De Lavapiés a Odessa… ida y vuelta

escrito por  Pepa Torres

María es ucraniana. Lleva viviendo en España más de 35 años. Era médica pero su éxodo migratorio la convirtió en costurera. Hoy tiene un pequeño taller de arreglo de bajos y cremalleras en Lavapiés, que se ha convertido también en un lugar de conversación y encuentro informal de mujeres diversas, con un tema, común: la cultura de la guerra y su incidencia en la vida de las mujeres. 

Mientras pespuntea con la máquina de coser no para de hablar y de contarnos, a quienes acudimos a su taller, que sus dos hijas son médicas y que han decidido quedarse en Ucrania, por más que ella les ha pedido que se vengan a España a vivir con ella. Junto con otras mujeres han improvisado un hospital en un edificio abandonado y por eso ella recoge medicinas para enviarlas en un convoy.

Así, entre cremalleras, bajos de pantalones y arreglos de mangas, la tienda de Mary se ha convertido en un canal permanente y cotidiano del día a día de la resistencia de las mujeres ucranianas de Odessa.

De la escucha de sus narraciones y noticias brota este texto que me pidió hace unos días un colectivo para una vigilia interreligiosa sobre las mujeres de Ucrania.

Hablar de las mujeres en la guerra de Ucrania es un grito. Un grito de denuncia de los intereses imperialistas y económicos de los señores de la guerra que se enriquecen con el sufrimiento. Es un grito también para quienes no somos ellas, pero no podemos ni queremos ser cómplices de la cultura de la guerra y el armamentismo sobre los cuerpos de nadie, pero mucho menos de las mujeres y las niñas.  

Es un grito, pero es a la vez silencio, el silencio impuesto por el terror y el miedo desde el escondite clandestino y la lucha por la supervivencia. El silencio que nace del espanto de ver como toda una vida, un país, un pueblo, se desmoronan; el silencio del duelo ante la pérdida, la desaparición y el exilio de familiares, amigos, vecinos.

Hablar de las mujeres en la guerra de Ucrania es hablar de las mujeres que se han incorporado a la defensa activa del territorio, de las que han decidido coger un arma e incorporarse al ejército, y que constituyen un tercio de su defensa armada y organizada (más de 50.000). En la mayoría de los casos mujeres que nunca hubieran imaginado hacerlo antes del ataque de Putin, la mayoría jóvenes universitarias.  

Pero es también hablar de las que siguen defendiendo la vida y la de sus hijos e hijas en las tareas de resistencia y cuidado de lo más básico y frágil, en medio de la violencia y del expolio, experimentado en sus propios cuerpos, en sus familias, en sus propiedades incendiadas por las bombas o arrebatadas por el ejército ruso y los mercenarios.

Es hablar de las que improvisan hospitales en los metros o en edificios abandonados, o espacios de juego, teatro infantil y encuentro comunitario para los niños que quedan en el país. Es hablar de redes de apoyos organizadas por ellas y entre ellas mismas para el cuidado de las más ancianas y enfermas que se han quedado solas y que se niegan a abandonar sus casas, sus raíces, su tierra, pero sin embargo animan a sus hijas a que lo hagan. Por eso es también hablar de valentía y resistencia, de futuro soñado para las hijas y las nietas más allá de las fronteras.

Pero también es hablar de los cuerpos y almas rotos de las mujeres y las niñas acribilladas por el arma más humillante de las guerras contemporáneas: la violación como arma de guerra. La violación como arma de guerra tiene como objetivo el exterminio del adversario a partir del horror sobre los cuerpos de las mujeres y las niñas, de manera que estas se convierten en el propio campo de batalla.

En los cuerpos de las mujeres se clavan las insignias de la victoria del invasor y su pretensión de aniquilar a un pueblo y humillarlo. Violaciones que no son accidentales, ni daños colaterales, sino la guerra misma librándose en los cuerpos de las mujeres. Así está siendo denunciado por la defensora del pueblo ucraniana Lyudmyla Denisova. No es posible descifrar aún la cifra real de víctimas, aunque la ONU ha abierto una investigación coordinada por Sima Bahous, que denunció hace unos meses el estado de alarma que atraviesan las vidas de las mujeres y las niñas por el alto riesgo de violencia, abuso, explotación o ser víctima de trata. Los desplazamientos masivos, el alto número de mercenarios y la brutalidad contra los y las civiles ucranianas ha hecho saltar todas las alarmas recoge, literalmente uno de los informes. 

Pero hablar también de las mujeres ucranianas y la guerra es hablar a través de los versos de la poeta Warsan Shire: 

«Nadie deja su hogar a menos que su hogar sea la boca del lobo. Sólo corres hacia la frontera cundo ves que el resto de la ciudad está corriendo también. 

Nadie deja su hogar hasta que su hogar es una voz que le dice vete, huye de xx mi ahora (…) en cualquier lugar estarás más seguro que aquí». 

Es hablar de las mujeres refugiadas, de su valentía y de su dignidad, de sus duelos y pérdidas. Pero también de sus esperanzas y del derecho a la acogida digna y a que las personas sean más importantes que las fronteras. Derechos no sólo para las mujeres ucranianas, sino para todas las mujeres que se ven obligadas a abandonar sus países para salvar la vida y abrirse un futuro para ellas y sus hijas e hijos. Más de 4 millones de personas ucranianas se han visto forzadas a abandonar Ucrania, la mayoría son mujeres, En España 154.000.  

