La Fase Continental del Sínodo  “abre horizontes de esperanza”

“Ensancha el espacio de tu tienda” (1)

Por Rufo González

Hace unos días, el 27 de octubre pasado, se publicaba el “Documento para la Fase Continental del Sínodo”. Su lectura me ha producido esperanza. Cierto, como han dicho los presentadores, que no es la conclusión sinodal, ni tiene valor magisterial, ni es resultado de una encuesta científica, ni propone estrategias, objetivos o ideas teológicas ya logradas. Sólo es un documento “orientativo, de trabajo, de referencia para la nueva etapa del proceso sinodal”. Pero documento de mucha verdad, habla llana, provocativo para la Iglesia y la gente de nuestro tiempo. Intentaré comentarlo en post sucesivos.

A entenderlo mejor me ha servido la entrevista del L’Osservatore Romano (28.10.2022) al Relator general del Sínodo, cardenal Jean-Claude Hollerich. También me han ayudado las intervenciones en la Conferencia de prensa de presentación del documento: cardenal Mario Grech, Secretario General del Sínodo, los ponentes (el profesor de Teología en el Instituto Universitario «Sophia» de los Focolares, Piero Coda; el jesuita Giacomo Costa, consultor de la Secretaría General del Sínodo y Jefe del Grupo de Trabajo para elaborar el Documento) y la experta en comunicación Anna Rowlands. También se conectó desde Japón el cardenal Hollerich (Cf. Salvatore Cernuzio – Ciudad del Vaticano 28.10.2022).

El Relator general del Sínodo,Jean-Claude Hollerich, es arzobispo de Luxemburgo, presidente de la Comisión de las Conferencias Episcopales de la Comunidad Europea y vicepresidente del Consejo de las Conferencias Episcopales de Europa. Le dicen “liberal”. No comparto esta apreciación. Le creo un creyente “radical” del Evangelio. Lo esencial es atenerse al Evangelio: “Hemos decidido, el Espíritu Santo y nosotros, no imponeros más cargas que las indispensables” (He 15,28). Veamos algunas declaraciones suyas.

– En el periódico la Croix International (24.01.2022), dice: “hay que preguntarse con franqueza si un sacerdote debe ser necesariamente célibe. Tengo una opinión muy alta del celibato. Pero, cabe demandarse: ¿es esencial? He casado a diáconos en mi diócesis que ejercen el diaconado de forma maravillosa, hacen homilías con las que de verdad tocan a las personas: más fuertemente que nosotros célibes. ¿Por qué no tener también sacerdotes casados? Si un sacerdote no puede vivir esta soledad, hay que entenderlo, no condenarlo”. Ésto es “anular el mandamiento de Dios por mantener vuestra tradición” (Mc 7,9).

– La doctrina católica de la homosexualidad: “Creo que el fundamento sociológico -científico de esta enseñanza ya no es cierto… Es hora de hacer una revisión fundamental de la doctrina… El Santo Padre dice que la Iglesia no puede aceptar el matrimonio entre personas del mismo sexo, pero sí puede apoyar leyes de uniones civiles destinadas a dar a las parejas homosexuales derechos conjuntos de pensiones, atención médica, herencia… Es un error despedir a trabajadores de la Iglesia por ser gays” (KNA 03.02.2.2022).

– Sobre la orientación del Sínodo, en una entrevista del L’Osservatore Romano (28 octubre 2022): “la fase de preparación… pone de manifiesto la urgencia de un cambio de ritmo en la pastoral: siendo firmes en el Evangelio, debemos ser capaces de anunciarlo al hombre de hoy, que lo ignora mayoritariamente. Esto implica una disposición a dejarnos transformar también nosotros mismos”.

Me parecen muy provocativas, en el mejor sentido de la palabra (pro-vocación: llamada en favor) estas afirmaciones del cardenal: “no hablamos lo suficiente de la misión de la Iglesia. Que es proclamar el Evangelio… Somos observados y evaluados en el mundo por cómo vivimos el Evangelio… Lo que importa es la coherencia con el Evangelio… Los que están fuera de la Iglesia a veces entienden mejor el Evangelio que los que están dentro de ella”. Estas frases recuerdan a Soren Kierkegaard, el pensador cristiano que sufría “un terrible dolor oculto: la convicción de que ni la Iglesia ni los creyentes quieren atender al Evangelio… El cristianismo sólo puede practicarse a imitación de Cristo”. Se consideraba un “espía al servicio del Dios”, que descubre el pecado de las Iglesias: llamarse cristianas sin serlo. Dice que cuando lo ridículo no provoca risa es porque lo consideramos lógico y natural. Es una hipocresía inhumana y, por supuesto, evangélica. Sucede en una catedral de su tiempo: “comparece el ilustrísimo, reverendísimo Predicador privado general superior de la Corte, el joven elegido por el mundo ilustre; comparece ante un círculo elegido, entre elegidos, y predica conmovido sobre un texto que él ha elegido: `Dios ha elegido a lo vil y lo menospreciado del mundo´ (1Cor 1,28). Y no hay nadie que se ría” (El instante. Madrid. Trotta. 2012, p. 95). Tal anomalía sigue ocurriendo ante los títulos y vestimentas pintorescos de los jerarcas de la Iglesia. Llaman a un ser humano: Santidad, Eminencia, Beatitud…, “¡y no hay nadie que se ría!”. La risa viene en el libre carnaval.

Como Relator denuncia: “en las dificultades registradas en los sínodos de los distintos países ha influido una cierta defensa instintiva de su estatus por parte del clero y, por otro lado, una persistente actitud delegadora por parte de los laicos… El sacerdocio bautismal no quita nada al sacerdocio ministerial… Todos los sacerdotes debemos entender que no hay sacerdocio ministerial sin un sacerdocio universal de los cristianos, porque se origina en éste. Soy muy consciente de que la dificultad de asimilar un concepto, al fin y al cabo tan elemental, se ve entorpecida por una formación sacerdotal que aún persiste en una `diversidad ontológica´ que no existe. Los teólogos deben ponerse a trabajar en esto y dar definiciones más certeras en torno al tema del carácter, y la gracia sacramental… La formación debe consistir en ser capaz de vivir el Evangelio hoy de forma radical”.

Es cierto que el clero adicto a la vestimenta clerical, como muchos obispos, están contra la sinodalidad. Tienen mucha responsabilidad de la “persistente actitud delegadora por parte de los laicos”. Su clericalismo: “anula la personalidad de los cristianos, disminuye y desvaloriza la gracia bautismal…, lleva a la funcionalización del laicado tratándolo como `mandaderos´, coarta distintas iniciativas, esfuerzos y osadías… necesarios para llevar la Buena Nueva del Evangelio…, poco a poco apaga el fuego profético que la Iglesia toda está llamada a testimoniar…, olvida que la visibilidad y la sacramentalidad de la Iglesia pertenece a todo el Pueblo de Dios, y no solo a unos pocos elegidos e iluminados” (Carta de Francisco al Cardenal M. A. Ouellet. Vaticano, 19 marzo 2016).

“Si la gente percibe la autoridad del obispo o del párroco como `poder´, entonces tenemos un problema. Porque estamos ordenados para un ministerio, para un servicio. La autoridad no es el poder”. Esta es una contradicción evidente con el Evangelio. El mismo Código canónico avala tal poder hasta el punto de convertir todo “Consejo” eclesial en meramente consultivo, y siempre a voluntad episcopal, incluso su existencia.

“No quiero sonar duro, pero francamente, nuestro trabajo pastoral habla de un hombre que ya no existe… Los jóvenes dejan de considerar el Evangelio, si tienen la impresión de que estamos discriminando. Para ellos hoy el valor más alto es la no discriminación. No sólo la de género, sino también la de etnia, origen, clase social. Se enfadan mucho por la discriminación”. Pues la discriminación en la Iglesia es abundante. La mujer, por mujer, no tiene los mismos derechos que el varón, pese a ser “uno en Cristo”. Los casados no pueden representar a “Cristo cabeza” en la Iglesia occidental. Los nombramientos de responsables comunitarios son fruto del “dedo” del responsable anterior, etc. etc.

Democratizar la Iglesia, camino para hacerla más comunión (8)

¿Cuándo se devolverá al Pueblo cristiano la voz y el voto?

Por Rufo González

El papa Francisco insiste mucho en la centralidad del Pueblo de Dios, dada en la unción o consagración bautismal. El clero la ha deformado haciéndose él el centro de la Iglesia. En una Carta al cardenal Ouellet dice: “El Santo Pueblo fiel de Dios está ungido con la gracia del Espíritu Santo. A la hora de reflexionar, pensar, evaluar, discernir, debemos estar muy atentos a esta unción… Una de las deformaciones más fuertes es el clericalismo:

– Esta actitud no sólo anula la personalidad de los cristianos, sino que tiene una tendencia a disminuir y desvalorizar la gracia bautismal que el Espíritu Santo puso en el corazón…

– El clericalismo lleva a la funcionalización del laicado; tratándolo como `mandaderos´, coarta distintas iniciativas, esfuerzos y hasta me animo a decir, osadías… necesarios para poder llevar la Buena Nueva del Evangelio a todos los ámbitos…

– El clericalismo lejos de impulsar los distintos aportes, propuestas, poco a poco apaga el fuego profético que la Iglesia toda está llamada a testimoniar…

– El clericalismo olvida que la visibilidad y la sacramentalidad de la Iglesia pertenece a todo el Pueblo de Dios (cfr. LG 9-14). Y no solo a unos pocos elegidos e iluminados” (Carta al Cardenal M. A. Ouellet. Vaticano, 19 marzo 2016).

