Paz: fuente y culmen

por José Francisco Gómez Hinojosa 

  

Ya ronda los tres meses la invasión de Rusia a Ucrania, mismos en que personas de buena voluntad en todo el mundo oran por el fin de la guerra y el arribo de la paz. El papa Francisco ha sido particularmente insistente en llamar al cese de hostilidades, calificando al conflicto como cruel e insensato.


Llama la atención la actualidad de lo que hoy nos dice Jesucristo en el evangelio de Juan (14,23-29): “la paz les dejo, mi paz les doy”. Y añade que no nos deja lo que entiende el mundo por ella: un sinónimo de inmovilismo, de pasividad. No. La paz no es una forma barata de ocultar los problemas, ni una manera infantil de sacarle la vuelta a las dificultades, ni sólo la ausencia de conflictos. Por el contrario. Es en medio de los ellos en donde tenemos que encontrarla, propiciando condiciones de justicia, de verdad, de amor, de fraternidad, en una palabra, de paz.

Y es aquí en donde, me parece, está el meollo del problema: la paz es fuente y culmen del Reino de Dios.

Fuente, porque es propia de aquellas personas que llevan a Dios en su corazón; que no son liosas, pero que tampoco rehúyen el conflicto; que son asertivas, pero no agresivas; que son capaces de combinar ternura con firmeza; que ponen la otra mejilla, pero que defienden a quien ya fue golpeado en las dos; que no se alteran, salvo cuando presencian una injusticia; que lloran de alegría, pero también de tristeza. Quienes viven así, con la paz de Dios en su corazón, son constructores del Reino de Dios, del Padre de Jesús.

Culmen, porque es el resultado de una cultura impregnada por la verdad y no por la mentira; porque para lograrse no atenta contra la dignidad de las personas y los pueblos, sino que la defiende: es justa; porque depende de relaciones amorosas, plenas de fraternidad y sororidad para poder concretarse. No habrá paz, entonces, si no se soporta en una comunicación veraz, en estructuras justas, en relaciones amorosas.

La paz que nos hereda Jesús de Nazaret, va mucho más allá de acabar con bombas atómicas, misiles nucleares y batallas galácticas -en lo macro-, y de prohibir el uso de metralletas cuerno de chivo, revólveres dorados o navajas asesinas -en lo micro-. Implica corazones y estructuras amantes de la justicia, de la verdad y del amor, constructores del Reino de Dios.

Pro-vocación

Pues el arzobispo de San Francisco, California, ya dijo que Nancy Pelosi, la poderosa presidenta de la Cámara de Representantes norteamericana, no será aceptada si se acerca a comulgar. ¿La razón? Ella ha dicho que trabajará para que una ley confirme el derecho de las mujeres a interrumpir el embarazo en ciertas circunstancias. No es que esté a favor del aborto, sino de que las mujeres decidan libremente si hacerlo o no. Ya el papa Francisco dijo que, en el caso semejante de Biden -darle o no la comunión por estar a favor de esa legislación-, estábamos ante una decisión política, no pastoral. En fin.

Apocalipsis y Reino

Vendrá el Hijo del hombre: Apocalipsis y Reino; Karma y Yoga  

El ciclo litúrgico 2021 culmina este domingo y el próximo con el “anuncio” del Hijo del Hombre y su Reino.   

El sol se apagará, la luna no dará su resplandor, las estrellas caerán del cielo, los astros se tambalearán. Entonces verán venir al Hijo del hombre sobre las nubes con gran poder y majestad… No pasará esta generación antes que todo eso se cumpla (Mc 13, 24-32). 

Estas palabras son un compendio de la oración como apertura al futuro de Dios (¡venga tu Reino!) y de la acción humana como preparación marcada por el pan compartido (¡pan nuestro de cada día!) y el perdón (¡perdónanos como perdonamos!). 

Al lado de ese Apocalipsis y Futuro cristiano, la tradición casi constante de Oriente (expresada por el hinduismo) presenta la vida como Karma (Samsara) y Yoga (liberación del tiempo). 

En vez de presentar hoy la “cara” del Apocalipsis-Futuro cristiano, presentaré la “cruz” o “anverso” hindú: La vida como iluminación de la supra-vida, más allá del tiempo y de la acción humana.  | X Pikaza Ibarrondo 

El hinduismo tiene un carácter monista: identifica toda realidad con el Uno. Por eso decimos que es pan-hénico (en griego: todo es uno) y tiene un rasgo místico (la religión se concibe como integración del ser humano en el misterio de la totalidad sagrada).De esa forma añadimos que es advaita: No hay verdadera “dualidad”; cada ser humano se descubre integrado en el “todo”; cada vida es así todas las vidas, siendo una misma (ella misma). 

 Rompiendo la barrera de su individualidad, llegando al manantial donde emerge su auténtico sí mismo (Atmán), el humano se descubre identificado en y con el todo (Brahman), tanto en clave diacrónica (en su alma desemboca el alma o vida de miles de vidas anteriores) como sincrónica (el individuo es el Todo abarcador universal, divino, no una parte entre otrs). Infinitas veces repetida, configurada en mil maneras, esta experiencia de identificación con la totalidad constituye el sustrato radical de la religiosidad hindú. 

 La finalidad, la esencia más honda,  de la experiencia religiosa no consiste en esperar la revelación de una palabra que nos viene desde fuera, ni en dialogar con un sujeto divino transcendente, ni en comunicarse con otros seres humano, ni en esperar la llegada (apocalipsis) del Mesías, sino en liberar la vida interna del humano esclavizado, llevándola a un estado de transcendencia donde el alma se engolfa en el (lo)  absoluto. Los caminos que ha tomado esta mística pan-hénica, de unificación transcendente, sonvariados, diferentes las fórmulas que emplea, pero la meta es siempre semejante: hacer que el alma, sierva en un cosmos de sufrimiento repetido y constante dispersión o muerte, penetre en su morada original que es lo divino.  Especulación religiosa y mística intimista se han unido: En su profundidad el Atmán es lo Brahmán; tal es la confesión de fe hinduista. Ése es el camino de del Atmán en cada ser humano; ese es el despliegue o revelación (avatara) de Brahmán en cada individuo. 

Mi Atmán, que está en el interior de mi corazón, es más pequeño que un grano de arroz, que un grano de cebada,     que un grano de mostaza… Mi Atmán, que está en el interior de mi corazón, es más grande que la tierra, más grande que la atmósfera, más grande que el cielo, más grande que los mundos. 

Mi Atmán, de quien son todas las actividades, todos los deseos  todos los colores, todos los sabores, que abarca todo, silencioso, indiferente… mi Atmán, que está en el interior de mi corazón, es Brahmán. Al dejar este mundo penetraré en é      (Chandogya-upanishad 3,            Lo divino puede recibir formas personales, como Shiva y Vishnú que son para muchísimos creyentes la expresión más alta y perfecta del misterio. Pero en el fondo de sí mismo, lo divino se despliega de manera impersonal, como gran Brahmán: Todo en que vivimos­ o nos introducimos cuando superamos el nivel de las conexiones exteriores que nos atan a un mundo de pura apariencia. Lo divino puede expandirse y multipli­carse también en múltiples figuras de dioses protectores y demonios, de personas o símbolos antiguos, que aparecen así como avataras, transparencia humana del misterio sagrado. 

DIOS INTERIOR, LA RUEDA DE LA VIDA: SAMSARA, KARMA, DHARMA, MOKSA 

            Las religiones monoteístas ponen a Dios en el principio de su búsqueda y experiencia, y esperan su venida, esto es, su revelación plena, que para los cristianos se identifica con la venida del Hijo del Hombre, esto es, de la nueva humanidad. Por eso piden a Dios diciendo “venga tu reino”. Para los hindúes, en cambio, la pregunta por Dios como tal resulta secundaria y su “venida al fin del tiempo” no se entiende como fin (meta) de la historia humana, sino como desvelamiento de su realidad. 

