Notas sobre sinodalidad (II)

por Mauricio López Oropeza 

  

En un proceso sinodal todas las voces deben ser consideradas, pero serán valoradas siempre y cuando tengan una recta intención, siempre y cuando sean para el bien de la Iglesia y de su misión por la construcción de Reino en su sentido más amplio, incluyente y diverso.omunión o de deseos de imposición ideológica, basadas en una serie de prejuicios marcados por una actitud de superioridad por ostentar una “verdad” parcial. Por ello, estamos llamados como Iglesia a entrar en actitud de genuino discernimiento sinodal, asumiendo una actitud de libertad interior y desapego, sobre todo haciendo opción por quienes han sido puestos en situaciones de descarte, y quienes buscan acogida, escucha y una respuesta concreta de estos procesos sinodales.

Estamos llamados a aumentar la esperanza, la fe, la caridad y la alegría en el Señor como fruto de los procesos en los que caminamos juntos y juntas; reconociendo también lo que es propio del mal espíritu y la desolación, es decir, lo que produce oscuridad en el alma, turbación en ella, falta de sentido.

Diálogo, discernimiento y unidad

La revelación del Espíritu a través del proceso y experiencia del Concilio Vaticano II nos ayuda a caminar sinodalmente, pues nos afirma en la proclama de la buena nueva desde el Evangelio encarnado. Allí encontramos una fuerza que nos sustenta e ilumina, aunque con divergencias y disensos, pero donde lo importante radica en mantener la dinámica de comunión, de unidad en la diversidad.

Al respecto, se debe tener presente el llamado desde la propia Lumen Gentium, una de las cuatro constituciones promulgadas por el Concilio Vaticano II, que plantea la unidad en Cristo con el Papa, dicho sea de paso, de una comunión y comunicación a partir de la unidad, de la caridad y de la paz. Reconocer la presencia de estos elementos, en algunas posiciones, nos ayudará siempre a purificar la intención.

No es que haya una preocupación por la existencia de divergencias, que de hecho son necesarias y sanas, sino por la falta de la recta intención al momento de plantear posiciones particulares que no construyen el proceso mayor o se quedan atrapadas por las miradas parciales sin posibilidad de mudar en el sentido de lo que abarca más la pertenencia común en este seguimiento del Señor como Iglesia.

Por supuesto, en el discernimiento aquello que viene del Espíritu Santo es lo que conduce a más reino, plenitud, sentido de vida, paz; lo contrario, lo que viene de la autorreferencialidad, produce ruptura, confusión, inquietud. En este sentido, todo proceso Sinodal, y en concreto el actual Sínodo de la Sinodalidad, nos plantea un peligro: atar al Espíritu antes de que el discernimiento se dé,  ponerle límites, querer someterlo según nuestra voluntad, anticiparlo y bloquearlo con nuestras premisas, o más bien con nuestros prejuicios-apegos, por más sabios que parezcan. Basta comprender el proceso, el sínodo y la sinodalidad son espacios para discernir, para avanzar, para escuchar la voz del pueblo de Dios y para fortalecer el camino de la Iglesia, una  Iglesia siempre reformada (Semper Reformanda), en pocas palabras, siempre en camino de conversión.

La revelación de Dios. Discernir Su voluntad mientras caminamos juntos y juntas

El Sensus Fidei Fidelium del pueblo de Dios, el sentir en la fe del pueblo, debe ser identificado en los momentos de tensión, ya que es una presencia del Espíritu que subyace los caminos compartidos, y debemos desentrañar lo verdaderamente esencial que proviene del sentido en el creer del pueblo en su conjunto, no desde posiciones individuales que pretenden ostentar la voz de todo este pueblo santo fiel de Dios.

Discernir la presencia de Dios en este sentir en la fe del pueblo es una cuestión pneumatológica, es decir, desde la revelación de Dios en las diversas culturas y contextos donde el Espíritu está presente y actuante. Por tanto, el discernimiento resulta esencial, porque ningún elemento de la doctrina es inmutable, y por más sensata que sea esto, no puede prevalecer sobre la voz del Espíritu que sopla donde quiere y como quiere de modo permanente. Si permanecemos atrapados en la doctrina o en la ideología, per se, ninguno de los extremos dará cabida a la novedad en la revelación.

La clave podremos encontrarla en un genuino proceso de escucha, lo más amplio posible, con y desde el Pueblo de Dios, puesto que esta revelación de Dios va por encima de cualquier postura particular, sea del extremo que sea, por ende, ese Sensus Fidei Fidelium es la voz propia del pueblo, donde Dios se revela y, por consiguiente, enriquecerá la doctrina asumiendo cambios por el bien del Reino, cambios necesarios y, generalmente, sin rupturas abruptas para dar paso a ese vino nuevo que ha de llenar los odres nuevos.

En el camino de la Sinodalidad habrá muchas resistencias, ataques burdos y explícitos hacia cualquier propuesta de abrirnos a la conversión y al cambio; A nivel personal, aunque nos sintamos vulnerados, debemos saber que todos somos instrumentos de un bien mayor, que esto ha de pasar, y que siempre queda la esperanza en la confirmación que viene del experimentar una paz profunda en estos procesos, por más complejos que sean. Sin duda, estamos en un verdadero camino de reforma, la sinodalidad es instrumento para la reforma que nos abre a la conversión. Las posiciones de hostilidad de algunos grupos es la confirmación de que hay un camino andado, es confirmación de que avanzamos, y sin desestimar las posturas críticas, es necesario seguir adelante abriendo espacio para todas las voces, pero con la convicción de seguir en camino.

A pesar de las dificultades, se hace camino al andar

Seamos tierra propicia en esta búsqueda de sinodalidad que se construye paulatinamente, para que el misterio de Dios sea más evidente, para que la comunión produzca esa gran resiliencia, que es resistencia y subsistencia, de la vida sobre la muerte. Para que los  pueblos tengan voz, y tengan posibilidad de ser y de existir.

Abracemos esta certeza en medio de la sensación de fragilidad, con las dudas cotidianas incluidas, pues todo ello nos confirma y sostiene en la esperanza sobre el porvenir de una Iglesia sinodal que no es uniforme, y que no podemos predecir, sino esperar en el Señor. No podremos anticipar los frutos concretos, claro está, porque no podemos pretender controlar todos los rumbos del Espíritu. Eso sería tan equívoco como no percibir el soplo de vida que sigue vigente y constante en este proceso y en cada una de sus etapas.

Llegó la hora de sabernos todos y todas pasajeros de una travesía compartida, con la única misión de honrar las vidas de tantos y tantas frente a nosotros, asumiendo el llamado a permanecer firmes en la conversión sinodal, pero, sobre todo, acogiendo a aquellos que habitan las periferias existenciales y materiales, quienes están expuestos a mayor vulnerabilidad en este mundo roto, y fortaleciendo a quienes caminan con ellos como garantes del camino de una Iglesia que es hospital de campaña. Esto nos permite transitar de las verdades unívocas a otras de mayor amplitud, aquellas que nos permiten alcanzar esa gran verdad en el Dios de la vida, que es Cristo y su misterio pascual.

En efecto, hay una gran urgencia de oración silenciosa y permanente, de una contemplación cada vez más intensa y profunda en estos procesos sinodales. Mientras más vamos viviendo este camino de conversión sinodal, debemos mantenernos firmes en el seguimiento de Jesús, Dios entre los hombres encarnado, para escuchar el susurro de su voz que nos invita a nunca claudicar, porque en su camino pascual, se están abriendo nuevas posibilidades para una vida, y vida en abundancia para todos y todas.


Por Por Mauricio López Oropeza. Director del Centro Pastoral de Redes y Acción Social del CELAM

El proceso sinodal en Tarazona

Tarazona, ante el Sínodo: apertura a la realidad social y más formación de laicos

La diócesis aragonesa cierra esta fase en asamblea con el documento ‘Llamados a Caminar’

sínodo
  • La diócesis de Tarazona ha clausurado la fase diocesana del Sínodo con un nombre que es algo más que una declaración de intenciones. El texto final, “llamados a caminar”, recoge en 55 puntos el sentir de los cientos de participantes en esta primera consulta: jóvenes, familias, sacerdotes, niños… Lejos de ser un final, es una invitación a ponerse en marcha para la renovación de la Iglesia

Con la presencia del obispo, Eusebio Hernández Sola, unas cincuenta personas participaron en la asamblea que dio los últimos retoques al texto que será remitido a la Conferencia Episcopal Española. Atrás quedan siete meses de trabajo en los que 769 personas, de toda edad y condición, han analizado la situación de la diócesis, propuesto cambios y señalado cómo ayudar a la Iglesia a seguir caminando.

