto Caballero.

Monseñor tituló su homilía «Un asesinato que nos habla de resurrección». En la homilía denunció que «el comunicado oficial que publicaron los medios de comunicación es mentiroso de principio a fin». También habló del presidente de la república, quien «a pesar de todo esto, ha dicho en México que no hay persecución en la Iglesia».

Al día siguiente, Monseñor Romero iba a Puebla. Y dijo a su pueblo en Catedral: «mi corazón se divide ante esta expectativa: el anhelo sincero de ir al encuentro con el Papa… y un deseo de aportar la riqueza insondable de nuestra arquidiócesis que es grande: son ustedes, son sus comunidades, es su fe, es su sufrimiento, es su persecución… Quisiera quedarme con ustedes en una hora tan dolorosa y tan peligrosa de nuestra Iglesia; pero por otra parte, siento la necesidad de llevar esta voz para hacerla sentir en Puebla a las amplitudes del continente y del mundo».

Después de la celebración eucarística, los familiares retiraron los cadáveres de los jóvenes y la comunidad de San Francisco de Asís, se encargó del traslado y del sepelio del Padre Octavio en el altar mayor de la parroquia de esa comunidad.”

http://cebes-martiresdeelsalvador.blogspot.com/

UN DÍA COMO HOY 20 de enero de 1979, los Escuadrones de la Muerte cometieron otra gran masacre, en el marco de su campaña “Haga patria, mate un cura”, asesinaron al Sacerdote Octavio Ortiz Luna junto a los jóvenes David Caballero, de 16 años, Angel Morales, de 22 años, Roberto Orellana, 16 años, y Jorge Gómez, de 22 años, hecho realizado en la casa de retiros El Despertar en San Antonio Abad de San Salvador.

Su vida:

1-El padre Octavio nació el 22 de marzo de 1944 en el cantón Agua Blanca, Cacaopera, departamento de Morazán. En su partida de nacimiento se consigna como Octaviano, pero siempre lo conocimos como Octavio y así lo llamaremos en adelante. Es el segundo de diez hijos. Sus padres son don Alejandro Ortiz y doña Exaltación Luna, ambos orgullosos de su estilo campesino. Sus hermanos son nueve, cuatro caídos en el conflicto: Jesús, Ignacio, Ángel, Santos Ángel y Luis que aún vive. Y cuatro hermanas: Leoncia, Emeteria, Ana y Alejandra (quien actualmente vive con sus padres).

El primer año solo estudió cuatro meses para su primer grado. El segundo año pudo estudiarlo en el cantón de origen. El tercer año tuvo que estudiarlo viajando a Cacaopera en compañía de sus compañeros, con las dificultades que implicaba la distancia y en el invierno debían cruzar el río Torola en lancha y con las tormentas, el paso del río se volvía más riesgoso.

A la vez aprendía y colaboraba en los trabajos propios del lugar: labrar la tierra y la elaboración artesanal de los productos del henequén, principalmente tejer hamacas.

Su papá comenta que “era bueno para la Cuma”, lo cual le sirvió poco después en las chapodas de las fincas de café en los cafetales del departamento de San Miguel, donde tuvo que trabajar cuando en una ocasión se fue de la casa. Esto ocurrió cuando Octavio tenía 13 años, que buscando salir de la situación de pobreza y dejándose llevar ya por la incipiente adolescencia y espíritu de aventura, se fue junto con su vecino Ciriaco a las cortas de café, tan comunes entonces y ocasión aprovechada por gran cantidad de campesinos para ganar algunos centavos extra, para sobresalir de las calamitosas situaciones económicas. Eso pasó sin el conocimiento ni consentimiento de sus papás. Su papá lo fue a buscar, pero dicho esfuerzo fue infructuoso.

Luego en esa misma ocasión, en septiembre de 1956, se fue a buscar trabajo al occidental departamento de Santa Ana. En dicha búsqueda se encontró con alguien que le preguntó sobre “que andaba haciendo”, él le dijo que buscando trabajo. Viendo la situación de la edad y las condiciones en que andaba aquel muchacho, dicha persona le hiso saber que por ahí había un sacerdote que recogía niños de la calle, era el padre Matías Romero. Así fue conducido hacia el P. Romero

Efectivamente, aunque mintiéndole sobre “el ser huérfano”, el sacerdote lo recibió en su hogar. Ya estando ahí, Octavio le contó que tenía papás. Entonces el sacerdote lo mandó a su lugar de origen, a Cacaopera, donde su papá para que le sacaran partida de nacimiento y poder estudiar.