Pero también hablar de las mujeres ucranianas y la guerra es vincular sus dolores, sus sueños y esperanzas a los de las mujeres rusas en disidencia contra la guerra, que animan a la desobediencia civil, a abandonar las armas a los soldados rusos y al levantamiento del país contra la guerra y sus afanes totalitaristas. Mujeres como Vera Kotova, o como las que forman parte de la FAR (Resistencia Feministas contra la guerra), que enfrentan cada día la represión y la violencia de Putin y la policía, contra ellas y sus organizaciones   y cuyas puertas de sus casas  aparecen marcadas con una Z, como señal de «enemigas el estado», con las consecuencias que eso tiene en la Rusia de Putin. 

Nada empobrece tanto a las mujeres como las guerras. En la Biblia, en el capítulo 20 del libro del Eclesiástico, leemos que «los gritos de las empobrecidos –me permito recrearlo en femenino– los grito de las empobrecidas atraviesan los cielos y hasta alcanzar a Dios no descansan, por eso Dios se hace partícipe de ellos y se pone de su parte, Dios es parcial con estos gritos». 

También a nosotras hoy nos toca ser parciales, tomar parte contra las guerras y la violencia hacia las mujeres, por una cultura de la paz y desde el convencimiento que no hay paz sin justicia de género. 

Por eso, como señala la activista antimilitarista y feminista Michele Renyé, «la sangre que alienta nuestro cuerpo, nuestra cabeza, el río de cientos de pueblos desde la prehistoria hace que no creamos en las fronteras ni en los cuentos de guerra» ni en quienes las fabrican. Por eso luchamos y seguiremos haciéndolo con todas nuestras fuerzas contra ellas.

La revuelta de las mujeres en la Iglesia

Alcemos la Voz: la revuelta de las mujeres en la Iglesia

Presentación del libro sobre La Revuelta en San Carlos Borromeo

La Revuelta es un movimiento de mujeres nacido en los diferentes territorios del estado español en el año 2020, que denuncia la discriminación de las mujeres en la iglesia católica y propone una reforma de la misma desde la perspectiva de las mujeres

La Teología feminista nos cambia la mirada y nos lleva a hacer propuestas concretas desde la Revuelta a la Iglesia, ejerciendo políticas de la confianza y del vínculo

Cierra el libro una necesaria cronología de 60 mujeres imprescindibles, que a lo largo de la Historia de la Iglesia han abierto y caminado las sendas que ahora pisan nuestros pies

Por| Marisa Vidal Collazo y Pepa Torres Pérez

El pasado sábado 24 de septiembre, en Madrid, en la parroquia San Carlos Borromeo, se presentó en Madrid el primer libro que recoge la génesis, los objetivos y el desarrollo del movimiento mundial de mujeres cristianas conocido como La Revuelta de las Mujeres en la Iglesia. La Revuelta es un movimiento de mujeres nacido en los diferentes territorios del estado español en el año 2020, que denuncia la discriminación de las mujeres en la iglesia católica y propone una reforma  de la misma desde la perspectiva de las mujeres.

La obra ha sido realizada por un equipo de siete mujeres miembros activos de la Revuelta : Pili Calle Humanes del grupo de Mujeres de la HOAC de Barcelona, Mercedes López Herrera de Mujeres y Teología de Sevilla, Mabel Ruiz Ruiz de Mujeres y Teología de Zaragoza, Marisa Vidal Collazo de Mulleres Cristiás Galegas Exeria de Galicia, Pepa Moleón Caro, de Mujeres y Teología de Madrid, Pepa Torres Pérez de la Red Miriam de Espiritualidad Ignaciana Femenina y Silvia Martínez Cano de la Asociación de Teólogas Españolas. Ellas han asumido este reto sabiendo que responde al deseo y el clamor de muchas mujeres que, en todo el mundo, trabajan en la construcción de una Iglesia en la que la igualdad sea costumbre.

Para lograr este propósito, se ha contado también con muchas y muy buenas manos que son el claro reflejo de la sororidad que implica la Revuelta de Mujeres en la Iglesia y la polifonía que la define. Una polifonía sororal que abre desde Italia, la historiadora y periodista Lucetta Scaraffia, autora del  prólogo.

El contenido está estructurado en cuatro partes y un amplio apartado de anexos.

La primera parte recoge las Genealogías de la Revuelta, el seno materno en el que nace y se desenvuelve la Revuelta, que estalla gozosa en Barcelona y Madrid.  pero que es un movimiento que viene de lejos, gestado a lo largo de los años con el empuje de muchas

La parte segunda, Geografías de la Revuelta, abre campo y nos muestra las revueltas que crecen, en paralelo en otros lugares del mundo, en diálogo con el feminismo y otros movimientos sociales, en países como India, Abya Yala o México. Contamos en esta parte con las colaboraciones de la teóloga de Ecclesia of Women in Asia Kochurani Abraham, la teóloga aymara Sofía Chipana Quispe, de la Comunidad de Sabias y Teólogas Indígenas de Abya Yala y las mexicanas Marisa Noriega Cándamo y María Andrea González Benassini, de la Cátedra de Teología Feminista “Carmen Montull Vallés” de la Universidad Iberoamericana, fundadoras de Tras las Huellas de Sofía.

La tercera parte, Políticas y Vivencias, da cuerpo teórico a lo que muestra nuestra práctica. La Teología feminista nos cambia la mirada y nos lleva a hacer propuestas concretas desde la Revuelta a la Iglesia, ejerciendo políticas de la confianza y del vínculo. La teología feminista es una Teología del Cuerpo, que se materializa en la vida. Destacan en esta parte las colaboraciones de la teóloga gallega Carme Soto Varela y la brasileña Ivone Gebara.