Según los datos de la diócesis, 469 laicos, 25 religiosas, 21 sacerdotes, 277 jóvenes y 161 niños han aportado su granito de arena. Han volcado en el documento final sus apuntes sobre liturgia, las catequesis, el papel de la mujer, la labor de los sacerdotes o del funcionamiento de los consejos parroquiales.

“Una Iglesia en salida”

Además, han querido describir cómo debería ser una Iglesia en salida, “que debe tener en cuenta los cambios que se están produciendo en la sociedad, la cultura, la religión, y el pluralismo en que estamos llamados a vivir”. También se hace referencia a la necesidad de formación adecuada para laicos y clérigos y se analiza el alejamiento de la Iglesia en algunos grupos como los jóvenes y en la falta de seminaristas.

El  11 de junio tendrá lugar la Asamblea de todas las diócesis españolas, en la que se elaborará un texto común que será enviado a Roma.

Un ejemplo de sinodalidad

En Algorta, provincia de Vizcaya, dos grupos de feligreses conocieron este proyecto de cuestionario sobre la reforma de la Iglesia y decidieron usarlo como tema de reflexión, independientemente de lo que hicieran sus parroquias por encargo del Sínodo. A las preguntas siguientes, los participantes contestaban sí o no. Omitimos los resultados para no influir a la hora de ser utilizado en otras parroquias o grupos.

Las preguntas se agruparon en dos grandes bloques en referencia a temas radicales que la iglesia debe ir estudiando y otros temas más urgentes que deberían resolverse con mayor inmediatez.

TEMAS MÁS RADICALES

¿Qué reformas sientes como necesarias para cambiar radicalmente la orientación de nuestra Iglesia para un seguimiento más fiel a Jesús de Nazaret?

Pobreza

· Renunciar al Estado Vaticano.

· Traspasar el museo vaticano y los museos diocesanos a la ONU u otras organizaciones culturales de cada nación.

· Renunciar a la capitalización del patrimonio.

· Suprimir los estipendios asociados a los actos de culto y confiar el mantenimiento por toda la comunidad de los miembros liberados.

· Otras sugerencias.

Doctrina

· Considerar la doctrina y los mandamientos de la Iglesia como orientaciones para las decisiones responsables de los fieles.

· Promover una revisión profunda de toda la teología, como una explicación coherente del mensaje de Jesús.

· Reconocer a las diversas religiones como caminos hacia la plenitud de la trascendencia.

· Otras sugerencias.

TEMAS URGENTES

¿Qué reformas sientes como más urgentes para cumplir con la dignidad y la justicia humana?

Desclericalización:

· Reconocer el valor de los carismas actuales que el Espíritu concede a los miembros para el desarrollo de su comunidad; especialmente el carisma de profecía entendida como el sentido de denuncia de las injusticias y la propuesta de nuevos caminos.

· Reconocer la igualdad de todos los cristianos sin distinción por sexo, raza, o ministerios ejercidos.

· Reconocer el carisma de dirigir a la comunidad como uno más y para el servicio a todo el Pueblo de Dios.

· Designar a laicas y laicos para presidir los dicasterios de la Curia vaticana, como miembros participantes en los próximos Sínodos y Concilios, y como formadoras en los seminarios.

· Readmitir en el ministerio pastoral a los sacerdotes secularizados que lo deseen.

· Administrar el ministerio sacerdotal a las mujeres.

· Iniciar la descentralización del gobierno de la Iglesia dando mayor relevancia a las Conferencias regionales.

· Iniciar el proceso de elección de obispos y párrocos por sus propias comunidades, quizás proponiendo una terna para que la comunidad decida.

· Abolición de títulos eclesiásticos (teniendo en cuenta los derechos económicos de los que han trabajado al servicio de las comunidades) o considerarlos como meras funciones temporales.

· Iniciar una reforma de los seminarios a modo de colegio universitario, con o sin residencia en los mismos, con orientadores espirituales y prácticas en barriadas marginales o en terreno de misión.

· Otras sugerencias.

Liturgia:

· Iniciar la renovación de rituales litúrgicos según las costumbres de cada pueblo

· Reconocer el sacerdocio común de los fieles, y favorecer que los laicos presidan la celebración de la eucaristía en ausencia de un sacerdote.

· Otras sugerencias.

Transparencia:

· Separar el dinero destinado a las obras de caridad del dinero destinado a la administración de las comunidades y al mantenimiento de los liberados para la atención pastoral.

· Someter el balance anual a la aprobación de toda la comunidad parroquial, diocesana, o eclesial.

· Otras sugerencias.

La Iglesia es sinodal

Juanjo Hernández. Un libro clave para entender y recorrer el camino sinodal.

Juan José Hernández Alonso, La iglesia es sinodal, Pozo de Siquén 450,                                    Sal Terrae, Santander, 2022, 144 páginas.

           El credo de Nicea-Constantinopla define a la iglesia como “una, santa, católica y apostólica”. Esos cuatro atributos son en sí suficientes, pues la iglesia es una siendo comunión de fieles, es santa encarnándose en la historia, es católica siendo universal y es apostólica porque está fundada en los apóstoles o enviados de Jesús.

            En ese contexto, este precioso libro del Prof. Juan José Hernández  añade que, precisamente por ser una y católica, la iglesia es (=ha de ser) “sinodal”, pues todos los cristianos comparten en ella un camino de diálogo y vida, en el sentido radical de la palabra  “syn-hodein” (caminar juntos dialogando).

            La iglesia es  sinodal  siendo, al mismo tiempo, “conciliar” (camino de diálogo,espacio de palabra compartida) entre todos los que escuchan y comparten el mensaje y proyecto de Jesús.

            En otro tiempo se podía dejar este elemento sinodal en la penumbra, destacando el aspecto jerárquico de la iglesia, como expresión de un poder superior que se impone sobre los creyentes. Pero el Papa Francisco ha convocado un Sínodo Universal sobre la iglesia como Sínodo, abiendo un camino que todos los católicos están/estamos preparando y recorriendo (años 2021-2023). El profesor Juan José Hernández ha escrito y publicado este libro para sepamos lo que significa la iglesia como sínodo, camino de encuentro en la palabra y en la vida de todos los creyentes.

    He publicado en este blog al Prof. Juan José Hernando Alonso, presentado unas reseñas sobre otros dos  de sus “libros mayores», sobre Jesús de Nazareto el Reino de Dios. El libro que ahora presente es de dimensiones menores (más breve), pero quizá más importante, pues nos sitúa de lleno ante el tema y tarea sinodal de la iglesia.

Por | X Pikaza Ibarrondo

Punto de partida: La iglesia es sinodal

Con el transcurso de los siglos, la iglesia ha tendido a definirse a veces, como sociedad jerárquica y perfecta, como si lo más importante en ella fuera el poder superior (potestas) de una jerarquía clerical sagrada, portadora de sus tres poderes supremos que son; profético (doctrinal), sacerdotal (de celebración) y real o ejecutivo (de organización y mando).

            Ciertamente, ella ha sabido siempre que todos los bauzados comparten (reciben y ejercen) esos os tres poderes de Cristo en la Iglesia (Catecismo Iglesia Católica: 783-786), de forma que todos los cristianos son por sí mismos “sacerdotes, profetas y reyes”. Pero de hecho, en la práctica, eso ha tendido a olvidarse, de forma que sólo algunos (los especialmente ordenados: Obispos y presbíteros) han actuado de hecho como sacerdotes (son restantes son simples fieles), maestros o docentes (los otros son simples oyentes, auditores o discentes) y jerarcas o mandatarios.

            Pues bien, para volver al principio de la iglesia (es decir, al NT), con el concilio Vaticano II y el Catecismo del año 1993, el Papa Francisco ha querido poner de relieve este aspecto “sinodal”, poniendo así de relieve que la verdadera jerarquía se expresa y realiza en ella en forma “sinodal”, es decir, en comunión y diálogo de vida de todos los creyentes.

