Hablemos sobre liderazgo parroquial II


en misa

Según la definición de la RAE, liderazgo es “situación de superioridad en que se halla una institución u organización, un producto o un sector económico, dentro de su ámbito”. Su raíz etimológica es anglosajona proveniente de “lead” que significa guía. Pero ambas definiciones, una estructural y la otra intrínseca, no proyectan la demanda que implica el liderazgo parroquial.



Probablemente han escuchado la historia de los dos vendedores de zapatos que fueron enviados a África para abrir mercado, uno mandó un telegrama diciendo: “mercado cerrado, nadie usa zapatos”, mientras que el otro escribió: “maravillosa oportunidad, nadie usa zapatos”. Podría decir que algo similar ocurre con las parroquias ahora, muchos piensan que están muriendo, y somos algunos los que pensamos que aún no han visto nada.

Podemos sacar en contra de esta idea innumerables estadísticas de parroquias que han cerrado o seminarios que quedan vacíos, pero quisiera que recordáramos, como sacerdotes o incluso como laicos que hemos tenido una experiencia de conversión, cómo al inicio, ya sea que hayamos entrado al seminario o hayamos salido de un retiro o cualquier encuentro con Dios, asistíamos a todo, queríamos leer todos los libros o folletos, enterarnos de todo, entrar al coro, al grupo juvenil, al grupo de adoración, a la pequeña comunidad, íbamos a dos tres misas los domingos, etc.

Poco a poco, al siguiente año, ya empezábamos a sentir el peso de las responsabilidades, y aprendimos a limitarnos en cada cosa, hasta que terminamos solo con aquello que nos llenaba el alma, podría haber sido el silencio o solo comunidad, organizar los retiros o dar catequesis infantil; un sacerdote recién ordenado experimenta lo mismo, cuando llega a su primera parroquia quiere hacer todo, participar en todo e involucrarse con todos, hasta que, con el tiempo, va dejando responsabilidades a los demás; lo que realmente pasa es que los impulsos se van reduciendo, cuando iniciamos cada una de las participaciones son impulsivas, luego son impulsivos los periodos, hasta que finalmente el impulso está en todo nuestro programa de vida.

La compasión, esencial en el liderazgo parroquial

Muchas veces pasa lo mismo con el liderazgo, creemos que hay recetas a seguir y buscamos los pasos que impulsivamente seguimos, pensando que obtendremos el resultado final sin darnos cuenta que estamos haciendo un torpe intento impulsivo. Cuando ese mismo impulso lo dejamos de dirigir a los pasos y lo ponemos en todo el proyecto, es entonces cuando empezamos a construir un liderazgo más sólido. El liderazgo es un proyecto personal a largo plazo.

Las parroquias en mi diócesis son de 30,000 habitantes, aproximadamente, con sus excepciones tanto arriba como abajo de ese rango; sin embargo, comparten entre todas unos porcentajes de participación muy similares: 75% se dice católica, el 6.6% asiste a misa dominical y el 0.7% está comprometido con algún apostolado.

De modo que tenemos cerca de 200 personas que podemos llamar apasionados por el apostolado parroquial, tenemos otro grupo más grande, cerca de 2,500 que van a misa por diferentes razones y ayudan cuando pueden en algún proyecto sin comprometerse a nada, pero tienen algo de identidad; tenemos otro grupo mayor, poco más de 20,000, que van a misa algunas veces al año, su religiosidad está plagada de supersticiones, y su única identidad es, muchas veces, una tradición familiar; y finalmente un pequeño grupo que crece cada día más de personas que están alejadas por muchas razones, que pueden tener o no otras identificaciones religiosas. Pero nadie, ninguna persona de cada uno de esos grupos, puede ser ajeno a lo que es más esencial en el liderazgo parroquial: la compasión.

Una renovación parroquial sustentable

Incluso la persona menos creyente no puede ser inmune a la compasión, simplemente dejaría de ser humano. La compasión es un movimiento natural de la persona que al verse envuelto en manifestaciones violentas, simplemente se esconde, pero ahí está. No tendríamos familia, ni habría abuelos entusiasmados por sus nietos, ni celebraciones de cumpleaños ni más bodas o reuniones de amigos para ver el futbol si no fuéramos compasivos. Es algo que llevamos dentro y que podemos sentir. Imagina solo por un momento que Jesús hubiera dicho: “perdonen a su hermano como el Padre los perdona, aunque no sé si esto sea posible” (!¡)

Cuando cualquiera piensa que, tener una parroquia renovada con líderes compasivos que muevan a las personas a ser discípulos y encontrarse renovadamente con Cristo, es algo imposible o en el mejor de los casos muy difícil, no es por su propia culpa, sino que es culpa nuestra, de quienes pretendemos encabezar algún tipo de liderazgo, de los obispos, líderes y estructuras que actúan con un supuesto plan y dirigen su impulso a cada uno de los pasos, que les generan números que adornan muy bien sus informes; porque realizar metas cortas por impulsos es una gran tentación, pero eso no crea un liderazgo parroquial sólido pensando a largo plazo y es un error.

Cuando el impulso se pone en el plan y no solo en las metas, permite crear una especie de economía del impulso, una administración que produce resultados pero al mismo tiempo crea las condiciones para que las cosas no se terminen ahí, sino que sigan creciendo hasta alcanzar una renovación parroquial sustentable. Es vivir la renovación con la emoción que te da el ver la construcción, teniendo lideres envisionados y no la puesta de cada ladrillo que produce líderes cansados. Se trata de tener en mente la visión global.

Ojos brillantes que van haciéndose nuevos discípulos

Muchas veces somos o tenemos líderes en nuestras parroquias que solo piensan en ese 6.6% de los que asisten a misa, por ejemplo, los jóvenes que invitan a los que van a misa para que se sumen al grupo juvenil; imagina cómo sería un líder que pensara que a todos les debe gustar la parroquia, que todos deberían encontrar un lugar, que todos deberían sentirse bienvenidos, y que simplemente todavía no se han enterado de lo maravilloso que es encontrar a Dios y al hermano, tendrían que provocar una transformación desde dentro; es como decíamos al inicio, ver un problema o una oportunidad.

En realidad un buen líder parroquial no debería “hacer” nada. Yo conozco líderes que hacen todo, están en tres ministerios, comunidad, y literal, venden gelatinas el domingo. El liderazgo parroquial depende de su capacidad de empoderar a otros. Su trabajo es despertar las posibilidades de los demás. Esto se verifica cuando ves que los ojos de los otros brillan, es entonces cuando el líder sabe que lo está haciendo bien. Cuando a la gente le brillan los ojos escuchando la prédica de su pastor, cuando le brillan los ojos por aprender, por alabar, por ayudar, etc, hay un líder detrás que lo está haciendo bien; entonces el éxito en la construcción de una parroquia renovada se trata de ver cuántos ojos brillantes van haciéndose nuevos discípulos.

Podemos encontrar miles de artículos sobre liderazgo, pero pocos van a hablar sobre el espíritu del liderazgo parroquial, se trata de un caminar discipular compasivo que debe desarrollar habilidades de escucha empática, mirar objetivamente al prójimo, conectar con sus necesidades y saber vivir en el respeto que la compasión dicta. Es el mismo itinerario que hizo el Buen Samaritano o el Padre de la parábola del hijo pródigo

¿Parroquias felices?


Dentro del horizonte de sucesos de la renovación parroquial, es decir, aquella frontera donde empiezan a suceder cosas que son observables pero ya no inmiscuyen a toda la cúpula parroquial, o para decirlo de forma más coloquial, cuando las cosas suceden sin que el párroco esté necesariamente en todo, siempre tenemos una lista muy concreta de objetivos: la catequesis, porque lo deseable es que nuestros laicos estén lo mejor preparados; la evangelización, porque lo deseable es que todos conozcan a Cristo; los sacramentos, porque lo deseable es que nadie se quede sin esas gracia que cada sacramento da, y alguna más, pero pocas veces nos planteamos como objetivo el tener una parroquia feliz.



Claro, aquí también entramos en terrenos muy paradójicos, sobre todo cuando confundimos la felicidad con “hacer felices a todos”, porque este último tiene más bien el tinte de complacencia donde cualquiera tiene la batalla perdida, nada más basta mirar a Nuestro Señor en los mismos evangelios. Unos querrán misas más cortas, otros más largas, unos más con cierta música y un largo etcétera. No es de eso de lo que quiero hablar.

Generar una parroquia feliz

Últimamente se han hecho numerosos estudios sobre lo que ahora se llama la ciencia de la felicidad, y existen diferentes posturas que no agotaremos aquí, pero van desde las soluciones bioquímicas con las hormonas de la felicidad, hasta las aplicaciones terapéuticas y de meditación que te ofrecen esa anhelada vida. Pero debemos de ser realistas, la felicidad pura la tendremos en el cielo, aquí, como dice el rezo de la Salve, es un valle de lágrimas. Sin embargo, no nos vayamos del lado del pesimismo, podemos y debemos tener parroquias felices.

