Haití: la revolución relegada y denegada

Pedro Pierre 

¿A quién no les duele el alma ver, desde más de 10 años, lo inhumano que está pasando en Haití? A pesar de todo parece más fuerte la siguiente afirmación que hace que los haitianos siempre se levantan y resisten: “Los ideales de libertad y anticolonialismo nunca dejaron de ser parte de la conciencia haitiana” (Wikipedia), porque en Haití triunfó la primera revolución de negros esclavos y pobres de los tiempos modernos. Hoy son los países occidentales -Estados Unidos y Europa- quienes no quieren que se hagan realidad estos “ideales de libertad y anticolonialismo” ni en Haití ni en América Latina. 

Primero se niega la realidad de la revolución haitiana que fue el primer movimiento revolucionario de América Latina y logró la primera independencia en las colonias de las Américas del Norte, Centro y Sur. Además, se busca desterrar una verdad histórica, silenciando a toda costa esta revolución negra que tuvo un impacto mundial más allá de las Américas y de Europa. Por eso justamente, estos últimos países hacen lo imposible para que no vuelvan a despertar en América Latina “los ideales de libertad y anticolonialismo” que abrigan los haitianos, ni que progresen en los países que los están poniendo en práctica como Cuba y Venezuela. 

La revolución de Haití demoró 13 largos años de masacres: de 1791 a 1804, porque estuvieron involucradas las grandes potencias colonialistas del Occidente: España, Francia, Inglaterra y Estados Unidos. En esa época Haití era la posesión colonial europea más exportadora de riquezas en azúcar, café, tabaco, algodón e índigo. 

Por ser, en esa época, colonia francesa, Haití se benefició de la declaración de “libertad, igualdad y fraternidad” de la Revolución francesa de 1789 a favor de todos los ciudadanos franceses. Haití, al ser el primer país del Caribe y América Latina en obtener su independencia, fue reconocida, con mucha resistencia, como la primera república negra y el primer país en abolir el sistema de esclavitud, contra la voluntad de España, Inglaterra y Estados Unidos; mientras tanto Francia había suprimido la esclavitud. En esta revolución hay que nombrar a la alta sacerdotisa vudú, Cécile Fatiman, que en una ceremonia ancestral hizo la siguiente proclama: “El Buen Señor que creó la Tierra, que nos da la luz desde lo alto… nos observa. Nuestro Dios sólo pide obras buenas de nosotros… Él nos ayudará…Escuchen a la voz de la libertad que habla en el corazón de todos nosotros.” 

La revolución haitiana también destruyó los planes de Napoleón de restablecer la esclavitud en las colonias francesas, de invadir América del norte y de reclamar los Estados Unidos como parte de “nueva Francia”. La revolución asustó a los propietarios de esclavos en todo el mundo, que provocaron embargos intermitentes en contra de Haití durante todo el siglo XIX. El tercer presidente estadounidense, Thomás Jefferson (1801-1809), gran propietario de esclavos, aseguró que Estados Unidos blocaría las influencias revolucionarias de Haití, hasta afirmar que quería que ¡la nación haitiana fracasara! 

Durante su independencia, en múltiples ocasiones, los líderes de Haití ofrecieron ayuda o asilo a los revolucionarios liberales a nivel mundial, como por ejemplo a Simón Bolívar, a los nacionalistas mexicanos durante la guerra de Independencia y hasta los griegos que luchaban contra los turcos. 

Las contribuciones de Haití al movimiento anticolonial fueron muy significativas. Muchos revolucionarios latinoamericanos se inspiraron de la independencia de Haití, como son los casos de José de San Martín de Argentina, José Martí de Cuba, Ramón Emeterio de Puerto Rico…  Muchos activistas afroamericanos de Estados Unidos encontraron en Haití mucha iluminación para su defensa de los derechos civiles, como Malcolm X, Frederick Douglas o Martin Luther King. 
Con todo eso vemos, por una parte, hasta donde llega la maldad humana tanto ayer como hoy y, por otra, cómo es invencible la resistencia a dicha maldad. Estamos en esta lucha que hemos de ganar… 

Y si no vemos el desenlace feliz, esta lucha misma es ya una victoria y es nuestra dignidad. Si un pueblo tan pequeño como Haití, compuesto de pobres, esclavos y negros ha sido capaz de tan grandes hazañas, ¡cuánto más pueden lograr los pueblos negros, indígenas y pobres de la Patria Grande! La victoria del pequeño David contra el gigante Golias es un símbolo universal que nos pasa al olvido. 
Ahora, con relación a Haití, tenemos que preguntaros si no estaremos en deuda de agradecimiento y solidaridad. 

La revolución haitiana se está gestando en casi todos los países latinoamericanos hacia más libertad y justicia. En Ecuador, particularmente: ¿por qué tanto odio a la Revolución Ciudadana y tantos presos y exiliados entre sus miembros? si no es porque durante 10 años derribó por primera vez del poder y del saqueo la tradicional oligarquía ecuatoriana, sacó al imperialismo norteamericano de la base naval de Manta, demostró que era posible repartir más equitativamente la riqueza nacional, logró la gratuidad de los servicios de educación y de salud, devolvió la autoestima a los ecuatorianos, redujo en 20% la pobreza nacional, etc. 

Si Dios es el defensor de las víctimas, de los más pobres y despreciados, ¿no abrigará un nuevo “éxodo” para Haití y los pueblos del continente? ¿No estará buscando “nuevos Moisés” latinoamericanos y ecuatorianos? Por terminar tenemos que preguntarnos también cómo vamos a ser más solidarios, primero, con Haití para que vuelva a levantarse, luego más solidarios con los países que están sacudiendo el yugo de la dominación capitalista y, en fin, más solidarios entre nosotros para que alcemos la bandera de la libertad y de la descolonización en los países que más las necesitan, Ecuador en particular. 

La pandemia se ceba con los pobres

ASPA
El mundo, tras la epidemia de la covid-19, será, por encima de todo, más pobre. Los indicadores de pobreza volverán a repuntar sin remedio. Y, lo que es peor, el incremento será excesivamente preocupante. El Poverty and Shared Prosperity Report 2020 del Banco Mundial, recién publicado, contiene predicciones casi catastróficas. La ratio que mide la pobreza extrema, aquella en la que incurren las personas que sobreviven con menos de 1,90 dólares al día, saltará por encima del nivel de los 150 millones en el ejercicio que se acaba de inaugurar.
Un dato muy alarmante por sí mismo, pero que, además, ensombrece un contexto de gradual descenso de la pobreza porque entre 1990 y 2019 el porcentaje de la población mundial que estaba inmersa en este estadio de subsistencia plena descendió desde el 36% hasta el 8%. La gran pandemia pone el epitafio a esta corrección gradual y sus dobles daños colaterales -la crisis sanitaria y la recesión global- crearán el primer aumento de pobres extremos en el planeta desde 1998. Los cálculos del Banco Mundial corroboran los negros augurios emitidos también desde Naciones Unidas, cuyos expertos creen que entre 240 y 490 millones de personas, en 70 países diferentes, se verán empujados hacia la “pobreza multidimensional”, medida que incluye, entre otros parámetros, barreras monetarias de acceso a una vivienda básica y de manutención a menores de edad.
La mayoría, naciones del Sudeste Asiático y del África subsahariana. Especialmente, las que habitan en grandes ciudades. Los que residen en zonas rurales tendrán cierta tregua. Entre otras razones, porque los primeros no podrán obtener alimentos propios y los trabajos informales a los que dedicaban sus esfuerzos antes de la recesión económica global han acabado desapareciendo por pertenecer a sectores especialmente castigados por la gran pandemia y la hibernación productiva y aquéllos que aún tienen algún viso de pervivir, lo harán a un ritmo lento e incierto. Muchos de ellos, personal de servicio doméstico o vendedores ambulantes. A lo que se une otro gran inconveniente. El freno en los flujos de remesas de familiares que trabajan en países extranjeros. Una interrupción que les ha obligado a acudir a casas de préstamo para vender pertenencias de valor, como joyas y, en numerosos casos, a retornar a sus lugares de origen, además del abandono escolar por parte de un ingente número de menores.
El Programa Mundial de Alimentos de la ONU predice que la indigencia se ha duplicado a finales de 2020. En unos 130 millones adicionales de personas sin suficientes recursos para comer. Los efectos a largo plazo, sobre todo físicos y psicológicos de los menores en edad de crecimiento, serán inevitables. También sobre las condiciones médico-sanitarias en nacimientos o sobre los enfermos con dolencias crónicas. O, sencillamente, aquellos que tengan dolencias que requieren de cuidados continuos como diabetes. Al margen de pandemias como la malaria. Porque a las brechas económicas se une que gran parte de la población que se verá afectada por la pobreza se sitúan en Estados fallidos o, al menos, frágiles, sin las adecuadas atenciones socio-sanitarias. Incluso en algunos territorios persisten conflictos armados o están en serio riesgo de hostilidad civil. La desigualdad y la frustración evitan las protestas ciudadanas y las ayudas de cooperación internacional no pasan precisamente por su momento más boyante. Bajo estas condiciones, la pobreza se expandirá de forma más fulminante a partir de 2021.
Gran parte de las personas que han pasado el umbral de la pobreza extrema han perdido su puesto de trabajo informal, han tenido que volver a sus lugares de origen desde las ciudades, acudido a casas de empeño con sus últimas pertenencias además de ver frenado el flujo de remesas
Cambios productivos hacia la ‘economía verde’
El diagnóstico del Banco Mundial también a esta catástrofe humanitaria las consecuencias del cambio climático. El dato en 2020 de la covid-19 que aporta su centro de investigación habla de una estimación de pobreza adicional de entre 88 y 115 millones de personas en suma pobreza. Entre un 9,1% y un 9,4% de la población. De no haberse producido la epidemia del coronavirus, esta tasa hubiera caído hasta el 7,9%. “En aras de revertir este serio daño colateral de la crisis sanitaria y la recesión mundial, los países deberán prepararse para aprovechar el progreso de la economía y recortar el avance de la pobreza, para lo que se requiere capital, trabajo, innovación y formación académica capaces de poner en movimiento los negocios y los sectores industriales” afirma el presidente de la institución multilateral, David Malpass, elegido por la Administración Trump. Para lo cual, ha comprometido el apoyo del Banco Mundial y de sus distintos programas de actuación al desarrollo, como el IBRD, el IDA, el IFC o el MIGA, para restablecer el crecimiento y responder a al impacto social y sanitario de la Covid-19 en las naciones más afectadas por esta reaparición fulminante del crecimiento de la pobreza. Malpass también incidió en que las ayudas multilaterales de la organización que preside “se enfocarán a la sostenibilidad y la distribución inclusiva de la recuperación económica”.
La mayoría de los países que han visto repuntar sus índices de pobreza extrema ya registraban tasas más que notables antes de la covid-19. Aunque también naciones de rentas medias han elevado notablemente sus registros. Alrededor del 82%. “La convergencia de la crisis sanitaria del coronavirus y las presiones de los conflictos armados y del cambio climático pone en riesgo máximo el objetivo de acabar con la pobreza en 2030 si no se activan acciones políticas de calado y sincronizadas internacionalmente y de inmediato”. De no ser así, la tasa de pobreza extrema se situará todavía en el 7% al finalizar la década recién iniciada. En especial, por el incremento en las grandes urbes, donde se trasladarán los mayores repuntes de la pobreza, hasta ahora más vinculadas a las áreas rurales. Y, aunque la ratio ha ido decreciendo hasta la irrupción de la gran pandemia, el estudio resalta que, entre 2015 y 2017, el trienio en el que se consumó el ciclo de negocios posterior al credit-crunch de 2008, entraron en situación de extrema pobreza más de 52 millones de personas. El análisis deja otra triste realidad. Entre 1990 y 2015, el recorte de este indicador fue de apenas un punto porcentual cada año.
Además del censo de personas que sobreviven con menos de 1,9 dólares diarios -la línea que se considera globalmente como pobreza extrema- el Banco Mundial revela los datos de personas con una capacidad adquisitiva diaria de hasta 3,2 dólares y hasta 5,5 dólares. Cálculos que sitúan dentro de un espectro multidimensional de la pobreza que incluye el acceso a la educación y a infraestructuras básicas. Mientras la décima parte de la población global pervive con menos de 1,9 dólares, la tercera parte lo hace con menos de 3,2 dólares y el 40% con menos de 5,5 dólares. La covid también ha destruido parte de la distribución de la prosperidad alcanzada a duras penas la década pasada. El llamado índice de riqueza compartida se contraerá en el periodo 2019-2021 debido a la recesión y al retroceso de ingresos personales. “Los números rojos del PIB mundial dejará a los más pobres aún con menos recursos”, alerta el informe, que se emite cada dos años. Con un reverso palpable en materia de distribución inclusiva. Entre 2012 y 2017 este parámetro se corrigió gradualmente en el 40% de la población más pobre, una tendencia positiva que se asentó, además, en 53 países. Y que logró suturar un 2,3% de esta brecha de desigualdad. Pero sin acciones concertadas internacionales, la covid-19 “abrirá de nuevo la herida y propiciará que las desigualdades de renta, sociales y de movilidad hagan todavía más vulnerables a las personas con una total exposición a futuros shocks económicos, climáticos y de progreso y sometidos a unos riesgos mayores de conflictividad civil en sus territorios”.
Los daños colaterales de la gran pandemia son demoledores: la décima parte de la población global pervive con menos de 1,9 dólares, la tercera parte lo hace con menos de 3,2 dólares y el 40% con menos de 5,5 dólares
DIEGO HERRANZ

