Preparando la beatificación-mártires (3)

Rodolfo Cardenal: «Rutilio y los otros tres mártires son un reclamo de verdad y de justicia en un país donde la mentira es estructural»

Este 22 de enero serán beatificados en El Salvador, el padre Rutilio Grande S.J. junto con los laicos Manuel Solórzano y Nelson Rutilio Lemus, asesinados el 12 de marzo de 1977 y fray Cosme Spessotto O.F.M.

La Iglesia salvadoreña se prepara para la celebración de estos cuatro mártires y anhela que se conozca la verdad y se haga justicia

El autor del libro ‘Vida, pasión y muerte del jesuita Rutilio Grande’ (2016), Rodolfo Cardenal S.J., afirma: «Su aporte es haber estado al lado de los pobres en un momento conflictivo y difícil»

«Su enfoque personal dio lugar a una vibrante comunidad de cristianos que participaban activamente en la vida de la parroquial. Es lo que el Papa Francisco llama ahora la Iglesia en salida, el ir a las fronteras. Ellos fueron a las fronteras»

| Vatican News/EFE

El 12 de marzo de 1977, hacia las cinco de la tarde, el Padre Rutilio Grande junto con Manuel Solórzano (72 años) y el joven Nelson Rutilio Lemus (15), se dirigía en su vehículo “zafari” hacia El Paisnal, población situada a unos 40 kilómetros de la capital, para celebrar el último día de la novena en honor a San José, patrono de la comunidad.

En El Paisnal, el templo lucía preparado para la fiesta. Los asistentes abarrotaron el lugar. Mientras, el padre “Tilo”, como lo llamaban los campesinos, fue emboscado por un grupo de hombres armados quienes dispararon contra el “zafari” y sus pasajeros. El auto volcó y en su interior quedaron tres cuerpos sin vida. El reporte forense afirma que el padre Grande recibió doce balazos.

Quienes esperaban al sacerdote para celebrar la eucaristía, al conocer la noticia, se trasladaron al lugar de la emboscada. Un grupo de agentes de la ahora extinta Guardia Nacional no dejaron que nadie se acercara a los cuerpos.

Una Iglesia perseguida por defender a los más pobres

A partir de 1970, la sociedad salvadoreña, caracterizada por sufrir enormes desigualdades, comienza a dar pasos hacia una mayor organización campesina que exigía sus derechos. El gobierno de turno responde con un proyecto de transformación agraria que buscaba redistribuir la tierra. Estos años se van a caracterizar por la confrontación entre los distintos grupos de poder y las organizaciones campesinas y sindicales. La represión por parte del gobierno fue creciendo hasta el estallido de la guerra civil en 1980.

El autor del libro “Vida, pasión y muerte del jesuita Rutilio Grande” (2016), Rodolfo Cardenal S.J. recuerda la preocupación del padre Grande por el respeto a la vida y a los derechos de los campesinos en un contexto de creciente violencia y en el cual el gobierno de turno acusa a la Iglesia de “soliviantar a los campesinos y a la gente pobre; eso es falso, lo que realmente hicieron fue darle voz a la gente para que expresaran sus reclamos y para que lucharan por sus derechos”.

«Hasta el final de la guerra civil en 1992, habían sido asesinados más de 20 sacerdotes, el arzobispo, Monseñor Óscar Romero, cuatro religiosas y cientos de catequistas y celebradores de la palabra»

En este contexto cabe recordar el ideal de fraternidad de Rutilio Grande para la Iglesia y el mundo: “Manteles largos, mesa común para todos, taburetes para todos. ¡Y Cristo en medio! Él, que no quitó la vida a nadie, sino que la ofreció por la más noble causa (…) La construcción del Reino, que es la fraternidad de una mesa compartida, la Eucaristía” (homilía del 13 de febrero de 1977 en Apopa).

Una Iglesia cercana, misionera y en salida

El padre Grande había adoptado un enfoque innovador en la formación de los seminaristas. De igual manera, cuando fue asignado a la parroquia de Aguilares invirtió sus energías y esfuerzos en nuevos enfoques para la formación de los hombres y mujeres laicos.

