Entrevista a Leonardo Boff

RATZINGER FUE UN REPRESENTANTE DEL ANTIGUO CRISTIANISMO MEDIEVAL

– Era el 7 de septiembre de 1984 y Leonardo Boff se sentaba como acusado ante el prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, Joseph Ratzinger, en lo que a todos los efectos parecía un juicio moderno por herejía. Bajo acusación estaba su libro Iglesia: carisma y poder, del que el ex Santo Oficio había destacado aspectos «como para poner en peligro la sana doctrina de la fe».

Pero en la mira del Vaticano no había un solo libro: había más bien esa Teología de la Liberación (TdL), que, nacida de la realidad de los pobres (interpretada con la ayuda de las ciencias sociales y el análisis marxista de la historia) y dirigida a su liberación, había alarmado inmediatamente a los centros más sensibles del poder político y religioso.

Sin resentimiento

Hubiera sido, garantizó Ratzinger, una «conversación entre hermanos» -con los ojos del mundo puestos en Roma no hacía falta evocar imágenes inquisitoriales-, pero el desenlace ya estaba escrito. Al año siguiente, Boff sería castigado con un obsequioso silencio. Y en 1992, ante la amenaza de nuevas medidas disciplinarias, habría abandonado la Orden de los franciscanos y renunciado al sacerdocio, mientras continuaba incansablemente su actividad como teólogo de la liberación. Hoy, ante la muerte de su perseguidor, dice no sentir ningún resentimiento, destacando sólo la necesidad de una «lectura objetiva» del pensamiento y la acción de Ratzinger.

–Grandes palabras de elogio se han dedicado a Benedicto XVI. Usted que, junto con muchos otros, pagó personalmente la persecución del Vaticano, ¿cómo reacciona ante los comentarios realizados en los últimos días?

Es normal hablar bien de los muertos, sobre todo si se trata de un Papa. Sin embargo, la teología, al no poder sustraerse a una lectura objetiva y crítica, debe tener el coraje de mostrar también las sombras de Benedicto XVI. Era un teólogo progresista y respetado cuando enseñaba en Alemania. Pero luego se dejó contaminar por el virus conservador de la milenaria institución eclesiástica, al punto de abrazar, en algunos aspectos, posiciones reaccionarias y fundamentalistas.

Basta pensar en la declaración Dominus Iesus del 2000, en la que relanzaba la vieja tesis medieval, superada por el Concilio Vaticano II, según la cual «fuera de la Iglesia no hay salvación«: Cristo es el único camino de salvación y la Iglesia es la única vía de salvación. Nadie caminará por el camino a menos que primero pague el peaje. En cuanto a las Iglesias no católicas, no serían «Iglesias en sentido propio», sino sólo «comunidades separadas». Una puerta se cerró de golpe en la cara del ecumenismo. Su sueño era el de una reevangelización de Europa bajo la guía de la Iglesia Católica. Un proyecto irrisorio e impracticable, teniendo que arrasar con todas las conquistas de la modernidad. Pero Ratzinger fue un representante del antiguo cristianismo medieval.

Estaba claro que no quería saber de una teología elaborada a partir de las periferias. Para los pobres fue un escándalo, para nosotros los teólogos, apoyados por cientos de obispos, una humillación

Luego estaba la condenación de la Teología de la Liberación…

Para nosotros, teólogos latinoamericanos, fue una gran herida que hubiera prohibido a decenas de teólogos de todo el continente producir una serie de 53 volúmenes, titulada Teología de la Liberación, como ayuda para estudiantes, comunidades de base y operadores de pastoral comprometidos en la perspectiva de los pobres. Estaba claro que no quería saber de una teología elaborada a partir de las periferias. Para los pobres fue un escándalo, para nosotros los teólogos, apoyados por cientos de obispos, una humillación.

-Ratzinger ha publicado dos Instrucciones sobre la Teología de la Liberación. La primera fue muy dura, en 1984. La segunda, dos años después, con tonos más suaves, escrito bajo la presión de los cardenales brasileños Arns y Lorscheider. Y fue precisamente en 1984 cuando usted pasó por el juicio ante la Congregación para la Doctrina de la Fe.

El proceso terminó con la imposición de un «silencio obsequioso», eufemismo de la prohibición de hablar, de enseñar, de realizar cualquier actividad teológica. Pero no siento resentimiento cuando recuerdo aquellos días turbulentos: el hecho de haber asumido la causa de los pobres, los amados del Jesús histórico, me hizo sentir seguro. Además, ese juicio, cubierto por los medios de comunicación de todo el mundo, había ofrecido una enorme oportunidad para dar a conocer la TdL. Todos entendieron que estaba en juego no sólo una teología, sino la posición de la Iglesia frente al drama de los pobres y oprimidos.

Con la censura y persecución de tantos teólogos, desde Gustavo Gutiérrez hasta Jon Sobrino, Ratzinger no ha dado buen ejemplo: no ha escuchado el clamor de los pobres, ha condenado a sus amigos y aliados y ha malinterpretado la Ley. ¡Ay de los que no se pongan del lado de los pobres, porque ellos serán los que nos juzguen!

–¿Qué llevó a este malentendido?

La falta de apoyo de Ratzinger al TdL ha hecho vacilar a muchos cristianos. Tanto más cuanto que a los teólogos de la línea de la liberación se les prohibió ofrecer asesoramiento pastoral a los obispos e incluso acompañar a las comunidades de base. Se les ha negado la alegría del trabajo pastoral y de la enseñanza de la teología. Ratzinger ha sido un factor de división dentro de nuestra Iglesia latinoamericana.

Carente de capacidad de gobernar, ha sembrado en la Iglesia más miedo que alegría, más control que libertad

-¿Cómo evalúa su pontificado?

Benedicto XI dio continuidad al invierno eclesial iniciado por Juan Pablo II con el abandono de las reformas del Concilio. Con el «retorno a la gran disciplina» que promovió, incluso acentuó esta tendencia. Basta pensar en la reintroducción de la misa latina. Concibió a la Iglesia como un castillo fortificado contra los errores de la modernidad, desde el relativismo al marxismo o la pérdida de la memoria de Dios en la sociedad. Colocó la Verdad en el centro, con su defensa de la ortodoxia. Carente de capacidad de gobernar, ha sembrado en la Iglesia más miedo que alegría, más control que libertad. Era una persona afable y delicada, pero sin el carisma de su antecesor. Sin embargo, por sus virtudes personales y por los sufrimientos que padeció, estoy seguro de que será acogido entre los bienaventurados.

¿Cómo interpretó su renuncia?

Se había dado cuenta de los escándalos sexuales y financieros en la Iglesia, pero sintió que le faltaba la fuerza para cambiar la situación. Necesitábamos otro Papa más en el pulso. No se trataba de problemas de salud, sino del hecho de que se sentía psicológica, mental y espiritualmente desamparado.

Claudia Fanti

La teología de la liberación

«La Teología de la Liberación no es una ideología o una teoría.  Es una manera de vivir el Evangelio»

Juan Pablo II y Benedicto XVI frente a la Teología de la Liberación: Encarnizamiento y hostilidad

Joseph Ratzinger y Juan Pablo II

«El 6 de agosto de 1984 la Curia Vaticana dio a conocer la ‘Instrucción sobre algunos aspectos de la teología de la liberación’, firmada por Ratzinger que señalaba graves errores en la Teología de la Liberación. Se trataba de una interpretación subjetiva y equivocada de la misma»

«La Teología de la Liberación no es una ideología o una teoría. Es una manera de vivir el Evangelio en la proximidad y solidaridad con las personas excluidas y empobrecidas que tiene tres elemntos claves: la opción por los pobres y desvalidos, la memoria viva de los mártires y la esperanza de que otro mundo es posible»

«La Teología de la Liberación nació en las periferias sociales cristianas. Recoge el clamor de millones de pobres, de pueblos enteros oprimidos y excluidos»

«La liberación comienza por la transformación personal: Hasta que no hayamos derrotado el egoísmo, no habremos todavía realizado la liberación del ser humano»

«Los nuevos sujetos no nacen espontáneamente con las nuevas estructuras, sino que habrá que forjarlos al ritmo de la resistencia y de la lucha. La revolución ética es todavía una asignatura pendiente»

Por Fernando Bermúdez López

El 6 de agosto de 1984 la Curia Vaticana dio a conocer la “Instrucción sobre algunos aspectos de la teología de la liberación”, firmada por el entonces cardenal Joseph Ratzinger, presidente de la Congregación para la Doctrina de la Fe, y ratificada por el papa Juan Pablo II.

Este documento señalaba graves errores en la Teología de la Liberación. Pocos días después un grupo de teólogos y teólogas (laicos y laicas, sacerdotes y religiosas) nos reunimos en la ciudad de México. Leímos y analizamos la Instrucción y llegamos a la conclusión que era un documento injusto, ajeno a la realidad, porque lo que ahí se condenaba no era realmente lo que es en sí la Teología de la Liberación sino una interpretación subjetiva y equivocada de la misma.

Teologia de la Liberacion

«No comprendemos este encarnizamiento y hostilidad de Juan Pablo II y del cardenal Ratzinger con respecto a la teología de la liberación. Tal vez viene bien recordar aquellas palabras de Nietzsche “no se piensa igual de Dios en un palacio que en una choza»

Consideramos que es indecente condenar a los creyentes que han consagrado su vida —y somos decenas de miles de laicos y laicas, religiosas y religiosos, obispos, sacerdotes y misioneros de todas partes— los que hemos seguido el mismo camino. Ser discípulos de Jesús es imitarlo, seguirlo y actuar como él vivió. No comprendemos este encarnizamiento y hostilidad de Juan Pablo II y del cardenal Ratzinger con respecto a la teología de la liberación. Tal vez viene bien recordar aquellas palabras de Nietzsche “no se piensa igual de Dios en un palacio que en una choza”.

Ese día se encontraba entre nosotros un catequista refugiado guatemalteco y animador de una comunidad cristiana. Escuchaba en silencio. Al finalizar el análisis que hicimos, expresó: “Como el papa Juan Pablo II y el cardenal Ratzinger no sufren lo que nosotros los campesinos sufrimos, por eso no nos entienden”.
En verdad no hemos necesitado leer a Karl Marx para descubrir la opción para los pobres. Es el mensaje y la práctica de Jesús de Nazaret quien nos ha revelado que los pobres son un lugar teológico. Todo el Evangelio refleja la opción preferencial de Jesús por los pobres, los débiles y su oposición a los que abusan de ellos y los oprimen.

Un catequista refugiado guatemalteco: «En verdad no hemos necesitado leer a Karl Marx para descubrir la opción para los pobres. Es el mensaje y la práctica de Jesús de Nazaret quien nos ha revelado que los pobres son un lugar teológico»

La Teología de la Liberación no es una ideología o una teoría. Es una manera de vivir el Evangelio en la proximidad y solidaridad con las personas excluidas y empobrecidas. Esta teología tiene dos fuentes. Una es la experiencia de fe en el Dios de la vida, Padre y Madre de todos los hombres y mujeres, revelado en Jesús; y otra, el análisis de la realidad socioeconómica y política. Ha llevado a cabo una verdadera revolución metodológica al “incorporar las ciencias sociales y humanas en la epistemología teológica”, en palabras de Juan José Tamayo. Se mueve por el hambre y sed de Dios que hay en el pueblo y por el hambre de pan y de justicia. Es una teología que nace en el corazón del pueblo de Dios.

Hay tres elementos claves de la Teología de la Liberación:

*La opción por los pobres y desvalidos, siguiendo la práctica y el mensaje de Jesús. La parábola del buen samaritano (Lc 10, 30-23) ilumina esta opción, que es una exigencia evangélica: “Haz tú lo mismo”.

Consecuentemente, existe siempre para el creyente una pregunta referencial: ¿Qué posición tomó Jesús frente a la realidad socioeconómica de su tiempo?

*La memoria viva de los mártires que nos desafía a continuar con la lucha y sueños por los que ellos dieron la vida. América Latina es tierra de mártires, tierra regada con la sangre de numerosos hombres y mujeres, laicos y laicas, religiosas y religiosos, sacerdotes y obispos, comprometidos con la justicia.

