Elba y Celina las dos mujeres mártires de la UCA 

Elba y Celina

Con los jesuitas murieron asesinadas dos mujeres: Julia Elba Ramos, 42 años, cocinera de una comunidad de jóvenes jesuitas, pobre, alegre e intuitiva, y trabajadora toda su vida. Y su hija Celina, 16 años, activa, estudiante y catequista; con su novio habían pensado comprometerse en diciembre de 1989. Se quedaron a dormir en la residencia de los jesuitas, pues allí se sentían más seguras. Pero la orden fue “no dejar testigos”. En las fotos se nota el intento de Julia Elba de defender a su hija con su propio cuerpo. 

Elba era muy humana porque sentía el dolor de los demás. Yo viví un tiempo en la casa de ella. Era una persona bien amistosa, sabía llevarse con los demás. Ella tenía 33 años y yo 19. Ella y yo teníamos muchas cosas en común; comenzamos a trabajar desde muy chiquitas. Ella había trabajado desde los 10 años en los cafetales. Era una mujer muy fuerte. Siempre me enseñó a que no me dejara, que no me acobardara ante los problemas. Fue una mujer sufrida pero fuerte. Me enseñó a ser una mujer de valía, que no dependiera de los otros si no de mí misma. 

Como Elba y Celina hay millones de mujeres en nuestro mundo. Son inmensas mayorías que perpetúan una historia de siglos: en la América conquistada y depredada por los españoles en el siglo XVI; en el África esclavizada ya en el siglo XVI y expoliada sistemáticamente por los europeos en el siglo XIX; en el planeta que más sufre hoy la globalización opresora bajo la égida de Estados Unidos. Mueren la muerte rápida de la violencia y de la represión, y sobre todo la muerte lenta de la pobreza y de la opresión. 

La muerte de las mayorías asesinadas, de las que formaban parte Elba y Celina, expresa la inocencia histórica, pues nada han hecho para merecer la muerte, y la indefensión, pues ni posibilidad física han tenido de evitarla. Esas mayorías son las que más cargan con un pecado que las ha ido aniquilando, poco a poco, en vida y definidamente en muerte. Son las que mejor expresan el ingente sufrimiento del mundo. Sin pretenderlo y sin saberlo, “completan en su carne lo que falta a la pasión de Cristo”. 

14.11.2021 | Jesús herrero Estefanía 

32º Aniversario PP. Jesuítas

La comunidad jesuita de El Salvador conmemora el 32 aniversario de la masacre aún impune 

‘Siguen vivos’

 El 32 aniversario de la masacre de seis sacerdotes y dos mujeres a manos de un comando del Ejército del país se realizó en el campus de la Universidad donde fueron ejecutados los religiosos en el marco de la guerra civil salvadoreña (1980-1992) 

Decenas de personas se congregaron para participar en una misa, un acto cultural y escuchar el mensaje del rector de la UCA, Andreu Oliva, quien destacó que el legado de los jesuitas sigue vigente 

Hoy la causa penal se encuentra cerrada por decisión de la Sala de lo Penal de la Corte Suprema de Justicia, sin que se conozca si se han admitido los recursos que buscan hacer retroceder el fallo 

Las víctimas fueron los españoles Ignacio Ellacuría, Segundo Montes, Ignacio Martín-Baró, Amando López y Juan Ramón Moreno y el salvadoreño Joaquín López, la trabajadora de la UCA Elba y su hija de 16 años, Celina Ramos 

Por estos crímenes únicamente está encarcelado en El Salvador el coronel Guillermo Benavides condenado a a 30 años de prisión. La Audiencia Nacional de España condenó en 2020 al exviceministro de Seguridad Pública de El Salvador, Inocente Montano, a 133 años y cuatro meses de prisión 

14.11.2021 | RD/EFE 

La comunidad jesuita de El Salvador conmemoró este sábado el 32 aniversario de la masacre de seis sacerdotes, cinco de ellos españoles, y dos mujeres en 1989 a manos de un comando del Ejército del país centroamericano. 

