Ante la II Jornada Mundial de los Abuelos y los Mayores

Omella: «Las instituciones y centros que albergan a los ancianos están llamados a ser lugares de humanidad»

Pareja de abuelos
Pareja de abuelos

«Ellos tienen un papel importante en la vida y en el crecimiento del árbol familiar. En torno a ellos, se juntan sus hijos, sus nietos y, a veces, incluso sus bisnietos»

«Ante el auge de la cultura del descarte, a la cual se refiere a menudo el Santo Padre, es decir, una cultura que descarta, aparta o tira lo que no sirve, vemos con tristeza que los mayores son los que más riesgo tienen de ser descartados»

«Seamos generosos y dediquemos un poco de nuestro valioso tiempo a ellos. Seguro que recibiremos mucho más»

Por Cardenal Juan José Omella

Esta próxima semana celebraremos la fiesta de San Joaquín y Santa Ana, los abuelos de Jesús, según una tradición que arranca del siglo II. Es por este motivo que la Iglesia celebra este domingo la II Jornada Mundial de los Abuelos y de los Mayores bajo el lema «En la vejez seguirán dando fruto» (Sal 92,15).

Por ello, me permitirán que estas líneas las dedique a nuestros abuelos, esas personas que llenan y enriquecen con su sabiduría y ternura tantos hogares y familias. ¡Qué relación tan especial la que se establece entre abuelos y nietos!

Abuelo con nieta
Abuelo con nieta Jana Sabeth

Ellos tienen un papel importante en la vida y en el crecimiento del árbol familiar. En torno a ellos, se juntan sus hijos, sus nietos y, a veces, incluso sus bisnietos. Ellos son el puente que nos conecta con el pasado, con la tradición familiar y, a su vez, nos ayudan a escribir las páginas de nuestra historia personal y comunitaria. Ellos hacen posible la alianza entre generaciones a la que se refiere a menudo el papa Francisco.

Valores que importan

En un mundo como el nuestro, donde se valora mucho la fuerza y la apariencia exterior, los mayores no se cansan de transmitirnos con sencillez, a su manera, muchos valores que realmente importan y que deberían estar muy presentes a lo largo de nuestra vida. Unos principios y valores que están grabados en el corazón de cada ser humano y garantizados por la Palabra de Dios (cf. Palabras del papa Francisco a la Asociación Nacional de Trabajadores Mayores. 15/10/2016)

Ante el auge de la cultura del descarte, a la cual se refiere a menudo el Santo Padre, es decir, una cultura que descarta, aparta o tira lo que no sirve, vemos con tristeza que los mayores son los que más riesgo tienen de ser descartados. En efecto, cuando nuestros mayores pierden autonomía y más nos necesitan, más crece el riesgo de que, poco a poco, sean considerados una carga y sean abandonados. Ante su debilidad no siempre los fortalecemos. Deberíamos ser capaces de hacerlo derrochando amor.

Abuelos
Abuelos

Muchos ancianos han encontrado un segundo hogar en residencias para gente mayor donde comparten su vida con otros ancianos. Las instituciones y centros que albergan a los ancianos están llamados a ser lugares de humanidad y de atención amorosa, donde los más débiles no sean olvidados ni desatendidos, sino cuidados, visitados, recordados y defendidos.

Amar a nuestros mayores dignifica nuestra propia memoria. ¡Qué bellas son las palabras de la Biblia con las que una joven viuda se dirige a su suegra cuando esta la invita a dejarla y rehacer su vida!: «No insistas en que regrese a mi tierra y te abandone. Iré adonde tú vayas, viviré donde tú vivas; tu pueblo será mi pueblo y tu Dios será mi Dios; moriré donde tú mueras, y allí me enterrarán. Juro ante el Señor que solo la muerte podrá separarnos» (Rut 1,16).

Dedicarles un poco de tiempo

Una sociedad avanzada se distingue por cómo trata a sus abuelos y a sus jóvenes. Mientras los jóvenes son la vitalidad de un pueblo en camino, los ancianos refuerzan esta vitalidad con la memoria, la experiencia y la sabiduría. No hay mejor manera de mirarse al espejo como país que analizando la calidad de vida que dispensamos a nuestros jóvenes y a nuestros ancianos. Seamos generosos y dediquemos un poco de nuestro valioso tiempo a ellos. Seguro que recibiremos mucho más.

Queridos hermanos y hermanas, os deseo a todos una feliz fiesta de San Joaquín y Santa Ana. Felicidades, abuelos, y gracias por vuestra misión.

† Cardenal Juan José Omella Omella, Arzobispo de Barcelona

La «agenda» de Roma para la Iglesia española

Ad limina, Celaá, Concordato… la ‘agenda’ de Roma para la Iglesia española

Ad limina, Celaá, Concordato… la ‘agenda’ de Roma para la Iglesia española

Omella se encontrará con Bolaños la semana que viene, en un intento de consolidar la dinámica de diálogo planteada desde la Santa Sede¿Y cuál es esa agenda? Por fases, sin prisas, y apostando por «el bien común», como confesaba esta misma semana, desde la Ciudad Eterna, el propio cardenal Cañizares. Con varios ejes que preocupan, y mucho, en la Santa Sede. Desde los Acuerdos Iglesia-Estado (la voluntad de Roma es consensuar una reforma que los adecúe al siglo XXI, y hacerlo, si puede ser, durante el mandato de un Gobierno socialista, que negocia, y bien, con el estamento eclesial) a la ley de Libertad Religiosa, aspecto que preocupa, y mucho, en la CEE, dada la «evolución laicista» de la sociedad español

Por Jesús Bastante

La Santa Sede tiene un plan para España… mal que les pese a muchos obispos españoles. Un plan que se está trazando, y apuntando, durante la visita ad limina (este viernes ha concluido la segunda tanda, con la presencia de los cardenales Omella y Cañizares), y que tendrá continuidad en los próximos meses. Y es que Roma ya cuenta con su propia ‘agenda’ para la Iglesia de nuestro país.

¿Y cuál es esa agenda? Por fases, sin prisas, y apostando por «el bien común«, como confesaba esta misma semana, desde la Ciudad Eterna, el propio cardenal Cañizares. Con varios ejes que preocupan, y mucho, en la Santa Sede. Desde los Acuerdos Iglesia-Estado (la voluntad de Roma es consensuar una reforma que los adecúe al siglo XXI, y hacerlo, si puede ser, durante el mandato de un Gobierno socialista, que negocia, y bien, con el estamento eclesial) a la ley de Libertad Religiosa, aspecto que preocupa, y mucho, en la CEE, dada la «evolución laicista» de la sociedad española.

