Servir y cuidar en familia

Servir como práctica igualitaria (I): servir y cuidar en familia

escrito por Silvia Martínez Cano 

Hace unos meses leí en el Twitter de un famoso influencer cristiano: «La familia tradicional no era perfecta. Necesitaba ser reformada, pero no destruida. Gracias a ella, los hijos crecían en un ambiente estable, los ancianos recibían cuidados e incluso se acogía a familiares que se habían quedado solos. No creo ser el único que la echa de menos». Esto me dio mucho que pensar sobre la cuestión de los roles en la familia, que ya de por sí me preocupaban. Intuyo que es un tema fundamental que necesita ser clarificado y matizado, así que voy a desarrollar esta idea a riesgo de que la reflexión sea larga, pues no es solo la noción de familia lo que puede cuestionarse, sino lo que subyace bajo las relaciones de familia.

Primero, es interesante preguntarse qué entendemos por familia tradicional y por familia cristiana y qué supone para las distintas personas que componen la familia asumir roles en ella. También constatar que algunos anhelen un modelo tradicional de familia. Segundo, analizando los roles de la familia tradicional desde un punto de vista antropológico y social, podemos interrogarnos qué implica para el modelo social de hoy las dinámicas internas familiares y cuáles son los diálogos que surgen hacia dentro y hacia fuera. En ellos, encontramos nociones que hoy son especialmente importantes: servicio, cuidado, disponibilidad, sacrificio… Todas ellas resuenan al fundamento último del Evangelio y, por tanto, imprescindibles para cualquier seguidor o seguidora de Jesús. La cuestión es cuál es su interpretación en la práctica. De todas estas nociones el servicio es una de las más centrales en el proyecto de Jesús y para los cristianos algo propio de la familia (entendido como proyecto sacramental). Tercero, la pregunta por el servicio no es cualquier cosa: cómo lo entendemos y cómo se pone en práctica, quien define ese servicio y quién lo asume, no solo en la familia, sino en lo que llamamos comunidad cristiana.

La familia como institución no ha desaparecido, pese a las quejas de algunos y los deseos de otros, sigue siendo la institución con mayor prestigio y con mayor influencia en las generaciones jóvenes. En las encuestas del INE y otra de instituciones privadas como en el último informe de la Fundación Santamaría la familia siempre aparece en el primer puesto de fiabilidad, referencia y lugar de gestación de valores. Y se encuentra con respecto a otras instituciones (amigos, sociales, iglesia…) a una diferencia de 20 puntos aproximadamente de distancia en influencia. Esto indica que la familia como institución sigue siendo la célula principal de las estructuras sociales, sea en la cultura que sea y en el lugar geográfico que sea. La cuestión no es tanto la presencia de la institución familiar, sino, qué entendemos por familia. Todos deseamos pertenecer a una familia. Los que rechazan la familia tradicional, los que la defienden, los que forman familias reconstituidas o las familias de parejas homosexuales que se casan para formar también familia. Incluso los que permanecen por opción solteros o solteras buscan de alguna manera ser familia con otros ya sea la familia de sangre u otras familias que se adquieren con el tiempo a través de vínculos de amor. Porque el deseo de familia no es un deseo de sangre, de descendencia o de progenie, es un deseo de pertenecer, de ser reconocido y cuidado, de soporte y de límites, de empoderamiento y de fidelidad, en definitiva, es desear el ejercicio permanente de la alteridad en la intimidad. 

