Las parábolas

Lc 16, 1-13

«Los hijos de este mundo son más astutos con su gente que los hijos de la luz».

Es ésta una parábola desconcertante y controvertida sobre la que los especialistas no terminan de ponerse de acuerdo. Es posible que Jesús quiera decirnos que nos irían mejor las cosas si la astucia que mostramos para las cosas del mundo la aplicásemos a la construcción del Reino… pero no lo sabemos.

Lo que sí sabemos es que el género parabólico es un género característico de Jesús, hasta tal punto, que tanto Mateo como Marcos llegan a decir que sólo hablaba a la gente en parábolas.

Es frecuente confundir las parábolas con alegorías, lo que puede dificultar su correcta interpretación. Una parábola tiene un solo mensaje global, y los detalles son solo elementos narrativos sin significado. Hay parábolas —como la del hijo pródigo— que presentan dos cumbres, pero esto no cambia el concepto general de “parábola” que aquí estamos exponiendo. Las alegorías son relatos en los que cada detalle tiene un carácter simbólico y representa algo. Lo vemos en la parábola del sembrador, cuyo perfil alegórico es la excepción a la regla general.

Jesús se dirige a la gente en parábolas para que todos le entiendan. De hecho, toma sus parábolas de la vida cotidiana y, en muchos casos, de los sucesos de actualidad que a la sazón la gente está comentando en la calle. Eso sí, en un momento dado del relato, le imprime un giro paradójico, sorprendente, al objeto de captar la atención de quienes le escuchan y grabar mejor el mensaje central en su mente.

Hay quien sostiene que hablaba en parábolas para hacer más difícil su comprensión, y citan a Mateo (13, 10) para afirmarse en su tesis: «A vosotros se os comunica el secreto del reinado de Dios: a los de fuera se les propone en parábolas, de modo que por más que miren, no vean». Pero nada más lejos del estilo de Jesús, lo que revela el riesgo de sacar conclusiones de un texto suelto sin tener en cuenta las líneas de fuerza que se desprenden de la lectura del conjunto del evangelio.

Durante muchos siglos se ha minusvalorado la importancia de las parábolas a la hora de interpretar el mensaje evangélico, pero hoy en día se admite de forma generalizada que si prescindimos de las parábolas nos quedamos sin mensaje. Las parábolas nos dicen lo más profundo que se puede decir de Dios y del ser humano, y lo hacen a través de imágenes porque su contenido no podría expresarse a través del lenguaje conceptual propio de nuestra cultura. Algunos pensamos que Jesús ha hecho la mejor teología de la historia a través de estos relatos sencillos al alcance de todos.

Pero quizá lo más importante para nosotros los cristianos sea su capacidad de interpelar; de hacer que nos sintamos aludidos y comprometidos. Como decía Ruiz de Galarreta: «Más que dar un mensaje, las parábolas provocan la necesidad de dar una respuesta».

Miguel Ángel Munárriz Casajús

La parábola del «hijo pródigo»

la identidad herida y la misericordia

Marta Rodríguez

  


Cuando el hermano mayor se entera del motivo de la música y la fiesta, se indigna. Está tan enfadado que se niega a entrar. No es difícil imaginarlo en el umbral de la casa de su padre, rechinando los dientes. Su tristeza siempre me ha llevado a reflexionar y me he preguntado qué pasa en nuestro corazón cuando no somos capaces de alegrarnos: qué cuerda hay que tocar para que el bien de los demás se convierta en una amenaza o un insulto para nosotros, o ambas cosas al tiempo.sentimiento desagradable. Es el único pecado capital que no trae consigo la ilusión de felicidad o placer a cambio de nuestro consentimiento a un bien aparente. La envidia no promete nada: solo trae amargura y tristeza. El hermano mayor cree que tiene motivos justificados para tenerla.

Durante años se ha esforzado trabajando en el campo de su padre. Ha soportado la peor parte del cansancio y el calor. Ha regado esos campos con su sudor, todos los días, todas las semanas, todos los meses, todos los años. Mientras, el hermano menor no estaba haciendo ningún bien.

