EL DIVINO SENTIDO DEL HUMOR

col otalora

Generalmente, nos cuesta imaginar a Jesús sonriendo, y más aun riéndose; o desplegando esa ironía mezcla de mesura seria y burla cariñosa. Echo en falta alguna exégesis sobre este importante tema al que no es ajeno el Antiguo Testamento. Y es una característica de los grandes santos, o lo que lo que es lo mismo, de modelos cristianos de vida.

El sentido del humor es pura inteligencia; lo es más en estos tiempos sombríos. Y si es bueno, viene de Dios; nada tiene que ver con la irreverencia. Muchas personas desconocen el estupendo mecanismo biológico del sentido del humor empezando porque cualquiera puede desarrollarlo si se lo propone, y terminando porque es un gran motor de la sonrisa. Es la capacidad que humana para desdramatizar y relajar las situaciones de la vida mirando las cosas desde un ángulo distinto al habitual para cuestionar la interpretación dominante de la realidad. En el fondo de una persona con sentido del humor anida un corazón con mucha inteligencia emocional capaz de moderar los efectos negativos del estrés.

Estamos ante una poderosa herramienta que potencia la capacidad de ser alegres y desbroza lo serio de lo tonto. Los que saben de estas cosas afirman que la esencia del humor es innata al ser humano y se encuentra en la capacidad de reírse de uno mismo, pero sin distorsionar su importancia, ya que también es posible ser buena gente y carecer por completo del sentido del humor. Eso sí, quien tenga esta carencia le costará relativizar los disgustos.

El sentido del humor está muy bien emparentado con la madurez y se puede desarrollar y educar pero también desvirtuarse e incluso perder. Por eso hay que cuidarlo y cultivarlo ya que es un verdadero sexto sentido a la hora de ver e interpretar la existencia cualquiera que sean las cartas que nos depare la vida. Nada, excepto el orgullo insano, puede impedir que cuando ocurre algo molesto y frustrante, logremos afrontarlo con sentido del  humor.

La gente que ama mucho sonríe fácilmente.

Si acumulamos sentimientos positivos y alegres, el buen humor se convierte en un modo de asumir la vida pues no es posible albergar, a la vez, un sentimiento positivo y otro negativo. Dependiendo a cuál alimentemos más, la dinámica de nuestras emociones será positiva o negativa. Podemos optar por dejarnos llevar por la desesperación, la rebeldía, la huida. O por encajar los problemas y asumirlos para superarlos.

La excelente novela de Umberto Eco “El nombre de la rosa”, basa su tesis en la cuestión inquietante de si Jesús rió alguna vez. Se podría resumir el fondo del argumento con una frase de Amos Oz: Nunca he visto a un fanático con sentido del humor, ni a nadie con sentido del humor que sea un fanático. Uno de los protagonistas de la novela sostiene que Jesús jamás se permitió tal debilidad mientras que el investigador de una serie de asesinatos cree que el sentido del humor uno de los pilares que sustentan la bondad humana y por ello forma parte de la personalidad de Jesucristo.

Veamos algunos ejemplos: el libro de Job proclama que Dios llenará tu boca de sonrisas y de júbilo tus labios (Job 8, 20-21) y el Génesis nos regala una joya del humor de Dios cuando le promete a Abraham un hijo de Sara; a ella le sonó tan gracioso que se puso a reír al saberse tan anciana. Y dijo Yahvé a Abraham: ¿Por qué se ha reído Sara? Y remata la actitud de Sara nombrando al nasciturus “Isaac”, cuyo significado es «Aquel con el que Dios reirá» o «Él se alegrará», ¿Por qué no hay homilías en torno a estos pasajes? 

Los santos y santas tienen su refrán: un santo triste es un triste santo, atribuido a Teresa de Jesús quien también dijo que de “santos amargados, líbrame Señor”. Juan Bosco definía la santidad como estar siempre alegres. Juan XXIII comentó al ser nombrado Papa que “El Espíritu Santo me ha elegido a mí; se ve que quiere trabajar Él solo”. Y el Papa Francisco, un santo en vida, afirma con rotundidad que el sentido del humor es fundamental para poder respirar porque está conectado a la capacidad de disfrutar y entusiasmarse.