A veces decía: «Ahora no vamos a esperar a los misioneros de fuera. Más bien, debemos ser nuestros propios misioneros». En este empeño, el padre Grande y sus compañeros jesuitas empezaron a visitar a la gente tanto en las comunidades rurales como en las poblaciones urbanas. La cercanía con los campesinos y a sus sufrimientos sería uno de los principales énfasis del trabajo pastoral.

Con el tiempo, su enfoque personal atrajo a la gente a la celebración de la Eucaristía, los sacramentos y el estudio bíblico, lo que dio lugar a una vibrante comunidad de cristianos que participaban activamente en la vida de la parroquia.

Los cuatro beatos: luz para un pueblo en búsqueda

Rodolfo Cardenal afirma que la beatificación de los cuatro mártires sitúa a la Iglesia salvadoreña y latinoamericana en la senda de la Iglesia martirial. “Rutilio Grande está asociado a monseñor Romero. Monseñor Romero no se entiende sin Rutilio Grande. Él y otros sacerdotes trabajaron, prepararon el camino pastoral que después monseñor Romero recorrió y avanzó”, afirmó Cardenal.

«Por otro lado, Rutilio Grande y los otros tres mártires son “un reclamo de verdad y de justicia en un país donde la mentira es estructural, donde hay impunidad y los crímenes de guerra no han sido investigados ni juzgados», subraya el historiador

El aporte más importante de estos mártires afirma Cardenal, es haber estado al lado de los pobres en un momento conflictivo y difícil“Es lo que el Papa Francisco llama ahora la Iglesia en salida, el ir a las fronteras. Ellos fueron a las fronteras”. Este es el sueño del padre Grande, “él quería que la creación fuera compartida por toda la humanidad, que nadie declarara como propio algo que era común a todos (…) promovió la creación de comunidades donde todos tuvieran su espacio”.

Rodolfo Cardenal insiste en que su aporte y experiencia pastoral fue bien importante, así como la idea de consolidar una “pastoral de conjunto” que subraya el ejercicio de un trabajo pastoral en equipo, lo que “el Papa Francisco llama el camino sinodal”. Fue un hombre, añadió, que luchó por una sociedad donde los seres humanos pudieran vivir a plenitud.

La Iglesia salvadoreña se prepara para la celebración de estos cuatro mártires y anhela que se conozca la verdad y se haga justicia.

Padre Cosme, señalado de comunista por defender a los pobres de El Salvador

«El padre Cosme era un hombre que siempre te sonreía, un hombre que no perdía la sonrisa», es lo que recuerdan quienes conocieron al sacerdote italiano Cosme Spessotto, asesinado en 1980 en el municipio salvadoreño de San Juan Nonualco por el Ejército por supuestamente infundir ideas comunistas y por defender a los pobres.

«Desde pequeña ella (mi madre) me traía a la iglesia y mi primer recuerdo del padre Cosme fue que cuando lo veía caminar en el centro (de la iglesia) era un hombre que para mi era un gigante. Dos metros (de estatura), alto, con aquellas grandes manos, la camándula y las grandes sandalias», recordó Yanira Barahona, una mujer que siguió de cerca el trabajo religioso y social del italiano. La mujer también rememoró que el padre Spessotto «era un hombre que siempre te sonreía, un hombre que no perdía la sonrisa (…) le gustaba compartir con los niños y con los jóvenes».

Spessotto, asesinado el 14 de junio de 1980 mientras se encontraba arrodillado en un banco de una iglesia, será beatificado el próximo sábado junto al padre Rutilio Grande, otro mártir de la iglesia Católica junto con san Óscar Arnulfo Romero.

Un italiano que defendió a los pobres salvadoreños

El 18 de octubre de 1953, el padre Spessotto llegó al poblado de San Juan Nonualco -ubicado en la zona central de El Salvador y con una población actual de casi 20.000 habitantes- para ser el segundo párroco de dicha localidad y permaneció en esa localidad 27 años. «Lo recibimos con música y con cohetes (…) sabíamos que venía un sacerdote, pero no sabíamos la calidad de sacerdote que venía, lo que el Señor (Jesús) nos había preparado», comentó a Efe Leopoldo Henríquez, quien era un niño cuando conoció al italiano.