En una homilía en Santa Marta, al mes siguiente, el Papa va más allá. Comenta Hechos de los Apóstoles 15,7-21: “El camino de la Iglesia es este: reunirse, unirse, escucharse, discutir, rezar y decidir. Esta es la llamada sinodalidad de la Iglesia, en la que se expresa la comunión de la Iglesia. ¿Y quién hace la comunión? ¡Es el Espíritu!… ¿Qué nos pide el Señor? Docilidad al Espíritu. No tener miedo, cuando vemos que el Espíritu es quien nos llama” (Homilía, jueves 5ª semana de Pascua; 28 abril 2016). En la carta al Card. Ouellet habla de “reflexionar, pensar, evaluar, discernir” con el Pueblo de Dios. En Santa Marta añade: “decidir”. Concuerda con el texto revelado: “Toda la asamblea hizo silencio para escuchar… Entonces los apóstoles y los presbíteros con toda la Iglesia acordaron elegir… Hemos decidido, el Espíritu Santo y nosotros” (He 15, 12.22.28). Decidir comunitario. Esta es la “clave-llave” cuya exclusividad el clero no quiere soltar.

Sin encauzar bien los servicios eclesiales, llamados lujosamente ministerios, resulta poco creíble evangelizar hoy. La Iglesia debe ser comunión. Más que democracia, pero con democracia incluida. Los servicios-ministerios son precisos para la comunión. El Espíritu, que suscita carismas para el servicio, deja libertad para elegir servidores. Toda la comunidad (no sólo quien preside) puede tomar parte en la elección. El modo vigente de gobierno eclesial no es ejemplar para las sociedades actuales. Máxime cuando el Evangelio no prohíbe el control de la comunidad en su estructura y función. Tiene que haber apóstoles, profetas, maestros…, evangelio, sacramentos, comunidad, Espíritu… Esto debe ser respetado y promovido en comunidad. Desde el Papa hasta el párroco se han adueñado de las comunidades. A merced de su voluntad, como si fuera la divina. Han impuesto leyes -Código de Derecho Canónico- sin control comunitario. Leyes que no hay modo de cambiar, aunque la mayoría eclesial lo quiera. Ni siquiera permiten su discusión pública. Este proceder contradice el espíritu evangélico: “los jefes de las naciones las dominan y los grandes les imponen su autoridad. Se hacen llamar bienhechores. Nos será así entre vosotros…” ( Mt 20, 25s; Lc 22, 25s; Mc 10, 42s).

Estas actuaciones están hoy prohibidas en la Iglesia: – “Les repartieron suertes, le tocó a Matías, y lo asociaron a los once apóstoles” (He 1,26). – “Por tanto, hermanos, escoged a siete de vosotros, hombres de buena fama, llenos de espíritu y de sabiduría, y los encargaremos de esta tarea... La propuesta les pareció bien a todos y eligieron a” (He 6, 3-6). – “Entonces los apóstoles y los presbíteros con toda la Iglesia acordaron elegir a algunos de ellos para mandarlos a” (He 15, 22). Un papa benévolo, un obispo tolerante, un párroco bondadoso… puede permitir una consulta. Pero si no quieren, ni los horarios de misa puede decidir una parroquia. El servidor (que se hace llamar mucho más que “bienhechor”: hasta “santidad, eminencia, beatitud…”) manda más que los señores. El Consejo Pastoral, si el obispo o párroco permiten su existencia, sólo es consultivo. Así se perpetúan en el poder, aunque sean aborrecidos por la mayor parte de los fieles.

Hoy resulta inaudito leer lo que escribía san Cipriano (s. III): “El pueblo, obediente a los mandatos del Señor, debe apartarse de un obispo pecador…, dado que tiene el poder para elegir obispos dignos y recusar a los indignos… Sabemos que viene de origen divino el elegir al obispo en presencia del pueblo, a la vista de todos, para que todos lo aprueben como digno e idóneo… Se ha de cumplir y mantener con diligencia, según la enseñanza divina y la práctica de los Apóstoles, lo que se observa entre nosotros y en casi todas las provincias: que, para celebrar las ordenaciones rectamente, allí donde ha de nombrarse un obispo para el pueblo, deben reunirse todos los obispos próximos de la provincia, y debe elegirse el obispo ante el pueblo, que conoce la vida y la conducta de cada uno, por convivir y tratar con él” (Carta 67, 3, 2; 4, 1; 5, 1).

También es inaudito hoy la testificación de San Celestino (422-432): “Ningún obispo sea dado a quienes no lo quieran. Búsquese el deseo y el consentimiento del clero, del pueblo y del orden establecido. Y sólo se elija a alguien de otra iglesia cuando en la ciudad para la que se busca obispo no se encuentre a nadie digno de ser consagrado (lo cual no creemos que ocurra)” (Carta de Celestino I a los obispos de Vienne, PL 50, 434).

El papa León Magno (440-461)a pesar de su mentalidad centralizadora (la concepción de la autoridad papal del Vaticano I está en los escritos de este papa), no eliminó el papel del clero y el pueblo para elegir obispos. Tenía claro que la elección comunitaria era “elección de Dios” y que “elegir sin contar con el pueblo es elegir sin contar con Dios”, según la feliz expresión de san Cipriano: “el mismo Dios manifiesta cómo le disgustan los nombramientos que no proceden de justa y regular elección, al decir por el Profeta: `se eligieron su rey sin contar conmigo´ (Os 8, 4)” (S. Cipriano, carta 67). Leamos tres textos de este Papa del siglo V:

  1. a) “Guardar las reglas de los Padres es esperar los deseos de los ciudadanos y el testimonio del pueblo, buscar el juicio de los honorables y la elección de los clérigos… Al que es conocido y aceptado se le deseará la paz, mientras que al desconocido de fuera habrá que imponerlo por la fuerza… Por ello, manténgase la votación de los clérigos, el testimonio de los honorables y el consentimiento del orden (cargo público) y del pueblo. El que debe presidir a todos debe ser elegido por todos” (Carta 10 PL 54, 632-634).
  2. b) “Declaramos que no le es lícito a ningún metropolitano ordenar obispos a su gusto, sin el consentimiento del clero y del pueblo. Ha de poner al frente de la iglesia de Dios a quien haya sido elegido por el consentimiento de la ciudadanía” (Carta 13. PL 54, 665).
  3. c) “Cuando haya que elegir a un obispo, prefiérase entre todos los candidatos a aquel que demande el consenso del clero y el pueblo… Y que nadie sea dado como obispo a quienes no le quieren o le rechazan, no sea que los ciudadanos acaben despreciando, u odiando, a un obispo no deseado, y se vuelvan menos religiosos de lo que conviene porque no se les permitió tener al que querían” (Carta 14. PL 54, 673

El divorcio entre clérigos y laicos en la Iglesia

Los clérigos: elegidos por la comunidad y obligados a dar cuenta de su servicio

Rufo González

Democratizar la Iglesia, camino para hacerla más comunión (4)
Cuando todos se sentían “laicos” (“laos” = pueblo), miembros del nuevo “Pueblo”, no existía “divorcio” entre el clero y el resto del Pueblo de Dios. Los “servidores” (apóstoles, profetas, maestros, cuidadores, asistentes, dirigentes…), eran elegidos y controlados por la comunidad. Pronto, al concentrar el poder en pocas manos, cayeron en la tentación de hacerse “señores”.

Como los labradores de la parábola de Jesús (Mt 21,33-46), poco a poco se saltaron las advertencias del Evangelio para hacerse “dueños de la viña”. Pronto permiten y exigen “ser reconocidos como jefes y grandes, tiranizan, oprimen, dominan, se hacen llamar bienhechores (y mucho más: santidad, beatitud, eminencia, excelencia…). “No será así entre vosotros, vosotros no hagáis así… Sed servidores, esclavos de todos. El Hijo del hombre no ha venido a ser servido sino a servir y a dar su vida en rescate por muchos. Pues yo estoy en medio de vosotros como el que sirve” (Mt 20,25; Mc 10,42-45; Lc 22,25-27). Así se inició el divorcio entre clérigos y laicos.

Los clérigos no han tenido inconveniente en marginar a quien no acepta sus leyes: “Maestro, hemos visto a uno que echaba demonios en tu nombre, y se lo hemos querido impedir, porque no viene con nosotros… No se lo impidáis, porque quien hace un milagro en mi nombre no puede luego hablar mal de mí. El que no está contra nosotros está a favor nuestro” (Mc 9,38-40; Lc 9,49-50). A veces incluso se han atrevido a pedir: “Señor, ¿quieres que digamos que baje fuego del cielo que acabe con ellos?” (Lc 9,54). No escucharon la regañina de Jesús (Lc 9,55).

Colaboraron y bendijeron el “fuego del cielo”: Esto ha escrito un papa a un obispo: “No consideramos que sean homicidas los que, ardiendo en el celo de su católica madre contra los excomulgados, resulte que han destrozado a algunos de ellos…” (Urbano II: Epist. 132. PL 151, 394). Y en 1520, el papa León X “condena, reprueba y rechaza” (DS 1.492) esta proposición atribuida a Lutero: “quemar herejes es contra la voluntad del Espíritu Santo” (DS 1.483, D 773). “Semejante atrocidad se encuentra recogida todavía en el Denzinger, libro titulado El Magisterio de la Iglesia” comenta González Faus (La autoridad de la verdad. Sal Terrae 2006. P. 80).

Olvidaron que todos los bautizados son “piedras vivas, edificio espiritual destinado a ser sacerdocio santo para ofrecer sacrificios espirituales, aceptos a Dios por medio de Jesucristo…, raza elegida, sacerdocio regio, nación santa, pueblo patrimonio de Dios” (1Pe 2,5.9). Estas “piedras vivas” las han hecho pasar por “piedras inertes”, “simplemente laicos”, “reducidos” en relación a los clérigos, “pueblerinos”: cristianos sin voz, sin poder opinar ni decidir, sólo obedientes a los servidores. Pío X: “La Iglesia es por su naturaleza una sociedad desigual; comprende dos categorías de personas: los pastores y la grey. Sólo la jerarquía mueve y dirige… El deber de la grey es aceptar ser gobernada (más cruel es el original: “gubernari se pati”: sufrir ser gobernada) y cumplir sumisamente las órdenes de quienes la rigen” (Enc. “Vehementer nos” al clero y pueblo de Francia.1906).