Ellos (los hindúes) se han fijado de manera preferente en la condición humana, que consideran sagrada. Más que la existencia o no existencia de un Dios o unos dioses (siempre discutible) valoran el sufrimiento y esclavitud, la liberación y plenitud del ser humano. Por eso, en el fondo, podemos afirmar que el hinduismo es un humanismosagrado

Ciertamente, en un sentido, para los hindúes, el hombre es divino en cuanto forma parte de una realidad sagrada que lo engloba todo; es divino por hallarse inmerso en un gran proceso cósmico donde, de un modo general, pueden distinguirse cuatro momentos, que forman los artículos de fe o, mejor dicho, los presupuestos de toda su experiencia. Pero en otro sentido podemos afirmar que el hombre hindú se siente totalmente humano, porque lo humano y lo divino son inseparables. Los hindúes pueden discutir de todo, pero su visión del hombre implica siempre estos principios: 

Samsara, un mundo de apariencia que gira sin cesar. El hombre se halla inmerso en el ciclo de existencias que giran, sin principio ni meta, sin sentido ni salida. Esta es la rueda del destino, que Nietzsche destacó en Europa hace más de un siglo y que entendió como experiencia de liberación para los hombres y mujeres que, en otro tiempo, habían querido evadirse, buscando una eternidad de tipo espiritual (platónico), por encima del destino. 

Pues bien, los hindúes hicieron la experiencia contraria: ellos partieron del eterno retorno (entendido como destino o samsara, proceso incesante de reencarnaciones) para descubrir la novedad del hombre (que debe superar el eterno retorno).Por eso, ellos aceptan en un plano ese eterno incesante de violencia, pero en otro quieren superarlo, por la liberación final (de la que trata el momento 4º de este esquema). Por ahora, en este primer momento, los hombres nos hallamos encerrados en la rueda de una vida donde todo nace y muere para renacer (reencarnaciones). A ese nivel no se puede hablar de creación estrictamente dicha: no hay un Dios consciente y personal sobre el destino. 

Miradas las cosas desde un fondo religioso, resulta secundario distinguir si este samsara tiene en sí una realidad objetiva (material o espiritual) o si es una apariencia (velo de mentira, maya). Sea como fuere, a ese nivel, la vida humana está vida hecha de muerte. En el fondo, el mayor y único pecado del hombre es el haber nacido en este mundo. Pero ese pecado es también su mayor oportunidad, pues le permite iniciar un camino de liberación de la muerte. 

Karma,una ley de vinculación universal. La ciencia de occidente ha estudiado con toda precisión las leyes que relacionan los fenómenos externos objetivos (físicos y químicos, económicos y políticos, psicológicos y sociales). Pues bien, los hindúes vienen estudiando desde hace casi tres mil años las leyes de la existencia interior, es decir, del alma.  

Las vidas no se mueven (no empiezan ni terminan) de manera caprichosa o arbitraria, sino que existe una ley universal llamada karma que todo lo vincula, una causalidad psicológica (¿espiritual?) que explica y condiciona todos procesos de la realidad profunda. 

En este sentido podemos afirmar que el hinduismo es la más racionalista de las religiones porque quiere explicar las condiciones y circunstancias de la vida humana: a su juicio, ninguna acción resulta estéril, ninguna pasa sin dejar consecuencias; ningún acontecimiento o condición vital (riqueza, salud, sexo) carece de razones. Todo lo que existe y lo que es (lo que sufre o se realiza) está determinado por la trayectoria pasada de la vida que sigue desplegándose por ellos, a través de un proceso de reencarnaciones en el que existimos. 

No nacemos de la nada, ni del capricho de un posible Dios externo, sino del mismo proceso de la vida, conforme a una ley muy precisa de causalidad biológica, psíquica y espiritual. Por eso, lo que ha de ser en el futuro está determinado por aquello que ahora somos y hacemos. No hay pues nada irracional, ni influjo de dioses o diablos externos, que puedan salvarnos o condenarnos desde fuera. Somos parte del proceso de la vida sagrada. En ella estamos sumidos. Sólo en ella podemos y debemos liberarnos. 

Dharma, conciencia o religión. Todo está inmerso en la ley del karma, pero sólo nosotros lo sabemos, de manera que tomamos conciencia de aquello que somos. Este es el milagro supremo: somos atmán o conciencia, de manera que podemos conocernos, conociendo lo divino que somos. Es como si un tipo de realidad originaria, que está más allá del nivel del karma, despertara en nosotros y empezara a descubrirse a sí mismo, sabiendo que es la Realidad eterna. 

En ese sentido, dharma significa conciencia y religión, es decir, aceptación de lo que somos y del lugar que ocupamos en la rueda del samsara, para superarlo. Dharma es la conciencia divina del hombre, su capacidad de saberse más allá del tiempo que todo lo destruye. Esta es la primera norma de conducta, el principio de toda moral religiosa: aceptar lo que somos, sabiendo que no hemos surgido de la nada, ni tampoco del puro azar o de un destino carente de sentido, pues en nosotros se expresan y concretan todos los procesos de existencia del pasado, conforme a la ley de las reencarnaciones. En nosotros se despierta y puede encontrarse a sí mismo, de un modo más hondo, lo divino. 

Moksa, camino y meta de liberación. El hinduismo es dialéctico: dice, por un lado, que estamos atados a la rueda del samsara (al karma de las reencarnaciones); pero añade que, aceptando y realizando nuestro dharma, podemos superar la angustia del destino, alcanzando así nuestra liberación, saliendo de la rueda de muertes sin fin, para introducirnos por siempre en en el Siempre la Vida sagrada y ya plena, en la Realidad en sí, más allá de los procesos, dolores y apariencias de este mundo perdido en el samsara. Moksa significa, en el fondo, salir del samsara: romper la rueda de la ley cósmica, superar el talión de las acciones. Llegamos de esa forma a la verdad de nuestra propia realidad en lo divino. 

             Los hindúes han discutido prácticamente de todo: unos parecen aceptar a un Dios trascendente, otros lo niegan o le quitan toda su importancia; unos hablan de un Dios personal, otros de muchos dioses y demonios; unos parecen hundidos en la magia, otros se elevan hacia espacios de meditación intelectual, más allá de magias y razones discursivas; 

 a unos les importa sólo la conciencia, otros parecen fijarse sobre todo en la conducta externa; unos son dualistas, otros monistas; unos acentúan la realidad del alma individual, otros la niegan etc. Pero todos ellos se vinculan en la confesión y dogma del samsara inicial y de la liberación final. Saben, por un lado, que el hombre se halla inmerso en un proceso de reencarnaciones; pero confiesan, a la vez, que puede y debe superar ese proceso, asumiendo su dharma, descubriendo su verdad superior y liberándose así del destino de muerte que es la vida sobre el mundo. 

HOMBRE INTERIOR. MEDITACIÓN Y YOGA

             El hinduismo clásico (de los siglos VII al II AEC) se expresa en unos textos sagrados llamados Upanishadas, que presentan la salvación en términos de ejercicio ascético o (y) búsqueda contemplativa. Normalmente, esa salvación se encuentra reservada a los brahmanes solitarios, que culminan su existencia en un gesto de profunda entrega religiosa. Ellos, varones de casta superior, han sido los portadores de la religión clásica de la India, que por eso se ha llamado a veces brahmanismo. Desde ese fondo podemos distinguir dos tipos de personas.                                                                                                                ‒ Los que están sometidos a las obligaciones del mundo. Son los miembros de las castas inferiores (y las mujeres), dominados por las necesidades del eterno retorno de la vida (trabajo, familia, ocupaciones sociales); así cumplen con su dharma, esperando la posibilidad de una reencarnación más alta. Continúan apegados a las cosas de este mundo; no se pueden liberar directamente, no ha llegado para ellos el momento de quebrar la cadena de vidas de la tierra (reencarnaciones).                                                                                                              ‒ Los liberados para liberarse. Normalmente, solo los miembros de la casta superior de los brahmanes tenían libertad, tiempo y condiciones para asumir el camino que puede llevarles a la liberación final. En principio son sólo varones de edad madura. Durante la primera mitad de su vida han cumplido los deberes de estado de ese mundo (trabajar, casarse, educar a los hijos); pero, realizada esa función, abandonan casa y posesiones, bienes y familia, para centrarse en el cultivo de su propia salvación, superando así la rueda de las reencarnaciones.   Los miembros de las castas inferiores (vaysas arios y, sobre todo, sudras y parias) y las mujeres deben organizar este mundo lo mejor posible, conforme a las propias normas estamentales (codificadas en la Ley de Manu, que ratifica las jerarquías sociales). Sólo los varones de las clases superiores (especialmente los brahmanes y, en algún sentido los ksatriyas) pueden buscar y trazar ya en el mundo el camino de liberación definitiva, en gesto más ascético o más contemplativo, según los casos: Sólo así, y sólo ellos, pueden romper ya desde ahora la cadena de re-encarnaciones, quebrando por dentro la estructura de este mundo viejo y habitando ya en un ámbito de moksa (más allá del samsara cósmico). Esta ruptura liberadora no puede interpretarse estrictamente como gracia de un “Dios exterior”, esto es, como don personal de un Dios personal, sino como revelación de la propia interioridad sagrada. Cada ser humano puede y debe liberarse por sí mismo de manera que la salvación es consecuencia de su misma acción, pero sabiendo que esa acción más alta es una dejación (des-acción), que le permite de superar el nivel del mundo viejo (de reencarnaciones).                                                                                                                         En ese sentido, en virtud de la paradoja que está al fondo de toda la experiencia religiosa, siendo activa, la liberación es también pasiva, gratuita: capacidad de vivir y moverse más allá de la ley, en la plenitud divina, acción ni reacción, sin ninguna forma de encadenamiento cósmico o social. Desde ese fondo se entienden los dos elementos (no momentos separados, ni sucesivos) del camino. 