Los plazos, que aún no se han fijado (de hecho, todavía no ha habido comunicación oficial con el Gobierno) pasan por tres etapas: la primera, que se está produciendo, con las visitas de todos los obispos; la segunda, con la aceptación del plácet de la embajadora propuesta por el Ejecutivo, Isabel Celaá (vista con malos ojos por buena parte del Episcopado, para quien la ex ministra de Educación es poco menos que la responsable de los ‘ataques’ contra la enseñanza concertada y la clase de Religión con la reforma educativa que lleva su nombre); y solo después, se producirá una comunicación para comprobar si la propuesta lanzada por el PSOE en su último Congreso Federal (reformar de manera consensuada los acuerdos, no denunciarlos) sigue en pie.

Los procesos negociadores, en todo caso, aunque arranquen y culminen en Roma, tendrán su día a día en el diálogo con los responsables episcopales, con Omella a la cabeza. De hecho, Omella se encontrará con Bolaños la semana que viene, en un intento de consolidar la dinámica de diálogo planteada desde la Santa Sede.

En este punto, el papel que pueda tener el portavoz episcopal, Luis Argüello, dependerá en buena medida del futuro de la diócesis de Valladolid u otros destinos para el que postulan al auxiliar y que, de darse de inmediato, impedirían que continuara al frente de la Secretaría General de la CEE.

Fuentes consultadas por RD sostienen que lo que sí parece claro es que «el Vaticano, y el Papa Francisco, están muy bien informados de lo que sucede en España, y no sólo desde los cauces habituales”. Prueba de ello fue el encuentro, llevado a cabo hace un mes, entre Bergoglio y la vicepresidenta segunda, Yolanda Díaz, que “voluntariamente” se llevó a cabo antes de la visita ad limina.

Los obispos, como demostraron en rueda de prensa Omella, Cañizares y Planellas (y como antes lo hicieron los prelados de la primera tanda), salen de Roma contentos, confiados y con muchos deberes anotados. El primero, bajar el diapasón, aunque a más de uno (como se ha visto) le cueste. El segundo, afrontar de una vez por todas la renovación episcopal (aquí hay que reconocer que se están poniendo las pilas).

El tercero, dejar de poner paños calientes a la gestioón de los abusos sexuales  este mismo lunes, durante su tradicional discurso de comienzos de año al Cuerpo Diplomático, Bergoglio exigió «una firme voluntad de esclarecimiento» ante los «crímenes» de la pederastia clerical, “para hacer justicia a las víctimas y evitar que semejantes atrocidades se repitan en el futuro.

Y la Iglesia española, con la italiana, es la única que sigue sin anunciar una investigación general. La solución, dicen algunos, está en nombrar a un responsable específico para la gestión de los abusos, laico, con ‘mando en plaza’ y con la libertad suficiente para poder hablar en nombre de la Iglesia. ¿Se atreverán nuestros obispos? Deberían, aunque después pueda ocurrir lo mismo que a la ex portavoz del episcopado francés. Pero, y este es el cuarto deber: es la hora de los laicos. 

«El hermano universal»

Charles de Foucauld
Charles de Foucauld

«El día 15 de mayo será canonizado, junto con otros seis beatos, el sacerdote francés Carlos de Foucauld»

«Carlos de Foucauld nació en Estrasburgo en 1858. A los quince años sufrió una crisis personal que le alejó de la fe. Emprendió la carrera militar, tras la cual decidió explorar Marruecos, donde tuvo una experiencia vital»

«Gracias a su prima María, Carlos conoce al P. Huvelin, que será su acompañante espiritual y su mejor amigo. Bajo su guía, Carlos va discerniendo la manera de imitar más y mejor a Jesús»

«Se establació en el desierto del Sáhara y constituyó una fraternidad en 1901. Durante esos años en el desierto no hay ni un solo convertido. Pero no perdió la paz hasta su fatídica muerte por un disparo desafortunado»

«Su vida fue un signo de amor a Dios y a los hermanos. Ojalá hagamos nuestra la oración de este futuro santo: ¡Dios mío, haz que todos los seres humanos vayan al cielo!»

Por el Cardenal Juan José Omella

El pasado 9 de noviembre, la Congregación para las Causas de los Santos anunció una gran noticia para toda la Iglesia. El día 15 de mayo será canonizado, junto con otros seis beatos, el sacerdote francés Carlos de Foucauld.

Carlos de Foucauld nació en Estrasburgo en 1858. Sus padres fallecieron cuando tenía seis años. A partir de entonces, él y su hermana vivieron con sus abuelos maternos. Carlos siempre tuvo un gran cariño por su familia.

A los quince años sufrió una crisis personal que le alejó de la fe. Se sentía vacío y lleno de tristeza. Fue la época en que emprendió la carrera militar, tras la cual decidió explorar Marruecos, donde tuvo una experiencia vital. La soledad del desierto y el contacto con el islam y el judaísmo dejan en él una profunda huella. A su regreso a Francia (1886) recupera la vida familiar y no deja de rezar con esta oración: «Dios mío, si existes, haz que te conozca».

Dios se revela al beato a través del testimonio silencioso de su prima María, una mujer humilde, bondadosa y llena de fe, un alma hermosa como la llamará Carlos. Gracias a ella, Carlos conoce al P. Huvelin que será su acompañante espiritual y su mejor amigo.

Bajo su guía, Carlos va discerniendo la manera de imitar más y mejor a Jesús. Con un peregrinaje a Tierra Santa durante la Navidad de 1888, Carlos inicia un camino precioso de discernimiento que dura toda su vida. Profundamente unido al Señor en la adoración eucarística, la vida de Carlos pasa por diversas etapas, de las que destaco algunas.

Tras tres años de vida laical en Francia entra como monje trapense en Siria (1890). Allí surgen los primeros deseos de fundar una congregación religiosa (1893). En 1897 deja el monasterio trapense y se va a vivir como mandadero de las clarisas de Nazaret. Años después (1900) se desplaza a Francia para recibir la ordenación sacerdotal. Seguidamente, se va al desierto del Sahara (1901), donde se establece con el deseo de fundar una fraternidad de hermanitos y hermanitas del corazón de Jesús.

«La soledad del desierto y el contacto con el islam y el judaísmo dejan en él una profunda huella. A su regreso a Francia (1886) recupera la vida familiar y no deja de rezar con esta oración: ‘Dios mío, si existes, haz que te conozca'»

La fraternidad se constituye, pero no aparecen los hermanitos. Durante esos años en el desierto no hay ni un solo convertido. Pero Carlos no pierde la paz, sino que sigue profundamente unido al Señor hasta su fatídica muerte por un disparo desafortunado de un joven durante un saqueo el 1 de diciembre de 1916.