Han logrado trastocar dos palabras: “laico” y “clero”. La primera (miembro del Pueblo) la aplican sólo a los cristianos de segundo orden, como si los clérigos no fueran Pueblo. La segunda (“clero”) se la aplican sólo a ellos, los servidores del Pueblo de Dios. Contra el Nuevo Testamento que considera a los bautizados “clero de Dios” (“parte, suerte, herencia, heredad…”): “kleronomoi” (Gál 3,29; Rm 8,17), “eklerozemen” (Ef 1,11), “kleronomías” (Ef 1,14; He 20,32), “ton kléron” (He 26,18; 1Pe 5,3); “tou klerou ton hagíon” (Col 1,12: “clero de los santos”). Silencian textos tan claros como: “linaje elegido, un sacerdocio real, nación santa, pueblo adquirido por Dios…” (1Pe 2, 9-10). Y no conformes sólo con eso, los clérigos se convierten en pirámide graduada de poder, se eligen a sí mismos y no están obligados a dar cuenta de su servicio. Ponen barreras: ropas y distinciones pintorescas, indignas del que no tenía dónde reclinar la cabeza. Los más importantes se dotan hasta de “escudo de armas” como la nobleza mundana.

La “consagración” bautismal ha sido arrinconada. Poca gente sabe que el bautismo es la consagración fundamental, más importante, la que nos hace “sacerdotes” de la Nueva Alianza, “otros Cristos”. Los primeros cristianos tenía clara conciencia, recibida en la catequesis previa al bautismo: “Bautizados en Cristo y revestidos de Cristo, habéis sido hechos semejantes al Hijo de Dios. Porque Dios nos predestinó para la adopción, nos hizo conformes al cuerpo glorioso de Cristo. Hechos, por tanto, partícipes de Cristo, con toda razón os llamáis `cristos´; y Dios mismo dijo de vosotros: `no toquéis a mis cristos´” (S. IV. De las Catequesis de Jerusalén, cat. 21, Mystagogica 3, 1-3: PG 33, 1087-1091).

El clero termina por ser “la Iglesia”. En cierto modo se han convertido en “ocupas” de la “Iglesia”. Resaltan más su “consagración”, secundaria, servicial o ministerial. Asumen solos toda la misión evangelizadora, sacerdotal, deliberadora y decisoria del Pueblo de Dios. Los que eran servidores del Pueblo sacerdotal se han hecho señores (“monseñores”), sacerdotes por encima del sacerdocio común. Su “sacerdocio ministerial”, “servicial”, para fomentar y coordinar el ejercicio sacerdotal de todos, ha anulado en la práctica al original y primer sacerdocio cristiano. Ha tenido que venir el Vaticano II para afirmar solemnemente que: “los sagrados pastores saben que ellos no fueron constituidos por Cristo para asumir por sí solos toda la misión salvífica de la Iglesia cerca del mundo, sino que su excelsa función es apacentar de tal modo a los fieles y reconocer sus servicios y carismas, que todos, a su modo, cooperen unánimemente a la obra común” (LG 30).

Hay que recuperar la primacía de la comunidad poniendo el sacerdocio ministerial al servicio del sacerdocio común, ontológicamente primario, perteneciente a todo el Pueblo de Dios. Ciertamente ambos sacerdocios son uno solo. El ministerial recuerda a Cristo, cabeza, que hace posible el que todo su Pueblo sea y viva el sacerdocio único de Jesús. Sirve al Pueblo representando a Cristo en medio de los suyos, pero sabiendo que él es también Pueblo. Tiene la misma dignidad. Desempeña una función distinta entre otras funciones y carismas que el Espíritu concede a otros miembros de su Pueblo. Coordina la actividad y ayuda a que todos podamos ser parte activa y desarrollemos el sacerdocio originario del Bautismo y de la Confirmación. Pueden ser elegidos por la comunidad y rendirle cuentas. Así puede superarse el divorcio actual entre pastores y pueblo.

Creo acertado al teólogo chileno, Jorge Costadoat, SJ, al escribir: “El asunto de fondo es que la participación y la comprensión de los fenómenos que nutren la enseñanza y la toma de decisiones en la Iglesia es prerrogativa prácticamente exclusiva de los sacerdotes. El cristianismo sacerdotal… genera clericalismo y un sinfín de otros problemas… El común de los católicos… no tienen ninguna participación en la generación de las decisiones más importantes de su Iglesia.

Estas son obra de un estamento sacerdotal que se elige a sí mismo y no se siente obligado a dar cuenta a nadie del desempeño de sus funciones. Los obispos y sacerdotes son los “elegidos” por Dios, pero como si Dios no pudiera elegirlos a través de las comunidades. Así las cosas, la Iglesia no está a la altura de los tiempos y, porque la Encarnación pide hacerse a los tiempos, a los tiempos de la autonomía de la razón y a las demandas de dignidad de los seres humanos, muy difícilmente puede ser testimonio de Jesucristo” (Agotamiento de la versión sacerdotal de la Iglesia Católica. Redes Cristianas. Agosto 19/2022).

Hay que recuperar el protagonismo de la Comunidad Cristiana

Democratizar la Iglesia, camino para hacerla más comunión (2)

PorRufo González

La degeneración eclesial se ha ido evidenciando también en el protagonismo del clero. Los bautizados, la mayoría en nuestros países sin consentimiento personal, se han ido desvinculado poco a poco de la comunidad cristiana. La Iglesia se ha identificado con el clero y grupos sujetos directamente a él. Con excepciones personales, los bautizados, por el hecho de estar bautizados, no se sienten parte activa de la Iglesia, ni siquiera “Iglesia”.

Mientras siga el sistema de monarquía absoluta, con los tres escalones -papa, obispo, párroco- como únicos poderes decisivos, no es posible recrear las comunidades cristianas que surgieron del movimiento de Jesús. La Iglesia está en contradicción constante. Papa infalible y todopoderoso cediendo a la presión de unos y otros. Es la condición de todo poder absoluto, y más, concentrado en una sola persona. Acude a rodearse de leyes, ritos, instituciones, cargos, dinero… para imponerse. Instituciones organizadas digitalmente, sin control comunitario, vitalicias, fuentes de abusos y prepotencia. Se realiza la vivencia que Jesús critica: “Sabéis que los que son reconocidos como jefes de los pueblos los tiranizan, y que los grandes los oprimen. No será así entre vosotros” (Mc 10,42-43a). No basta que el Papa sea persona sencilla, sobria, dialogante. El modelo de pirámide clerical implica la tiranía y la opresión. Se habla contra el clericalismo, pero no se cambia el código que lo ampara e impone. La comunidad evangélica se hace imposible.

El Evangelio no quita a las comunidades la libertad de elegir a quienes mejor puedan desempeñar las diversas funciones comunitarias. Lo entendieron y lo practicaron los primeros cristianos (He 6, 3; 15, 22ss). El Código clerical lo impide. La vida de una comunidad evangélica no puede depender de un dirigente cuasi vitalicio, inamovible, que no se reúne, ni dialoga, ni razona ni toma decisiones con la comunidad si no quiere. Es el caso -entre muchos- de la parroquia de un amigo. Tras muchos años trabajando con los sacerdotes, participando en los Consejos parroquiales y en diversas tareas, en 2004 llega un párroco nuevo y decide no contar con Consejo alguno. Ante su protesta, le prohíbe participar en toda actividad parroquial, excepto asistir al culto. Pueden leer su comentario en mi Blog (RD: “Atrévete a orar”. 20.02.2016): “Hablas de los Consejos Parroquiales. ¡¡¡Qué pena!! Llevo 38 años como feligrés… A partir del año 1978, tuvimos Consejo Parroquial presidido y orientado por los diversos párrocos… Bien conocida es la activa participación de los seglares en las diversas áreas de la pastoral. Y conocido también el efecto destructor del párroco nombrado en 2004. En un año, su falta de visión pastoral, su autosuficiencia y jactancia, unidas a su autoritarismo, han dado al traste con los Consejos. Y la parroquia ha quedado como un “supermercado de sacramentos”. Llegó a decir en uno de los últimos Consejos: “La parroquia es una empresa y yo soy el jefe”… Es lo que ocurre cuando en una parroquia falta la “comunión” entre sacerdotes y seglares. Sería un “gesto sorprendente” que los nuevos párrocos -nombrados para sustituirle, más jóvenes- restauraran los Consejos de la parroquia. Pero lo dudo… En dos años  no han movido ni un dedo. Ellos… a lo suyo: “SU” parroquia”.

“El Espíritu, que sopla donde quiere” (Jn 3, 8), no deja de suscitar comunidades, dignas del movimiento de Jesús. Comunidades de Base (Documento de Aparecida, n. 178-189), Comunidades Populares, Comunidades pequeñas dentro o fuera de la parroquia… Las diócesis y otros grupos piden al Sínodo sobre la sinodalidad reformas cuyo denominador común es recuperar el protagonismo de la comunidad.

Creo mayoritarias, y aceptables evangélica y culturalmente hoy, estas afirmaciones:

