¿Cómo resucitar la fe perdida?

Hagamos de nuestras vidas talleres, fábricas de milagros y maravillas

Caminar
Caminar

«Tal parece que en nuestros tiempos ‘merodea’ una cierta pérdida de fe en todos los sentidos. Y esto tiende a estancar la luchas»

«La ‘pérdida’ de la fe constituye una de las experiencias de dolor más profundas que puede tener un ser humano»

«Buscamos los culpables de nuestra pena… ¿Qué tal si cambiamos el orden de las preguntas? ¿Se me murió la fe por los golpes que me dio la vida o no resistí los golpes porque mi fe era falsa?»

«Invertimos demasiado tiempo hablando y muy poco tiempo actuando. Hagamos de nuestras vidas talleres, fábricas de milagros y maravillas. Veremos cómo resucita la fe»

Por Pedro Rafael Ortiz S. Sacerdote diocesano

Tal parece que en nuestros tiempos “merodea” una cierta pérdida de fe en todos los sentidos. Y esto tiende a estancar la luchas.   

La “pérdida” de la fe constituye una de las experiencias de dolor más profundas que puede tener un ser humano. Es una situación difícil de contar a los amigos, dura para sobrellevar y, sin embargo, es más común de lo que podría parecer. Las fachadas de alegrías y las muecas disfrazadas de sonrisa o de sentido del humor muchas veces ocultan esa tristeza a los ojos de los demás. Cuando eso nos pasa, parecemos felices, pero por dentro la vida se desangra.

«La ‘pérdida’ de la fe constituye una de las experiencias de dolor más profundas que puede tener un ser humano»

Buscamos los culpables de nuestra pena. Bueno -decimos- si yo soy la víctima inocente, entonces el culpable está fuera de mí. La culpa la tiene mi marido o mi mujer, la culpa la tienen los hijos malagradecidos, la culpa la tiene el patrono abusador. Hay quien, más sofisticado, dice que la culpa la tiene “el sistema”, la junta, el imperio. Todavía hay quien levanta los ojos al cielo y le reclama a Dios: “Tú tienes la culpa”, “Me trajiste al mundo para sufrir”.

Más a la corta que tener que esperar por la larga, el resultado es que se nos “muere” la fe. Como dice el viejo tango, “hoy no creo ni en mi mismo, todo es truco, todo es falso”.

¿Qué tal si cambiamos el orden de las preguntas?

Cuando digo que tengo fe, ¿cuánta fe de verdad tengo? ¿Se me murió la fe por los golpes que me dio la vida o no resistí los golpes porque mi fe era falsa? ¿Maltraté a mi esposa, a mi esposo, a mis hijos? ¿Fue cómplice de los abusos del patrono porque creía que así me iría mejor? ¿Traté de ser parte entusiasta de un sistema de opresión porque buscaba mi propio beneficio? ¿No me rebelé ante la junta fiscal Dictatorial porque no quería meterme en problemas? ¿Acepté el coloniaje del imperio?

Hay una canción popular que dice “la libertad cuesta mucho, eso dicen los cobardes. Amigo, no es lo que cuesta, es mucho más lo que vale”. Dios nos trajo al mundo colmados de bienes y nos dio la ley de la libertad. De eso, no hay duda. Pero a nosotros nos toca convertir en obras la palabra. Si invierto mi día haciendo el bien, ¿qué tiempo tengo para andar penando porque me duele aquí o me duele allá? Si no convierto los dones que he recibido en ayuda para quien los necesite y si no pongo en práctica la palabra de libertad que me entregó Dios, cualquiera podrá decirme -como advierte el Apóstol Santiago- muéstrame esa fe sin obra, que yo con mis obras que demostraré mi fe.

Hay una canción popular que dice «la libertad cuesta mucho, eso dicen los cobardes. Amigo, no es lo que cuesta, es mucho más lo que vale»

Para caminar tengo mis pies, que se mueven uno primero y el otro después. Si quiero que mi fe resucite, me toca ir, poco a poco, tramo a tramo, dedicando mis días a sembrar más vida.

Sembrador

Invertimos demasiado tiempo hablando y muy poco tiempo actuando. Así no es. Si quiero que mi pueblo se libere de las cadenas de opresión, “tengo que trabajar” por la libertad lo poco o lo mucho que puedo cada día. He conocido a la gran luchadora de la patria puertorriqueña María de Lourdes Santiago, quien le decía a los de su partido que sencillamente se preguntaran cada día qué podían hacer por la independencia. Traduzco ese llamado a muchas causas, personales y sociales. ¿Qué puedo hacer hoy por mi prójimo y mi comunidad?