‒ Hay una ascesis, vinculada a la propia acción del hombre que se esfuerza por superar el nivel de las necesidades cósmicas, a través de un control de sus deseos. El asceta quiere dominar sus ritmos vitales (alimento y pensamiento, respiración y deseos erótico etc), para volverse sobre el mundo un ser liberado. Ciertamente come y respira, pero lo hace sin estar atado a ello, viviendo desde un nivel más alto, donde todo es gratuidad y ya no existen necesidades ni leyes. Se encuentra inmerso en los ritmos de la tierra, pero ellos no le determinan ni definan. Nada quiere, en nada se detiene, nada le esclaviza. Es un liberado del samsara. 

‒ Hay una místicaque suele interpretarse como meditación, esto es, como presencia de la otra dimensión (del moksa) en los mismos cauces y momentos de esta vida. Los aspectos ascéticos anteriores son sólo preparatorios; lo que al hombre le desliga de la vida externa no es su esfuerzo, sino la negación del pensamiento. Por siglos y siglos, los hombres han ido creando y transmitiendo diversos universos mentales, vinculados a la gran cadena de reencarnaciones. Pues bien, esos universos les dominan y encadenan a la vida de la tierra. Por eso es necesario superar ese nivel (dejar de pensar, no desear), para que en el vacío de la mente y voluntad venga a expresarse el moksa, lo divino. 

             Ascesis y contemplación son dos aspectos de un mismo proceso de superación cósmica: a través de ellos, el hombre religioso llega a las raíces de su propio ser, allí donde la vida se transmuta en una Supra-vida: cesa la multiplicidad de las figuras, la lucha entre opuestos, la cadena de reencarnaciones. Queda la verdad del hombre en lo divino. En este contexto, la religión se identifica con un tipo de yoga, de ejercicio y experiencia de meditación, que consta de cuatro momentos:  

  1. Plano corporal. Hay posturas de meditación, que consisten en dejar que el cuerpo repose sobre sí mismo, sin estar forzado de ninguna manera. La posición más significativa es quizá la del “loto”: dejar al tronco en quietud, sobre sí mismo, liberándole de tensiones musculares, casi en actitud de feto cósmico, en unidad con todo lo que existe. 
  1. Plano de la respiración. El contacto primero y constante del hombre con el mundo es la respiración, de manera que se dice que morir es ex-pirar (dejar de mantenerse en simbiosis con el aire). Por eso, el segundo ejercicio del yoga es un respiración integrada y rítmica, desde el hondo del cuerpo, en tranquilidad total, sin ninguna excitación o violencia, que se expresa normalmente por la respiración. 
  1. Plano mental:superación del deseo y pensamiento. El hombre se encuentra atado al ciclo de la vida por sus pensamientos y deseos. Por eso, la forma suprema de victoria sobre el mundo es dejar de pensarlo y desearlo. La verdad del hombre no es algo que se hace o se piensa, algo que se proyecta y busca, porque todas esas experiencias y procesos nos siguen atando a los procesos de la vida en esta realidad, que es eterno retorno de muerte. Este ejercicio de superación es paradójico, pues no se puede realizar al modo humano (de este mundo), que sólo conoce pensamientos y deseos, sino que nos arranca de este mundo y nos sitúa en un nivel de realidad, en el que no pensamos (sino que el Absoluto nos piensa, es en nosotros, sin ideas ni representaciones). 
  1. Revelación de la Realidad más allá de toda realidad. Los momentos anteriores del yoga pertenecen al hombre y pueden (deben) planearse en ejercicio metódico de concentración. Pero el momento final ya no el del hombre como ser activo, sólo es posible como expresión de una Presencia superior, que se “apodera” del hombre, sin poseerle como demonio, sino liberándole de un “sí mismo egoísta”, para ser de esa manera él mismo, en lo divino. En ese sentido, hablando en perspectiva mundana, podemos afirmar que el yoguin (quien realiza el yoga) está ya fuera del mundo, más allá de las leyes del eterno retorno, en un nivel de Experiencia sin experiencia, de Totalidad sin totalidad, de Amor sin amores. 

 Mirado así desde el fondo de sí mismo, el contemplativo o yoguin ha superado las leyes cósmicas, pero, desde una perspectiva mundana, su ejercicio requiere cierto adiestramiento y tiempo, de manera que sólo pueden practicarlo de un modo consecuente los miembros de las castas liberadas, los brahmanes, después que han dejado las restantes tareas de la vida y se especializan de manera programada en ese ejercicio “noble”, elitista, de meditación trascendental. Suelen ser hombres maduros, que han realizado en su juventud muchos ejercicios de auto-control, que han cumplido los debemos de la vida cósmica (se han casado, han cuidado a los hijos, han visto a sus nietos…), de manera que pueden, al fin, liberarse totalmente, sin más tarea que la pura contemplación (que antiguamente se realizaba habitando en el bosque). Sólo ellos pueden cultivar de forma decidida esa mística de identificación orante, esa experiencia de unidad pan-hênica, es decir, de identificación con la realidad de lo divino, en la que todo es uno (pan-hên), superando las formas, figuras y deseos particulares del mundo y de la historia. 

Al romper las barreras de un tipo individualidad excluyente, llegando al manantial donde emerge su auténtico sí mismo (Atmán), los humanos superiores se descubren identificados con el Todo (Brahman), superando el paso de muerte del tiempo (en su alma desemboca el alma o vida de miles de vidas anteriores) y la ruptura que crea la distancia de unos con otros, de manera que cada uno es presencia y reflejo de todos, es presencia de la “divinidad”, sin dejar de ser él mismo, sino siéndolo del todo.. Infinitas veces repetida, configurada en mil maneras, esta experiencia de identificación con la totalidad constituye el sustrato radical de la religiosidad hindú. Ella no exige más riqueza que la inmersión de la vida particular en el Todo divino, ni más jerarquía que aquella que viene dada con la práctica personal de meditación. 

 A partir de aquí deberíamos volver a la oración cristiana, con su formulación «apocalíptica», histórica, de encuentro personal con Dios (Venga tu reino) y de compromiso por la historia (el pan de cada día dánosle hoy, perdona como perdonamos… Pero esa comparación pueda hacerla cada la lector. Yo la seguiré haciendo en el curso del Cites, del que seguiré informado en este portal de RD. 

Jesús, mensajero del Reino de Dios

Juan José Hernández Alonso: ‘El Reino. La Buena Noticia de Jesús’ 

Juan José Hernández , en el centro 

Presenté ya en RD (23.05.2017) una semblanza bio-bibliográfica del Prof. Juan J. Hernández, con ocasión de su libro anterior (Jesús de Nazaret. Sus palabras y las nuestras, Sal Terrae, Santander 2016). El obispo de Ciudad Rodrigo, Don Raúl Berzosa, publicó también entonces una recensión de ese libro en Vida Nueva (13.01.2017). 