SerPor eso, la institución de la familia, aunque algunos lo crean, no se ha debilitado, sino que se consolida como referencia en la pluralidad. Es lo único que permanece como referencia en un mundo en el que cada persona elige sus referencias. Sin embargo, la forma de expresarse de la familia sí ha cambiado. Su configuración interna, su reparto de roles, las relaciones compartidas y su forma de cohabitación han cambiado. La diversidad familiar nos muestra que no solo se consolida como referencia, sino que florece en muchas formas y maneras que permiten más fácilmente que toda persona pueda encontrar una expresión familiar para su vida, sea la que sea. Es condición de la familia hoy ser flexible, una característica que mejora con creces la familia tradicional. Porque la familia tradicional no es la familia cristiana, y aclaro esto porque frecuentemente se confunden estos términos. La familia tradicional se expresaba inflexible en una estructura de pater familias-esposa- progenie y en unas relaciones de autoridad–servicio–obediencia. El sistema patriarcal encontraba en la familia un lugar perfecto para entrenar las relaciones sociales de poder y opresión cuando el pater familias sometía a esposa, hijos y siervos a su autoridad. La familia era una propiedad del varón que organizaba y disponía de ella a su antojo. La esposa ejercía el papel de servicio y cuidado y los hijos obedecían y aprendían los roles que les correspondían por su sexo y género. La familia cristiana, se rige (o debería regirse) por otros parámetros que están presentes en el Evangelio: «aquel que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos, ése es mi hermano, y hermana, y madre» (Mateo 12,49- 50). Por lo tanto, en la familia cristiana existen unas relaciones de doble direccionalidad de reconocimiento y servicio hacia el otro. Ser familia cristiana, como sacramento, es ser comunidad de servicio y cuidado, donde todos reconocen y cuidan. Servicio entendido como la voluntad de uno mismo de donarse. Cuidado como modo de expresión de ese servicio, es decir, practicando la equidad a través de los lazos de amor. Ser conscientes de que la familia cristiana empodera a todos sus miembros con el reconocimiento y cuidado de cada uno en su propia singularidad nos hace constatar que este modelo se distancia radicalmente del modelo patriarcal donde solo cuidaban por obligación unas (las mujeres) y eran cuidados otros (los hombres). El estilo cristiano es quizá el que deberíamos defender los cristianos y cristianas, un modelo de familia que valora al mismo nivel el reconocimiento y el cuidado, donde se distribuyen las tareas y no se descargan solo en las mujeres madres, reduciendo su espacio de reconocimiento y sus posibilidades de autorrealización. Algunos dirán que se reconoce su papel de madre, de cuidadora, sublimando la esencia de la maternidad como vocación natural. Pero esto no es más que una tergiversación del servicio. Porque cuando el servicio es obligado, ¿qué mérito tiene? Y sobre todo, ¿qué opción de gratuidad tiene para la persona obligada a servir? ¿No es más bien una carga que oprime? ¿No es más bien una excusa para el que es cuidado siga siendo cuidado a costa de los otros? Necesitamos nacer y crecer en un ambiente de seguridad y cuidado, pero aprendiendo a repartir ese cuidado entre los distintos miembros de la familia, de tal manera que todos (todos de verdad) aprendan a cuidar y opten por el cuidado de forma voluntaria, en gratuidad. Esta situación favorece la estabilidad en las familias que muchos añoran. Cuando se establecen diálogos más igualitarios entre progenitores e hijos e hijas, cuando el cuidado se ejerce independientemente del sexo, cuando la autoridad deviene de la gratuidad y no de la imposición, estamos hablando de la familia cristiana. El servicio está implícito en ese cuidado, pues solo la gratuidad puede ser llamada servicio. Cuando el servicio es obligado por la pareja, por los progenitores o los modelos sociales no podemos hablar de servicio. Y nunca de familia cristiana

Servir como práctica igualitaria (II)

(una perspectiva cristiana feminista)

escrito por  Silvia Martínez Cano

 –¿Qué es el servicio entonces? Es un don dicen filósofos y teólogos, una gracia recibida sin merecerla que nos hace salir al encuentro del otro u otra por pura bondad, por pura gratuidad. Hoy hablamos frecuentemente de la espiritualidad como el ejercicio de esa “gracia del don”, es decir, la experiencia del darse en profundidad con todo nuestro ser, con todo lo que somos. Sin embargo, este ejercicio se vive en un contexto, un contexto social desigual donde el servicio se ha vivido de formas diferentes. Hombres y mujeres no entendemos este donarse de la misma manera. Mientras para algunos hombres este modelo de espiritualidad es algo totalmente novedoso, para muchas mujeres la experiencia del donarse no es más que la cotidianeidad en la lucha constante por los hijos, los familiares mayores y otras personas dependientes que están a su cargo. Muchos varones hablan del servicio y la gratuidad desde una posición de privilegio, es decir, desde el que es servido, y sienten la necesidad de convertir su corazón a la gratuidad, cambiar de posición, salir al camino del otro y donarse en profundidad. Y esto es bueno (tres veces bueno), quiere decir que estamos viviendo un bello momento donde el Evangelio esta transformando corazones. En realidad, es una conversión necesaria, deseada por un Evangelio que lleva muchos siglos recordándonos que la vida no es solo de uno o una misma, sino una realidad que no puede constituirse sin el otro u otra. El Evangelio también nos recuerda que solo en la alteridad es donde se encuentra el rostro del Dios que se da, que se despoja de todo y se muestra transparente, encarnado y corporizado. Vivir desde la gratuidad es fundamental para comprender la propuesta del Reino en el mundo de hoy. 

