Ignacio, un hombre entre dos mundos

Si San Ignacio volviera…

Si San Ignacio volviera
San Ignacio

Ignacio de Loyola llegaría a ser un hombre entre dos mundos, el medioevo y el Renacimiento. Una época convulsa con grandes semejanzas a la nuestra

Con el aumento de la población el acontecer histórico se desarrolla en una mayor escala, las guerras son más sangrientas, las sublevaciones sociales ganan en amplitud y violencia, se complica el gobierno y la administración. Asistimos con los viajes intercontinentales a la primera globalización.

El hombre del Renacimiento se percibe como un superhombre que rompe sus cadenas y así se vuelve más frívolo, pródigo y licencioso. Los propios representantes de la Iglesia, incluidos los papas, se vieron también sumidos en esta transformación,

Íñigo, por su origen, podríamos decir que era lo que hoy llamaríamos “un niño bien”, un “pijo” de entonces, un joven vasco rubio y fuerte que se siente transformado desde su herida en Pamplona 

Ignacio tiene un encuentro místico, pero progresivamente matizado con los pies en el suelo. Cree en la Iglesia, a pesar de la corrupción dominante. Su equivalente hoy sería desafección a la misma, por ejemplo, con la pederastia

El maestro Ignacio pone el acento en el corazón unido a Dios más que en los medios y la sabiduría humana

Pero Ignacio no quiso tampoco perderse en los abismos de la mística. Su gran logro fue descubrir la unidad del todo. La clave reside en su “Contemplación para alcanzar amor” llevada a la vida con un gran sentido práctico

Como dice Francisco, “el sueño de Dios para Ignacio no se centraba en Ignacio. Se trataba de ayudar a las almas. Era un sueño de redención, un sueño de salir al mundo entero, acompañado de Jesús, humilde y pobre”

En una palabra, Ignacio hoy recomendaría desde la experiencia y la intimidad con Dios seguir a Cristo cada día, verle en nuestros hermanos y discernir, según los signos de los tiempos, cómo actuar en cada momento.

Por Pedro Miguel Lamet

El 31 de julio, día de su fiesta, se clausura en todo el mundo el año Ignaciano, que ha conmemorado el quinto centenario de  su conversión y el cuarto de su canonización. La Compañía de Jesús, con estas celebraciones ha encontrado una oportunidad propicia para recordar su estilo de vida y la fuerza transformadora de su cosmovisión. Aquí pretendemos evocar la importancia de la figura de Ignacio para nuestro mundo de hoy intentado responder a esta pregunta: ¿Qué haría san Ignacio si volviera ahora entre nosotros?

ESPAÑA Y EL MUNDO EN TIEMPOS DE ÍÑIGO

Cuando Íñigo nació en 1491, España y el mundo se encontraban en una auténtica convulsión. La Edad Media llegaba a su término y Europa entraba en el Renacimiento. Así que el recién nacido llegaría a ser un hombre entre dos mundos.Una época con semejanzas a la nuestra. Europa en la última parte del siglo XV asistía a grandes descubrimientos e invenciones. Los exploradores zarpaban hacia el Oeste, a las Américas, y por el sur hacia África, mientras los estudiosos volvían su mirada a las civilizaciones olvidadas de Grecia y Roma. La imprenta alimentaba la sed de conocimientos entre la clase media; la pólvora revolucionaba la estrategia de la guerra, y la brújula la de la navegación. Era el fin de la época de caballería y el comienzo de un nuevo humanismo, un tiempo pues de cambios rápidos, agitación social y guerras.

También estaba transformándose la población. En el siglo XIII la Europa centro-occidental pasaba de unos 30 millones de habitantes a más de 50 millones en el año 1500, a pesar de las mortíferas pestes de los años trescientos. Con el aumento de la población el acontecer histórico se desarrolla en una mayor escala, las guerras son más sangrientas, las sublevaciones sociales ganan en amplitud y violencia, se complica el gobierno y la administración. Asistimos con los viajes intercontinentales a la primera globalización.

En Europa se estaban produciendo cambios económicos y políticos. Los siglos XIV y XV marcan el comienzo de la gran época mercantilista. Oriente se aproximaba a través de Venecia. Inglaterra y Flandes acumulaban beneficios, mientras los países bálticos se enriquecían con centro en Brujas y Amberes. La banca residía sobre todo en manos italianas, a la vez que transformaciones políticas sacudían el continente. Del régimen de señores feudales se pasaba una administración centralizada. A finales del XIV existía ya una burguesía ciudadana, artesana y comercial, que conseguía enriquecerse más que los príncipes.  Por eso Ignacio viajaría a pedir limosna para sus estudios a los mercaderes de Flandes.

