S. Buenaventura (El Doctor Seráfico)

San Buenaventura
San Buenaventura

Los siglos XII y XIII representan la culminación de la Escolástica, que jugó un importante papel en la filosofía y teología cristiana de todos los tiempos. El triunvirato filosófico-teológico formado por Juan Duns Scoto, (Doctor sutil), Tomás de Aquino (Doctor angélico) y Buenaventura (Doctor seráfico), elevaron las disputas escolásticas a unos niveles difíciles de alcanzar.

Ángel Gutiérrez Sanz

Los siglos XII y XIII representan la culminación de la Escolástica, que jugó un importante papel en la filosofía y teología cristiana de todos los tiempos. El triunvirato filosófico-teológico formado por Juan Duns Scoto, (Doctor sutil), Tomás de Aquino (Doctor angélico) y Buenaventura (Doctor seráfico), elevaron las disputas escolásticas a unos niveles difíciles de alcanzar.

Juan de Fidanza, que así se llamaba nuestro santo de hoy, nació en Bagnoregio, población italiana (Viterbo) en la Toscana, entre los años 1217 o 1218. El padre, que llevaba su mismo nombre, ejercía la profesión de médico y su madre, María, tuvo que cuidarle con desvelos durante una grave enfermedad que sufrió durante su infancia y de la que sanó por especial intercesión de S. Francisco de Asís a quien fue consagrado. 

 Sujeto dotado de cualidades intelectuales excepcionales, ingresa como alumno en la Universidad de Paris a los 14 años, donde impartían sus lecciones, acreditados maestros como Alejandro de Hales. En este periodo de su vida a la vez que su inteligencia se llenaba de conocimientos, su corazón se iba empapando del espíritu franciscano. Según sus propias palabras, la orden de S, Francisco le atraía porque veía en ella el hermoso maridaje entre la sencillez evangélica y la ciencia. En esta orden acabaría ingresando siendo todavía muy joven, para entregarse por entero y ponerse a su servicio en cuerpo y alma. 

 Al poco tiempo de haber terminado sus estudios a pleno rendimiento, le vemos ya impartiendo clases en esta misma universidad. Durante un decenio que ejerció como profesor universitario fue la admiración, no solo de los alumnos, sino también de los profesores.  De su profundo y vasto conocimiento teológico da sobradas muestras en su gran obra titulada “Comentario sobre las Sentencias de Pedro Lombardo”, que venía a ser, al ejemplo de Sto. Tomás, una Suma Teológica en toda regla. Esta lumbrera, que causaba admiración en el mundo universitario, estaba también dotado de unas cualidades humanas envidiables, entre las que había que destacar el buen juicio, prudencia, sencillez, paciencia, naturalidad, espíritu de oración y por supuesto la humildad, tal como viene a corroborar el hecho de que en una ocasión unos legados del papa llegaron al convento para informarle de su nombramiento cardenalicio y se lo encontraron lavando platos.

Aparte de intelectual de altos vuelos era un hombre organizador. La orden franciscana hacía no más de 50 años que había sido fundada y necesitaba una estructuración en toda regla, por lo que la comunidad franciscana pensó en este hombre para desempeñar el puesto de maestro general de la Orden en 1257 y la elección fue un acierto, porque en estos momentos era exactamente la persona que se necesitaba. Desde este nuevo cargo armonizó las corrientes enfrentadas que habían surgido con la muerte de su fundador.  Durante 18 años viajó por Francia, Alemania, Italia y España, celebrando capítulos generales y provinciales, elaboró unos estatutos equilibrados y supo dotar de sólida estructura a la obra recibida en herencia, hasta el punto que podía decirse que si S. Francisco fue quien fundo la orden franciscana, Buenaventura fue quien la dotó de la organización necesaria para su correcto funcionamiento, por lo que mereció justamente que fuera considerado como “el segundo fundador”.

En cuanto escritor baste decir que, tanto en sus obras teológicas como místicas, encontramos una síntesis del pensamiento y la espiritualidad cristiana, expresados con claridad, precisión y elegancia. Nada de particular tiene que las gentes buscaran su consejo, que papas y reyes le pidieran asesoramiento. En lógica consecuencia fue nombrado cardenal y se le encargó la preparación del segundo concilio ecuménico de Lyon, siendo él mismo quien se encargaría de dirigir los debates. Este sería su último servicio a la Iglesia y a su orden, pues la muerte le iba a sorprender un 15 de Julio de 1274, poco antes de finalizar el concilio.  Semejantes a los honores y reconocimientos que este humilde franciscano tuvo en vida fueron los que tuvo después de su muerte, siendo reconocido y admirado como, “santo” “doctor seráfico”, “segundo fundador de la orden franciscana” y “príncipe de los místicos”

 Reflexión desde el contexto actual:

Los escritos bonaventurianos siguen leyéndose en nuestro mundo dominado por la técnica, la velocidad y las prisas, como lo prueba el hecho de que están siendo reeditados. El secreto de este hecho infrecuente está en que la obra de S. Buenaventura no es solo fruto de la inteligencia, sino también producto de los pálpitos del corazón y éstos, como bien se sabe, no envejecen nunca. De entre los muchos pensamientos bonaventurianos que pueden servirnos para una reflexión serena, yo me quedaría con éste de una aplicación práctica innegable: «El gozo espiritual es la mejor señal de que la gracia habita en un alma».