Un primer acercamiento diagnóstico sería revisar los memos o actas de cada reunión de consejo parroquial. Si nos dedicamos a resolver problemas, la estamos haciendo más de bombero que de líder parroquial; si están llenas de planeaciones para actividades “pastorales” que muchas veces se dirigen a los que ya vienen a misa, porque queremos que se capaciten (catequesis), que conozcan (evangelización) o que se casen (sacramentos), tenemos una parroquia de sobrevivencia, una iglesia para gente de iglesia. 

Si en nuestras reuniones de decisión planeamos cómo recaudar fondos y eso consume todas las reuniones, pues, vamos de mal en peor, porque el círculo se cierra y seguimos pidiendo dinero a la gente que ya da dinero, solo tratamos de convencerles de que este dinero se destinará para otra cosa de la cual se tiene necesidad pero esa persona, muchas veces, no se involucra mas que dando una moneda. Con todas estas cosas estamos coartando la libertad de nuestros laicos, no estamos generando líderes y no le estamos dando su espacio a la felicidad de nuestros feligreses.

Solo imaginemos gente feliz en nuestros ministerios, en las misas, en la evangelización y catequesis… Hablo de una bola de nieve, de una transformación transformante. De eso se trata la renovación parroquial. Evidentemente, no hay recetas para ello, lamento decepcionarles, pero sí hay un camino que son los tres principios de la renovación parroquial de los que ya les he hablado en artículos anteriores: el cambio cultural o de pensamiento, alcanzar a las siguientes generaciones y ser hospitalarios en todo. Pero ¿cómo estos principios me pueden generar una parroquia feliz? No son datos míos, sino de una de las más prestigiosas universidades del mundo.

Desentrañar la felicidad

La universidad de Harvard ha roto un hito en las investigaciones de campo al llevar hasta el día de hoy 80 años continuos de una misma investigación, un trabajo llamado “Estudio de desarrollo de adultos”. El objetivo de este estudio interdisciplinario es desentrañar la felicidad. Al darse cuenta de que la memoria es parcial, selectiva y creativa, decidieron dar seguimiento a más de 720 personas durante casi toda su vida para analizar cómo iba cambiando su perspectiva de una vida feliz, desde la adolescencia hasta la senectud. Actualmente cerca de 60 siguen participando. Este estudio se enriquece por la heterogeneidad de sus participantes, personas que estuvieron en la segunda guerra mundial, personas con carreras universitarias y también personas de barrios pobres con familias disfuncionales; la gran conclusión y lección de este estudio es que las buenas relaciones hacen a la gente más feliz y más saludable. No es el dinero, la fama o trabajar duro muchos años de su vida, sino las relaciones sociales saludables.

Otro estudio del laboratorio que dirigen Dan Gilbert y Timothy Wilson, llamado “pronósticos afectivos” hicieron algo más profundo, analizando las funciones cerebrales, especialmente del lóbulo frontal, que es lo que morfológicamente nos pone el apellido “sapiens”. En esta parte del cerebro se concentran los enlaces neuronales que nos permiten predecir, visualizar el futuro inmediato de cualquier situación, lo que modela nuestra toma de decisiones y produce un enlace directo con nuestro mundo interior, porque las perspectivas, favorables o desfavorables que nos imaginamos, terminan conectando con las emociones.

Con todo esto quiero que pensemos en que al hablar del tercer principio de la renovación parroquial: ser en todo hospitalarios; no nos referimos solo a tener siempre café y galletas en nuestras reuniones, o un ministerio de bienvenida en cada misa; se trata de una transformación más real, moldeable y realmente permeable en cada miembro de la comunidad para abrirse al prójimo a modo de tener y generar un pronóstico afectivo que sea el rostro de una nueva parroquia. Sentirse bienvenido y hacer que cualquiera sea también bienvenido. Este es el ingrediente más fundamental para generar pertenencia y perseverancia.

Ser realmente hospitalarios

En alguna parroquia en las que me ha tocado servir, cuando entrevisté a los miembros de las pequeñas comunidades, me sorprendió que en sus temas de estudio fueran en el segundo libro, pues llevaban con la evangelización más de 30 años. Realmente nunca habían pasado del tercero. La justificación es que “siempre se aprende algo nuevo”, lo que en realidad estaba escuchando era: “no entendemos bien, y aprender en realidad no nos interesa mucho”. Las más viejas comunidades no perseveraban por su catequesis, sino porque habían hecho fuertes lazos que los hermanaban. Contrario a esto, quienes dejaban de perseverar, en el 90 por ciento de los casos, se iban por algún hecho que rompía esa comunión, por ejemplo los juicios, los chismes, el que se rompiera el sigilo que exige la edificación mutua, etcétera.

Ser realmente hospitalarios implica una seria conversión personal que tiene que impactar todas nuestras conductas, no como represión, sino dejando en libertad y escucha a ese que critica, que juzga, que condena, que compara, que se burla, que se cree mejor que los demás, como dice la CNV (comunicación no violenta), el pensamiento chacal y empezar a cultivar un actuar más compasivo aprendiendo a colocarnos desde nuestras propias necesidades y conectando con las necesidades del otro, o como se dice, el sistema jirafa.

También es otro elemento que muchas veces dejamos de lado en las planeaciones pastorales, la conversión personal de los feligreses como proceso o programa dentro del apostolado. Algunos intentos muy dignos de revisión tuvo en sus inicios la Renovación Carismática y ahora algo más orgánico el Movimiento Neocatecumenal; no obstante, la reflexión y el diálogo propositivo serio entre los que dirigen las diócesis, las parroquias, sobre la adhesión de un camino de discipulado dentro de la planeación pastoral, estoy seguro, provocaría un cambio cultural muy importante en nuestra Iglesia y por supuesto en nuestra sociedad.

En estos casos es fijarse en lo menos para tener más, porque es una gran tentación dirigir el foco a las grandes obras que nos arrojen números, en vez de encaminar a tres o cuatro que realmente encuentren la compasión evangélica en su vida, resulta más tardado y arroja menos resultados. Pero aquí se aplica la explicación que Jesús daba cuando le preguntaron si serían muchos los que se salvarían (Lc 13,22-30) y aquellos que pensaron que tenían méritos suficientes por haber hecho grandes cosas, les respondió: “no te conozco”. Tú ¿qué opinas?

La renovación parroquial


El tema es una de mis pasiones. Creo que hay un gran consenso, a veces velado, de que la parroquia debe cambiar, profesionalizarse, ser autosustentable. Se han escrito muchos artículos, libros, tenemos charlas con amigos o familiares, leemos encíclicas, pero no cambia.



La nueva época que estamos viviendo, cabalgando de una cultura industrializada a una del conocimiento, con todos sus pros y sus contras que aquí no mencionaré, impone sus exigencias; pero la parroquia, especialmente en América Latina, no ha acompañado este cambio, y eso significa que lo interno de la parroquia, sus contenidos, sus estructuras, siguen obsoletas, aunque estemos en redes sociales.

En el mundo, los grandes inventos fueron apareciendo por el avance del conocimiento. En el siglo antepasado fue tomando forma la ciencia positiva que formuló Newton, que concebía al mundo como un mecanismo muy estable con leyes universales; tanto así que a finales del siglo XIX muchos científicos estaban convencidos que todo ya se había descubierto. Hoy, en esta época de innovación el saber se ha revolucionado y democratizado y nos presenta la realidad de modo diferente.

Quiero mencionar tres hitos de la ciencia en el siglo pasado. En 1905 Einstein publica su teoría de la relatividad. En 1915 aparece la teoría cuántica. A mediados de siglo se desarrolla la teoría de los sistemas complejos no lineales… sistemas complejos no lineales… ¿Cómo? ¿No que el mundo era un sistema muy organizado con leyes permanentes?

Las parroquias, sin elementos para responder a las nuevas demandas

Parece que no. Ahora sabemos que el cosmos está en expansión y que existen leyes, pero que al contener cierto elemento de azar (teoría del caos), no son tan universales (como las leyes cósmicas que no se aplican a las cuánticas). Pero no existiría el internet, ni el GPS o la medicina nuclear si nos hubiéramos quedado con la física de Newton.

En la Iglesia, sin duda, el gran hito fue el Concilio Vaticano II (CV II), sin él no tendríamos los nuevos movimientos parroquiales, los ministerios laicales, ni el protagonismo de los laicos en la vida eclesial y social. Por supuesto que este cambio fenomenal ha exigido a las parroquias que cambien, pero ¿cómo hace una parroquia para cambiar? Cuando se experimentaron nuevas dinámicas en la iglesia a partir del CV II, por ejemplo en Francia con los sacerdotes obreros, se les exigió a las parroquias mayor apertura e inició una nueva exigencia de la sociedad.