Pero, ¿qué pasa con las mujeres? Una gran mayoría de mujeres hablan del servicio desde una posición de cuidadoras o servidoras, algo que en muchas ocasiones no ha sido elegido, sino impuesto, no siempre de forma consciente. La cultura patriarcal que todavía nos divide y nos sitúa en lugares diferentes con distintas oportunidades sigue situando a las mujeres en espacios de servidumbre. Sí, digo servidumbre, que no es lo mismo que servicio. En la servidumbre no hay voluntad, hay obligación o necesidad que obliga. No hay libertad de decisión, sino que se elige servir como algo inevitable, sin dar espacio a la reflexión sobre lo que supone esta situación. La mentalidad social patriarcal empuja, por ejemplo, a las mujeres jóvenes a elegir profesiones ligadas al cuidado de los demás, una extensión de su labor en la familia: salud, educación, empleos en el sector de servicios, hostelería, etc. En España en algunos centros de salud de atención primaria el 100% de trabajadores son mujeres, mientras que se calcula que hay un 13% de mujeres que se dedican a la investigación o un 12% de mujeres en especialidades médicas prestigiosas como traumatología o medicina interna. Se hace difícil encontrar hombres en el profesorado de Educación infantil, pero son mayoritarios los directores generales de centros educativos varones, sobre todo de estudios secundarios y universitarios. Parece que la infancia sigue siendo de las mujeres. Permanecen los techos de cristal en la dirección de empresa (22% solo de mujeres), o en la política (un 6,6% de jefas de estado y un 6,2% de jefas de estado). A nuestras casas y oficinas siguen viniendo a limpiar casi en su totalidad mujeres y en los hoteles «las Kellys» limpian las habitaciones de los huéspedes. Es sorprendente nombrar porcentajes de desigualdad laboral que nos suenan de otras épocas. El empleo tiene que ver con los lugares sociales de las personas y con su identidad. Nos identificamos con tareas, prácticas y acciones que la sociedad nos ofrece. El servicio, más bien la servidumbre, se ofrece a las mujeres, justificándolo con toda clase de teorías biológicas y psicológicas que sostienen las desigualdades sociales. En realidad, estamos hablando de quién se sitúa en lugares de poder y quién en posiciones de servidumbre. Sí, el servicio sigue siendo de las mujeres y no por opción; en muchos casos por falta de oportunidades o por obligación. La crisis económica mundial ha reforzado las estrategias conservadoras del sistema patriarcal y empuja a muchas de ellas al trabajo doméstico sin otras expectativas de futuro.

Pero el Evangelio nos dice otra cosa, nos habla de servicio como don, como espacio de gratuidad. Sin embargo, el servicio del Evangelio se expresa en un mundo que se resiste a ser gratuito y que utiliza el propio servicio para, de nuevo, someter a los (las) más expuestas. Defender la vuelta al cuidado por obligación, como única opción para todos y todas sin distinguir situaciones de privilegio y discriminación, sin un reparto del mismo en la familia, sin una familia cristiana que sostenga y empodere (ver primer parte), sin trabajos igualitarios, sin repartos sociales de las tareas de cuidado, supone aumentar a las dificultades que ya experimentan muchas mujeres por el propio hecho de ser mujer para vivir en libertad. El servicio impuesto hace renunciar a la propia realización personal, renunciar al tiempo personal para cuidar a otros, así como la merma de las posibilidades de retorno a la esfera de lo público o a un empleo de calidad. Y lo más grave, instalar en la conciencia femenina la idea de que estas decisiones han sido tomadas en libertad sin que haya una influencia directa de las presiones sociales y económicas patriarcales. Se normaliza la conciencia de una reclusión querida, la aceptación de un servicio que es propio (o “connatural”) de las mujeres. Sin embargo, cuando el servicio se elige en libertad, cuando se elige reducir el tiempo personal para cuidar a otros por puro placer, cuando repartimos tareas por consenso entendiendo que todos necesitamos descansar, tener tiempos personales y a la vez participar juntos en la bonita tarea de cuidar a otros y otras, entonces el servicio se configura como un espacio de bondad real. Es en esta opción, que puede no ser del todo libre, pero que se asume conscientemente, donde el servicio se convierte en una tarea placentera, porque es compartida, porque no necesita ser justificada pues sale de la gratuidad más profunda del ser. 

Pero el servicio es una tarea frágil, que puede ser manipulada para someter. Esto se debe tener en cuenta cuando hablamos de él desde una perspectiva cristiana. Si el servicio y el cuidado no se entienden de igual manera por hombres y mujeres en sociedades patriarcales, porque la posición desde donde se mira no es la misma, entonces debemos reflexionar sobre el servicio más profundamente contando con todos sus actores. Debemos preguntar a las mujeres, desde la posición tradicional de servidoras y cuidadoras, qué vivencias y contradicciones se sienten al servir, y como se gestiona el deseo de cuidar, el deseo de desarrollar el don de la gratuidad que hay en ellas desde una opción creyente y la presión de un servicio impuesto que las somete. Cuando hablemos de servicio hay que hablar matizando, pues absolutizar el servicio analizándolo solo desde la posición de privilegiado puede llevar a muchas mujeres a una situación de anulación total. También puede aumentar su culpa al sentir que necesitan liberarse de ese servicio impuesto para poder sobrevivir a la vez que experimentan un enjuiciamiento que las señala como “malas cristianas”. En la gratuidad del don la libertad juega un papel fundamental. Hablar de servicio supone valorar a la vez libertad, voluntad, renuncia, vulnerabilidad y opción fundamental. 