El hombre, protagonista del Renacimiento
El hombre, protagonista del Renacimiento

El hombre se percibe como un superhombre que rompe sus cadenas y así se vuelve más frívolo, pródigo y licencioso. Los propios representantes de la Iglesia, incluidos los papas, se vieron también sumidos en esta transformación, que va resquebrajando la vieja cristiandad. El hombre rechaza la tutela de la Iglesia y del Imperio; se imponen constantes fricciones entre papa y emperador, a los que se une la creciente decadencia de los monasterios y las órdenes mendicantes en busca de privilegios; se imponen la simonía y el cisma. Todo contribuye a que en el s. XIV cunda en la Iglesia la sensación de miedo.

En plena amenaza del turco y la toma de Constantinopla, comienza la empresa fallida de la Cruzada. Se respiraba en el ambiente un nombre: Jerusalén y su conquista. Los reyes clamaron entonces por la reforma de la Iglesia y abundaban en la idea de reunir un concilio para curar tanta decadencia.

El primer papa renacentista, Nicolás V, reunifica la Iglesia y sus sucesores se empeñan en embellecer Roma cuando surgen los nacionalismos. Esto acontece aun en países tan divididos como Alemania e Italia. Al mismo tiempo en España, ocupada con expulsiones de judíos y moriscos, nace un cripto-judaísmo y un cripto-islamismo que invita a los Reyes Católicos a echar mano de la Inquisición, que más adelante añadirá a estas causas la de los «alumbrados», un movimiento que afectará de lleno a los intereses de Ignacio.

Al pontificado llegan nuevos papas renacentistas mucho más preocupados por todas las intrigas italianas que por las causas verdaderamente universales. Y cuando el pontificado empieza a salir de esa situación, Ignacio pisa las calles de Roma, donde la aparición de la reforma de Lutero y el miedo a la herejía afectarán profundamente la vida, la fundación y el gobierno de la Compañía.

IGNACIO EN EL MUNDO DE HOY

Nuestro mundo vive cierto paralelismo con el de Ignacio con grandes cambios tecnológicos, globalización, caída de valores, nacionalismos, imperio de la materia, desmitificación secularizada, confusión posmoderna, pandemia, terrorismo, migraciones, globalización, hambre, deterioro ecológico, miedo al futuro y un largo etcétera.

La primera respuesta de Ignacio está en su vida, bien conocida por las numerosas biografías existentes. Desde sus experiencias e ideas aquí nos limitaremos a responder en lo posible a la pregunta: ¿qué haría él hoy día?

Ignacio y primeros compañeros
Ignacio y primeros compañeros

En primer lugar, por su origen, podríamos decir que era lo que hoy llamaríamos “un niño bien”, un “pijo” de entonces, un joven vasco rubio y fuerte que se siente transformado desde su herida en Pamplona y su convalecencia, lo que le hace descabalgar de sus sueños de caballero andante, “ligón”, “guaperas”, ambicioso, algo pendenciero, formado en la Corte de Castilla para medrar en su tiempo. Eso sí, buena persona con grandes ideales y una fe de fondo.

Su enfermedad y primeros pasos en Loyola y Manresa le proporcionan una experiencia directa de Dios. Más que las visiones, lágrimas y otros fenómenos sobrenaturales, lo importante es que sintió a Dios por dentro, que le instruyó personalmente “como un maestro de escuela”, hasta experimentar su inefable incomprensibilidad. Esta vivencia se plasmará en sus famosos Ejercicios Espirituales, su mejor logro y gran “secreto” de los jesuitas en el futuro. Hoy el mundo, como siempre, necesita la experiencia de Dios, la ansía. Pero quizás con mayor intensidad después de la secularización y un pasado siglo XX que ha sido “el siglo del hombre y la libertad” desde el imperio de la tecnología. Por eso están de moda muchas y diversas búsquedas espirituales de todo tipo.

Ignacio tiene un encuentro místico, pero progresivamente matizado con los pies en el suelo. Cree en la Iglesia, a pesar de la corrupción dominante. Su equivalente hoy sería desafección a la misma, por ejemplo, con la pederastia, el descrédito de las religiones monoteístas, el supermercado “a la venta” de múltiples espiritualidades.

