El nuevo monacato laico

Que el Adviento y la Navidad sean para nosotros un tiempo de hondura espiritual; de encuentros y celebraciones, de comidas y villancicos, pero también de reflexión, de oración, de contemplación. Alandar ofrece cuatro artículos para contribuir a ese tiempo especial: una explicación de los valores del monacato para la sociedad actual (El nuevo monacato laico), un testimonio sobre un modo de meditar particular, y otros dos artículos publicados con anterioridad: ¿Qué es eso de la espiritualidad?, y la excelente reflexión sobre la espiritualidad cristiana de Cristianismo y Justicia.

José Antonio Vázquez Mosquera (*)

El Nuevo Monacato Laico: Una espiritualidad cristiana para humanizar la iglesia y la sociedad

A muchas personas puede sorprenderles que lo monástico se proponga como un referente para la espiritualidad contemporánea. El asombro se da entre aquellas personas, incluidos algunos monjes tradicionales, que creen que el monacato se relaciona con la vivencia espiritual de grupos especializados, separados de la sociedad, dedicados a la oración. Tal visión de lo monástico, como algo ajeno a la mayoría de las personas, es hoy considerada una perspectiva muy reduccionista en realidad.

Monje o monja es, pues, toda persona que busca la experiencia de unificación

Hoy el monacato se concibe como un arquetipo, una dimensión presente en todo ser humano, la aspiración humana que busca la unificación, la comunión personal con el Misterio y los otros y con toda la Creación. Así lo expresó Raimon Panikkar y su visión ha sido aceptada por la mayoría de los monjes católicos contemporáneos. Y no solo por los monjes, también por numerosos laicos que ven en lo monástico un referente para su espiritualidad.

Monje o monja es, pues, toda persona que busca la experiencia de unificación (monje, viene del griego monos: uno, significa el buscador de la unidad) como motivación principal de su vida, esté en una institución que se denomine monástica o no. El monje institucional tradicional solo es un modo de vivir y visibilizar esa dimensión presente en todo ser humano.

El nuevo monacato

Hay actualmente todo un movimiento de personas que se sienten atraídas por el monacato, no para vivir en una institución monástica tradicional, sino para vivir en medio de la sociedad encarnando ese arquetipo de un modo renovado. Es lo que llamamos el monacato laico. La necesidad de un movimiento monástico laico es una intuición que compartieron destacados monjes y maestros espirituales contemporáneos como Thomas Merton, Evdokimov, R. Panikkar, F, Schuon, W. Teasdale, J. Chittister, A. Grün

Han sido precisamente personas que han vivido experiencias monásticas tradicionales quienes han tomado consciencia de la riqueza espiritual de la tradición monástica, así como de la situación de decadencia y rigidez de muchas de las comunidades monásticas tradicionales, que impide que, en muchas ocasiones, se pueda vivir en plenitud las potencialidades de lo monástico tanto a nivel personal como social. R. Panikkar decía que era un problema no solo dentro del catolicismo, era un problema que ocurría en todas las tradiciones.

El monacato laico es una expresión más del movimiento de reconstrucción de la Iglesia desde las bases

La intuición compartida por muchos es que la renovación monástica pasa por la creación de un monacato laicoun monacato vivido fuera de esas instituciones anquilosadas, bebiendo de, y actualizando, la tradición monástica milenaria, pero de un modo completamente nuevo, un modo laico,es decir, de un modo abierto a los valores de la secularidad, con una mirada positiva sobre la sociedad y encarnando los valores monásticos de otra manera, viviendo, en la mayoría de los casos, dentro de la propia sociedad.

Laico quiere decir “lo común”, el monje laico vive la vida común de cualquiera, una vida normal, descubriendo de modo crítico los valores espirituales que también se dan en la vida cotidiana moderna. No busca ser una élite dedicada a la práctica espiritual intensiva, busca, más bien, vivir la “vida corriente” y descubrirla como un camino espiritual accesible a toda persona, sin necesidad de realizar prácticas espirituales solo accesibles a una minoría.