Al elegir el servicio del Evangelio se valora la libertad de elección del servicio, en cuanto que la persona que elige ese servicio —a pesar del contexto en el que se vive— es la que está optando por un modelo de ser abierto a los demás. Se sacrifica la vida propia, el tiempo propio, la autorrealización propia en favor de la vida y tiempo de otras personas. Se educa además la voluntad de renuncia de una parte de tu vida que podría ser para el autocuidado y que se dona para que otros y otras vivan mejor y más felices. Se es más consciente del abuso de los otros cuando descubren que estás a su servicio, pues la persona queda expuesta a sus caprichos e intenciones y debe aprender a poner límites también a su propia donación para no resultar anulado por el egoísmo del otro. Esto también es un servicio, mostrar al otro donde están los límites del abuso para hacer de él o ella mejor persona. Es servicio también resistir a ser sometido a la servidumbre, para mostrar al mundo que la bondad de Dios es siempre hermana de la libertad. 

Para quien parte de una posición privilegiada —el que ha sido siempre cuidado— donde se entiende el servicio como un extraño, algo que alcanzar, se idealiza el servicio como situación de conversión y santidad absoluta. Cuando se opta por el servicio desde una posición de servidumbre no elegida y a pesar de ello se opta por la gratuidad como forma de vida, no se absolutiza ese servicio, se vive en la contradicción de la experiencia gozosa del don y la consciencia de que en el servicio también se sufre y en él a veces se es sometido y utilizado. Ambas posiciones pueden aprender una de la otra, y de esta manera, servirse en gratuidad para vivir mejor el don. El servicio del Evangelio también es contradictorio: se expresa en la consciencia más absoluta de que en él está la bondad santísima de Dios y a la vez la aceptación absoluta de que donarse conlleva frecuentemente un abuso de otros que se aprovechan al recibir ese servicio. En la contradicción de la donación, encontramos a Dios. Este es el misterio de la Encarnación, que nos humaniza y nos acerca infinitamente más a Dios en medio de las limitaciones humanas.

Servir como práctica igualitaria

Servir como práctica igualitaria (III): servicio y comunidad eclesial

 Silvia Martínez Cano

 -El servicio, que dijimos es el centro del Evangelio (ver parte II) es la práctica básica de la comunidad cristiana. Es la situación por la que nos constituimos en comunidad, la que nos reúne y nos iguala en dignidad, derechos y responsabilidades. Nos permite celebrar juntos y construirnos unos a otros. El servicio es la forma concreta de ejercer la caridad. El Amar con mayúscula, es el camino elegido por Jesús como forma concreta de servir a cada miembro de la comunidad, con sus peculiaridades, sus limitaciones y sus incomodidades. Para un cristiano o cristiana, un Amor con A mayúscula se expresa en opciones, acciones y sinergias que buscan un mayor estrechamiento de las relaciones entre los miembros de la comunidad cristiana. Eso solo es posible si se da una atención personalizada y es ahí donde se expresa el servicio como dinámica comunitaria cuando atiende decididamente a aquellos que están más abandonados o invisibilizados.

La predilección por el servicio es una propuesta que proviene directamente de Jesús. Se trata de una revolución («Si uno quiere ser el primero, sea el último de todos y el servidor de todos.» Mc 9,35), pues supone una nueva manera de acercamiento a Dios, donde el primero se hace pequeño con el último y de esa manera no se convierte en más importante, sino que por fin comprende por qué el último es el predilecto de Dios. En realidad, el servicio es una práctica de la sabiduría. El que siempre fue cuidado y atendido por otros se esfuerza en abrir los ojos más allá de la propia realidad como un ejercicio de abajamiento. La única manera de servir es bajarse del trono del privilegio y hacerse pequeño con el pequeño. El servicio libera a la persona de someter a sus hermanos y hermanas a sus propios deseos e intereses y le hace verse necesitado también. Así, ama con más intensidad, con más humildad.

