San Juan de la Cruz, mística de la noche y el desamparo

San Juan de la Cruz

por Rafael Narbona 
La mística de san Juan de la Cruz ha suscitado infinidad de interpretaciones que en no pocas ocasiones han intentado minimizar su dimensión religiosa. Se ha dicho del carmelita descalzo que es el místico de la nada, del vacío, del no ser. Sus ejercicios de anonadamiento no anhelan el encuentro con el Dios personal de la tradición cristiana, sino con un absoluto impersonal que apenas puede explicarse con palabras. José Ángel Valente destaca que su poesía es una reflexión sobre los límites del decir, inspirada por la idea de que el lenguaje naufraga al abordar lo inefable.
Un místico honesto solo puede acompañarnos hasta el umbral del silencio, certificando la impotencia de la palabra para hablar de Dios. Frente a esas lecturas, que convierten a san Juan de la Cruz en un precursor de Heidegger o Wittgenstein, cabe oponer el dibujo que realizó cuando era vicario y confesor del monasterio de la Encarnación en Ávila, un pequeño escorzo de la cruz que constituye el punto de partida de su pasión mística. Pasión y no experiencia, pues asume la agonía del Gólgota como apoteosis del compromiso de Dios con el hombre.
No se trata de complacencia con el sufrimiento, sino de la convicción de que la muerte de Jesús en la cruz constituyó el momento de encuentro más íntimo entre Dios y el hombre. Frente a las teologías que subrayan la omnipotencia divina, la mística sanjuanista subraya la cercanía del Dios-hombre, sumido voluntariamente en la penumbra y el desamparo para abrir camino a la esperanza.
El dibujo de san Juan de la Cruz es un pequeño apunte de apenas cincuenta y siete por cuarenta y siete milímetros. El «frailecillo», por emplear una expresión de José Jiménez Lozano, se lo regaló a la hermana Ana de Jesús, que lo conservó, lo cual permitió que llegara hasta nosotros. No es una estampa piadosa, sino una imagen trágica que evoca la Crucifixión de Grünewald. El Retablo de Isenheim, que tanto obsesionó a Elias Canetti, se compuso en 1512; el dibujo del carmelita descalzo, alrededor de 1572. Podemos suponer que esa proximidad temporal acredita la existencia de un tipo de espiritualidad que circulaba por toda Europa.

