La renovación eclesial en clave sinodal y ministerial

Birgit Weiler: Asamblea Eclesial como kairós de una Iglesia plenamente sinodal 

Birgit Weiler 

“Esfuerzos en la Iglesia de Latinoamérica y El Caribe para lograr cada vez más un caminar realmente en comunión, pueblo de Dios caminando juntos 

“La opción por los excluidos y descartados, por las personas en las periferias debe ser una característica fundamental de una Iglesia sinodal” 

“Superar el clericalismo y a colaborar con gozo a generar una cultura sinodal en nuestra Iglesia” 

09.09.2021 Luis Miguel Modino, corresponsal en Latinoamérica 

Sinodalidad y América Latina podrían ser consideradas dos caras de una misma moneda. No es por acaso que la busca de esa Iglesia sinodal, una idea nacida en el Concilio Vaticano II, esté dando pasos decisivos con la llegada a la sede de Pedro del primer papa latinoamericano. 

La Iglesia de América Latina y el Caribe siempre vio la aplicación del Vaticano II como un desafío a ser enfrentado. No en vano, sólo tres años después de la clausura del último concilio, celebró Medellín, que, salvando las distancias, puede ser considerado un pequeño concilio continental. Con el paso de los años, el Celam, con más o menos impulso, fue avanzando en este camino de la sinodalidad. La última novedad fue la convocatoria de la Asamblea Eclesial de América Latina y el Caribe

Sobre la relación entre sinodalidad y la Asamblea Eclesial ha reflexionado Birgit Weiler, quien destacaba este hecho como fruto de “esfuerzos en la Iglesia de Latinoamérica y El Caribe para lograr cada vez más un caminar realmente en comunión, pueblo de Dios caminando juntos”. A lo largo de las Conferencias Generales del Episcopado, la Iglesia de América Latina y el Caribe fue reconociendo “la necesidad de una conversión profunda como Iglesia para superar la exclusión de los pobres”, buscando una Iglesia de comunión. 

La teóloga alemana, misionera en Perú, es una de las ponentes en el Seminario Virtual “La renovación eclesial en clave sinodal y ministerial”, que se está celebrando de 7 a 10 de septiembre, convocados por el Grupo Iberoamericano del Boston College. En su intervención destacaba que “la opción por los excluidos y descartados, por las personas en las periferias debe ser una característica fundamental de una Iglesia sinodal”. La religiosa ha ido haciendo un recorrido histórico, destacando los elementos que han llevado a la Asamblea Eclesial, que considera “parte del camino hacia el Sínodo de Obispos en 2023 sobre el tema de la sinodalidad”.   

Con la Asamblea Eclesial se hace realidad la participación de todo el pueblo de Dios, que busca “discernir juntos, guiados por el Espíritu, la voluntad de Dios para nuestra Iglesia latinoamericana”, afirma la hermana Birgit.  La religiosa destaca como algo elemental el Proceso de Escucha, un elemento muy presente en el Sínodo para la Amazonía, donde fue perito, que supuso un avance para que “la práctica la sinodalidad sea reconocida como una dimensión constitutiva de nuestra Iglesia”, superando el clericalismo y autoritarismo. 

Según Birgit Weiler, con la Asamblea Eclesial estamos ante un momento de gracia “para avanzar en el camino hacia una Iglesia plenamente sinodal”, siguiendo “los aprendizajes e inspiraciones del Sínodo de la Amazonía” y el método ver, iluminar y actuar, a lo que une el escuchar. En ese sentido, la teóloga ha destacado la creatividad en el Proceso de “para facilitar que en diversos modos se recojan las voces de personas en las periferias”, así como el esfuerzo del Celam para “que haya una representación proporcional de los diversos sectores de nuestra Iglesia”. 

El Espíritu tiene un papel fundamental en el proceso sinodal, así como dejar atrás nuestros apegos y abrirse al sensus fidei, escuchar de manera continua, continuar los procesos aplicando los frutos de la Escucha, sostiene Birgit Weiler. La teóloga reflexionaba sobre el concepto de autoridad, que no tiene solo un carácter jurídico, reconociendo la importancia de los aportes del pueblo de Dios, también de las mujeres, cuyo papel en la Iglesia debería ser incrementado. 

En ese sentido, reflexionaba sobre el manejo del poder en nuestra Iglesia, que tiene que ser entendido desde el servicio, desde una relación de igual a igual, desde la abertura a nuevos ministerios y mayor participación de todos los fieles en la misión de la Iglesia. Ese es el camino de la conversión eclesial, citando palabras del Papa Francisco, buscando, según Weiler, un camino que lleve a “superar el clericalismo y a colaborar con gozo a generar una cultura sinodal en nuestra Iglesia

La condición sinodal de la Iglesia

“Recuperemos, sin miedo, la tradición más original de la Iglesia” 

La condición sinodal de la Iglesia no es un invento de ahora 

Sinodalidad

“Ahora que tanto se habla de la ‘sinodalidad’ de la Iglesia, es más importante que nunca saber lo que se dice cuando hablamos de este asunto. No es un invento de ahora; se dio casi la mitad del tiempo que la Iglesia lleva existiendo en este mundo” 

“Lo confirma el escrito más importante (después de la Didaché) que las Constituciones eclesiásticas de la antigüedad nos legaron, la Tradición Apostólica de Hipólito” 

“De este principio básico nos dejó constancia Cipriano de Cartago: ‘Que se ordene como obispo al que ha sido elegido por el pueblo, que es irreprochable… con el consentimiento de todos'” 

“Y todavía más. Según el canon sexto del concilio ecuménico de Calcedonia, la dependencia del obispo en relación a su comunidad era tal, que se tenían por inválidas las llamadas ‘ordenaciones absolutas'” 

Por José María Castillo 

Ahora que tanto se habla de la “sinodalidad” de la Iglesia, es más importante que nunca saber lo que se dice cuando hablamos de este asunto. No es un invento de ahora. La “sinodalidad” fue la forma de gobierno que asumió la Iglesia en sus orígenes. Sin duda alguna, desde sus primeros años hasta finales del primer milenio. O sea, casi la mitad del tiempo que la Iglesia lleva existiendo en este mundo. 

Voy a confirmar lo que acabo de decir relatando un caso elocuente, que sucedió en el s. III. Era la práctica habitual de la Iglesia en aquellos primeros siglos. En efecto, a comienzos del s. III, afirmaba la Tradición Apostólica de Hipólito, el escrito más importante (después de la Didaché) que las Constituciones eclesiásticas de la antigüedad nos legaron (J. Quasten, Patrología, vol. I, Madrid, BAC, 1968, pg. 486-487), este principio básico, del que nos dejó constancia Cipriano de Cartago: 

“Que se ordene como obispo al que ha sido elegido por el pueblo, que es irreprochable… con el consentimiento de todos, que éstos (los obispos) le impongan las manos y que el presbiterio permanezca sin intervenir” (“Quod et ipsum videmus de divina auctoritate descenderé, t sacerdos plebe praesente sub omnium oculis deligatur et dignus adque idoneus publico iudicio ac testimonio comprobetur”. Cipriano, Epist. 67, 4. Cf, CSEL. 738, 3-5). 

Pues bien, esto supuesto, años más tarde, concretamente en el 250la persecución de Decio fue cruel. Y en aquella persecución, hubo tres obispos, el de León, el de Astorga y el de Mérida, que – por miedo a la muerte – negaron su fe y dieron otros escándalos a sus fieles. Este escándalo episcopal fue tan público y notorio, que las tres comunidades cristianas, que presidían estos obispos, se reunieron (cada una en su ciudad) y los fieles tomaron la decisión de deponer (o sea, quitarles el cargo) a los tres obispos cobardes. De todo esto tenemos clara y exacta información por lo que nos dejó escrito, en su Carta 67, san Cipriano de Cartago

Estando así la situación de la Iglesia de España, uno de los obispos cesados, un tal Basílides, acudió al Papa Esteban, sirviéndose de un informe que mandó a Roma. Pero se sabe que era un informe que se basaba en mentiras que favorecían al tal Basílides. El hecho fue que el Papa Esteban repuso a Basílides en su cargocon todos sus privilegios

Pero la comunidad, que dirigía Basílides y estaba en total desacuerdo con el obispo depuesto de su cargo, ante la decisión (basada en engaños) que había venido de Roma, acudió al hombre con más prestigio en la Iglesia de España, que era Cipriano de Cartago. Se informó debidamente a Cipriano. Y éste, ante la gravedad del asunto, reunió un sínodo (concilio) en el que participaron 37 obispos. Y este sínodo dio un decreto, que se contiene en la Carta 67 de Cipriano

¿Qué decía aquella carta sinodal? En ella, se decían tres cosas. 1ª) El pueblo tiene poder, por derecho divino, para elegir a sus ministros, como ya ha quedado dicho. 2ª) El mismo pueblo tiene también poder para quitar a los ministros cuando son indignos (“propter quod plebs obsequens praeceptis dominicis et Deum metuens a peccatore praeposito separare se debet…” (Cipriano, Epist. 67, 3. CSEL, 737-738, 20-22). 3ª) Ni el recurso a Roma debe cambiar la situación, cuando ese recurso no se basa en la verdad (“Nec rescindere ordinationem iure perfectam potest quod Basilides post crimina sua detecta et conscientiae… Romam pergens Stephanum… ignarum fefellit”. O. c., n. 5. CSEL, 739, 18-24). 

Como se palpa, en este documento, el gobierno de la Iglesia era, en los primeros siglos, muy distinto del que tenemos ahora. El centro de la vida de la Iglesia estaba en la comunidad, de tal manera que el mismo Cipriano afirma con toda naturalidad: “Desde el principio de mi episcopado determiné no tomar ninguna resolución por mi cuenta sin vuestro consejo y el consentimiento de mi pueblo” (Epist. 67, 5. CSEL, 739, 18-24). 

Así se pensaba, en quienes dirigían la Iglesia, en casi todo el primer milenio. O sea, durante casi mil años. Son elocuentes los testimonios de San León Magno (Epist. X, 6. PL 54, 634 A. Cf. José I. Gonzáles Faus, Hombres de la comunidad. Apuntes sobre el ministerio eclesial, Santander 1989, 104-105) y del Papa Celestino I, en un texto que pasó al Decreto de Graciano: “No se imponga como obispo a los que no lo aceptan” (“Nullus invitis detur episcopus”) (Epist. IV, 5. PL 50, 439). 