Pasados cinco años, el Prof. Juan J. Hernández vuelve fielmente a la cita de sus lectores con esta nueva obra, publicada por la misma editorial y en la misma colección como continuación y complemento de la anterior. Ésta es una noticia importante para la teología y para la iglesia de España 

Era y sigue siendo un texto universitario, pero, al mismo tiempo, ofrece un panorama de conjunto de la vida y obra de Jesús, mensajero del Reino de Dios, para los interesados en su figura y camino 

Por Xabier Pikaza 

Juan José Hernández Alonso, presbítero de la diócesis de Ciudad Rodrigo (nacido en Aldehuela de Yeltes, Salamanca, 1934), retoma con estas obras su etapa y vocación primera de profesor de Teología de la Universidad Pontificia de Salamanca (1970-1976), que había culminado en la publicación de su obra clásica: La nueva creación. Teología de la Iglesia del Señor (Sígueme, Salamanca 1976), que ha sido durante decenios manual y texto de cabecera de cientos de estudiantes de teología, en muchas universidades y escuelas teológicas de España y América Latina. 

Hoy presenta su nueva obra en la Casa de la Iglesia de Ciudad Rodrigo. Por ser Juan J. Hernández quien es y por ser la diócesis de Ciudad Rodrigo lo que hoy es en la Iglesia española, éste es un acontecimiento importante en un plano académico, cultural y religioso. ¡Felicidades, Juanjo! 

Aquella primera vocación se vio detenida por diversos avatares de tipo académico, que le apartaron durante cuarenta años de la cátedra de teología, a la que no ha podido volver en un plano escolar externo (los años han pasado, el Prof. J. José Hernández, es un jubilado laboral en el mejor sentido del término), pero ha vuelto en un sentido más profundo de investigación, estudio y elaboración de los temas medulares del cristianismo. 

            A lo largo de esos años de “latencia” teológica Juan J. Hernández ha sido muchas cosas: Ante todo un presbítero de la iglesia de Ciudad Rodrigo, con labores pastorales en diversos países de Europa y América y, sobre todo, como catedrático de cultura anglosajona (norteamericana) de la Universidad de Salamanca, donde se ha jubilado, para mejor dedicarse a las funciones de investigador y escritor de teología. 

No han sido en vano esos largos años de “latencia”. Le han permitido conocer por dentro el nuevo despliegue de la cultura mundial (representada de manera significativo por Estados Unidos) y, sobre todo, la vida concreta (interrogantes, vacíos y necesidades) de la juventud universitaria diversa y variopinta de Salamanca y España desde una perspectiva universal, no sólo desde una simple cátedra limitada de teología. 

Ha sido catedrático de cultura americana, pero no ha dejado la teología, sino, al contrario, ha podido conocerla y la ha conocido mejor, pues a veces se entienden mejor tomando cierta distancia, como sucede con los bosques, que uno sólo puede verlos de conjunto cuando se aleja un poco, no por desinterés, sino por interés más profundo, sin la urgencia de los pequeños problemas de un árbol u otro que nos impiden ver el conjunto. 

            La obra primera (La Nueva Creación, 1976) retomaba los elementos básicos de un trabajo de investigación sobre La Pertenencia al Cuerpo Místico, realizado bajo la dirección del Prof. H. Volk, en la Universidad de Münster, Alemania, que fue la base de su tesis doctoral en Teología (Universidad Pontificia de Salamanca, 1970). El Prof. J. Hernández analizaba en esas obras las imágenes de la Iglesia como Pueblo de Dios y Cuerpo de Cristo, retomando los fundamentos y sentido bíblico del tema, para culminar (conforme al título del libro) con una visión de la Iglesia como “nueva creación”, vinculando así la “obra redentora” de Cristo que es la iglesia con la obra originaria de Dios, que es la creación. Desde esa perspectiva, aquel libro recuperaba la pluralidad armónica de la Iglesia del Nuevo Testamento, poniendo de relieve la armonía entre episcopado, primado y colegialidad, en clave de comunión y diálogo concreto, más allá de las normas jurídicas, pero sin suprimirlas.  

            Cuarenta años después, la nueva obra, (Jesús de Nazaret, sus palabras y las nuestras, 2016), puede entenderse en el fondo como una introducción a la eclesiología, pues las palabras de Jesús han de ser y son las nuestras, el fundamento de la Iglesia. Juan J. Hernández ha querido estudiar la vida y presencia pascual de Jesús, iniciador y “esencia personal” de la Iglesia. Suele decirse que allí donde hay humo hay un fuego. Del gran fuego de Jesús ha nacido el “humo” (nube luminosa) de la Iglesia, para utilizar una imagen del Antiguo Testamento (libro del Éxodo).   

Presentación del libro, con el entonces Obispo de Ciudad Rodrigo, D. Raul Berzosa y con D. José Sánchez obispo emérito de Sigüenza 

            Desde esa perspectiva, con gran precisión literaria, sencillez de forma y profundidad de fondo, Juan. J. Hernández fue tejiendo y trenzando una obra que es al mismo tiempo manual académico de Cristología histórica (el más completo que conozco en castellano, como libro de cátedra para alumnos), y camino de catequesis para iniciar en la vida y fe de Jesús a quienes quieren conocer el fundamento de su esperanza y de la vida de la Iglesia. 

Era y sigue siendo un texto universitario, pero, al mismo tiempo, ofrece un panorama de conjunto de la vida y obra de Jesús, mensajero del Reino de Dios, para los interesados en su figura y camino (su presencia actual) en la cultura y vida de esta nueva humanidad del siglo XXI. 

            Después no han tenido que pasar cuarenta años, han bastado cinco, para que el profesor Juan J. Hernández siga desarrollando su “plan de conjunto” de la una teología de conjunto de Jesús y de la iglesia, con esta nueva obra titulada precisamente El Reino. La Buena Noticia de Dios (2021), que se presenta hoy (30.09) en un lugar muy significativo, como es la “casa de la iglesia” (palacio episcopal) de Ciudad Rodrigo, ciudad y diócesis de la que se ha venido hablando en estos días, como signo de una Iglesia que puede perder su categoría de diócesis (absorbida por la de Salamanca). 

            Ésta es una obra de nuevo sorprendente, que ha de leerse a partir de la Introducción general (pag. 7-14) y de la introducción a la primera parte (pag. 14-28), que ofrecen una visión de conjunto vibrante del tema, desde una perspectiva histórica, teológica y actual. Para entender a Jesús y de un modo especial para seguirle debemos quedar impactados por su “tema” que es el Reino, entendido como buena noticia de Dios, es, como evangelio. 

            El Reino, la buena noticia de Jesús, expresada como salvación o, quizá mejor, como plenitud para los hombres es Dios mismo como “reino”, como nueva y más honda forma de ser y actuar de los hombres. A partir de aquí ha desarrollado Juan J Hernández una visión panorámica del Reino de Dios a lo largo de la revelación bíblica y de la vida de la Iglesia: AT y profetas, mensaje y parábolas de Jesús, sentencias de “admisión” (los que entran en el Reino), sentido futuro, misión de la Iglesia, salvación para la humanidad. 

            Juan J. Hernández ha sido y sigue siendo un Catedrático de Universidad, de corte clásico (alemán), y así expone los temas de forma ordenada, bien documentada, con discusión de opiniones, con pruebas y conclusiones clases. Éste es, en ese plano, el mejor Manual del Reino que existe actualmente en castellano. Pero, al mismo tiempo, éste es un libro de tesis que nos sitúa en el principio de la revelación cristiana y de la vida de la iglesia. 

            Lógicamente, desde esa perspectiva, en contra de lo que ha hecho una teología escolar de manuales, desde la Edad Media, este libro no parte de Dios (como si fuera ya conocido), para pasar luego a su Reino. Desde la visión de la Biblia y del principio de la Iglesia, el Reino no es algo que viene después de Dios, sino que se identifica con el mismo Dios (el Dios de Cristo) como evangelio (buena noticia de vida) para los hombres. 

            El Reino es algo que viene después de Dios, sino que es el mismo Dios que esta viniendo, que se hace presente. Orígenes, el gran teólogo del siglo III d.C., decía que el Reino es Cristo (la auto-basileia). Pues bien, volviendo al principio, podemos y debemos decir con Juan J. Hernández que el Reino de Dios es Dios mismo (con genitivo epexegético). Por eso, no podemos partir de Dios (como hacía la teología natural antigua) para hablar luego del Reino, sino que hablamos de Dios hablando del reino, encontramos a Dios como Reino de nueva creación, nueva humanidad en Cristo. 

