Servir como práctica igualitaria (II)

(una perspectiva cristiana feminista)

escrito por  Silvia Martínez Cano

 –¿Qué es el servicio entonces? Es un don dicen filósofos y teólogos, una gracia recibida sin merecerla que nos hace salir al encuentro del otro u otra por pura bondad, por pura gratuidad. Hoy hablamos frecuentemente de la espiritualidad como el ejercicio de esa “gracia del don”, es decir, la experiencia del darse en profundidad con todo nuestro ser, con todo lo que somos. Sin embargo, este ejercicio se vive en un contexto, un contexto social desigual donde el servicio se ha vivido de formas diferentes. Hombres y mujeres no entendemos este donarse de la misma manera. Mientras para algunos hombres este modelo de espiritualidad es algo totalmente novedoso, para muchas mujeres la experiencia del donarse no es más que la cotidianeidad en la lucha constante por los hijos, los familiares mayores y otras personas dependientes que están a su cargo. Muchos varones hablan del servicio y la gratuidad desde una posición de privilegio, es decir, desde el que es servido, y sienten la necesidad de convertir su corazón a la gratuidad, cambiar de posición, salir al camino del otro y donarse en profundidad. Y esto es bueno (tres veces bueno), quiere decir que estamos viviendo un bello momento donde el Evangelio esta transformando corazones. En realidad, es una conversión necesaria, deseada por un Evangelio que lleva muchos siglos recordándonos que la vida no es solo de uno o una misma, sino una realidad que no puede constituirse sin el otro u otra. El Evangelio también nos recuerda que solo en la alteridad es donde se encuentra el rostro del Dios que se da, que se despoja de todo y se muestra transparente, encarnado y corporizado. Vivir desde la gratuidad es fundamental para comprender la propuesta del Reino en el mundo de hoy. 

Pero, ¿qué pasa con las mujeres? Una gran mayoría de mujeres hablan del servicio desde una posición de cuidadoras o servidoras, algo que en muchas ocasiones no ha sido elegido, sino impuesto, no siempre de forma consciente. La cultura patriarcal que todavía nos divide y nos sitúa en lugares diferentes con distintas oportunidades sigue situando a las mujeres en espacios de servidumbre. Sí, digo servidumbre, que no es lo mismo que servicio. En la servidumbre no hay voluntad, hay obligación o necesidad que obliga. No hay libertad de decisión, sino que se elige servir como algo inevitable, sin dar espacio a la reflexión sobre lo que supone esta situación. La mentalidad social patriarcal empuja, por ejemplo, a las mujeres jóvenes a elegir profesiones ligadas al cuidado de los demás, una extensión de su labor en la familia: salud, educación, empleos en el sector de servicios, hostelería, etc. En España en algunos centros de salud de atención primaria el 100% de trabajadores son mujeres, mientras que se calcula que hay un 13% de mujeres que se dedican a la investigación o un 12% de mujeres en especialidades médicas prestigiosas como traumatología o medicina interna. Se hace difícil encontrar hombres en el profesorado de Educación infantil, pero son mayoritarios los directores generales de centros educativos varones, sobre todo de estudios secundarios y universitarios. Parece que la infancia sigue siendo de las mujeres. Permanecen los techos de cristal en la dirección de empresa (22% solo de mujeres), o en la política (un 6,6% de jefas de estado y un 6,2% de jefas de estado). A nuestras casas y oficinas siguen viniendo a limpiar casi en su totalidad mujeres y en los hoteles «las Kellys» limpian las habitaciones de los huéspedes. Es sorprendente nombrar porcentajes de desigualdad laboral que nos suenan de otras épocas. El empleo tiene que ver con los lugares sociales de las personas y con su identidad. Nos identificamos con tareas, prácticas y acciones que la sociedad nos ofrece. El servicio, más bien la servidumbre, se ofrece a las mujeres, justificándolo con toda clase de teorías biológicas y psicológicas que sostienen las desigualdades sociales. En realidad, estamos hablando de quién se sitúa en lugares de poder y quién en posiciones de servidumbre. Sí, el servicio sigue siendo de las mujeres y no por opción; en muchos casos por falta de oportunidades o por obligación. La crisis económica mundial ha reforzado las estrategias conservadoras del sistema patriarcal y empuja a muchas de ellas al trabajo doméstico sin otras expectativas de futuro.