Y todavía un dato más. Según el canon sexto del concilio ecuménico de Calcedonia, la dependencia del obispo en relación a su comunidad era tal, que se tenían por inválidas las llamadas “ordenaciones absolutas”, es decir, las ordenaciones episcopales en las que el sujeto era ordenado sin que previamente una comunidad de cristianos lo hubiera elegido y aceptado. Es decir, en tal caso, una ordenación así, se consideraba sencillamente inválida (Conciliorum Oecumenicorum Decreta, ed. J. Alberigo, Bolonia 1973, 90. Cf. E. Schillebeeckx, El ministerio eclesial, Los responsables de la comunidad cristiana, Madrid 1983, 67-83). 

Termino ya. La Iglesia católica está iniciando un prolongado estudio en el que se va a estudiar a fondo su dimensión sinodal. La condición sinodal de la Iglesia no es un invento de ahora. Es una tradición que tiene sus orígenes desde que se empezaron a organizar las primeras comunidades cristianas. Según el libro de los Hechos de los Apóstoles, cuando Pablo y Bernabé iniciaron su primer viaje misionero, lo primero que dejaban establecido era el nombramiento de los primeros presbíteros. Pero no los designaban ni Pablo, ni Bernabé, sino la asamblea del pueblo. Y esto se hacía “votando a mano alzada”, que es exactamente lo que significa el verbo “heirotoneo”, tal como lo indica el texto oficial de la Iglesia (Hech 14, 23). 

Querer una “Iglesia sinodal” no es un invento de ahora. Es recuperar la tradición más antigua de la Iglesia naciente. Pero, ya que se inicia este camino, no tengamos miedo, seamos consecuentes y recuperemos la tradición más original de la Iglesia, desde sus orígenes y fieles a las exigencias y necesidades del tiempo en que vivimos. 

Un proceso sinodal sin precedentes

Lo presentan como el mayor proceso de consulta democrática en la historia de la Iglesia católica. 

La gran consulta que impulsa el Papa en la Iglesia y cómo puede cambiar uno de los poderes más antiguos del mundo 

Unos 1.300 millones de católicos están llamados a expresarse sobre el futuro de la Iglesia en un proceso que durará dos años 

 Fuente:   El Comercio Eslovenia,  

 El papa Francisco puso en marcha este fin de semana un proceso que puede cambiar el futuro de una institución que, a lo largo de los siglos, se ha convertido en símbolo de una rígida jerarquía, conservadurismo y poca transparencia. 

 El Sumo Pontífice urgió a los católicos a “no quedarse encerrados en sus certezas”, sino “escucharse los unos a los otros” al presentar la iniciativa en la misa de este domingo en la Basílica de San Pedro. 

“¿Estamos preparados para la aventura de este viaje? ¿O nos da miedo lo desconocido, prefiriendo refugiarnos en las excusas habituales: ‘es inútil’ o ‘siempre lo hemos hecho así’?”, planteó. 

Francisco quiere que durante los próximos dos años, la gran mayoría de los 1.300 millones que se declaran católicos en el mundo sean escuchados sobre el futuro de la Iglesia. 

Para ello cuenta con los impulsos de las comunidades locales en una primera fase, asambleas regionales en la siguiente etapa y, finalmente, el Sínodo de los Obispos previsto para 2023 en el Vaticano. 

Asuntos que han salido a la luz más recientemente, como una mayor participación femenina en la toma de decisiones de la Iglesia y una mayor aceptación de los grupos aún marginados por el catolicismo tradicional, serán algunos de los temas que presumiblemente aparecerán en este proceso de consulta pública, el más grande jamás celebrado en la historia del catolicismo

Además, Francisco debe aprovechar este momento para consolidar un compromiso claro de su pontificado con las reformas. 

Al definir que el próximo sínodo tendrá como tema la propia sinodalidad —el modo de ser y de actuar de la Iglesia—, se inspira en el modo de vida de los primeros cristianos, cuyas decisiones fueron tomadas de manera colegiada. 

Por supuesto, esto no significa que la Iglesia católica haya abrazado la democracia. 

Las decisiones continúan como de costumbre: respetando la jerarquía tradicional. La consulta pública será democrática, pero el Papa tendrá la última palabra. 

Si tiene éxito, la institución habrá dado un paso importante. 

Para los especialistas consultados por BBC News Brasil, la llamada sinodalidad puede dejar de ser un método para convertirse en una forma de pensar. 

Lo que significa que el modelo llevado al extremo por Francisco difícilmente puede dejarse de lado, incluso cuando sea otro el papa. 

 La voz del pueblo 

Lo que comienza este fin de semana es un proceso de sinodalidad que pretende estar abierto a escuchar a todos los católicos que quieran expresarse en los próximos dos años. 

Los 1.300 millones de católicos representan la mitad de los cristianos del mundo. 

El actual pontífice demuestra una vez más, y de forma contundente, que cree en una Iglesia que escucha los deseos de los cristianos. De todo el mundo. 

Esta futura reunión de obispos, por lo tanto, no se limitará a conferencias dirigidas por religiosos dentro de los muros del Vaticano. 

¿Radical? “Es el mayor sínodo, la mayor experiencia de sinodalidad que se haya hecho jamás en la Iglesia”, comenta Filipe Domingues, doctor de la Pontificia Universidad Gregoriana de Roma. 

“La propuesta es amplia, pretende que todos los fieles bautizados tengan la posibilidad, en alguna parte del proceso, de ser consultados. Nunca en la historia de la Iglesia ha habido un intento de consultar a todos los católicos del mundo. 

“Por supuesto, nadie va a ir de puerta en puerta para hablar con todos. Pero las reuniones y asambleas deben realizarse en parroquias y grupos, se deben entregar cuestionarios. La idea es que todos se sientan motivados a participar”, explica Domingues. 

“Es el intento más amplio de enraizar la sinodalidad, ya no como un proceso y una forma de hacer las cosas, sino como una mentalidad de la Iglesia”. 

Qué quiere el papa Francisco 

La palabra sínodo proviene de la unión de dos términos griegos, synodos (reunión o concilio) y hodós (camino). 

La sinodalidad, por tanto, es una forma de creer que el camino depende del entendimiento conjunto, que las decisiones no deben ser impuestas por una autoridad, sino provenir de las bases. 

Desde que se convirtió en Papa en 2013, el argentino Jorge Bergoglio ha demostrado que esa es su apuesta de futuro. 

En cierto modo, recupera el modus operandi de las primeras comunidades cristianas antes de que la institución se volviera poderosa e influyente. En esos inicios, todas y cada una de las decisiones eran colegiales. 

En el camino, Francisco también profundiza una idea planteada en el Concilio Vat II. 

En respuesta a los deseos expresados por los padres conciliares, el entonces papa Pablo VI (1897-1978) creó en 1965 el Sínodo de los Obispos, un encuentro periódico para reunir a representantes episcopales de todo el mundo para tratar temas específicos. 

Desde entonces, se han realizado 29 encuentros, entre ordinarios, extraordinarios y regionales. 

El encuentro final del nuevo sínodo tendrá lugar en 2023, pero al presentarlo este fin de semana, Francisco radicaliza algo que venía buscando desde el primero de los cinco sínodos ya convocados por él: la participación de las comunidades

“En esta nueva asamblea sinodal, lo más importante no serán las conclusiones, sino el proceso de escucha y participación eclesial que desencadena”, explica el sociólogo Francisco Borba Ribeiro Neto, coordinador del Centro de Fe y Cultura de la Pontificia Universidad Católica de São Paulo. 

Además, existe la posibilidad de que Francisco termine su pontificado, por jubilación o muerte, antes de que finalice el sínodo. 

Así, el proceso sinodal se convierte en un medio para garantizar la continuidad del proceso de cambio iniciado por Bergoglio, independientemente de quién sea el nuevo papa. 

“El punto crucial es la amplia consulta de la comunidad católica, que comenzará a nivel local, en diócesis y parroquias, y culminará en la asamblea de obispos”, agrega Borba Ribero Neto. 

“Estas consultas se convirtieron en características de una ‘forma de Francisco’ de gobernar la Iglesia, aunque se pueden encontrar procesos similares en varias experiencias anteriores”. 

“La idea es que antes de cada gran decisión, antes de fijar la directriz de la Iglesia, las personas son consultadas”, dice Domingues. 

“Al final, la Iglesia mantiene su estructura jerárquica y todo lo demás. Siempre será una autoridad la que tome la decisión. Pero estará iluminada por estas experiencias desde la base”, señala. 

 Familia, jóvenes y Amazonía 

Desde que asumió el mando del Vaticano, Francisco ha celebrado cuatro sínodos. Los dos primeros debatieron sobre la familia. El tercero abordó el tema de los jóvenes. 

El último, que tuvo lugar en 2019, trajo al centro de la Iglesia católica un tema urgente hoy: la Amazonía, con todas sus implicaciones sociales, geográficas y ambientales. 

El hermano Marcelo Toyansk Guimarães, de la Comisión de Justicia, Paz e Integridad de la Creación de los Frailes Capuchinos y asesor de la Comisión de Justicia y Paz de la Conferencia Nacional de Obispos de Brasil (CNBB, sección São Paulo), recuerda bien los eventos preparatorios que ayudó a realizar entre 2018 y 2019. 

“Tratamos de hacernos eco, durante el proceso del sínodo, de esos temas, ayudando a toda la Iglesia a repensar un nuevo proceso: la ecología integral, una Iglesia en salida y toda la perspectiva que trajo el sínodo”, comenta. 

Otra novedad reciente es la convocatoria a participar en el propio encuentro de laicos expertos o especialistas. El evento de 2019, por ejemplo, contó con la presencia del reconocido climatólogo brasileño Carlos Nobre, del equipo galardonado con el Premio Nobel de la Paz en 2007, y Ban Ki-moon, exsecretario general de las Naciones Unidas (ONU). 

Un año antes, en el sínodo que abordó el tema de los jóvenes en el mundo contemporáneo, otro laico brasileño fue invitado. Se trata de Filipe Domingues, que en ese momento cursaba su doctorado en la Universidad Gregoriana. 

“Fue inesperado”, dice. Un profesor lo invitó a participar en una reunión presinodal. Terminó convirtiéndose en uno de los relatores. Luego, junto a otro colega, acabó siendo llamado a actuar en el propio sínodo. 

“Querían que hubiera al menos dos personas relativamente jóvenes en el comité de expertos”, explica. Él se ocupa principalmente de cuestiones relacionadas con el uso de las redes sociales en la comunicación entre jóvenes. 

Destaca la importancia de eventos presinodales como aquel. “Esto trajo cuestiones al sínodo que, en mi opinión, los obispos por sí solos no habrían pensado o no habrían pensado igual”, cree. 

“Por ejemplo, la participación de las mujeres o incluso los temas de sexualidad, que son importantes. A muchos jóvenes les cuesta vivir lo que la Iglesia pide en este ámbito”. 