Sabemos por los evangelios que este tema resultaba polémico en el grupo de discípulos y discípulas itinerantes que acompañaban a Jesús (Lc 8,1-3). Podemos entender que hombres y mujeres hacían el seguimiento a Jesús en igualdad de condiciones. En este sentido, el evangelista presenta en la construcción teológica del relato de la casa de Marta y María (Lc 10, 38-42) las dificultades que el grupo experimenta a la hora de determinar cuáles son los papeles de cada miembro en la comunidad, el servicio o el liderazgo. Porque el servicio en la comunidad, lamentablemente, no está exento de las limitaciones humanas que todos tenemos. Ni en el tiempo de Jesús ni en el nuestro. Al igual que la comunidad primera, la comunidad actual tiene dificultades para organizar su servicio, pues dentro de ella existen dinámicas previas de servidumbre. Y esto, como a Marta, afecta más a las mujeres, que han estado destinadas al servicio en y para la estructura de la Iglesia. La Iglesia es heredera de una historia de enormes condicionamientos que, a lo largo de su historia ha relegado a unas a la servidumbre (ver parte II) y a otros al privilegio de ser cuidados. El servicio ha llegado a la comunidad cristiana actual como una especialización del trabajo intraeclesial. Para las mujeres el cuidado de la familia cristiana (ver parte I), tareas de Caritas y catequesis, atención de enfermos, limpieza y acondicionamiento de las parroquias, etc. Para los hombres los liderazgos en las cofradías, los ministerios laicales, el diaconado permanente y el ministerio sacerdotal. Servicio especializado y ordenado según los sexos. Algunos dirán que estos servicios de liderazgo, atribuidos a los varones, son servicios especiales. Lo son cuando se viven desde la humildad y no desde la prepotencia o la condescendencia. Pero no más que otros si ambos son elegidos en libertad y desde la llamada del Espíritu. La historia de reformas de la santa madre Iglesia nos recuerda que uno de los grandes pecados que nos atraviesa en el tiempo y en el espacio de la Iglesia es convertir el servicio en privilegio o, por contradictorio que resulte, creer que nuestro servicio merece un cuidado especial por encima de los demás. De hecho, andamos combatiendo, hoy, una lacra profundísima que nos mantiene heridos disminuyendo nuestra capacidad de sanación. El clericalismo hiere las entrañas de la comunidad porque confunde el servicio del sacramento con el abuso de poder. Y así, nos aleja del sentido original de la práctica básica del amor, no solo a los varones, sino también a las mujeres que aceptan consciente o inconscientemente un servicio que no es el verdadero y unas servidumbres que hacen el juego al falso servicio.

A estas alturas de siglo podemos hablar de servicio en términos generales. Hablar del servicio como actitud, como conversión del corazón haciéndose humilde de verdad, es totalmente necesario. Hay que hablar más de ello y de esa manera, seguir convirtiéndose de manera individual practicando el servicio en la vida cotidiana. Todos los cristianos y cristianas lo necesitamos para ser mejores y mejor comunidad. Pero no es suficiente porque se nos va el siglo sin haber respondido a nuestro pecado de desamor. Debemos hablar del servicio en su especificidad eclesial pues es ahí donde se muestran las dificultades para poner el servicio en práctica más allá de las conversiones personales. El problema del servicio en la Iglesia tiene más que ver con esta especialización por sexos. No tanto en lo personal —que también—, sino en las relaciones comunitarias, en lo que afecta al grupo y se establece como dinámicas normalizadas. Esta especialización no es un rasgo del Evangelio. Al contrario, el Evangelio defiende la libertad de los hijos e hijas de Dios, interpela a Marta y la insta a salir del espacio de servicio en el que está recluida y a compartir otro espacio con su hermana María y los demás discípulos.

Francisco menciona constantemente el servicio como actitud. En la encíclica Fratelli Tutti señala que la solidaridad se expresa concretamente en el servicio, que puede asumir formas muy diversas de hacerse cargo de los demás. El servicio es «en gran parte, cuidar la fragilidad. Servir significa cuidar a los frágiles de nuestras familias, de nuestra sociedad, de nuestro pueblo» (FT 115). Si el servicio es la expresión de la solidaridad, entonces construir la solidaridad dentro de la comunidad es un acto de testimonio del Reino. Qué mejor servicio que cuidar a la familia de hijos e hijas de Dios que se congregan en torno a una misma mesa. Ahora bien, en la solidaridad expresada en servicio no puede haber categorías o diferencias, porque entonces no estamos cuidando a los más frágiles. No puede haber categorizaciones como si unos servicios fueran mejores que otros, tampoco limitaciones en cuanto a cómo y dónde se ejercen. La especialización del servicio empobrece la Iglesia, porque cierra los diálogos entre diferentes dentro de un mismo servicio y renuncia a la mesa compartida de la eucaristía.

Uno de los aspectos que los diálogos sinodales deberían revisar es el concepto de servicio dentro de la comunidad y, por extensión, valorar de que manera esto afecta a los procesos de reformas de la Iglesia católica. Para obtener el éxito de este ejercicio el diálogo entre hombres y mujeres, entre clero y laicado, debe ser fluido y en igualdad de condiciones. Y debe ser un diálogo que reconozca los puntos de partida desiguales del que ha servido y del que ha sido cuidado para llegar a consensos equitativos donde se equilibre el don del servir con el don de ser cuidado.

Silvia Martínez Cano:

“La iglesia ha sido capaz de ir transformándose y también hay que disfrutar de este momento”

Silvia Martínez Cano.
Silvia Martínez Cano.

José María Pérez: “En el tema de la igualdad, hay una llamada muy fuerte del Espíritu a la Iglesia. Por eso importante salir a fuera y escuchar. No podemos seguir actuando desde pequeños grupos”

Belén Brezmes:»La gente esta dejando las iglesias y esta es una preocupación, hay una necesidad de buscar aquello que de respuesta a las vivencias, experiencias de las personas hoy»

Silvia Martínez Cano: «Cuando decimos feminismo cristiano estamos hablando de un elemento que está en el evangelio, en el término de la inclusión, una teología inclusiva»

 Jordi Pacheco

«Feminismos hay de muchos estilos, algunos muy radicales y otros moderados. Cuando decimos feminismo cristiano estamos hablando de un elemento que está en el evangelio, en el término de la inclusión, una teología inclusiva». Así se expresaba Silvia Martínez Cano, presidenta de la Asociación de Teólogas Españolas, durante la edición número treinta de Jueves de RD. 

