Represión a la Iglesia en Nicaragua

Medio centenar de sacerdotes nicaragüenses piden refugio en Honduras y Costa Rica

Daniel Ortega persigue a la Iglesia
Daniel Ortega

Los curas señalan que han sufrido la presencia de “policías en las afueras de las parroquias, rodeando sus casas o recibiendo llamadas telefónicas para tratar de angustiarlos”

Al menos 50 sacerdotes nicaragüenses han solicitado refugio a Honduras y Costa Rica ante los constantes actos de represión y hostigamiento por parte de la dictadura de Daniel Ortega, tal como informa hoy El Heraldo.


“Ellos nos han expresado estar en contra de las situaciones de injusticia e irrespeto de los derechos humanos en su país”, ha explicado José Canales, obispo de la Diócesis hondureña de Danlí. “Nosotros estamos disponibles para recibir a aquellos sacerdotes que en circunstancias extremas tengan que salir de Nicaragua. De esta forma puedan integrarse a la vida de la iglesia en El Paraíso”, añadió.

Represión a la Iglesia

Tal como señala Canales, los sacerdotes no alegan haber sufrido violencia física, pero sí psicológica. “Considero que esto es peor que una patada, policías en las afueras de las parroquias, rodeando sus casas o recibiendo llamadas telefónicas para tratar de angustiarlos”, ha expresado el obispo.

Actualmente, el régimen de Ortega mantiene bajo arresto al obispo Rolando Álvarez y a siete sacerdotes. Además, hace unas semanas el Servicio de Telecomunicaciones (TELCOR) del gobierno de nicaragüense cerraba la emisora católica ‘Radio Stereo Fe’, perteneciente a la diócesis de Estelí, por considerar que estaba “operando de manera ilegal”

Ni Jesús ni los ‘Doce’ fueron sacerdotes 

Cada vez con mayor frecuencia vemos asumir el papel de guías o líderes parroquiales a seglares/laicos que, por no estar ‘ordenados’, no pueden celebrar la Eucaristía con sus feligreses, como sería su obligación.

Esto no planteaba problema alguno en la Iglesia primitiva, donde la celebración de la Eucaristía dependía sólo de la comunidad.

Los encargados de presidir la eucaristía, de acuerdo con la comunidad, no eran ‘sacerdotes ordenados’, sino feligreses absolutamente normales. En la actualidad los llamaríamos seglares, es decir, hombres e incluso mujeres, por lo común casados, aunque también los había solteros. Lo importante era su nombramiento por la comunidad.

Ni él mismo era sacerdote ni lo fue ninguno de los ‘Doce’, como tampoco Pablo. De igual manera es imposible atribuir a Jesús la creación del orden episcopal. Nada permite sostener que los Apóstoles, para garantizar la permanencia de su función, constituyeron a sus sucesores en obispos. El oficio de obispo es, como todos los demás oficios en la Iglesia, creación de esta última, con el desarrollo histórico que conocemos. Y así la Iglesia ha podido en todo tiempo y sigue pudiendo disponer libremente de ambas funciones, episcopal y sacerdotal, manteniéndolas, modificándolas o suprimiéndolas.

La crisis de la Iglesia perdurará mientras ésta no decida darse una nueva constitución que acabe de una vez para siempre con los dos estamentos actuales: sacerdotes y seglares, ordenados y no ordenados. Habrá de limitarse a un único “oficio”, el de guiar a la comunidad y celebrar con ella la eucaristía, función que podrán desempeñar hombre o mujeres, casados o solteros. Quedarían así resueltos de un plumazo el problema de la ordenación de las mujeres y la cuestión del celibato.

Esto se aplica sin duda alguna a la Iglesia ‘sacerdotal’ o clerical. Interrogando a los testigos de los tiempos bíblicos y del cristianismo primitivo, llegamos a la conclusión clara y convincente de que episcopado y sacerdocio se desarrollaron en la Iglesia al margen de la Escritura y fueron más adelante justificados como parte del dogma.

Todo parece hoy indicar que ha llegado la hora, para la Iglesia, de regresar a su ser propio y original.

Conclusión

1. En la Iglesia católica hay dos estamentos, clero y laicado, con distintos privilegios, derechos y deberes. Esta estructura eclesial no corresponde a lo que Jesús hizo y enseñó. Sus efectos, por tanto, no han sido beneficiosos para la Iglesia en el transcurso de la historia.

2. El Concilio Vaticano II intentó, sí, salvar el foso existente entre clérigos y laicos, mas no logró suprimirlo. También en los documentos conciliares, los seglares aparecen como asistentes de la jerarquía, sin ninguna posibilidad de reivindicar sus derechos con eficacia.

3Jesús rechazó el sacerdocio judío y los sacrificios cruentos de su época. Rompió las relaciones con el Templo y su culto celebrado por sacerdotes. Anunció la ruina del Templo de Jerusalén y dio a entender que en su lugar no imaginaba ningún otro templo. Por eso fueron los sacerdotes judíos quienes le llevaron a la cruz.

4. Ni una sola palabra de Jesús permite deducir que deseara ver entre sus seguidores un nuevo sacerdocio y un nuevo culto con carácter de sacrificio. Él mismo no era sacerdote, como no lo fue ninguno de los doce apóstoles, ni Pablo. Tampoco en los restantes escritos neotestamentarios se percibe huella alguna de un nuevo sacerdocio.

5Jesús no quiso que hubiera entre sus discípulos distintas clases o estados. ‘Todos sois hermanos‘, declara (Mt 23:8). Por ello los primeros cristianos se daban unos a otros el nombre de «hermanos» y «hermanas», teniéndose por tales.

6. En contradicción con esa consigna de Jesús, se constituyó a partir del siglo III una «jerarquía» o «autoridad sagrada», de la cual los fieles quedaron divididos en dos estamentos: clero y laicado, ‘ordenados‘ y ‘pueblo’. La jerarquía reivindicó para sí la dirección de las comunidades y, sobre todo, la liturgia. Acrecentó más y más sus poderes hasta que el papel de los seglares quedó reducido al de meros servidores obligados a obedecer.

7. La extensión de la Iglesia por el mundo exigió cargos oficiales que, como demuestra la historia, tomaron formas muy diversas. Todos esos oficios, incluido el de obispo, son creaciones de la Iglesia misma. En su mano está, pues, conservarlos, modificarlos o suprimirlos, según lo requieran las circunstancias.

8A partir del siglo V se hizo necesaria, para celebrar la eucaristía, la intervención de un sacerdote sacramentalmente ordenado. Desde entonces se abrió también camino la idea de que la ordenación sacerdotal imprime un «carácter» indeleble en quien la recibe. Esta doctrina, reelaborada por la teología medieval, sería elevada al rango de dogma de fe por el Concilio de Trento, en el siglo XVI.

9Durante cuatrocientos años, los ‘seglares‘ -según el término hoy utilizado- estuvieron presidiendo la eucaristía. Esto prueba que para ello no es necesario el concurso de un sacerdote que haya recibido el sacramento del orden, idea imposible de fundamentar tanto bíblica como dogmáticamente.