El otro lado del hallazgo ignaciano es el sentido práctico. Sabe por experiencia y dificultades en sus primeros pasos apostólicos que ha de prepararse intelectualmente, entre tanta confusión reinante; ha de alcanzar instrumentos para hacer partícipe a los prójimos de su gran descubrimiento. Para ello estudia en Alcalá, Salamanca y París, pero sin dejar nunca de dar mayor importancia a lo que nos une a Dios, la gracia, que a la eficacia meramente humana. Por decirlo de otra manera, pone el acento en el corazón unido a Dios más que en los medios y la sabiduría humana. ¿Qué haría Ignacio hoy día? Sin duda se volcaría otra vez en acercar al hombre a Dios a través de los Ejercicios y la oración, más que en las instituciones o grandes estructuras que regentan actualmente sus hijos, inútiles si no son insufladas de espíritu. Como dice Karl Rahner, para “ayudar a que se produzca esa experiencia directa de Dios, en la que al ser humano se le revela que ese misterio incomprensible que llamamos Dios es algo cercano, se puede hablar con Él y nos salva por sí mismo precisamente cuando no tratamos de someterlo, sino que nos entregamos a Él incondicionalmente”[1].

Ignacio de Loyola
Ignacio de Loyola

Pero Ignacio no quiso tampoco perderse en los abismos de la mística. Su gran logro fue descubrir la unidad del todo. La clave reside en su “Contemplación para alcanzar amor”, última meditación de los Ejercicios. Hoy nos urgiría de nuevo a que fuéramos “contemplativos en la acción”, que viéramos el mundo y los acontecimientos como una realidad provista de transparencia, en la que Dios se me está regalando en cada brizna de belleza, incluso en el dolor, la pandemia, el fracaso, hasta las guerras. Pues detrás de las limitaciones, contingencias del tiempo actual nos descubriría una secreta luz, su último sentido

En aquel ambiente depauperado que le tocó vivir, estuvo cerca de los pobres, los marginados y olvidados de su época. Vivía en los hospitales, hospederías miserables, se preocupaba de las prostitutas de Roma, robaba tiempo a sus ocupaciones de primer general de la Compañía para dar catequesis a los niños. Desde su cojera atravesó España y Europa o fue a Jerusalén sin provisiones. Su único pasaporte era la confianza en Dios.

Pedro Arrupe, su sucesor, interpretó este carisma para nuestro tiempo desde la opción por la justicia que brota de la fe, y sus últimos desvelos fueron en favor de los refugiados y drogodependientes. En las desigualdades del neoliberalismo actual Ignacio estaría sin duda al lado de los últimos, como está haciendo también su hijo espiritual el papa Francisco: “El sueño de Dios para Ignacio no se centraba en Ignacio. Se trataba de ayudar a las almas. Era un sueño de redención, un sueño de salir al mundo entero, acompañado de Jesús, humilde y pobre”, 

Pero sobre todo fue un gran enamorado de Jesús. En Jesús encontró a Dios, que vino a nosotros como carne estremecida, sudor, sonrisas, lágrimas, dolor, misericordia, palabra concreta, consuelo, libertad, haciéndose uno más de nuestra finitud. Su locura por Jesús le llevó a Palestina donde pretendía sobre todo seguirle literalmente. Se la jugó solo porque se había olvidado de contemplar sus huellas en el Monte de los Olivos. En Jesús crucificado y resucitado, en ese Jesús que a un tiempo es abandonado y recibido por Dios, hallaba definitivamente presente esa unidad que puede ser asumida en la fe, la esperanza y el amor. Más que nunca el dedo de Ignacio señalaría hoy la persona de Jesús. Toda su vida fue una aventura de seguirle pobre y humilde. “De lo que te enamoras te cambia la vida”, dirá Pedro Arrupe.

Descubrió la esencia del Evangelio al romper con una familia vasca que le habría catapultado a esferas de riqueza, poder y éxito. Luego, ya de general, en razón de su cargo acabó por codearse con cardenales y príncipes de este mundo, sin que nada de eso le privara de la fuerza espiritual que procedía de su desmedido amor a Jesucristo. En su gabinete de Roma, donde gobernaba una Compañía en expansión seguía siendo un desasido peregrino de Cristo.

“Magnanimidad” es la palabra que utiliza él mismo junto a “fortaleza de ánimo” para describir en las Constituciones al futuro general en una especie de autorretrato, “sin perder ánimo con las contradicciones, aunque fuesen de personas grandes y potentes”, sin dejarse apartar por ruegos o amenazas, estando por encima, ni “levantarse con los prósperos ni abatirse con los adversos; estando muy aparejado para recibir, cuando menester fuese, la muerte por el bien de la Compañía, en servicio de Jesucristo, Dios y Señor nuestro”.