La cuarta parte es un vuelo de futuro en el que queremos sentipensar la Iglesia que soñamos. Partiendo del proceso sinodal que estamos llevado adelante las mujeres de todo el mundo, coordinadas por el Catholic Women’s Council, contamos con las colaboraciones de tres mujeres que saben mucho de procesos sinodales: la teóloga Pilar de Miguel Fernández, miembro del European Women Synod y de los comités internacionales que organizaron los Sínodos Europeos de Mujeres (Gmunden, 1996 y Barcelona 2003) y con Teresa Casillas Fiori y Mónica Díaz Álamo, dos de las mujeres integrantes del Comité de Habla Hispana del CWC. En esta sección del libro planeamos nuestro futuro en resistencia y creatividad, proponiendo buenas prácticas en la pastoral y la liturgia. La última palabra la tienen los sueños de las más jóvenes, en la voz de María González Barral, del grupo Feminista&Cristiana.

Elepílogo ha sido escrito por Mari Pau Trayner i Vilanova, de Dones en l’Esglesia per la Paritat, una mujer que, como otras muchas, ha vivido y empujado para que todo este proceso de mujeres pudiera llegar desde los años 80 del siglo pasado hasta el día de hoy.

Un trazo característico del libro es nuestro empeño por hacer praxis de lo que relatamos. Por eso cada parte culmina con una muestra de cómo poner en práctica las cuestiones que se plantean. Así, al remate de la primera parte ofrecemos pistas de trabajo para poder construir nuestras propias genealogías. Al final de la segunda parte mostramos en formato QR descargable como se forma un grupo de Revuelta con el caso particular de Victoria-Gasteiz narrado por Miriam Aristimuño. En la tercera Marisa Rodríguez Pereiro, de la Red Miriam de Espiritualidad Ignaciana Femenina, propone pistas para preparar celebraciones y rituales que dan hondura a la vida. La última parte se cierra con los tips de supervivencia, un aporte de las más jóvenes, pensando para su difusión en redes sociales, que se pueden descargar desde un código QR.

Se completa la la obra con un apretado apartado de Anexos que abre el Manifiesto de la Revuelta de Mujeres en la Iglesia, su documento fundacional. También en formato descargable QR “La Revuelta de las Mujeres en las calles” ofrece guiones de diferentes actos celebrados por la Revuelta en distintas ciudades. Cierra el libro una necesaria cronología de 60 mujeres imprescindibles, que a lo largo de la Historia de la Iglesia han abierto y caminado las sendas que ahora pisan nuestros pies.

Como última información se incluye la presentación de las autoras y las direcciones web, presencia en redes sociales y contacto de todos los grupos de la Revuelta en España y México.

Y así, con la premura de la hija que agranda y hace avanzar la herencia de sus madres, la revuelta se extiende ahora  también a través de este libro colectivo y sororal hasta que la igualdad, la justicia y el cuidado de la casa común se hagan costumbre en la Iglesia

‘Mujer que no poseeré jamás’, de Miguel Ángel Mesa 

Una antología de belleza y compromiso

Silueta de mujer
Silueta de mujer

«La palabra honda y verdadera, que nace de las entrañas, como la palabra poética de Miguel Ángel, es aliento, caricia, soplo de vida y esperanza que nos moviliza en la búsqueda del derecho a la belleza y la justicia y hacer histórica la utopía»

«Todos los de esta antología son poemas que nos urgen a reconocernos como iguales y a vivir encendidos hasta que despunte el alba de un mundo liberado de la feminización de la pobreza y la violencia de género»

Por Pepa Torres Pérez

Conozco a Miguel Ángel Mesa desde hace más de 20 años y, desde que publicó su primer libro, Del desierto a la solidaridad, en el año 1995, soy una asidua lectora de todo lo que escribe, que es tan diverso como polifacética su personalidad. Pero sin duda es su palabra poética la que más me conmueve por su sencillez y su hondura

Mujer que no poseeré jamás
Mujer que no poseeré jamás

Un poeta es alguien que bucea en su interior hasta encontrar la palabra precisa para nombrar lo inefable, la belleza o el horror que traspasa el corazón humano y al hacerlo conecta con experiencias que resultan universales sin renunciar a la singularidad de la propia. Ser poeta es situarse en la realidad con la sensibilidad abierta y a la espera que acontezca el milagro de la palabra que el universo regala a quienes viven sostenidos y sosteniendo en ella. Porque al contrario de quienes dicen que las palabras se las lleva el viento y no sirven para nada, la palabra honda y verdadera, que nace de las entrañas, como la palabra poética de Miguel Ángel, es aliento, caricia, soplo de vida y esperanza que nos moviliza en la búsqueda del derecho a la belleza y la justicia y hacer histórica la utopía. 

«Un varón feminista»

Así sucede con este nuevo libro. Mujer que no poseeré jamáses una antología del Miguel Ángel Mesa más personal e íntimo y a la vez comprometido con la causa de la liberación de las mujeres, por la equidad de género y contra toda forma de violencia y dominación patriarcal.  

Desde hace muchos años su autor se reconoce como un varón feminista en trabajo permanente con otros hombres y mujeres en la deconstrucción de una masculinidad normativa y comprometido en la búsqueda de un nuevo modo de ser varón, más allá del patriarcado. Deconstrucción en la que su mujer Marisa y sus hijos Abraham y Ruth han sido y son fundamentales, pero también tantas amigas y compañeras de militancia en colectivos sociales y acciones feministas en las que Miguel Ángel participa, como decimos en la Revuelta de Mujeres en la Iglesia, hasta que la igualdad y la ecojusticia sean costumbre.