El mandato social cambió, de tal manera que, las parroquias del siglo pasado, que fueron muy exitosas y cumplieron su cometido, hoy están hackeadas; no tienen los elementos para responder a las nuevas demandas, como si la base de sustentación social que las hacía un referente, se hubiera caído.

En varios lugares del mundo se están haciendo grandes esfuerzos por innovar, baste mencionar el movimiento de Amazing Parish en Estados Unidos o Alpha que nace en Inglaterra, pero debemos cuidarnos de una especie de Copy Page cuando no hemos podido resolver lo que en América Latina necesitamos.

Involucrarnos con un nuevo liderazgo

Primeramente no contamos con el presupuesto para financiar algunos de esos modelos, y también que la base cultural latinoamericana es heterogénea, lo que requiere soluciones más flexibles. Necesitamos acortar las brechas en nuestros pueblos, ponderar la calidad en la creación de contenidos profundos y significativos y echar a andar las competencias de todos en esta misión.

La buena noticia es que esto ya está pasando, Alpha implementa un sistema de enseñanza entre los participantes que los capacita a replicar, es decir, un sistema de mentorías sustentables, porque no hay mejor aprendizaje que lo que se aprende cuando se enseña. Resulta barato, cierra las brechas de un viejo sistema catequético y promueve un cambio cultural. Pero si es tan bueno ¿por qué no se generaliza? Nos falta un cambio de conciencia. Debemos dejar de pensar que las soluciones heterodoxas son de segunda; debemos dejar de buscar sistemas automáticos y remotos, e involucrarnos con un nuevo liderazgo, un liderazgo compasivo que nos permita conectar con nosotros mismos y con los demás.

Los esfuerzos por renovar la parroquia deben tener objetivos concretos que ayuden a los tomadores de decisiones a enfrentar las dificultades que implica un cambio profundo. No tenemos tiempo. Iniciar un cambio cultural implica decisiones complejas que generan turbulencias e involucra a todos, pero si no lo hacemos no tendremos parroquias sustentables, si no lo hacemos, si no estamos dispuestos a escucharnos y ser más compasivos, dejaremos a las parroquias sin futuro.

Para la renovación de las parroquias

La motivación correcta en la organización eclesial 

En muchas ocasiones me han compartido sacerdotes y organizaciones parroquiales sus propuestas de acción pastoral, desde planeaciones discretas, hasta muy elaboradas basadas en la metodología prospectiva que, a mi parecer se le ha dado demasiado protagonismo como una solución no entendida ni adaptada al ámbito eclesial; el producto final de cualquier planeación es tener objetivos generales y específicos de las diferentes áreas analizadas que tratan de embonar en un sistema que tiene una gran falla focal: la motivación correcta en cualquier organización que quiera ser productiva no es la motivación extrínseca, sino la intrínseca

La ciencia de la motivación inició en 1945 cuando el psicólogo alemán Karl Duncker hizo un experimento que se conoce ahora como “el problema de la vela”. Puso en una mesa una vela, unos cerillos y una caja con tachuelas, y les dijo a los participantes que con lo que tenían ahí debían encender la vela sin que chorreara la cera en la mesa. El ejercicio sigue siendo un claro ejemplo muy usado en diferentes formatos para ayudarnos a “pensar fuera de la caja”, es decir, fuera de los paradigmas creados. Muchos intentaron clavar con las tachuelas la vela, pero sin éxito, otros trataron de calentar un lado de la vela para pegarla en la pared, pero no funcionó. La solución era vaciar la caja de tachuelas, pegar con éstas la caja a la pared y poner dentro la vela. Soluciones al pensar de forma periférica o como científicamente se llama “superar la fijación funcional”. Los participantes en el experimento veían la caja como el depósito de tachuelas, pero no lograban ver que podría tener otra función: ser el soporte de la vela. 

Usando este mismo experimento, el psicólogo canadiense Sam Gluckberg añadió un elemento más, el de los incentivos. Hizo un grupo de control que no tenía incentivos, contra otro que sí los tenía, ellos recibían una recompensa por la rapidez con la que lograran solucionar el problema. El resultado fue que el grupo que tenía el incentivo, tardó mucho más en resolver el problema que el grupo de control, y este mismo resultado se fue dando en otras sociedades y culturas donde se replicó, por ejemplo en la India o países europeos. A esto se fueron sumando experimentos y análisis de muchas universidades en diversas áreas, sociología, economía, etcétera, con los mismos resultados. 

En conclusión, las motivaciones extrínsecas no funcionan cuando el objetivo es que una organización sea productiva, esto quiere decir que los asensos, los bonos, las promociones, las despensas o lo que se quiera ver como premio o castigo, no hacen a las organizaciones verdaderamente innovadoras. Este es uno de los más grandes hallazgos en las ciencias sociales y es uno de los más ignorados y, lo verdaderamente preocupante es que el sistema operativo de nuestras iglesias se construye alrededor de este mismo esquema, es decir, de forma más o menos velada un sistema de castigo – recompensa. Muchas veces los planes pastorales colocan en el horizonte las metas de los objetivos prospectados y en base a eso se realizan juicios calificativos que determinan mecánicamente si se están haciendo bien las cosas o no, y lo peor de todo, sin tomar en cuenta el cambio cultural, tan necesario en nuestros días; de modo que no solo pocas veces funciona, sino que en la mayoría de los casos perjudica el avance en la misión de hacer discípulos. Hay una expresión que no me agrada, pero nos ayudaría a entender: “se termina vacunando a la gente”. 

Más adelante el doctor Gluckberg hizo una variante del mismo “problema de la vela”, colocando sobre la mesa la vela, los cerillos, la caja y fuera de ésta las tachuelas; el resultado fue que el grupo que iba a recibir los incentivos logró hacerlo en segundos, porque la caja de tachuelas ya no se presentaba como tal, al presentarla vacía, de alguna manera se guiaba a la solución buscada. Cuando las tachuelas se presentan fuera de la caja es más sencillo, la respuesta es mecánica, y las recompensas condicionadas funcionan muy bien en los entornos donde hay reglas sencillas y objetivos claros, pero se crea un nuevo paradigma que no te hace “pensar fuera de la caja”, solo te toca responder a una situación diferente sin pensar, o sea,  mecánicamente. Esto sucede con muchas planeaciones pastorales que carecen del espíritu compasivo del Evangelio porque los sistemas de castigo – recompensa, suelen concentrar la mente en las metas a conseguir, es decir en lo que se quiere  o “debe” obtener y en ese sentido funcionan con éxito; pero se olvida la realidad de la periferia, a los más alejados, a los indecisos, a los no creyentes, a quienes está dirigida la misión no de argumentos, sino de acción compasiva; porque a final de cuentas el cambio cultural de la renovación parroquial es una propuesta a largo plazo a la que es fácil renunciar. 

Recuerdo que en todas las reuniones donde se nos comenzaba a hablar de la metodología prospectiva, hace ya casi 10 años, siempre se terminaba diciendo: es que es algo muy elaborado que no van a entender, son muchas cosas que les iremos diciendo poco a poco… algo totalmente contrario a la inclusión. La metodología prospectiva, como toda moda, se trató de imponer como la gran respuesta en este afán de buscar soluciones integrales que den forma a los planes pastorales, cosa que hace medianamente bien, pero con resultados que dejan mucho que desear en la realidad de las comunidades; por un lado se evita la parte científica del análisis de resultados, y por otro se olvida que la vida cristiana es básicamente un seguimiento que tiene mucha más riqueza que el alcance de metas. El resultado es que la planeación arrojada por la metodología ocupa el lugar del Evangelio, y entonces lo único que importa es “el hacer” sin “el ser”. Es como cuando todo esta cargado por un andamiaje que si se quita o no alcanza para sostenerlo, se cae. En otras palabras, en los reportes anuales hay un gran crecimiento, pero las parroquias siguen creciendo o decreciendo igual. 

Piensen un momento en su propia parroquia, los problemas que enfrenta ¿tienen unas reglas claras y una sola solución? No. La realidad es que no hay reglas claras y la solución, si es que existe se descubre providencialmente y no es obvia. Es más, cada uno de nosotros estamos lidiando todos los días con la misma situación a la que nos enfrenta “el problema de la vela” y pensamos en soluciones mecánicas que no funcionan. En muchas ocasiones cuando no se entiende y vive la verdadera compasión evangélica, terminamos parados junto a  las ruinas de una pastoral que al pretender mecanizarse, termina perdiendo la conciencia de sí misma. Veamos cualquier ejemplo de planes mecanizados “All Inclusive” que funcionan hasta cierto punto, pero luego ya no dan más porque lo mecanizado está desencarnado. Si queremos salir de este desorden, si realmente queremos construir parroquias y diócesis del siglo XXI, no sigamos haciendo las mismas cosas equivocadas, atrayendo a las personas con una zanahoria más dulce o amenazándolas con un palo por otro lado. Me sigo negando a una iglesia proselitista. 