Crisis global. El impacto de la pandemia en los países pobres


Un “gran confinamiento” devastador en el Tercer Mundo
Por Gilbert Achcar |
Con la pandemia de la covid-19, el planeta está sufriendo la peor crisis económica desde el periodo de entreguerras. Desempleo, inseguridad alimentaria, abandono escolar… los efectos del «gran encierro» se hacen sentir en todas partes, pero es en los países pobres donde sus repercusiones afectan con más dureza. Con una estructura laboral en la que predomina el sector informal, muchos trabajadores carecen de protección social alguna.
Así como las consecuencias del cambio climático se sienten en todas las latitudes, la pandemia de covid-19 no perdona a nadie, rico o pobre, jefe de Estado o refugiado. Sabemos, dicho esto, que esas crisis planetarias no afectan por igual a todos los humanos. Además de suponer diferentes vulnerabilidades según la edad y diversos factores de riesgo, la pandemia, al igual que el calentamiento climático, tiene una incidencia muy diversa a escala mundial, así como dentro de cada país, en función de las tradicionales líneas divisorias entre ricos y pobres, blancos y no blancos, etc. La infección de Donald Trump confirmó, desde luego, que el virus no tenía consideración con el rango político, pero el excepcional tratamiento que recibió el presidente de Estados Unidos, con un coste estimado que supera los 100.000 dólares por tres días de hospitalización (1), demuestra que, si bien todos los seres humanos son iguales ante la enfermedad y la muerte, algunos, como escribió George Orwell en Rebelión en la granja, son “más iguales que otros”.
Como es costumbre, el Tercer Mundo es el que más sufre los embates de la actual crisis económica, denominada “Gran Confinamiento” por el Fondo Monetario Internacional (FMI) en su informe semestral de abril de 2020 (2), una crisis que ya es la más seria desde la Gran Depresión del periodo de entreguerras. El Tercer Mundo es el tercer estado mundial del que solo unos pocos países de Asia oriental han logrado salir desde que el economista Alfred Sauvy acuñó el término en 1952. Lo definiremos aquí como el conjunto de países de ingresos bajos, añadiéndoles los países de ingresos intermedios (franja inferior y superior), según la clasificación del Banco Mundial, exceptuando a China y a Rusia, que, aunque son países de ingresos medios superiores, sí son potencias mundiales.
A escala internacional, el Gran Confinamiento ha acarreado una fuerte agravación del desempleo. Ahora bien, el impacto social de este desempleo es mucho mayor en los países del Tercer Mundo que en los países ricos, que a menudo han implementado costosas medidas con el fin de mitigar sus consecuencias. A lo largo de los tres primeros trimestres de 2020, se ha destruido en todo el mundo el equivalente prorrateado a 332 millones de puestos de trabajo a tiempo completo, es decir una merma del 11,7% en comparación con el último trimestre de 2019. De ellos, 143 millones se perdieron en los países de ingresos medios inferiores (-14%), 128 millones en los países de ingresos medios superiores (-11%) y 43 millones (-9,4%) en los países ricos, según la Organización Internacional del Trabajo (OIT) (3). Y si bien los países de ingresos bajos perdieron “solo” el equivalente a 19 millones de puestos de trabajo (-9%) durante el mismo periodo, esta cifra no da un reflejo adecuado del impacto socioeconómico de la crisis que han sufrido. Y es que, en estos países, al igual que en los países de ingresos medios inferiores, la gran mayoría de empleos y actividades por cuenta propia se sitúan en el sector informal, que absorbe el 60% de la mano de obra mundial y, por definición, carece de cualquier tipo de protección social.
En un informe reciente, el Banco Mundial estima que la pobreza extrema –definida como el hecho de tener que sobrevivir con menos de 1,90 dólares al día– aumentó en 2020, como resultado de la pandemia, por primera vez desde 1998, tras la crisis financiera asiática de 1997 (4). En términos absolutos, Asia meridional es la región más afectada: entre 49 y 56,5 millones de personas más de lo previsto antes de la pandemia deberían de caer por debajo del umbral este año, o no superarlo. En el caso del África subsahariana, serán entre 26 y 40 millones, confirmándose así el estatus del subcontinente como región con la tasa de pobreza extrema más alta del mundo. La variación será de entre 17,6 y 20,7 millones de personas para los países en desarrollo de Asia oriental (5); podría alcanzar los 4,8 millones en América Latina y los 3,4 millones en el área que forman Oriente Próximo y Norte de África. En suma, según el Banco Mundial, entre 88 y 115 millones de personas caerán o permanecerán en 2020 bajo el umbral de 1,90 dólares como resultado de la pandemia. El incremento neto del número de personas muy pobres en comparación con 2019 será de entre 60 y 86 millones.
Desde 2013, la aceleración del cambio climático, del que las poblaciones más pobres son las primeras víctimas, y nuevos conflictos armados, como los de Siria, Yemen y Sudán del Sur, provocaron que se frenara la disminución de la pobreza. El Gran Confinamiento ha hecho definitivamente inalcanzable el “objetivo de desarrollo sostenible” sobre la extrema pobreza que la Organización de las Naciones Unidas (ONU) fijó para 2030, con miras a reducir la tasa mundial de extrema pobreza al 3%. La tasa seguía siendo del 10% en 2015, lo que corresponde a 736 millones de personas. Mientras que el Banco Mundial la sitúa en alrededor del 7% en 2030.
La pandemia ha agravado las hambrunas
En julio, la Oficina de las Naciones Unidas para la Coordinación de Asuntos Humanitarios (OCHA, por sus siglas en inglés) hizo sonar la alarma. Mark Lowcock, secretario general adjunto de Asuntos Humanitarios de las Naciones Unidas, resumió así la situación en el prólogo del informe: “Estimaciones recientes sugieren que hasta 6.000 niños podrían morir cada día por causas evitables, como consecuencia de los efectos directos o indirectos de la covid-19. La derivación de recursos sanitarios podría provocar una duplicación del número de muertes por sida, tuberculosis y malaria. El cierre de escuelas erosionará la productividad, reducirá los ingresos a lo largo de toda la vida y acrecentará las desigualdades. La desaceleración económica, el aumento del desempleo y una menor asistencia a la escuela aumentan la probabilidad de guerra civil, con consiguientes hambrunas y desplazamientos de poblaciones” (6).
Aun sin nuevas guerras, ha habido una gran extensión de la hambruna. Según el informe de la OCHA, la pandemia la ha agravado en zonas ya castigadas y ha creado nuevos núcleos donde no existía. A falta de una asistencia masiva y rápida por parte de los países ricos, el número de personas en situación de inseguridad alimentaria extrema se incrementará hasta los 270 millones a finales de año, frente a los 149 millones de antes de la pandemia. En septiembre, no obstante, solo se habían desembolsado 2.500 de los 10.300 millones de dólares solicitados por la OCHA, según el informe anual del secretario general de la ONU (7). Y esa diferencia no la va a tapar el millón de dólares del Premio Nobel de la Paz otorgado al Programa Mundial de Alimentos. ¿Será porque la hambruna no se contagia ni cruza las fronteras con los migrantes, a diferencia del virus? El pasado 13 de octubre, el Banco Mundial asignó 12.000 millones de dólares a los países en desarrollo para un programa de vacunación y pruebas de detección de covid-19.
El programa “Todas las mujeres, todos los niños”, puesto en marcha por la ONU en 2010 y gestionado conjuntamente por la Organización Mundial de la Salud (OMS) y el Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia (UNICEF), advierte por su parte en su último informe que el cierre de escuelas por la pandemia hace que muchos niños y adolescentes probablemente nunca vuelvan a ellas en los países del Tercer Mundo (8). Se encontrarán consiguientemente expuestos a mayores niveles de violencia doméstica y a un riesgo alto de embarazo precoz. En el mismo informe se estima que el Gran Confinamiento podría reducir en un tercio los progresos conseguidos en la eliminación de la violencia de género de aquí a 2030, y causar 13 millones de matrimonios infantiles adicionales en la próxima década.
“No es inevitable. Se puede prevenir con dinero y con voluntarismo por parte de las naciones más ricas –asevera Lowcock–. Estimamos que el coste de proteger al 10% más pobre de los peores efectos de la pandemia y de la recesión supone 90.000 millones de dólares, es decir, menos del 1% del plan de estímulos que los países ricos han puesto en marcha para proteger sus economías”. De hecho, según el FMI, el monto total de los paquetes de estímulos anunciados en el mundo entero alcanzaba los 11,7 billones de dólares en septiembre, es decir, el 12% del producto interior bruto (PIB) mundial, la mayoría de ellos en países de altos ingresos (9). El nivel global de deuda pública real en estos países ha superado ya el 120% del PIB, un nivel que solo se había alcanzado una vez en la historia del capitalismo: al final de la Segunda Guerra Mundial. Y frente a eso, según la OIT, con 937.000 millones de dólares se compensaría la pérdida de puestos de trabajo en los países de ingresos medianos inferiores, y 45.000 millones de dólares bastarían para los países de ingresos bajos, lo que supone un total de 982.000 millones de dólares para un grupo de Estados que constituyen la gran mayoría de la población mundial.
Modesta en comparación con las medidas adoptadas por los Estados más ricos, la ayuda que requieren los países pobres también es urgente. Tres investigadores del FMI han advertido de los efectos a largo plazo de la crisis en los países de bajos ingresos. Usan el término scarring (literalmente: “dejar cicatrices”) para designar una pérdida permanente de capacidad productiva. “El scarring ha sido el legado de pandemias anteriores: mortalidad [más alta]; deterioro en salud y educación que reduce los ingresos futuros; extinción del ahorro y de los haberes que conduce imparablemente al cierre de empresas –especialmente las pequeñas empresas sin acceso a crédito– y provoca trastornos irreversibles en la producción; y un sobreendeudamiento que pesa en los préstamos del sector privado. De esta manera, tras la pandemia por el virus del ébola en 2013, la economía de Sierra Leona nunca volvió a la senda de crecimiento anterior a la crisis” (10).
El temor a morirse de hambre