Sin embargo, también hay oposición. En el informe, dos miembros activos de la Iglesia católica en Brasil criticaron cómo se han estado llevando a cabo las reuniones presinodales bajo el pontificado de Francisco. 

Ambos pidieron no dar sus nombres, pero expresaron su malestar por cómo las discusiones, en tiempos de fuerte polarización ideológica, han sido monopolizadas por grupos alineados con la izquierda. 

En el tablero de ajedrez que juega el Papa, lo que queda por hacer es poner a los llamados “progresistas” y a los “conservadores” del mismo bando. 

La idea de convocar un sínodo para debatir la sinodalidad, en un principio, sonó como una especie de provocación. Pero, en el umbral del lanzamiento del proceso, ya se entiende como un eco profundo de la enseñanza de Francisco. 

 Proceso comunitario 

El sociólogo Ribeiro Neto enfatiza que la sinodalidad “es un proceso ‘comunal’”, que no debe confundirse con un movimiento democrático. 

“En un proceso democrático, las decisiones nacen de una posición mayoritaria, a menudo determinada por el voto. En la comunión, las decisiones nacen de un consenso apoyado en la sabiduría y la espiritualidad de los maestros de la fe”, explica. 

“Lo que Francisco insiste en recordar es que ellos no son necesariamente los líderes ni los doctos, sino cualquier miembro de la comunidad que tenga el verdadero discernimiento de la fe”, prosigue Ribeiro Neto. 

“Francisco es, sobre todo, un místico. Busca en las polémicas y en las voces a menudo disonantes del mundo, los signos de la voluntad de Dios. 

“Para él, el sínodo es eso: una oportunidad para escuchar la voz de Dios que está escondido entre los más pequeños, no es un proceso democrático de consulta con la mayoría. Es un evento de carácter espiritual y místico, más que político y organizativo “, resume el sociólogo. 

Jueves RD: En el camino sinodal

Rafael Luciani: “La Iglesia no puede aprender por sí misma: hay que buscar el encuentro con quienes están en los márgenes” 

Consuelo Vélez: “Es una gran oportunidad para que el laicado tome la palabra y pueda decir lo que realmente siente, sueña, porque en la medida que uno pone palabras a sus sueños, los empuja” 

Sebastián Mora: “Este sínodo es una excelente oportunidad para que la Iglesia coja las alforjas y salga al mundo” 

Vicente Jiménez Zamora: “La consulta es el método, el camino es la participación y la meta es el discernimiento. Todos tenemos que escucharnos unos a otros. La iglesia es todo el pueblo de Dios pero vertebrado, armonizado” 

15.10.2021 Jordi Pacheco 

“Caminar juntos, como dice la etimología de la palabra, es algo que ha hecho siempre la Iglesia desde sus inicios; es una tradición venerable en la institución y el papa Francisco le ha dado un sentido nuevo, dando paso a la participación de todo el pueblo de Dios. Una gran aventura para hacer una iglesia más viva, misionera y evangelizadora”. Así se pronunciaba Vicente Jiménez Zamora, al inicio de la vigésimo octava edición de los Jueves de Religión Digital. 

Tras la reciente apertura oficial del Sínodo en Roma, y a escasos días del arranque de la fase diocesana del camino sinodal, el debate de RD reunió el pasado 14 de octubre al arzobispo emérito de Zaragoza y coordinador del equipo sinodal de la CEE y otros protagonistas de los debates de este “caminar juntos” con el propósito de desentrañar parte de los interrogantes que plantea el proceso sinodal.  

Los demás participantes del debate moderado, como es habitual por Jesús Bastante, fueron la teóloga y bloguera de RD Consuelo Vélez; el teólogo y miembro de la Comisión Teológica del Sínodo, Rafael Luciani; y el profesor de Comillas y ex secretario general de Cáritas, Sebastián Mora.  

Transformarlo todo 

“Sueño con una Iglesia misionera capaz de transformarlo todo: lenguajes, costumbres, formas de entender para poder evangelizar el mundo. Estamos en un momento de Kairós en el que cada cual, con su experiencia y conocimiento, tiene que empujar para poner en marcha este sueño”, subrayó Sebastián Mora. 

Para el teólogo venezolano Rafael Luciani, la expectativa generada por este camino sinodal inaugurado por el papa Francisco durante el pasado fin de semana es alta. “Se trata de algo nuevo que no tiene comparación, este sínodo es un proceso de transición hacia un nuevo modo de proceder, lo cual implica una manera completamente renovada de asumir la eclesiología del pueblo de dios con el concilio. Es algo nuevo para obispos y sus diócesis, las parroquias, comunidades y familias y el gran reto es cómo nos podemos involucrar. La sociedad reclama cambios a la Iglesia y hay que estar abiertos a la escucha”.   

Uno de los retos que se perfilan para la consumación del camino sinodal es cómo hacer frente a las divisiones y asumir la diversidad asumiendo la existencia de conflictos. Para Consuelo Vélez, la respuesta está en el laicado. “Llegó la hora de los laicos; es una gran oportunidad para que el laicado tome la palabra y pueda decir lo que realmente siente, sueña, porque en la medida que uno pone palabras a sus sueños, los empuja”, enfatizó, desde Colombia, la teóloga.  

El coordinador del equipo sinodal de la CEE también opina que “es la hora de todo el pueblo pero sobre todo de los laicos”. “Queremos que el arranque de este sínodo en las Iglesias y diócesis sea un acontecimiento de todo el pueblo de Dios. Por eso hemos creado  desde la CEE una página con multitud de materiales para que esto pueda hacerse efectivo. Estamos a disposición de todas las diócesis para ayudar a que esto tenga el empuje necesario y que podamos implicar a todos y todas, no solo a los de siempre. Queremos caminar todos juntos desde el principio, que todo el mundo se sienta concernido”.  

Para Rafael Luciani un signo muy positivo y que da esperanza es que se quiere hacer la cultura del consenso eclesial. Esto, asegura, se ha hablado en estos días en Roma. “Tenemos que hablar, expresar puntos de vista e intentar buscar convergencia. No solo en la secretaría del sínodo. Esta práctica está reflejada en el documento preparatorio, que impele a todos y todas en igualdad de condiciones como bautizados. Si no se dan estas relaciones de completarnos los unos a los otros, entonces estamos en una Iglesia ajena a los tiempos, tenemos que aprender y reaprender lo que significa ser Iglesia”. 

“Sueño con una Iglesia pobre y para los pobres”  

Sebastián Mora apuntó al que, tal vez, es uno de los retos más apremiantes para la Iglesia: “Como iglesia no nos podemos permitir dejar fuera a quienes están en la cuneta de la vida. Incluir al laicado es fundamental y esencial. Pero en un contexto pandémico, o post pandémico, que está dejando a tanta gente fuera, todo el esfuerzo sinodal tiene que tener en cuenta a las personas que habitualmente no se las deja hablar. Tenemos que trabajar para escuchar realmente a estas personas y darles voz”, remarcó. 

“También sueño en iglesia samaritana y solidaria con los pobres, ejemplo paradigmático para nosotros. La Iglesia de la cercanía, de la proximidad para con todos los hombres y mujeres, los que están cerca y los que están lejos”, agregó Vicente Jiménez en la misma línea. 

Para Rafael Luciani el informe Sauvé que tanto revuelo ha provocado durante los últimos días en la Iglesia de Francia, en la medida en que es una Invitación a que todas las iglesias locales hagan este camino, da la medida de la imperiosa necesidad de cambiar el modelo institucional. “No es un sínodo sobre un tema sino sobre la Iglesia, su identidad, su misión en este tercer milenio. Pablo VI dijo algo muy claro en Vaticano II: ‘El deber de la Iglesia es buscar forma más completa de ser y vivir’. Eso es la sinodalidad. En contexto de crisis institucional el sínodo es instrumento de renovación”, detalló el teólogo. 

Consuelo Vélez llamó a superar el formalismo que, a menudo, impide que “se cumpla lo que está mandado a hacer”. “En las parroquias esta experiencia sinodal no ha de ser para que nos juntemos los de siempre sino para ver de qué manera seremos capaces de crear otras formas de convocar, que no sea una cosa formal, que nos hagamos preguntas hondas y en serio”, aseveró Vélez en tono autocrítico. “Veo difícil revertir lo que considero un exceso de formalismo; las parroquias no tienen poder de convocatoria y hay que evitar el peligro de convocarnos de nuevo los mismos para hacer lo mismo. Por eso considero que los sacerdotes deberían sentarse a escuchar a los laicos. Si la cosa viene de arriba para abajo, esto no tiene mucho futuro”.  

“La iglesia carece de esa cultura cívica de la participación que es la sinodalidad, y este proceso que ahora se pone en marcha es especialmente difícil cuando no existe en la institución esta cultura previa de la participación. Tenemos que aprender a participar, y eso se aprende participando. ¿Cómo llegar al consenso si siempre nos han dado el consenso hecho, la verdad construida? Es un esfuerzo ingente sobre la cultura participativa. En este sentido, el sínodo ha de ser aprovechado para que sea un lugar de aprendizaje”, advirtió el profesor de Comillas.  

Iglesia hacia el encuentro 

Una Iglesia pluriforme es lo que propone Vicente Jiménez Zamora. Y para ello, sostiene, “la consulta es el método, el camino es la participación y la meta es el discernimiento”. “Todos tenemos que escucharnos unos a otros. La iglesia es pueblo de Dios pero vertebrado, armonizado. Antes que un papa u obispo, uno es cristiano. Este sínodo nos va a ayudar a todos en este camino de conversión”, aseguró el sacerdote nacido en la provincia de Soria.  

Las reflexiones de Luciani fueron en la misma dirección: “La iglesia no puede aprender de sí misma por sí misma si está sola en una burbuja, se trata de hacer una salida que propicie el encuentro con quienes están en los márgenes. La sinodalidad nos cambia en lo cotidiano, en la relación con el otro, en el cara a cara. Se insistió en ello durante la apertura del Sínodo: no se trata sólo de consultar a los bautizados”.   

“Estamos en un momento que va a marcar un antes y un después, pero todo dependerá de la manera como nos involucremossi somos sinceros y transparentes. No es sólo una organización que se reestructura, sino mucho más. Hemos de ser honestos para comprender que nuestro seguimiento a Jesus debe estar en el centro de este discernimiento para que la Iglesia pueda cambiar”, agregó el teólogo.  