            En ese sentido, la revelación de Dios de Dios se identifica con la revelación (realización) del hombre. Ésta es, a mi juicio, la aportación fundamental de la obra de Juan J. Hernández, que empalma con las mejores intuiciones de la teología del Concilio Vaticano II, una teología que sigue siendo plenamente actual, pasados más de cuarenta años de un tipo de “latencia conciliar”.  El Prof. Hernández, en su edad madura, ha vuelto a las novedades de su juventud teológica, en Alemania, en Salamanca y, de un modo especial en Ciudad Rodrigo, su diócesis, en cuya “casa mayor” se presenta hoy (30.09.2021) este libro. 

NO ESTÁS LEJOS DEL REINO DE DIOS. SINODALIDAD

 Written by Mª Luisa Paret García 

Mc 12,28b-34 

La distinción y separación entre minorías y masas es una realidad en cualquier sociedad. Así lo era también en tiempos de Jesús. Sin embargo, él no se identifica con los esenios, ni con los saduceos, ni con los zelotes, ni con los fariseos, ni con los escribas. Jesús salió fuera de esos círculos; optó por los pobres y descartados, mayoría en su tiempo y en todo tiempo.      A la luz de la Pascua, Cristo propone otro tipo de relaciones para la comunidad de sus seguidores. En la Iglesia es esencial el significado de hermano, que corresponde al fiel bautizado que se ha adherido a su mensaje y vive su misma vida de entrega. Los demás “títulos”, son secundarios, de servicio, de ministerio. Las relaciones de dependencia no son cristianas; han de ser siempre fraternales. Solo así es posible el verdadero pueblo de Dios, comunidad de fieles presidida en actitud de servicio, por los presbíteros y obispos. 

La Iglesia no es una minoría selecta y notable en el mundo, que ejerce poderes y posee derechos especiales. Los cristianos compartimos una fe: sólo hay un Padre-Madre común a todos los seres humanos, una Energía divina que sustenta cada vida, una Divinidad que se enraíza en el fondo de cada ser, que es nombrada y experimentada de mil formas diferentes, un solo Señor, Jesucristo, adelantado a la humanidad en el Reino definitivo, y un solo Espíritu. 

Amarás a tu Dios significa amar al hombre hasta el infinito. Es lo que inculca el narrador del Deuteronomio (6,2-9) de la primera lectura, sabiendo que en ello está la vida, el bienestar verdadero en el mundo, la salvación en él. Quiere hacerlo presente en todo momento y situación de la existencia. No hay salvación en los ídolos del poder, del tener, de la indiferencia, del egoísmo. 

En este relato vemos que Jesús, que habitualmente denunciaba la falsedad e hipocresía de los escribas, no tiene ningún inconveniente en recibir a un escriba y reconocer que no andaba muy alejado del Reino de Dios. Hay que ser íntegros, puros, pero no puritanos.                      Nada más apropiado para, al menos, trazar un esbozo acerca de la Sinodalidad que el papa Francisco propone para la Iglesia del tercer milenio. El nacimiento de un espíritu universal es signo de nuestro tiempo que no se realiza sin graves tensiones. La fraternidad sin fronteras constituye un proceso arduo y plagado de dificultades que recuerdan los dolores de parto que, aun con lentitud, van dando a luz lo universal, va tejiendo la unidad, la conciencia de que toda la humanidad es un solo pueblo con un mismo destino.                                                    La Iglesia, Comunidad del Espíritu de Unidad, intenta realizar torpemente esta aspiración humana. Ella es universal, extendida entre todos pueblos, creando una comunión de hermanos. La finalidad del Sínodo es, pues, escuchar a toda la Iglesia y encontrar el modo de llevar esta aspiración a la práctica.                                                                                              Sinodalidad significa caminar juntos e implica la participación de todos: clero, laicos/as, religiosos/as, obispos. Cada uno aporta su carisma. Supone, además, cambiar la mentalidad y las estructuras. A partir de la entidad y dignidad bautismal, cada uno/a está llamado a decir su palabra. Así, el poder (clerical) se transforma en un liderazgo que cambia las relaciones entre las personas. Y más urgente aún es cambiar la mentalidad clerical, hacer realidad la conversión pastoral de todos. 

Sinodalidad es la forma de vivir y de actuar del Pueblo de Dios; todos los bautizados somos compañeros de camino del Señor, llamados a ser sujetos activos en la santidad y en la misión, pues participamos del único sacerdocio de Cristo y somos receptores de los dones del Espíritu. La reforma de la Iglesia es la vuelta a la fuente, a Jesucristo (Mc 10, 42-45). La sinodalidad no se puede identificar solo con la actividad colegial de los obispos, sino con la de toda la Iglesia en su conjunto. ¿Podríamos reconocer y proclamar hoy a la Iglesia como una, santa, católica, apostólica y sinodal? ¿Son las Iglesias modelo de una verdadera sinodalidad ecuménica? (Carlo Mª Galli) 

No puede haber una reforma estructural en la Iglesia sin las mujeres (Silvia Martínez Cano). Sólo una Iglesia que asuma al laicado como sujeto, especialmente a las mujeres y a las religiosas, será creíble. (Rafael Luciani) 

Todo ello significa comprender la Iglesia desde el bautismo y el sacerdocio común que iguala a los cristianos/as en derechos y deberes. Los laicos/as deben estar presentes en aquellas estructuras donde participan en el ejercicio del gobierno ordinario, permitiéndoles desempeñar oficios eclesiásticos y cargos de responsabilidad. (Carmen Peña) 

La apuesta pastoral del Papa pasa por retomar la categoría del Pueblo de Dios y el concepto de servicio, impulsar la eclesiología de la comunión, promover la teología del laicado para superar el clericalismo, incentivar el ecumenismo… (Santiago Madrigal) 

 La renovación de instituciones como el seminario y la parroquia son inaplazables. Esto sólo será posible si se reforma el ministerio ordenado, porque el clericalismo es una consecuencia de la mala comprensión y ejercicio del poder eclesial. Es indispensable repensar la Iglesia a la luz de la confluencia de ministerios, carismas, dones y servicios unidos por la corresponsabilidad bautismal, y no sólo en torno al ministerio ordenado. 

Y considerar, que el ejercicio de la jurisdicción no esté ligado al poder del orden, como lo establece, hasta ahora, el Código de Derecho Canónico. (Nathalie Becquard) 

Estamos llamados a responder a los signos de los tiempos de hoy que demandan cambios profundos en el modelo institucional actual. (Luciani) 

Volviendo al relato del evangelio, estamos hablando de una palabra nueva que es tan antigua como la Biblia y el sueño de la humanidad: la sinodalidad. Jesús llevó a la plenitud el deseo de sus antepasados llamándolo Reino de Dios. Él pasó a ser la máxima revelación y manifestación de Dios en los hechos, las personas y los pueblos. Lo hizo en la presentación de su misión en Nazaret. (Lc 4,14-21). El año de la gracia del Señor es el cumplimiento de la hermandad universal hecha fraternidad, justicia, equidad y democracia, o sea, el Reino en su cumplimiento. (Pedro Pierre) 

¡Aviso a los obispos! 

¡Shalom! 

La obra inconclusa del Vaticano II 

Por el Papa Francisco 

 Commonweal, 28-9-2021 

El siguiente ensayo está adaptado del prefacio del Papa a Fraternità — segno dei tempi: il magistero sociale di Papa Francesco por el cardenal Michael Czerny y el p. Christian Barone, que será publicado en Italia por Libreria Editrice Vaticana el 30 de septiembre. La versión en inglés, Siblings All, Sign of the Times: The Social Teaching of Pope Francis será publicada por Orbis Books en 2022. 

El corazón del Evangelio es el anuncio del Reino de Dios, en la persona del mismo Jesús, el Emmanuel, Dios-Está-Con-Nosotros. En él, Dios lleva a cabo su proyecto de amor a la humanidad, estableciendo su señorío sobre las criaturas y sembrando la semilla de la vida divina en la historia humana, transformándola desde dentro. 

