Semana Santa y amistad social

 

José M. Tojeira

En Semana Santa recordamos con frecuencia el mandato de Jesús a sus discípulos: “Ámense unos a otros como Yo les he amado”. Es un mandato universal para todo el que se considere cristiano. Y es un mandato que desobedecemos con demasiada facilidad, pasando del resentimiento al odio, y de éste a la ofensa, que puede llegar incluso a matar.

Jesús fue víctima de esta tendencia humana a afirmarnos como seres humanos negando la humanidad de los demás. Y por esa misma razón la tradición cristiana, cuando piensa en la vida en sociedad, además de recordar el mandato básico del amor, recomienda la existencia de normas que defiendan a los débiles e impidan el abuso sobre los indefensos o los que no tienen voz, como decía nuestro San Romero. Normas que no rompan la amistad social, sino que tiendan a aumentarla.

En el pensamiento secular, en buena parte inspirado por la tradición cristiana, se puso como principio, en los albores de la democracia, la frase “que nos gobiernen leyes y no personas”. Mientras las personas están sujetas a mayores equivocaciones, la norma es fruto (o debe serlo) del diálogo, de la reflexión y del discernimiento sobre las situaciones históricas en las que viven las colectividades humanas.

Protegen a los más débiles universalizando derechos y crean instituciones independientes que supervisen el cumplimiento de las obligaciones derivadas de la ley. En nuestros países centroamericanos, se dio desde muy temprano, en buena parte como herencia colonial, la tendencia a establecer gobiernos muy elitistas que pronto evolucionaron hacia caciquismos regionales y gobiernos militaristas.

Salir de la tendencia a que nos gobiernen autoritariamente personas y no normas, es y continúa siendo un proceso largo y conflictivo. La desigualdad social, una plaga muy extendida en nuestros países, no solo genera violencia. Tiende también a generar gobiernos elitistas que rápidamente se convierten al populismo autoritario y paternalista.

Para quienes acaparan poder es mejor la costumbre romana de “pan y circo”, con palo y garrote para quienes opinen diferente, que la democracia participativa y con controles de poder. En muchos aspectos nos siguen gobernando personas en vez de leyes. Y eso impide la confianza en las instituciones y la amistad social.

En el esfuerzo por construir sociedades democráticas hemos trasladado a nuestras Constituciones los Derechos Humanos, con una mayor o menor universalización de los mismos según contextos históricos. Pero no hemos desarrollado adecuadamente las instituciones que universalicen los derechos constitucionales y controlen los abusos del poder. En la actualidad, además, se utiliza la mayoría parlamentaria  y el control de las instituciones incluso para cambiar términos en beneficio y capricho del poder. De este modo la Policía, PNC, puede decir que hubo cero homicidios en un día y un pandillero muerto.

Como si matar a un pandillero, aunque fuera en legítima defensa, no fuera un homicidio que se debe investigar y ubicar como tal para eximir de responsabilidades a los ejecutores, si así lo determinan los hechos. Se burlan de los Derechos Humanos sin darse cuenta de que sobre los mismos está construida la propia Constitución.

Y se confunde la Constitución con la voluntad mayoritaria de la Asamblea Legislativa o con los deseos y órdenes del Presidente elegido constitucionalmente. Se controlan las instituciones de control, reduciendo los controles a voluntades personales, más allá de la constitución y de los convenios internacionales ratificados por la misma Asamblea Legislativa. Fanatismo y miedo suplantan a la amistad social.

En la actualidad, el mandamiento del amor, que reflexionamos y tratamos de vivir de un modo especial en la Semana Santa, al menos los cristianos, no puede vivirse sin amistad social. Y la amistad social se niega cuando el poder de muy pocos se impone a como dé lugar. No hay nada mejor para vivir la amistad social que una democracia de leyes inspirada en la universalidad de los Derechos Humanos.

En Semana Santa debemos busca nuestra propia conversión al amor hacia todos, a la justicia y a la paz social y el bien común. Y por eso, en las actuales circunstancias, no debemos olvidar la invitación del Concilio Vaticano II que pide a los cristianos comprometidos en política que se olviden del propio interés y que “luchen con integridad moral y con prudencia contra la intolerancia y absolutismo de un solo hombre o de un solo partido político; conságrense con sinceridad y rectitud, más aún, con caridad y fortaleza política al servicio de todos” (Gaudium et Spes 75).

HACED ESTO EN MEMORIA MÍA

col Carme Soto

Domingo de Ramos

El domingo de Ramos hacemos dos lecturas en las que se recogen los últimos días de la vida de Jesús. Siguiendo la narración, caminamos desde su entrada triunfal en Jerusalén hasta su entierro, pasando a través de diversas escenas de gran intensidad dramática y profundamente teologizadas. Es significativo que en este recorrido se deje fuera un momento que es crucial para entender las razones históricas de la condena de Jesús y el por qué resultaba tan amenazante para quien ostentaba el poder: la acción profética que él realiza en el templo (Lc 19,45-48).

La subida a Jerusalén fue sin duda para Jesús una decisión meditada, pero también profundamente radical. En ella se ponían en juego todos sus empeños y sueños. Como un profeta al estilo de la más genuina tradición de Israel, Jesús realiza una doble acción simbólica que ponen en evidencia lo lejos que parecía estar el discurso religioso de los dirigentes de Jerusalén de los deseos de Dios.

La llegada de Jesús y sus discípulas y discípulos a la ciudad, formando parte de la comitiva de las y los peregrinos que llegaban de los cuatro puntos cardinales del mundo conocido para celebrar las Pascua, se convirtió en una procesión festiva. El maestro evocando la profecía de Zacarías (Za 9,9) quiso cruzar los umbrales de la ciudad santa montado en un borrico, mostrándose así como el enviado humilde de un Dios cuyo poder es el amor. Para algunos ese gesto era altamente provocador y quisieron frenar el entusiasmo que la persona de Jesús provocaba a su paso, pero el maestro no les hizo caso (Lc 19, 39-40).

Lucas a continuación narra brevemente un episodio en el que Jesús realiza otra acción altamente provocativa. Al entrar en la primera explanada del templo Jesús expulsa a todos los que compraban y vendían en ese lugar. ¿Por qué lo hace? ¿Es que estaban haciendo algo indebido? La verdad es que no había nada extraño en el comportamiento de aquellas personas, al contrario, pues esa explanada no tenía un carácter sacral, sino que era como una antesala donde se adquiría lo necesario para realizar los sacrificios que se ofrecían en el interior. Esto era así, porque según la legislación judía, había que asegurar que todo lo que se introducía en el templo fuese puro, y eso solo podía certificarse si se adquiría allí.

