Afganistán, un país en la encrucijada

Afganistán, un país en una encrucijada geoestratégica

El regreso al poder de los talibanes ha marcado el fin de 20 años de presencia de EE UU y sus aliados. La intervención extranjera no logró acabar con el conflicto de un Estado clave en una región donde convergen los intereses de Occidente y otras potencias como China, Rusia, Pakistán, India e Irán

La frontera de Afganistán con Pakistán (conocida como Línea Durand, creada a finales del siglo XIX para delimitar intereses británicos y rusos en la zona) es muy montañosa: allí se encuentra el macizo de Hindu Kush, que va desde el centro afgano hasta el noroeste paquistaní. El pico más alto es el Noshaq, con 7.492 metros sobre el nivel del mar.https://4e0d2c49413f72d37fbc4c4894419c53.safeframe.googlesyndication.com/safeframe/1-0-38/html/container.html

Multitud de ríos nacen en estas montañas y llegan a los países limítrofes, abasteciéndolos de agua. La mayor parte de la población afgana vive en torno a Kabul y el río que llega a esta ciudad. La población rural representa casi el 75% del total. El resto de la orografía del país presenta valles y amplios desiertos.

Una población muy joven

En Afganistán hay 38,9 millones de habitantes (2020, Banco Mundial). Por sexo, las cifras son parecidas: los hombres son el 51,3% del total, y las mujeres el 48,7%. La tasa de natalidad media es de cinco hijos por mujer.Mapa de la división étnica

Afganistán es un gran mosaico de etnias. La mayoritaria es la pastún, a la que pertenece el 42% de la población. Los talibanes son mayoritariamente de esta etnia, al igual que otras figuras como el ya expresidente Ashraf Ghani, que huyó a Emiratos Árabes Unidos el día que los fundamentalistas entraron en Kabul.Mapa étnico

Los pastunes se extienden por buena parte del país, y especialmente al sur y sureste. Más allá de Afganistán, esta etnia también se encuentra muy enraizada en Pakistán, país vecino al que ya en la década de los noventa se acusó en varias ocasiones de prestar apoyo logístico a los talibanes, además de uno de los pocos países que reconocieron la anterior dictadura de los radicales (1996-2001) como legítima.

Durante décadas, la violencia étnica ha estado presente en el país. El Consejo de Seguridad de Naciones Unidas recibió denuncias en los noventa sobre crímenes de guerra cometidos por los talibanes contra tayikos, uzbekos, hazaras y otras minorías.

El cultivo de opio, principal fuente de ingresos

Afganistán produce el 70% (unas 3.300 toneladas al año) del total mundial de opio (Informe Mundial sobre las Drogas, UNODC 2016). Para gran parte de su población agrícola, el cultivo de opio supone la única fuente de ingresos.

Según Naciones Unidas, en 2020 los talibanes obtuvieron 393 millones de euros de la comercialización del opio.

La minería, una industria pujante

Se estima que hay 1.400 tipos de minerales en Afganistán, entre ellos hierro, cobre, litio, cobalto y tierras raras. El litio, usado para fabricar las baterías de móviles y ordenadores tiene una altísima demanda. Las tierras raras son un grupo de elementos químicos usados en la fabricación de productos tecnológicos y armamento.

Un informe del Gobierno afgano en 2017 calculaba que la riqueza mineral del país es de unos tres billones de dólares.

Las reservas minerales, no explotadas en los últimos años, suponen un gran atractivo para el resto de países; principalmente China, Rusia y Pakistán negocian con Afganistán para obtener mejores condiciones en el acceso a estas materias primas.

Pobreza y empleo

Afganistán es uno de los países más pobres del mundo: el 47% de su población vive en situación de pobreza y el 30% sufre hambre.https://datawrapper.dwcdn.net/Ap6VQ/1/

La tasa de desempleo está en torno al 60% de la población activa. El sueldo mensual medio es de 17.600 afganis (unos 185 euros). Las mujeres son las que se llevan la peor parte. Su participación en la toma de decisiones es limitada y el acceso al mercado laboral ínfimo.https://datawrapper.dwcdn.net/i4Y8B/1/

El drama humano

El avance y la toma de Afganistán por parte de los talibanes ha disparado el número de desplazados internos en el país; así lo refleja el informe de la Agencia de la ONU para los Refugiados (ACNUR) publicado el 16 de agosto. Desde principios de año, 550.780 personas se han visto obligadas a abandonar su hogar en Afganistán debido al avance de los fundamentalistas; el 60% de los afectados son niñas y niños menores, según el organismo. Desde 2012, 3.795.750 personas han sufrido esta situación.

Desplazados y refugiados afganos

Alrededor del 90% de los refugiados afganos en el mundo se encuentran repartidos entre Irán y Pakistán. Entre el 1 de enero de 2021 y el 16 de agosto, el número de desplazados internos aumentó en 550.780, coincidiendo con el avance talibán.

Los refugiados y demandantes de asilo afganos en otros países ascendían, a 31 de diciembre de 2020, a 2,2 millones aproximadamente, según ACNUR. Sin embargo, la gran mayoría de ellos se encuentra en países vecinos. El 90% se concentran en Pakistán (1.448.100) e Irán (780.000).

Europa, por tanto, no ha sido el destino donde más afganos han llegado en busca de asilo a lo largo de los años. En 2020, de las 472.000 solicitudes recibidas, 44.200 fueron de personas con origen en Afganistán (10,6%) según la Comisión Europea. En cuanto a las llegadas irregulares de migrantes a las fronteras comunitarias, en 2020 se registraron 125.100 cruces, de los que 10.133 (8,1%) tuvieron su origen en el país asiático.