Hizo todas esas cosas que él también quería hacer, pero que nunca se había permitido, excepto en su imaginación. Matar al ternero engordado para celebrar el regreso de este miserable irresponsable era una ofensa. Significaba decirle que su trabajo no valía nada, que su fiel servicio de todos esos años no valía nada, que él mismo no valía nada. Nada.

La herida de la envidia

En la raíz de la envidia, siempre hay una duda sobre el propio valor. Cuando no se está seguro del amor del padre, se concibe al otro como un competidor. Está claro en el caso de los niños. Si el hijo mayor siente envidia del pequeño es porque siente que la llegada de este viene a robarle algo de su amor paternal.

Y cuando los niños están seguros de este amor, aprenden a compartir. Los años y nuestra entrada en la vida adulta nos enseñan a adoptar buenos modales y ya no hacemos las escenas que hacíamos de niños, cuando aún sabíamos gritar y llorar sin filtros. Pero la herida del niño muchas veces se queda dentro de nosotros y nos hace sentir el éxito de los demás como si nos hubieran quitado algo.

Pero hay más. Llevamos dentro una herida en nuestra identidad de hijos que nos hace dudar de ser amables. Y aquí llegamos al meollo del asunto: no nos creemos merecedores de un amor total y gratuito. Tal vez aceptamos ser amados por nuestra belleza o por esas cualidades, acciones, actitudes que reconocemos como nuestras fortalezas.

Pero todos tenemos en la casa de nuestra intimidad habitaciones donde nos gustaría que nadie entrara nunca; habitaciones llenas de sombras que nos enfrentan a nuestra pobreza. Pensamos que esas habitaciones no son dignas de amor. Son demasiado feas. Este sentimiento interior de indignidad nos lleva a pensar el afecto tenemos que ganárnoslo con nuestros éxitos, nuestro afán de control o respondiendo a las expectativas de los demás.

Parece que el hijo mayor de la parábola vivía un poco de esta manera, es decir, no como un hijo, sino como siervo. No vive bajo la mirada amorosa de su padre, sino bajo la mirada juzgadora de sí mismo y, por ello, nunca se cree a la altura. Por eso también es tan duro con su hermano. La cuestión es que miramos a los demás de la misma manera que nos sentimos mirados. Si nuestra mirada hacia los demás es dura e intransigente, quizás nos encontremos con una mirada igualmente dura e intransigente hacia nosotros mismos.

La mirada amorosa del Padre

La tristeza del hijo mayor siempre me ha empujado a examinarme. He descubierto que la capacidad de mirar a los demás con ternura está íntimamente relacionada con mi experiencia personal de misericordia. He notado que cuando me sentía invadida por la mirada amorosa del Padre (aquel de donde viene toda paternidad) mi corazón se volvía dulce hacia las personas que me rodeaban.

Empezamos a comprender quiénes somos cuando nos encontramos con la mirada amorosa del Padre, que se complace en nosotros y nos acoge tal como somos. En ese momento, tan admirablemente retratado por Rembrandt, dejamos de ser siervos, descubrimos que somos hijos y nos convertimos también en hermanos de nuestros hermanos. Y podemos entrar en la alegría y la fiesta del amor recibido y compartido, no merecido.