La conmemoración se realizó en el campus de la Universidad Centroamericana (UCA), donde fueron ejecutados los religiosos en el marco de la guerra civil salvadoreña (1980-1992). 

Decenas de personas se congregaron para participar en una misa, un acto culturaly escuchar el mensaje delrector de la UCA, Andreu Oliva, quien destacó que el legado de los jesuitas sigue vigente. 

«En este tiempo de luto por la muerte de tantos seres queridos a causa de la pandemia, de confrontaciones, de decisiones políticas que nos alejan cada día más del rumbo democrático y nos conducen al autoritarismo y militarismo, los mártires de El Salvador siguen siendo fuente de inspiración«, dijo Oliva. 

Añadió que el legado de los jesuitas llama a «seguir al lado de los más pobres, de seguir siempre del lado de la verdad, de la justicia, paz y bien común». 

«Tenemos el compromiso deseguir desenmascarando la mentira y de ser luz en medio tanta tiniebla que vive nuestro pueblo. El legado de nuestros mártires sigue iluminando el caminar de este pueblo. Que su martirio injusto y cruel se convierta cada día en fuente de vida», añadió. 

La pandemia de la covid-19 llevó a suspender los actos en 2020 y este 2021 redujo considerablemente el número de asistentes a la conmemoración, que en años previos a la crisis sanitaria congregaba a cientos de salvadoreños en una vigilia. 

Este 32 aniversario se da en momentos en los que la causa penal se encuentra cerrada por decisión de la Sala de lo Penal de la Corte Suprema de Justicia, sin que se conozca si se han admitido los recursos que buscan hacer retroceder el fallo

Fue en septiembre de 2019 que la referida sala del Supremo emitió su fallo en respuesta a un recurso de casación de la defensa de los militares señalados de ser autores intelectuales

Esta decisión puso freno a la reapertura del proceso dictado en 2018, tras la anulación de una ley de amnistía de 1993, y que en 2019 también enfrentaba la amenaza de quedar en la impunidad por una ley de reconciliación nacional aprobada por el Congreso y vetada posteriormente por el presidente Nayib Bukele. 

El 16 de noviembre de 1989, cinco días después de que la entonces guerrilla del Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional (FMLN) lanzara la ofensiva «Hasta el tope» en la capital, un comando de elite del Ejército salvadoreño segó la vida de los jesuitas

Las víctimas fueron los españoles Ignacio Ellacuría, Segundo Montes, Ignacio Martín-Baró, Amando López y Juan Ramón Moreno y el salvadoreño Joaquín López, la trabajadora de la UCA Elba y su hija de 16 años, Celina Ramos

Ellacuría, entonces rector de la UCA, había denunciado las condiciones de explotación y miseria de la mayoría campesina del país, compromiso con en el que coincidió el arzobispo de San Salvador, san Óscar Arnulfo Romero. 

Por este crimen únicamente está encarcelado en El Salvador el coronel Guillermo Benavides, condenado a 30 años de prisión en 1991 por trasladar la orden de asesinar a los jesuitas y a quien se le ha negado el indulto y conmutación de la pena por ser un crimen de lesa humanidad

La Audiencia Nacional de España condenó en 2020 al exviceministro de Seguridad Pública de El Salvador, Inocente Montano, a 133 años y cuatro meses de prisión