Desde ese año, el padre Spessotto se convirtió en un nuevo guardián de los pobres, fuertemente golpeados por una guerra civil que se cobró la vida de 75.000 personas, la mayoría civiles desarmados. Barahona dijo a Efe que «el padre visitaba a los dueños de las haciendas (donde se recolectaba algodón) y les hacia ver el trato que se le daba a la gente, el sueldo, la comida que se le daba a la gente». «El padre les concientizaba para que se les dieran a las gentes (trabajadores) por lo menos el mínimo de condiciones para su vida y les decía que si eso no cambiaba iba a tener repercusiones sociales graves, no le hicieron caso, no entendieron lo que el padre decía», comentó.

Durante la década de los 70 y 80 los salvadoreños de las zonas rurales del país trabajaban principalmente en la cosecha de café y recolección de algodón y caña de azúcar. Las personas pasaban semanas e incluso meses en grandes haciendas donde pernoctaban mientras era la época alta de dichos cultivos.

El padre Spessotto también «miró por la educación de las mujeres y fue un promotor de derechos humanos», señaló Barahona. «Eso fue (defender los derechos humanos) lo que le trajo mayores problemas (…) trato de dignificar al pobre, de darle un rostro de hijo de Dios y de enseñarle sus derechos», subrayó.

El asesinato

Spessotto fue asesinado por odio a la fe por escuadrones de la muerte de extrema derecha, mientras se encontraba arrodillado en un banco de una iglesia y dos personas, usando pelucas que ocultaban su identidad, entraron y le dispararon con una ametralladora. «Vine corriendo a ver y ya estaba tumbado en el piso sangrando», recordó Henríquez. Dijo que «el pueblo se quedó sorprendido e inquieto» porque ya se habían escuchado casos similares a la muerte del padre italiano, como el asesinato de monseñor Romero.

San Óscar Arnulfo Romero fue asesinado el 24 de marzo de 1980 por un francotirador, hecho que marcó, a juicio de diversos sectores, el comienzo del conflicto armado en El Salvador.

«Fue una experiencia horrible (el asesinato de Spessotto) para el pueblo. Cuando a mí me llegaron a decir no me extrañó porque yo sabía que él apoyaba a sus catequistas y hacía todo lo imposible por defender a su pueblo, y eso lo llevó a la muerte», dijo Henríquez.

Barahona, por su parte, añadió que tanto Rutilio como Spessotto «iban hacia un mismo fin de justicia social, de darle rostro humano al pobre, de defender los derechos del pobre y eso no es comunismo».

Al menos 500 religiosos, entre curas, monjes y laicos, fueron asesinados antes y durante la guerra interna salvadoreña (1980-1992). Entre las víctimas religiosas también están los seis padres jesuitas de la Universidad Centroamericana (UCA), cinco de ellos españoles; tres monjas estadounidenses de la orden Maryknoll; y varios catequistas de las Comunidades Eclesiales de Base. La guerra salvadoreña, que enfrentó al Ejército, financiado por Estados Unidos, y a la entonces guerrilla Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional (FMLN), y también dejó cerca de 8.000 desaparecidos

«Un terremoto político» en vísperas de la Beatificación de Rutilio

Dina Argueta: «Es lamentable que el presidente Bukele desconozca la historia de este país y se niegue a reconocer el legado de Rutilio»

Entrevista a Dina Argueta, diputada de la Asamblea Legislativa

Este 22 de enero serán beatificados en El Salvador el padre Rutilio Grande S.J. junto con los laicos Manuel Solórzano y Nelson Rutilio Lemus, asesinados el 12 de marzo de 1977 y fray Cosme Spessotto O.F.M. asesinado el 14 de junio de 1980

¿Por qué los diputados de la bancada gubernamental que respalda el presidente Bukele acaba de negar los votos para que la asamblea emita un pronunciamiento en el marco de la beatificación del Padre Rutilio Grande, Cosme Spessotto, Nelson Lemus y Manuel Solorzano?