Pero el Evangelio nos dice otra cosa, nos habla de servicio como don, como espacio de gratuidad. Sin embargo, el servicio del Evangelio se expresa en un mundo que se resiste a ser gratuito y que utiliza el propio servicio para, de nuevo, someter a los (las) más expuestas. Defender la vuelta al cuidado por obligación, como única opción para todos y todas sin distinguir situaciones de privilegio y discriminación, sin un reparto del mismo en la familia, sin una familia cristiana que sostenga y empodere (ver primer parte), sin trabajos igualitarios, sin repartos sociales de las tareas de cuidado, supone aumentar a las dificultades que ya experimentan muchas mujeres por el propio hecho de ser mujer para vivir en libertad. El servicio impuesto hace renunciar a la propia realización personal, renunciar al tiempo personal para cuidar a otros, así como la merma de las posibilidades de retorno a la esfera de lo público o a un empleo de calidad. Y lo más grave, instalar en la conciencia femenina la idea de que estas decisiones han sido tomadas en libertad sin que haya una influencia directa de las presiones sociales y económicas patriarcales. Se normaliza la conciencia de una reclusión querida, la aceptación de un servicio que es propio (o “connatural”) de las mujeres. Sin embargo, cuando el servicio se elige en libertad, cuando se elige reducir el tiempo personal para cuidar a otros por puro placer, cuando repartimos tareas por consenso entendiendo que todos necesitamos descansar, tener tiempos personales y a la vez participar juntos en la bonita tarea de cuidar a otros y otras, entonces el servicio se configura como un espacio de bondad real. Es en esta opción, que puede no ser del todo libre, pero que se asume conscientemente, donde el servicio se convierte en una tarea placentera, porque es compartida, porque no necesita ser justificada pues sale de la gratuidad más profunda del ser. 

Pero el servicio es una tarea frágil, que puede ser manipulada para someter. Esto se debe tener en cuenta cuando hablamos de él desde una perspectiva cristiana. Si el servicio y el cuidado no se entienden de igual manera por hombres y mujeres en sociedades patriarcales, porque la posición desde donde se mira no es la misma, entonces debemos reflexionar sobre el servicio más profundamente contando con todos sus actores. Debemos preguntar a las mujeres, desde la posición tradicional de servidoras y cuidadoras, qué vivencias y contradicciones se sienten al servir, y como se gestiona el deseo de cuidar, el deseo de desarrollar el don de la gratuidad que hay en ellas desde una opción creyente y la presión de un servicio impuesto que las somete. Cuando hablemos de servicio hay que hablar matizando, pues absolutizar el servicio analizándolo solo desde la posición de privilegiado puede llevar a muchas mujeres a una situación de anulación total. También puede aumentar su culpa al sentir que necesitan liberarse de ese servicio impuesto para poder sobrevivir a la vez que experimentan un enjuiciamiento que las señala como “malas cristianas”. En la gratuidad del don la libertad juega un papel fundamental. Hablar de servicio supone valorar a la vez libertad, voluntad, renuncia, vulnerabilidad y opción fundamental. 

Al elegir el servicio del Evangelio se valora la libertad de elección del servicio, en cuanto que la persona que elige ese servicio —a pesar del contexto en el que se vive— es la que está optando por un modelo de ser abierto a los demás. Se sacrifica la vida propia, el tiempo propio, la autorrealización propia en favor de la vida y tiempo de otras personas. Se educa además la voluntad de renuncia de una parte de tu vida que podría ser para el autocuidado y que se dona para que otros y otras vivan mejor y más felices. Se es más consciente del abuso de los otros cuando descubren que estás a su servicio, pues la persona queda expuesta a sus caprichos e intenciones y debe aprender a poner límites también a su propia donación para no resultar anulado por el egoísmo del otro. Esto también es un servicio, mostrar al otro donde están los límites del abuso para hacer de él o ella mejor persona. Es servicio también resistir a ser sometido a la servidumbre, para mostrar al mundo que la bondad de Dios es siempre hermana de la libertad. 