La India, el país más poblado del Tercer Mundo, es también uno de los más afectados por el Gran Confinamiento. Su PIB ha caído en casi una cuarta parte (23,9%) en el segundo trimestre de 2020, lo que ha supuesto un duro golpe para su “ambición de convertirse en potencia mundial, salir de la pobreza y modernizar sus fuerzas armadas”, explica Jeffrey Gettleman, jefe de la corresponsalía de The New York Times en Nueva Delhi. Mucho ha tenido que ver en ello la errática gestión del primer ministro de extrema derecha, Narendra Modi, evidenciándose así los riesgos que entraña el reproducir tal cual unas medidas adoptadas en países con características sociales y demográficas muy diferentes.
Cuenta Gettleman: “El 24 de marzo, a las 8 de la tarde, tras dar a todos los habitantes la orden de permanecer confinados, Modi cerró la economía –oficinas, fábricas, carreteras, trenes, fronteras interestatales [de la Unión India], casi todo– con cuatro horas de preaviso. Decenas de millones de indios perdieron su trabajo inmediatamente después. Muchos trabajaban en fábricas, obras de construcción o como empleados domésticos en la ciudad, pero eran migrantes de la India rural. Con el temor a morirse de hambre en las chabolas, millones de ellos abandonaron los centros urbanos a pie, en bicicleta o haciendo autoestop, en un intento desesperado por volver a sus pueblos; una migración épica de la ciudad al campo, al revés de lo que suele suceder, que la India nunca había conocido, y que propagó el coronavirus hasta el lugar más recóndito de este país de 1.300 millones de habitantes” (11).
Tampoco la clase media india quedó a salvo, con 6,6 millones de oficinistas abocados al paro y un aumento de la tasa de suicidios entre ejecutivos y profesiones liberales (12). El Gobierno de Modi respondió a esta colosal crisis con un plan de recuperación de… 10.000 millones de dólares, anunciado el 12 de octubre (como punto de comparación, el plan de 2 billones de dólares adoptado en marzo en Estados Unidos, cuya población es cuatro veces menor).
El pasado 6 de octubre, la directora gerente del FMI, Kristalina Georgieva, celebró que las medidas excepcionales hayan permitido a la economía mundial resistir el impacto del confinamiento mejor de lo previsto. Consideró que si hasta la fecha se ha podido evitar lo peor “es en gran parte gracias a las medidas extraordinarias que han permitido mitigar la caída de la economía mundial. Los Gobiernos han destinado aproximadamente 12 billones de dólares en respaldo fiscal a hogares y empresas. Asimismo, se han aplicado medidas de política monetaria inauditas para mantener los flujos de crédito y evitar que millones de empresas tuviesen que cerrar” (13). Con todo, la directora gerente del FMI añadió a continuación: “No obstante, algunas intervenciones tuvieron mejores resultados que otras. En las economías avanzadas se trata de hacer todo lo necesario. Los países más pobres se esfuerzan por hacer todo lo posible”.
Su diagnóstico para los países del Tercer Mundo es el siguiente: “Los mercados emergentes, los países con ingresos bajos y los Estados frágiles siguen enfrentándose a una situación precaria. Sus sistemas de salud tienen más carencias, y están muy expuestos a los sectores más afectados, como son el turismo y las exportaciones de materias primas. Además, dependen enormemente de la financiación externa. La abundante liquidez y las bajas tasas de interés ayudaron a muchos mercados emergentes a recuperar el acceso al crédito, pero desde marzo ni un solo país del África subsahariana ha emitido deuda externa”.
En efecto, y una vez más, el continente africano es el peor librado. Según el Banco Africano de Desarrollo (BAFD), la contracción de crecimiento prevista en 2020 podría suponer para África unas pérdidas de entre 145.000 y 190.000 millones de dólares, con relación a los 2,59 billones de dólares de PIB previstos antes de la pandemia (14). El BAFD calcula que el año 2021 podría cerrarse con una pérdida de ingresos de entre 28.000 y 47.000 millones de dólares en comparación con las estimaciones anteriores. Son especialmente vulnerables los Estados “muy endeudados y cuya economía depende en gran parte de aportes financieros internacionales hoy por hoy volátiles”.
Dichos Estados sufren de hecho una atrofia considerable. Además de los efectos mundiales del Gran Confinamiento en las propias economías, el Tercer mundo en su conjunto sufre de lleno los efectos derivados de la crisis que afecta a los países ricos. Cabe señalar la súbita caída de los flujos monetarios e inversiones hacia los países en desarrollo, y especialmente las remesas de los trabajadores migrantes. Uno de los efectos de la globalización, considerando el doble movimiento de personas y dinero, es que estos envíos –conocidos como “remesas migratorias”– han ido creciendo de forma sostenida desde el cambio de siglo. Con una cifra récord de 554.000 millones de dólares en 2019, superaron por primera vez la inversión extranjera directa (IED), que ha ido decayendo en los países en desarrollo a lo largo de la década, tras culminar en más de 700.000 millones de dólares (15). Valga decir que, desde el cambio de siglo, las remesas migratorias han superado sistemáticamente tanto los flujos privados de inversiones de cartera en préstamos y acciones hacia los países del Tercer Mundo como la ayuda pública al desarrollo, con mucha diferencia en este caso, por más que alcanzó un máximo histórico de 152.800 millones de dólares en 2019 (16).
La contribución de los trabajadores expatriados ronda o supera el 10% del PIB en muchos países africanos, como Senegal, Zimbabue y Sudán del Sur (por encima del 34% en este último). También en las antiguas repúblicas soviéticas del Cáucaso y Asia central, que carecen de riquezas en hidrocarburos (casi el 30% en Kirguizistán y Tayikistán), así como en Jordania, Yemen, el Líbano y los territorios palestinos de Oriente Próximo. En Asia meridional alcanza el 27% en Nepal y cerca del 8% en Pakistán y Sri Lanka. Añádanse Filipinas, en Asia oriental, y varios Estados de Centroamérica, entre ellos, El Salvador y Honduras (más del 20%) y Haití (37%) (17).
La realidad de la deuda y las «buenas intenciones»
Ocurre que, según el Banco Mundial, las remesas a los países en desarrollo van a caer un 20% en 2020, es decir, en más de 110.000 millones de dólares debido a que los migrantes son los más afectados por los despidos y los recortes salariales. Además, la Conferencia de las Naciones Unidas sobre Comercio y Desarrollo (UNCTAD, por sus siglas en inglés) calcula que en 2020 la IED hacia los países africanos habrá caído entre un 25 y un 40%, tras sufrir ya un descenso de un 10% en 2019 (18). En el caso de los países en desarrollo de Asia, especialmente sensibles a la alteración de las cadenas mundiales de suministro, se prevé que la caída de la IED alcance entre el 30 y el 45%, y hasta el 50% para América Latina.
A todo eso se añade el creciente problema de la deuda, cuyos pagos por parte de los países en desarrollo han alcanzado el nivel más alto desde el cambio de siglo (19). En promedio, deberían de representar en 2020 el 14,3% de los ingresos de los Estados concernidos, frente al 6,7% en 2010. Pero muchos se enfrentan a situaciones dramáticas, como Gabón, cuyos reembolsos absorben el 59,5% del total de ingresos públicos, Ghana (50,2%), Angola (46%) o Pakistán (35%). Actualmente, 52 países dedican más del 15% de sus ingresos a este reembolso, frente a 31 en 2018, 27 en 2017, 22 en 2015…
Ante esta situación de emergencia, los responsables financieros internacionales multiplican las declaraciones de buenas intenciones, y proclaman la necesidad de aliviar la deuda de los países del tercer mundo por mor de la pandemia. Entre ellos están el presidente del Banco Mundial, David Malpass, o su economista jefe, Carmen Reinhart, quien aboga por condonar deudas para que los países en desarrollo puedan contraer otras (20). Pero la realidad es menos alentadora, como lo explica el Comité para la Abolición de las Deudas Ilegítimas (CADTM, por su nombre anterior: Comité para la Anulación de la Deuda del Tercer Mundo): “A raíz de la pandemia, los países del G20 concedieron una moratoria sobre los reembolsos de la parte bilateral de la deuda para el periodo entre mayo y diciembre de 2020. […] Si bien 73 países resultaron elegibles, en realidad solo 42 consiguieron un acuerdo con el Club de París” (21). ¿Por qué tan pocos? Una explicación podría ser el “chantaje de los acreedores privados y de las agencias de calificación”. Dichos acreedores “indicaron que los países que solicitaban moratorias se arriesgaban a que las agencias rebajaran su nota, cerrándoseles así el acceso a los mercados financieros”. En resumidas cuentas, “estos países van a encontrarse en la tesitura de tener que reembolsar una cantidad mayor con menos recursos” (22).
Los países del Tercer mundo, acorralados por la crisis, piden un alivio de la deuda más consecuente (23). Se está gestando la revuelta. En un artículo publicado en el Financial Times, el ministro de Finanzas de Ghana, Ken Ofori-Atta, hizo un llamamiento a los Estados africanos para que “se adelantaran y crearan una dirección coordinadora de los distintos grupos de interés y centros de poder, con el fin de proponer una reestructuración de la arquitectura financiera mundial” que se adaptase “a las necesidades de África y demás países en desarrollo, en esta circunstancia en que tenemos que gestionar la recuperación pos-covid-19” (24). También hay quienes, a imagen del filipino Walden Bello, profesor universitario de izquierdas, abogan por que los países del Tercer mundo se salgan colectivamente de las dos instituciones fundamentales de la arquitectura financiera mundial, el FMI y el Banco Mundial (25).
A fin de cuentas, el Gran Confinamiento no ha hecho sino reafirmar la posición subordinada del Tercer mundo dentro del sistema político y económico del mercado mundial. Asimismo, habrá frustrado aún más las esperanzas de poder salirse de él sin romper con la lógica neoliberal, cuya incompatibilidad con las necesidades de una humanidad enfrentada a una catástrofe resulta más patente cada día.
Gilbert Achcar, profesor de la Escuela de Estudios Orientales y Africanos (SOAS) de la Universidad de Londres. Autor, entre otras obras, de Symptômes morbides. La rechute du soulèvement arabe, Actes Sud, París, 2017 y, junto a Noam Chomsky, de Estados peligrosos: Oriente Medio y la política exterior estadounidense, Paidós, Barcelona, 2007

