La reinserción de los presos en la sociedad

Volver a la vida, tras años de cárcel: “Algunos llevan tanto en prisión que hay que enseñarles a usar un móvil”

Un equipo de profesionales y voluntarios dirige a los expresos hacia su reinserción cubriendo las “grietas” que deja el Estado: “El recluso no sale y se va a su casa como en las películas porque muchos no tienen ni casa donde ir.

Por Blanca Sáinz

 “Hay mucho desconocimiento porque las cárceles son un tema tabú”. Así comienza Julio García a hablar con este periódico. Él es voluntario en El Dueso (Santoña) desde hace 27 años y, como resalta en varias ocasiones durante la entrevista con elDiario.es, si hay algo que generan los temas tabú es desconocimiento. Así, cuestiones como que los presos pueden trabajar mientras están en la cárcel tanto dentro como fuera de ella, o que no están obligados a confesar durante una entrevista laboral que han estado en prisión, siguen siendo asuntos que solo conocen aquellos que lo han vivido de cerca.

Según la propia Constitución española, la cárcel es el espacio donde la gente se prepara para reinsertarse. Sin embargo, estos centros continúan situándose en lugares alejados de los núcleos de población con el objetivo de separarlos aún más de una sociedad a la que tendrán que regresar tarde o temprano. Precisamente a eso se dedica Julio, que además de voluntario en la cárcel de El Dueso, de Cantabria, es el fundador de la Asociación Nueva Vida, la única en Cantabria que trata y guía a los presos desde el momento en el que entran en prisión.

Esta asociación, además de asesoramiento, atención psicológica y acompañamiento durante el proceso de salida de la cárcel, también ofrece alojamientos temporales, algo que según cuenta este voluntario es necesario en dos casos y el primero, es en el que el expresidiario no puede ir a otro lugar: “No sale y se va a su casa como en las películas porque muchos no tienen ni casa y hay que acogerles”. Luego, tras los informes emitidos por la Junta de tratamiento de cada preso, el juez y la Fiscalía deciden si la persona se puede ir a su casa o si acude a una entidad que le acoja.

De esta parte más profesionalizada se encarga Paz Allende, que es integradora social y la coordinadora de un recurso que puede alcanzar hasta más de una docena de presidiarios o expresidiarios: “Además de cuando salen de la cárcel, también recibimos a personas que se encuentran de permiso, así como a sus familias, que pueden no tener recursos, vivir fuera de la comunidad y no poder visitar al interno”, señala.

Este lugar, ubicado en Renedo de Piélagos y gestionado por educadores sociales, trabajadores sociales, integradores y psicólogos, dista enormemente “de lo que la gente se puede imaginar”. “Son personas muy disciplinadas. Para disfrutar de permisos lo tienen que hacer muy bien dentro, y una persona problemática probablemente nunca llegue ni a tener acogida con nosotros. Es que no hemos tenido ni un problema, la verdad”, asevera la especialista.

No obstante, si hay algo en lo que la asociación santanderina pone el foco es en la búsqueda de empleo como método de integración social e independencia económica, algo de lo que se encarga la psicóloga Celia Valiente, trabajadora de Nueva Vida y encargada del programa ‘Reincorpora’ financiado por la Fundación ‘La Caixa’. “Se trata de que sean autónomos y a veces hay que empezar por lo más básico… Hay personas que llevan tanto tiempo en prisión que hay que enseñarles hasta a utilizar un móvil o abrirles una cuenta en el banco para que les puedan pagar la nómina”, señala.

Este programa imparte diferentes cursos que van desde cómo hacer un currículum hasta el trabajo de las habilidades sociales ya que, en muchos casos, se ven afectadas al estar en prisión. Después vendría la búsqueda activa de empleo, que suele ser un éxito: “Es difícil que no lo consigan porque les guiamos y apoyamos con empresas que, además, colaboran con nosotros directamente aunque sin saber si se trata de presos, refugiados u otro tipo de personas vulnerables”, indica.