Felipe Neri fue llamado el santo de la alegría y san Lorenzo, cuando le martirizaban asándolo a fuego lento en la parrilla, para que abjurase de su fe, sacó fuerzas y valor para advertir a sus verdugos: “Por favor, denme la vuelta, que por este lado ya estoy hecho”. Tomás Moro, agotado por los tres duros meses de prisión, le dijo al verdugo: “Le ruego que me ayude a subir al patíbulo; para bajar, deje que ruede yo solo”. Es muy conocida su oración rogando el sentido del humor: “Señor, no permitas que me tome demasiado en serio, ni que me invada mi propio ego. Dame el sentido del humor, dame el don de saber reírme, a fin de que sepa traer un poco de alegría a la vida, haciendo partícipe a los otros. Amén”. Una estupenda oración que debiéramos hacerla nuestra… ¡Cuánto antes!

Entre el Jesús histórico y el Cristo de la fe

Gabriel María Otalora
El verano es un buen caladero de libros por aquello de tener más tiempo para la lectura y hacerlo en horas en las que sería impensable en el resto del año. Y entre los libros que tengo seleccionados para estos meses, destaco una reedición de especial interés para quienes frecuentan este Punto de encuentro, y acabo de finalizar. Me refiero a la obrita de James D. G. Dunn, Redescubrir a Jesús de Nazaret (Ediciones Sígueme).
Este teólogo nos pone sobre aviso del error que ha supuesto haber contrapuesto “el Jesús histórico” y “el Cristo de la fe” por parte de no pocos especialistas como reacción contra el exceso que supuso el Cristo del dogma cristiano: el Cristo católico apenas era una figura humana, decían. Por tanto -opina Dunn- bastantes optaron por trascender el Cristo de la fe para recuperar al Jesús histórico y “rescatar a Jesús del cristianismo” (Robert Funk) como si en la búsqueda del Jesús histórico, la fe supone un obstáculo que lleva al investigador por el camino equivocado.
Hoy tenemos mucho de esto a nuestro alrededor complicando la verdadera dimensión trascendente de todo un Dios que se hace uno de nosotros para convertirse en Buena Noticia. Resultaría un grave error querer reducir el nacimiento del Evangelio a un interés histórico al margen de la fe, pues los evangelios son un producto de la fe. De hecho, para Dunn los apóstoles creyeron en Jesús antes incluso que la experiencia post pascual uniéndose a su misión dejándolo todo y confiándole sus vidas. Cierto es que al principio entendieron a medias el Mensaje, pero su apuesta radical está fuera de duda. Lo que cambia de sus relatos no es lo esencial, sino la adaptación a los diferentes auditorios y situaciones. Seguir leyendo

En torno a la eutanasia legalizada

La Ley de la Eutanasia ya está en marcha con efectos prácticos en la ciudadanía a pesar de que ha sido recurrida. Como dato, apuntar que somos el primer Estado de tradición católica en aprobar una ley que garantiza la eutanasia. Holanda fue el primer país del mundo en legalizarla (2002) y a partir de ahí, han seguido sus pasos Bélgica, Luxemburgo, Canadá y Colombia. Portugal está en ello mientras que Nueva Zelanda tiene pendiente votar su aprobación en referéndum. Además, en Suiza, algunos Estados de EE UU y el Estado de Victoria en Australia se permite el suicidio asistido. En el resto del mundo, la eutanasia no está legalizada, da igual si los países son fundamentalistas o con honda cultura democrática, de izquierdas o de derechas. Curioso. Seguir leyendo

El turno autocrítico del laicado

Gabriel María Otalora

La crítica al clericalismo está socializada en la medida que se ha ido verbalizando una
ideología en formato de estrategia de poder estructural legalizada y alejada de la esencia
evangélica. En este grupo amplio con bastantes clérigos está incluido un buen ramillete
de laicos y laicas, encantados de pertenecer a una doctrina clerical que les da seguridad
y oculta en buena medida el compromiso que supone la evangelización.
La “religión” del poder clerical es una manera desviada -herética- de entender la Buena
Noticia; no solo enturbia lo esencial sino que a veces escandaliza. Pero afanados en
denunciar este adoctrinamiento bastante más materialista que espiritual, se nos olvida la
autocrítica que los laicos debemos hacernos y aceptar por la falta de gancho social que
tiene el Mensaje de Jesús. Apenas existe nada que nos cuestione en los muchos portales
mediáticos específicamente católicos. Y eso que, en palabras de Karl Rahner, hay clero
porque hay laicos; es al servicio de los laicos que los ordenados encuentran su razón de
ser en la Iglesia. Seguir leyendo