La teología, a debate en los XXXVIII Jueves de RD

Faus: “La teología tiene futuro, pero ahora está dormida”

Rafael Luciani, José Ignacio González Faus y Jesús Bastante
Rafael Luciani, José Ignacio González Faus y Jesús Bastante

¿Cuál es la misión de los teólogos y teólogas en la Iglesia del siglo XXI? ¿Cuál es el papel de la teología en la vida de la Iglesia y su aportación al mundo? ¿Cuál es el papel de la mujer en la teología? Estas y otras cuestiones vertebraron los XXXVIII Jueves de RD

Rafael Luciani: “Hoy la Iglesia está tomando decisiones por presiones de la sociedad y no por decisión propia, y esto es muy interesante, porque significa que tiene que saber escuchar a la sociedad aunque no sea católica. Es el caso de los abusos, como en España, donde la sociedad reclamó y la Iglesia tuvo que reconocerlos”

González Faus: “En la sinodalidad, una cosa es esperar a los que no llegan, y otra esperar porque la Iglesia no entiende al mundo. Ese retraso, a Juan Pablo II le costó 200 años decir que la libertad, la igualdad y la fraternidad eran palabras cristianas”

Martínez Gordo: “El Camino Sinodal alemán creo que va a marcar el futuro de la Iglesia en buena parte del siglo XXI, sobre todo en lo que tiene que ver con el poder y control del poder en la Iglesia”

Por José Lorenzo

¿Tiene futuro la teología? ¿Cuál es la misión de los teólogos y teólogas en la Iglesia del siglo XXI? ¿Cuál es el papel de la teología en la vida de la Iglesia y su aportación al mundo? ¿Cuál es el papel de la mujer en la teología? ¿Hay nuevos autores trabajando en esta disciplina? Estas y otras cuestiones vertebraron los XXXVIII Jueves de RD, con las aportaciones de destacados especialistas, moderados por Jesús Bastante, redactor jefe de RD, y cuyo diagnóstico, sin ser optimista, tampoco acaba de enterrar una disciplina a la que se le pide que se encarne y no se encastille.

Abrió el debate, salpicado por distintas aportaciones para el debate, José Ignacio González Faus quien señaló que a sus 88 años, “la teología sirve para entretener a alguien como yo”, y puso, como quien no quiere la cosa, el dedo en la llaga al dejar caer que “la teología depende mucho de la calidad espiritual interior de quien la hace”.

Aunque mucha gente “cree que no sirve para nada”, añadió, el futuro de la teología “depende de que los teólogos sepamos comunicar algo antropológico, sobre el hombre, sobre la situación en que esta ahora”, aunque, dado que “han desaparecido los grandes teólogos, también los religiosos, y los laicos, aunque los hay, no acaban de aparecer”, consideró “la teología tiene futuro, pero quizás está dormida ahora”

“Una pasión inútil o esperanzada”

“Una teología -prosiguió el teólogo jesuita- que estudia porque cree, porque de Dios no podemos decir nada de sobre cómo es, solo que es amor, una comunicación infinita, que le da a la realidad un sentido, y por eso la teología tiene que desentrañar el sentido, la pregunta a la que ha de responder la teología hoy es esa, si somos una pasión inútil o una pasión esperanzada”

Rafael Luciani también extrañó a los grandes referentes de la teología con los que estudiaba extraño los grandes referentes con los que estudiaba, pero apuntó el reto actual de “buscan entrar en temas más amplios, de articular la vida cotidiana de donde nace la teología y el contexto desde dónde se hace”, pues varía de entre países y continentes».

“Como laico -advirtió-, veo mucha fragmentación, una gran ausencia en instituciones eclesiales por favorecer y promover al laicado en el ámbito teológico, y cuando se forman, no encuentran trabajo, y ese es también otro reto, porque hay muchos laicos y laicas que estudian la teología, pero luego no encuentran dónde poder desarrollarse

Recordó el profesor y teólogo que él ni siquiera podía estudiar teología en su país, y puso de relieve que, cuando se consigue hacer y termina la formación, resulta que no logran de ella “un sustento económico para vivir”, aunque señaló que en su caso “yo vivió la teología como un servicio que me humaniza”

Una teología encerrada en sí misma

Lamentó Faus el hecho de que, en su opinión, “cada teología se está encerrando mucho en sí misma, en cada tierra parece que ya no se lee lo de los demás, es algo que se está perdiendo, por lo que sería bueno que los teólogos mantuviéramos el contacto entre nosotros”.

Coincidió Luciania en que “el localismo se está viendo cada vez más, perdiéndose el aprendizaje de otras realidades y contextos”, aunque ve “algo bonito que está emergiendo, el trabajo en redes entre teólogos, continentales e intercontinentales, lo que ayuda a salir del ego en que se encierran”, por lo que consideró que “la única manera de salir es integrar disciplinas distintas en redes de distintos países”.

“Esto puede tener que ver con algo característico de nuestra época: en vez de un Karl Rahner, hay cinco o seis figuras, ojalá que con las redes sociales se pueda logra lo que dice Rafael”, concedió Faus.

La primnea de las aportaciones al debate “a dos” vino por parte de Jesús Martínez Gordo. El teólogo. Sacerdote vasco no dejó indiferente con una reflexión que era una carga de profundidad. En realidad, cuatro, como las pistas que ofreció: “La teología tiene que abordar la presencia de los cristianos en el mundo; abordar el tema de la relación entre la eucaristía y la espiritualidad con carne, como yo la llamo; la dimensión del anuncio y la evangelización, porque es importante que la teología aborde la relación entre la riqueza de carismas en la Iglesia y la legitimidad de opciones, es decir, quiénes son los preferidos y las razones, contrastadas por el Evangelio, porque no todo vale; y en la organización de la comunidad cristiana, yo seguiría muy de cerca el Camino Sinodal alemán, que creo que va a marcar el futuro de la Iglesia en buena parte del siglo XXI, sobre todo en lo que tiene que ver con el poder y control del poder en la Iglesia”.

