La conflictividad de los profetas

Por Rodolfo Cardenal
Es mal asunto provocar un conflicto religioso y dar pie a la denuncia de persecución religiosa. La imprudencia y la hipersensibilidad a la crítica hacen que el régimen de los Bukele se vuelva intolerante e insolente. El enfrentamiento religioso que asoma revive el de Mons. Romero y el del P. Rutilio Grande con el Ejército y la oligarquía agroexportadora. La inminente beatificación de este último, junto con dos campesinos, pone en aprietos a un régimen que no conoce el límite. La elevación a los altares católicos de estos últimos y del fraile Cosme Spessotto, víctimas de la persecución religiosa y del odio a la fe, es una ocasión para recapacitar sobre la función profética de la fe en una sociedad injusta y violenta.

“Nadie se interpondrá entre Dios y su pueblo para sacar adelante a nuestro país”, ha sentenciado Bukele, en un par de ocasiones. La frase es lapidaria y equívoca. Por pueblo ha de entenderse él mismo, ya que se ha arrogado su representación, en virtud del resultado de las urnas. El mismo argumento utiliza para desechar las críticas sobre la anulación de la libertad legislativa y judicial. En clave presidencial, Bukele es el pueblo. Y nadie, según su sentencia, se interpondrá entre él y Dios. Así como nadie se interpone entre él y los otros dos poderes del Estado. En consecuencia, las improvisaciones, las contradicciones y las diatribas presidenciales serían todas ellas obra divina.

Sin embargo, el Dios de la Biblia se vale de intermediarios para salvar a su pueblo. Los patriarcas pusieron los cimientos de dicho pueblo. Moisés lo liberó de la esclavitud de Egipto. Los jueces lo gobernaron, le administraron justicia y lo dirigieron militarmente. Cuando el pueblo pidió reyes, Dios se los dio, pero les envió profetas para recordarle que deseaba justicia, no plegarias y sacrificios. Finalmente, envió a su hijo Jesús, su palabra encarnada.

Entre Dios y su pueblo siempre se ha interpuesto el pecado. El pueblo liberado renegó de Dios en varias ocasiones durante la travesía por el desierto. Una vez en la tierra prometida, cometió innumerables crímenes, que jueces y profetas intentaron remediar. “Ya se te ha dicho […] lo que es bueno y lo que el Señor te exige: tan solo que practiques la justicia, que quieras con ternura y camines humildemente con tu Dios” (Miq 6,8)”. A pesar de ello, el pueblo tomó otro camino. “Cuando rezan con las manos extendidas, aparto mis ojos para no verlas, aunque multipliquen sus plegarias, no las escucho, porque hay sangre en sus manos” (Is 1,15). “Alejen de mis ojos sus malas acciones, dejen de hacer el mal y aprendan a hacer el bien. Busquen la justicia, den sus derechos al oprimido, hagan justicia al huérfano y defiendan a la viuda” (Is 1,15-16). Estos llamados resultaron tan insoportables que los profetas acabaron mal. Por eso, Jesús exclamó: “¡Jerusalén, Jerusalén, que matas a los profetas y apedreas a los que se te envían!” (Mt 23,37).

Arrogarse la encarnación del pueblo no libra del pecado. Esa apropiación es una necedad típicamente humana. Relativizarla diciendo de sí mismo que es “el dictador más cool del mundo mundial”, aparte del pésimo manejo del español, no la hace menos presuntuosa. La naturaleza humana está atravesada por la desmesura del orgullo y de la arrogancia. Sin justicia, sin reconocer los derechos del oprimido y sin defender a la viuda es imposible construir la sociedad anunciada por Bukele. Tampoco es posible caminar en la presencia de Dios, que aparta su mirada de las manos manchadas de sangre, aun cuando se levanten en oración.

No existe, pues, conexión directa entre el Dios bíblico y su presunto representante salvadoreño. Tampoco sus obras son voluntad divina. “Soberbia, arrogancia, mal proceder y boca mentirosa, todo eso lo aborrezco” (Pro 8,13). El camino que Bukele y sus hermanos recorren no es el querido por Dios. Más prudente sería dejar a Dios fuera de la retórica política. Más sabio sería volverse hacía él y cambiar de rumbo. Bukele y los suyos no salen bien parados cuando incursionan el ámbito religioso, porque intentan manipular a un Dios mucho más grande que ellos. Sin embargo, lo sagrado parece ejercer en ellos un atractivo especial. Tal vez porque la altivez está reñida con la cordura. Tal vez porque en el ámbito de lo sagrado encuentran una legitimación que les es negada en la esfera de la secularidad política. En cualquier caso, es pretencioso manchar la divinidad con intereses egoístas para obtener la aprobación popular.

Los profetas son necesarios para llamar a la conversión y, por ello, son ultrajados y asesinados. Sin embargo, Dios no desiste y los sigue enviando. Envió al P. Rutilio Grande, a Mons. Romero, al fraile menor Cosme Spessotto y a otros muchos, aún no reconocidos oficialmente por la Iglesia católica. Estos profetas son prueba del primor con el que Dios cuida del pueblo salvadoreño. Ojala escuchemos hoy su voz, que habla a través de sus profetas.

Miriam, la profeta que desafió a Moisés

Las Escrituras de Israel mencionan a cinco mujeres “profetas”Miriam (Éxodo 15, 20), Débora (Jueces 4, 4), Culda (2 Reyes 22, 14; 2 Crónicas 34, 22), la madre del hijo de Isaías (Isaías 8, 3) y Noadia (Nehemías 6, 14). Joel 3, 1-2 y Ezequiel 13, 17 mencionan mujeres que profetizan y el Talmud, un compendio hebreo post bíblico, añade Sarah, Ana, Abigail y Esther.

El Nuevo Testamento describe a varias mujeres que profetizan, entre ellas Ana (Lucas 2, 36-37), las cuatro hijas de Felipe (Hechos 21, 9) y algunas mujeres de la congregación de Corinto (1 Corintios 11, 5).

Los profetas bíblicos transmiten mensajes de justicia, es decir, ofrecen una idea de lo que debería y podría ser. A menudo desafían el statu quo. Cuando hay resistencia, muestran convicción y valor.

Miriam es el modelo de profetisa. Aunque se desconoce el origen de su nombre, la tradición judía ofrece dos lecturas. En primer lugar, podría derivar de la palabra hebrea que expresa la amargura y, por lo tanto, reflejar el nacimiento en esclavitud de Miriam (Éxodo 1, 14). Pero también podría provenir de la palabra hebrea que significa “rebelión”.

Según Éxodo 2, el faraón, señor de Egipto, ordenó ahogar a todos los niños varones nacidos de esclavos judíos. Una madre judía colocó entonces a su hijo en una canasta en el Nilo con la esperanza de que un egipcio lo salvara. La hija del faraón vio al niño, dedujo que era israelita y, desafiando las órdenes de su padre, decidió criarlo.

Fue entonces cuando la hermana del bebé, identificada más tarde con Miriam, aseguró: “¿Quieres que yo vaya y llame una nodriza de entre las hebreas para que te críe este niño?” (Éxodo 2, 7). Cuando los israelitas finalmente escaparon de la esclavitud, Moisés y los israelitas cantaron una canción que exalta la salvación de Dios (Éxodo 15, 1).

Sin embargo, Éxodo 15, 20-21 dice: “María, la profetisa, hermana de Aarón tomó en sus manos un tímpano y todas las mujeres la seguían con tímpanos y danzando en coro. Y María les entonaba el estribillo: Cantad (masculino plural) a Yahveh pues se cubrió de gloria arrojando en el mar caballos y carros”.

Contra Moisés

Además de las mujeres, Miriam animó a los hombres a cantar también. Además, dado que mujeres como Débora (Jueces 5), Ana (1 Samuel 2, 1-10) y Judit (Judit 16) celebraron la victoria con cánticos, es probable que María compusiera el Cántico de Moisés original.

Finalmente, Miriam incluso desafió a Moisés. “María y Aarón murmuraron contra Moisés por causa de la mujer kusita que había tomado por esposa: por haberse casado con una kusita”. (Números 12, 1). En este versículo se menciona a Miriam antes que a su hermano, el sacerdote Aarón, y además el verbo hebreo traducido como “habló” está en singular femenino. Cuando la sintaxis hebrea usa la forma femenina singular del verbo para un sujeto compuesto mixto (por ejemplo, Génesis 33, 7), el énfasis se pone en la mujer.

En nombre de la esposa

La queja de Miriam no estaba dirigida contra un matrimonio mixto con una mujer kusita (un término que probablemente indica Etiopía; la antigua paráfrasis aramea hebrea de este versículo equipara “cusita” a “hermosa”). Más bien, Miriam habla en nombre de esta esposa, ya que Moisés, que permanece ritualmente puro debido a su frecuente contacto con lo divino, no es un buen esposo.

Cuando ella (y Aarón) preguntan: “¿Es que Yahveh no ha hablado más que con Moisés? ¿No ha hablado también con nosotros?” (Números 12, 2). La respuesta es “sí, Él también habló a través de vosotros”. Dios envía la lepra a Miriam por haber desafiado la autoridad de Moisés, pero los israelitas esperan a que ella sea sanada antes de continuar su viaje. El profeta Miqueas (6, 4) afirma que Dios envió a “Moisés, Aarón y Miriam” para guiar al pueblo.