Sin embargo, a pesar del éxito del programa de la asociación, para Julio los presos siguen siendo “los grandes olvidados del Estado”, por lo que las fundaciones privadas tienen que cubrir esas “grietas”: “Todos los políticos que he visto en estos 27 años, que han sido de todos los colores, no se han implicado nada. Y asuntos como la Prisión Permanente Revisable (PPR) me sigue pareciendo que no tienen ningún sentido porque si las penas son encaminadas a la reinserción, que haya casos de PPR quiere decir que hay casos que no se están sabiendo resolver.”, reivindica.

“Se pueden reinsertar al 100% siempre”

Sobre la capacidad de reinsertarse, tanto Paz como Celia como Julio tienen claro que los expresos pueden conseguirlo al 100% siempre y cuando cuenten con soporte. Un soporte que, además de por ellos, también puede venir de su propia estructura familiar, recuerdan. “No todo el mundo nos necesita, está claro. Lo importante es darles una oportunidad y que luego ellos hagan lo que quieran con ella, pero todo el mundo se merece que, al menos, se la ofrezcan”, concluye Celia.

Por su parte, Paz cuenta con orgullo cómo uno de los hombres que se encuentra en la casa de acogida tras su paso por la cárcel se ha graduado en Derecho e insiste en la idea de que son “muchos” los que deciden ponerse a estudiar, sobre todo grados medios.

Y Julio, que cada vez tiene su agenda más llena -llega a hacer 14 visitas en un solo día en El Dueso-, repasa junto a este periódico las tareas pendientes: ayudar a conseguir un permiso, hablar con un juez, con un criminólogo… Y antes de marcharse hace un apunte: “Yo, que ni siquiera me quiero enterar del delito que han cometido por si me influye, he conseguido, a pesar de ese estigma social, ver solo personas que se han equivocado. Algunas se han equivocado y mucho, otras a lo mejor no deberían estar ni presas e igual otras deberían estar incluso más tiempo. Pero ese no es nuestro trabajo. De momento es solo ayudar”, concluye.

Tragedia en la cárcel de Tuluá, Colombia

Colombia: el obispo de Buga llama a la solidaridad tras tragedia de la cárcel de Tuluá

Una riña entre internos produjo un incendio que dejó el lamentable saldo de 51 internos fallecidos y más de 30 heridos

Centro Penitenciario de Tuluá

Una riña en el centro penitenciario de Tuluá, departamento del Valle del Cauca, pacífico colombiano, ha dejado un saldo de 51 muertos y 30 heridos. Según el Inpec (Instituto Nacional Penitenciario y Carcelario) tras intervenir en la gresca, los propios internos “prendieron fuego a sus propios colchones”.

José Roberto Ospina, obispo de Buga, jurisdicción eclesial donde se ubica esta prisión, ha expresado su cercanía a los familiares de las víctimas “quiero pedir oraciones a todos ustedes (familiares) orar por el eterno descanso de quienes han fallecido, que el Señor consuele y fortalezca a sus familiares”.

Llamado a la solidaridad

Asimismo llamó también “la atención para que en todas las parroquias y arciprestazgos de la diócesis se recolecten estos elementos”, mientras que en las próximas horas estará presidiendo las exequias de algunos de los internos fallecidos en el incendio.

Según el Inpec, la cárcel de Tuluá alberga a 1.267 reclusos. En el pabellón, donde ocurrió la tragedia estaban 180 reclusos. El obispo, en tanto, apela a la solidaridad de los tulueños con  la ayuda en especie como: frazadas, artículos de aseo personal, sábanas, entre otros.

Para ello, ha dispuesto de centros de acopio para recibir ayudas, entre las parroquias se encuentran: San Bartolomé, Medalla Milagrosa, Perpetuo Socorro y la casa del mendigo en Buga.