¿Existe un pensamiento cristiano feminista? Bajo este título tomado de un curso organizado por Teólogas Españolas y el Instituto Champagnat de Estudios Pastorales (ICEP), el debate de RD —celebrado de forma excepcional el pasado miércoles— abordó el tema del pensamiento cristiano feminista desde dos perspectiva: la formación y la sinodalidad. Moderado, como es habitual, por Jesús Bastante, el evento también contó con la participación de Belén Brezmes, de la Asociación de Teólogas Españolas y José María Pérez, director del ICEP. 

Escuchar la verdad

“Tenemos que atrevernos a escuchar la verdad y actuar en consecuencia”, remarcó Mª Belén Brezmes, coordinadora del curso ‘Pensamiento cristiano feminista‘, una formación que pretende aproximar a cualquier persona creyente una formación específica que muestre cómo la tradición cristiana acoge e impulsa la construcción de una sociedad igualitaria. “Este curso quiere proporcionar un conocimiento que nos ayude a entender mejor nuestra fe y a entenderla desde nuestro ser de mujer”, explicó Brezmes.

“La iglesia ha sido capaz de ir transformándose y también hay que disfrutar de este momento de transformación”, reconoció Silvia Martínez Cano. “La relevancia del pensamiento cristiano feminista en la sociedad actual es de suma importancia, porque la migración, la pobreza, el trabajo y las cuestiones sociales, están atravesados por temas de mujer como son la trata, o la feminización de la pobreza. Por ello, poder dialogar con las experiencias de las mujeres es fundamental”, reflexionó la presidenta de la Asociación de Teólogas Españolas.

“En el tema de la igualdad, hay una llamada muy fuerte del Espíritu a la Iglesia. Por eso importante salir a fuera y escuchar. No podemos seguir actuando desde pequeños grupos”, advirtió, por su parte, José María Pérez, que se mostró así partidario de trabajar en red. “Cuanta más podamos colaborar, cuanta más sabiduría compartida tengamos, mejor”, agregó.

«La gente está dejando las iglesias y esta es una preocupación, hay una necesidad de buscar aquello que dé respuesta a las vivencias, experiencias de las personas hoy», comentó la coordinadora de ‘Pensamiento cristiano feminista’, un curso del todo necesario en el mundo actual que tendrá lugar del 15 de enero al 10 de diciembre de 2022

Teología feminista

Teología feminista” (para principiantes)’, de Silvia Martínez Cano

¿Pero es que también hay “teología machista”?.  Sí, la hubo, la hay y, al paso que vamos, seguirá habiéndola y por muchos años

Ya está de más que el lenguaje de la teología cristiana  siga siendo tan patriarcal  y privilegie  el pensamiento abstracto  desde una perspectiva  masculina

 Antonio Aradillas

El libro y cuya reseña, con “sumo gusto”,  me corresponde presentar lleva el sagrado título de  ‘Teología feminista” (para principiantes)’ con el subtítulo  orientador  de “ voces de mujeres en la teología actual ”.Está editado por “San Pablo”, con sus 202 páginas de texto.. Lo firma Silvia Martínez Cano “doctora en Educación y Licenciada en Teología  Fundamental y Pastoral en el Instituto Superior  de la UPSA. Está especializada en estética teológica y Misterio de Dios e investiga interdisciplinariamente sobre arte, teología  y género,  temas sobre los que ha editado diversas obras”.

Tengo la seguridad de que tales títulos universitarios, y con las debidas licencias, hace tan solo un puñado de años, pre y aun post, conciliares , hubieran resultado inverosímiles  y con ellos se habrían indigestados  gravemente una buena parte  del pueblo de Dios, con mención  jerarquizada  para los correspondientes “pastores”, inscritos en el listado, tanto del “Alto” como del “Bajo” clero.

El título del libro lo dice todo o casi todo. “Teología- teología” y además “Feminista”. ¿Pero es que también hay “teología machista”?.  Sí, la hubo, la hay y, al paso que vamos, seguirá habiéndola y por muchos años.  La Teología, como casi todo en la Iglesia, es lo perfecto, pero perfecto es Dios, siempre y cuando este Dios sea, se presente y se explique como varón, del género y sexo masculino,  omnisciente y todo poderoso, poco dado a la misericordia e inclinado  más al reproche y a la condenación  en esta vida y en la “otra”. De “Padre-Madre”, nada de nada. Y quien piense o predique lo contrario, “hereje por los siglos de los siglos, Amén.