            No se trata, según eso, de cambiar la doctrina (de crear un nuevo dogma), ni de añadir un quinto atributo a la iglesia diciendo que ella es “una, santa, católica, apostólica y sinodal”, sino que ella es sinodal precisamente por ser una, santa, católica y apostólica, como supone y dice el credo “romano” o de los apóstoles, cuando afirma: Creo la Santa Iglesia católica, en la comunión de los santos, etc.

Tema básico

Ese es el tema de fondo de este libro que Juan José Hernández ha desarrollado de un modo exquisito, de una forma bíblica, histórica, teológica y catequética, que puede condensarse en tres afirmaciones.

Todos los bautizados son profetas (comparten y proclaman la verdad del evangelio). No reciben simplemente la doctrina de otros maestros exteriores, no son puros “dependientes” de un magisterio externo, sino portadores y testigos de la palabra de Dios, “maestros” en la fe, que han recibido por el bautismo y que han ido madurando a lo largo de su vida de creyentes. 

Todos los bautizados son reyes en Cristo, siendo así responsables de la vida de la iglesia. No son esclavos de nadie ni de Cristo (ni de Cristo). Nadie puede imponerles su dictado y mandar sobre ellos. Son “reyes”, esto es, libres, capaces de discernir y realizar la misión de un Cristo en quien no hay reyes y súbditos, señores y esclavos, pues todos son amigos y hermanos, con una misma autoridad de amor y servicio mutuo

Todos son, finalmente, celebrantes del misterio de la vida en Cristo, en el sentido radical de la palabra. Éste es el sacerdocio verdadero, el más profundo, ése que suele llamarse “sacerdocio compartido de los fieles, conforme al “orden” de Melquisedec, que es orden de y de todos los cristianos (conforma a la carta a los Hebreos.

Iglesia en “sínodo”, , en camino compartido.

             Sínodo viene de “syn-hodein”, es decir, de hacer camino juntos, dialogando todos para resolver, desde la inspiración común de Cristo y de su Espíritu Santo, los problemas y tareas de la vida, como ha puesto de relieve al autor de este libro, comenzando con el famoso “proemio” o “presupuesto” del Concilio de los apóstoles, tal como lo ha narrado el libro de los Hechos de los Apóstoles: “Nos ha parecido al espíritu Santo y a nosotros…” (Hch 15).

Nos ha parecido, sigue diciendo san Pablo (Gal 2) tras una intensa exposición del temas, con el diálogo consiguiente y la toma de una decisión compartida por la mayoría, de forma que podamos tener la certeza de que lo que decidimos brota de nuestra búsqueda y decisión compartida, brotando, al mismo tiempo, de la voluntad de Cristo que habla por la Iglesia.

            Todas estas cosas parecen sabidas en la iglesia, pero de hecho habían quedado en el fondo, sin desarrollarse, por dos razones que pueden ser complementarias. (a) Por una parte, algunos clérigos, que se han entendido a sí mismos como “jerarcas” han preferido tomar la iglesia como “coro de poder particular”, presentándose como única iglesia docente, de forma que los demás sólo aparezcan en ella como “oyentes”, dispuestos a obedecer. (b) Por otra parte, muchos católicos han preferido escuchar y obedecer; le ha parecido mejor que otros manden y resuelvan los problemas.

            En contra de eso, en 16 capítulos de historia y reflexión creyente, Juan José Hernández ha ido poniendo de relieve los “rasgos sinodales” de la esencia de la iglesia, desde el principio (Nuevo Testamento), pasando por la vida de las primeras comunidades cristianas, hasta llegar cl concilio Vaticano II, que ha definido a iglesia como “comunión y comunicación”.

            Este no es un tema “teórico”, para comprender y admirar (aunque también es eso), sino para comprender y actuar, como ha puesto de relieve el Papa Francisco, que ha querido poner en marcha a toda la iglesia, anunciando un sínodo dedicado precisamente a la “sinodalidad” de la Iglesia, de forma que todos los cristianos puedan prepararlo, reuniéndose por parroquias y comunidades, en el mundo entero.

            Éste es un camino que miles y millones de cristianos del mundo entero han empezado a recorrer, no sólo pensando sobre el futuro sínodo romano, sino “haciendo sínodo”, siendo ellos mismo sínodo abierto y universal, de reflexión compartida, de comunión de vida.

Un libro básico, un acontecimiento central de la Iglesia. Volver a Mt 18

            No conozco ningún texto “base” mejor que este de Juanjo Hernández sobre el sentido y camino de la sinodalidad eclesial. Conozco por experiencia personal las dificultades que está teniendo en ciertos ambientes la preparación y marcha de este símbolos. Estamos más acostumbrados a que nos digan lo que tenemos que hacer y decir, a escuchar de un modo pasivo lo que otros nos quieren decir. Pero los cristianos no somos simplemente “oyentes”, sino oyentes “responsables”, que escuchan y comparten la palabra, para así cumplirla.

El futuro de la Iglesia católica depende de este “camino sinodal”, que el Papa Francisco ha propuesto del modo más solemne y que el Prof. Juanjo Hernández ha estudiado de un modo magistral en este libro, no para que simplemente “se entienda”, sino para que pueda recorrerse el camino sinodal. No quiero ni puedo añadir nada a lo que él dice. Todo es bueno, está en su punto. Sólo como “colega” y amigo antiguo, algo más especializado en Biblia, me atrevo a poner una pequeña glosa marginal a su estudio, no para añadir nada a lo que dice, sino para situarlo en el contexto del evangelio de Mateo, que es el “evangelio del Papa” (por lo que dice de Pedro en Mt 16, 18-19: “Tu eres Roca/Petros y sobre esta Piedra/Petra edificaré mi iglesia).

Abriendo y recorriendo este camino sinodal, el Prof. Juan José Hernández ha retomado un motivo central del primer evangelio (el de Mateo), retomando y mejorando motivos que yo mismo he planteado en mi comentario de Marcos. Agradezco su amabilidad al citarme y me permito evocar en ese contexto algunas ideas y propuestas de mi comentario, para unirme de esa forma a su «manifiesto» a favor de una iglesia sinodal.

Siendo “evangelio del Papa”, Mateo es, al mismo tiempo, el evangelio de la iglesia sinodal, como pone de relieve Mt 18,   mostrando que la autoridad Papa/Pedro no va en contra de la sinodalidad de la iglesia, sino que debe proponerla, defenderla y propagarla. Así sigue diciendo este evangelio, tras haber hablado de Pedro y fijado su tarea en el comienzo de la iglesia, refiriéndose ahora a cada comunidad eclesial:             

Y si tu hermano peca contra ti, ve y repréndele a solas; si te escucha, has ganado a tu hermano.Si no te escucha, toma contigo a uno o a dos, pues todo problema se resuelve por dos o tres testigos. Y si no les escucha llama a la iglesia y si no la escucha, sea para ti como gentil y publicano (Mt 18, 15-17)[1].

            La comunidad reunida es instancia suprema (sinodal) de autoridad. La iglesia que acepta en su seno a quienes creen en Jesús, no puede aceptar a quienes rompen su  unidad fraterna. Este «derecho» de la Iglesia para instituirse como grupo autónomo y visible queda aquí trazado y expuesto de un modo ejemplar, externamente escandaloso (sea para ti como un publicano…), internamente necesario:La Iglesia no puede mantenerse como instancia mesiánica ni ofrecer su apertura a todos los pueblos, si no conserva su identidad, trazando los límites del evangelio, y mostrando que quienes se oponen al perdón y gracia de Dios corren el riesgo de salir fuera del espacio comunitario donde se acoge y cultiva esa gracia.

 Ésta es una declaración de ortodoxia práctica de la Iglesia: pertenecen a la comunidad de Jesús los que perdonan y se dejan perdonar; pero aquellos que niegan el perdón corren el riesgo de quedar fuera de ella (fuera del campo del perdón de Dios, que los seguidores de Jesús reflejan y encarnan en la tierra).