Los presos: los invisibles para la sociedad

Los invisibles de Latinoamérica 

© Proporcionado por eldiario.es  

Hace un par de semanas, una cárcel ecuatoriana se convirtió, nuevamente, en una sangría que dejó más de 100 personas –por demás decirlo, a cargo del Estado– asesinadas con inusitada brutalidad. Es la segunda vez que un evento de semejantes proporciones ocurre en el país suramericano en lo que va del año. Algo similar, quizás sin alcanzar esos niveles de sadismo, ha pasado en Guatemala, Honduras o Brasil en la última década. La escena de hombres apilados y semidesnudos, en una suerte de campo de concentración, que el presidente de El Salvador mostraba como un trofeo a inicios de la pandemia fue igualmente sobrecogedora. 

Sin embargo, nada de esto parece sorprendernos lo suficiente porque en América Latina, por desgracia, si algo hemos normalizado es la violencia que, en mayor o menor medida, padecemos los ciudadanos. En las prisiones la situación es más compleja porque aunque nadie desconoce su calamitoso estado, lo cierto es que seguimos legitimando la existencia de una institución ineficaz, cruel, inhumana y, sobre todo, contraproducente. Si en un lugar las disposiciones normativas son un brindis al sol en toda regla es, precisamente, en el sistema penitenciario. 

El tema, desde luego, va mucho más allá de lo jurídico. Con las cárceles pasa lo que –hablando de la pobreza– decía Bauman: psicológicamente están a suficiente distancia de la rutina de nuestras vidas como para no sentir demasiada preocupación. Por ejemplo, volviendo al caso ecuatoriano, basta leer las reacciones de algunas personas en redes y medios de comunicación para entender lo complejo del problema. Planea la idea de que esto no va de nosotros porque quienes se están matando son otros, son grupos de salvajes delincuentes. Por lo tanto, «Mientras se maten entre ellos» todo estará bien para el resto. Son los mismos comentarios que hubo cuando, hace unos meses en Buenos Aires, se intentó desahogar los sobrepoblados penales o cuando en Costa Rica, en 2016, se reubicaron 1600 presos en centros de semi-libertad para reducir el histórico 56% de hacinamiento carcelario al que entonces había llegado. 

Es mucho más sencillo pensar que tras los muros que no vemos se está eliminando gente que hizo cosas malas -que mató, que robó, que violó, etc.-. Semejante reduccionismo nos impide encarar lo que se esconde tras el aparato carcelario. En la región, hay cerca de dos millones y medio de personas presas. La inmensa mayoría por delitos asociados a pobreza y exclusión, y esa es una realidad incontestable que hemos preferido ocultar porque lo que no se ve y no se dice, no existe. 

Las cárceles latinoamericanas están saturadas de pobres, segregados de una sociedad cuyos círculos de producción y consumo no pudieron absorberlos. Ese debería ser el punto de partida para emprender cualquier proceso de reforma si es que en algún momento logramos poner de acuerdo a aquellos que desde la política tienen la inmensa responsabilidad de hacer algo para que esto cambie. Ese cambio es también cultural porque, en última instancia, tiene que ver con cómo entendemos el castigo y su encaje democrático. 

Claro que hay que construir una agenda robusta que busque destrabar los problemas endémicos que compartimos todos los países. Desde la gestión de los centros penales –tradicionalmente desprovistos de suficiente personal para atender los fines que, según desfilan por nuestras constituciones, deberían tener las penas privativas de libertad– hasta la incorporación de sanciones alternativas como sí lo han hecho de manera exitosa otros países como España cuyo sistema penal, para poner por caso, en 2020, elevó en 15% la imposición de medidas sustitutivas al encierro, entre las que destacan trabajos en beneficio de la comunidad, libertades condicionales o vigilancias electrónicas. 

Sin embargo, todo ello será insuficiente. Tengo la certeza de que el principal desafío es entender que lo que está pasando en nuestras cárceles es, además, una expresión más de la aporofobia de la que ha hablado Adela Cortina; de extrema gravedad en sociedades cruzadas por la inequidad que las fractura y las rompe. Es un rechazo al pobre llevado a su máximo nivel de cinismo que luego blanqueamos repitiendo que quienes pueblan las cárceles son personas malas. Desde luego que las hay –como las hay fuera– el tema de fondo es que el grueso de la criminalidad que nos golpea se explica no tanto en la maldad como en la exclusión y la marginalidad. 