  1. El modelo actual de organización eclesial (clero-pueblo), procedente del medioevo, no es aceptado hoy como evangélico. Más aún: se le valora negativamente en orden a la implantación del reino de Dios (fraternidad universal), que proponía Jesús. El clero se ha convertido en obstáculo para el anuncio creíble del Evangelio.
  2. Hoy no se acepta la exclusiva de los sacerdotes en la enseñanza y en las decisiones de la Iglesia. Los bautizados exigen participar en la generación de doctrinas no evangélicas y decisiones importantes de su comunidad, respetando, por supuesto, el Evangelio y la Tradición conforme con el Evangelio. Ahí está el caso de la encíclica “Humanae vitae”: no ha sido recibida por gran parte de la Iglesia. Es una doctrina impuesta por parte del clero. Perjudica, sin duda, la extensión del mensaje de Jesús a muchísima gente.
  3. Igualmente se rechaza el estamento clerical que se elige a sí mismo, y no quiere dar cuenta de su gestión a la comunidad. Obispos y presbíteros se creen “elegidos” por el Espíritu Santo, como si el Espíritu de Dios no pudiera elegirlos a través de la comunidad.
  4. La Iglesia, asamblea del Pueblo de Dios, se realiza en comunidades de creyentes que viven en comunidad de hermanos. Cada vez se ve más imposible la fraternidad con leyes, instituciones, tradiciones… impuestas en una época determinada, y que hoy se ve claro que no proceden del Evangelio: Estado Vaticano, Curias que imponen leyes sin consenso eclesial, Clero como grupo dominante, separado y privilegiado con distinciones titulares y ornamentales… Hoy los católicos piden cambio estructural, que restablezca el original protagonismo de la comunidad.
  5. La Encarnación, exigencia básica del mensaje cristiano, pide aceptar toda cultura que no contradiga el Evangelio: autonomía de la razón en su campo, dignidad de los seres humanos con derechos y deberes “universales e inviolables”, libertad religiosa y civil… Sin respeto a esta cultura no podemos ser testimonio aceptable de Jesucristo.
  6. La experiencia enseña que la transformación de la Iglesia en comunidades vivas sólo viene desde comunidades adultas, capaces de reunirse libremente, unirse, dialogar con argumentos y tomar decisiones corresponsables. Clero dominante y pueblo infantilizado, acostumbrado a oír, callar y obedecer, a recibir servicios religiosos, a pagarlos… es una degeneración eclesial, cada vez más intolerable. Piénsese en el rechazo cada vez más acusado de los servicios religiosos. Estos días se conocía la situación en Barcelona: “los bautizos no llegan al 35% , los matrimonios por la Iglesia el 11%, funerales católicos el 31%. Imagínense qué números nos deparará el futuro, cuando… sean mayoritarias las generaciones que han crecido en la ignorancia y la indiferencia religiosa” (Oriol Trillas: El auge de los funerales laicos. Agosto 19/2022. Redes Cristianas).
  7. Ya existen en la Iglesia comunidades adultas. No se les puede ignorar y menos perseguirlas. Hay que impulsarlas. Son grupos de dimensiones adecuadas para conocerse, vivir en igualdad fraterna, en corresponsabilidad. Por su madurez pueden vivir la cultura actual, decir su fe en lenguaje comprensible y dar respuesta a sus necesidades. Deben ser libres en la libertad de los hijos de Dio y creativas desde la fe.
  8. Es conforme con el Evangelio aceptar que estas comunidades puedan elegir a las personas para las diversas tareas o ministerios, sin distinción de sexo ni de estado. Se supone discernimiento que tiene en cuenta “personas de buena fama, llenos de espíritu y de sabiduría” (He 6,3). Reunidos, dialogando, compartiendo la Palabra y la misión de Jesús, se revela el Espíritu y manifiesta la voluntad divina. Eso sucedía en el principio (He 6, 3; 15, 22ss) y puede suceder hoy.

La Comunidad cristiana

HAY QUE RECUPERAR EL PROTAGONISMO DE LA COMUNIDAD CRISTIANA

col rufo

Democratizar la Iglesia, camino para hacerla más comunión (2)

La degeneración eclesial se ha ido evidenciando también en el protagonismo del clero. Los bautizados, la mayoría en nuestros países sin consentimiento personal, se han ido desvinculado poco a poco de la comunidad cristiana. La Iglesia se ha identificado con el clero y grupos sujetos directamente a él. Con excepciones personales, los bautizados, por el hecho de estar bautizados, no se sienten parte activa de la Iglesia, ni siquiera “Iglesia”.

Mientras siga el sistema de monarquía absoluta, con los tres escalones -papa, obispo, párroco- como únicos poderes decisivos, no es posible recrear las comunidades cristianas que surgieron del movimiento de Jesús. La Iglesia está en contradicción constante. Papa infalible y todopoderoso cediendo a la presión de unos y otros. Es la condición de todo poder absoluto, y más, concentrado en una sola persona. Acude a rodearse de leyes, ritos, instituciones, cargos, dinero… para imponerse. Instituciones organizadas digitalmente, sin control comunitario, vitalicias, fuentes de abusos y prepotencia. Se realiza la vivencia que Jesús critica: “Sabéis que los que son reconocidos como jefes de los pueblos los tiranizan, y que los grandes los oprimen. No será así entre vosotros” (Mc 10,42-43a). No basta que el Papa sea persona sencilla, sobria, dialogante. El modelo de pirámide clerical implica la tiranía y la opresión. Se habla contra el clericalismo, pero no se cambia el código que lo ampara e impone. La comunidad evangélica se hace imposible.

El Evangelio no quita a las comunidades la libertad de elegir a quienes mejor puedan desempeñar las diversas funciones comunitarias. Lo entendieron y lo practicaron los primeros cristianos (He 6, 3; 15, 22ss). El Código clerical lo impide. La vida de una comunidad evangélica no puede depender de un dirigente cuasi vitalicio, inamovible, que no se reúne, ni dialoga, ni razona ni toma decisiones con la comunidad si no quiere. Es el caso -entre muchos- de la parroquia de un amigo. Tras muchos años trabajando con los sacerdotes, participando en los Consejos parroquiales y en diversas tareas, en 2004 llega un párroco nuevo y decide no contar con Consejo alguno. Ante su protesta, le prohíbe participar en toda actividad parroquial, excepto asistir al culto. Pueden leer su comentario en mi Blog (RD: “Atrévete a orar”. 20.02.2016): “Hablas de los Consejos Parroquiales. ¡¡¡Qué pena!! Llevo 38 años como feligrés… A partir del año 1978, tuvimos Consejo Parroquial presidido y orientado por los diversos párrocos… Bien conocida es la activa participación de los seglares en las diversas áreas de la pastoral. Y conocido también el efecto destructor del párroco nombrado en 2004. En un año, su falta de visión pastoral, su autosuficiencia y jactancia, unidas a su autoritarismo, han dado al traste con los Consejos. Y la parroquia ha quedado como un “supermercado de sacramentos”. Llegó a decir en uno de los últimos Consejos: “La parroquia es una empresa y yo soy el jefe”… Es lo que ocurre cuando en una parroquia falta la “comunión” entre sacerdotes y seglares. Sería un “gesto sorprendente” que los nuevos párrocos -nombrados para sustituirle, más jóvenes- restauraran los Consejos de la parroquia. Pero lo dudo… En dos años no han movido ni un dedo. Ellos… a lo suyo: “SU” parroquia”.

“El Espíritu, que sopla donde quiere” (Jn 3, 8), no deja de suscitar comunidades, dignas del movimiento de Jesús. Comunidades de Base (Documento de Aparecida, n. 178-189), Comunidades Populares, Comunidades pequeñas dentro o fuera de la parroquia… Las diócesis y otros grupos piden al Sínodo sobre la sinodalidad reformas cuyo denominador común es recuperar el protagonismo de la comunidad.

Creo mayoritarias, y aceptables evangélica y culturalmente hoy, estas afirmaciones:

El modelo actual de organización eclesial (clero-pueblo), procedente del medioevo, no es aceptado hoy como evangélico. Más aún: se le valora negativamente en orden a la implantación del reino de Dios (fraternidad universal), que proponía Jesús. El clero se ha convertido en obstáculo para el anuncio creíble del Evangelio.

Hoy no se acepta la exclusiva de los sacerdotes en la enseñanza y en las decisiones de la Iglesia. Los bautizados exigen participar en la generación de doctrinas no evangélicas y decisiones importantes de su comunidad, respetando, por supuesto, el Evangelio y la Tradición conforme con el Evangelio. Ahí está el caso de la encíclica “Humanae vitae”: no ha sido recibida por gran parte de la Iglesia. Es una doctrina impuesta por parte del clero. Perjudica, sin duda, la extensión del mensaje de Jesús a muchísima gente.

Igualmente se rechaza el estamento clerical que se elige a sí mismo, y no quiere dar cuenta de su gestión a la comunidad. Obispos y presbíteros se creen “elegidos” por el Espíritu Santo, como si el Espíritu de Dios no pudiera elegirlos a través de la comunidad.

La Iglesia, asamblea del Pueblo de Dios, se realiza en comunidades de creyentes que viven en comunidad de hermanos. Cada vez se ve más imposible la fraternidad con leyes, instituciones, tradiciones… impuestas en una época determinada, y que hoy se ve claro que no proceden del Evangelio: Estado Vaticano, Curias que imponen leyes sin consenso eclesial, Clero como grupo dominante, separado y privilegiado con distinciones titulares y ornamentales… Hoy los católicos piden cambio estructural, que restablezca el original protagonismo de la comunidad.

La Encarnación, exigencia básica del mensaje cristiano, pide aceptar toda cultura que no contradiga el Evangelio: autonomía de la razón en su campo, dignidad de los seres humanos con derechos y deberes “universales e inviolables”, libertad religiosa y civil… Sin respeto a esta cultura no podemos ser testimonio aceptable de Jesucristo.

La experiencia enseña que la transformación de la Iglesia en comunidades vivas sólo viene desde comunidades adultas, capaces de reunirse libremente, unirse, dialogar con argumentos y tomar decisiones corresponsables. Clero dominante y pueblo infantilizado, acostumbrado a oír, callar y obedecer, a recibir servicios religiosos, a pagarlos… es una degeneración eclesial, cada vez más intolerable. Piénsese en el rechazo cada vez más acusado de los servicios religiosos. Estos días se conocía la situación en Barcelona: “los bautizos no llegan al 35%, los matrimonios por la Iglesia el 11%, funerales católicos el 31%. Imagínense qué números nos deparará el futuro, cuando… sean mayoritarias las generaciones que han crecido en la ignorancia y la indiferencia religiosa” (Oriol Trillas: El auge de los funerales laicos. Agosto 19/2022. Redes Cristianas).

Ya existen en la Iglesia comunidades adultas. No se les puede ignorar y menos perseguirlas. Hay que impulsarlas. Son grupos de dimensiones adecuadas para conocerse, vivir en igualdad fraterna, en corresponsabilidad. Por su madurez pueden vivir la cultura actual, decir su fe en lenguaje comprensible y dar respuesta a sus necesidades. Deben ser libres en la libertad de los hijos de Dios y creativas desde la fe.

Es conforme con el Evangelio aceptar que estas comunidades puedan elegir a las personas para las diversas tareas o ministerios, sin distinción de sexo ni de estado. Se supone discernimiento que tiene en cuenta “personas de buena fama, llenos de espíritu y de sabiduría” (He 6,3). Reunidos, dialogando, compartiendo la Palabra y la misión de Jesús, se revela el Espíritu y manifiesta la voluntad divina. Eso sucedía en el principio (He 6, 3; 15, 22ss) y puede suceder hoy.