El hombre es hombre, es decir, “dios “, y la mujer es mujer, o “pecado”, que además equivale a asegurar su condición esencial de sierva y esclava “por esencia, presencia y naturaleza” . Así aseveran que lo radoctrina la Biblia , defendiéndolo  los biblistas , todos ellos varones, antifeministas y redomadamente  machistas, con favorables argumentos  patrísticos de autoridad , los “Nihil Obstat” e “Imprimatur” diocesanos y hasta con serios temores  de que vuelvan a encenderse las hogueras inquisitoriales, con colaboración  y aquiescencia de los poderes civiles…De entre todos los  términos que componen  el título del libro  de Silvia Martínez Cano,  por mi cuenta y riesgo destaco  lo de ”Teología feminista”, pero para “principiantes”..

¿En quién o quienes pensaba y piensa la autora al escribir y describir tal palabra “principiantes”, como destino y destinatarios? ¿Acaso pensaba en los -nuestros- obispos, y en la mayoría del clero católico , sin exclusión de doctrinas pontificias, Cartas Pastorales, Hojas Parroquiales, homilías y prédicas de cualquier signo y condición catequística , en  cuyo  adoctrinamiento  no ha lugar alguno para la mujer lo mismo dentro que fuera de la Iglesia , si no es para servir de esclava del hombre , limpiar los lugares sagrados, bancos y suelos y, sobre todo, para estar en permanente actitud de decir a todo -casi todo- Amén?

Es verdad que en Teología, y más en la feminista, los “principiantes” son muchos y muy notables, sobre todo cuando están revestidos de ornamentos sagrados y falazmente “asistidos por carismas sobrenaturales”

¡Felicidades para la autora y la editorial que han hecho posible la publicación de este libro! Y es que  es imprescindible revisar cuanto, antes, por ejemplo,  la definición de “ley natural”, que tanto dolor genera en el cuerpo y en el alma de la mujer , vocacionada  exclusivamente  “para la maternidad  o para la virginidad .  Ya está de más que el lenguaje de la teología cristiana  siga siendo tan patriarcal  y privilegie  el pensamiento abstracto  desde una perspectiva  masculina.

Jornadas del FICRT

Silvia Martínez Cano: “La religión no es propiedad de algunos, es una experiencia de Dios, y es plural”

Jumaa AlKaabi: «La firma del documento entre el Papa Francisco y el gran imán de Al-Azhar ha fijado los cimientos de valores como la paz, la libertad de credo, la cultura de la tolerancia, la ética»
Juan García Gutiérrez: «El texto puede dar sentido y alma a nuestro tiempo. Casi a la altura de la Declaración de los Derechos Humanos”
Jesús Bastante: «La comunicación es esencial para un mundo cada vez más interconectado. Pero una comunicación sana, que no tenga miedo de contar la verdad, aunque duela, pero que no haga del dolor, del conflicto, de la tragedia, el motor de su trabajo. De lo contrario, mejor haríamos en apagar el ordenador y dejar de escribir»
“La religión no es propiedad de algunos, es una experiencia de Dios, y es plural. La convivencia juntos nos ayuda a esto. Así reducimos las expresiones fundamentalistas”. La teóloga Silvia Martínez Cano fue la encargada de abrir las jornadas de FICRT (Fundación for Islamic Culture and Religious Tolerance) sobre ‘El documento de la Fraternidad Humana: caminos de tolerancia y convivencia pacífica’ Seguir leyendo

Lo que nos queda para este siglo

Silvia Martínez Cano: «Un pequeño cambio, con grandes consecuencias eclesiales»