Durante el tradicional minuto de oro con que se cierran todos los Jueves de RD, Consuelo Vélez exhortó a no dejar pasar la gran oportunidad que plantea este momento histórico. “No nos cansemos de intentarlo, de todo intento algo queda, en nuestra historia ha habido avances y retrocesos, pero seguimos caminando”

Reflexiones sobre la sinodalidad

El estamento clerical, su gran obstáculo 

Por Rufo González 

Gran parte del Pueblo de Dios carece de una eclesiología actualizada 
Hace años me impresionaron estas palabras del profesor de Tubinga, especialista en ciencias bíblicas, Herbert Haag: “La crisis de la Iglesia perdurará mientras ésta no decida darse una nueva constitución que acabe de una vez para siempre con los dos estamentos actuales: sacerdotes y seglares, ordenados y no ordenados… 

Interrogando a los testigos de los tiempos bíblicos y del cristianismo primitivo, llegamos a la conclusión clara y convincente de que episcopado y sacerdocio se desarrollaron en la Iglesia al margen de la Escritura y fueron más adelante justificados como parte del dogma. Todo parece hoy indicar que ha llegado la hora, para la Iglesia, de regresar a su ser propio y original” (H. Haag: “¿Qué Iglesia quería Jesús?”. Herder. Barcelona 1998. p. 14-15). Sin duda que la sinodalidad, impulsada por el papa Francisco, puede ser un buen impulso para “regresar al ser propio y original” de la Iglesia. 

La sinodalidad supone comunión en torno al Evangelio y capacidad para caminar juntos sin imposición, descubriendo entre todos lo que el Espíritu de Jesús sugiere. Los que se oponen a la sinodalidad son los infantilizados por el clericalismo y muchos del estamento clerical. La práctica de los sacramentos sólo les ha exigido dejarse llevar de la costumbre y pactar detalles con los dirigentes de sus iglesias. Bautizados sin conocimiento, llevados a la Eucaristía por una fiesta social, acostumbrados a callar y aceptar lo que dicen los clérigos, hoy sólo cabe esperar, de una inmensa mayoría, el infantil seguimiento o abandono eclesial. Está sucediendo. 

Muchos clérigos, sobre todo los más jóvenes, aceptan la Reforma gregoriana (s. XI): “Hay dos géneros de cristianos; uno ligado al servicio divino, constituido por los clérigos. El otro es el género de los cristianos al que pertenecen los laicos” (Decreto de Graciano, año 1140). Mentalidad que ha perdurado casi veinte siglos. A principios del siglo pasado, la dejó diáfana san Pío X: “La Iglesia es una sociedad desigual que comprende dos categorías de personas, los pastores y el rebaño; los que ocupan un puesto en los distintos grados de la jerarquía y la muchedumbre de los fieles. Estas categorías son tan distintas entre sí que solamente en el cuerpo pastoral residen el derecho y la autoridad necesaria para promover y dirigir los miembros hacia el fin de la sociedad. En cuanto a la multitud, no tiene otro deber sino dejarse conducir y, rebaño dócil, seguir a sus pastores” (Encíclica “Vehementer Nos” 1906). 

El Concilio Vaticano II logró cambiar el esquema inicial sobre la Iglesia. Renovó la eclesiología centrándola en la comunión del Pueblo de Dios, sacerdotal, profético y regio (LG 9ss). El bautismo nos constituye en “pueblo de Dios, hace partícipes de la función sacerdotal, profética y regia de Jesucristo, capacita para ejercer la misión de todo el pueblo cristiano en la Iglesia y en el mundo” (LG 31). Aunque hace ya más de medio siglo del Vaticano II, la Iglesia se sigue entendiendo como la comunidad de clérigos, con algunos adláteres ligados con votos. Los laicos siguen siendo receptores pasivos de la salvación dada por los clérigos. 

Investigaciones muy numerosas coinciden en que los “dirigentes” de las iglesias primeras no ejercían culto alguno, ni se les llamaba “sacerdotes”. Sus nombres, de origen profano, aludían a sus funciones: vigilantes-supervisores (epíscopos), mayores (presbíteros), servidores (diáconos y diáconas), viudas, maestros, guías… Supeditados a la comunidad que los elegía y a la que debían rendir cuentas, no eran vitalicios en contra de la voluntad de la comunidad. 

El proceso de “sacerdotalización” de los ministerios fue fruto, en gran medida, de querer demostrar la continuidad de la Nueva Alianza con la Antigua, negada por parte del gnosticismo (movimiento filosófico y teológico que fusiona principios orientales con ideas filosóficas griegas y doctrinas cristianas). Los gnósticos explican el bien y el mal, según la creencia maniquea -propuesta por el persa Maní-, como procedentes de dos principios distintos: el Ser supremo y el Demiurgo. Éste, eón del Ser supremo, quiso ser superior a él, se rebeló y fue arrojado del reino de la luz. Él es creador de la materia y del ser humano, y de la lucha constante entre el hombre y Dios; es el Dios del Antiguo Testamento. Las almas humanas, partes de luz divina encerradas en la materia, esperan ser rescatadas. Para ello es enviado Cristo, eón divino fiel al Ser supremo, comunicador del conocimiento (la gnosis) que libra de la materia y hace volver al Ser supremo. No salvan, pues, las buenas obras, sino el buen conocimiento. 

Contra la interpretación gnóstica, los cristianos tienen a Jesús por el Mesías aludido en la Ley y los Profetas. Continuidad de Dios, pero no de sacerdocio. El fundador del Nuevo Testamento, Jesús no es sacerdote del Templo. Reúne discípulos y forma una comunidad, familia de hermanos, basada en vivir la voluntad del Padre, el Reino de Dios, guiados por su Espíritu. Los apóstoles no usan poderes sacerdotales. De Pablo sabemos que participaba de la “fracción del pan” (He 20, 7), pero nada se sabe si la presidía. Sólo un escrito del Nuevo Testamento, la Carta de los Hebreos, interpreta la vida de Jesús como sacerdotal. Se trata de un sacerdocio existencial, vital, único, en el que se integran los bautizados. Los dirigentes son “guías” (egoumenoi”, nombrados por la comunidad y actúan colegialmente. Se encargan de anunciar de la Palabra y de ser ejemplares (Heb 13,7), “se desvelan por vuestro bien, sabiéndose responsables; así lo harán con alegría y sin lamentarse” (13,17). Sin función cultual. Nada se dice de la eucaristía, porque no se la consideraba entonces expresión o confirmación de la fe, ni como sustituta del culto judío. 

A finales del s. II, los guías eclesiales empiezan a distinguirse y recabar para sí un carácter sagrado, no evangélico. Se creen en continuidad con el sacerdocio antiguo: los obispos, los sumos sacerdotes; los presbíteros, sacerdotes; diáconos, levitas. Se elevan a categorías u órdenes. “Orden” en la cultura romana era una “clase social”. “Así, entre los siglos III y IV, en la Iglesia nació el clero. Y con el clero se marginó el Evangelio del centro de la Iglesia… El centro lo ocupó el clero… `El clero se volvió distinguido porque era privilegiado´” (Castillo: El Evangelio marginado. Desclèe de Brouwer. 2019. P. 70). 

Benedicto XVI utiliza esta continuidad sacerdotal para justificar la ley del celibato en la Iglesia. Alude a la “conciencia colectiva de Israel”: “La abstinencia sexual, en los periodos en que ejercían el culto y, por tanto, estaban en contacto con el misterio divino”, era un deber estricto de los sacerdotes judíos. Los sacerdotes judíos “solo debían consagrarse al culto durante determinados periodos”. Por ello “matrimonio y sacerdocio eran compatibles” en periodos no cultuales. Pero los sacerdotes del Nuevo Testamento tienen que celebrar la misa incluso a diario. Luego “toda su vida está en contacto diario con el misterio divino. 

Eso exige por su parte la exclusividad para Dios. Quedan excluidos, por tanto, los demás vínculos que, como el matrimonio, afectan a la totalidad de la vida. De la celebración diaria de la Eucaristía, que implica un estado permanente de servicio a Dios, nace espontáneamente la imposibilidad de un vínculo matrimonial. Se puede decir que la abstinencia sexual, que antes era funcional, se convierte por sí misma en una abstinencia ontológica.” (Desde lo más hondo de nuestros corazones. R. Sarah con J. Ratzinger, Benedicto XVI. Ed. Palabra. Madrid 2020. P. 50-52). Tesis negada expresamente por el Vaticano II: “el celibato no es exigido por la naturaleza misma del sacerdocio, según la práctica de la Iglesia primitiva (1Tim 3,2-5; Tit 1, 6) y la tradición de las Iglesias orientales…” (PO 16) 

¿Un Sínodo sobre sinodalidad?

Tomar consejo y construir consenso: ¿Un Sínodo sobre Sinodalidad? 

“Quizás estemos ante el evento más importante de la actual fase de recepción del Concilio Vaticano II bajo el pontificado del papa Francisco” 

“Con esta convocatoria, el papa Francisco invita a toda la Iglesia a discernir un nuevo modelo eclesial para el tercer milenio, que profundice el proceso de aggiornamento iniciado por el Vaticano II y responda a los cambios epocales y eclesiales que vivimos” 

“El nuevo modelo eclesial supone superar relaciones desiguales, de superioridad y subordinación, y pasar a la lógica de la ‘recíproca necesidad'” 

Por Rafael Luciani teólogo 

(Mensaje).- La Iglesia ha sido convocada a un Sínodo que lleva como lema Por una Iglesia sinodal: comunión, participación y misión. El evento se inaugurará el 9 de octubre de 2021 en Roma y el 16 de octubre en cada Iglesia particular. Será un proceso sinodal de dos años, culminando en la celebración de la XVI Asamblea General Ordinaria del Sínodo de los Obispos en octubre de 2023. Con esta convocatoria, el papa Francisco invita a toda la Iglesia a discernir un nuevo modelo eclesial para el tercer milenio, que profundice el proceso de aggiornamento iniciado por el Vaticano II y responda a los cambios epocales y eclesiales que vivimos. En este contexto se sitúa la relevancia que tiene este Sínodo para discernir las reformas necesarias a la luz de la sinodalidad. 

Quizás estemos ante el evento más importante de la actual fase de recepción del Concilio Vaticano II bajo el pontificado del papa Francisco. Se involucra un aproximado de 114 conferencias episcopales de rito latino, el Consejo de Patriarcas Católicos de Oriente, seis sínodos patriarcales de Iglesias orientales, cuatro sínodos archiepiscopales mayores y cinco consejos episcopales internacionales. Profundizando la eclesiología del Pueblo de Dios, y a la luz de un modelo de Iglesia de Iglesias, el Papa propone —como dijo durante la Conmemoración del 50 Aniversario de la institución del Sínodo de los Obispos— que “el camino de la sinodalidad es el camino que Dios espera de la Iglesia del tercer milenio”. Y lo hace en un contexto en el que urge, más que nunca, renovar la vida eclesial tomando consejos y construyendo consensos al estilo del viejo principio de la canonística medieval que reza: “Lo que afecta a todos, debe ser tratado y aprobado por todos”. 