Mártires de hoy: una imagen nueva y real de la misión

Euquerio Ferreras: «La Iglesia tiene mártires también hoy, una imagen nueva y real de la misión»
«Poco importa que sean obispos, sacerdotes, religiosos-as, misioneros-as, laicos, catequistas, líderes políticos, agrarios o de comunidades de base»
«Las congregaciones con mayor número de fallecidos son los jesuitas, sagrados corazones y maristas. Están también los paúles, dominicos, combonianos…»
«“Morir por un pueblo puede dar más carta de ciudadanía que nacer en un pueblo”, dijo Luis Espinal asesinado por luchar en favor del pueblo boliviano»
15.11.2020 | Euquerio Ferreras
Tenemos un papel que desempeñar en este mundo. Nuestras obras tienen que demostrar a los hombres lo que vale nuestra fe cristiana. Hay testigos pioneros que están luchando por la dignidad del hombre, por humanizar la tierra, por el desarrollo y la evangelización de los pueblos, sabiendo que en las culturas ya está Dios presente. Y esto trae consigo:incomprensión, traición, persecución y a veces aniquilamiento.
No es de extrañar. En una escala de valores, lo que para unos es vergüenza y humillación, para otros es orgullo, gozo, estar con la gente y aplicar el Evangelio a la vida. Es el martirio de una iglesia y de un pueblo.
La bienaventuranza de Jesús nos explica el origen, la causa y las consecuencias de esta persecución: “POR MI CAUSA” (Mt 5,11). Estos son los perseguidos “siglo XXI”. Cuando el testimonio se encarna, se hace verdad, se hace vida. La Iglesia tiene mártires hoy, que están dando con sus vidas una imagen “nueva y real de la misión”.
La tierra misionera se ha teñido de sangre en varios continentes. El Calvario y la Pascua están actualizados y viviéndose hoy. Poco importa que sean obispos, sacerdotes, religiosos-as, misioneros-as, laicos, catequistas, líderes políticos, agrarios o de comunidades de base. La prensa, la TV, la radio, nos martillean con noticias breves y dramáticas. Nos son conocidas sus caras y sus apellidos de origen español y de otros países.
La labor profética está de perenne actualidad, a pesar de las amenazas y difamaciones, de las torturas, de los arrestos y encarcelamientos, de los secuestros, de las expulsiones y de la muerte.
Domingo Laín, zaragozano, 1972 en Colombia. Alfredo Pérez Lobato, jesuita leonés, tiroteado 1973 en Chad. Juan Alsina, catalán, fusilado en 1973 y Antonio Llidó A. alicantino, asesinado 1974 ambos en Chile. Gaspar García L. asturiano, 1978 en Nicaragua. La sangre de los cristianos, de los misioneros, es semilla de nuevos creyentes. Así fue ayer, es hoy y será mañana.
Después de ver y reflexionar sobre la película “Monseñor Romero”, uno entiende mejor las declaraciones que hizo el obispo salvadoreño a “Excelsior”, diario mexicano: “He sido frecuentemente amenazado de muerte. Debo decirle que, como cristiano, no creo en la muerte sin resurrección; si me matan, resucitaré en el pueblo salvadoreño. Se lo digo sin ninguna jactancia, con la más grande humildad: mi muerte, si es aceptada por Dios, sea por la liberación de mi pueblo como un testimonio de esperanza en el futuro. Puede usted decir, si llegasen a matarme, que perdono y bendigo a quienes lo hagan. ¡Ojalá, así, se convencieran de que perderán su tiempo! Un obispo morirá, pero la Iglesia de Dios, que es el pueblo, no perecerá jamás”.