Codo a codo con ellas

Las protagonistas de este libro son las mujeres. Su autor no pretende otra cosa que seguir caminado codo a codo con ellas en las luchas feministas sin robarles la palabra, el liderazgo ni su protagonismo. Caminar a su lado y agradecer el despertar en su vida de la dimensión femenina que la amistad y el compañerismo con mujeres despiertan en su sentir, en su pensar, en su hacer, en su decir, en definitiva, en un modo nuevo de estar en el mundo, dejando salir el ánima, aprisionada y violentada por tantos siglos de machismo en la vida de las mujeres, pero también en la de los varones.  

La tonalidad de los poemas de este libro es también muy diversa. Muchos de ellos han nacido de las experiencias compartidas temporalmente del autor en Centroamérica y del reconocimiento de la aportación de las mujeres campesinas en lo que el mismo llama la revolución de la creatividad, en la resistencia y la apuesta por la vida, como el poema que lleva por título Profunda dignidad. Otros recrean a autores referenciales como Eduardo Galeano con el titulado “Ellas, las nadies”. Otros tienen un carácter mucho más íntimo como Déjate o Me vienen ganas de besarteMe salvas o Transido de luz, pero todos en definitiva son poemas que nos urgen a reconocernos como iguales y a vivir encendidos hasta que despunte el alba de un mundo liberado de la feminización de la pobreza y la violencia de género, prendernos en fuego hasta hacerlo posible. Un libro lleno de belleza y compromiso.

¿Proyectos o procesos? 

por Pepa Torres

Llegó septiembre, retomamos trabajos, activismos, un nuevo curso por delante. Es tiempo de seguir apostando por aquello en lo que creemos y buscar y cuidar estrategias, pedagogías, espacios comunitarios… donde convertir la utopía en inédito viable. Es tiempo de mancharnos las manos, la inteligencia y el corazón en ello y de hacerlo comunitariamente. 

Tras la distancia que da el descanso del verano, volvemos a lo cotidiano con un sentimiento ambiguo y contradictorio, mezcla de resistencia e ilusión. En nuestro lugar del mundo, septiembre es tiempo de proyectos y programaciones. Los calendarios empiezan a llenarse con reuniones para planificar el curso, identificar prioridades, fijar objetivos y acciones, hacer cronogramas, compartir responsabilidades…

De la práctica pedagógica y social hemos aprendido que los proyectos son una herramienta concreta, necesaria para responder a una realidad que queremos transformar y que nos reta desde sus posibilidades, sus necesidades y carencias, por eso han de ser concretos, precisos, evaluables y han de temporalizarse. Con ellos intentamos responder a la vida de forma coherente y eficaz. Sin embargo, la vida es mucho más que un proyecto, los transgrede constantemente porque no cabe nunca en una programación con casillas previamente establecidas. La vida es un permanente y sorprendente acontecimiento y no podemos ponerle diques a su asombro e intemperie. Lo que sí podemos es prepararnos para encararla comunitariamente y vivir como oportunidad lo que nos acontece por sobrecogedor que nos parezca. Por eso, sin menospreciar ni un ápice los proyectos, creo que es mucho más importante la atención y el cuidado de los procesos. A menudo lo más importante de los proyectos no es que cumplan los objetivos esperados, sino que desencadenen procesos personales o colectivos en los que la vida más vulnerada y el cuidado estén en el centro y cómo acompañarnos en ello.

Por ahí va mi propuesta para este inicio de curso: poner la atención en los compañeros y compañeras con quienes vamos aventurando la vida y toda nuestra intencionalidad en generar espacios de respiro y liberación donde conjugar un nosotras abierto y diverso. Espacios sin derecho de admisión, en los que más fuertes que las diferencias lo sean las articulaciones y junturas, porque reconocer las junturas en que somos da fuerzas para generar otras nuevas[1]. A estas alturas sabemos de sobra que no hay cambio ni transformación histórica que no pase por la relación y el cuidado de los vínculos. Desde el compartir juntas y juntos vulnerabilidades y precariedades estas pueden convertirse en potencia transformadora y desinstaladora del sistema e ir así, poco a poco, generando zonas liberadas. 

¿Qué es más importante la meta o el camino? preguntó una joven discípula a su maestra. La respuesta quebró toda polarización excluyente: lo más importante, lo extremadamente valioso es con quiénes se va haciendo el camino. ] J. M. Esquirol, Humano, más humano. Una antropología de la herida infinita, Barcelona, 2021, pág. 14

PRISCILA : Genealogías femeninas de las primeras comunidades cristianas ( 3)

Por Pepa Torres

Soy, Priscila, líderesa, maestra y predicadora en el movimiento de Jesús. Me casé con Aquila, también judío como yo. Ambos nos ganábamos la vida como artesanos de tiendas de campaña (Hch. 18.3). Vivimos en muchos lugares, incluso en Roma, de donde fuimos expulsados por razones políticas y religiosas (Hch. 18.2). Fuimos siempre una pareja muy buscadora e itinerante. Por esta razón llegamos a Corinto y allí conocimos a Pablo.

El Evangelio que anunciaba, su forma de vida y su mensaje de universalidad e inclusión, fue toda una revolución en la nuestra. Le abrimos nuestra casa y nuestro taller y con él y otras mujeres y hombres entusiasmados por la utopía y la subversión del evangelio nos hicimos misioneros itinerantes. Formamos un auténtico equipo de vida.

Lo que más me atrajo de la Buena Noticia de Jesús es que no había en ella ninguna subalternidad entre hombres y mujeres. Todos y todas: mujeres, hombres eunucos, esclavos, libertos éramos reconocidos con la misma dignidad y respeto. En nuestras comunidades compartíamos bienes y dones, todo era de todos y todas, aunque también teníamos conflictos. No había entre nosotros ninguna jerarquía. La mayoría éramos laicos.