Su vida fue un signo de amor a Dios y a los hermanos. Con razón decía de sí mismo que era un «hermano universal». Él nos dice que toda nuestra vida debe gritar que somos de Jesús; todo nuestro ser debe ser una predicación viva, una imagen de Jesús. Una imagen que, en el caso de Carlos, se fue esculpiendo gracias a la meditación de la Palabra, la recepción de la Eucaristía y las largas horas de oración personal ante el Santísimo Sacramento.

Carlos de Foucauld fue al desierto movido por Dios. Y es allí donde Dios le habla al corazón (cf. Os 2,16). También hoy Dios quiere hablarnos en medio del desierto de nuestras vidas. No tengamos miedo de abrirle las puertas. Sepamos encontrar cada día un momento para hablar con Él.

Queridos hermanos y hermanas, ojalá hagamos nuestra la oración de este futuro santo: ¡Dios mío, haz que todos los seres humanos vayan al cielo!

La precariedad laboral

Omella, contra la precariedad laboral: «¿Es éste el mundo que queremos?»

Precariedad
Precariedad

Según el informe de Cáritas, el empeoramiento de las condiciones de trabajo durante esta crisis ha generado «más trabajadores pobres y trabajadores más pobres y menos realizados personal y socialmente”. Es la realidad de cada día: personas que trabajan todo el día, pero que no pueden salir de la pobreza

Además, el aumento de la desigualdad se ha agudizado en los últimos dos años

Por Jesús Bastante

«Tener trabajo y ser pobre al mismo tiempo». Esta es la realidad en la que viven, según el último informe Foessa, el 15% de los trabajadores en España. Y esta ha sido la reflexión del cardenal de Barcelona y presidente de la CEE, Juan José Omella, a través de las redes sociales. 

Y es que, según el informe de Cáritas, el empeoramiento de las condiciones de trabajo durante esta crisis ha generado «más trabajadores pobres y trabajadores más pobres y menos realizados personal y socialmente”. Es la realidad de cada día: personas que trabajan todo el día, pero que no pueden salir de la pobreza. Además, el aumento de la desigualdad se ha agudizado en los últimos dos años. 

TRabajo precario
Trabajo precario

Y es que la diferencia entre la población con más o menos ingresos ha aumentado más de un 25%. Los ricos, como vemos, cada vez son más ricos. Los pobres, cada vez más pobres. Y el acceso al mercado laboral, lamentablemente, no soluciona el problema. ¿Logrará frenar la reforma laboral la precariedad en el mundo del empleo?

«Imaginemos la situación de los que no tienen ni trabajo», reflexiona Omella, quien concluye con una pregunta: «¿Es éste el mundo que queremos?».

La primera bienaventurada

«Es muy significativo que la primera bienaventuranza que aparece en el Evangelio dehoy sea precisamente un elogio a la fe de la Madre de Dios»

«San Juan Pablo II propuso una profunda meditación sobre la fe de María en la encíclica que le dedicó, titulada Redemptoris Mater»

«María es elogiada por su fe y lo es precisamente por su actitud en el momento en que le es revelada su misión»

«‘¿Quién soy yo para que me visite la madre de mi Señor?’ (Lc 1,43). Esta expresión de humildad de Isabel, creo que debería ser también la de los creyentes en nuestro país

«Queridos hermanos y hermanas, los obispos auxiliares Sergi, Antoni y Javier, y un servidor, os deseamos una feliz y santa Navidad»

17.12.2021

En este cuarto domingo de Adviento, ya a las puertas de la Navidad, la liturgia es prácticamente una fiesta mariana. La fiesta llega en las palabras de Isabel a María: «Bienaventurada la que ha creído» (Lc 1,45a). Es muy significativo que la primera bienaventuranza que aparece en el Evangelio de hoy sea precisamente un elogio a la fe de la Madre de Dios.

San Juan Pablo II propuso una profunda meditación sobre la fe de María en la encíclica que le dedicó, titulada Redemptoris Mater, «la Madre del Redentor», publicada en 1987, en la solemnidad de la Anunciación del Señor.

María es elogiada por su fe y lo es precisamente por su actitud en el momento en que le es revelada su misión. Así, María respondió a Dios «[…] con todo su “yo” humano, femenino, y en esa respuesta de fe estaban contenidas una cooperación perfecta con “la gracia de Dios” […], y una disponibilidad perfecta a la acción del Espíritu Santo, que “perfecciona constantemente la fe por medio de sus dones”» (RM 13). Acogiendo el mensaje del ángel, María se convertirá en «la Madre del Señor» y en ella se realizará el misterio divino de la Encarnación del Hijo de Dios.

San Juan Pablo II comparaba la fe de María con la fe de Abraham, llamado justamente «nuestro padre en la fe»: «En la economía salvífica de la revelación divina, la fe de Abraham constituye el comienzo de la Antigua Alianza; la fe de María en la Anunciación da comienzo a la Nueva Alianza» (RM 14).

El Santo Padre dedicaba toda la segunda parte de su carta a la Virgen María, presente en el centro de la Iglesia peregrina. Nos decía: «Precisamente en este camino —peregrinación eclesial— a través del espacio y del tiempo, y más aún a través de la historia de las almas, María está presente, como la que es “feliz porque ha creído”, como la que avanzaba “en la peregrinación de la fe”, participando como ninguna otra criatura en el misterio de Cristo.» (RM 25)

La Asunción de María
La Asunción de María

«¿Quién soy yo para que me visite la madre de mi Señor?» (Lc 1,43). Esta expresión de humildad de Isabel, creo que debería ser también la de los creyentes en nuestro país. También nosotros hemos sido visitados por Santa María a lo largo de los tiempos, la tenemos muy cerca de nosotros. La veneramos con muchas advocaciones en numerosos santuarios, iglesias y ermitas. En la pasada solemnidad de la Inmaculada Concepción, pudimos constatar un signo actual de la presencia de María en nuestra tierra con la inauguración de la torre-cimborrio de la Virgen en la basílica de la Sagrada Familia, preludio de la esperada culminación de la torre-cimborrio dedicada a Jesucristo, prevista para 2026. María siempre nos lleva a Jesús

María, faro de afecto y de ternura

 

«La Inmaculada». Murillo

 «Hoy también pido a Dios que, por intercesión de Santa María, nos conceda el don de vivir unidos a él, de modo que también nosotros podamos ser, como María, una luz en la oscuridad para tantos hermanos nuestros que deambulan por el mundo sin conocer el verdadero rostro de Jesucristo» 

 | Cardenal Juan José Omella, arzobispo de Barcelona *y presidente de la CEE 

En pleno tiempo de Adviento, el próximo miércoles día 8 de diciembre celebraremos la solemnidad de la Inmaculada Concepción. Mientras caminamos hacia la Navidad, en la proximidad de la fiesta de la Virgen María, quisiera hablaros de María, nuestra Madre y Madre de la Iglesia. 