En una palabra, Ignacio hoy recomendaría desde la experiencia y la intimidad con Dios seguir a Cristo cada día, verle en nuestros hermanos y discernir, según los signos de los tiempos, cómo actuar en cada momento. Así lo resume su actual sucesor Arturo Sosa[2]: “Guiados por el discernimiento de las Preferencias Apostólicas Universales hemos aceptado el reto de escuchar el grito de los pobres, los excluidos, aquellos cuya dignidad ha sido violada. Hemos aceptado caminar con ellos y promover juntos la transformación de las estructuras injustas que se han puesto de manifiesto tan claramente en la actual crisis mundial. Y permítanme ser claro: esta crisis no es sólo sanitaria y económica sino, sobre todo, social y política. La pandemia del Covid-19 ha mostrado las graves deficiencias de las relaciones sociales en todos los niveles, el desorden internacional y las causas del desequilibrio ecológico. Sólo el amor de Jesús trae la curación definitiva. Sólo podemos ser testigos de ese amor si estamos estrechamente unidos a Él, entre nosotros y con los descartados del mundo”.

Para saber más, cfr. mi libro «Para alcanzar amor·, ed La Esfera de los Libros.

[1] Karl Rahner, Palabras de Ignacio de Loyola a un jesuita de hoy, Sal Terrae, Santander, 1990.

[2] Para saber más del actual general y las últimas opciones de la Compañía cfr: Arturo Sosa, El camino con Ignacio, En conversación con Darío Menor, ed. Mensajero, Bilbao, 2021.

San Ignacio y San Fco. Javier

Este 12 de marzo, además de la primera fiesta de Rutilio mártir beatificado, los jesuitas celebramos el 400 aniversario de la canonización de San Ignacio y San Francisco Javier. Les comparto y escrito sobre ellos y como supieron orientar sus deseos hacia Cristo:

San Ignacio y San Francisco Javier: El deseo y su transformación

Por José M. Tojeira

Ya en el siglo XVI, en una poesía atribuida a Fray Luis de León, se habla de la pérdida del vigor juvenil con el paso del tiempo. El poeta anciano se sentía “agostado como yerba que al sol su fuerza pierde”. Pero perder la fortaleza juvenil no elimina el deseo, y por eso la poesía continúa diciendo, “y solo en mi el deseo queda verde”1. El contexto era el de una poesía amorosa pero sin duda nos dice una verdad profunda: somos seres de deseo y la vida sólo existe en plenitud cuando hay pasión, anhelo y ansia. Como también existe la corrupción y la violencia cuando el deseo no se estructura sanamente. Hoy, en una época en la que la publicidad y un tipo de noticias, propaganda y acontecimientos tienden a desbordar los deseos y hacen difícil su sana estructuración, bueno es reflexionar sobre aquellos cristianos que consiguieron convertir sus deseos más profundos en verdaderas y audaces empresas apostólicas. En este año ignaciano que resalta la transformación de los deseos de fama y gloria de Ignacio de Loyola, en deseos ardientes de seguimiento del Señor, resulta interesante ver la semejanza del proceso en dos personas, Ignacio y Francisco Javier, tan diferentes en edad, historia y opciones.

Ambos hijos menores de familias nobles, estaban llenos de sueños e ilusiones. Ignacio llega a hablar de una su dama de sus pensamientos que no era “condesa ni duquesa, mas era su estado más alto que ninguno déstas”2. Ansioso de crecer en el servicio al rey, trabaja en cercanía a la nobleza y se apresta a defender Pamplona contra los partidarios de un rey navarro apoyado por los franceses. Francisco por su parte, 15 años más joven que Ignacio, y el pequeño de los varones en su familia, opta por otro camino de ascenso social reservado a los nobles segundones: el camino de los beneficios clericales. Ya convertido Ignacio y tratando de conseguir una canonjía Javier, coinciden en la Universidad de París. Ignacio fichado en España por anunciar el Evangelio como laico, Javier empujado por la fama de la universidad, por la influencia de su padre, doctor en derecho por la Universidad de Bolonia y, probablemente, por la simpatía de sus hermanos mayores hacia el candidato al trono de Navarra apoyado por los franceses. Nada hacía pensar en que ambos pudieran orientar sus deseos de la misma manera.

Los hermanos mayores de Javier habían participado activamente en las luchas internas de Navarra, dividida en dos bandos que a su vez defendían el trono de Navarra para diferentes dinastías. De hecho los hermanos de Javier participarán, desde el bando opuesto, en el cerco de Pamplona en el que caerá herido Ignacio de Loyola. Por amor a un ideal de honor y fidelidad a una dinastía, la familia de Javier sufre destierros y limitaciones en sus derechos nobiliarios sobre diversas tierras. Defendiendo el patrimonio familiar, tanto su madre como después su hermano mayor, se ven envueltos en pleitos con pueblos que consideraban tributarios y con pastores trashumantes que ocupaban tierras de paso. El honor y el derecho de la nobleza serían si duda comentario constante en las frías noches de invierno frente al hogar. Todo ello en un tiempo, el Renacimiento, en el que el deseo individual estallaba, el culto a la belleza se imponía, el aprovechamiento del momento gozoso, “carpe diem”3, era la consigna, y el individuo comenzaba a convertirse en el centro de la reflexión.