Esta práctica no es nueva en la Iglesia. Cabe recordar la regla de oro del Obispo San Cipriano, que puede ser vista como la forma sinodal del primer milenio y ofrece el marco interpretativo más adecuado para pensar los retos actuales: “Nihil sine consilio vestro et sine consensu plebis mea privatim sententia gerere”1. Para este obispo de Cartago, tomar consejo del presbiterio y construir consenso con el pueblo fueron experiencias fundamentales a lo largo de su ejercicio episcopal para mantener la comunión en la Iglesia. A tal fin, pudo idear métodos basados en el diálogo y el discernimiento en común, que posibilitaron la participación de todos, y no solo de los presbíteros, en la deliberación y toma de decisiones. El primer milenio ofrece ejemplos de una forma ecclesiae en la que el ejercicio del poder se entendió como responsabilidad compartida. 

Una Iglesia de la escucha 

Inspirado en este modo de proceder, el papa Francisco describe al nuevo modelo eclesial con las siguientes palabras: “Una Iglesia sinodal es una Iglesia de la escucha (…). Es una escucha recíproca en la cual cada uno tiene algo que aprender (…). Es escucha de Dios, hasta escuchar con él el clamor del pueblo; y es escucha del pueblo, hasta respirar en él la voluntad a la que Dios nos llama”2. El ejercicio de la escucha es indispensable en una eclesiología sinodal, pues parte del reconocimiento de la identidad de los sujetos eclesiales —laicos(as), presbíteros, religiosos(as), obispos, Papa— a partir de relaciones horizontales fundadas en la radicalidad de la dignidad bautismal y en la participación en el sacerdocio común de todos los fieles (Lumen Gentium 10). La Iglesia en su conjunto es cualificada por medio de los procesos de escucha en los que cada sujeto eclesial aporta algo que completa la identidad y la misión del otro (Apostolicam Actuositatem 6), y lo hace desde lo propio de cada uno (AA 29). 

Tal modelo supone superar relaciones desiguales, de superioridad y subordinación, y pasar a la lógica de la “recíproca necesidad” (LG 32). Este es el espíritu de la Comisión Teológica Internacional al afirmar que “una Iglesia sinodal es una Iglesia participativa y corresponsable. En el ejercicio de la sinodalidad está llamada a articular la participación de todos, según la vocación de cada uno, con la autoridad conferida por Cristo al Colegio de los Obispos presididos por el Papa. La participación se funda en el hecho de que todos los fieles están habilitados y son llamados a que cada uno ponga al servicio de los demás los respectivos dones recibidos del Espíritu Santo”3. Podemos decir que ser escuchados es un derecho de todos, pero tomar consejos a partir de la escucha es un deber propio de quien ejerce la autoridad. 

Sin embargo, la escucha también tiene otra dimensión. A través de ella se genera un proceso de reconfiguración de los modelos teológico-culturales de la organización eclesial. El Papa explica que se escucha a un pueblo, en un lugar y en un tiempo “para conocer lo que el Espíritu «dice a las Iglesias» (Ap 2,7)” y encontrar modos de proceder acordes a cada época. Lo recordó el Sínodo para la Amazonia, al decir que la Iglesia “reconfigura su propia identidad en escucha y diálogo con las personas, realidades e historias de su territorio” (Querida Amazonia 66). Y lo hace, como sostiene el Concilio, discerniendo “de qué modo puedan compaginarse las costumbres, el sentido de la vida y el orden social con las costumbres manifestadas por la divina revelación” (Ad Gentes 22). 

Un Sínodo como el actual puede ser apreciado como el inicio de un proceso que puede llevar a “una acomodación más profunda en todo el ámbito de la vida cristiana” (AG 22) porque “los vínculos de historia, lenguaje y cultura, que en ella plasman las comunicaciones interpersonales y sus expresiones simbólicas, trazan el rostro peculiar, favorecen en su vida concreta el ejercicio de un estilo sinodal” (CTI, Sin. 77). De ahí la importancia de comprender que la sinodalidad es el modo más adecuado para la génesis de los procesos de identidad y reconfiguración teológico-cultural de la Iglesia, según los tiempos y las culturas, bajo el modelo de Iglesia como Iglesia de Iglesias presidida por el Obispo de la Iglesia de Roma y en comunión entre todas ellas. 

Una forma más completa de ser Iglesia 

La escucha no es un fin en sí mismo. Ella se realiza en el marco de un proceso mayor, cuando “toda la comunidad, en la libre y rica diversidad de sus miembros, es convocada para orar, escuchar, analizar, dialogar y aconsejar para que se tomen las decisiones pastorales más conformes con la voluntad de Dios” (CTI, Sin. 53). A partir de esta serie de relaciones y dinámicas comunicativas se va generando el ambiente propicio para tomar consejos y construir consensos que luego se traduzcan en decisiones. Es importante tener en cuenta todas las acciones a la hora de emprender un proceso de escucha: “Orar, escuchar, analizar, dialogar y aconsejar”, porque la finalidad de este camino no es simplemente encontrarnos, oírnos y conocernos mejor, sino trabajar en conjunto “para que se tomen las decisiones pastorales”. Este es uno de los aspectos que definen el sentido y la meta de un proceso sinodal y, en este Sínodo sobre sinodalidad, la Iglesia se plantea avanzar en la búsqueda de una “más completa definición de sí misma” —recogiendo las palabras de Pablo VI al abrir la segunda sesión del Concilio. 

Sin este horizonte en mente, se puede correr el riesgo de limitar la comprensión y el ejercicio de la sinodalidad a una mera práctica afectiva y ambiental, sin que se traduzca efectivamente en cambios concretos que ayuden a superar el actual modelo institucional clerical. Por ello, es importante destacar que el actual Sínodo ha creado una Comisión Teológica asesora de todo el proceso. Es un hecho novedoso que recupera la colaboración que debe existir entre la teología y el magisterio. Y dentro de dicha comisión se ha conformado una subcomisión para elaborar propuestas de reforma del derecho canónico. Si lo escuchado no se traduce en nuevos canales y estructuras eclesiales —en palabras de Francisco, “mediaciones concretas”— quedará develado, una vez más, un modelo eclesial en el que se da una “insuficiente consideración del sensus fidelium, la concentración del poder y el ejercicio aislado de la autoridad, un estilo centralizado y discrecional de gobierno, y la opacidad de los procedimientos regulatorios”4. 

Un evento que se convierte en proceso 

Coherente con el tema que aborda, y con el fin de palpar el sentir de toda la Iglesia universal, el actual Sínodo deja de ser un evento y se convierte en un proceso que comienza con una primera fase diocesana. Desde una eclesiología de las Iglesias locales, se parte del primer nivel en el ejercicio de la sinodalidad, como lo ha manifestado el cardenal Mario Grech, secretario general del Sínodo de los Obispos: “Considerando que las Iglesias particulares, en las cuales, y a partir de las cuales existe la una y única Iglesia católica, contribuyen eficazmente al bien de todo el cuerpo místico, que es también el cuerpo de las Iglesias (LG 23), el proceso sinodal pleno solo existirá verdaderamente si se implican en él las Iglesias particulares”5. 

Para comprender lo que esto implica, podemos hacer memoria de las palabras de Mons. De Smedt, una de las voces más importantes del Concilio, quien decía que “el cuerpo docente [obispos] no descansa exclusivamente en la acción del Espíritu Santo sobre los obispos; sino que también [debe] escuchar la acción del mismo espíritu en el pueblo de Dios. Por lo tanto, el cuerpo docente no solo habla al Pueblo de Dios, sino que también escucha a este Pueblo en quien Cristo continúa Su enseñanza”6. 

A lo largo de esta primera fase diocesana, los obispos no solo deben escuchar al sino también en el pueblo de Dios, como parte integrante de él y, junto a él, discernir y elaborar decisiones pastorales. Siguiendo el texto de Lumen Gentium 12, recogido en Episcopalis Communio 5, es la totalidad de los fieles, “desde los obispos hasta los últimos fieles laicos, [que] presta su consentimiento universal en las cosas de fe y costumbres”. Lo que está en juego no es el sentir de cada obispo, sino el sentir de toda la Iglesia o, mejor dicho, el sensus ecclesiae totius populi. Por ello, cada Iglesia particular debe proceder “sirviéndose de los organismos de participación previstos por el derecho, sin excluir cualquier otra modalidad que juzguen oportuna” (EC, disp. canónica 6). 

El paso de la sinodalidad afectiva a la efectiva 

Quizás uno de los retos más importantes para la jerarquía eclesiástica será la creación de mediaciones y procedimientos para el involucramiento de todos los fieles y el establecimiento de las modalidades de participación. Haciendo uso de las palabras de Severino Dianich, “la normatividad actual, entre la atribución a todos los fieles de la tarea de evangelización (…) y su llamada a una participación activa en la liturgia eucarística (…), no confiere a los fieles laicos ningún papel específico capaz de determinar la vida de la comunidad (…). Los fieles [laicos] no tienen ninguna instancia en la que, al expresar su propio voto deliberativo, se pueda decidir algo colegialmente”7. Este sentir fue discernido en el 2007 por los obispos latinoamericanos en la Conferencia de Aparecida y propusieron que “los laicos participen del discernimiento, la toma de decisiones, la planificación y la ejecución” (Aparecida 371) de toda la vida eclesial. 

Si el modo de proceder de una Iglesia sinodal “tiene su punto de partida y también su punto de llegada en el Pueblo de Dios” (Episcopalis Communio 7), y si “la sinodalidad es una dimensión constitutiva de la Iglesia que, a través de ella, se manifiesta y configura como Pueblo de Dios” (CTI, Sin. 42), entonces hay que hacer lo posible para que este Sínodo de paso a una auténtica sinodalización de toda la Iglesia. Por ejemplo, será clave discernir los modelos de decisión en la Iglesia. Quizás articular uno en el cual la elaboración de las decisiones (decision-making) sea vinculante a los pastores (decision-taking), porque ellos mismos habrán participado del proceso de escucha y discernimiento, tomando consejos y construyendo consensos. Y es que cualquier modelo decisional debe tener en cuenta que “la dimensión sinodal de la Iglesia se debe expresar mediante la realización y el gobierno de procesos de participación y de discernimiento capaces de manifestar el dinamismo de comunión que inspira todas las decisiones eclesiales” (CTI Sin 76). 

