Acabar con el clericalismo

“Cristianismo clerical, cristianismo formalista, cristianismo apagado y endurecido”

Clericalismo
Clericalismo

Contradicciones entre la palabra del Papa y la realidad eclesial (1)

«La ‘prudencia’ clerical ha apagado mucho del Espíritu: desde la libertad creativa (marginando y luego rehabilitando a teólogos, pensadores…, impidiendo reformas litúrgicas y jurídicas…), hasta el diálogo sincero, la cultura»

«Todo lo que merma el protagonismo clerical, es puesto en entredicho. Ahí están muchos de los resúmenes diocesanos presentados para el Sínodo. Siguen en ‘lo de siempre'»

Por Rufo González

La homilía pronunciada en la Solemnidad de San Pedro y San Pablo (29.06.2022) gira en torno a dos ejes. Dos actitudes vividas por Pedro y Pablo. La primera es del relato de la prisión y liberación milagrosa de Pedro: “¡Levántate rápido! (Hch 12,7). La segunda es traída de la Segunda Carta a Timoteo: “He peleado el buen combate (2Tm 4,7). Hoy comentamos la primera. “`Levantarse rápido´ es una imagen significativa para la Iglesia”, afirma rotundamente el Papa Francisco. “Nosotros estamos llamados a levantarnos rápidamente para entrar en el dinamismo de la resurrección y dejarnos guiar por el Señor en los caminos que Él quiere mostrarnos”.

A continuación denuncia que la Iglesia, en vez de sumarse al dinamismo de la vida resucitada, lleva años de retraso respecto de la evolución humana, y no digamos respecto de la utopía evangélica. Bien sabe Francisco que “los propios creyentes, en cuanto que, con el descuido de la educación religiosa, o con la exposición inadecuada de la doctrina, o incluso con los defectos de su vida religiosa, moral y social, han velado más bien que revelado el genuino rostro de Dios y de la religión” (GS 19).

Apertura de la Asamblea Sinodal en la Fundación Pablo VI
Apertura de la Asamblea Sinodal en la Fundación Pablo VI

La recomendación de “no apaguéis el Espíritu, no despreciéis las profecías, examinadlo todo; quedaos con lo bueno” (1Tes 5,19-21) ha sido muy poco seguida por la cúpula eclesial. La “prudencia” clerical ha apagado mucho del Espíritu: desde la libertad creativa (marginando y luego rehabilitando a teólogos, pensadores…, impidiendo reformas litúrgicas y jurídicas…), hasta el diálogo sincero, la cultura, la democracia, el sindicalismo, el papel de la mujer, el celibato opcional…

Hoy el Papa se duele de estas actitudes eclesiales: “nos abruma la pereza y preferimos quedarnos sentados a contemplar el pasado…, no dirigimos nuestra mirada hacia nuevos horizontes”. Estamos “encadenados como Pedro en la prisión de la costumbre, asustados por los cambios, atados a la cadena de nuestras tradiciones”.

Recuerda, contemplando la escena que comenta, otra actitud eclesial, que no explica, pero que cree real: “relatar fantasías”: “Esa misma noche hay otra tentación”.Es la actuación de la criada Rode (He 12,13s) que “asustada, en lugar de abrir la puerta vuelve hacia atrás a relatar fantasías”. ¿A qué fantasías alude? ¿A las apariciones de vírgenes, santos, demonios…? ¿A las promesas que dan el cielo al que rece o haga alguna oración o actividad automática? ¿A la compra-venta de indulgencias? ¿A jubileos que aseguran “indulgencia plenaria” en virtud del “tesoro de gracia” que administran los clérigos? ¿A los encuentros más o menos folclóricos de imágenes a que se dan algunos clérigos más jóvenes? ¿A entretener a la gente con “devociones, ornamentos, consuelos vulgares”?…

Sínodo España
Sínodo España

Esta situación tiene consecuencias, reconocidas por el Papa: “nos deslizamos hacia la mediocridad espiritual… Corremos el “riesgo de `solo tratar de arreglárnoslas´ incluso en la vida pastoral… El entusiasmo por la misión disminuye… No somos  signo de vitalidad y creatividad”. Damos “impresión de tibieza e inercia”… “El Evangelio se convierte en una fe que «cae en el formalismo y cae en la costumbre, en religión de ceremonias y de devociones, de ornamentos y de consuelos vulgares… Cristianismo clerical, cristianismo formalista, cristianismo apagado y endurecido”. El Sínodo que estamos viviendo, dice el Papa, nos llama a convertirnos: “en una Iglesia que se levanta…, que no se encierra en sí misma…, capaz de mirar más allá, de salir de sus propias prisiones, de abrir las puertas”.

A partir de aquí, Francisco expone su sueño de Iglesia: – “Una Iglesia sin cadenas y sin muros”; – “todos puedan sentirse acogidos y acompañados”; – “se cultive la escucha, el diálogo, la participación, bajo la única autoridad del Espíritu Santo”; – “Una Iglesia libre y humilde”: – que “se levanta rápido”, – que “no posterga”, – que “no acumula retrasos ante los desafíos del ahora”, – que “no se detiene en los recintos sagrados”, – que “se deja animar por la pasión del Evangelio y el deseo de llegar y acoger a todos, – “vaya al cruce de las calles y lleve a ciegos, sordos, cojos, enfermos, justos, pecadores…, – que “haya lugar para todos, – que “no despida ni condene”.

Esta es la teoría, el evangelio, que enamora. Pero se queda todo en teoría. Al final el Papa deja dos preguntas para que las trabajemos. Una en singular: “¿qué puedo hacer por la Iglesia?”. Otra para las comunidades cristianas: “¿qué podemos hacer juntos, como Iglesia, para que el mundo en el que vivimos sea más humano, más justo, más solidario, más abierto a Dios y a la fraternidad entre los hombres?”.

Iglesia sinodal
Iglesia sinodal

Cualquier respuesta evangélica, de calado organizativo, pasa por el Código de Derecho canónico, lleno de “cadenas y muros”, uno de los derechos más despóticos. ¿Qué puede hacer un cristiano, ante la oligarquía clerical, por ejemplo en esta serie de temas: 1.- Democratizar la Iglesia para hacerla más comunión. 2.- Protagonismo de la comunidad. 3.- Recuperar el principio de elección de los responsables (obispos, párrocos…). 4.- Superar el divorcio entre jerarquía y fieles. 5.- Menos sacerdocio clerical y más sacerdocio común. 6.- La eucaristía, obra sacerdotal común. 7.- Voz y voto al pueblo cristiano. 8.- “Reunirse, unirse, escucharse, discutir, rezar, decidir”, camino de toda comunidad cristiana. 9.- Revalorizar la eucaristía como sacramento de reconciliación: Eucaristía y Penitencia, dos caminos opcionales de reconciliación. 10.- Que la “Forma C” sea un modo ordinario del sacramento de la Penitencia: como opción libre, sin necesidad de confesar los pecados tras la absolución general. 11.- Supresión del celibato obligatorio para obispos y presbíteros: La Iglesia ganaría en libertad, honradez, amor de Dios, alegría evangelizadora… 12.- Acceso de las mujeres al sacerdocio ordenado.

Estos temas están abiertos en la Iglesia. Sistemáticamente la oligarquía eclesial viene negándose a tratarlos. ¿“Les abruma la pereza y prefieren quedarse sentados a contemplar el pasado”? Cierto: “no dirigen su mirada hacia nuevos horizontes”. Están “encadenados como Pedro en la prisión de la costumbre, asustados por los cambios, atados a la cadena de sus tradiciones”. Todo lo que merma el protagonismo clerical, es puesto en entredicho. Ahí están muchos de los resúmenes diocesanos presentados para el Sínodo. Siguen en ‘lo de siempre’.

Y la Secretaría del Sínodo de la Conferencia Episcopal Española remata como insignificante lo que necesita hoy la Iglesia para recuperar la libertad evangélica y la honradez con la cultura actual: “se trata de cuestiones suscitadas solo en algunas diócesis y, en ellas, por un número reducido de grupos o personas…: la necesidad de discernir con mayor profundidad la cuestión relativa al celibato opcional en el caso de los presbíteros y a la ordenación de casados; en menor medida, ha surgido igualmente el tema de la ordenación de las mujeres…

Se detecta una clara petición de que, como Iglesia, dialoguemos sobre ellos con el fin de permitir conocer mejor el Magisterio respecto de los mismos y poder ofrecer una propuesta profética a nuestra sociedad”. La “propuesta profética” es la evangélica, concordante con el “sentido de los fieles”. No la imposición clerical. Suscribo lo que ha escrito J. Mª. Marín Sevilla: “silencian las voces disidentes especialmente cuando se trata de temas novedosos, que surgen, a mi entender de la acción del Espíritu y del discernimiento sereno y esperanzador” (RD 29.06.2022).

Jueves Santo

La eucaristía, cuidado singular de Jesús a sus discípulos

Que nos lavemos los pies unos a otros

Por | Rufo González

Comentario: “Lo que he hecho con vosotros, vosotros también lo hagáis” (Jn 13,1-15)

Titulares sobresalientes del Vaticano II sobre la eucaristía: “Fuente y cima de toda la vida cristiana” (LG 11). “En ella se contiene todo el bien espiritual de la Iglesia, a saber, Cristo mismo… Es fuente y culminación de toda evangelización… Es el centro de toda la asamblea de los fieles que preside el presbítero” (PO 5). “Ninguna comunidad cristiana se edifica sin que tenga su raíz y quicio (`radix´, `cardo´: bisagra, gozne, pernio, charnela) en la celebración de santísima Eucaristía” (PO 6). “El Señor dejó a los suyos prenda de su esperanza y alimento para el camino” en la Eucaristía (GS 38). Comentar estos titulares es una hermosa homilía.