¿Por qué el presidente de la Republica Bukele rechaza la opción preferencial por los pobres de San Romero y del beato Rutilio Grande, que inspira la encíclica “Fratelli Tutti” del Papa Francisco?

Por | Cristiano Morsolin

Este 22 de enero serán beatificados en El Salvador el padre Rutilio Grande S.J. junto con los laicos Manuel Solórzano y Nelson Rutilio Lemus, asesinados el 12 de marzo de 1977 y fray Cosme Spessotto O.F.M. asesinado el 14 de junio de 1980.

Los diputados de la bancada gubernamental que respalda el presidente Bukele acaba de negar los votos para que la asamblea emita un pronunciamiento en el marco de la beatificación del Padre Rutilio Grande, Cosme Spessotto, Nelson Lemus y Manuel Solorzano

Un terremoto político según el cardenal Rosa Chávez

“Un terremoto político”. Así resumió el cardenal Gregorio Rosa Chávez la situación de El Salvador desde la asunción del presidente de la Republica, Bukele al poder y, sobre todo, después del golpe que sus seguidores en la Asamblea Nacional asestaron al Poder Judicial el día 1 de mayo de 2021.

“En este momento no funcionan las instituciones democráticas, no hay una separación de poderes y la cultura democrática. Esto debe cambiar…el país está con una gran convulsión política, una crisis política muy grave porque no tenemos en este momento un Estado de Derecho que funcione, no tenemos independencia de poderes, no tenemos una figura política en quien confiar, no tenemos una ley que tengamos que respetar, hay un temor muy grande que no haya ley ni orden, por tanto, no hay justicia verdadera”, denunció el purpurado en declaraciones que recogió el portal oficial católico Vatican News (1).

El cardenal lamentó que “no hay tolerancia con quien piensa diferente, entonces hay mucho temor, mucha ansiedad, mucha incertidumbre, mucha preocupación …”.

El jesuita Rodolfo Cardenal subrayó que “cada día y de manera acelerada en el país, el dilema democracia-autocracia se decantó por la autocracia o, mejor dicho, por la instauración de una dictadura. Bukele ha dejado a un lado las prácticas democráticas y el respeto al Estado de Derecho y ha optado por el conflicto permanente, en donde ya no se dialoga con los adversarios políticos, sino que se les trata como enemigos que deben eliminarse (Iturbe). En esto se parece mucho a otros dictadores que consideraban como enemigos del pueblo a todo aquel que no comulgaba con sus ideas y, también se parece al mayor Roberto d’Aubuisson (considerado el asesino de Mons. Oscar Romero) que consideraba a sus adversarios como “delincuentes terroristas” que debían ser eliminados” (2).

Cardenal Czerny recuerda al mártir Rutilio Grande

La celebración del XXXII aniversario de los mártires jesuitas asesinados por militares salvadoreños durante la Guerra Civil que asoló al país centroamericano (1980-1992) ha centrado una carta del cardenal Michael Czerny en recuerdo de los seis sacerdotes y dos mujeres ejecutados el 16 de noviembre de 1989.

En la misiva, el purpurado checoslovaco-canadiense, actual Prefecto del Dicasterio para el Servicio del Desarrollo Humano Integral de la Santa Sede, se ha congratulado también de la beatificación de los religiosos Rutilio Grande, Manuel Solórzano y Nelson Rutilio Lemus, asesinados en 1977, y del franciscano Cosme Spessotto, asesinado también en 1980 en sendos episodios de enfrentamiento con los poderes militares y guerrilleros de la época.

«El asesinato de Rutilio Grande tuvo una importancia fundamental para San Oscar Arnulfo Romero, entonces arzobispo de San Salvador, quien pasó gran parte de la noche del velatorio frente al cadáver de Rutilio, a quienes unía una larga amistad en el Señor. El asesinato de Rutilio impactó también la conciencia de nuestros mártires que hoy celebramos. Experimentaron una profunda conmoción por los sucesos de Aguilares [localidad en la que murieron los tres sacerdotes], y algunos incluso aumentaron su cercanía y compromiso con los pobres después del martirio. Rutilio visitaba con frecuencia la residencia universitaria de la UCA, y con su estilo jocoso y simpático les llamaba con cariño ‘Los maestros de Israel’», explicó Czerny en la carta.