Hacer una renovación en nuestras iglesias implica abandonar las motivaciones extrínsecas por las intrínsecas. La motivación intrínseca mueve a las personas hacia las cosas que les gustan, que les resultan interesantes, que realmente les importan, a ver escuchadas sus verdaderas necesidades. Este es uno de los elementos principales cuando se comienza a renovar, porque cuando hablamos de pertenencia, hospitalidad e identidad, estamos hablando de este motor interno que mueve a las personas. Los científicos que estudian lo que ahora se llama la ciencia de la motivación, colocan tres pilares que no pueden faltar en la motivación intrínseca: autonomía, capacitación y propósito. Y estos tres elementos son los que deben formar el concepto de pertenencia que es tan fundamental en la renovación parroquial. 

A veces me imagino que las metodologías pastorales son como una cápsula que muchos se tragan sin agua. Resultan ser una base para prospectar soluciones, metas, proyectos y más, basados en un análisis de la realidad que, muchas veces, disfrazado bajo algo parecido a la inclusión, pasan por encima del verdadero espíritu del Evangelio, terminan arrojando resultados que construyen soluciones huecas y, lo más grave a mi parecer, corrompiendo valores muy nobles como la espiritualidad de comunión, por poner solo un ejemplo. ¿Tú qué piensas? ¿Conoces resultados palpables y duraderos de estos planes? 

¿Qué es la Iglesia ? 

Javier Rodríguez Couce podía llegar a celebrar misa hasta en siete lugares distintos en un mismo día. Sin apenas tiempo para cambiarse, no era extraño verle viajar con el alba siempre puesta. 

Casi 2.000 feligreses estaban a cargo  de Javier, que no daba abasto con tanto trabajo. Su estilo de vida simple y esencial, siempre disponible, lo hacía creíble a los ojos de la gente y lo acercaba a los humildes, en una caridad pastoral. En la actualidad era responsable de 35 parroquias y de dos residencias de mayores de Castro de Rei. 

«La celebración del culto acaba con los curas, tenemos que hacer el trabajo de tres y dar misa requiere una concentración que termina agotándote” afirmaba Javier en una entrevista. 

La obediencia ha de ser útil, discreta, con una explicación a quien ha de obedecer,  y que conduzca al amor al prójimo y a la mutua ayuda. Me dan miedo algunas congregaciones modernas: son muy idealistas, incluso dicen que muy radicales, pero se asemejan demasiado a ciertas sectas, y se llega a extremos insospechados. 

Sin embargo esta disciplina es buena para los superiores; no les causan problemas los “súbditos” y se sacrifican como inocentes corderos. 

Lo escribe magníficamente el teólogo E. Schillebeeckx“La razón humana debe usarse al cien por cien en el campo de la fe. Sacar a colación la obediencia y cerrar los ojos, no es cristiano, no es católico. Es cada vez más necesaria la racionalidad, sobre todo, para reaccionar contra el fundamentalismo que mina cada vez más a la Iglesia…” 

Admiro la labor de miles y miles de párrocos que han dado y dan su vida en este ministerio. Pero por ellos y por el evangelio hay que acoger y promover un proyecto más hondo de parroquia al servicio de la libertad humana, que se está ensayando en mil lugares de la Iglesia. 

 Parroquia, una alternativa humana. “Parroquia” viene de “casa”, es lo que está en torno a una casa, formando una especie de casa o comunidad extensa. En esa línea, cada parroquia debe configurarse como un grupo social concreto, a contrapelo de las fuerzas e ideales de este mundo. Jn 2, 16-17. Pues bien, en ese contexto, cada parroquia puede y debe presentarse como espacio donde los creyentes pueden encontrarse en amor, para ayudarnos mutuamente, para crecer y ser personas, en gesto de caridad, de asistencia y de liberación mutua. 

Para algún obispo los éxitos antes de abandonar Mondoñedo parece que fueron “bajarse a la arena y cerrarlo todo…”  Ferrol además de haber sido Escuela Naval, parece haberse convertido en  “escuela de obispos” que vienen aprender a Mondoñedo-Ferrol para después buscar puestos mejores en otras diócesis… 

Sin embargo, tenemos que agradecer al actual obispo de León el habernos obsequiado con una hermosa fotografía antes de marcharse – ¡hecha por él mismo!- desde la terraza de la Domus Ecclesiae, subiendo así el listón al siguiente obispo, pero eso sí, con las prisas nos ha dejado sin una triste pastoral en sus cuatro años de obispado. 

Algunos jerarcas descartan la participación de los laicos para solucionar los problemas de la falta de clero. Para solucionarlo pusieron en marcha las Unidades Pastorales (UPA), Agrupación de parroquias. Agrupaciones que están llamadas al fracaso. Tal orientación pastoral se basa más en una línea de repliegue que en una pastoral de expansión… es una política de repliegue y de renuncia a intentar cambiar el ciclo imparable de descristianización de la sociedad. No piensan en la revitalización de las parroquias tal como tradicionalmente se ha entendido. Tampoco se molestan en buscar nuevos medios para la conversión de las personas a Cristo: misiones parroquiales, ejercicios espirituales, nuevos métodos de evangelización. 

 Las UPA (unidades pastorales) no son la solución, hay que recrearlo todo, para que se anuncie, celebre y practique el evangelio, en formas cercanas (casa a casa, grupo a grupo), en apertura a la nueva humanidad.  Cada parroquia puede y debe presentarse como espacio donde los creyentes pueden encontrarse en amor, para ayudarnos mutuamente, para crecer y ser personas, en gesto de caridad, de asistencia y de liberación mutua. No se tratará, pues, de una pastoral para tener más cristianos, para que haya más bautizos y más sacramentos, sino para que haya espacios abiertos de libertad, para que pueda haber más personas (hombres y mujeres) que asumen el ideal creador de Dios que está dirigido al despliegue de la persona humana. Pues bien, este es un tiempo para que los grupos de cristianos sin cura externo se animen a celebrar por sí mismos, desde el evangelio. 

No bastan unos pequeños retoques, hay que recrearlo todo, para que se anuncie, celebre y practique el evangelio, en formas cercanas (casa a casa, grupo a grupo), en apertura a la nueva humanidad. 

Es imprescindible buscar la unidad en la fe entre el clero y los fieles (moral, doctrinal, litúrgica), cultivar los carismas y mejorar la formación de los seglares. Afirmaba hace unos años el Papa Francisco: “mirar el pueblo de Dios, es recordar que todos ingresamos a la Iglesia como laicos.  El primer sacramento, el que sella siempre nuestra identidad y del que tendríamos que estar siempre orgullosos, es el del bautismo”. “A nadie han bautizado cura, ni obispo. Nos han bautizado laicos y es el signo indeleble que nunca nadie podrá eliminar” prosigue. 

La unción “sacerdotal” conferida por el bautismo constituye  también una opción profética y regia. Mediante su incorporación  a Cristo, el bautizado se convierte, con Cristo, en “profeta” y “Rey”. “Profeta” quiere decir “portavoz”El bautizado, unido  al Cristo- Palabra- de Dios, tiene un papel de “profeta” que desempeñar, transmitiendo al mundo, mediante su palabra y su ejemplo, el mensaje del Evangelio. 

Por lo que se refiere a la “realeza”, para comprender de lo que se trata, es preciso recordar que en la Antigüedad, particularmente en el Antiguo Testamento, tan solo era recordado como “rey” aquel que era fuente de libertad para su pueblo: ser “rey” era gobernar, por su puesto; pero era, sobre todo, garantizar la libertad del pueblo frente a sus enemigos. Tal era el criterio que decidía acerca de la legitimidad del rey. 

Cristo no aceptó el título de “rey” más que en el momento de su pasión, es decir, en el momento en que iba a liberar a los hombres de la tiranía del pecado y de la muerte. (Jn 6,14-15). Unidos a Cristo, los laicos participamos en la función de liberadores de los hombres. 

Todos somos sacerdotes, todas y todos nacimos para serlo, aunque algunos lo nieguen y digan que sólo los consagrados se merecen ese tratamiento. Pero el “ministerio apostólico” se ha convertido en una “carrera”, de la que viven los que ejercen ese ministerio.  