La Cena de Jesús, “la original”, tiene pocas afinidades con la misa, su “reproducción” hoy. Celebra idéntico misterio: el cuidado de Jesús a sus discípulos: acompaña, inspira y alimenta. El modelo actual presenta casi toda la vida eclesial activa: une, reconcilia, habla, dialoga, recuerda la entrega de Jesús, reúne a vivos y difuntos, alimenta, agradece, envía al reino. Pero sigue, como escribe Pepe Mallo, “el excesivo ritualismo, ataviado con ropajes, expresiones, ademanes, que más bien asemejan una representación teatral que al recuerdo de la Cena del Señor. De expresar servicio ha pasado a “ser vicio”, de “cena” a “escena”. La ostentación es reflejo evidente de privilegio y poder… Afán exhibicionista: bicornios mitrales, lujosos báculos, vistosas cruces pectorales, casullas multicolores… Ostentación y segregación, separación de clero y fieles. ¿Qué aportan al recuerdo de la Cena del Señor los “ornamentos”? Lo define la propia palabra: adorno, suntuosidad, ornato. Jesús se pronunció contra el vestido como ostentación sacral: “¡No hagáis como ellos hacen!… pues agrandan sus distintivos religiosos (filacterias) y alargan los adornos (flecos) de sus mantos” (Mt 23,5)… Jesús y discípulos vistieron como hombres y mujeres de su tiempo, sin distinguirse por la ropa” (Blog “Atrévete a orar”. RD 05.03.2022). Sin duda, caben configuraciones nuevas, más inteligibles y eficaces pastoralmente. 

Juan sustituye el relato la Cena (ya en Jn 6, 23-50) por el lavatorio de los pies. Es un signo del cuidado fraternal que exige la Eucaristía. “El abuso de la celebración de la Eucaristía, según Pablo, no es la alteración de ritos, pues cada comunidad tenía sus ritos y y costumbres, sino el no compartir los alimentos con los hermanos más necesitados” (F. Bermúdez, “Nos va la fiesta. Recursos para celebraciones de la fe”. Pág. 19. Moceop. Albacete 2020) Sin cuidar de los hermanos, la eucaristía es una farsa, un sinsentido, un absurdo, un imposible cristiano: “vuestras reuniones causan más daño que provecho… ¿Tenéis en tan poco a la Iglesia de Dios que humilláis a los que no tienen?” (1Cor 11,22).

También en la cena de Jesús había egoísmo mezclado con amor. El egoísmo de Judas Iscariotes busca poder, dinero y brillo, produce envidia e insolidaridad, acarrea traiciones, mentiras… También la protesta de Pedro expresa egoísmo: no quiere que se pierdan las categorías y rangos mundanos. Tras la resurrección lo entenderá. El amor brilla en Jesús: “Os he dado ejemplo para lo que yo he hecho con vosotros, vosotros también lo hagáis”. Jesús, Maestro y Señor, ama y cuida sin imposición. Contagia el amor gratuito del Padre. Nos da su Espíritu para que sigamos su camino de cuidados a toda la creación. Capacita para actuar como el Padre “que hacer salir el sol y bajar la lluvia sobre justos e injustos” (Mt 5,45). 

Oración: “Lo que he hecho con vosotros, vosotros también lo hagáis” (Jn 13,1-15)

La eucaristía, Jesús, es “la hora” de tu entrega definitiva:

tras percibir que puedes ser asesinado de inmediato;

tras redoblar la confianza en el amor del Padre;

tras querer expresar a los discípulos el sentido de tu vida;

decides dejarles el memorial de tu presencia definitiva:

tu cuidado permanente, tu cercanía asombrosa…

Tu presencia resucitada nos cuida de muchos modos:

dándonos tu Espíritu en el agua bautismal;

fortaleciéndonos para ser tus testigos;

perdonando nuestros desvaríos sin cesar;

convocándonos en tu nombre:

para hacer memoria de tu vida entregada,

para dar gracias al Padre contigo por su Amor,

para alimentarnos con el pan y el vino de tu presencia;

consolándonos en la debilidad enferma de nuestra vida;

bendiciendo nuestros amores interpersonales;

desplegando carismas de servicio para el cuidado común;

haciéndonos ver tu presencia en cualquier necesitado…

El problema somos nosotros, tan limitados:

tardos en entender y en vivir tu presencia;

apegados a fuerzas opresoras por dentro y por fuera;

cegados por el ajetreo diario sin ver tu voluntad amorosa;

sordos al cuidado de los más débiles y empobrecidos.

Tu reino es fruto del cuidado fraternal:

que nace del amor del Padre, dador de vida;

que respeta y procura derechos y deberes humanos:

“derechos y deberes universales e inviolables… 

lo que necesitamos para una vida verdaderamente humana,

como son el alimento, el vestido, la vivienda,

el derecho a la libre elección de estado y a fundar una familia,

a la educación, al trabajo, a la buena fama, al respeto,

a una adecuada información,

a obrar de acuerdo con la norma recta de la conciencia,

a la protección de la vida privada

y a la justa libertad también en materia religiosa” (GS 26).

Adelantando muerte y resurrección, te haces cuidado ilimitado:

acompañas y trabajas como el Padre en nosotros (Jn 5,17);

creas una singular presencia de cuidado permanente:

presencia real, segura, de Hijo de Dios y Hermano nuestro.

Al comer el pan y beber el vino en memoria tuya,

nos dejamos asimilar por Ti, Jesús resucitado;

nuestra vida se va transformando en vida como la tuya;

nos “ceñimos con toalla” de servicio hasta la muerte;

“lavamos y secamos los pies” para que tengan vida;

no imponemos más leyes que el Evangelio;

alentamos ministerios y carismas de cuidado servicial;

así hacemos tu fraternidad, tu Iglesia.

Preces de los Fieles (Jueves Santo. 14.04.2022)

La Cena de Jesús y el Lavatorio de los pies son la esencia de nuestra fe, de nuestra vida cristiana, de nuestra Iglesia. Cenar con el Señor y lavar los pies a los hermanos es nuestra actividad esencial. Pidamos centrar nuestra vida en el cuidado servicial, diciendo: “Que nos lavemos los pies unos a otros”.

Por toda la Iglesia:

– que promueva y viva los derechos y deberes humanos;

– que sea espejo de transparencia, de respeto, de ayuda mutua…

Roguemos al Señor: “Que nos lavemos los pies unos a otros”.

Por las intenciones del Papa (abril 2022):

– que “los sanitarios atiendan enfermos y ancianos, sobre todo en los países más pobres”;

– que “el personal sanitario sea apoyado por los gobiernos y las comunidades locales”.

Roguemos al Señor: “Que nos lavemos los pies unos a otros”.

Por los servidores de las comunidades:

– que sean elegidos por todos, sin discriminación de género ni estado civil;

– que los obispos y presbíteros casados puedan ejercer su ministerio del Espíritu.

Roguemos al Señor: “Que nos lavemos los pies unos a otros”.

Por la comunidad internacional:

– que evite las tragedias humanas: guerras, refugiados, hambrunas…;

– que cuide el reparto de los bienes para que lleguen a todos.

Roguemos al Señor: “Que nos lavemos los pies unos a otros”.

Por los más vulnerables:

– que sean el centro de nuestra preocupación y cuidado;

– que se unan y trabajen por solucionar sus problemas.

Roguemos al Señor: “Que nos lavemos los pies unos a otros”.

Por esta celebración:

– que nos dé a gustar internamente la alegría del amor;

– que nos vincule a unos con otros para el cuidado mutuo.

Roguemos al Señor: “Que nos lavemos los pies unos a otros”.

Bendice, Señor, nuestros deseos. Danos tu Espíritu que nos anime al servicio y cuidado mutuos, siguiendo tu camino. Te lo pedimos a ti, Jesús resucitado, que vives por los siglos de los siglos.

Amén.

La Iglesia y la democracia

¿Puede la sociedad civil imponer algo de democracia en la Iglesia?

Rufo González

 No puede haber sinodalidad sin eliminar muchos cánones del Derecho canónico
Según nos cuenta Franziska Driessen- Reding, presidenta del Consejo del Sínodo, de Zúrich (katholisch.de; 8 de enero de 2022), la Iglesia católica en Suiza ha aceptado que en su seno haya democracia para ser reconocida por el Estado, y poder así recibir apoyo económico. En Suiza la libertad religiosa es un derecho fundamental amparado por la constitución. Pero también las asociaciones de ciudadanos, para ser reconocidas y tener derecho a ayuda estatal, deben reunir unas condiciones democráticas en su organización.

Las comunidades religiosas no pueden ser una excepción. Son comunidades de creyentes y, a su vez, ciudadanos organizados de acuerdo con la legislación civil.