El cardenal, en este sentido, evocó la memoria de los 53 santos y 152 beatos jesuitas –de los cuales 24 y 145 son mártires, respectivamente–, y aprovecha la efeméride para hacer un repaso a la dramática situación que vive actualmente el país centroamericano. «No podemos olvidar en este XXXII aniversario el grave deterioro de la vida de los pobres en El Salvador, afectados por la pandemia y la miseria, la cual se acentuará por el alto costo de la vida y por la pérdida de la autosuficiencia alimentaria provocada en buena parte por el deterioro ambiental, y afectados también por el debilitamiento de las instituciones políticas y la creciente confrontación social. Los análisis y los editoriales de la UCA (Universidad Centroamericana José Simeón Cañas) dan luz abundante para entender la coyuntura y orientarse sabiamente en la práctica política».

En último lugar, Czerny hizo un llamamiento a «descentralizar la Iglesia» y «empujarla hacia las periferias». «La Iglesia debe caminar unida, llevando sobre sí el peso de lo humano, tendiendo el oído al grito de los pobres, reformándose a sí misma y su acción, escuchando ante todo la voz de los anawim que fueron el centro del ministerio público de Jesús», apuntó el Cardenal Czerny (3).

San Oscar Romero no es marxista

Escribe el mártir San Oscar Romero en el libro Si me matan, resucitaré en el pueblo. Inéditos 1977-1980 (Ed.EMI, 2015) : «Otra manera de acusar a la Iglesia de infidelidad es tratar de hacer pasar por marxista la acción de la Iglesia cuando ésta recuerda los más elementales derechos humanos y pone todo su poder institucional y profético al servicio de los pobres y los débiles».

Y rechaza imputaciones: «La Iglesia está siempre interesada sólo en defender los derechos fundamentales de la persona en el ejercicio de los bienes materiales. La mueve el interés ético de la fe. A la Iglesia no le interesa ninguna ideología», añade. «Ni siquiera el actual sistema capitalista y materialismo práctico», reafirma Romero.

«Cuando la Iglesia trata de ser levadura, sal y luz en medio de tanta oscuridad y tanta podredumbre, es atacada en la vida de sus sacerdotes», sentenció Mons. Oscar Romero, Arzobispo de San Salvador.

«Romero es como un protomártir, un mártir de la era contemporánea, un pastor que ha dado la vida por su pueblo”, aseguró el arzobispo italiano Vincenzo Paglia, promotor de la causa de canonización del prelado salvadoreño Oscar Romero.

El poderoso «lobby” de la Iglesia latinoamericana conservadora estaba aliado con la Curia Romana para oponerse a la beatificación y logró detener su beatificación por mucho tiempo. Pero ese «lobby” ha perdido peso o ha desaparecido tras casi 20 años de proceso, dijo la agencia AFP.

«Hubo muchas incomprensiones tanto en El Salvador como en el Vaticano. Hasta decían que las homilías (de Romero) se las escribían otros”, contó Paglia.

El diario italiano Corriere della Sera recordó la batalla que desató el fallecido cardenal ultraconservador colombianoAlfonso López Trujillo (presidente por varias décadas del Pontificio Consejo para la Familia, hasta su muerte en 2008) contra su beatificación, porque temía que ello ampliara el apoyo a la Teología de la Liberación, como documentado en el libro de Cristiano Morsolin “Construyendo puentes entre la teología y la emancipación de los pueblos. Introducción al pensamiento crítico de François Houtart “ (Cetri, Louvain, 2020) (4).

San Óscar Arnulfo Romero no se comprende sin Rutilio Grande

San Óscar Arnulfo Romero no se comprende sin Rutilio Grande, sostuvo en 2019 el jesuita Rodolfo Cardenal, biógrafo de Grande y parte del equipo de su causa de beatificación.