No es una espiritualidad que apunte hacia el vacío o la nada, sino hacia el acontecimiento más dramático de la historia: la muerte de Dios. La mística de san Juan de la Cruz nos recuerda que el Dios cristiano se convierte definitivamente en un Dios de vida después de la experiencia de la muerte, que implica compartir con el hombre la hora más oscura de la existencia. No es una mística abstracta e impersonal, sino humanísima y concreta que nos recuerda la esencia del mensaje cristiano: acoger el dolor de la viuda y el huérfano, cubrir la desnudez del paria y el extranjero, aplacar la angustia del ofendido y humillado.
El cuerpo descoyuntando y en escorzo que dibujó el carmelita descalzo esboza una teología de la cruz, según la cual Cristo es la imagen viviente de Dios porque asume la fragilidad del hombre, abandonando la distancia que tradicionalmente se atribuía a lo sagrado, ubicado más allá del mundo y la historia. Dios se implica en la historia, soportando sus estragos, que incluyen la injustica, la humillación, la tortura y la muerte.
El dibujo del carmelita descalzo se demora en los instantes últimos de la agonía, cuando el cuerpo de Jesús, con la cabeza abatida sobre el pecho y las piernas encogidas, se desploma hacia delante. Las manos, rasgadas por los clavos, ya no soportan el peso del reo. La composición emplea una perspectiva cónica oblicua, situando su mirada en el ángulo superior derecho para invocar la posición de Dios respecto a su Hijo. El violento escorzo deforma la silueta, creando una asimetría entre los brazos. Se sacrifica la proporción a la expresión, la armonía a la fuerza dramática, el equilibrio a la intensidad. ¿Se trata de una “aparición maravillosa”, de una experiencia mística? ¿Es obra de la reflexión o una iluminación? Quizás lo más apropiado sea decir que el dibujo es fruto de una visión interior y, por tanto, una vivencia mística, pues los místicos nunca alardearon de ver con los ojos del cuerpo, sino con los del alma.
La sabiduría de Dios
El sentido de la muerte de Jesús en la cruz fue “reconciliar y unir al género humano” (Subida del Monte Carmelo II, 7, 11). El pecado original introdujo la discordia y la violencia en la historia. La muerte de Abel fue la evidencia de que se había roto el equilibrio establecido por Dios. El dibujo de san Juan de la Cruz intenta expresa la tragedia de la libertad. Dios se ocultó para garantizar la autonomía del hombre y cuando este rompió el orden que había creado, entregó a su Hijo para que sanara las heridas del mundo.
El amor de Dios al ser humano excede todo conocimiento. Apenas podemos comprender su profundidad y, menos aún, que se manifestara en la impotencia de la cruz. El omnipotente aceptó un abajamiento particularmente humillante, renunciando a su libertad. El carmelita descalzo intenta mostrar esa paradoja en su dibujo, privilegiando el dramatismo sobre la perfección formal. Es una imagen muy alejada de la serenidad de otras representaciones, donde una estética preciosista aligera la crudeza de una forma de ejecución especialmente indigna y cruel. Su propósito no es tan solo mover a la devoción, sino intentar comprender la sabiduría de Dios, que se revela incluso en la muerte.
Es imposible no amar al que lo da todo por el hombre. Su sacrificio puede despertar nuestra perplejidad, pues siempre esperamos de lo divino gestos de poder y no un aparente fracaso como puede interpretarse la cruz en un primer momento. Sin embargo, debemos reparar en que “las verdades divinas no solamente se saben, más justamente se gustan”. La sabiduría de Dios solo puede comprenderse “no entendiendo”, pues es algo secreto y escondido. El misterio de la cruz es el umbral de ese otro mundo donde prevalecen la plenitud y la perfección. Un reino sin agravios ni aflicción. Para unirse a Dios hay que aniquilar ese yo movido por la ambición de poder y la vanidad del que somos esclavos, sin advertir que es el ídolo más enemistado con nuestra dignidad. La verdadera libertad es vivir en el amor, pues “Dios es amor, y el que vive en amor permanece en Dios, y Dios en él” (1 Jn. 4, 16).