Coinició Luciani en que el Camino Sinodal alemán está desarrollando temas que se están planteando, “por ejemplo en América Latina, con el tema de los nuevos ministerios, y en Alemania desde los años 80 tienen laicos coordinando parroquias, lo que significa que las Iglesia locales también marcan la teología que se hace, es una eclesiología que hemos recuperado del Concilio y que se había perdido por el universalismo”.

Faus también cree que “el camino de la Iglesia es la sinodalidad, pero me da un poco de miedo, porque caminar juntos no es posible, unos van delante y otros más atrasados, por eso la sinodalidad tiene la responsabilidad de recoger a los últimos, tiene que suponer paciencia para que podamos caminar todos, porque una cosa es esperar a los que no llegan, y otra esperar porque la Iglesia no entiende al mundo. Ese retraso, a Juan Pablo II le costó 200 años decir que la libertad, la igualdad y la fraternidad eran palabras cristianas”.

Para Luciani, “la sinodalidad llevará una generación, es una cultura lenta, pero humanizadora, y donde tenemos que aprender a reconocer los disensos y los consensos, es un aprendizaje para la Iglesia actual, si no hay una conversación, las decisiones seguirán tomándose con la mentalidad de pontificados anteriores”.

En este sentido, valoró el hecho de que “hoy la Iglesia está tomando decisiones por presiones de la sociedad y no por decisión propia, y esto es muy interesante, porque significa que tiene que saber escuchar a la sociedad, aunque no sea católica. Es el caso de los abusos, como en España, donde la sociedad reclamó y la Iglesia tuvo que reconocerlos”.

En la intervención de Sara Nocetti la teóloga italiana, reivindicó una “presencia creciente de los laicos, su modo de hacer teología es aportar el lenguaje  y categorías de nuestro tiempo, la experiencia de ser creyentes laicos profundamente arraigados en el mundo de hoy, lo que abre a la teología un enfoque sapiencial y narrativo de la praxis”.

Desde una perspectiva feminista, “las teólogas -añadió- se preguntan cómo deconstruir un enfoque jerárquico, que es lo contario de una Iglesia sinodal y participativa, y cómo pensar a Dios más allá de las categorías simbólicas masculinas”, mostrando su deseo de que “la teología fuese un espacio crítico ante todos los poderes del mundo”.

La participación de Xabier Pikaza tampoco dejó indiferentes, lo que se tradujo también en un interesante debate en el chat habilitado. “He dedicado 60 años a la teología -arrancó el teólogo vasco-, pero estoy confuso, alegre por esa dedicación, pero con la sensación de haber avanzado poco. A partir del Vaticano II, la teología ha quedado desfasada, muerta, al servicio del adoctrinamiento y de una Iglesia que no es la nuestra ni la del Evangelio; por eso hay que volver a ras de tierra, de la vida, al camino que hizo Jesús, volver al principio de la Iglesia, una teología que pueda ser escuchada, hablada, vivida en este mundo, sobre todo en Occidente”

“Queremos imponer en algunas escuelas nuestra forma de entender el cristianismo y todo eso se queda vacío, por lo que creo que debemos empezar de nuevo, con una teología comprensible para el conjunto de la gente”, señaló el teólogo, que confesó al respecto que “no soy muy optimista, nada optimista”.

Tiempo para hablar de Jesús 

 “Las cosas tardan años en crecer”, quiso animar José Ignacio González Faus, quien reconoció que “lo que nos puede unir es Jesús” y lamentó, a esas alturas del debate, que “nos ha faltado tiempo para hablar de Jesús”.

Luciani, por su parte, incidió en la importancia de las deformas como las que ha emprendido el papa Francisco. “El Vaticano II nos dio el horizonte pero nosotros tenemos que pensar esta reforma, en este camino de sinodalidad vemos que a veces el primer obstáculo es el párroco o el seminario, que no quiere abrir la puerta a estos temas, y la teología tiene que hacer un aporte a estas instituciones, planteando proyectos concretos de ministerialidad”.

“La teología -prosiguió el teólogo laico- se conecta con cambios concretos, gracias a la reflexión teológica. Hoy en día, cuando Francisco hace la reforma de la Curia, tenemos laicos y laicas donde hace seis meses tenía que estar un obispo, es decir, la teología reflexionando tiene una incidencia en lo práctico siempre, la teología si es teología tiene que tener un impacto den la realidad”.

El intenso debate finalizó con la intervención de la teóloga Pepa Torres,  quien reconoció que “vivimos tiempos difíciles para la teología, pero también de oportunidades”, y aseguró esta disciplina tiene mucho que ver con la cocina, “porque un teólogo o teóloga no puede estar al margen y atención de lo concreto, no se puede ser solo teólogo, sino ciudadano y ciudadana, servidores y servidoras en la mesa del Reino, la teología tiene que ser experta en hacer y hacerse preguntas incómodas, preguntarse qué nos duele a los teólogos y teólogas”.

Los Jueves de RD son posibles gracias al patrocinio de Instituciones Religiosas del Banco Sabadell y el apoyo técnico de Católicos en Red.