Más de un milenio después, otra Miriam protegió a un niño, desafió a la autoridad y celebró la victoria de Dios. Lucas 1:27 identifica “una virgen, desposada con un hombre (…) llamado José”. El nombre de la virgen era Mariam, una traducción griega del hebreo Miriam.

Éxodo

El nombre recuerda a esa otra Miriam que sacó a su pueblo de la esclavitud. También recuerda a Mariamne, la esposa asmodea de Herodes el Grande, que representaba al gobierno judío en lugar del romano. Cuando Mariam canta “ha puesto los ojos en la humildad de su esclava” (en griego: doule; Lucas 1:48) recordamos a Miriam y a su pueblo, esclavos en Egipto.

Cuando Mariam proclama “derribó a los potentados de sus tronos y exaltó a los humildes” (Lc 1, 52) recordamos el éxodo. Miriam y su tocaya Mariam son profetisas cuyas palabras y hechos resisten contra cualquier cosa que impida prosperar a los hombres

La Buena Noticia del Dgo. 14º – B

¿De dónde saca todo eso?

Nadie es profeta en su tierra

Lectura de la Palabra

MARCOS 6, 1-6

1 Y salió de aquel lugar. Fue a su tierra, seguido de sus discípulos.

2 Cuando llegó el día de precepto se puso a enseñar en la sinagoga; la mayoría, al oírlo, decían impresionados:

– ¿De dónde le vienen a éste esas cosas? ¿Qué clase de saber le han comunicado a éste y qué clase de fuerzas son esas que le salen de las manos? 3 ¿No es éste el carpintero, el hijo de María y hermano de Santiago y José, de Judas y Simón? y ¿no están sus hermanas aquí con nosotros? Y se escandalizaban de él.

4 Jesús les dijo:

– No hay profeta despreciado, excepto en su tierra, entre sus parientes y en su casa.

5 No le fue posible de ningún modo actuar allí con fuerza; sólo curó a unos pocos postrados aplicándoles las manos. 6 Y estaba sorprendido de su falta de fe. Entonces fue dando una vuelta por las aldeas de alrededor, enseñando.

Comentario

SABIO Y CURADOR

No tenía poder cultural como los escribas. No era un intelectual con estudios. Tampoco poseía el poder sagrado de los sacerdotes del templo. No era miembro de una familia honorable ni pertenecía a las élites urbanas de Séforis o Tiberíades. Jesús era un obrero de la construcción de una aldea desconocida de la Baja Galilea.

No había estudiado en ninguna escuela rabínica. No se dedicaba a explicar la ley. No le preocupaban las discusiones doctrinales. No se interesó nunca por los ritos del templo. La gente lo veía como un maestro que enseñaba a entender y vivir la vida de manera diferente.

Según Marcos, cuando Jesús llega a Nazaret acompañado por sus discípulos, sus vecinos quedan sorprendidos por dos cosas: la sabiduría de su corazón y la fuerza curadora de sus manos. Era lo que más atraía a la gente. Jesús no es un pensador que explica una doctrina, sino un sabio que comunica su experiencia de Dios y enseña a vivir bajo el signo del amor. No es un líder autoritario que impone su poder, sino un curador que sana la vida y alivia el sufrimiento.

Sin embargo, las gentes de Nazaret no lo aceptan. Neutralizan su presencia con toda clase de preguntas, sospechas y recelos. No se dejan enseñar por él ni se abren a su fuerza curadora. Jesús no logra acercarlos a Dios ni curar a todos, como hubiera deseado.

A Jesús no se le puede entender desde fuera. Hay que entrar en contacto con él. Dejar que nos enseñe cosas tan decisivas como la alegría de vivir, la compasión o la voluntad de crear un mundo más justo. Dejar que nos ayude a vivir en la presencia amistosa y cercana de Dios. Cuando uno se acerca a Jesús, no se siente atraído por una doctrina, sino invitado a vivir de manera nueva.

Por otra parte, para experimentar su fuerza salvadora es necesario dejarnos curar por él: recuperar poco a poco la libertad interior, liberarnos de miedos que nos paralizan, atrevernos a salir de la mediocridad. Jesús sigue hoy «imponiendo sus manos». Solo se curan quienes creen en él.

José Antonio Pagola

Testigos de la Palabra

Luis Espinal

(Luis Espinal Camps, conocido también como Lucho Espinal; Sant Fruitós de Bages, Barcelona, España, 1932 – La Paz, 1980) Jesuita boliviano de origen español que destacó por su compromiso con los desfavorecidos y su actitud crítica frente a la alianza de la Iglesia católica con los sectores conservadores en el poder. Fue brutalmente asesinado por elementos paramilitares en 1980.

En 1976 fue cofundador de la Asamblea de Derechos Humanos. En 1977 participó en un ayuno político que por poco le cuesta la vida, pero que contribuyó a que, después de casi siete años de dictadura, se pudiera estructurar una oposición política que acabaría forzando la renuncia de Hugo Banzer. En esa huelga de hambre de casi tres semanas vivió día y noche al lado de las familias de los mineros.

Esta experiencia le penetró más profundamente que cualquier otra. Por primera vez en la vida se sintió como «un pequeño burgués intelectual útil al pueblo». Aunque desde 1970 gozaba de la ciudadanía boliviana, fue consciente de que en toda su vida no había pasado nunca el hambre real que atormenta al pueblo a diario y a la fuerza: «Me ha ayudado a comprender mejor al pueblo hambriento. El hambre es una experiencia de violencia, que nos permite entender la osadía y la ira de un pueblo. Quien la experimenta por sí mismo, advierte mejor la urgencia de trabajar por la justicia en el mundo».

Cuando en diciembre de 1979 campesinos del altiplano, reclamando precios más justos, mejores condiciones de vida y educación y atención médica, bloquearon la carretera entre La Paz y Oruro, los medios de comunicación los acusaron de vulnerar los derechos humanos al retener en lugares apartados a familias con niños pequeños. Espinal aprovechó esta ocasión para llamar la atención sobre el abandono general de los derechos e intereses de la población rural.

Este proceso de solidaridad progresiva e identificación con el pueblo sencillo terminó contra su voluntad. En último término, no compartió tan sólo el destino de los más pobres, sino también el de cuantos son directamente eliminados. Detenido por elementos paramilitares y torturado, fue asesinado el 21 de marzo de 1980. De su libro Religión es una famosa cita que resume la exigencia ética que le costó la vida: «quien no tiene la valentía de hablar por los hombres, tampoco tiene el derecho de hablar de Dios».

Necesitamos profetas

Por Gabriel Mª Otalora

Quizá hubiese sido mejor un titular que resalte la necesidad de descubrir y seguir a los profetas de nuestro tiempo, pero un titular es algo más breve. Al menos lo destacamos al principio, cuando no pocos leen los textos proféticos bíblicos como sobre una pátina de alcanfor propia de un ropaje antiguo cuando sus mensajes son atemporales. Lo cierto es que algo fuerte expresan para que, por ejemplo del profeta Jeremías, los príncipes dijeran al rey: “Muera ese Jeremías, porque desmoraliza a los soldados que quedan en la ciudad y a todo el pueblo, con semejantes discursos” (Jer 38,4).
Profecía no significa prever el futuro sino la comprensión de los signos del tiempo presente a la luz de palabra de Dios. Y el don de ser verdadero profeta viene marcado por san Pablo: aunque posea el don de profecía e incluso tenga una fe que mueva montañas, si no tengo amor, no soy nada (Cor 13). Este tiempo nuestro no facilita visualizar los profetas que, sin duda, el Espíritu nos pone para iluminar el verdadero camino de la evangelización conforme a nuestros carismas, regalo también del Espíritu. Sin embargo, no somos capaces de reconocer a los profetas actuales; ni siquiera consideramos como tal al Papa Francisco. Incluso el profeta nos parece una figura anacrónica, impropia del siglo XXI cuando lo cierto es que actúa con la máxima fidelidad al evangelio. Por eso hace chirriar nuestros goznes estructurales injustos mientras tildamos a su mensaje de soflama política en lugar de como una verdadera denuncia profética.
La aspiración de toda denuncia profética es afirmar la vida, advertir y condenar los signos de muerte, pero siempre señalando senderos de esperanza con mano tendida. Y cuando es verdaderamente la voz de Dios, es también la voz del oprimido, la voz de los que no tienen voz. Recordemos que los hubo bien humildes, como Moisés, al que Dios escoge siendo tartamudo para poner en él sus palabras sagradas. O como Oseas, un pastor elegido por Dios para enfrentarse nada menos que a las autoridades religiosas de su tiempo.
La denuncia profética no busca beneficios particulares sino el cambio o conversión, la instauración de la justicia, la construcción de nuevas relaciones basadas en la dignidad humana asumiendo el dolor de otros con un profundo sentido solidario. La voz profética de la Iglesia, en suma, es un gran compromiso en medio de una sociedad compleja y desnortada que necesita escuchar la voz de Dios para reorientar sus acciones. Seguir leyendo

Las dos Navidades (1.2)