Fuentes: Universidad Tufts (Massachusetts), Visual CapitalistThe New York TimesAl Jazeera, OCHA, ACNUR, Afghanistan Open Data, Consejo de Seguridad de Naciones Unidas.

Clamor del Vaticano a los talibanes

El clamor del Vaticano a los talibanes: “Reconozcan el derecho a la vida y la libertad de circulación y de religión”

El portavoz de la Santa Sede ante la ONU reclama a la comunidad internacional que pase “de las palabras a los hechos” en la acogida de refugiadosDD

La preocupación de la Santa Sede por la crisis en Afganistán es más que notable. Así lo ha manifestado el sacerdote John Putzer, encargado de Negocios de la Misión Permanente de la Santa Sede ante la ONU y otras organizaciones internacionales en Ginebra.

Durante el 31ª sesión extraordinaria del Consejo de Derechos Humanos celebrada de forma virtual, el portavoz vaticano instó a la comunidad internacional a pasar “de las palabras a la acción” en lo que a la acogida de refugiados se refiere desde un “espíritu de fraternidad humana”.

Reconocer la dignidad humana

Con la encíclica ‘Fratelli tutti’ como eje de su intervención en el foro global, el diplomático católico hizo un llamamiento para que en Afganistán, ahora bajo el dominio talibán, se puedan “reconocer y defender el respeto de la dignidad humana y los derechos fundamentales de toda persona, incluidos el derecho a la vida, la libertad de religión, el derecho a la libertad de circulación y de reunión pacífica”.

Para Putzar, “en este momento crítico” resulta “de vital importancia apoyar el éxito y la seguridad de los esfuerzos humanitarios en el país, con un espíritu de solidaridad internacional, para no perder los progresos realizados, especialmente en las áreas de salud y educación”. Sobre cómo abordar el actual conflicto abierto en el país asiático, desde el Vaticano se presenta “el diálogo inclusivo” como “la herramienta más poderosa”.

Afganistán: geopolítica versus DD.HH.

Afganistán: geopolítica versus Derechos Humanos

Se está consumando el enésimo episodio vergonzante por parte de la, cada vez con menos propiedad, denominada comunidad internacional. Porque de igualdad de sus miembros en lo que respecta a derechos y obligaciones ejercidos y defendidos en igualdad va quedando poco. El ejercicio de autocomplacencia de la Unión Europea y de Estados Unidos respecto al papel que se está jugando en esta precipitada retirada de Afganistán resulta, cuando menos, sonrojante. Las escenas que se están transmitiendo casi en ‘streaming’ de la huida despavorida de la población civil afgana nos remite, por desgracia, a otros conflictos pasados (antigua Yugoslavia) o en curso (Siria; si, aún en curso aunque nos hayamos olvidado) Episodios como el de Sebrenica en Bosnia-Herzegovina cobran vida en estos días. No solo por lo que vemos en el aeropuerto de Kabul sino, ojalá nos equivoquemos, por lo que se nos antoja presumible en el momento en el que –a partir del día 31 de agosto– la “tregua talibán” para la evacuación y salida occidental se dé por concluida.

Piedra de toque

¿Qué ha pasado para que asistamos a esta falta de previsión de las cancillerías europeas y estadounidense? Nada en absoluto. Todo está sucediendo conforme a sus previsiones. La retirada norteamericana estaba decretada ya por la administración Trump; Biden no la ha cancelado, en un ejercicio de conjunción de intereses a los que, tanto demócratas como republicanos, parecen responder de forma similar ante los intereses de sus respectivos lobbies. Afganistán ha sido la piedra de toque y el obstáculo a los intereses geopolíticos de todos los imperios contemporáneos (británico, ruso, soviético y norteamericano) Todos acabaron claudicando en conflictos de enorme desgaste militar, económico, humano, reputacional y de erosión en sus respectivas sociedades civiles. Tras la fallida incursión de la Unión Soviética pocos años antes de su desaparición, Estados Unidos recogió el testigo después de los atentados del 11-S del año 2001. Veinte años después se retira después de haber sido incapaz de diluir a los talibanes, aquel grupo de radicales que nos descubría Ahmed Rashid en el año 2000 en su magistral ensayo. Después de una ingente inversión (pública y privada) y un coste elevado en vidas civiles y militares del contingente internacional desplegado por Estados y organizaciones internacionales. La inversión en infraestructuras materiales, en la construcción institucional de un Estado semi-fallido, en la edificación de unas fuerzas armadas nacionales y en educación parece haberse escurrido por el desagüe de la historia. La corrupción sistemática, incontrolada por los Estados e Instituciones involucrados en la financiación de los diversos proyectos, no puede ser una explicación exculpatoria.

Las potencias y actores regionales comienzan a posicionarse en el nuevo contexto de equilibrios geopolíticos. Rusia, al igual que China, Turquía o Irán, no han retirado sus misiones diplomáticas. Llenar el vacío dejado por Estados Unidos puede configurar un nuevo sistema de alianzas estratégicas. La protección de las fronteras respectivas frente a un potencial auge del terrorismo integrista se impone como uno de los objetivos prioritarios, especialmente en repúblicas ex soviéticas como Turkmenistán, Tayikistán o Uzbekistán. Rusia contempla con inquietud el poder desestabilizador de la región. No olvidemos el papel protagonista de una potencia nuclear como Pakistán, cobijo tradicional de los talibanes y soporte estratégico y financiero de los mismos. Irán se enfrenta, de nuevo, a la expansión suní de su íntimo “enemigo” Arabia Saudita. ¿Y China? Espectadora de excepción de los acontecimientos, su posición futura como potencia en expansión y refractaria a los derechos humanos y a un Derecho internacional que considera “liberal y occidental” es un auténtico interrogante.