Lo que pretende Jesús entonces, no es cuestionar la ética de quienes estaban comprando o vendiendo, sino denunciar el sistema cultual judío, es decir el tipo de relación con Dios que estaba establecida en el templo. Lucas lo explica poniendo en boca de Jesús dos textos proféticos (Is 56,1-7; Jr 7, 1-11), él solo los evoca con una frase, pero lo que quiere es que se recuerde todo el pasaje, pues esa era la manera de citar cuando la Biblia no estaba todavía dividida en capítulos y versículos. Con ellos lo que quiere decir, es que para Jesús ese tipo de culto no era el que Dios quería, sino que lo habían pervertido, como decía Jeremías y que de ese modo habían excluido a muchos/as del encuentro con él. Y era el momento de que eso cambiase, como había anunciado Isaías. Y esto fue sin duda, lo que determinó definitivamente que quienes se sentían seguros con ese culto buscaran el modo de hacerlo desaparecer (Lc 119, 47).

Jesús es consciente de lo arriesgado de su propuesta, pero no puede dejar de anunciar al Dios que arde en sus entrañas. La cena con su comunidad es la expresión más honda del modo en que él entiende su relación con su Padre y de cómo quiere que sus discípulos y discípulas entiendan y continúen su misión. Los signos del pan y del vino, condensan la hondura de su entrega y fidelidad al Padre que busca con pasión ofrecer su amor y perdón a todas y todos. La invitación a hacer memoria de ese momento, no es una simple propuesta ritual, sino una llamada a identificarse con su camino existencial, a descubrir la gratuidad como la única opción para dejar a Dios ser Dios en la historia, a permanecer en la bondad y en la esperanza a pesar del fracaso.

Las escenas que siguen en el relato muestran el drama humano que provocan la injusticia y la opresión. El modo en que Jesús lo afronta transparenta el auténtico ser de Dios, un Dios que se deja vencer para que en su nombre no se pueda ya justificar ninguna acción que no sea liberadora y salvadora. La cruz de Jesús, no fue deseo de Dios, porque él no quiere nada que produzca sufrimiento y destrucción, pero junto a Jesús respondió a la violencia con perdón, al odio con ternura y al poder avasallador con humildad y permanencia. En la cruz de Jesús, siguió demostrando su amor desmedido por el ser humano, y negó cualquier justificación de la venganza o de la violencia en su nombre.

Para la primera comunidad fue difícil ahondar en el misterio que atravesaba la opción definitiva de Jesús. Todos y todas estaban fascinados por su mensaje, pero la dureza de su final surgió como una bofetada en sus vidas. Los relatos nos hablan también de ese camino comunitario de comprensión y de conversión que los compañeros y compañeras del maestro tuvieron que hacer aquel primer viernes santo. Tuvieron que afrontar la impotencia, el miedo, el fracaso y un fuerte sentimiento de orfandad. Necesitaron tiempo hasta que fueron capaces de encontrar sentido y esperanza…

La experiencia vivida por las mujeres que lo siguieron desde Galilea muestra de forma contundente el camino pascual vivido por la comunidad. Ellas son al inicio testigos mudos de los acontecimientos, acompañando en silencio los últimos momentos de vida del maestro entre el dolor y la impotencia ante algo que no pueden comprender. Al amanecer del domingo, en medio del ritual de duelo, ellas hacen memoria existencial de lo vivido junto a Jesús. En ese recuerdo, la tristeza comienza a transformarse en esperanza y comprenden que tenía sentido lo que había ocurrido. El sepulcro vacío ya no hablaba de ausencia, sino de vida, compromiso y misión (Lc 24, 1-10). Ellas también son nuestras compañeras de camino hacia la Pascua.

 SEMANA SANTA 2022

 en Torrubia del Campo

Nos preparamos a celebrar el Misterio Pascual participando en el Proceso Sinodal que nos propone el Papa Francisco

Por un cambio pastoral viviendo la comunión, la participación y la misión en la Iglesia

 Les invitamos a participar en las celebraciones que tenemos esta Semana Santa

Si seguimos y contemplamos los pasos de Jesús:
Será como un libro abierto y vivo, lleno de enseñanzas y lecciones

En esta semana Santa

Vemos hasta dónde llega el dolor y hasta dónde llega el amor.
Vemos al que bajó hasta lo más hondo y oscuro del sufrimiento humano.
Vemos que el hombre condena a Dios: Nació marginado (no hubo para él lugar en la posada),
y le echó fuera de nuestro mundo al ponerlo en la cruz.

Y El sigue entre nosotros, en cada uno de los marginados, de los que no tienen sitio en nuestro mundo.
Vemos a Cristo ofreciendo su perdón desde la Cruz.
Le vemos entregando su vida, su Cuerpo y su Sangre en la Cena.
Y vemos que el amor es más fuerte que la muerte.

Al final es la Vida: La Vida en plenitud.

JUEVES SANTO 14 de abril

«Haced esto en memoria mía»

19:30 Celebración de la Cena del Señor  
21:00 Procesión Camino del Calvario    
22:30 Hora Santa  

VIERNES SANTO 15 de abril

«Y nos amó hasta el extremo»
10:00 Procesión Vía Crucis             
19:30 Celebración Muertedel Señor                                                 
21:00 Procesión del Santo Entierro  
00:00 Bajada del Santo Sepulcro

SABADO SANTO 16 de abril

21:00 Vigila Pascual

¡Ha resucitado! ¡Aleluya!

DOMINGO DE RESURRECCION 17 de abril

9:00 Procesión del Encuentro y

Eucaristía – Resurrección del Señor

 

Domingo de Palmas

¡Basta de guerra en Ucrania!Domingo de Palmas (No de armas)

Que la paz nos permita celebrar la semana grande de la vida.

cruz
cruz Alejandro Fernández Barrajón

El dramatismo sobrecogedor de la pasión bien merece contemplación y meditación personal en cada uno de nosotros, ahora que vamos a comenzar la semana grande de  la fe cristiana.  Como lluvia que empapa la tierra, como orvallo sobre el césped, la fuerza germinadora de la Palabra, de la Pasión, no merece caer en tierra baldía, ni en las zarzas de la indiferencia, ni en la tierra ingrata del corazón endurecido, sino en tierra fértil para germinar a la vida nueva de la Pascua, paso de la esclavitud a la libertad.