Su compromiso fue creciendo. Alguien debe decir “basta”. Y esta frase profética que extremece a uno: “A mi me pueden matar, pero que quede claro que a la voz de la justicia nadie la puede callar ya”.
Y hablaron las balas un 24 de marzo de 1980, siendo asesinado Mons. Romero en el altar celebrando la Misa. En 1977 había sido ametrallado Rutilio Grande, jesuita salvadoreño.
El 24 de marzo de 2015, el papa Francisco beatificó a Óscar Arnulfo Romero ante 300.000 personas, calificándolo como “ejemplo de siervo de Dios” y “padre de los pobres”. Esto fue 35 años después de su asesinato. En El Salvador fueron 12 años de guerra 1980-1992, con 75.000 muertos y 8.000 desaparecidos. Y volvieron a hablar las balas el 16 de noviembre de 1989 y fueron masacrados los PP. Ignacio Ellacuría, Amando López, Segundo Montes, Ignacio Martín, Juan Ramón Moreno, españoles, junto con su compañero salvadoreño Joaquín López, la cocinera y su hija Elba Ramos y Celina Ramos respectivamente.
El 11 de septiembre 2020, Inocente Montano, excoronel y exministro ha sido condenado a 133 años por haber ordenado tales masacres. Es una sentencia histórica después de casi 31 años. Estos crímenes no han quedado impunes. Se ha hecho justicia.
Desde 1978 a 2004, son 35 misioneros españoles los que han muerto en zonas de conflicto. Han testimoniado con su vida, con su fe y con su sangre esta tierra de América Latina. Desde diversas opciones de fe, tomaron decisiones comprometidas. No importa tanto si fueron fusilados, “desaparecidos”, asesinados, torturados, perseguidos o aniquilados. También en otros continentes.
Las congregaciones con mayor número de fallecidos son los jesuitas, sagrados corazones y maristas. Están también los paúles, dominicos, combonianos, la salle, escuelas cristianas, misioneros de África, religiosas agustinas misioneras, religiosas de Jesús y María, IEME Instituto Español de Misiones Extranjeras, así como sacerdotes de las diócesis de Toledo, San Sebastián, Pamplona, Plasencia.
Los países conflictivos: Guatemala con siete, El Salvador con cinco, El Congo con cuatro, Ruanda con cuatro, Argelia con dos, Guinea Ecuatorial con dos. Siguen en la lista con uno Nicaragua, Bolivia, Uganda, Perú, Brasil, Ecuador, Colombia, Puerto Rico, Rep. Dominicana, Albania, Burkina Faso.
En Guatemala los misioneros españoles: Faustino Villanueva V., navarro, asesinado en 1980. José María Gran Cirera, de Barcelona, asesinado en 1980 y 7 laicos guatemaltecos. Juan Alonso Fernández, asturiano, asesinado en 1981. Los tres son misioneros del Sagrado Corazón de Jesús. Son mártires en proceso de beatificación desde enero de 2020. Ángel Martínez Rodrigo, misionero seglar zaragozano, ejecutado en 1981. Carlos Pérez Alonso, jesuita burgalés ejecutado en 1981. Fernando Hoyos Rodríguez jesuita vigués, en combate 1982. Andrés Ignacio Lanz Andueza, misionero del Sagrado Corazón, en 1982. Moisés Cisneros Rgz. marista leonés ejecutado en 1991.
Juan José Gerardi, arzobispo de Guatemala presentó un informe detallado de la violación de los derechos humanos. Y tres días después el 26 de abril 1988 fue asesinado por las Fuerzas Armadas. Es la guerra civil de 1969 a 1990 con 200.000 desaparecidos. También Alejandro Labaca Ugalde, guipuzcoano, capuchino y obispo, 1987 en Ecuador. Luis Espinal, jesuita, 1980 en Bolivia. Vicente Hondarza Gómez, IEME, 1983 en Perú.