Egresar como Maestro de la Universidad de París facilitaba la consecución de algún beneficio eclesiástico importante que garantizara un futuro cómodo, cuando no un ascenso al episcopado en algún momento. De hecho, ya comprometido con el incipiente grupo que daría nacimiento posteriormente a la Compañía de Jesús, Javier recibe la notificación de un beneficio a su favor en la catedral de Pamplona. Ni él ni su familia habían renunciado, durante largo tiempo, a hacer carrera eclesiástica en ese mundo en que la fama se valoraba tanto como la vida.

Ignacio, maestro ya en el discernimiento, que no es sino la orientación y el análisis crítico de todo deseo visto desde el Evangelio, debió ver en Javier, con su juventud fogosa y sus deseos de brillo, a un sujeto apto para entender hacia dónde puede orientarse el deseo en busca de su mayor plenitud y libertad. En este tiempo en el que hemos recordado la conversión de Ignacio, y ahora el aniversario de su canonización, ver cómo dos personas pasan de la desconfianza a una profunda amistad, nos puede ayudar a comprender la importancia de la estructuración evangélica del deseo, tanto para iniciar el camino de la santidad como para establecer una muy sólida amistad. Entender cómo un mismo deseo y un mismo ánimo pueden unir y reconciliar a los contrarios, nos conduce a la comprensión de la espiritualidad ignaciana. San Francisco Javier, ese religioso que trascendió las fronteras de la Compañía de Jesús, para convertirse en patrono de todos los que se dejaron arrastrar por el afán de aventura a lo divino, nos ayuda a reflexionar sobre la estructuración evangélica del deseo. Utilizaremos para ello solamente los tiempos previos a sus viajes a la India, tratando de ver, en su vida inicial de religioso, cómo el deseo, esa realidad tan profundamente humana, se convierte desde la fe en fuerza que ordena las dimensiones fundamentales de su vida.

Javier sufrirá un giro radical tras el encuentro con Ignacio de Loyola en París. Aunque las relaciones con Ignacio fueron durante un largo tiempo ambiguas, Javier, sin duda no dejó de advertir cómo Ignacio, en medio de un mundo tan contradictorio, que rompía todo tipo de barreras, había estructurado sus propios anhelos profundos en torno a un ideal radicalmente cristiano y moderno al mismo tiempo. Tras una búsqueda trágica, en la que “el peregrino”4 lucha por encontrar a Dios como centro de su vida, Ignacio logra encontrar una causa que dé sentido a su deseo y lo ordene definitivamente. La voluntad de Dios y su mayor gloria, realizada en el servicio al prójimo, se convierte en el centro ordenador del deseo tras los Ejercicios. Hay en ese proceso de búsqueda, como en casi todos los procesos místicos, un afán de matar todo deseo que no nazca de la voluntad de Dios, una purificación del deseo puesto en la escucha personal de la Palabra, y una explosión final del deseo, recuperado como arma apostólica tras el encuentro con el Señor, en el caso propio de Ignacio.

Javier, hombre de deseos, encuentra a Ignacio con sus deseos ya purificados, pero con su vida todavía en esa búsqueda del peregrino de la fe que se deja llevar por Dios incluso “hacia donde él no sabía”5. Se produce en un primer momento, en Javier, una mezcla de admiración y rechazo. Javier, con su simpatía personal, cualidad de su carácter que será señalada como notable a lo largo de toda su vida, recurre con frecuencia a la broma y al humor para mantener a distancia a este vasco insistente, de diferente tradición familiar, guerrero en bando distinto al de su familia, pero que toca inquietantemente la fibra del deseo en Javier. “Qué le importa al hombre ganar todo el mundo si pierde su alma”, es la pregunta evangélica en la que Ignacio insiste. Pero el hambre de ganar el mundo no se agotaba fácilmente en un hombre como Javier. Máxime cuando podría escudarse en que la carrera y el éxito clerical no era exactamente mundano.