Los valores que encarna Santa María son más vigentes y actuales que nunca. El Evangelio según san Lucas se refiere a ella como la «llena de gracia» (Lc 1,28). Desde el momento de su concepción, María se convirtió en una elegida por Dios. Gracias a la voluntad del Señor, María se convirtió en la «más santa», la «más bella» y la «más humilde», y quedó preservada de pecado original, por lo que la Iglesia la reconoce y venera como la Inmaculada Concepción

El mismo día en que la Iglesia universal celebrará esta solemnidad, en la Archidiócesis de Barcelona se vivirá un momento muy esperado por todos. Después de años de trabajo, se culminará la construcción de la torre de la Virgen. El arquitecto Antoni Gaudí imaginó el ábside del templo de la Sagrada Familia coronado por un cimborrio dedicado a la Virgen María, Turris Davidica, que, además, pretendía que acabara con una estrella. Esta torre dedicada a María, de 138 metros de altura, será la segunda más alta del conjunto de la basílica y estará coronada por la estrella de María, que será una luz en medio de la noche en la ciudad de Barcelona. 

María nos conduce a la fuente de la vida y del amor, y también es un referente de bondad y ternura, cariño y alegría. María es la «Madre del Evangelio viviente» (EG 287) y, por eso, le pido su intercesión por las personas más vulnerables, por los enfermos, por los afectados por la pandemia de la Covid-19, por las personas mayores y, especialmente, por los jóvenes que ven cómo su realidad es cada día más compleja e inestable. 

Este miércoles, a las seis de la tarde, os animo a seguir a través de los medios de comunicación* la ceremonia que con motivo de la solemnidad de la Inmaculada Concepción tendrá lugar en la basílica de la Sagrada Familia. Juntos celebraremos la Santa Misa, bendeciremos la nueva torre del templo expiatorio y encenderemos por primera vez la estrella de María que la corona. 

Hagamos nuestra la invitación de san Bernardo: «Mira la Estrella, invoca a María». Que Santa María, estrella luminosa, vele por nosotros. Que la luz y el faro que representa esta torre nos anime a construir un mundo más humano y fraterno, un mundo que nos permita estar cerca de quienes más sufren, para que encuentren en el consuelo del Evangelio de Jesucristo, la paz y la serenidad que necesitan. 

Hoy también pido a Dios que, por intercesión de Santa María, nos conceda el don de vivir unidos a él, de modo que también nosotros podamos ser, como María, una luz en la oscuridad para tantos hermanos nuestros que deambulan por el mundo sin conocer el verdadero rostro de Jesucristo y para que puedan descubrir el profundo gozo que nace del encuentro con él, de darle el mando de nuestras vidas, de dejar que él sea nuestro Rey y Seño

Omella presenta en Roma: «Francisco pastor y teólogo»

Omella: «Francisco va con la gente, compartiendo la vida del pueblo (…), y va detrás recogiendo a los más pobres y a los más sencillos» 

Omella y Tornielli presentan el libro sobre Francisco 

«Una verdadera teología solo especulativa, para razonar si los ángeles tienen sexo o no tienen sexo, si no sé qué, no sé cuántas, yo creo que eso no es, es como dar una visión a la vida de cada día, a los problemas de nuestra vida, darle una visión de fe y ver y descubrir como el Señor va construyendo con nosotros, caminando con nosotros, un nuevo mundo, un mundo de esperanza» 

«La gran teología, o los grandes ejes de la teología del Papa Francisco que se encarnan realmente en la pastoral, porque es esa nuestra misión pastoral desde el Evangelio y desde la reflexión teológica, es comunión entre todos, participación de todos hacia la misión» 

«Yo le tengo miedo a una teología que es solo especulativa y le tengo miedo a una pastoral que solo es acción y no es reflexión y no es visión en profundidad y que nace desde la oración» 

«Francisco es un pastor que ama, que acompaña, que va adelante diciendo por dónde hay que ir, pero que no impone, que va con la gente compartiendo la vida del pueblo, que es capaz de ir en el autobús, en el tranvía, en el metro, y que va detrás recogiendo a los más pobres y a los más sencillos, yo creo que a ese pastor la gente lo sigue y le entiende porque es el lenguaje del amor» 

22.09.2021 | Renato Martínez 

(Vatican News).- “Creo que ese Congreso es un pasito más en esa comprensión de una pastoral con más sentido de esperanza, de confianza en el ser humano y de confianza en Dios para transformar un mundo nuevo. Desde lo que el Papa había publicado de alguna manera se visibiliza en la Fratelli tutti, que viene posteriormente y que nos abre a esa fraternidad y ese amor a la creación. Creo que las dos cosas, el amor al ser humano y el amor a la creación, lo complementan en todo”, lo dijo el Cardenal Juan José Omella y Omella, Arzobispo Metropolitano de Barcelona, España, durante la presentación del Libro “Francisco, pastor y teólogo”, fruto del Congreso Internacional sobre el aporte del Papa Francisco a la teología y a la pastoral de la Iglesia, realizado en el Ateneo Universitario Sant Pacià de Barcelona, del 12 al 14 de noviembre de 2019. 

Una visión de fe para construir esperanza 

La presentación del volumen, publicado por la Librería Editrice Vaticana (LEV), se realizó en la Sala Marconi de Palacio Pío, sede de Radio Vaticano y Vatican News y estuvo moderado por Andrea Tornielli, Director Editorial del Dicasterio para la Comunicación. Además, nuestro colega de la Redacción central de Vatican News, el Padre Felipe Herrera, dialogando con el Cardenal Omella resaltó el impulso que el Papa Francisco le ha dado a la pastoral de toda la Iglesia, una acción misionera que tiene una raíz teológica muy importante. 