10. El requisito previo para presidir la eucaristía debe ser, pues, no una consagración u ordenación sacramental, sino un encargo. Este cometido puede confiarse a un hombre o a una mujer, casados o célibes. Ambos por igual tienen derecho a postular cualquier oficio eclesiástico, lo que incluye automáticamente la facultad para celebrar la eucaristía.

+Herbert Haag / Teólogo  –  Herder – 1998

La estructuración sacerdotal de la Iglesia

El agotamiento de la versión sacerdotal de la Iglesia Católica

Jorge Costadoat S.J.

 En quince años la pertenencia a su Iglesia de los católicos en Chile ha caído alrededor de un 30%. Este colapso tiene que ver con muchos factores. Uno de ellos es la distancia entre el sacerdote (sacer, en latín, sacro, separado de lo profano) y el resto del Pueblo de Dios. Cuánto han incido en esta crisis los abusos que lamentamos esta última década, suponemos que mucho. Pero, aparte de estos, el distanciamiento tiene causas más profundas.

Un factor decisivo en este distanciamiento es la estructuración sacerdotal de la Iglesia. Se dice que el problema es el clericalismo. Pero este es un déficit moral. Hay presbíteros clericales y otros que no lo son. El asunto de fondo es que la participación y la comprensión de los fenómenos que nutren la enseñanza y la toma de decisiones en la Iglesia es prerrogativa prácticamente exclusiva de los sacerdotes. La estructura que hace posible todo esto, a saber, el cristianismo sacerdotal, en sentido estricto no es un pecado. Pero genera clericalismo y un sinfín de otros problemas. Ha habido otras versiones de cristianismo a lo largo de la historia. Por ejemplo, el monaquismo. Hoy muchas de las familias protestantes y, sin ir muy lejos, los bailes religiosos del norte de Chile no se estructuran a partir de sacerdotes. La versión sacerdotal del catolicismo, por el contrario, se ha vuelto muy problemática.

Una reforma de este modo de organización del mando en la Iglesia parece muy difícil de imaginar en el futuro inmediato. El problema comienza en los seminarios que forman a los ministros. El Concilio de Trento quiso regular su formación. Creó seminarios en los cuales los jóvenes eran extraídos y protegidos del mundo. Exigió de ellos un desarraigo (dejar a sus familia y cultura) y los devolvió al mundo como agentes de una institución dedicada a una misión sacralizadora (sacer, sacro, separado).

Se los aculturó y, al menos desde el Vaticano I, se los romanizó. Entre cuatro paredes, en un régimen cerrado y autosuficiente (“institución total”) los formó como personas que debían llegar a ser consideradas perfectas (“estado de perfección”) y representantes de lo sagrado. La formación se organizó fundamentalmente en función de la celebración de la Santa Eucaristía. Ellos habrían de administrar la separación de lo sagrado y lo profano; los sacerdotes de un lado y el laicado del otro. Los seminarios actuales son en muchos aspectos distintos de los seminarios tridentinos, pero en lo fundamental aún hacen de la separación el factor articulador. La formación católica de los laicos/as, por otra parte, es muy deficitaria. La catequesis no da para formar cristianos/as que se sepan parte de una comunidad y que puedan participar en ella como adultos. Salvo excepciones, la mayoría de los católicos/as no son parte de nada.

El caso es que precisamente esta separación lleva a la jerarquía católica, y a los presbíteros en particular, a oponer Iglesia y mundo como dos magnitudes, si no antagónicas, yuxtapuestas. Pero, ¿acaso la Iglesia no forma parte del mundo”? Sí lo es, en ambos sentidos de la palabra. Para la fe católica toda realidad es creada y, por tanto, buena. La Iglesia es tan creatura como cualquier otra institución. También se dice que una realidad humana es mundana en tanto falible y pecadora. Las piedras no pecan. Pero instituciones humanas, en cuanto obras de seres libres e imputables, pueden favorecer la comisión de pecados y, por tanto, son revisables y, para cumplir su función evangelizadora, deben reformarse de un modo parecido a como las personas han de convertirse. Si es necesario precisar el concepto, la Iglesia es aquella sección del mundo que ha creído en Jesucristo y lo trasmite a lo largo de los siglos, dando testimonio de él unas veces y un anti-testimonio otras.

Pues bien, la distinción Iglesia-mundo, cuando distribuye el bien y la verdad del lado de la Iglesia y el mal y la ignorancia del lado del mundo, entorpece gravemente anunciar el Evangelio a los contemporáneos. Una Iglesia que niega su propia realidad no anuncia el Evangelio. ¿Cómo pudiera serlo sin la mediación de todos los bautizados/as, sin exclusión? ¿Cómo pueden ser buena noticia para el común de los cristianos/as unas enseñanzas que no provienen ulteriormente de la experiencia de vida de ellos mismos? Los presbíteros en los seminarios son formados para educar, pero no para aprender de los demás cristianos.

En el postconcilio esta situación tiene como ícono Humanae vitae que prohibió el recurso a medios artificiales de fecundidad y, además, demandó que todas las relaciones sexuales entre los esposos estuvieran abiertas a la procreación. Nadie puede decir hoy que esta encíclica haya sido recibida por el Pueblo de Dios. No la ha aceptado el laicado. Más bien, la ha rechazado ampliamente. El documento pontificio lamentablemente ha provocado la fuga de muchas mujeres de su Iglesia. Otras han permanecido en ella, pero a costa de enormes angustias. Las nuevas generaciones la desconocen. Este fracaso magisterial no se subsana entregando a los esposos la interpretación de la encíclica. Esta, además, constituye un candado doctrinal que impide a los agentes pastorales orientar a los jóvenes y a las personas homosexuales, y de otras formas de ser pareja.

Tampoco el Vaticano II, concilio extraordinariamente renovador, hizo las innovaciones doctrinales suficientes para desmontar la versión sacerdotal de la Iglesia. El Concilio impulsó reformas mayores. Niveló la relación entre los ministros y los fieles al considerar el bautismo como común denominador; puso a la jerarquía eclesiástica al servicio del Pueblo de Dios; reconoció al amor como principio de redención absoluto para todos los seres humanos; impulsó un diálogo Iglesia-mundo, pudiendo y debiendo aprender ella de este, y no solo enseñarle. Pero, por otra parte, el Vaticano II puso estas innovaciones en manos de los mismos sacerdotes, los celebrantes de la Eucaristía considerada la cumbre y la fuente de la vida de la Iglesia, es decir, los varones que han continuado separando y creyendo administrar lo sagrado y lo profano. Los decretos conciliares sobre el sacerdocio (Presbiterorum ordinis) y su formación (Optatam totius) han constituido un progreso pero, al no ir lo bastante lejos en la superación de aquella separación, la reforma impulsada ha quedado a medio camino, lo cual, a la vez, ha facilitado regresiones muy lamentables como lo ha sido una re-sacralización de los ministros y nuevos alejamientos en su relación con los y las católicas.