  Vamos subiendo en estos días a Jerusalén para entrar por la puerta grande, acompañando a Jesús, para contemplarlo y vivirlo crucificado y resucitado. La procesión de Ramos no puede ser el adorno folklórico o el cartel de presentación de la Semana Santa. Tiene que ser en nosotros el deseo y el empeño vivo de ponernos en camino, de entrar a vivir en solidaridad existencial con Jesucristo, crucificado y ensalzado. Esta semana es un tiempo  de Palmas, no puede serlo de armas. ¡Basta ya de guerra en Ucrania! Que la paz nos permita celebrar la semana grande de la vida.

1.-Podíamos habernos quedado fuera (Y aún estamos a tiempo)

 Lo hacemos cada vez que vivimos nuestro compromiso cristiano sin radicalidad, sin ilusión, sin hondura. Cada vez que nos dejamos fascinar por el mundo que se extiende más allá de Jerusalén, en las afueras, lejos del escenario de la Pasión. Cada vez que añoramos Emaús o Jerusalén o, lo que es lo mismo, el deseo de vivir para nosotros, para nuestras cosas, al margen de la Iglesia, de la comunidad o de la humanidad.

 Podemos quedarnos fuera de Jerusalén, cuando predomina en nosotros la resistencia a la aceptación gozosa, el no al sí, la desconfianza a la utopía, el realismo al abandono en la providencia divina, la indiferencia al compromiso, el yo al nosotros.

 La Pasión es una invitación solemne de Dios a entrar, a decir sí de nuevo, a confiar plenamente aunque de lejos y de cerca escuchemos el eco de las gentes que gritan ¡crucifícale!

2.- Hemos decidido entrar. ¡Ojalá todos!

 Entrar por la puerta grande de Jerusalén hacia la Pascua, acompañando a Jesús, para ser espectadores o protagonistas.

Espectadores: en esta inmensa representación que es la Pasión, como si estuviéramos ante un bellísimo paso más que recorre nuestras calles, las de fuera, las de piedra, y nos deja impresionado el corazón con tanta belleza  hasta el lunes de resurrección o de empezar a trabajar en la rutina de la vida.

Protagonistas: dispuestos a vivir en primera persona y en propia carne cada acontecimiento pascual hasta hacerlo nuestro, es decir, resucitado en nosotros. Vivir la pasión crudelísima de esta humanidad cautiva hasta resucitarla a fuerza de entrega liberadora en la cruz del Maestro.

 Es verdad que esta historia de la Pasión es la de siempre y ya nos la sabemos de memoria de tanto oírla. Pero también puede ser verdad la realidad de que un año más la sangre no llegue al río y la historia de esta pasión no termine por seducirnos. Como Santa Teresa necesitó más de cuarenta años para “tomar una determinada determinación” o Lope de Vega decía: “mañana le abriremos, respondía, para lo mismo responder mañana”. Ésta es una vez la cuestión: ser o no ser.

3.- Yo quisiera, con el temor y el temblor de no ser digno, en nombre de Jesucristo, invitaros vivamente a no dejar pasar una vez la oportunidad cargada de vida que atraviesa nuestras calles, las del alma, las de dentro: Cristo, el Señor, camino de la cruz.

Se trata, en fin, de asumir, de vivir más que de interpretar, el papel que queremos escoger en este drama, cargado de futuro, que es la pasión de Cristo y de la humanidad.

Aristóteles decía que la dignidad de los hombres consistía en vivir bien y representar correctamente el papel que para nosotros habían escrito los dioses.

Calderón de la Barca quiso, por analogía, transformar la vida en el “Gran Teatro del Mundo” para que cada uno interpretara bien su papel y obtuviera el aplauso o el abucheo al final de la representación, que es la vida.

 Parece evidente que Dios nos ha asignado el papel de la vida y no solamente de vivir la vida sino de recrearla, dignificarla y liberarla de tantas ataduras que van limitando sus posibilidades casi ilimitadas.

Ahora que entramos por la puerta grande de Jerusalén es buen momento para escoger nuestro papel. Hay muchos y variados sobre le mesa de nuestra libertad.

Podemos entrar en la Pasión como:

Barrabás: Desconfiando de la capacidad de diálogo y de la paz y apostando por la imposición, la intolerancia y el fanatismo de las decisiones cotidianas. ¡Y seremos indultados por el mundo!

Caifás: Manteniendo nuestra burbuja de poder y de influencias, nuestro proyecto personal y cerrado, y defendiendo de vez en cuando que “conviene que muera un hombre” para que no se tambalee mi proyecto personal. ¡Cuántas decisiones en la vida pasan por encima de los otros, por marginar, descalificar, orillar, o se construyen a costa de los demás aunque sean legales!

Pedro: Negando que le hemos conocido, que Él nos llamó, que un día consiguió entusiasmarnos y le seguimos para siempre; pero ahora, decepcionados por las dificultades del camino, señalados por la criada del bienestar, lo negamos y tiramos la toalla de la fidelidad, dispuestos a recuperar el terreno perdido antes de que sea demasiado tarde: “No conozco a ese hombre”

Cirineo: Dispuestos a llevar la cruz pero no sólo un instante, como voluntarios, como una ONG llamada Iglesia, y hasta el Calvario y mucho menos dispuestos a morir con Él. Dispuestos  a acoger a los refugiados de Ucrania que huyen del horror de la guerra.

Judas: Decepcionados porque nuestro proyecto personal no coincide con el de Dios, con el de la Iglesia, dispuestos a dejarlo todo por cuarenta monedas de plata, de ocio, de bienestar. Capaces de traicionar a los amigos, de olvidar sus historias, de morder la mano que nos dio de comer.