Martirio, para esta palabra de 8 letras no hay nacionalidades, ni color en los rostros de sus protagonistas. Así Leónidas Proaño el gran obispo de los indios en Riobamba (Ecuador) que con su vida entregó lo mejor de si en favor de los pobres. No hubo derramamiento de sangre, pero sí persecución. incomprensión y encarcelamiento. El 31 de agosto de 1988, nos entregó el dolor y sus 78 años de servidor.
Enrique Angelelli, obispo argentino, bajo la dictadura militar. Fue accidentado… en uno de sus muchos viajes apostólicos.
Ha sido la Iglesia de los países comunistas, que ha vivido y sufrido un martirio silencioso, con persecución y el deseo de reducirla a las catacumbas y a su extinción a lo largo de los últimos 70 años. Hasta que llegó la libertad primaveral del Espíritu el año pasado, 1989. En Polonia está el testimonio de Jerzy Popielusko, sacerdote polaco asesinado en 1980 y beatificado por el papa Benedicto XVI en el año 2010.
Es… y aquí se pueden añadir otros nombres, otras iglesias. “Morir por un pueblo puede dar más carta de ciudadanía que nacer en un pueblo”, dijo Luis Espinal asesinado por luchar en favor del pueblo boliviano.
EL maestro padeció bajo el poder de Poncio Pilato, rezamos los cristianos en el Credo de nuestra Eucaristía dominical. Hay otros que siguen padeciendo bajo el poder de… De 1990-2000 fueron asesinados 603 misioneros.
La actualidad de 2020 nos dice que son perseguidos 260 millones de cristianos en el mundo, en 50 países. Por ejemplo: 1. Corea del Norte 2. Afganistán 3. Somalía 4. Libia 5. Pakistán 6. Eritrea 7. Sudán 8. Yemen 9. Irán 10. India 11. Siria.
Del mensaje en piedra, las tablas de la ley o Decálogo, la voz de los profetas en el Antiguo Testamento, el grito esperanzado del salmista en su oración y denuncia del salmo 145, al mensaje de Mateo 5,1-12 grabado en los corazones por Jesús en la Bienaventuranzas y urgido en el juicio a las naciones de Mt 25,34-46 como materia del examen final, se está viendo ya la carta magna o constitución del cristianismo, con los dos componentes: amor a Dios y amor al prójimo que incluye el perdón al enemigo.
Jesús proclama felices, dichosos, bienaventurados, privilegia a los pobres (pequeños, olvidados, desamparados), a los limpios de corazón, a los que tienen hambre y sed de justicia, a los que trabajan por la paz, a los sufridores de persecución.
Los pone en primera línea, dice sí a la paz, a la solidaridad, a la humildad, a la bondad y al perdón, por su causa. Son signos de vida, semillas de resurrección. Nosotros por lo bajo y en nuestro interior decimos que son felices los que tienen salud, dinero y se lo pasan en grande, no importa con qué o quiénes trafican, o con qué negocios sucios, los que tienen amor no importa con quién y de qué modo, los que se ríen de todo y de todos y triunfan no importa a quienes pisotean y quitan dignidad. Jesús dice no a la violencia, riqueza, poder, prestigio. Estos son signo de no vida que provocan injusticias, indignidades, muertes.
Salmo de “las Bienaventuranzas” 145, 7-9, un creyente, el salmista reflexiona y reza diciéndose así mismo, “alaba alma mía al Señor porque -v. 7 hace justicia a los oprimidos, da pan a los hambrientos, liberta a los cautivos, v. 8 abre los ojos al ciego endereza a los que ya se doblan, v. 9 sustenta al huérfano y a la viuda, trastorna el camino de los malvados, ama a los justos”-. De fondo suena la música del leonés Ricardo Cantalapiedra… “Un día por las montañas apareció un peregrino”.