En el período pos-conciliar los seminarios han procurado acercar a los seminaristas al mundo real. Lo han hecho como un asunto espiritual y pastoral, pero ignorándose que la espiritualidad y la pastoralidad cristianas auténticas solo pueden darse allí donde hay un diálogo, una interacción y una participación efectivas de todos los bautizados/a en la tarea de anunciar el Evangelio. En la Iglesia Católica no hay cauces para algo así. Todo queda entregado a la buena voluntad de los presbíteros. La misma modernización de la formación de los seminaristas –incorporación de ciencias como la psicología y la sociología- no ha bastado. Si los seminarios de impronta tridentina que ejecutan la separación Iglesia-mundo no son desmontados, los laicos/as seguirán siendo víctimas de su propia Iglesia.

Pero no solo estos, también los mismos seminaristas tempranamente comienzan a sufrir psíquicamente esta distancia operada entre Dios y su creación. La separación Iglesia-mundo, que los inicia en el camino al sacerdocio, los divide interiormente, los daña y enrarece el cumplimiento de su misión. El régimen formativo genera personas que, por una parte deben representar la perfección evangélica, una suerte de participación en la infalibilidad, y, por lo mismo, se ven forzados a ocultar sus imperfecciones. No debiera extrañar que pueda pensarse que esta escisión sea una causa importante de los encubrimientos de los abusos sexuales, de poder y de conciencia del clero. Pero, dejados estos aparte, una persona bipolarizada por la formación recibida solo malamente podrá orientar la vida cristiana de los demás. Bastante más ayudaría a los seminaristas una conciencia de falibilidad y una experiencia de la misericordia. Así podrían hablar de la salvación como una realidad experimentada en primera persona.

En suma, solo podrá haber una reforma de la Iglesia cuando se superen las separaciones señaladas. De momento, el común de los católicos, y las mujeres más que nadie, no tienen ninguna participación en la generación de las decisiones más importantes de su Iglesia. Estas son obra de un estamento sacerdotal que se elige a sí mismo y no se siente obligado a dar cuenta (accountability) a nadie del desempeño de sus funciones. Los obispos y sacerdotes son los “elegidos” por Dios, pero como si Dios no pudiera elegirlos a través de las comunidades.

Así las cosas, la Iglesia no está a la altura de los tiempos y, porque la Encarnación pide hacerse a los tiempos, a los tiempos de la autonomía de la razón y a las demandas de dignidad de los seres humanos, muy difícilmente puede ser testimonio de Jesucristo.

Un nuevo sacerdote es asesinado en El Congo

Godefroid Pembele Mandon recibió unos disparos mientras se encontraba en su parroquia en el Kikwit

Milicias en R. D. Congo

El obispo de la región del Kikwit, en República Democrática del Congo, ha comunicado “profundamente entristecido” el fallecimiento del sacerdote Godefroid Pembele Mandon. Según informó la radio diocesana, y ha recogido la Agencia Fides, “El padre Pembele fue asesinado a tiros en la noche del 6 al 7 de agosto de 2022, en la parroquia de San José Mukasa, en Kikwit, por bandidos armados que atacaron la iglesia”en medio de una barbarie

Tras es ataque, señalan en un comunicado firmado por Francis-Emmanuel Kimwanga, canciller de la diócesis de Kikwit, “trasladado a Kinshasa, murió el domingo 7 de agosto de 2022 en el centro hospitalario Olive Lembe Kabila de Nsele” en la capital del país. Además, en esa misma noche otra parroquia de Kikwit, la dedicada a san Murumba, también fue atacada por bandidos armados “que asaltaron a las mujeres que se preparaban para la primera misa de un nuevo sacerdote y se llevaron muchas pertenencias de un catequista”, según recoge la agencia.

Uno de los líderes locales, Thesky Mayoko, ha compartido “el dolor con toda la comunidad cristiana católica de la ciudad de Kikwit” y ha querido “condenar enérgicamente esta barbarie que reina actualmente en la ciudad de Kikwit”. “Hago un llamamiento a las autoridades político-administrativas de la ciudad de Kikwit para que abran una investigación judicial que permita localizar a todos los autores de este crimen para que respondan de sus actos delictivos ante los tribunales”, reclamó.

Doce desafíos para los sacerdotes de hoy

 Alejandro Fernández Barrajón

      Sin duda alguna la vocación sacerdotal, como la vocación consagrada, contienen una belleza implícita que la hacen digna de admiración y respeto. Cuando un hombre y una vocación auténtica se encuentran se produce una polifonía de experiencias que causa asombro y agradecimiento.

       El pueblo de Dios necesita, hoy como nunca, sacerdotes de altura humana y religiosa que sean signo de la presencia divina en medio de los quehaceres y crisis que acompañan al hombre y a la mujer de hoy. La referencia de lo divino es un contrapunto necesario para que la sociedad avance y no se quede atrapada por lecturas materialistas de vuelo corto que producen una inmensa frustración. La fe nos concede una perspectiva de la vida que la hace más plural e interesante, más compleja y más rica a la vez.

       Cada tiempo ha tenido los sacerdotes que merece. Este tiempo nuestro necesita sacerdotes muy concretos y definidos que sepan iluminar este momento de gracia que vivimos. Hay retos y desafíos formidables en el mundo de hoy que necesitan ser despejados y clarificados por hombres de Dios que sean antes y, sobre todo, humanos.