¿Seremos capaces de concebir procesos sinodales en los que se elaboren decisiones entre todos(as) para que la autoridad competente, habiendo participado como un fiel más de todas las etapas del proceso, y confiando en que el Espíritu Santo ha hablado a través del Pueblo de Dios, ratifique dichas decisiones? Creemos que este es el espíritu expresado por el cardenal Grech al afirmar que “el Sínodo de los Obispos es el punto de convergencia del dinamismo de escucha recíproca en el Espíritu Santo (…). No es solo un evento, sino un proceso que implica en sinergia al Pueblo de Dios, al Colegio episcopal y al Obispo de Roma, cada uno según su función”8, y en diversas fases (diocesana, nacional, continental, universal). El gran reto será, pues, el de crear una cultura del consenso eclesial, capaz de manifestarse en estilos, eventos y estructuras sinodales que den cauce a un nuevo modo eclesial de proceder para la Iglesia del tercer milenio

1 “Quando a primordio episcopatus mei statuerim, nihil sine consilio vestro, et sine consensu plebis, mea privatim, sententia gerere”. Jacques Paul Migne, Patrologiae Latina, Tomus 4 (S. Cypriani), 234. 
2 Francisco, Discurso en la Conmemoración del 50 Aniversario de la institución del Sínodo de los Obispos http://www.vatican.va/content/francesco/en/speeches/2015/october/documents/papa-francesco_20151017_50-anniversario-sinodo.html 
3 Comisión Teológica Internacional, La sinodalidad en la vida y en la misión de la Iglesia (2 de marzo de 2018) n. 67: http://www.vatican.va/roman_curia/congregations/cfaith/cti_documents/rc_cti_20180302_sinodalita_sp.html De ahora en adelante lo citaremos: CTI, Sin. 
4 Alphonse Borras, “Sinodalità ecclesiale, processi partecipati e modalità decisionali”, Carlos María Galli – Antonio Spadaro (eds.), La riforma e le riforme nella Chiesa, Queriniana, Brescia 2016, 208. 
5 Carta de presentación del itinerario sinodal aprobado por el papa Francisco en la audiencia concedida al cardenal Mario Grech, secretario general del Sínodo de los Obispos, el 24 de abril de 2021. 
6 Emile-Joseph De Smedt, The priesthood of the faithful, Paulist Press, NY 1962, 89-90. 
7 Severino Dianich, Riforma della Chiesa e ordinamento canonico, EDB, Bologna 2018, 69-70. 
8 Cf. Alocución del cardenal Mario Grech al Santo Padre en el Consistorio para la creación de nuevos cardenales, el 28 de noviembre de 2020. 

La sinodalidad

La sinodalidad implica “ser Iglesia de otra manera” Rufo González

Comunión y sinodalidad son aceptadas por todos como paradigma de vida eclesial
Buen consejo, especialmente para los clérigos (obispos, presbíteros y diáconos): “o nos tomamos la sinodalidad en serio y aprendemos a ser Iglesia de otra manera o seremos responsables ante generaciones futuras -y ante nuestra propia conciencia cada día- de no haber sido capaces de cambiar el punto de referencia en la Iglesia y ayudarla a descentrarse de sí misma, para poner en su centro a Dios y su Palabra.

Lo que acabaría automáticamente con todas las formas de periferia y clericalismo” (entrevista de Aníbal Pastor a la teóloga española Cristina Inogés Sanz, integrante de la Comisión Metodológica del próximo Sínodo. Kairós News 09.08.2021).

Hay que cambiar el punto de referencia de la Iglesia, descentrándola del poder (el Código de Derecho Canónico) y centrándola en el Evangelio de Jesús. Es tesis común de teólogos y pastoralistas desde hace años. Es la convicción firme de José María Castillo, patente en su libro “Evangelio marginado”. Si la Palabra de Dios es su Hijo, Jesús de Nazaret, en el Evangelio está la referencia básica del camino y organización de “la Iglesia que Jesús quería”. Como escribió Juan de la Cruz, Dios siempre nos está diciendo: “si te tengo ya habladas todas las cosas en mi palabra, que es mi Hijo, y no tengo otra, ¿qué te puedo yo ahora responder o revelar que sea más que eso?; pon los ojos sólo en él, porque en él te lo tengo dicho todo y revelado, y hallarás en él aún más de lo que pides y deseas” (Subida del monte Carmelo, L. 2º, cap. 22, 5).

Cambiar el “punto de referencia, el centro” es cambiar el paradigma. Palabra que tiene como sinónimos: modelo, ejemplo o ejemplar, prototipo, arquetipo, canon, ideal. Nuestra Real Academia de la Lengua define paradigma como: “Teoría o conjunto de teorías cuyo núcleo central se acepta sin cuestionar y que suministra la base y modelo para resolver problemas y avanzar en el conocimiento”. Se sigue que lo importante del paradigma es el “núcleo central”. Si queremos analizar el paradigma de la Iglesia hay que delimitar bien su centro, las cualidades indispensables de “la Iglesia que Jesús quería”. ¿Podemos encontrar un “núcleo central, aceptado sin cuestionar” por todas las iglesias cristianas?

El problema grave es que el “núcleo central” de la Iglesia ha ido variando a través de los siglos. En el paradigma inicial, reflejado en el Nuevo Testamento, la Iglesia era la comunidad de los discípulos de Jesús. Todos eran llamados a discernir y decidir comunitariamente la voluntad del Cristo resucitado, partiendo de su Evangelio y vida. Toda la comunidad se creía iluminada y guiada por el Espíritu Santo. Aparece claro en la elección de los diáconos (He 6,1-6) y en la cuestión sobre las exigencias a los paganos que aceptaban el Evangelio, resueltas en el llamado “concilio de Jerusalén” (He 15; Gál 2, 1-10). Toda la comunidad cristiana, todos los bautizados, son actores con diversos roles según sus carismas y funciones. Un problema importante es puesto ante todos y escuchado por “toda la multitud” (He 15,12: πᾶν τὸ πλῆϑος). “Los apóstoles y los presbíteros con toda la Iglesia acordaron…” (He 15,22: σὺν ὅλῃ τῇ ἐκκλησία).

Todos se involucran en la decisión final: “Hemos decidido el Espíritu Santo y nosotros” (He 15,28). Lo mismo ocurre en la comunidad de Antioquía, que recibe la carta, la lee y se alegra de la alentadora decisión (He 15, 30-31). Todos observan la realidad. Ven la acción de Dios, acorde con la bondad de Jesús, en los frutos buenos. Discuten y escuchan los impulsos del Espíritu. El consenso se va haciendo presente en el Cuerpo de Cristo como proveniente del mismo Espíritu. En la Iglesia todos tienen idéntica dignidad por el bautismo (Gál 3,28; 1Cor 12,13), y todos deben cooperar en la misión de Jesús de acuerdo con “la gracia dada según la medida del don de Cristo” (Ef 4,7).

Comparto la opinión de X. Pikaza sobre el llamado “concilio de Jerusalén”:

“Este acuerdo fija el estilo de la organización cristiana. Por la declaración final (“nos ha parecido al Espíritu Santo y a nosotros”), sabemos que Dios (Espíritu Santo) se expresa en el diálogo y decisión de los creyentes (nosotros). La iglesia es una asamblea teologal: los hermanos se juntan, y dialogan los problemas a la luz del mensaje de Jesús, de manera que pueden afirmar y afirman que les asiste el Espíritu Santo. Es una asamblea participativa: Dios habla en el diálogo fraterno. Éste es el modelo cristiano de gobierno, en una iglesia que empieza a tener ya problemas. Ella no puede resolverlos mágicamente, ni apelar a una instancia exterior (oráculo de Dios, revelación privada o decisión particular de un dignatario).

Los hermanos deben reunirse y dialogar: sólo allí donde comparten la palabra, conforme al Evangelio y para bien de todos, se revela el Espíritu. Lucas ha desarrollado este acuerdo de Jerusalén como ejemplo de autoridad, expresando para siempre el sentido de la comunión eclesial. Éste es el primero y quizá el más importante de todos los “concilios”, pues no define un dogma especial, sino la base y comunión dialogal de la iglesia. Tras el concilio de Nicea (325 d. C.), las decisiones las tomarán sólo los obispos, cosa, en cierto modo, lógica, por los cambios de estructura eclesial. Pero al principio era distinto: no se reunieron obispos, sino apóstoles y presbíteros (paradójica mezcla), con delegados de las comunidades (Antioquía) y el conjunto de la iglesia (muchedumbre de Jerusalén)” (Blog de RD. 07.09.2008).

“Lo que afecta a todos debe ser tratado y decidido por todos”. Era un principio tradicional en la Iglesia en el primer milenio. En la comunidad hay tareas distintas, pero todos son responsables del todo unitario. Este era el sentido de las reuniones eclesiales, llamadas “sínodos” (“camino con”), porque en ellas se elegía un “camino conjunto” para encontrar una solución conjunta. Los sínodos se hacían a todos los niveles: comunidades pequeñas (ermitaños, monjes…), parroquias, diócesis, región, nación, universal. Es en el siglo XIII (conc. Lateranense IV, 1215) cuando se reduce la participación a obispos y superiores de Órdenes. En Trento (1545-1563) se hace exclusivo de los obispos. Ya había cambiado el paradigma esencial de la Iglesia: de la comunión en el ser, sentir, creer… y en el actuar, caminar… (koinonía y sinodalidad) se había pasado a la separación entre jerarquía y pueblo, clérigos y laicos. Se había roto la comunión y la sinodalidad. Esta ruptura se inició en los siglos III y IV. Hoy, tras el Vaticano II, nadie duda de la ruptura y de la necesidad de volver a las fuentes.

El Vaticano II recobra el paradigma original de la Iglesia, Pueblo de Dios. “El Espíritu Santo con diversos dones jerárquicos y carismáticos dirige y enriquece con todos sus frutos a la Iglesia, a la que guía hacia toda verdad y unifica en comunión y ministerio” (LG 4). Sabemos que con el “sentido de la fe”, suscitado y sostenido por el Espíritu de la verdad, el Pueblo de Dios “se adhiere indefectiblemente a la fe dada de una vez para siempre a los santos (Jud 3); penetra profundamente con rectitud de juicio y la aplica más íntegramente en la vida” (LG 12). Solicitar al Espíritu que ilumine el camino, fiarse de las personas, pedir y recibir con gusto propuestas que estén conformes con el Evangelio y respetarlas…, aunque no coincidan con nuestra opinión, no está reñido con nuestra Revelación ni con el Magisterio que conserva y actualiza la Revelación. Al revés, es un acto de confianza, de fe en los sencillos a los que el Padre se revela, según lo vivenciaba Jesús mismo (Lc 10, 21). Comunión y sinodalidad son principios aceptados hoy por todos como paradigma de vida eclesial.