Hecho lo anterior, su papá Alejandro fue con Octavio donde el padre Matías a Santa Ana. Permaneció ahí durante el quinto y sexto grados (dos años).

2-Octavio en el hogar del Niño Santaneco y su vocación Sacerdotal

El Dr. Matías Romero, escribió en su obra literaria “DIARIO INTIMO DE UN SACERDOTE”, la historia de la creación de este hogar para niños y menciona que, junto a la Legión de María y utilizando al inicio las instalaciones del convento de Catedral, atendieron a niños que vivían en las calles y acerca de cómo cada uno de ellos era un caso tremendo y complicado. Luego rentó una casa en la Séptima Avenida Norte, No 9 (una cuadra al norte de Catedral), emprendiendo la fundación del “HOGAR OBRERO CRISTIANO”. Dicho nombre fue cambiado después por los benefactores por el de “Hogar del Niño Santaneco”.

(Cf.Matías Romero, “Diario Intimo de un sacerdote”, pags. 520 y ss).

Continúa narrando el Dr. Matías Romero en su Diario:

“Dejadas a un lado las incontables anécdotas de la vida rutinaria, lo que constituyó con el tiempo el hecho principal y para nosotros la desconocida razón de ser del hogar fue la vocación del niño

OCTAVIO ORTÍZ LUNA.

Llegó a nuestra casa a la edad de trece años el día 27 de septiembre de 1956. No sé quien lo halló perdido en el Volcán de Santa Ana y le enseñó el camino del recién fundado hogar de niños huérfanos. Pronto se destacó entre nosotros por su ejemplar conducta y su estabilidad de carácter. El día 22 de diciembre, sábado, fuimos con todos los niños a nuestro programa de la Y.S.D.R. y Octavio leyó palabras de felicitación de Navidad para los amigos bienhechores. El 26 le permitimos ir a su pueblo, Cacaopera, para que sacara su partida de nacimiento, su fe de bautismo y sus certificados de escuela. Decía “posiblemente llegaré el 12.” Regreso el 9. El 22 de marzo (1957) le celebramos su cumpleaños. ¡Ya hacia finales de ese mismo mes, da los primeros pasos para ver la posibilidad de su ingreso al seminario, advirtiéndole a Mons. Barrera que Octavio no era como los demás niños.

El 4 de diciembre, miércoles, se le dieron ocho días de permiso para ir a tratar el asunto con sus padres y exactamente al miércoles siguiente estaba de regreso, trayendo consigo a su papá, a su mamá y a un hermanito menor. Gentes humildes, típicos campesinos, con una honorabilidad y nobleza naturales. Fuimos con ellos a hablar con Mons. Barrera y él nos dijo que quedaba admitido en el Seminario. ¡Indescriptible era el gozo en mi corazón! Aquello era cosechar la primera rosa para Dios en el jardín de mis hijos del alma. El viernes 13 regresaron los papás y el hermanito de Octavio a Cacaopera. El 20 de enero del año siguiente (1958), acompañado de tres de sus compañeros (Alvarado, Retana y Napoleón) fui a entregarlo al Seminario. Y escribía yo en el diario estas palabras: “en medio de tantas penas y fracasos, podemos decir que no todo es malo. El gran fruto del hogar es Octavio”.

“Hasta aquí llegó Octavio para nosotros. De allí en adelante le perteneció a Dios” Yo lo perdí de vista y solo por terceras personas me enteré de que por fin se ordenó sacerdote.

Fue hasta el año 1979, cuando, ocupado en recoger melancólicamente mis recuerdos, una noticia triste, aunque confusa al principio, me hizo volver a los tiempos del hogar. Cuando el día sábado 20 de enero, toda la República se estremecía con la noticia de que un sacerdote y cuatro jovencitos habían sido asesinados”. (Cf. Matías Romero, op. Cit. Pag. 532. 2-6).

Su juventud transcurrió entre el estudio realizado en el Seminario Menor de Santa Ana y su integración en la familia. Estando en el Seminario Menor de Santa Ana, una enfermedad le impidió poder continuar allá, por lo que los formadores lo enviaron de regreso a su casa. Aunque ese período de “estar fuera” fue corto. Luego encontró otra oportunidad para retomar los estudios en otra institución de la Iglesia, donde continuó en sus años de adolescencia y juventud.

