La libertad religiosa

Rodrigo Guerra: «La libertad religiosa reside en el corazón de los derechos humanos»

Libertad de conciencia y pensamiento
Libertad de conciencia y pensamiento

El «corazón de los derechos humanos» anima la vivencia plena del resto de las libertades. En contextos como los que ofrece la actual Nicaragua, el derecho humano a la libertad religiosa fácilmente tiende a ser mancillado

La voluntad de poder se impone sobre los derechos de la conciencia y la sofoca. Las convicciones religiosas, les parecen a algunos, un aspecto menor, secundario

Lamentablemente, la conculcación de este derecho no es exclusiva de algunos gobiernos de izquierda. Las derechas liberales, en ocasiones han buscado también reducir la libertad religiosa a «libertad de culto»

No existen libertades sin conciencia autónoma y sin un sentido que confiera densidad a la existencia. No hay verdadera liberación sin promoción plena de la libertad de conciencia y de religión

Por Rodrigo Guerra, secretario de la Pontificia Comisión Para América Latina

En contextos como los que ofrece la actual Nicaraguael derecho humano a la libertad religiosa fácilmente tiende a ser mancillado. La voluntad de poder se impone sobre los derechos de la conciencia y la sofoca. Las convicciones religiosas, les parecen a algunos, un aspecto menor, secundario, un tanto trivial, dentro de la vida de las personas y de las naciones. La religiosidad, muchas veces reducida a folclore, a espectáculo para turistas, o a reminiscencia infra-racional, se dificulta verla abrazada dentro de una concepción fuerte de los derechos humanos.

Organizaciones de derechos humanos «repudian» la «represión sistemática» de la Iglesia en Nicaragua: Agrupadas en el Equipo Regional de Monitoreo y Análisis de Derechos Humanos en Centroamérica manifestaron la noche del domingo su «repudio» a la… https://t.co/YIANU8NsPapic.twitter.com/iA4Dt3q4C0— Religión Digital (@ReligionDigit) August 22, 2022

Sin embargo, tanto en la filosofía y en la historia del derecho, como en la comprensión cristiana del ser humano y su libertad, el encuadramiento de este derecho es muy otro. La Declaración Universal de los Derechos Humanos afirma: “Toda persona tiene derecho a la libertad de pensamiento, de conciencia y de religión; este incluye la libertad de cambiar de religión o de creencia, así como la libertad de manifestar su religión o su creencia, individual y colectivamente, tanto en público como en privado, por la enseñanza, la práctica, el culto y la observancia”. Esta convicción, no es fortuita. Desde los orígenes del movimiento a favor de los derechos humanos, la libertad religiosa ha ocupado uno de los lugares más fundantes de la arquitectura total del resto de los derechos.

La primera generación de los derechos humanos nace en la época en que cae el absolutismo político junto con las monarquías que le daban sustento. Éste es el clima que origina el constitucionalismo del siglo XVIII y la búsqueda de positivización de los derechos “civiles” y “políticos”.

Sin embargo, justamente los dos derechos precursores de este ambiente fueron los derechos a la libertad de conciencia y a la libertad religiosa consignados en 1598 a través del Edicto de Nantes, por parte de Enrique IV de Francia; luego vinieron el derecho a la vida, a la libertad física, a la libertad de conciencia y de expresión y el derecho a la propiedad en el “Bill of Rights” de Virginia y en la Declaración de Derechos del Hombre y del Ciudadano, francesa.

Desde un punto de vista, menos histórico, pero más antropológico, Juan Pablo II sostiene que: “La religión expresa las aspiraciones más profundas de la persona humana, determina su visión del mundo y orienta su relación con los demás. En el fondo, ofrece la respuesta a la cuestión sobre el verdadero sentido de la existencia, tanto en el ámbito personal como social. La libertad religiosa, por tanto, es como el corazón mismo de los derechos humanos.” (1 enero 1999).

Lamentablemente, la conculcación de este derecho no es exclusiva de algunos gobiernos de izquierda. Las derechas liberales, en ocasiones han buscado también reducir la libertad religiosa a “libertad de culto”, sin atender a su verdadero contenido, que incluye la dimensión social de la fe.

Más aún, en ocasiones no se percibe que un derecho que protege las convicciones más íntimas sobre el significado último de la vida sostiene toda la articulación posterior que pueda existir en materia de libertades fundamentales. No existen libertades sin conciencia autónoma y sin un sentido que confiera densidad a la existencia. No hay verdadera liberación sin promoción plena de la libertad de conciencia y de religión.