Las dos Navidades 1/2

En los tiempos que vivimos, muchos eventos nos recuerdan que somos humanos frágiles y que todo puede pasar sin quererlo. Con todos los siglos que nos precedieron aprendemos que el “espíritu” que acompaña a cada persona humana no refleja siempre el bien, querido por su creador.
Existe un espíritu del mal que contamina personas, pueblos, naciones y muchas instituciones a carácter humano y religioso con fines de conquistas, de dominación y de prestigio.
El pueblo de Israel no escapó a esas fuerzas contaminantes que convirtieron el proyecto previsto por Yahvé en proyecto respondiendo mas a sus intereses y privilegios. Grandes sacerdotes y reyes se impusieron para guiar este mismo pueblo por un camino otro que no era el camino querido por Yahvé.
22.12.2020 | oscar Fortin
Un pueblo en la espera de su Mesías

El contexto de la primera Navidad
Los profetas del Antiguo testamento habían anunciado un Mesías, mandado por Dios para salvar su pueblo de las calamidades de las cuales eran victimas. . El pueblo no sabia cuando y como llegaría. Lo reclamaban con esperanza para que les libere de esas calamidades.
Importa recordar que, en aquel tiempo, este pueblo había recorrido dos mil anos, creyendo en Abraham, Isaac, Jacob así que en Moisés, el libertador del pueblo israelita de su esclavitud en Egipto. Sabía de los mandamientos de Yahvé, dados a Moisés sobre el monte Sinaí. Todo a lo largo de los siglos, reyes y sacerdotesse impusieron como representantes de Yahvé y protectores de los mandamientos de Dios. La fe, en Yahvé, se convirtió progresivamente en “religión y cultos” que encuadraban las practicas religiosas del pueblo hebraico. Profetas, como Isaías, Jeremía, Ezequiel, Daniel y muchos otros alzaron la vozpara denunciar las deviaciones de la fe en religióny recordar a esos nuevos maestros de los cultos y de la religión hebraica que el culto que le gusta a Yahvées la justicia, la verdad y respeto de los unos con los otros.
Isaías 1:13 ^
No me traigáis más vano presente: el perfume me es abominación: luna nueva y sábado, el convocar asambleas, no las puedo sufrir: son iniquidad vuestras solemnidades.
Isaías 1:17^
Aprended á hacer bien: buscad juicio, restituid al agraviado, oíd en derecho al huérfano, amparad á la viuda.
Los pobres y humildes esperaban la llegada del Mesías, el gran libertador prometido. Su llegada fue celebrada por los pastores que rodeaban el pesebre de Belén, en que María lo había encubierto para que no tenga frio. Hasta los Ángeles , según la tradición, cantaron “Gloria a Dios de los cielos y paz sobre la tierra a toda persona de buena voluntad”.
Los que esperaban la llegada gloriosa de un Rey, emperador, con todos los prestigios del gran maestro del mundo, se quedaron muy decepcionados. Son los Reyes del Oriente que vinieron, guiados por la Estrella polar, a reconocer el mesías, mandado por Yahvé.
Dos mil años habían pasados. Existía un panorama que ponía de relieve los distintos conflictos que dividían personas, pueblos y naciones. Los mandamientos de Yahvé à Moisés se habían transformados, con los años, en instituciones religiosas con grandes sacerdotes y templos, con leyes yendo de lo que se podía comer a lo que se permitía hacer y caminar en los días de sábado. Todo se había vuelto culto de religión. La llegada de Jesús, el mesita, iba a cambiar las cosas..
Mandado de Yahvé y anunciado por los profetas fue reconocido oficialmente por su Padre celestial, cuya voz se hizo oír en el momento de su bautizo en el Jordán : Mateo 3:17^Y he aquí una voz de los cielos que decía: Este es mi Hijo amado, en el cual tengo contentamiento.”
Sometido a prueba, en el desierto, por Satán, el diablo, el padre de la mentira, Jesús no se dejo llevar por sus tentaciones, confirmando así su fidelidad a la voluntad de su Padre y a la misión que lo esperaba. Luca, 4, 1-14
http://www.transcripture.com/francais-espagnol-luc-4.html
¿En qué consiste esta voluntad del Padre para toda la Humanidad?
Ante todo hay que poner de relieve que la llegada de Jesús en nuestra humanidad se hizo en la sencillez y la humildad. Tuvo una vida ejemplar y humilde, acompañada de un mensaje que va a lo esencial de todo lo que humaniza y reunifica las relaciones entre las personas, de manera a generar una gran fraternidad y solidaridad entre todos y todas. ¿Cuántas veces ha repetido que la voluntad de su Padre era que nos amemos los unos a los otros?
Durante esos tres años, Jesús ha recorrido los caminos de Galilea, hablando de la buena noticia del reino del Padre, sanando a enfermos, dando la vista a los que la habían perdida, perdonando a los pecadores, denunciando a los hipócritas y a los que se alejaban del prójimo, dándose valores a si mismos y poniendo sobre las espaldas de los humildes lo que ellos no quieren llevar.
Mateo 23:4 ^
Porque atan cargas pesadas y difíciles de llevar, y las ponen sobre los hombros de los hombres; mas ni aun con su dedo las quieren mover.
Mateo 23:13 ^
Mas ¡ay de vosotros, escribas y Fariseos, hipócritas! porque cerráis el reino de los cielos delante de los hombres; que ni vosotros entráis, ni á los que están entrando dejáis entrar.
Sus palabras a los escribes y sacerdotes merecen ser leídas (Mt.23) con mucha atención. Reflejan la mentalidad de ese periodo y anticipan la mentalidad de los que se confirmaran grandes sacerdotes en la Iglesia de los siglos a venir.
Nada de sorprendente que esos mismos escribes y sacerdotes movilizaran al pueblo para que el pueblo elija a Barrabas para ser liberado y no a Jesús. Pilato lo condenóa la muerte de la cruz con el apoyo de esos últimos. Por sus adversarios, Jesús era un impostor que merece ser condenado a muerte. Pilato, bajo presión de ellos, lo condenó a muerte sobre una cruz.
El mensaje dejado por Jesús en esta primera navidad es la humanización de nuestras relaciones los unos con los otros. En la humanidad, querido por su Padre, cada persona, creyente o no, tiene su identidad, su forma de ser, de pensar y de actuar. Una Humanidad en que vive la fraternidad, la solidaridad, la verdad, la justicia, la misericordia de los unos con los otros etc.
En cada una de las personas hay un destino que se revela a lo largo de su camino, haciendo posible resistir a las tentaciones de un “espíritu malo” que no quiere saber nada de esa Humanidad cuyo gran maestro es un Padre. La palabra padre no cuadra con la palabra imperador, dominante, dictador etc… Para ellos la humanidad no es una familia, sino una oportunidad de imponerse y de hacer de ella lo que mas les da gana.
Jesús, antes de dejar a sus apóstoles les había avisado que este mundo iba a conocer un fin y que su Padre mandaría a su hijo para hacer nuevo el cielo y la tierra con una Humanidad renovada.
https://www.biblegateway.com/passage/?search=Mateo%2024&version=CST
Ese nacimiento de Jesús, seguido de su resurrección, es la respuesta del Padre a las fuerzas del mal que contaminan, por sus acciones de dominación todo lo que hay de humano en las personas. Jesús, al despedirse de sus seguidores, les dijo que seguirá presente y activo en el corazón de cada uno. Que su Espíritu estará presente dando sus dones, como bueno lo entenderá.
Todo este mensaje de Jesús se encuentra expresado en la narración del Juicio final (Mt. 25, 31-46)
Oscar fortin

En Navidad, despiertan los profetas

Antonio de Montesinos

Toño Casado: «Ser profeta es saberse destinado a la afonía. No hay nadie que te escuche…»

«Agrietados los ojos al completar la verdad de las cosas, Esa verdad terrible, Agrietado el corazón por la angustia De sentirse vencidos y empujados Por Dios A salir al paso de los hombres y mujeres Que será muy posible que nunca les escuchen Y que probablemente Sean un eco de piedras y desprecios»
«Pero no calles, por favor, no calles, Profeta del Adviento. Que mientras sea de noche, mientras haya destierro, Mientras haya tristeza y opresión de unos pocos»
06.12.2020 Toño Casado
Los profetas eran hombres hechos de raíces
Que vivían en las rendijas del desierto
Agrietada la piel como la tierra seca,
Agrietados los ojos al completar la verdad de las cosas,
Esa verdad terrible,
Agrietado el corazón por la angustia
De sentirse vencidos y empujados
Por Dios
A salir al paso de los hombres y mujeres
Que será muy posible que nunca les escuchen
Y que probablemente
Sean un eco de piedras y desprecios.
Ser profeta es una carga
Tan terrible, tan dura, tan difícil,
Como de librarse de ella.
No hay ballena que pueda tragarte,
No hay destino que pueda evadirte
De Nínives que viven en perenne injusticia,
Sodomas al borde del abismo
De la destrucción causada por el fuego,
Actores autodestructivos
Ante un público de sal ausente.
Jerusalén que mata a sus profetas…
Ser profeta es saberse destinado
A la afonía. No hay nadie que te escuche…
“Preparad el camino al Señor”.
Decía aquel ante un lote de curiosos,
Que le veían vestido de camello,
Como los muñecos tan tristes de la puerta del sol.
Profeta que señala con el dedo
Al Cordero de Dios
Que iba a quitar los pecados del mundo,
Y acabó con su sangre
Liberando a la humanidad inconsciente
Que sigue día a día
Hastiada por la prisa, tan perdida
En sus días y sus noches, que nunca se terminan.
Profeta Juan
Que acabó como muchos,
Perdiendo la cabeza por una mujer,
Aunque en esta ocasión,
Fue una danza la que inclinó la hoja,
Capricho de una reina despechada,
Que acalló la voz terrible del profeta
En un charco de sangre
De una bandeja roja y plateada.
Es difícil ser profeta
En tiempos de desdichas,
Apuntalar la esperanza destruida,
Anunciar amaneceres y jardines preciosos y futuros
Mientras la noche es la evidencia
Y el desierto no tiene ni confines,
Aventura imposible de sed y de cansancios.
Pero no calles, por favor, no calles,
Profeta del Adviento.
Que mientras sea de noche, mientras haya destierro,
Mientras haya tristeza y opresión de unos pocos
A unos muchos,
Hacen falta valientes como tú,
Que levanten del móvil la cabeza
Y así observen sin miedo la verdad de la gente
Y con valor les griten tres o cuatros verdades
Y del sueño despierten,
Y se pongan manos a la obra
A preparar caminos que lleven a lugares mejores,
Caminos que nos unan a otras gentes,
Y nos llevan a casa de amigos que perdimos.
No te calles profeta, no te calles.
Yo te escucho.
Y con las manos arañando el suelo
Volveré a hacer sendas nuevas
Que me lleven a Dios ahora cercano.
No te calles profeta.
No te calles