*La esperanza de que otro mundo es posible. Las comunidades cristianas son conscientes de que su causa es invencible porque es el sueño de Dios para la humanidad. Dios quiere hijos e hijas no esclavos, quiere hermanos y hermanas, no enemigos unos de otros. A veces las comunidades que han optado por la liberación integral de los pobres se sienten golpeadas, derrotadas e incomprendidas, pero siguen firmes en la esperanza. Como bien señalaba Pedro Casaldáliga, se sienten como soldados derrotados de una causa invencible. Es por eso que la esperanza es una característica fundamental del cristianismo liberador. La Teología de la Liberación manifiesta que el cambio que el mundo necesita exige hombres nuevos y mujeres nuevas que viven lo que proclaman y proclaman lo que viven.

La Teología de la Liberación nació en las periferias sociales cristianas. Recoge el clamor de millones de pobres, de pueblos enteros oprimidos y excluidos, indígenas, afroamericanos, campesinos, mujeres, pobladores de las barriadas marginales de las grandes ciudades…

El movimiento de la Teología de la Liberación cobró impulso con Juan XXIII y el Concilio Vaticano II y recibió reconocimiento oficial en la reunión del episcopado latinoamericano en Medellín, cuyo documento comienza diciendo que “No hay historia de la salvación sin salvación de la historia”.

Los teólogos de la liberación no han hecho sino sistematizar la experiencia de fe del pueblo creyente. Recordamos entre estos, con especial admiración y respeto, a Gustavo Gutiérrez, padre de la Teología de la Liberación; a Leonardo Boff, a Ivón Guevara, Ignacio Ellacuría, Jon Sobrino, Carlos Bravo, Pablo Richard, Carlos Mesters, Giulio Girardi, José Comblin, Frei Beto, Oscar Beoso, Teófilo Cabestrero, Raquel Saravia, José Marins, Marcelo Barros, Benjamín Forcano, Juan José Tamayo…Y muchos más. Sería interminable mencionarlos a todos. Entre los teólogos y teólogas de la liberación los hay también de las iglesias protestantes, como Jorge Pisley, Elsa Támez, Julia Esquivel, Montiner… La teología de la liberación es de carácter ecuménico

El cristianismo liberador no tiene un proyecto socioeconómico propio, sino que analiza y descubre los signos del Espíritu de Dios en las distintas expresiones que buscan otro modelo económico alternativo y las apoya críticamente. Es consciente de que el mundo no necesita parches ni una refundación del capitalismo, sino que se requiere un cambio profundo y revolucionario, que comienza por uno mismo.

Al hablar de revolución muchos piensan en violencia. Las comunidades cristianas de América Latina entienden que la revolución es esencialmente defensora y promotora de la vida y la paz. No quieren la muerte. Quieren la vida, una vida digna para todos los hombres y mujeres. Si en una revolución hay violencia, ésta viene de los de arriba, de los que se resisten a que haya cambios. Por eso que defienden a capa y espada sus privilegios. La revolución hoy en América Latina apunta a cambios estructurales del sistema socioeconómico, que son interpretados como signos de la presencia del reino de Dios, cuya plenitud está más allá de la historia.

«Al hablar de revolución muchos piensan en violencia. Las comunidades cristianas de América Latina entienden que la revolución es esencialmente defensora y promotora de la vida y la paz. No quieren la muerte. Quieren la vida, una vida digna para todos los hombres y mujeres»

La conquista de una sociedad justa, libre y equitativa, sin explotados ni explotadores, no es el reino de Dios. El Reino es mucho más, infinitamente más. Pero el Reino exige pasar por ahí. Los procesos históricos de liberación son signos de la presencia del Reino. No puede haber reino de Dios si unos pocos acaparan los bienes de la tierra dejando en la pobreza a la mayoría, si hay gente que muere de hambre, si hay hombres y mujeres que son marginados por su condición social, étnica, cultural o religiosa.

Todo cambio sociopolítico exige transformaciones profundas en la conciencia de las personas. La liberación comienza por la transformación personal. Giulio Girardi se plantea: “¿Cuál es el objetivo fundamental de todo proceso liberador? Es conseguir la liberación humana. Que el rico se libere de la codicia que lo tiene alienado y que el pobre se libere de su indigencia y los egoísmos que pueda tener. La liberación del ser humano no significa sólo realizar la justicia social, no significa sólo derrotar la ignorancia. No podemos limitarnos a construir carreteras, viviendas, hospitales…

«Hasta que no hayamos derrotado el egoísmo, no habremos todavía realizado la liberación del ser humano»

Ciertamente, un día haremos posible el viejo sueño de construir casas para todo el pueblo… Esto, sin embargo, es sólo un aspecto de la liberación del hombre. Pero, hasta que no hayamos derrotado el egoísmo, no habremos todavía realizado la liberación del ser humano. Los sueños revolucionarios serán realidad cuando el ser humano viva para la comunidad, cuando no viva para sí mismo, sino que será capaz de abrir las puertas de su corazón y entregarlo a los demás.

Sólo los hombres y mujeres impregnados de actitudes éticas, serán capaces de aportar a la construcción de una nueva sociedad. Sólo los hombres y mujeres justos y libres podrán ser agentes de un mundo de justicia y libertad. Los nuevos sujetos no nacen espontáneamente con las nuevas estructuras, como bien señalaba Pablo Richard, sino que habrá que forjarlos al ritmo de la resistencia y de la lucha. La revolución ética es todavía una asignatura pendiente.

J. Ratzinger: evaluación del teólogo Papa

Benedicto

«El Evangelio de Juan nos muestra el verdadero Jesús y podemos usarlo tranquilamente como fuente de Jesús”

«Hay otro punto de fondo que atravesó toda la gestión eclesial, el pontificado y la biografía teológica de J. Ratzinger de principio a fin: su pasión por mostrar la capacidad seductora de Jesús, “la” verdad por excelencia»

«Una legítima y argumentada prevención ante el marxismo triunfante durante su época como profesor y obispo pareció haberse convertido –una vez derrotado ideológicamente con la caída del muro de Berlín- en un prejuicio imposible de superar»

«Descanse en la paz del Dios de la misericordia, la Verdad que sigue consolando y estimulando a quienes aguardamos encontrarnos un día con Ella, como ya lo ha hecho nuestro hermano J. Ratzinger – Benedicto XVI»

Por| Jesús Martínez Gordo teólogo

La cantidad y entidad de las cuestiones enumeradas no sólo muestra la oportunidad de contextualizar tanto la aportación teológica y espiritual como la gestión eclesial de J. Ratzinger – Benedicto XVI, sino también la necesidad de recordar, de manera empática y crítica, algunas de tales líneas de fuerza mayor que tuvo muy presentes mientras fue Papa. 

1.- Evaluación de sus líneas de fuerza teológicas y espirituales

Son, particularmente, las referidas a la relación entre revelación y tradición, así como entre sagrada escritura y magisterio. Esto es algo constatable, por ejemplo, en la centralidad que concedió a su singular interpretación del evangelista Juan. 

1.1.- La centralidad de Juan

Es cierto que en su cristología, gestión eclesial y magisterio papal hubo abundantes referencias a los sinópticos, pero también que no ocuparon el puesto capital que, finalmente, fue concedido a Juan. Y lo fue porque el cuarto evangelista subraya el recuerdo y la memoria, algo capital para un platónico y agustiniano. El recordar del que habla Juan, sostenía Benedicto XVI, no es el resultado de un mero proceso psicológico o intelectual en el ámbito privado, sino un acontecimiento eclesial que –al estar guiado por el Espíritu Santo- trasciende la esfera propiamente humana del comprender y conocer, muestra la cohesión entre la Escritura y realidad y nos guía a toda la entera verdad. 

Consecuentemente, el cuarto evangelista dejaba abierta a cada época y generación -gracias al comprender en el recordar- una vía de mejor y más profunda comprensión de esa verdad. Es un camino que, yendo más allá de la historicidad de los acontecimientos y de las palabras, nos introduce “en aquella profundidad que procede de Dios y conduce a Él”, es decir, “nos muestra verdaderamente la persona de Jesús, tal como era, y por eso nos muestra a Aquel que no sólo era, sino que es; Aquel que, en todos los tiempos, puede decir en la forma de presente: ‘Yo soy’ ‘Antes de que Abrahán fuera, Yo soy’ (Jo 8, 58). Este Evangelio nos muestra el verdadero Jesús y podemos usarlo tranquilamente como fuente de Jesús”.

Como se puede apreciar, la referencia a la historia de Jesús tiene una importancia secundaria al quedar, articulada desde la primacía del “recuerdo” vivo en que nos llega. J. Ratzinger sintonizaba en esta apuesta con sus maestros S. Agustín y S. Buenaventura y con su amigo H. Urs von Balthasar, a pesar de que apuntara en alguna ocasión –acertadamente, por cierto- que una fe que se olvide de la dimensión histórica se convierte en “gnosticismo” porque descuida la carne, la encarnación y la verdadera historia.

En esta apuesta por el cuarto evangelio no sólo reaparecieron referencias tan importantes en la biografía teológica de J. Ratzinger como el nexo entre conocer y recordar, historia y fe, Espíritu Santo y magisterio o revelación y tradición, sino que permitió explicar, entre otros puntos, su concepción de “la” Verdad y su posición favorable a la llamada exégesis canónica.

1.2.- Verdad y evidencia

Hay otro punto de fondo que atravesó toda la gestión eclesial, el pontificado y la biografía teológica de J. Ratzinger de principio a fin: su pasión por mostrar la capacidad seductora de Jesús, “la” verdad por excelencia. 

Benedicto XVI siempre tuvo un interés particular por argumentar la relación existente entre verdad y evidencia. Su desmarque de la neoescolástica y su asentamiento agustiniano encontraron aquí una correcta explicación. Nada de extraño que subrayara el lado espiritual de quien se autopresentaba –para escándalo de los judíos y extraños- no sólo como “el camino y la vida”  sino, sobre todo, como “la” verdad. Y que lo hiciera reclamando para sí la evidencia propia de toda belleza y la capacidad de seducción y fascinación que le es propia. 

Ésta es una legítima acentuación que cuenta con  una fecunda y rica tradición en la historia de la teología. Pero es una perspectiva entre otras posibles, igualmente arraigadas en la tradición cristiana. 

Existen, por ejemplo, otras más atentas a mostrar que “la” verdad de Dios consiste precisamente en su amor y, de manera particular, en su asociación con los crucificados de este mundo. Son cristologías que muestran sobradamente que el seguimiento de Jesús se “veri-fica” (es decir, se hace verdad) estando con los bienaventurados con los que, libremente, decidió identificarse, por puro amor; y con quienes sigue estándolo en nuestros días, sin dejar de ser, por ello, consuelo para unos y aguijón para otros.

La concepción que Benedicto XVI tuvo de la verdad explica que en sus referencias a los Santos Padres no resaltara como es debido un dato incontestable para ellos: que los pobres son los “otros Cristos” y que en tal verdad se aloja una descolocante identificación, capaz de conmover a todos, empezando por los  mismos padres griegos y latinos, siguiendo por casi todos los santos y místicos y continuando por las personas de buena voluntad de todos los tiempos.

Es cierto que a esta comprensión de la verdad le ronda el riesgo del “ateísmo cristiano”. Pero no es menos cierto que la perspectiva marcadamente platónica y agustiniana a la que se apuntó J. Ratzinger tenía que eludir los riesgos del docetismo o intelectualismo y del espiritualismo desencarnado y ciego. En definitiva, el “gnosticismo” que acertadamente denunció en su cristología y en otros textos anteriores y posteriores. 

Pocos discuten que Mt 25, 31 y 1 Juan 4, 8 son dos textos con una indudable fuerza para marcar la teología de todos los tiempos. Así ha sucedido siempre, con la dramática excepción del siglo XIX y parte del XX, un tiempo en el que la Iglesia, ocupada en curarse las heridas provocadas por la pérdida de los estados pontificios y por sacudirse las injerencias de los poderosos de este mundo, acabó descuidando la centralidad de los pobres y dejó que el marxismo se apropiara violentamente de semejante verdad. 