Éste un límite interior del mesianismo: quienes excluyen a los otros (pobres y pequeños) se excluyen a sí mismos, quienes expulsan a otros y no les dejan formar parte del “sínodo” (camino compartido) se condenan y expulsan a sí mismos de la comunidad.

 Precisamente para abrirse a todos (y en especial a los más pobres), la iglesia debe negar a quienes niegan su apertura.  De esa forma se solapan el centro y la frontera del evangelio. El centro es el perdón siempre ofrecido, superando la ley, como gracia fundante. La frontera es la exclusión de aquellos que niegan el perdón, una exclusión que no nace de la iglesia (que no excluye, ni condena positivamente a nadie), sino del pecador, que al negarse a perdonar se excluye del perdón.

Mt 16, 18-19 presentaba a Pedro como roca y rabino primero de la Iglesia (es decir, de todas comunidades cristianas), pues había interpretado (atado-desatado) los principios de la Ley judía desde Jesús (cf. Mt 5, 19). Por el contrario, este pasaje (Mt 18, 15-20) se sitúa en un plano posterior y define a cada iglesia como un grupo autónomo, capaz de organizar su vida interna desde la experiencia y tarea del perdón, en gesto de sínodo constante. Por eso, allí donde fracasa la corrección personal (o de pequeño grupo: dos o tres), deben reunirse los hermanos y decidir (a fin de que la comunidad pueda seguir siendo espacio de perdón).

Este pasaje  comienza diciendo si tu hermano, es decir, un miembro de la comunidad peca contra ti…. No se trata de una falta intimista, sino de un pecado que pone en riesgo la unidad y vida comunitaria. Por eso se instaura un proceso comunitario en regla, que traza las tareas de aquellos que forman parte de la comunidad. El método de ese proceso es el diálogo, según el orden descrito: uno a uno, dos testigos, comunidad entera. El camino que debe recorrerse puede ser doloroso, pero es necesario y no puede delegarse. La comunidad cristiana está formada por personas capaces de juntarse y resolver dialogando sus problemas[2].

            Sólo así se puede seguir diciendo que cada comunidad cristiana es signo y presencia de Dios, de manera que su decisión tiene un valor definitivo. No hay una “autoridad posterior” (fuera del sínodo o diálogo de la comunidad). Partiendo de Jesús el sínodo o diálogo comunitario es la autoridad suprema de la Iglesia.

En verdad os digo: todo lo que atéis en la tierra, será atado en el cielo;        y todo lo que desatéis en la tierra, será desatado en el cielo (Mt 18,18)

Este no es un modelo exclusivamente cristiano, sino que brota de la raíz judía [3] de Mateo de Jesús y del evangelio de Mateo, que entiende la Iglesia como una federación de comunidades vinculadas por Jesús, conforme a la interpretación de Pedro. Las palabras atar y desatar (deô y lyô) indican aquello que ha de hacerse para establecer la iglesia (acoger y expulsar, afirmar y negar, confirmar y abrogar). Los judeocristianos habían dicho que nadie puede desatar (lyô) los mandamientos de la Ley (Mt 5, 19); pero Pedro había recibido las llaves del Reino, como primer escriba, intérprete de Jesús, y así pudo atar y desatar (deô y lyô) en el momento fundante de la iglesia (cf. 16, 18-19). Pues bien, conforme a Mt 18, 18, lo que hizo Pedro (para la iglesia entera) puede y debe hacerlo cada iglesia, avalada por el mismo Cielo, para establecer y mantener su identidad.

Esto significa que la autoridad es la misma comunidad, es decir, los cristianos reunidos en diálogo personal y en oración (es decir, como iglesia). Sobre cualquier dominación externa, por encima de todo poder separado que intenta imponerse a los demás, ha establecido Mateo el principio israelita de la comunión fraterna como revelación y signo de Dios (y de Cristo), una comunión abierta a todos los hermanos, empezando por los pobres y pequeños, sin cerrarse en un grupo de limpios y puros. Esa verdad eclesial de Jesús se identifica con el mismo diálogo comunitario y no puede delegarse en ningún otro organismo o sistema dirigido desde fuera[4].

En verdad os digo: si dos de vosotros concuerdan, sobre cualquier cosa que pidan en la tierra, les será dado por mi Padre que está en los cielos. Porque donde se reúnen dos o tres en mi Nombre, allí estoy Yo en medio de ellos (Mt 18, 19-20).

 Éstos son los dos «sujetos» básicos de la comunidad (uno Dios, el otro Jesús), vinculados entre sí. (a) El primero es Dios Padre, ante quien los cristianos se vinculan y concuerdan (symphônein) por su oración (su palabra). Los hermanos descubren su necesidad ante Dios y se vinculan en plegaria, en grupos de, al menos, dos o tres personas, según la tradición judía (Mt 18, 16.19. Cf. Dt 19, 15). (b) El segundo es Jesús. Los judíos rabínicos se reunían en nombre de la Ley, que ellos veneran y cumplen unidos, como sabe la Misná, Abot 3, 2 A (cf. citas anteriores).

Pues bien, los cristianos de Mateo se reúnen en nombre de Jesús para hacer camino compartido, en forma de “sínodo constante”: «Donde estén dos o tres reunidos en mi nombre allí estoy yo…» Como autoridad pascual (Emmanuel, Dios con nosotros: Mc 1, 23), Jesús se encuentra allí donde sus discípulos viven y extienden su mensaje (Mt 28, 20), dialogando entre sí (18, 20), en forma de camino compartido. Este «yo» de Jesús, presente en las comunidades que escuchan y cumplen la Palabra de Dios dialogando entre sí define a los cristianos.

Éste es el argumento de fondo de este breve y sólido libro de Juanjo Hernández, definiendo, del mejor modo posible, el camino sinodal de la Iglesia, tal como lo está proponiendo el Papa Francisco. Por eso he querido añadir este pequeña reflexión personal, vinculando, con el evangelio de Mateo la “autoridad fundante” del Papa/Pedro y la autoridad “caminante”  de la iglesia sinodal.

Gracias, Juanjo, de nuevo, por este libro y por toda tu obra teológica ejemplar a lo largo de tu intenso ministerio sinodal, eclesial, desde tus años de Profesor de la Universidad Pontificia de Salamanca hasta estos años de jubilación profunda siempre al servicio del mensaje de Jesús y de la Iglesia.

 Notas

[1] Formulación hipotética (no apodíctica) de perdón y exclusión comunitaria, con cita de Dt 19, 19. La iglesia o comunidad cristiana aparece con autonomía jurídica, independiente de la sinagoga. Fuera de ella quedan el gentil y publicano, es decir, aquellos qu,e en terminología judía, no pueden compartir la vida del pueblo de Dios. Eso significa que los miembros de esas comunidades hablan como judíos, pues consideran a los de fuera (a los que rompen la disciplina comunitaria) como gentiles y publicanos (desde un tipo de judaísmo que sigue buscando una pureza interior).

[2] La palabra «el que peca contra ti» tiene aquí un carácter colectivo, como interpretan aquellos manuscritos que ponen contra nosotros o vosotros (cf. GNT y NTG). La carta de Santiago (Sant 5, 19-20) ofrece una versión distinta de ese «proceso» de conversión y perdón, desde una perspectiva más personal, sin fijar ningún tipo de condena, como vimos en cap. 12

[3] Así aparece en un famoso texto judío:  Abot 3,2 A. «Rabi Ananías, hijo de Teradión, decía: si dos están sentados juntos y no median entre ellos las palabras de Torah, es una reunión de insolentes, como está escrito: en la junta de los insolentes no se sienta (Sal 1, 1).Pero si dos personas están sentadas juntas y median entre ellas las palabras de la Torah, a Sekina (=Dios) está en medio de ellos, como está escrito: cuando los temerosos de Yahvé se hablan mutuamente, Yahvé les habla y escucha y es escrito un libro de memorias en su presencia para los justos de Yahvé… (Mal 3,16)».

[4]Cf. W. Pesch, Matthäus als Seelsorger (Mt 18) (SBS 2), Stutgart 1966. Sobre la vinculación de los judíos en torno a la Ley, según la Misná, he tratado en Dios Judío, Dios cristianos, Verbo Divino, Estella 1997309-315

Los laicos en el Sínodo

Fuerte experiencia de sinodalidad de los laicos paraguayos

En el año del laicado de la Iglesia de Paraguay se organizaron y vivieron plenamente jornadas de experiencia sinodal

Los integrantes de la Coordinación Nacional de Laicos organizaron un encuentro de escucha sinodal con los pobladores de la región del Bañado Sur, una de las comunidades con más necesidades en el país.