Ciertamente, el Reino de Dios no debe identificarse ni confundirse con algún logro terrenal o político. Tampoco debe concebirse como una realidad puramente interior, meramente personal y espiritual, o como una promesa que concierne únicamente al mundo venidero. En cambio, la fe cristiana vive de una “paradoja” fascinante y convincente, una palabra muy querida por el teólogo jesuita Henri de Lubac. Es lo que Jesús, unido para siempre a nuestra carne, está logrando aquí y ahora, abriéndonos a Dios Padre, produciendo una liberación permanente en nuestra vida, porque en él ya se ha acercado el Reino de Dios (Mc 1, 12). -15). Al mismo tiempo, mientras existamos en esta carne, el reino de Dios sigue siendo una promesa, un profundo anhelo que llevamos dentro, un grito que surge de una creación aún desfigurada por el mal, 

Por tanto, el Reino anunciado por Jesús es una realidad viva y dinámica. Nos invita a la conversión, pidiendo a nuestra fe que surja del estancamiento de una religiosidad individual o de su reducción al legalismo. Quiere que nuestra fe se convierta en cambio en una búsqueda continua e inquieta del Señor y de su Palabra, que nos llame a cada uno a cooperar con la obra de Dios en las diferentes situaciones de la vida y la sociedad. De diferentes maneras, a menudo anónimas y silenciosas, incluso en la historia de nuestros fracasos y nuestras heridas, el Reino de Dios se hace realidad en nuestros corazones y en los acontecimientos que suceden a nuestro alrededor. Como una pequeña semilla escondida en la tierra (Mateo 13: 31–32), como un poco de levadura que leuda la masa (Mateo 13: 24–30), Jesús trae a nuestra historia de vida las señales de la nueva vida que ha venido. para empezar, pidiéndonos que trabajemos junto a él en esta tarea de salvación. 

Nunca debemos neutralizar esta dimensión social de la fe cristiana. Como mencioné también en Evangelii gaudium , el kerigma o proclamación de la fe cristiana en sí tiene una dimensión social. Nos invita a construir una sociedad donde triunfe la lógica de las Bienaventuranzas y de un mundo fraterno y solidario. El Dios que es amor, que en Jesús nos invita a vivir el mandamiento del amor fraterno, sana con ese mismo amor nuestras relaciones personales y sociales, llamándonos a ser pacificadores y constructores de hermandad y hermandad entre nosotros: 

El evangelio trata del reino de Dios (Lucas 4:43); se trata de amar a Dios que reina en nuestro mundo. En la medida en que Él reine en nosotros, la vida de la sociedad será un escenario de fraternidad universal, justicia, paz y dignidad. Por tanto, tanto la predicación cristiana como la vida deben tener un impacto en la sociedad (Evangelii gaudium, 180). 

En este sentido, cuidar de nuestra Madre Tierra y construir una sociedad solidaria como fratelli tutti o hermanos no solo no son ajenos a nuestra fe; son una realización concreta de ello. 

Jesús trae a nuestra historia de vida los signos de la nueva vida que ha venido a comenzar, pidiéndonos que trabajemos con él en esta tarea de salvación. 

Este es el fundamento de la doctrina social de la Iglesia. No es solo una simple extensión social de la fe cristiana, sino una realidad con una base teológica: el amor de Dios por la humanidad y su plan de amor, y de hermandad y hermandad, que realiza en la historia humana a través de Jesucristo su hijo, a quien todos los creyentes están íntimamente unidos a través del Espíritu Santo. 

Estoy agradecido al cardenal Michael Czerny y al p. Christian Barone, hermanos en la fe, por su contribución en el tema de la hermandad. También estoy agradecido de que este libro, aunque pretende ser una guía para la encíclica Fratelli tutti , se esfuerce por sacar a la luz y hacer explícito el profundo vínculo entre la doctrina social actual de la Iglesia y las enseñanzas del Concilio Vaticano II. 

Este enlace no siempre se nota, al menos no al principio. Intentaré explicar por qué. El clima eclesial de América Latina, en el que me sumergí primero como joven estudiante jesuita y luego en el ministerio, había absorbido con entusiasmo y se apoderó de las intuiciones teológicas, eclesiales y espirituales del Concilio, actualizándolas e inculturándolas. Para los más jóvenes, el Concilio se convirtió en el horizonte de nuestra fe y de nuestras formas de hablar y actuar. Es decir, se convirtió rápidamente en nuestro ecosistema eclesial y pastoral. Pero no nos acostumbramos a recitar decretos conciliares, ni nos detuvimos en reflexiones especulativas. El Concilio simplemente había entrado en nuestra forma de ser cristianos y nuestra forma de “ser Iglesia”, y a medida que transcurría la vida, mis intuiciones, mis percepciones y mi espiritualidad nacían simplemente de las sugerencias de las enseñanzas del Vaticano II. 

Hoy, después de muchas décadas, nos encontramos en un mundo —y en una Iglesia— profundamente cambiado, y probablemente sea necesario hacer más explícitos los conceptos clave del Concilio Vaticano II, su horizonte teológico y pastoral, sus temas y sus métodos. 

En la primera parte de su valioso libro, el cardenal Michael y el p. Christian ayúdanos con esto. Ellos leen e interpretan la enseñanza social que intento realizar, sacando a la luz algo un poco escondido entre líneas, es decir, la enseñanza del Concilio como base fundamental y punto de partida de la invitación que hago a la Iglesia y el mundo entero con este ideal de hermandad. Es uno de los signos de los tiempos que el Vaticano II saca a la luz, y lo que nuestro mundo, nuestro hogar común, en el que estamos llamados a vivir como hermanos, más necesita. 

Así es como debemos viajar siempre: siempre juntos. 

En este sentido, su nuevo libro también tiene el mérito de releer, en el mundo de hoy, la intuición del Concilio de una Iglesia abierta en diálogo con el mundo. Frente a las preguntas y desafíos del mundo moderno, el Vaticano II trató de responder con el aliento de Gaudium et spes ; pero hoy, siguiendo el camino marcado por los Padres conciliares, nos damos cuenta de que es necesario no solo que la Iglesia esté en diálogo con el mundo moderno, sino, sobre todo, que se ponga al servicio de la humanidad. , cuidando la creación, así como anunciando y trabajando para realizar una nueva hermandad y hermandad universal, en la que las relaciones humanas se curan del egoísmo y la violencia y se fundan en cambio en el amor recíproco, la acogida y la solidaridad. 

Si esto es lo que nos pide el mundo de hoy, especialmente en una sociedad fuertemente marcada por los desequilibrios, los agravios y las injusticias, nos damos cuenta de que esto también está en el espíritu del Concilio, que nos invita a leer y escuchar los signos. de la historia humana. Este libro también tiene el mérito de ofrecernos una reflexión sobre la metodología de la teología posconciliar, una metodología histórico-teológico-pastoral, en la que la historia humana es el lugar de la revelación de Dios. Aquí la teología desarrolla su orientación a través de la reflexión, y la pastoral encarna la teología en la praxis eclesial y social. Es por eso que las enseñanzas papales siempre deben estar atentas a la historia, y por eso requieren los aportes de la teología. 

Finalmente, esta colaboración entre un cardenal y un joven teólogo es en sí misma un ejemplo de cómo se pueden unir estudio, reflexión y experiencia eclesial, y también indica un nuevo método: una voz oficial y una voz joven, juntas. Así debemos caminar siempre: el magisterio, la teología, la praxis pastoral, el liderazgo oficial. Siempre juntos. Nuestros lazos serán más creíbles si en la Iglesia también empezamos a sentirnos hermanos todos, fratelli tutti, y a vivir nuestros respectivos ministerios como servicio al Evangelio, edificación del Reino de Dios y cuidado de la vida. nuestra casa común. 

La Buena Noticia del Dgo 26º-B

El Reino es de todos y para todos

Lectura del evangelio según san Marcos (9,38-43.45.47-48):

En aquel tiempo, Juan dijo a Jesús: «Maestro, hemos visto a uno que expulsaba demonios en tu nombre y se lo hemos prohibido, porque no es de nuestro grupo.»Jesús replicó: «No se lo prohibáis, porque nadie que haga un milagro en mi nombre puede luego hablar mal de mí. Pues el que no está contra nosotros está a favor nuestro. Os aseguro que el que os dé a beber un vaso de agua porque sois del Mesías no quedará sin recompensa. Al que sea ocasión de pecado para uno de estos pequeños que creen en mí, más le valdría que le colgaran del cuello una piedra de molino y lo echaran al mar. Y si tu mano es ocasión de pecado para ti, córtatela. Más te vale entrar manco en la vida, que ir con las dos manos al fuego eterno que no se extingue. Y si tu pie es ocasión de pecado para ti, córtatelo. Más te vale entrar cojo en la vida, que ser arrojado con los dos pies al fuego eterno. Y si tu ojo es ocasión de pecado para ti, sácatelo. Más te vale entrar tuerto en el reino de Dios que ser arrojado con los dos ojos al fuego eterno, donde el gusano que roe no muere y el fuego no se extingue.»