1-Vida de Seminario Menor

Estando una vez en una misa en Osicala, Morazán, llegó el sacerdote de la Orden franciscana, el P. Santajuliana, alguien le presentó al muchacho Octavio, mencionándole que “había sido seminarista”. El sacerdote le dirigió la pregunta “¿te cansaste de estar en el seminario?”. Octavio le respondió que no.

Sin dejar pasar más tiempo, el padre le condujo a la ciudad de San Miguel para hablar con Mons. Machado. Ahí estaba un conocido de la familia, el P. Fausto Ventura; él les dijo que había que pagar una cuota mensual, la cual, por ser pobres, sería de 40.00 colones al mes.

El Seminario Preparatorio funcionaba entonces en San Juan Opico donde el encargado era Mons. Modesto López. Estuvo ahí por un año donde terminó sexto grado.

Inmediatamente después, sin sacar el bachillerato, lo aceptaron en el Seminario San José de la Montaña, en San Salvador, el 2 de febrero de 1962, donde permaneció 11 años.

2-Vida en el Seminario Mayor

Durante el tiempo en el Seminario Mayor, hacia los últimos años, tuvo algunas dificultades por diferencia de pensamiento con la jerarquía. Según contó el P. Octavio, Mons. Luis Chávez y González ordenó la asistencia de los seminaristas a la toma de posesión del presidente Fidel Sánchez Hernández. Los seminaristas reunidos decidieron no atender aquel mandato, pues eso era hacerse cómplice con quien se muestra católico con el pueblo y después oprime a la gente.

Esa actitud de los seminaristas hizo que la Conferencia Episcopal sospechase que los padres jesuitas, hasta entonces encargados de la formación en el seminario, estaban introduciendo en los seminaristas ideas no convenientes sobre la autoridad y empujándolos a la desobediencia.

Dado que el Seminario Mayor fue cerrado debido a las discrepancias surgidas entre los obispos y las líneas de formación aplicadas por los padres jesuitas, el entonces obispo de San Miguel, Mons. Eduardo Álvarez, dijo que los iba a enviar a otros países para concluir los estudios. Ante lo cual, Octavio consideró que no valía la pena, solo por un año que le faltaba hacer tanto gasto e irse lejos. Por lo cual, concluyó sus estudios con los padres jesuitas y a la vez, realizaba trabajo pastoral con las Comunidades Eclesiales de Base, quienes, cuando llegó el momento de la ordenación, pidieron que no fuera en Catedral sino en la iglesia donde ellos se reunían, en San Francisco Mejicanos.

3-Situaciones políticas

La situación era ya difícil. Estaban en ebullición las organizaciones populares, tanto de campesinos como de obreros,. Maestros y estudiantes.

La iglesia estaba entrando en una interesante etapa de acción pastoral, con la que se procuraba responder a las demandas del momento. La fuente de inspiración estaba en la misma doctrina oficial de la Iglesia, principalmente en los documentos del Vaticano II y de Medellín de 1968. Las Comunidades Eclesiales de base, el gran aporte pastoral y evangelizador de la Iglesia latinoamericana, estaban en su pleno desarrollo y apogeo. El privilegio y prioridad que se otorgaba a la lectura de la palabra de Dios para iluminar la situación social, como el buscar las estrategias de acción para ir transformando esa situación que contradecía el proyecto del reino de Dios que Jesús vino a inaugurar, hizo que muchos sacerdotes y laicos adquirieran un profundo compromiso transformador y profético en ese momento.

Esas opciones y métodos pastorales estaban mal vistos por los regímenes militares de turno, quienes se inspiraban en la doctrina de la seguridad nacional.

El P. Octavio, luego de ser ordenado sacerdote, continuó en la línea de trabajo tal como había sido formado, que era la más común pero también la más riesgosa entonces, y así, con su Biblia en la mano y acompañando las comunidades, fue mártir de esa opción pastoral que no gustaba a las opresoras fuerzas del mal comandadas por el Coronel Romero.