El dibujo de san Juan de Cruz es una declaración de amor, pues sabe que no hay otro camino para llegar a Dios. “El que no ama no conoce a Dios” (1 Jn. 4, 8). Dios nos amó hasta el extremo de morir en la cruz, un castigo reservado a esclavos y rebeldes. Solo podemos conocer a Dios, amando a ese Cristo que nos lo dio todo. En su “Oración del alma enamorada”, san Juan de la Cruz describe la ebriedad de la fe: “Míos son los cielos y mía es la tierra; mías son las gentes, los justos son míos y míos los pecadores; los ángeles son míos, y la Madre de Dios y todas las cosas son mías; y el mismo Dios es mío y para mí, porque Cristo es mío y todo para mí. Pues ¿qué pides y buscas, alma mía? Tuyo es todo esto, y todo es para ti. No te pongas en menos ni repares en meajas que se caen de la mesa de tu Padre. Sal fuera y gloríate en tu gloria, escóndete en ella y goza, y alcanzarás las peticiones de tu corazón”.
El dibujo de san Juan de la Cruz despertó la admiración de José María Sert y Salvador Dalí. El Cristo de Dalí no puede estar más lejos del apunte del carmelita descalzo, pues nos muestra un cuerpo joven, atlético y luminoso, sin signos de sufrimiento. No es ese el mensaje que Dios nos deja con Cristo, que eligió ser humilde y sencillo. Si queremos conocer a Dios, debemos fijar la mirada en su Hijo. En Subida al Monte Carmelo, el carmelita descalzo pone en boca de Dios las siguientes palabras: “Si te tengo ya habladas todas las cosas en mi Palabra, que es mi Hijo, y no tengo otra, ¿qué te puedo yo ahora responder o revelar que sea más que eso? Pon los ojos sólo en él, porque en él te lo tengo dicho todo y revelado, y hallarás en él aún más de lo que pides y deseas…”. (II, 22, 5-6).
La mística, cénit de la fe
La mística es el cénit de la fe porque representa el reencuentro con el equilibrio roto por el pecado original. No es posible llegar a ella sin practicar una vida ascética. San Juan de la Cruz recomienda “obrar en silencio y cuidado, en humildad y caridad, y desprecio de sí mismo”. El alma debe despojarse de cualquier forma de vanidad o posesión. La perfección espiritual solo es posible mediante la renuncia y el desprendimiento. Puede que esa senda nos lleve a una sensación de desamparo y abandono, pero eso es lo que experimentó Jesús en la cruz y nunca estuvo más cerca del Padre. En ese estado de postración, caracterizado por la oscuridad, el silencio y la soledad, todo desaparece para ceder un protagonismo absoluto al amor. Amor a Dios y amor al hombre.
En una carta enviada a María de la Encarnación, san Juan de la Cruz sostiene que “adonde no hay amor, ponga amor y sacará amor”. La acogida y la fraternidad son los rasgos esenciales de la ética cristiana. No se exalta la cruz porque se considere el precio de la redención, sino porque es la epifanía del amor divino. No se pide la aniquilación del yo por masoquismo, sino porque el amor total siempre implica la postergación de uno mismo para favorecer la expansión del Tú, del Amado.
La noche oscura de san Juan de la Cruz no implica la negación del mundo, sino su exaltación. Al igual que san Francisco de Asís, el carmelita descalzo pensaba que todas las criaturas alaban a su Creador. La naturaleza es un cántico permanente que celebra la vida, no la desdichada consecuencia de la Caída. Aficionado a caminar por los montes y la ribera de los ríos, el santo cantaba alegremente al tiempo que contemplaba el agua, los árboles, los pájaros. La soledad le parecía sonora porque allí siempre estaba Dios, hablando a través de sus criaturas. El dibujo del crucificado no es una llamada a la penitencia, sino una incitación a la unión mística con Cristo, sabiendo que el desamparo, lejos de ser la última estación de la existencia, constituye la antesala de una desconocida plenitud.