El CELAM

Pontificia Comisión para América Latina: “El Celam es clave para la renovación y reforma de la Iglesia”

Rodrigo Guerra López

Al participar en la Asamblea Extraordinaria del organismo, Rodrigo Guerra aseguró que el desafío de ese organismo es facilitar el protagonismo de las conferencias episcopales

El Consejo Episcopal Latinoamericano y Caribeño (Celam) es parte importante de la renovación y reforma de la Iglesia universal; además tiene el gran desafío de servir a las conferencias episcopales, no tanto dictándoles qué hacer, sino facilitando su propio protagonismo. participar en la Asamblea Extraordinaria del Celam que se lleva a cabo en Colombia,del 12 al 14 de julio, Rodrigo Guerra López, secretario de la Pontificia Comisión para América Latina, a nombre del cardenal Marc Ouellet, presidente de dicha comisión, resaltó que el Celam “madura y da nuevos pasos al servicio de la Iglesia de América Latina y el Caribe”.

En su mensaje, el doctor Guerra refirió que si bien el Celam goza de una nueva sede y de un gran horizonte de servicio, en momentos particularmente delicados en la historia regional y del mundo, la maduración de este organismo radica principalmente en la propia conversión personal y pastoral, “en la docilidad que tengamos a la gracia que irrumpe inmerecidamente, en la maduración de nuestra conciencia eclesial y de nuestra disponibilidad a vivir, aún heroicamente, un camino de seguimiento radical a Jesucristo”.

Hacia procesos sinodales, máximamente inclusivos

Explicó que esa maduración será “fermento saludable no sólo para que el Celam continúe sirviendo a la colegialidad episcopal, sino, muy particularmente, a la sinodalidad, es decir, a la dimensión dinámica de la comunión, que permite que el Pueblo de Dios se ponga en movimiento, como ‘Iglesia en salida’, orientado radicalmente a la misión”.

Para el secretario de la Pontificia Comisión para América Latina, este servicio no es fácil y requiere de gran sabiduría, humildad y paciencia; “ahora en un contexto más sinodal y participativo, es preciso que todos los obispos en América Latina, todos los agentes de pastoral y todos los fieles en general, redescubramos la belleza y la especificidad del servicio que el Celam ha prestado y presta al interior de la vida de la Iglesia y en la sociedad”.

Rodrigo Guerra manifestó que este Consejo Episcopal, con toda seguridad ayudará “a que nuestra Iglesia sea un signo cada vez más vivo y elocuente de la nueva fraternidad que es preciso construir” en la región latinoamericana y caribeña “desde su propia naturaleza, en fidelidad a su historia, y promoviendo con especial esmero auténticos procesos sinodales, máximamente inclusivos”.

Caminar, aprender y madurar juntos

En ese sentido, detalló que sinodalidad eclesial y fraternidad en la vida social, son como un binomio que debemos aprender a mantener “para que la buena noticia del evangelio nutra los procesos de sanación de las graves heridas que afligen a nuestros pueblos, y que hoy parecen ampliarse gracias a la excesiva polarización política, la inequidad en la distribución de la riqueza, el desprecio al medio ambiente, la migración forzada y la violencia”.

Finalmente deseó que la Virgen María de Guadalupe, “‘madre del verdaderísimo Dios por quien se vive’, permita que en esta Asamblea Extraordinaria, y en todo el caminar del Celam hacia los jubileos de 2031 y 2033, exista una renovada pasión por vivir al estilo de Jesús, en comunión y sinodalidad permanentes, siguiendo las huellas del humilde san Juan Diego. Huellas que son de liberación integral de las personas y de nuestros pueblos, que tanto necesitan hoy re-encontrarse con un Dios hermano y amigo, que nos reconcilie, y nos dignifique a todos”.

De igual modo les recordó: “en la Pontificia Comisión para América Latina estamos a sus órdenes. El Papa ha querido definir nuestra comisión como una diaconía eclesial y como un signo del afecto y de servicio pontificio por la región latinoamericana y caribeña, llamado a ayudar a una más plena comunión y a una más intensa sinodalidad”.

“Quiera Dios, que en este nuevo momento eclesial, todos podamos caminar juntos, aprender juntos y madurar juntos, como hermanos“, concluyó el doctor Guerra.

La fe nos convoca a vivir la comunión

El secretario de la Comisión Pontificia para América Latina: la Asamblea Eclesial es un primer paso 

El doctor Rodrigo Guerra aseguró que pese a ser un primer momento dentro de un gran proceso, la Asamblea Eclesial es altamente esperanzadora, siempre y cuando sea parte de la humildad y de la petición de perdón mutuo 

Rodrigo Guerra López

El Secretario de la Comisión Pontificia para América Latina, Rodrigo Guerra López, participó este 26 de noviembre en la Asamblea Eclesial de América Latina y el Caribe, que se lleva a cabo en la Ciudad de México del 21 al 28 de noviembre. 