Contradiciones en la Iglesia

Contradicciones entre la palabra del Papa y la realidad eclesial (y 2)

Rufo González

 

El Papa sigue silenciando demandas urgentes de millones de cristianos
“¿Queì puedo hacer por la Iglesia?”. ¿“No quejarnos de la Iglesia”?
La homilía del Papa Francisco, en la Solemnidad de San Pedro y San Pablo de este año, comentó dos actitudes de Pedro y Pablo respectivamente. “¡Levaìntate raìpido!” (Hch 12,7), del relato de la prisión y liberación milagrosa de Pedro, fue la primera actitud. La comenté en mi post hace unos quince días (15.07.2022). Hoy abordo la segunda actitud, testimonio de Pablo: “He peleado el buen combate”2Tm 4,7)

Esta actitud resume la vida de Pablo. Sufrió situaciones dolorosas y de alto riesgo. En todas logró anunciar “lo que sucedió en toda Judea…: Jesús de Nazaret” (He 10,37s). Desde “la mente de Cristo”, que creía tener (1Cor 2,16b), leyó su vida como “combate”. Comenta Francisco: “muchos no estaìn dispuestos a acoger a Jesuìs, prefiriendo ir tras sus propios intereses y otros maestros más cómodos, más fáciles, más según su voluntad”. Por ello Pablo pide a Timoteo y compañeros seguir su misión “con la vigilancia, el anuncio, la enseñanza: que cada uno cumpla la misioìn encomendada y haga su parte”.

Esta llamada a “ser discípulos misioneros y a aportar nuestra propia contribución” es para todo cristiano “una Palabra de vida”. “Palabra de vida” que sugiere esta pregunta: “¿queì puedo hacer por la Iglesia?”. A esta pregunta responde el Papa con una serie de sugerencias: – “no quejarnos de la Iglesia”, – “comprometernos”, – “participar con pasioìn y humildad”…, “con buen combate” venciendo las resistencias “del poder, del mal, de la violencia, de la corrupción, de la injusticia y de la marginacioìn”.

¿“No quejarnos de la Iglesia”? Cierto que la Iglesia nos ha traído “el hecho Jesús”, su evangelio y su vida. Por ella nos ha llegado la fe, la esperanza, el amor sin límites. Mucha gente de Iglesia nos han abierto los ojos e incitado a buscar siempre lo bueno, a vivir con pleno sentido. Pero esto no nos vuelve ciegos para no ver las enormes contradicciones que hay entre el Evangelio y la Iglesia real. No creo buena sugerencia “no quejarnos de la Iglesia” sin más. La Iglesia es una institución formadas por personas libres y capaces de actuar bien y mal. El hecho de que esté habitada por el Espíritu de Jesús no le quita caer en precipicios éticos, en actitudes contrarias al Evangelio. La Iglesia debe revisarse desde el Evangelio de Jesús, y estar dispuesta a reformarse en cuanto contradiga el Evangelio, según el Espíritu le sugiriera en todo momento histórico.

Las otras sugerencias, en positivo, (- “comprometernos”, – “participar con pasioìn y humildad”…, “con buen combate” venciendo las resistencias “del poder, del mal, de la violencia, de la corrupción, de la injusticia y de la marginacioìn”) las comparto, pero las creo ilusorias en la organización actual de la Iglesia. La división entre clérigos y laicos hace muy difícil el compromiso y la participación evangélicos. Habría que considerar a la comunidad como toda sacerdotal y a los ministerios, todos sacerdotales. Cosa hoy lejos de obtener. El bautismo debería ser momento apropiado para adquirir la conciencia clara de pertenencia a la comunidad. Pero no lo es. Se bautiza a niños y en teoría se exige la pertinencia de padres y el compromiso de educarles en la fe. Todos somos conscientes de que es un puro trámite formal. La realidad no es así. Los que se bautizan adultos aceptan acríticamente el poder absoluto de los clérigos en la Iglesia. El Código despótico no se pone en cuestión nunca. La comunidad no tiene voz y su voto, no decide nada.

Buen recuerdo ascético (hay otros eclesialmente críticos) del cardenal Martini: “Desde que Jesucristo resucitoì, convirtieìndose en liìnea divisoria de la historia, `comenzoì una gran batalla entre la vida y la muerte, entre la esperanza y la desesperación, entre la resignacioìn ante lo peor y la lucha por lo mejor, una batalla que no cesaraì hasta la derrota definitiva de todas las fuerzas del odio y de la destruccioìn´” (cf. Homiliìa Pascua de Resurrección, 4 abril 1999). Vivir y anunciar el Evangelio trae sin duda complicaciones. “El anuncio del Evangelio no es neutro… El Evangelio no es agua destilada… No deja las cosas como estaìn, no acepta el compromiso con la loìgica del mundo”.

Una segunda pregunta cierra la reflexión: “¿queì podemos hacer juntos, como Iglesia, para que el mundo en el que vivimos sea maìs humano, maìs justo, maìs solidario, maìs abierto a Dios y a la fraternidad entre los hombres?”. Debería hacerse la misma pregunta respecto de la Iglesia: “¿queì podemos hacer juntos, como Iglesia, para que la Iglesia en la que vivimos sea maìs humana, maìs justa, maìs solidaria, maìs abierta a Dios y a la fraternidad entre los hombres?”.

Tres propuestas negativas: – “no debemos encerrarnos en nuestros ciìrculos eclesiales”; – “no quedarnos atrapados en ciertas discusiones esteìriles”; – “no caer en el clericalismo: perversión, camino equivocado. Peor los laicos clericales”. No concreta estas negaciones. Pero cualquiera puede entender que en la organización actual eclesial no es posible salir de “círculos eclesiales”, “discusiones estériles”, “clericalismo”, “laicos clericales”….

Estas situaciones nacen de las entrañas de la Iglesia, avaladas por su Código vigente. Mientras sigan la organización clerical y las “cargas dispensables” evangélicamente…, es difícil una Iglesia “maìs humana, maìs justa, maìs solidaria, maìs abierta a Dios y a la fraternidad”, que Ella pide para el mundo. No puede ser un referente para nuestro mundo en algunos derechos humanos.

El despotismo clerical infecta instituciones y actuaciones eclesiales. Jesús dice hoy a Iglesia: “como los jefes de los pueblos los tiranizan y los grandes los oprimen, así es entre vosotros” (Mc 10, 42s). Despotismo reconocido por un Código, elaborado por clérigos, marginal al Evangelio. Sus “círculos” de de poder cuestionan los planteamientos del Papa, precisamente porque pretende eliminar el poder clerical absoluto. Mientras el Pueblo de Dios, la comunidad cristiana, no sea primero, y a los ministros-servidores no se les ponga como “esclavos” del Pueblo, el proyecto fraternal de Jesús será imposible. La comunión evangélica no es obra del poder, sino del Amor “paciente, benigno, sin envidia, no presume ni se engríe, no indecoroso ni egoísta, no se irrita, no lleva cuentas del mal, no se alegra de la injusticia, goza con la verdad, todo lo excusa, lo cree, lo espera, lo soporta” (1Cor 13,4-7).

Muy buenas las propuestas positivas: “Ayudémonos a ser levadura, a establecer gestos de cuidado por la vida humana, la creacioìn, dignidad del trabajo, problemas de familias, situacioìn de ancianos, abandonados, rechazados, despreciados… Promovamos la cultura del cuidado, la compasión por los deìbiles y la lucha contra toda forma de degradacioìn, incluida la de nuestras ciudades y de los lugares que frecuentamos”.

El Papa sigue silenciando demandas urgentes de millones de cristianos. Como están haciendo muchos clérigos que “pasan de largo” con el Sínodo actual, y minimizan lo que ellos no comparten. Hoy clama al cielo la infravaloración e ineptitud en que el Código canónico mantiene a la mujer para representar a Cristo en ciertos ministerios. Similar es el hecho de que a miles de sacerdotes (presbíteros y obispos) se les prohíba ejercer el ministerio por algo tan digno humanamente como constituir una familia. Son “realidades hermosas, dádivas divinas desechadas como basura, con las que Dios enriquece día a día a su Iglesia, pero que esta, convertida hoy en víctima de sus propias impotencias, sigue rechazando olímpicamente” (Jirones de realidad tirados a la basura. R. Hernández RD10.07.2022)

Acabar con el clericalismo

“Cristianismo clerical, cristianismo formalista, cristianismo apagado y endurecido”

Clericalismo
Clericalismo

Contradicciones entre la palabra del Papa y la realidad eclesial (1)

«La ‘prudencia’ clerical ha apagado mucho del Espíritu: desde la libertad creativa (marginando y luego rehabilitando a teólogos, pensadores…, impidiendo reformas litúrgicas y jurídicas…), hasta el diálogo sincero, la cultura»

«Todo lo que merma el protagonismo clerical, es puesto en entredicho. Ahí están muchos de los resúmenes diocesanos presentados para el Sínodo. Siguen en ‘lo de siempre'»

Por Rufo González

La homilía pronunciada en la Solemnidad de San Pedro y San Pablo (29.06.2022) gira en torno a dos ejes. Dos actitudes vividas por Pedro y Pablo. La primera es del relato de la prisión y liberación milagrosa de Pedro: “¡Levántate rápido! (Hch 12,7). La segunda es traída de la Segunda Carta a Timoteo: “He peleado el buen combate (2Tm 4,7). Hoy comentamos la primera. “`Levantarse rápido´ es una imagen significativa para la Iglesia”, afirma rotundamente el Papa Francisco. “Nosotros estamos llamados a levantarnos rápidamente para entrar en el dinamismo de la resurrección y dejarnos guiar por el Señor en los caminos que Él quiere mostrarnos”.

A continuación denuncia que la Iglesia, en vez de sumarse al dinamismo de la vida resucitada, lleva años de retraso respecto de la evolución humana, y no digamos respecto de la utopía evangélica. Bien sabe Francisco que “los propios creyentes, en cuanto que, con el descuido de la educación religiosa, o con la exposición inadecuada de la doctrina, o incluso con los defectos de su vida religiosa, moral y social, han velado más bien que revelado el genuino rostro de Dios y de la religión” (GS 19).