El Jesús de José Antonio Pagola

José Antonio Pagola, teólogo vasco autor Jesús aproximación histórica, libro PPC
por Rafael Narbona 

  

El proyecto de Jesús ha sido mutilado y deformado por todos los que lo han utilizado para adquirir poder y privilegios. En su nombre, se han cometido verdaderas iniquidades, como justificar la guerra, la pena de muerte y la tortura. En cierto sentido, Jesús ya lo anticipó cuando se enfrentó a las autoridades religiosas y políticas de su tiempo. Los lobos se disfrazan de corderos para disimular sus intenciones y garantizar el éxito de sus depredaciones.


En 2007, José Antonio Pagola publicó ‘Jesús. Aproximación histórica’. El propósito del libro era clarificar en qué consistió la buena noticia y quién era ese joven de una aldea de Nazaret que anunció el reino de Dios. La obra suscitó la ira y la incomprensión de los sectores más conservadores, que –con furor inquisitorial– intentaron retirarla de la circulación. Esa reacción revela que Pagola había puesto el dedo en la llaga, mostrando el contraste entre los orígenes del cristianismo y su institucionalización.

¿Quién fue realmente Jesús de Nazaret?

¿Cómo era posible que las enseñanzas del humilde galileo, siempre beligerante contra los abusos del poder, hubieran desembocado en la creación de los estados pontificios o en alianzas con gobiernos que pisoteaban los derechos humanos? ¿Quién fue realmente Jesús de Nazaret? ¿Qué mensaje intentó transmitir? ¿Quién lo mató y por qué?

Pagola comienza su ensayo aclarando que Jesús pertenece a todos, que no es propiedad privada de clérigos, eruditos o doctores. De hecho, empleó palabras claras y sencillas para llegar al mayor número de personas, especialmente a los que sufrían toda clase de humillaciones y carecían de medios para comprender un discurso demasiado elaborado, como los pobres y hambrientos. La vida de Jesús está rodeada de leyendas y mitos, como la “matanza de los inocentes” perpetrada por Herodes, pero son mitos con un alto valor simbólico. La masacre de recién nacidos revela el carácter brutal del Imperio Romano, dispuesto a todo para acabar con sus enemigos efectivos o potenciales. Ya en Marcos, Jesús anuncia que los imperios tienen los días contados, que los caudillos que oprimen a las naciones serán los últimos en el reino de Dios, donde la primacía estará reservada a los que eligen ser los servidores de sus hermanos (Mc 10, 42-44).

Jesús procedía de los estratos populares. Creció entre campesinos y se ha dicho que aprendió el oficio de carpintero, pero el término griego ‘tekton’, que se utiliza para indicar su profesión, debe traducirse más bien como artesano o constructor, lo cual revela que trabajaba con materiales como la piedra, la madera y el hierro. No era un esclavo, sino un obrero. No estaba en el escalón más bajo de la sociedad, pero tampoco pertenecía a un linaje privilegiado. Durante su predicación, mostró preferencia no ya por los pobres (‘penetes’), que poseían una casa humilde y algo de tierra, sino por los indigentes (‘ptochoi’), sin posesiones de ninguna clase y siempre acechados por el hambre.

Fuerte crítica social

Pagola señala que Jesús conoció el incremento de la desigualdad y el endeudamiento de los más débiles, abocados en muchas ocasiones a la marginación. Muchos pequeños campesinos acabaron desahuciados y un buen número de mujeres no tuvieron otra alternativa que prostituirse. Como demuestra la parábola del mendigo Lázaro y el rico epulón, “la actividad de Jesús en medio de las aldeas de Galilea y su mensaje del reino de Dios representaba una fuerte crítica a aquel estado de cosas”. Su denuncia de la injusticia social constituía un desafío público que irritaba a Antipas y al invasor romano.

Jesús mantuvo un estrecho contacto con la naturaleza, tal como lo acreditan sus frases y parábolas, sembradas de alusiones al paisaje y a la fauna de Galilea. En Nazaret, la familia era esencial e incluía grupos extensos, casi clanes. Todo sugiere que los hermanos a los que alude Marcos eran hermanos reales, no primos de Jesús. Algunos autores señalan que solo eran hermanos de padre, no de madre. Pagola no se pronuncia al respecto, pero su análisis sugiere que la castidad de José y la virginidad de María son mitos, no hechos históricos.

En cualquier caso, Jesús rompió con su familia al iniciar su vida ambulante de profeta y todo apunta que invitó a superar el orden patriarcal, acogiendo a mujeres entre sus discípulos y condenado el repudio de las esposas (Mc 10, 11), una medida injusta y arbitraria que las arrojaba a la marginación y el desamparo. Muchos de sus familiares consideraban que se había vuelto loco, especialmente cuando le oían decir cosas como que no se llamara “padre” a nadie en la tierra, pues ese título solo correspondía a Dios, o que había que imitar la inocencia de los niños para lograr la pureza de espíritu.

Amor a los niños

En aquel tiempo, los niños sufrían un trato brutal. A partir de los ocho años, se les obligaba a trabajar y soportaban duros castigos físicos. En cambio, Jesús les trata con dulzura e ignora la costumbre de mantenerlos alejados de los adultos.