Semblanza de Pablo Richard

Pablo Richard, médico de la fe y de la amistad 

                                   Foto del II Congreso Continental de Teología, Belo Horizonte, 2015 

[Por: Marcelo Barros] 

Pablo Richard, teólogo y exégeta chileno, uno de los pilares de la Teología de la Liberación en América Latina, ha revivido, es decir, ha partido a otra dimensión de la vida. Los que tuvimos la gracia de conocer de cerca a Pablo Richard y, de alguna manera, convivir con él, sabemos lo doloroso que es ver partir a alguien tan querido y siempre tan presente en nuestras vidas y en el camino de la Iglesia de los pobres. 

 Es cierto que en los últimos años, ya con sus 80 años cumplidos en 2019, su salud era frágil y parecía avisar de que estaba a punto de irse. Pero siempre fue muy vivo y perspicaz, lleno de un humor afectuoso y juguetón.  

Quien lo encuentre tan cálido no imaginará que en su juventud, a fines de los 60 y principios de los 70, había sido uno de los fundadores en Chile del colectivo «Cristianos por el Socialismo» y fue su principal pensador en la tarea de unir la teología y la lectura de la realidad de manera crítica y profética. Con el golpe militar en su país, Pablo se vio obligado a exiliarse en Europa. Allí, además de su doctorado en exégesis bíblica y sociología, la distancia metodológica le ayudó a profundizar en su propio modo de ser profeta como teólogo y a hacer una teología muy insertada en los retos y rostros de la realidad.  

 Las primeras veces que nos vimos, todavía a finales de los años setenta, me hizo ver que ambos habíamos sido influenciados por el pensamiento y las intuiciones del mismo maestro, el padre José Comblin, que había sido su profesor en Chile y mi profesor durante todo mi curso de teología en Recife. Desde entonces, parece que siempre nos sentimos hermanos y compañeros en la búsqueda de cómo fortalecer a los hermanos en el camino en la esperanza del reino divino aquí y ahora.  

 Durante todas estas décadas (desde los años 70 hasta ahora), Pablo nos ha enseñado con su propia manera de unir el camino social, una espiritualidad ecuménica y laica y lo que llamamos «la Iglesia de los pobres» al servicio de la liberación, que como afirmaron los obispos en Medellín: «es la liberación de toda la humanidad y de cada ser humano en todas sus dimensiones» (Med. 5, 15).  

 José Comblin fue el primero en escribir sobre «los padres de la Iglesia en América Latina». Sin duda, entre ellos, desde los primeros años del camino, siempre estuvo Pablo Richard, que ahora está con Comblin en el cielo, así como Oscar Romero, Samuel Ruiz, Sergio Mendes Arceo, Leónidas Proaño, Pedro Casaldáliga y tantos otros pastores y pastoras que supieron revitalizar la misión ministerial como profetas de la Palabra de Dios para el mundo. Para los oprimidos del mundo, Pablo siempre ha sabido ser verdaderamente, como escribió el profeta Juan en el Apocalipsis: «hermano y compañero en las tribulaciones y en el testimonio del reino» (Ap 1,9). 

 Si en una Iglesia jerárquica, para ser pastor y doctor de la fe es normal ser obispo, entonces por su forma de ser y de ejercer su misión de consultor siempre muy presente en la base, Pablo Richard nos reveló una forma de unir estas vocaciones de presbítero o incluso de sacerdote episcopal, vigilante de las comunidades y padre casado con hijos y nietos. Para él, esto nunca fue fácil y requirió una inmensa apertura de corazón y mucha fidelidad en la búsqueda y en el diálogo con su esposa y los suyos. Pero siempre fue así, siempre fiel y un verdadero maestro del cuidado de los demás.   

 Por su forma de entender la fe y el ministerio eclesial, Pablo se convirtió, incluso para los no creyentes, en un testigo autorizado de Jesús, en un distinguido doctor de la fe y de una espiritualidad liberadora. Nunca limitó su misión al ámbito de la Iglesia. Siempre supo ser una presencia fraternal y solidaria con las luchas sociales del pueblo, un aliado incondicional de los campesinos e indios en su legítima y evangélica lucha por la tierra y la vida digna.  

 La tendencia natural es que las personas sean más abiertas y libres cuando son jóvenes. A medida que crecen, se vuelven menos libres y más conservadores. Es cierto que hoy en día, en ciertos ambientes del clero y en algunas congregaciones, encontramos a los jóvenes más conservadores y preocupados por la ley que la generación anterior. Pero esto no es natural. Tiene razones y explicaciones más estratégicas y menos espirituales. No tiene nada que ver con lo que Dios hizo que ocurriera en la vida de profetas como Pablo Richard que, cuanto más maduros en edad, más se abrieron interiormente. Supo renovarse permanentemente en un proceso espiritual y humano muy hermoso. Cuanto más viejo y frágil se volvía, más libre era y así daba testimonio de la libertad del Espíritu. En este camino, ahora, desde el cielo, nos invita a continuar y a profundizar siempre en la mística del Reino de Dios y a vivirla en el compromiso social y político junto a los empobrecidos y a los pequeños de este mundo.  

 En este punto, Pablo ya ha escuchado de Jesús, su maestro, la palabra esperada: «Bien hecho, siervo bueno y fiel, entra en el gozo de tu Señor» (Mt 25,21).  

 Pablo Richard, doctor de la fe y profeta de estos tiempos revueltos, ruega por nosotros.  