Participaron centenares de laicos de la comunidad, y estuvieron acompañados por el obispo responsable de la pastoral laical, Celestino Ocampo, obispo de Carapeguá; el Pbro. José Dolores Echeverría, diáconos y religiosas del lugar. El obispo remarcó la cercanía con los hermanos de ese lugar, teniendo en cuenta la misericordia y el amor preferencial de Dios a los más desfavorecidos de la sociedad.

El objetivo fue promover la escucha y el diálogo, desde la experiencia de sinodalidad vivida.

“Por una Iglesia sinodal”

Durante el encuentro, después del momento espiritual con reflexiones sobre el Evangelio, cánticos y oraciones, se analizó la sinodalidad en sus tres dimensiones: “Comunión, Participación y Misión”, pilares vitales de una Iglesia orientada hacia la comunión profunda, la participación plena y la apertura para cumplir su misión en el mundo.

Por grupos se desarrolló la práctica de escucha sinodal, diálogo y discernimiento en torno a la pregunta central de ¿Cómo se realiza el caminar juntos en nuestra comunidad del Bañado Sur? ¿Qué pasos nos invita a dar el Espíritu para crecer en nuestro caminar juntos? 

El diálogo se profundizó analizando cómo habla Dios a la comunidad; qué voces ignoramos; en qué medida se escuchan a los laicos y a los que están en las periferias; qué espacio se da a las minorías, especialmente si tienen voz las personas que sufren pobreza, marginación o exclusión social.

Posteriormente, en un ambiente muy acogedor y fraternal y en plenario, los pobladores del Bañado Sur recogieron y presentaron los principales frutos del momento de escucha y de discernimiento.

Laicos, movimientos y comunidades eclesiales se solidarizaron con los pobladores y llevaron víveres como donación en beneficio de la comunidad. Al finalizar la jornada, los participantes del encuentro compartieron la comida de una olla popular.

Una invitación sinodal imprescindible

Por | Gabriel Mª Otalora

Una vez consultadas todas las comunidades a las que Francisco nos ha llamado a responder, expresando nuestras inquietudes, dificultades y decepciones eclesiales, surgirán nuevos caminos abiertos a una vivencia más auténtica del Evangelio. El segundo paso ha sido la encomienda del Papa a todos los obispos para que lideren este tiempo de valoración de las respuestas y mantengamos viva la llama de la actitud a las que se nos convoca hasta que se concreten nuevas propuestas de Comunión, Participación y Misión al finalizar este “Sínodo sinodal”, donde el laicado es protagonista como no se recuerda.

Posiblemente, el número de personas que ha respondido es pequeño respecto al número de bautizados. No importa, todo camino importante comienza por unos pasos… Lo que toca vivir ahora en interrogarnos para vivir ya de manera sinodal en este interregno hasta la clausura del Sínodo; sin esperar a sus conclusiones y orientaciones.

Por tanto, la pregunta fundamental sigue en pie: En una Iglesia sinodal evangelizadora, ¿qué pasos invita a dar el Espíritu Santo para discernir y crecer en este “caminar juntos”? Si seguimos la estela de los diez bloques de preguntas a las que se pedía responder, tenemos un programa para iniciar y vivir en todas las parroquias y unidades pastorales, sin esperar al resultado final del Sínodo.

Con preguntas cercanas que nos llevan directamente a plantearnos nuestro día a día comunitario y personal, hoy y aquí, para reflexionarlas dentro de nuestras comunidades, juntos todos, los laicos y el clero, tratando de encontrar actitudes más cercanas a las que mostró Jesús y vivirlo en consecuencia:

  1. En nuestra Iglesia local, ¿quiénes son los que “caminan juntos”? ¿Quiénes son los que parecen más alejados? ¿Cómo estamos llamados a crecer como compañeros?
  2. Escuchar es el primer paso, pero requiere una mente y un corazón abiertos, sin prejuicios. ¿Cómo nos habla Dios a través de voces que a veces ignoramos? ¿Cuáles son algunas de las limitaciones de nuestra capacidad de escucha, especialmente hacia aquellos que tienen puntos de vista diferentes a los nuestros? ¿Qué espacio damos a la voz de las minorías, especialmente de las personas que sufren marginación o exclusión social?
  3. Todos están invitados a hablar con valentía y libertad y caridad. ¿Qué es lo que permite no impide hablar con valentía, franqueza y responsabilidad en nuestra Iglesia local y en la sociedad?
  4. “Caminar juntos” sólo es posible si nos basamos en la escucha comunitaria de la Palabra y la celebración de la Eucaristía de manera participativa y en común unión. ¿Y cómo se promueve la participación activa de todos los fieles en la liturgia? ¿Qué espacio se da a la participación en los ministerios de lector y acólito?
  5. La sinodalidad está al servicio de la misión de la Iglesia, a la cual todos los miembros están llamados a participar. ¿Qué impide a los bautizados poder ser activos en la misión? ¿Qué áreas de la misión estamos descuidando?
  6. El diálogo requiere perseverancia y paciencia, pero también permite la comprensión recíproca. ¿A qué problemáticas específicas de la Iglesia y de la sociedad debemos prestar más atención? ¿Qué experiencias de diálogo y colaboración tenemos con creyentes de otras religiones y con los que no tienen pertenencia religiosa? ¿Cómo dialoga y aprende la Iglesia con otros sectores de la sociedad: con la política, la economía, la cultura, la sociedad civil y las personas que viven en la pobreza?
  7. ¿Qué relaciones mantiene nuestra comunidad eclesial con miembros de otras tradiciones y confesiones cristianas? ¿Qué compartimos y cómo caminamos juntos? ¿Cómo podemos dar el siguiente paso para caminar juntos?
  8. Una Iglesia sinodal es una Iglesia participativa y corresponsable. ¿Cómo se ejerce la autoridad o el gobierno dentro de nuestra Iglesia local? ¿Cómo se ponen en práctica el trabajo en equipo y la corresponsabilidad? ¿Cómo se realizan las evaluaciones y quién las realiza? ¿Cómo podemos favorecer un enfoque más sinodal en nuestra participación y liderazgo?
  9. ¿Qué métodos y procedimientos utilizamos en la toma de decisiones? ¿Cómo se pueden mejorar? ¿Cómo promovemos la participación en el proceso decisorio dentro de las estructuras jerárquicas? ¿Cómo podemos crecer en el discernimiento espiritual comunitario?
  10. La sinodalidad implica receptividad al cambio, formación y aprendizaje continuo. ¿Qué formación se ofrece para promover el discernimiento y el ejercicio de la autoridad de forma sinodal?

Lo único seguro es que no resulta acertado mantenernos de brazos cruzados en la rutina diaria eclesial esperando que lleguen iniciativas desde Roma, entendiendo la sinodalidad como una preocupación y una carga más con la que lidiar, en lugar de vivirlo todo de manera nueva.  En palabras del Papa, la sinodalidad es el camino que Dios espera de la Iglesia del tercer milenio. Y avanzar por él, desde ahora mismo, es nuestra responsabilidad

Una nueva teología con mirada de mujer

Marta Medina, docente en Comillas, cree que impulsan “una teología que abraza la realidad”“Todos, no solo los ministros ordenados, debemos ocupar nuestro espacio en las comunidades”

Marta Medina, teóloga

Este 8 de marzo, Día Internacional de la Mujer, será una jornada especial para que el conjunto de la sociedad no baje la guardia y se siga trabajando con ahínco para que un trato justo y equitativo se consolide en cada vez más ámbitos, laborales y vitales. Un reto que no puede dejar de interpelar a la Iglesia y que experimenta de primera mano una nueva generación de jóvenes teólogas que han nacido ya en democracia y no dejan de hacerse preguntas. Vida Nueva trata aquí de recoger algunas de sus respuestas.