Actualización de la Palabra

Qué fácilmente desconfiamos de los que son diferentes a nosotros, particularmente gente de otras religiones. Él es musulmán o judío, o protestante, o extranjero. Para algunos, quizás para muchos, eso es bastante para desacreditar a esa persona o el bien que ella hace.
Pero aquí viene Jesús, cuyo corazón late para todos, y nos dice que tenemos que ser de mente abierta y sin prejuicios, y reconocer todo lo bueno que hay en los demás y en sus obras, sean ellos quienes sean. El mismo Espíritu es quien trabaja en nosotros y en todos los que hacen el bien.
No tenemos el monopolio de la verdad, sino más responsabilidad de escuchar y colaborar con los que obran el bien y trabajan por la justicia y la paz.
¿Dónde se manifiesta hoy el Espíritu de Dios?
¿Cómo acoger y colaborar con los que trabajan por un mundo mejor?

El hombre que se parece a tí
He llamado a tu puerta,
he hablado a tu corazón
en busca de una buena cama,
en busca de un buen fuego
para calentarme.
¿Por qué me rechazas?
Ábreme, hermano.

¿Por qué me preguntas
si soy de Africa,
si soy de América,
si soy de Asia,
si soy de Europa?
Ábreme, hermano.
Yo no soy un negro,
yo no soy un piel roja,
yo no soy un oriental,
yo no soy un blanco,
yo sólo soy un hombre. Ábreme, hermano.

Ábreme tu puerta,
ábreme tu corazón
porque soy un hombre,
el hombre de todos los tiempos,
el hombre de todos los cielos,
un hombre como tú.

René Philombe

Salvar el proyecto de Jesús

Belen 2018. En estos días, donde tanto se festeja al Jesús nacido en un pesebre, sería necesario que reflexionáramos sobre su Vida y Proyecto y que nuestras celebraciones fuesen coherentes con su Mensaje. De lo contrario, todo será puro paganismo.
Durante muchos años los cristianos hemos estado preocupados por nuestra “salvación”. Sin saber, o no querer saber, que nuestra salvación humana, y por humana espiritual, se encuentra cuando salvamos aquí a los demás.
Lo mismo podríamos decir de la Iglesia Católica: Sólo se salvará y tendrá futuro si es capaz de salvar a los que más sufren. Ósea, si recupera el Proyecto de Jesús. Fuera de él no existe salvación para la Iglesia. Estará condenada a desaparecer con el tiempo y ya ha comenzado el camino a pasos agigantados.

Recuerdo que un teólogo español envió una carta a los jóvenes del 15M, donde decía:” No salvareis la Tierra si no conseguís cambiar el sistema económico” …añadiendo…” No hay que ser pacientes hasta que todos seáis ricos, sino impacientes para que se acaben pronto los pobres” …” porque el planeta Tierra ya sólo tiene remedio en una civilización de la sociedad compartida”. Seguir leyendo

Jesús predicó el Reino y vino la Iglesia

Antonio Gil de Zúñiga, 24-agosto-2020

Esta reflexión tiene como punto de partida el tema del último número de Iglesia Viva, ¿“Todavía el Reino de Dios”?, y quiere ser un recuerdo de un gran testigo del Reino de Dios: Pedro Casaldáliga

      Desde una perspectiva lingüística hacer referencia al Reino de Dios parece que está fuera de lugar, puesto que para todo lo relativo al reino y a la monarquía, sobre todo en nuestro país, no corren tiempos propicios; pero desde el punto de vista bíblico tiene su significado y contenido propios, y, creo, que hoy día se puede aplicar con todo su vigor y amplitud de significado.

      Jesús de Nazaret, siguiendo la tradición veterotestamentaria, emplea el término “Reino de Dios”, pero, como explicó a Poncio Pilato, su reino no es de este mundo, es decir, no tiene la estructura de poder como los reinos del mundo, porque, aunque se trate de un reino, no hay poder, sino amor, siendo Dios el epicentro del mismo, y la relación de Dios con sus “súbditos” viene marcada por el amor, la comprensión y la misericordia y éste es el mismo principio que ha regir la relación de los miembros del reino entre sí. En este reino no impera la ley, la norma o la autoridad, sino la libertad, el amor, la comprensión y la misericordia.

      La comunidad humana que configura el Reino de Dios, y era la pretensión fundacional de Jesús de Nazaret, se integra en torno a unos valores éticos propuestos en las bienaventuranzas, en la parábola del samaritano, en el llamado “juicio final”, etc., cuyas coordenadas son el amor y la misericordia. Se trata de una vivencia tanto personal como comunitaria que se relaciona verticalmente con Dios y con los demás en su horizontalidad. No hay leyes o normas externas que marquen ce por be lo que se debe hacer en cada momento, puesto que “el sábado está hecho para el hombre” y no al revés. Así lo entendió y así lo practicó la Iglesia primitiva de Jerusalén, cuando, según el relato de los Hechos de los Apóstoles, permanecían juntos, en comunidad, unidos en la oración y en la fracción del pan y no había necesitados entre ellos, porque todo lo ponían en común.

      Cuando el Reino de Dios se institucionaliza sin más, se convierte en Iglesia, como dice A. Loisy: “Jesús predicó el Reino de Dios y vino la Iglesia”. La estructura institucional es necesaria en todo quehacer organizativo humano, pero no puede ser el epicentro hasta el punto de desbancar a la vivencia personal y comunitaria, a la libertad personal y comunitaria, al estar todo controlado por la norma y la ley. Como advertía el profeta Isaías ( Is 2,1-5) la norma viene del templo, que es tanto como decir del clero, de la jerarquía. El Reino de Dios se convierte en Iglesia y ésta en “sociedad perfecta”, en un Estado; una sociedad política más, controlada por el poder y por la ley, y si es dictatorial, mejor, abandonando así las exigencias de ese Reino.

      No llegó a buen puerto el intento de san Agustín de Hipona de identificar Iglesia y Reino de Dios en su De civitate Dei, menoscabando, sobre todo, el concepto de Reino de Dios, como lo evidencia la Historia de la Iglesia y del Papado a través de los tiempos; tiempos de cismas, de cruzadas bélicas, de poder político y religioso (el papa mediante el llamado “poder de las dos espadas”, como ya reconocía a finales del s. V el papa Gelasio I en su carta al emperador Anastasio, controla el poder político y el religioso), de anatemas de herejes y de doctrinas (como ocurría en los Concilios, en el anecdotario del Vaticano II se recoge la extrañeza de los obispos españoles porque no se proponía ninguna condena de doctrina y no se declaraba ningún dogma), de Syllabus condenatorios de asuntos sociales, políticos, religiosos… Es conmovedor, a este respecto, el testimonio del teólogo francés Y. Congar (la lista de testimonios sería larguísima), que recoge en sus Diarios, y que soportó tres “exilios” impuestos por el poder vaticano y por su Orden de dominicos como consecuencia de sus reflexiones teológicas, al parecer, contrarias a las posiciones “oficiales”: “Acepto a Dios, su visita… No acepto a la Gestapo… No tengo derecho a sacrificar el servicio a la verdad”.

      Con el reduccionismo del Reino de Dios a la Iglesia, éste pierde su vitalidad y la Iglesia se transforma más en Estado, en sociedad política, que en comunidad de creyentes en el Cristo resucitado. La Iglesia, católica por supuesto, no es el Reino de Dios; éste es un concepto más amplio y comprensivo, como cuando se decía que fuera de la Iglesia, católica por supuesto, no hay salvación, doctrina que corrigió el concilio Vaticano II. Ahora bien, la Iglesia ha de asemejarse al Reino de Dios, puesto que es factor importante para que Dios reine en el mundo y para ello ha de asumir los paradigmas de dicho Reino: más amor y misericordia y menos leyes y normas; más acogida a los pobres, a los emigrantes y refugiados, a los oprimidos, a los sin techos… y menos riquezas y propiedades; más disponibilidad de servicio y menos exaltación de poder y mando, como recomendaba san Bernardo de Claraval a su amigo el papa Eugenio III: “Te dejas agobiar por toda clase de juicios sobre toda suerte de cosas exteriores y seculares; sólo te oigo hablar de juicios y leyes; todo ello, y las pretensiones de riquezas y de prestigio, proviene de Constantino, y no de Pedro“.