Entrevista a Luis González-Carvajal

Luis González-Carvajal: “La teología se puede explicar de manera asequible e incluso amena” 

El sacerdote y teólogo acaba de publicar la 24ª edición reelaborada de todo un clásico: ‘Esta es nuestra fe’ 

Desde que viera la luz, hace casi cuatro décadas, ‘Esta es nuestra fe’ (Sal Terrae) ha vendido cerca de 200.000 ejemplares solo en castellano. Todo un hito, sin duda, tratándose de un libro de teología. Satisfecho y sorprendido a parte iguales por esta difusión, Luis González-Carvajal Santabárbara (Madrid, 1947) estrena la 24ª edición de su obra más conocida con una cuarta reelaboración de la misma. “Muy a fondo”, confiesa el propio autor. Tanto que “ha salido casi un libro nuevo”

PREGUNTA.- ‘Esta es nuestra fe’ se ha convertido en todo un clásico. ¿Por qué sigue siendo noticia después de 39 años? 

RESPUESTA.– Seguramente ya es noticia el mero hecho de que un libro de teología publicado en 1982 se haya reeditado continuamente hasta hoy y se haya traducido a siete lenguas; pero a eso se suma que la 24ª edición no es como las anteriores. La he reelaborado muy a fondo: he añadido bastantes cosas y también he quitado otras que me parecían menos importantes o menos actuales; he cambiado de lugar varios capítulos y muchos párrafos dentro de cada capítulo, para que el orden sea más lógico; he revisado a fondo la redacción y corregido bastantes errores que había, especialmente en las citas; he añadido un índice de autores citados… En suma, que ha salido casi un libro nuevo

P.- ¿Hay que “reelaborar” también la fe, como ha hecho ahora con su obra, para “adaptarla” a los tiempos que corren? 

R.- “Adaptar la fe” no me parece la expresión adecuada; prefiero decir que la teología necesita dialogar con la cultura de nuestro tiempo. En los antiguos catecismos de preguntas y respuestas, nosotros decidíamos tanto lo que debían preguntarnos como lo que íbamos a contestar. Ahora las preguntas las deciden los demás y a nosotros nos corresponde responder. Lógicamente, desde 1982 han surgido muchas preguntas nuevas y no podemos ser como esos políticos que, les pregunten lo que les pregunten, responden lo que tienen pensado responder. 

Al margen de las Iglesias 

P.- ¿Despierta más interés la fe de lo que reflejan las encuestas sobre práctica religiosa? 

R.- Sin duda; lo que pasa es que se tiende a vivirla al margen de las Iglesias. La socióloga británica Grace Davie lo llamó “creer sin pertenecer” (believing without belonging). (…) 

P.- Dice en su libro que no cuesta tanto adquirir unos conocimientos teológicos básicos. Sin embargo, no parece que el lenguaje teológico contribuya demasiado a ello. ¿Tiene la teología un problema de comunicación? 

R.- Es verdad que bastantes teólogos no escriben en castellano, sino en un lenguaje para iniciados llamado “clericalés”. Mi experiencia me dice que la teología se puede explicar de manera asequible e incluso amena. (…) 

Ha fallecido el teólogo Bernard Sesboüé

Bernard Sesboüé, uno de los grandes teólogos postconciliares 

Bernard Sesboüé 

Un gran teólogo que ha tenido la virtud de escribir y pensar respetando las reglas de juego establecidas, en el campo fijado y con el “árbitro” designado 

Su visita a Bilbao, finalizando la década de los noventa, para hablar de los ministerios laicales, del diaconado permanente y, particularmente, del laicado con encomienda pastoral 

Una obra suya, probablemente, la más emblemática y valiente en el tramo final de su extensa y rica aportación: “La infalibilidad de la Iglesia. Historia y teología” 

La supuesta “infalibilidad doctrinal” de las “verdades definitivas” no es tal ya que, a diferencia de las verdades cuyo contenido y sentido es la Revelación (lo dicho, hecho y encomendado por Jesucristo) por sí misma, son proposiciones reformables 

23.09.2021 | Jesús Martínez Gordo teólogo 

Me entero, al llegar a casa, que ha fallecido Bernard Sesboüé, uno de los grandes teólogos del postconcilio, un excelente consejero y un mejor amigo. Hacía tiempo que no tenía noticias suyas. La intensa relación mantenida con él, -tanto presencial como epistolar y por email-, había ido decayendo estos últimos años, hasta compartir con él tan solo algún que otro amigable saludo y poco más. 

Es hora, me he dicho, de escribir unas líneas sobre este gran teólogo y excelente persona. Y es hora de hacerlo recordando algunas de las muchas inquietudes comunes, dando a conocer algo de su rico pensamiento y dejando para otros una exposición sintética de su enorme y rica bibliografía teológica, además de biográfica

Los laicos con encomienda pastoral 

La lectura de un artículo suyo sobre los laicos con encomienda pastoral –anticipo de su famoso “No tengáis miedo. Los ministerios en la Iglesia de hoy”– fue la llave que abrió la puerta de nuestra relación. Eso, y una responsabilidad pastoral que me llevaba tres o cuatro veces al año a Paris, donde fui acogido por Bernard en la casa en la que residía, junto con otros jesuitas, en la calle Monsieur. 

Allí se gestó su visita a Bilbao, finalizando la década de los noventa, para hablar de los ministerios laicales, del diaconado permanente y, particularmente, del laicado con encomienda pastoral. Allí hablamos largo y tendido, de mi libro “Los laicos y el futuro de la Iglesia. Una revolución silenciosa” y del prólogo que, amigablemente, escribió. Y allí tuve la suerte de conocer y charlar en diferentes ocasiones también con Joseph Moingt. 