Garantizar los derechos humanos

Resulta lacerante para la sociedad civil afgana, en especial para las mujeres y niñas, cerrar la puerta a las oportunidades de educación y de disfrute de unos derechos humanos esenciales a los que se había abierto—aunque todavía no en pie de igualdad— durante estas casi dos décadas, después del conflicto militar. La brutal represión que se avecina, las violaciones masivas de derechos humanos, la retrocesión a unas condiciones de vida medievales avaladas por un rigorismo incompatible con el mundo actual, debe de caer en la conciencia de los gobiernos occidentales y en la moral de todos los que formamos parte de la comunidad internacional. Somos conscientes de que Estados Unidos no tiene el papel de gendarme internacional, asumiendo los costes ‘sine die’, de la pacificación de Afganistán. Sin embargo, cabe recordar que su intervención en el Estado desde el año 2001 tenía unos objetivos estratégicos, desde el punto de vista geopolítico y económico, parecidos a los que ahora se presentan para su retirada. Estos episodios ya los conocemos. Su reiteración forma parte de la Historia Contemporánea universal, y no solo en el caso de Estados Unidos.

¿Cómo se podrán garantizar los derechos humanos de la población civil afgana? De ninguna manera, no nos engañemos. La exigua cantidad de población refugiada que llegará a la Unión Europea no tendrá nada qué ver con el éxodo del conflicto de Siria. Y ya sabemos el fracaso en la gestión del mismo por parte de la UE, encargando la misma a Turquía. En las próximas semanas y meses veremos y leeremos críticos análisis sobre la situación en Afganistán. Pero, por favor, no mencionemos la protección de los derechos humanos en vano; no más ejercicios de autocomplacencia con nuestro compromiso con los mismos (nacional, regional o universal). Si somos partícipes del horror, por acción u omisión, no más felicitaciones, no más fotos. Dejémoslo para los auténticos protagonistas, héroes anónimos, fuerzas armadas, sanitarios, Organizaciones no gubernamentales y seres humanos que han pagado con su vida el fallido intento de creación de una sociedad mejor en Afganistán

Afganistán. Reflexiones sobre el desastre

José Luis Calvo Albero

En el invierno de 2006 el entonces presidente de Afganistán, Hamid Karzai, convocó una gran reunión de agricultores en Kabul. Acudieron representantes de todas las provincias afganas. El objetivo era promocionar la producción agrícola tradicional, que estaba dejando paso rápidamente al cultivo masivo del opio.

Acudieron hombres curtidos por el sol, de expresión un tanto escéptica. Tuve oportunidad de hablar con algunos de ellos y recuerdo especialmente a un hombre de etnia pastún que venía de Kandahar. Al contrario que el centro y el norte del país, el sur es un área fértil y se puede practicar una agricultura de regadío. Recuerdo que el hombre y su familia cultivaban melocotones, peras y melones y sus propiedades estaban en una zona que pasaba con cierta periodicidad del control del gobierno al de los Talibán.

Su narración de cómo se vivía bajo unos y otros fue muy reveladora. Él contaba cómo, cuando el gobierno controlaba la zona, debía llevar sus productos al mercado pasando por un puesto de control de la policía. Allí debía pagar una cantidad de dinero por pasar, aparte de que los policías le requisaban con frecuencia parte de sus productos. Al llegar al mercado debía pagar a otro policía para que se le permitiese instalar un puesto de venta, y debía pagar más si quería un buen puesto. Cuando retornaba a su hogar con las ganancias, el hombre debía extremar las precauciones porque había bandidos en la zona y los asaltos eran frecuentes.

Cuando el distrito estaba bajo el control talibán, también había un puesto de control para acceder al mercado y también había que pagar allí una tasa. Sin embargo, era la única vez que se exigía el pago. En el mercado, un agente talibán iba asignando puestos de venta por orden de llegada. Cuando regresaba a su hogar, el hombre sabía que no debía preocuparse por los bandidos. Había visto a algunos de ellos pidiendo limosna en el mercado con la única mano que les quedaba; la que los Talibán no les habían amputado. Ya en 2006, aquella conversación era una clara señal de que se estaba perdiendo la guerra.

Ese mismo año muchos policías dejaron de percibir sus salarios porque el presupuesto para pagarlos se había agotado, probablemente esquilmado por la corrupción y la ineficiencia reinantes entre las fuerzas de seguridad. Eso explica por qué policías prácticamente abandonados a su suerte en remotos puestos de control se convertían en extorsionadores de aquellos a quienes se suponía debían proteger.

La corrupción en Afganistán era un monstruo que devoraba la mayor parte de las ayudas militares y económicas que recibía el país. Ciertamente había una cultura de tolerancia e incluso de legitimación ¿Qué clase de persona no trataría de beneficiar a su familia o a su clan caso de ocupar una posición de poder? Sin embargo, si el afgano podía comprender el favoritismo, el nepotismo y la corruptela, no toleraba la ineficiencia. Podía comprenderse que la policía cobrase impuestos ilegales, o que el jefe de policía colocase a un familiar en un puesto de relevancia, pero no que permitiese operar impunemente a los bandidos. Con su rigorismo fanático y su justicia brutal, pero eficiente y aceptable según los estándares de la mayoría de los afganos, los Talibán ganaron fácilmente la partida de los corazones y las mentes al gobierno y a sus exóticos y más bien despistados aliados occidentales.

En la década de 1980, los soviéticos diseñaron una estrategia orientada a romper el tribalismo de la sociedad afgana, origen según ellos de todos los males del país. Para eso había que promocionar las ciudades sobre las zonas rurales y convertirlas en polos de desarrollo que forzasen una emigración masiva del campo a la ciudad. El mismo proceso que había roto los vínculos clientelares y semifeudales de la Europa rural del siglo XIX se esperaba que pudiese debilitar el tribalismo afgano.