Experiencia espiritual integradora

El Nuevo Monacato busca alcanzar la unificación por medio de la integración de todas las dimensiones de la realidad, no excluyendo necesariamente dimensiones como la sexualidad, la amistad, la pareja, la atención al cuerpo, el compromiso político… en el camino espiritual. Es lo que Panikkar denominó la experiencia de la “secularidad sagrada”.

Thomas Merton expresó intuitivamente la aspiración del monacato laico a la unificación por integración por medio de esta visión de lo que sería un monje laico, en su libro “Acción y Contemplación”:

«El hombre que ha logrado la integración final ya no se halla limitado por la cultura en la que ha crecido. Ha abrazado la totalidad de la vida… Ha experimentado las cualidades de todo tipo de vida: la existencia humana ordinaria, la vida intelectual, la creación artística, el amor humano, la vida religiosa. Trasciende todas esas formas limitadas, al tiempo que retiene todo lo mejor y universal que hay en ellas, «dando a luz finalmente un ser totalmente integral». No sólo acepta a su propia comunidad, a su propia sociedad, a sus amigos y a su cultura, sino a toda la humanidad. No permanece atado a una serie limitada de valores, al punto de oponerlos a otros adoptando posturas agresivas o defensivas. Es totalmente «católico» en la mejor acepción de la palabra. Posee una visión y una experiencia unificadas de la única verdad que resplandece en todas sus diferentes manifestaciones, unas más claras que otras, unas más definidas y certeras que otras. No establece oposición entre todas estas visiones parciales, sino que las unifica en una dialéctica o en una visión interior de complementariedad. Con esta visión de la vida, puede aportar perspectiva, libertad y espontaneidad a la vida de los demás».

Si hay algo que caracteriza a la espiritualidad monástica laica es esa aspiración integradora, de ahí el interés de esta espiritualidad por el diálogo interespiritual e interreligioso, así como su apuesta por una espiritualidad éticamente comprometida que contribuya a la humanización integral de la sociedad y de la iglesia, entendiendo por tal el promover la justicia y el respeto de la dignidad humana y el cuidado de la tierra, sin reduccionismos, teniendo en cuenta todas las dimensiones de la realidad, incluida la dimensión espiritual.

El monacato laico es una expresión más del movimiento de reconstrucción de la Iglesia desde las basesque se ha ido desarrollando en torno a la creación de las llamadas comunidades eclesiales populares o de base. Su espiritualidad promueve el compromiso por la liberación y la justicia, además de la transformación interior.

La Asociación Cristianía: Monacato Laico

Una de las expresiones del nuevo monacato laico es la Asociación Cristianía, que se constituyó como asociación legal en el 2018, después de una andadura como un grupo sin forma jurídica, y que nació de la iniciativa de unas personas que fueron monjes católicos institucionales.

La Asociación Cristianía propone un camino espiritual que se estructura a partir del mapa de las dimensiones de la realidad que aparecen simbolizadas en el significado que tienen los lados que forman el claustro de un monasterio. Estas dimensiones son: la dimensión corporal, la dimensión psicológica, la dimensión espiritual y la dimensión relacional. La espiritualidad monástica buscará la integración de todas ellas.

La Asociación Cristianía tiene su sede en Madrid, en la calle Villa de Marín 13, puerta 9, si bien sus actividades se difunden también “on line” para que cualquiera pueda participar en ellas.

Para contactar con la Asociación pueden acceder a su página web: https://cristiania283704395.wpcomstaging.com/

Les abrió los ojos

‘Les abrió los ojos’, un apunte sobre la verdad 

POR BALMORE MUÑOZ ARTEAGA

Raimon Panikkar afirma que el hombre moderno tiene la necesidad, aunque lo desconozca, de intentar cultivar el todo para poder superar así la propia individualidad y readquirir el sentido de la persona. “El hombre no es un individuo, apunta categóricamente, es una persona, es decir, un nudo en una red infinita de relaciones”. Relaciones con él mismo, con el otro, con la realidad, con el mundo visible e invisible del que nos habla el Credo. 