Un claro ejemplo es el de Marta Medina Balguerías, licenciada en 2019 en Teología en la Universidad Pontificia Comillas, que ejerce como docente en el mismo centro educativo de los jesuitas, en Madrid, en el Departamento de Teología Dogmática y Fundamental. Una labor pedagógica que compagina con el trabajo en su tesis, que versa sobre el concepto de paradoja en Henri de Lubac.

Antes, Filosofía

Antes de llegar aquí, se graduó, también en Comillas, en la carrera de Filosofía. “A la hora de plantearme qué quería estudiar –cuenta–, siempre me han gustado muchas cosas… Hasta qué caí en la cuenta de que lo que más me fascinaba era hacerme preguntas. Por eso entré en Filosofía en primer lugar”. Con todo, desde el principio, el bosquejo de Dios siempre estuvo ahí: “Mis padres han sido misioneros y yo siempre he sido creyente. En ese camino de ir haciéndome cada vez más preguntas, sentí que tenía que profundizar e ir más allá para poder responderme. De ahí que el paso a Teología fuera algo natural”.

En la carrera, al igual que en la anterior, había una mayoría de compañeros que se preparaban para ser sacerdotes y religiosos. Pero el hecho de ser laica y mujer no ha sido jamás un inconveniente para ella, ni en ese tiempo de formación ni ahora, como docente e investigadora: “No sé si es porque he tenido suerte, pero siempre me he sentido aceptada y valorada por mis compañeros. Tal vez sea porque es algo recíproco y yo también les he apoyado siempre a ellos, ayudándonos en todo lo posible. Apenas he tenido episodios de trabas o prejuicios por el hecho de ser mujer. Y, cuando los ha habido, lo hemos arreglado con facilidad y hemos terminado siendo amigos”.

Una tendencia

En cuanto a si se siente parte de una nueva generación de teólogas, Medina no tiene esa conciencia a nivel global, aunque, por las experiencias que comparte con otras compañeras teólogas, sí aprecia “una tendencia”. Y un camino en el que la condición femenina refleja una identidad propia: “No me gusta generalizar, pero veo que muchas mujeres tenemos una especial sensibilidad para aterrizar las cosas y dialogar con la realidad actual desde un acercamiento vital a ella. Un pensamiento que no va en detrimento de la profundización, pero que, tal vez, es diferente del que alumbran muchos hombres y que es más analítico y organizado en áreas, a veces separadas entre sí. Me parece que nosotras tenemos un pensamiento más holístico, integral, organizado en red y sintético. A nivel espiritual, se traduce en una fe más relacional, menos abstracta y que no se desgaja tanto de la realidad, sino que la abraza”.

“Por supuesto –enfatiza–, hay hombres teólogos que tienen esa sensibilidad más holística y mujeres que son más analíticas, pero, en general, creo que esta es una tendencia y es lo que podría caracterizar esa mirada femenina en la teología”. En ese sentido, “lo mejor es que son experiencias distintas y todos nos enriquecemos con esa diversidad de matices”. Algo que, considera, “sería bueno que se plasmase en el mundo académico, concretamente en los procesos de investigación. A veces, estos se rigen por un patrón algo masculino y tradicional, por un ‘esto siempre se ha hecho así’. Si nos abrimos a otras miradas, todos podemos aprovechar esta oportunidad de crecer juntos”.

Marta Medina, teóloga

Lo que aporta es la variedad

Y es que, si de algo está convencida Medina, es de que “lo que aporta es la variedad”. De ahí que sea más que positivo “aceptar que, en el ámbito teológico, todos reflejamos de algún modo nuestra identidad; es decir, nuestra experiencia vital. No parte de la misma realidad una persona consagrada que alguien como yo, que soy madre de dos hijos. Todas las miradas aportan y todos los matices cuentan. En mi caso, mi identidad la construyen en parte mi condición de laica, mujer y madre”.

Un aunar sensibilidades en el que hoy despunta la Iglesia alemana con un Sínodo en el que todos (desde un obispo a un laico) cuentan por igual y en el que no se rechaza de plano ninguna pregunta. ¿Es posible algo así en España? “Se están dando pasos –considera Medina–, pero aún queda mucho. El gran reto es que todos los bautizados, y no solo los ministros ordenados, ocupemos el espacio que debemos en las comunidades, tanto en el desempeño de muchas tareas como en la toma de decisiones. Eso afecta a la cuestión de la mujer, donde aún queda mucho que recorrer, aunque va más allá, pues se trata de involucrar a todos, ya que hay muchos roles y tareas que solo asumen los ministros ordenados. En general, la conciencia colectiva está abierta a ello, o al menos eso es lo que aprecio en los círculos en los que me muevo. Pero aún falta mucho y se han de dar pasos muy básicos que concreten la responsabilidad que todos y cada uno de los cristianos hemos de asumir en la Iglesia”.

Aterrizar la sinodalidad

“A veces –cierra–, veo que tenemos la sinodalidad en la boca, pero nos falta creérnoslo. Tenemos que abrirnos mucho más y no ir cada comunidad o grupo por su lado, con sus propias iniciativas, sin contar con el resto. Es necesario que sepamos caminar de verdad con los otros y nos abramos a ellos. A la larga, por la falta de vocaciones, va a ser algo que va a darse y que nos va a venir impuesto sí o sí. Por eso sería una gran noticia que supiéramos adelantarnos a la realidad y estemos preparados en la práctica para que todos trabajemos juntos y aportemos cada uno lo que debe en las comunidades cristianas”.

La compasión en un mundo injusto

El principio-compasión
El principio-compasión

«La intencionalidad del proceso sinodal consiste en una renovación de la Iglesia de consecuencias decisivas para su crítico presente y problemático futuro»

«La sinodalidad quiere avanzar con toda la humanidad para lograr  la fraternidad universal»

«La compasión es el principio motor de la sinodalidad; sin ella no habrá auténtico proceso sinodal»

«Solo quien ‘com-padece’, ‘sufre con’  la otra persona,  camina humanamente junto ella, con toda la creación»

Por | Félix Placer Ugarte, teólogo

El proyecto sinodal  que, por iniciativa e impulso del Papa Francisco, ha comenzado realizándose   en la base eclesial y culminará en el Sínodo de  Obispos el próximo año, no se limita a una consulta. Va mucho más allá. Su intencionalidad consiste en una renovación de la Iglesia de consecuencias decisivas para su crítico presente y problemático futuro.

Se trata, en primer lugar de caminar juntos, sinodalmente, en todos los ámbitos de la Iglesia, de establecer relaciones nuevas u olvidadas durante siglos  en una Institución excesivamente jerarquizada. Quiere dar la  voz a todo el Pueblo de Dios no solo reconociendo el derecho a la palabra en todas las personas creyentes, sino para lograr que se sientan en comunión de igualdad, en participación responsable, en misión compartida.

Pero la sinodalidad en su espíritu, intención y profundidad en las que el Papa la entiende va, a mi entender, más adelante aún. Significa, siguiendo  la Constitución pastoral del Concilio Vaticano (nº 1), la solidaridad con toda la familia humana. Quiere avanzar con toda la humanidad para lograr  la fraternidad universal (id, 3; enc. Fratelli tutti).

Sinodalidad
Sinodalidad

La sinodalidad, en consecuencia, desborda los límites de la Iglesia-institución para hacerse relación con el mundo, “con sus gozos y esperanzas, sus tristezas y angustias…sobre todo de los pobres y  de cuantos sufren” (Vaticano II, Constitución  pastoral, 1):  “Tenemos que darle a nuestro caminar el ritmo sanador de projimidad, con una mirada respetuosa y llena de compasión pero que al mismo tiempo sane, libere y aliente a madurar en la vida cristiana” (Evangelii gaudium, 169). En esta ‘nueva’ sinodalidad destaca como principio motor, como motivación básica, la compasión. Sin ella no habrá  auténtico  proceso sinodal.  La compasión se convierte entonces en palabra clave en este proyecto y es la que conducirá a un cambio de esta Iglesia, con frecuencia centrada  en sí misma.

Pero la compasión  se entiende  y practica de  maneras diversas y hasta opuestas. Indico dos. Hay quienes la ven  como sentimiento de lástima, de pena, de conmiseración y la reducen a un simple sentimentalismo  inoperante. Esta concepción implica una ideología de superioridad y distancia.  Para otra compresión radicalmente distinta, la compasión  es un principio humano, una virtud decisiva para ser  persona humana. Sin compasión no hay humanidad y la humanización es un proceso de compasión. 

