La desclericalización de la Iglesia

Ramón Sarmiento: «El autor de «Episodios anticlericales» considera que la desclericalización de la Iglesia es una tarea-ministerio urgente»

Antonio Aradillas
Antonio Aradillas

«El autor de ‘Episodios anticlericales’ es un experimentado usuario de la lengua escrita y un profesional modélico del periodismo religioso que la Iglesia española posconciliar no ha sabido valorar ni ha acertado a integrar y, por ello, está en deuda permanente con él»

«Antonio Aradillas ha sido y es, sobre todo, un ‘cura de profesión’; no un clérigo, casta fustigada por Jesús en su visita al Templo, sino un buen samaritano»

«La obra Episodios anticlericales es fruto de una voz libre, lúcida y crítica que a sus 93 años sigue luchando todas las mañanas»

«Después de una lectura fácil y repleta de tantas y tan buenas anécdotas, pienso que las experiencias de la vida son el mejor testimonio de firmeza en la fe»

Por Ramón Sarmiento

Episodios anticlericales es el título del libro que Antonio Aradillas acaba de publicar en Ed. Autografía de Barcelona. Consta de 266 páginas en edición esmerada y con letra bien legible, redactadas en un estilo ameno y distribuidas en 66 episodios de fácil lectura.

El autor es un experimentado usuario de la lengua escrita y un profesional modélico del periodismo religioso que la Iglesia española posconciliar no ha sabido valorar ni ha acertado a integrar y, por ello, está en deuda permanente con él. Porque Antonio Aradillas ha sido y es, sobre todo, un “cura de profesión”; no un clérigo, casta fustigada por Jesús en su visita al Templo, sino un buen samaritano que a lo largo del camino recorrido ha ido sanando cuantas heridas humanas ha podido y ha saciado la sed espiritual de quienes se han acercado a él.

La obra Episodios anticlericales es fruto de una voz libre, lúcida y crítica que a sus 93 años sigue luchando todas las mañanas -ora et labora-para que cada ocaso pueda alumbrar a la Iglesia un nuevo día mejor, más justo y acorde con el evangelio de Jesús. Como escribió José Manuel Vidal, «la llegada de la primavera de Francisco le pilló donde siempre estuvo: en la Iglesia samaritana, abierta y evangélica». Estas páginas son el testimonio generoso de una voz autorizada, según el padre Ángel, la de «un cura valiente y libre, de un cura como la copa de un pino, incansable y comprometido: de los de Francisco, de los que han permanecido fieles al Concilio Vaticano II».

En Episodios anticlericales se narran y describen episódicamente los conflictos religiosos, ideológicos y sociales que en la Iglesia española posconciliar han ido estallando hasta hoy como si de una secuencia de bombas minuciosamente programadas se tratara. Es una obra muy elaborada y profunda, pero de fácil comprensión, que por asonancia recuerda los otros Episodios nacionales de Benito Pérez Galdós.

En ambos casos, episodio indica «un incidente, suceso enlazado con otro que forman un todo o conjunto». Pero en Galdós, los episodios giran entorno a un personaje de ficción que funciona a modo de hilo conductor de cada una de las cinco series de los episodios históricos que se van narrando; en Aradillas, en cambio, el hilo narrativo-descriptivo es su viacrucis personal, su vida religiosa y la de sus colegas y algunas situaciones en las que tanto colectiva como individualmente se ha visto involucrado y que va desgranando en los sesenta y seis acontecimientos anticlericales.

Estos episodios los califica el autor como anticlericales en consonancia con su convicción personal proclamada: «He sido, soy y seré anticlerical por la gracia de Dios». Según el diccionario español de Oxford, anticlerical es un adjetivo que sirve para describir a quien es «contrario a la intervención de la Iglesia en la sociedad». En efecto, los adjetivos clerical y anticlerical están utilizados por Aradillas como clave interpretativa y descriptiva de los acontecimientos de singular relevancia que desde su perspectiva personal han marcado la convivencia de la Iglesia y la sociedad española. 

El argumentario con que se inicia la obra está inspirado en la calificación de intolerable que el papa Francisco aplicó al clericalismo persistente hoy en la Iglesia, en tanto influencia excesiva del clero en la sociedad o su sumisión al clero. En efecto, este hecho es el que ha inducido a muchos, dentro y fuera de la Institución, a identificar Iglesia con Jerarquía en sus variopintas versiones de títulos, colorines y reverencias.

En este estado de cosas, los laicos y las laicas-etimológicamente, analfabetos,-as poco o nada tienen de Iglesia ni en la práctica ni en la realidad pastoral o canónica. Por ello, la desclericalización hoy de la Iglesia es una tarea-ministerio urgente. Sin laicos, feligreses o fieles no hay Iglesia. Es más, -escribe Aradillas-: «por mucha piedad o comprensión con que se quiera presentar a la Iglesia-Institución actual, no la reconocería ni su Fundador».