Año de la Biblia-Los Profetas II

LOS PROFETAS (II). DESDE AMÓS AL DESTIERRO

Written by Gonzalo Haya

Los cuatro grandes profetas del siglo VIII a. C. nos resultarán más cercanos porque vivieron una situación más parecida a la nuestra de prosperidad para los ricos y de extrema desigualdad con los empobrecidos. Denunciaron, con duro lenguaje la desigualdad social, la corrupción de los ricos, la corrupción religiosa, y una religión más centrada en unas prácticas superficiales que en la solidaridad humana.

Amós (780-740 a. C.)

Amós, el profeta de la justicia, era un pastor del reino del Sur que fue enviado por Dios al reino del Norte para denunciar las injusticias sociales, políticas y religiosas, hasta que fue expulsado por el sacerdote Ananías por sus invectivas contra el rey Jeroboán. Tuvo una acertada visión política al prever, contra todas las circunstancias, la deportación del pueblo, que anunció como castigo de Dios. Y una visión universalista sobre Dios, que superaba el nacionalismo judío: “Esto dice el Señor, cuyo nombre es Dios del universo” (Am 5,27).

Su lenguaje es duro, extremista, unilateral y sarcástico, con metáforas muy expresivas, pero también con nombres y situaciones concretas que resultarían ofensivas para muchos de sus oyentes, aunque a nosotros nos dicen poco porque desconocemos las situaciones a las que alude; podemos hacernos una idea recordando los sermones de fray Antonio de Montesinos a los militares y colonos en La Española.

Para que caigamos en la cuenta de la crudeza de este lenguaje, Sicre pone unos ejemplos de su equivalente a nuestra vida actual, como este oráculo (que seguramente nos escandalizará) sobre el culto y la falsa seguridad religiosa que se le atribuía.

 Así dice el Señor a la casa de Israel:

Buscadme y viviréis; no busquéis a Betel,

no vayáis a Guilgal,

no os dirijáis a Berseba;

que Guilgal irá cautiva y Betel se volverá Betavén

Buscad al Señor y viviréis (Am 5,4-5)

  Así dice el Señor a los católicos:

Interesaos por mí y viviréis;

Pero no os intereséis por el Pilar,

no vayáis a Santiago,

no acudáis al Rocío.

Que el Pilar caerá por tierra,

y el Rocío se volverá tormenta.

Interesaos por el Señor y viviréis.

Interesarse por Dios es denunciar y eliminar las injusticias sociales, como expresa más adelante: “Detesto y aborrezco vuestras fiestas, me disgustan vuestras asambleas. Me presentáis vuestros holocaustos, vuestras ofrendas que yo no acepto… Que fluya el derecho como agua, y la justicia como un río inagotable” (Am 5,21-24); “Y porque pisoteáis al indigente exigiéndole el impuesto del grano, no habitaréis esas casas construidas sirviéndoos de piedras talladas…” (Am 5,11).

Como dice Spong, “Después de Amós, adoración y justicia ya nunca más estarían separados para el judaísmo verdadero…la justicia entre los hombres sería la expresión de la verdadera liturgia divina”.

Oseas (800-725)

Igual que Amós, Oseas profetizó en el reino del Norte, denunció con duro lenguaje las injusticias sociales, la idolatría, la corrupción de los sacerdotes y de la casa real, y el culto superficial a Yahvé, pero su enfoque es distinto. Oseas es el profeta del amor, del amor de padre (c. 11) y del amor de esposo celoso que amenaza pero luego perdona las infidelidades del pueblo.

La profecía de Oseas es un gran poema de amor que cambia la imagen de un Dios legislador y juez por la de un amor ilimitado, expresado no sólo con palabras sino con su propia vida. Su lenguaje es claro, emocional, y perfectamente asequible para nosotros. Su vida fue un reflejo de la relación de amor sin límite de Yahvé con su pueblo. Vida y mensaje coinciden.

Se casó con una prostituta porque, como expresa al inicio del libro “El Señor dijo a Oseas: anda, cásate con una prostituta” (1,2), “porque así también el Señor ama los israelitas, aunque ellos se vuelvan a otros dioses” (3,1) porque adoran a los dioses de la abundancia y la fertilidad.

Algunos Santos Padres encontraron cierta inmoralidad en este consejo divino, y consideraron todo el relato como una parábola; pero la mayoría de los exegetas lo consideran una realidad, una acción simbólica y profética. Actualmente podemos interpretar que Oseas se enamoró de una prostituta, sufrió sus continuas infidelidades, se enfurecía pero seguía amándola y perdonándola; la experiencia de este profundo amor le llevó a comprender (y aquí estaría la inspiración) que así es el amor de Dios por su pueblo (Os 1,2 – 3,5).

Amor celoso y enfurecido que anuncia el castigo “seré para ellos un león, una pantera acechando el camino. Los atacaré como una osa cuando es privada de sus crías”, pero también la promesa de salvación “Seré para Israel como el rocío, florecerá como el lirio y sus raíces serán tan firmes como los árboles del Líbano” (c. 13 y 14)).

Miqueas (740-687)

Miqueas es un campesino que huye a Jerusalén por la invasión siria del sur de Judea. Su profecía denuncia, como Amós y Oseas, la opresión que los poderosos ejercen sobre los pobres, la corrupción de los jueces y los sacerdotes, y la superficialidad del culto.

El libro de sus profecías muestra una importante reelaboración y añadidos de otro autor. El estilo es muy expresivo con datos realistas y expresiones de gran crudeza: “arrancáis la piel de la gente y dejáis sus huesos al desnudo… Cortan su carne en pedazos para echarlos a la olla” (3,1-5).

En sus profecías encontramos la promesa de “congregar al resto de Israel”, “convertir sus espadas en arados” y atraer a todas las naciones “al monte de la casa del Señor”; y sobre todo su profecía de un rey mesiánico que nacerá en Belén (Miqueas 5,1-4; Mateo 2,4-6). En 1Reyes se narra su desafío al rey Josafat y el bofetón que recibió por contestar así al rey (posible precedente para elaborar la historia de la Pasión de Jesús).

Spong resume en el capítulo 6 el mensaje de Miqueas: “El Señor entabla juicio con su pueblo… Pueblo mío, qué te hice, en qué te molesté? Respóndeme”. El pueblo piensa cómo desagraviar al Señor: “¿Con qué me presentaré al Señor…con holocaustos, con becerros añojos?” y llega a pensar en sacrificios humanos: “Le ofreceré mi primogénito por mi culpa, o el fruto de mi vientre por mi pecado?”. Miqueas le responde al pueblo: “Hombre ya te ha explicado lo que está bien, lo que el Señor desea de ti: que defiendas el derecho y ames la lealtad, que seas humilde con tu Dios” (6,1-9).

Isaías I (c. 1-39) (760-701)

Es el profeta más conocido por sus predicciones sobre el Mesías: “la joven está encinta y dará a luz un hijo, y le pondrá por nombre Dios-con-nosotros” (7,14).

Los exégetas han comprobado que este libro no puede ser de un solo autor, por lo que distinguen entre Isaías I, al que a atribuyen aproximadamente los capítulo 1-39 (aunque con intercalados posteriores), Isaías II, y III (siglo VI a. C).

Isaías es un profeta de la corte y del templo pero, como los profetas campesinos, denuncia las injusticias sociales: “¡Ay de los que especulan con casas, y juntan campo con campo…”(5,8-14) y el falso culto: “¿Qué me importa el número de vuestros sacrificios? Dice el Señor. Estoy harto de holocaustos de carneros, de grasa de cebones…Vuestras solemnidades y fiestas las detesto… cesad de obrar el mal…” (1,10-17); pero se caracteriza especialmente por la gran manifestación de la majestad de Dios (teofanía del c. 6), la fidelidad de un “resto de Israel”, y la reconciliación final de todos en Jerusalén.

Su lenguaje es de gran calidad literaria, sereno y preciso, gran poeta, con imágenes originales, y cantos como el de la viña (5,1-7) y el de Ezequías en su enfermedad (38,9-20).

Los capítulos 24-27, el apocalipsis de Isaías, fue escrito durante el siglo IV.