En su participación, sostuvo que en este momento que vive la Iglesia católica lo más importante es partir de la premisa de que la fe nos convoca a vivir en comunión, en unidad

“Una misma fe nos convoca a ser máximamente pacientes con los defectos y las deficiencias de los demás, y por lo tanto, una misma fe nos invita a juzgar con prudencia y por supuesto, cuando uno es el que comete el error: a pedir perdón”. 

Ante miles de participantes tanto de forma presencial como virtual, Guerra dejó en claro que la Asamblea Eclesial es un proceso de aprendizaje, no es el último paso ni es el final de la historia; “es el primer momento que nos estamos dando la oportunidad de tener todos nosotros para escucharnos, para intentar dialogar, para intentar abrazar y acoger y para intentar corregir“. 

Para el doctor Guerra este tipo de procesos como la Asamblea Eclesial “son altamente esperanzadores, si parten de la humildad y de la petición de perdón mutuo, de todos nosotros, donde a lo mejor mi juicio es demasiado precipitado, donde a lo mejor mi intolerancia ha evitado que alguien participe, donde a lo mejor yo mismo por mi cansancio ya no hago mi mejor esfuerzo por ser paciente y caritativo”. 

“Acompañémonos, abracémonos, acojámonos, tengámonos paciencia, pidámonos perdón si es preciso y avancemos, conscientes que esta Asamblea Eclesial será un primer pasito dentro de un gran proceso que es no solo el sínodo de la sinodalidad, sino la reforma sinodal de la Iglesia en todo nivel, y así aprendiendo con paciencia, tolerando muchas veces nuestros límites y nuestras deficiencias podremos dar un signo de unidad que permita que el mundo crea, solo el amor es digno de fe”, afirmó. 

Centrar la mirada en dos párrafos de Aparecida 

Rodrigo Guerra consideró que lo más importante de Aparecida se encuentra en los parágrafos 11 y 12, que es donde se tiene que “enmendar y poner verdaderas bases para proseguir en un camino de sinodalidad, de profetismo y de fidelidad radical hacia la renovación del Concilio Vaticano II, que hoy conduce el papa Francisco”. 

El parágrafo 11, dice: “La Iglesia está llamada a repensar profundamente y relanzar con fidelidad y audacia su misión en las nuevas circunstancias latinoamericanas y mundiales. No puede replegarse frente a quienes sólo ven confusión, peligros y amenazas, o de quienes pretenden cubrir la variedad y complejidad de situaciones con una capa de ideologismos gastados o de agresiones irresponsables. Se trata de confirmar, renovar y revitalizar la novedad del Evangelio arraigada en nuestra historia, desde un encuentro personal y comunitario con Jesucristo, que suscite discípulos y misioneros. Ello no depende tanto de grandes programas y estructuras, sino de hombres y mujeres nuevos que encarnen dicha tradición y novedad, como discípulos de Jesucristo y misioneros de su Reino, protagonistas de vida nueva para una América Latina que quiere reconocerse con la luz y la fuerza del Espíritu”. 

Y el párrafo 12 señala: “No resistiría a los embates del tiempo una fe católica reducida a bagaje, a elenco de algunas normas y prohibiciones, a prácticas de devoción fragmentadas, a adhesiones selectivas y parciales de las verdades de la fe, a una participación ocasional en algunos sacramentos, a la repetición de principios doctrinales, a moralismos blandos o crispados que no convierten la vida de los bautizados. Nuestra mayor amenaza es el gris pragmatismo de la vida cotidiana de la Iglesia en el cual aparentemente todo procede con normalidad, pero en realidad la fe se va desgastando y degenerando en mezquindad. A todos nos toca recomenzar desde Cristo, reconociendo que ‘no se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva’”. 

Sobre esos puntos de Aparecida, Rodrigo Guerra opinó: “Con estas palabras los obispos latinoamericanos en Aparecida señalaban algunos de los puntos más álgidos que están atorando nuestros procesos eclesiales, que están atorando nuestro testimonio de fe elocuente y contundente”. 

“Hoy puede ser oportuno revisarlos para entonces descubrir primero que nada, en primera persona, que yo soy el moralista, yo soy el que a veces reduce la irreductible persona de Jesucristo a un conjunto de valores correctísimos pero sin misericordia, sin caridad, sin inclusión, sin paciencia, sin fidelidad a la sede de Pedro y tantas otras tentaciones que continuamente suceden en el acontecer de la vida eclesial y hoy por cierto muchas de ellas visibles en las redes sociales”. 