En una ponencia en Roma, Cardenal destacó las coincidencias entre estos amigos: provienen de familias pobres rurales, nacieron en pueblos pequeños, ingresaron jóvenes al seminario menor. Rutilio terminó su ministerio en marzo de 1977, cuando fue asesinado, mientras Romero iniciaba el suyo, en febrero, como arzobispo de San Salvador.

La conflictividad de los profetas

Por Rodolfo Cardenal
Es mal asunto provocar un conflicto religioso y dar pie a la denuncia de persecución religiosa. La imprudencia y la hipersensibilidad a la crítica hacen que el régimen de los Bukele se vuelva intolerante e insolente. El enfrentamiento religioso que asoma revive el de Mons. Romero y el del P. Rutilio Grande con el Ejército y la oligarquía agroexportadora. La inminente beatificación de este último, junto con dos campesinos, pone en aprietos a un régimen que no conoce el límite. La elevación a los altares católicos de estos últimos y del fraile Cosme Spessotto, víctimas de la persecución religiosa y del odio a la fe, es una ocasión para recapacitar sobre la función profética de la fe en una sociedad injusta y violenta.

“Nadie se interpondrá entre Dios y su pueblo para sacar adelante a nuestro país”, ha sentenciado Bukele, en un par de ocasiones. La frase es lapidaria y equívoca. Por pueblo ha de entenderse él mismo, ya que se ha arrogado su representación, en virtud del resultado de las urnas. El mismo argumento utiliza para desechar las críticas sobre la anulación de la libertad legislativa y judicial. En clave presidencial, Bukele es el pueblo. Y nadie, según su sentencia, se interpondrá entre él y Dios. Así como nadie se interpone entre él y los otros dos poderes del Estado. En consecuencia, las improvisaciones, las contradicciones y las diatribas presidenciales serían todas ellas obra divina.

Sin embargo, el Dios de la Biblia se vale de intermediarios para salvar a su pueblo. Los patriarcas pusieron los cimientos de dicho pueblo. Moisés lo liberó de la esclavitud de Egipto. Los jueces lo gobernaron, le administraron justicia y lo dirigieron militarmente. Cuando el pueblo pidió reyes, Dios se los dio, pero les envió profetas para recordarle que deseaba justicia, no plegarias y sacrificios. Finalmente, envió a su hijo Jesús, su palabra encarnada.

Entre Dios y su pueblo siempre se ha interpuesto el pecado. El pueblo liberado renegó de Dios en varias ocasiones durante la travesía por el desierto. Una vez en la tierra prometida, cometió innumerables crímenes, que jueces y profetas intentaron remediar. “Ya se te ha dicho […] lo que es bueno y lo que el Señor te exige: tan solo que practiques la justicia, que quieras con ternura y camines humildemente con tu Dios” (Miq 6,8)”. A pesar de ello, el pueblo tomó otro camino. “Cuando rezan con las manos extendidas, aparto mis ojos para no verlas, aunque multipliquen sus plegarias, no las escucho, porque hay sangre en sus manos” (Is 1,15). “Alejen de mis ojos sus malas acciones, dejen de hacer el mal y aprendan a hacer el bien. Busquen la justicia, den sus derechos al oprimido, hagan justicia al huérfano y defiendan a la viuda” (Is 1,15-16). Estos llamados resultaron tan insoportables que los profetas acabaron mal. Por eso, Jesús exclamó: “¡Jerusalén, Jerusalén, que matas a los profetas y apedreas a los que se te envían!” (Mt 23,37).

Arrogarse la encarnación del pueblo no libra del pecado. Esa apropiación es una necedad típicamente humana. Relativizarla diciendo de sí mismo que es “el dictador más cool del mundo mundial”, aparte del pésimo manejo del español, no la hace menos presuntuosa. La naturaleza humana está atravesada por la desmesura del orgullo y de la arrogancia. Sin justicia, sin reconocer los derechos del oprimido y sin defender a la viuda es imposible construir la sociedad anunciada por Bukele. Tampoco es posible caminar en la presencia de Dios, que aparta su mirada de las manos manchadas de sangre, aun cuando se levanten en oración.