Las Iglesias de la Reforma ya habían abierto camino. La Iglesia católica, que quería gozar de los mismos derechos, no tuvo más remedio que crear estructuras democráticas en su interior. Así pudo ser reconocida por los diversos gobiernos cantonales como asociación legal y sujeta al derecho público dentro del Estado suizo. Los cantones suizos pueden conceder subvenciones a las iglesias, pero exigen su carácter democrático. Hay cantones que tienen regulado oficialmente el impuesto eclesiástico. Lo descuentan de las nóminas o ingresos de los ciudadanos que declaran su pertenencia religiosa, y lo entregan a sus Iglesias, reconocidas como asociaciones democráticas por el Estado.

Por esto, la Iglesia católica en Suiza tiene un sistema dual de organización. Por una parte están los “comités laicos” en las diócesis y en cada parroquia. Son asociaciones democráticas: eligen sus representantes, deciden las finanzas, la gestión del personal y la gestión de la propiedad. Y, por otra parte, están los “responsables pastorales”: obispos, párrocos, catequistas… Ellos deciden en la pastoral, culto… Estos pastores son obligados de algún modo a identificarse con Pedro y Juan: “No tengo plata ni oro, pero te doy lo que tengo: en nombre de Jesús Nazareno, levántate y anda” (He 3,6).

Algunos clérigos católicos suizos siguen pensando, según cuenta la presidenta, que esta situación ha sido “un `sapo´ inevitable que había que tragar para obtener el dinero de los contribuyentes”. Y con toda razón, según el Código de Derecho canónico vigente en la Iglesia universal. En los cánones 536, 537 y 532 se concreta la nula democracia de los Consejos pastorales y económicos en toda parroquia:

“Canon 536 § 1: Si es oportuno, a juicio del Obispo diocesano, oído el consejo presbiteral, se constituirá en cada parroquia un consejo pastoral, que preside el párroco y en el cual los fieles, junto con aquellos que participan por su oficio en la cura pastoral de la parroquia, presten su colaboración para el fomento de la actividad pastoral. § 2. El consejo pastoral tiene voto meramente consultivo, y se rige por las normas que establezca el Obispo diocesano.

Canon 537: En toda parroquia ha de haber un consejo de asuntos económicos que se rige, además de por el derecho universal, por las normas que haya establecido el Obispo diocesano, y en el cual los fieles, elegidos según esas normas, prestan su ayuda al párroco en la administración de los bienes de la parroquia, sin perjuicio de lo que prescribe el c. 532.”.

Canon 532: El párroco representa a la parroquia en todos los negocios jurídicos, conforme a la norma del derecho; debe cuidar de que los bienes de la parroquia se administren de acuerdo con la norma de los cc. 1281-1288.

El clero se ha arrogado representación y decisión totales. El clericalismo, poder absoluto clerical, está en la entraña de la Iglesia católica. La cosa viene de lejos. Nada menos que desde el siglo III: “a mediados del siglo III, los sucesores de los apóstoles y seguidores de Jesús ya habían alcanzado, en valoración y estima de la Iglesia, una cualificación que los consideraba como hombres sagrados y consagrados. Es decir, hombres separados y puestos en un rango superior al de los simples laicos. Con lo cual, lo que Jesús quiso evitar a toda costa cuando mandó a sus discípulos y apóstoles que fueran por la vida lavando los pies a los demás, o sea como esclavos al servicio de los que sufren y viven en la inseguridad, lo hicieron justamente sus sucesores: se situaron no solo al margen de los demás, sino incluso por encima de los demás. Con una dignidad y unos poderes, que (hablando humanamente) nunca pudo imaginar Jesús” (J.M. Castillo; El Evangelio marginado. Ed. Desclée de Brouwer. Bilbao 2019, P. 205).

Como ocurre en Suiza, a la Iglesia católica para ser reconocida en derecho público se le tendría que exigir estructura social democrática. Un estado democrático no debe acordar nada con un señor, que dice actuar como representante de una asociación, pero que en realidad no ha sido elegido por sus representados, ciudadanos libres. Los obispos dicen ser los representantes de sus iglesias, cuando en realidad los miembros de sus iglesias no les han elegido para representación alguna. Es la falsedad acostumbrada y que nos parece normal. La sociedad en general cree que la Iglesia son los clérigos. Eso del “pueblo de Dios, la Iglesia…”, que somos los bautizados, es una verdad teórica. La realidad eclesial es rotundamente clerical.

El Código, que es la verdad real, decisiva, sigue fundamentalmente anclado en la teoría de san Pío X. Escrita en la encíclica que condena la separación entre la iglesia y el estado como “una tesis absolutamente falsa y sumamente nociva”, referida entonces a Francia. El tiempo ha dicho lo contrario. Igual está ocurriendo con la separación entre jerarquía y laicado: “la Iglesia es el Cuerpo místico de Jesucristo, regido por pastores y doctores, es decir, una sociedad humana, en la cual existen autoridades con pleno y perfecto poder para gobernar, enseñar y juzgar. Esta sociedad es, por tanto, en virtud de su misma naturaleza, una sociedad jerárquica; es decir, una sociedad compuesta de distintas categorías de personas: los pastores y el rebaño, esto es, los que ocupan un puesto en los diferentes grados de la jerarquía y la multitud de los fieles.

Y estas categorías son de tal modo distintas unas de otras, que sólo en la categoría pastoral residen la autoridad y el derecho de mover y dirigir a los miembros hacia el fin propio de la sociedad; la obligación, en cambio, de la multitud no es otra que dejarse gobernar y obedecer dócilmente las directrices de sus pastores” (Encícl. `Vehementer Nos´, III. 1906). Se ha cambiado el seguimiento de Jesús por el seguimiento de los dirigentes, seleccionados entre varones célibes bautizados. Mujeres y casados no pueden presidir comunidades ni representar a Jesús distribuyendo su perdón, su vida eucarística, su vigor a los enfermos…

No puede haber sinodalidad sin eliminar muchos cánones del Derecho canónico. La sinodalidad parcial “suiza” ha sido impuesta por la sociedad civil. Bien podrían los dirigentes eclesiales tomar nota y adelantarse en muchas funciones democráticas que son compatibles con el Evangelio. La historia nos dice que la Iglesia no suele moverse hasta que las circunstancias sociales la mueven. Ha marginado en gran medida al Evangelio, para poner en su centro decisivo el Código, la Ley.

La Iglesia es comunión

La comunión en ser y en caminar exige democracia funcional

Por | Rufo González

La Iglesia no es una creación democrática, fruto del parecer y de votos nuestros. Viene de Dios, de Jesús, de “arriba”. Los cristianos no hemos elaborado una “constitución” para someterla a la voluntad soberana del pueblo. Previo a nuestra decisión libre hay una Palabra y un Espíritu de amor, que salen a nuestro encuentro, desde el misterio abismal que llamamos “Dios”, “Padre de Jesús”, “Padre de todos”. Los cristianos aceptamos el Evangelio de Jesús, sus signos de vida, su comunidad de amor. Esos dones son medios necesarios para promover el Reino de Dios, que es y será siempre nuestro objetivo, la misma causa por la que vivió, murió y resucitó Jesús.

No somos soberanos en la Iglesia. No tenemos nosotros la palabra última y definitiva. Para nosotros lo definitivo es la Palabra revelada, la voluntad divina, expresada sobre todo en la vida de Jesús de Nazaret. La soberanía es de Cristo, cabeza de la Iglesia (Ef 5, 23; Col 1, 18), que vive con nosotros y nos ilumina y alienta constantemente con su Espíritu. Espíritu que nos ha seducido y convencido. Hemos elegido ser, con libertad, miembros de su Cuerpo, Iglesia. Aceptamos el Evangelio y la organización inspirada por Cristo: medios de vida (oración, sacramentos) y ministerios o servicios necesarios para trabajar por el Reino de Dios.

La Iglesia es más que democracia, es comunión. Es, sin duda, la palabra que mejor define a la Iglesia. Comunión en su ser: “un pueblo reunido en virtud de la unidad del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo” (LG 4). Pueblo que “recibe la misión de anunciar el reino de Cristo y de Dios e instaurarlo en todos los pueblos, y constituye en la tierra el germen y el principio de ese reino” (LG 5). Comunión en su hacer se llama “sinodalidad”, caminar juntos. Es lo que exige la propia naturaleza de la Iglesia: reunión de los que se sienten convocados a la misma misión, a la misma vida en “el amor que nos tiene el Padre” (1Jn 3,1ss). Si somos una comunidad con los mismos medios y fines, es lógico que seamos una democracia en muchos aspectos de funcionamiento. “Lo que es de todos y afecta a todos ha de ser tratado y decidido por todos”, fue principio básico de la Iglesia durante siglos. Se ha ido extinguiendo por la presión histórica de imperios y monarquías absolutas, no inspiradas en el Evangelio.

La comunión en ser y en caminar exige democracia funcional. Basta leer los inicios de la Iglesia para percibirlo. Es la libertad vivida en los primeros tiempos: “Escoged entre vosotros a siete hombres de buena fama, llenos de Espíritu y saber, a los que podamos encargar este asunto” (He 6, 3). “Decidieron los apóstoles y los responsables con la entera comunidad (syn hole te ecclesía), elegir a algunos…” (He 15, 22ss).