Pedro Fabro, otro santo de esta historia de conversión de los deseos, será el mediador entre el vasco y el navarro, empecinados cada uno en su propio sueño. Dotado de un carácter suave, Fabro logrará, a lo largo de cuatro años, relacionar a su amigo con Ignacio. Y allí el joven navarro, irá desarrollando una amistad con Ignacio que le lleva a profesar sus votos con los primeros compañeros en Montmartre (15 de Agosto de 1534) y a hacer con ellos, dirigidos por Ignacio, los Ejercicios Espirituales. El cambio en Javier fue radical. Parafraseando a los clásicos, “si no a más descansado, a más honroso sueño entregó los ojos, no la mente”6. Porque Javier era un hombre que amaba lo concreto y en sus sueños y en su mirada real ponía sus objetivos vitales y su caminar cotidiano. De los Ejercicios sale otro hombre, muy semejante a Ignacio, inseparable seguidor del peregrino por sendas enormemente diferentes. Mientras a Ignacio la pasión apostólica le lleva a terminar su peregrinación en Roma, dedicado a estructurar la naciente Compañía de Jesús, a Javier, el mismo ánimo esforzado le llevará a recorrer tierras lejanas, creando el paradigma misionero que ha alimentado a la Iglesia durante cinco siglos. Dos caras de la misma moneda, del mismo ánimo que sabe que la historia verdadera se construye desde la cruz y desde el mismo deseo de oprobios y persecuciones que asemejan al Maestro y que dan a toda empresa apostólica el signo de la eficacia cristiana. Javier repetirá años más tarde, ya desde la India, una frase que se convierte casi en sonsonete de muchas de sus cartas: Que el Señor que “por su misericordia nos juntó y por su servicio nos separó tan longe unos de otros, nos torne a ayuntar en su santa gloria”7. No importa la lejanía sino el ánimo. Y si el servicio de Dios y de las ánimas aleja a unos de otros, el Reino futuro reúne de nuevo a quienes trabajan por el Evangelio.

Hechos los Ejercicios Espirituales la orientación de sus deseos cambia. Ha escuchado en la contemplación del Reino que la voluntad del Señor “es de conquistar todo el mundo y todos los enemigos y así entrar en la gloria de mi Padre; por tanto quien quisiera venir conmigo ha de trabajar conmigo, para que siguiéndome en la pena, también me siga en la gloria”8. Los sueños de honra previos a la conversión, se convierten ahora en sueños apostólicos donde la cruz tiene un lugar preferencial. Conocedor de la inmensidad de pueblos que se abrían a esa sociedad cristiana hasta poco tiempo antes tan cerrada en sí misma, Javier comienza a soñar con cargar sobre sus hombros a las gentes de las Indias mientras grita dormido “más, más, más”9, despertando a sus propios compañeros. El mismo sueño del “magis” ignaciano arde en Javier lanzándolo fuera de su “propio amor, querer e interés”10. Tiene muy clara una idea que muchos después de él formularán de diversas maneras. Si el camino del éxito apostólico pasa por la cruz, el camino más inmediato al éxito es la predicación del evangelio a los gentiles, donde el peligro abunda sobremanera.

La opción de Javier por la cruz, y por la eficacia histórica de la misma, está en la base más inmediata de su opción misionera. Como otros posteriormente11, Javier veía en los territorios de misión un camino de seguimiento esforzado, de dificultad y de lucha por el Reino, que acercaba a la cruz. Y ésta era la pasión al ver en ella el camino real de la eficacia apostólica. Un par de anécdotas, para no abundar excesivamente en citas, nos iluminan sobre la posición de Javier al respecto. En Portugal le tocó a Javier esperar largos meses para poder embarcar hacia la India. Distinguido por su entusiasmo y caridad con enfermos a los que visitaba en hospitales, Javier se quejaba de lo bien que les trataba a los futuros misioneros el rey de Portugal. Pero se consolaba pensando que ya lo pagaría en sufrimientos y persecuciones cuando estuviera en la India. Se alegraba así mismo de que el rey de Portugal respetara la decisión de la Compañía, todavía sin Constituciones, de no aceptar obispados12 (algunos de la nobleza portuguesa lo estaban promoviendo).