El Sínodo que puede cambiar la Iglesia

 

Francisco: “¿Estamos preparados para la aventura de este viaje?” 

Sínodo de la sinodalidad: La gran consulta que puede cambiar el futuro de la Iglesia católica 

Francisco abre los trabajos de la Asamblea Sinodal 

Unos 1.300 millones de católicos están llamados a expresarse sobre el futuro de la Iglesia en un proceso que durará dos años en el proceso de consulta más grande jamás celebrado en la historia del catolicismo 

“¿Estamos preparados para la aventura de este viaje? ¿O nos da miedo lo desconocido, prefiriendo refugiarnos en las excusas habituales: ‘es inútil’ o ‘siempre lo hemos hecho así’?”, planteó el Papa en el acto de apertura 

Francisco debe aprovechar este momento para consolidar un compromiso claro de su pontificado con las reformas 

Por supuesto, esto no significa que la Iglesia católica haya abrazado la democracia. Las decisiones continúan como de costumbre: respetando la jerarquía tradicional 

La consulta pública será democrática, pero el Papa tendrá la última palabra. Si tiene éxito, la institución habrá dado un paso importante 

11.10.2021 | BBC 

(BBC News).- El papa Francisco arrancó este fin de semana un proceso que puede cambiar el futuro de una institución que, a lo largo de los siglos, se ha convertido en símbolo de una rígida jerarquíaconservadurismo y poca transparencia

El Sumo Pontífice urgió a los católicos a “no quedarse encerrados en sus certezas”, sino “escucharse los unos a los otros” al presentar la iniciativa en la misa de este domingo en la Basílica de San Pedro. 

“¿Estamos preparados para la aventura de este viaje? ¿O nos da miedo lo desconocido, prefiriendo refugiarnos en las excusas habituales: ‘es inútil’ o ‘siempre lo hemos hecho así’?”, planteó. 

Francisco quiere que durante los próximos dos años, la gran mayoría de los 1.300 millones que se declaran católicos en el mundo sean escuchados sobre el futuro de la Iglesia. 

Para ello cuenta con los impulsos de las comunidades locales en una primera fase, asambleas regionales en la siguiente etapa y, finalmente, el Sínodo de los Obispos previsto para 2023 en el Vaticano. 

Asuntos que han salido a la luz más recientemente, como una mayor participación femenina en la toma de decisiones de la Iglesia y una mayor aceptación de los grupos aún marginados por el catolicismo tradicional, serán algunos de los temas que presumiblemente aparecerán en este proceso de consulta pública, el más grande jamás celebrado en la historia del catolicismo

Además, Francisco debe aprovechar este momento para consolidar un compromiso claro de su pontificado con las reformas. 

Al definir que el próximo sínodo tendrá como tema la propia sinodalidad -el modo de ser y de actuar de la Iglesia-, se inspira en el modo de vida de los primeros cristianos, cuyas decisiones fueron tomadas de manera colegiada. 

Por supuesto, esto no significa que la Iglesia católica haya abrazado la democracia. 

Las decisiones continúan como de costumbre: respetando la jerarquía tradicional. La consulta pública será democrática, pero el Papa tendrá la última palabra. 

Si tiene éxito, la institución habrá dado un paso importante. 

Para los especialistas consultados por BBC News Brasil, la llamada sinodalidad puede dejar de ser un método para convertirse en una forma de pensar. 

Lo que significa que el modelo llevado al extremo por Francisco difícilmente puede dejarse de lado, incluso cuando sea otro el papa. 

La voz del pueblo 

Lo que comienza este fin de semana es un proceso de sinodalidad que pretende estar abierto a escuchar a todos los católicos que quieran expresarse en los próximos dos años. 

Los 1.300 millones de católicos representan la mitad de los cristianos del mundo. 

El actual pontífice demuestra una vez más, y de forma contundente, que cree en una Iglesia que escucha los deseos de los cristianos. De todo el mundo. 

Esta futura reunión de obispos, por lo tanto, no se limitará a conferencias dirigidas por religiosos dentro de los muros del Vaticano. 

¿Radical? “Es el mayor sínodo, la mayor experiencia de sinodalidad que se haya hecho jamás en la Iglesia”, comenta Filipe Domingues, doctor de la Pontificia Universidad Gregoriana de Roma. 

“La propuesta es amplia, pretende que todos los fieles bautizados tengan la posibilidad, en alguna parte del proceso, de ser consultados. Nunca en la historia de la Iglesia ha habido un intento de consultar a todos los católicos del mundo. 

“Por supuesto, nadie va a ir de puerta en puerta para hablar con todos. Pero las reuniones y asambleas deben realizarse en parroquias y grupos, se deben entregar cuestionarios. La idea es que todos se sientan motivados a participar”, explica Domingues. 

“Es el intento más amplio de enraizar la sinodalidad, ya no como un proceso y una forma de hacer las cosas, sino como una mentalidad de la Iglesia”. 

Qué quiere el papa Francisco 

La palabra sínodo proviene de la unión de dos términos griegos, synodos (reunión o concilio) y hodós (camino). 

La sinodalidad, por tanto, es una forma de creer que el camino depende del entendimiento conjunto, que las decisiones no deben ser impuestas por una autoridad, sino provenir de las bases. 

Desde que se convirtió en Papa en 2013, el argentino Jorge Bergoglio ha demostrado que esa es su apuesta de futuro. 

En cierto modo, recupera el modus operandi de las primeras comunidades cristianas antes de que la institución se volviera poderosa e influyente. En esos inicios, todas y cada una de las decisiones eran colegiales. 

En el camino, Francisco también profundiza una idea planteada en el Concilio Vaticano II. 

En respuesta a los deseos expresados por los padres conciliares, el entonces papa Pablo VI (1897-1978) creó en 1965 el Sínodo de los Obispos, un encuentro periódico para reunir a representantes episcopales de todo el mundo para tratar temas específicos.                  Desde entonces, se han realizado 29 encuentros, entre ordinarios, extraordinarios y regionales.                                                                                                                                                El encuentro final del nuevo sínodo tendrá lugar en 2023, pero al presentarlo este fin de semana, Francisco radicaliza algo que venía buscando desde el primero de los cinco sínodos ya convocados por él: la participación de las comunidades.                                                      “En esta nueva asamblea sinodal, lo más importante no serán las conclusiones, sino el proceso de escucha y participación eclesial que desencadena”, explica el sociólogo Francisco Borba Ribeiro Neto, coordinador del Centro de Fe y Cultura de la Pontificia Universidad Católica de São Paulo. 

Además, existe la posibilidad de que Francisco termine su pontificado, por jubilación o muerte, antes de que finalice el sínodo. 

Así, el proceso sinodal se convierte en un medio para garantizar la continuidad del proceso de cambio iniciado por Bergoglio, independientemente de quién sea el nuevo papa. 

“El punto crucial es la amplia consulta de la comunidad católica, que comenzará a nivel local, en diócesis y parroquias, y culminará en la asamblea de obispos”, agrega Borba Ribero Neto. 

“Estas consultas se convirtieron en características de una ‘forma de Francisco’ de gobernar la Iglesia, aunque se pueden encontrar procesos similares en varias experiencias anteriores”. 

“La idea es que antes de cada gran decisión, antes de fijar la directriz de la Iglesia, las personas son consultadas”, dice Domingues. 

“Al final, la Iglesia mantiene su estructura jerárquica y todo lo demás. Siempre será una autoridad la que tome la decisión. Pero estará iluminada por estas experiencias desde la base”, señala. 

Familia, jóvenes y Amazonía 

Desde que asumió el mando del Vaticano, Francisco ha celebrado cuatro sínodos. Los dos primeros debatieron sobre la familia. El tercero abordó el tema de los jóvenes. 

El último, que tuvo lugar en 2019, trajo al centro de la Iglesia católica un tema urgente hoy: la Amazonía, con todas sus implicaciones sociales, geográficas y ambientales. 

El hermano Marcelo Toyansk Guimarães, de la Comisión de Justicia, Paz e Integridad de la Creación de los Frailes Capuchinos y asesor de la Comisión de Justicia y Paz de la Conferencia Nacional de Obispos de Brasil (CNBB, sección São Paulo), recuerda bien los eventos preparatorios que ayudó a realizar entre 2018 y 2019. 

“Tratamos de hacernos eco, durante el proceso del sínodo, de esos temas, ayudando a toda la Iglesia a repensar un nuevo proceso: la ecología integral, una Iglesia en salida y toda la perspectiva que trajo el sínodo”, comenta. 

Una de las novedades podría ser un mayor papel de la mujer en la toma de decisiones. (SECRETARÍA GENERAL DEL SÍNODO DE LOS OBISPOS).                                                                Otra novedad reciente es la convocatoria a participar en el propio encuentro de laicos expertos o especialistas. El evento de 2019, por ejemplo, contó con la presencia del reconocido climatólogo brasileño Carlos Nobre, del equipo galardonado con el Premio Nobel de la Paz en 2007, y Ban Ki-moon, exsecretario general de las Naciones Unidas (ONU). 

Un año antes, en el sínodo que abordó el tema de los jóvenes en el mundo contemporáneo, otro laico brasileño fue invitado. Se trata de Filipe Domingues, que en ese momento cursaba su doctorado en la Universidad Gregoriana. 

“Fue inesperado”, dice. Un profesor lo invitó a participar en una reunión presinodal. Terminó convirtiéndose en uno de los relatores. Luego, junto a otro colega, acabó siendo llamado a actuar en el propio sínodo. 

“Querían que hubiera al menos dos personas relativamente jóvenes en el comité de expertos”, explica. Él se ocupa principalmente de cuestiones relacionadas con el uso de las redes sociales en la comunicación entre jóvenes. 

Destaca la importancia de eventos presinodales como aquel. “Esto trajo cuestiones al sínodo que, en mi opinión, los obispos por sí solos no habrían pensado o no habrían pensado igual”, cree. 

“Por ejemplo, la participación de las mujeres o incluso los temas de sexualidad, que son importantes. A muchos jóvenes les cuesta vivir lo que la Iglesia pide en este ámbito”. 

Sin embargo, también hay oposición. En el informe, dos miembros activos de la Iglesia católica en Brasil criticaron cómo se han estado llevando a cabo las reuniones presinodales bajo el pontificado de Francisco. 