Necesitamos profetas

Por Gabriel Mª Otalora

Quizá hubiese sido mejor un titular que resalte la necesidad de descubrir y seguir a los profetas de nuestro tiempo, pero un titular es algo más breve. Al menos lo destacamos al principio, cuando no pocos leen los textos proféticos bíblicos como sobre una pátina de alcanfor propia de un ropaje antiguo cuando sus mensajes son atemporales. Lo cierto es que algo fuerte expresan para que, por ejemplo del profeta Jeremías, los príncipes dijeran al rey: “Muera ese Jeremías, porque desmoraliza a los soldados que quedan en la ciudad y a todo el pueblo, con semejantes discursos” (Jer 38,4).
Profecía no significa prever el futuro sino la comprensión de los signos del tiempo presente a la luz de palabra de Dios. Y el don de ser verdadero profeta viene marcado por san Pablo: aunque posea el don de profecía e incluso tenga una fe que mueva montañas, si no tengo amor, no soy nada (Cor 13). Este tiempo nuestro no facilita visualizar los profetas que, sin duda, el Espíritu nos pone para iluminar el verdadero camino de la evangelización conforme a nuestros carismas, regalo también del Espíritu. Sin embargo, no somos capaces de reconocer a los profetas actuales; ni siquiera consideramos como tal al Papa Francisco. Incluso el profeta nos parece una figura anacrónica, impropia del siglo XXI cuando lo cierto es que actúa con la máxima fidelidad al evangelio. Por eso hace chirriar nuestros goznes estructurales injustos mientras tildamos a su mensaje de soflama política en lugar de como una verdadera denuncia profética.
La aspiración de toda denuncia profética es afirmar la vida, advertir y condenar los signos de muerte, pero siempre señalando senderos de esperanza con mano tendida. Y cuando es verdaderamente la voz de Dios, es también la voz del oprimido, la voz de los que no tienen voz. Recordemos que los hubo bien humildes, como Moisés, al que Dios escoge siendo tartamudo para poner en él sus palabras sagradas. O como Oseas, un pastor elegido por Dios para enfrentarse nada menos que a las autoridades religiosas de su tiempo.
La denuncia profética no busca beneficios particulares sino el cambio o conversión, la instauración de la justicia, la construcción de nuevas relaciones basadas en la dignidad humana asumiendo el dolor de otros con un profundo sentido solidario. La voz profética de la Iglesia, en suma, es un gran compromiso en medio de una sociedad compleja y desnortada que necesita escuchar la voz de Dios para reorientar sus acciones. Seguir leyendo

¿Qué podemos hacer?