Y cuando ya estaba a punto de partir para la India, el Conde de Castanheira insistía ante el rey Juan III que diera un mozo de servicio a Javier y a sus compañeros durante la larga travesía, a veces más de un año, entre Portugal y la India, para que les lavara la ropa y les cocinara en el barco. Creía el conde que “sería en perjuicio de su prestigio y autoridad entre las gentes, si le viesen (a Javier) con el resto de la tripulación lavar su ropa a la borda del barco y preparar su comida en la cocina del mismo”. Javier no duda en responderle al amistoso conde diciendo: “Señor Conde, el adquirir crédito y autoridad por ese medio que Vuestra Señoría dice, ha traído a la Iglesia de Dios al estado en que ahora ella está, y a sus prelados; y el medio por donde se ha de adquirir es, lavando esas rodillas y guisando la olla, sin tener necesidad de nadie, y con todo eso procurando emplearse en el servicio de las almas de los prójimos”                               13. Mientras la cruz y la persecución no llegaban, Javier se preparaba para lo que constituía su opción fundamental, una vida identificada con la cruz del Señor en su historia particular, asumiendo lo bajo y humilde, lo que el mundo tiene por loco y despreciable. Una opción que esperaba historizar en la India en plenitud, pero que empieza a darse desde abajo, desde lo sencillo, visitando hospitales, sin olvidar por ello la relación con el rey, que garantiza la mayor universalidad de ese bien que hoy llamaríamos estructural.

Este mismo sentimiento se repetirá como criterio apostólico en sus correrías por la India. De un modo gráfico narraba a sus compañeros las consolaciones que le había dado el permanecer en las Islas del Moro, en medio de peligros. “Porque todos estos peligros y trabajos, voluntariosamente tomados por sólo amor y servicio de Dios nuestro Señor, son tesoros abundosos de grandes consolaciones espirituales”. E inmediatamente la razón de fondo del consuelo: En medio de dificultades tan grandes la esperanza hay que ponerla solamente en Dios. “Mejor es llamarles islas de esperar en Dios que no islas del Moro”

14. En definitiva, que Javier había estructurado su deseo vital, lo más profundo de sus ansias, en torno a una fe ardiente en que el camino de la cruz lleva a la gloria. Y no sólo a la gloria del más allá, sino también a la eficacia misionera en el más acá. Javier no vacila una vez que el deseo está puesto en la cruz como camino de seguimiento del Señor. La misión vivida desde dentro, pero también puesta por quienes le gobiernan, le historiza su vida de cruz en la misión de evangelizar pueblos no cristianos. Toda su vida será ya un permanente peregrinar buscando en la evangelización esforzada, y en la ampliación de la misma, su autorrealización cristiana y jesuítica.

La civilización del deseo ilimitado

En nuestra cultura actual el deseo se ha convertido en el eje motor de múltiples dimensiones. La idea del progreso ilimitado, por falsa que pueda ser, despierta deseos sin freno. La publicidad comercial juega permanentemente con el deseo de tener, de poder y de disfrutar, sin límites morales muchas veces. E incluso con cierta frecuencia, impulsando a saltarse los límites legales. El culto a la apariencia, el éxito personal como logro definitivo de autorrealización, la superficialidad de los modelos de hombre y mujer que se nos presentan en el ámbito político, económico y artístico, llevan con frecuencia a la confusión y dificultan enormemente una sana estructuración del deseo. En el campo de la sexualidad, la trivialización de la misma y la comercialización del deseo han producido unos cambios espectaculares en el ámbito de la familia y de las relaciones entre personas y grupos.

Una cultura específica juvenil, en la que “la juventud pasó a verse no como una fase preparatoria para la vida adulta, sino, en cierto sentido, como la fase culminante del desarrollo humano”

15, transformó en muchos aspectos los deseos de autorrealización tradicionales. La ruptura de normas tradicionales, la tendencia a vivir el momento, la moda, desentendiéndose de las propias raíces y convirtiendo la memoria histórica en elemento de museo, el convertir el presente en una especie de sucesión rápida de momentos, cada uno con su preocupación y su placer particular, terminaron por entronizar el deseo individual autónomo e ilimitado como la base de dicha cultura juvenil. La canción de un grupo rokero español, afirmando que “siempre, siempre haré, lo que yo quiero; esté bien o esté mal, lo que yo quiero”

16, no es más que una muestra dentro de un muy amplio universo que exalta, en todos los ámbitos el deseo ilimitado.

Este tipo de cultura y modo de pensar, sin duda, dificulta tanto el campo de la evangelización hoy como el trabajo vocacional para la vida religiosa. Pero al mismo tiempo nos desafía enormemente. Una cultura del deseo ilimitado no se construye sin que haya sujetos capaces de desear ilimitadamente, aunque sea de un modo engañoso. Incluso quienes así viven y desean, encuentran en muchos aspectos de esta moderna cultura juvenil las limitaciones incluso abruptas del deseo. El mismo Hosbawn, ya citado, recuerda que esta cultura del deseo ilimitado, que se incluye especialmente en el sueño de la juventud como el estado de perfección del ser, no es más que un “estilo de vida ideado para morir pronto”

17. El recuerdo de iconos juveniles que van desde Bob Marley a Kurt Kobain, pasando por otros muchos personajes de éxito que murieron jóvenes, suicidados o por sobredosis de droga, nos confirma en lo profundamente frustrante que puede ser esa estructuración del deseo que tiende a producir la cultura moderno-contemporáneo en sus áreas más extendidas de comercialización de lo juvenil, del placer momentáneo y del poseer.