Los soviéticos no eran especialmente delicados en la aplicación de su estrategia y convirtieron el campo afgano en un infierno, pero la emigración masiva no se produjo hacia las ciudades sino hacia Pakistán e Irán. Los campos de refugiados no solo no acabaron con las relaciones tribales sino que se convirtieron en un vivero de militantes ansiosos de venganza que, con apoyo pakistaní, saudi y norteamericano regresaron a Afganistán y aplastaron lo que los soviéticos habían construido.
Catorce años después, las tropas norteamericanas y europeas intentaron poner cierto orden en el avispero afgano pero lo hicieron sin energía, sin convicción y sin una estrategia clara. La vista de Estados Unidos estaba puesta en Irak y las operaciones en Afganistán se realizaron según el principio de mínimo coste. El régimen talibán cayó rápidamente por el mismo motivo que el gobierno de Kabul se está desintegrando actualmente: porque los jefes tribales siempre se alían con el que demuestra ser más fuerte. Algo que en España, en el centenario del Desastre de Annual, nos debe resultar familiar.

Entre finales de 2001 y 2006 apenas hubo actividad talibán en Afganistán, pero las grandes potencias tampoco hicieron apenas nada por aprovechar esa ventana de oportunidad. Allí estaba Estados Unidos, la OTAN, la Unión Europea, Naciones Unidas, Japón, el Banco Mundial… Los afganos esperaron durante casi cinco años a que su economía floreciese y después comenzaron a decepcionarse. Los Talibán pagaban más a uno de sus combatientes que el gobierno a uno de sus policías, y ellos no se quedaban nunca con su salario.

Al contrario que los soviéticos, europeos y norteamericanos decidieron orientar sus escasas inversiones hacia el mundo rural en lugar de hacia las ciudades. El resultado fue dinero perdido, pues era imposible competir con los beneficios del cultivo de amapola. Gran parte de los fondos fueron sencillamente a reforzar a los señores de la guerra en las áreas rurales. Las elites urbanas no se desarrollaron y no se emprendieron grandes proyectos industriales o de infraestructuras que proporcionasen perspectivas de enriquecimiento a los señores de la guerra ni de trabajo al afgano medio.

No se dio la opción de que los grandes señores de la guerra se convirtiesen en empresarios, probablemente corruptos, pero también progresivamente integrados en un sistema más civilizado, en el que los bufetes de abogados se van haciendo más necesarios que las bandas de matones. Sencillamente no se invirtió lo suficiente, ni en la economía abierta ni en la sumergida. A los jefes tribales y a los agricultores de Helmand y Kandahar no se les ofreció una alternativa más rentable que el cultivo del opio y cuando las tropas británicas comenzaron a desplegar en 2006 en sus territorios, con la clara promesa de terminar con ese cultivo, la reacción fue brutal. Volvieron a ofrecer su apoyo a los hasta entonces marginados Talibán, y aquello marcó el principio del fin.

Afganistán es solo el último eslabón, aunque puede que el más llamativo, en una cadena de fracasos de Occidente en su intento por estabilizar zonas en conflicto. Como en todos los fracasos, la actitud positiva no es olvidarlos sino extraer de ellos las lecciones que permitan no repetir errores en el futuro. Obtener lecciones aprendidas es un proceso doloroso. Nos obliga a reconocer errores y nos pone frente a frente con nuestras propias contradicciones. Las lecciones son con frecuencia políticamente incorrectas, pero tenemos que elegir entre flexibilizar nuestra corrección política o resignarnos a un fracaso tras otro.

Hay muchas lecciones que extraer de Afganistán. De momento se me ocurre apuntar algunas que no descienden en absoluto al detalle sino que se centran en la propia filosofía de las intervenciones en países en conflicto. La primera es que no se puede intentar transformar una sociedad primitiva según parámetros occidentales. Entre la Edad Media y el siglo XXI hay múltiples etapas intermedias que es preciso recorrer y que se pueden acelerar, pero no ignorar.

La segunda es que en un sistema intrínsecamente corrupto hay que controlar también la corrupción y ser capaz de dirigirla en una dirección provechosa, en lugar de ignorarla y permitir que se convierta en un instrumento de demolición de todo lo construido.

La clara identificación de las elites en cada país: las que gobiernan, las que aspiran a gobernar y las que desearíamos que gobernasen, es un ejercicio indispensable a la hora de realizar un esfuerzo de estabilización. La experiencia demuestra que en Irak, Afganistán o Libia no se identificaron correctamente las elites que gozaban de legitimidad y que podían realizar una acción de gobierno eficaz.

Quizás la lección más dura, y una sobre la que merece la pena reflexionar, es que la democracia no es un punto de partida sino un destino final. A la democracia se llega a través de la maduración de una sociedad durante generaciones, maduración que implica experiencia, sacrificio y educación ciudadana. Pensar que la instauración de un sistema democrático supone el principio de una etapa de estabilidad, libertad y prosperidad es una idea muy norteamericana, pero lo que funcionó en las desarrolladas colonias británicas en América en el siglo XVIII no tiene por qué funcionar igual en el Afganistán o el Mali del siglo XXI.