  • 1) Sacerdotes bien preparados que se propongan ser, antes que nada, humanos y sensibles al momento de búsqueda y de frustración que vive el hombre de hoy. Sacerdotes caminantes y acompañantes que sugieren y no imponen, que señalan y no dogmatizan, que escuchan y no sólo hablan, que se hacen cercanos y no ajenos a las preocupaciones de la gente.
  • 2) Sacerdotes que saben escuchar en medio de un mundo que no escucha porque las palabras han perdido fuerza y convicción. Las palabras han perdido en gran parte sus connotaciones espirituales porque se compran y se venden todos los días y se convierten en negocio y en publicidad sin medida. Y nos hacemos sordos a las palabras y a la Palabra.
  • 3) Sacerdotes que no se preocupen en demasía por las formas y los ritos, por las leyes y lo establecido, y salgan a las esquinas de la vida donde se cuece el dolor humano y acampa sin peajes la injusticia y la falta de horizontes. Sacerdotes que caminen a pie por las calles y se acerquen a los estigmatizados y marginados por la sociedad de consumo.
  • 4) Sacerdotes samaritanos que no sacrifiquen el culto a la vida sino que sepan llenar de vida y llevar a la vida el culto a un Dios que es, sobre todo, misericordia y perdón. Sacerdotes que se olviden del papel de juzgar y ofrezcan espacios en sí mismos y en sus parroquias para el encuentro y el diálogo sanador.
  • 5) Sacerdotes que hayan leído mil veces el salmo 23 para parecerse al Buen Pastor y estar dispuestos a darse por entero a sus ovejas. Sacerdotes que hayan comido en la mano del Buen Pastor y hayan recostado muchas veces su cabeza en el hombro del Pastor divino hasta ser incondicionales suyos.
  • 6) Sacerdotes austeros y generosos, desprendidos y pobres, que saben que su riqueza es el Señor y los pobres que acuden a su casa. Sacerdotes comprensivos y familiares que han renunciado a ser autoritarios y a imponer un estilo de vida cristiana que no cuente con la libertad y la participación de todos.
  • 7) Sacerdotes que tienen una rica vida interior porque han sabido abandonarse a la oración, a la contemplación y al silencio fecundo de quien se refugia en la Palabra y la hace suya.
  • 8) Sacerdotes que tienen como una riqueza a los pobres que deambulan por las calles y las iglesias y les prestan consuelo, ayuda y esperanza.
  • 9) Sacerdotes que se distancian de las puntillas y oropeles, signos de un tiempo felizmente pasado, y no se refugian en las formas para disimular la pobreza del fondo.
  • 10)Sacerdotes según el corazón de Dios dispuestos a servir y no a ser servidos, a animar y no a imponer, a crear comunidad católica (universal) y evitar camarillas exclusivas y privadas. Sacerdotes de todos y para todos.
  • 11)Sacerdotes desclericalizados que no buscan tanto su pode r y su autoridad sino como su servicio a la comunidad, coherentes y cabales.
  • 12)Sacerdotes que abren ventanas a la calle para ver la realidad que pasa y descubren que el proceso sinodal nos invita a reflexionar sobre temas hasta ahora vedados: celibato opcional del sacerdote, sacerdocio de la mujer, bendición de las parejas de hecho gays…

   Allí donde los sacerdotes son hombres de Dios, cercanos al pueblo y testigos creíbles, la Iglesia se reviste enseguida de credibilidad y se convierte en una de las instituciones sociales más queridas y admiradas. Por eso es importante qué tipo de sacerdotes queremos para la Iglesia en los próximos años. No vale cualquiera. Hay estilos de ejercer el sacerdocio que generan rechazos generalizados y que hemos de revisar con urgencia por el bien de la comunidad cristiana. Sólo los hombres de Dios pueden conducir a Dios a los hombres.

Justamente lo que yo no soy capaz de conseguir.

Otros dos sacerdotes son secuestrados en Nigeria

La desaparición se produce tan solo una semana después del asesinato, en el mismo estado de Edo, del sacerdote Christopher Odia Ogedegbe

  • La comunidad católica nigeriana ha vuelto a sufrir un nuevo ataque. Y es que, tal como informa Fides, otros dos sacerdotes han sido secuestrados. De hecho, el secuestro de personalidades públicas para pedir rescate se ha convertido en una verdadera amenaza en varios estados del país.

Los secuestrados son Peter Udo, de la parroquia de San Patricio de Uromi, y Philemon Oboh, del Centro de Retiro San José, de Ugboha, en el estado de Edo, al sur de Nigeria. Según la policía, ambos desaparecieron el 2 de julio después de que los secuestradores bloqueasen su coche con disparos al aire en la carretera Benín-Auchi, entre las comunidades de Ehor e Iruekpen, cuando regresaban de Benín.

Búsqueda por la policía

Por otro lado, la policía asegura que se han enviado agentes a la zona “para llevar a cabo una persecución agresiva y bien coordinada” de los secuestradores y para liberar a los dos sacerdotes.

El doble secuestro se produce tan solo una semana después del asesinato, en el mismo estado, del sacerdote Christopher Odia Ogedegbe, a quien intentaron también llevarse cuando se dirigía a celebrar la misa y que murió en el enfrentamiento.

¿Qué tan cercano es nuestro sacerdote?

Por José Antonio Varela

En febrero último, durante un simposio para presbíteros realizado en Roma, el papa Francisco participó como ponente e interpeló a los participantes. Fue una ocasión privilegiada para escuchar, en primera persona, el testimonio del pastor universal, quien les habló “a corazón abierto”, acerca de sus poco más de 52 años de vida sacerdotal.


Adelantó que el presbítero debe discernir siempre si el cambio y sus acciones, tienen o no, “sabor a Evangelio”. Advirtió sin embargo, que “buscar formas ancladas en el pasado y que nos «garantizan» una forma de protección contra los riesgos”, termina refugiando al presbítero “en un mundo o en una sociedad que no existe más”.

Por otro lado, afirmó que otra actitud poco recomendable es aquella del “optimismo exacerbado”, mediante el cual se va demasiado lejos, sin el debido discernimiento para tomar las decisiones necesarias. Un riesgo de esto es que, a veces, se “consagra la última novedad como lo verdaderamente real”, olvidando la sabiduría de los años.

Discernir la voluntad de Diosexplicó Francisco “es interpretar la realidad con los ojos del Señor, sin necesidad de evadirnos de lo que acontece a nuestros pueblos y sin la ansiedad que lleva a querer encontrar una salida rápida y tranquilizadora, a través de una ideología de turno”.

Como el papa es un hombre de esperanza y le gusta “primerear”, a través de su ponencia desarrolló cuatro “Cercanías”, que se refieren a actitudes que otorgan solidez a la persona del presbítero, porque siguen “el estilo de Dios”.

En este artículo hemos enriquecido cada cercanía, con el breve testimonio de cuatro presbíteros relacionados con el Perú, España, Brasil y EE.UU., quienes han experimentado estas cercanías o hubieran querido que se vivieran mejor en su entorno.

Cercanía a Dios

Esta primera “cercanía al Señor”, tiene su fuente en el Evangelio: “Yo soy la vid; ustedes los sarmientos. El que permanece en mí y yo en él, ese da mucho fruto”. Por ello, recuerda el papa que “sin una relación significativa con el Señor (..) sin la intimidad de la oración, de la vida espiritual, del acompañamiento sapiente de un guía (..), nuestro ministerio será estéril”.

Es por eso que invita a los presbíteros a no vivir la oración como un deber, sino como “un hijo que se hace cercano al Señor”. Para ello, no deben faltar “espacios de silencio en nuestro día (donde) perseverar en la oración”. Esto les permitirá tener “un corazón suficientemente ensanchado para dar cabida al dolor del pueblo (..) y, al mismo tiempo, como el centinela, anunciar la aurora de la Gracia de Dios que se manifiesta en ese mismo dolor”.

Conversando con un presbítero que suma treinta años de ordenado, me contó algo que le viene inquietando: “He visto a muchos sacerdotes con una fecundidad espiritual que se trasluce en su vida cotidiana; y por desgracia, conozco a un amigo que habría perdido la ilusión del sacerdocio. Por un lado, provoca la compasión y llama a preguntarse qué le está pasando a este sacerdote; y por otro lado, genera el escándalo y la murmuración de que un consagrado con algunas actitudes, sea un antitestimonio de la vida cristiana”.