Desde entonces, una parte de la Iglesia católica ha tenido enormes dificultades para diferenciar el ropaje inaceptablemente violento y autoritario de la reivindicación marxista de la raíz radicalmente evangélica que aletea en su defensa del proletariado y, por extensión, de los pobres y parias del mundo. Y como consecuencia de ello, ha tenido dificultades para superar una concepción paternalista o meramente asistencialista de la pobreza y abrirse a una consideración estructural de la misma. Esto fue algo evidente en la biografía teológica y en la gestión eclesial de J. Ratzinger. Una legítima y argumentada prevención ante el marxismo triunfante durante su época como profesor y obispo pareció haberse convertido –una vez derrotado ideológicamente con la caída del muro de Berlín- en un prejuicio imposible de superar. 

Hubiera sido deseable que, sin renunciar a una oportuna crítica sobre las manifestaciones contemporáneas del pelagianismo, hubiera acompañado dicha crítica de similares cautelas ante las actuales variantes del docetismo (en el fondo, confesión de palabra sin coherencia de vida ni experiencia mística). Éste es, también, uno de los errores más extendido y más disolvente de los que amenazan en nuestros días a la fe cristiana y sobre el que se echa de menos una crítica consideración en su biografía teológica y en su gestión eclesial. Al menos, tan contundente e insistente como la que realizó del pelagianismo o “ateísmo cristiano”. 

Si hubiera procedido de esta manera, “la” verdad manifestada en Jesús habría sido mostrada en todo su alcance y con  todas sus consecuencias; evidenciando su incuestionable capacidad para seducir y, también, escandalizar, en este caso, a los poderosos del mundo.

1.3.- Recelo a la exégesis histórico-crítica

Jesucristo era presentado en los años treinta –afirmó Benedicto XVI- a partir de los Evangelios, por lo cual, a través del hombre Jesús se hacía visible Dios y a partir de Dios se podía ver la imagen del auténtico hombre. En los años cincuenta apareció el debate sobre el Jesús histórico y el Cristo de la fe alejándose el uno del otro. Y lo hizo de la mano de la investigación histórico-crítica ¿Qué significado puede tener la fe en Cristo si el hombre Jesús era tan diferente de cómo lo habían presentado los evangelistas y de cómo lo anuncia la Iglesia partiendo de los Evangelios? Se inició un proceso de reconstrucción del Jesús histórico que más tenía que ver con la biografía de sus autores que con Jesús mismo. 

La consecuencia de todo ello fue –gustaba diagnosticar J. Ratzinger- un Jesús histórico cada vez más alejado de nosotros porque en realidad sabemos muy poco de Él. En esta onda se encontraba R. Schnackenburg, para quien sólo nos quedaba la historia de las tradiciones y de las redacciones. 

Esta conclusión, sentenció Benedicto XVI, es “dramática para la fe” porque la dejaba sin una referencia cierta y la relación con Jesús corría el riesgo de sustentarse en el vacío  o, en el mejor de los casos, en las ocurrencias del exégeta de turno. La Biblia quedaba incapacitada para hablar del Dios viviente y se extendía la convicción de que cuando nos aproximamos a la Escritura y la comentamos, en realidad estamos hablando de nosotros mismos. Peor todavía: estamos decidiendo qué puede hacer Dios y qué queremos o debemos hacer nosotros.

Esta manera de acercarse a la Escritura acababa secuestrando la comunión de Jesús con el Padre. En ella consistía la singularidad del Jesús histórico. Sin ella no era posible comprender nada. Y sólo partiendo de ella se podía entender todo, incluso en nuestros días.

La “lógica católica”

La contundente valoración que J. Ratzinger formuló de la exégesis histórico-crítica (y las consecuencias que comporta) lleva a recordar, una vez más, la importancia suma de primar la llamada lógica “católica” frente a otras lecturas de la Escritura, excesivamente marcadas por biografías personales o por legítimas –pero, frecuentemente, limitadas- acentuaciones particulares. 

Desde los tiempos del PseudoDionisio sabemos que toda teología que se precie de tal ha de cuidar la encarnación del Hijo y la resurrección del Crucificado. También sabemos que la riqueza del misterio que se nos entrega en Jesucristo solo puede ser balbucida manteniendo en el equilibrio inestable -propio de todo pensamiento “católico”- esas verdades que para un pensamiento racionalmente estrecho son percibidas como contradictorias o imposibles de articular: Jesús y Cristo, trascendencia e inmanencia, revelación e historia o Escritura y tradición. 

Y sabemos, igualmente, que la pluralidad de discursos teológicos es consecuencia de acercarse a un misterio que excede nuestras capacidades comprensivas y también de adoptar diferentes puntos de partida: no es lo mismo aproximarse desde inquietudes veritativas que estéticas o amorosas. En cualquier caso, para que toda aproximación sea efectivamente “católica” tendrá que integrar las verdades a las que otras perspectivas son más sensibles y ser muy consciente, a la vez, de los riesgos que rondan a la perspectiva adoptada.

Con su apuesta por la “exégesis canónica” J. Ratzinger partió –como agustiniano que fue- del Cristo de la fe y desde Él se encaminó al Jesús histórico: “Yo sólo busco, más allá de las meras interpretaciones histórico-críticas, aplicar los nuevos criterios metodológicos, que nos permiten una interpretación propiamente teológica de la Biblia y que exigen la fe, sin por ello querer y poder renunciar de ninguna manera a la seriedad histórica”. Es una legítima perspectiva teológica y espiritual, atenta a la iluminación interior que procede de lo alto y pronta a contemplar fascinado el misterio divino. 

El Cristo de la fe fue el punto de partida axiomático de su teología y espiritualidad: a Cristo –vino a decir J. Ratzinger- o “se le toma como un loco o se le sigue como un loco”. Es cristiano quien ha quedado seducido por la contemplación de un misterio capaz de iluminar todas las parcelas de la existencia. Cuando ello sucede, el cartesiano “cogito ergo sum” se convierte en un “católico” “cogitor ergo sum” (“Soy pensado en Dios, luego existo”). 

Ésta es la loable inquietud que latió en su apuesta por la “exegesis canónica”. “Solo a partir de Dios se puede comprender al hombre y sólo si vive en relación con Dios, su vida se hace justa. Dios no es un lejano desconocido. Nos muestra su rostro en Jesús; en su actuar y en su voluntad reconocemos los pensamientos y la voluntad de Dios mismo”.

El riesgo de subjetivismo

Pero como toda apuesta, presenta -si se analiza a la luz de la historia de la espiritualidad- indudables limitaciones. Y no es la menor de ellas su proclividad a favorecer interpretaciones “eisegéticas”, es decir, proyectivas de deseos y sentidos ajenos -y hasta enfrentados- al Jesús de la historia. 

Para que el recurso a Cristo no acabe convirtiéndose en la búsqueda de un analgésico, de un placebo, de un hippy fascinante, de un postmoderno debidamente autocentrado o de un fiel más dócil a la autoridad eclesial que a la palabra del Maestro se necesita la referencia del Crucificado, del Jesús histórico. Gracias a Él sabemos, por ejemplo, que nuestro centro es “ex – céntrico”, es decir, que pasa fuera de nosotros, de nuestra subjetividad, deseos, aspiraciones, ilusiones y que se actualiza en los crucificados de este mundo.

Por ello, hay que recordar que, junto a esta perspectiva legítimamente primada por J. Ratzinger, existe la que, partiendo del Jesús histórico, aproxima al Cristo. Y, al acercarle, ahorra el riesgo masoquista que ronda a todo seguidor que se queda únicamente en la contemplación del Crucificado. Es la perspectiva en la que estuvieron empeñados, desde E. Käsemann, una buena parte de los exégetas y teólogos católicos que tuvieron claro, con Benedicto XVI, que el Jesús del kerygma o confesado y predicado es más que el Jesús histórico, pero también que el Jesús histórico ha de seguir siendo el criterio último de la identidad cristiana y de toda cristología; como lo fue para Pablo, los evangelistas, el redactor de la carta a los hebreos y el del Apocalipsis. 

Esta circularidad entre Cristo y Jesús desde la primacía de la historia es algo –recuerdan estos teólogos y exégetas- que ha pervivido a lo largo de la historia de la Iglesia, a pesar de que la tradición cristiana no haya considerado nunca conveniente canonizar la historia de Jesús (O. Tuñí). 

Y por si este argumento sobre la primacía del Jesús histórico sobre el Cristo de la fe no fuera suficiente, hay que recordar que es el criterio reivindicado por la Declaración “Dominus Jesus” (2000) en su crítico e interesante diálogo con aquellas posiciones que hacen de la máxima “Jesús separa, el Espíritu une” el axioma configurador de su perspectiva. Juan Pablo II ratifica acertadamente que el Espíritu del que hablamos y al que nos referimos es el Espíritu de Jesús, el resucitado de entre los muertos, es decir, el histórico.

Por tanto, el ir “más allá” del dato histórico que legítimamente reivindicó Benedicto XVI apoyándose en la “exégesis canónica” está obligado a pasar, más tarde o más temprano, por el crisol del Jesús histórico, el Crucificado que se actualiza en los crucificados de este mundo. Es ese crisol el que evita incurrir en el riesgo “eisegético” indicado, con los espiritualismos, subjetivismos y manipulaciones sobre los que alertaron incansablemente los santos y los místicos. Entre ellos, Santa Teresa y S. Ignacio. 

El santo vasco dice en su autobiografía que aprendió a renunciar a “grandes noticias y consolaciones espirituales” y a “nuevas inteligencias de cosas espirituales y nuevos gustos”, en particular, cuando le venían en horas de sueño o de trabajo porque le imposibilitaban hacer lo que tenía que hacer.

Y la mística castellana escribe que “es falta de humildad querer que se os dé lo que nunca habéis merecido”, que “está muy cierto a ser engañado o muy a peligro”, que nadie está seguro de que ese camino sea el que le conviene y que “la mesma imaginación, cuando hay un gran deseo, ve aquello que sea”.

Por ello, no está de más recordar, en esta ocasión de la mano de Jon Sobrino, que la cruz de Jesús es el dato definitivo que critica todos los absolutos (y métodos teológicos) porque ella no es ni puede ser un absoluto. 

Ésta es la asignatura pendiente de la “exégesis canónica” aplicada por J. Ratzinger en su cristología y muy presente en su pontificado, a pesar de que no falten en su magisterio reiteradas reseñas a la dramática situación del continente africano. Sin embargo, fue una referencia que no acabó configurando su perspectiva teológica y que casi siempre se sostuvo en un diagnóstico más religioso y cultural que político o económico.

El sentido expiatorio y sacrificial de la muerte de Jesús

Finalmente, J. Ratzinger – Benedicto XVI se decantó por una interpretación sacrificial y expiatoria de la muerte de Jesús, apoyándose en la oración sacerdotal del Nazareno en el evangelio de Juan, en la coincidencia cronológica (muy cuestionada) de la muerte en cruz y el sacrificio del cordero pascual a manos de los sacerdotes hebreos y en la identificación entre la destrucción del cuerpo de Jesus y la del Templo de  Jerusalén. 

Al proponer esta interpretación expiatoria, no sólo  estableció una íntima relación entre la muerte de Jesús y los sacrificios antiguos, sino que reconoció a estos últimos como la forma o el tipo y a Jesus como la realización plena de lo que se ejecuta simbólicamente en la liturgia veterotestamentaria. Argumentando de esta manera, se corre un alto riesgo de someter el “nuevo” sacrificio al “antiguo” y propiciar una comprensión de la entrega de Jesús como simple culminación (cuando no, mera prolongación) de los sacrificios veterotestamentarios. 