Apertura de la Asamblea Sinodal en la Fundación Pablo VI
Apertura de la Asamblea Sinodal en la Fundación Pablo VI

La recomendación de “no apaguéis el Espíritu, no despreciéis las profecías, examinadlo todo; quedaos con lo bueno” (1Tes 5,19-21) ha sido muy poco seguida por la cúpula eclesial. La “prudencia” clerical ha apagado mucho del Espíritu: desde la libertad creativa (marginando y luego rehabilitando a teólogos, pensadores…, impidiendo reformas litúrgicas y jurídicas…), hasta el diálogo sincero, la cultura, la democracia, el sindicalismo, el papel de la mujer, el celibato opcional…

Hoy el Papa se duele de estas actitudes eclesiales: “nos abruma la pereza y preferimos quedarnos sentados a contemplar el pasado…, no dirigimos nuestra mirada hacia nuevos horizontes”. Estamos “encadenados como Pedro en la prisión de la costumbre, asustados por los cambios, atados a la cadena de nuestras tradiciones”.

Recuerda, contemplando la escena que comenta, otra actitud eclesial, que no explica, pero que cree real: “relatar fantasías”: “Esa misma noche hay otra tentación”.Es la actuación de la criada Rode (He 12,13s) que “asustada, en lugar de abrir la puerta vuelve hacia atrás a relatar fantasías”. ¿A qué fantasías alude? ¿A las apariciones de vírgenes, santos, demonios…? ¿A las promesas que dan el cielo al que rece o haga alguna oración o actividad automática? ¿A la compra-venta de indulgencias? ¿A jubileos que aseguran “indulgencia plenaria” en virtud del “tesoro de gracia” que administran los clérigos? ¿A los encuentros más o menos folclóricos de imágenes a que se dan algunos clérigos más jóvenes? ¿A entretener a la gente con “devociones, ornamentos, consuelos vulgares”?…

Sínodo España
Sínodo España

Esta situación tiene consecuencias, reconocidas por el Papa: “nos deslizamos hacia la mediocridad espiritual… Corremos el “riesgo de `solo tratar de arreglárnoslas´ incluso en la vida pastoral… El entusiasmo por la misión disminuye… No somos  signo de vitalidad y creatividad”. Damos “impresión de tibieza e inercia”… “El Evangelio se convierte en una fe que «cae en el formalismo y cae en la costumbre, en religión de ceremonias y de devociones, de ornamentos y de consuelos vulgares… Cristianismo clerical, cristianismo formalista, cristianismo apagado y endurecido”. El Sínodo que estamos viviendo, dice el Papa, nos llama a convertirnos: “en una Iglesia que se levanta…, que no se encierra en sí misma…, capaz de mirar más allá, de salir de sus propias prisiones, de abrir las puertas”.

A partir de aquí, Francisco expone su sueño de Iglesia: – “Una Iglesia sin cadenas y sin muros”; – “todos puedan sentirse acogidos y acompañados”; – “se cultive la escucha, el diálogo, la participación, bajo la única autoridad del Espíritu Santo”; – “Una Iglesia libre y humilde”: – que “se levanta rápido”, – que “no posterga”, – que “no acumula retrasos ante los desafíos del ahora”, – que “no se detiene en los recintos sagrados”, – que “se deja animar por la pasión del Evangelio y el deseo de llegar y acoger a todos, – “vaya al cruce de las calles y lleve a ciegos, sordos, cojos, enfermos, justos, pecadores…, – que “haya lugar para todos, – que “no despida ni condene”.

Esta es la teoría, el evangelio, que enamora. Pero se queda todo en teoría. Al final el Papa deja dos preguntas para que las trabajemos. Una en singular: “¿qué puedo hacer por la Iglesia?”. Otra para las comunidades cristianas: “¿qué podemos hacer juntos, como Iglesia, para que el mundo en el que vivimos sea más humano, más justo, más solidario, más abierto a Dios y a la fraternidad entre los hombres?”.

Iglesia sinodal
Iglesia sinodal

Cualquier respuesta evangélica, de calado organizativo, pasa por el Código de Derecho canónico, lleno de “cadenas y muros”, uno de los derechos más despóticos. ¿Qué puede hacer un cristiano, ante la oligarquía clerical, por ejemplo en esta serie de temas: 1.- Democratizar la Iglesia para hacerla más comunión. 2.- Protagonismo de la comunidad. 3.- Recuperar el principio de elección de los responsables (obispos, párrocos…). 4.- Superar el divorcio entre jerarquía y fieles. 5.- Menos sacerdocio clerical y más sacerdocio común. 6.- La eucaristía, obra sacerdotal común. 7.- Voz y voto al pueblo cristiano. 8.- “Reunirse, unirse, escucharse, discutir, rezar, decidir”, camino de toda comunidad cristiana. 9.- Revalorizar la eucaristía como sacramento de reconciliación: Eucaristía y Penitencia, dos caminos opcionales de reconciliación. 10.- Que la “Forma C” sea un modo ordinario del sacramento de la Penitencia: como opción libre, sin necesidad de confesar los pecados tras la absolución general. 11.- Supresión del celibato obligatorio para obispos y presbíteros: La Iglesia ganaría en libertad, honradez, amor de Dios, alegría evangelizadora… 12.- Acceso de las mujeres al sacerdocio ordenado.

Estos temas están abiertos en la Iglesia. Sistemáticamente la oligarquía eclesial viene negándose a tratarlos. ¿“Les abruma la pereza y prefieren quedarse sentados a contemplar el pasado”? Cierto: “no dirigen su mirada hacia nuevos horizontes”. Están “encadenados como Pedro en la prisión de la costumbre, asustados por los cambios, atados a la cadena de sus tradiciones”. Todo lo que merma el protagonismo clerical, es puesto en entredicho. Ahí están muchos de los resúmenes diocesanos presentados para el Sínodo. Siguen en ‘lo de siempre’.

Y la Secretaría del Sínodo de la Conferencia Episcopal Española remata como insignificante lo que necesita hoy la Iglesia para recuperar la libertad evangélica y la honradez con la cultura actual: “se trata de cuestiones suscitadas solo en algunas diócesis y, en ellas, por un número reducido de grupos o personas…: la necesidad de discernir con mayor profundidad la cuestión relativa al celibato opcional en el caso de los presbíteros y a la ordenación de casados; en menor medida, ha surgido igualmente el tema de la ordenación de las mujeres…

Se detecta una clara petición de que, como Iglesia, dialoguemos sobre ellos con el fin de permitir conocer mejor el Magisterio respecto de los mismos y poder ofrecer una propuesta profética a nuestra sociedad”. La “propuesta profética” es la evangélica, concordante con el “sentido de los fieles”. No la imposición clerical. Suscribo lo que ha escrito J. Mª. Marín Sevilla: “silencian las voces disidentes especialmente cuando se trata de temas novedosos, que surgen, a mi entender de la acción del Espíritu y del discernimiento sereno y esperanzador” (RD 29.06.2022).

Jueves Santo

La eucaristía, cuidado singular de Jesús a sus discípulos

Que nos lavemos los pies unos a otros

Por | Rufo González

Comentario: “Lo que he hecho con vosotros, vosotros también lo hagáis” (Jn 13,1-15)

Titulares sobresalientes del Vaticano II sobre la eucaristía: “Fuente y cima de toda la vida cristiana” (LG 11). “En ella se contiene todo el bien espiritual de la Iglesia, a saber, Cristo mismo… Es fuente y culminación de toda evangelización… Es el centro de toda la asamblea de los fieles que preside el presbítero” (PO 5). “Ninguna comunidad cristiana se edifica sin que tenga su raíz y quicio (`radix´, `cardo´: bisagra, gozne, pernio, charnela) en la celebración de santísima Eucaristía” (PO 6). “El Señor dejó a los suyos prenda de su esperanza y alimento para el camino” en la Eucaristía (GS 38). Comentar estos titulares es una hermosa homilía.

La Cena de Jesús, “la original”, tiene pocas afinidades con la misa, su “reproducción” hoy. Celebra idéntico misterio: el cuidado de Jesús a sus discípulos: acompaña, inspira y alimenta. El modelo actual presenta casi toda la vida eclesial activa: une, reconcilia, habla, dialoga, recuerda la entrega de Jesús, reúne a vivos y difuntos, alimenta, agradece, envía al reino. Pero sigue, como escribe Pepe Mallo, “el excesivo ritualismo, ataviado con ropajes, expresiones, ademanes, que más bien asemejan una representación teatral que al recuerdo de la Cena del Señor. De expresar servicio ha pasado a “ser vicio”, de “cena” a “escena”. La ostentación es reflejo evidente de privilegio y poder… Afán exhibicionista: bicornios mitrales, lujosos báculos, vistosas cruces pectorales, casullas multicolores… Ostentación y segregación, separación de clero y fieles. ¿Qué aportan al recuerdo de la Cena del Señor los “ornamentos”? Lo define la propia palabra: adorno, suntuosidad, ornato. Jesús se pronunció contra el vestido como ostentación sacral: “¡No hagáis como ellos hacen!… pues agrandan sus distintivos religiosos (filacterias) y alargan los adornos (flecos) de sus mantos” (Mt 23,5)… Jesús y discípulos vistieron como hombres y mujeres de su tiempo, sin distinguirse por la ropa” (Blog “Atrévete a orar”. RD 05.03.2022). Sin duda, caben configuraciones nuevas, más inteligibles y eficaces pastoralmente. 

Juan sustituye el relato la Cena (ya en Jn 6, 23-50) por el lavatorio de los pies. Es un signo del cuidado fraternal que exige la Eucaristía. “El abuso de la celebración de la Eucaristía, según Pablo, no es la alteración de ritos, pues cada comunidad tenía sus ritos y y costumbres, sino el no compartir los alimentos con los hermanos más necesitados” (F. Bermúdez, “Nos va la fiesta. Recursos para celebraciones de la fe”. Pág. 19. Moceop. Albacete 2020) Sin cuidar de los hermanos, la eucaristía es una farsa, un sinsentido, un absurdo, un imposible cristiano: “vuestras reuniones causan más daño que provecho… ¿Tenéis en tan poco a la Iglesia de Dios que humilláis a los que no tienen?” (1Cor 11,22).