Cercanía al obispo

La obediencia, para el santo padre, “es escuchar la voluntad de Dios, que se discierne precisamente en un vínculo”. La obediencia -explica-, puede ser “confrontación, escucha y, en algunos casos tensión, pero que no se rompe”.

Advierte que el obispo “no es un supervisor de escuela, no es un vigilante, sino un padre, y debería ofrecer esta cercanía”. Porque de lo contrario, “aleja a los presbíteros o solo acerca a los ambiciosos”.

“Defender los vínculos del sacerdote con la Iglesia particular, con el instituto a que se pertenece y con su propio obispo, hace que la vida sacerdotal sea digna de crédito”, manifestó Francisco. Por ello pidió a los presbíteros que “recen por los obispos y se animen a expresar su parecer con respeto, valor y sinceridad”, con la seguridad de que gran parte de los obispos sabrán responder con “humildad, capacidad de escucha, de autocrítica y de dejarse ayudar”.

Referido a esto, me contaba otro de los presbíteros consultados, con casi once años de ordenado, que ya desde seminarista veía que se fomentaba “un trato directo” del obispo con sus compañeros y con él mismo. Recuerda que, en su caso, cuando estuvo a punto de ordenarse como diácono, lo fue a visitar al seminario y salieron a cenar. “Yo tenía su numero de celular para lo que necesitara”, recuerda. Y ya ordenado como presbítero, acudió al obispo para el desarrollo de un proyecto diocesano dirigido a los hispanos, algo que le apoyó con interés.

Cercanía entre los sacerdotes

“La fraternidad escoge, deliberadamente, ser santos junto con los demás y no en soledad”, dijo Francisco en el evento, al referirse a la fraternidad sacerdotal como tercera “cercanía”. En su discurso citó un proverbio africano: “Si quieres ir rápido tienes que ir solo, mientras que si quieres ir lejos, tienes que ir con otros”. Por ello, confesó que no le llama la atención que por momentos se vea una “lentitud” en la Iglesia, pues es señal de quien “ha decidido caminar en fraternidad, también acompañando a los últimos, pero siempre en fraternidad”.

Una de las características de la fraternidad, explica, es “Aprender la paciencia, dado que “somos responsables de los demás, (al) cargar sus pesos (y) sufrir con ellos”. Advirtió que lo contrario sería “la indiferencia, la distancia que creamos para no sentirnos involucrados en su vida”.

Debido a esto, comentó que en algunos presbíteros tiene lugar “el drama de la soledad (y) sienten que del otro no pueden esperar el bien, la benignidad, sino solo el juicio”. Ya lo ha hablado el papa antes y en esta ocasión lo repite: “La envidia está al alcance de la mano y (luego) viene la murmuración”.

En otra parte de su discurso, Francisco recordó al respecto que “el amor fraterno no busca el propio interés, no deja espacio a la ira, al resentimiento”. Sino por el contrario, “cuando encuentro la miseria del otro, estoy dispuesto a olvidar para siempre el mal recibido, (sean) calumnias, maledicencias y murmuración”.

Lamentablemente, algo así tuvo que experimentar otro presbítero, con 35 años de ordenado, ante un hecho que se debe evitar: “Me ordené sacerdote con mucha ilusión y aún mantengo aquel amor primero que tocó mi corazón, amando y sirviendo en la Iglesia. Sin embargo, en algún momento, la envidia en mi contra generó indiferencia, murmuraciones e hipocresía, hasta que lograron sacarme de párroco y sin una parroquia donde celebrar la Eucaristía. Viví de limosnas, pues se propaló la noticia falsa de que me había aprovechado del dinero de la parroquia”.

Cercanía al pueblo

La cuarta “cercanía” se refiere a la relación con el Pueblo santo de Dios, que para Francisco “no es un deber, sino una gracia”. A esto añade, que el lugar de todo presbítero “está en medio de la gente, en una relación de cercanía con el pueblo”.

“Hoy es importante vivir en estrecha relación con la vida real de la gente, junto a ella”, afirmó el santo padre, convencido de que así brotará un “estilo de cercanía, de compasión y de ternura (que es) capaz de caminar no como un juez, sino como el Buen Samaritano que reconoce las heridas de su pueblo”.

Esta “cercanía” permite, según el testimonio del papa, ser “pastores del pueblo y no clérigos de Estado, profesionales de lo sagrado…”. Quizás por eso, es que hace una fuerte crítica al clericalismo, al que denomina “una perversión”; como también lo es uno de sus signos visibles: la rigidez. Pero no lo deja allí, sino que denuncia un hecho real: “la clericalización del laicado, (aquella) promoción de una pequeña elite en torno al cura, termina por desnaturalizar (la) misión fundamental del laico”.

Llegando al final de su discurso, el papa recordó que los presbíteros deben ser “pastores que sepan de compasión, hombres con coraje capaces de detenerse ante el caído y tender su mano”. Por ello advierte que, “si el pastor anda disperso, si el pastor se aleja, las ovejas también se dispersarán y quedarán al alcance de cualquier lobo”. El llamado constante de Francisco al presbítero, es a vivir una cercanía con su pueblo, para así “anunciar en las llagas del mundo, la fuerza operante de la Resurrección”.

Otro de los párrocos que conversó con nosotros, pudo confrontar aquello con su ministerio: “Mi experiencia en estos 22 años de sacerdocio, es que, muchas veces se hace más trabajo pastoral estando a pie de calle con el pueblo, que en la propia estructura de la parroquia. Aunque he trabajado en la ciudad y en zonas rurales, en estas últimas tenía mucho más facilidad, por la cercanía con las personas, pues nos saludábamos al cruzarnos. Era lo que llamo la «pastoral de la calle»”.

También recordó que siempre le ha gustado desarrollar una “pastoral de las cafeterías”, entrando a los locales a tomar un café con las personas. Esta cercanía con ellos, permite un diálogo de confianza, donde expresan sus preocupaciones y sufrimientos personales y familiares, permitiendo así, una ocasión de anunciar la Buena Nueva de Cristo a los alejados de la Iglesia”.

Consciente de este amplio celo sacerdotal en muchísimos pastores, el papa concluye su discurso sobre estas cuatro “cercanías”, asegurando que, “aunque altere las rutinas, incomode un poco y despierte la inquietud”, aquellas son “una buena escuela a la que el sacerdote es convocado sin miedos, sin rigidez, sin reducir ni empobrecer la misión”.

Habría que aprovechar este tiempo sinodal para recuperar estas “cercanías” del Señor, sugeridas por el papa Francisco para los presbíteros, que son como “un regalo que Él hace, para mantener viva y fecunda la vocación”.

La abolición de la sociedad estamental

Teólogo Ebner: El cristianismo no necesita sacerdotes

La Iglesia Católica enseña que el sacerdocio se basa directamente en Cristo. Sin embargo, el Nuevo Testamento no revela eso, dice el exégeta Martin Ebner. Para que haya reformas reales, la «sociedad de los estamentos» debe ser abolida.