Y lo que es más grave: quienes ejercen esa “carrera” son personas que se dedican a hacer lo que prohibió Jesús a los Apóstoles: “No llevéis ni oro, ni plata, ni calderilla” (Mc 6, 7-13; Mt 10, 5-15; Lc 9, 1-6). Y de san Pablo, sabemos su conducta: “Trabajando día y noche, para no seros gravosos a ninguno de vosotros, os proclamamos el Evangelio de Dios” (1 Tes 2, 9; cf. Hech 18, 1-4; 1 Tes 4, 10 ss; 2 Tes 3, 6-12; 1, Cor 4, 12; 9, 4-18; 2 Cor 11, 7-12; 12, 13-18; Hech 20, 33-35). Si el Nuevo Testamento insiste tanto en esto, sin duda alguna, es que en esto la Iglesia se juega mucho. 

La disociación de la comunidad y el ministerio no sólo perjudicó a la conciencia de la comunidad como pueblo sacerdotal; también paralizó e inhibió la misión de evangelización del mundo. El ministerio episcopal y presbiteral se especifica como ministerio carismático por su misión de despertar, formar, configurar los dones y la fuerza de la gracia en la comunidad y de aplicarlos para utilidad de todos. 

La Iglesia que fundó Jesús es el nuevo Pueblo de Dios: un pueblo sacerdotal, profético y real. Jesucristo es Aquel a quien el Padre ha ungido con el Espíritu Santo y lo ha constituido “Sacerdote, profeta y Rey”. “Todo el pueblo de Dios participa de estas tres funciones y tiene las responsabilidades de misión y de servicio que se derivan de ellas”, indica el catecismo (783) 

Pero parece algunos los jerarcas no pueden entender esto. El futuro de muchas parroquias es incierto. El señorío del Cristo crucificado por política, sólo se puede extender liberando a los hombres de unas formas de dominio que les hacen menores de edad y les vuelven apáticos, sacándoles de las religiones políticas que les esclavizan. 

En los evangelios, en la teología de Pablo, en el resto del N. T., en toda la tradición del s. II, no se habla ni de vida religiosa ni de sacerdocio ministerial en la Iglesia. Por tanto, de la misma manera que la Iglesia pudo ser la verdadera Iglesia de Jesús sin sacerdocio y sin vida religiosa, no es ninguna herejía ni disparate alguno pensar que pueda llegar el día en que lo mismo los curas que los frailes y las monjas se acaben.                                              Hay una iglesia clerical de tipo jerárquico, es decir, de Clero separado y más alto, formado por el centro y por la cúspide de la gran pirámide de los que poseen las «órdenes sagradas» de diverso tipo, obispos y presbíteros, religiosos y religiosas, que tienen un status y una autoridad superior en conjunto oficial de la Iglesia. Esa Iglesia no es en sí misma secta, pero ha corrido el riesgo de convertirse en gran secta… 

De acuerdo con ese cambio de orden de los capítulos 2 y 3 de LG, el misterio de la Iglesia es el misterio del pueblo congregado por Dios, de la comunión entre todos los miembros de ese pueblo donde ya no hay judío o griego, ni señor o esclavo, ni varón o mujer. Pero el misterio de la Iglesia no es el misterio del poder sagrado, que a su vez necesitará unos fieles sobre los que ejercerse.  

Esa inversión de perspectivas del Vaticano II no ha marcado la mentalidad de muchos eclesiásticos. Pero sin ella no tienen vigencia las palabras de san Agustín, que serviría de examen de conciencia para muchos jerarcas, “soy cristiano CON vosotros y obispo PARA vosotros. Lo que soy para vosotros me aterra, lo que soy con vosotros me consuela”. 

 San Agustín, pues, se sabía Iglesia por ser cristiano, no por ser obispo. Es de temer que hoy muchos ministros se creen iglesia no por ser cristianos, sino por ser curas u obispos. Y así desaparece también el otro juego de palabras de san Agustín sobre los obispos, que repite infinidad de veces y que es tan inmejorable como intraducible: “praessint ut prossint” (o“prodesse, non praeese”): que presidan para aprovechar. Naturalmente, para aprovechar al pueblo de Dios, y no a otros intereses, aunque sean los de la curia romana. 

Para concluir, este es el momento de recordar que la designación de la Iglesia como pueblo de Dios proviene del hebreo qahal, (que el griego traducirá como ekklesía) y que designa aúna asamblea en estado de convocación, para llevar adelante su tarea histórica. La ekklesía tampoco viene de la palabra hebrea yahad que significa comunidad, y que usaban los monjes de Qumran para designarse a sí mismos. Se trata en la Iglesia de una comunidad que no huye de la historia sino que se enfrenta a una tarea en la historia. De ahí la responsabilidad de todos en ella. 

Consulta sinodal

 
¿Cómo se puede organizar la consulta sinodal en una parroquia? 

por Fernando Vidal  

La consulta sobre sinodalidad es en sí misma el comienzo de un nuevo camino para la mayoría de parroquias. Por distintas razones que el papa Francisco ha señalado, no es frecuente que haya costumbre de discernimiento comunitario con todo el Pueblo de Dios de las parroquias. Es un gran momento para aprender. 

En general, hay espacios incipientes para el discernimiento de toda la Iglesia local en una parroquia. Quizás se intenta que en los consejos pastorales estén presente una diversidad de voces y puede que una vez al año haya una asamblea de las personas que participan en los distintos grupos. Hay algunas relaciones estables con otras entidades del barrio, especialmente con el sector social a través de Cáritas. Con los católicos no practicantes y con personas no creyentes, los contactos suelen solo individuales y puntuales. Por lo tanto, este proceso de consulta es una excelente oportunidad para crear nuevos espacios de relación o mejorar los que están en estado incipiente o informal. 

Los manuales prácticos que se han elaborado sugieren que se celebren reuniones en los grupos ya formados, convocar una peregrinación, una actividad social o simplemente compartir una comida con los demás. La web oficial de la Santa Sede para el Sínodo propone también aplicar los excelentes y dinámicos materiales elaborados por la Diócesis de Palencia, con herramientas prácticas para niños, jóvenes, adultos, grupos y también para los animadores de la reflexión sinodal en las parroquias. Todo esto se puede descargar

Imaginando lo que es factible hacer en una parroquia normal, podrían existir, entre otras, las siguientes seis posibilidades que presentamos a modo de sugerencias. 

1. Cada semana una pregunta 

Hay un nivel de consulta general a los católicos que asisten a la eucaristía. Cada fin de semana, se puede hacer una pregunta breve en una cartulina que se reparta junto con bolígrafo o lápiz a todos los participantes en las misas durante un par de meses. Cada día una sola pregunta sencilla escogida entre las que incluye el documento del Sínodo. Incluso se pueden hacer tres preguntas que se entreguen aleatoriamente, de modo que cada fin de semana cada feligrés responde solamente una, pero se recogen respuestas para tres. 

2. Una encuesta 

Esa consulta se puede ampliar a todo el barrio mediante una encuesta. La encuesta se puede conseguir con encuestadores por la calle. Quedamos todos los parroquianos posibles un sábado por la mañana y se realizan encuestas por la calle. El cuestionario debe ser breve. Para que sean unos quince minutos de encuesta, hay que hacer, como mucho, diez preguntas abiertas o veinte preguntas en las que se den varias opciones para responder. 

Para que la encuesta recoja lo mejor posible a todo el barrio podemos procurar que el conjunto de respuestas tenga las siguientes proporciones: 1/5 deben ser respuestas de católicos practicantes, 2/5 de católicos no practicantes y otros 2/5 de otro tipo (no creyentes, sin religión, otras confesiones, etc.). Por sexo, mitad y mitad. Por edades, el 10% son niños y adolescentes menores de 15 años, el 25% de jóvenes (15-30 años), 40% de adultos (31-64 años) y otro 25% de 65 y más años. 

 Esas son las proporciones de toda España. Cada parroquia podría adaptarlo a su realidad demográfica. De este modo nos aproximaremos mejor a lo que piensa el conjunto. Seguramente no es estadísticamente representativa, pero nos acerca a la realidad. En todo caso, es una gran oportunidad para movilizar a la gente de la parroquia y escuchar amablemente a los vecinos (no entrar en debate con aquellos a quien se encuesta). 

Esa misma encuesta también se podría hacer un cuestionario en la web e ir consiguiendo gente que haga esas encuestas. Meteremos también ahí las encuestas que se hagan por la calle. Si falta de un grupo u otro, se va buscando gente para que se completen las proporciones. Es muy fácil confeccionar encuestas en Google y te da los resultados automáticamente

3. Grupos de conversación 

El Sínodo invita a una mirada que no solo sea interna a la Iglesia, sino a cómo caminamos con el conjunto de la comunidad humana. Para eso proponemos que se organicen “grupos de conversación” de seis personas dialogando durante una hora, en los que estén representados diferentes tipos de voces y organizaciones de nuestro territorio o barrio. A cada grupo se le plantearían cuatro o cinco preguntas abiertas para que dialogaran. Los siguientes grupos podrían representar el mapa de cada barrio:  

  1. Un grupo de adultos o mayores no creyentes. 
  1. Un grupo de católicos no practicantes, adultos o mayores. 
  1. Un grupo de jóvenes no practicantes o indiferentes. 
  1. Un grupo de responsables o activistas de organizaciones sociales, culturales, deportivas, etc. no confesionales del barrio. 
  1. Un grupo de creyentes de otras confesiones (musulmanes, hindúes, budistas, etc.) y otras denominaciones cristianas (Evangélicos, pentecostales, etc.). 
  1. Un grupo de educadores –creyentes o no– que viven en el barrio o enseñan en sus centros. 
  1. Un grupo de personas que inmigraron desde distintos continentes. 
  1. Un grupo de personas vulnerables a las que ayudan las distintas organizaciones o la parroquia. 

