Empieza el Adviento

Adviento: volver a creer, volver a confiar

escrito por  Santi Torres

Empieza el Adviento. Este año convivirá en el tiempo con el mundial de futbol de Qatar. Difícil y desigual competencia. Para muchas personas el futbol es una nueva religión y un mundial sería como una especie de tiempo litúrgico: un calendario de actos (partidos de futbol) que rompen la monotonía de los días dándoles una especie de emoción o incentivo; un elenco de personajes que configuran una constelación o santoral laico (¿qué son sino los cromos de los jugadores sino una especie de estampas?) entre los cuales algunos son elevados a la categoría de dioses o semidioses; un despliegue de cánticos y de estolas/bufanda en honor de mi equipo o mi país; y todo esto con una cobertura mediática de alcance mundial con miles de millones de dólares implicados. De hecho, esta “nueva religión” no es sino una versión más de la religión que da culto al ídolo que está detrás de todo esto y que no es otro que mammón, el dios dinero.

Será, pues, un tiempo de Adviento extraño y ruidoso. Pero no por esto dejará de ser Adviento: una oportunidad de pensar y repensar la vida, de detenerse, de mirarla y agradecerla… Este año, a nivel personal, me he propuesto trabajar durante el Adviento la confianza. Ya hace tiempo que intuyo que una de las razones de tanto cansancio y malestar colectivo reside en esto, en la pérdida de la confianza. Hablo, claro está, de razones más personales o subjetivas. Porque de razones objetivas y claras de sufrimiento hay muchas: quien tiene dificultades para llegar a fin de mes; quien se encuentra solo y sin apoyo social; quien ha perdido el trabajo, o la casa, o la salud; quien trabaja bajo unas condiciones laborales infernales, etc. Todo esto forma parte de los llamados condicionantes sociales de nuestro malestar, bien claros, bien objetivos y denunciables. Me refiero ahora a este malestar añadido, cuando a pesar de tener estas cosas más o menos cubiertas, aparece un cansancio sin causa, una especie de pérdida de sentido.

Desde hace unos años estamos experimentando un deterioro de la confianza que se expresa a todos los niveles. Los más visibles y públicos son la política, pero también atraviesa toda la red de relaciones sociales hasta llegar al interior de los hogares. Nos cuesta cada vez más confiar porque todo parece animarnos a la desconfianza. En el fondo confiar es arriesgado porque quien confía se expone a ser engañado y a ser manipulado y, aparentemente, nos hace más vulnerables. La realidad es, sin embargo, la contraria: la desconfianza es fruto de un miedo profundo y es sobre todo el indicador más claro de la debilidad.

Quien se hace fuerte en la fe, descansa porque no ha de demostrar nada a nadie, porque sabe que más allá de las pequeñas circunstancias de la vida, hay alguna cosa más profunda que no depende solo de uno mismo. Confiar es quitarse el peso de la soledad para ponerlo en otro o en el Otro que acoge, a la vez que nos hacemos depositarios del peso de los otros, de aquellos que confían en nosotros. Entonces el peso se reparte, se hace llevable y podemos descansar. Jesús en esto fue muy claro: «Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os haré descansar […] Porque el yugo y la carga que yo os impongo son ligeros» (Mt 11,28).

En cambio, la desconfianza es miedo, es no querer cargar con el peso de nadie, pero tampoco dejar cargar a nadie el propio peso. La desconfianza es alerta permanente para no ser engañados, de tal forma que, cuando esto pasa, no hacemos sino reafirmarnos en la misma idea, encerrados en el bucle de la propia soledad y desencanto.

Desconfiar es cansado, y quizás una parte del cansancio que nos expresamos los unos a los otros como una especie de epidemia de malestar, reside precisamente en una falta de fe: en Dios, en los otros, en la humanidad.

Dios confió en la humanidad hasta tal punto que no la dio por perdida y envió a su Hijo.  La Navidad es el Acto más grande de confianza. Por eso, estos días, en medio del ruido del mundial, somos invitados de nuevo a creer… una vez más.

El 15-M y el Papa Francisco (I): Una política desde abajo

El 15M y el papa Francisco (I): una política desde abajo

escrito por

 Santi Torres

Ahora que se acerca la efeméride del movimiento social que se produjo el 15 de mayo del 2011, más popularmente conocido como 15M, he pensado que sería interesante enlazar la memoria de esa fecha con algunos de los posicionamientos públicos expresados durante estos años por el papa Francisco. Hay dos elementos, uno temporal y el otro geográfico, que pueden ayudar a conectarlos. El primero, temporal, es el hecho de que el papa es nombrado en 2013, por tanto, con los ecos recientes de una serie de movilizaciones que se produjeron en diversos lugares sobre todo durante los años 2010-2011: la primavera árabe en el Magreb, Occupy Wall Street (en Estados Unidos), o el 15M en España entre otros. La crisis financiera de 2008 trajo una larga resaca y provocó protestas con un marcado carácter revolucionario y anticapitalista. Y el otro elemento, geográfico, el hecho que Bergoglio al ser nombrado papa se definió como venido del «fin del mundo», del Sur y por tanto con una experiencia muy viva sobre los efectos que determinadas políticas y culturas económicas neoliberales habían tenido sobre países como el suyo. Estos dos elementos confluyeron en un momento donde las movilizaciones abrieron un horizonte de esperanza y de cambio que después no llegaron a materializarse o que incluso generaron una reacción autoritaria y neoconservadora muy importante.