El llamado “concilio de Jerusalén” “fija el estilo de la organización cristiana. Por la declaración final (“nos ha parecido al Espíritu Santo y a nosotros”), sabemos que Dios (Espíritu Santo) se expresa en el diálogo y decisión de los creyentes (nosotros). La iglesia es una asamblea teologal: los hermanos se juntan y dialogan los problemas a la luz del mensaje de Jesús, de manera que pueden afirmar y afirman que les asiste el Espíritu Santo. Es una asamblea participativa: Dios habla en el diálogo fraterno. Éste es el modelo cristiano de gobierno, en una iglesia que empieza a tener ya problemas. Ella no puede resolverlos mágicamente, ni apelar a una instancia exterior (oráculo de Dios, revelación privada o decisión particular de un dignatario). Los hermanos deben reunirse y dialogar: sólo allí donde comparten la palabra, conforme al evangelio (misión) y para bien de todos, se revela el Espíritu. Lucas ha desarrollado este acuerdo de Jerusalén como ejemplo de autoridad, expresando para siempre el sentido de la comunión eclesial. Éste es el primero y quizá el más importante de todos los “concilios”, pues no define un dogma especial, sino la base y comunión dialogal de la iglesia. Tras el concilio de Nicea (325 d. C.), las decisiones las tomarán sólo los obispos, cosa, en cierto modo, lógica, por los cambios de estructura eclesial. Pero al principio era distinto: no se reunieron obispos, sino apóstoles y presbíteros (paradójica mezcla), con delegados de las comunidades (Antioquía) y el conjunto de la iglesia (muchedumbre de Jerusalén) (X. Pikaza. Blog de RD. 07.09.08).   

La Tradición Apostólica de Hipólito (s. III) transmite el principio democrático en la elección del obispo: “que se ordene como obispo a aquel que, siendo irreprochable, haya sido elegido por todo el pueblo”. En sus orígenes, pues, la organización católica no fue monarquía absoluta ni sacralizada.

En la comunidad cristiana no puede haber predominio ni sometimiento: “Sabéis que los jefes de los pueblos los tiranizan y que los grandes los oprimen. No será así entre vosotros: el que quiera ser grande entre vosotros, que sea vuestro servidor, y el que quiera ser primero entre vosotros, que sea vuestro esclavo. Igual que el Hijo del hombre no ha venido a ser servido sino a servir y a dar su vida en rescate por muchos” (Mt 20, 25-28; Mc 10, 42-45; Lc 22, 25-28). “Lavaos los pies unos a otros” (Jn 13,14), es el testamento de Jesús. La primacía que otorgó a Pedro no fue de predominio, sino de “confirmar a sus hermanos en la fe” (Lc 22,32) y “apacentar las ovejas” (Jn 21, 15-17). Confirmar en la fe y apacentar puede hacerse tras una elección democrática. Lo mismo que organizar la labor apostólica, repartir las tareas y las responsabilidades, etc. La fidelidad evangélica es la fundamental.

El Vaticano II, centrando la Iglesia en la comunión, apuntó reformas en este sentido. Pero el Código de Derecho Canónico, cánones 536 y 537, concreta estas aspiraciones en formas poco o nada democráticas. Por ejemplo:

“Canon 536 § 1: Si es oportuno, a juicio del Obispo diocesano, oído el consejo presbiteral, se constituirá en cada parroquia un consejo pastoral, que preside el párroco y en el cual los fieles, junto con aquellos que participan por su oficio en la cura pastoral de la parroquia, presten su colaboración para el fomento de la actividad pastoral. § 2. El consejo pastoral tiene voto meramente consultivo, y se rige por las normas que establezca el Obispo diocesano.

Canon 537: En toda parroquia ha de haber un consejo de asuntos económicos que se rige, además de por el derecho universal, por las normas que haya establecido el Obispo diocesano, y en el cual los fieles, elegidos según esas normas, prestan su ayuda al párroco en la administración de los bienes de la parroquia, sin perjuicio de lo que prescribe el c. 532.”.

Una comunidad cristiana, reunida por el Espíritu de Jesús, anuncia el evangelio, celebra los signos de vida que nos ofrece Jesús, vive la fraternidad. Para realizar estas actividades necesita organizarse según los carismas de todos sus miembros. Dos estructuras básicas son, sin duda, los Consejos de Pastoral y de Economía. Por ley son sólo consultivos para el poder absoluto. Aún hay parroquias que no los tienen. Muchos funcionan para decir amén al párroco o al obispo. Una decisión comunitaria, acorde con el Evangelio y en su ámbito, da conciencia de comunidad adulta. Lo contrario es infantilismo. Así lo ve la sociedad actual.

Todos podemos ser “sagrada familia”

 

Somos familia de Jesús “escuchando tu palabra y cumpliéndola” (Lc 8,21b)

Por | Rufo González

Comentario: “Hijo, ¿por qué nos has tratado así?” (Lc 2, 41-52)

Leemos el único relato de Lucas sobre la adolescencia de Jesús. Contiene las primeras palabras de Jesús. Palabras referidas a su persona: su conciencia de ser hijo de Dios. Basta analizar sus contradicciones e inconsistencias para darnos cuenta que estamos ante un relato no histórico: el hecho no es propio de un chico de su edad, sus padres no viajan sin asegurarse que el hijo va en la misma caravana, no hacen una jornada de cerca de 30 kilómetros con parada para comer sin percatarse de la ausencia de su niño, peregrinan al templo y lo buscan tres días fuera del templo, los doctores no solían hablar con niños, si María conocía que era hijo de Dios (Lc 1,35) ¿cómo ahora no comprende sus palabras?, ¿cómo no se queda ya en la casa de su Padre siendo su deber?…

La exégesis actual piensa que es un relato legendario, popular, creado para enseñar que Jesús era consciente de ser hijo de Dios desde muy pequeño. Algunas comunidades primeras creían que Jesús fue adoptado como hijo de Dios en el bautismo (adopcionismo), De hecho el evangelio más antiguo, el de Marcos, inicia la vida de Jesús en su bautismo. Mateo y Lucas recogen relatos en los que se sostiene la filiación divina de Jesús (Mt 2,15; Lc 1,32.35). Esta narración debió conocerla Lucas después de haber redactado la infancia de Jesús. Procedería de otra comunidad, pero la añadió, a pesar de sus incoherencias, por la enseñanza valiosa que contenía. Se trata de un texto cristológico para enseñar quién era Jesús, cuál es su relación con el Padre y cuál es su misión en nuestro mundo.

Es una crónica, en formato de leyenda popular, que anticipa un resumen de la vida de Jesús. La cultura tradicional judía valora mucho los “doce” años: también Moisés había abandonado la casa del faraón a esa edad, Samuel empezó a profetizar a los doce años, y Salomó a reinar. Como los grandes de Israel, Jesús manifestó su sabiduría y misión a los doce años. Con esta leyenda se construye un gran paralelismo con la vida adulta de Jesús. A los doce años desaparece en Jerusalén, la misma ciudad en que ocurrirá en su muerte (Lc 19,28); ambos episodios suceden en la Pascua (Lc 22,15); igualmente se ausenta tres días (Lc 24, 7); se pierde tras “subir” desde Galilea (Lc 2,42), como sucederá antes de morir (Lc 18,31); idéntico reproche a sus padres (Lc 2,49) y a las mujeres discípulas tras resucitar (Lc 24,5); pérdida y muerte dice que son “necesarias” (Lc 2,49b; 9, 22; 13,33); en ambas situaciones debe estar con su Padre (Lc 2,49b; 23,46); ni padres ni discípulos comprendieron las palabras explicativas de su pérdida y muerte (Lc 2,50; 9,45).

El fondo de esta narración enseña sobre la vida de Jesús lo contrario de lo que aparece a primera vista. No se trata de contar la rebeldía desobediente de Jesús, sino lo contrario: Jesús perdió su vida en obediencia al amor del Padre. Desde pequeño amó como ama el Padre: atento a la vida, respeta su naturaleza evolutiva, sigue y acompaña a sus padres, les obedece, siente el amor dador de la vida, crece en  todos los aspectos… Pero su amor le empujó siempre a “estar en las cosas del Padre”. Como los padres y los discípulos, a primera vista, nosotros no entendemos su vida y misión: “estar en las cosas del Padre”. Y “las cosas del Padre” son las cosas de Jesús. Sus obras son las obras del Padre (Jn 10, 38): “curar de enfermedades, achaques y malos espíritu”, abrir los ojos, hacer andar a los cojos, limpiar leprosos, hacer oír a los sordos, evangelizar pobres… (Lc 7,21-22). Quien no hace estas obras es quien “se pierde” en el templo de las religiones más diversas.

Oración: “Hijo, ¿por qué nos has tratado así?” (Lc 2, 41-52)

Jesús, hijo del hombre e hijo de Dios:

leemos una narración popular que resume toda tu vida;

ya desde niño el Espíritu divino te empujó

a “estar en las cosas del Padre”.

Ni tus padres ni los discípulos ni nosotros

entendemos eso de “estar en las cosas del Padre”:

tu familia (cuando ya estabas de lleno en las “cosas del Padre”)

vino a llevarte porque se decía que estabas fuera de sí…

tu madre y hermanos mandaron llamarte…” (Mc 3,21.31ss).

también la gente de tu pueblo quiere despeñarte (Lc 4, 28-30);

personas religiosas te acusarán de endemoniado y loco (Jn 10, 20);

más de una vez intentaron apedrearte (Jn 8,59; 10, 31-32);

los discípulos no entendían tu lenguaje;

les resultaba tan oscuro, que no captaban el sentido” (Lc 9,45).