Pilatos: Lavándonos la manos ante el sufrimiento de hoy, ante las utopías de mi Iglesia o ante sus limitaciones humanas tan comunes. “Yo soy inocente de la sangre de esos inmigrantes sin papeles, de los enfermos o ancianos, de los compromisos asumidos en mi bautismo. “Soy inocente y me lavo las manos”

Cristo:

“Nadie me quita la vida, yo la entrego libremente”

“He venido para que tengáis vida y vida abundante”

“Tú y yo somos uno, Padre, para que el mundo crea”

“Hoy se cumple esta escritura en mí: He venido a anunciar la libertad”

“A tu manos, Padre, encomiendo mi espíritu”

“Id y anunciad a mis hermanos que os precederé en Galilea”

“Mete tus dedos en mi costado y no seas incrédulo sino creyente”

Poema de Domingo Ferrari:

LA ENTRADA A JERUSALÉN

Cuando la ciudad bullía,

mil visitas ¡qué trajín!

por la calle que da al templo

un hombre se acerca al fin.

Cabalga en asno prestado,

que es sinónimo de paz,

por los suyos aclamado,

por el pueblo saludado

con palmas al agitar.

Los muchachos que lo miran

cantan al verlo marchar un ¡hosanna,

hosanna! Se enoja a la autoridad.

Como quien llega a su casa

se baja al templo al llegar

y al ver sus patios hollados

como cueva de ladrones.

se ofende en su santidad.

Hace un azote de cuerdas,

trastorna mesa de cambios

y desordena el mercado,

descubriendo la maldad

de quienes hacen riquezas

de aquel lugar para orar.

La corrupción se agazapa,

sabiendo que ha de llegar

la hora de la venganza

sobre el joven galileo

que se ha atrevido a gritar.

Vuelve el jinete al camino

mas ya no se oye cantar,

ganó las calles el miedo,

y Él que conoce su hora

se marcha a ignoto lugar.

Alguien prepara una mesa

de pascua al agasajar

al que vino a limpiar templos.

Sin saber que el agasajo

será la cena final.

Y en otro lugar preparan

los dos palos al cruzar,

la venganza del mercado,

en vidriera amedrentante

que el Gólgota mostrará.

Entramos en la Semana Santa

Hacia la Semana Santa con la densidad histórica del misterio pascual

Por Consuelo Vélez

Va corriendo el tiempo de cuaresma y pronto estaremos celebrando la Semana Santa. Es una semana donde se “condensan” los misterios de nuestra fe en el Misterio Pascual, es decir, la muerte y resurrección de Jesús. Pero corremos un peligro: repetir la liturgia que la Iglesia tiene tan bien diseñada, haciéndola con todas las rúbricas litúrgicas y la mayor solemnidad posible y, sin embargo, finalizando dichas celebraciones sin haber modificado absolutamente nada de nuestra vida y de nuestra iglesia. Es decir, habiendo cumplido con los ritos, pero sin haber vivido lo que conmemoramos. Por supuesto no faltarán las comunidades que viven este tiempo con mucha profundidad y gracias a ellas, la fe sigue viva y actuante y el auténtico seguimiento de Jesús se confirma. Pero me quiero referir a lo primero, a esos ritos sin vida que, me parece, son muchos más abundantes que lo segundo.

El centro de la Semana Santa es Jesucristo. Su vida y las consecuencias de la misma. Lástima que sobre los dichos y hechos de Jesús no se profundiza suficientemente en las celebraciones de esta semana mayor. Se podría decir que para esto es el tiempo de cuaresma y por eso ya llegamos directo a la última cena, a la muerte y a la resurrección del Señor. Pero, aunque en los domingos de cuaresma las lecturas nos pueden ofrecer oportunidad para ello, no me parece que tengamos la costumbre de relacionarlo suficientemente para que entendamos qué fue lo que hizo Jesús para que lo asesinaran las autoridades civiles y religiosas de su tiempo. Precisamente porque no sabemos mantener la continuidad entre la predicación del reino y su asesinato como consecuencia de esta, tal vez nos condolemos el viernes santo y nos alegramos el domingo de resurrección, pero seguimos en la semana de pascua, sin el impulso suficiente para seguir comprometidos con hacer posible el reino de Dios entre nosotros.

He utilizado antes la palabra “asesinato” porque en verdad fue así y deberíamos usar más esta palabra porque si nos referimos a que Jesús “murió” casi pareciera que fue por muerte natural y no develamos el conflicto que vivió y lo que esto supuso para él y para sus seguidores. Por eso los discípulos se dispersaron y hasta Pedro lo negó. Todos ellos vivieron un verdadero conflicto en el que Jesús arriesgó su vida y, efectivamente la perdióLo que se enfrentaba eran dos imágenes de Diosla del reino que incluye a todos, comenzando por los últimos y la del dios acomodado a los intereses de los más fuertes, incluidos los de estamentos religiosos que se creen más cerca de Dios. Esto es importante tenerlo en cuenta para dejarnos interpelar en estas celebraciones que se avecinan. Lo mismo podríamos decir de la última cena. No es una cena festiva en el sentido de cantos, jolgorios y comida en abundancia. Es una cena testamentaria, es decir, de aquel que intuye que lo van a matar y quiere insistirle, una vez más a los suyos, cuál es el mensaje y la praxis que les encomienda. Aquí lo central es el gesto. Juan lo relata como lavatorio de los pies. Él, el maestro, se pone a lavar los pies de los discípulos a ver si logran comprender que el reino de Dios consiste en esa difícil pero apasionante tarea de lavarnos los pies unos a otros y, especialmente, hacerlo con los más necesitados, con los últimos de cada tiempo presente.

Los otros evangelistas nos relatan la llamada institución de la eucaristía en el que el pan es el símbolo de una vida que se parte y se reparte para hacer posible la fraternidad/sororidad, como signo inequívoco del reino. Y en estos textos el testamento se explicita nuevamente: “Hagan esto en memoria mía”. Es decir, cada vez que coman el pan y beban el vino, comprométanse con hacer posible el reino, aunque esto llegue a costarles la propia vida.

Ahora bien, cuando esto lo contextualizamos en nuestro momento presente, adquiere la densidad histórica que la conmemoración de la Semana Santa implicaSi no lo hacemos, serán ritos vacíos que no agradan a Dios. Muchas realidades de nuestro mundo desdicen del reino de Dios. La injusticia estructural de nuestros pueblos clama al cielo pidiendo una verdadera transformación del modelo político y económico que no garantiza la vida de las mayorías. Y junto a esto, no es menos importante el cuidado de la creación y la decisión definitiva de parar la explotación irracional de los recursos naturales. Y tantas otras cuestiones sociales que no son ajenas a la fe sino, precisamente, los lugares donde esta se vive y se realiza. Cada uno podrá nombrar las que vea más urgentes pero lo que es indispensable, es que la Semana Santa nos deje con dolor de patria o con dolor de mundo y con fuerzas para seguir buscando salidas a todas las injusticias de nuestro tiempo, para que en verdad exprese nuestra fe en el Jesús del reino, en el compromiso con su causa, en el seguimiento fiel a su llamada.

