Don Pedro Casaldáliga, una luz universal

Pedro Casaldáliga: “Estamos tocando carne de santo”

«Dom Pedro seguirá vivo en la conciencia del ‘santo pueblo de Dios’, que lo hizo suyo en vida y lo quiere ‘santo subito’ (este sí) en muerte»

«Su legado no morirá, ni se apagará, simplemente cambiará de dimensión y el profeta del Araguaia comenzará a brillar con una luz universal»

«Otro momento especial fue poder compartir la eucaristía en la capilla de su ‘palacio’, diseñada por el genial Maximino Cerezo, en forma de corazón y con una cajita de lata en la que conserva una reliquia de su amado mártir monseñor Romero»

«Como Romero, el altar ya lo tiene en el corazón del pueblo: el santo de una Iglesia de sombrero de paja y sandalias»

10.08.2020 José Manuel Vidal

Cuando cogí su mano fría y larga de dedos delgados y huesudos de pianista entre las mías, sentí un estremecimiento por dentro. Pensé que estaba acariciando la mano de un obispo-profeta, defensor de las causas más nobles de los oprimidos, símbolo de la lucha por la justicia en todo el mundo y abanderado de la teo-praxis de la liberación. Sentado al otro lado de Don Pedro Casaldáliga, el Padre Ángel, siempre rápido, puso palabras al embrujo del momento: “Estamos tocando carne de santo”.

Hace dos años, acompañado por el fundador de Mensajeros de la Paz, tuve la suerte no sólo de estrechar la mano de Casaldáliga, sino también de comer a su lado y compartir su rutina diaria durante una semana, en su casita de ladrillo y uralita, cuidado con primor por sus tres hermanos agustinos.

Le recuerdo en su silla baja, siempre ladeado hacia la derecha, con sus manos temblorosas y sus ojos siempre envolventes, y su paño amarillo, para secarse la saliva que, a veces, se le escapaba por la comisura de los labios, mientras intentaba balbucear unas palabras, que sólo entendíamos con la ‘traducción’ de Saraiva o de Valenzuela, dos de sus compañeros agustinos que lo acompañan desde hace años.

Hablaba poco y miraba mucho, asentía a lo que decíamos, siempre a las órdenes del Parkinson, «mi superior general, porque siempre hago lo que él me ordena», como confesaba siempre con una mezcla de realismo y resignación. En nuestra estancia con el obispo de los indígenas, hubo varios momentos de esos que se te quedan clavados en la memoria para siempre. Seguir leyendo