La pobreza y la desigualdad en España, en Africa y en América Latina

Por Rafa y Pili
Los efectos del sistema capitalista en el que vivimos y del que participamos tiene unos efectos
nocivos sobre la población de nuestro país y del mundo entero, y sobre la propia naturaleza.
La pobreza y la desigualdad de las poblaciones, las migraciones forzadas, la violencia ejercida por
parte de las naciones más poderosas sobre el resto en forma de guerras o sanciones económicas, y el
propio daño que se hace a la naturaleza con la sobreexplotación permanente de los recursos
naturales, la destrucción de los ecosistemas y el calentamiento global, todos son efectos nocivos del
capitalismo que tratamos de conocer, denunciar y evitar en la medida que podamos.
Vamos a centrar nuestro estudio en uno de los efectos que tiene el capitalismo sobre la población,
como es la pobreza y desigualdad; nos referiremos a la dimensión del problema, manifestaciones,
causas y responsables, y contemplaremos la situación en tres escenarios distintos: España, y con
menos detalle, en la región de Latinoamérica y el Caribe, y en el continente africano.
A. España
1.Dimensión del problema
Exponemos a continuación en pocas cifras pero significativas la situación en nuestro país, antes de
los efectos de la pandemia del Covid 19.
La población española que se hallaba en riesgo de pobreza y exclusión social estaba entre el
26,1%(12 millones) y el 21.5 %( 10 M), según el indicador Arope e INE, 2018. De ellos, 2,5
millones de personas , 5,4% de la población, se encontraba en situación de privación material severa
o pobreza extrema(Arope, 2018). Se trata de hogares con niños y adolescentes, hogares
monoparentales; mujeres y mayores; personas sin hogar, unas 30.000; personas de etnia gitana,
extranjeros, jóvenes, parados, etc.; especialmente en zonas del sur, Extremadura y Andalucía.
Estas tasas de pobreza están por encima de la media europea ocupando España el puesto siete entre
los países con peores cifras, siendo el segundo país donde más aumentó el número de personas en
riesgo de pobreza desde 2008, 1,3 M de personas más de las existentes.
Ni siquiera los hogares en los que hay trabajo formal se libran de ello, pues algo más del 13% de
los trabajadores con contrato sufren el riesgo de pobreza; también la pobreza infantil es importante
ya que les alcanza al 26,8/ 29,5% de la población menor de 18 años, siendo uno de los cinco países
europeos con más niños pobres, en 2018.
Esta pobreza generalizada no logra paliarse ni siquiera después de las transferencias sociales por
parte de las administraciones públicas ( ayuda familiar, rentas mínimas de las CCAA, etc.)
Esperamos que el Ingreso Mínimo Vital, recientemente aprobado, recomendado por organismos
internacionales, logrará mejorar estos datos de pobreza extrema.
2.Manifestaciones de la pobreza
Señalaremos algunas manifestaciones, además del bajo nivel de ingresos, que tiene la pobreza en
nuestro país:
Hambre
Como muestra tomemos a la CA de Madrid, la de renta por persona más alta de la nación, con
36.000€; en esta comunidad, según el informe Foessa 2019, el 15% de la población , un millón de
personas, sufre inseguridad alimentaria, y 150.000 entre ellas pasan hambre, según el Observatorio
por el derecho a la alimentación de la CAM 2020. Es suficientemente conocida la distribución de
alimentos en toda España por parte de organizaciones como el Banco de Alimentos, Cáritas o las
Redes de Solidaridad Popular, entre otras, que intentan paliar esta carencia esencial.
Infravivienda, salud y atención sanitaria precarias
Un millón y medio de personas en España demandaban una vivienda social en 2019; un 72% de los
hogares pobres viven de alquiler y estos se encarecen. Muchas personas han sido desahuciadas por
falta de pago( entre 2014 y 2017, 400.000 hogares, según datos oficiales). Una población no
pequeña vive en poblados informales en la periferia de las grandes ciudades en condiciones
deplorables, y alrededor de 30.000 conciudadanos están sin hogar, viviendo en la calle, la máxima
expresión de precariedad.
La situación de la vivienda dificulta la asistencia a centros de salud, y las mismas condiciones de la
vivienda, originan problemas de higiene y salud , incluso de salud mental.
Inseguridad laboral
Pobreza y falta de trabajo van de la mano. El paro alcanzaba a 3,2 millones de personas a finales de
2019, y la mitad de los parados están en riesgo de pobreza, aún después de recibir algunos el
subsidio de desempleo; además del paro, la precariedad ( temporalidad, trabajo a tiempo parcial o
ambas situaciones a la vez) afecta al 35% del trabajo formal, siendo este un indicador de pobreza
asociado a mujeres, jóvenes y personas con baja formación y cualificación. Entre el 13% y el 14%
de los trabajadores con contrato están en riesgo de pobreza. Y si nos referimos a los trabajos
informales, situación todavía más ligada a la pobreza, en España se calcula en 2 M de personas las
que trabajan sin contrato, situación que se da entre las empleadas de hogar y cuidados, trabajadores
extranjeros sin papeles, jornaleros, construcción, etc.
Abandono escolar
El fracaso escolar en España se sitúa alrededor del 18%, en 2019, y llega a ser del 40%, según Save
the Children, en zonas de población pobre. La segregación de facto que sufren muchos niños
pobres, la escasez de recursos monetarios, la carencia de motivación y la falta de condiciones
educativas en los hogares explican esta cifras.
Invisibilidad
Finalmente ,y como envolviendo a toda la situación de pobreza, los pobres sufren la invisibilidad
del resto de la población, fruto del rechazo de unos o la indiferencia de la mayoría. Decía
recientemente el Relator de NU, Philip Alston, refiriéndose a España; “…he visitado lugares que
muchos españoles no reconocerían como parte de su país”.
3.La desigualdad
La situación de pobreza y sus secuelas es todavía más sangrante e injustificable cuando se produce
en el seno de una sociedad profundamente desigual, con grandes diferencias tanto de renta como de
patrimonio en la población, siendo España, dentro de la UE, el país de renta más alta con la mayor
pobreza: a esto llamamos desigualdad monetaria y patrimonial sobre la que nos vamos a referir;
además de esta desigualdad económica, existen también otras dimensiones de la desigualdad como
son la cultural, de género, edad, territorial o étnica, íntimamente relacionadas todas ellas.
Si tomamos con indicador el coeficiente Gini, este nos indica que la desigualdad en España es de
34,7 en 2017; superior a la media de la UE, que es de 31.
La situación de desigualdad no es algo coyuntural sino que está enquistada y aumenta en nuestra
sociedad: según el Banco de España 2017, los ingresos de los hogares más pobres, en los anteriores
diez años, apenas crecieron un 2%, mientras que la renta de los hogares más ricos creció el 24%. Si
tomamos en cuenta la riqueza acumulada, la de la población más rica es 38 veces mayor que el
patrimonio del 50% de la población y se ha duplicado en la última década.
Otro indicador de esta desigualdad es la pérdida de peso de las rentas de trabajo respecto de la
Renta Nacional entre 2009 y 2017, según la OIT.
Es el modelo socioeconómico capitalista imperante y su especial aplicación en España el que
mantiene y amplia las desigualdades, según nos referiremos más adelante.
4.El trabajo
El trabajo es el primero de los dos factores claves que explican a nuestro juicio la situación de
pobreza y desigualdad. Ya hemos apuntado algunos datos anteriormente que ahora ampliamos.
La estructura de la producción en España nos muestra que la riqueza se genera por la aportación
sobre todo del trabajo del sector servicios que supone el 66% del PIB, y ,dentro de este, ha tenido
tradicionalmente un peso importante el trabajo relacionado con el turismo, un sector inestable y de
temporada, sujeto a vicisitudes( como la actual pandemia) y malas condiciones laborales, entre ellas
la temporalidad; se puede decir algo parecido del sector de la construcción, sujeto a la burbuja
especulativa y con un bajo perfil profesional de la mayoría de sus trabajadores.
En el otro extremo, encontramos a la industria que aporta un modesto 16% al PIB, y que desde la
entrada en la UE se ha ido debilitando por falta de inversión tanto pública como privada( debido al
papel asignado a nuestro país de proveedor de servicios) y a ello se une el proceso de
deslocalización de la misma.
Existe una importante bolsa de trabajo informal, sin contrato,( alrededor de 2 millones) entre
trabajadores del hogar y cuidados; construcción, agricultura, y trabajo en la calle, que aporta
ingresos a las arcas públicas por lo que consume, pero no así impuestos directos, además de sufrir
pésimas condiciones de trabajo y carencia de derechos.
Hay una gran cantidad de trabajo temporal que llega a los 4 millones, alrededor del 25%, del
trabajo asalariado, y si añadimos a las anteriores cifras el trabajo indefinido parcial no deseado,
puede elevar la tasa de precariedad al 35% de la población trabajadora, doble de la existente en la
UE, según datos de 2020; sin olvidar que muchos de los trabajadores autónomos lo son en realidad
por cuenta ajena, pero igualmente temporales.
En cuanto al salario, las pérdidas de su poder de compra son contínuas desde 2008 y aún antes; las
diferencias salariales en las empresas son escandalosas entre el grupo directivo y el resto de la
plantilla; lo es también entre hombres y mujeres, y el salario mínimo interprofesional ha estado
estancado hasta 2019.
De todas las situaciones anteriores la más dramática es la del paro. Ni siquiera en los mejores
momentos económicos se ha llegado al empleo total en España pues siempre se ha mantenido una
bolsa de cerca de dos millones de trabajadores (2007) en paro, con un pico de parados en el año
2013 de 6,3 millones, estando a finales de 2019 en 3,9 millones la tasa de desempleo; este paro se
ha alimentado sobre todo de jóvenes, mujeres y mayores de 55 años, y es especialmente elevado en
las comunidades autónomas del sur de España.
Por otra parte, la cobertura del paro solo ampara al 62 % de los desempleados, de manera que para
los que carecen de ella su situación es la antesala segura de la pobreza.
La condiciones laborales que tradicionalmente han sido muy precarias en España se han agudizado
especialmente después de las dos últimas reformas laborales, pendientes todavía de ser derogadas.
5.Los sistemas de protección social
La protección social es el conjunto de coberturas que la población recibe y es, junto con el reparto
del trabajo, el mecanismo que puede eliminar la pobreza y disminuir la desigualdad social;
comprende capítulos como subsidio de desempleo, ayuda a la dependencia, infancia y familia,
vivienda y exclusión social, y, dentro de ella, recientemente, el Salario Mínimo Vital; si a los
anteriores factores añadimos la sanidad, educación,pensiones y otras ayudas propias de las CCAA,
tenemos las principales piezas del entramado del gasto social con el que los países combaten la
pobreza y desigualdad.