Para quien parte de una posición privilegiada —el que ha sido siempre cuidado— donde se entiende el servicio como un extraño, algo que alcanzar, se idealiza el servicio como situación de conversión y santidad absoluta. Cuando se opta por el servicio desde una posición de servidumbre no elegida y a pesar de ello se opta por la gratuidad como forma de vida, no se absolutiza ese servicio, se vive en la contradicción de la experiencia gozosa del don y la consciencia de que en el servicio también se sufre y en él a veces se es sometido y utilizado. Ambas posiciones pueden aprender una de la otra, y de esta manera, servirse en gratuidad para vivir mejor el don. El servicio del Evangelio también es contradictorio: se expresa en la consciencia más absoluta de que en él está la bondad santísima de Dios y a la vez la aceptación absoluta de que donarse conlleva frecuentemente un abuso de otros que se aprovechan al recibir ese servicio. En la contradicción de la donación, encontramos a Dios. Este es el misterio de la Encarnación, que nos humaniza y nos acerca infinitamente más a Dios en medio de las limitaciones humanas.

Servir como práctica igualitaria

Servir como práctica igualitaria (III): servicio y comunidad eclesial

 Silvia Martínez Cano

 -El servicio, que dijimos es el centro del Evangelio (ver parte II) es la práctica básica de la comunidad cristiana. Es la situación por la que nos constituimos en comunidad, la que nos reúne y nos iguala en dignidad, derechos y responsabilidades. Nos permite celebrar juntos y construirnos unos a otros. El servicio es la forma concreta de ejercer la caridad. El Amar con mayúscula, es el camino elegido por Jesús como forma concreta de servir a cada miembro de la comunidad, con sus peculiaridades, sus limitaciones y sus incomodidades. Para un cristiano o cristiana, un Amor con A mayúscula se expresa en opciones, acciones y sinergias que buscan un mayor estrechamiento de las relaciones entre los miembros de la comunidad cristiana. Eso solo es posible si se da una atención personalizada y es ahí donde se expresa el servicio como dinámica comunitaria cuando atiende decididamente a aquellos que están más abandonados o invisibilizados.

La predilección por el servicio es una propuesta que proviene directamente de Jesús. Se trata de una revolución («Si uno quiere ser el primero, sea el último de todos y el servidor de todos.» Mc 9,35), pues supone una nueva manera de acercamiento a Dios, donde el primero se hace pequeño con el último y de esa manera no se convierte en más importante, sino que por fin comprende por qué el último es el predilecto de Dios. En realidad, el servicio es una práctica de la sabiduría. El que siempre fue cuidado y atendido por otros se esfuerza en abrir los ojos más allá de la propia realidad como un ejercicio de abajamiento. La única manera de servir es bajarse del trono del privilegio y hacerse pequeño con el pequeño. El servicio libera a la persona de someter a sus hermanos y hermanas a sus propios deseos e intereses y le hace verse necesitado también. Así, ama con más intensidad, con más humildad.

Sabemos por los evangelios que este tema resultaba polémico en el grupo de discípulos y discípulas itinerantes que acompañaban a Jesús (Lc 8,1-3). Podemos entender que hombres y mujeres hacían el seguimiento a Jesús en igualdad de condiciones. En este sentido, el evangelista presenta en la construcción teológica del relato de la casa de Marta y María (Lc 10, 38-42) las dificultades que el grupo experimenta a la hora de determinar cuáles son los papeles de cada miembro en la comunidad, el servicio o el liderazgo. Porque el servicio en la comunidad, lamentablemente, no está exento de las limitaciones humanas que todos tenemos. Ni en el tiempo de Jesús ni en el nuestro. Al igual que la comunidad primera, la comunidad actual tiene dificultades para organizar su servicio, pues dentro de ella existen dinámicas previas de servidumbre. Y esto, como a Marta, afecta más a las mujeres, que han estado destinadas al servicio en y para la estructura de la Iglesia. La Iglesia es heredera de una historia de enormes condicionamientos que, a lo largo de su historia ha relegado a unas a la servidumbre (ver parte II) y a otros al privilegio de ser cuidados. El servicio ha llegado a la comunidad cristiana actual como una especialización del trabajo intraeclesial. Para las mujeres el cuidado de la familia cristiana (ver parte I), tareas de Caritas y catequesis, atención de enfermos, limpieza y acondicionamiento de las parroquias, etc. Para los hombres los liderazgos en las cofradías, los ministerios laicales, el diaconado permanente y el ministerio sacerdotal. Servicio especializado y ordenado según los sexos. Algunos dirán que estos servicios de liderazgo, atribuidos a los varones, son servicios especiales. Lo son cuando se viven desde la humildad y no desde la prepotencia o la condescendencia. Pero no más que otros si ambos son elegidos en libertad y desde la llamada del Espíritu. La historia de reformas de la santa madre Iglesia nos recuerda que uno de los grandes pecados que nos atraviesa en el tiempo y en el espacio de la Iglesia es convertir el servicio en privilegio o, por contradictorio que resulte, creer que nuestro servicio merece un cuidado especial por encima de los demás. De hecho, andamos combatiendo, hoy, una lacra profundísima que nos mantiene heridos disminuyendo nuestra capacidad de sanación. El clericalismo hiere las entrañas de la comunidad porque confunde el servicio del sacramento con el abuso de poder. Y así, nos aleja del sentido original de la práctica básica del amor, no solo a los varones, sino también a las mujeres que aceptan consciente o inconscientemente un servicio que no es el verdadero y unas servidumbres que hacen el juego al falso servicio.