Siglo VII – VI

A mediados del siglo VII el rey Josías realiza una gran reforma religiosa apoyado por algunos profetas: Sofonías, que había denunciado el contagio de idolatría; Nahum, que anunció la caída de Nínive; Habacuc, que interpela a Dios por su silencio ante la injusticia de los opresores y el clamor de los oprimidos; Joel, que predice la venida del Espíritu sobre todo el pueblo, como confirma Lucas en Pentecostés (Hechos 2,17-21).

Jeremías fue el principal apoyo de la reforma de Josías. Sacerdote de origen rural, ejerció el profetismo entre finales del s. VII y comienzos del VI; defendió las tradiciones de la Alianza con Yahvé y la reunión de los reinos del Norte y del Sur centrándolos en el Templo de Jerusalén. Denunció las injusticias y contribuyó en gran medida a la redacción del Deuteronomio. Sus escritos fueron reinterpretados por los deuteronomistas en un sentido más laical, hasta el punto de que la versión griega es notablemente más extensa que la original hebrea.

Su vida y su obra se dividen en dos periodos política y socialmente muy diferentes marcados por la muerte del rey Josías (609 a. C.); la restauración religiosa y social de Josías cayó de nuevo en la corrupción y la debilidad política, con la primera deportación a Babilonia (597 a. C.). Jeremías murió desterrado en Egipto.

Su estilo mezcla la narración con la poesía, poemas construidos con realidades de la vida diaria, y acciones simbólicas como la del cinturón que se pudre o la cesta de higos; pero se caracteriza por sus relatos biográficos (c. 26-45) en los que manifiesta abiertamente sus sentimientos especialmente en sus “confesiones” (c. 11; 15; 17; 18; 20) : “Me sedujiste, Señor, y me dejé seducir… ¡Maldito el día en que nací… ¿Por qué salí del vientre de mi madre para pasar trabajos y penas, y acabar mis días derrotado!” (Jer. 20).

En su teología puede resultarnos difícil de entender la crudeza con que le atribuye directamente a Dios estas devastadoras invasiones de castigo por la infidelidad del pueblo: “mandaré a buscar… a mi siervo Nabucodonosor, rey de Babilonia, y los traeré contra esta tierra y sus habitantes” (25,9); pero él mismo afirma que “En aquellos días ya no dirán: los padres comieron los agraces y los hijos padecen dentera, sino que cada cual morirá por su propia culpa” (31,30), y que esta invasión de Nabucodonosor se debe al orgullo del rey Joaquín que lo desafía, y que se podría evitar con un pacto (c. 36-38).                                                                                                                            Esta teología del castigo se compensa con un mensaje de salvación: cambiaré la suerte de mi pueblo, Israel y Judá, dice el Señor, y los volveré a llevar a la tierra que di en posesión a sus padres” (30,3).

El libro de Las lamentaciones.

La Biblia griega y la Vulgata atribuyen este libro a Jeremías, pero los estudios muestran que sería obra de diversos autores de la misma época y con algunas semejanzas, pero con apreciables diferencias. (Lo veremos al tratar de los Libros poéticos).

Carta de Jeremías

Un autor anónimo, inspirado en la carta de Jeremías a los desterrados (Jeremías c. 29), compuso esta sátira contra la idolatría probablemente en el periodo helenista (s. IV-II a. C.). Está dirigida supuestamente a los hebreos deportados a Babilonia, pero en realidad a todos los judíos de la diáspora a fin de que no se contagiaran con las prácticas idolátricas. El texto está en griego, por lo que no fue incluida en el canon hebreo.          Se trata de diez secciones centradas en el estribillo “A la vista está que no son dioses; no les tengáis ningún temor”. Repite la argumentación de Jeremías pero en general emplea un tono burlesco y superficial, que podría emplearse igualmente hoy por quienes quisieran burlarse de nuestras imágenes religiosas.

En el Año de la Biblia: Los Profetas III

Año de la Biblia (Septiembre). Los profetas (III): desde el destierro hasta el final de la profecía (s. VI-III)

Gonzalo Haya

Ezequiel (610 – 569 a. C.)
Ezequiel es el profeta de las visiones espectaculares y apocalípticas, que han inspirado la cábala judía. Comienza el libro narrando su vocación en una gran manifestación de Dios, llevado en una especie de carro, por cuatro vivientes como seres humanos, cada uno con cuatro rostros y brazos con alas, que caminaban en todas direcciones entre vientos huracanados, y relámpagos… (c 1-3). Esta imagen tan incongruente nos quiere transmitir la majestad (santidad, trascendencia) de Dios al que no se le puede pedir cuentas por la destrucción de Jerusalén. Y quizás nos venga bien ahora a los cristianos, que nos hemos acostumbrado a ver a Dios en el niño de Belén y le hablamos con amistosa familiaridad. Padre sí, pero misterio también.

Ezequiel nació en Judea en una familia sacerdotal pero sufrió muy joven la primera deportación a Babilonia en el 597, y allí experimentó su vocación profética en el 593, que ejerció hasta su muerte. Sus escritos sufrieron añadidos y modificaciones por parte de la escuela sacerdotal hasta el s.III.

En su profecía se distinguen dos etapas, antes y después de la destrucción del Templo. En la primera (c. 1-21) se enfrenta a la falsa esperanza de los deportados en un inminente regreso y anuncia la destrucción de Jerusalén. En la segunda etapa, denuncia la culpabilidad de los príncipes, sacerdotes, profetas y terratenientes en esta catástrofe, pero transmite la esperanza en la restauración, la unión del reino del Norte y del Sur, una nueva Alianza con Dios, y la construcción de un nuevo Templo al que dedica los capítulos 40-47 con detalle de las medidas del altar, de las vestiduras, y de cada habitáculo, pared o puerta.

Su teología se aparta de la creencia tradicional de que Dios estaba vinculado al Templo de modo que éste era indestructible. Ezequiel reivindica la universalidad de Dios, “la movilidad cósmica del Señor representada por el carro que transporta su gloria en todas direcciones” (BTI) y su independencia que dirige la historia. No ha sido derrotado por Nabucodonosor sino que ha sido él mismo quien ha abandonado Jerusalén y ha traído al invasor como castigo por las infidelidades de su pueblo.

Ezequiel ejerció gran influencia en “el nacimiento del judaísmo” potenciando su aislamiento mediante las el cumplimiento del sábado, la alimentación kosher, y la circuncisión. Otro aspecto importante es la retribución individual frente a la creencia popular expresada en el refrán “los padres comieron los agraces y los hijos padecen la dentera. / por mi vida os juro, oráculo del Señor, / que nadie volverá a repetir ese refrán en Israel… el que peca es el que morirá… os juzgaré a cada uno según su proceder” (c. 18,132).

Su expresión en prosa es repetitiva y tediosa, sus textos poéticos son de gran plasticidad, con imágenes y visiones patéticas como la resurrección de los huesos por obra del aliento creativo de Dios (37) (texto que posteriormente han interpretado los “espirituales negros”). Su expresión histriónica se vale de acciones simbólicas, mimos y danzas, que lo configuran como un juglar de Dios.

Isaías II (c. 40-55)
No conocemos al autor de los capítulos 40-55 del libro de Isaías, y por eso se le denomina el segundo Isaías o deuteroisaías. Este profeta ejerció en los últimos años del exilio (550-540 a. C.). Proclamó el retorno del exilio y la reconstrucción de Jerusalén, “el segundo éxodo”, impulsado por Ciro, rey Persia, ungido por Dios para la liberación del pueblo hebreo (45,1-8).
Su teología se basa en la soberanía universal del Dios único y creador del mundo (44,24-28); pero es especialmente importante por su descripción del Siervo Sufriente (42,1-9; 49,1-7; 50,4-9; 52,13 a 53,12). Estos cuatro cantos sobre el Siervo sufriente sirvieron a las primeras comunidades cristianas para superar el escándalo que producía para un judío reconocer como Mesías a un Jesús crucificado.

Ningún cristiano había presenciado de cerca la Pasión de Jesús, pero los evangelistas utilizaron estos cantos y el salmo 22 (21) para describirla: “ofrecí mi espalda a los que me apaleaban / las mejillas a los que mesaban mi barba; / no me tapé el rostro ante ultrajes ni salivazos.” (Isaías 50,6).

Estos cantos hablan de la actitud del Siervo que no rehúye los sufrimientos que Dios le envía como expiación por los pecados del pueblo: “por los pecados de mi pueblo lo hirieron /… El Señor quiso triturarlo con el sufrimiento / y entregar su vida como expiación…” (53,8-10). Esta descripción del Siervo Sufriente inicialmente se refería al pueblo de Israel: “Tú, Israel, pueblo mío, Jacob, mi elegido, (…)Tú eres mi siervo, te he elegido y no te he rechazado” (41,8-9), pero luego parece concretarse en un personaje o en una parte del pueblo. Las comunidades cristianas lo reconocieron como una profecía sobre la Pasión de Jesús. Así lo reconoce Lucas en el relato de los discípulos de Emaús: “Jesús, entonces, les dijo: ¡Qué lentos sois para creer lo que a anunciaron los profetas! ¿No tenía el Mesías que padecer todo eso para entrar en su gloria? Y comenzando por Moisés y siguiendo por los profetas, les explicó lo que se refería a él en toda la Escritura” (Lc 24,25-27).