Ambos pidieron no dar sus nombres, pero expresaron su malestar por cómo las discusiones, en tiempos de fuerte polarización ideológica, han sido monopolizadas por grupos alineados con la izquierda. 

En el tablero de ajedrez que juega el Papa, lo que queda por hacer es poner a los llamados “progresistas” y a los “conservadores” del mismo bando. 

La idea de convocar un sínodo para debatir la sinodalidad, en un principio, sonó como una especie de provocación. Pero, en el umbral del lanzamiento del proceso, ya se entiende como un eco profundo de la enseñanza de Francisco. 

Proceso comunitario 

El sociólogo Ribeiro Neto enfatiza que la sinodalidad “es un proceso ‘comunal’”, que no debe confundirse con un movimiento democrático

“En un proceso democrático, las decisiones nacen de una posición mayoritaria, a menudo determinada por el voto. En la comunión, las decisiones nacen de un consenso apoyado en la sabiduría y la espiritualidad de los maestros de la fe”, explica. 

“Lo que Francisco insiste en recordar es que ellos no son necesariamente los líderes ni los doctos, sino cualquier miembro de la comunidad que tenga el verdadero discernimiento de la fe”, prosigue Ribeiro Neto. 

“Francisco es, sobre todo, un místico. Busca en las polémicas y en las voces a menudo disonantes del mundo, los signos de la voluntad de Dios. 

“Para él, el sínodo es eso: una oportunidad para escuchar la voz de Dios que está escondido entre los más pequeños, no es un proceso democrático de consulta con la mayoría. Es un evento de carácter espiritual y místico, más que político y organizativo “, resume el sociólogo. 

La Iglesia que amamos, vivimos y soñamos

GRUPO ERASMO 

Como se recordará, ya al comienzo de su constitución sobre la Iglesia (‘Lumen gentium’), el Concilio Vaticano II la definió en primer lugar como “Pueblo de Dios”. Sin embargo, a nuestro parecer, a esta afirmación –que fue muy celebrada– no le siguió un desarrollo orgánico. Por esta razón, en la opinión pública, la Iglesia siguen siendo los obispos y los sacerdotes. El Pueblo carece de palabra, no porque no la tenga, sino porque no tiene cauces para expresarla. 

“El camino de la sinodalidad es el camino que Dios espera de la Iglesia del tercer milenio”, ha dicho el papa Francisco. No se refería al Sínodo de los Obispos que se celebra cada dos años, sino a “la condición de sujeto que le corresponde a toda la Iglesia y a todos en la Iglesia”. Ya en su exhortación apostólica ‘Evangelii gaudium’ había escrito: “Para eso, a veces [el obispo] estará delante para indicar el camino y cuidar la esperanza del pueblo, otras veces estará simplemente en medio de todos con su cercanía sencilla y misericordiosa, y en ocasiones deberá caminar detrás del pueblo para ayudar a los rezagados y, sobre todo, porque el rebaño mismo tiene su olfato para encontrar nuevos caminos” (EG 31). 

Quienes esto firmamos participamos el año 2005 en los trabajos del Sínodo de la Archidiócesis de Madrid. Cuando se dieron a conocer las ‘Constituciones’ fruto de ese trabajo, la decepción fue general. Prácticamente nada de lo sugerido en los grupos aparecía reflejado en ese texto, que el autor podría haber redactado antes de todas las reuniones que se habían celebrado. Nada de aquello tuvo repercusión alguna en la vida de la archidiócesis. 

Distancia con el pueblo 

En el año 2020, se celebró un Congreso de Laicos a nivel nacional que apunta en la línea de la sinodalidad y con propuestas que parecen aterrizar más en la vida concreta de los laicos. Es, sin duda, un gran paso y en la buena dirección, que habrá que ver si se verifica en la dinámica de las diócesis. 

Con este panorama, sobre todo en las diócesis grandes, el obispo es una figura lejana, a la que se ve raramente y, en general, en actos y celebraciones institucionales. Pocos son los que pueden decir que han tenido una conversación de tú a tú con su obispo. Que nosotros conozcamos, con una excepción: el cardenal Tarancón recibía una mañana a la semana durante diez minutos a cualquiera que deseara hablar con él y contestaba con un par de líneas autógrafas a las cartas que se le enviaban. 

En cuanto a los sacerdotes, salvo excepciones, todos hacen lo que les han enseñado, es decir, mandar. Un párroco joven de un pueblo de Madrid terminaba así una carta: “Rece por mí para que sea santo y dirija con sabiduría al rebaño de Cristo”. No presidir, coordinar, acompañar… No: dirigir. Otro, también joven, en Madrid, se lamentaba de la distancia que había entre lo aprendido en el seminario sobre su función (el kerigma o anuncio) y la pobre realidad de parroquias envejecidas, con fieles más acostumbrados a obedecer que a proponer, dirigir y sacar adelante iniciativas pastorales concretas. 

Decepción y deserción 

Así las cosas, por un lado, hay una dejadez y ausencia de iniciativas seglares; y, por otro, muchas iniciativas en marcha promovidas por seglares toman innecesariamente un aire subversivo. Es el caso de los grupos de mujeres que, en diversos países, reivindican una presencia distinta en la Iglesia. O, durante tantos años, las reivindicaciones del MOCEOP, la organización internacional de curas casados. 

Esta situación produce en muchos católicos un sentimiento de malestar y frustración. Este escrito querría ser uno de esos cauces de expresión que apenas existen. 

No es infrecuente encontrarse con antiguos católicos que han abandonado la Iglesia y que dicen no echarla de menos. Les basta con el mensaje de amor de Jesús para tener una vida coherente y fructífera. 

Iglesia necesaria 

Nosotros, sin embargo, suscribimos las conocidas palabras de Carlo Carretto: “¡Qué criticable eres, Iglesia! Sin embargo, ¡cuánto te amo! ¡Cuánto me has hecho sufrir! Pero, ¡cuánto te debo! Quisiera verte demolida, pero necesito de tu presencia”. La Iglesia (nos) es necesaria. 

Hay que comenzar diciendo que son necesarias instituciones que den cobertura a lo colectivo. El ser humano no vive solo, tiene necesidad de instituciones que le ayuden a articular su vida en común con sus semejantes. Es un mensaje que, en tiempos de reivindicaciones de libertad, se tenía por conservador, pero que en esta era de liberalismo y populismo se revela como realmente revolucionario. 

Esa colectividad que es la Iglesia ha conservado durante veinte siglos la memoria de Jesús. Sin ella, el profeta galileo hubiera sido uno de tantos que se rebelaron contra su situación y la del pueblo y fueron ajusticiados por el Imperio romano. Ha sido la Iglesia quien ha conservado viva la memoria de su figura y de su mensaje. No solo eso: no lo ha hecho como un recuerdo puramente histórico, sino como una memoria viva. Es la transmisión de la experiencia de los testigos, de quienes le acompañaron en su vida y asistieron al acontecimiento pascual. 

Memoria del Resucitado 

Porque ese es el origen de la Iglesia, su experiencia de presenciar la muerte de Jesús y de experimentar después su encuentro con el Resucitado. 

Unos hombres sencillos, que han perdido a su líder de manera oprobiosa y que viven con el miedo de que un castigo similar les alcance, se encuentran con el Resucitado y sienten que su proyecto alumbrará sus vidas a partir de ese momento. 

Se habla a menudo de las circunstancias históricas de la construcción de la Iglesia, de la importancia de Pablo en la expansión del cristianismo y, con frecuencia, oímos decir que Jesús no creó ninguna institución; algunos van más lejos, al afirmar que la Iglesia es un “montaje” posterior, basado en intereses económicos y de poder, que se ha ido alejando progresivamente del mensaje original. No podemos negar la evidencia de las derivas de la Iglesia a lo largo de la historia, de su pecado e imperfección. Pero, a pesar de todo, esa Iglesia pecadora ha sido capaz de transmitir la memoria del mensaje esencial que se le confió. (…) 

Sinodalidad: unidad pluriforme

 

Estamos en un momento de enorme importancia para la vida y la misión de la Iglesia. El proceso sinodal que iniciamos remite a lo que la Iglesia es en sí misma, a su esencia (cf. Documento preparatorio de la XVI Asamblea General Ordinaria del Sínodo de los Obispos, 10). Y debe expresar la vitalidad y el dinamismo de la fe, que no es sino gozosa experiencia de Cristo Resucitado: conocido y experimentado y, desde ahí, trasmitido a todos los ámbitos de nuestro mundo en este momento de la historia. 

El Sínodo es un evento principalmente espiritual, es decir, del Espíritu Santo, a quien escuchamos y en quien nos escucharnos los unos a los otros, para discernir cuáles son los caminos del Evangelio en el presente, qué nos pide el Señor Jesús y qué decisiones prácticas debemos tomar hoy para potenciar la corresponsabilidad en la vida y en la misión. Es la garantía que evita no solo derivar a la confrontación ideológica o de grupos, sino que hace posible la verdadera reforma en la Iglesia. Significa abrirnos a la fuerza creativa del amor primero (cf. Ap. 2,1-7). 

El término “unidad pluriforme” describe muy bien la realidad del Sínodo. Unidad en Cristo: el punto de partida es el Bautismo, que nos vincula al Resucitado y nos hace “Cuerpo de Cristo”. Por eso debe ser superada y evitada toda concepción piramidal, con sus tristes manifestaciones de clericalismo, afán de poder, carrerismo y fosilización. Y nos abre al “nosotros” eclesial, al camino que se recorre desde la horizontalidad. No se puede vivir la fe cristiana en el individualismo, sino en comunidad. Nadie se salva solo. Unidad, por tanto, en Cristo y con todos los cristianos. 

Pero la unidad no es uniformismo. Hay tantos caminos para seguir a Cristo como cuantas personas existen. Y el Espíritu Santo suscita los diferentes carismas para el enriquecimiento y el bien de la Iglesia. Nadie debe sofocarlos. Tenemos las diferentes vocaciones (no se trata de laicizar al clero ni de clericalizar al laico), las diversidades geográficas y culturales, la variedad de formas de vida consagrada, la diferente personalidad de cada uno, etc. 

Todos unidos en Cristo (un solo bautismo, una sola fe) pero múltiples caminos y manifestaciones que enriquecen a la Iglesia desde la unidad en el amor. Por eso todos estamos llamados a participar; es nuestra responsabilidad como cristianos, como religiosos. 

La Vida Consagrada sabe mucho de sinodalidad y debe aportar su experiencia. En este tiempo de gracia, caminemos juntos, como Pueblo de Dios. Y hagámoslo con sentido eclesial (implicación), creatividad (abiertos a recorrer caminos nuevos), valentía (en la vanguardia). Y, siempre, con entusiasmo.