Con datos de 2017, que permiten comparaciones, según la oficina de estadística de la UE, España
invertía el 23,4% del PIB en gastos sociales, 4,5 puntos por debajo del promedio de toda la Unión.
Destacan ,por sus carencias, las políticas de infancia y familia, vivienda y exclusión social, en las
que estamos en los últimos lugares.
Los capítulos de pensiones, dependencia, educación, sanidad y otras ayudas necesitarían un estudio
independiente cada uno de ellos, pero baste el dato que hemos apuntado antes de insuficiencia de
nuestro gasto social total comparado con el de otros países de nuestro entorno.
Cuando los sistemas de protección social son insuficientes como el nuestro, la pobreza y
desigualdad se enquistan en la sociedad.
6.El sistema fiscal
Estudiar cuáles son las causas de la pobreza y desigualdad en España supone, siguiendo el hilo de la
madeja, llegar al tema fiscal.
Además de otra consideración de la que hablaremos, España no gasta lo suficiente en políticas
sociales porque las arcas del estado no tienen dinero, lo cual no quiere decir que no lo haya en el
país, como hemos visto,sino que está en otras manos o se dedica a otros fines.
La fiscalidad en España, tanto en su diseño legislativo como en su gestión, puede caracterizarse
como un sistema débil, injusto en el reparto de sus cargas y descontrolado en su aplicación(Attac).
Como resultado nos encontramos con un Estado poco potente en su base económica e ineficaz para
distribuir la riqueza que se genera y así evitar la pobreza y desigualdad.
La presión fiscal en España actualmente es del 35,2%, alrededor de 5 puntos por debajo de la
media de la UE, lo que equivale, según un estudio reciente de CCOO, a dejar de disponer cada año
de 75.000 millones de euros que podrían dedicarse a políticas sociales.
Los impuestos directos(renta) con su efecto redistributivo han perdido peso respecto de los
indirectos(IVA) en los últimos años( 4 puntos entre 2012 y 2018).
Los tipos aplicados en el IRPF, sección de Renta General, son progresivos solo hasta cierto nivel de
ingresos, fijándose un impuesto único del 45% a partir de 60.000€ de renta anual. Además,
básicamente, solo se graba la renta, no la riqueza acumulada, habiéndose congelado el impuesto
sobre el patrimonio a un tipo máximo del 2,5%.
El impuesto a las rentas que provienen del ahorro( capital inmobiliario y ganancias patrimoniales)
es menor que el que se aplica a las rentas de trabajo, con un máximo del 23% , y que beneficia a los
más ricos.
El impuesto de Sociedades es del 25%, pero se convierte en la práctica en el 21%, y resulta todavía
más bajo para las grandes empresas,(16%), gracias a la ingeniería fiscal que practican aprovechando
los resquicios que presenta la ley para eludirla y no pagar impuestos sin que sea delito hacerlo.
Tanto el IRPF como el impuesto de Sociedades, presentan una compleja red de bonificaciones que
benefician a las rentas más altas, y que, junto a las subvenciones que reciben determinadas
entidades, que salen de este impuesto de la renta, merman significativamente los ingresos del estado
para gastos sociales.
La falta de armonización fiscal que ocurre dentro de la UE y que facilita la existencia de paraísos
fiscales dentro de la Unión, ocurre también dentro del propio país y hace que los ricos busquen
aquellas comunidades de más baja presión para fijar el domicilio fiscal en ellas.
El fraude fiscal, difícil de cuantificar por lo generalizado, se sitúa entre los 25.000 y 45.000
millones de euros cada año( Público, 2020) y se da sobre todo en capítulos como los alquileres de
inmuebles, Iva, rentas empresariales y profesionales, y capitales no declarados evadidos a paraísos
fiscales ( de esto último tenemos numerosos ejemplo, algunos muy recientes).
Este complejo panorama establecido en favor de los ricos incluye controles muy laxos por parte de
la Administración, lo cual impide, en parte, que los presupuestos no cubran suficientemente las
necesidades sociales especialmente de los más débiles, y todo ello es exponente de un sistema legal
injusto y de la existencia de una parte de la sociedad que es insolidaria.
La brecha fiscal no aguantará, si no se aborda una reforma fiscal y queremos evitar recortes
drásticos y elevación del nivel de deuda pública.
7.Políticas de gasto público
Supuesta una cierta cantidad de ingresos anuales que el Estado obtiene de los impuestos( que
podrían ser mayores según hemos apuntado anteriormente), es necesario una voluntad política ,que
se refleja anualmente en los presupuestos, para decidir en qué gastar los ingresos recibidos; esto es
muy importante ,pues no es lo mismo incrementar los gastos sociales(educación, sanidad,
pensiones y prestaciones sociales) o, pongamos por ejemplo, incrementar los gastos
militares( 20.000 millones en el pasado 2019, como mínimo, en gastos corrientes, misiones y
programas de armamento); o emplearlos en apoyar a un sector productivo u otro; o bien,
incrementar la investigación o no hacerlo. Hay que aplicar prioridades, que son decisiones políticas
que toman los gobiernos y se aprueban en el parlamento.
8.Pobreza y desigualdad en España en tiempos de pandemia
La situación que hemos descrito la hemos referido antes de la llegada de la pandemia del Covid 19.
Desde que se declaró la pandemia en España hasta principios de octubre de 2020, ha habido cerca
de 900.00 casos diagnosticados y cerca de 33.000 muertos. Desde el pasado julio y especialmente a
partir de agosto, el número de contagios ha aumentado considerablemente
Al cabo de algo más de 4 meses, a finales de agosto, después de un gran trabajo por parte de la
sanidad pública y la paralización generalizada de la actividad laboral nos encontramos con que en
esa fecha, se encuentran desempleados alrededor de 3,8 millones de trabajadores a los que hay que
añadir 2,8 millones por prestación de Erte. Se espera que para fines de este año 2020, según las
hipótesis más pesimistas, se llegue a una de tasa de paro del 20 % , lo que supondrá que se alcancen
los 4,8 millones de parados, o sea, alrededor de 1 millón más de los existentes.
Entre estos nuevos parados estarán trabajadores extranjeros, comunitarios o no, y nacionales;
trabajadores procedentes del comercio, hostelería, turismo y otros servicios a los que la crisis
turística les ha afectado especialmente , y del sector industrial; autónomos; mujeres, y jóvenes de
primer empleo.
La tasa de cobertura de desempleo actualmente es de 63,43 % de los parados(Erte,s aparte);
suponiendo que este porcentaje no disminuyera, alrededor de 1,8 millones de trabajadores estarían
sin protección ordinaria a finales de este año, y muchos de ellos irían a engrosar el número de
personas en riesgo de pobreza.
El riesgo de pobreza en España en estos momentos alcanza a unos 12 millones de personas, y si a
finales de año se les añaden los nuevos parados sin seguro de desempleo sumarían cerca de 14
millones con toda probabilidad; a este colectivo, de momento, no le alcanzará seguramente el
Ingreso Mínimo Vital, medida imprescindible y oportuna recientemente aprobada.
Este IMV beneficiará según parece al 80% de las personas en riesgo de pobreza extrema, es decir,
estarían cubiertos por esta prestación unos 2,3 millones de personas, y por lo tanto quedarían
todavía algunos miles de personas más sin protección.
Esta crisis está afectando sobre todo a los más pobres y excluídos que han visto cómo se endurecían
sus habituales malas condiciones laborales, sanitarias, alimenticias, económicas y de comunicación
como consecuencia de la misma : parados de larga duración, hogares y personas sin techo, sin
vivienda digna, sin renta alguna, sin papeles; familias numerosas con niños o monoparentales, de
etnia gitana, etc.
Nos preguntamos si el sistema escolar dará respuenta a los alumnos de las familias más pobres que
no han contado con acceso a medios informáticos ( aparatos y redes) sean considerados de una
manera especial para que no se vean todavía más afectados en sus procesos de aprendizaje, en caso
de que las clases presenciales hubiera que reducirlas o suspenderlas.
Los pensionistas con pensiones mínimas( viudedad y no contributivas ) puede que no vean el
momento en que sus cuantías alcancen niveles suficientes para vivir.
Los miles de emigrantes en sus diferentes situaciones tendrán muy difícil, pese a las presión que
numerosas organizaciones están haciendo, el regularizar su situación , y lo que sería aún peor que
algunos de ellos volvieran a los CIE , cerrados en la actualidad.
Los que conserven su empleo verán sus salarios “contenidos” y los que accedan a un nuevo trabajo
se verán sometidos a precariedad con contratos eventuales y/o a tiempo parcial(en este mes de
agosto solo el 9,2% de los nuevos contratos han sido indefinidos).
Los actuales rebrotes de la pandemia preocupan y, según las perspectivas, hasta que no se encuentre
una vacuna la situación general será muy problemática.
Vemos también con preocupación que no se aborde la reforma laboral y el sistema fiscal, elementos
esenciales para que la pobreza y desigualdad disminuyan.
Las ayudas de la UE cubrirán en parte los efectos inmediatos de la pandemia pero las causas
estructurales de nuestra situación de pobreza y desigualdad no se solucionarán si no se abordan con
medidas efectivas y permanentes, algunas de las cuales, referentes a la protección social, ya se han
tomado como ha sido el Ingreso Mínimo Vital( que esperamos llegue cuanto antes a todos los deban
recibirlo).
No obstante, el número de pobres y los niveles de desigualdad es probable que aumenten por los
efectos de la pandemia, a finales de año.
9. Los medios de comunicación y la conciencia colectiva
Los medios de comunicación de masas, cuyo control está en manos del capital, apenas nos muestran
la extensión y profundidad de los efectos nefastos que el sistema capitalista causa en las
poblaciones, y cuando lo hace lo muestra sin referencia a las causas que los provocan.
Ni siquiera los medios públicos informan al ciudadano de forma suficiente y veraz sobre los
numerosímos importantes asuntos que lo requieren para ir formando una conciencia pública
honesta.
De este modo, la opinión pública no tiene datos sobre el daño que supone para la población la
aplicación de las políticas capitalistas en el propio país y menos en el contexto internacional, y se
dificulta así que tome conciencia sobre este problema de la pobreza y desigualdad, y reaccione en
consecuencia.
10.Recapitulando
Existe una situación de pobreza y de pobreza extrema en la población española, evidente y
evitable; esto ocurre, además, en el seno de una sociedad profundamente desigual. Esta
situación se ha visto desbordada y puesta al descubierto por los efectos de la pandemia.
La falta endémica de trabajo y las condiciones precarias del mismo, junto a la escasez del
gasto social del Estado que no logra revertir esta situación, se apuntan como las causas
inmediatas de este problema; la falta de gasto social se explica en parte porque los ingresos del
Estado son escasos debido a que el sistema fiscal en su conjunto es injusto.