Las discusiones sobre teorías, estrategias, tácticas y todas esos asuntos son muy buenas. Sin embargo, me parece que el momento que vivimos nos exige “hablar menos y hacer más”.  Así decía José Martí,  “Hacer es la mejor manera de decir”. 

Hagamos de nuestras vidas talleres, fábricas de milagros y maravillas. Veremos cómo resucita la fe

Frente solidario de comunicación con Haití


Grito de auxilio con propuesta desde el corazón herido de Haití

“Señor, mi Dios, de día pido auxilio, y de noche grito en tu presencia” (Salmo 88,1).

Pedro Rafael Ortiz

  


El sacerdote haitiano Frantz Grandoit ha lanzado un “grito de auxilio con propuesta” para que surja lo que él llama “un frente solidario de comunicación” en nuestra región de América Latina y el Caribe que se pueda proyectar a nivel global. La propuesta de Padre Frantz me la hizo llegar el hermano y también sacerdote y teólogo dominicano Julín Acosta. Me uno a ella.


El propósito directo de la idea es que se mantenga abierto un canal de información para que se conozca la situación en la que vive y sobrevive Haití. Padre Frantz no se anda con muchos rodeos. En su carta dice que el objetivo es compartir la información y la conversación que ayude a “contrarrestar el nefasto apoyo que le está dando el gobierno norteamericano y sus aliados al gobierno haitiano actual para que este tenga la consolidación de la dictadura”, mediante unas elecciones amañadas, el uso de fuerzas paramilitares terroristas de bandas armadas y otras barbaridades.

Mientras tanto, en Haití la situación violenta y complicada continúa. En días recientes, hubo un ataque con armas de fuego y cocteles molotov a un cuartel de la Policía y una estación de radio con el saldo de dos muertos y llegaron informes del secuestro de un sacerdote. A esa triste realidad se suma el que amplios sectores de la oposición política junto a grupos sociales “proclamaron un nuevo presidente interino”, que, por supuesto, no tiene el reconocimiento del gobierno. Me refiero a que se está hablando de que ya la situación ha llegado al estado de beligerancia.

Con grandes sectores del país enfrentando una emergencia alimentaria y la Organización Panamericana de la Salud certificando que Haití tiene la tasa de mortandad neonatal más alta de América Latina, es claro que urge incrementar los esfuerzos de la llamada ayuda humanitaria. Pero es también muy urgente otro tipo de ayuda. En ese sentido es que tenemos que dar todo el apoyo a la idea del “frente solidario de comunicación” que propone este hermano sacerdote.

Una miseria asfixiante

Otra vez, desde la miseria asfixiante que vive, Haití hace una aportación caritativa para toda América Latina. Si logramos construir ese frente de comunicación solidaria, que además promueva acuerdos para el entendimiento socio-político se beneficiarán todos nuestros pueblos. ¡Gracias Padre Frantz, gracias Padre Julín, gracias Haití! porque en medio de la crisis se buscan alternativas de solidaridad.

¿Qué hacemos? La Conferencia Episcopal Haitiana está esforzándose en ayudar a levantar conciencias para solucionar la crisis. Muchos grupos en Haití están en el mismo esfuerzo. Pero no percibo que la “información” a través de nuestros países esté fluyendo como hace falta.

Nuestro amado papa Francisco ha marcado un camino muy importante al llamar a los creyentes del mundo –desde clérigos hasta las comunidades de feligreses– a “caminar juntos” en solidaridad, a desarrollar procesos participativos de comunicación para una Iglesia en salida. No se trata de que la responsabilidad la tengan los pastores; la tenemos todos en el rebaño, porque todos juntos somos el Pueblo de Dios. Para construir el frente solidario de comunicación necesitamos periodistas, comunicadores de todo tipo, gente dispuesta a aportar recursos y todo tipo de apoyos. Necesitamos mentes, brazos y corazones.

Quiero reiterar que no se trata de dolernos del pueblo haitiano para sentir que con eso somos buenos, como mucho menos se trata de que se repitan las fallidas intentonas de dictarle desde afuera al pueblo haitiano lo que tiene que hacer. Todo lo contrario, se trata de decir presente a un llamado que se ha lanzado desde Haití por el bien de toda América Latina.

Invito a la oración, a la solidaridad concreta a través del diálogo social, a poner en la mesa común nuestros propios espacios, entre otros detalles para mostrarle al mundo y decirle a los hermanos haitianos a qué estamos dispuestos