Tampoco teníamos lugares especiales para reunirnos, orar y celebrar la memoria subversiva de Jesús. Lo hacíamos en nuestras casas y al partir el pan y el vino nos comprometíamos en común a correr la misma suerte que Jesús en el compromiso con la justicia, la fraternidad y sororidad universal. Éramos comunidades domésticas. Algunas de ellas, como la de Filipos, estaban lideradas por mujeres o por parejas, como era el caso nuestro, que lideramos la comunidad de Roma.

Yo siempre tuve don de palabra, el Evangelio se me salía por la boca. Aquila, mi marido fue siempre un gran hombre y un cristiano muy coherente. pero mi predicación llegaba más fácilmente al corazón de la gente. Tuve mucha autoridad como maestra y predicadora. Por eso mi nombre aparece en numerosas ocasiones en el Nuevo Testamento antes que el de mi marido, como cuando, por ejemplo, tuve que explicarle a Apolo, el famoso líder elocuente de Alejandría. todo lo referente al movimiento de Jesús, el Cristo (Hch.18.26). Apolo se dejó enseñar por una pareja, en la cual la mujer tenía más autoridad como maestra y predicadora que su marido.

Siempre me llamó la atención disponibilidad de algunos líderes varones elocuentes, que dentro del movimiento de Jesús reconocían la capacidad de las mujeres y la igualdad entre los sexos, y no se dejaban llevar por los valores discriminatorios de la sociedad patriarcal. Lo aprendimos de Jesús, decían ellos, aunque a otros les costaba mucho y no lo entendían del todo.

Yo, Priscila, puedo afirmar que hasta ahora no hemos visto una manera de organización tan igualitaria en sus relaciones, solidaria y comprometida como nuestras casas-iglesias. Es cierto que en algunas asociaciones admiten esclavos y mujeres como iguales, pero sin embargo a quien lleva el patronazgo en. Jesús nos enseñó que el mayor debe servir al menor. Las mujeres nos sentimos acogidas y respetadas. Somos muchas las que hemos encontrado en las comunidades cristianas un espacio de libertad, y también de resistencia a la marginación de las mujeres.

QUERÍAN BRAZOS Y LLEGAMOS PERSONAS

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Observatorio Jeanneth Beltrán.

Con el lema que da título a este artículo y como un proyecto que nace de la Asociación Senda de cuidados, Trabajo y cuidados dignos, el Observatorio nace en mayo de 2018. Tomamos el nombre de Jeanneth Beltrán, en memoria de una compañera nicaragüense, empleada de hogar sin papeles, que murió en el año 2014 en Toledo como consecuencia del decreto de exclusión sanitaria. (Real Decreto Ley 16/2012)

Nacemos ante la necesidad de recoger, asesorar y acompañar la vulneración de derechos de las trabajadoras de hogar y cuidados, fomentar su autoorganización y hacer incidencia política con otros colectivos de trabajadoras para poner fin a la explotación y discriminación que sufre este sector por el cruce de un entramado legal injusto que se perpetúa históricamente: la Ley de Extranjería y la exclusión del régimen de las trabajadoras de hogar y cuidados en el sistema de la Seguridad Social con plenos derechos.

Trabajo esencial en la economía sumergida

En España existen más de 630.000 mujeres que trabajan en este sector, la mayoría migrantes, de las cuales el 40% forman parte de la economía sumergida y casi en su totalidad trabajan en condición de internas. Mujeres que, pese a la vulneración de derechos que viven cada, día sostienen los hilos de la vida acá en el estado español y también allá en sus países de origen, por lo que significa en sus economías la aportación de sus remesas. Mujeres trabajadoras esenciales, como ha quedado demostrado en la crisis de la Covid, pero todavía al margen de los derechos del resto de los trabajadores. Forman parte de un sistema especial dentro del régimen general de la Seguridad Social que mantiene condiciones laborales y salariales discriminatorias, una amplia desprotección del sector, un elevado porcentaje de informalidad derivado de las trabas para la regularización de los permisos de trabajo, que les niega, entre otras cosas, el derecho al desempleo y el reconocimiento de las enfermedades profesionales. Algunas de las situaciones más comunes que detectamos diariamente desde el Observatorio y que intentamos denunciar son:

Situaciones denunciables

-La complejidad de la vulneración de derechos que afecta a las trabajadoras de hogar y cuidados por la interseccionalidad que lo atraviesa. De modo que no se limita solo a la esfera laboral, sino a toda una serie discriminaciones y exclusiones relacionadas con el género, la raza y la clase. 

-Los imaginarios y prejuicios dominantes sobre las personas que realizan este trabajo, como personas “ignorantes” y sin conciencia. Nada más lejos de la realidad. La mayoría viven un proceso de movilidad socio-profesional descendente, un cambio de status significativo, pues en su país habían desempeñado otro tipo de profesiones de mayor reconocimiento.   

-La normalización de la precarización y las condiciones de explotación de este trabajo en cuanto a salarios, descansos, incumplimiento de contratos o inexistencia de contrato escrito (más del 50%), negación de derechos laborales y existencia de todo tipo de abusos.  Especialmente graves son los distintos tipos de acoso hacia estas trabajadoras:   acosos de tipo moral (insultos, aislamiento, maltrato psicológico), laboral (engaños sobre condiciones laborales, carencia de espacio en la casa para descansar, desprecio por su trabajo, trato humillante, xenófobo, racista y, por último, acoso sexual.

La revitalización del régimen de interna en condiciones en las que claramente se incumple la ley, incluso aun cuando esta resulte insuficiente: vulneraciones de derechos (como negación de permisos para ir al médico o poder atender a situaciones personales o familiares), imposibilidad de conciliar vida familiar y vida laboral, despidos improcedentes o desistimientos sin finiquito y sin indemnización, falta de respeto a la intimidad o ausencia de una habitación propia, etc. Junto a ello la interiorización del sin papeles no hay derechos y la gran asimetría existente entre empleadores y empleadoras para negociar condiciones.