Gabriel Mª Otalora
Inmersos en esta realidad a contra corriente por la fragilidad sanitaria y económica, vivimos en estado de shock. No estamos acostumbrados a que una realidad externa no pueda ser domeñada después de tantos meses, contagios y muertos. El estupor es evidente en las autoridades y en las sociedades de todo el mundo que se aprisionadas en un endiablado tablero con dos fichas imposibles de casar: si cierro la mano para reducir la incidencia de los contagios se destroza el tejido productivo. Si abro la mano, el coronavirus avanza sin freno con el riesgo ya de convertir la pandemia en una sistemia que afecta de manera generalizada a todas las estructuras del sistema socio-productivo.
Intuimos que las estructuras con las que funcionamos no están siendo eficaces, más allá del esfuerzo sanitario operativo e investigador por dar cobertura adecuada a todos los pacientes y colectivos de riesgo. Tampoco estamos satisfechos con la respuesta social, inmadura e infantil por parte de demasiadas personas que no quieren la más mínima molestia por el bien común. Nos afecta al primer mundo y a los países pobres: desconcierto, estupor, miedo, desánimo y mucho dolor contenido.
Para muchas personas, es la primera vez que vemos algo así, tan cerca, sin que la tecnología, la logística, el dinero, los avances de todo tipo, logren evitar que todo se encuentre mediatizado por la covid-19. Y cuando algunos han alardeado de que a “esto” no hay que hacerle mucho caso, en plan arrogante, las consecuencias han sido severas; recuerdo los casos de Brasil, Estados Unidos y Gran Bretaña. Todo junto es demasiado como para no preguntarnos los cristianos -en este caso- ¿qué podemos hacer cuando este virus desafía la fe cristiana?
En primer lugar, podemos crecer en humildad. Es la principal actitud cristiana y la tenemos muy abandonada. La primera lección es asumir que no tenemos el control de toda la existencia. Esta pandemia pone al descubierto el hecho de la fragilidad, la limitación, la vulnerabilidad humana. Somos seres necesitados de otros, paradójicamente, a medida que las tecnologías nos cambian la vida. Todo se globaliza y se interrelaciona, se comunica y se conecta, de manera que un problema incluso de reparto de las vacunas en África, puede repercutir en las sociedades opulentas que han podido ser vacunadas pronto. De nada sirve protegerse solo una parte del Planeta cuando estamos tan interconectados. Esto nos da la oportunidad de reflexionar para ver cómo lo estoy viviendo interiormente pensando en el dolor de tantos ante la soberbia insolidaria que amenaza una solución global.
En segundo lugar, esta reflexión nos debe llevar a orar mejor, a abrirnos a la escucha humilde. Dios no deja de comunicarse nunca, mucho menos en estas situaciones tan difíciles. Dios nos habla también a través de la pandemia. Pidamos luz y fuerza para acertar en nuestra actitud con los que nos rodean y sobrellevar nuestra propia desazón confiadamente. No todo es hacer, el cristiano tiene un buen ejemplo en el modelo de Marta y María, las amigas de Jesús: Marta se quejaba de la aparente inacción de María y Jesús alabó su actitud pues “sin mí, no podéis hacer nada”. Estamos asustados y poco esperanzados, y eso no es muy cristiano.
Este es un buen momento para reflexionar también desde la fe sobre nuestro concepto de progreso, que no coincide con el de desarrollo; de donde salen las materias primas y a qué coste humano para millones de personas. Nos hemos emborrachado de consumismo sin pensar en las consecuencias para una gran parte de la humanidad. El Papa no deja de advertir la injusticia de este sistema insolidario para una gran parte de la humanidad que además está poniendo en peligro la sostenibilidad del Planeta.
Priorizar la escala de valores sería otra cosa que podemos hacer. Se nos pide que dejemos de lado nuestras libertades personales y nuestros deseos sociales por el bien de los demás. Si socializamos existe un riesgo real para nosotros y, sobre todo, sabemos del peligro de contagio para la gente más anciana y vulnerable. Esto nos lleva a cuidar las relaciones con quienes puedan sentirse más solos y deprimidos; para eso tenemos las redes sociales, para que nadie se sienta en la cuneta. El aislamiento puede enseñarnos a reflexionar sobre cómo tener interacciones sociales positivas y constructivas en vez de relaciones negativas y destructivas.
La siguiente lección es la aceptación como virtud, es decir, vivir esta realidad como lo contrario de la resignación. Aquello que no podemos cambiar, tengamos una actitud positiva, adecuada, para no hacernos daño con sentimientos negativos que acaban proyectándose en los demás.
Por último, es una oportunidad de oro para valorar lo que tenemos y lo que nos falta siendo conscientes de la gratuidad de Dios en todo. Tampoco somos especialmente agradecidos con lo que nos parece “normal”: tres comidas diarias, vivienda, vestido, familia, trabajo, salud, relaciones sociales, cultura, personas que no quieren, haber nacido en esta parte del mundo en lugar de en pleno Tercer Mundo… que cada cual haga su lista y vuelva a la actitud humilde para ser agradecido viviendo las cosas buenas del presente. Esto nos llevaría, en fin, a fomentar nuestra actitud y espíritu de servicio a los demás. Las crisis provocan una multiplicación en cadena de actos de solidaridad entre seres humanos y pueblos que fortalece lazos y afectos. Este necesario espíritu de servicio implica disponibilidad como instrumento de ayuda de los demás, abiertos a cualquier necesidad cercana de escucha, consuelo, tiempo y de lo que haga falta, da igual quien lo necesite.