Obviamente, dependiendo de la situación de cada barrio y de la cantidad de gente capaz de organizar grupos, se pueden añadir otros perfiles o convocar más grupos. Es importante grabar las sesiones y luego hacer un resumen de lo dicho para poder pensarlo bien. Tendría que haber un equipo que se dedicara a organizar estos grupos, que uno o dos miembros de dicho equipo estuvieran presentes en cada grupo que se celebre e hiciera dos páginas de resumen de cada grupo. Los demás del equipo pueden escuchar las grabaciones y complementar el resumen. Ese resumen no juzga ni interpreta, sino que simplemente describe sintética y claramente lo que se dijo y cuáles fueron los consensos y divergencias que aparecieron. 

4. La asamblea parroquial 

La mejor opción es convocar a todos los que quieran participar de la parroquia, sea cual sea su grado de asistencia a la misma. Invitar a todos en las eucaristías, actividades y poner carteles. Si hay algún grupo descolgado de la parroquia, pero presente en el territorio, invitarlo también. De nuevo los materiales de la Diócesis de Palencia son una gran ayuda. Convocar una mañana de domingo. 

 Quizás para eso sea importante concentrar las eucaristías y dedicar una hora y media posteriormente a la reunión. Se podría hacer dos veces en todo el periodo de consulta. Tras una muy breve introducción de 10 minutos como máximo, organizar grupos infantiles, adolescentes y del resto (uniendo jóvenes y adultos). Habría que tener animadores grupales preparados para tantos grupos como haya, con los que haya habido una reunión preparatoria días antes. 

Lo más fácil es organizar la reunión en tres rondas. Plantear dos o tres preguntas a contestar en la primera ronda. En la segunda ronda, identificar cada uno qué aspectos le resuenan más –sin añadir nuevos aspectos-. En la tercera ronda identificar cuál sería la convergencia principal que hay entre todo lo escuchado. Tomar nota de todo y que cada animador haga una ficha por grupo. 

Si se logra hacer una segunda asamblea, se podría hacer un resumen (en una página) de lo que salió en la primera asamblea por grupos y trabajar de nuevo por grupos en tres rondas sobre esa página o bien introduciendo nuevas preguntas. 

5. Equipos, grupos y comunidades parroquiales 

Quizás es la consulta más fácil. Hay que poner mucho cuidado en no olvidar a ningún grupo o equipo (catequesis, comunidades, scouts, religiosos y religiosas que viven en el territorio parroquial, equipos de liturgia, Cáritas y otros grupos sociales católicas, etc.). Se pueden plantear en dos sesiones. El material de la Diócesis de Palencia está reamente muy bien para este nivel de consulta a grupos. 

6. Un grupo amplio de voces de grupos y equipos 

Además del trabajo de cada grupo y equipo, es importante constituir un grupo amplio donde estén presentes voces de todos los grupos, equipos y comunidades, con los que trabajar más a fondo todo el proceso, reflexionando lo recogido por todos los demás canales (grupos de conversación, encuesta, consultas en las eucaristías, etc.) y siguiendo todos los pasos que nos indican en las herramientas de la Diócesis de Palencia. Sería clave que ese grupo amplio contara con un guía espiritual que ayudara a seguir los pasos (y que se dedicara solamente a eso, sin intervenir más que para ayudar en el modo de proceder) 

¿Parroquias felices?

Dentro del horizonte de sucesos de la renovación parroquial, es decir, aquella frontera donde empiezan a suceder cosas que son observables pero ya no inmiscuyen a toda la cúpula parroquial, o para decirlo de forma más coloquial, cuando las cosas suceden sin que el párroco esté necesariamente en todo, siempre tenemos una lista muy concreta de objetivos: la catequesis, porque lo deseable es que nuestros laicos estén lo mejor preparados; la evangelización, porque lo deseable es que todos conozcan a Cristo; los sacramentos, porque lo deseable es que nadie se quede sin esas gracia que cada sacramento da, y alguna más, pero pocas veces nos planteamos como objetivo el tener una parroquia feliz. 

Claro, aquí también entramos en terrenos muy paradójicos, sobre todo cuando confundimos la felicidad con “hacer felices a todos”, porque este último tiene más bien el tinte de complacencia donde cualquiera tiene la batalla perdida, nada más basta mirar a Nuestro Señor en los mismos evangelios. Unos querrán misas más cortas, otros más largas, unos más con cierta música y un largo etcétera. No es de eso de lo que quiero hablar. 

Generar una parroquia feliz 

Últimamente se han hecho numerosos estudios sobre lo que ahora se llama la ciencia de la felicidad, y existen diferentes posturas que no agotaremos aquí, pero van desde las soluciones bioquímicas con las hormonas de la felicidad, hasta las aplicaciones terapéuticas y de meditación que te ofrecen esa anhelada vida. Pero debemos de ser realistas, la felicidad pura la tendremos en el cielo, aquí, como dice el rezo de la Salve, es un valle de lágrimas. Sin embargo, no nos vayamos del lado del pesimismo, podemos y debemos tener parroquias felices. 

Un primer acercamiento diagnóstico sería revisar los memos o actas de cada reunión de consejo parroquial. Si nos dedicamos a resolver problemas, la estamos haciendo más de bombero que de líder parroquial; si están llenas de planeaciones para actividades “pastorales” que muchas veces se dirigen a los que ya vienen a misa, porque queremos que se capaciten (catequesis), que conozcan (evangelización) o que se casen (sacramentos), tenemos una parroquia de sobrevivencia, una iglesia para gente de iglesia.  

Si en nuestras reuniones de decisión planeamos cómo recaudar fondos y eso consume todas las reuniones, pues, vamos de mal en peor, porque el círculo se cierra y seguimos pidiendo dinero a la gente que ya da dinero, solo tratamos de convencerles de que este dinero se destinará para otra cosa de la cual se tiene necesidad pero esa persona, muchas veces, no se involucra mas que dando una moneda. Con todas estas cosas estamos coartando la libertad de nuestros laicos, no estamos generando líderes y no le estamos dando su espacio a la felicidad de nuestros feligreses. 

Solo imaginemos gente feliz en nuestros ministerios, en las misas, en la evangelización y catequesis… Hablo de una bola de nieve, de una transformación transformante. De eso se trata la renovación parroquial. Evidentemente, no hay recetas para ello, lamento decepcionarles, pero sí hay un camino que son los tres principios de la renovación parroquial de los que ya les he hablado en artículos anteriores: el cambio cultural o de pensamiento, alcanzar a las siguientes generaciones y ser hospitalarios en todo. Pero ¿cómo estos principios me pueden generar una parroquia feliz? No son datos míos, sino de una de las más prestigiosas universidades del mundo. 

Desentrañar la felicidad 

La universidad de Harvard ha roto un hito en las investigaciones de campo al llevar hasta el día de hoy 80 años continuos de una misma investigación, un trabajo llamado “Estudio de desarrollo de adultos”. El objetivo de este estudio interdisciplinario es desentrañar la felicidad. Al darse cuenta de que la memoria es parcial, selectiva y creativa, decidieron dar seguimiento a más de 720 personas durante casi toda su vida para analizar cómo iba cambiando su perspectiva de una vida feliz, desde la adolescencia hasta la senectud. Actualmente cerca de 60 siguen participando. Este estudio se enriquece por la heterogeneidad de sus participantes, personas que estuvieron en la segunda guerra mundial, personas con carreras universitarias y también personas de barrios pobres con familias disfuncionales; la gran conclusión y lección de este estudio es que las buenas relaciones hacen a la gente más feliz y más saludable. No es el dinero, la fama o trabajar duro muchos años de su vida, sino las relaciones sociales saludables. 

Otro estudio del laboratorio que dirigen Dan Gilbert y Timothy Wilson, llamado “pronósticos afectivos” hicieron algo más profundo, analizando las funciones cerebrales, especialmente del lóbulo frontal, que es lo que morfológicamente nos pone el apellido “sapiens”. En esta parte del cerebro se concentran los enlaces neuronales que nos permiten predecir, visualizar el futuro inmediato de cualquier situación, lo que modela nuestra toma de decisiones y produce un enlace directo con nuestro mundo interior, porque las perspectivas, favorables o desfavorables que nos imaginamos, terminan conectando con las emociones. 