¿Qué hacer, en este contexto, frente a unos jóvenes que llegan a la fe cristiana, o a la vida religiosa, desde esta cultura, tocados por esa convicción de que el deseo individual lo es todo? Aunque la respuesta es compleja, y los ejemplos de otros siglos son profundamente diferentes, no cabe duda de que personalidades como la de Ignacio y Javier pueden convertirse en un ejemplo claro de cómo la estructuración sana del deseo puede dar sentido a toda una vida. La época de Javier tenía profundas diferencias con la nuestra, pero también semejanzas. De hecho no se puede negar que en muchos modos de abordar la vida actual se pueden encontrar raíces hondas en los tiempos del Renacimiento. El descubrimiento de nuevas tierras, los viajes y las conquistas de las mismas, la reforma protestante insistiendo en la libre e individual interpretación de la Biblia, y la reforma católica, nacida ya antes de Trento con ansias de utopía

18, crearon la convicción, que dura hasta el presente, de que la perfección era alcanzable para la mente y la mano humana.

Aunque es indudable que todos los santos realizaron una estructuración de sus deseos en torno a los valores fundamentales del evangelio, la época y la búsqueda larga de Ignacio de cómo concretar una llamada que urgía en la acción la mayor gloria de Dios, ha sido un momento importante de la historia, abierta a la universalización del Evangelio. La misión en salida de lo propio, la vida aventurera de Javier, su carácter profundamente sonriente y humorista, su capacidad de entrar en mundos tan diferentes al suyo, lo hace especialmente atractivo para la persona que quiere estructurar sus deseos en torno a valores. Porque independientemente de lo absorbente que sea una cultura determinada, hay rasgos y valores que están presentes en todas las culturas y que no pueden ser destruidos por las versiones culturales promovidas desde el mercado. Valores como la verdad, la solidaridad que se expresa en el servicio a los demás, la libertad personal como capacidad autónoma de modelar la vida y las actitudes ante la misma, escapan con frecuencia al simple fomento de pulsiones que produce la publicidad. Y la persona de Javier, conocida adecuadamente, puede tocar con fuerza esa capacidad latente en ocasiones en el deseo de los jóvenes, de estructurar sus deseos desde una serie de valores que produzcan, en el mediano y largo plazo, satisfacciones en el ámbito del sentido de la vida.

Hoy como ayer la cruz sigue marcando la historia, con frecuencia hasta extremos espeluznantes. El holocausto, los exterminios masivos por razones ideológicas, la bomba atómica en Hiroshima y Nagasaki, no son situaciones superadas. En Centroamérica hemos vivido hace todavía muy pocos años las que hoy se llaman guerras sucias, que produjeron masacres de niños, de campesinos, de opositores pacíficos y de personas que simplemente estaban donde según los administradores de la violencia no debían estar. Los países poderosos siguen acudiendo a la guerra con motivaciones mentirosas. Se atreven a amenazar incluso con una guerra nuclear. De nuevo hoy, como en el siglo XVI, hubiéramos podido repetir con frecuencia otros versos de Fray Luis de León, por terminar citándolo una vez más al final, a él que vivió los mismos “tiempos recios” que San Francisco Javier:

“Si miro la morada es peligrosa,

Si la salida incierta, el favor mudo,

El enemigo crudo,

Desnuda la verdad, muy proveída

De armas y valedores la mentira”

Fray Luis terminaba esta estrofa diciendo: “La miserable vida, sólo cuando me vuelvo a ti, respira”

19, refiriéndose a María. Hoy, cuando de nuevo la mentira está demasiado proveída de armas y propagandistas, es indispensable reeducar el deseo desde la fe. Tanto para el cristianismo como tal, como de un modo especial para la vida religiosa, si queremos continuar siendo testigos públicos del seguimiento del Señor. Indudablemente tenemos en la historia contemporánea de esta América Latina martirial grandes ejemplos que nos ayudan en la tarea. Pero también Ignacio y Francisco Javier, cuyo aniversario de canonización celebramos, pueden descubrirnos facetas centrales de la educación cristiana del deseo. Especialmente cuando el deseo se quiere traducir en ímpetu apostólico. Un deseo y un ansia apostólica que, hoy como ayer, tendrá también que encontrar su modo propio de realizar el itinerario hacia el triunfo a través de la fuerza de la cruz