Solo entonces, el domingo de resurrección será una celebración del triunfo de la vida sobre la muerte, de la justicia sobre la injusticia, de la fe viva sobre los ritos vacíos. La resurrección de Jesús nos rememora que ahora es el Espíritu de Jesús el que, a través de cada uno de nosotros, sigue actuando para hacer posible el sueño de Dios sobre la humanidad: una gran familia donde no hay padres, ni señores, ni amos, ni explotadores, ni opresores, ni nadie que este por encima de los otros, sino hermanos y hermanas que se lavan los pies unos a otros porque escuchan la palabra de Dios y la ponen en práctica.

Jesús no entró en Jerusalén en un carro de combate

Domingo de Ramos
Domingo de Ramos

 El domingo de Ramos es como el pórtico de la Semana Santa

Por Tomás Muro Ugalde

    En el torbellino de problemas y acontecimientos en los que estamos inmersos: la guerra Rusia – Ucrania, pandemia, incertidumbre social, corrupción, además de las cuestiones personales, la Semana Santa puede ser un tiempo de calma, de cierto silencio interior, de contemplación de Cristo crucificado y resucitado.

  1. Dos actitudes de Jesús

    Hemos escuchado la pasión del Señor según San Lucas. Y en esta tradición de Lucas, hay dos gestos, dos actitudes de Jesús que nos hacen bien a nuestro ser, a nuestra alma:

  1. Te lo aseguro: hoy estarás conmigo en el paraíso, (Lc 23,43).

    Lo último que hace Jesús entre nosotros es lo que ha hecho toda su vida: perdonar.

  • ü Nos pille como nos pille la vida y la muerte, tengamos la confianza en Jesucristo (te lo aseguro, hoy estarás conmigo en el paraíso). Dios y Jesucristo no se cansan nunca de perdonar. La confianza en Dios Padre es el acto de fe más fundamental que podemos hacer y en el que podemos vivir.
  • ü hoy: no mañana, hoy, -ahora- estamos ya salvados. Es el hoy de San Lucas: hoy nos ha nacido un salvador, hoy se cumple la salvación que acabáis de escuchar, hoy ha entrado la salvación a esta casa. Hoy estarás conmigo en el Paraíso. Hoy estamos ya salvados: esa incógnita queda despejada por el Señor en la cruz. La salvación está ya en nuestra historia.

Gocemos, disfrutemos hoy ya de una historia que solamente termina bien. “Dios no se cansa de perdonar”.

  • ü El Paraíso es el símbolo de que esta historia nuestra (cuyo final no podemos, no sabemos describir) termina bien en Dios.

Padre en tus manos confío mi espíritu (mi vida)

    Hasta llegar a la cruz Jesús ha sufrido mucho; ha tenido sus dudas, tentaciones, angustias. Jesús pidió que: si es posible que pase de mí este cáliz.

    Durante toda su vida Jesús ha confiado en el Padre, pero es en la cruz donde proclama su confianza, su fe, en Dios Padre: Mi vida la pongo en tus manos.

    También nosotros hemos podido tener, quizás estamos viviendo y tenemos recorridos de sufrimientos, dudas, angustias, sufrimientos de todo tipo, enfermedades. No temamos. Nuestra vida está en manos de Dios Padre

En tus manos pongo mi vida

Pascua, paso a la Resurrección

Cristo de la Nueva Creación
Parroquia Madre del Pobres, San Salvador

Por Fernando Bermúdez López
Hemos recorrido en Cuaresma el camino hacia la Pascua. Paso de la muerte a la vida.
No hay resurrección si no hay muerte. La crucifixión y muerte de Jesús no solo fue un
acontecimiento histórico del pasado sino también del presente, más aún, un
acontecimiento cósmico.
Como creyente, confieso que la resurrección de Jesús abre la puerta a la esperanza. La
muerte deja de ser el final de la existencia. A los crucificados de la historia, esclavos de
todos los tiempos, pobres, oprimidos, marginados, inmigrantes y refugiados, ahogados
en el Mediterráneo o en la travesía a Canarias, y a todos los que han muerto soñando y
luchando por otro mundo más justo y humano, se les hace justicia. La resurrección nos
revela que la última palabra sobre la historia no la tienen los poderes del mal ni el
sistema que hoy domina el mundo sino el Dios de la Vida.
Creer en la resurrección no es una evasión ni una alienación sino un compromiso
liberador en el aquí y ahora, haciendo posible una nueva humanidad de justicia y
equidad, en donde los hombres y mujeres de todos los pueblos de la tierra puedan
sentarse a compartir la mesa de la fraternidad. La resurrección del ser humano en el
futuro va acompañada en el presente de signos liberadores tanto en el orden personal
como en el orden socio-económico y político. Dios al resucitar a Jesús nos está diciendo
que a los que mueren víctimas de la injusticia y de la violencia del sistema opresor se
les hace justicia.
Resurrección significa reconstrucción de los sueños rotos, de la utopía universal. Que
es posible otro mundo alternativo. Que se superen las relaciones de explotación,
discriminación, marginación y abuso de poder. Que nadie en este mundo pase hambre.
Que se descarte a los políticos corruptos y racistas que solo benefician a los poderosos
de la nación. Que los pueblos se abran a la fraternidad universal. Que todos nos unamos
para cuidar este hermoso planeta Tierra, su suelo, sus bosques, sus aguas, su aire y todos
los seres vivos. A este sueño Jesús, el Resucitado, le llama Reino de Dios, porque Dios
reina donde hay fe, esperanza y amor. Entre muerte y resurrección circula el amor, que
es la única vida en plenitud.
La resurrección es, asimismo, liberación de todo tipo de esclavitudes interiores,
rencores, xenofobias, supremacismos, odios, ataduras al pasado, miedos, pensamientos
tóxicos, preocupación por cosas que no tienen sentido, obsesión por acumular dinero,
prestigio y placeres. Es recuperar el alma que el capitalismo neoliberal nos había
robado. Es asumir un estilo de vida nuevo, ético, dialogante, crítico y respetuoso con
todos, acogedor y servicial, compasivo y solidario con la gente que sufre, defensor de
los derechos humanos, forjador de la paz que nace de la justicia y siempre agente de
perdón y reconciliación. Resurrección es un nuevo nacimiento como hombres nuevos y
mujeres nuevas al estilo de Jesús.
El amor es eterno y la eternidad empieza ya aquí, en la vida presente y desafía el tiempo
y el espacio. Muere el cuerpo. Aquí queda inerte. Pero la esencia del espíritu, el amor,
pervive más allá de la muerte, porque somos personas, espíritu encarnado y el espíritu
es eterno. “La eternidad es un presente absoluto”, señala José I. González Faus.
La idea de inmortalidad y el ansia de vivir eternamente, atraviesan la historia de la
humanidad y la naturaleza. Una sed tan grande no puede quedar sin agua. Yo como
creyente, intuyo y tengo la esperanza de que tanto creyentes como no creyentes,
cristianos como no cristianos, todos estamos salvados por Cristo Jesús y todos tenemos
el mismo destino de acuerdo a la ética con que hayamos vivido en la historia. El mismo
Jesús en su evangelio nos dice que el criterio de salvación no es haber sido creyente o
no creyente, o haber pertenecido a ésta o aquella religión, ni haber cumplido con una
serie de prácticas rituales, sino el haber pasado por la vida compartiendo con el pobre y
necesitado. Dijo: “Tomad posesión del Reino preparado para vosotros, porque tuve
hambre y me disteis de comer, tuve sed y me disteis de beber, pasé como forastero,
inmigrante, refugiado y me acogisteis, anduve sin ropa y me vestisteis, estuve enfermo
y me visitasteis, en la cárcel y me fuisteis a ver”(Mt 25, 34-36).
Por la fe confesamos que todos resucitaremos, entendiendo por resurrección no la
reanimación de un cadáver, no la vuelta a la vida mortal anterior. Julio Lois señalaba
que “la resurrección es la continuidad personal tras la muerte en el seno de la
discontinuidad indudable que esa muerte implica”. No hay continuidad del cuerpo,
porque el cuerpo desaparece, pero sí hay continuidad de la persona, de su vida y destino.
Morir no es morir. Es caminar al encuentro de la Fuente para beber del agua de la Vida
y del Amor. Morir es nacer a la plenitud de una vida nueva. Este es el grito que arranca
de la experiencia de Dios en el silencio del alma. Y es, asimismo, la esencia de la
esperanza pascual. (Bermúdez, El Grito del Silencio, PPC, 2020,Madrid).