R.- Yo creo que, él nos enseña abrir los ojos y a mirar en profundidad la realidad del mundo, es decir, el teólogo, es el que de alguna manera se pone las gafas de la fe, para ver lo que estamos viviendo, qué profundidad tiene y como nos ayuda a descubrir la presencia del Dios que camina con el hombre, eso es la teología. Porque una verdadera teología solo especulativa, para razonar si los ángeles tienen sexo o no tienen sexo, si no sé qué, no sé cuántas, yo creo que eso no es, es como dar una visión a la vida de cada día, a los problemas de nuestra vida, darle una visión de fe y ver y descubrir como el Señor va construyendo con nosotros, caminando con nosotros, un nuevo mundo, un mundo de esperanza. 

¿Podríamos decir que esto también es un fruto del Concilio Vaticano, que llama también a una teología más de la encarnación, de poder llevar a las situaciones concretas el mensaje de Jesucristo y aplicarlo para iluminar la realidad contemporánea? 

R.- Es evidente. Por una parte, el documento del Concilio, la Gaudium et Spes, nos hace descubrir esa mirada positiva del mundo. La creación que Dios lo ha puesto para que nosotros gocemos, trabajemos y la transformemos para que gocemos mejor. Esa mirada positiva nos ayuda a mirar de otra manera al mundo y a comprometernos en el mundo desde otra actitud, siempre desde la fe, todo compromiso humano que no nos lleva a descubrir a Dios encarnado que camina con la humanidad. Porque en el fondo es el Evangelio que nos dice: “id al mundo entero y yo estaré con vosotros hasta el fin del mundo”. Pues, ese ir al mundo entero, para transformar el mundo, pero sabiendo que el Señor camina con nosotros, está presente y está encarnado en este mundo, descubrirlo y caminar con Él. 

Hay personas que ha puesto una dialéctica entre teología y pastoral, diciendo que el Papa es mas pastor que teólogo, sin embargo, a través de su pontificado el Papa Francisco se ha revelado también como un teólogo. ¿Cuáles son aquellos puntos de la teología del Papa Francisco que podemos decir se revelan más propiamente en su aproximación pastoral? 

R.- Bueno son muchísimos, pero por no alargarme, porque esto no es una charla, verdad. Creo que lo tenemos en la convocatoria del Sínodo qué nos ha hecho a toda la Iglesia, qué es misterio de comunión en la Iglesia, en tensión misionera como decía Juan Pablo II, es misión, participación de todos, seglares, religiosos, sacerdotes, no solo de los grandes especialistas de la Universidad o de los sacerdotes, sino de todos. ¿Y para qué? Para la misión de evangelizar. Yo creo que ahí está la gran teología, o los grandes ejes de la teología del Papa Francisco que se encarnan realmente en la pastoral, porque es esa nuestra misión pastoral desde el Evangelio y desde la reflexión teológica, es comunión entre todos, participación de todos hacia la misión. 

Una de las palabras más destacadas por el Papa Francisco, usada constantemente, es la del “pueblo”, sabemos de la teología del pueblo, ¿Cómo entonces el pueblo puede usufructuar de la gracia de Dios, podemos decir, también ponerse al servicio de los demás como sujeto activo, como pueblo en si? 

R.- Mira, yo solo le voy a decir unas palabras del Evangelio, con la cual volvemos a la base de toda la teología y de toda pastoral. Jesús en el Evangelio de San Mateo, cuándo aparece como el evangelizador y les dice: si en Tiro y en Sidón, si hubiesen hecho los milagros que se han hecho aquí, he estado evangelizando y no habéis creído a los milagros, cuando hacía milagros decían que lo hacían en poder del Belcebú, que hace Jesús, hace una oración al Padre desde el pueblo “y yo te doy gracias Señor del cielo y tierra porque has escondido estas cosas a los sabios entendidos y se las has revelado a la gente sencilla”. En la gente sencilla aparece la teología, cuándo se abre uno al misterio de Dios, cuando vive desde Dios y cuando vive en contacto con Dios va descubriendo toda la teología, va descubriendo toda la presencia de Dios, va descubriendo toda la acción de Dios en el mundo, que eso en el fondo es la teología y eso es la pastoral, con lo cual ahí tenemos la unión de las dos vertientes que son teología y pastoral. Yo le tengo miedo a una teología que es solo especulativa y le tengo miedo a una pastoral que solo es acción y no es reflexión y no es visión en profundidad y que nace desde la oración. Yo creo que las dos cosas tienen que ir absolutamente unidas y eso el Papa nos lo enseña y yo lo descubro en esa actitud de Jesús en el Evangelio. 

Usted ha dicho que este Papa habla a todos, en este sentido, ¿Cómo habla a la sociedad secularizada? ¿Cómo se declina este binomio entre teología y pastoral? 

R.- Yo creo que la manera más bonita que nos está enseñando el Papa es el lenguaje del amor y del amor a lo más pequeño, a lo más excluido y lo más abandonado de nuestra sociedad y eso lo entiende todo el mundo, eso lo tiene todo el mundo. Yo recuerdo un día en Madrid un taxista que me llevaba desde la estación hasta la Conferencia Episcopal, yo no era todavía Cardenal, pero me acuerdo que se volvió era un hombre con el pelo totalmente rapado una barba muy prolongada y muchos anillos en las orejas, yo decía este señor, quién será y se me vuelve y me dice: hoy quiero darle las gracias por el Papa que han elegido. Digo pues, mire usted dígaselo a quién lo ha elegido, qué son los Cardenales porque yo no soy Cardenal. Pero me da igual usted es sacerdote, pues déjeme felicitarle porque este Papa me ha hecho reconciliar con la Iglesia. Ahí entendí todo, un pastor que ama, que acompaña, que va adelante diciendo por dónde hay que ir, pero que no impone, que va con la gente compartiendo la vida del pueblo, que es capaz de ir en el autobús, en el tranvía, en el metro, y que va detrás recogiendo a los más pobres y a los más sencillos, yo creo que a ese pastor la gente lo sigue y le entiende porque es el lenguaje del amor. 

Desde el 2019, ¿cómo se ha declinado esta relación entre teología y pastoral durante estos dos últimos años y durante la pandemia? 