Las cosas del Padre” son tus cosas, Jesús:

si no hago las obras de mi Padre, no me creáis,

pero si las hago, aunque no me creáis a mí, creed a las obras,

para que comprendáis y sepáis que el Padre está en mí el Padre” (Jn 10, 38);

 al Bautista le llegó claro: “en aquella hora curó a muchos de enfermedades,

achaques y malos espíritus, y a muchos ciegos les otorgó la vista…

Id y anunciad a Juan lo que habéis visto y oído…” (Lc 7,21-22).

¿No sabíais que debía estar en las cosas de mi Padre?:

quien no hace estas obras es quien “se pierde”

en el templo de las religiones más diversas,

en el sinsentido más inhumano,

en la frivolidad más inconsistente,

en las diversas perversiones deshumanizantes…

Este episodio manifiesta ya tu vida “diferente”:

vas afirmando tu libertad guiada por el amor;

no respetas el descanso sabático para curar y hacer el bien;

te haces hermano y madre de quienes siguen al Amor (Mc 3,21.31-35);

ridiculizas los hábitos, títulos y privilegios de los dirigentes;

arremetes contra los sacrificios y mercadeo del Templo;

defiendes a la mujer pecadora contra la hipocresía farisea (Lc 7,36-50);

publicanos y prostitutas vapor delante en el reino de Dios” (Mt 21,31);

eres amigo de marginados, mal considerados, fracasados morales…

¡Qué contraste, Jesús libre, con muchos de tu Iglesia!:

cada día más alejados de la fraternidad original;

promotores de condenas contra quienes no piensan como ellos;

contrarios a todo cambio que suponga pluralismo litúrgico, disciplinar…;

incapaces de “escuchar y hacer preguntas” como tú en el Templo;

cerrando muchas vocaciones del reino de Dios con sus leyes…

Que tu Espíritu nos ayude a recuperarla libertad:

que nos aceptemos en lo fundamental: “las cosas del Padre”;

que nuestro amor “brote de un corazón limpio,

de una buena conciencia y de una fe sincera” (1Tim 1,5);

que nuestra “religiosidad auténtica e intachable a los ojos de Dios sea esta:

atender a huérfanos y viudas en su aflicción

y mantenerse incontaminado del mundo” (Santiago 1,27);

que seamos familia tuya “escuchando tu palabra y cumpliéndola” (Lc 8,21b).

El protagonismo de la comunidad cristiana

Hay que recuperar el protagonismo de la Comunidad Cristiana! 

Rufo González 

Las periferias, lugar teológico donde oír también la inspiración del Espíritu 
La degeneración de la Iglesia, tras la libertad dada por los emperadores romanos, Constantino y Teodosio, ha llegado a nosotros sobre todo en el protagonismo absoluto del clero y en la indiferencia mayoritaria de los cristianos. Bautizada la mayoría sin consentimiento personal, sin conversión al Evangelio, es lógico que la multitud se sienta receptiva del mensaje, del culto y de orientaciones morales para la vida. Como los asistentes a una obra de teatro: asisten, oyen mensajes, sacan conclusiones válidas para sus vidas. Pero no son la compañía teatral. Pagan la entrada aportando en la colecta o por participar en algún espectáculo más personal o familiar. 

El sistema de monarquía absoluta, legitimado por la teología, impide la sinodalidad en la Iglesia. Reproducido en tres niveles, Papa, obispo y párroco tienen la última palabra en sus respectivas congregaciones. Por ello, la Iglesia, en todos los niveles, vive en contradicción constante: quienes defienden el poder absoluto del Papa, obispo o párroco, cuando no comparten sus decisiones, les atacan sin misericordia. No tiene sentido un Papa, infalible y plenipotenciario, cediendo a pretensiones de los súbditos. Es la contradicción de todo poder absoluto, y más el concentrado en una sola persona. 

Se ha encerrado el Espíritu de Jesús en instituciones, leyes, ritos, cargos…, y en la ignorancia y pasividad de los bautizados, lejos de la vida de Jesús y de su comunidad. Instituciones organizadas digitalmente, sin control comunitario alguno, con carácter vitalicio, se convierten en fuente de abusos y prepotencia. Este es el triste espectáculo que de las Curias Vaticana, Diocesana y Parroquial. La libertad y dignidad, de origen evangélico, reivindicadas por algunos cristianos, están abriendo los ojos a la Iglesia. El abandono de muchos cristianos tiene su origen, tal vez sin clara conciencia, en la comprensión de los derechos y deberes humanos, no respetados por la Iglesia. Son muchos los encandilados por el Evangelio, pero desengañados por una Iglesia que se niega a evolucionar aceptando los avances científicos y las conquistas de derechos humanos, compatibles perfectamente con el mensaje de Jesús. 

El poder absoluto del clero no es evangélico. No basta que el Papa sea una persona sencilla, sobria, dialogante. El modelo clerical, donde todo el poder desciende del papa, baja a los obispos, a los presbíteros… imposibilita el cambio evangélico. Sólo ellos tienen poder decisorio (legislativo, judicial, ejecutivo) en la Iglesia. El pueblo estará a merced del Papa, del obispo, del párroco de turno. 

El Evangelio no quita a las comunidades la libertad de elegir a quienes mejor desempeñen las funciones evangélicas. Y menos la cooperación en la misión. Lo entendieron y lo practicaron los primeros cristianos (He 6, 3; 15, 22ss). Al cielo clama que aún haya parroquias sin Consejos de Pastoral y Economía. Lo denunciaba un amigo, muy activo mientras le dejaron los párrocos: “Me sorprende, Rufo, que esperes “gestos sorprendentes” de la Jerarquía… Hablas de los Consejos Parroquiales. ¡¡¡Qué pena!! Llevo 38 años como feligrés de la parroquia que tú impulsaste y animaste durante doce años. A partir del año 1978, tuvimos Consejo Parroquial presidido y orientado por los diversos párrocos y sacerdotes que desde entonces habéis pasado por la parroquia. Tú bien conoces la activa participación de los seglares en las diversas áreas de la pastoral. Y bien conoces también el efecto destructor del párroco que te sucedió en la parroquia. 

En un año, su falta de visión pastoral, su autosuficiencia y jactancia, unidas a su autoritarismo, han dado al traste con los Consejos. Y la parroquia ha quedado simplemente como un “supermercado de sacramentos”. Llegó a decir en uno de los últimos Consejos: “La parroquia es una empresa y yo soy el jefe”. Hago esta reseña no para ti, que bien la conoces, sino para los lectores de tu blog. Que conozcan de primera mano lo que ocurre cuando en una parroquia falta la “comunión” entre sacerdotes y seglares. Sí que sería un “gesto sorprendente” que los nuevos párrocos restauraran los Consejos de la parroquia. Pero lo dudo… En dos años no han movido ni un dedo… (Comentario de Pepe Mallo en el Blog “Atrévete a orar”, de Religión Digital 20.02.2016). Son los “nuevos” clérigos. 

El Espíritu sopla donde quiere (Jn 3, 8). También en las periferias. La Federación Latinoamericana y Europea del Movimiento pro Celibato Opcional (MOCEOP), en 20015 (29 octubre-1 noviembre), celebró un congreso en Guadarrama (Madrid), bajo el lema “Curas en unas comunidades adultas”. En comunicado “al Pueblo de Dios”, contaron su experiencia y convicciones. Fruto de creyentes obligados por ley a dejar su ministerio oficial en la Iglesia. Su conciencia, “núcleo más secreto y sagrario del ser humano…” (GS16), les movió “a integrarse en grupos comunitarios, buscando sentido a sus vidas y ayudando a quienes han encontrado, a descubrir su dignidad como seres humanos y como hijos de nuestro Padre-Madre Dios”. Pueden ser un lugar teológico donde oír la inspiración del Espíritu para reformar la Iglesia: 

1.- Estamos convencidos… de que el modelo de cristianismo mayoritariamente imperante está desfasado. Lejos de ayudar a la implantación del Reinado de Dios y su justicia, es con frecuencia un obstáculo para la vivencia de los valores evangélicos… 

2.- El eje del nuevo modelo de iglesia debe ser la vida comunitaria de los creyentes en Jesús. Sin esos grupos vivos que comparten su vida y su fe…, no hay Iglesia… 

3.- Para la renovación de la Iglesia y las comunidades creyentes hacia un modelo activamente comunitario del Pueblo de Dios, es preciso un cambio estructural… 

4.- Nuestro recorrido nos ha hecho experimentar y comprender que el motor de transformación está en el interior de las mismas comunidades: sólo comunidades adultas, maduras, pueden realizar esa transformación estructural necesaria y urgente… 

5.- También hemos comprendido y experimentado que los curas -célibes o no- no pueden seguir concentrando todo y asumir todas las tareas. Su misma identidad y la calidad de su servicio imponen una evolución hacia una mayor participación y hacia un pluralismo de modelos en función de las comunidades. 

6.- Esas comunidades adultas existen ya, ignoradas o perseguidas. Es necesario incentivarlas. Sus componentes comparten, viven la igualdad, la corresponsabilidad, la fraternidad y sororidad. Hay que seguir luchando por ese estilo de comunidades. 