Entrevista con Rodrigo Guerra

La Asamblea Eclesial para América Latina: una oportunidad para hacer camino rumbo a 2031-2033 

El secretario de la Comisión Pontificia para América Latina, Rodrigo Guerra, conversó con Vida Nueva acerca del significado de este acontecimiento eclesial inédito

La Asamblea Eclesial para América Latina y el Caribe inició este 21 de noviembre de 2021 en la Ciudad de México. Asambleístas presenciales y virtuales representan una sinfonía de voces plurales de toda la región que buscan reactivar “Aparecida” y proyectar “Evangelii gaudium”. Vida Nueva conversó con Rodrigo Guerra, secretario de la Comisión Pontificia para América Latina sobre el significado de este acontecimiento eclesial inédito. 

PREGUNTA.- ¿Qué es la Asamblea Eclesial para América Latina y el Caribe? 

RESPUESTA.- Creo que es una oportunidad que Dios nos da a los miembros de la Iglesia de América Latina para reaprender a escuchar, y para hacer de este gesto un método permanente en la vida cristiana y en el discernimiento social y pastoral. La Asamblea es una experiencia eclesial novedosa pero sostenida en algo muy antiguo y entrañable: escuchar la voz de Dios. Escuchar a Dios que no habla tanto en el ruido, en los altavoces, sino en el silencio interior, en el corazón, en la herida íntima, y en la objetividad del hermano, sobre todo cuando es pobre y marginado. Todo lo demás que se pueda decir de la Asamblea, gravita sobre esta breve pero potente afirmación: escuchar la voz de Dios ahí donde se manifieste, sin prejuicio. 

P.- ¿Cómo distinguir la voz de Dios de otras voces? ¿Cómo no caer en una sociologización de la “voz de Dios”? 

R.- Primero, es preciso recordar que “bienaventurados los limpios de corazón porque ellos verán a Dios”. La presencia de Dios puede percibirse cuando se escucha con corazón recto, limpio, eclesial, a todo el pueblo y no sólo a un sector. Cuando la escucha se da al interior de la fe, con contacto íntimo con la Palabra de Dios, y no como quien lee el resultado de una encuesta. Esto quiere decir que la voz de Dios se hace oír cuando de corazón se vive la experiencia cristiana en comunión

“La Asamblea, un aporte que enriquecerá nuestro camino” 

P.- ¿Qué busca la Asamblea Eclesial para América Latina y el Caribe? 

R.- Para el papa Francisco, el principal desafío que la Asamblea Eclesial debe de atender es cómo reactivar “Aparecida” y cómo impulsar a fondo “Evangelii gaudium”. La Asamblea no busca ser una VI Conferencia General, un parlamento democratoide o un laboratorio de teologías por interesantes que sean. La Asamblea debe preguntarse con toda seriedad: ¿por qué algunos temas señalados en “Aparecida” no lograron volverse acción sostenida? ¿cómo debemos ser y hacer para que “Evangelii gaudium” sea un método verdadero para el camino cristiano? ¿Por qué la misión continental de la que hablábamos en 2007 no se convirtió en un estilo general para toda nuestra Iglesia? 

P.- ¿Qué aportes traerá la realización de esta Asamblea para la Iglesia en Latinoamérica? 

R.- A nivel de contenidos más vale esperar a que el ‘pueblo santo de Dios’ se exprese. No hay que adelantar vísperas. En mi opinión, hay que tener paciencia y escuchar a todas las sensibilidades. A todas. Sin embargo, a nivel de ‘método’ sí se puede decir algo: la Asamblea es un aporte que enriquecerá nuestro camino para una vida más sinodal, más comunional, más verdaderamente eclesial. La Asamblea es un ensayo de sinodalidad elemental en momentos en que todos requerimos mayor apertura y mayor hondura, al momento de afrontar el reto de la nueva diversidad y de la nueva complejidad emergentes. Insisto: mayor apertura, para que no existan temas ‘tabú’. Mayor hondura para no intentar resolver con “lugares comunes” o “modas convencionales” las cosas que es preciso atender y entender. 

P.- ¿Cuáles son los puntos principales de Aparecida a los que se les debe dar continuidad? 