4-Ordenación y primera misa

Lo ordenó Mons. Oscar Arnulfo Romero el 9 de marzo de 1974 en la iglesia San Francisco de Mejicanos (curiosamente, cinco años después, sería sepultado en esa misma iglesia) ¡Es la primicia de mi episcopado! (dijo Mons. Romero en la homilía del 21 de enero de 1979). Celebró su primera misa el 10 de marzo en la parroquia de Cacaopera, con la presencia de los padres de San Francisco Gotera y los padres Belgas, con quienes había colaborado en Zacamil, San Salvador. Ese era día de elecciones presidenciales y mucha gente no fue a votar por ir a la primera misa del nuevo sacerdote.

Inició su labor sacerdotal en San Francisco de Asís, de Mejicanos, en la Zacamil y en San Antonio Abad. Trabajaban en equipo cinco sacerdotes: Guillermo, Luis, Rogelio, Pedro (de origen belga), y el padre Octavio, salvadoreño.

Todos los días solían reunirse a la hora del almuerzo para coordinar el trabajo y estar en constante comunicación. El período de trabajo fue durante cinco años. El P. Octavio vivía en la parroquia San Francisco, Mejicanos; de ahí salía para los otros lugares. Los otros cuatro sacerdotes vivían en Zacamil.

Mons. Romero describe el último día del P. Octavio (homilía del funeral).

“Por la mañana, trabajando con los organizadores de la semana de identidad sacerdotal, para hacer una síntesis del rico mensaje que nos dejó esa semana; y por la tarde, en una reunión pro Seminario que yo presidí, Octavio fue el que llevaba la coordinación. Con una gracia muy especial sabía él llevar estas juntas y resultaban muy fructuosas. De ahí salió para San Antonio Abad a celebrar la misa del patrono y, a continuación por la noche, a inaugurar o a dar puntos de reflexión a los 30 y tantos jóvenes reunidos en la casa de retiro “El Despertar”, a los cuales la madre Chepita después concretaba con dos preguntas la reflexión espiritual, a la hora en que se tenían que levantar el día en que El Despertar fue horrible .”

5-El asesinato del P. Octavio

“El sábado 20 de enero de 1979. Día sumamente trágico. Amaneció con la noticia de que había habido un operativo militar en el local de El Despertar, de la parroquia de San Antonio Abad. En esta casa se llevaban a cabo frecuentemente, convivencias para profundizar en la fe cristiana. El padre Octavio junto con la hermana Chepita, como le llaman a la religiosa belga que allí trabaja, dirigían un encuentro de iniciación cristiana. Eran como cuarenta jóvenes. Pero al amanecer hoy, la Guardia Nacional, con una fuerza de violencia, izo estallar una bomba para romper la puerta y luego violentaron la entrada con tanquetas y disparando. El Padre Octavio, al darse cuenta se levantó, pero no encontró más que la muerte, lo mismo que otros cuatro jóvenes. Los demás del grupo, incluyendo a las dos religiosas, fueron llevados al Cuartel de la Guardia Nacional. El asesinato del padre Octavio y de los otros cuatro jóvenes no lo conocimos sino hasta en la tarde, cuando ya el cadáver del padre y de los otros jóvenes habían sido llevados a la morgue del cementerio. El rostro del padre Octavio estaba sumamente desfigurado; parecía aplastado por un enorme peso que debió pasar por encima. Lo llevaron a la funeraria La Auxiliadora, lo mismo que a los otros tres jóvenes, ya que uno de ellos había sido recogido por su familia, pero de estos tres todavía no se habían identificado a sus familiares. Por nuestra parte los llevamos a la funeraria para que los arreglaran y luego los llevaríamos a la Catedral para la velación, donde serían reconocidos por los familiares y se harían cargo de ellos. Por la noche fue llevado este cortejo trágico, fúnebre a la Catedral. Allí había mucha gente, la Catedral estaba casi llena, orando mucho por los difuntos y dirigiendo mensajes evangélicos a la muchedumbre. Yo llegué como a las once de la noche. La muchedumbre me recibió con un aplauso. Yo dirigí un responso en sufragio del padre Octavio y de los otros jóvenes y dirigí también la palabra para orientar de cómo se iba a proceder al día siguiente. Les invité a todos para la misa de ocho en la Catedral a la que asistirían todos los sacerdotes, quienes dejarían sus horarios ordinarios de domingo para concurrir a esta concelebración por un hermano sacerdote”.

MISA DEL FUNERAL

Domingo 21 de enero de 1979. (Cfr. Mons. Romero. Su Diario).