Los tres interlocutores de su teología 

A él le debo mi interés por dialogar -siguiendo su “Historia de los dogmas”- con los judíos y, con ellos, con las diferentes religiones y espiritualidades con las que se ha ido encontrando el cristianismo. Pero también con los grecolatinos y, a partir de ellos, con los alejados e increyentes. Y, finalmente, con los que eran denominados herejes, es decir, con las extrapolaciones o fundamentalismos de la fe, bien sea por exceso o por defecto, que, no tardando mucho, aparecieron en el seno de las primeras comunidades cristianas. 

El sacerdocio de la mujer y la infalibilidad 

Y a él le debo una buena parte de lo que he escrito y dicho sobre el (im)posible sacerdocio de la mujer, sobre el magisterio eclesial y, de manera particular, sobre la infalibilidad y la inerrancia; dos asuntos a los que, estos últimos años, dedicó muchas y fecundas horas de trabajo. 

Quizá, me he vuelto a decir, el mejor homenaje que le puedo hacer es difundir, de manera sintética, el contenido de una obra suya, probablemente, la más emblemática y valiente en el tramo final de su extensa y rica aportación: “La infalibilidad de la Iglesia. Historia y teología” 

La infalibilidad de la Iglesia 

La Iglesia, recuerda B. Sesboüé, es portadora de una verdad (JesuCristo) a la que debe servir hasta el fin de los tiempos y de la que tiene la garantía de que no se puede equivocar en esta misión. 

La manera de proponerla ha sido tipificada, a lo largo de la historia, de diferentes modos. El teólogo francés centra su estudio básicamente en tres: el inerrante, el indefectible y el infalible. Y lo hace porque están en juego tanto la credibilidad del magisterio eclesial (la infalibilidad “no es una invención de la Iglesia católica, sino una referencia ineludible de toda actividad y de todo pensamiento”) como una relación adulta y fundada con dicho magisterio (hay que evitar “la retrospección de los sentidos contemporáneos del vocabulario sobre documentos antiguos”). 

En cumplimiento de esta pretensión, Bernard Sesboüé estudia, en primer lugar, lo que califica “infalibilidades regionales” (presentes en el lenguaje corriente, en la naturaleza, en la ciencia, en la lógica, en la matemática, en la justicia, en la política, en la filosofía y en la historia de las religiones) para mostrar que la paradoja de la infalibilidad “concierne a lo más profundo del hombre en cuanto hombre”. 

Inerrancia e infalibilidad 

Y, contextualizado y “socializado” lo que habitualmente opera de manera “infalible” en la vida ordinaria, el teólogo francés expone la autoridad con que enseñaba Jesús, así como la voluntad de la comunidad apostólica en mantener la autenticidad de la fe frente a las desviaciones y la entrada en escena del carisma o don de la inerrancia (enseñanza de la verdad, fiel y sin error) confiada a la Iglesia por el Nazareno. 

En el primer milenio, constata B. Sesboüé, la comunidad cristiana “jamás empleó el término de infalibilidad para hablar de la Iglesia, del papa o del concilio”, sino el de “inerrancia”, particularmente simbolizado por su centro, la Iglesia de Roma que “no se ha equivocado nunca” ni ha desfallecido en su misión de transmitir la fe. 

Con la reforma gregoriana (ya en el segundo milenio) se abre, en un primer momento, la vía a las futuras tesis conciliaristas al defenderse la inerrancia de la Iglesia y la falibilidad individual de los pontífices. Las cosas empiezan a cambiar a partir de la segunda mitad del siglo XII cuando los teólogos comienzan a sostener que en el papa se expresa con autoridad la inerrancia de la Iglesia y plantean la posible irreformabilidad de una decisión papal. Son ellos quienes ponen las bases para la doctrina sobre la infalibilidad papal. 

A lo largo de las crisis franciscana (XIII-XIV), conciliarista (XV), protestante (XVI) y jansenista (XVII) se asiste a un intenso tratamiento que culmina con la definición solemne de la infalibilidad pontificia en el Vaticano I (1870). A partir de entonces se abre una nueva época marcada por su aplicación y por su recuperación colegial en el Vaticano II. 

Bernard Sesboüé, después de estudiar la recepción del Vaticano II, cierra su trabajo con un “dossier” sobre la Inquisición, la condena de Galileo y el préstamo con interés, así como con un análisis de la cuestión en el diálogo ecuménico. 

Hay tres puntos de su aportación que merecen ser reseñados de modo particular. 

El primero, referido al uso de la infalibilidad papal: “Afortunadamente, la Iglesia dispone de la definición solemne de la infalibilidad pontificia, y no es menos de agradecer el hecho de que no se sirva prácticamente de ella”. 

El segundo, concerniente a la “inflación dogmática” o extensión de la infalibilidad al magisterio auténtico; un comportamiento muy común, sobre todo, en el pontificado de Juan Pablo II, y una tentación que propone superar mediante una expresión más pastoral (y, por ello, más humilde y modesta) de la verdad que Cristo ha confiado a la Iglesia. 

Infalibilidad e (im)posible sacerdocio de la mujer 

Y el tercero, ocupado en analizar la extensión de la infalibilidad a las verdades conectadas, por “razones lógicas” o “históricas”, con la Revelación (es decir, con lo dicho, hecho y encomendado por Jesús) y que son necesarias para su conservación. 