El erudito emérito del Nuevo Testamento de Bonn, Martin Ebner, pide la abolición de la «sociedad estamental» en la Iglesia Católica. El cristianismo no necesita sacerdotes, dijo Ebner en una entrevista en el nuevo número de la revista «Publik Forum». El Nuevo Testamento rechaza claramente la idea de que «los sacerdotes pueden mediar entre Dios y el hombre realizando ciertos ritos». Un «signo fuerte» contra la doctrina de que el sacerdocio se basa directamente en la voluntad de Cristo es el hecho de que la carta a Clemente del año 90, que menciona este concepto, no estaba incluida en el canon de la Sagrada Escritura. Ebner es sacerdote y ocupó la Cátedra de Exégesis del Nuevo Testamento en la Universidad de Münster de 1998 a 2011. Desde 2011 hasta su jubilación en 2019, enseñó esta materia en la Universidad de Bonn.

El sacerdocio cristiano, tal como existe hoy en día, surgió a principios del siglo III, continuó Ebner. En ese momento, los ancianos o presbíteros de la parroquia se equipararon con los sacerdotes del Antiguo Testamento, con el objetivo de ser financiados por los fieles como ellos. Así, se inició una «profesionalización y sacralización». Esto ha llevado a que los ancianos o presbíteros y obispos se conviertan en empleados a tiempo completo «que se llaman a sí mismos ‘sacerdotes’, formando su propio estatus, el clero que se distingue de los laicos». Por lo tanto, un «orden de dos estados» había comenzado en la iglesia, «relacionado con el ascenso social del cristianismo».

Carrera contra una pared

En opinión de Ebner, los documentos del Foro Sinodal «Existencia Sacerdotal Hoy» permanecen bajo la posición del Nuevo Testamento. Se elude el punto decisivo en el debate de la reforma: «Si la abolición de la sociedad estamental católica no tiene éxito, corremos contra una pared cuando exigimos la democratización». Los laicos permanecerán «sometidos a un estatus privilegiado por consagración». Los «círculos interesados» están tratando de mostrar que Jesús era un sacerdote, «para declararlo el arquetipo del sacerdote católico». Sin embargo, esto no hace justicia ni a la historia ni a la intención de Jesús. «Jesús dijo cosas bastante odiosas acerca de los sacerdotes. Él solo piensa en el Buen Samaritano», dijo Ebner.

En la celebración de la «Cena del Señor» el recuerdo de Jesús debe ser el centro de atención, «no la cuestión de la presidencia». Además, se necesita una «cultura de vocación que emane de abajo», dice el erudito del Nuevo Testamento: «Por ejemplo, que te acerques a alguien en la iglesia y le preguntes: Te veo interesado por las cuestiones filosóficas y teológicas, ¿no quieres estudiar esto?» O: «Tienes un sentido estético, ¿no quieres diseñar la liturgia?» Ebner enfatizó que no se ve a sí mismo como un «sacerdote de culto» que tiene «poderes exclusivos» a través de la consagración o está más cerca de Dios: «Me veo a mí mismo como un mediador de una buena vida, siguiendo los pasos de la Biblia y especialmente de Jesús de Nazaret»

La versión sacerdotal del cristianismo

Jorge Costadoat: «La versión sacerdotal del cristianismo se ha convertido en una expresión patológica del mismo»

Sacerdotes
Sacerdotes

«Si la Iglesia Católica no estuviera organizada sacerdotalmente, no habría los abusos de poder de los clérigos que hoy tanto lamentamos y muchos otros problemas más»

«Hay sacerdotes que no son clericales. No abusan de su investidura. Son ministros humildes, que caminan con sus comunidades y a su servicio»

«los sacerdotes son administradores mayores o menores, de una especie de multinacional, ¿la más grande del mundo?, que nada debiera tener que ver con la Iglesia de Cristo»

«El caso es que en la Iglesia Católica actual es posible ser sacerdote sin ser cristiano. Suena duro, pero a esto hemos llegado»

«La Iglesia Católica necesita ministros que sean cristianos, antes que funcionarios de una organización sacerdotal internacional gestionada por una clase que se elige a sí misma y que carece por completo de accountability ante el Pueblo de Dios»

Por | Jorge Costadoat teólogo

Me parece que el problema principal de la Iglesia Católica hoy no es el clericalismo, sino la versión sacerdotal del catolicismo. El clericalismo es un problema moral. La organización sacerdotal del cristianismo, no. Esta constituye una dificultad estructural. Si la Iglesia Católica no estuviera organizada sacerdotalmente, no habría los abusos de poder de los clérigos que hoy tanto lamentamos y muchos otros problemas más.

Hay sacerdotes que no son clericales. No abusan de su investidura. Son ministros humildes, que caminan con sus comunidades y a su servicio. Aprenden del laicado y efectivamente lo orientan porque tienen la apertura necesaria para aprender de la realidad y de la vida en general. De sus prédicas nadie arranca porque tienen algo que decir.

Sin embargo, ellos no han sido elegidos por sus comunidades y, en consecuencia, no les deben rendir cuenta del desempeño de sus funciones. Los presbíteros, sacerdotes, ministros o como quiera llamárselos, son escogidos por otros sacerdotes y son ordenados por los obispos para cumplir una función. En este sentido, bien puede aplicárseles el nombre de “funcionarios”, aunque no guste. Son administradores mayores o menores, de una especie de multinacional, ¿la más grande del mundo?, que nada debiera tener que ver con la Iglesia de Cristo.

La Iglesia –que, como cualquiera organización humana, requiere una institucionalidad- necesita de estos servidores para cumplir tareas que van del anuncio de la Palabra a la administración de los sacramentos, pasando por la recaudación de medios para desarrollar estos servicios, para sostener obras educativas, de caridad y de justicia, y para la sustentación de sus propias vidas. Pero esta misma organización ha podido deshumanizar a su dirigencia. De hecho lo hace. ¿Necesita hacerlo en algún grado? En más de una oportunidad nos ha parecido que sí.

El caso es que en la Iglesia Católica actual es posible ser sacerdote sin ser cristiano. Suena duro, pero a esto hemos llegado. En los seminarios se forma gente para enseñar y administrar sacramentos, amén de dineros y, a veces, personas. A su efecto, los formandos son sometidos a procesos de aculturación. Los seminaristas son romanizados. Son reformateados. Se los viste como curas para distinguirlos de los demás. Son eximidos de pasar por las experiencias fundamentales de sus contemporáneos, como ser la intimidad afectiva y la paternidad, y en el caso de los religiosos por la obligación de cualquier persona de ganarse el pan.

Los sacerdotes son seres psicológicamente escindidos en la misma medida que son separados (“elegidos” por Dios) del común de los mortales. Ellos representan la separación Iglesia-mundo. Aquí la Iglesia (“sagrada”), allí el mundo (“profano”). En tanto esta separación se acentúa, son incapacitados para entender lo que ocurre y para guiar efectivamente a un pueblo que progresivamente los considera irrelevantes. Las prédicas de muchísimos de ellos son un fracaso de principio a fin. Incluso la doctrina de la Iglesia Católica, en más de un aspecto, proviene de gente que parece carecer de la raigambre epistemológica necesaria.