Clericalismo

Los episodios anticlericales recogidos en estas paginas se focalizan principalmente sobre diez grandes núcleos temáticos: la riqueza de la iglesia, el sistema jerárquico, la curia romana y las diocesanas, la falta de democracia interna, la sagrada liturgia, la pederastia sacerdotal, la discriminación de la mujer, los tribunales eclesiásticos, desclericalización episcopal, la iglesia que se acaba. 

La Iglesia tiene que verse reflejada en la pobreza del portal de Belén y debiera de inspirase en la humildad del pesebre. No es un hotel de cinco estrellas ni un palacio (casa suntuosa destinada a ser habitación de grandes personajes), sino algo terrenalmente accesible (del latín humus) para permitir el descubrimiento de la verdad existencial y franciscana lejos de la vorágine de las alturas sociales.

El carrerismo y la burocracia, los nombramientos y los grados, el amiguismo y el sobrinazgo no son razones para acceder a cargos y a puestos eclesiásticos en esta vida y menos en la otra. No es posible aseverar con decencia intelectual y fe religiosa que esto sea connatural a la Institución. Debe ser replanteado.

La Iglesia jerárquica se está acabando por ser manifiestamente incompatible con «servicio sagrado al pueblo» y menos haciendo uso de símbolos de raigambre pagana con los que representan y actúan y mucho más acentuado aún en los usos de lenguaje ajenos a la religión, como entronización y tratamientos de otra época. Todo ello requiere una refundación, una reforma urgente de la Curia para homologarla con el Evangelio. Pues, con exclusión de algunos de sus servidores y funcionarios, ni la Curia romana ni las diocesanas son portadoras hoy de métodos ni de esperanzas evangélicas. Casi todo parecido con la realidad es pura coincidencia.

La Iglesia discrimina a la mujer. Es antihumano, anticristiano y antidemocrático. La mitad de la iglesia – madre, esposa o hermana- por el hecho de ser mujer no puede ser excluida. Fueron las únicas personas que acompañaron a Jesús sin defección hasta el ultimo suspiro en la Cruz y las primeras en descubrir el sepulcro vacío al día siguiente. Son mártires del machismo inveterado, añade el autor.

La Iglesia ha de exigir a los obispos y a cuantos configuran sus perfiles oficiales prescindir en la liturgia de la parafernalia de elementos que distraen y nada añaden catequéticamente para las nuevas generaciones. Solo así se explica que, a las catedrales, a las iglesias vacías y a las de la España vaciada más aún, ya solo acudan las cigüeñas para anidar en sus espadañas que cobijan campanas silenciadas. Y la culpa no es del gobierno.

Los tribunales eclesiásticos forman un capítulo aparte en esta obra elocuentemente ilustrativo de cómo no debe aplicarse la justicia que no es divina ni humana. «Sin justicia y más si esta no es reflejo fiel del evangelio, no hay Iglesia de Cristo», escribe Antonio Aradillas, quien ha sido víctima de la injusticia eclesiástica y a quien en 1982 el cardenal Enrique Tarancón hubo de levantarle la sanción canónica que le había sido impuesta por informar en Sábado Gráfico bajo el título: “Madrid, ¡matrimonio religioso de un cura!”.

 En consecuencia, el autor considera que la desclericalización de la Iglesia es una tarea-ministerio urgente, recurriendo a palabras del papa Francisco. Porque una Institución sin feligreses, fieles o laicos no es una Iglesia, sino otra cosa de la que Jesús ya prescindió. No es de extrañar, pues, que la mirada que sobre la Iglesia actual reflejan estos episodios sea tan combativa como escéptica, tan cargada de razones para creer como fatigada del ejercicio de la fe.

Y esta posición de Aradillas también crítica y amorosa quizás la pueda reflejar mejor estos dos sintagmas de un verso del poeta Ángel González «vivir sin esperanza, con convencimiento», entre los cuales no existe la conjunción copulativa, pero, sino una coma que hace todavía más complicada la interpretación. Porque vivir sin esperanza supone hacerlo sin expectativas, y vivir con convencimiento implica saber que nuestra palabra significa algo y que hay que actuar en consecuencia.

Después de una lectura fácil y repleta de tantas y tan buenas anécdotas, pienso que las experiencias de la vida son el mejor testimonio de firmeza en la fe. Solo me queda la admiración personal por quien ha alcanzado la alta cumbre de fray Luis de León y se encuentra en plenitud de fuerzas y gozando de una agilidad mental admirable para seguir en activo a su edad. Así el libro termina con esta reflexión personal suya: “Y, si se es feliz de verdad, no es posible conjugar el verbo someter ni por activa ni por pasiva. Es palabra de Dios, ‘ejemplo de Jesús y testimonio viviente del papa Francisco, fervoroso devoto de los líos’”.