La cuestión tiene su indudable relevancia porque es la que origina el debate contemporáneo sobre las llamadas verdades “definitivas”, una de las cuales es –tal y como proclamó el papa Wojtyla- la imposibilidad de que las mujeres puedan acceder al sacerdocio ministerial. 

En el estudio de esta cuestión es donde se encuentra una de las tesis de mayor calado de su aportación teológica: la supuesta “infalibilidad doctrinal” de las “verdades definitivas” no es tal ya que, a diferencia de las verdades cuyo contenido y sentido es la Revelación (lo dicho, hecho y encomendado por Jesucristo) por sí misma, son proposiciones reformables

Existen problemas, argumenta, en los que es imprescindible la intervención de una autoridad “inerrante” que, porque tiene la última palabra, hace cesar definitivamente la discusión. Quien asume la decisión tomada sabe que, cumpliéndola, no peligra su salvación. 

El hecho de que, a veces, se la presente envuelta en una cierta aureola de “infalibilidad doctrinal” obedece a la voluntad de mostrar que la decisión pontificia es inapelable; pero, “sensu stricto”, es inerrante y, por ello, reformable en el tiempo. 

La singularidad teológica de B. Sesboüé 

“La infalibilidad de la Iglesia. Historia y teología” es el “capolavoro” (la obra maestra) de un gran teólogo que ha tenido la virtud de escribir y pensar respetando las reglas de juego establecidas, en el campo fijado y con el “árbitro” designado. Y que lo ha hecho con la convicción de tener sobradas razones para ganar el partido a otras interpretaciones más usuales porque ha entendido que la suya es una lectura teológicamente consistente. 

Quizá por ello, no sólo nos encontramos con una obra de madurez, sino también con un libro y con un pensamiento referenciales tanto para hoy como para el futuro. Por eso, aunque no solo por ello, estoy particularmente agradecido a Bernard Sesboüé, uno de los grandes teólogos del postconcilio, además de consejero y amigo 

Una teología para transformar el mundo

Pablo Richard: Teología para transformar el mundo 

[Por: Juan José Tamayo | El País] 

Pablo Richard, uno de los teólogos y biblistas latinoamericanos de la liberación más reconocidos en América Latina y a nivel mundial, falleció el lunes en San José de Costa Rica a los 81 años. Tenía una excelente formación interdisciplinar. Estudió Filosofía en Austria, Teología en Chile, Sagradas Escrituras en el Instituto Bíblico de Roma y en la Escuela Bíblica de Jerusalén y Sociología en la Sorbona de París, donde en 1978 obtuvo el doctorado con una tesis sobre la muerte de las cristiandades y el nacimiento de la Iglesia que marcó sus futuras investigaciones, sus opciones políticas liberadoras y sus prácticas eclesiales como miembro y animador de las comunidades de base. 

Era un profundo conocedor del marxismo en su vertiente utópica, humanista y crítica, cuyos análisis sociales, políticos y económicos utilizó como mediación socioanalítica para el análisis de la realidad latinoamericana, con los correspondientes correctivos desde el punto de vista del cristianismo jesuánico. 

Vivió activamente la elección de Salvador Allende y el proceso democrático y pacífico de transición al socialismo en su país, Chile, donde nació el movimiento Cristianos por el Socialismo, que posteriormente se extendió por otros países, entre ellos España en 1973. Richard fue uno de sus fundadores, dirigentes y principales teóricos y sobre el que escribió varias obras. El movimiento buscaba un diálogo público y una convergencia entre el cristianismo y el socialismo en su perspectiva ética liberadora, emancipados ambos de sus respectivos dogmatismos y de sus incompatibilidades. 

La dictadura de Pinochet le obligó a salir de Chile camino de Francia, donde, según confesión propia, tomó distancia de la Iglesia y del sacerdocio. “Fue un exilio en todos los sentidos posibles, pero también un tiempo duro de reflexión y reconstrucción interior”, afirmó. El encuentro con Óscar Arnulfo Romero, arzobispo mártir de San Salvador, le marcó para siempre en su vida y en su teología y significó el fin de su exilio eclesial. 

Los tres pilares 

En 1978, se trasladó a San José de Costa Rica para trabajar en el Departamento Ecuménico de Investigaciones, centro de diálogo entre Biblia, teología y economía y lugar de formación de agentes de comunidades de base, líderes de movimientos sociales y jóvenes investigadores, donde Pablo y yo compartimos encuentros interdisciplinares bajo la guía del economista y teólogo Frantz Himkelammert y en el horizonte de la teología de la liberación. Allí trabajó ininterrumpidamente durante 40 años, sin duda los más fecundos y creativos tanto en el terreno educativo como en la producción teológica y bíblica. 

Tres son los pilares en los que se sustenta la teología de Pablo Richard: la práctica de la liberación, la Iglesia de los pobres y la lectura popular de la Biblia. Su teología no se limita a pensar e interpretar el mundo, sino a transformarlo, aplicando a los teólogos la tesis XI de Marx sobre Feuerbach: “Los filósofos se han limitado a interpretar de distintas formas el mundo, pero de lo que se trata es de transformarlo”. Pablo Richard acompañó los procesos revolucionarios latinoamericanos, especialmente la revolución sandinista de Nicaragua, a través de la formación de los dirigentes del movimiento cristiano de base y del surgimiento de otro modelo de Iglesia. Teoría y práctica de la liberación fueron inseparables en su vida y su pensamiento. 