31º Aniversario Mártires de la UCA

Treinta y un aniversario de la masacre de El Salvador Los jesuitas de la UCA: «Mártires políticos por encarnar el Evangelio de Jesús y no por la fe en tal o cual Dios»
Se puede calificar a los mártires jesuitas de «mártires políticos», porque como Jesús, denunciaban la opresión, y evidentemente eso es «hacer política», política de vida
La misma dimensión política que hubo en los asesinatos de Monseñor Romero, de Rutilio el Grande, y de miles de campesinos y campesinas asesinados en El Salvador
Jon siempre dijo, que era un error, que Romero fue mártir por la justicia, por defender los derechos de los pobres, que su fe en el Dios de Jesús le llevaba a ser «portavoz de los sin voz»
Si el asesinato de Monseñor Romero llevó sin duda al grave enfrentamiento armado, el asesinato cruel de la de los jesuitas, llevaba al diálogo
Y entre medias miles de salvadoreños asesinados y masacrados, miles de masacres en todo el país, simplemente por defender los derechos humanos
Treinta y un años de martirio de la UCA, y nuestro mejor homenaje a ellos solo puede ser uno: que nuestra Iglesia, los cristianos, nuestro mundo, no nos olvidemos nunca de los pobres y los crucificados de El Salvador y de todo el mundo
16.11.2020 | Javier Sánchez, capellan cárcel de Navalcarnero
Hace treinta y un años ya, el mundo despertaba con una trágica noticia: el asesinato en masa de toda la comunidad de jesuitas que vivía en la UCA, en El Salvador, de la mujer que los atendía y de su hija. Y es famosa la frase que en esos días dijo el teólogo, y hermano de comunidad de los asesinados, Jon Sobrino, “han matado a toda mi familia”, que, por casualidades de la vida, no se encontraba en esos momentos con la comunidad, y que simplemente por eso salvó su vida, pese al enfado de los asesinos, que parece ser iban a por él como objetivo fundamental.
La familia de Jon fue asesinada sin piedad, los asesinos no escatimaron nada para acabar con todos, y por supuesto, teniendo como cómplices a los que desde siempre habían martirizado y martirizan a los pobres de El Salvador: los ricos, representados en el ejército salvadoreño, y en los sicarios que llevaron a cabo la matanza.
Matar a los jesuitas era prioritario porque ellos eran los que defendían los derechos y la dignidad de los más oprimidos y desfavorecidos, de este pequeño país salvadoreño. Estaban en guerra, es verdad, una guerra civil fraticida y cruel como todas las guerras, por supuesto; pero quizás a diferencia de otras guerras, no era una guerra de ideas o de maneras de ver la vida. La guerra salvadoreña era un enfrentamiento entre ricos y pobres; entre los que quieren vivir y entre los que nos les dejan vivir porque quieren acaparar todas las riquezas. Era una guerra de supervivencia, como la que se libra en estos momentos entre aquellos que quieren llegar a países del primer mundo desde Africa y se quedan en el mar; se trataba simplemente de querer vivir con un mínimo de dignidad, y los ricos, los terratenientes, en el fondo los mismos que mataron a Jesús de Nazaret, no les dejaban.
Los jesuitas encarnaban la defensa y la voz del “pobre y del marginado”, como dice el Padrenuestro de nuestro hermano obispo, fallecido recientemente, Pedro Casaldáliga. Eran los que desde su leer el Evangelio en clave de compromiso, intentaban vivir como lo hizo el mismo Jesús, y por eso la vida les fue arrebatada. No sólo murieron, sino que fueron asesinados por el mismo poder que mata y asesina a millones de seres humanos en todo el mundo, el poder que mata en las pateras del mediterráneo, el poder que mató a Monseñor Romero, y el poder que mató al hijo de Dios. Ese poder que estaba y está representado por los mismos de siempre, por los más ricos, por los que tienen mucho que perder, por los que oprimen. El ejército salvadoreño sin duda que no actuó solo, sino movido por los poderosos de los Estados Unidos, que veían y ven en El Salvador, un sitio especial de tránsito para sus traficantes de todo tipo.