No existe, pues, conexión directa entre el Dios bíblico y su presunto representante salvadoreño. Tampoco sus obras son voluntad divina. “Soberbia, arrogancia, mal proceder y boca mentirosa, todo eso lo aborrezco” (Pro 8,13). El camino que Bukele y sus hermanos recorren no es el querido por Dios. Más prudente sería dejar a Dios fuera de la retórica política. Más sabio sería volverse hacía él y cambiar de rumbo. Bukele y los suyos no salen bien parados cuando incursionan el ámbito religioso, porque intentan manipular a un Dios mucho más grande que ellos. Sin embargo, lo sagrado parece ejercer en ellos un atractivo especial. Tal vez porque la altivez está reñida con la cordura. Tal vez porque en el ámbito de lo sagrado encuentran una legitimación que les es negada en la esfera de la secularidad política. En cualquier caso, es pretencioso manchar la divinidad con intereses egoístas para obtener la aprobación popular.

Los profetas son necesarios para llamar a la conversión y, por ello, son ultrajados y asesinados. Sin embargo, Dios no desiste y los sigue enviando. Envió al P. Rutilio Grande, a Mons. Romero, al fraile menor Cosme Spessotto y a otros muchos, aún no reconocidos oficialmente por la Iglesia católica. Estos profetas son prueba del primor con el que Dios cuida del pueblo salvadoreño. Ojala escuchemos hoy su voz, que habla a través de sus profetas.