Si como dice la catedrática de la Universidad de Valencia la forma de acabar con la aporofobia es la educación, tenemos un trabajo mayúsculo por delante. Hay que convencer a muchos actores de que, en todas partes –pero en América Latina con especial acento– el encarcelamiento tiene un sesgo de clase innegable. No es buenismo, es decencia. Porque en la medida que consigamos que los valores constitucionales y los principios que orientan la lógica del Estado de Derecho y los derechos humanos no sean sólo declaraciones de buenas intenciones –ni una extravagancia exclusiva para los menos– estaremos más cerca de tener sociedades un poco más decentes. No parar de visibilizar a esos invisibles, ni lo que representan, es también una obligación ética para nuestro tiempo 

Mercedarios: encuentros humanos entre rejas


El momento en que se van cerrando las puertas de seguridad detrás de ti es el más molesto. Al principio se hace un nudo en el estómago, ponemos cara de susto al entrar en un mundo tan separado y en teoría habitado por personas peligrosas y malvadas. Sin embargo, la magia empieza con el primer saludo. Y es a los funcionarios, las personas que llevan adelante y humanizan el sistema penitenciario, con quiénes vamos entablando pequeñas conversaciones mientras agilizamos el paso por el detector de metales y la verificación de credenciales. Pronto encontramos por los pasillos a los que han conseguido un trabajo en talleres, en el huerto o en los servicios internos del centro. José estuvo mucho tiempo en el grupo de catequesis y en “Entre dos sillas”, y nos saluda con alegría mientras empuja el carro de comida. Preguntamos a Juan que sale de la limpieza del módulo de entradas, y nos pone al corriente del último permiso que disfrutó y de su familia, que conocemos bien. Con Óscar es apenas un saludo de lejos, al otro lado del rastrillo: estuvo en la pastoral juvenil y sus antiguos catequistas mandan saludos. Cuando llegamos a los módulos estamos ya sumergidos en este microcosmos humano. Primero grandes saludos, en tropel, mientras vamos al salón de actos para la Eucaristía. Jorge está enfadado, le han negado un permiso y habla de recurrir al juez. Recuerdo cuando en una catequesis descubrió que otro compañero había estado en el mismo reformatorio, y se decían: ¿a ti también te pegaron con la manguera? ¿Y estaba aquel que dirigía las palizas? Ahora tiene más de cincuenta años, y ha pasado por una docena de prisiones… Seguir leyendo

«Esperanza entre rejas»: Retos del voluntariado penitenciario

Un libro para conocer la realidad penitenciaria ‘Esperanza entre rejas» Retos del voluntariado penitenciario’ de José M. Martínez Castelló

Cárcel de Picasent

Este libro ‘Esperanza entre rejas Retos del voluntariado penitenciario’ parte del convencimiento de que la prisión es un ámbito de exclusión en el que el dolor y el sufrimiento traspasa todas las vidas que pasan por esta experiencia
Es un intento de acercamiento de la realidad penitenciaria –tan desconocida– a la ciudadanía, a la sociedad civil, para dignificar y tener presentes a las personas que carecen de libertad, así como a todos aquellos que las custodian y vigilan
«Estas páginas son un homenaje al Padre Ximo. Los que tuvimos la suerte de conocerlo, supimos que estábamos ante un santo, ante una persona fuera de lo común que vivía por y para los demás»
«A mis padres, Amparo y Vicent. Mi madre fue, como ye he expresado, la que dio el paso y se atrevió con una valentía enorme iniciarse en el mudo de la cárcel. Siempre me ha acompañado, desde pequeño, en los grandes momentos que he vivido. La cárcel nos ha unido más. Gràcies mamá»
02.05.2021 | José Miguel Martínez Castelló Seguir leyendo

El reencuentro con la sociedad al salir de la cárcel

Así viven dos mujeres en una casa de acogida tras salir de prisión: «Tras la puerta de salida estás sola»
‘Público’ charla con dos mujeres exreclusas sobre el reencuentro con la sociedad tras el encarcelamiento.
Crispación, trampas, mentiras, ruido.
Eso es lo que estamos viviendo en los últimos tiempos en nuestro país. Nosotros vamos a seguir combatiéndolo, y para seguir adelante con nuestro trabajo, necesitamos tu apoyo.