En su etapa de profeta, Jesús vivía a la intemperie. No trabajaba y carecía de techo. Pasaba hambre. De ahí que pidiera al Padre que le diera el pan de cada día. En una ocasión, los discípulos comenzaron a arrancar las espigas para comerse el grano, algo que solo hacían los más desesperados. Jesús avergonzaba a su familia con su estilo de vida, pues les parecía un vagabundo, un agitador y un hereje. Los judíos oraban con la mirada orientada a Jerusalén. Jesús prefería rezar con los ojos fijos en el cielo, indicando que Dios no pertenecía a ningún lugar ni a ninguna religión. Era el Padre de todos, incluidos los gentiles.

Lejos de actuar con solemnidad, comía y bebía, compartiendo la mesa con los más humildes y menospreciados, incluidas personas con vidas poco ejemplares. Su formación cultural era escasa, pero su capacidad de interpretar las Escrituras apunta un talento intuitivo y una capacidad innata de argumentación. Ignoró la exigencia judía de casarse y engendrar descendencia. Probablemente, actuó así para consagrar todas sus energías a la propagación de la buena noticia. Pagola entiende que se refería a ese compromiso cuando habla de ser eunuco por el reino de los cielos (Mt 19, 12). La expresión se ajusta bastante bien a su estilo directo y provocador.

No fue un místico

“Jesús no es un místico en busca de la armonía personal –escribe Pagola–. Busca a Dios como fuerza de salvación para su pueblo”. Jesús convierte la mesa compartida en el símbolo de su buena noticia. Frente a la ira del Dios del Antiguo Testamento, anuncia un Dios compasivo que quiere lo mejor para sus hijos. No ya en el otro mundo, sino en este, que no debe ser un valle de lágrimas, sino un lugar de justicia y fraternidad.

Para mostrar en qué consiste el reino que anuncia, Jesús cura a enfermos malditos, toca a los leprosos, abraza a los niños, habla con los samaritanos, protege a las adúlteras. Dios no es el juez implacable, sino el amigo de la vida. Su reino está “allí donde ocurren cosas buenas para los pobres”. Jesús pretende liberar al ser humano de todo lo que lo deshumaniza y le causa sufrimiento. En las bienaventuranzas, se pronuncia a favor de los que tienen hambre, sufren injusticias, lloran y han perdido la esperanza. Quiere dejar claro que “Dios defiende a los que nadie defiende”. Utiliza la semilla de mostaza como símbolo del reino de Dios.

La buena noticia no es algo solemne y grandioso, sino algo que brota de lo frágil, insignificante y humilde. La misericordia divina se parece más a la “cercanía maternal” que a la indulgencia condescendiente de un padre. Dios no es un patriarca, sino una madre que prodiga ternura. No pide adoración, sino que sus hijos compartan fraternalmente los frutos de la tierra. Sucesivamente, Jesús compara a Dios con el buen samaritano, con un pastor, con una pobre mujer de aldea que busca una moneda extraviada. No destaca su omnipotencia, sino su amor, excluyendo de sus rasgos la cólera y la venganza.

Simples curaciones

Los milagros de Jesús producen perplejidad desde el punto de vista de la ciencia. Aunque Pagola no lo dice explícitamente, yo creo que su retrato del galileo abona la tesis de que no son fenómenos sobrenaturales, sino simples curaciones. Jesús fue un sanador, un médico, un terapeuta del cuerpo y el alma. Curaba el mal físico tratando el dolor psíquico. Infundía confianza, serenidad, coraje, dignidad. De ahí que decepcionara a Herodes, que esperaba un alarde de poderes mágicos.