Sin embargo, pese al aislamiento que conlleva este trabajo al llevarse a cabo al interior de los hogares, las trabajadoras de hogar y de cuidados son un sujeto político emergente, como desde hace años vienen visibilizando con sus luchas y sus reivindicaciones. Cuatro de estas resultan especialmente relevantes: el derecho a la prestación por desempleo, la cotización en base a salarios reales, la ratificación del convenio 189 de la OIT y una política pública de cuidados, de modo que el derecho al cuidado no recaiga sobre la explotación de las trabajadoras y que el estado se implique a través de un sistema de bonificaciones en base a la renta de las familias.

Poco avance tras la reforma laboral

La reforma del mercado laboral llevada a cabo por el Gobierno apenas ha modificado nuestra situación de precariedad y explotación. Por eso, este pasado 27 de marzo las organizaciones de trabajadoras de todo el estado convocamos una sentada estatal para exigir la inmediata ratificación del Convenio 189 de la OIT y el derecho al desempleo. La sentencia interpuesta por un abogado laboralista en Galicia al Tribunal de Justicia Europeo por discriminación en el derecho al desempleo en relación con el resto de las trabajadoras y trabajadores ha abierto un hito histórico que fuerza al Gobierno español a subsanar y reconocer este derecho.

Empoderar y liderar

Todas estas luchas no serían posibles sin el empoderamiento y el liderazgo de las trabajadoras de hogar y cuidados. Por ello, desde el Observatorio trabajamos en dos líneas de acción preferente muy claras: Acuerpar derechos (Asesoramiento y acompañamiento colectivo en denuncias y vulneraciones de derechos) y la Escuela de Activismo Político en Cuidados. Porque estamos convencidas de que sin las trabajadoras de hogar y de cuidados no se nueve el mundo. Pero es importante reflexionar colectivamente  sobre qué  mundo queremos mover.

Sobre risas, fragilidades y respiraciones

Imagen de Pexels en Pixabay 

Retomo mi columna en Alandar tras varios meses de silencio y con más convencimiento si cabe de que en la debilidad de lo humano se revela nuestra más profunda verdad pues el latido del mundo es su fragilidad. La lucha contra el linfoma de mi hermana (por ahora vencido) me ha obligado a poner mis energías en esta batalla, también la de mis palabras. Después del tsunami vivido intento volver a mi cotidianidad en la que escribir es siempre oxígeno y respiración. La necesidad no solo de respirar con profundidad y con energía, sino también de hacerlo en comunidad y con alegríporque respiramos de forma muy distinta cuando estamos alegres que cuando estamos apesadumbradas. Una maestra de yoga me decía estos días que la respiración triste es poco profunda, lenta y poco constante, lo que hace que nuestro organismo se oxigene con dificultad y provoque tensiones en nuestra mente y nuestro corazón. Sin embargo, la respiración de la risa es profunda, fluida y regular, aporta una gran cantidad de oxígeno a todo nuestro cuerpo y energía a nuestra mente. La risa moviliza alrededor de 400 músculos y facilita que entre el doble de aire en los pulmones. Reír no solo no produce arrugas, sino que es el mejor antídoto contra ellas ya que una mayor oxigenación celular borra las ojeras y el aspecto de cansancio en el rostro. La risa libera también endorfinas, serotonina y dopamina, hormonas que generan bienestar, alegría y efecto analgésico. Todo esto me decía una maestra de yoga, mientras yo pensaba que desde chiquitas tendríamos que ser alfabetizadas con un manual de risas para tiempos oscuros y sin certezas.

Pero ¿es posible referirnos hoy a la alegría sin escandalizar a la gente para la que la vida es solo llanto, es decir, sin el permiso de las víctimas y la complicidad con ellas? Estoy convencida de que sí, porque la alegría a la que me refiero no es la alegría que nace de un optimismo ingenuo al margen de la historia y sus conflictos y de las luchas sociales por transformarla aquí y ahora, sino la alegría de la fe, “la alegría de creer” que diría Madeleine Delbrêl. La alegría de sostener la vida en común, en la confianza y en la bondad de Dios y de comprometernos desde ese espíritu a no ser cómplices con la injusticia, la violencia ni el desamor, sino a recrear el buen vivir y el buen convivir allí donde estemos y buscar también mistagogos y mistagogas expertos en ella, en tiempos oscuros.

Fatou, viuda de Gora, recién madre de Awa, ha sido una de mis musas y maestras en la risa

Porque la risa tiene también sus maestras y sus musas. Una de ellas sin duda en este tiempo ha sido Fatou. Mi vecina senegalesa, recién mamá de Awa, que nació la víspera de Navidad y cuyo papá, Gora, murió el mes de noviembre, como consecuencia de un atropello tras una lucha intensa por la vida en el Hospital de parapléjicos de Toledo. Fatou, aun en medio de su inmensa pérdida y su pena no deja de sonreír y animar a su bebé a hacerlo cuando le habla de su padre, o cuando llega a comer a nuestra casa y se detiene a contemplar una foto de Gora que tenemos en la sala, y en vez de llorar, como haríamos cualquiera de nosotras, sonríe y le dice a Awa en wolof: es tu papá, siempre estaba alegre, y la bebé sonríe.