JOSE CARMONA

«Tras la puerta de salida estás sola. Te dicen una hora y un día y no hay alternativa. Si haces la maleta, bien; si no, pues te vas sin nada, pero te vas igualmente. Puedes acabar muy mal», concluye Maite con la voz entrecortada mientras se limpia los ojos achinados, inundados de alegría y lágrimas. Salió de la cárcel en 2019, con 65 años, y el descanso que se presupone para la tercera edad, en su caso, es una quimera. Ahora trabaja cuidando a una anciana de clase alta cerca de la glorieta de Quevedo en Madrid.
A juzgar por su pasado y su presente, la historia de Maite se podría resumir como la de una buena persona que ha tomado malas decisiones. La vida puede soltar riendas de una forma muy cruel y despiadada, dejando la esperanza a ras de pavimento y con nebulosa en torno al futuro. Seguir leyendo

La situación de las cárceles en México



México, 7 nov (EFE).- Organizaciones civiles inauguraron este sábado el mural «Las Otras Voces de la Reinserción» en el central Estado de México para denunciar el estigma que afrontan los reos y el peligro de contagio por la pandemia de la covid-19 en el país.

«Las personas que viven dentro de las prisiones no dejan de ser personas y aparte se olvida el Estado de todo lo que tiene que tener una persona para sobrevivir dentro», expresó Lucía Alvarado, del Centro de Atención Integral de Familiares con Personas Privadas de la Libertad (CAIFAM).

El mural, con la leyenda «La cárcel no es un basurero de la humanidad», se montó cerca del Centro Preventivo y de Reinserción Social de Ciudad Nezahualcóyotl, uno de los municipios del país más afectados por la violencia por sus altos grados de marginación.

Familiares de los reclusos fueron los encargados de realizar la pinta junto a artistas urbanos para denunciar que el sistema penitenciario de México no ofrece un regreso a la normalidad.

«Desafortunadamente, las personas privadas de la libertad cuando salen de prisión solamente hacen eso, en realidad no recuperan la libertad», lamentó Itzayana Borgua, representante de la asociación Derechos sin Barreras.

© Proporcionado por Agencia EFE
La manifestación ocurre en un contexto en el que la crisis de la covid-19, que acumula casi 95.000 muertos y más de 955.000 casos en México, ha agudizado el escrutinio de las condiciones de las cárceles mexicanas.

Por la falta de medidas sanitarias, en las prisiones hay al menos 3.529 casos y 332 muertos entre reclusos y custodios, afirma la organización de Asistencia Legal por los Derechos Humanos (AsiLegal).

La crisis sanitaria también ha provocado 22 incidentes de violencia dentro de las prisiones, con el Estado de México, Colima y Chiapas como las entidades con más disturbios, según la asociación.

En este contexto, la Comisión Nacional de los Derechos Humanos (CNDH) pidió este sábado a los encargados de los sistemas penitenciarios en el país adoptar medidas «para reforzar todas las acciones, gestiones y medidas preventivas» que eviten un repunte de contagios.

La CNDH también documento 1.212 casos de influenza entre las personas encarceladas.

© Proporcionado por Agencia EFE
«Las autoridades penitenciarias y de salud deben privilegiar la salud física y mental, el derecho al acceso de vacunas, medicamentos y atención médica especializada oportuna», exigió la comisión.