“La mañana la llena la hermosa concelebración de la Catedral. Más de cien sacerdotes alrededor del féretro de su hermano difunto, el padre Octavio. Allí estaba también los ataúdes de los otros tres jóvenes que fueron recogidos por la iglesia de la morgue del cementerio.

No pudo celebrarse la misa dentro de la Catedral, sino que se organizó en la calle y en el parque. A la hora de comenzar la misa estaba sumamente repleto, una concentración que emocionó a todos, sobre todo por la participación piadosa con que todos seguían esta plegaria por los difuntos. Estuvo a mi lado un representante del obispo de Cleveland, lo mismo que otros sacerdotes norteamericanos. Al predicar la homilía, hice un análisis del crimen del padre Octavio y de sus cuatro compañeros de sacrificio. Hice un llamamiento a usar la racionalidad antes que la violencia y la fuerza. Protesté por este atropello a la dignidad de nuestra Iglesia. Recordé la pena de excomunión en que han caído los autores intelectuales y materiales de este crimen sobre el sacerdote. Entre la muchedumbre había gente de todas las parroquias de la arquidiócesis y también representantes de muchas comunidades de otras diócesis. El féretro del padre, lo mismo que de los otros jóvenes se introdujeron nuevamente a Catedral después de la misa, para seguir recibiendo ese cariño de oración y de contemplación con que desfilaban ante ellos nuestros fieles”.

Su entierro (Cf. Mons. Romero. Su Diario)

“La comunidad de San Francisco, Mejicanos, pidió el cadáver del padre para sepultarlo en su iglesia. Y, después de dialogar sobre esta situación procurando que evitaran cualquier provocación o una manifestación de violencia, lo llevarían privadamente. Ese cuerpo les pertenece a ellos, ya que allí fue ordenado sacerdote y allí trabajó los cinco años de su ministerio. Por la tarde, ya había sido trasladado el cadáver del padre Octavio a su parroquia de San Francisco, en Mejicanos y fui a presidir la concelebración. Había unos cuarenta sacerdotes y la muchedumbre era inmensa. Era incapaz la calle frente a la iglesia de contener el numeroso acceso de gente que llegaba de todas partes. Por eso, se concelebró al aire libre y, después de la misa, se volvió a continuar la visita de los fieles al padre Octavio, en unas filas que llegaban hasta la estación terminal de los autobuses de Mejicanos. ¡Una verdadera manifestación espléndida de solidaridad, de sufrimiento, de amor, de entrega a la causa de Jesucristo! La muchedumbre estuvo sumamente cariñosa con los sacerdotes y con su obispo, al que saludaban con aplausos, con beso de manos, etc. Yo terminé esta ceremonia con mucha satisfacción en el espíritu ¡Que bién responden los pueblos cuando se les sabe amar! El padre Octavio quedó en capilla ardiente hasta que terminara el desfile de fieles que todavía era muy numeroso”.

7-Jóvenes asesinados junto al padre Octavio:

DAVID CABALLERO, nació el 12 de julio de 1963. Su padre el Sr. David Salomón Caballero y su madre la Sra. Gloria Cornejo de Caballero. Estudiaba 8º grado en la Escuela Miranda de San Antonio Abad.

ÁNGEL MORALES, tenía 22 años de edad, fue su madre Sra. Prisciana Gómez de Morales y su padre el Sr. Mercedes Morales, quienes viven en Sensuntepeque, y trabajaba como carpintero.

ROBERTO ORELLANA, nació en agosto de 1963, su madre la Sra. María Leonor Sánchez de Orellana, y su padre Mateo Orellana. Estudiaba 8º grado por la noche, en el Instituto Nacional Francisco Menéndez INFRAMEN.

JORGE GÓMEZ, tenía 22 años de edad, su madre, la Sra. María Juárez de Gómez y su padre el Sr. Manuel de Jesús Gómez. Estudiaba 2º año de Bachillerato académico en el Liceo Ruben Darío. Trabajaba como electricista en la Universidad Nacional.

FUENTE: Libro “Testigos de la fe en El Salvador, nuestros sacerdotes y seminaristas diocesanos mártires 1977 – 1993”.

La Buena Noticia del Dgo. 6º-B

Jesús lo tocó diciendo: queda limpio

Lectura del Evangelio según San Marcos:

40 Acudió a él un leproso y le suplicó de rodillas:

– Si quieres, puedes limpiarme.