El decantamiento de J. Ratzinger – Benedicto XVI por la interpretación sacrificial y expiatoria de la muerte de Jesús (con los riesgos que presenta) fue coherente con su comprensión de los escritos neotestamentarios como transmisores de una única y compacta visión teológico-histórica. Fue tal convicción la que le llevó a buscar una cristología unívoca, es decir, una manea sustancialmente idéntica de presentar la “figura” y el “mensaje” de Jesús apoyándose, para ello, en la centralidad que concede al evangelio de Juan y con el auxilio de la exégesis canónica. Los sinópticos quedaron sometidos a la autoridad veritativa que J. Ratzinger – Benedicto XVI concedió a Juan.

Obviamente, es una pretensión legítima, pero excesiva. Sobre todo, por proceder de quien procede y habida cuenta de la tendencia entre algunos sectores eclesiales a erigir las opiniones teológicas del sucesor de Pedro en verdades incuestionables y en magisterio irrefutable. Hay que recordar –ante semejantes lecturas- que en la entraña misma de la “lógica católica” anida la consistencia de otros posibles accesos. La mejor prueba de ello fue –aunque sea críticamente- la problemática apuesta de J. Ratzinger – Benedicto XVI por la interpretación sacrificial y expiatoria de la muerte de Jesús.

2.- Evaluación de su gestión como Prefecto y como Papa Benedicto XVI

Pero Benedicto XVI, además de un teólogo fue también un Papa que, fuertemente condicionado tanto por sus opciones teológicas y espirituales como por los diagnósticos reseñados, adoptó toda una serie de decisiones que fueron -y siguen siendo- objeto de una fundada crítica.

Como ya he adelantado, la primera de sus encíclicas sobre el amor de Dios (“Deus caritas est”) tuvo excelente acogida. Fueron muchas las personas que quedaron gratamente sorprendidas por su tono propositivo, casi en las antípodas del autoritativo –y hasta polémico- del que había hecho uso el cardenal J. Ratzinger durante su mandato como prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe. Sin embargo, una vez reposadas las sorpresas iniciales, se empezó a evidenciar que bastantes diagnósticos y posicionamientos personales en su época de Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe -e, incluso, de tiempos anteriores- acabaron, más tarde o más temprano, en decantamientos doctrinales y en decisiones jurídico-pastorales, altamente cuestionables; y, a veces, en las antípodas de lo aprobado por la mayoría en el Concilio Vaticano II y ratificado por Pablo VI.

Me limito solo a reseñar, por razones de brevedad, algunas de ellas. 

1.- Sus criticas valoraciones sobre la renovación litúrgica de Pablo VI de la que no se habia cansado de decir que habia producido “unos daños extremadamente graves”. A tal diagnóstico sucedió su contrarreformista decisión de recuperar la misa en latín, satisfaciendo, de esta manera, su personal comprensión de lo que se debía entender por “tradición viva” en el ámbito de la liturgia.

2.- Su duro e injusto diagnóstico sobre el papel de los teólogos en el concilio y en el tiempo de recepción del mismo: al decir de J. Ratzinger, con la autoconciencia de ser los únicos representantes de la ciencia, por encima de los obispos y su posterior intento de recolocarlos -siendo ya Prefecto de la Congregación para la doctrina de la fe- como simples difusores del magisterio, nunca -o casi nunca- como personas capacitadas para ayudar en su elaboración.

3.- Su crítica -que hoy resuena como marcadamente impertinente, además de falsa y prejuiciosa- sobre la debilidad magisterial de una buena parte de los obispos, particularmente en el Concilio. Y su conclusión de que, como consecuencia de tal debilidad, acabaron dando alas a la llamada “Iglesia popular”. A él, juntamente con Juan Pablo II, se debe la desaparición, a partir de 1985, del imaginario conciliar de la Iglesia, “pueblo de Dios”, en favor de la Iglesia como “comunión”.

4.- Su llamada de atención sobre el peligro de división y fragmentación que amenazaban a la Iglesia postconciliar cuando se reivindicaban la colegialidad episcopal y la corresponsabilidad bautismal y, en coherencia con dicho diagnóstico, la posterior pérdida de entidad magisterial de las conferencias episcopales. Y con ella, la increíble prohibición de que los sínodos pudieran formular peticiones de revisión sobre las cuestiones reservadas a la Santa Sede. Pero, de manera particular, su decantamiento por una forma de ejercicio del primado que -fundamentado en la división entre el “poder de orden” y el “poder de jurisdicción”- acabó recreando el existente antes del encuentro conciliar, tanto durante el pontificado de Juan Pablo II como en el suyo; y, de esta manera, desactivando una de las aportaciones más definitivas del Vaticano II.

5.- El debate, mantenido, entre otros, con W. Kasper, sobre su tesis, referida a la supuesta precedencia “lógica y ontológica de la Iglesia universal sobre la Iglesia local”, entendiendo por “Iglesia universal”, la Iglesia de Roma. En esta confrontación se evidenció, con toda claridad, su voluntad de revisar el número 11 del decreto conciliar “Christus Dominus” cuando sostiene que en la diócesis “se encuentra y opera verdaderamente la Iglesia de Cristo que es una, santa, católica y apostólica”. Fue un debate en continuidad con la restauración que, liderada por Juan Pablo II y él mismo, no solo pretendía consolidar un preconciliar centralismo vaticano sino también reforzar una concepción monárquica y autoritaria del papado, en nombre -una vez más- del cuidado y preservación de la unidad (más bien, uniformidad) católica.

6.- Su obsesión sobre una supuesta reaparición del “mesianismo marxista” y su impregnación en las formas utópicas de la teología de la liberación a las que ya me he referido más arriba.

7.- Sus permanentes llamadas de atención sobre la dictadura del relativismo y su descuidado (por desmedidamente autoritativo y poco articulado) discurso sobre la prevalencia de la verdad sobre la libertad y también sobre los derechos humanos en el seno de la Iglesia.

8.- Su apuesta y reforzamiento de la “Professio fidei” y de la puesta en funcionamiento de una nueva forma de magisterio infalible y no definido que son las llamadas “verdades definitivas”; una extralimitación teológica y dogmática que sigue bloqueando, entre otros puntos, la posibilidad -por coherencia con lo dicho y hecho por Jesús- el acceso de las mujeres al sacerdocio ministerial e, igualmente, la recepción del diaconado, a pesar de las dos comisiones promovidas por el Papa Francisco.

9.- Y, sin ánimo  de agotar todo el elenco, no tener debidamente presente la cuidadosa articulación entre escritura y magisterio alcanzada en el Vaticano II; conceder una desmedida importancia a un magisterio eclesial comprendido más en clave infalibilista que como fraternal testimonio para sostener en la fe y desplegar una exégesis canónica manifiestamente mejorable en su articulación con la investigación histórica.

Epílogo 

Queda pendiente asomarse a su etapa como Papa emérito, a sus promesas de no interferir en el gobierno de su sucesor, dedicarse a la oración y guardar silencio; a las manipulaciones de que ha sido objeto y a sus desmarques, a veces, sorprendido de las mismas; a sus declaraciones, no siempre felices, pero coherentes, en todo momento, con las opciones teológicas y dogmáticas que he tratado de reseñar en estas líneas y a un largo etcétera. 

Es una tarea que queda para otra ocasión y momento. 

Descanse en la paz del Dios de la misericordia, la Verdad que sigue consolando y estimulando a quienes aguardamos encontrarnos un día con Ella, como ya lo ha hecho nuestro hermano J. Ratzinger – Benedicto XVI.

¿Fue Benedicto XVI un opositor de la Teología de la Liberación?

Por MATEO GONZÁLEZ ALONSO

Josef Sayer, director general de la organización de cooperación episcopal alemana Misereor, defiende al Papa emérito de las críticas

Hay quien no perdonará al cardenal Joseph Ratzinger ser uno de los culpables de enterrar la Teología de la Liberación que se extendió por toda América Latina a partir de los años 70. Siendo prefecto de la Congregación de la Doctrina de la Fe, le tocó afrontar muchos de los abusos de una corriente de pensamiento que llevó a clérigos y cristianos de base a tomar las armas o adoptar las principales tesis del materialismo marxista.

Juicios precipitados

Ante los juicios precipitados que en este tema apuntan al pontífice difunto, el teólogo pastoral Josef Sayer, que ha sido director general de la organización de cooperación episcopal alemana Misereor, sale al paso defendiendo la reflexión del Benedicto XVI sobre la “opción por los pobres”. Sayer, antes de encargarse de la importante entidad, vivió unos años en los Andes peruanos. Sayer fue alumno de Ratzinger en Tubinga, a quien recuerda como un buen profesor con buenas conexiones con la facultad protestantes como recuerda en una entrevista en el portal Katholisch.de.

El teólogo, que ha sido amigo también de Gustavo Gutiérrez, reconoce cierta evolución en el conocimiento de Ratzinger de la Teología de la Liberación –incluso después de la instrucción de 1986 sobre libertad cristiana y liberación– ya que a Roma muchas veces llegaban las posturas de los propios críticos de América Latina. La crítica que la corriente hacía de los poderosos económicos y políticos se ganó enemigos sobre el terreno y eso favoreció una reflexión interesada desde diferentes grupos de presión, señala el alemán. Por evitar estas interferencias y que el prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, el propio Sayer llevó en mano una carta de Gutiérrez a Ratzinger en 1984.

El Papa de Aparecida

El cardenal viajaría luego a Perú y se organizarían más tarde un coloquio en el CELAM y otro en Alemania con la presencia de Ratzinger y teólogos latinoamericanos. “Gustavo Gutiérrez dio la conferencia principal y me confirmó lo comprensiva y abierta que había sido la reacción Ratzinger”, recuerda Sayer. “No era un oponente duro de la teología de la liberación, como a veces se le presenta”, destaca frente a otros prelados alineados con el Opus Dei en América Latina y Estados Unidos. Algo que no implica que Ratzinger avalase a quienes ya defendían el uso de la violencia o proponían como absoluto el marxismo o el ateísmo freudiano.

Además, no se puede olvidar que Benedicto XVI fue el Papa de la 5ª Conferencia General del CELAM en Aparecida 2007 donde defendió la “opción por los pobres” como una idea clave de la cristología. “El documento final de Aparecida fue editado por el cardenal Jorge Bergoglio”, un texto que “incluye la opción para los pobres y se refiere al discurso de apertura de Benedicto. Además, los miembros de la comisión editorial eran cardenales influyentes como Oscar Rodríguez y Carlos Aguiar, el expresidente de Celam”. Ahora bien, insiste, “fue Benedicto quien también dio su ‘placet’ al documento final de Aparecida, es decir, aceptó las peculiaridades de la Iglesia de América Latina y de ninguna manera apoyó las posiciones de los opositores”. “Los críticos precipitados en Europa deben tomar nota de tales conexiones y no repetir rápidamente ciertos prejuicios”, reivindica.

El legado de Ratzinger-Benedicto XVI

Javier Elzo: «De Ratzinger-Benedicto XVI, lo esencial es leerle»

Benedicto XVI

«Como el anterior papa Benedicto XV, el recién fallecido Benedicto XVI fue pontífice entre dos gigantes, entre Juan Pablo II y el actual Papa, Francisco»

«Además, como me escribe un amigo, desde Granada, y con razón a mí juicio, a Ratzinger, un intelectual, lo malograron haciéndolo obispo y luego papa»

«Los que le trataron insisten también en su bondad. Precisamente, el mismo día de su fallecimiento, el 31 de diciembre de 2022, el papa Francisco ha elogiado su nobleza y su bondad»

«De Ratzinger-Benedicto XVI, lo esencial es leerle. Su legado intelectual es enorme. Quiero mencionar algunas de sus aportaciones»

Por Javier Elzo, sociólogo


Como el anterior papa Benedicto XV, el recién fallecido Benedicto XVI fue pontífice entre dos gigantes, entre Juan Pablo II y el actual Papa, Francisco. Además, como me escribe un amigo, desde Granada, y con razón a mí juicio, a Ratzinger, un intelectual, lo malograron haciéndolo obispo y luego papa.


Ratzinger fue un gran teólogo, conservador a decir de muchos, lo que exige profundización. Ratzinger era de una clarividencia y profundidad extraordinarias. Los que le trataron insisten también en su bondad. Precisamente, el mismo día de su fallecimiento, el 31 de diciembre de 2022, el papa Francisco ha elogiado su nobleza y su bondad.