Dio un fuerte grito

No tenía dinero, armas ni poder. No tenía autoridad religiosa. No era sacerdote ni escriba. No era nadie. Pero llevaba en su corazón el fuego del amor a los crucificados. Sabía que para Dios eran los primeros. Esto marcó para siempre la vida de Jesús.
Se acercó a los últimos y se hizo uno de ellos. También él viviría sin familia, sin techo y sin trabajo fijo. Curó a los que encontró enfermos, abrazó a sus hijos, tocó a los que nadie tocaba, se sentó a la mesa con ellos y a todos les devolvió la dignidad. Su mensaje siempre era el mismo: “Éstos que excluís de vuestra sociedad son los predilectos de Dios”.
Bastó para convertirse en un hombre peligroso. Había que eliminarlo. Su ejecución no fue un error ni una desgraciada coincidencia de circunstancias. Todo estuvo bien calculado. Un hombre así siempre es una amenaza en una sociedad que ignora a los últimos.
Según la fuente cristiana más antigua, al morir, Jesús “dio un fuerte grito”. No era sólo el grito final de un moribundo. En aquel grito estaban gritando todos los crucificados de la historia. Era un grito de indignación y de protesta. Era, al mismo tiempo, un grito de esperanza. Nunca olvidaron los primeros cristianos ese grito final de Jesús. En el grito de ese hombre deshonrado, torturado y ejecutado, pero abierto a todos sin excluir a nadie, está la verdad última de la vida. En el amor impotente de ese crucificado está Dios mismo, identificado con todos los que sufren y gritando contra las injusticias, abusos y torturas de todos los tiempos.
En este Dios se puede creer o no creer, pero nadie se puede burlar de él. Este Dios no es una caricatura de Ser supremo y omnipotente, dedicado a exigir a sus criaturas sacrificios que aumenten aún más su honor y su gloria. Es un Dios que sufre con los que sufren, que grita y protesta con las víctimas, y que busca con nosotros y para nosotros la Vida.
Para creer en este Dios, no basta ser piadoso; es necesario, además, tener compasión. Para adorar el misterio de un Dios crucificado, no basta celebrar la semana santa; es necesario, además, mirar la vida desde los que sufren e identificarnos un poco más con ellos. Enrique, s.j.