El movimiento talibán

Dolors Bramon: “El movimiento talibán es una gran desviación del Islam llevada al terreno político”

“Vivo con mucha preocupación lo que pasa en Afganistán. La llegada de los talibanes al poder es un tema muy importante del que quizás los medios no hablarán dentro de un mes, pero la sociedad afgana empezará a sufrir muy pronto las consecuencias con mucha intensidad”

“Movimientos como el de los talibanes, la doctrina wahabí o la organización de los Hermanos Musulmanes de Egipto o Estado Islámico, entre otros, son muy peligrosos porque se extienden. En el caso de los talibanes, es probable que reciban apoyo internacional que les hará envalentonarse y, por tanto, hacer más daño”

“El islam no justifica las prácticas discriminatorias contra la mujer; pero como todas las religiones monoteístas, es patriarcalista. Y si no, pregúntele a muchas mujeres católicas que querrían acceder al sacerdocio y no pueden”

Entrevista a Dolors Bramon

Por Jordi Pacheco

La toma del poder por parte de los talibanes en Afganistán situa de nuevo a este movimiento islámico en el foco mediático y plantea interrogantes, todavía no suficientemente bien resueltos, sobre el modo en que ciertos grupos del denominado islam político interpretan el Corán, su libro sagrado. Profesora emérita de estudios árabes e islámicos en la Universidad de Barcelona y autora de El islam hoy (Fragmenta, 2019), Dolors Bramon (Banyoles, 1943) es una de las voces más autorizadas para deshacer los tópicos que circulan sobre el islam entre los musulmanes y entre los que no lo son. Tras una larga etapa como catedrática, su labor principal consiste desde hace unos años en “hacer que los medios de comunicación hablen del islam como Dios manda,” reconoce Bramon por teléfono desde su Banyoles natal.

Parece que los medios de comunicación solo recurrimos a personas a usted cuando el islam ocupa el debate público y casi siempre por motivos poco afortunados. ¿Le han llamado mucho en estos días para hablar de Afganistán?

Naturalmente. Esto forma parte de mi trabajo. A menudo veo que se confunden términos, palabras, conceptos y por tanto en estas situaciones es donde puedo aportar mis conocimientos. A veces digo que los españoles y los catalanes hemos estado muy mal educados en islam, quizás porque 800 años de dominio islámico nos hacen ver como algo negativo la influencia de esta religión. 

¿Cómo está viviendo lo que pasa en Afganistán en estos días?

La llegada de los talibanes al poder es un tema muy importante del que quizás los medios no hablarán dentro de un mes, pero la sociedad afgana pronto empezará a sufrir las consecuencias con mucha intensidad. Por lo tanto, lo vivo con gran preocupación. Hace unos días me llamaron de una radio y me preguntaron si me creía lo que dijeron los talibanes en su primera rueda de prensa en Kabul tras la toma del poder, cuando aseguraron que las mujeres afganas serían felices bajo las reglas de la Sharía. Mi respuesta fue un no rotundo: no me lo creo en absoluto.

En los últimos días, musulmanes de España y otras partes del mundo han criticado a los talibanes por su desviación del islam. 

El movimiento talibán es una gran desviación del islam llevada al terreno político. La de Arabia Saudita es una desviación también muy peligrosa porque tienen mucho dinero. Son corrientes que se extienden, y en el caso de los talibanes, contarán seguro con ayudas internacionales de los países del Golfo que les darán poder; y si tienen poder se envalentonarán y harán más daño. 

Habla usted del pluralismo en el islam político. Y en este sentido, equipara movimientos como el de los talibanes con la doctrina wahabí o la organización de los Hermanos Musulmanes de Egipto o Estado Islámico, entre otros. Todas estas visiones del islam, ¿respetan el espíritu del Coran?

Depende del grado de desviación con respecto al islam que se produzca, si es más grande o más pequeño. Pero en general, todos estos islamismos se caracterizan por discrepar, en algunos puntos, de la doctrina del Corán. Y esto es muy grave, porque ellos dicen que el Corán les ha sido dictado por Dios, creen en Dios y por tanto, lo menos que pueden hacer es hacerle caso.

«En general, todos ltos islamismos se caracterizan por discrepar, en algunos puntos, de la doctrina del Corán»

Resulta bastante cuestionable que crean en Dios.

Yo lo cuestiono. De hecho he insistido mucho para que no se acepte la terminología de ‘Estado Islámico’ porque no es un proyecto que siga en absoluto las doctrinas del islam; por tanto, no merece ese nombre. He intentado que se les llame ‘pretendido Estado Islámico’, o ‘mal llamado Estado Islámico’, pero no es una fórmula que resulte cómoda a los medios de comunicación. Ahora volveremos a oír hablar de él, desgraciadamente.

¿Por qué?

Tradicionalmente, este movimiento no se ha entendido bien con los talibanes, pero tampoco son enemigos. Es posible que ‘Estado Islámico’ aproveche el desorden actual para atentar. EEUU ya ha advertido una amenaza potencial. Con las aglomeraciones que están habiendo en el aeropuerto de Kabul, sería fácil organizar un acto terrorista.  

¿El Islam es patriarcal o machista? ¿Justifica esta religión las prácticas abusivas que se dan contra las mujeres por el mero hecho de serlo? 

No las justifica, pero el islam, como todas las religiones monoteístas, es patriarcalista. Y si no, pregúntele a muchas mujeres católicas que querrían acceder al sacerdocio y no pueden. El monoteísmo, como establece una gradación creador-criaturas, naturalmente las criaturas también sufren de esta gradación y las mujeres están por debajo de los hombres. Es innato, es inconsciente a veces, pero siempre es propio de cualquier religión monoteísta. 

¿Qué cree que va a pasar a partir de ahora con los 19 millones de mujeres y niñas en Afganistán? El panorama, por el momento, no parece muy esperanzador.

No es esperanzador en absoluto. Además, desde el primer momento, los medios han caído en una trampa al hacerse eco de las afirmaciones de los talibanes, que aseguran que respetarán los derechos de las mujeres según la Ley Islámica. Ahora ya dicen que respetarán sus derechos de acuerdo con la Sharía. De ese modo, hemos hecho un paso más hacia la ignorancia: dicen algunos musulmanes que la Sharía es la ley islámica y yo lo niego: lo que dicen que es Sharía en Arabia Saudí no lo es en Marruecos o Nueva York. Es decir, una ley que no sea general no puede ser ley islámica: será la ley de los talibanes, la ley de Irán o la que sea, pero no nos la pueden vender como una ley general del islam. 