Desafortunadamente la educación occidental ha descuidado aspectos vitales para la vida del hombre. Parece no estar interesada en el desarrollo de una existencia con el misterio que el propio hombre es efectivamente. Ha descuidado lo que canta el poeta José Hierro en uno de sus poemas: ‘Entendernos sin palabras’. “Que tú me entiendas a mí sin palabras como entiendo yo al mar o a la brisa enredada en un álamo verde”. No hemos cosechado, ni nos han enseñado a cosechar el valor fundamental de la contemplación. Por ello quiero rescatar una idea que surca la Escritura: aquella según la cual Dios ‘abre los ojos’ al hombre. Una expuesta en el libro del Génesis y la otra en el Evangelio según San Lucas. 

Génesis 3, 7 

“En ese momento se les abrieron los ojos, y los dos se dieron cuenta de que estaban desnudos”, nos narra el Génesis a propósito del resultado de la caída del hombre en el pecado original. Esta caída representa el ocultamiento del hombre del rostro de Dios (Cfr 3, 8). Ocultarnos del rostro de Dios es ocultarnos de nosotros mismos, de cuanto tenemos de misterio. De aquellos aspectos que abren los sentidos a un universo que va más allá del dato, de la certeza, de lo limitado que fue, es y será siempre el campo visual de la Ciencia. Ocultarnos de Dios representa darle la espalda a la verdad de la plenitud del hombre. 

Al abrirles Dios los ojos a Adán y a Eva, ellos sólo pudieron reconocer sus miserias humanas en su absoluta desnudez. Sus ojos se cerraron a todo aquello que no fuera su desnudez, su frontera con el misterio y su acceso a la verdad quedó reducida a un cálculo matemático, que no sabe pregonar la verdad del hombre, en especial porque es una verdad edificada a partir del olvido de la dimensión contemplativa y de la intuición, llevándonos al sinsentido de querer demostrar la existencia de Dios, de objetivarlo, para poderlo racionalizar “con el hermoso pretexto, afirma Panikkar, de creer en él”. 

Esto me recuerda otro poema de José Hierro, uno en el cual sintetiza a la Modernidad alegre entre flores de plástico. Esas flores de plástico que revelan la pequeñez y la necedad de los hombres que descubrimos sin descubrir, avanzamos sin avanzar, sentimos sin sentir, vivimos sin vivir. Ahogados entre certezas creyendo que creemos en una verdad que nos hunde más en nosotros mismos. 

Lucas 24, 31 

El pasaje de los discípulos de Emaús nos abre siempre a otra dimensión, una dimensión que se abre al ‘cruzar hacia la otra orilla’. Dimensión que nos muestra el camino hacia el misterio que somos. La narración cuenta cómo dos seguidores de Cristo, abatidos por su muerte, ‘retornan’ a la vida que tenían antes de conocerlo: vida que abre los ojos, pero no ve nada. Tan ciegos estaban que no reconocieron a su Señor resucitado. Tuvieron que escuchar la Palabra viva en labios del que vivía más que la vida para que su corazón ardiera y luego lo reconocieran al partir el pan. 

Jesús que es la Verdad del hombre abrió sus ojos desde la Palabra que avasalla todo límite y permite ver más allá. Ver más allá de nuestras miserias: contemplar nuestra plenitud. Jesucristo es el camino para abrirnos verdaderamente a la realidad, pues, como advierte Antonio Rosmini: fuimos ‘creados para la verdad’, pero ‘seducidos por el error’. Jesucristo nos rescata de esa seducción, es quien nos devuelve la vista, sólo Él. Paz y Bien

Panikkar: un artista del diálogo

Panikkar

La diversidad de Panikkar no es dispersa y caótica, sino “misteriosamente unificada”

Panikkar es comparado con frecuencia y merecidamente con pensadores como Sankara y Ramanuja, Agustín de Hipona y Tomás de Aquino, Buenaventura y Gregorio Palamas, el sufí Ibn Arabi, el científico evolucionista cristiano Teihard de Chardin y el filósofo Martin Heidegger

29.08.2020 Juan José Tamayo

El 26 de agosto de 2010, terminando mis vacaciones de verano, recibí la llamada de Salvador Pániker para comunicarme el fallecimiento de su hermano, sabedor de nuestra amistad y sintonía. Enseguida pensé en el vacío que dejaba y en la orfandad en la que nos quedábamos muchos de sus amigas y amigas, seguidores de su pensamiento y de su itinerario vital. Los días siguientes fueron de inmersión en sus obras para aliviar la ausencia.