A estas alturas de siglo podemos hablar de servicio en términos generales. Hablar del servicio como actitud, como conversión del corazón haciéndose humilde de verdad, es totalmente necesario. Hay que hablar más de ello y de esa manera, seguir convirtiéndose de manera individual practicando el servicio en la vida cotidiana. Todos los cristianos y cristianas lo necesitamos para ser mejores y mejor comunidad. Pero no es suficiente porque se nos va el siglo sin haber respondido a nuestro pecado de desamor. Debemos hablar del servicio en su especificidad eclesial pues es ahí donde se muestran las dificultades para poner el servicio en práctica más allá de las conversiones personales. El problema del servicio en la Iglesia tiene más que ver con esta especialización por sexos. No tanto en lo personal —que también—, sino en las relaciones comunitarias, en lo que afecta al grupo y se establece como dinámicas normalizadas. Esta especialización no es un rasgo del Evangelio. Al contrario, el Evangelio defiende la libertad de los hijos e hijas de Dios, interpela a Marta y la insta a salir del espacio de servicio en el que está recluida y a compartir otro espacio con su hermana María y los demás discípulos.

Francisco menciona constantemente el servicio como actitud. En la encíclica Fratelli Tutti señala que la solidaridad se expresa concretamente en el servicio, que puede asumir formas muy diversas de hacerse cargo de los demás. El servicio es «en gran parte, cuidar la fragilidad. Servir significa cuidar a los frágiles de nuestras familias, de nuestra sociedad, de nuestro pueblo» (FT 115). Si el servicio es la expresión de la solidaridad, entonces construir la solidaridad dentro de la comunidad es un acto de testimonio del Reino. Qué mejor servicio que cuidar a la familia de hijos e hijas de Dios que se congregan en torno a una misma mesa. Ahora bien, en la solidaridad expresada en servicio no puede haber categorías o diferencias, porque entonces no estamos cuidando a los más frágiles. No puede haber categorizaciones como si unos servicios fueran mejores que otros, tampoco limitaciones en cuanto a cómo y dónde se ejercen. La especialización del servicio empobrece la Iglesia, porque cierra los diálogos entre diferentes dentro de un mismo servicio y renuncia a la mesa compartida de la eucaristía.

Uno de los aspectos que los diálogos sinodales deberían revisar es el concepto de servicio dentro de la comunidad y, por extensión, valorar de que manera esto afecta a los procesos de reformas de la Iglesia católica. Para obtener el éxito de este ejercicio el diálogo entre hombres y mujeres, entre clero y laicado, debe ser fluido y en igualdad de condiciones. Y debe ser un diálogo que reconozca los puntos de partida desiguales del que ha servido y del que ha sido cuidado para llegar a consensos equitativos donde se equilibre el don del servir con el don de ser cuidado.

Elecciones en Castilla-León

La España Vaciada se lanza en Castilla y León con la paradoja de dar voz a la población que más difícil tiene ir a votar

Soria, Palencia, Salamanca, Burgos y Valladolid tendrán una papeleta de la coordinadora en los comicios del 13 de febrero. Este domingo, los candidatos de las cinco provincias escenificarán su unión en un acto en Ampudia (Palencia), en su pistoletazo de salida hacia la política activa.

El número uno de la candidatura España Vaciada-Vía Burgalesa, José Ramón González (2d), posa en la presentación oficial de la candidatura.  

PILAR ARAQUE CONDE

La España Vaciada inicia su andadura política en Castilla y León este domingo. Ya en septiembre, antes del adelanto electoral anunciado por el presidente de la Junta, Alfonso Fernández Mañueco, las 160 organizaciones que integran esta coordinadora decidieron dar el salto a la política siguiendo el ejemplo de Teruel Existe para canalizar las reivindicaciones de un movimiento ciudadano que lucha por un cambio de modelo.