El islam es una cosa muy seria, y si tuviera una ley general, la tendría escrita tal como lo está nuestro Aranzadi. La Sharía varía en función de quién tiene el poder político o religioso y cómo decide qué es Sharía y qué no. Por ejemplo: en Afganistán, durante la época talibán, las mujeres no tenían acceso a los estudios ni a la medicina. En Marruecos o en Turquía, en cambio, sí lo tienen. Por tanto, podemos decir que en este caso los talibanes se inventan la Sharía a su conveniencia. Cada cual se desvía como le da la gana y, si tiene poder, consigue imponerse. 

En estos días, algunos medios han intentado explicar qué es la Sharía. ¿Cómo la define usted?

Sharía es una palabra ambigua que solo sale una vez en el Corán e indica el camino que lleva hacia el abrevadero, es decir, el lugar donde se encuentra el agua. Se ha interpretado, por tanto, como “el camino que lleva hacia una buena conducta”. Digo que es un concepto ambiguo porque una persona puede decidir que el camino es ofrecer caridad a los pobres y otro decir que es hacer desaparecer de la tierra todo objeto de pecado. En este sentido, si tienes poder político, religioso o social, puedes decir que es Sharía lo que te dé la gana. Y no. El mundo musulmán ha de guiarse por lo que dice el Corán, no por lo que dice el jefe de Estado de cada país o lo que los líderes religiosos piden a este.  

Sostiene en su libro que el islam no es una religión monolítica. No se vive igual en Marruecos, que en Turquía o Baréin.

Cada musulmán tiene su islam, a diferencia del catolicismo, que tiene un Papa que define doctrina, actuación o norma. En el Corán, cada musulmán está invitado a pensar y razonar, y cada cual lo hace en la medida de lo que es capaz. Lo que pasa es que hay imanes y autoridades religiosas que pueden hacer mucho mal o mucho bien en función de cómo interpretan y dan a conocer la palabra de Dios. 

El Corán impreso en Arabia Saudí y distribuido en el resto del mundo es un texto que tiene un impacto muy negativo mundialmente en el sentido que expande una visión retrógrada del islam.

Efectivamente, pero yo no hablaría en singular. Los países del Golfo imprimen traducciones del Corán perfectamente redactadas en multitud de idiomas porque el dinero les sale por las orejas. No son traducciones exactas: he hecho muchas pruebas con mis alumnos y tengo clarísimo que se trata de traducciones tergiversadas que no reflejan lo que dicen que Dios les dijo. A pesar de que traducir a Dios es muy difícil, se pueden hacer traducciones más o menos fieles. Y estos ejemplares del Corán editados en el Golfo y regalados por todo el mundo son muy peligrosos. Siempre que puedo, advierto a las bibliotecas de que no deben incorporarlos a su catálogo

¿Corredores humanitarios en Afganistán?

La prensa italiana asegura que el Papa negocia con los talibanes, a través de Erdogan, para abrir corredores humanitarios en Afganistán

Sorprendió, y mucho, que el Papa Francisco no se refiriera a la crisis afgana durante el Angelus de este domingo. Pocos minutos después, el diario ‘Il Tempo’ daba una posible clave para ese silencio

El diario sostiene que «se ha abierto inesperadamente un canal reservado entre la Santa Sede y los talibanes para crear un corredor humanitario”, en una negociación a tres bandas entre Bergoglio, la Congregación para las Iglesias Orientales, Erdogan y el régimen talibán

22.08.2021 Jesús Bastante

Sorprendió, y mucho, que el Papa Francisco no se refiriera a la crisis afgana durante el Angelus de este domingo. Pocos minutos después, el diario ‘Il Tempo’ daba una posible clave para este silencio: Bergoglio podría estar trabajando en una vía de negociación con los talibanes, a través de la mediación del presidente turco, Taiyip Erdogan, para abrir ‘corredores humanitarios’ que permitieran la salida de miles de refugiados afganos que huyan del nuevo régimen instaurado tras la salida de los Estados Unidos del país

Así, el periodista Luigi Bisignani sostiene que «sólo una iniciativa impulsada desde la Secretaría de Estado del Vaticano podría ser de milagrosa ayuda», pues «Kabul se está convirtiendo en un infierno».

El diario asegura que «se ha abierto inesperadamente un canal reservado entre la Santa Sede y los talibanes para crear un corredor humanitario”, en una negociación a tres bandas entre Bergoglio, la Congregación para las Iglesias Orientales, Erdogan y el régimen talibán. ¿Será posible? De momento, no hay confirmación, ni desmentido, oficial por parte de la Santa Sede.

Para entender el régimen talibán

Quiénes son, de dónde surgieron y qué buscan: claves para entender el régimen talibán

Al colapso del gobierno afgano el pasado domingo 15 de agosto y la retirada del país de las tropas estadounidenses tras dos décadas de ocupación, ha seguido la evacuación a marchas forzadas de miles de colaboradores, extranjeros y afganos, del derrocado gobierno de Ashraf Ghani

Los talibanes que tomaron el domingo la capital de Afganistán, Kabul, gobernaron entre 1996 y 2001, un lustro que fue suficiente para imponer una rigurosa interpretación de la Sharia (ley musulmana)

Su visión del islam, partidaria del retorno a las costumbres propias de los tiempos del Profeta, podría ser clasificada junto a otras corrientes del islam político sunita como el wahabismo de las monarquias petroleras del Golfo Pérsico o los Hermanos Musulmanes de Egipto

20.08.2021 Jordi Pacheco

El mundo entero mira a Afganistán. Al colapso del gobierno afgano el domingo 15 de agosto y la retirada del país de las tropas estadounidenses tras dos décadas de ocupación, ha seguido la evacuación a marchas forzadas de miles de colaboradores, extranjeros y afganos, del derrocado gobierno encabezado por el presidente Ashraf Ghani, que se encuentra en Emiratos Árabes Unidos. 