Mi relación con Raimon se inició en los Congresos de Teología, de la Asociación de Teólogas y Teólogos Juan XXIII, en varios de los cuales participó. Recuerdo su sugerente conferencia sobre “Dios en las religiones” que pronunció en el V Congreso sobre “Dios de vida, ídolos de muerte” en 1985, donde afirmó: “lo importante y urgente es el reconocimiento teórico-práctico (adoración) de un Dios vivo y sin ídolos. De ahí este Congreso. Pero ‘Dios’ puede convertirse en un ídolo más. Un dios del que se habla es ya un ídolo: no habla”. ¡Magistral!

Desde entonces nuestra comunicación fue muy fluida por carta, en aquellas tarjetas blancas de letra menos ininteligible que si escribiera en sánscrito, en conversaciones telefónicas y encuentros en congresos sobre interculturalidad y diálogo interreligioso. He leído buena parte de su producción bibliográfica, siempre aprendiendo y enriqueciendo mi vocabulario con sus neologismos. Algunos de sus libros los tengo dedicados y de varios he hecho reseñas. Ahora sigo recibiendo –y disfrutando de- los volúmenes de sus Obras Completas, que publican Herder y Fragmenta, dos prestigiosas editoriales de las que también soy autor gracias a la generosidad de sus editores Raimund Herder e Ignasi Moreta, respectivamente.

¿Quién era, quién es Raimon Panikkar? Sirva como aproximación a su genio y figura la lúcida y certera definición que ofrece el teólogo colombiano José Luis Meza Rueda, profesor de la Universidad Javeriana de Bogotá, de la rica y compleja personalidad del intelectual catalán en su excelente obra La antropología de Raimon Panikkar (Universidad Javeriana, Bogotá, 2010): “Filósofo y teólogo; místico y maestro; políglota y poeta; cristiano, hindú, buddhista y secular; ciudadano del mundo y estudioso de las culturas y las religiones… De ideas desconcertantes y fascinantes, de un pensamiento agudo, pero problematizador, de una pluma prolija e insistente, de grandes admiradores pero también de grandes detractores”. Yo añadiría otro reconocimiento, el que da título a este artículo: “artista del diálogo”.

En 2015 leí con verdadera fruición el libro Raimon Panikkar. Una biografía (traducción de Jordi Pigem, Fragmenta Editorial, Barcelona 2014, 366 págs.), de Maciej Bielawski, teólogo, escritor, pintor y profesor polaco que actualmente enseña en la Universidad de Verona (Italia). Diez años después de su fallecimiento quiero hacer memoria de Raimon teniendo como hijo conductor esta magnífica biografía, literariamente brillante, históricamente fiable, con un riguroso y profundo conocimiento de la filosofía y la teología de Panikkar.

Está escrita con sentido crítico, sin concesiones a la cercanía ideológica del biógrafo con el  biografiado, pero reconociendo, eso sí –y es de justicia- el ingenio a flor de mente, la brillantez literaria, la originalidad intelectual y la permanente creatividad de uno de los filósofos y teólogos españoles más importantes del siglo XX y principios del siglo XXI. Un intelectual que trasciende los límites geográficos patrios y se convierte en figura internacional del pensamiento intercultural e interreligioso.

Me parece especialmente relevante –y no puramente anecdótico- la referencia con la que suelen comenzar las biografías de Panikkar, y esta también: “hijo de madre catalana y católica y de padre indio e hindú”, ya que la doble herencia paterno-materna va a marcar su vida entre dos culturas. Algo que a mí siempre me resultó apasionante y que dio lugar al relato certero de un “Panikkar plural” tras el que se esconde el misterio plural de su inter-identidad: el budhista y el cristiano, el hombre secular y el hindú, el catalán y el indio, el filósofo y el teólogo, el sabio y el místico, el sacerdote y el escritor, el predicador y el conferenciante, el viajero y el contemplativo, el amigo y el marido, el hijo y el hermano, el joven y el anciano.