      La Iglesia como motor imprescindible para llevar a cabo el Reino de Dios en la tierra ha de eliminar otro reduccionismo enormemente dañino y perjudicial para la propia Iglesia: considerar el Reino de Dios como algo escatológico, situarlo en el más allá. Los valores éticos y religiosos del Reino de Dios pertenecen a la historia y no se pueden aplazar al final escatológico. Es una contradicción que clama al cielo que la Iglesia pretenda transformar la realidad histórica desde el pietismo, desde la fe sin más: lo único que importa es la relación personal con Dios sin tener en cuenta la realidad que nos circunda. La fe es don, pero también es tarea, un quehacer liberador y transformador de la realidad que no se ajuste a los valores éticos del programa de la Bienaventuranzas. Como sugiere I. Ellacuría, el Reino de Dios supera la dualidad entre lo personal y lo estructural, entre ética social y ética individual, pero no es sólo cuestión de fe, sino también de obras, de praxis configurada por el evangelio de Jesús de Nazaret

 

La Buena Noticia del Dgo. 17º-A

El Reino es un gran tesoro

Mt 13, 44-52

El que lo encuentra, vende lo que tiene para comprar el campo

Jesús habla de la gran suerte que tiene el que encuentra un tesoro.                              Lo fundamental es la gran alegría que supone buscar y encontrar el Reino y optar por él como el mejor tesoro.

El tesoro está escondido en el campo de la vida diaria. La satisfacción y el premio es seguir buscando mientras caminamos y lo vamos construyendo.

Hacer Reino de Dios es colaborar con lo que Dios quiere: la felicidad de las personas

¿He descubierto yo el mayor tesoro? ¿Qué necesito vender para conseguirlo?

Testigos de la Palabra

Monseñor Enrique Angelelli

Enrique Angelelli fue un obispo católico argentino recordado por su fuerte compromiso social, ya que formó parte del grupo de obispos que se enfrentó a la dictadura militar en 1976.

En 1968 fue designado obispo de la diócesis de La Rioja por el Papa Pablo VI. Allí, Angelelli colaboró en crear sindicatos de mineros, trabajadores rurales y de domésticas, así como cooperativas de trabajo, de telares, fábricas de ladrillos, panaderos y para trabajar la tierra.

En una homilía en La Rioja en 2006, Francisco -en ese entonces el cardenal Jorge Bergoglio- dijo que Angelelli «estaba enamorado de su pueblo, porque lo acompañaba hasta las periferias geográficas y existenciales clamando por la justicia».

El pueblo de La Rioja empezaba a organizarse y había que detenerlo…Ahí comenzaron los asesinatos: Wenceslao Pedernera, Gabriel Longeville, Carlos Murias y al mismo Angelelli

En esta línea, lo definió el Papa como «un hombre de encuentro, de periferias, que pudo vislumbrar el drama de la Patria».

El papa Francisco ha reconocido oficialmente que su muerte tuvo el carácter de «martirio en odio de la fe»,y ha sido beatificado el pasado 27 de abril de 2019

 

El coronavirus, amenaza u oportunidad?

Vivimos en un estado de reclusión. Una oportunidad para hacer silencio interior. Es tiempo de reflexión. Tiempo de desintoxicación de todos los virus que el sistema dominante ha incrustado en nuestras mentes. No hay iluminación si no hay purificación de las infecciones provocadas por el consumismo, el afán de poseer, los rencores, las envidias, los prejuicios, las actitudes culpabilizadoras o el racismo xenofóbico y todo tipo de discriminación. El silencio interior posibilita la purificación de la mente y del corazón. Nos hace sentir y llorar el sufrimiento humano, de los ancianos que viven en soledad, de los enfermos, de los
hambrientos, de los refugiados, de los descartados…No dejemos pasar esta oportunidad. En el silencio interior recuperamos la luz para ver nuestra vida y los acontecimientos de la historia con los ojos del Espíritu. Para generar cambios en nuestro estilo de vida personal y social. Nos ayuda a comprender que todo, absolutamente todo, es relativo. Que todo pasa. Todo menos el amor. Porque Dios es amor.

Fernando Bermúdez

Vivimos tiempos complejos. Una oscura nube se cierne sobre el planeta, generando
incertidumbre y miedo.

Es paradójico que en un mundo superdesarrollado donde aquellos que creen que el
poder del dinero, el desarrollo macroeconómico, el avance de la tecnología y la fuerza de las armas y de los ejércitos nos hacen invencibles, ahora estén de rodillas ante un minúsculo virus, que nos ha hecho caer en la cuenta de que somos seres vulnerables hasta tal punto que puede provocar una crisis económica mundial. La soberbia del ser humano se ha visto por los suelos.

Vivimos en un sistema cada vez más inhumano y cruel. El modelo capitalista neoliberal, hoy globalizado, ha colocado en el centro los intereses económicos y del mercado por encima de las personas, despreciando a los pobres, a los más vulnerables, a los ancianos, a los inmigrantes, a los pueblos del sur global y al medio ambiente. La presidenta del Fondo Monetario Internacional, Christine Lagarde, llegó a decir en una ocasión que “Los ancianos viven demasiado y eso es un riesgo para la economía global. Tenemos que hacer algo ya”.

La macroeconomía se ha divinizado. Todo está en función del ídolo del gran capital. El sistema favorece la concentración de riqueza en pocas manos, dejando a millones de personas en la miseria y el hambre, al tiempo que destruye la naturaleza, nuestra Casa Común. El cambio climático, provocado por la degradación ecológica, rompe ecosistemas y provoca la aparición de nuevas enfermedades como el SIDA, el ébola y ahora el coronavirus. En la era de los grandes avances de la ciencia, la tecnología y las armas nucleares, los seres humanos tenemos cada vez menos defensas y estamos predispuestos a sufrir crecientes amenazas.

Ante la crisis de coronavirus hay quienes, con una visión crítica y humanista, ven en ello una oportunidad para hacer cambios en nuestra manera de vivir y lo manifiestan en su vida personal y en sus gestos de servicio a las personas que precisan de su ayuda. Otros, los más inconscientes, se aprovechan para acaparar histéricamente alimentos y mercancías de los supermercados, se manifiestan egoístas, insensibles, siguiendo aquella máxima “cada quien se las arregle como pueda”. Y otros se obsesionan en buscar culpables. No es tiempo de culpabilizar a nadie. Es tiempo de reflexión y de silencio. Es tiempo de revolucionar la conciencia para generar una nueva visión de la vida y de la historia.

No podemos detenernos en ver la parte oscura del coronavirus. Hay que ver su parte luminosa. Se trata de desinfectarnos del virus del egoísmo y del individualismo, de despojarnos de la soberbia y prepotencia que nos envuelve, para asumir que los humanos somos débiles y frágiles, que es necesario abrirnos a los demás, sobre todo a los más desfavorecidos, que el desarrollo más urgente es el crecimiento ético y espiritual, la solidaridad, la conciencia de que somos ciudadanos del mundo, que todos los hombres y mujeres, sin importar el color de la piel, nacionalidad o creo religioso, tenemos los mismos derechos y deberes, que todos somos hermanos.
Para ello es preciso revolucionar la conciencia, tener pensamientos limpios, superar prejuicios, desterrar miedos y fomentar vibraciones de energía que trascienda toda clase de obstáculos.

Después de los horrores de la segunda guerra mundial, en el siglo pasado, surgió la
necesidad de elaborar la Declaración Universal de Derechos Humanos. Hoy, después de esta crisis vírica se nos ofrece la oportunidad de superar toda clase de egoísmos personales y colectivos, discursos nacionalistas, racistas y xenófobos, para crear una nueva humanidad donde el poder y el capital estén al servicio de todos los seres humanos, sin discriminación. Esta es la esperanza que alentamos en el silencio de la reclusión.

Como creyente, no puedo de dejar de volver la mirada a Jesús de Nazaret cuya pasión fue proclamar y hacer presente el reino de Dios, aliviando y remediando el sufrimiento humano, sanando enfermos, levantando a los pobres, liberando a los oprimidos de este mundo y colocando a la persona por encima de la economía, de la política, de la religión y de las leyes, pues “no está hecho el hombre para el sábado sino el sábado para el hombre”, dice Jesús.