También en la cena de Jesús había egoísmo mezclado con amor. El egoísmo de Judas Iscariotes busca poder, dinero y brillo, produce envidia e insolidaridad, acarrea traiciones, mentiras… También la protesta de Pedro expresa egoísmo: no quiere que se pierdan las categorías y rangos mundanos. Tras la resurrección lo entenderá. El amor brilla en Jesús: “Os he dado ejemplo para lo que yo he hecho con vosotros, vosotros también lo hagáis”. Jesús, Maestro y Señor, ama y cuida sin imposición. Contagia el amor gratuito del Padre. Nos da su Espíritu para que sigamos su camino de cuidados a toda la creación. Capacita para actuar como el Padre “que hacer salir el sol y bajar la lluvia sobre justos e injustos” (Mt 5,45). 

Oración: “Lo que he hecho con vosotros, vosotros también lo hagáis” (Jn 13,1-15)

La eucaristía, Jesús, es “la hora” de tu entrega definitiva:

tras percibir que puedes ser asesinado de inmediato;

tras redoblar la confianza en el amor del Padre;

tras querer expresar a los discípulos el sentido de tu vida;

decides dejarles el memorial de tu presencia definitiva:

tu cuidado permanente, tu cercanía asombrosa…

Tu presencia resucitada nos cuida de muchos modos:

dándonos tu Espíritu en el agua bautismal;

fortaleciéndonos para ser tus testigos;

perdonando nuestros desvaríos sin cesar;

convocándonos en tu nombre:

para hacer memoria de tu vida entregada,

para dar gracias al Padre contigo por su Amor,

para alimentarnos con el pan y el vino de tu presencia;

consolándonos en la debilidad enferma de nuestra vida;

bendiciendo nuestros amores interpersonales;

desplegando carismas de servicio para el cuidado común;

haciéndonos ver tu presencia en cualquier necesitado…

El problema somos nosotros, tan limitados:

tardos en entender y en vivir tu presencia;

apegados a fuerzas opresoras por dentro y por fuera;

cegados por el ajetreo diario sin ver tu voluntad amorosa;

sordos al cuidado de los más débiles y empobrecidos.

Tu reino es fruto del cuidado fraternal:

que nace del amor del Padre, dador de vida;

que respeta y procura derechos y deberes humanos:

“derechos y deberes universales e inviolables… 

lo que necesitamos para una vida verdaderamente humana,

como son el alimento, el vestido, la vivienda,

el derecho a la libre elección de estado y a fundar una familia,

a la educación, al trabajo, a la buena fama, al respeto,

a una adecuada información,

a obrar de acuerdo con la norma recta de la conciencia,

a la protección de la vida privada

y a la justa libertad también en materia religiosa” (GS 26).

Adelantando muerte y resurrección, te haces cuidado ilimitado:

acompañas y trabajas como el Padre en nosotros (Jn 5,17);

creas una singular presencia de cuidado permanente:

presencia real, segura, de Hijo de Dios y Hermano nuestro.

Al comer el pan y beber el vino en memoria tuya,

nos dejamos asimilar por Ti, Jesús resucitado;

nuestra vida se va transformando en vida como la tuya;

nos “ceñimos con toalla” de servicio hasta la muerte;

“lavamos y secamos los pies” para que tengan vida;

no imponemos más leyes que el Evangelio;

alentamos ministerios y carismas de cuidado servicial;

así hacemos tu fraternidad, tu Iglesia.

Preces de los Fieles (Jueves Santo. 14.04.2022)

La Cena de Jesús y el Lavatorio de los pies son la esencia de nuestra fe, de nuestra vida cristiana, de nuestra Iglesia. Cenar con el Señor y lavar los pies a los hermanos es nuestra actividad esencial. Pidamos centrar nuestra vida en el cuidado servicial, diciendo: “Que nos lavemos los pies unos a otros”.

Por toda la Iglesia:

– que promueva y viva los derechos y deberes humanos;

– que sea espejo de transparencia, de respeto, de ayuda mutua…

Roguemos al Señor: “Que nos lavemos los pies unos a otros”.

Por las intenciones del Papa (abril 2022):

– que “los sanitarios atiendan enfermos y ancianos, sobre todo en los países más pobres”;

– que “el personal sanitario sea apoyado por los gobiernos y las comunidades locales”.

Roguemos al Señor: “Que nos lavemos los pies unos a otros”.

Por los servidores de las comunidades:

– que sean elegidos por todos, sin discriminación de género ni estado civil;

– que los obispos y presbíteros casados puedan ejercer su ministerio del Espíritu.

Roguemos al Señor: “Que nos lavemos los pies unos a otros”.

Por la comunidad internacional:

– que evite las tragedias humanas: guerras, refugiados, hambrunas…;

– que cuide el reparto de los bienes para que lleguen a todos.

Roguemos al Señor: “Que nos lavemos los pies unos a otros”.

Por los más vulnerables:

– que sean el centro de nuestra preocupación y cuidado;

– que se unan y trabajen por solucionar sus problemas.

Roguemos al Señor: “Que nos lavemos los pies unos a otros”.

Por esta celebración:

– que nos dé a gustar internamente la alegría del amor;

– que nos vincule a unos con otros para el cuidado mutuo.

Roguemos al Señor: “Que nos lavemos los pies unos a otros”.

Bendice, Señor, nuestros deseos. Danos tu Espíritu que nos anime al servicio y cuidado mutuos, siguiendo tu camino. Te lo pedimos a ti, Jesús resucitado, que vives por los siglos de los siglos.

Amén.

La Iglesia y la democracia

¿Puede la sociedad civil imponer algo de democracia en la Iglesia?

Rufo González

 No puede haber sinodalidad sin eliminar muchos cánones del Derecho canónico
Según nos cuenta Franziska Driessen- Reding, presidenta del Consejo del Sínodo, de Zúrich (katholisch.de; 8 de enero de 2022), la Iglesia católica en Suiza ha aceptado que en su seno haya democracia para ser reconocida por el Estado, y poder así recibir apoyo económico. En Suiza la libertad religiosa es un derecho fundamental amparado por la constitución. Pero también las asociaciones de ciudadanos, para ser reconocidas y tener derecho a ayuda estatal, deben reunir unas condiciones democráticas en su organización.

Las comunidades religiosas no pueden ser una excepción. Son comunidades de creyentes y, a su vez, ciudadanos organizados de acuerdo con la legislación civil.

Las Iglesias de la Reforma ya habían abierto camino. La Iglesia católica, que quería gozar de los mismos derechos, no tuvo más remedio que crear estructuras democráticas en su interior. Así pudo ser reconocida por los diversos gobiernos cantonales como asociación legal y sujeta al derecho público dentro del Estado suizo. Los cantones suizos pueden conceder subvenciones a las iglesias, pero exigen su carácter democrático. Hay cantones que tienen regulado oficialmente el impuesto eclesiástico. Lo descuentan de las nóminas o ingresos de los ciudadanos que declaran su pertenencia religiosa, y lo entregan a sus Iglesias, reconocidas como asociaciones democráticas por el Estado.

Por esto, la Iglesia católica en Suiza tiene un sistema dual de organización. Por una parte están los “comités laicos” en las diócesis y en cada parroquia. Son asociaciones democráticas: eligen sus representantes, deciden las finanzas, la gestión del personal y la gestión de la propiedad. Y, por otra parte, están los “responsables pastorales”: obispos, párrocos, catequistas… Ellos deciden en la pastoral, culto… Estos pastores son obligados de algún modo a identificarse con Pedro y Juan: “No tengo plata ni oro, pero te doy lo que tengo: en nombre de Jesús Nazareno, levántate y anda” (He 3,6).

Algunos clérigos católicos suizos siguen pensando, según cuenta la presidenta, que esta situación ha sido “un `sapo´ inevitable que había que tragar para obtener el dinero de los contribuyentes”. Y con toda razón, según el Código de Derecho canónico vigente en la Iglesia universal. En los cánones 536, 537 y 532 se concreta la nula democracia de los Consejos pastorales y económicos en toda parroquia:

“Canon 536 § 1: Si es oportuno, a juicio del Obispo diocesano, oído el consejo presbiteral, se constituirá en cada parroquia un consejo pastoral, que preside el párroco y en el cual los fieles, junto con aquellos que participan por su oficio en la cura pastoral de la parroquia, presten su colaboración para el fomento de la actividad pastoral. § 2. El consejo pastoral tiene voto meramente consultivo, y se rige por las normas que establezca el Obispo diocesano.

Canon 537: En toda parroquia ha de haber un consejo de asuntos económicos que se rige, además de por el derecho universal, por las normas que haya establecido el Obispo diocesano, y en el cual los fieles, elegidos según esas normas, prestan su ayuda al párroco en la administración de los bienes de la parroquia, sin perjuicio de lo que prescribe el c. 532.”.

Canon 532: El párroco representa a la parroquia en todos los negocios jurídicos, conforme a la norma del derecho; debe cuidar de que los bienes de la parroquia se administren de acuerdo con la norma de los cc. 1281-1288.

El clero se ha arrogado representación y decisión totales. El clericalismo, poder absoluto clerical, está en la entraña de la Iglesia católica. La cosa viene de lejos. Nada menos que desde el siglo III: “a mediados del siglo III, los sucesores de los apóstoles y seguidores de Jesús ya habían alcanzado, en valoración y estima de la Iglesia, una cualificación que los consideraba como hombres sagrados y consagrados. Es decir, hombres separados y puestos en un rango superior al de los simples laicos. Con lo cual, lo que Jesús quiso evitar a toda costa cuando mandó a sus discípulos y apóstoles que fueran por la vida lavando los pies a los demás, o sea como esclavos al servicio de los que sufren y viven en la inseguridad, lo hicieron justamente sus sucesores: se situaron no solo al margen de los demás, sino incluso por encima de los demás. Con una dignidad y unos poderes, que (hablando humanamente) nunca pudo imaginar Jesús” (J.M. Castillo; El Evangelio marginado. Ed. Desclée de Brouwer. Bilbao 2019, P. 205).