R.- Si, son preguntas de gente muy técnica, esto es como el Evangelio. ¿Cómo se ha aplicado el Evangelio, cómo se ha practicado a lo largo de los siglos? Pues mire usted, eso cada uno lo tiene que ver. Yo creo que eso es cómo sembrar una semilla que cada uno va recogiendo y poquito a poco uno va dando fruto según eso va entrando dentro de su corazón, lo reflexiona como la Virgen María, lo va rumiando llevándolo en el corazón y le va cambiando las actitudes. Luego, lo veremos eso en resultados más tarde, en este momento, yo creo que nos ha abierto de alguna manera el corazón a una actitud más positiva hacia el Papa, a algunos no les gusta su manera de actuar, probablemente, pero a una gran mayoría si. Yo creo que este es el secreto, ese ir como esa gotita de agua que va cayendo y va dando fruto lentamente, porque las cosas de Dios van lentas

Aprender a mirar con los ojos de Dios

Cardenal Omella: «Nos estamos olvidando de tocar la vida»

«Integrados cada vez más en un mundo tecnológico, convertimos la realidad en una mirada fácil, fugaz y superficial. Y, lo peor de todo, mucha gente mira pero no ve nada»

«Entrenados para evitar las miradas que no nos gustan, pasamos a otra pantalla y listos. Nos estamos olvidando de tocar la vida. Estamos dejando de sentir los latidos del corazón. Nos estamos perdiendo la vida en directo»

«Hay que volver a aprender a mirar. Y en verano, con más tranquilidad y rodeados de naturaleza, es un buen momento para hacerlo»

«Aprender a mirar es descubrir a Dios en todas partes, en nuestro día a día. Y, de manera particular, en nuestro prójimo. hacer visible ese mundo en que hemos convertido a los más desfavorecidos en personas totalmente invisibles»

Por Cardenal Juan José Omella

Integrados cada vez más en un mundo tecnológico, tenemos la tentación de mirar la vida a través de las pantallas de nuestros dispositivos. Incluso estamos modificando el modo en que procesamos la información. Pasamos de una pantalla a otra a toda prisa y convertimos la realidad en una mirada fácil, fugaz y superficial. Y, lo peor de todo, mucha gente mira pero no ve nada.

La sociedad, además, nos entrena para evitar las miradas que no nos gustan. La pantalla se convierte en una barrera para que no nos ensuciemos las manos. Nosotros decidimos si queremos ser testigos del sufrimiento de otras personas. Si no nos gusta, pasamos a otra pantalla y listos. Vemos la pobreza e injusticias del mundo de reojo, sentados cómodamente en el sofá de nuestra casa.

Durante unos segundos, nos indignamos, sí, pero no hacemos nada porque, sin darnos cuenta, ya hemos cambiado de pantalla. Así, se nos escapa el mundo de las experiencias directas y los vínculos afectivos. Nos estamos olvidando de tocar la vida. Estamos dejando de sentir los latidos del corazón. Nos estamos perdiendo la vida en directo. Sin duda, ver el mar in situ es más hermoso que a través de una pantalla.Hay que volver a aprender a mirar. Y en verano, con más tranquilidad y rodeados de naturaleza, es un buen momento para hacerlo. Aprender a mirar es fijar los ojos verdaderamente. Es abrir la ventana de nuestra alma. Es amar todo aquello que nos ha sido dado. Maravillarse por lo que nos rodea, como los bebés, que se quedan observando embelesados cualquier objeto que descubren, como si fuera lo más extraordinario del Universo.

Aprender a mirar es descubrir a Dios en todas partes, en nuestro día a día. Y, de manera particular, en nuestro prójimo. Aprender a mirar es viajar a las profundidades del corazón para ver mejor lo que está fuera. Pero también es confiar, creer en lo que no se ve. Si lo hacemos, como dice san Agustín, la recompensa será ver lo que uno cree.  Porque quien contempla a Dios, aprende a descubrirlo también en los demás.Aprender a mirar es hacer visible ese mundo en que hemos convertido a los más desfavorecidos en personas totalmente invisibles. Intentemos mirar ese mundo con los ojos de Jesús, que miraba a los más vulnerables y se compadecía de ellos, porque estaban perdidos y abandonados como ovejas que no tienen pastor (cf. Mt 9,36). Ya decía san Juan de la Cruz que el mirar de Dios es amar. Y es que solo el amor puede hacer visible lo invisible.

El papa Francisco, en numerosas ocasiones, nos invita a contemplar el mundo con los ojos de Dios. Es la mirada de su amor incondicional, compasiva, benévola y misericordiosa. En esa mirada cada ser humano descubre su dignidad y el sentido de su existencia: ser amado por Dios. Y con esa mirada también tenemos que aprender a mirar a nuestro prójimo.