R.- ‘Aparecida’ tiene una enorme riqueza. Sería largo hacer un elenco completo de temas y asuntos pendientes o poco desarrollados en la práctica. Lo más importante, sin embargo, se encuentra expresado en los números 11 y 12 del documento. Es necesario más que nunca recomenzar desde Cristo y evitar toda reducción moralista, sea conservadora, sea liberal. La misión de la Iglesia se aletarga, cada vez que la enfermedad del moralismo reaparece. Lo único que dinamiza fuerte y de manera sostenida es redescubrir la frescura y la libertad de Jesús. 

“Rutas nuevas para repensar, desde los últimos” 

P.- ¿Cómo evitar el moralismo? ¿Cómo lograr que el encuentro con la persona de Jesús dinamice nuestra vida personal y nuestra acción social y eclesial? 

R.- El moralismo es una forma de voluntarismo pelagiano. Consiste en creer que los valores salvan. La única manera de quebrarlo por la mitad es recuperar la conciencia sobre la gratuidad del don, sobre la primacía de la gracia, y sobre la primacía de la iniciativa de Dios en nuestras vidas. Esto quiere decir, entre otras cosas, volver a valorar el modo cómo Dios nos “primereo” en América Latina a través de Santa María de Guadalupe. Ella supera cualquier planteamiento ideológico: su encuentro con San Juan Diego nos muestra por un lado la iniciativa providente de Dios; la necesidad de sinodalidad cuando contemplamos a un indígena marginal que va a darle la “buena noticia” al obispo; y, la respuesta del obispo y de incontables fieles que agradecen el anuncio radical e inculturado del evangelio realizado por María. Así María de Guadalupe puede purificar los excesos de nuestras ideas preconcebidas. 

P.- ¿Puede explicar más esta última idea? 

R.- Afirmar la comunión sin sinodalidad puede prestarse a rigideces y acartonamientos indeseables. Defender la sinodalidad sin comunión puede derivar en un asambleísmo que oculte lógicas de poder en lugar de deseos de aprender del otro. El acontecimiento guadalupano nos educa en un sano protagonismo del pueblo de Dios a través de San Juan Diego, que movido por el Espíritu, termina ayudando al mismísimo obispo a que descubra un nuevo horizonte. Esta dinámica, además, no culmina en una historietita para niños sino que da lugar a un pueblo nuevo, sociológicamente identificable. Da lugar al mestizaje y a una sensibilidad barroca novedosa, creativa y que entraña el proyecto de “construir la casita sagrada”, es decir, hacer de toda nuestra región un espacio de libertad para creer y para formular nuevos caminos de desarrollo y liberación integral para nuestros pueblos. En Guadalupe tenemos, por ello, algo más que una devoción para la vida privada. 

P.- El Papa en su mensaje a la Asamblea Eclesial nos ha hablado de que la Asamblea eclesial se encuentra en el horizonte del Jubileo Guadalupano de 2031 y del Jubileo de la Redención 2033, ¿qué significa esto? 

R.- Los años 2031-2033 son fechas providenciales que vislumbramos para el futuro próximo. El V Centenario del Acontecimiento Guadalupano de alguna manera prepara el Jubileo de la Redención. Ambas celebraciones nos impulsan a hacer un camino. Un camino en el que las confrontaciones cedan ante la capacidad de diálogo. Un camino que busque deliberadamente encontrar una síntesis superior antes que una guerra en la que gane el más fuerte. En otras palabras, un camino para aprender a “caminar juntos”. La Asamblea eclesial puede ser un primer gran paso en esta dirección si realmente atendemos a las indicaciones del papa Francisco: no desaprovechar la oportunidad de escucharnos y entender que la Asamblea puede ser expresión del “desborde” del amor creativo de Dios. 

P.- En algunas ocasiones usted ha señalado la necesidad de que el clericalismo acabe. ¿Está también este tema dentro de las preocupaciones de la Asamblea eclesial? 

R.- El moralismo y el clericalismo son dos de las causas que más inhiben el sentido misional y que fortalecen el nacimiento de grupitos, de actitudes sectarias, de eclesiolas gnósticas al interior de la Iglesia. El clericalismo es un vicio profundo que aparece y reaparece en gestos, actitudes y pequeños o grandes detalles de sacerdotes y de laicos. Moralismo y clericalismo son caldo de cultivo para atmósferas de “puros”, de “cátaros”, que creen que la agenda cristiana esencial son las batallas culturales reaccionarias. ‘Aparecida’ y ‘Evangelii gaudium’ son como la “carta magna” de la evangelización auténtica, consciente del “cambio de época” y de afirmar valientemente que la fe antes que combate es anuncio de una misericordia infinita que exalta la dignidad de toda persona y abre rutas nuevas para repensar, desde los últimos, los grandes desafíos sociales, económicos, políticos y culturales de nuestro tiempo