No obstante, el anuncio de convocar elecciones antes de tiempo, no por esperado, obligó a acelerar los tiempos para hacer realidad esta declaración de intenciones. Finalmente, la plataforma ha presentado candidatura en cinco de las nueve provincias de Castilla y León para las elecciones autonómicas del próximo 13 de febrero

Las candidaturas de la España Vaciada de Palencia, Salamanca, Burgos, Valladolid y la de Soria ¡Ya! (es la única que no ha integrado el apellido de la plataforma en el nombre) escenificarán la puesta en marcha de su carrera hacia la vida política activa este domingo en Ampudia (Palencia), el lugar más céntrico para todos los territorios con esta papeleta.

La España vaciada quiere un grupo parlamentario para luchar contra la despoblación y la falta de servicios

PILAR ARAQUE CONDE

Así, los candidatos de las cinco provincias, acompañados por el diputado Tomás Guitarte y el senador Joaquín Egea (ambos de Teruel Existe), unirán sus fuerzas para esta carrera de fondo que empieza y que tiene como fin obtener al menos cinco procuradores para tener derecho a grupo parlamentario propio en las Cortes castellanoleonesas.

Partido político o agrupación de electores

Todas, menos Soria, concurren como partido político. «Llevamos trabajando mucho tiempo en las instituciones y organizaciones de Burgos. Hemos hecho durante mucho tiempo ese trabajo de escuchar prioridades. Somos un movimiento de base y es ahí donde tenemos que enfocarnos», cuenta a Público José Ramón González, cabeza de lista de la candidatura España Vaciada Vía Burgalesa.

Del otro lado, Ángel Ceña, que encabeza la lista soriana, relata que decidieron concurrir como agrupación de electores «por el pudor a ser un partido político». Esta decisión conlleva que Soria ¡Ya! no contará con subvenciones anticipadas ni con espacios electorales gratuitos en los medios de comunicación públicos, pero a través de un crowdfunding, donaciones y microcréditos, Ceña confía en poder lanzar su campaña sin contratiempos.

Vanessa García (Soria ¡Ya!): «No nos molesta que PSOE y PP hagan suyas nuestras reivindicaciones; es más, nos encanta»

PILAR ARAQUE CONDE

Las diferencias en la modalidad para concurrir a los comicios se quedan en eso. Por lo demás, todos tienen el mismo objetivo: «Dar voz a nuestros pueblos y exigir medidas para luchar contra la despoblación y la falta de servicios, que se acabe el olvido», reflexiona la líder de la candidatura de Palencia, Nieves Trigueros.

Defender el territorio sin ideología

En cuanto a los posibles pactos tras las elecciones de febrero, con las encuestas al alza para el PP de Mañueco (el candidato del partido conservador vincula su destino a la ultraderecha por la desaparición de Cs), Trigueros asegura que están dispuestos a apoyar la investidura que «más se acerque a nuestro ideario de territorio». «No tenemos ninguna ideología política que nos defina».

Esta consigna se repite en el seno del resto de candidaturas de la España Vaciada. «Para dar nuestros votos, tendremos que valorar cuál es el programa que más nos importa. Lo que veamos que va a transmitir más a las personas en ese momento, apoyaremos», añade José Ramón González.

Las macrogranjas sí existen y estas son sus consecuencias: degradación ambiental, despoblación y maltrato animal

ALEJANDRO TENA

Más allá de los pactos de investidura, si estas fuerzas logran obtener grupo propio en las Cortes de Fuensaldaña, tendrán «claro sus límites» para definir el sentido del voto en la iniciativas parlamentarias que se tramiten durante los próximos cuatro años de legislatura.

«No es tener o no ideología, sino que enfocamos el tema de atención en necesidades y carencias. Hay pluralidad de criterios y visiones, pero enfocamos el objetivo de trabajo en una serie de líneas de objetivos fundamentales. Tenemos claro el objetivo y en esos puntos coincidimos prácticamente», remacha la cabeza de lista de Salamanca, Verónica Santos.

Si bien, dentro de estas candidaturas hay integrantes que han pertenecido en el pasado a otros partidos políticos, como es el caso de la líder de España Vaciada Valladolid, Cristina Blanco, exconcejal de Cs en el Ayuntamiento de Medina del Campo y desde 2020 representante en dicha institución pero ya como no adscrita (Público ha intentado contactar con Blanco aunque sin éxito por «problemas de agenda», según su equipo de comunicación).