Denuncia de hacinamiento en cárceles de Perú

Iglesia en Perú: «Nuestras cárceles son escuelas de criminalidad»
El padre Enrique Gonzales, Secretario Ejecutivo de la CEAS, en una larga entrevista con Ancep, la Agencia de Prensa de los obispos, subraya que la Comisión de Acción Social (CEAS) de los obispos peruanos continúa su valioso servicio de acompañamiento espiritual a los privados de libertad
Denuncia las condiciones de «hacinamiento» y «la falta de un trato digno de los huéspedes»
Anuncia el relanzamiento de los proyectos de pastoral carcelaria a través de la creación de una «red nacional» dirigida por Monseñor Jorge Izaguirre
03.11.2020
(Vatican News).- Acompañamiento espiritual a las personas privadas de libertad y a sus familias. La pastoral penitenciaria promovida por la Comisión de Acción Social (CEAS) de los obispos peruanos continúa su valioso servicio, incluso en tiempos de pandemia. Las restricciones no impidieron que los voluntarios y capellanes entraran en los centros penitenciarios y asistieran a los huéspedes que, debido al COVID-19, padecen un doble sufrimiento: el estado de detención y la distancia de sus seres queridos.
Así lo revela el Padre Enrique Gonzales, Secretario Ejecutivo de la CEAS, en una larga entrevista con Ancep, la Agencia de Prensa de los obispos: “Nuestras cárceles son auténticas escuelas del crimen y no lugares de reinserción social”. El Padre Gonzales añade que “las causas deben atribuirse al hacinamiento, a las precarias condiciones” en que se encuentran las prisiones, “a la falta de un trato digno de los huéspedes y, por último, al prejuicio generalizado de la opinión pública con respecto a las prisiones». Tras la propagación de la pandemia, la situación se ha desplomado como en el resto del mundo.
“Pero las cosas empeoraron aquí”. Cuatrocientas víctimas en las cárceles
El sacerdote continúa explicando que «la incapacidad de responder a las necesidades de los numerosos prisioneros los ha hecho más vulnerables”. Con el resultado de que “el número de contagiados ha sido muy alto” y, hasta ahora, han registrado 400 víctimas. Como resultado, se prohibieron las visitas y los detenidos ya no pudieron recibir alimentos y medicinas. “El trabajo también se ha detenido», continúa el Padre Gonzales. Ante un panorama desalentador, los agentes pastorales no se han dado por vencidos y han logrado «también gracias a su imaginación y espíritu de iniciativa» garantizar su presencia constante.
“Los capellanes no podían celebrar la misa, pero la oración y la reflexión sobre la Palabra nunca faltó”. El Secretario Ejecutivo de la CEAS también dijo que tomaron medidas para la distribución de medicamentos y mascarillas. “A través de llamadas telefónicas pudimos responder a las peticiones de los prisioneros». El Padre Gonzales anticipó, después, el relanzamiento de los proyectos de pastoral carcelaria a través de la creación de una «red nacional» dirigida por Monseñor Jorge Izaguirre, obispo de la prelatura de Chuquibamba y presidente del Ceas.
El sacerdote observa con satisfacción: “Las primeras reuniones de la red, todas online, han permitido una comparación fructífera entre los diversos equipos que trabajan en el sector en todas las diócesis”. Mientras por lo que respecta a la medida relativa a la liberación de los presos más vulnerables, el Padre Gonzales califica la decisión de «tardía». Y concluye: “Muchos de nuestros hermanos y muchas de nuestras hermanas han muerto mientras tanto. A pesar de esto, lucharemos para que se aplique”.

Las cárceles no cumplen con el cometido de rehabilitar

José Arregi: «La pena de prisión ni logra que disminuyan los delitos ni rehabilita a los delincuentes»

«La condena al ex coronel y ex viceministro de Seguridad de El Salvador, Inocente Orlando Montano, a la pena de 133 años y tres meses, 26 años y pico por cada uno de los cinco jesuitas asesinados de nacionalidad española, pues solo en su caso posee jurisdicción el tribunal español»

«Ha confirmado que en la masacre participó el entonces presidente de la República, Alfredo Cristiani. Ha certificado que la cúpula del gobierno nacional cometió gravísimos delitos de violencia armada»

«Pero, ¿sería justo y necesario que los autores de tales asesinatos pasen años y años en la cárcel?»