El tema de la expiación (que Dios necesite un mártir para perdonar los pecados del pueblo) es especialmente importante porque la teología cristiana, comenzando por Pablo y los relatos de la Última Cena lo han tomado como tema central: “Cristo murió por nuestros pecados, según las escrituras” (1Cor 15,3b); Mateo en la institución de la eucaristía dice explícitamente “es mi sangre de la Alianza, que se derrama por muchos para perdón de los pecados” (Mt 26,27); 1Cor 11,24; Mc 14,24; Lc 22,20 emplean una expresión más general “por vosotros” o “por muchos” sin mencionar los pecados. La Iglesia ha mantenido “para el perdón de los pecados” incluso en la modificación del canon en 2017; y muchos cristianos se han convertido y mantienen su fe “porque Jesús ha muerto por mis pecados”.

La idea de la muerte expiatoria de Jesús es cada vez es más rechazada o reinterpretada por muchos teólogos. Una fe adulta explica el sufrimiento de Jesús y de todo ser humano que sufre con paciencia la injusticia, porque sabe que una reacción de venganza provoca enfrentamientos y guerras, y una espiral de represión y más duros enfrentamientos. Esta espiral de odio sólo se corta con amor y alguna forma de no violencia activa, como nos mostró Gandhi y actualmente tantos líderes nativos sudamericanos que defienden sus tierras contra la explotación de los poderosos. Esta experiencia humana de superar con amor la espiral del odio, es la que el segundo Isaías experimentó al anunciar la vuelta del exilio, y la proyectó en “el Siervo sufriente” en términos de “expiación” y “holocaustos”, que era la práctica habitual en las religiones del entorno.

Jesús encarnó la actitud del Siervo sufriente, pero no como expiación por mis pecados cometidos en el silo XXI, sino como defensa no violenta, y hasta sus últimas consecuencias, de una sociedad política y religiosa más justa. Ésta sería hoy la actitud del Siervo sufriente.
El estilo de Isaías II es emotivo y apasionado, considerado por muchos como el mejor poeta de Israel; sus imágenes son muy expresivas y los evangelistas y san Pablo hicieron amplio uso de estas imágenes: “En el desierto preparadle un camino al Señor; “Como un pastor… toma en brazos los corderos” (Isaías 40,1-11). “Y no podían creer por lo que dijo también Isaías: les ha cegado los ojos y les ha embotado la mente para que sus ojos no vean ni su mente discurra” (Jn 12,39-40; Isaías 9,6). “Mirad a mi siervo…. Al que prefiero. Sobre él he puesto mi espíritu… la caña cascada no la quebrará…) (Isaías 42,1-7; Mt 12,15-21).

Isaías III
Tampoco sabemos nada de este autor o autores de los capítulos 56-66 del libro de Isaías, pero es bastante posterior entre el siglo VI-V y profetiza en los primeros tiempos de la restauración. El libro de Isaías sufrió nuevos retoques y no quedó cerrado hasta el siglo III.
Sus temas son semejantes a los de otros profetas: denuncia las injusticias, la falsa religiosidad y la idolatría “guarda el derecho, practica la justicia, que mi salvación está para llegar y se va a revelar mi victoria” (56,1). El texto más destacado es el que leyó y se aplicó Jesús como su programa al iniciar su vida pública “El Espíritu del Señor está sobre mí, me ha enviado a dar la buena noticia a los que sufren… para proclamar el año de gracia del Señor” (Isaías 61,1, Lc 4,18) aunque con la significativa omisión del final del texto de Isaías “y el día del desquite de nuestro Dios”.

Otros textos importantes son la apertura a los extranjeros y a los eunucos (56,3-8), el falso ayuno (58,1-12), la invocación a Dios como Padre (63,15-19), la nueva creación (65,17-25), y, en tiempos de la restauración del Templo de Jerusalén, su proclamación del templo de la naturaleza: “El cielo es mi trono, y la tierra el estrado de mis pies:¿qué templo podréis construirme o qué lugar para mi descanso? (66,1-2) que mencionará el protomártir Esteban ante los jueces (Hechos 6,49-50).

Ageo
Ageo es un profeta del postexilio. El Decreto de Ciro (538), rey de Persia, permite e impulsa al pueblo a volver de Babilonia a Palestina. Comienza la reconstrucción de Jerusalén, pero Ageo ve que no han aprendido la lección, y denuncia las mismas injusticias sociales. Centra su predicación y su profecía (años 520-515) en la transformación del pueblo, la reconstrucción del Templo, y la promesa de la independencia y la gloria de Jerusalén. Reprocha a los potentados que construyen sus palacios y se olvidan del Templo (1,1-6,). El libro fue escrito por algún discípulo que recogió las profecías de Ageo.

Zacarías I
Se conoce como Zacarías I al profeta del siglo VI a. C. autor de los capítulo 1-8 del libro de Zacarías. Este profeta prolonga la profecía de Ageo sobre la reconstrucción del Templo y la esperanza mesiánica, que Zacarías proyecta en términos escatológicos. Su estilo se caracteriza por las ocho visiones nocturnas, de estilo apocalíptico y de difícil interpretación: caballos, cuernos, recipiente de la maldad del que sale una mujer (!) carros, corona. Se refiere a Dios, igual que Ageo, como “el Señor del universo” (4,6), y dedica un oráculo al falso ayuno (c. 7).

Joel
Profeta postexílico del siglo V o IV a. C que, en el azote de una plaga de langostas, vio el anuncio el día de Yahvé como un día “grandioso y temible” (c. 1-3) y llamó al arrepentimiento y a la oración en el Templo. El Señor “que es misericordioso y compasivo” perdonará a su pueblo y lo compensará por aquellos años de calamidad y oprobio: “todo el que invoque al Señor quedará alcanzará la salvación”, aunque parece que este “todo” se refiere a “un resto de liberados… a quienes ha escogido el Señor”. Los exégetas hablan del “nacionalismo exacerbado” de Joel en contraste con el universalismo del libro de Jonás

Este “día del Señor” no es lo que nosotros entendemos como el Juicio final sino un punto y aparte en la Historia, porque “Después de estos sucesos derramaré mi espíritu sobre todo ser humano, y vuestros hijos e hijas profetizarán…”. Lucas se inspiró en este texto al describir la venida del Espíritu Santo el día de Pentecostés (Hechos 2,4-21).

Malaquías
Profeta del siglo V a. C. citado en los evangelios por su promesa de la venida de Elías para preparar al pueblo a recibir al Mesías: “Mirad yo envío un mensajero a prepararme el camino…y yo os enviaré al profeta Elías antes de que llegue el día del Señor, grande y terrible, reconciliará a padres con hijos, a hijos con padres, y así no vendré yo a exterminar la tierra” (Malaquías 3,1 y 23; Mc 1,1-2; Mt 11,14; 17,11-12; 27,49, Lc 1,17).
Su profecía se desarrolla cuando el Templo ya había sido reconstruido y trata los problemas cotidianos del culto, ofrendas, tributos, y condena las injusticias sociales “contra los que defraudan al jornalero en su salario” y los matrimonios mixtos, en sintonía con la reforma de Esdras y Nehemías.

Su estilo sigue un procedimiento dialéctico, Dios acusa al pueblo, éste le presenta objeciones, Dios justifica su acusación y propone su mensaje.
De este modo se plantea, como Job, el problema de la prosperidad de los malvados: “Decís: No vale la pena servir a Dios… los malvados prosperan, tientan a Dios impunemente” (3,13-15) y responde con la justicia que ejercerá el Señor en su venida en el último día.

Pueden verse en sus profecías una superación del nacionalismos y algunos atisbos universalistas, como propone Spong, pero más bien parecen acicates para estimular a su pueblo: “dice el Señor de los ejércitos: De levante a poniente es grande mi fama en las naciones y en todo lugar me ofrecen sacrificios y ofrendas puras… Vosotros, en cambio, la profanáis….” ” (1,11-14); “¿No tenemos todos un solo padre? ¿no nos creó un mismo Dios?“ pero la continuación parece reducir ese “todos” a las tribus hebreas. “¿Por qué uno traiciona a su hermano…Judá traiciona, en Jerusalén se cometen abominaciones…” (2,10-12).

Zacarías II
Conocemos como Zacarías II al profeta que escribió en el siglo IV a. C., ya en el período helenístico, los capítulos 9-14 del libro de Zacarías. En ellos retoma los temas del juicio a las naciones, y la restauración de Jerusalén, y el de los malos pastores, pero se caracteriza por su visión apocalíptica de la Historia, con una lucha entre Judá y los gentiles, y el triunfo final de Dios. “el Señor será rey de todo el mundo”. Todas las tribus y todos los pueblos subirán cada año a Jerusalén “a rendir homenaje al Rey, al Señor de los ejércitos” con los consiguientes castigos a los que no suban a Jerusalén (!) (c. 14).

Los evangelistas describen la entrada de Jesús en Jerusalén el domingo de ramos en referencia a la profecía de Zacarías: “Alégrate, ciudad de Sion, aclama, Jerusalén; mira a tu rey que está llegando: justo, victorioso y humilde, cabalgando un asno, y una cría de borrica” (Zacarías 9,9). La expulsión de los mercaderes también puede aludir al final de la profecía de Zacarías: “Y aquel día ya no habrá mercaderes en el templo del Señor de los ejércitos” (Zac. 14,21).