Pero la diversidad de Panikkar no es dispersa y caótica, sino “misteriosamente unificada”. De ahí que el propio biógrafo relativice el género literario de biografía, aunque aparezca en el título, porque “la existencia no es solo cronológica, sino polifónica y, por ello, el arte de la vida no reside en la coherencia, sino en la armonía”.

La imagen que, creo, mejor le define es “su andar por mil caminos… en movimiento perpetuo”: Barcelona, Bonn, Madrid, Salamanca, Roma, Milán, India, Munich, Harvard, Santa Bárbara… y su destino final, Tavertet, pequeña población catalana donde vivió las últimas décadas. Allí fundó el Centro de Estudios Interdisciplinares “Vivarium” y allí murió.

Bielawski recuerda sus más de sesenta años de sacerdote y su difícil relación con la Iglesia católica, la larga pertenencia al Opus Dei, los conflictos con la Obra y su abandono, su matrimonio civil con la prestigiosa filósofa María González-Haba. Este itinerario aparentemente tan contradictorio y errático del místico de Tavertet, lejos de ensombrecer su vida, la enriquece y confirma la imagen del “Panikkar plural”, que no dual, de la que he hablado más arriba.

En el centro de la reflexión y de la vida de Panikkar e encuentran la filosofía, la cultura y la religión de la India, que estudió en profundidad y dejaron una huella indeleble en su persona. “La India me ha liberado del miedo”, le oí decir en más de una ocasión. Desde su llegada al país del Sur asiático fue una persona libre, liberadora y liberada. Liberada sobre todo de los teísmos, de los que, en un texto antológico de Ecosofía. Para una espiritualidad de la tierra, dice: “Estamos ante la crisis de todos los teísmos: monoteísmo, deísmo, politeísmo, panteísmo, ateísmo, la crisis de una concepción que se empeña en colocar a Dios en un lugar especial, tanto si este lugar no existe (ateísmo), como si está arriba, dentro o en todas partes”. Seguir leyendo

Panikkar, un maestro para nuestro tiempo

Diez años sin la presencia cálida y lúcida de Panikkar

  • La aportación de su pensamiento es la de un genio, un “maestro para nuestro tiempo”, como proclama uno de los premios que recibió (Premio Nonino, Italia 2001) y como manifiestan las múltiples condecoraciones y reconocimientos que tuvo en diversos países

«Nos unía una fuerte amistad, más allá de su magisterio»

25.08.2020 | Victorino Pérez Prieto

Hace ahora diez años, el 26 de Agosto de 2010, Raimon Panikkar acababa su periplo histórico en su casa de Can Feló en Tavertet (Catalunya), en cuyo cementerio parroquial están enterradas parte de sus cenizas (las otras fueron echadas al Ganges, por expreso deseo suyo). El agua de su gota pasaba a formar parte de ese mar inconmensurable de la Realidad sin fin, donde Dios es todo en todo; entraba ya plenamente en la armonía cosmoteándrica que siempre buscó. Para los que lo queríamos, cesaba la presencia cálida del maestro, su verbo vivo, su constante sonrisa, la expresiva mirada de sus ojos, sus manos siempre gesticulando… pero continuaba en la palabra, igualmente viva, que nos dejaba en sus numerosos escritos (he catalogado hasta la fecha 78 volúmenes en diferentes lenguas y cerca de 2000 artículos), y en las muchas grabaciones en video que nos había regalado, sobre todo en sus últimos años.//

Con ocasión del centenario de su nacimiento (2008) se multiplicaron por todo el mundo congresos, eventos, evocaciones y celebraciones (ver en este blog). También se le recordará en estos días en lugares de Europa, Asia y América. Entre otras, el próximo día 29 en una Misa en la iglesia de Santa Maria de Cadaqués a las 8 de la tarde; y en un conversatorio por zoom, organizado por la Red Iberoamericana de Estudiosos del Pensamiento de Raimon Panikkar (RIAP), con la participación simultánea de algunos panikkarianos españoles (Javier Melloni y el que esto suscribe) y colombianos (Victor Ricardo Moreno y Camilo López).