El aeropuerto de Kabul, donde miles y miles de personas se han agolpado a lo largo de los últimos días en un intento desesperado por salir del país, han registrado imágenes virales que han conmocionado a la opinión pública internacional. Al mismo tiempo, desde Europa ya empieza a temerse un intento de entrada masiva de refugiados que huyen del terror talibán. 

Pero, ¿en qué consiste este régimen que ahora irrumpe en el país asiático dominado por EEUU durante los últimos 20 años? Analistas y medios de comunicación de todo el mundo tratan de ofrecer una respuesta a esta pregunta al tiempo que se recrudece el drama humanitario del país y crecen los inquietud acerca del porvenir de su gente a corto plazo. 

Caída y ascenso del régimen

Como es sabido, los talibanes que tomaron el domingo la capital de Afganistán, Kabul, gobernaron entre 1996 y 2001, un lustro que fue suficiente para imponer una rigurosa interpretación de la Sharia (ley musulmana). Su visión del islam, partidaria del retorno a las costumbres propias de los tiempos del Profeta, podría ser clasificada, salvando las distancias, junto a otras corrientes del islam político sunita como el wahabismo de las monarquias petroleras de los países del Golfo Pérsico o el islam de los Hermanos Musulmanes de Egipto.

El movimiento de los talibanes (“estudiantes en religión”) surgió en Afganistán allá por 1994, en medio de un contexto de devastación tras una guerra de una década contra los soviéticos y que enfrentaba una lucha fratricida entre muyahidines desde la caída del régimen comunista en Kabul dos años antes.

Refugiados previamente de los soviéticos en el vecino Pakistán, donde se habían formado, los miembros de esta corriente islamistas suní vieron morir a dos de sus líderes durante los años de invasión estadounidense. Mohammad Omar (2003) y Akhtar Mansur (2016).

Dirigido en la actualidad por Haibatullah Akhundzada, el movimiento talibán está encabezado políticamente también por Abdul Ghani Baradar, cofundador del movimiento. Como la casi totalidad de la población afgana, ambos son esencialmente pastunes, el grupo étnico que ha dominado el país casi ininterrumpidamente durante dos siglos.

Con la promesa de restablecer el orden y la justicia, los talibanes tuvieron un ascenso imparable gracias al apoyo de Pakistán y el beneplácito de EEUU. Así, en 1994 tomaron Kandahar, entonces capital del país. Entonces instauraron un régimen de terror propiciado por una estricta ley islámica que prohibía incluso juegos, televisión, fotografía y música y apartaron a las mujeres de la sociedad.

En marzo de 2001 dinamitaron los Budas gigantes de Bamiyán, dos monumentales y milenarias estatuas del arte greco-budista, por considerarlas contrarias al Corán. La opinión internacional se escandalizó y la sede del poder se trasladó a Kandahar, en una región cercana a la casa construida por el líder de Al Qaida, Bin Laden. La zona se convirtió desde entonces en un lugar de entrenamiento para islamistas radicales de todo el mundo.  

Unos meses después, el 11 septiembre, tuvieron lugar los atentados en EEUU que costaron más de 3.000 víctimas mortales. Acto seguido se produjo la respuesta del gobierno estadounidense, que inició la invasión militar de Afganistán después de que el régimen talibán se negara a entregar a Bin Laden, principal sospechoso de organizar los ataques terroristas. En diciembre los talibanes capitularon y volvieron a exiliarse en Pakistán. 

Desde la invasión estadounidense hasta nuestros días

En las dos décadas transcurridas desde entonces, los ataques y emboscadas contra las fuerzas de ocupación occidentales han sido frecuentes y no fue hasta 2015 que, propiciadas por China y EEUU, tuvieron lugar las primeras conversaciones entre el gobierno afgano y los talibanes. 

Los ataques contra las tropas estadounidenses no cesaron ni siquiera mientras tenían lugar las discretas negociaciones entre EEUU y los talibanes. Sin embargo, en febrero de 2020, ambas partes firmaron un acuerdo histórico que preveía la retirada de las tropas extranjeras a cambio de garantía de seguridad e inicio de negociaciones. 

Un año y medio después, en julio de 2021, el presidente Joe Biden ordenó la retirada de las tropas que, como todo el mundo ha visto, se ha hecho finalmente efectivo. Sin la presencia norteamericana, los talibanes han impuesto su dominio de forma fulgurante en todo el territorio afgano, provocando la huida del presidente Ashran Ghani.

El narcotráfico, la extorsión y los secuestros son las formas de financiación de quienes hoy ostentan el poder en Afganistán. Pese a que uno de los portavoces talibanes ha asegurado esta misma semana que “Afganistán no será más un país de cultivo de opio”, la afirmación parece poco viable en un país en país que, actualmente, produce el 80% del opio mundial.

Los talibanes han tomado el poder en Afganistán

Los insurgentes afganos desatan el caos tras la toma de KabulQuiénes son, de dónde surgieron y qué buscan: claves para entender el régimen talibán

Los talibanes toman el control de Afganistán.