7.- Esa adultez, mayoría de edad, les permite adaptarse a las exigencias culturales del mundo cambiante, vivir y formular la fe en lenguajes comprensibles y organizarse dentro según sus necesidades. Son libres y ejercen la libertad de los hijos e hijas de Dios… Su referencia no es la obediencia, sino la creatividad desde la fe… 

8.- Resulta contradictoria e injusta la situación de las mujeres, apartadas de las tareas de estudio, responsabilidad y gobierno. No existe fundamento para mantener esta discriminación… Se puede razonablemente esperar que su presencia cambiará las estructuras de animación y de gobierno a mejores, más justas y más equilibradas. 

9.- Es preciso reconocer a estas comunidades el derecho a encomendar las tareas, servicios y ministerios a las personas que consideren más preparadas y adecuadas, sin distinción de sexo ni estado. Serán comunidades abiertas, inclusivas, plurales… 

Que el Espíritu de Jesús nos dé humildad para reconocerle en esta invitación con que termina el “comunicado al todo el Pueblo de Dios”: “Invitamos a todos los creyentes en Jesús a ser valientes y adentrarse en estas sendas de creatividad, adultez y libertad, para hacer cada día más real el Evangelio de la misericordia y de la responsabilidad ante los seres humanos y ante nuestra Madre Tierra”. 

Reflexiones sobre la sinodalidad

El estamento clerical, su gran obstáculo 

Por Rufo González 

Gran parte del Pueblo de Dios carece de una eclesiología actualizada 
Hace años me impresionaron estas palabras del profesor de Tubinga, especialista en ciencias bíblicas, Herbert Haag: “La crisis de la Iglesia perdurará mientras ésta no decida darse una nueva constitución que acabe de una vez para siempre con los dos estamentos actuales: sacerdotes y seglares, ordenados y no ordenados… 

Interrogando a los testigos de los tiempos bíblicos y del cristianismo primitivo, llegamos a la conclusión clara y convincente de que episcopado y sacerdocio se desarrollaron en la Iglesia al margen de la Escritura y fueron más adelante justificados como parte del dogma. Todo parece hoy indicar que ha llegado la hora, para la Iglesia, de regresar a su ser propio y original” (H. Haag: “¿Qué Iglesia quería Jesús?”. Herder. Barcelona 1998. p. 14-15). Sin duda que la sinodalidad, impulsada por el papa Francisco, puede ser un buen impulso para “regresar al ser propio y original” de la Iglesia. 

La sinodalidad supone comunión en torno al Evangelio y capacidad para caminar juntos sin imposición, descubriendo entre todos lo que el Espíritu de Jesús sugiere. Los que se oponen a la sinodalidad son los infantilizados por el clericalismo y muchos del estamento clerical. La práctica de los sacramentos sólo les ha exigido dejarse llevar de la costumbre y pactar detalles con los dirigentes de sus iglesias. Bautizados sin conocimiento, llevados a la Eucaristía por una fiesta social, acostumbrados a callar y aceptar lo que dicen los clérigos, hoy sólo cabe esperar, de una inmensa mayoría, el infantil seguimiento o abandono eclesial. Está sucediendo. 

Muchos clérigos, sobre todo los más jóvenes, aceptan la Reforma gregoriana (s. XI): “Hay dos géneros de cristianos; uno ligado al servicio divino, constituido por los clérigos. El otro es el género de los cristianos al que pertenecen los laicos” (Decreto de Graciano, año 1140). Mentalidad que ha perdurado casi veinte siglos. A principios del siglo pasado, la dejó diáfana san Pío X: “La Iglesia es una sociedad desigual que comprende dos categorías de personas, los pastores y el rebaño; los que ocupan un puesto en los distintos grados de la jerarquía y la muchedumbre de los fieles. Estas categorías son tan distintas entre sí que solamente en el cuerpo pastoral residen el derecho y la autoridad necesaria para promover y dirigir los miembros hacia el fin de la sociedad. En cuanto a la multitud, no tiene otro deber sino dejarse conducir y, rebaño dócil, seguir a sus pastores” (Encíclica “Vehementer Nos” 1906). 

El Concilio Vaticano II logró cambiar el esquema inicial sobre la Iglesia. Renovó la eclesiología centrándola en la comunión del Pueblo de Dios, sacerdotal, profético y regio (LG 9ss). El bautismo nos constituye en “pueblo de Dios, hace partícipes de la función sacerdotal, profética y regia de Jesucristo, capacita para ejercer la misión de todo el pueblo cristiano en la Iglesia y en el mundo” (LG 31). Aunque hace ya más de medio siglo del Vaticano II, la Iglesia se sigue entendiendo como la comunidad de clérigos, con algunos adláteres ligados con votos. Los laicos siguen siendo receptores pasivos de la salvación dada por los clérigos. 

Investigaciones muy numerosas coinciden en que los “dirigentes” de las iglesias primeras no ejercían culto alguno, ni se les llamaba “sacerdotes”. Sus nombres, de origen profano, aludían a sus funciones: vigilantes-supervisores (epíscopos), mayores (presbíteros), servidores (diáconos y diáconas), viudas, maestros, guías… Supeditados a la comunidad que los elegía y a la que debían rendir cuentas, no eran vitalicios en contra de la voluntad de la comunidad. 

El proceso de “sacerdotalización” de los ministerios fue fruto, en gran medida, de querer demostrar la continuidad de la Nueva Alianza con la Antigua, negada por parte del gnosticismo (movimiento filosófico y teológico que fusiona principios orientales con ideas filosóficas griegas y doctrinas cristianas). Los gnósticos explican el bien y el mal, según la creencia maniquea -propuesta por el persa Maní-, como procedentes de dos principios distintos: el Ser supremo y el Demiurgo. Éste, eón del Ser supremo, quiso ser superior a él, se rebeló y fue arrojado del reino de la luz. Él es creador de la materia y del ser humano, y de la lucha constante entre el hombre y Dios; es el Dios del Antiguo Testamento. Las almas humanas, partes de luz divina encerradas en la materia, esperan ser rescatadas. Para ello es enviado Cristo, eón divino fiel al Ser supremo, comunicador del conocimiento (la gnosis) que libra de la materia y hace volver al Ser supremo. No salvan, pues, las buenas obras, sino el buen conocimiento. 

Contra la interpretación gnóstica, los cristianos tienen a Jesús por el Mesías aludido en la Ley y los Profetas. Continuidad de Dios, pero no de sacerdocio. El fundador del Nuevo Testamento, Jesús no es sacerdote del Templo. Reúne discípulos y forma una comunidad, familia de hermanos, basada en vivir la voluntad del Padre, el Reino de Dios, guiados por su Espíritu. Los apóstoles no usan poderes sacerdotales. De Pablo sabemos que participaba de la “fracción del pan” (He 20, 7), pero nada se sabe si la presidía. Sólo un escrito del Nuevo Testamento, la Carta de los Hebreos, interpreta la vida de Jesús como sacerdotal. Se trata de un sacerdocio existencial, vital, único, en el que se integran los bautizados. Los dirigentes son “guías” (egoumenoi”, nombrados por la comunidad y actúan colegialmente. Se encargan de anunciar de la Palabra y de ser ejemplares (Heb 13,7), “se desvelan por vuestro bien, sabiéndose responsables; así lo harán con alegría y sin lamentarse” (13,17). Sin función cultual. Nada se dice de la eucaristía, porque no se la consideraba entonces expresión o confirmación de la fe, ni como sustituta del culto judío. 

A finales del s. II, los guías eclesiales empiezan a distinguirse y recabar para sí un carácter sagrado, no evangélico. Se creen en continuidad con el sacerdocio antiguo: los obispos, los sumos sacerdotes; los presbíteros, sacerdotes; diáconos, levitas. Se elevan a categorías u órdenes. “Orden” en la cultura romana era una “clase social”. “Así, entre los siglos III y IV, en la Iglesia nació el clero. Y con el clero se marginó el Evangelio del centro de la Iglesia… El centro lo ocupó el clero… `El clero se volvió distinguido porque era privilegiado´” (Castillo: El Evangelio marginado. Desclèe de Brouwer. 2019. P. 70). 

Benedicto XVI utiliza esta continuidad sacerdotal para justificar la ley del celibato en la Iglesia. Alude a la “conciencia colectiva de Israel”: “La abstinencia sexual, en los periodos en que ejercían el culto y, por tanto, estaban en contacto con el misterio divino”, era un deber estricto de los sacerdotes judíos. Los sacerdotes judíos “solo debían consagrarse al culto durante determinados periodos”. Por ello “matrimonio y sacerdocio eran compatibles” en periodos no cultuales. Pero los sacerdotes del Nuevo Testamento tienen que celebrar la misa incluso a diario. Luego “toda su vida está en contacto diario con el misterio divino. 

Eso exige por su parte la exclusividad para Dios. Quedan excluidos, por tanto, los demás vínculos que, como el matrimonio, afectan a la totalidad de la vida. De la celebración diaria de la Eucaristía, que implica un estado permanente de servicio a Dios, nace espontáneamente la imposibilidad de un vínculo matrimonial. Se puede decir que la abstinencia sexual, que antes era funcional, se convierte por sí misma en una abstinencia ontológica.” (Desde lo más hondo de nuestros corazones. R. Sarah con J. Ratzinger, Benedicto XVI. Ed. Palabra. Madrid 2020. P. 50-52). Tesis negada expresamente por el Vaticano II: “el celibato no es exigido por la naturaleza misma del sacerdocio, según la práctica de la Iglesia primitiva (1Tim 3,2-5; Tit 1, 6) y la tradición de las Iglesias orientales…” (PO 16) 

La sinodalidad

La sinodalidad implica “ser Iglesia de otra manera” Rufo González

Comunión y sinodalidad son aceptadas por todos como paradigma de vida eclesial
Buen consejo, especialmente para los clérigos (obispos, presbíteros y diáconos): “o nos tomamos la sinodalidad en serio y aprendemos a ser Iglesia de otra manera o seremos responsables ante generaciones futuras -y ante nuestra propia conciencia cada día- de no haber sido capaces de cambiar el punto de referencia en la Iglesia y ayudarla a descentrarse de sí misma, para poner en su centro a Dios y su Palabra.