Muchos, especialmente los jóvenes, la consideran una rareza. El caso es que, los mismos sacerdotes, divididos interiormente, bipolarizados, terminan por quebrarse. Tal vez los curas clericales logran sortear este peligro. Pero seguramente al precio de una deshumanización que no puede ser voluntad del Dios que, convertido en un ser humano auténtico y el más auténtico de los seres humanos, nos humaniza. Jesús fue un laico que supo integrar en su persona la realidad en sus más diversos aspectos, una persona humana que nos divinizó porque nos laicizó. ¿Quién puede explicar que se lo haya convertido en un Sumo y Eterno sacerdote?

La Iglesia Católica no necesita solucionar el problema del clericalismo. Necesita, en primer lugar, des-sacerdotalizarse. En la Iglesia se han dado y se dan versiones no sacerdotales del cristianismo: el monacato, la religiosidad popular latinoamericana, el 70% de las comunidades de la Amazonía sin sacerdotes, las iglesias evangélicas pentecostales y otras. Todas estas versiones tienen problemas propios. Unas son más sanas, “más cristianas”, que otras. La versión sacerdotal del cristianismo se ha convertido en una expresión patológica del mismo.

Los ministros de la Iglesia Católica –que lamentablemente no dejan de ser llamados “sacerdotes”, como lo quiso el Vaticano II- debieran ser elegidos, formados e investidos de poder para conducir a las comunidades gracias a procesos en los que pueda controlarse que han llegado a tener la autoridad necesaria para desempeñar un servicio de este tipo. La autoridad, en la Iglesia de Cristo, debiera provenir, en primer lugar, de una experiencia personal del Evangelio. Las autoridades tendrían que, como testigos, poder anunciar con convicción que Dios es digno de fe y que la Iglesia misma puede constituir el Evangelio en el mundo de hoy.

Cristo

La Iglesia Católica necesita ministros que sean cristianos, antes que funcionarios de una organización sacerdotal internacional gestionada por una clase que se elige a sí misma y que se cree exenta de accountability ante el Pueblo de Dios.

El Simposio sobre el sacerdocio que se realiza estos días en Roma será muy probablemente inútil y, en el mejor de los casos, solo un primer paso para salir del atolladero. Lo será si, en vez de constituir una prédica moralizante a curas clericales, inicia la desconstrucción de la versión sacerdotal del catolicismo que, por angas o por mangas, impide la transmisión del Evangelio.

Qué es un sacerdote (o qué debería ser), según el papa Francisco

El pontífice ha inaugurado el Simposio ‘Por una teología fundamental del sacerdocio’ con una lección magistral en la que ha reflexionado en torno a sus más de 50 años de ordenación

‘Fe y sacerdocio hoy’. Así se titula la lección inaugural del simposio internacional ‘Por una teología fundamental del sacerdocio’. ¿El ponente? El papa Francisco. Más de 700 expertos convocados por la Congregación para los Obispos participan en este foro vaticano en torno a la vocación sacerdotal, la formación de los seminaristas y el celibato que se celebra en el Aula Pablo VI hasta el 19 de febrero.

Un papa Francisco muy reflexivo ha compartido qué es un sacerdote huyendo de “discursos y discusiones interminables sobre la teología del sacerdocio o sobre teorías de lo que debería ser”, pues su análisis “nace de lo que el Señor me fue mostrando a lo largo de estos más de 50 años de sacerdocio“.

Desde la experiencia personal, el pontífice se ha servido tanto de aquellos sacerdotes que, “con su vida y testimonio, desde mi niñez me mostraron lo que configura el rostro del Buen Pastor” y de “aquellos hermanos sacerdotes que tuve que acompañar porque habían perdido el fuego del primer amor y su ministerio se había vuelto estéril, rutinario y sin sentido”.

“He meditado sobre qué compartir de la vida del sacerdote hoy y llegué a la conclusión de que la mejor palabra nace del testimonio que recibí de tantos sacerdotes a lo largo de los años. Lo que ofrezco es fruto del ejercicio de pensar en ellos, discernir y contemplar cuáles eran las notas que los distinguían y les brindaban una fuerza, alegría y esperanza singular en su misión pastoral”, ha señalado.

Detectar el cambio y acogerlo

Según Jorge Mario Bergoglio, “el sacerdote durante su vida pasa por distintos estados y momentos; personalmente he pasado por distintos estados y momentos y rumiando las mociones del espíritu constaté que en algunas situaciones, inclusive en momentos de pruebas, dificultades y desolación, cuando vivía y compartía la vida de determinada manera, permanecía la paz”.

Para el Papa, “el tiempo que vivimos es un tiempo que nos pide no solo detectar el cambio, sino acogerlo”. “El cambio siempre nos presenta diferentes modos de afrontarlo; el problema es que muchas acciones y actitudes pueden ser útiles y buenas, pero no todas tienen sabor a Evangelio. Por ejemplo, buscar formas codificadas, ancladas en el pasado y que nos ‘garantizan’ una forma de protección contra los riesgos, ‘refugiándonos’ en un mundo o en una sociedad que no existe más (si es que alguna vez existió)”, ha agregado.

Otra actitud “puede ser la de un optimismo exacerbado –’todo andará bien’– que termina por ignorar los heridos de esta transformación y que no logra asumir las tensiones, complejidades y ambigüedades propias del tiempo presente y ‘consagra’ la última novedad como lo verdaderamente real, despreciando así la sabiduría de los años. Son dos tipos de huidas, son las actitudes del asalariado que ve venir al lobo y huye: huye hacia el pasado o huye hacia el futuro. Ninguna de estas actitudes lleva a soluciones maduras”, ha completado.

Sin ideologías de turno o respuestas prefabricadas

Como ha recalcado Francisco, “discernir la voluntad de Dios es aprender a interpretar la realidad con los ojos del Señor, sin necesidad de evadirnos de lo que acontece a nuestros pueblos y sin la ansiedad que lleva a querer encontrar una salida rápida y tranquilizadora de la mano de una ideología de turno o una respuesta prefabricada, ambas incapaces de asumir los momentos más difíciles e inclusive oscuros de nuestra historia”.

En relación a la crisis vocacional, el Papa ha señalado que se debe “frecuentemente” a la ausencia en las comunidades de “un fervor apostólico contagioso, por lo que no inspiran entusiasmo y atracción. Donde hay vida, fervor, deseo de llevar a Cristo a los demás, surgen vocaciones genuinas. Incluso en parroquias donde los sacerdotes no están muy comprometidos y ni son alegres, es la vida fraterna y fervorosa de la comunidad la que suscita el deseo de consagrarse completamente a Dios y a la evangelización”.