Con todo esto quiero que pensemos en que al hablar del tercer principio de la renovación parroquial: ser en todo hospitalarios; no nos referimos solo a tener siempre café y galletas en nuestras reuniones, o un ministerio de bienvenida en cada misa; se trata de una transformación más real, moldeable y realmente permeable en cada miembro de la comunidad para abrirse al prójimo a modo de tener y generar un pronóstico afectivo que sea el rostro de una nueva parroquia. Sentirse bienvenido y hacer que cualquiera sea también bienvenido. Este es el ingrediente más fundamental para generar pertenencia y perseverancia. 

Ser realmente hospitalarios 

En alguna parroquia en las que me ha tocado servir, cuando entrevisté a los miembros de las pequeñas comunidades, me sorprendió que en sus temas de estudio fueran en el segundo libro, pues llevaban con la evangelización más de 30 años. Realmente nunca habían pasado del tercero. La justificación es que “siempre se aprende algo nuevo”, lo que en realidad estaba escuchando era: “no entendemos bien, y aprender en realidad no nos interesa mucho”. Las más viejas comunidades no perseveraban por su catequesis, sino porque habían hecho fuertes lazos que los hermanaban. Contrario a esto, quienes dejaban de perseverar, en el 90 por ciento de los casos, se iban por algún hecho que rompía esa comunión, por ejemplo los juicios, los chismes, el que se rompiera el sigilo que exige la edificación mutua, etcétera. 

Ser realmente hospitalarios implica una seria conversión personal que tiene que impactar todas nuestras conductas, no como represión, sino dejando en libertad y escucha a ese que critica, que juzga, que condena, que compara, que se burla, que se cree mejor que los demás, como dice la CNV (comunicación no violenta), el pensamiento chacal y empezar a cultivar un actuar más compasivo aprendiendo a colocarnos desde nuestras propias necesidades y conectando con las necesidades del otro, o como se dice, el sistema jirafa. 

También es otro elemento que muchas veces dejamos de lado en las planeaciones pastorales, la conversión personal de los feligreses como proceso o programa dentro del apostolado. Algunos intentos muy dignos de revisión tuvo en sus inicios la Renovación Carismática y ahora algo más orgánico el Movimiento Neocatecumenal; no obstante, la reflexión y el diálogo propositivo serio entre los que dirigen las diócesis, las parroquias, sobre la adhesión de un camino de discipulado dentro de la planeación pastoral, estoy seguro, provocaría un cambio cultural muy importante en nuestra Iglesia y por supuesto en nuestra sociedad. 

En estos casos es fijarse en lo menos para tener más, porque es una gran tentación dirigir el foco a las grandes obras que nos arrojen números, en vez de encaminar a tres o cuatro que realmente encuentren la compasión evangélica en su vida, resulta más tardado y arroja menos resultados. Pero aquí se aplica la explicación que Jesús daba cuando le preguntaron si serían muchos los que se salvarían (Lc 13,22-30) y aquellos que pensaron que tenían méritos suficientes por haber hecho grandes cosas, les respondió: “no te conozco”. Tú ¿qué opinas? 

Hablemos de liderazgo parroquial II

  


Según la definición de la RAE, liderazgo es “situación de superioridad en que se halla una institución u organización, un producto o un sector económico, dentro de su ámbito”. Su raíz etimológica es anglosajona proveniente de “lead” que significa guía. Pero ambas definiciones, una estructural y la otra intrínseca, no proyectan la demanda que implica el liderazgo parroquial.

Probablemente han escuchado la historia de los dos vendedores de zapatos que fueron enviados a África para abrir mercado, uno mandó un telegrama diciendo: “mercado cerrado, nadie usa zapatos”, mientras que el otro escribió: “maravillosa oportunidad, nadie usa zapatos”. Podría decir que algo similar ocurre con las parroquias ahora, muchos piensan que están muriendo, y somos algunos los que pensamos que aún no han visto nada.

Podemos sacar en contra de esta idea innumerables estadísticas de parroquias que han cerrado o seminarios que quedan vacíos, pero quisiera que recordáramos, como sacerdotes o incluso como laicos que hemos tenido una experiencia de conversión, cómo al inicio, ya sea que hayamos entrado al seminario o hayamos salido de un retiro o cualquier encuentro con Dios, asistíamos a todo, queríamos leer todos los libros o folletos, enterarnos de todo, entrar al coro, al grupo juvenil, al grupo de adoración, a la pequeña comunidad, íbamos a dos tres misas los domingos, etc.

Poco a poco, al siguiente año, ya empezábamos a sentir el peso de las responsabilidades, y aprendimos a limitarnos en cada cosa, hasta que terminamos solo con aquello que nos llenaba el alma, podría haber sido el silencio o solo comunidad, organizar los retiros o dar catequesis infantil; un sacerdote recién ordenado experimenta lo mismo, cuando llega a su primera parroquia quiere hacer todo, participar en todo e involucrarse con todos, hasta que, con el tiempo, va dejando responsabilidades a los demás; lo que realmente pasa es que los impulsos se van reduciendo, cuando iniciamos cada una de las participaciones son impulsivas, luego son impulsivos los periodos, hasta que finalmente el impulso está en todo nuestro programa de vida.

La compasión, esencial en el liderazgo parroquial

Muchas veces pasa lo mismo con el liderazgo, creemos que hay recetas a seguir y buscamos los pasos que impulsivamente seguimos, pensando que obtendremos el resultado final sin darnos cuenta que estamos haciendo un torpe intento impulsivo. Cuando ese mismo impulso lo dejamos de dirigir a los pasos y lo ponemos en todo el proyecto, es entonces cuando empezamos a construir un liderazgo más sólido. El liderazgo es un proyecto personal a largo plazo.

Las parroquias en mi diócesis son de 30,000 habitantes, aproximadamente, con sus excepciones tanto arriba como abajo de ese rango; sin embargo, comparten entre todas unos porcentajes de participación muy similares: 75% se dice católica, el 6.6% asiste a misa dominical y el 0.7% está comprometido con algún apostolado.

De modo que tenemos cerca de 200 personas que podemos llamar apasionados por el apostolado parroquial, tenemos otro grupo más grande, cerca de 2,500 que van a misa por diferentes razones y ayudan cuando pueden en algún proyecto sin comprometerse a nada, pero tienen algo de identidad; tenemos otro grupo mayor, poco más de 20,000, que van a misa algunas veces al año, su religiosidad está plagada de supersticiones, y su única identidad es, muchas veces, una tradición familiar; y finalmente un pequeño grupo que crece cada día más de personas que están alejadas por muchas razones, que pueden tener o no otras identificaciones religiosas. Pero nadie, ninguna persona de cada uno de esos grupos, puede ser ajeno a lo que es más esencial en el liderazgo parroquial: la compasión.

Una renovación parroquial sustentable

Incluso la persona menos creyente no puede ser inmune a la compasión, simplemente dejaría de ser humano. La compasión es un movimiento natural de la persona que al verse envuelto en manifestaciones violentas, simplemente se esconde, pero ahí está. No tendríamos familia, ni habría abuelos entusiasmados por sus nietos, ni celebraciones de cumpleaños ni más bodas o reuniones de amigos para ver el futbol si no fuéramos compasivos. Es algo que llevamos dentro y que podemos sentir. Imagina solo por un momento que Jesús hubiera dicho: “perdonen a su hermano como el Padre los perdona, aunque no sé si esto sea posible” (!¡)

Cuando cualquiera piensa que, tener una parroquia renovada con líderes compasivos que muevan a las personas a ser discípulos y encontrarse renovadamente con Cristo, es algo imposible o en el mejor de los casos muy difícil, no es por su propia culpa, sino que es culpa nuestra, de quienes pretendemos encabezar algún tipo de liderazgo, de los obispos, líderes y estructuras que actúan con un supuesto plan y dirigen su impulso a cada uno de los pasos, que les generan números que adornan muy bien sus informes; porque realizar metas cortas por impulsos es una gran tentación, pero eso no crea un liderazgo parroquial sólido pensando a largo plazo y es un error.

Cuando el impulso se pone en el plan y no solo en las metas, permite crear una especie de economía del impulso, una administración que produce resultados pero al mismo tiempo crea las condiciones para que las cosas no se terminen ahí, sino que sigan creciendo hasta alcanzar una renovación parroquial sustentable. Es vivir la renovación con la emoción que te da el ver la construcción, teniendo lideres envisionados y no la puesta de cada ladrillo que produce líderes cansados. Se trata de tener en mente la visión global.