Jesús no utilizaba sus curaciones para adquirir poder, sino para aliviar el sufrimiento. Nunca le interesaron los privilegios. De hecho, advirtió que no se podía servir a Dios y al dinero, asegurando que los ricos tendrían problemas para entrar en el reino de cielos. Antes pasaría un camello por el ojo de una aguja. Jesús niega que la religión posea el monopolio de la salvación. Una adúltera, un centurión romano, un recaudador de impuestos, una prostituta o incluso un ladrón pueden acceder al reino si se comportan fraternalmente con sus semejantes. En realidad, precederán a los sumos sacerdotes en el camino de la salvación. Para Jesús, la misericordia es más importante que la santidad. Quizás por eso perdona los pecados sin exigir nada, ni imponer penitencia de ninguna clase.

Jesús cultivó la amistad de las mujeres. Dado que los evangelios fueron compuestos por varones con los prejuicios machistas de su época, su presencia quizás no está reflejada con todo su peso. Con todo, sabemos que mantuvo una estrecha relación María, oriunda de Magdala, y Marta y María, vecinas de Betania. Pagola especula con que las mujeres que rodeaban a Jesús eran “viudas indefensas, esposas repudiadas y, en general, mujeres solas, sin recursos, poco respetadas y de no muy buena fama. Había también algunas prostitutas, consideradas por todos como la peor fuente de impureza y contaminación”.

Aprendía de las mujeres

Jesús compartía la mesa con ellas, provocando escándalo, y pedía que se las tratara con respeto, exigiendo incluso que nadie las mirara de forma lujuriosa. Lejos de reclamar que las mujeres se dedicaran a las faenas del hogar, alababa a las que –como María de Betania– se desentendían del trabajo para escuchar sus palabras. Y no se limitaba a aleccionarlas. Aprendía de ellas. Una mujer de la región pagana de Tiro le pide ayuda para su hija enferma y, cuando le contesta que el pan de los hijos (en este caso, las ovejas perdidas de Israel) no debe arrojarse a los perrillos, ella objeta que los perrillos se conforman con las migajas que caen de la mesa. Jesús recapacita, comprende que se ha equivocado y rectifica con humildad. Escribe Pagola: “En contra de todo lo imaginable, según el relato, esta mujer pagana ha ayudado a Jesús a comprender mejor su misión”.

Jesús promueve una comunidad alejada del modelo de la familia patriarcal. Entre sus seguidores, no hay dominación masculina ni diferencias jerárquicas. Todo indica que las mujeres participaron en la última cena: “¿Por qué iban a estar ausentes de esa cena de despedida ellas que, de ordinario, comían con Jesús?, ¿quién iba a preparar y servir debidamente el banquete sin la ayuda de las mujeres?”.

La posteridad intentó borrar estos hechos, denigrando a las discípulas de Jesús. Se confundió a María de Magdala con la «pecadora» del relato de Lucas (7, 36-50), rebajándola a la condición de prostituta poseída por siete demonios. Gregorio de Nisa y Agustín de Hipona llegarán a decir que recibió la gracia de la resurrección por ser mujer, como Eva, y, por tanto, responsable de la introducción del pecado en el mundo. Jesús, que mostró tanta cercanía con las mujeres, no habría compartido este razonamiento, ni tampoco que se explicara el amor al prójimo como un acto de obediencia a Dios y no como un sentimiento de afecto hacia otra persona.

La esencia de la buena noticia

El amor al ser humano es la esencia de la buena noticia, pero no un amor sentimental y huero, sino un amor valiente y responsable, que incluye la determinación de denunciar la injusticia y la opresión. Jesús pretendía subvertir el orden establecido. Eso sí, sin violencia, mediante el ejemplo, con gestos de compasión y paz. Se ha dicho que había zelotes entre los seguidores de Jesús, pero el movimiento de resistencia contra la ocupación romana surgió alrededor del año 66 de nuestra era. Jesús era un pacifista radical. Nunca llamó rey a Dios, sino Padre, y el título de rey de los judíos que le atribuyeron los romanos obedeció a la intención de humillarlo.