Como ocurre en Suiza, a la Iglesia católica para ser reconocida en derecho público se le tendría que exigir estructura social democrática. Un estado democrático no debe acordar nada con un señor, que dice actuar como representante de una asociación, pero que en realidad no ha sido elegido por sus representados, ciudadanos libres. Los obispos dicen ser los representantes de sus iglesias, cuando en realidad los miembros de sus iglesias no les han elegido para representación alguna. Es la falsedad acostumbrada y que nos parece normal. La sociedad en general cree que la Iglesia son los clérigos. Eso del “pueblo de Dios, la Iglesia…”, que somos los bautizados, es una verdad teórica. La realidad eclesial es rotundamente clerical.

El Código, que es la verdad real, decisiva, sigue fundamentalmente anclado en la teoría de san Pío X. Escrita en la encíclica que condena la separación entre la iglesia y el estado como “una tesis absolutamente falsa y sumamente nociva”, referida entonces a Francia. El tiempo ha dicho lo contrario. Igual está ocurriendo con la separación entre jerarquía y laicado: “la Iglesia es el Cuerpo místico de Jesucristo, regido por pastores y doctores, es decir, una sociedad humana, en la cual existen autoridades con pleno y perfecto poder para gobernar, enseñar y juzgar. Esta sociedad es, por tanto, en virtud de su misma naturaleza, una sociedad jerárquica; es decir, una sociedad compuesta de distintas categorías de personas: los pastores y el rebaño, esto es, los que ocupan un puesto en los diferentes grados de la jerarquía y la multitud de los fieles.

Y estas categorías son de tal modo distintas unas de otras, que sólo en la categoría pastoral residen la autoridad y el derecho de mover y dirigir a los miembros hacia el fin propio de la sociedad; la obligación, en cambio, de la multitud no es otra que dejarse gobernar y obedecer dócilmente las directrices de sus pastores” (Encícl. `Vehementer Nos´, III. 1906). Se ha cambiado el seguimiento de Jesús por el seguimiento de los dirigentes, seleccionados entre varones célibes bautizados. Mujeres y casados no pueden presidir comunidades ni representar a Jesús distribuyendo su perdón, su vida eucarística, su vigor a los enfermos…

No puede haber sinodalidad sin eliminar muchos cánones del Derecho canónico. La sinodalidad parcial “suiza” ha sido impuesta por la sociedad civil. Bien podrían los dirigentes eclesiales tomar nota y adelantarse en muchas funciones democráticas que son compatibles con el Evangelio. La historia nos dice que la Iglesia no suele moverse hasta que las circunstancias sociales la mueven. Ha marginado en gran medida al Evangelio, para poner en su centro decisivo el Código, la Ley.

La Iglesia es comunión

La comunión en ser y en caminar exige democracia funcional

Por | Rufo González

La Iglesia no es una creación democrática, fruto del parecer y de votos nuestros. Viene de Dios, de Jesús, de “arriba”. Los cristianos no hemos elaborado una “constitución” para someterla a la voluntad soberana del pueblo. Previo a nuestra decisión libre hay una Palabra y un Espíritu de amor, que salen a nuestro encuentro, desde el misterio abismal que llamamos “Dios”, “Padre de Jesús”, “Padre de todos”. Los cristianos aceptamos el Evangelio de Jesús, sus signos de vida, su comunidad de amor. Esos dones son medios necesarios para promover el Reino de Dios, que es y será siempre nuestro objetivo, la misma causa por la que vivió, murió y resucitó Jesús.

No somos soberanos en la Iglesia. No tenemos nosotros la palabra última y definitiva. Para nosotros lo definitivo es la Palabra revelada, la voluntad divina, expresada sobre todo en la vida de Jesús de Nazaret. La soberanía es de Cristo, cabeza de la Iglesia (Ef 5, 23; Col 1, 18), que vive con nosotros y nos ilumina y alienta constantemente con su Espíritu. Espíritu que nos ha seducido y convencido. Hemos elegido ser, con libertad, miembros de su Cuerpo, Iglesia. Aceptamos el Evangelio y la organización inspirada por Cristo: medios de vida (oración, sacramentos) y ministerios o servicios necesarios para trabajar por el Reino de Dios.

La Iglesia es más que democracia, es comunión. Es, sin duda, la palabra que mejor define a la Iglesia. Comunión en su ser: “un pueblo reunido en virtud de la unidad del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo” (LG 4). Pueblo que “recibe la misión de anunciar el reino de Cristo y de Dios e instaurarlo en todos los pueblos, y constituye en la tierra el germen y el principio de ese reino” (LG 5). Comunión en su hacer se llama “sinodalidad”, caminar juntos. Es lo que exige la propia naturaleza de la Iglesia: reunión de los que se sienten convocados a la misma misión, a la misma vida en “el amor que nos tiene el Padre” (1Jn 3,1ss). Si somos una comunidad con los mismos medios y fines, es lógico que seamos una democracia en muchos aspectos de funcionamiento. “Lo que es de todos y afecta a todos ha de ser tratado y decidido por todos”, fue principio básico de la Iglesia durante siglos. Se ha ido extinguiendo por la presión histórica de imperios y monarquías absolutas, no inspiradas en el Evangelio.

La comunión en ser y en caminar exige democracia funcional. Basta leer los inicios de la Iglesia para percibirlo. Es la libertad vivida en los primeros tiempos: “Escoged entre vosotros a siete hombres de buena fama, llenos de Espíritu y saber, a los que podamos encargar este asunto” (He 6, 3). “Decidieron los apóstoles y los responsables con la entera comunidad (syn hole te ecclesía), elegir a algunos…” (He 15, 22ss).

El llamado “concilio de Jerusalén” “fija el estilo de la organización cristiana. Por la declaración final (“nos ha parecido al Espíritu Santo y a nosotros”), sabemos que Dios (Espíritu Santo) se expresa en el diálogo y decisión de los creyentes (nosotros). La iglesia es una asamblea teologal: los hermanos se juntan y dialogan los problemas a la luz del mensaje de Jesús, de manera que pueden afirmar y afirman que les asiste el Espíritu Santo. Es una asamblea participativa: Dios habla en el diálogo fraterno. Éste es el modelo cristiano de gobierno, en una iglesia que empieza a tener ya problemas. Ella no puede resolverlos mágicamente, ni apelar a una instancia exterior (oráculo de Dios, revelación privada o decisión particular de un dignatario). Los hermanos deben reunirse y dialogar: sólo allí donde comparten la palabra, conforme al evangelio (misión) y para bien de todos, se revela el Espíritu. Lucas ha desarrollado este acuerdo de Jerusalén como ejemplo de autoridad, expresando para siempre el sentido de la comunión eclesial. Éste es el primero y quizá el más importante de todos los “concilios”, pues no define un dogma especial, sino la base y comunión dialogal de la iglesia. Tras el concilio de Nicea (325 d. C.), las decisiones las tomarán sólo los obispos, cosa, en cierto modo, lógica, por los cambios de estructura eclesial. Pero al principio era distinto: no se reunieron obispos, sino apóstoles y presbíteros (paradójica mezcla), con delegados de las comunidades (Antioquía) y el conjunto de la iglesia (muchedumbre de Jerusalén) (X. Pikaza. Blog de RD. 07.09.08).   

La Tradición Apostólica de Hipólito (s. III) transmite el principio democrático en la elección del obispo: “que se ordene como obispo a aquel que, siendo irreprochable, haya sido elegido por todo el pueblo”. En sus orígenes, pues, la organización católica no fue monarquía absoluta ni sacralizada.

En la comunidad cristiana no puede haber predominio ni sometimiento: “Sabéis que los jefes de los pueblos los tiranizan y que los grandes los oprimen. No será así entre vosotros: el que quiera ser grande entre vosotros, que sea vuestro servidor, y el que quiera ser primero entre vosotros, que sea vuestro esclavo. Igual que el Hijo del hombre no ha venido a ser servido sino a servir y a dar su vida en rescate por muchos” (Mt 20, 25-28; Mc 10, 42-45; Lc 22, 25-28). “Lavaos los pies unos a otros” (Jn 13,14), es el testamento de Jesús. La primacía que otorgó a Pedro no fue de predominio, sino de “confirmar a sus hermanos en la fe” (Lc 22,32) y “apacentar las ovejas” (Jn 21, 15-17). Confirmar en la fe y apacentar puede hacerse tras una elección democrática. Lo mismo que organizar la labor apostólica, repartir las tareas y las responsabilidades, etc. La fidelidad evangélica es la fundamental.

El Vaticano II, centrando la Iglesia en la comunión, apuntó reformas en este sentido. Pero el Código de Derecho Canónico, cánones 536 y 537, concreta estas aspiraciones en formas poco o nada democráticas. Por ejemplo:

“Canon 536 § 1: Si es oportuno, a juicio del Obispo diocesano, oído el consejo presbiteral, se constituirá en cada parroquia un consejo pastoral, que preside el párroco y en el cual los fieles, junto con aquellos que participan por su oficio en la cura pastoral de la parroquia, presten su colaboración para el fomento de la actividad pastoral. § 2. El consejo pastoral tiene voto meramente consultivo, y se rige por las normas que establezca el Obispo diocesano.

Canon 537: En toda parroquia ha de haber un consejo de asuntos económicos que se rige, además de por el derecho universal, por las normas que haya establecido el Obispo diocesano, y en el cual los fieles, elegidos según esas normas, prestan su ayuda al párroco en la administración de los bienes de la parroquia, sin perjuicio de lo que prescribe el c. 532.”.

Una comunidad cristiana, reunida por el Espíritu de Jesús, anuncia el evangelio, celebra los signos de vida que nos ofrece Jesús, vive la fraternidad. Para realizar estas actividades necesita organizarse según los carismas de todos sus miembros. Dos estructuras básicas son, sin duda, los Consejos de Pastoral y de Economía. Por ley son sólo consultivos para el poder absoluto. Aún hay parroquias que no los tienen. Muchos funcionan para decir amén al párroco o al obispo. Una decisión comunitaria, acorde con el Evangelio y en su ámbito, da conciencia de comunidad adulta. Lo contrario es infantilismo. Así lo ve la sociedad actual.