Una nueva comunidad

Por Gabriel Mª Otalora

Todo lo que tiene vida se renueva. Lo que permanece estático mucho tiempo es lo propio de las charcas y los estanques cerrados llenos de hojas muertas. La vida nos demuestra su capacidad de reinventarse y crecer allí donde parece imposible hacerlo. Atacama, Chile, es un buen ejemplo. Su clima desértico es tan extremo que se han llegado a registrar hasta 400 años sin lluvias. Expertos de la NASA estudian el desierto chileno confiados en que les ayude a aprender más sobre la posibilidad de vida en Marte. Sin embargo, se han descubierto microorganismos vivos. Y cada cierto número de años se produce un espectacular aumento de las precipitaciones que transforma kilómetros de paisaje árido y desolado en un paraíso lleno de especies vegetales que logran aflorar tras haber sobrevivido años en estado de latencia.

La vida se renueva siempre. Heráclito filosofó sobre la existencia como algo no estático que va en compás con el resto de la movilidad natural del Universo: todo fluye. También lo hace el amor continuamente, cuando se renueva día a día. Cada caricia de una persona enamorada, cada beso de amor y cada manifestación amorosa no es igual a la anterior; siempre es algo bienvenido por ser “nuevo”, aunque se den todos los días. Todo lo contrario al desamor que resulta rutinario y estático como una ciénaga. El amor de verdad por serlo siempre es novedoso y hay que alimentarlo frente a la tentación de las rutinas que pervierten el verdadero amor. Seguir leyendo

Revivir el laicado

Por Gabriel Mª Otalora

Congreso de laicos de la Iglesia española en Madrid-Febero-2020

El coronavirus ha reforzado la crisis de valores por el trasfondo que subyace de falta de humildad y de valentía para reconocer que se trata de una crisis de orden moral. La causa principal reside en la violación a los principios de conducta ética elementales y en la desvergüenza del uso indiscriminado, irracional, de los recursos públicos y naturales por parte de cristianos y no cristianos.

Es cierto que la naturaleza golpea la vida al tiempo que nos provee de todo lo que necesitamos para existir: aire, luz, ciclos naturales para alimentarnos y para innovar. Tenemos lo necesario, sí, pero para abastecer a nuestras necesidades, no a nuestra codicia. Este apunte de Ghandi resume muy bien la otra parte del problema latente de esta crisis, que no tiene que ver solo con la naturaleza y los virus que se desarrollan en ella ¿Cómo reaccionamos los cristianos ante la pandemia? ¿Damos prioridad a nuestra ser cristiano por encima de otras consideraciones?

Mucho hablamos de clericalismo, de la Iglesia institución no siempre vista como sinónimo de Pueblo de Dios, de los carismas y del laicado cuya dignidad nos la da el bautismo y no el nivel jerárquico tan unido a la carrera eclesiástica. Lo cierto es que todavía se identifica a nuestra Iglesia con la jerarquía cuando el laicado supone un porcentaje abrumadoramente mayoritario en el número de personas y en la capilaridad que tenemos en la misión de evangelizar. Es evidente una exposición excesiva de la jerarquía y el poder también desmedido dentro de la comunidad cristiana si lo comparamos con lo descrito por Lucas en los Hechos de los Apóstoles.

Crisis ésta como la enésima oportunidad de ordenar la Iglesia de una manera más evangélica teniendo presente la importancia de los carismas como servicio siguiendo la actitud que tuvo Jesús ¿Nos falta conciencia laical de nuestra dignidad y capacidades? Creo que nuestro colectivo se encuentra a medio camino despertando de un letargo de siglos en el que parte esencial de esta rémora no está solo en algunos jerarcas y normas: está entre nosotros, en no pocos laicos y laicas, bien por convicción o por la comodidad que supone el letargo espiritual institucionalizado. Seguir leyendo

Esperanza siempre

ESPERANZA SIEMPRE
GABRIEL Mª OTALORA, gabriel.otalora@outlook.com
BILBAO (VIZCAYA).