Jesús nunca habla de obediencia a Dios, sino de seguimiento. Pagola nos recuerda que el término “’abbá’ (papá) evoca el cariño, la intimidad y la confianza del niño pequeño con su padre”. Un padre que ama realmente a sus hijos no pone su amor a prueba, enviándoles enfermedades y desgracias. No hay nada hermoso ni purificador en el sufrimiento.

Pagola aclara que Jesús no murió para borrar la mancha del pecado original, sino por amor al hombre. “Nunca imaginó a su Padre como un Dios que pedía de él su muerte y destrucción para que su honor, justamente ofendido por el pecado, quedara por fin restaurado y, en consecuencia, pudiera en adelante perdonar a los seres humanos. Nunca se le ve ofreciendo su vida como una inmolación al Padre para obtener de él clemencia para el mundo.

Dios no pide morir por su honor

El Padre no necesita que nadie sea destruido en su honor. Su amor a sus hijos e hijas es gratuito, su perdón, incondicional”. ¿Por qué murió Jesús entonces? Por su oposición a las autoridades religiosas judías y a la ocupación romana. La entrada de Jesús en Jerusalén a lomos de un pequeño asno constituyó una provocación. Frente a las entradas triunfales de los generales romanos en corceles blancos, materializó la profecía de Zacarías, que había anunciado que el liberador enviado por Dios utilizaría una humilde montura y no un poderoso caballo.

Los romanos se indignaron con aquel gesto, que interpretaron como un acto subversivo. Las autoridades religiosas judías se escandalizaron aún más cuando arrojó a los mercaderes del templo. No se trató de una reacción espontánea, sino de una manera de censurar el sistema económico, político y religioso simbolizado por aquel edificio. Escribe Pagola: “En la ‘casa de Dios’ se acumula la riqueza; en las aldeas de sus hijos crece la pobreza y el endeudamiento. El templo no está al servicio de la Alianza. Nadie defiende desde ahí a los pobres ni protege los bienes ni el honor de los más vulnerables”.

Antes de morir, Jesús se despidió de sus discípulos. Pagola señala que se malinterpreta el significado de la eucaristía: “El pan partido no es el símil del cuerpo muerto y despedazado de Jesús, ni el vino es imagen de su sangre (el color rojo no es mencionado nunca); son más bien imagen del banquete y la fiesta del reino de Dios. Es el gesto de Jesús entregando un trozo de pan a cada uno y haciendo beber a todos de su copa el que significa su entrega hasta la muerte”.

El mensaje de la última cena

El mensaje de la última cena se condensa en la acción de lavar los pies a los discípulos. El que va a morir como un esclavo realiza la tarea reservada a los esclavos, dejando claro que el reino de Dios consiste en servir a los demás. Pagola subraya que es inaceptable culpabilizar al pueblo judío de la ejecución de Jesús. Eso sí, no comparte la hipótesis de que Judas Iscariote fue una creación de Marcos para simbolizar la traición del pueblo judío, algo que sí cree la teóloga alemana Uta Ranke-Heinemann y que –en mi opinión– es bastante probable. Pienso que Barrabás también es una figura inventada, no un personaje histórico, algo que Pagola considera poco probable.

En cambio, admite que está fuera de duda que Jesús afrontó su muerte con angustia y miedo. Pagola compara su turbación con la serenidad de Sócrates antes de beber la cicuta. Al pensar en este contraste, se me viene a la cabeza una frase de Ignacio Ellacuría sobre Jesús: “Tan humano solo podía ser Dios”. Pagola subraya que los evangelios no dicen en ningún momento que Dios quiera la muerte de Jesús: “La crucifixión es un crimen y una injusticia. ¿Cómo va a querer el Padre que torturen a Jesús? Lo que Dios quiere es que permanezca fiel a su servicio al reino sin ambigüedad alguna, que no se desdiga de su mensaje de salvación en esta hora de la confrontación decisiva, que no se eche atrás en su defensa y solidaridad con los últimos, que siga revelando su misericordia y perdón a todos”.