Lo que acabaría automáticamente con todas las formas de periferia y clericalismo” (entrevista de Aníbal Pastor a la teóloga española Cristina Inogés Sanz, integrante de la Comisión Metodológica del próximo Sínodo. Kairós News 09.08.2021).

Hay que cambiar el punto de referencia de la Iglesia, descentrándola del poder (el Código de Derecho Canónico) y centrándola en el Evangelio de Jesús. Es tesis común de teólogos y pastoralistas desde hace años. Es la convicción firme de José María Castillo, patente en su libro “Evangelio marginado”. Si la Palabra de Dios es su Hijo, Jesús de Nazaret, en el Evangelio está la referencia básica del camino y organización de “la Iglesia que Jesús quería”. Como escribió Juan de la Cruz, Dios siempre nos está diciendo: “si te tengo ya habladas todas las cosas en mi palabra, que es mi Hijo, y no tengo otra, ¿qué te puedo yo ahora responder o revelar que sea más que eso?; pon los ojos sólo en él, porque en él te lo tengo dicho todo y revelado, y hallarás en él aún más de lo que pides y deseas” (Subida del monte Carmelo, L. 2º, cap. 22, 5).

Cambiar el “punto de referencia, el centro” es cambiar el paradigma. Palabra que tiene como sinónimos: modelo, ejemplo o ejemplar, prototipo, arquetipo, canon, ideal. Nuestra Real Academia de la Lengua define paradigma como: “Teoría o conjunto de teorías cuyo núcleo central se acepta sin cuestionar y que suministra la base y modelo para resolver problemas y avanzar en el conocimiento”. Se sigue que lo importante del paradigma es el “núcleo central”. Si queremos analizar el paradigma de la Iglesia hay que delimitar bien su centro, las cualidades indispensables de “la Iglesia que Jesús quería”. ¿Podemos encontrar un “núcleo central, aceptado sin cuestionar” por todas las iglesias cristianas?

El problema grave es que el “núcleo central” de la Iglesia ha ido variando a través de los siglos. En el paradigma inicial, reflejado en el Nuevo Testamento, la Iglesia era la comunidad de los discípulos de Jesús. Todos eran llamados a discernir y decidir comunitariamente la voluntad del Cristo resucitado, partiendo de su Evangelio y vida. Toda la comunidad se creía iluminada y guiada por el Espíritu Santo. Aparece claro en la elección de los diáconos (He 6,1-6) y en la cuestión sobre las exigencias a los paganos que aceptaban el Evangelio, resueltas en el llamado “concilio de Jerusalén” (He 15; Gál 2, 1-10). Toda la comunidad cristiana, todos los bautizados, son actores con diversos roles según sus carismas y funciones. Un problema importante es puesto ante todos y escuchado por “toda la multitud” (He 15,12: πᾶν τὸ πλῆϑος). “Los apóstoles y los presbíteros con toda la Iglesia acordaron…” (He 15,22: σὺν ὅλῃ τῇ ἐκκλησία).

Todos se involucran en la decisión final: “Hemos decidido el Espíritu Santo y nosotros” (He 15,28). Lo mismo ocurre en la comunidad de Antioquía, que recibe la carta, la lee y se alegra de la alentadora decisión (He 15, 30-31). Todos observan la realidad. Ven la acción de Dios, acorde con la bondad de Jesús, en los frutos buenos. Discuten y escuchan los impulsos del Espíritu. El consenso se va haciendo presente en el Cuerpo de Cristo como proveniente del mismo Espíritu. En la Iglesia todos tienen idéntica dignidad por el bautismo (Gál 3,28; 1Cor 12,13), y todos deben cooperar en la misión de Jesús de acuerdo con “la gracia dada según la medida del don de Cristo” (Ef 4,7).

Comparto la opinión de X. Pikaza sobre el llamado “concilio de Jerusalén”:

“Este acuerdo fija el estilo de la organización cristiana. Por la declaración final (“nos ha parecido al Espíritu Santo y a nosotros”), sabemos que Dios (Espíritu Santo) se expresa en el diálogo y decisión de los creyentes (nosotros). La iglesia es una asamblea teologal: los hermanos se juntan, y dialogan los problemas a la luz del mensaje de Jesús, de manera que pueden afirmar y afirman que les asiste el Espíritu Santo. Es una asamblea participativa: Dios habla en el diálogo fraterno. Éste es el modelo cristiano de gobierno, en una iglesia que empieza a tener ya problemas. Ella no puede resolverlos mágicamente, ni apelar a una instancia exterior (oráculo de Dios, revelación privada o decisión particular de un dignatario).

Los hermanos deben reunirse y dialogar: sólo allí donde comparten la palabra, conforme al Evangelio y para bien de todos, se revela el Espíritu. Lucas ha desarrollado este acuerdo de Jerusalén como ejemplo de autoridad, expresando para siempre el sentido de la comunión eclesial. Éste es el primero y quizá el más importante de todos los “concilios”, pues no define un dogma especial, sino la base y comunión dialogal de la iglesia. Tras el concilio de Nicea (325 d. C.), las decisiones las tomarán sólo los obispos, cosa, en cierto modo, lógica, por los cambios de estructura eclesial. Pero al principio era distinto: no se reunieron obispos, sino apóstoles y presbíteros (paradójica mezcla), con delegados de las comunidades (Antioquía) y el conjunto de la iglesia (muchedumbre de Jerusalén)” (Blog de RD. 07.09.2008).

“Lo que afecta a todos debe ser tratado y decidido por todos”. Era un principio tradicional en la Iglesia en el primer milenio. En la comunidad hay tareas distintas, pero todos son responsables del todo unitario. Este era el sentido de las reuniones eclesiales, llamadas “sínodos” (“camino con”), porque en ellas se elegía un “camino conjunto” para encontrar una solución conjunta. Los sínodos se hacían a todos los niveles: comunidades pequeñas (ermitaños, monjes…), parroquias, diócesis, región, nación, universal. Es en el siglo XIII (conc. Lateranense IV, 1215) cuando se reduce la participación a obispos y superiores de Órdenes. En Trento (1545-1563) se hace exclusivo de los obispos. Ya había cambiado el paradigma esencial de la Iglesia: de la comunión en el ser, sentir, creer… y en el actuar, caminar… (koinonía y sinodalidad) se había pasado a la separación entre jerarquía y pueblo, clérigos y laicos. Se había roto la comunión y la sinodalidad. Esta ruptura se inició en los siglos III y IV. Hoy, tras el Vaticano II, nadie duda de la ruptura y de la necesidad de volver a las fuentes.

El Vaticano II recobra el paradigma original de la Iglesia, Pueblo de Dios. “El Espíritu Santo con diversos dones jerárquicos y carismáticos dirige y enriquece con todos sus frutos a la Iglesia, a la que guía hacia toda verdad y unifica en comunión y ministerio” (LG 4). Sabemos que con el “sentido de la fe”, suscitado y sostenido por el Espíritu de la verdad, el Pueblo de Dios “se adhiere indefectiblemente a la fe dada de una vez para siempre a los santos (Jud 3); penetra profundamente con rectitud de juicio y la aplica más íntegramente en la vida” (LG 12). Solicitar al Espíritu que ilumine el camino, fiarse de las personas, pedir y recibir con gusto propuestas que estén conformes con el Evangelio y respetarlas…, aunque no coincidan con nuestra opinión, no está reñido con nuestra Revelación ni con el Magisterio que conserva y actualiza la Revelación. Al revés, es un acto de confianza, de fe en los sencillos a los que el Padre se revela, según lo vivenciaba Jesús mismo (Lc 10, 21). Comunión y sinodalidad son principios aceptados hoy por todos como paradigma de vida eclesial.

La sinodalidad implica ser Iglesia de otra manera

Comunión y sinodalidad son aceptadas por todos como paradigma de vida eclesial

Por Rufo González

Buen consejo, especialmente para los clérigos (obispos, presbíteros y diáconos): “o nos tomamos la sinodalidad en serio y aprendemos a ser Iglesia de otra manera o seremos responsables ante generaciones futuras -y ante nuestra propia conciencia cada día- de no haber sido capaces de cambiar el punto de referencia en la Iglesia y ayudarla a descentrarse de sí misma, para poner en su centro a Dios y su Palabra. Lo que acabaría automáticamente con todas las formas de periferia y clericalismo” (entrevista de Aníbal Pastor a la teóloga española Cristina Inogés Sanz, integrante de la Comisión Metodológica del próximo Sínodo. Kairós News 09.08.2021).