En esta línea humanizadora Juan José  Tamayo ofrece en su reciente libro un sentido de  la compasión cargado de resonancias y significados enlazados desde diversas perspectivas religiosas, históricas, filosóficas, feministas, éticas, místicas. Son  diferentes  aproximaciones al denso y  profundo significado de la compasión.

“El verdadero sentido de la compasión es ponerse en el lugar de las otras y los otros sufrientes en una relación de igualdad y empatía, asumir el dolor de las otras personas como propio, interiorizar a la otra persona dentro de nosotros y nosotras, sufrir no solo con los otros, sino en los otros, hasta identificarse con quien sufre y con sus sufrimientos, cuestión que no resulta fácil pero que es necesaria”.

 A mi entender, su trabajo es un auténtica reflexión sinodal para  caminar juntos y juntas aportando su razón última que radica precisamente en la compasión. Solo quien ‘com-padece’, ‘sufre con’  la otra persona,  camina humanamente junto ella, con toda la creación,  porque “no puede ser real un sentimiento de íntima unión con los demás seres de la naturaleza si al mismo tiempo en el corazón no hay ternura, compasión y preocupación por los seres humanos”, afirma el papa Francisco en la Laudato si’. 

En esta compasión se juega el presente y futuro de la humanidad, que o será compasiva o no será  humana. Y acabará por autodestruirse. Por tanto, las mismas  religiones tendrán  razón de ser, si son compasivas, como lo muestran sus orígenes fundadores, según el recorrido que por ellas presenta Tamayo.

En este momento del mundo, en sus contextos, la compasión adquiere hoy una relevancia y significado específicos que Juan José Tamayo subraya en el mismo título de su libro: La compasión en un mundo injusto. Se refiere a la injusticia  que  abarca dramáticamente a todos los ámbitos  de nuestra convivencia y existencia. Este contexto mundial  de injusticias se opone  frontalmente a la compasión. Vivimos en un mundo sin compasión, fraccionado por las “brechas de la desigualdad”. 

Algunas persona sentirán lástima, lamentarán determinadas condiciones de vida de los pobres, de personas emigrantes, desplazadas, hambrientas,marginadas… Incluso aportarán ayudas y apoyarán ONGs. Pero no serán  compasivas. La compasión no será su principio  básico, sino una simple sentimiento inoperante para tranquilizar sus conciencias  y mantener todo como está, en un beneficio excluyente. Por supuesto, en modo alguno, como subraya Tamayo siguiendo a Ellacuria,  aceptarán ‘cargar con la realidad’, de la que no se sienten culpables y menos aun ‘tomarán a su cargo’ un hacer real  que subvierta  el injusto estado de cosas.  En lugar de mirar con ‘ojos abiertos’, como pide Johann Baptist Metz, citado por Tamayo, les dirigirán una superficial mirada.  Evitarán  ahondar sus causas y avanzar subversivamente con “las mujeres olvidadas… por los caminos de  la liberación y emancipación”.

Por eso precisamente la reflexión  de su libro, comienza desde esa constatación en la que, como ya lo hizo en su anterior  trabajo de denuncia, La internacional del odio, se elimina todo atisbo de compasión para llegar a ser incluso en sus formas  religiosas neofascismo  o ‘cristoneofascismo’.  

Desde el punto de vista de la fe cristiana, esa falsa compasión  es todo lo contrario del sentido de la encarnación  que es la definitiva revelación de la compasión de Dios  con la humanidad.  Su caminar humano tomando forma de esclavo  le llevó a la muerte con los últimos, no como consecuencia  de su ‘exceso de compasión’, como afirmaba F. Nietzsche, sino por su  total solidaridad con ellos y ellas. Ahí brotó, según la  fe  cristiana,   el ‘principio-esperanza’ liberador para  la humanidad, como lo expuso Jon Sobrino.

La ética de la compasión, como ética fundamental, que desarrolla Tamayo, se apoya  en importantes reflexiones de filósofos que han hecho de la compasión centro de sus planteamientos: A. Schopenhauer, E. Levinas, J. Butler, J-C. Mèlich aportan, en la síntesis que nos ofrece su libro, reflexiones decisivas e impactantes.

Basta citar, entre otros, al filósofo autor del libro Totalidad e infinito que es, según J. Derridas, “un inmenso tratado de la hospitalidad”, de bondad, de amistad, en definitiva de caminar juntos buscando y realizando la justicia incluso más allá de imperativos categóricos para acercarnos  con ternura, con responsabilidad al otro/a, en un “cara-a-cara”, en relación ética con todas las consecuencias, en auténtico amor. Un amor, como subraya  Tamayo siguiendo a J.B. Metz, que se hace políticamente eficaz desde las víctimas. 

Este planteamiento y orientación que nos ofrece y desarrolla el  libro de Juan José Tamayo es profundamente espiritual. Por eso   termina su reflexión con el capítulo dedicado a “una mística de ojos abiertos”. Es la espiritualidad radical que  inspira un auténtico amor. Nos lleva a  caminar hacia la unidad del género humano en esa común experiencia del Espíritu, en su energía. Nos impulsa a la justicia e igualdad, al respeto de las diferencias, a la relación dialogante y liberadora, a la bondad. “Descubre la única felicidad o bienaventuranza verdadera, la de la paz, la mansedumbre y la compasión con los heridos”, como Jesús de Nazaret,  afirma José Arregi.

El proceso sinodal en su Vademecum llama precisamente  a mirar más allá de los confines visibles  de la Iglesia, a dialogar sin exclusiones, a convencernos de que “Dios habla a menudo a través de aquellos que podemos excluir, desechar o descartar fácilmente “. Como subrayó otro Sínodo anterior (1971), reconocer  “las injusticias sin voz que oprimen nuestro mundo…” nos exige ponernos   “al servicio de nuestro hermanos para ayudarles a encontrar los caminos  para  establecer una humanidad más justa”;  para, según Fratelli tutti,  “avanzar hacia una civilización del amor a la que todos podamos sentirnos convocados”.

Entonces nuestro camino sinodal se ira haciendo ‘camino al andar’ con las personas hambrientas, desnudas, marginadas, oprimidas (Mt 25) en la justicia y solidaridad.  Esta sinodalidad compasiva será auténtica conversión y comunión de la Iglesia con el mundo, verdadera participación solidaria en el  drama de la humanidad y nos hará fieles al Espíritu que, como a Jesús, nos envía a anunciar la buena nueva a los pobres y liberar a los cautivos (Lc 4,18)

Reforma sinodal para elegir obispos

por Fernando Vidal 

  

La sinodalidad tiene que llevar a una nueva praxis en el proceso de nombramiento y evaluación de los obispos. Ser pastor de una diócesis es cada vez más difícil. Las sociedades están mucho más sometidas a polarizaciones, desigualdades y aislamientos, necesitan trabajar mucho más intensamente por la comunión, que nadie quede excluido ni solo, que lo local permanezca unido a lo universal, que todos vivamos unidos a la vida de Jesús


Además, la transformación que necesita afrontar la Iglesia para hacer realidad la evangelización, hoy en día, requiere una honda conversión de las estructuras parroquiales y, especialmente, de las curias diocesanas. Es tan estructural que necesita de la ayuda del Pueblo de Dios.

Es tan desafiante la labor de tejer unidad y reformar la curia, que es preciso que la propia elección de candidatos para el episcopado sea parte ya de esa construcción de comunión. La sinodalidad requiere que haya una consulta amplia a las comunidades parroquiales, escolares y asociativas sobre qué perfil de pastor necesita la diócesis en el contexto y tiempo que vive.

Debería haber una consulta mucho más amplia y plural, que recabe nombres de candidatos, en la que se pregunte a líderes del laicado, religiosas y no solamente al clero.

Reavivar la vida eclesial

Debería haber una comunidad de discernimiento formada por clero, laicos y religiosos, hombres y mujeres, con distintas sensibilidades y edades, que ayude a confeccionar la terna o lista final de candidatos al episcopado. Y una comunidad de evaluación que rece y que ayude a valorar cíclicamente la labor episcopal y de la curia.