Corredores humanitarios para los refugiados

La Iglesia en la Unión Europea se une para pedir a los Estados miembros corredores humanitarios para los refugiados
18/11/2020 | Rubén Cruz
“Confiamos en que de esta crisis podamos salir más fuertes, más sabios, más unidos y más solidarios, cuidando más la Casa común y siendo un continente que impulse al mundo entero hacia una mayor fraternidad, justicia, paz e igualdad”
“Recomendamos que se faciliten vías seguras y legales para los migrantes, y corredores humanitarios para los refugiados, mediante los cuales puedan venir a Europa con seguridad y ser acogidos, protegidos, promovidos e integrados”. La Iglesia en la Unión Europea, representada por los presidentes de las conferencias episcopales de los Estados miembros, hacen “un llamamiento a la solidaridad” a las instituciones europeas y a los Estados para “salir más fuertes” de esta crisis sobrevenida por la pandemia del coronavirus.
En este sentido, “es conveniente colaborar con las instituciones eclesiásticas y las asociaciones privadas que ya trabajan en este campo”, como la Comunidad de Sant’Egidio. Porque “Europa no puede ni debe dar la espalda a las personas que proceden de zonas de guerra o de lugares donde son discriminadas o no pueden gozar de una vida digna”, reclaman. En su mensaje, titulado ‘Recuperar la esperanza y la solidaridad’, haciéndose eco de la encíclica ‘Fratelli Tutti’ del papa Francisco, reconocen que “los principios de la Doctrina Social de la Iglesia, como la dignidad humana y la solidaridad, así como la opción preferencial por los pobres y la sostenibilidad, pueden ser los principios rectores para construir un modelo diferente de economía y sociedad tras la pandemia”. Los prelados agrupados en la COMECE abogan por hacer de la solidaridad el “núcleo del proceso de integración europea”. Más allá de las transferencias internas de recursos de acuerdo con las políticas de cohesión, la solidaridad debe entenderse en términos de ‘actuar juntos’ y de ‘estar abiertos para integrar a todos’, especialmente a los marginados”. A este respecto, imploran que “la vacuna del Covid-19, cuando esté disponible, debe ser accesible a todos, especialmente a los pobres”. Del mismo modo, piden “el incremento de la ayuda humanitaria y la cooperación para el desarrollo, y la reorientación de los gastos militares hacia los servicios sanitarios y sociales”. Según los mitrados, “la solidaridad europea debe extenderse urgentemente a los refugiados que viven en condiciones inhumanas en los campos y están seriamente amenazados por el virus. La solidaridad hacia los refugiados no solo significa la financiación, sino también la apertura proporcional de las fronteras de la Unión Europea, por parte de cada Estado miembro. El Pacto sobre la Migración y el Asilo presentado por la Comisión Europea puede considerarse como un paso hacia el establecimiento de una política europea común y justa en materia de migración y asilo, que debe evaluarse cuidadosamente”. Y prosiguen: “Pensamos que hay ciertos principios, valores y obligaciones jurídicas internacionales que siempre deben ser respetados, independientemente de las condiciones de las personas involucradas, principios de actuación y valores que son la base de la identidad de Europa y tienen su origen en sus raíces cristianas”.
Raíces cristianas
En el escrito, los obispos muestran su confianza en que “de esta crisis podamos salir más fuertes, más sabios, más unidos y más solidarios, cuidando más la Cas común y siendo un continente que impulse al mundo entero hacia una mayor fraternidad, justicia, paz e igualdad”. Así, reafirman su compromiso con la construcción de “una Europa que ha traído la paz y la prosperidad a nuestro continente” y con “sus valores fundacionales de solidaridad, libertad, inviolabilidad de la dignidad humana, democracia, Estado de derecho, igualdad y defensa y promoción de los derechos humanos”.
Los prelados, entre los que se encuentra el cardenal arzobispo de Barcelona, Juan José Omella, destacan en su escrito que “los Padres Fundadores de la Unión Europea estaban convencidos de que Europa se forjaría en la crisis. Con nuestra fe cristiana en el Cristo Resucitado tenemos la esperanza de que Dios puede convertir todo lo que sucede en algo bueno, incluso aquellas cosas que no comprendemos y que parecerían malas. Esta fe es el fundamento último de nuestra esperanza y de nuestra fraternidad universal” Asimismo, “como Iglesia católica en la Unión Europea, junto con otras Iglesias hermanas y comunidades eclesiales, proclamamos y damos testimonio de esta fe y, junto con miembros de otras tradiciones religiosas y personas de buena voluntad, nos comprometemos a construir una fraternidad universal que no deje a nadie fuera”. Y añaden: “La fe nos llama a salir de nosotros mismos y ver en el otro, especialmente en aquellos que sufren y están marginados, a un hermano y una hermana, y a estar dispuestos igualmente a dar nuestra vida por ellos”.
En la misma barca
La pandemia “ha sacudido muchas de nuestras seguridades anteriores y ha revelado nuestra vulnerabilidad y nuestra interconexión. Los ancianos y los pobres de todo el mundo han sufrido lo peor. A esta crisis que nos sorprendió y nos pilló desprevenidos, los países europeos respondieron al inicio con miedo, cerrando las fronteras nacionales y exteriores, algunos incluso negándose a compartir entre sí los muy necesarios suministros médicos”, advierten. “A muchos nos preocupaba que la propia Unión Europea, como proyecto económico, político, social y cultural, estuviera en peligro. Con una renovada determinación, la Unión Europea comenzó a responder de forma conjunta a esta dramática situación. Demostró su capacidad para redescubrir el espíritu de los Padres Fundadores. Es de esperar que el Plan de recuperación del Covid-19 y el Plan reforzado del presupuesto de la UE para el periodo 2021-2027, que se han acordado en la reunión del Consejo Europeo de julio y que actualmente se negocian entre el Consejo y el Parlamento Europeo, reflejen ese espíritu”, continúan.
Para la Iglesia de los 28 Estados miembros, “el futuro de la Unión Europea no depende únicamente de la economía y las finanzas, sino también del desarrollo de un espíritu común y una nueva mentalidad. Esta crisis es una oportunidad espiritual para la conversión. No debemos limitarnos a dedicar todos nuestros esfuerzos a volver a la ‘vieja normalidad’, sino que debemos aprovechar esta crisis para lograr un cambio radical para mejorar. Ello obliga a replantear y reestructurar el actual modelo de globalización garantizando el respeto al medioambiente, la apertura a la vida, la importancia de la familia, la igualdad social, la dignidad de los trabajadores y los derechos de las generaciones futuras”.
Libertad religiosa
Un elemento “crucial” para la Iglesia en muchos Estados miembros durante la pandemia es el respeto de la libertad religiosa, en particular la libertad de reunirse para ejercer su libertad de culto, respetando plenamente los requisitos sanitarios. “Esto es aún más evidente si consideramos que las obras de caridad nacen y también se arraigan en una fe vivida. Declaramos nuestra buena voluntad de mantener el diálogo entre los Estados y las autoridades eclesiásticas para encontrar la mejor manera de conciliar el respeto de las medidas necesarias y la libertad de religión y de culto”, afirman. Por otro lado, los prelados insisten en que “a menudo se ha dicho que el mundo será diferente después de esta crisis”. Pero “depende de nosotros que sea mejor o peor, si salimos de esta crisis fortalecidos en la solidaridad o no”. “Durante estos meses de pandemia, hemos sido testigos de muchos signos que nos han despertado la esperanza, desde el trabajo del personal sanitario y el de quienes cuidan de los ancianos, hasta los gestos de compasión y creatividad de las parroquias y comunidades eclesiales”, agregan. Para terminar, aseguran a todos los líderes europeos su oración y su palabra de que “la Iglesia permanece a su lado en el esfuerzo común de construir un futuro mejor para nuestro continente y el mundo. Todas las iniciativas que promuevan los auténticos valores de Europa serán apoyadas por nosotros”.