Hay que cambiar el punto de referencia de la Iglesia, descentrándola del poder (el Código de Derecho Canónico) y centrándola en el Evangelio de Jesús. Es tesis común de teólogos y pastoralistas desde hace años. Es la convicción firme de José María Castillo, patente en su libro “Evangelio marginado”. Si la Palabra de Dios es su Hijo, Jesús de Nazaret, en el Evangelio está la referencia básica del camino y organización de “la Iglesia que Jesús quería”. Como escribió Juan de la Cruz, Dios siempre nos está diciendo: “si te tengo ya habladas todas las cosas en mi palabra, que es mi Hijo, y no tengo otra, ¿qué te puedo yo ahora responder o revelar que sea más que eso?; pon los ojos sólo en él, porque en él te lo tengo dicho todo y revelado, y hallarás en él aún más de lo que pides y deseas” (Subida del monte Carmelo, L. 2º, cap. 22, 5).

Cambiar el “punto de referencia, el centro” es cambiar el paradigma. Palabra que tiene como sinónimos: modelo, ejemplo o ejemplar, prototipo, arquetipo, canon, ideal. Nuestra Real Academia de la Lengua define paradigma como: “Teoría o conjunto de teorías cuyo núcleo central se acepta sin cuestionar y que suministra la base y modelo para resolver problemas y avanzar en el conocimiento”.  Se sigue que lo importante del paradigma es el “núcleo central”. Si queremos analizar el paradigma de la Iglesia hay que delimitar bien su centro, las cualidades indispensables de “la Iglesia que Jesús quería”. ¿Podemos encontrar un “núcleo central, aceptado sin cuestionar” por todas las iglesias cristianas?

El problema grave es que el “núcleo central” de la Iglesia ha ido variando a través de los siglos. En el paradigma inicial, reflejado en el Nuevo Testamento, la Iglesia era la comunidad de los discípulos de Jesús. Todos eran llamados a discernir y decidir comunitariamente la voluntad del Cristo resucitado, partiendo de su Evangelio y vida. Toda la comunidad se creía iluminada y guiada por el Espíritu Santo. Aparece claro en la elección de los diáconos (He 6,1-6) y en la cuestión sobre las exigencias a los paganos que aceptaban el Evangelio, resueltas en el llamado “concilio de Jerusalén” (He 15; Gál 2, 1-10). Toda la comunidad cristiana, todos los bautizados, son actores con diversos roles según sus carismas y funciones. Un problema importante es puesto ante todos y escuchado por “toda la multitud” (He 15,12: πᾶν τὸ πλῆϑος). “Los apóstoles y los presbíteros con toda la Iglesia acordaron…” (He 15,22: σὺν ὅλῃ τῇ ἐκκλησία). Todos se involucran en la decisión final: “Hemos decidido el Espíritu Santo y nosotros” (He 15,28). Lo mismo ocurre en la comunidad de Antioquía, que recibe la carta, la lee y se alegra de la alentadora decisión  (He 15, 30-31). Todos observan la realidad. Ven la acción de Dios, acorde con la bondad de Jesús, en los frutos buenos. Discuten y escuchan los impulsos del Espíritu. El consenso se va haciendo presente en el Cuerpo de Cristo como proveniente del mismo Espíritu. En la Iglesia todos tienen idéntica dignidad por el bautismo (Gál 3,28; 1Cor 12,13), y todos deben cooperar en la misión de Jesús de acuerdo con “la gracia dada según la medida del don de Cristo” (Ef 4,7).

Comparto la opinión de X. Pikaza sobre el llamado “concilio de Jerusalén”:

“Este acuerdo fija el estilo de la organización cristiana. Por la declaración final (“nos ha parecido al Espíritu Santo y a nosotros”), sabemos que Dios (Espíritu Santo) se expresa en el diálogo y decisión de los creyentes (nosotros). La iglesia es una asamblea teologal: los hermanos se juntan, y dialogan los problemas a la luz del mensaje de Jesús, de manera que pueden afirmar y afirman que les asiste el Espíritu Santo. Es una asamblea participativa: Dios habla en el diálogo fraterno. Éste es el modelo cristiano de gobierno, en una iglesia que empieza a tener ya problemas. Ella no puede resolverlos mágicamente, ni apelar a una instancia exterior (oráculo de Dios, revelación privada o decisión particular de un dignatario). Los hermanos deben reunirse y dialogar: sólo allí donde comparten la palabra, conforme al Evangelio y para bien de todos, se revela el Espíritu. Lucas ha desarrollado este acuerdo de Jerusalén como ejemplo de autoridad, expresando para siempre el sentido de la comunión eclesial. Éste es el primero y quizá el más importante de todos los “concilios”, pues no define un dogma especial, sino la base y comunión dialogal de la iglesia. Tras el concilio de Nicea (325 d. C.), las decisiones las tomarán sólo los obispos, cosa, en cierto modo, lógica, por los cambios de estructura eclesial. Pero al principio era distinto: no se reunieron obispos, sino apóstoles y presbíteros (paradójica mezcla), con delegados de las comunidades (Antioquía) y el conjunto de la iglesia (muchedumbre de Jerusalén)” (Blog de RD. 07.09.2008). 

“Lo que afecta a todos debe ser tratado y decidido por todos”. Era un principio tradicional en la Iglesia en el primer milenio. En la comunidad hay tareas distintas, pero todos son responsables del todo unitario.  Este era el sentido de las reuniones eclesiales, llamadas “sínodos” (“camino con”), porque en ellas se elegía un “camino conjunto” para encontrar una solución conjunta. Los sínodos se hacían a todos los niveles: comunidades pequeñas (ermitaños, monjes…), parroquias, diócesis, región, nación, universal. Es en el siglo XIII (conc. Lateranense IV, 1215) cuando se reduce la participación a obispos y superiores de Órdenes. En Trento (1545-1563) se hace exclusivo de los obispos. Ya había cambiado el paradigma esencial de la Iglesia: de la comunión en el ser, sentir, creer… y en el actuar, caminar… (koinonía y sinodalidad) se había pasado a la separación entre jerarquía y pueblo, clérigos y laicos. Se había roto la comunión y la sinodalidad. Esta ruptura se inició en los siglos III y IV. Hoy, tras el Vaticano II, nadie duda de la ruptura y de la necesidad de volver a las fuentes.

El Vaticano II recobra el paradigma original de la Iglesia, Pueblo de Dios. “El Espíritu Santo con diversos dones jerárquicos y carismáticos dirige y enriquece con todos sus frutos a la Iglesia, a la que guía hacia toda verdad y unifica en comunión y ministerio” (LG 4).  Sabemos que con el “sentido de la fe”, suscitado y sostenido por el Espíritu de la verdad, el Pueblo de Dios “se adhiere indefectiblemente a la fe dada de una vez para siempre a los santos (Jud 3); penetra profundamente con rectitud de juicio y la aplica más íntegramente en la vida” (LG 12). Solicitar al Espíritu que ilumine el camino, fiarse de las personas, pedir y recibir con gusto propuestas que estén conformes con el Evangelio y respetarlas…, aunque no coincidan con nuestra opinión, no está reñido con nuestra Revelación ni con el Magisterio que conserva y actualiza la Revelación. Al revés, es un acto de confianza, de fe en los sencillos a los que el Padre se revela, según lo vivenciaba Jesús mismo (Lc 10, 21). Comunión y sinodalidad son principios aceptados hoy por todos como paradigma de vida eclesial.

«La fuerza y el don de las mujeres»

“Hay comunidades que se han sostenido y han transmitido la fe… sin que algún sacerdote pasara por allí, aun durante décadas”

Rufo González

El domesticado “sueño eclesial” (6): “La fuerza y el don de las mujeres”
Crecen las contradicciones con el Evangelio y la Tradición viva
Las mujeres ejercen ministerios en la Amazonía. Lo reconoce el texto papal: “hay comunidades que se han sostenido y han transmitido la fe… sin que algún sacerdote pasara por allí, aun durante décadas.. Gracias a la presencia de mujeres..: bautizadoras, catequistas, rezadoras, misioneras, ciertamente llamadas e impulsadas por el Espíritu Santo. Durante siglos las mujeres mantuvieron a la Iglesia en pie en esos lugares con admirable entrega y ardiente fe. Ellas mismas, en el Sínodo, nos conmovieron a todos con su testimonio” (n. 99). Claro está que sin “ordenación” sacramental clerical.

La Iglesia, es verdad, no son “estructuras funcionales”. La Iglesia es el Pueblo de Dios, las comunidades cristianas, “reino y sacerdotes para Dios, su Padre” (Apoc 1, 6). Los ministerios son funciones o actividades de servicio a la Iglesia. Pero la verdad es que algunos servidores (“ministros”) se han creído ellos la Iglesia, se han adueñado como los grandes señores, prelados, eminencias… Se han apropiado del “clero” (parte o suerte de Dios, que somos los bautizados). Han convertido el sacramento del Orden en exclusivo de los varones. Sólo ellos pueden aspirar a diversos grados ministeriales: diáconos, presbíteros, obispos (con categorías: arzobispos, cardenales, papas).

El cambio cultural femenino no puede aplicarse en la Iglesia. Su ley impide a las mujeres algunos ministerios, reservados a los varones. Esto es contrario a la cultura actual. Los clérigos no quieren cambiar sus leyes ancestrales, que interpretan como voluntad divina. Dedican sus esfuerzos a hacernos creer que el cambio cultural de las mujeres, no puede aplicarse al ámbito eclesial. Este cambio, dicen, contradice la voluntad de Dios, expresada en la práctica de Jesús. Seguir leyendo