Ese plural “laicos” hace referencia a hombres y mujeres, como el mismo Francisco argumenta, por lo que nos sitúa en una posición diferente a la hora de afrontar la vida celebrativa de la Iglesia
Con el decreto Francisco apoya y corrobora lo que las circunstancias, el sensus fidei y digámoslo así, el sentido común de nuestras comunidades hace cada semana
12.01.2021 | Silvia Martínez Cano
El motu propio de Francisco que modifica el canon 230.1 nos ha pillado por sorpresa en este día de frío invierno en el hemisferio norte. Con esta modificación Francisco hace un gesto esperado, para algunos nimio, para otros quizá muy evidente pues en algunos lugares hace ya muchas décadas que se ve en los altares de algunas iglesias a mujeres leyendo y siendo acólitas en la eucaristía dominical.
Francisco da continuidad a la reflexión de los últimos sínodos sobrenó el papel de la participación del laicado en los sacramentos a través de los ministerios y decreta un cambio pequeño en el apartado 1 del canon, pero muy sustancioso pues tiene grandes consecuencias eclesiales. Se suprime la palabra “varón” por el plural “laicos” para la asignación de tareas ministeriales en los sacramentos. Ese plural “laicos” hace referencia a hombres y mujeres, como el mismo Francisco argumenta, por lo que nos sitúa en una posición diferente a la hora de afrontar la vida celebrativa de la Iglesia. O ¿quizá este cambio va más allá de la liturgia? ¿Quizá Francisco con este decreto hace un guiño a un proceso tímido de modificaciones en algunas partes del derecho canónico? ¿Tendrá continuidad o será un cambio aislado?
Lo cierto es que ésta es la decisión de Francisco hoy. En principio, algunos y algunas podemos pensar que realmente es un cambio muy pequeño. Parece que llegue tarde como he dicho antes, pues que haya mujeres leyendo, repartiendo la comunión, o ayudando al sacerdote en la misa no es una situación extraña en algunos lugares. El cambio llega tarde podemos pensar, pues ya es un cambio de hecho y no de derecho. Con el decreto Francisco apoya y corrobora lo que las circunstancias, el sensus fidei y digámoslo así, el sentido común de nuestras comunidades hace cada semana.
Algunas y algunos pueden decir que es insuficiente, porque lo que ya se hace debe ser acompañado con otras decisiones de mayor alcance. No es suficiente “ayudar” en la liturgia para hablar de una verdadera sinodalidad, esta situación no desclericaliza la liturgia ni la sacramentalidad de la que participa toda la comunidad cristiana pero solo como observadora y destinataria. La sinodalidad no es solo permitir que las mujeres suban al altar como una concesión paternalista al Pueblo de Dios. La sinodalidad es hacer de la liturgia un espacio compartido y coordinado, repartido y corresponsabilizado.
Y ¿cómo llegar a esto si se dan pasos tan pequeños como dejar que las mujeres hagan lo que ya hacen? Necesitamos más pasos, decimos otros y otras, más rápidos, más propios del siglo XXI que del XX, pues se nos despedirá el siglo y no habremos respondido a sus signos. Este cambio es importante, sobre todo por lo que no se dice en el motu propio, pero queda implícito en él, porque afecta al tercer apartado del canon: que las mujeres puedan suplir al ministro en sus funciones como ejercitar el ministerio de la palabra, presidir algunas liturgias, administrar el bautismo y dar la comunión sin que algunos fieles se cambien de fila por el hecho de recibirla de una mujer.
Este cambio es importante, sobre todo por lo que no se dice en el motu propio, pero queda implícito en él, porque afecta al tercer apartado del canon: que las mujeres puedan suplir al ministro en sus funciones como ejercitar el ministerio de la palabra, presidir algunas liturgias, administrar el bautismo y dar la comunión sin que algunos fieles se cambien de fila por el hecho de recibirla de una mujer
Se reconoce que las mujeres tienen autoridad en su experiencia de Dios y en su palabra predicada, se reconoce que las mujeres pueden representar a la Iglesia al acoger a los bautizados en la gran comunidad. Pero ¿esto no se hacía ya también en algunos lugares? El sínodo de la Amazonía dejo claro que es más frecuente de lo que pensamos. Pues si ya se hace, dicen algunos, ¿para qué cambiar las cosas? parece como que las mujeres fomentaran con ello una actitud revanchista, “impropia” de la condición femenina, que debe ser sosegada y discreta.
No, el reconocimiento es importante, pues equilibra la igualdad y restituye lo usurpado por tantos siglos de mirada androcéntrica. El reconocimiento obliga a la reciprocidad, a la dignidad, a aprender a escuchar al que nunca escuchamos, en este caso las creyentes silenciadas, aunque sea de mala gana. Hace “apropiado” que se acepten las reivindicaciones de las mujeres como una forma de crecimiento comunitario. Así que el cambio de una palabra ya no es tan pequeño, pues obliga a seguir en el diálogo entre reivindicaciones y reconocimientos. Esperemos que no se rompa este diálogo, que lo pequeño e insuficiente nos lleve a otro cambio pequeño e insuficiente, o, por qué no, a varios más que se den a la vez, para acelerar el proceso de conversión de la Iglesia que nos piden los signos del siglo.
Esperemos que no se rompa este diálogo, que lo pequeño e insuficiente nos lleve a otro cambio pequeño e insuficiente, o, por qué no, a varios más que se den a la vez, para acelerar el proceso de conversión de la Iglesia que nos piden los signos del siglo
Quizá en este frío año se cumpla el refrán “año de nieves, año de bienes”, quizá estas nieves han estado cerca del corazón de Dios e impulsadas por el Espíritu nos abran camino de verdad a una real sinodalidad práctica. Quizá. Reivindiquemos pequeños cambios e insuficientes para que lo pequeño nos lleve a lo grande más rápidamente. Abranos muchos frentes de diálogo (reivindicación-reconocimiento), manifestemos sin miedo el sensus fidei de la inclusión que ya se expresa en algunos lugares, ocupemos con nuestras palabras y nuestros gestos de laicas y laicos las liturgias, las comunidades locales y las diócesis, sin esperar al reconocimiento, pues bien sabemos que llegará como éste, tarde. Así, quizá, mañana nos despertaremos con otras nieves y con otros bienes.