41 Conmovido, extendió la mano y lo tocó diciendo:

– Quiero, queda limpio.

42 Al momento se le quitó la lepra y quedó limpio. 43 Le regañó y lo sacó fuera en seguida 44 diciéndole:

– ¡Mira, no le digas nada a nadie! En cambio, ve a que te examine el sacerdote y ofrece por tu purificación lo que prescribió Moisés como prueba contra ellos.

45 Él, cuando salió, se puso a proclamar y a divulgar el mensaje a más y mejor; en consecuencia, Jesús no podía ya entrar manifiestamente en ninguna ciudad; se quedaba fuera, en despoblado, pero acudían a él de todas partes.

Mc 1, 40-45

Comentario:

Rehabilitar la compasión

En tiempos de pandemia y distancia social, recuperar la compasión y la projimidad se hace imprescindible en nuestras sociedades para no dejar de ser humanos. Pero también es necesario liberarla del marco en que ha sido secuestrada y desvirtuada. El Evangelio de este domingo nos ofrece pistas para ello.

La compasión vivida al modo de Jesús nunca naturaliza la injusticia ni el sufrimiento ajeno, especialmente el de las personas más excluidas, como sucede en la situación del leproso. Nace siempre de la proximidad y la cercanía, del cuerpo a cuerpo con el otro. Es una reacción ante el sufrimiento ajeno interiorizado, que llega hasta las entrañas y el corazón propio y mueve a actuar, a ponerse en la situación de quien sufre, a acompañar ese sufrimiento e incidir en las causas para evitarlo. En consecuencia, la compasión no tiene sólo una incidencia interpersonal, sino que tiene repercusiones comunitarias y sociales. Alude siempre a una dimensión práxica. Si carece de ella se convierte en “lastima”.  La lástima es la domesticación de la compasión, se alimenta del dolor del otro para realizarse y termina por generar servilismo o dependencia. El centro es el yo y no el otro. La compasión, sin embargo, se apoya en gestos y no en discursos y su centro es siempre el otro, nunca la autosatisfacción ni la autocomplacencia.

Adentrarnos en el Evangelio de Marcos es hacerlo en un itinerario compasivo donde los relatos de sanación resultan sumamente significativos y en el que las manos, el sentido del tacto, ocupan un papel fundamental. Los verbos poner sobretocarextender se repiten en ellos para significar la acción liberadora de Jesús al entrar en contacto con los cuerpos considerados malditos, impuros, “indignos de Dios” en Israel. Las manos de Jesús son fuente de conocimiento y reconocimiento. Jesús al tocar sana, libera, “empodera”. En sus relaciones y trato humanizador con los más excluidos y excluidas les confirma como imagen y semejanza del Creador. Las manos de Jesús se abren en gesto de comunión y reconciliación y la impureza queda invalidada en su poder de contagio. El tacto de Jesús les hace recuperar su identidad negada, hace de ellos criaturas nuevas. Su modo de tocar la vida y relacionarse con las personas revela la compasión y la ternura de un Dios que invita no a cumplir preceptos sino a humanizar la vida desde los últimos y últimas. De esta experiencia brota el agradecimiento y el anuncio.

En tiempos en los que el contacto humano queda o limitado a grupos burbujas con distancia social y mascarilla ¿Cómo rehabilitar la compasión y no olvidar que el autocuidado cristiano va de la mano del cuidado de los últimos y últimas?

Pepa Torres

Testigos de la Palabra

P. Octavio Ortiz

El P. Octavio se desempeñaba como párroco de la iglesia » San Francisco de Asís» de Mejicanos, San Salvador, y también realizaba trabajo de evangelización en comunidades de San Antonio Abad. Su dedicación especial era el trabajo con los jóvenes obreros. Acostumbraba darles momentos especiales de formación en casas de retiros. En la madrugada del día 20 de enero de 1979 el ejército y otros grupos paramilitares invadieron el local en donde estaba dando un retiro y mataron al padre, así como a otros 4 jóvenes.

Un tanque pasó por encima de la cabeza del sacerdote, destruyéndole completamente el rostro. El Obispo Romero, en la misa de los funerales, subrayó este hecho diciendo: «El padre Octavio murió con el rostro destrozado. En la funeraria trataron de arreglarlo, pero no pudieron dejarlo como era antes. Octavio ya se transformó porque ofreció su rostro por Cristo».