En el 44º Aniversario de Rutilio Grande

P. Cardenal: «El legado de Rutilio Grande está en no ceder ante las injusticias»
Cuatro décadas han pasado desde que el P. Rutilio y sus compañeros laicos, Manuel Solórzano y Nelson Rutilio Lemus, fueran asesinados en la carretera hacia El Paisnal (El Salvador), pero en la actualidad, su legado sigue vigente. Vivió por la justicia, fe y reconciliación de su pueblo, fue amigo de los pobres y excluidos, pero, sobre todo, fue un fiel colaborador apostólico.
Ciudad del vaticano
Ahora que se cumplen 43 años de su asesinato (12 de marzo de 1977), compartimos con ustedes esta entrevista al p. Rodolfo Cardenal S.J. sobre el legado del p. Grande, realizada por Carol Cuzcano G. de la Oficina de Comunicación Institucional de la CPAL.
¿Quién era Rutilio Grande, cómo era su vida al servicio de la Iglesia y de la Compañía de Jesús?
Rutilio Grande es un jesuita que nunca olvidó, a pesar de sus viajes y estudios, el pueblo pobre donde había nacido y donde fue criado hasta su primera adolescencia. A ese pueblo volvió siendo adulto y en medio de él fue asesinado, junto con un anciano y un joven, símbolos del pueblo salvadoreño.
Hijo de una familia disfuncional, cosa que le hizo sufrir mucho hasta provocarle una grave crisis nerviosa, con secuelas para toda la vida, entró muy joven en el seminario menor de San Salvador. Luego ingresó en la Compañía de Jesús. Estudió en Quito, Oña, París, Córdoba y Bruselas. La mayor parte de su vida la dedicó a formar el clero. Durante una década fue el prefecto del seminario. A pesar de la dificultad de esa responsabilidad, se ganó el apreció de varias generaciones de sacerdotes, que luego lo tuvieron como amigo y director espiritual. Su deseo de introducir en la formación del clero las directrices del Vaticano II, su predicación profética y su papel en la actualización de la pastoral arquidiocesana, de acuerdo con el magisterio del concilio y de Medellín, hicieron que los obispos vetaran su nombramiento como rector del seminario.
Entonces, decidió que, si no gozaba de la confianza del episcopado, no podía continuar en la formación del clero. En 1971 estuvo, también como prefecto, en el Colegio Externado San José de San Salvador. Pero vio que ese no es su lugar. Deseaba dedicarse a la pastoral rural, en un país mayoritariamente campesino. Antes de asumir su nuevo destino, hizo el curso de pastoral del Instituto Latinoamericano de Pastoral, en Quito.
A mediados de 1972, es nombrado párroco de la ciudad de Aguilares. Aunque él era el párroco, «el equipo misionero», tres jesuitas y un sacerdote diocesano, es clave en la labor evangelizadora. El 12 de marzo de 1977, fue asesinado, junto con dos campesinos, cuando se dirigía a celebrar misa en su pueblo natal, que formaba parte de la jurisdicción parroquial.
El P. Tilo, tal como era llamado cariñosamente, se esforzó por desterrar el clericalismo, caciquismo decía él, del clero. En esto, se adelanta al esfuerzo del papa Francisco. Deseaba un clero responsable y maduro, no servil a la autoridad. Cultivó asiduamente las raíces populares de los seminaristas. Habían salido del pueblo y a él debían regresar para servirlo.
La parroquia de Aguilares no acentuó la administración de sacramentos, sino la evangelización y la creación de comunidades. El padre Tilo soñó con una parroquia llevada por laicos, donde el ministro ordenado se limitara a la administración de sacramentos. Las duras condiciones socioeconómicas del campo estimularon la organización campesina y la lucha por sus derechos. Esto planteó la relación entre fe y política. El padre Tilo mantuvo un equilibrio difícil, agobiante en algunos momentos, razón por la cual presentó la renuncia varias veces. Pero ni el arzobispo, que confiaba en él plenamente, ni el provincial se la aceptaron.
El desarrollo de la organización política y la defensa de los derechos de los campesinos hicieron el padre Tilo, y la parroquia, fuera percibida por la oligarquía y el régimen militar como una amenaza para el orden establecido. Por esa razón, los acusaron de comunistas. En definitiva, esa opción por los pobres y su liberación de toda clase de opresión fue el motivo fundamental del asesinato.
El padre Tilo contribuyó de manera determinante en la configuración de la pastoral arquidiocesana. La parroquia de Aguilares fue un modelo para otras parroquias, promovió y defendió las comunidades cristianas, la formación y promoción de los agentes de pastoral y la pastoral de conjunto.
Con tantos aconteceres sociales que vive El Salvador, ¿cuál es la importancia de la beatificación del P. Rutilio Grande para su pueblo?
La vida y el ministerio del padre Tilo están asociados a Mons. Romero. El ministerio del arzobispo fue posible por la labor que aquel y otros sacerdotes habían hecho. Mons. Romero transitó por los caminos abiertos por el padre Tilo. El padre Tilo representa la lucha para actualizar la Iglesia desde el concilio y Medellín. En ese sentido, fue un apóstol del magisterio conciliar y latinoamericano. Este apostolado da cuenta de su martirio. Mons. Romero aprobó su ministerio pastoral, lo reconoció como mártir y como una gracia para la Iglesia salvadoreña.
El martirio del padre Tilo hizo que Mons. Romero fuera más consciente de su misión profética. Su predicación se vuelve entonces más decidida, clara y fuerte. Por eso, el papa Francisco dice que el gran milagro de Rutilio Grande es Mons. Romero.
¿Cuál es el legado que deja Rutilio Grande para los jóvenes de hoy?
El legado del P. Rutilio Grande para los jóvenes consiste, a mi juicio, en no ceder ante las injusticias, las esclavitudes y las opresiones. Estos males, pecados gravísimos, deben ser combatidos para erradicarlos. Pero para combatir eficazmente el pecado de este mundo es necesario una esmerada preparación. Todos los saberes y las habilidades son necesarias para trabajar por la construcción del reino de Dios.
Rutilio Grande era uno de los impulsores de la «justicia social». ¿Qué tienen que aprender de él los jesuitas que se encuentran en proceso de formación?
Los jóvenes en formación, y todos los jesuitas, hemos de aprender a discernir en los signos de los tiempos actuales la voluntad de Dios para actuar en consecuencia. Las injusticias, las esclavitudes y opresiones de hoy no son las mismas de los tiempos del P. Rutilio, pero igualmente dan muerte a los débiles y los vulnerables. Por eso, es necesario escrutar, discernir y actuar. También hoy es necesario bajar de la cruz a los crucificados de estos tiempos recios que corren.