También les dijo: «Un hombre tenía dos hijos; el menor de ellos dijo a su padre: “Padre, dame la parte que me toca de la fortuna”. El padre les repartió los bienes. No muchos días después, el hijo menor, juntando todo lo suyo, se marchó a un país lejano, y allí derrochó su fortuna viviendo perdidamente. Cuando lo había gastado todo, vino por aquella tierra un hambre terrible, y empezó él a pasar necesidad. Fue entonces y se contrató con uno de los ciudadanos de aquel país que lo mandó a sus campos a apacentar cerdos. Deseaba saciarse de las algarrobas que comían los cerdos, pero nadie le daba nada. Recapacitando se dijo: “Cuántos jornaleros de mi padre tienen abundancia de pan, mientras yo aquí me muero de hambre. Me levantaré, me pondré en camino adonde está mi padre, y le diré: Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo: trátame como a uno de tus jornaleros”. Se levantó y vino adonde estaba su padre; cuando todavía estaba lejos, su padre lo vio y se le conmovieron las entrañas; y, echando a correr, se le echó al cuello y lo cubrió de besos. Su hijo le dijo: “Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo”. Pero el padre dijo a sus criados: “Sacad enseguida la mejor túnica y vestídsela; ponedle un anillo en la mano y sandalias en los pies; traed el ternero cebado y sacrificadlo; comamos y celebremos un banquete, porque este hijo mío estaba muerto y ha revivido; estaba perdido y lo hemos encontrado”. Y empezaron a celebrar el banquete. Su hijo mayor estaba en el campo. Cuando al volver se acercaba a la casa, oyó la música y la danza, y llamando a uno de los criados, le preguntó qué era aquello. Este le contestó: “Ha vuelto tu hermano; y tu padre ha sacrificado el ternero cebado, porque lo ha recobrado con salud”. Él se indignó y no quería entrar, pero su padre salió e intentaba persuadirlo. Entonces él respondió a su padre: “Mira: en tantos años como te sirvo, sin desobedecer nunca una orden tuya, a mí nunca me has dado un cabrito para tener un banquete con mis amigos; en cambio, cuando ha venido ese hijo tuyo que se ha comido tus bienes con malas mujeres, le matas el ternero cebado”. Él le dijo: “Hijo, tú estás siempre conmigo, y todo lo mío es tuyo; pero era preciso celebrar un banquete y alegrarse, porque este hermano tuyo estaba muerto y ha revivido; estaba perdido y lo hemos encontrado”».

Lucas 15, 11-3

La parábola del sembrador:

eternamente manos a la obra

«El sembrador» de Van Gogh

Francesca Bugliani Knox

Jesús no nos habla en abstracciones ni nos pide que sigamos una ideología. Jesús nos invita a entrar en relación con Él y a contemplar el mundo con sus ojos, ofreciéndonos su vida como ejemplo y dándonos su Palabra. Y las parábolas de Jesús, transmitidas por los evangelistas, son la personificación de su Palabra y un ejemplo de su estilo, el “estilo de Dios” que respeta nuestra libertad.mensaje profundo de aquellas narraciones familiares y aparentemente sencillas se nos escapa a primera vista, es porque Jesús nos lo oculta intencionadamente. En definitiva, las parábolas de Jesús se convierten en el lugar de encuentro con su Palabra, –con la Palabra que es Él–, para quienes están dispuestos a acogerlas con generosidad de espíritu. No tanto como ejercicio literario y no solo como oportunidad de estudio, sino sobre todo como medida de Dios sobre las cosas y sobre nosotros mismos.

¿Cuál es el primer paso fundamental que conduce a ese encuentro? Como todo encuentro auténtico, ese paso es escuchar. Pero ¿qué tipo de escucha? “Escucha a Israel”, Shema ‘Jisra’el, lo tenemos en las Escrituras. Isaías nos recuerda que se puede escuchar sin entender, tener sentido del oído y no saber usarlo. ¿Qué se nos pide entonces al escuchar? Prestar atención a cómo escuchamos la realidad en la que la Palabra actúa constantemente.

El significado profundo

Nos lo recuerda la parábola del sembrador, sin la cual ni siquiera se entienden las otras parábolas. “Escuchad”, exhorta Jesús antes de comenzar la historia del sembrador, y concluye “el que tenga oídos, que oiga”, recordando a su manera a Isaías. Por eso, quiero centrarme aquí, ahora, en Jesús hablándome. Y me imagino sentada en el suelo, entre la multitud, junto al mar de Tiberíades, tranquilo y hermoso.

Observo a Jesús alejarse, subir a la barca y quedarse allí. Empieza a hablar y yo sigo su historia. Me parece, inmediatamente, que he captado su significado, pero poco después me doy cuenta de que el significado profundo se me escapa. Como los discípulos, le pido a Jesús que me lo explique. No pudiendo hacerlo, como ellos, en persona, lo hago en el recogimiento, escuchando la Palabra con mayor atención, con “la mente, el alma y el corazón”.

La figura del sembrador que siembra con tan generosa abundancia y en todas las direcciones posibles, se me revela entonces como Aquel que está constantemente, eternamente, manos a la obra. El amarillo dorado del sol que irrumpe con fuerza en la pintura de Van Gogh sugiere ese acto creativo inmanente. La semilla incansablemente esparcida se convierte en vida en potencia. Y la tierra, esa tierra destinada a acoger la semilla de la vida soy yo, como persona, pero también somos nosotros, como comunidad, ya sea eclesial como religiosa o civil: todos somos sus destinatarios, sin distinción.