Hablar de un papa que apuesta por una perspectiva política desde abajo, puede llegar a parecer una paradoja. El papa en su dimensión política representa el verticalismo extremo. No en vano, hoy por hoy, el Estado Vaticano sigue siendo una (la única) «monarquía absoluta, electiva y teocrática”, y el papa está en el vértice de esta estructura de poder en calidad de jefe de Estado. Añade además a esta condición, la de cabeza de una Iglesia también vertical y jerárquica.  Esto no ha cambiado con Francisco y no se espera, de momento, que cambie. No obstante, y a pesar ello, en la manera de expresarse y en su mensaje sí que el papa ha adoptado siempre una perspectiva que aspira a romper con su posición de poder para convertirse en un líder social y religioso, en parte carismático, que busca conectar con los movimientos que se producen en la base del sistema o incluso fuera del sistema.

Su pontificado está plagado de momentos en que esto se ha evidenciado: gestos, discursos, encíclicas… Quizás haya dos momentos, muy al principio de su pontificado, donde lo formuló de una manera más clara. El discurso en Roma el 28 octubre del 2014, y el que realizó en Santa Cruz de la Sierra (Bolivia) el 9 de julio del 2015, durante el II encuentro mundial de los movimientos populares.

En Roma se habían reunido movimientos sociales alrededor de tres temas que el papa hizo suyos -tierra, techo y trabajo- y a los cuales añadió de su propia mano una reflexión sobre la paz y la ecología. No entraré en el detalle de sus reflexiones, pero si en el fondo de su visión que le hace exclamar en un momento determinado del discurso:

“Los movimientos populares expresan la necesidad de revitalizar nuestras democracias, tantas veces secuestradas por innumerables factores. Es imposible imaginar un futuro para la sociedad sin la participación protagónica de las grandes mayorías y ese protagonismo excede los procedimientos lógicos de la democracia formal. La perspectiva de un mundo de paz y justicia duraderas nos reclama superar el asistencialismo paternalista, nos exige crear nuevas formas de participación que incluya a los movimientos populares y anime las estructuras de gobierno locales, nacionales e internacionales con este torrente de energía moral que surge de la incorporación de los excluidos en la construcción del destino común”.

Este fragmento, enlaza con multitud de mensajes y pancartas que se pudieron ver en plazas y calles durante el mes de mayo del 2011. En contraste con la visión de la democracia representativa, formal y liberal-burguesa, la visión y el mensaje político de Francisco conecta inesperadamente con las bases y los perdederos de la historia a los que anima a autoorganizarse y a luchar más allá de las estructuras que configuran nuestra organización social. Su crítica que se extiende incluso a las ONGs cuando denuncia la “domesticación” de los pobres y sus causas, son ciertamente novedosas dentro de los planteamientos tradicionales de la Doctrina Social de la Iglesia. De hecho algunos autores como el teólogo brasileño Fabio Regio publicaron artículos[1] en los que destacaban el carácter rupturista del papa Francisco en contraste con las posiciones «reformistas» defendidas tradicionalmente por los pontífices en sus encíclicas sociales. Seguramente una afirmación así es demasiado atrevida, pues a la hora de las concreciones Francisco remite continuamente a sus predecesores, pero sí que es novedosa la centralidad que da a la participación política desde la base, a que ese compromiso se dirija a atacar las causas de la injusticia, aunque ello suponga una subversión del sistema, o a la hora de criminalizar el “estado actual de las cosas” calificándolo directamente de “amenaza a la humanidad”.

Meses después, en Bolivia, y de nuevo en un encuentro mundial de movimientos sociales, los exhortó a seguir con ese trabajo de transformación desde la realidad concreta, desde las necesidades concretas: “Ese arraigo al barrio, a la tierra, al oficio al gremio, ese reconocerse en el rostro del otro, esa proximidad del día a día…. ejercer el mandato del amor, no a partir de ideas o conceptos sino a partir del encuentro genuino de las personas”.

Imposible no escuchar en estas palabras, citadas recientemente en la encíclica Fratelli Tutti  los ecos de las reivindicaciones presentes ahora hace 10 años en nuestras calles y plazas. Imposible no conectar esta perspectiva desde abajo y desde lo cercano, con aquello que allí se promulgaba.

Diez años después la materialización política de aquellos movimientos no deja de cosechar derrotas, inmersos en contradiccciones, cismas, egos e incapacidades. Diez años después el papa también se ha visto en cierta manera incapaz, pese a su condición de «monarca absoluto» o quizás por esa misma condición, de impregnar la estructura eclesial de esa llamada a la solidaridad desde abajo, a esa visión política que pone al excluido en el centro de las prioridades. Ciertamente han surgido en la iglesia no pocas iniciativas y algunas muy interesantes, pero la acción y pensamiento mayoritario sigue tocado por un sesgo asistencialista que dificulta una auténtica opción transformadora.

Diez años después quedan los brotes que han protagonizado algunos movimientos autoorganizados y que luchan por escapar a las dinámicas de descarte a las cuales les somete el sistema.  La Iglesia y los cristianos deberíamos estar más atentos a estos movimientos, trabajar codo con codo con ellos, ser capaces de generar otros si hace falta, si no queremos que esta democracia anémica que tenemos se nos acabe deshaciendo entre las manos. A pesar de todo el 15M sigue inspirando y, curiosamente, el papa también…

(Continuará…)