Omella, el nuevo Tarancón

Cardenal Omella, el nuevo Tarancón: “Hagamos ahora lo mismo que en la Transición”
Con un estilo llano, directo, concreto, sencillo. Al estilo del Papa Francisco. Sin alardes retóricos
No cree en una Iglesia fortaleza acosada por unos políticos anticlericales, sino en una Iglesia samaritana y humilde, que tiende siempre su mano a la sociedad y a sus dirigentes.
Su presencia en la cúpula de la Iglesia española representa el ejemplo perfecto de la nueva sintonía de la jerarquía con Roma
Pertenece a ese grupo de obispos que, durante la involución eclesiástica de Juan Pablo II y Benedicto XVI, estuvo marginado y que, con la llegada del Papa Francisco, pasó al centro de la escena eclesial
16.11.2020 José Manuel Vidal
Su estreno, como todo en esta pandemia, fue peculiar. El cardenal Juan José Omella pronunció su primer discurso como presidente de los obispos españoles en una sala de la Casa de la Iglesia semivacía, desangelada. En la presidencia, estuvo acompañado a su derecha por el cardenal Osoro y a su izquierda, por el cardenal Blázquez. Y más lejos, a un lado el Nuncio de Su Santidad en España, Bernardito Auza, y al otro, el secretario del episcopado, Luis Argüello. En el hemiciclo, un puñado de arzobispos: Martínez, Barrio, del Rio, Sanz, Herráez, entre otros.
Aún sin alharacas, Omella tiene algo. Desprende carisma. Hace pensar en el cardenal Tarancón, incluso. Con su mismo sentido del humor, aunque menos socarrón que el cardenal de Burriana. Con su voz radiofónica y menos aguardentosa que la del cardenal de la Transición. Con su misma personalidad y carisma, que, desde la sencillez, le permite conseguir autoridad moral ante sus pares.
Su presencia en la cúpula de la Iglesia española representa el ejemplo perfecto de la nueva sintonía de la jerarquía con Roma. Porque Omella es el purpurado más cercano al Papa, con el que departe a menudo. Quizás por eso, es también el ejemplo perfecto del obispo ‘resistente’. Es decir, ese grupo de obispos que, durante la involución eclesiástica de Juan Pablo II y Benedicto XVI, estuvo marginado y que, con la llegada del Papa Francisco, pasó al centro de la escena eclesial.
Como hombre del Concilio Vaticano II, Omella no guarda rencor ni apuesta por la revancha, sino por el diálogo. No se considera el jefe de los obispos (como en la época del cardenal Rouco, el vicepapa español), sino como uno más, el ‘primus inter pares’.
Y estas convicciones profundas se plasman en su primer discurso. Con un estilo llano, directo, concreto, sencillo. Al estilo del Papa Francisco. Sin alardes retóricos. Sin elucubraciones teológicas, con realismo crítico. Y, siempre desde la dinámica del ver-juzgar y actuar, que aprendió de joven cura.
Un discurso largo (38 páginas), pero intenso y, sobre todo, preñado de parresía. Habla claro y con valentía, buscando siempre la colaboración y el diálogo, las claves que le han acompañado siempre a los largo de su ejercicio pastoral. No esconde nada. No oculta la preocupación de la Iglesia, por ejemplo, en el ámbito educativo, pero sin levantar muros. No cree en una Iglesia fortaleza acosada por unos políticos anticlericales, sino en una Iglesia samaritana y humilde, que tiende siempre su mano a la sociedad y a sus dirigentes.
Un discurso centrado en la realidad actual de un mundo y un país arrodillado ante la Covid-19. Por eso, comenzó pisando realidad. Con un recuerdo a los difuntos de la pandemia y solidaridad con los que “están sufriendo las consecuencias económicas, sociales y laborales”
Y remontándose a uno de los hitos del actual pontificado: el 27 de marzo, cuando el Papa Francisco se mostró solo ante el mundo en oración “en una oscura plaza de San Pedro sacudida por una gran tormenta”. Y, en medio de la plaza vacía y en silencio, el Papa lanzó al mundo el grito de ‘todos o ninguno o todo o nada’, con la imagen de la barca, en la que estamos todos, par remar juntos, si queremos salir de la pandemia. Una pandemia que, a juicio de Omella, está descosiendo las costuras de la civilización mundial y dejando al descubierto las desigualdades y el ecocidio.
Pero la Covid, que es catalizador de todos lo males, también se presenta como un crisol de solidaridad mundial, que ha abierto nuestros ojos y corazones a los que están tirados en la cuneta de la vida. Y, ahí está, para demostrarlo, el ejemplo de los sanitarios y de los propios clérigos, atendiendo a miles de personas.
Según Omella, la pandemia también puso al descubierto el lado oscuro de la sociedad. Por ejemplo, “el espectáculo del enfrentamiento casi continuo de los líderes políticos”, que puede “incentivar a desesperanza y hundir la autoestima colectiva”. Y critica abiertamente la dinámica de la “desconfianza constante, aunque se disfrace detrás de la defensa de algunos valores”, en clara referencia a la ultraderecha, pero sin hacer sangre ni descalificar por completo.
Eso sí, con claridad total: “El que se ha equivocado, que pida perdón. El que ha caído en la corrupción que devuelva lo robado”. Y, como es lógico, muchos pensamos en el Rey emérito y en una ristra de políticos.
Pero, una vez que les ha tirado de las orejas, Omella llama a la colaboración, siguiendo la lección política que el Papa dio a Sánchez en su reciente visita a Roma: “Es necesario construir la patria con todos”. Es decir, no es el momento de divisiones ni de populismos. O dicho de otra forma, “es el momento de la buena política”, la que mira el bien común.
La gran política, como en la época de la Transición, con concordia. Como recuerda el cardenal, “entonces, fuimos capaces de perdonarnos, de reconciliarnos, de programar unidos la España del futuro”. Y casi suplica: “Hagamos ahora lo mismo”. O dicho en terminología del Papa, “reducir la crispación y promover la cultura del encuentro”
En el ámbito económico, Omella señala la precariedad laboral y el desempleo en medio de la “peor recesión económica desde la II guerra mundial”. Y pide una política laboral que apueste por la dignidad de los trabajadores en una situación en que los más desfavorecidos lo están pasando cada vez peor, como certifica Caritas a diario.
Incluso para los Iglesia nos son buenos tiempos. De hecho, Omella reconoce que las colectas han menguado, “los cepillos se están quedando vacíos” y “a las parroquias les cuesta llegar a fin de mes”. Y, sin embargo, sigue siendo una Iglesia samaritana y hospital de campaña.
El otro ámbito que preocupa, desde siempre, a la Iglesia es el educativo y, como es lógico, al abordarlo lo hace barriendo para casa y pidiendo (también en esto como el Papa) un pacto educativo global a largo plazo, convertido en ley sólida. Lamentando, por supuesto, las trabas a la concertada y al derecho constitucional de los padres a elegir la educación que consideren para sus hijos. Y, por lo tanto, también la clase de religión en la escuela pública.
Tras asegurar que emigrar es un derecho de todo ser humano y condenar la eutanasia (“no hay enfermos ‘incuidables’ aunque sean incurables”), Omella terminó su discurso pidiendo una mayor integración europea e invitando a la sociedad a buscar lo esencial, acogiendo al Espíritu de Dios, que impulsa a nacer de nuevo a un deseo mundial de fraternidad. Un discurso con sabor taranconiano total