Esa complicidad madre-hija me recuerda también el poder de otra risa bíblica, la de Sara, la anciana, y su carcajada desconcertarte y esperanzada ante el nacimiento de su hijo, al que puso por nombre Isaac: “el que me ha dado la risa”Porquepese a la dureza del momento que atravesamos y la fatiga pandémica de la que no terminamos de liberarnos, vivimos rodeadas de nuevos Isaac que nos devuelven el poder de la risa y que nos recuerdan que para reír no todo tiene que estar resuelto, ni los problemas del mundo solucionados, sino que reír, y hacerlo en comunidad, es una herramienta política para ello. Son testigos de la fuerza transgresora y resiliente de la alegría en un mundo donde impera el poder de las privatizaciones, el racismo, el clasismo y el heteropatriarcado que condena a no ser a quienes declara no normativos o descartables. Por eso para el año que empieza tengo solo un propósito que le pido prestado a Mario Benedetti y a Gioconda Belli: “defender la alegría” y,“saber tirarnos una buena carcajada y ser felices aun en la noche más honda y cerrada”.

Es mi deseo también para todos los lectores y lectoras de Alandar: un año lleno de risas compartidas en el fragor de las luchas por la vida y de la fragilidad humana

MUJERES DE LA PASCUA: María Magdalena y la espiritualidad del soltar


 En este tiempo de pascua la memoria viva de María Magdalena, tan silenciada y manipulada en la historia de la iglesia toma fuerza y significatividad entre nosotras. La que nuca fue prostituta y siempre apóstol se convierte, en el marco de la aventura sinodal que como iglesia las mujeres estamos queriendo empujar, en maestra de la espiritualidad del soltar que tanto nos apremia. El Evangelio de Juan así nos lo revela (Jn 20, 11-18).    

Magdalena se alimenta de la vida nueva, pero para hacerlo ha de atravesar el duelo que la ata al pasado y superar la nostalgia. Su actitud reta a la nuestra, Nos sitúa ante una disyuntiva siempre costosa: atrapar o lanzar. Aferrarnos a la seguridad de lo que conocemos e intentamos poseer, hacer de Dios una seguridad, tener unas vías de acceso a Él “fosilizadas” … o abrirnos a su novedad inatrapable que nos urge a innovar caminos, lenguajes, vías de encuentro con Él, de generación en generación y desde la diversidad que, como humanidad, nos caracteriza.

Quizás nos ayude realizar corporalmente la experiencia que sugieren las dos acciones, opuestas, mencionadas, “aferrarnos” o “abrirnos”, y reconocer cómo nos sentimos al hacerlo.

Hacernos conscientes de nuestras resistencias, ganas, temores, impaciencias para, con más consciencia y libertad en esta dinámica de apertura, lanzarnos a la novedad de Dios, a la que nos reta María Magdalena y asumir las consecuencias que ello conlleva.

La vida es un constante aprender a decir hola y adiós, a acoger y soltar, pero no es fácil, pero en el aprender a vivir soltando, sin aferrarnos al pasado, a las seguridades, nos jugamos el encuentro con el Dios vivo.

En el arte de vivir soltando, Magdalena es también una maestra en el camino. “Aun, cuando todavía era oscuro… María Magdalena se puso en marcha hacia el sepulcro”. Su inmenso dolor no la dejó paralizada, sino que su corazón destrozado continuó manteniéndose anhelante y en búsqueda. Su corazón, sus ojos, más allá de los datos empíricos, presintieron que la Buena Noticia vivida con aquel profeta de Galilea no podía  acabar con su muerte, aunque ella misma experimentase en lo profundo que al enterrar aquel cuerpo habían enterrado con él todos los sueños y expectativas de un amanecer diferente para los pobres y excluídos de Israel. Su tentación, quizás como la nuestra, fue la de refugiarse en el pasado y en su propio dolor, lamerse las heridas.

Sin embargo, al escuchar su nombre en boca de Jesús reconoció en el hortelano a su Rabbuni, a su Maestro, y al reconocerle se hizo proclamadora suya, Apóstol apostolorum,  en medio de un montón de dificultades. El “Ve y dile a tus hermanos y hermanas” que escuchó, en lo hondo de su espíritu, de la boca del Viviente la llevó a recorrer caminos insospechados para una mujer de su época. Afrontó el presente y anticipó futuro.

Quizás también hoy pueda pasarnos que andemos un tanto desconcertados y llorosos ante un presente que no terminamos de entender y un montón de expectativas, sueños y proyectos que no han terminado como pensábamos en nuestra vida.

El Resucitado toma el cuerpo de muchos hortelanos, personas y acontecimientos que nos salen al camino de la vida cotidiana y de los hechos de la historia, como a Magdalena. El Resucitado nos invita a adentrarnos en la espiritualidad del soltar. Vivir soltando es decir “hola” a lo nuevo y a lo que despunta como alternativo hoy en nuestros ambientes y “adiós” a lo que se va quedando rancio en nuestro modo de ser y estar en el mundo, también como comunidades cristianas.

Pero para vivir soltando necesitamos también elaborar adecuadamente los duelos. Sólo soltando podemos abrirnos al futuro. Si no soltamos, ya no nos cabe nada. Si con lo que ya tenemos está ocupado nuestro espacio físico, afectivo, mental, no hay lugar para nada nuevo.

Por eso necesitamos, soltar, desalojar, dejar espacio. Si no lo hacemos, nuestra vida, nuestras comunidades, los colectivos en los que participamos, la Iglesia… se quedarán añejos, nostálgicos y llorosos y nuestra fe y nuestro compromiso quedará reducido a ideología y a tópicos o frases hechas. Adentrarnos en este “suéltame” de Jesús a Magdalena es atrevernos a hacernos una pregunta, que siempre resulta tremendamente incómoda:

¿Qué es lo que el Amor nos está pidiendo que abandonemos, dejemos, soltemos, para poder reconocerle como El Viviente, hoy, aquí, ahora?