La existencia histórica de Raimon Panikkar Alemany fue larga (noventa y dos años, 1918-2010) y rica (ver en este blog “Una existencia caleidoscópica”-1 https://www.religiondigital.org/armonia_en_la_diversidad/Raimon-Panikkar-Alemany-existencia-caleidoscopica_7_1994270571.html  y “Una existencia caleidoscópica”-2 https://www.religiondigital.org/armonia_en_la_diversidad/Raimon-Panikkar-Alemany-existencia-caleidoscopica_7_1994270570.html), con sus luces y sus sombras, con sus aciertos y  también con sus errores y contradicciones, como la de todos los seres humanos; así lo dejó reflejado honestamente en sus Diarios, sobre todo en El agua de la gota. Fragmentos de los diarios (Herder 2019). Pero la suya fue una existencia significativa y en muchos aspectos brillante.

La aportación de su pensamiento es la de un genio, un “maestro para nuestro tiempo”, como proclama uno de los premios que recibió (Premio Nonino, Italia 2001) y como manifiestan las múltiples condecoraciones y reconocimientos que tuvo en diversos países. Como el humanista italiano Pico de la Mirándola, Panikkar desarrolló un interés y una apertura a “tutte le materie conoscibili”; y buscó “la posibilidad de entablar un juego limpio de verdad”, según sus propias palabras (Invitación a la sabiduría, 1998). Su obra está reconocida internacionalmente como una de las más innovadoras del siglo XX en el campo del pensamiento; así lo testimonian las múltiples ediciones y traducciones de sus ensayos, así como las numerosas monografias y tesis de doctorado que se han hecho sobre él en universidades de todo el mundo. Se esté o no de acuerdo con sus posturas y sus reflexiones, Raimon Panikkar es, sin duda, uno de los grandes pensadores de nuestra época; llegó a ser calificado como “uno de los pensadores paradigmáticos de la Segunda Era Axial”, por su interdisciplinaridad e interculturalidad (Ewert Cousins,  Christ of the 21st Century, 1992).  Un verdadero “hombre mutante” (“a mutational man”) por su realidad intercultural (“a cross-cultured man”) y por su realidad multidimensional (“multi-dimensional man”) que concilia armónicamente polaridades que parecen irreconciliables entre oriente y occidente, entre ciencia y mística, entre lo mítico y lo racional, filosofía y oración, por primera vez en la historia (“Raimundo Panikkar and the Christian Systematic Theology of the future”, en Panikkar at Santa Barbara, Cross Currents  2, 1979).

Como he escrito en varias ocasiones, Raimon Panikkar fue un hombre excepcional; de un recorrido existencial e intelectual largo, rico y fuera de lo común. En él convergen su origen hindú-cristiano, su formación académica e intelectual interdisciplinar, pero también plurilingüística (publicó en más de media docena de lenguas y dominaba cerca de la docena), intercultural, interreligiosa… No fue un diletante de diversas culturas, sino una persona profundamente inmersa en el cristianismo y en la cultura occidental contemporánea secular, y al mismo tiempo en el hinduismo y en el buddhismo, con su mística y su voluntad de comunión con el todo. Vivió en cada una tan intensamente que llegó a declararse simultáneamente cristiano, hinduista, buddhista y secular. Vivió esta múltiple identidad teóricamente, adentrándose en sus distintas y diversas tradiciones, y existencialmente, profundizando hasta la médula en el devenir vital e intelectual de la vida europea, india y norteamericana (de mi Introducción al Diccionario panikkariano).

Como escribía también hace ahora diez años, nos unía una fuerte amistad, más allá de su magisterio. Así lo manifiestan las numerosas cartas suyas que recibí. El nuestro fue un encuentro no sólo en la amistad gratuita, sino también en la conexión de intereses e ideas comunes; unas ideas que no siempre tuvieron buena acogida en otros teólogos y pensadores, en lo que a él se refiere y en lo que a mí se refiere. Lo de Raimon Panikkar fue siempre todo o nada; nunca fue hombre de medias tintas. Su pensamiento siempre buscó la reflexión sobre el todo, la integración de toda la realidad “cosmo-te-andrica”, recogiendo hasta los más insignificantes elementos de la Realidad. Una de las frases que más repetía en sus escritos era un versículo del Evangelio: “Colligite quae superaverunt fragmenta, ne pereant” (Jn 6,12), la frase del Maestro que pone fin al relato joánico de la multiplicación de los panes y los peces.