Los que, como él, hemos sido profesores en nuestra vida laboral, reconocemos sus textos, nos deleitamos en ellos, hasta cuando nos chirrían. De Ratzinger-Benedicto XVI, lo esencial es leerle. Su legado intelectual es enorme. Quiero mencionar algunas de sus aportaciones.

Normalmente se recuerdan de él, como Papa, dos textos inmensos: «Deus Cáritas est» y «Cáritas in veritate», quedando en segundo lugar la encíclica “Spe Salvi”. Los títulos de los dos primeros textos citados, dos encíclicas, nos dejan ver dos ideas mayores, dos ideas principales de Ratzinger, ya papa: Dios es Amor y el Amor, la Caridad, debe manifestarse en la Verdad. Ciertamente la Verdad no es tan fácilmente aprehensible, intelectualmente, como el Amor. Pero en la vida práctica, el Amor es más que un sentimiento, el Amor debe someterse al cedazo de, si no la Verdad, sí la búsqueda de la verdad.

Este esfuerzo inagotable de Ratzinger le llevó a algunos planteamientos que causaron problema. No solamente, pero primordialmente, en su trabajo, antes de su elección papal, como responsable del ex-Santo Oficio. Muchos teólogos sufrieron los embates del cardenal Ratzinger. Me viene a la cabeza el nombre del gran teólogo jesuita Jacques Dupuis.

Ratzinger y Jacques Dupuis

Invitado por mí al Forum Deusto, mientras le escuchaba la conferencia, siguiéndola con el texto que nos había proporcionado, constataba que se saltaba algunos párrafos. Al término de la conferencia me pidió que le diera mi texto. Casi me lo arrancó de mis manos. Allí mismo, en el Salón de Grados de Deusto, le vi tachar los párrafos que se había saltado en su conferencia y decirme: «je n’est pas le droit de diré ca» (no puedo decir esto). Me impactó.

Le acompañé al aeropuerto de Bilbao, Sondica, todavía no Loiu, y gracias a un venturoso atraso de Iberia pude conversar en profundidad con él. No olvidaré aquella prolongada conversación. 

La segunda encíclica en el tiempo, Spe Salvi, (Salvados en la esperanza) de enero de 2007, un texto sobre la teología de la esperanza, pero con una neta proyección cotidiana, facilita su lectura. Pero no quiero olvidarme de la encíclica redactada por Benedicto XVI y promulgada, sin apenas cambios por su sucesor, Francisco, a los pocos meses de su elección: “Lumen fidei”, encíclica muy poco citada, aunque yo la cito en varios de mis textos. Es magnifica, de una profundidad extraordinaria.

Ratzinger escribe en 2013, y Francisco lo hace propio con su firma, que “si el amor necesita la verdad, también la verdad tiene necesidad del amor. Amor y verdad no se pueden separar. Sin amor, la verdad se vuelve fría, impersonal, opresiva para la vida concreta de la persona. La verdad que buscamos, la que da sentido a nuestros pasos, nos ilumina cuando el amor nos toca. Quien ama comprende que el amor es experiencia de verdad, que él mismo abre nuestros ojos para ver toda la realidad de modo nuevo, en unión con la persona amada”. Así cierra Ratzinger lo que había abierto con “Deus caritas est” y con “Caritas in veritate”.

Ratzinger y Teilhard de Chardin

Mi buen amigo, Leandro Sequeiros San Román, jesuita y catedrático de Paleontología, a quien tanto debo en la edición de mi último libro, me envía un texto sobre la relación de Ratzinger con el también jesuita y paleontólogo Pedro Teilhard de Chardin (1881-1955), quien fue mal visto por la Iglesia Católica debido a su visión de un universo evolutivo, aunque también espiritual. El pensamiento de Teilhard de Chardin influyó en la visión de la aldea global de Marshall Mc Luhan, en la Teoría de Gaia de Jame Lovelock, es citado recurrentemente por Al Gore en sus conferencias sobre el calentamiento global e incluso algunos dicen que fue precursor del Internet, como cerebro planetario en su concepción de la noosfera.

Olvidado por la Iglesia pese a ser una de sus mentes más brillantes, sorprendió que el Papa Benedicto XVI lo mencionara elogiosamente durante una misa vespertina en la Catedra de Aosta, donde tomaba sus vacaciones de verano.

El teólogo Joseph Ratzinger, en su libro fundamental “Introducción al Cristianismo” (1968), a propósito de la relación entre Jesús y la humanidad entera, decía sobre Teilhard: “Hay que reconocer como un mérito importante de Teilhard de Chardin el haber repensado estas interconexiones desde la perspectiva de la actual imagen del mundo y, a pesar de una tendencia hacia el biologismo no del todo incuestionable, el haberlas captado, en general, de forma ciertamente correcta y, en todo caso, el haberlas hecho nuevamente accesibles”.

Así pues, para Ratzinger hay que considerar nuevamente el valor de la intuición teilhardiana como capaz de descubrir en el Cristo-Omega el punto de vista unificador y escatológico de la humanidad. Y por eso se puede también «perdonar» a Teilhard su simpatía por el vocabulario «biologista», porque, desde el punto de vista del contenido, hay allí una coherencia sustancial con la cristología de Pablo.

Tras estas reflexiones de Ratzinger, el contenido sustancial del Monitum contra Teilhard de seis años atrás había desaparecido de facto. Notemos, también que, justamente el tema de las «interconexiones» a las que se refiere Ratzinger, regresa a menudo en la encíclica “Laudato si” del papa Francisco (LS 16; 42; 111; 117; 138).

El Papa Ratzinger citó a Teilhard en su reflexión de la carta de San Pablo a los Romanos en la que se dice que el mundo algún día llegará a ser una forma de adoración viviente, Benedicto XVI dijo: “Al final tendremos una verdadera liturgia cósmica, donde el cosmos se convertirá en una sede viviente”.

Las palabras del Papa detonaron una ola de respuestas de la prensa italiana. El portavoz del Vaticano Federico Lombardi comentó: Ahora nadie imaginaría decir que Teilhard es un autor heterodoxo que no debería de ser estudiado.

Algunos observadores católicos han notado que el lenguaje del Papa Benedicto XVI está influenciado por la obra de Teilhard de Chardin en su dimensión metafísica. Algunos también hablan ya de Ratzinger como el Papa Verde, esto debido, no solo a que había instalado paneles solares en el Vaticano y había hablado de una conversión ecológica. Teilhard de Chardin es en este sentido un referente, siendo el más directo vínculo entre la religión, la biología y la ecología espiritual; tan en boga en nuestros días.

Lo novedoso de Teilhard de Chardin es amalgamar la ciencia con la religión, la biología evolutiva con la sed de trascender la materia y de una manera poética que antecede al sincretismo de espiritualidad cuántica de
nuestros días. Esa es la liturgia cósmica, una pasión, donde el ser humano y el planeta entero se vuelven el Cristo Cósmico, la parusía o la cosmogénesis rediviva. Todos en la misma nave Tierra.

Podría continuar este texto, redactado por un profesor jubilado glosando la figura de un teólogo profesor devenido papa, rememorando su diálogo con el agnóstico e influyente filósofo Jürgen Habermas y los correos que mantuvo con el matemático ateo Piergiorgio Odifreddi, cuya publicación en castellano esperamos en breve.

Terminando. Muy posiblemente Benedicto XVI pasará a la historia como el papa que renunció y dimitió al reconocer que no se sentía con fuerzas para gobernar la Iglesia. Este hecho le honra. A los que tenemos la funesta manía de leer, le recordaremos, con agradecimiento, en sus textos como pensador, también siendo papa.

La obra de «Restauración» de Ratzinger

Cómo Ratzinger aniquiló la iglesia del pueblo en América Latina

Por Marc Vandepitte 

José Ratzinger es conocido fundamentalmente como Papa, pero sus principales hazañas, deben buscarse durante el período en que era Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe. En este cargo fue efectivamente el arquitecto de una de las mayores campañas ideológicas y políticas de la posguerra, lo que se llamó la «Restauración».

El neoconservadurismo

En 1978, Karol Wojtyla (nombre del Papa Juan Pablo II, NDLR) es nombrado para liderar la comunidad religiosa más grande del mundo. Se encuentra frente a una iglesia postconciliar en estado de profunda crisis: asistencia a la misa y vocaciones en caída libre, un elevado número de divorcios entre católicos, rechazo de la autoridad papal sobre el control de la natalidad; un mundo lleno de herejía.

Quiere un cambio radical. No más riesgos ni experiencias, se terminan las reflexiones y los debates. Del Concilio probablemente se conserven los textos pero se entierra el raciocinio. El papa se prepara para una política eclesial centralizada y ortodoxa, acompañada de un rearme moral y espiritual. Para lograrlo juega con destreza del clima de la época, que presenta por cierto muchas similitudes con la actual. A mediados de los setenta comienza una profunda crisis económica. El clima espiritual optimista de los años sesenta oscila y se caracteriza por una aspiración a la seguridad y a la protección, al anhelo de una autoridad – preferiblemente carismática -, un despertar ético, la evasión hacia un ámbito privado e irracional, etc.

Es en este trasfondo que se desarrolla el » conservadurismo «. Este nuevo Conservadurismo ya no se limita a la defensiva, sino que lanza una ofensiva política e ideológica. Esta corriente es sostenida por «fuertes» personalidades, como Ronald Reagan y Margaret Thatcher. Sirviéndose hábilmente de los medios masivos de comunicación, interpretan una tendencia mundial para acoger un Salvador, presentando una visión simplista del mundo, irradiando seguridad y optimismo, etc.

El rottweiler de dios

Un dolor de cabeza aún más importante para el papa, es el ascenso de una iglesia popular progresista en América Latina. Wojtyla es polaco y anticomunista hasta el tuétano; uno de los objetivos de su vida es combatir enérgicamente el marxismo y el comunismo en el mundo. Dado que la influencia del marxismo en la iglesia de base y en la teología de la liberación es innegable, pondrá todo su empeño para restablecer el orden en el continente. Para ello, cuenta con Ratzinger quien es nombrado en 1981 Prefecto de la Congregación de la Doctrina de la Fe, algo así como el Ministerio de la ideología y de la información del Vaticano. Ejerce este mandato durante un cuarto de siglo y hará el mejor uso para imprimir su marca sobre el acontecer mundial. Ratzinger se convierte en el arquitecto de una ofensiva pastoral y eclesial de envergadura a la que le da el nombre de «Restauración». El objetivo es el fortalecimiento del aparato directivo central y el desmembramiento de toda forma de disidencia dentro de la iglesia. Ratzinger pronto demuestra ser un verdadero y gran inquisidor, lo que le valdrá el nombre de «rottweiler de dios». Toda la Iglesia Católica está en la mira pero las flechas se dirigen principalmente hacia América Latina, es allí donde el impacto político es mucho más importante. Por lo tanto nos limitaremos en la continuación del artículo a este continente.