Jesús resucita a los tres días de su crucifixión. Pagola afirma que no se trata de la reanimación de un cadáver: “Jesús no vuelve a esta vida, sino que entra definitivamente en la ‘Vida’ de Dios”. Es imposible saber si el cadáver acabó en una fosa común o en una tumba cedida por José de Arimatea. El relato del sepulcro vacío es una ficción tardía. Lo importante no es la dimensión física, sino el hecho de que Jesús sigue vivo, inspirando a sus seguidores a luchar por “un mundo diferente, más amable, más digno y justo”.

Un mañana ético

Gracias a su ejemplo, perdura la esperanza de un mañana ético. La imagen de Jesús crucificado y resucitado actualiza la presencia de Dios en el mundo, evidenciando que “Dios está con nosotros, solo piensa en nosotros, sufre como nosotros, muere para nosotros”. El amor de Dios es la fuerza salvadora que salva al ser humano del pesimismo y el desamparo. Concebir la muerte de Jesús como el pago de una deuda contradice el espíritu de los evangelios: “Si Dios fuera alguien que exige previamente la sangre de un inocente para salvar a la humanidad, la imagen que Jesús habría dado del Padre hubiera quedado totalmente desmentida. Dios sería un ser justiciero que no sabe perdonar gratuitamente, un acreedor implacable que no sabe salvar a nadie si antes no salda la deuda que ha contraído con él”.

Jesús es el hijo de Dios no por un inverosímil y absurdo parto virginal, sino porque “en él se hace presente el verdadero Dios, el Dios de las víctimas y los crucificados, el Dios Amor, el Padre que solo busca la vida y la dicha plena para todos sus hijos e hijas, empezando siempre por los crucificados”. La resurrección de Jesús acontece allí donde un grupo de personas intentan seguir sus huellas, atendiendo a las víctimas de la pobreza, la injusticia o la enfermedad.

Pagola concibió su obra como una forma de trabajar por la conversión de la Iglesia católica al Evangelio. Ese objetivo le costó una indigna persecución por parte de las autoridades eclesiásticas españolas, que intentaron hacer desaparecer el libro con el pretexto de que incluía graves desviaciones doctrinales. Los lectores reaccionaron de otra manera. ‘Jesús. Aproximación histórica’ se convirtió en un fenómeno editorial y, quince años despué,s sigue circulando con fluidez.

No excluir ni excomulgar

Creo que Pagola actuó con esa “honestidad con lo real” de la que hablaba Jon Sobrino, explicando en qué consiste ser cristiano: “Seguir a Jesús implica poner en el centro de nuestra mirada y de nuestro corazón a los pobres. Situarnos en la perspectiva de los que sufren. Hacer nuestros sus sufrimientos y aspiraciones. Asumir su defensa. Seguir a Jesús es vivir con compasión. Sacudirnos de encima la indiferencia. No vivir solo de abstracciones y principios teóricos, sino acercarnos a las personas en su situación concreta. Seguir a Jesús pide desarrollar la acogida. No vivir con mentalidad de secta. No excluir ni excomulgar. Hacer nuestro el proyecto integrador e incluyente de Jesús. Derribar fronteras y construir puentes. Eliminar la discriminación”.

El Jesús de Pagola es una invitación a conocer al Jesús real, al liberador, al amigo de la vida, al abogado de los pobres, las mujeres y los marginados, al defensor de los niños, los extranjeros y los enajenados. Para muchos ha significado un reencuentro con el compromiso cristiano. La espiritualidad debe proporcionar paz, armonía, serenidad, alegría. Si despierta miedo y culpabilidad, no es una fuerza liberadora, sino una forma de opresión.

Las religiones que se resistan a renovarse, desprendiéndose de mitos y dogmas, quedarán descolgadas de la historia. Pagola ha prestado un gran servicio a la Iglesia católica y, sobre todo, ha esclarecido el significado del Evangelio, recordándonos que Jesús murió por todos y no por muchos o unos pocos.