Por eso, se puede calificar a los mártires jesuitas de “mártires políticos”, porque como Jesús, denunciaban la opresión, y evidentemente eso es “hacer política”, pero no política de partidos, como nos quieren hacer ver desde algunos sectores, es política de vida: es hacer vida lo que Jesús nos dice en el sermón del monte, en bienaventuranzas, el proyecto de vida cristiano: “Dichosos vosotros cuando os insulten y calumnien por mi causa, estad alegres y contentos porque vuestra recompensa será grande en el cielo” (Mt 5, 11 ).
La causa de Jesús de Nazaret sabemos cuál es, la causa del débil, del indefenso, del pobre, del crucificado; y los jesuitas hicieron de esa causa la causa de su vivir, y de su morir; por esa causa fueron crucificados en aquella mañana trágica, pero llena de vida, de esperanza y de pascua, del 16 de noviembre de 1989. Por tanto, en el asesinato de los jesuitas, de la mujer que los cuidaba y de su hija, había y hay una dimensión política, similar sin duda al martirio político que también existió en los primeros mártires de la primera Iglesia.
La misma dimensión política que hubo en los asesinatos de Monseñor Romero, de Rutilio el Grande, y de miles de campesinos y campesinas asesinados en El Salvador. Todavía recuerdo el enfado terrible que tuvo Jon Sobrino con la beatificación de Romero, el 23 de marzo de 2015 en San Salvador, ante el slogan que desde la misma Iglesia oficial se hizo por tal acontecimiento. “Monseñor Romero, mártir por la fe”, y Jon siempre dijo, que era un error, que Romero fue mártir por la justicia, por defender los derechos de los pobres, que su fe en el Dios de Jesús le llevaba a ser “portavoz de los sin voz”, y eso fue justo el motivo de su asesinato. No se trata de un martirio por creer en tal o en cual Dios, sino por hacer vida encarnada el mismo Dios de Jesús, el que predicó el maestro de Galilea. El asesinato de Romero, como el de los jesuitas, fue llevar a cabo un asesinato por el Reino, donde los pobres y los sencillos, los oprimidos, son siempre los últimos, y su defensa lleva a la cruz.
Por eso los primeros que acuden siempre al aniversario de la matanza de la UCA, año tras año, son siempre los pobres, el “pobrerío” salvadoreño, en palabras de San Romero de América. Así lo dice el que era provincial de la provincia jesuita aquel año, y después rector de la UCA, José María Tojeira: “el padre Pittau presidió el X aniversario del asesinato de la UCA y constató que la gente pobre estaba entrando con toda naturalidad en la universidad e iban caminando por ella con las antorchas, como por su casa”. Esos pobres, siguen acudiendo cada año para recordar y honrar a sus mártires, como también lo harán este año, en la procesión de farolillos, y en la Eucaristía de su memoria, aunque de manera distinta a otros años, por pandemia que todos estamos sufriendo.
A los jesuitas se les acusaba de comunistas y de revolucionarios, incluso desde el mismo seno de la iglesia, como acusaron a Romero, y a tantos otros. Pero los que les apoyaban y les apoyan, no son los comunistas, sino los pobres, y siempre me pregunto que sabrán esos pobres de Hegel o de Marx, que sabrán de materialismo dialéctico: ellos solo saben lo que sufren en sus carnes, en sus familias, y es la terrible injusticia social que padecen desde hace siglos. Ellos solo critican que no pueden comer, que mal viven en casas que al mínimo embate de la naturaleza se caen, ellos solo claman justicia, ellos solo reclaman un derecho a poder vivir dignamente. Pero para los poderes de cualquier tipo, incluso para los poderosos eclesiásticos, son comunistas, porque ven tambalearse su riqueza y sus puestos de poder. Igual que veía el sanedrín y los fariseos que aquel galileo ponía en juego su poder y su riqueza, y por eso lo asesinaron. No, no es lucha entre ateos comunistas y falsos creyentes, es lucha de vida, es lucha de reivindicar que todos somos iguales, que todos somos hermanos y que la tierra y los bienes que hay en ella son para todos.
Por eso, los mártires de la UCA, a quien conmemoramos un año más, son mártires de la doctrina social de la Iglesia, que es lo mismo que decir que son mártires del Evangelio de Jesús y de su causa, la causa del Reino.