La intervención de Bergoglio se ha centrado en “lo que me parece decisivo para la vida de una sacerdote hoy: las cuatro columnas constitutivas de nuestra vida sacerdotal y que llamaremos las ‘cuatro cercanías’ –cercanía a Dios, cercanía al obispo, cercanía entre los sacerdotes y cercanía al pueblo–”. Aunque Francisco ya se ha referido a ello en otras muchas ocasiones, ahora se detiene de forma más extensa, ya que “el sacerdote más que recetas o teorías necesita herramientas concretas con las que confrontar su ministerio, su misión y su cotidianeidad”.

1. Cercanía a Dios

Según ha indicado, “muchas crisis sacerdotales tienen precisamente origen en una escasa vida de oración, en una falta de intimidad con el Señor, en una reducción de la vida espiritual a mera práctica religiosa. Recuerdo momentos importantes en mi vida donde esta cercanía con el Señor fue crucial para sostenerme. Sin la intimidad de la oración, de la vida espiritual, un sacerdote es, por así decirlo, solo un obrero cansado que no goza de los beneficios de los amigos del Señor”.

Y ha continuado: “Muy a menudo, por ejemplo, en la vida sacerdotal se vive la oración solo como un deber, olvidando que la amistad y el amor no pueden imponerse como una regla externa, sino solo como una elección fundamental de nuestro corazón. Un sacerdote que reza no es más que un cristiano que ha comprendido en profundidad el don que ha recibido en el bautismo. Un sacerdote que reza es un hijo que recuerda continuamente que es hijo y que tiene un Padre que lo ama. Un sacerdote que reza es un hijo que se hace ‘cercano’ al Señor”.

Pero “todo esto es difícil si no estamos acostumbrados a tener espacios de silencio en nuestro día. Si no se sabe substituir el verbo ‘hacer’ de Marta para aprender el ‘estar’ de María. Es difícil aceptar dejar el activismo que es agotador, porque cuando uno deja de estar ocupado, la paz no llega inmediatamente al corazón, sino la desolación; y para no entrar en desolación, estamos dispuestos a no parar nunca”, ha subrayado.

2. Cercanía al obispo

“Como Iglesia con demasiada frecuencia, e incluso hoy, hemos dado a la obediencia una interpretación lejana al sentir del Evangelio. Obedecer significa aprender a escuchar y recordar que nadie puede pretender ser el poseedor de la voluntad de Dios, y que esta solo puede entenderse a través del discernimiento”, ha apuntado.

Para el Papa, “el obispo, sea quien sea, permanece para cada presbítero y para cada Iglesia particular como un vínculo que ayuda a discernir la voluntad de Dios. Pero no debemos olvidar que el obispo mismo solo puede ser instrumento de este discernimiento si también él se pone a la escucha de la realidad de sus presbíteros y del pueblo santo de Dios que le ha sido confiado”.

Y ha proseguido: “No es casualidad que el mal, para destruir la fecundidad de la acción de la Iglesia, busque socavar los vínculos que nos constituyen. Defender los vínculos del sacerdote con la Iglesia particular, con el instituto a que se pertenece y con su propio obispo hace que la vida sacerdotal sea digna de crédito. Esto pide necesariamente que los sacerdotes recen por los obispos y se animen a expresar su parecer con respeto y sinceridad. Pide también de los obispos humildad, capacidad de escucha, de autocrítica y de dejarse ayudar”.

3. Cercanía entre los sacerdotes

“En muchos presbíteros tiene lugar el drama de la soledad. Se tiene la sensación de sentirse no dignos de paciencia y de consideración. Más aún, sienten que del otro no pueden esperar el bien, la benignidad, sino solo el juicio. El otro es incapaz de alegrarse del bien que se nos presenta en la vida, y yo tampoco soy capaz de alegrarme cuando veo el bien en la vida de los demás. Esta incapacidad es la envidia, que tanto atormenta a nuestros ambientes y que es una fatiga en la pedagogía del amor, no simplemente un pecado que se debe confesar”, ha advertido.

El Papa ha señalado que “el amor fraterno para los presbíteros no queda encerrado en un pequeño grupo, sino que se declina como caridad pastoral, que impulsa a vivirlo concretamente en la misión. Solo quien busca amar está a salvo. Quien vive con el síndrome de Caín, con la convicción de que no puede amar porque siente siempre no haber sido amado, valorizado, tenido en la justa consideración, al final vive siempre como un vagabundo, sin sentirse nunca a casa, y por eso mismo está más expuesto al mal, a hacerse daño y hacer daño a los demás”.

Y ha subrayado: “Me atrevería a decir que ahí donde funciona la fraternidad sacerdotal y hay lazos de auténtica amistad, también es posible vivir con más serenidad la elección del celibato. El celibato es un don que la Iglesia latina custodia, pero es un don que para ser vivido como santificación requiere relaciones sanas, vínculos de auténtica estima y genuina bondad que encuentran su raíz en Cristo. Sin amigos y sin oración el celibato puede convertirse en un peso insoportable y en un anti testimonio de la hermosura misma del sacerdocio”.

4. Cercanía al pueblo

“Estoy convencido que, para comprender de nuevo la identidad del sacerdocio, hoy es importante vivir en estrecha relación con la vida real de la gente, junto a ella, sin ninguna vía de escape”, ha apuntado el pontífice. La cercanía al Pueblo de Dios “invita y en cierta medida exige desarrollar el estilo del Señor, que es estilo de cercanía, de compasión y de ternura porque capaz de caminar no como un juez sino como el Buen Samaritano que reconoce las heridas de su pueblo”, ha aseverado.

Para el Papa, “es clave recordar que el Pueblo de Dios espera encontrar ‘pastores’ al estilo de Jesús –y no tanto ‘clérigos de estado’ o ‘profesionales de lo sagrado’–; pastores que sepan de compasión, de oportunidad; hombres con coraje capaces de detenerse ante el caído y tender su mano; hombres contemplativos que en la cercanía con su pueblo puedan anunciar en las llagas del mundo la fuerza operante de la Resurrección”.

Bergoglio ha invitado a los sacerdotes a vacunarse contra “una deformación de la vocación que nace precisamente de olvidarse que la vida sacerdotal se debe a otros. Este olvido está en las raíces del clericalismo y sus consecuencias. El clericalismo es una perversión porque se constituye con ‘lejanías’. Cuando pienso en el clericalismo, pienso también en la clericalización del laicado, esa promoción de una pequeña elite que entorno al cura termina también por desnaturalizar su misión fundamental”, ha destacado.

Para finalizar, el Papa ha pedido a obispos y sacerdotes a preguntarse cómo están sus cercanías, “cómo estoy viviendo estas cuatro dimensiones que configuran mi ser sacerdotal de manera transversal y que me permiten ‘gestionar’ las tensiones y ‘desequilibrios’ que a diario tenemos que manejar”. “Estas cuatro cercanías son una buena escuela para ‘jugar en la cancha grande’ a la que el sacerdote es convocado sin miedos, sin rigidez, sin reducir ni empobrecer la misión”, ha concluido