Es fácil suponer que los evangelistas aprovecharon estas descripciones de los profetas para ampliar una anécdota sencilla de la vida de Jesús. Quizás el mismo Jesús, que conocía estas dichos de los profetas, quiso destacarlos porque encajaban en su programa del Reinado de Dios. Pero esto nos lleva más lejos, ¿Por qué Zacarías, que acaba de decir que el Señor “hundirá en el mar“ el poderío de Tiro, imagina ahora que el Mesías entrará como Rey en Jerusalén con tanta sencillez montado en un borriquillo. La experiencia religiosa permanente en la Biblia es que Dios manifiesta su poder a través de la debilidad humana. Y esta experiencia es de Zacarías, de Marcos, o de Jesús, aunque nosotros seguimos esperando que llegue con todo su poder.

Baruc
El libro de Baruc es una recopilación de escritos realizada probablemente hacia el 150 a. C y atribuida a Baruc secretario de Jeremías (siglo VI). Está ambientada en Babilonia durante el exilio y dirigida a los que han quedado en Jerusalén, la primera parte en prosa es una oración penitencia, la segunda es un poema de reflexión sobre la sabiduría, y la tercera un poema de consolación y restauración.

Jonás
Jonás es un profeta atípico. Escribe entre los siglos IV-III antes de Cristo, final de la profecía y auge de los libros sapienciales; no escribe oráculos contra su pueblo ni contra otros pueblos; no quiere cumplir el mensaje que Dios le encarga; no se expresa mediante la poesía sino mediante un cuento corto en tono humorista y con final inesperado, una parábola en acción de la que él mismo es el protagonista. Más que profeta podría considerársele como un sabio que, como Job, se rebela contra la teología de su época (y de la nuestra). No hay que interpretarlo como narración histórica ni quedarse en la imagen de la ballena, que tanto ha impresionado a los pintores desde las catacumbas, y que sirvió a los evangelistas como imagen de la resurrección de Jesús al tercer día.

Dios lo envía a Nínive, ciudad pagana, corrupta, y opresora de Israel, para que proclame un castigo; Jonás huye y se embarca en dirección contraria, la tempestad va a hundir el barco, reconoce que es por su culpa, y dice que lo tiren al mar, se lo traga una ballena, suplica al Señor, y a los tres días lo deposita en la playa. El Señor lo envía de nuevo a Nínive, proclama la destrucción de la ciudad, el pueblo se arrepiente, el Señor los perdona, Jonás se enfada y discute amigablemente con el Señor porque si no quería ir era porque “yo sabía que tú eres un Dios benévolo y compasivo lento para enojarte y lleno de amor, y te retractas del castigo”. Termina con una parábola en acción sobre la misericordia.

Es un libro que hay que leer porque es una obra maestra y porque desafía el nacionalismo exclusivista de la reforma de Esdras y Nehemías, y ofrece un mensaje de la misericordia universal de Dios

 

Año de la Biblia.-Los profetas I

 

La Biblia hebrea se divide en tres partes: La Ley, Los Profetas, y Los Escritos. En la escena de la transfiguración aparecen Moisés y Elías dando testimonio de Jesús. Ya hemos comentado que, para los cristianos, la Ley es un lejano punto de referencia; en cambio los profetas son importantes porque prefiguran la imagen de Jesús, y sus escritos sirvieron, a falta de testigos inmediatos, para elaborar el relato de la Pasión. Más aún, la espiritualidad de Jesús fue profética, aunque la ampliación y la dispersión de las comunidades nos convirtieron en una religión dogmática y cultual (aunque no falten profetas “a contracorriente”). San Pablo reconocía la profecía como un carisma que manifestaban algunos miembros de sus comunidades, y éstas no tenían una organización jerárquica sino carismática.

03.09.2020 | Written by Gonzalo Haya

¿Qué es un profeta? ¿Cuáles son sus características? Para un conocimiento más completo recomendamos los seis capítulos que José Luis Sicre le dedica en su Introducción al Antiguo Testamento. Nosotros resumiremos y comentaremos aquí las ideas más importantes.

Tenemos una imagen general de los profetas, pero entre ellos hay importantes diferencias en el tiempo que dedican a esta actividad (desde unas horas a toda la vida), en el modo de entrar en contacto con Dios (visiones, audiciones, incluso danza), la manera de transmitir el mensaje (palabras, acciones simbólicas), y la función que desempeñan en la sociedad (sacerdotes, campesinos, consejeros reales).

También solemos generalizar, para todos, lo que solo es una característica particular de algún profeta. El error más común es identificar a los profetas como anunciadores del futuro (se malinterpreta pro-fhêmi como pre-decir). El mismo evangelista Mateo, que quiere garantizar a los judeocristianos que Jesús es el Mesías anunciado, repite varias veces la expresión “así se cumplió lo anunciado por el profeta…”

Más circunstanciales han sido las imágenes del profeta como un solitario, apartado y refractario a la sociedad, o por el contrario como promotor del culto divino. Actualmente se exalta más la imagen del profeta como un reformador social que clama frente a los poderosos por la justicia social.

Frente a estas imágenes ciertas pero parciales, Sicre señala algunos rasgos esenciales comunes a todos los profetas. Una persona (hombre o mujer) carismática, inspirada mediante un contacto personal con Dios que le transmite un mensaje o un reproche a los políticos, a los sacerdotes o al pueblo. Es una persona independiente de las estructuras políticas o religiosas, frecuentemente amenazado por ellas porque va “contra corriente”, como un “perturbador de Israel”. Todos estos rasgos podemos apreciarlos también en la vida de Jesús. Más concisa, la definición que le oí a un pastor protestante: “el profeta denuncia y anuncia”; realmente los profetas anunciaban el perdón y la restauración de las promesas de la Alianza.

Al analizar hoy estas características tenemos que tener en cuenta, como dice Xabier Pikaza, que toda la Biblia está escrita con un pensamiento y lenguaje teísta, con una concepción de un Dios personal que interviene directamente en la Historia e incluso se comunica con los humanos de una manera explícita y clara.

Actualmente muchos teólogos rechazan esta idea teísta de Dios, y acentúan la autonomía y libertad humana; sin embargo tampoco llegan a un deísmo que desvincule totalmente a Dios de la vida de las personas, que creó “a su imagen y semejanza”. Cómo se explica esta intervención indirecta, o esta influencia de Dios, depende de cada escuela o de cada autor.

A mi me gusta comparar la intervención de Dios como la influencia que ejerce en nosotros un padre o un amigo. Quizás podamos concebir a los profetas antiguos y actuales (en sentido estricto y, más frecuentemente, en sentido amplio) como personas profundamente espirituales, que han experimentado un contacto (de tipo místico) con la realidad última que nos constituye (que llamamos Dios), y que interpretan los signos de los tiempos como mensaje espiritual o social para la sociedad a la que pertenecen. En esta línea podemos considerar profetas a Gandhi, Luther King, Monseñor Romero, y otros muchos, como sucedía en las primeras comunidades cristianas.

La lectura de los profetas se nos puede hacer tediosa porque tienen repeticiones de oráculos pronunciados en diversos momentos sobre un mismo tema y sobre situaciones propias de su espacio y tiempo, en un lenguaje simbólico, que a veces necesita una explicación. Convendrá por tanto seleccionar los pasajes (que suelen estar titulados) según nuestros intereses, porque tratan temas profundamente humanos que también nos afectan, y están expresados con imágenes poéticas de gran energía, unas veces con ternura y otras con un realismo y crudeza, que no necesita ninguna explicación. Sicre dedica un capítulo a reescribir algunos de estos pasajes que nos parecen inexpresivos, pero que en nuestro lenguaje actual nos resultan “políticamente incorrectos”, y que algunos considerarán hasta ofensivos. Otros problemas son determinar el autor o autores de un texto, el proceso de formación, la fecha, distinguir entre los verdaderos y los falsos profetas, entre verdadera inspiración y pronósticos sensatos, entre profetas en sentido estricto o en sentido amplio; pero estos son problemas para los expertos.

Los comentaristas suelen agrupar a los profetas bíblicos en tres etapas: I desde los orígenes hasta Amós (s. XIII – IX); II desde Amós al destierro (s. VIII – IV); III desde el destierro hasta el final de la profecía (s. VI – III). I Desde los orígenes hasta Amós (s. XIII-IX)

  1. Desde los orígenes hasta Amós. (s. XIII-IX a. C.)

Dada la ambigüedad del concepto de Profeta (tanto entre los autores bíblicos como entre los críticos actuales) es difícil determinar una lista de profetas, sobre todo en esa primera época; no hay una definición establecida, y a veces se habla en sentido más restringido y otras veces en sentido amplio. Se puede considerar profeta a Abraham y a Moisés, pero nuestra idea sobre ellos no gana nada nuevo con añadirles este título. Se ganaría mayor aprecio por Miriam, la hermana de Moisés, y por Débora, jueza y guerrera. Más conocido es Samuel (s.XI), juez y sacerdote, porque ya de niño recibió un mensaje de Dios, y por la institución de la monarquía y las denuncias de las injusticias.