¿A qué novedad nos inspira y llama hoy su Espíritu, como Iglesia, como comunidades, para testificar que Dios no es un Dios de muertos sino de vivos?

La Buena Noticia del Dgo 4º de Pascua-C

Mis ovejas escuchan mi voz

Yo las conozco y ellas me siguen

Lectura de la Palabra

JUAN 10, 27-30

Mis ovejas escuchan mi voz: yo las conozco y ellas me siguen, 28 yo les doy vida definitiva y no se perderán jamás ni nadie las arrancará de mi mano.

29 Lo que me ha entregado mi Padre es lo que más importa, y nadie puede arrancar nada de la mano del Padre.

30 El Padre y yo somos uno.

Comentario a la lectura:

CUIDADO E INCONDICIONALIDAD AMOROSA

La metáfora del vínculo entre el pastor y sus ovejas para referirse a la relación de Cristo con la humanidad quizás ha quedado desgastada en la cultura suburbana, pero lo que pretende subrayar fundamentalmente es su opción incondicional por aquellos y aquellas que conoce en profundidad y que ama más que a su vida misma. A ello remite en este mismo capítulo en los versículos 1,10. El texto de este domingo resalta de nuevo esta incondicionalidad, pero precedida de cuatro verbos (acciones). Dos referidas al pueblo-humanidad: escuchar y seguir y otra a Cristo-Pastor: conocer y cuidar.

La relación está atravesada por tanto por un compromiso mutuo que es la unión de dos libertades, la del pueblo-humanidad en la escucha de la voz de Dios y su compromiso en la historia, secundando su iniciativa (seguimiento), y la de Dios, en su alianza inquebrantable de amor y cuidado, expresada como “vida eterna” y cuyo garante es Dios mismo, revelado en el amor histórico y concreto encarnado en Cristo.

En nuestra experiencia como mujeres y hombre creyentes quizás este texto remite a dos cuestiones fundamentales: La primera es hacernos conscientes de la calidad de nuestra escucha a la Palabra de Dios en la historia, en los acontecimientos, en lo cotidiano de nuestra vida.

¿Es nuestra escucha una escucha actualizada o más bien vivimos de las rentas? ¿Cómo descubrimos a Dios en los nuevos signos de los tiempos y sus clamores: el grito de la tierra y la ecología, los movimientos de liberación de las mujeres, las luchas antirracistas, ¿las iniciativas por otra economía y organización social posibles que tenga en el centro la vida y no el libre mercado y en las que las personas y la casa común sean lo primero? En definitiva ¿Cómo es nuestra calidad de escucha y disponibilidad a hacer del mundo un lugar habitable, sin primeros ni últimos ni últimos, al modo de Jesús de Nazaret?

La segunda pregunta va referida a nuestra propia experiencia de Dios porque la fe cristiana no es ideología ni creencia, sino sobre todo experiencia. ¿Cómo y a través de quienes experimentamos el cuidado y la incondicionalidad amorosa de Dios en los tiempos inciertos y violentos que atravesamos? ¿Qué experiencias de plenitud, de eternidad, de comunión se nos van regalando desde el ya sí, pero todavía no del reino y son en nuestra vida fuente de resiliencia y esperanza comprometida contra toda desesperanza?

Pepa Torres Pérez

Lidia de Tiatira

Genealogías femeninas de la revuelta de las Mujeres en la Iglesia

Por Pepa Torres

Desde la Revuelta de las mujeres en la iglesia de Madrid  este pasado 3 de abril  hemos organizado el II Taller preparatorio del Sínodo Mundial de mujeres ( CWC) en torno a los ejes poder y participación. En él  recuperamos la genealogía de Lidia de Tiatira, una de las primeras lideresas y mujeres con autoridad en las primeras  comunidades cristianas. Os la presento.   

Soy Lidia de Tiatira, gentil, convertida al judaísmo y más tarde al cristianismo, vendedora de púrpura, propietaria de un taller de tejidos en Filipos. con el que di trabajo a muchas mujeres. Juntas constituimos un espacio seguro para nosotras en una sociedad donde la vida de las mujeres no importaba.

Una tarde que estábamos celebrado nuestros ritos judíos fuera de la ciudad, junto al rio Gangas conocimos al apóstol Pablo. Nos conmovió la propuesta de Jesús de Nazaret y su Buena noticia de liberación, que sentimos también lo era para nosotras.

Desde aquel momento abrí mi casa al Evangelio anunciado por Pablo. Me bauticé junto con toda mi casa y me hice también su testigo poniendo todos mis dones y bienes a su servicio. (Hch.16.14-15).

Mi casa se convirtió en la primera comunidad cristiana en Macedonia y en ella se me reconoció el liderazgo y la autoridad. Una comunidad que no necesitaba templos para vivir y actualizar la memoria peligrosa y liberadora de Jesús, sino un iglesia doméstica, donde se practicaba la hospitalidad y la inclusión.

Cuando Pablo y Silas fueron detenidos y encarcelados mi influencia y liderazgo fueron importantísimos para protegerles y mantener unida y cohesionada la recién fundada comunidad. (Hch. 16.16-24) . Fue entonces cuando descubrimos que el Evangelio exigía riesgos y confianzas inquebrantables y que la fe nos hacía iguales. En nuestra iglesia no había estructura jerárquica, sino que éramos una comunidad de participación y ministerios. Em ellas nos respetamos y ayudamos mutuamente entre los varones y las mujeres, los amos y los esclavos, y las distintas culturas.

Juntas descubrimos que Dios era también “ tejedora ” de comunión y de inclusión desde las mas empobrecidas y marginadas