Los cuatro tipos de terrenos surgen como diferentes formas de acoger la Palabra y reconocer su presencia en todo lo que sucede a su alrededor. A veces escuchamos con un corazón endurecido por convicciones rígidas y preconceptos, y no queremos decir nada; otras veces escuchamos sin que el deseo de escuchar haya arraigado en el fondo del alma y entonces solo entendemos superficialmente; otras veces escuchamos sin alumbrar con la mente lo que nos condiciona mientras escuchamos y, en vez de comprender, tergiversamos y nos engañamos.

Un compromiso de vida

Cuando escuchamos “con el corazón, con el alma y con la mente” entendemos con plenitud “cosas escondidas desde la fundación del mundo” y damos fruto en abundancia, como buena tierra. Demos un salto cualitativo. Nosotros mismos nos convertimos en la semilla de la vida. La parábola nos abre así los ojos a la dura realidad de nuestras resistencias, distracciones y fragilidades en la escucha, pero al mismo tiempo, como se trata del estilo de Dios, no nos desanima.

A pesar de la falta de respuestas, el sembrador seguirá sembrando en todos las direcciones. La escasez de frutos de la tierra menos fértil se remediará con la asombrosa abundancia de los frutos de la tierra buena. Requiere, sin embargo, de nuestra colaboración. Y aquí está el desafío.

Nos toca preguntarnos cada día: ¿Qué tierra estamos poniendo a disposición de la Palabra y de los demás? ¿Escuchamos lo que crece o no crece y por qué, en nuestra tierra en la de los que nos rodean? ¿Tenemos la fuerza y el valor para dejar de lado nuestros prejuicios e ideas preconcebidas? Un llamamiento firme para escuchar y para discernir dirigido a todos en la Iglesia y en el mundo. Y que requiere, de una respuesta concreta, de un compromiso de vida.

Jesús se puso a enseñar otra vez junto al mar. Acudió un gentío tan enorme, que tuvo que subirse a una barca y, ya en el mar, se sentó; y el gentío se quedó en tierra junto al mar. Les enseñaba muchas cosas con parábolas y les decía instruyéndolos: «Escuchad: salió el sembrador a sembrar; al sembrar, algo cayó al borde del camino, vinieron los pájaros y se lo comieron. Otra parte cayó en terreno pedregoso, donde apenas tenía tierra; como la tierra no era profunda, brotó enseguida; pero en cuanto salió el sol, se abrasó y, por falta de raíz, se secó. Otra parte cayó entre abrojos; los abrojos crecieron, la ahogaron y no dio grano. El resto cayó en tierra buena; nació, creció y dio grano; y la cosecha fue del treinta o del sesenta o del ciento por uno». Y añadió: «El que tenga oídos para oír, que oiga». Cuando se quedó a solas, los que lo rodeaban y los Doce le preguntaban el sentido de las parábolas. Él les dijo: «A vosotros se os ha dado el misterio del reino de Dios; en cambio a los de fuera todo se les presenta en parábolas, para que “por más que miren, no vean, por más que oigan, no entiendan, no sea que se conviertan y sean perdonados”». Y añadió: «¿No entendéis esta parábola? ¿Pues cómo vais a conocer todas las demás? El sembrador siembra la palabra. Hay unos que están al borde del camino donde se siembra la palabra; pero en cuanto la escuchan, viene Satanás y se lleva la palabra sembrada en ellos. Hay otros que reciben la semilla como terreno pedregoso; son los que al escuchar la palabra enseguida la acogen con alegría, pero no tienen raíces, son inconstantes, y cuando viene una dificultad o persecución por la palabra, enseguida sucumben. Hay otros que reciben la semilla entre abrojos; estos son los que escuchan la palabra, pero los afanes de la vida, la seducción de las riquezas y el deseo de todo lo demás los invaden, ahogan la palabra, y se queda estéril. Los otros son los que reciben la semilla en tierra buena; escuchan la palabra, la aceptan y dan una cosecha del treinta o del sesenta o del ciento por uno».

Marcos 4, 1-2