Esa interconexión de todo con todo fue siempre lo que más me fascinó, de lo que más aprendí y que más condicionó mi teología y mi  pensamiento. Por eso, me hizo particular ilusión verla repetida en numerosas ocasiones en la encíclica Laudato si’, el mayor regalo intelectual del papa Francisco. Así era el “sabio de las montañas”, como lo llamaban en Barcelona; así era este maestro y amigo.

De nuevo, muchas gracias maestro, hermano y amigo Raimon

 

Pascua 2020 Coronavirus IXX

Carmiña Navia Velasco

 Todavía la mañana no había dicho una palabra
y un silencio claro arropaba toda la vida.
Ningún deslumbre entornaba los ojos,
ninguna estridencia irritaba la escucha,
ninguna brisa enturbiaba los perfiles.
Se asomaba el día con rubor virginal
cuando las mujeres de Galilea llegaron al sepulcro.
Buscaban ungir el cuerpo con el más
tierno perfume de su esperanza macerada.
(Benjamín González Buelta)

  1. El sábado es el día de las mujeres.
    No voy a discutir con los especialistas sobre la “no historicidad” de los relatos de la “tumba vacía”. Es claro que a los textos de la sepultura y resurrección de Jesús de Nazaret hay que aplicarles una hermenéutica adecuada y moderna, igual que a toda la Biblia: lenguaje literario y simbólico por excelencia. Pero, algo se nos quiere decir en estos relatos que están llenos de mujeres, aunque muchas veces la predicación lo haya ignorado. Algo quieren las comunidades evangelistas transmitirnos con esta presencia femenina. Las mujeres ungen el cuerpo de Jesús, antes y después de su ajusticiamiento, las mujeres van a la tumba, las mujeres lo experimentan, antes que nadie, como vencedor de la muerte…

Quizás esto pueda explicarse por lo que nos comenta Kathleen E. Corley, en su bellísima obra: Maranatha:
Estos rituales funerarios son los que creaban la comunidad, consolidando la relación entre los que vivían y conectándolos con los difuntos de la comunidad. Existe una conexión, una presencia tanto entre los vivos como entre estos y los difuntos. Las mujeres eran los principales actores de los rituales y los banquetes funerarios, que tanta importancia tenían para la vida comunitaria de los primeros grupos cristianos, y, por tanto, fueron ellas las que generaron los elementos centrales que crearon la comunidad cristiana: los banquetes conmemorativos de la muerte de Jesús de forma narrativa, y la idea de que el Jesús que había muerto había “resucitado” y se aparecía” en medio de la comunidad en sus banquetes rituales, verdaderos memoriales, mediante la lamentación de las primeras mujeres cristianas. (Kathleen E, Corley, MARANATHA, Verbo Divino, 2011)

Por su atención y dedicación a las labores “del cuidado”, las mujeres están más sensibles a las necesidades de un cuerpo, aunque éste sea un cuerpo en vías de morir o muerto ya. Las mujeres no dejan, por más miedo que tengan, a un moribundo librado a su soledad, tampoco lo dejan a la voracidad de las fieras o la carroña… Por ello presencian la crucifixión, acompañan a María y se las arreglan para ungirlo la mañana de Pascua.

El sábado es su día. En la tradición religiosa católica tradicional, el sábado santo era el día de María, la madre dolorosa. Tantas madres dolorosas tenemos hoy en Colombia, en América Latina y en el mundo. Las madres dolorosas del Covid 19, las madres de los migrantes sin hogar, las madres de los niños dolientes, las madres dolorosas de los líderes asesinados, las madres dolorosas de la guerra y del hambre… Sintamos este sábado con ellas: que su dolor nos llegue, que su dolor nos interpele.

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