La Aniquilación de la iglesia del pueblo y la teología de la liberación

El primer paso es la creación de una base de bancos de datos de las conferencias episcopales, los teólogos de la liberación, los religiosos progresistas, los proyectos pastorales sospechosos, etc. En casi todas las diócesis se nombran obispos y cardenales ultraconservadores y abiertamente de derecha. Tan solo en Brasil se nombran una cincuentena de obispos conservadores. Al final de los años ochenta, cinco de 51 obispos peruanos son miembros del Opus Dei. Chile y Colombia siguen el mismo camino. Los obispos disidentes están bajo presión, algunos reciben cartas de advertencia; a otros se les prohíbe viajar o son llamados a rendir cuentas. Esta política de nombramientos es aún más grave ya que el episcopado desempeña un papel importante en ese continente. En muchos casos es la única oposición posible a la represión militar, a la tortura, etc. Si los obispos de Brasil y Chile se hubieran callado, como efectivamente lo hicieron los de Argentina, el número de víctimas de la represión habría sido mucho mayor. A niveles inferiores también se hace la depuración. Se trabaja de nuevo la formación de los sacerdotes poniendo bajo presión seminarios e institutos de teología, reorientándolos o cerrándolos. Se intenta controlar mejor los religiosos que a menudo suelen ser los protagonistas de la iglesia de la liberación. Se presta especial atención a los teólogos. Desde entonces se les limita haciéndoles prestar el nuevo juramento de fidelidad. En 1984 Ratzinger redacta la «Instrucción de la Sagrada Congregación para la Doctrina de la Fe sobre algunos aspectos de la ‘Teología de la liberación’» en la que ataca frontalmente a los teólogos de la liberación, especialmente a los de América Latina. Un año más tarde, le prohíbe a Leonardo Boff, una de las figuras de proa de este movimiento, expresarse. Se intensifica el control sobre los periódicos católicos, allí donde se juzgue necesario, se les censura, se sustituye el consejo de redacción o se les pone bajo presión financiera. Los proyectos pastorales progresistas son puestos bajo control o incluso se les pone fin. Considerada demasiado progresista, en 1989 la Asociación internacional de la juventud católica, deja de ser reconocida por el Vaticano y debe ceder su lugar a la anti izquierdista y confesional CIJOC. Junto a la destrucción de todo lo que es progresista, se da inicio a proyectos gigantescos cuyo objetivo es poner a los fieles en el buen camino. Evangelización 2000 y Lumen 2000 son proyectos a gran escala destinados a América Latina, los cuales tienen a su disposición como mínimo tres satélites. Dichos proyectos son preparados por personas y grupos de derecha ultraconservadores: Comunione e Liberazione, Acción María, Renovación Católica Carismática, etc. Los colaboradores de esos gigantes mediáticos comparan sus actividades a una especie de nueva «potencia de luz «. Los que saben leer son inundados con libros religiosos de ediciones baratas. Se organizan algunas jubilaciones para los sacerdotes y las religiosas. Para estos proyectos la cúpula de la iglesia católica cuenta con el apoyo financiero del mundo empresarial.

Cruzada anticomunista

Nada se deja al azar. Uno a uno, todos los pilares de la iglesia popular de América Latina son eliminados. Los observadores hablan del desmantelamiento de una iglesia. Se trata de una de las campañas ideológicas y políticas más importantes de la posguerra. Esta campaña es compatible con la cruzada anticomunista de la Guerra Fría. También se puede ver como una revancha de USA por la pérdida de poder durante los años anteriores. Durante las décadas de los años sesenta y setenta los países del Tercer Mundo fortalecieron su posición en el mercado mundial. Impusieron precios más altos a las materias primas elevando así su poder de compra en el mercado mundial. El punto culminante es la crisis del petróleo de 1973. En 1975, Vietnam inflige una aplastante derrota a los Estados Unidos. Poco tiempo después la Casa Blanca fue humillada en dos ocasiones, primero por la revolución de los sandinistas en su patio trasero (1979), y posteriormente por el drama de los rehenes en Irán (1980). A su llegada al poder Reagan se siente además amenazado por la actitud de independencia económica de estados tan importantes como México y Brasil.

La Casa Blanca no se rindió y desencadenó una contraofensiva en diversos frentes. La teología de la liberación fue uno de los objetivos más importantes. A finales de 1960 la teología de la liberación, aún en una fase embrionaria, se consideró como una amenaza para los intereses geoestratégicos de USA, como lo demuestra el informe Rockefeller. En los años setenta se crearon centros teológicos que debían iniciar la lucha contra la teología de la liberación. Pero es sobre todo a partir de los años ochenta que esta contraofensiva alcanzó su pico más alto.

Los Estados Unidos pagaron miles de millones de dólares para apoyar la contrarrevolución en América Latina. Esta sucia guerra dejó decenas de miles de víctimas. Escuadrones de la muerte, paramilitares, y también el ejército regular hicieron el trabajo sucio. En las filas de los movimientos cristianos de liberación cayeron muchos mártires. Los más conocidos son Monseñor Romero y los seis jesuitas de El Salvador. Para combatir contra la teología de la liberación en su propio terreno, se introdujeron sectas protestantes que recibían apoyo financiero masivo de los EE.UU. A través de consignas enganchadoras y mensajes sentimentales dichas sectas debían intentar atraer a los creyentes. Para alejarlos de la influencia perniciosa de la teología de la liberación, se utilizaron medios electrónicos costosos. La religión se revela aquí opio del pueblo en su forma más pura. También el ejército es movilizado en esta guerra religiosa. Los altos oficiales de las fuerzas armadas latinoamericanas redactaron un documento para darle consistencia al «brazo teológico» de las fuerzas armadas.

Misión cumplida

Los esfuerzos conjuntos de Ratzinger y de la Casa Blanca dieron sus frutos. En los años noventa se asestó un despiadado golpe a la iglesia de base en América Latina. Numerosos grupos de base dejan de existir o funcionan difícilmente por falta de apoyo pastoral, por temor a la represión, porque ya no creen en el avance esperado, o simplemente porque fueron liquidados físicamente. El optimismo y el activismo de los años 1970 y 1980 dieron lugar a la duda y la reflexión. El análisis de la sociedad pierde peso a favor de la cultura, la ética y la espiritualidad, beneficiando totalmente los planes de Ratzinger. Globalmente el centro de gravedad pasa de la liberación a la devoción, de la oposición a la consolación, del análisis a la utopía, de la subversión a la supervivencia. El relato del Éxodo da paso al Apocalipsis y a los Apóstoles. Al final del siglo la iglesia de base ya no es una amenaza para el establecimiento. Tanto el Vaticano como el Pentágono y las élites locales de América Latina tienen por el momento una preocupación menos. Esta tregua finaliza pronto con la elección de Chávez a la Presidencia de Venezuela, pero esto es otra historia.

En 2005 Ratzinger es recompensado por su exitosa labor de restauración y elegido a la cabeza de la Iglesia Católica. Pero es mucho menos brillante como dirigente que como inquisidor. En definitiva es un papa incompetente. Deja una institución debilitada, amenazada por la escasez de sacerdotes, por la pérdida de fieles en Occidente y por los repetidos escándalos. No logró poner orden en los asuntos del Vaticano, quizá sea esta una de las razones por la cual abdicó. Ratzinger entrará en la historia sobre todo como el que realizó la restauración de la Iglesia Católica y neutralizó la iglesia del pueblo de América Latina. No son méritos desdeñables.

Fuentes de este artículo en neerlandés: De crisis van de bevrijdingstheologie en het religieus marxisme (La cris de la Teología de la liberación y el marxismo religioso)

Joseph Ratzinger: De teólogo conciliar a vigía de la ortodoxia

Defensor del ‘depósito de la fe’, desestimó -e incluso ¿condenó?- la ortopraxis en el seguimiento de Jesús de Nazaret»

Joseph Ratzinger

«La dedicación de Joseph Ratzinger a la teología ha sido discontinúa. A su vez, se ha caracterizado no tanto por la evolución, cuanto por la involución al cuestionar las ideas que él mismo defendió durante los primeros años de su actividad teológica»

«Me parece positiva la contribución de Ratzinger en el Concilio Vaticano II, pero le considero corresponsable del cambio de paradigma producido durante el pontificado de Juan Pablo II y el suyo del diálogo al anatema de las nuevas corrientes teológicas»

«Se convirtió así en vigía de la ortodoxia y en defensor del ‘depósito de la fe’, pero descuidó, desestimó -e incluso ¿condenó?- la ortopraxis (praxis de liberación) en el seguimiento de Jesús de Nazaret, el Cristo liberador»

«Siempre me ha sorprendido la descompensación que hay en la Curia vaticana en la representación de las tres virtudes cardinales… Las virtudes de la esperanza y de la caridad-amor no parece que tengan quiénes las defiendan en el Vaticano»

Por Juan José Tamayo

La dedicación de Joseph Ratzinger a la teología ha sido discontinúa, como él mismo reconoce en su autobiografía Mi vida: cuando empezaba su trabajo teológico sobre la dogmática a la luz de Concilio Vaticano II se vio interrumpido por el nombramiento primero como arzobispo de Munich y, unos meses después, como cardenal.

A su vez, se ha caracterizado no tanto por la evolución, cuanto por la involución al cuestionar las ideas que él mismo defendió durante los primeros años de su actividad teológica, se ha desarrollado dentro de la más pura ortodoxia, como él mismo reconoce, si bien en diálogo sincero y lúcido con pensadores ateos.

Inició la docencia teológica muy joven en diferentes universidades alemanas: Bonn, Münster, Tubinga, en diálogo con los climas culturales y filosóficos de la modernidad y con los teólogos protestantes de su época. Participó como perito en el Concilio Vaticano II de 1962 a 1965 junto con algunos de los más importantes teólogos como su colega en Tubinga Hans Küng, Karl Rahner, Edward Schillebeeckx, Bernhard Häring, Yves Congar, etc. Contribuyó con ellos a la elaboración de los documentos conciliares que abrieron el camino de la reforma de la Iglesia, del diálogo con las religiones y con el mundo moderno, del giro antropológico y de la ubicación la Iglesia en la sociedad.

Durante mis estudios de teología leí con verdadera fruición dos obras suyas que reflejan el clima reformador de la Iglesia y de la teología: Introducción al cristianismo (Sígueme, Salamanca, 1970) y El nuevo pueblo de Dios (Herder, Barcelona, 1972).

El primero, en palabras suyas, “intenta ayudar a comprender y explicar la fe como la realidad que posibilita el verdadero ser humano en nuestro mundo de hoy, y no reducirla a simples palabras que difícilmente pueden ocultar un gran vacío espiritual” (p.18).

 Creo que el libro, que comienza de manera original con la narración parabólica de Kierkegaard sobre el payaso y la aldea, resumida por Harvey Cox en su libro La ciudad secular, consigue sobradamente su objetivo.

En el segundo libro Ratzinger defiende la autonomía de las iglesias locales frente a la “monarquía” papal que predominó en Occidente, critica “el estrangulamiento de lo cristiano, que tuvo su expresión en el siglo XIX y comienzos del siglo XX con los Syllabi de Pío IX y Pío X”, cuestiona, asimismo, el movimiento de “salirse del mundo para construirse su propio mundillo aparte, quitándose así la posibilidad de ser sal de la tierra y luz del mundo”. Se muestra crítico con lo que llama “teología de encíclicas”, que reduce la teología “a ser registro y -tal vez también- sistematización de las manifestaciones del magisterio2, rechaza el centralismo pontificio y defiende la falibilidad teórica del papa.

Quizá por el desconcierto que provocó en él la revolución estudiantil del 68 y por su percepción -a mi juicio equivocada- de que el marxismo había entrado en las aulas de teología, como él mismo confiesa en la citada autobiografía, inició el camino hacia un pensamiento teológico, cultural y político conservador que le llevó a distanciarse de sus colegas conciliares y a vincularse con teólogos y colectivos cristianos de una tendencia no precisamente conciliar como Comunión y Liberación, Comunidades Neocatecumenales, Opus Dei, etc. Esta tendencia se reforzó cuando accedió primero a la cúpula del poder doctrinal como presidente de la Congregación para la Doctrina de la Fe (CDF) de 1982 a 2005 y después a la cúpula del poder eclesiástico como papa de 2005 hasta su renuncia en 2013.

Tres son los textos que demuestran su deriva involucionista. El primero es la Instrucción sobre algunos aspectos de la teología de la liberación, de 1984, de la CDF durante su presidencia. En él se acusa a esta corriente teológica nacida en América Latina de “grave desviación de la fe cristiana” por reducir la fe cristiana a un humanismo terrestre, emplear acríticamente el método marxista de análisis de la realidad, que, a juicio del cardenal Ratzinger no puede disociarse de la filosofía atea del marxismo, ofrecer una interpretación racionalista de la Biblia, identificar la categoría bíblica de “pobre” con la categoría marxista de “proletariado” y entender la Iglesia Popular como Iglesia de clase en su acepción marxista.

Las acusaciones no se quedaron en el papel, sino que se tradujeron en procesos, sanciones y críticas de obras de algunos de los principales teólogos de la liberación como Jon Sobrino y Leonardo Boff.