Ángel Ceña aclara que en Soria ¡Ya! esta posibilidad está descartada, ya que sus estatutos establecen que no pueden ser candidatos quienes hayan estado afiliados en los últimos cinco años a un partido para distanciarse de «ese modelo de político que va pasando de un sitio a otro». No obstante, ante las críticas que generan estos casos, Ceña defiende que «la gente puede cambiar de opinión y cambiar sus circunstancias vitales». «Mientras respeten los criterios en los creen, sin problema», zanja.

Los problemas también se verán el 13-F

Más allá de estas cuestiones, los candidatos aseguran estar centrados en los problemas reales de la España Vaciada. Su pretensión es formar grupo propio para desarrollar una política parlamentaria «más eficaz» basada en el plan contra la despoblación, denominado Modelo de desarrollo, en el que proponen 101 medidas con el objetivo de afrontar el «necesario proceso de reequilibrio territorial de España».

En este sentido, muestran su preocupación porque estos problemas no serán ajenos al día de las elecciones. Mucho menos después de la decisión de la Junta de colocar cerca de 500 mesas electorales menos que en los últimos comicios de 2019 al no coincidir por primera vez con las municipales, una medida que afecta especialmente a pueblos pequeños y pedanías, esto es, a la Castilla y León más vaciada. 

Pese al plan activado por el Gobierno de Mañueco para «garantizar el correcto funcionamiento» de las elecciones autonómicas, la representante de Palencia expone otra traba: «Además de que habrá mucha gente que no podrá votar ese día al no poderse desplazar a otros pueblos más grandes, conocemos a gente que ha sido borrada del censo. Como por ejemplo un integrante de nuestra lista, que tuvo que recurrir a la vía judicial para ser inscrito de nuevo y poder estar en nuestra candidatura», narra Nieves Trigueros. 

Por si fuera poco, el cabeza de lista de Soria ¡Ya! añade el factor climático como otro escollo que puede influir negativamente en la participación dada la fecha de los comicios, en pleno invierno y con posibilidad de temporales. Así, Ceña sostiene que el mal tiempo puede limitar el derecho al voto de los ciudadanos. «Si nieva, habrá mucha gente no va a querer salir a votar», ahonda.

Hacia una Iglesia de servicios y no de poderes


Una realidad fuerte en la iglesia hoy es la escasez de vocaciones tanto religiosas como presbiterales. Y nosotros rezamos de una y otra forma para que Dios suscite personas que entreguen su vida en esos ministerios.
Muchas veces me pregunto qué ocurre que las vocaciones no llegan. Y pienso si será que estamos pidiendo a Dios y Él tiene otros planteamientos. Tratemos de escuchar, a ver qué nos está diciendo Dios y qué caminos nos sugiere.
Igual no se trata de más vocaciones sino de replantear las comunidades de otra manera. Muchas veces vamos hablando de admitir de nuevo a curas casados y de ordenar a mujeres para presidir la eucaristía.
Pero yo creo que es algo más profundo: una concepción de la Iglesia distinta. Que Dios nos ilumine en el camino. Es preciso, con la fuerza del Espíritu, entender mejor el momento histórico y los nuevos planteamientos de la Iglesia.
Nos lo dice el papa Francisco: es preciso desclericalizar la Iglesia. Los laicos tienen un papel en la comunidad. Los curas no podemos seguir “mandando”, así, en castellano.
Podemos potenciar una comunidad cristiana que se construye desde abajo y no estamos dejando. Que el poder esté en la comunidad, no en los presbíteros. Será estupendo el día que veamos que hay laicos-as nombrados párrocos de una comunidad e iremos probando que la persona designada sea servidora, no dueña. Caminaríamos hacia una estructuración distinta de la parroquia.
Esto requiere que los seminaristas de hoy reciban y planteen su ministerio como servidores en la realidad y que se les presente otro estilo de ser cura.
Una estructura distinta, porque actualmente serían un parche estos cambios si no cambiamos el sentido clerical y el poder de decisión en toda la comunidad.
Necesitamos hacerlo realidad en nuestras comunidades: Son muchas las estructuras a cambiar y el espíritu debe ser distinto. Será bueno que apliquemos lo que nos dice Sor Lucía Caram: “Ser priora no es un cargo, sino una función entre iguales dentro del convento”.
Caminemos hacia la iglesia, no de poderes, sino de servicios.

Gerardo Villar