Sin embargo, las causas más determinantes hay que encontrarlas en una falta de voluntad
política para cambiar las leyes laborales, fiscales y de gasto público que hubieran sido
necesarias para erradicar la pobreza y desigualdad en España, y se ha permitido a los
detentadores del capital mobiliario e inmobiliario, latifundistas, y dueños de los medios de
producción seguir con el acaparamiento del poder y del dinero.
La situación de dependencia en la que se encuentra nuestro país, inserto en una estructura
económica capitalista como es la UE, y perteneciendo a la estructura militar de las naciones
más ricas como es la OTAN, defensora del sistema bajo el control de los EEUU, dificultan una
solución.
El peso de tantos años de dictadura y el control que existe todavía de la vida económica,
política y de comunicación por parte de la clase privilegiada han creado una ciudadanía
desinformada y desmovilizada que no ayuda a cambiar la situación.
B. Latinoamérica y el Caribe
La región tiene una población de unos 635 millones de habitantes .
Según datos de la Cepal, es una zona tremendamente desigual, en la que el 79,5 % de la población
recibe ingreso medio-bajos, bajos, son pobres o están en pobreza extrema; la mayoría del trabajo es
informal y precario y alcanza cifras del 53% , llegando en algunos sectores como el del servicio
doméstico al 77%.
Solo el 57% de la población está cubierta por un seguro de salud( seguridad social o privado)
El gasto en salud representa el 2,2% del PIB, cuando lo recomendado es el 6%.
El incremento de la riqueza nacional ha ido en descenso en los últimos años y en el último año ha
sido del 1% ; igualmente la inversión ha disminuido hasta el -0,9% en 2019.
El conjunto de países tiene una deuda pública promedio del 44,8% del PIB, y el pago de los
intereses supone el 2,65% de la riqueza anual; paralelamente existe un elevado endeudamiento de
hogares y empresas.
El sistema fiscal en la mayoría de los países indica una baja carga tributaria cifrada en el 18,1% del
PIB, inferior al promedio de los países de la OCDE, que es del 30%. La evasión fiscal es importante
y representa el 6,1% del PIB equivalente a 325.000 millones de dólares, en 2018.
Una consecuencia de todo este panorama es la pobreza que llega al 30% de las personas, lo que
representa unos 185 millones de pobres del los cuales 67 están en pobreza extrema. La pobreza
junto con la desigualdad que no solamente es de ingresos, sino también de riqueza, de género, etnia
y edad, son las dos lacras de la sociedad latinoamericana, y se concentran en las zonas rurales,
infancia, mujeres, indígenas y afrodescendientes.
Con la llegada de la pandemia de Covid 19 que ha afectado ya en agosto de 2020 a más de 5
millones de personas, y causado hasta esta fecha unas 220.000 muertes, ha producido una serie de
consecuencias: la actividad económica se ha paralizado, han quebrado empresas y el paro ha
aumentado; la afluencia de turistas ha disminuído o desaparecido; se han cerrado escuelas, la
población se ha aislado; también se ha producido fuga de capitales; los sistemas sanitarios se han
visto desbordados en muchos países, etc.
Se espera que a finales de año haya 18 millones más de desempleados hasta un total de 44
millones(13,5%). El PIB de la región puede bajar un -5,3%; igualmente bajarán las exportaciones
un -10,7%.
En el terreno social, la pobreza puede aumentar en 45 millones hasta alcanzar los 230 millones de
personas, el 37% de la población, de las cuales 96 millones estarán en pobreza extrema, el 15,5% de
la población.
La desigualdad social, ya alta en Latinoamérica con un índice de Gini promedio de 46,2 podría
llegar a 50.
La pandemia está afectando sobre todo a trabajadores con ingresos bajos, adultos mayores,
trabajadores informales y de trabajo al aire libre más expuestos al contagio, y ante despidos
generalizados en el sector sanitario, de la educación y de asistencia doméstica, serán las mujeres a
quienes más afecte, pues son mayoritarias en estos sectores. La subida del precio de los alimentos y
otros artículos de primera necesidad afectará a las clases más pobres; igualmente la previsible
disminución de las remesas de emigrantes afectará a los más débiles económicamente; del mismo
modo las comidas gratuitas en las escuelas para la población infantil corren peligro de desaparición
en algunos territorios.
Solo acciones contundentes a favor de las personas más golpeadas por la pandemia podrían paliar la
situación. La Cepal está estableciendo un diagnóstico de la situación y se ofrece como instancia
para tomar decisiones para combatir la pobreza y la cultura del privilegio social y sugiere las
siguientes: nuevo modelo de desarrollo más diversificado no centrado únicamente en la
exportación, protección social universal( una renta básica), aumentar la presión fiscal sobre las
grandes empresas y fortunas; evitar la salida de capitales, el fraude y la elusión fiscal, reestructurar
la deuda pública, estabilizar el tipo de cambio; acciones contra la emergencia ambiental, y
finalmente recomienda como una medida crítica, un proceso de integración regional, que antes era
posible gracias a organismos como Unasur, Celac, Mercosur, etc.
Desgraciadamente ,en la actualidad, Centroamérica y la mayoría de los países de Sudamérica están
copados por gobiernos neoliberales cuyos intereses nacionales están depositados en el país en el
guardan su dinero, los EEUU, y la única esperanza está en la presión que las organizaciones
populares puedan ejercer para cambiar la situación.
Los países del ALBA mantienen su cohesión, golpeados todos ellos por el bloqueo y la amenaza
continua de los EEUU.
C. África
El continente africano tiene 30 millones de km², una población de 1300 millones de habitantes y lo
forman 55 países, la mayoría de los cuales lograron su independencia de las metrópolis europeas en
la segunda mitad del pasado siglo.
Su población es joven y experimenta un aumento considerable, siendo la fecundidad media de 4
hijos por mujer, aunque las enfermedades y epidemias que producen muchas muertes cada año
diezman la población,siendo la esperanza de vida de alrededor de 60 años(España, 81), y es
especialmente baja en RCA, Lesoto, Somalia y Zambia.
África es un continente de contrastes, dada su extensión y localización, pero es posible hablar de
una situación que comparten una mayoría de los países africanos.
La producción agrícola es variada y está muy orientada a la exportación y menos al autoconsumo,
no protegiéndose la agricultura familiar, por lo que el continente carece de soberanía alimentaria;
tiene una flora y fauna, rica y variada; hay extensas zonas desérticas en el Sahel y Namibia, otras
soportan severas sequías y se producen, en algunas, inundaciones periódicas, además de plagas.
La ganadería es importante. La pesca, abundante en algunas zonas de su extenso litoral y en los
lagos, está sobreexplotada por intereses foráneos y la pesca artesanal se está agotando.
África cuenta con grandes riquezas minerales y energía fósil, demandadas por otros países; debido a
que el control de los precios de estas materias no se encuentra en el propio continente, cuando
bajan causan graves problemas a los países exportadores.
La industria es claramente insuficiente por falta de inversiones y transferencia de tecnología: se
tiene que importar casi todo.
Con este panorama no es de extrañar que África sea el continente con el PIB per cápita más bajo del
mundo: de alrededor de 1.585 $ en 2019, según el Banco Mundial; muchos países, el 43%, o sea 23
naciones africanas, viven con un ingreso diario de unos 2 $ por persona; es decir, son
extremadamente pobres: el 32% de la población , 416 millones de personas( Banco Mundial, 2020).
En países como Burundi, RCA, RDC, Eritrea, Madagascar, Mozambique, Níger, Nigeria y Zambia
estos niveles de pobreza extrema y especialmente de la población infantil, se acentúan.
La infravivienda, particularmente en las grandes ciudades, llega al 55% de la población, y
porcentajes igualmente bajos alcanzan la falta de saneamiento, acceso al agua potable y sumistro de
electricidad.
África es el continente que tiene menos estructuras de desarrollo humano: carente en un 50% de
energía eléctrica, la educación y la sanidad apenas logran contener la situación de pobreza
económica.
Pese al esfuerzo realizado en los últimos años la matriculación en la escuela primaria es bajo; la tasa
de alfabetización de la población adulta está alrededor del 69%, aunque país por país la mayoría
está por debajo del 50% . Hay pocos estudiantes universitarios y muchos de ellos son cooptados por
los países europeos. En 2017, el gasto público en educación era del 2,78%( datos de Mundo Negro,
2019).
Los sistemas de salud en África son escasos: apenas hay sanidad pública, y la población es golpeada
continuadamente por epidemias como la malaria, cólera, sarampión, neumonía, dengue, meningitis,
tuberculosis, ébola, sida y ahora por el coronavirus, que causan miles de muertos( África acaba de
ser declarada libre de polio por la OMS). Aunque el gasto en sanidad alcanza un nivel aceptable,
5,79 % del PIB en 2017, es claramente insuficiente en relación a las necesidades, pues es escaso el
número de médicos, camas hospitalarias, medicinas y material sanitario.
Los niveles bajos que presentan las tres dimensiones de la calidad de vida en la sociedad africana:
ingresos económicos, educación y sanidad explican que el Índice de Desarrollo Humano(IDH),
elaborado por NU sea, en 2017, muy bajo entre las naciones del continente: de los 38 países con
índices más bajos en todo el mundo, 31 son africanos, siendo Níger el que ocupa el último puesto.
Además de pobre, África es un continente desigual: según el coeficiente Gini que mide la inequidad
en los ingresos, 41 de los 55 países africanos tienen valores alarmantes por encima de 40, en 2017.
La interrelación de todos los factores anteriores provocan hambre, la enfermedad y la muerte
prematura. No son consideraciones alarmantes, son cifras.
Las causas de esta situación hay que buscarlas en un pasado colonial no demasiado lejano, y, en la
actualidad, en el expolio de los recursos primarios de los países africanos que realizan las mismas
metrópolis colonialistas, además de otros actores como EEUU, y que llevan a cabo por
procedimientos variados como son la deuda externa, la extracción de riqueza que provocan los
tratados de comercio injustos, la repatriación generosa de beneficios de las empresas
multinacionales que los retiran en lugar de reinvertirlos, la oposición a la integración regional de los
países, la provocación de conflictos internos que desangran la economía africana, y la pasividad
ante la corrupción de los dirigentes políticos; a lo que se une los daños y víctimas de los desastres
naturales causados muchos de ellos por el cambio climático del que los países africanos son los
menos responsables; todas estas causas, entre otras, explican la decepcionante situación general del
continente africano y especialmente en lo que se refiere a la pobreza y desigualdad de la población
africana.