Los propios teólogos de la liberación no se vieron reconocidos en la exposición que de su teología hacia el documento. Además, la severa condena de la Instrucción contra la teología de la liberación provocó numerosas críticas de diferentes sectores teológicos y eclesiales, que “obligaron” a la propia CDF a publicar dos años después una nueva Instrucción sobre libertad cristiana y liberación con una exposición doctrinal en clave positiva sobre la liberación.

El segundo ejemplo de la involución del teólogo Ratzinger es el Informe sobre la fe, que recoge la larga entrevista concedida al periodista italiano Vittorio Messori en agosto de 1984 y publicada en 1985. En él critica el grave deterioro del cristianismo tras el Concilio Vaticano II y propone un proyecto de restauración de la Iglesia en plena sintonía con el papa Juan Pablo II, a quien acompañó a lo largo de todo su pontificado y de quien se convirtió en el principal asesor ideológico, llegando incluso a corregirle por sus encuentros interreligiosos.

El tercer texto es la Declaración Dominus Iesus, de 2000, también de autoría de la CDF siendo él presidente, en la que, con una actitud rayana en el fundamentalismo, identifica la Iglesia católica con la Iglesia de Cristo, con una clara exclusión de las otras iglesias cristianas, califica el pluralismo religioso de relativismo y ofrece una visión negativa de la cultura occidental.

 La condena en este caso fue contra la teología del pluralismo y del diálogo interreligioso y recayó, entre otros, en el teólogo de Sri Lanka Tissa Balasurya, en el teólogo belga Jacques Dupuis, que enseñó en la India durante cuarenta años, y en el teólogo estadounidense Roger Haigth.

Como balance final, me parece positiva la contribución de Ratzinger en el Concilio Vaticano II al paso del anatema al diálogo filosófico y cultural, pero le considero corresponsable del cambio de paradigma producido durante el pontificado de Juan Pablo II y el suyo del diálogo al anatema de las nuevas corrientes teológicas.

Le reconozco el mérito de haber mantenido lúcidos diálogos con pensadores no creyentes como Jürgen Habermas (Jürgen Habermas y Joseph Ratzinger, Diálogo entre fe y razón. Dialéctica de la secularización, FCE, México, 2008, traducción de Pablo Largo), Paolo Flores d’ Arcais (Joseph Ratzinger y Paolo Flores d’ Arcais, ¿Dios existe?. Espasa, Madrid, 2008, traducción de Carmen Bas Álvarez y Alejandro Pradera Sánchez) y Piergiorgio Odifreddi, In camino alla ricerca della verità. Lettere e colloqui con Benedetto XVI (Rizzoli, 2022) desde posiciones diferentes e incluso contrapuestas (sobre estos diálogos estoy escribiendo extenso estudio del que daré cuenta en este blog).

Pero le critico el no haber respetado el pluralismo ideológico al interior de la Iglesia y no haber sido capaz de tender puentes de comunicación con sus colegas que disentían de su interpretación en algunos de los grandes temas del cristianismo. Y lo hizo desde las dos cúpulas principales de poder del Vaticano: la doctrinal en la CDF, que presidió durante casi un cuarto de siglo, y la papal durante los ocho años que fue Sumo Pontífice. desde donde condenó a quienes no comulgaban con la teología romana que él representaba. Se convirtió así en vigía de la ortodoxia y en defensor del “depósito de la fe”, pero descuidó, desestimó -e incluso ¿condenó?- la ortopraxis (praxis de liberación) en el seguimiento de Jesús de Nazaret, el Cristo liberador.

Siempre me ha sorprendido la descompensación que hay en la Curia vaticana en la representación de las tres virtudes cardinales: fe, esperanza y caridad. Solo existe la Congregación para la Doctrina de la Fe. Las virtudes de la esperanza y de la caridad-amor no parece que tengan quiénes las defiendan en el Vaticano. Bueno, cabe destacar que ha sido Benedicto XVI quien ha reconocido la centralidad de la esperanza y de la caridad en tres de sus encíclicas: Dios es amor (Deus caritas est), Salvados por la esperanza (Spes salvi y La caridad en la verdad (Caritas in veritate).

Juan José Tamayo es teólogo de la liberación y autor de Juan Pablo II y Benedicto XVI (RBA, Barcelona, 2011)

Un Papa de la vieja cristiandad

Benedicto XVI, un Papa de la vieja cristiandad, con su pompa y su poder político-religioso

Bendicto XVI

«Se pueden hacer muchas interpretaciones de la vida y los actos de un Pontífice. Haré uno de Brasil (de América Latina), ciertamente parcial e incompleto»

«Es importante señalar que sólo el 23,18% de los católicos viven en Europa, el 62% en América Latina y el resto en África y Asia. La Iglesia católica es una Iglesia del Segundo y Tercer Mundo»

«En referencia a Benedicto XVI, hay que distinguir entre el teólogo Joseph Ratzinger y el Pontífice Benedicto XVI. Como teólogo, no es un creador, sino un excelente expositor de la teología oficial. Como Pontífice, Benedicto XVI inauguró la ‘Vuelta a la Gran Disciplina'»

«A pesar de sus limitaciones, pero por sus virtudes personales y por la humildad de haber renunciado, debido a los límites de sus fuerzas, al oficio papal, seguramente será contado entre los bienaventurados»

Por Leonardo Boff

Cada vez que muere un Papa, toda la comunidad eclesial y mundial se conmueve, porque ve en él al confirmador de la fe cristiana y al principio de unidad entre las diversas Iglesias locales. Se pueden hacer muchas interpretaciones de la vida y los actos de un Pontífice. Haré uno de Brasil (de América Latina), ciertamente parcial e incompleto.

Es importante señalar que sólo el 23,18% de los católicos viven en Europa, el 62% en América Latina y el resto en África y Asia. La Iglesia católica es una Iglesia del Segundo y Tercer Mundo. Los futuros Papas procederán probablemente de estas Iglesias, llenas de vitalidad y con nuevos estilos de encarnar el mensaje cristiano en las culturas no occidentales.

«La Iglesia católica es una Iglesia del Segundo y Tercer Mundo. Los futuros Papas procederán probablemente de estas Iglesias, llenas de vitalidad y con nuevos estilos»

En referencia a Benedicto XVI, hay que distinguir entre el teólogo Joseph Ratzinger y el Pontífice Benedicto XVI.

El teólogo Joseph Alois Ratzinger es un típico intelectual y teólogo centroeuropeo, brillante y erudito. No es un creador, sino un excelente expositor de la teología oficial, como quedó claro en sus diversos diálogos públicos con ateos y agnósticos.

«A Ratzinger le bastaba con el pequeño grupo altamente espiritual que ocupa el lugar de todos. Resulta que dentro de este grupo de puros y santos había pedófilos y personas implicadas en escándalos financieros, lo que desmoralizó su concepción de la Representación»

No introdujo nuevos puntos de vista, sino que dio un lenguaje diferente a los ya tradicionales, especialmente los basados en San Agustín y San Buenaventura. Quizá algo nuevo sea su propuesta de la Iglesia como un grupo pequeño, muy fiel y santo, como «representación» de la totalidad. El número de fieles no le importaba; le bastaba con el pequeño grupo altamente espiritual que ocupa el lugar de todos. Resulta que dentro de este grupo de puros y santos había pedófilos y personas implicadas en escándalos financieros, lo que desmoralizó su concepción de la Representación.

Otra postura singular, objeto de interminables controversias conmigo pero que ganó resonancia en la Iglesia, fue la interpretación de que la «Iglesia católica es la única Iglesia de Cristo». Las discusiones conciliares y el espíritu ecuménico cambiaron el «es» por el «subsiste». Así se abrió un camino para que la Iglesia de Cristo también «subsistiera» en otras Iglesias. Ratzinger siempre afirmó que este cambio no era más que otro sinónimo de «es», lo que una cuidadosa investigación de las actas teológicas del Concilio no confirmó. Pero siguió apoyando su tesis. También afirmó que las demás Iglesias no son Iglesias, sino que sólo tienen elementos eclesiales.

Incluso afirmó varias veces que esta postura mía se había hecho común entre los teólogos y que ello provocaba nuevas críticas del Papa. Sin embargo, estaba aislado, porque había causado una gran decepción a las demás iglesias cristianas, como la luterana, la baptista, la presbiteriana y otras, al cerrar las puertas al diálogo ecuménico.

«Como Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, se mostró extremadamente duro e implacable. En América Latina se censuró al fundador de la Teología de la Liberación, el peruano Gustavo Gutiérrez, a la teóloga Ivone Gebara y al autor de estas líneas»

Entendía la Iglesia como una especie de castillo fortificado contra los errores de la modernidad, situando la ortodoxia de la fe, siempre ligada a la verdad (su tonus firmus), como referencia principal. A pesar de su carácter personal sobrio y cortés, se mostró como Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, extremadamente duro e implacable.

Cerca de un centenar de los teólogos más destacados fueron condenados bien con la pérdida de su cátedra, bien con la prohibición de enseñar y escribir teología o, como en mi caso, con el «silencio obsequioso». En América Latina se censuró al fundador de la Teología de la Liberación, el peruano Gustavo Gutiérrez, a la teóloga Ivone Gebara y al autor de estas líneas. Otros en EE.UU., como Charles Curran y R. Haight, se vieron afectados. Incluso un teólogo indio, el padre Anthony de Mello, ya fallecido, vio prohibidos sus libros, al igual que otro indio, Belasurya.

«Cerca de un centenar de los teólogos más destacados fueron condenados bien con la pérdida de su cátedra, bien con la prohibición de enseñar y escribir teología o, como en mi caso, con el ‘silencio obsequioso'»

Los teólogos latinoamericanos, decepcionados, nunca han entendido por qué se prohibió la colección de 53 volúmenes «Teología y Liberación», en la que participaban decenas de teólogos (se publicaron unos 25 volúmenes). Era la primera vez que se producía, fuera de Europa, una obra teológica de envergadura con resonancia mundial. Pero pronto se abortó. El teólogo Joseph Ratzinger se mostró enemigo de los amigos de los pobres. Esto pasará a la historia de la teología.

Muchos teólogos afirman que estaba obsesionado con el marxismo, a pesar de que hacía ruido en la Unión Soviética. Publicó un documento sobre la teología de la liberación, Libertatis nuntius (1984), lleno de advertencias pero sin condenas explícitas. Otro documento posterior, Libertatis conscientia (1986) hace hincapié en sus elementos positivos, pero con demasiadas restricciones.

Podemos decir que nunca comprendió la centralidad de esta teología: la «opción de los pobres contra la pobreza y por la liberación». Convirtió a los pobres en protagonistas de su liberación y no en meros receptores de la caridad y el paternalismo. Esta era la visión tradicional y la del Papa Benedicto XVI. Sospechaba que había marxismo en este protagonismo del poder histórico de los pobres.

Como Pontífice, Benedicto XVI inauguró la «Vuelta a la Gran Disciplina», con una clara tendencia restauradora y conservadora, hasta el punto de reintroducir la Misa en latín y de espaldas al pueblo. Causó estupor general en la propia Iglesia cuando en el año 2000 publicó el documento «Dominus Jesus», en el que reafirmaba la vieja doctrina medieval, superada por el Concilio Vaticano II, según la cual «fuera de la Iglesia católica no hay salvación». Los no cristianos corrían grave peligro. Una vez más negó el calificativo de «Iglesia» a las demás Iglesias, lo que provocó la irritación general, que sólo eran comunidades eclesiales, y con todo su ingenio se peleó con los musulmanes, los evangélicos, las mujeres y el grupo fundamentalista contra el Vaticano II.

«Causó estupor general en la propia Iglesia cuando en el año 2000 publicó el documento «Dominus Jesus», en el que reafirmaba la vieja doctrina medieval, superada por el Concilio Vaticano II…

A pesar de sus limitaciones, pero por sus virtudes personales y por la humildad de haber renunciado, debido a los límites de sus fuerzas, al oficio papal, seguramente será contado entre los bienaventurados»

Su forma de dirigir la Iglesia no era carismática como la de Juan Pablo II. Se guiaba más por la ortodoxia y el celo vigilante por las verdades de fe que por la apertura al mundo y la ternura hacia el pueblo cristiano como el Papa Francisco.