Dibujo de un interno de Madrid VII

14.09.2020 José Arregi

Acaba de darse un paso decisivo en el camino a la justicia para con los asesinados en 1989 en la universidad jesuita de la UCA (San Salvador), en aquella negra madrugada de luna: Segundo Montes, Ignacio Ellacuría, Amando López, Ignacio Martín-Baró, Juan Ramón Moreno y Joaquín López, jesuitas, y Julia Elba Ramos, cocinera de la residencia jesuita, y su hija de 15 años Celina Mariceth Ramola. No podía dejar de nombrarlos a todos por su nombre y apellido de mártir.

La Audiencia Nacional española ha condenado al ex coronel y ex viceministro de Seguridad de El Salvador, Inocente Orlando Montano, a la pena de 133 años y tres meses, 26 años y pico por cada uno de los cinco jesuitas asesinados de nacionalidad española, pues solo en su caso posee jurisdicción el tribunal español.

Me felicito. El alto tribunal ha reconocido solemnemente la verdad de los hechos, que solo se ocultaba a quien no quería ver: los ocho asesinatos “fueron urdidos, planeados, acordados y ordenados por miembros del alto mando de las Fuerzas Armadas, órgano al que pertenecía Inocente Orlando Montano como viceministro de la Seguridad Pública”. Ha confirmado que en la masacre participó el entonces presidente de la República, Alfredo Cristiani. Ha certificado que la cúpula del gobierno nacional cometió gravísimos delitos de violencia armada “con el fin de perpetuar sus privilegiadas posiciones”, y que mintieron y utilizaron todo su poder para hacer creer que las víctimas “actuaban como agentes de una confabulación socialista-comunista”, y con su teología de la liberación incitaban a los campesinos a “una conspiración comunista internacional al servicio del Kremlin”. Ha calificado los hechos como lo que son: “terrorismo desde el Estado”.

La dura y tajante condena judicial no bastará para devolver la vida a las víctimas, pero es una condición necesaria para dignificar su memoria, legitimar su causa y rehabilitar a todos los que, antes y después, dieron su vida por la misma causa en todos los lugares de esta Tierra martirizada. Es una forma de resucitarlos. La condena judicial de quienes cometieron tales atrocidades es, pues, justa y necesaria. No puede haber justicia sin verdad.

Pero me pregunto: ¿sería justo y necesario que los autores de tales asesinatos pasen años y años en la cárcel? ¿Beneficia a alguien que Inocente Orlando Montano sufra la tortura de la prisión no ya durante 133 años, sino incluso solo durante 3 años? ¿El sufrimiento que se le infligiera repararía el daño injusto y cruel que él infligió a sus víctimas, a sus familias y a su pueblo?

Si la cárcel –este modelo de cárcel– fuera el único medio de impedir que el ladrón vuelva a robar, el asesino a asesinar o el violador a violar, se podría justificar. Si sirviera para evitar que otros cometan tales delitos o para que los propios delincuentes se vuelvan mejores personas y ciudadanos, se podría comprender. Pero salta a la vista que no es el caso. La pena de prisión, por larga que sea, ni logra que disminuyan los delitos ni rehabilita, reeduca o resocializa a los delincuentes. Y si una sociedad desarrollada no se procura mejores medios para impedir que un criminal reincida en su crimen, equivale a reconocer que dicha sociedad ha renunciado a su desarrollo humano. No puede haber justicia sin reparación, pero la cárcel no repara ni al malhechor ni al malherido.

«Si una sociedad desarrollada no se procura mejores medios para impedir que un criminal reincida en su crimen, equivale a reconocer que dicha sociedad ha renunciado a su desarrollo humano. No puede haber justicia sin reparación, pero la cárcel no repara»

Pienso, por ello, que la cárcel ya es innecesaria y, por lo tanto, injusta. Me parece contrario a la ética que alguien, por malhechor que sea, acabe de perder su dignidad para nada en esos antros de inhumanidad sin luz ni piedad. Y esto vale para un criminal como Inocente Orlando Montano, para un miembro de ETA, un violador o un corrupto, aunque sea rey. Suena duro, pero es lo que pienso.