El Papa en la audiencia general: Una injusticia que clama al cielo

  • Francisco: “Vivimos en una economía enferma, donde millones niños siguen muriendo de hambre y sin “En el mundo de hoy, unos pocos muy ricos poseen más que todo el resto de la humanidad. ¡Es una injusticia que clama al cielo!”
  • “Cuando la obsesión por poseer y dominar excluye a millones de personas de los bienes primarios; cuando la desigualdad económica y tecnológica es tal que lacera el tejido social; y cuando la dependencia de un progreso material ilimitado amenaza la casa común, entonces no podemos quedarnos mirando. No, esto es desolador
  • “Algunos pueden trabajar desde casa, mientras que para muchos otros esto es imposible. Ciertos niños, a pesar de las dificultades, pueden seguir recibiendo una educación escolar, mientras que para muchísimos otros esta se ha interrumpido bruscamente. Algunas naciones poderosas pueden emitir moneda para afrontar la emergencia, mientras que para otras esto significaría hipotecar el futuro”

26.08.2020 Jesús Bastante

“En el mundo de hoy, unos pocos muy ricos poseen más que todo el resto de la humanidad. ¡Es una injusticia que clama al cielo!”. El Papa Francisco clamó este miércoles contra la “desigualdad” que el coronavirus ha puesto negro sobre blanco en toda la humanidad y que ha puesto de relieve que vivimos “en una economía enferma“. “Después de esta crisis, ¿seguiremos con este sistema de desprecio a la creación y al medio ambiente? Pensemos”.

Por cuarto miércoles consecutivo, el Papa Francisco volvió a dedicar su reflexión de la audiencia general (que sigue celebrándose en el palacio apostólico) a la pandemia y sus “consecuencias sociales”, ante la que muchos “corren el riesgo de perder la esperanza”.

“Las propiedades, el dinero, son instrumentos que pueden servir a la misión, pero los transformamos fácilmente en fines, individuales o colectivos, y cuando esto sucede se socavan, el homo sapiens se deforma, y se convierte en una suerte de homo economicus, un hombre individualista, calculador y dominador“, señaló el Pontífice quien recalcó la necesidad de la comunión de bienes frente al capitalismo salvaje, porque, pese a que Dios nos concedió la custodia de la creación, “no es una carta blanca para hacer de la tierra lo que uno quiere”.

Síntomas de desigualdad

“En este tiempo de incertidumbre y de angustia, invito a todos a acoger el don de la esperanza que viene de Cristo. Él nos ayuda a navegar en las aguas turbulentas de la enfermedad, de la muerte y de la injusticia, que no tienen la última palabra sobre nuestro destino final”, subrayó Bergoglio, quien destacó en su reflexión el problema de “la desigualdad” frente al coronavirus.

“Algunos pueden trabajar desde casa, mientras que para muchos otros esto es imposible. Ciertos niños, a pesar de las dificultades, pueden seguir recibiendo una educación escolar, mientras que para muchísimos otros esta se ha interrumpido bruscamente. Algunas naciones poderosas pueden emitir moneda para afrontar la emergencia, mientras que para otras esto significaría hipotecar el futuro”, clamó el Pontífice.

“Estos síntomas de desigualdad -añadió- revelan una enfermedad social; es un virus que viene de una economía enferma”. “Debemos decirlo claro: la economía está enferma, se enfermó”, recalcó. “Es el fruto de un crecimiento económico injusto, que prescinde de los valores humanos fundamentales”, denunció, insistiendo en que “en el mundo de hoy, unos pocos muy ricos poseen más que todo el resto de la humanidad. ¡Es una injusticia que clama al cielo!”.

La propiedad privada y el destino universal de los bienes

A la vez, “este modelo económico es indiferente a los daños infligidos a la casa común. Estamos cerca de superar muchos de los límites de nuestro maravilloso planeta, con consecuencias graves e irreversibles: de la pérdida de biodiversidad y del cambio climático hasta el aumento del nivel de los mares y a la destrucción de los bosques tropicales. La desigualdad social y la degradación ambiental van de la mano y tienen la misma raíz: la del pecado de querer poseer y dominar a los hermanos y las hermanas, la naturaleza y al mismo Dios. Pero este no es el diseño de la creación”.

Y es que, pese a que Dios nos concedió la custodia de la creación, “no es una carta blanca para hacer de la tierra lo que uno quiere”, por lo que “es nuestro deber hacer que sus frutos lleguen a todos, no solo a algunos”. De ahí la necesidad de “la subordinación de la propiedad privada al destino universal de los bienes”, tal y como subrayaba el Concilio y la DSI.

Homo economicus

Porque, frente al “pecado de poseer y dominar”, “las propiedades y el dinero son instrumentos que pueden servir a la misión. Pero los transformamos fácilmente en fines, individuales o colectivos. Y cuando esto sucede, se socavan los valores humanos esenciales. El homo sapiens se deforma y se convierte en una especie de homo economicus – en un sentido peor – individualista, calculador y dominador”.

“Cuando la obsesión por poseer y dominar excluye a millones de personas de los bienes primarios; cuando la desigualdad económica y tecnológica es tal que lacera el tejido social; y cuando la dependencia de un progreso material ilimitado amenaza la casa común, entonces no podemos quedarnos mirando. No, esto es desolador”, resaltó Bergoglio, quien animó a los fieles a “actuar todos juntos, en la esperanza de generar algo diferente y mejor”.

“Si cuidamos los bienes que el Creador nos dona, si ponemos en común lo que poseemos de forma que a nadie le falte, entonces realmente podremos inspirar esperanza para regenerar un mundo más sano y más justo”, culminó.

“Pensemos en los niños: cuando niños hoy mueren de hambre por una mala distribución de la riqueza, por un sistema económico enfermo. Cuántos niños hoy no tienen derecho a la escuela por el mismo motivo. Que esta imagen de los niños necesitados, por hambre y educación, nos ayude a entender que de esta crisis debemos salir mejores”, finalizó.

 

Preguntas sobre la pobreza

Por Marcelo Colussi

Para los de arriba hablar de comida es una pérdida de tiempo. Y se comprende, porque ya han comido”.      Bertolt Brecht

I Acometer el tema de la pobreza es particularmente difícil. Lo es por varios motivos; por un lado, es un fenómeno complejo, multicausal, que se liga definitivamente al ámbito económico, pero que no se agota ahí. Hay muchos elementos en juego, y sin caer en la superficialidad de repetir que se dan solamente factores subjetivos para explicarla (“se es pobre porque no quiere superarse” o patrañas por el estilo), es cierto que allí se entrecruzan muchos determinantes. Por otro lado, ampliando las dificultades, es un tema ríspido, odioso, dado que es sumamente dificultoso encontrar las soluciones concretas.

Indicando rápidamente, quizá como primera aproximación, que identificamos pobreza con carencias materiales, con falta de recursos, podría decirse que la historia toda de la Humanidad es una constante lucha contra este fantasma. El puesto del ser humano en el mundo no está asegurado de antemano. Está claro que no somos el centro de la creación, ni que vivimos en un paraíso. La realización humana, si así puede llamársele, es una permanente búsqueda de satisfacción de necesidades básicas que permiten sobrevivir, búsqueda que, ya bien entrado el siglo XXI y con todo el potencial técnico que se ha llegado a acumular, no termina nunca de colmarse. Hoy día se produce entre un 40 y un 50% más del alimento necesario para nutrir a toda la población mundial, pero el hambre sigue siendo una de las principales causas de muerte de nuestra especie, mientras que la actividad más dinámica, que conlleva las más altas cuotas de inteligencia incorporada y genera la mayor ganancia, es ¡la producción de armas! En otros términos: la muerte está en el centro de nuestras vidas (“pulsión de muerte” dirá el Psicoanálisis). Sigue leyendo

Guatemala y las cosas que no se dicen

La pandemia hace aún más evidentes la desigualdad y la exclusión en el país Centroamericano

Una vez más, vuelvo a casa roto emocionalmente. Es la tercera vez que me ocurre en las últimas semanas. Creí que ya lo había visto todo en las barriadas marginales que han sido mi hábitat por más de 15 años, pero la crisis desatada por la pandemia de covid-19 ha desnudado de forma inmisericorde hasta los últimos rincones de la pobreza absoluta en la que vive sumergida tanta gente y, de nuevo, parece que estoy iniciándome en esto.

Desde hace casi 17 años trabajo junto con mi equipo en la Ciudad de la Esperanza acompañando a población socialmente vulnerable en Cobán, una ciudad que hace de cabecera al departamento de Alta Verapaz, en la región norte de Guatemala. Cabe decir que es el departamento con mayores índices de pobreza y pobreza extrema: el 83,10 % de la población total. Nuestra labor es, desde los primeros días, una apuesta de humanidad que sigue siendo posible gracias al apoyo de algunas organizaciones internacionales, como la española Manos Unidas.

No alcanzo a imaginarme cómo conciben lo que está sucediendo los expertos en cooperación internacional: si desde la frialdad de los datos estadísticos o desde las realidades humanas más punzantes para la conciencia individual y social. Porque no solo estamos hablando de población vulnerable ante una enfermedad que no distingue clase social, etnia y posición económica, sino de colectivos castigados desde mucho antes por el hambre y la exclusión; estamos hablando de aquellos que son invisibles para los grandes organismos financieros y, tristemente, para los gobiernos de turno de sus mismos países de origen.