Durante la monarquía destacan algunos profetas como consejeros del rey y críticos de sus injusticias, citaremos a los principales. Natán, especialmente recordado por su valiente crítica al rey David con su famosa parábola del rico que mata para su banquete la única oveja del pobre (2 Sam 12). Esta denuncia de Natán inició la tradición profética de Israel; “a partir de Natán no hubo monarquía absoluta en Israel”, porque toda autoridad política o religiosa quedaba explícitamente sometida a la Ley de Jahvé (Spong). Elías (s. IX), es uno de los profetas más importantes para interpretar los relatos de los evangelios. Es reconocido en la figura de Juan Bautista como el profeta que vendría a preparar la llegada del Mesías, y está con Moisés en la Transfiguración dando testimonio de Jesús. Profetizó en el Reino del Norte, fue acérrimo defensor del yahvismo en momentos críticos, y desafió, venció y degolló, a los (falsos) profetas de Baal (dios de la naturaleza, fecundidad y orgías) en el monte Carmelo (1 Reyes 18).

Su leyenda es de las más extraordinarias; repite patrones como el paso del Jordán o la multiplicación del pan, pero introduce otros como la resurrección del hijo de la viuda que le hospedó (1 Reyes 17), precedente para el mismo milagro de Jesús, y sobre todo el ser arrebatado hacia el cielo por un carro de fuego (2 Reyes 2,11-14).

Destaca sobre todo su experiencia mística del paso del Señor: “El Señor le dijo: sal y ponte en pie en el monte ante el Señor. ¡El Señor va a pasar! Vino un huracán tan violento que descuajaba lo montes y hacía trizas las peñas delante del Señor; pero el Señor no estaba en el viento. Después del viento vino un terremoto; pero el Señor no estaba en el terremoto. Después del terremoto vino un fuego; pero el señor no estaba en el fuego. Después del fuego se oyó una brisa tenue; al sentirla, Elías se tapó el rostro con el manto, salió fuera y se puso en pie a la entrada de la cueva. Entonces oyó una voz que le decía ¿qué haces aquí Elías?” (1 Reyes 19,11-13). Eliseo (s. IX), a quien Elías traspasó su espíritu (2 Reyes 2,8-15), es el profeta del que se cuentan más milagros, de los que el evangelio de Lucas cita la curación de Naamán el Sirio (2 Reyes 5). Tanto a Elías como a Eliseo solamente los conocemos por los relatos respectivos a Elías en 1 Reyes 17,1 a 2 Reyes 2,1; y Eliseo en 2 Reyes capítulo 2 al 7, porque ellos no dejaron ningún escrito. Vídeos de las conferencias en la Escuela de Formación en Fe Adulta (EFFA) José Luis Sicre: Libros proféticos. Para los primeros cristianos, los libros proféticos eran los más importantes del antiguo testamento. Pero, ¿qué imagen tenemos de los profetas? Para algunos, son anunciadores del mesías; para otros, reivindicadores de los derechos sociales; adivinadores; funcionarios del templo; etc. ¿Tienen fundamento todas estas imágenes? ¿En qué medida son mensajeros de Dios?

Bibliografía

José Luis Sicre: “Introducción al Antiguo Testamento” ed verbo divino, 2016. Tema IV Los

Profetas.

Xabier Pikaza: “Ciudad Biblia. Una guía para adentrarse, perderse y encontrarse en los

libros bíblicos”. Ed verbo divino 2019. Antiguo Testamento, 4 Profetas y Apocalíptica.

John Shelby Spong, obispo anglicano: “Orígenes de la Biblia”, c. 10 – 20. Traducción

digital facilitada por: Asociación Marcel Légaut, http://marcellegaut.org

http://johnshelbyspong.es .

Estos capítulos de Spong recrean el mensaje y la vida de cada profeta brevemente y

como una crónica de actualidad.

Luis Alonso Schökel: Nueva Biblia española. Ed Cristiandad 1975. Introducción a cada

uno de los profetas.

Biblia Traducción Interconfesional (BTI). Ed Biblioteca de Autores cristianos, Editorial

verbo divino, Sociedades Bíblicas Unidas, 2008. Introducción a cada uno de los prof

 

Nicolás Castellanos: ¿Dónde están los profetas?

Nicolás Castellanos: «¿Dónde están los profetas? Parece que la sociedad y la Iglesia se han quedado afónicas»

«Es fácil decir que estamos todos en el mismo barco. Pero no hay un solo barco. Unos viajan en yate y otros se aferran a tablas y otros, más de 200.000 ya no nos acompañan en el viaje»

«Los responsables no atienden a las mayorías empobrecidas y desangradas. Se comprueba que si no les mata el Covid-19, les mata la corrupción y la pobreza»

«La carta levanta la bandera de solidaridad, que comparte medicinas y alimentos en las ollas solidarias, en mil gestos del pueblo, de empresarios, de samaritanos, que siguen la huella del profético y carismático obispo de Roma, Francisco»

22.08.2020 Nicolás Castellanos

No tiene desperdicio. Nos evoca la memoria de Pedro Casaldáliga recién fallecido: “Todo es relativo, menos Dios y el hambre”. Ya solo se oye la voz profética del obispo de Roma, Francisco. Se necesitaba esta carta de las Teólogas y Teólogos de diversas iglesias.

Parece que la sociedad, la Iglesia se han quedado afónicas. Ya no se oye aquel grito ‘¿Dónde están los profetas?’ ¿Por qué se ha silenciado la Teología de la Liberación? ¿Quién reclama hoy el 0,07%?

Las Teólogas y Teólogos han escrito una carta de amistad, que parte de estas palabras de San Romero de América: “La Iglesia debe predicar su palabra para salvar del pecado, de la esclavitud; para derribar la idolatría y proclamar al único Dios que nos ama… aunque eso signifique Cruz y humillación, pero nunca traicionar su mensaje”.

Ciertamente la carta pone el dedo en la llaga. Claman con el salmista: “Muchas son las angustias del justo” (Salmo 34, 20). Describen y hacen un análisis de la realidad, el VER de nuestra realidad de América Latina y el Caribe.

Se ha convertido en el epicentro mundial de la pandemia: Millones de contagiados, miles de fallecidos y de desempleados, viviendo situaciones de hambre, miedo, xenofobia, aporofobia, que mueren por falta de oxígeno, medicinas, alimentos, que viven en condiciones indignas, en soledad y llanto; y los niños sin escuela, sin espacio para jugar y sin comer.

Se ven esfuerzos para reactivar la economía, con leyes que excluyen a los pobres y como siempre el capital por encima de la persona. Es fácil decir a los pobres “quédense en casa”, pero de qué viven, qué comen si no trabajan. Es fácil decir que estamos todos en el mismo barco. Pero no hay un solo barco. Unos viajan en yate y otros se aferran a tablas y otros, más de 200.000 ya no nos acompañan en el viaje.

Los responsables no atienden a las mayorías empobrecidas y desangradas. Se comprueba que si no les mata el Covid-19, les mata la corrupción y la pobreza.

¿Cuál es la “nueva normalidad”? El sufrimiento, la explotación, la exclusión, el confinamiento.

La carta que presentamos afirma que según Oxfam, la Cepal y la Fao los ricos de América Latina y el Caribe son hoy un 17% más ricos, a costa de 16 Millones de nuevos empobrecidos, subidos en la informalidad laboral, autoempleo, explotación, especialmente de mujeres, migración forzada, trata de personas, asesinatos, incremento de la delincuencia y de economías ilícitas: Narcotráfico y contrabando.

Pero la carta también abre la puerta de la esperanza, puesta en Dios. Claman al Señor con confianza (JUZGAR): “El pobre grita y el Señor le escucha y le salva de sus angustias” (Salmo 34, 7. Job. 16, 18 – 19). En la misma línea insiste el Éxodo 3, 7 – 8: “Bien vista tengo la aflicción de mi pueblo y he escuchado su clamor en presencia de sus opresores; pues ya conozco sus sufrimientos. He bajado para librarle y para subirle a una tierra buena y espaciosa, que mana leche y miel”.

Pero no se queda la carta solo en la denuncia, se agarra a la palabra liberadora y sanadora de Jesús de Nazaret y alientan el compromiso contra la idolatría del mercado (ACTUAR). “Ídolos que mercantilizan la salud y la educación, ocultando que lo que vivimos es fruto de la depredación del ecosistema, en nombre de la maldita acumulación” “¡Ay de ustedes los ricos!, porque han recibido su consuelo.

¡Ay de ustedes, los que ahora están hartos! Porque tendrán hambre. ¡Ay de los que ríen ahora, porque tendrán aflicción y llanto!” (Lc. 6, 24 – 25).

Efectivamente la carta levanta la bandera de solidaridad, que comparte medicinas y alimentos en las ollas solidarias, en mil gestos del pueblo, de empresarios, de samaritanos, que siguen la huella del profético y carismático obispo de Roma, Francisco.

Finalmente nos invitan en la carta a “organizar la esperanza” y yo añadiría y la solidaridad. Decía Ignacio Ellacuría: “la verdad de la realidad, no es lo que hemos hecho hasta ahora, sino lo que nos falta por hacer” en este mundo desigual, injusto, vertebrado, pero sin dejar de ser apasionante: Redoblar cuidados, sin perder la alegría, apostar por la compasión sin perder la esperanza, levantar la voz indignada y endurecida sin perder la ternura.

En medio de todo está el Dios de la historia que se humanizó en Jesús de Nazaret para humanizar y hacer habitable este mundo deshumanizado y no habitable para todos.

No queda otra que aceptar con alegría y compromiso el reto y desafío que nos presenta el futuro.

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