Y espero que nadie entienda que estoy defendiendo la inacción y la indefensión de una sociedad frente a quienes la destruyen –empezando, por cierto, por aquellos que la destruyen desde el poder económico o político–. Defiendo, por el contrario, que una sociedad humana y desarrollada, sensible y sabia, habría de buscar otros medios que no sean cárceles; otros medios inteligentes, humanizadores y efectivos para impedir el crimen, regenerar al criminal y, en primer lugar, curar las heridas de todas las víctimas. Y sostengo que esos medios alternativos están a nuestro alcance. Solo hay que querer.

Mientras sigamos atrapados en la lógica del crimen y la venganza, del delito y el castigo, no transformaremos esta nuestra historia interminable de victimarios y de víctimas. Mientras no seamos capaces de superar la mentalidad penalista expiatoria que subyace a nuestro sistema penitenciario, a pesar de lo que proclama la Constitución española, y no acertemos de edificar una sociedad justa y pacífica sin cárceles, no habremos logrado “revertir la historia, subvertirla y lanzarla en otra dirección”, como escribió Ignacio Ellacuría.

Alba y Celina, Segundo, Ignacio, Amando, Ignacio, Juan Ramón y Joaquín: orad por nosotros. Quiero decir: que perdure vuestra memoria en nuestra vida, vuestro aliento en el nuestro, y que nuestros pasos sigan los vuestros, hasta que amanezca del todo, hasta que todas las condenas se truequen en justicia.

Pastoral Penitenciaria-Memoria-2019

Pastoral Penitenciaria: los esfuerzos que hacen que los presos «nunca pierdan su condición de persona»

Dando a conocer sus actividades dentro de los centros penitenciarios de las diferentes comunidades, Florencio Roselló ha reconocido la importancia de visibilizar de esta manera una pastoral que «no se puede conocer como el resto de pastorales, hace falta autorización del Estado para entrar en la cárcel»

Ofreciendo cifras (162 capellanes de prisiones y a los 2.560 voluntarios y voluntarias), Roselló prefiere recordar a la sociedad que detrás de cada uno de esos datos hay una persona beneficiaria

Fuera de prisión continúa apoyando a los presos en los programas de Trabajos en Beneficio de la Comunidad y en casas de acogida

23.06.2020 Lucía López Alonso

El Departamento de Pastoral Penitenciaria, dentro de la Comisión Episcopal de Pastoral Social y Movilidad Humana, ha hecho pública la memoria anual, correspondiente a 2019, sobre su trabajo en las cárceles españolas.

Dando a conocer sus actividades dentro de los centros penitenciarios de las diferentes comunidades, el director de este departamento, Florencio Roselló, ha reconocido la importancia de visibilizar de esta manera una pastoral que «no se puede conocer como el resto de pastorales, hace falta autorización del Estado para entrar en la cárcel, no tiene una ventana a través de la televisión».

Ofreciendo cifras fuertes (162 capellanes de prisiones y a los 2.560 voluntarios y voluntarias), Roselló prefiere recordar a la sociedad que detrás de cada uno de esos datos «hay un hombre preso, una mujer presa, que ha participado en una actividad, que ha rezado, que ha salido de permiso, que ha recibido un paquete de ropa».

Acompañamiento religioso, social y jurídico y ayudas económicas dentro del centro penitenciario (peculio y los mencionados paquetes de ropa) son algunas de las tareas a las que se dedica la Pastoral Penitenciaria dentro de prisión. Además, fuera de ella continúa apoyando a los presos en los programas de Trabajos en Beneficio de la Comunidad (en 2019, 560 personas con medidas TBC) y en 80 casas de acogida.

Por último, además de ofrecer actividades de formación a los encarcelados (talleres y salidas culturales), la pastoral penitenciaria también se ocupa de dar herramientas a su voluntariado. Celebrando en 2019 casi 800 encuentros y acciones formativas.

Todo con el objetivo -recuerda Roselló en la presentación de la memoria- de que los presos «cumplan su condena, pero nunca pierdan su condición de persona«.