Viernes Santo




JUAN 19, 1-42
1 Entonces tomó Pilato a Jesús y lo mandó azotar. 2 A continuación, los soldados trenzaron una corona de espino y se la pusieron en la cabeza, lo vistieron con un manto color púrpura
3 y, acercándose a él, le decían:
– ¡Salud, rey de los judíos!
Y le daban bofetadas.
4 Salió otra vez fuera Pilato y les dijo:
– Mirad, os lo traigo fuera para que sepáis que no encuentro ningún cargo contra él.
5 Salió entonces fuera Jesús, llevando la corona de espino y el manto color púrpura. Y les dijo:
– Mirad al hombre.
6 Pero apenas lo vieron los sumos sacerdotes y los guardias, empezaron a dar gritos:
– ¡Crucifícalo, crucifícalo!
Les contestó Pilato:
– Lleváoslo vosotros y crucificadlo, porque yo no encuentro cargo contra él.
7 Le replicaron los dirigentes judíos:
– Nosotros tenemos una Ley, y, según esa Ley, debe morir, porque se ha hecho hijo de Dios.
8 Cuando Pilato oyó decir aquello, sintió más miedo. 9 Entró de nuevo en la residencia y preguntó a Jesús:
– ¿De dónde procedes tú?
Pero Jesús no le dio respuesta. 10 Entonces le dijo Pilato:
– ¿Te niegas a hablarme a mí? ¿No sabes que está en mi mano soltarte y está en mi mano crucificarte?
11 Le replicó Jesús:
– No estaría en tu mano hacer nada contra mí si Dios no te dejara. Por eso, el que me ha entregado a ti es más culpable que tú.
12 Desde aquel momento Pilato trataba de soltarlo, pero los dirigentes judíos daban gritos diciendo:
– Si sueltas a ése, no eres amigo del César. Todo el que se hace rey se declara contra el César.
13 Al oír Pilato aquellas palabras, condujo fuera a Jesús. Se sentó en un escaño, en un lugar que llamaban «el Enlosado» (en la lengua del país, Gábbata). 14 Era preparación de la Pascua y alrededor de la hora sexta. Dijo a los judíos:
– Mirad a vuestro rey.
15 Ellos entonces empezaron a dar gritos:
– ¡Quítalo, quítalo de en medio! ¡Crucifícalo!
Pilato les dijo:
– ¿A vuestro rey voy a crucificar?
Replicaron los sumos sacerdotes:
– No tenemos más rey que el César.
16 [a] Entonces, al fin, se lo entregó a ellos para que fuese crucificado. [b] Tomaron, pues, consigo a Jesús 17 y, cargando él mismo con la cruz, salió para el que llamaban «lugar de la Calavera» (que, en la lengua del país, se dice Gólgota); 18 allí lo crucificaron y, con él, a otros dos, a un lado y a otro; en medio, a Jesús.
19 Pilato escribió además un letrero y lo fijó en la cruz; estaba escrito: JESÚS EL NAZOREO, EL REY DE LOS JUDÍOS. 20 Este letrero lo leyeron muchos judíos, porque estaba cerca de la ciudad el lugar donde fue crucificado Jesús. Y estaba escrito en hebreo, latín y griego.
21 Dijeron entonces a Pilato los sumos sacerdotes de los judíos:
– No dejes escrito: «El rey de los judíos», sino: «Éste dijo: Soy rey de los judíos».
22 Replicó Pilato:
– Lo que he escrito, escrito lo dejo.
23 Los soldados, cuando crucificaron a Jesús, cogieron su manto y lo hicieron cuatro partes, una parte para cada soldado; además, la túnica. La túnica no tenía costura, estaba tejida toda entera desde arriba. 24 Se dijeron unos a otros:
– No la dividamos, la sorteamos a ver a quién le toca.
Así se cumplió aquel pasaje: «Se repartieron mi manto y echaron a suerte mi ropa» (Sal 22,19). Fueron los soldados quienes hicieron esto.
25 Estaban presentes junto a la cruz de Jesús su madre y la hermana de su madre, María la de Cleofás y María Magdalena. 26 Jesús, entonces, viendo a la madre y, al lado de ella, a su discípulo predilecto, dijo a la madre:
– Mujer, mira a tu hijo.
27 Luego dijo al discípulo:
– Mira a tu madre.
Y desde aquella hora la acogió el discípulo en su casa.
28 Después de esto, consciente Jesús de que ya todo iba quedando terminado, dijo:
– Tengo sed (así se realizaría del todo aquel pasaje).
29 Estaba allí colocado un jarro lleno de vinagre. Sujetando a una caña de hisopo una esponja empapada con el vinagre, se la acercaron a la boca 30 y, cuando tomó el vinagre, dijo Jesús:
– Queda terminado.
Y, reclinando la cabeza, entregó el Espíritu.
31 Los dirigentes judíos, como era día de preparación -para que no se quedasen en la cruz los cuerpos durante el día de precepto, pues era solemne aquel día de precepto-, le rogaron a Pilato que les quebrasen las piernas y los quitasen. 32 Fueron, pues, los soldados, y les quebraron las piernas, primero a uno y luego al otro de los que estaban crucificados con él. 33 Pero, al llegar a Jesús; viendo que estaba ya muerto, no le quebraron las piernas. 34 Sin embargo, uno de los soldados, con una lanza, le traspasó el costado, y salió inmediatamente sangre y agua.
35 El que lo ha visto personalmente deja testimonio -y este testimonio suyo es verdadero, y él sabe que dice la verdad- para que también vosotros creáis. 36 Pues estas cosas sucedieron para que se cumpliese aquel pasaje: «No se le romperá ni un hueso» (Éx 12,46; Sal 34,21); 37 y todavía otro pasaje dice: «Mirarán al que traspasaron» (Zac 12,10).
38 Después de esto, José de Arimatea, que era discípulo de Jesús, pero clandestino por miedo a los dirigentes judíos, rogó a Pilato que lo dejase quitar el cuerpo de Jesús; Pilato lo autorizó. Fue entonces y quitó su cuerpo.
39 Fue también Nicodemo, aquél que al principio había ido a verlo de noche, llevando unas cien libras de una mezcla de mirra y áloe. 40 Cogieron entonces el cuerpo de Jesús y lo ataron con lienzos-junto con los aromas-, como tienen costumbre los judíos de dar sepultura.
41 En el lugar donde lo crucificaron había un huerto, y en el huerto un sepulcro nuevo donde todavía nadie había sido puesto. 42 Por ser día de preparación para los judíos, como el sepulcro estaba cerca, pusieron allí a Jesús.

ENTREGARSE PARA COMUNICAR VIDA

Anoche acabábamos con la oración de Jesús en el huerto. Noche, soledad, miedo, angustia… La situación se ha complicado mucho y huele a muerte… Lo que quieren tanto la ocupación romana como los líderes religiosos, es solucionar los problemas de raíz y para eso no ven nada mejor que quitar a Jesús de en medio.

Seguimos en esa dinámica de que Jesús es el discípulo; él ha aprendido de los profetas del Antiguo Testamento que el pueblo no quiere oír hablar de sus infidelidades ni de sus injusticias, y si hace falta, se acaba con ellos. La discípula, todxs nosotrxs, no queremos la muerte de Jesús, ni por supuesto la propia.

Lo que Jesús entiende en esa noche del prendimiento está a años luz de lo que entienden sus seguidores, que solo buscan la manera de no verse involucrados en este proceso tan confuso y violento. (Jn 18: 1-14)

Pedro, que representa a los discípulxs, no ha comprendido la entrega de Jesús, que no consiste en triunfar dando muerte sino en entregarse para comunicar vida.

Después de la entrega de Judas a los guardias oímos tres veces de boca de Jesús: “Yo soy”. Esta expresión es la formulación en primera persona del evangelio de Juan de “El que es” o “Lo que es”, (Yhwh). Jesús “ha llegado” a la plenitud de su ser siendo hijo con todas las consecuencias. “Yo soy” es el núcleo de nuestra auténtica identidad.