Ese Reino que nos hace vernos como hermanos y hace que todos tengamos derecho a las mismas oportunidades y dignidad de vida, una realidad que aún hoy, después de tantos años, sigue sin resolverse en El Salvador. Los mártires de la UCA fueron asesinados por el mismo odio que mató a Monseñor Romero, en palabras del que era obispo en aquel momento Monseñor Rivera y Damas. Tanto odio tenían los que los mataron que no pudieron por menos que tirotear una fotografía del Santo Romero, que estaba en la Universidad, y quemar otra de ellas. Ese odio que hacia que vieran que Romero y su proyecto, como el de Jesús aun permanecía y permanece vivo en el pueblo. Un proyecto de vida que no terminó con el asesinato de Jesus de Nazaret, hace veinte siglos, ni con el asesinato reciente de Romero, Rutilio el Grande y los pobres de El Salvador.
Y además este martirio resultó ser lo contrario de lo que pretendían los asesinos, el martirio obligo al gobierno y a los poderes del ejército hacia los acuerdos de paz posteriores. El sacrificio de los jesuitas animó a tener más libertad y a frenar la idea que podía rondar de una solución militar para el conflicto armado.Fue tan deleznable este martirio que no tuvieron más remedio que sentarse a dialogar. “El empate técnico” que podríamos decir existía hasta entonces, entre el ejército y la guerrilla, se decantó hacia la irreversible paz.
Monseñor Romero había avisado en sus últimos días, antes de ser asesinado, de un enfrentamiento armado cruel si no se resolvían los problemas de justicia social del país; su asesinato sin duda llevo al grave enfrentamiento armado; ahora el asesinato cruel de la misma manera de los jesuitas, llevaba al diálogo. Y entre medias miles de salvadoreños asesinados y masacrados, miles de masacres en todo el país, simplemente por defender los derechos humanos. El asesinato de San Romero marca el comienzo del enfrentamiento, que es verdad ya existía larvado antes y el martirio de los jesuitas aboca al final. “ Morirá un obispo, pero La Iglesia, que es pueblo, vivirá para siempre”, que había alertado Monseñor Romero antes de su asesinato. Esa Iglesia que estuvo también presente después de su asesinato en los mártires de parroquias y comunidades, y también en los jesuitas. Aunque también es verdad que la Iglesia oficial tardó mucho en entender todo esto. Ha sido necesaria la llegada del papa Francisco a Roma, para poder entender el papel de la Iglesia salvadoreña en el conflicto y armado y en la denuncia de la injusticia social en un país como El Salvador, y por ende de todo lo que supuso y supone aún la Teología de la liberación. Una Teología que, como dice Jon Sobrino, nunca puede morir y por desgracia sigue estando de modo, “porque mientras haya pobres en el mundo, la Iglesia y la teología tienen algo que decirles”.
Por desgracia, todavía hoy en muchos sectores de nuestro mundo y de nuestra Iglesia, defender los derechos humanos y a los pobres, es considerado como de izquierdas, como en contra de lo establecido. Y es necesario, a mi entender, recuperar las palabras del Evangelio, que San Lucas nos relata: “Dichosos los pobres, porque vuestro es el Reino de Dios… ¡ay de vosotros, los ricos, porque ya habéis recibido vuestro consuelo”, quizás Lucas y su comunidad, y el mismo Jesús de Nazaret, también eran de izquierdas. Por eso, desde nuestra Iglesia es necesario seguir denunciando esta situación de injusticia. Fue el encargo que le hizo el Cardenal Hummes al recién elegido Bergoglio, papa Francisco, “no te olvides de los pobres”, porque en el fondo olvidarse de ellos, sería no solo un olvido ético, sino también un olvido teológico: sería el olvido del Dios de Jesús, que está siempre a favor de los más crucificados, y que a través de ellos, desde el mismo relato del génesis, Dios nos pide cuentas, con la pregunta que le hace a Caín: “Donde está tu hermano?” (Gn 4,9).
Los pobres siguen presentes en El Salvador y en muchos países y lugares de nuestro mundo, por eso la causa de Jesús y de los que se toman en serio su seguimiento sigue abierta. Hace dos años canonizaron al Santo de América, y pronto, en palabras de Tojeira podrían beatificar a Rutilio y a los jesuitas, pero también junto a ellos a todos los que murieron de manera anónima por la misma causa y siguen muriendo. Por eso es importante reconocer que el pueblo es el que puede solucionar los problemas y no el poder, la solución a los conflictos, aunque más lenta, tiene que venir por la conciencia de la gente de lo que es más importante. Y esta idea comienza a despuntar en El Salvador, sobre todo cuando ellos van viendo que desde una adecuada educación por ejemplo es posible salir de la pobreza.
Treinta y un años de martirio de la UCA, y nuestro mejor homenaje a ellos solo puede ser uno, el mismo consejo del cardenal Hummes al papa Francisco: que nuestra Iglesia, que los cristianos, que nuestro mundo, no nos olvidemos nunca de los pobres y los crucificados de El Salvador y de todo el mundo.