Era un representante legítimo de la vieja cristiandad europea, con su pompa y su poder político-religioso. Rara vez se mostró abierta a otras culturas como las antiguas de América Latina, África y Asia. Nunca se deshizo de cierta arrogancia de ser el mejor y en nombre de ella colonizó el mundo entero, tendencia que aún no ha superado del todo.

A pesar de sus limitaciones, pero por sus virtudes personales y por la humildad de haber renunciado, debido a los límites de sus fuerzas, al oficio papal, seguramente será contado entre los bienaventurados.

¿Posible cisma anti-bergoglio?

La muerte de Ratzinger, ¿entierra el ‘cisma’ contra Francisco?

Los supuestos defensores del Papa emérito, y con él de un modelo ultraconservador de Iglesia, redoblarán sus ataques contra Bergoglio, que Benedicto XVI trató, infructuosamente, de frenar, desde su retiro. ¿Habrá cisma antibergogliano una vez muerto Ratzinger?

Por Jesús Bastante

“Sólo hay un Papa, y se llama Francisco”. Tajante, Joseph Ratzinger respondía en 2018, por carta, las tesis del cardenal Walter Brandmuller, uno de los cuatro purpurados que habían llegado a amenazar con declarar ‘ilegítimo’ al Papa Francisco por su apertura a la comunión a los divorciados vueltos a casar, y por abrir el debate sobre la posibilidad de consagrar curas casados (‘viri probati’) en rincones que, como la Amazonía, no contaban con sacerdotes.

El movimiento de Brandmuller, secundado por otros purpurados como el norteamericano Burke (uno de los más estrechos colaboradores eclesiásticos de Donald Trump), el italiano Carlo Cafarra y Joachim Meisner, fue conocido como el movimiento de las ‘Dubia’, por el documento enviado por los cuatro a Francisco en el que le exigían retractarse de estas decisiones, o lo declararían incapaz para continuar dirigiendo la Iglesia católica.

Los cuatro cardenales de las ‘dubia’ Agencias

De los cuatro cardenales anti Francisco (Carlo Cafarra, Joachim Meisner, Raymond L. Burke y Walter Brandmüller), sólo siguen en pie los dos últimos. Y muy activos. Hace unos meses, Brandmüller volvía a reclamar un cambio en las normas vaticanas de elección de Papa para ‘impedir’ un ‘Bergoglio II’, instando a que solo fueran los cardenales romanos (de la Curia) quienes interviniesen en un hipotético cónclave.

Los enemigos del Papa, revueltos

No son los únicos, ni siquiera los más poderosos, entre los enemigos del Papa Francisco. La lista es conocida por todos: Müller, el todopoderoso ex prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe; Robert Sarah, ex prefecto de la Congregación para el Culto, y uno de los protagonistas del mayor bochorno entre los contrarios a Bergoglio; el español Rouco Varela; o el ex nuncio de Estados Unidos, Carlo María Viganò… son sólo algunos de los nombres de un movimiento, más potente de lo que parece, que busca revertir las reformar implementadas por Francisco en esta última década y que, pese a su ímpetu, siempre encontraron cerradas las puertas de cualquier apoyo directo por parte de Benedicto XVI.

Tampoco se trata únicamente de eclesiásticos: muchos de los políticos que en estos días desfilan por la capilla ardiente de Ratzinger, desde Mateo Salvini a Viktor Orban, pasando por Giorgia Meloni, y otros que no han acudido a Roma, como Steve Bannon o Santiago Abascal, son declarados opositores del ‘ciudadano Bergoglio’, como suele denominar al Papa el líder de la ultraderecha española.

Ratzinger no dio pábulo a los críticos

Ratzinger nunca dio pábulo, al menos en público, a ninguna estrategia que pudiera interpretarse como apoyo a los enemigos de Francisco. ¿Qué pasará ahora, que no existe el contrapeso moral de Ratzinger? Expertos vaticanistas auguran que los críticos a Francisco se lanzarán a la ‘guerra total’ contra el Papa argentino. El primero en hacerlo está siendo el secretario personal de Benedicto XVI, Georg Gänswein, quien ya ha anunciado la publicación de sus ‘Memorias’ en las que aclarará escándalos como el Vatileaks, los abusos sexuales o el ‘caso Emanuela Orlandi’, y que arremeterá contra las “calumnias” contra el Papa emérito.

En una de las muchas entrevistas que ha concedido Gänswein en estos días, destaca la concedida al semanario Die Tagespost, en la que el secretario de Benedicto XVI asegura que el Papa emérito leyó “con dolor en el corazón” el decreto Traditionis custodes, con el que Bergoglio ponía coto a las misas en latín y de espaldas al pueblo, reabiertas por su antecesor en 2007. “(Benedicto) no se sentía cómo quitando este tesoro a la gente”, denunciaba el secretario del Papa fallecido.

Becciu y McCarrick, los dos ‘ex cardenales’

Las ‘Memorias’ de Gänswein se presentan, así, como el primer asalto de un nuevo combate en el que, a buen seguro, volverán a reaparecer personajes como el ex nuncio Viganò, quien acusó al Papa Francisco de mirar hacia otro lado en el caso de los abusos del ex cardenal McCarrick, líder de la Iglesia estadounidense durante el pontificado de Juan Pablo II y Benedicto XVI, y que fue expulsado del colegio cardenalicio por Bergoglio.

También se espera que se redoblen los ataques por parte del entorno del también defenestrado cardenal Becciu, protagonista de un macrojuicio por malversación de los fondos del Vaticano para la creación de una diplomacia paralela y por la famosa compraventa del palacio de Londres. Becciu fue uno de los primeros en reivindicar la figura de Benedicto XVI y su nombramiento como Doctor de la Iglesia, algo en lo que ha coincidido con el cardenal Rouco Varela y el ex prefecto Müller.

Ambos fueron dos de los protagonistas del ‘homenaje’ (algunos dicen que akelarre ultraconservador) organizado el pasado mes de octubre por la Asociación Católica de Propagandistas en el CEU. Durante el simposio (al que también acudieron otros obispos claramente antifrancisquistas, como Reig Pla o José Ignacio Munilla), el purpurado alemán recalcó  que “los temas centrales de la Iglesia no deberían ser el cambio climático o la política migratoria sino el Evangelio de Jesús”, en lo que se interpretó como un duro golpe a los ejes programáticos del pontificado de Francisco, mucho menos centrado en lo litúrgico o en la moral de actitudes que en la misericordia y la apertura a los alejados y sufrientes.

 “El Concilio Vaticano II fue la chispa para la ruptura de la Iglesia”, subrayó en dicho foro Müller, quien incidió en que “la Iglesia no es un programa para establecer una sociedad liberal capitalista o social-comunista, ni para crear un nuevo orden mundial en 2030”.

El ‘falso libro’ de Benedicto y Sarah

Otro de los grandes opositores al actual pontificado, estrecho colaborador de Benedicto XVI y considerado por los ultraconservadores como un posible ‘papable’ en caso de un hipotético cónclave es el cardenal guineano Robert Sarah. Antiguo prefecto de Culto Divino, fue uno de los responsables de la vuelta a la liturgia tradicional, bendecida por Ratzinger y, que desde el comienzo del pontificado de Francisco mostró su oposición a las aperturas del argentino a las parejas homosexuales, los divorciados vueltos a casar y una nueva mirada a la sexualidad y los métodos anticonceptivos.

En enero de 2020, siendo todavía prefecto, Sarah anunciaba la publicación de ‘Desde lo más profundo de nuestros corazones’, escrito ‘a cuatro manos’ junto a Ratzinger, y en el que se presionaba directamente al Papa para que no contemplase la posibilidad de ordenar hombres casados.

El escándalo se desmontó en apenas unas horas, cuando el secretario Gänswein -considerado por las esferas vaticanas como el auténtico urdidor de la trama- tuvo que salir al paso y, en una nota oficial, exigir que se retirar la autoría del Papa emérito del volumen, asegurando que Ratzinger “nunca aprobó ningún proyecto de libro con doble firma”.

Gaenswein, en una declaración oficial, subrayaba que “el Papa emérito sabía que el cardenal estaba preparando un libro y le había enviado su texto sobre el sacerdocio autorizándole a hacer el uso que quisiera”, pero que “no había aprobado ningún libro con doble firma ni había visto la portada”. A los pocos meses, Sarah era relevado como prefecto, y Gänswein retirado de su función como prefecto de la Casa Pontificia (encargado de la agenda del Papa), con la excusa de cuidar en exclusiva al pontífice emérito.

Muerto Ratzinger, nadie duda de que Gänswein no regresará al servicio directo de Bergoglio. Mientras, desde la Santa Sede existe un empeño especial en subrayar los “muchos encuentros, públicos y privados, entre el Papa Francisco y el Papa emérito Benedicto XVI”, siempre “marcados por una gran cordialidad, la oración en común, el afecto y el respeto mutuo”. El portal oficial de la Santa Sede, Vatican News, dedica un amplio reportaje a rescatar todas las veces en las que Francisco visitó o llamó a Benedicto XVI desde su renuncia hasta su fallecimiento. Tal vez, tratando de poner la venda antes de la herida. O, seguramente, sabiendo que, una vez muerto Ratzinger, los mismos ‘lobos’ que rodearon al pastor que hace una década optó por renunciar, se lanzarán sin piedad hacia su sucesor. Que parece que tiene cuerda para rato.

La muerte del Papa emérito Benedicto XVI

SOBRE LA MUERTE DEL PAPA EMÉRITO BENEDICTO XVI. Juan Cejudo

Ha muerto Benedicto XVI a la edad de 95 años. Veo en los medios que todo son halagos y elogios para el papa fallecido. No son esos mis sentimientos.

Debo decir que a mí no me gustaron ni Juan Pablo II ni  Benedicto XVI porque durante sus pontificados hubo un gran retroceso en la apertura que Juan XXIII y en menor medida Pablo VI, infundieron en la Iglesia con el Concilio Vaticano II. Con estos dos últimos papas ha habido un invierno eclesial que ha empezado a romperse-¡menos mal!- con el buen Papa Francisco.

Hablando de Benedicto, hay que resaltar su complicidad en la ocultación de sacerdotes pederastas mientras era arzobispo en Munich (1.977-1982). Un asunto por el que estaba llamado a declarar ante los tribunales de justicia alemanes.

Os invito a leer en este sentido y para tener una más amplia información, el muy documentado artículo del teólogo Juan José Tamayo, publicado en Infolibre el pasado mes de febrero: https://www.infolibre.es/opinion/ideas-propias/cardenal-ratzinger-benedicto-xvi-complacencia-pederastas-intransigencia-teologas-teologos-i_129_1219232.html

También mientras fue el Presidente de la Congregación para la Doctrina de la Fe actuó muy duramente contra los teólogos de la Liberación y muchos de ellos fueron sancionados de diversas maneras. Hay quien ha calculado que han sido unos 600 los teólogos sancionados y expedientados en todo el Mundo durante los pontificados de Juan Pablo II y Benedicto XVI. Entre ellos teólogos de tantísimo prestigio como Hans Küng, Jon Sobrino, Leonardo Boff,  o el mismo Juan José Tamayo por citar sólo algunos de ellos.

Para mayor información sobre este otro asunto, pueden leer este otro artículo de Tamayo, publicado el pasado mes de marzo en Infolibre: https://www.infolibre.es/opinion/ideas-propias/ratzinger-benedicto-xvi-complaciente-pederastas-intransigente-teologas-teologos-ii_129_1223568.html

Por estas y por otras muchas razones no me ha gustado el pontificado de Benedicto XVI, aunque le valoro su temple para dimitir al verse incapaz de afrontar las tareas renovadoras tan necesarias en la Iglesia, que Francisco ha ido llevando a cabo: la trasparencia financiera del Vaticano, la lucha contra la pederastia en la Iglesia, la renovación de la Curia romana, la llamada a un proceso sinodal en toda la Iglesia etc..etc…