En el caso de Guatemala —aunque no amo las cifras estadísticas ni las gráficas para contar la historia de la pobreza—, no hay que perder de vista que es el segundo país más pobre de Latinoamérica, con índices escandalosos que se disparan en todas direcciones… Ocupa el puesto 146 de 180 países en el índice de corrupción; junto a Honduras y Haití es el país con menor grado de urbanización en América Latina, lo cual explica que el desarrollo humano integral viaje tan despacio para llegar a las comunidades más olvidadas en las que la desnutrición crónica —según informa Unicef— castiga a uno de cada dos niños, lo que le ubica a la cabeza de esta vergonzosa lista en el continente y en el sexto lugar a nivel mundial. Además, las enfermedades respiratorias y diarreicas son dos de las principales causas de mortalidad infantil, que en el país asciende a 29 menores de cinco años fallecidos por cada 1.000 nacidos vivos (último dato disponible, 2018). Sigue leyendo

La pobreza golpeará a media humanidad

Sergio Ferrari, desde la ONU, Ginebra, Suiza

La mitad de la población activa mundial amenazada por el desempleo
2do trimestre del 2020: 305 millones menos de puestos de trabajo
Las proyecciones estadísticas más pesimistas van quedándose cortas ante la dimensión de la crisis. Desempleo, desinformación y pobreza aparecen como algunas de las piezas de un rompecabezas todavía no armado, pero con efectos directos y colaterales devastadores. La mitad de los empleos en la escala mundial se ven amenazados. Sigue leyendo

Con la pandemia aumento de la pobreza en el mundo

Frei Betto: “Con la pandemia, el número de pobres en Latinoamérica pasará de los 162 a los 216 millones”

 “Actualmente en América Latina sobreviven en la extrema pobreza 67,5 millones. Número que podrá llegar a 90,8 millones tras la pandemia”

“La población pobre, que depende más de la renta informal, será la más perjudicada”

Hoy, de los 7,7 billones de habitantes del planeta, 569 millones viven en América Latina. Según Oxfam, la pandemia debe aumentar el número de pobres en nuestro continente, pasando de 162 millones para 216 millones, o sea, otros 54 millones más de personas con una renta diaria inferior a USD 5.5. Actualmente sobreviven en la extrema pobreza 67,5 millones. Número que podrá llegar a 90,8 millones.

Con certeza, la pandemia afectará el comercio internacional, especialmente la navegación mercante. La caída de la producción en China ya afecta directamente Brasil, México, Chile y Perú. ¿Cómo evitar el hacinamiento propio de un navío que pasa días enteros en alta mar? Las infecciones en cruceros marítimos fueron muy comunes. Por lo tanto, es muy probable que el transporte de alimentos de un país a otra sufra una considerable reducción, ya sea porque el exportador deba reservar sus cosechas para la población local, ya sea que el importador vea disminuido el flujo de envío de cargas, y por eso, si consigue comprar, deberá pagar precios exorbitantes. En resumen, esto significa aumento del hambre en el mundo.

Según Oxfam, la pandemia podría arrojar más de 500 millones de personas en la pobreza, si es que los gobiernos no establecen con urgencia sistemas de renta mínima y de protección social. El número de personas que viven diariamente con menos de USD 5.5 aumentaría de 3,38 billones a 3,9 billones, o sea, 547 millones más.

En el 2019, mientras la economía global creció en promedio 2.5%, el PBI de América Latina osciló apenas 0,1%, permaneciendo virtualmente paralizado. La CEPAL
prevé una caída de 1,8% para el 2020. Datos del Banco Mundial divulgados en los primeros días de abril, revelan que, en Brasil, el total de personas en extrema pobreza (que sobreviven con menos de USD 1,90 por día) saltó de 9,250 millones en 2017 a 9,300 millones en 2018. La renta mensual de estas familias no superaba en el 2019 R$ 150 (aproximadamente unos USD 28).

El aumento de la miseria en Brasil se debe a la combinación entre baja escolaridad y pocas oportunidades laborales. La tasa de desempleo entre los extremadamente pobres es de 24%. O sea, una de cada cuatro personas de este grupo que buscan trabajo no lo consigue. Hoy, más de 12 millones de brasileros están sin trabajo.

Esto aumenta la tasa de desaliento de este grupo. Es lo que demuestra la cola de espera de 1 millón de personas para ingresar en el Programa Bolsa Familia, que ya hoy atiende a 14 millones de familias, cerca de 60 millones de personas. Lo que comprueba el fracaso de las políticas públicas para superar la crisis económica que afecta al Brasil en los últimos años.

Entre 2014 y 2018, la población que sobrevivía en condición de miseria en Brasil aumentó un 67%. De los 15 países del continente, solamente hubo empeoramiento en este indicador en Argentina, Ecuador y Honduras, además de Brasil. En cambio, en países como Uruguay, Perú y Colombia, la extrema pobreza fue reducida. En México, el número de personas sobreviviendo en la miseria retrocedió de 4,6 millones (2014) a 2,2 millones (2018).

En el 2017, 19 millones de brasileños tenían una renta personal mensual de USD 3,20. En el 2018, este contingente aumentó a 19,2 millones. Sin embargo, la faja de los que tienen USD 5,50 diarios para vivir tubo un retroceso: de 42,3 millones en el 2017, descendió a 41,7 millones en el 2018. Esto demuestra que, como sucede siempre, la crisis afectó principalmente a los más pobres.

Entre los extremadamente pobre, 40% viven en zonas rurales, y apenas 1/3 de estas familias tienen algún ingreso por trabajo, según datos del Banco Mundial. Por otro lado, la clase media dio señales de recuperación. Las familias que viven con menos de USD 5,50 por día viven, por lo general, en las ciudades y el 80% tienen empleo. La mayoría es autónoma y sin “carteira de trabalho” firmada, mientras 25% trabajan en el sector formal y cuentan con beneficios, como salario familia e abono salarial (similar asignación salarial por hijo/a).

El Brasil vivió una profunda recesión entre los años 2014 y 2016. A partir de entonces tuvo inicio una tímida recuperación. Con la pandemia, este cuadro tiende no solo a cesar, sino a gravarse, aumentándose la pobreza y la miseria.

La población pobre, que depende más de la renta informal, será la más perjudicada por el aislamiento social impuesto por la pandemia. Salvo que las medidas anunciadas por el gobierno, como ser la ampliación de la Bolsa Familia y la renta básica de R$ 600 a los más pobres, realmente funcione.

“Si no fuesen adoptados mecanismos de protección social, como el de la renta mínima, la situación tiende a agravarse”

La crisis debe profundizar también la desigualdad de renta. Según el Banco Mundial, en el 2018 aumentó la brecha entre los ricos y pobres. Los que detentan el 20% de la renta total del país recuperaron sus pérdidas. Si no fuesen adoptados mecanismos de protección social, como el de la renta mínima, la situación tiende a agravarse.

La esperanza es que la pandemia, que no hace distinción de clase, enseñe que el Estado sí tiene un papel preponderante para asegurar a los más pobres y vulnerables una amplia y eficiente red de protección social. Menos ajuste fiscal y más justicia social.

 

 

Haití está en cuarentena: ¿Cómo superará la epidemia?

Joseph Gontrand, obispo de Jérémie: “En Haití quedarse en casa, incluso por un día, es casi suicida”

“Haití está en alerta, pero la población haitiana duda de la capacidad de las autoridades gubernamentales para apoyar a los haitianos frente a esta pandemia del coronavirus”

“La población de Jérémie debe salir todos los días a buscar algo para comer, de lo contrario corren el riesgo de morir de hambre y sed, encerrados en sus casas sin dinero en el bolsillo, sin refrigerador, sin electricidad, sin agua potable”

“Los haitianos encuentran fuerza y resistencia en su fe en Dios, la oración y el humor”

“Nuestras iglesias están cerradas. Los sacerdotes celebran solos, sin fieles. Los fieles siguen las celebraciones por radio diocesana en casa. Esto complica una situación pastoral de por sí difícil, por el contexto sociopolítico poco claro”

Lucía López Alonso

“¿Dónde encontrará la población haitiana hospitales equipados frente a la pandemia?”, se pregunta monseñor Joseph Gontrand Decoste sj, obispo de la diócesis de Jérémie, de las más empobrecidas dentro del siempre pobre país haitiano.

Consciente de que no habrá medios suficientes para hospitalizar y atender a los contagiados, el obispo afirma que los esfuerzos deben dirigirse a la prevención. Pero los vecinos de Jérémie no podrán guardar una cuarentena digna “sin otro horizonte que cuatro paredes decrépitas y oscuras de su casa improvisada”, lamenta el prelado.

Escalonando la expresión de su miedo del término menos concreto al más crudo, nos dice en esta entrevista: “Temo una crisis humanitaria, una crisis alimentaria, el hambre”. Porque los vulnerables se suelen llevar la peor parte en las catástrofes.

“A veces nos sentimos impotentes”, confiesa sobre la diócesis de Jérémie, tan pobre como sus fieles. Necesitada de ayuda internacional para impulsar proyectos que garanticen alimentación y educación a los habitantes de este país, verde pero deforestado, rico pero contaminado y expoliado, alegre pero apaleado.

Después de pormenorizar la situación que le rodea, monseñor Gontrand pide una ayuda imprescindible, porque sin agua no habrá prevención posible frente al coronavirus: “La perforación de pozos artesanos es realmente una emergencia”.

Estudiantes en una fuente de agua potable en una escuela católica de Jérémie¿De qué manera está afectando la pandemia de coronavirus en Haití?

Haití, como se puede imaginar, teme una propagación del coronavirus dentro del país, porque no está realmente preparado para enfrentar una pandemia de tal magnitud. Haití está en alerta, pero la población haitiana duda de la capacidad de las autoridades gubernamentales para apoyar a los haitianos frente esta pandemia.

Los haitianos no tienen los medios para poner en práctica las regulaciones sanitarias que las autoridades gubernamentales les invitan a respetar. Por ejemplo, ¿cómo respetarán las personas que no tienen casa y viven en la calle las instrucciones de quedarse en casa? ¿Cómo permanecerán los haitianos días y días encerrados en sus hogares cuando tienen que salir todos los días para obtener pan para vivir cada día? ¿Cómo cumplirá la población haitiana que no tiene acceso al agua potable con las instrucciones de lavarse las manos con frecuencia? ¿Cómo lograrán los haitianos respetar la distancia sanitaria cuando todos los miembros de la familia viven amontonados en una pequeña habitación en los numerosos barrios marginales superpoblados que pululan en nuestras ciudades? ¿Y qué decir de los prisioneros en las prisiones haitianas, superpobladas?

Jérémie en el mapa

Entonces uno entiende cómo la población haitiana vive en angustia, miedo y teme la llegada al suelo de Haití de la Covid-19, igual que teme cuando se anuncia la inminente llegada de una tormenta tropical, de un ciclón. ¿Dónde encontrará la población haitiana hospitales bien equipados y el personal médico capacitado para tratarlos en caso de que la pandemia Covid-19 llegue a Haití? Temiendo lo peor, los haitianos encuentran fuerza y resistencia en su fe en Dios, la oración y el humor…

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