ECLESALIA, 23/03/20.- En el siglo V se produjo un derrumbe generalizado en Europa a consecuencia de la decadencia del Imperio romano. San Agustín, gravemente enfermo, vio como toda la seguridad de su tiempo, basada en sólidos pilares religiosos y de todo tipo, se resquebrajaba. Falleció sitiado en Hipona por los bárbaros (extranjeros) germánicos, que fue conquistada poco después. A aquellos contemporáneos suyos les resultaba casi imposible de digerir el derrumbamiento del orden mundial de entonces. Algo similar ocurrió en Jerusalén cuando el Templo, signo esencial en la historia religiosa del pueblo judío, fue arrasado por Pompeyo pocas decenas de años después de la muerte de Jesús.

Qué no decir de los milenarismos tenebrosos que auguraban el fin del mundo. Más cerca de nosotros la generación anterior a la mía fue coetánea de la Segunda Guerra Mundial, de Mao, Stalin y del Holocausto judío… Afortunadamente, la situación mundial causada por el coronavirus no es una situación equiparable, aunque haya puesto en jaque a buena parte del Planeta. Recordar la historia es importante porque nos muestra  la realidad como algo complejo y desconcertante, incluso para bien, porque los humanos somos capaces de reinventarnos aun sintiendo la vida sin asideros sólidos donde agarrarse ante el miedo y la angustia que produce el sufrimiento añadido de lo que no podemos controlar o es desconocido.

Si recordamos el significado del término griego crisis, no es otro que “decisión” en el sentido de oportunidad que nos emplaza a valorar posibles nuevos cambios de rumbo. Así ha ocurrido siempre; hasta de la desesperación han salido acicates para que renazca la esperanza, y con ella, nuevos sistemas de ideas y actualizaciones de creencias. Es una suerte que la vida permite renacer con esperanza después de tocar fondo, y vivir el presente con madurez para construir el futuro.

La nube diaria de titulares negativos no deja ver los muchos signos y evidencias que destilan esperanza por los cuatro costados: miles de voluntarios afanados en aportar esperanza a los infectados por el coronavirus. Millones de pruebas de amistad, de compañerismo, de solidaridad… tanta gente que nos rodea tratando de hacer el día a día del confinamiento humanizado y alegre. El personal sanitario… sólo nos acordamos de ellos cuando el dolor, como ahora, aprieta. La esperanza también viaja con ellos.

Los que quieren destruir son más ruidosos, pero son menos. Para un cristiano, vivir la esperanza es mucho más que un estado de optimismo: es interpretar el futuro posible y deseable con los ojos de una vivencia anticipada que da sentido al momento presente mientras ponemos las bases para crear lo que todavía es una meta.

La esperanza es la cualidad teologal que nunca defrauda. La esperanza verdadera construye, no espera; se vive más que se anhela. Es una disposición interior es la que hace posible su gran objetivo: dar un sentido al presente construyendo sobre la realidad actual. No estéis tristes, exhorta el Evangelio, porque el plan de Dios insufla toneladas de esperanza para despertar el corazón hasta convertirlo en signos y hechos de esperanza para otros.

En este contexto, me parece muy oportuna la reflexión del cardenal Omella, ahora al frente de la Conferencia Episcopal, recordando que las tecnologías de comunicación en este tiempo de reclusión no deben  absorber y robar todo el tiempo. Nos pide que dediquemos espacios para repasar nuestra vida, para pensar con esperanza hacia dónde y cómo queremos orientar el resto de nuestras vidas en este mundo, a la espera del encuentro definitivo con Dios. Ahora tenemos más tiempo para todo, incluso para nuestra oración y para acordarnos del sufrimiento en torno a este dichoso virus, con graves y angustiosas consecuencias económicas para muchas personas.

A pesar de la limitación, el mal y la muerte, algo hay en nuestro interior que nos impulsa a “esperar contra toda esperanza” (Rom 4,18) frente a las ganas de abandonarnos y dejar de luchar. Es un consuelo saber que cualquier cambio gigantesco, empieza siempre por algo inapreciable al ojo humano. Lo importante de verdad es recordar que Dios acude a nuestra llamada, cumple sus promesas y nos renueva la fe. Siempre. ¡Él es nuestra esperanza! (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).