Al colapso del gobierno afgano el pasado domingo 15 de agosto y la retirada del país de las tropas estadounidenses tras dos décadas de ocupación, ha seguido la evacuación a marchas forzadas de miles de colaboradores, extranjeros y afganos, del derrocado gobierno de Ashraf Ghani

Los talibanes que tomaron el domingo la capital de Afganistán, Kabul, gobernaron entre 1996 y 2001, un lustro que fue suficiente para imponer una rigurosa interpretación de la Sharia (ley musulmana)

Su visión del islam, partidaria del retorno a las costumbres propias de los tiempos del Profeta, podría ser clasificada junto a otras corrientes del islam político sunita como el wahabismo de las monarquias petroleras del Golfo Pérsico o los Hermanos Musulmanes de Egipto

20.08.2021 Jordi Pacheco

El mundo entero mira a Afganistán. Al colapso del gobierno afgano el domingo 15 de agosto y la retirada del país de las tropas estadounidenses tras dos décadas de ocupación, ha seguido la evacuación a marchas forzadas de miles de colaboradores, extranjeros y afganos, del derrocado gobierno encabezado por el presidente Ashraf Ghani, que se encuentra en Emiratos Árabes Unidos. 

El aeropuerto de Kabul, donde miles y miles de personas se han agolpado a lo largo de los últimos días en un intento desesperado por salir del país, han registrado imágenes virales que han conmocionado a la opinión pública internacional. Al mismo tiempo, desde Europa ya empieza a temerse un intento de entrada masiva de refugiados que huyen del terror talibán. 

Pero, ¿en qué consiste este régimen que ahora irrumpe en el país asiático dominado por EEUU durante los últimos 20 años? Analistas y medios de comunicación de todo el mundo tratan de ofrecer una respuesta a esta pregunta al tiempo que se recrudece el drama humanitario del país y crecen los inquietud acerca del porvenir de su gente a corto plazo. 

Caída y ascenso del régimen

Como es sabido, los talibanes que tomaron el domingo la capital de Afganistán, Kabul, gobernaron entre 1996 y 2001, un lustro que fue suficiente para imponer una rigurosa interpretación de la Sharia (ley musulmana). Su visión del islam, partidaria del retorno a las costumbres propias de los tiempos del Profeta, podría ser clasificada, salvando las distancias, junto a otras corrientes del islam político sunita como el wahabismo de las monarquias petroleras de los países del Golfo Pérsico o el islam de los Hermanos Musulmanes de Egipto.

El movimiento de los talibanes (“estudiantes en religión”) surgió en Afganistán allá por 1994, en medio de un contexto de devastación tras una guerra de una década contra los soviéticos y que enfrentaba una lucha fratricida entre muyahidines desde la caída del régimen comunista en Kabul dos años antes.

Refugiados previamente de los soviéticos en el vecino Pakistán, donde se habían formado, los miembros de esta corriente islamistas suní vieron morir a dos de sus líderes durante los años de invasión estadounidense. Mohammad Omar (2003) y Akhtar Mansur (2016).

Dirigido en la actualidad por Haibatullah Akhundzada, el movimiento talibán está encabezado políticamente también por Abdul Ghani Baradar, cofundador del movimiento. Como la casi totalidad de la población afgana, ambos son esencialmente pastunes, el grupo étnico que ha dominado el país casi ininterrumpidamente durante dos siglos.

Con la promesa de restablecer el orden y la justicia, los talibanes tuvieron un ascenso imparable gracias al apoyo de Pakistán y el beneplácito de EEUU. Así, en 1994 tomaron Kandahar, entonces capital del país. Entonces instauraron un régimen de terror propiciado por una estricta ley islámica que prohibía incluso juegos, televisión, fotografía y música y apartaron a las mujeres de la sociedad.

En marzo de 2001 dinamitaron los Budas gigantes de Bamiyán, dos monumentales y milenarias estatuas del arte greco-budista, por considerarlas contrarias al Corán. La opinión internacional se escandalizó y la sede del poder se trasladó a Kandahar, en una región cercana a la casa construida por el líder de Al Qaida, Bin Laden. La zona se convirtió desde entonces en un lugar de entrenamiento para islamistas radicales de todo el mundo.  

Unos meses después, el 11 septiembre, tuvieron lugar los atentados en EEUU que costaron más de 3.000 víctimas mortales. Acto seguido se produjo la respuesta del gobierno estadounidense, que inició la invasión militar de Afganistán después de que el régimen talibán se negara a entregar a Bin Laden, principal sospechoso de organizar los ataques terroristas. En diciembre los talibanes capitularon y volvieron a exiliarse en Pakistán. 

Desde la invasión estadounidense hasta nuestros días

En las dos décadas transcurridas desde entonces, los ataques y emboscadas contra las fuerzas de ocupación occidentales han sido frecuentes y no fue hasta 2015 que, propiciadas por China y EEUU, tuvieron lugar las primeras conversaciones entre el gobierno afgano y los talibanes. 

Los ataques contra las tropas estadounidenses no cesaron ni siquiera mientras tenían lugar las discretas negociaciones entre EEUU y los talibanes. Sin embargo, en febrero de 2020, ambas partes firmaron un acuerdo histórico que preveía la retirada de las tropas extranjeras a cambio de garantía de seguridad e inicio de negociaciones. 

Un año y medio después, en julio de 2021, el presidente Joe Biden ordenó la retirada de las tropas que, como todo el mundo ha visto, se ha hecho finalmente efectivo. Sin la presencia norteamericana, los talibanes han impuesto su dominio de forma fulgurante en todo el territorio afgano, provocando la huida del presidente Ashran Ghani.

El narcotráfico, la extorsión y los secuestros son las formas de financiación de quienes hoy ostentan el poder en Afganistán. Pese a que uno de los portavoces talibanes ha asegurado esta misma semana que “Afganistán no será más un país de cultivo de opio”, la afirmación parece poco viable en un país en país que, actualmente, produce el 80% del opio mundial.