Parece urgente la reforma profunda de la Congregación para los Obispos, para que los nombramientos y evaluaciones gocen del espíritu sinodal, que sean perfiles con un vivo don para crear comunión real. Esta cuestión es crucial para reavivar la vida eclesial.

La nueva Constitución de la Iglesia «Precicate Evangelium»

Una Curia humnanizada, desclericalizada, laical, femenina y servicial

La revolución de la primavera cuaja en la Iglesia con Francisco

El Papa de la primavera
El Papa de la primavera

«La prueba del algodón de la consagración de la primavera es que los rígidos callan o se indignan y echan pestes y lanzan críticas públicas y silenciosas contra la nueva constitución papal»

«Uno de los grandes sueños papales es volver al Vaticano II y a su eclesiología. Descongelar el Concilio que la involución de los dos papados anteriores colocó en el congelador, concretarlo y hacerlo efectivo»

«El Papa le corta las alas a la casta clerical de altos funcionarios de lo sagrado, que vivían sus puestos como prebendas y oficinas de poder»

«Para quebrar el espinazo el poder curial, el Papa pone en marcha una especie de Gabinete de ministros, sin primer ministro, y con dicasterios que, por constitución, son todos iguale»

«La piedra angular de la nueva constitución es la de la Iglesia misionera, en salida, más centrada en el anuncio de la Buena Nueva que en la consolidación de su estructura y de su poder interno»

«Pronto podremos ver un teólogo de la liberación al frente de Doctrina de la Fe o una mujer diplomática de carrera como Secretaria de Estado de Su Santidad»

Por José Manuel Vidal

“Nadie puede parar la primavera en primavera”. Sin falsa modestia, lo venimos escribiendo desde hace años. Concretamente, desde la llegada de Francisco al solio pontificio con el objetivo franciscanos del ‘repara mi Iglesia’. Y por eso, los rígidos se burlaban de nosotros, aplicándonos despectivamente el sobrenombre de ‘los primaveras’. 9 años después, el día de San José y precisamente en las puertas de la primavera, fragua la revolución de Bergoglio y se plasma en una constitución, la ‘Predicate Evangelium’, destinada a permanecer en el tiempo y enmarcar el estilo procesual, samaritano y sinodal de la Iglesia en salida.

La prueba del algodón de la consagración de la primavera es que los rígidos callan o se indignan y echan pestes y lanzan críticas públicas y silenciosas contra la nueva constitución papal. Y es que, con ella, Francisco no sólo cumple uno de los principales encargos del Cónclave que lo eligió Papa, sino que, además, echa por tierra uno de los argumentos más recurrentes de los rígidos, que, desde el 2013, vienen pregonando (y deseando) que el pontificado de Bergoglio es “una tormenta de verano”, tras la cual todo volverá a ser como antes. ¡Como profetas no tienen precio!

Sueño con una Iglesia
Sueño con una Iglesia

El Papa aprueba la Constitución por sorpresa. Como le gusta a él. Cuando nadie se lo espera, rompiendo una vez más (como hace en cada consistorio cardenalicio) con filtraciones, rumores, exclusivas interesadas y demás globos sonda. Y, de nuevo, ha pillado desprevenida a la vieja guardia rigorista. Sin que se lo esperasen y el día de San José, el santo que cuida a la humanidad y a la Iglesia, como cuidó a su familia, al que el Papa reivindicó y hasta dedicó todo un año, y bajo cuya almohada coloca sus peticiones y sus sueños.

uno de los grandes sueños papales es volver al Vaticano II y a su eclesiología. Descongelar el Concilio que la involución de los dos papados anteriores colocó en el congelador, concretarlo y hacerlo efectiva, pasando de las musas al teatro y de las palabras a los hechos, con una constitución con fuerza de ley.

Vuelve la eclesiología del Vaticano II en todo su esplendor, tras la ‘longa noite de pedra’ de los años de plomo de la involución, que tanto dolor ocasionaron entre algunos obispos, muchos teólogos e infinidad de fieles. Y, por lo tanto, se acaba para siempre con la pirámide eclesiástica, en la que la jerarquía mandaba y los fieles obedecían en un escalafón perfectamente escalonado, desde el Papa hasta lo que, en el Opus, se llama “la clase de tropa”.

Vamos a la eclesiología circular del Concilio, a la primacía del santo y fiel pueblo de Dios. O al poliedro, que es la figura que más le gusta a Francisco aplicar a la institución. Un poliedro con caras iguales pero diferenciadas, donde nadie es más que nadie ni sobresale por encima de nadie. Y, donde el servicio es el principio fundante de comunión. Incluso para el propio Papa, que deja de ser el emperador, para encarnar de verdad el clásico, pero a menudo meramente retórico, ‘servus servorum Dei’.

Desde esta clave, la Curia romana, otrora casi omnipotente, deja de ser el culmen del aparato eclesiástico, donde campaba la élite del alto clero. El Papa le corta las alas a la casta clerical de altos funcionarios de lo sagrado, que vivían sus puestos como prebendas y oficinas de poder.

Y, dentro de la casta curial, la superclase de la cordada diplomática, con la Secretaría de Estado, como pináculo, desde el que el Secretario de Estado, considerado prácticamente como un primer ministro, gobernada la Iglesia, a veces más que el propio Papa. Basta recordar la última década de Juan Pablo II, conocida precisamente como el ‘reino de los secretarios’, en la que hicieron y deshicieron a su antojo el Secretario de Estado, cardenal Sodano, y el secretario personal papal, el ahora cardenal Dziwisz.

Para quebrar el espinazo el poder curial, el Papa pone en marcha una especie de Gabinete de ministros, sin primer ministro, y con dicasterios que, por constitución, son todos iguales y no están ordenados de mayor a menor. En todo caso, si hay alguna preeminencia (más bien simbólica) es para los departamentos que se van a ocupar de la evangelización y de la caridad.

En una supuesta ordenación dicasterial, Secretaría de Estado ha perdido el segundo escalafón y Doctrina de la Fe, el tercero. Ésta deja de ser ‘La Suprema’ y, pasa, además, a contar con dos secciones: la doctrinal y la disciplinaria.

Por vez primera en la historia, ésta última sección se va a dedicar a abordar desde todos los puntos de vista y desde todas las instancias el espinoso tema de los abusos sexuales del clero, la plaga que está arrasando a la Iglesia y que, sin solucionarla, nunca podrá recuperar la confianza social y, por lo tanto, la credibilidad social, base de su proclamación evangélica.

La piedra angular de la nueva constitución es la de la Iglesia misionera, en salida, más centrada en el anuncio de la Buena Nueva que en la consolidación de su estructura y de su poder interno. Con un aparato burocrático (la estructura también lo necesita para poder funcionar con eficacia y solvencia) al servicio de las diócesis, de los obispos, de los fieles de todo el mundo y, por supuesto, del Papa.

Un aparato burocrático descentralizado con una “descentralización saludable” y, sobre todo, desclericalizado. El Papa le rompe la espina dorsal al clericalismo, que utilizaba el carrerismo en la Curia romana (sobre todo por parte de los italianos) y en las curias diocesanas de todo el mundo como eje de poder y acopio de cordadas.

Y el Papa lo hace por lo concreto. Limitando los cargos a cinco años (nada de eternizarse en los puestos) y, sobre todo, posibilitando el acceso a los cargos-servicios de prefectos a laicos y, por lo tanto, también a las mujeres. Pronto podremos ver un teólogo de la liberación al frente de Doctrina de la Fe o una mujer diplomática de carrera como Secretaria de Estado de Su Santidad.

Además, los dicasterios estarán obligados a funcionar con la dinámica de la intercongregacionalidad (el término que utilizan las congregaciones religiosas desde hace años). Sin feudos ni islas curiales. En comunión y en corresponsabilidad. Y en sinodalidad (todos juntos) afectiva y efectiva. Con coordinación, compartiendo y consensuando las decisiones. Sin reinos de taifas.

Todo eso humanizará la Curia romana, la acercará al pueblo, la laicizará, la feminizará, la desclericalizará y la convertirá en una estructura de servicio para el pueblo de Dios y para el Papa. En un ejemplo acabado de que nadie puede parar la primavera en primavera. Sobre todo cuando viene en manos del Espíritu