Esa confianza y seguridad que tienen un referente inconfundible para Jesús: Abba, hace posible la ternura. El hecho de saberse amado infinitamente por Dios, le proporciona esa firmeza que le ayudará a llegar al final de la entrega, no de una manera estoica sino como culminación de una entrega voluntaria, paulatina, que ve el culmen en la entrega en la cruz. Jesús no intenta escapar sino que pone a salvo a sus amigos, por quienes va a dar la vida.

Entrega es la palabra que me sugieren las lecturas para este Viernes Santo en el que intentamos abarcar tanto: el pasado y el presente, la vida y la muerte, el sentido y el sinsentido del sufrimiento y cuál es nuestra imagen de Dios a partir de todo ello.

Por eso ante la actitud violenta de Pedro para “salvar” a Jesús recibe una recriminación por su parte. La aceptación de la muerte entra en el designio de Dios: presentar la alternativa del amor ante el odio y la violencia. En un mundo de tiniebla y violencia guiado por un sistema opresor en el tiempo de Jesús y hoy. Jesús no busca el dolor pero lo acepta cuando es consecuencia del testimonio del amor y la denuncia de la opresión; no responde a la violencia con violencia ni al odio con odio para mostrar que Dios es puro amor, ajeno a la violencia.

Contra la fuerza del poder civil y religioso unidos por una misma causa solo vale una actitud la de la entrega por amor: un amor afectivo y efectivo, un amor de entraña el término “rahamim” (de la raíz “rehem”: seno materno, entrañas maternas) se remite a una parte del cuerpo humano marcadamente femenina: el útero, como “el lugar donde la vida misma es concebida, acogida, protegida y alimentada para que pueda, posteriormente, crecer, desarrollarse y salir a luz. ‘Rahamim’ es utilizado, entonces, para designar el amor de Dios en directa comparación con el amor de una madre, que se conmueve y experimenta compasión por el hijo de sus entrañas. Esa es la ternura y la compasión que vive Jesús, que identificado con el amor de Dios, pasa por encima de las manifestaciones de poder, prepotencia y opresión de los suyos y es capaz de ver su fondo de miseria, inseguridad, que les hace actuar como marionetas movidas por los hilos del poder económico, militar, civil y religioso.

(Jn 18: 15-27)

El evangelio de Juan nos presenta el contraste entre quienes entienden y siguen a Jesús en un discipulado comprometido y los que no. Para poder seguir a Jesús y “entregarse” como Él hay que haber experimentado su amor. Pedro se siente defraudado en sus expectativas mesiánicas; él habría querido otro tipo de Mesías y se encuentra “mezclado” con los enemigos de Jesús. Más que darle adhesión a Jesús se la había dado a su propio ideal de un Mesías de poder. No ha alcanzado la libertad y no tiene fuerza para definirse como su seguidor.

Lecciones tan prácticas y tan actuales para nuestras vidas. Mientras todo va de manera favorable nos gusta estar cerca de quien está alcanzando el éxito; en cuanto algo se tuerce tenemos mil argumentos para dejar el camino de seguimiento de lado y excusarnos de mil maneras. Por eso, para ser discípulx, es imprescindible “vivir” unido a ese corazón, a esa entraña de Jesús que transforma, no nuestras ideas, sino nuestro ser.

A Jesús le ha llegado su hora, a la que acude de manera consciente, no llevado por las circunstancias sino que se entrega de manera consciente con todas las consecuencias. SU OBJETIVO ES DEMOSTRAR SU AMOR SIN CONDICIONES. Ese es el único auténtico y al que aspiramos en nuestras relaciones con los demás, del tipo que sean

Ese amor incondicional que llamamos el auténtico amor lo ha ido trabajando a lo largo de toda su vida y por eso el final es sólo el culmen de una experiencia en la que no se puede separar el amor experimentado del amor entregado.

Jesús no basa su entrega en el amor que experimenta por parte de sus seguidores o de aquellos a los que les devuelve su dignidad humana a través del perdón, la curación, la liberación en una palabra…

NO SIGO ADELANTE PORQUE ME AMÁIS Y ME ENTENDÉIS

NO SIGO ADELANTE PORQUE ME COMPENSA VUESTRA RESPUESTA

NO SIGO ADELANTE PORQUE ESTOY SEGURO DE QUE SALDRÉ VICTORIOSO…

El amor experimentado es el que me sostiene y me hace capaz de amar con todo y a pesar de todo.

Ser discípulx es ir entrando en estos sentimientos de Jesús, viviéndolos en nuestras circunstancias personales creciendo cada día en la entrega, sin miedos, con libertad.

Carmen Notario, SFCC

LUNES SANTO

                                        La casa de los amigos de Jesús

Evangelio Jn 12, 1-11
“Fue Jesús a Betania, donde vivía Lázaro, a quien había resucitado de entre los muertos. Allí le ofrecieron una cena; Marta servía, y Lázaro era uno de los que estaban con él a la mesa. María tomó una libra de perfume de nardo, auténtico y costoso, le ungió a Jesús los pies y se los enjugó con su cabellera. Y la casa se llenó de la fragancia del perfume” (Jn 12, 1-3).
Santos Padres
“Creedme que Marta y María han de andar juntas para hospedar al Señor y tenerle siempre consigo, y no le hacer mal hospedaje no le dando de comer. ¿Cómo se lo diera María, sentada siempre a sus pies, si su hermana no le ayudara? Su manjar es que de todas las maneras que pudiéremos lleguemos almas para que se salven y siempre le alaben. Decirme heis dos cosas: la una, que dijo que María había escogido la mejor parte. Y es que ya había hecho el oficio de Marta, regalando al Señor en lavarle los pies y limpiarlos con sus cabellos” (Santa Teresa).
Consideraciones
• – Es tiempo de amar, de contemplar, de arrodillarse y ser perfume de suave olor a los pies de Jesús, días santos para dedicarlos a la oración, que es el mejor incienso.
• – No es indiferente que Jesús permanezca en Betania los días anteriores a su Pasión; con ello nos demuestra su necesidad de amigos en las horas más recias de su vida, como humano que es.
• – El papa Francisco ha instituido la celebración universal de los amigos de Jesús, los santos Marta, María y Lázaro.
Propuesta
Súmate al grupo de los amigos de Jesús para hacerle estos días compañía generosa