Ojos brillantes que van haciéndose nuevos discípulos

Muchas veces somos o tenemos líderes en nuestras parroquias que solo piensan en ese 6.6% de los que asisten a misa, por ejemplo, los jóvenes que invitan a los que van a misa para que se sumen al grupo juvenil; imagina cómo sería un líder que pensara que a todos les debe gustar la parroquia, que todos deberían encontrar un lugar, que todos deberían sentirse bienvenidos, y que simplemente todavía no se han enterado de lo maravilloso que es encontrar a Dios y al hermano, tendrían que provocar una transformación desde dentro; es como decíamos al inicio, ver un problema o una oportunidad.

En realidad un buen líder parroquial no debería “hacer” nada. Yo conozco líderes que hacen todo, están en tres ministerios, comunidad, y literal, venden gelatinas el domingo. El liderazgo parroquial depende de su capacidad de empoderar a otros. Su trabajo es despertar las posibilidades de los demás. Esto se verifica cuando ves que los ojos de los otros brillan, es entonces cuando el líder sabe que lo está haciendo bien. Cuando a la gente le brillan los ojos escuchando la prédica de su pastor, cuando le brillan los ojos por aprender, por alabar, por ayudar, etc, hay un líder detrás que lo está haciendo bien; entonces el éxito en la construcción de una parroquia renovada se trata de ver cuántos ojos brillantes van haciéndose nuevos discípulos.

Podemos encontrar miles de artículos sobre liderazgo, pero pocos van a hablar sobre el espíritu del liderazgo parroquial, se trata de un caminar discipular compasivo que debe desarrollar habilidades de escucha empática, mirar objetivamente al prójimo, conectar con sus necesidades y saber vivir en el respeto que la compasión dicta. Es el mismo itinerario que hizo el Buen Samaritano o el Padre de la parábola del hijo pródigo.

La parroquia y los pobres

Written by Gerardo Villar

La parroquia, como “santuario” abierto a todos y llamada a llegar a todos sin excepción, recuerda que los pobres y los excluidos siempre deben tener un lugar privilegiado en el corazón de la Iglesia.

En el documento que ha salido de Roma sobre la parroquia se insiste en que haya una profunda relación entre la comunidad parroquial y los pobres.

Y aquí viene la pregunta y la búsqueda: ¿Cómo encontrar esa relación?

Algunos pobres están en las parroquias principalmente en las puertas pidiendo limosna.

Pero ¿cómo podemos trabajar para que su presencia no sea meramente de limosneo sino de auténtica inserción y sean uno más en la comunidad?

No cabe duda de que entre los fieles hay personas con muchas necesidades y rozando lo que llamamos pobreza económica y sobre todo, social, humana y personal.

Pienso que es fundamental que las personas que piden a la puerta, si lo quieren, entren a formar parte efectiva de la comunidad. Podemos invitarles y en lugar de que pidan, que haya un cepillo, como existe en muchos lugares, del “pan de los pobres”. Las personas que lo deseen, pueden echar ahí su colaboración y ese dinero, entregarlo luego a los pobres.

Mejor sería aún que nos anotásemos con una cuota mensual para ello.

Es preciso que, en la predicación, los pobres estén presentes: que algún día hablen ellos. Que Caritas sea prioritaria en la vida de la comunidad.

Y podemos salir de las paredes de nuestro templo para ver quiénes sufren necesidades en el barrio y con los servicios sociales existentes trabajar para que se puedan promocionar e ir encontrando alternativas.

Hay una posibilidad muy fácil: entre un grupo de personas, anotarnos con una cuota mensual y ver hasta dónde llegamos para pagar un alquiler…

Sin duda que este estilo cristiano puede llevarnos a una austeridad grave en la comunidad. Colaboración con Caritas y otras ONGS, pero lo importante es que la comunidad parroquial transmitamos amor y justicia con los pobres. Y que en la medida de lo posible haya una promoción de sus personas. Será más fácil si alguno de ellos está y participa en los organismos parroquiales.

Y no olvidemos que pobres y desvalidos son también los que viven alguna enfermedad, alguna discapacidad. Que nuestros edificios estén bien dispuestos para facilitar la entrada a las personas con sillas de ruedas, etc.

Será bueno si en ciertas ocasiones tenemos una comida con ellos y si hay personas de otros países, que degustemos también sus productos.

Como comunidad, participaremos en las manifestaciones o gestos que, de una u otra forma, haya en favor de los marginados. Que seamos una comunidad con los pobres y con sus intereses.

Y mucha austeridad a la hora de arreglos en el templo, comprar cálices, ropas, material… No ofendamos a Jesús pobre

 

La Iglesia española ofrece al Gobierno los salones parroquiales como aulas

Los obispos ofrecieron al Gobierno utilizar los salones parroquiales como aulas durante este curso

«Hablamos de ello como una posibilidad a concretar en cada región y diócesis sin concretar nada. Muchas parroquias no tienen locales adecuados, otras sí», admite el secretario general de la CEE, Luis Argüello, a RD

El portavoz episcopal y la ministra de Educación hablaron de esta posibilidad, que ya es una realidad en diócesis como la de Roma, durante su último encuentro

Especialmente en pequeñas localidades, donde no existen infraestructuras para garantizar que los alumnos regresen a clase con normalidad, y respetando las distancias de seguridad. Pero también en grandes ciudades, como Madrid, donde la saturación de alumnos es especialmente preocupante

La Iglesia también es una potencia en materia educativa en España. Según los datos de la propia Conferencia Episcopal, en nuestro país existen 2.586 centros educativos de inspiración católica

27.08.2020 Jesús Bastante

¿Aulas en las parroquias? La semana que viene comienza la ‘vuelta al cole’ más atípica que se recuerda, en plena segunda ola del coronavirus, con el miedo en el cuerpo de padres, alumnos y personal docente y con distintos protocolos. Uno de los mayores problemas es la falta de espacios adaptados a la ‘nueva normalidad’, que implica un menor ratio de alumnos/aula para favorecer la seguridad.

Una labor para la que la Iglesia ha ofrecido toda su colaboración al Gobierno, según adelanta La Razón y ha podido confirmar RD de fuentes oficiales. El ofrecimiento lo hizo el secretario general de la Conferencia Episcopal, Luis Argüello, a la ministra de Educación, Isabel Celáa, durante el encuentro que mantuvieron el pasado 30 de julio.

«Hablamos de ello como una posibilidad a concretar en cada región y diócesis sin concretar nada. Muchas parroquias no tienen locales adecuados, otras sí», confirmó Argüello en conversación con RD. Por el momento no ha habido respuesta por parte de las autoridades.

Como ya hicieran algunas diócesis, ofreciendo sus instalaciones como albergues, hospitales de campaña o centros logísticos, ahora la Iglesia española ha puesto a disposición de las autoridades las 23.000 parroquias, o más bien sus salones parroquiales, así como otro tipo de instalaciones en desuso para que puedan ser utilizadas, en su caso, como aulas. Algo que ya se está haciendo, por ejemplo, en Roma, donde se ha firmado un acuerdo de cesión de espacios. 

El ejemplo de Valencia

Especialmente en pequeñas localidades, donde no existen infraestructuras para garantizar que los alumnos regresen a clase con normalidad, y respetando las distancias de seguridad. Pero también en grandes ciudades, como Madrid, donde la saturación de alumnos es especialmente preocupante.

Un ejemplo que se está dando en España es el del Colegio Pío XII de Valencia, cuya capilla será reconvertida en un aula en la que podrán estudiar cada día 35 alumnos de bachillerato y así poder asegurar la distancia de al menos 1,5 metros que exige la norma para evitar contagios de COVID-19, informa Efe. También el salón de actos de este centro valenciano se ha adaptado con pupitres para servir de clase durante este curso que está a punto de comenzar.

El curso escolar va a comenzar y todos estamos llamados a colaborar -administraciones, equipos directivos, profesores, personal de servicios, alumnos y familias. Que el miedo no nos paralice, ni el echarnos las culpas unos a otros nos distraiga. ¡Ánimo, por el bien común!

— Mons. Luis Argüello (@MonsArguello) August 20, 2020

Hace pocos días, en su perfil de Twitter, el portavoz episcopal recordaba que, ante el nuevo curso, «todos estamos llamados a colaborar -administraciones, equipos directivos, profesores, personal de servicios, alumnos y familias». «Que el miedo no nos paralice, ni el echarnos las culpas unos a otros nos distraiga. ¡Ánimo, por el bien común», sostenía Argüello.

La Iglesia también es una potencia en materia educativa en España. Según los datos de la propia Conferencia Episcopal, en nuestro país existen 2.586 centros educativos de inspiración católica. A dichos centros acuden más de un millón y medio de alumnos, atendidos por 130.448 trabajadores. 3,3 millones de chicos y chicas está apuntados a clases de Religión.