Desempeñó un papel fundamental en el paso de la “Iglesia de Cristiandad”, ubicada en la clase dominante y en las estructuras de poder, a la “Iglesia de los Pobres”, sita en los sectores empobrecidos de la sociedad y orientada a la transformación de las relaciones eclesiales jerárquicopatriarcales y autoritarias en estructuras comunitarias y relaciones fraternosororales. 

Richard creó el movimiento de lectura popular y comunitaria de la Biblia destinado a la formación de los agentes de pastoral de toda América Latina a través de una hermenéutica liberadora de la Biblia como fuente de vida y esperanza, orientada a la transformación global de la sociedad desde la opción radical por las personas y los colectivos empobrecidos como sujeto colectivo privilegiado de la palabra de Dios. 

Su memoria seguirá viva en su esposa Gabriela y sus hijos, en las comunidades eclesiales de base, en el mundo de la mendicidad a quien acompañó y en sus libros, que seguirán iluminando nuestro caminar hacia la utopía de otro mundo posible 

Otra teología para Afganistán

por Fernando Vidal 

A largo plazo, el corazón del problema de Afganistán reside en el modo que hemos tenido de afrontar el fenómeno religioso en el panorama internacional. En un mundo en el que el 80% de la población se declara religiosa, no se puede obviar que es un factor que conforma las vidas, culturas y sociedades de un modo profundo. Es necesario hacer avanzar las teologías de las diferentes religiones y religiosidades para evitar los fanatismos. Todo fundamentalismo no es un solo un radicalismo, sino sobre todo una superficialidad radical.


La perspectiva de la Alianza de Civilizaciones que España propuso en la ONU concurre con las iniciativas de paz interreligiosa promovida por el Consejo de las Iglesias. La ventaja de la perspectiva de la Alianza de Civilizaciones es que pone en diálogo no solamente a las religiones, sino a otras grandes comunidades culturales e ideológicas. El problema es que la Alianza de las Civilizaciones no implementó una laicidad realmente inclusiva, un diálogo profundo que no prescindiera de la reflexión teológica.

Incidir en la teología

Sin embargo, se actúa a veces buscando como solución la ateización y secularización de las sociedades como estrategia principal. Sin duda la separación entre Estado y agencias religiosas es crucial, igual que el Estado no debe adscribirse a ninguna confesión. Sin duda que es imprescindible la libertad religiosa, la libertad de expresión, impedir Estados clericráticos y luchar contra todo fundamentalismo.

Todo ello no es suficiente, como se ha demostrado en diversas partes del mundo. La vía más rápida y eficaz para evitar la talibanización de un tercio del mundo es incidir en la teología. Es preciso promover decididamente una evolución en la teología del Islam, que supere las clericracias, profundice en la dimensión espiritual, asuma la investigación científica, mejore las fuentes de formación, entre en diálogo y colaboración con la Modernidad.

La derrota de Afganistán nos ha mostrado que la solución al yihadismo no va a ser exclusiva, -ni con probabilidad principalmente- militar. Tampoco va a lograrse por medio del progreso económico y la modernización industrial. Los autoritarismos del siglo XXI siguen el modelo de la dictadura capitalista o el Capitalismo de Estado: ultracapitalismo en la economía –controlada clientelar y plutocráticamente por un grupo de políticos, funcionarios, militares y millonarios afines al régimen- y autoritarismo tiránico en todo lo demás –partido único, cultura monolítica, Derechos y Libertades totalmente restringidos y control militarizado de toda la sociedad-. Los talibanes han conseguido vencer al mundo libre porque precisamente han aplicado las nuevas tecnologías y el ultracapitalismo a su industria de narcotráfico.

mujer islam ramadan 2019

Remedio frente al fundamentalismo

El fundamentalismo en las religiones –incluidos los fanatismos cristianos- solamente se pueden vencer desde el terreno de la Teología. Si abandonamos el terreno de la Teología, entonces dejamos dicho campo libre a todo tipo de manipulaciones.

Es necesario invertir atención y esfuerzos en el progreso teológico, lo cual significa formación, investigación, transferencia, diálogo. Hay tres medidas que se deberían avanzar:

  1. Las universidades en español deberían –como las mundialmente admiradas universidades de Harvard, Princeton, Oxford, Cambridge o la misma Sapienza romana, por ejemplo- tener estudios de grado y postgrado especializados en teología y Ciencias de las Religiones. Es necesario integrar las Facultades de Teología en el sistema universitario y crear los correspondientes centros para las diferentes religiones de arraigo. Si el sistema científico internacional de la Teología fuera más intenso y extenso, se tendría una herramienta de primera envergadura para ayudar masivamente a los líderes religiosos alternativos de Afganistán. Si formáramos a los líderes religiosos afganos exiliados en buenas universidades, estaríamos avanzando cualitativamente en el progreso cultural de Afganistán.
  2. Es necesario abrir los debates públicos a los intelectuales con formación teológica y, de ese modo, profundizar las dinámicas de la Modernidad reflexiva en el interior de las religiones. Eso se concreta en que la prensa se abra a esta dimensión –como lo hace la BBC o Le Monde, que son paradigmas periodísticos, por ejemplo- o que se procure la atención a esta dimensión en las instituciones culturales públicas. Hay que evitar la dualidad que experimentan los musulmanes: todo lo religioso está referido a otro mundo que no es el Occidental. De ese modo se polariza y se abandona todo el campo de debate, información y reflexión pública.
  3. Es imprescindible recuperar la línea estratégica que marcó la Fundación Pluralismo y Convivencia en su primera etapa, e invertir en investigación y en la formación de los líderes religiosos de la sociedad. De esa forma estaremos apoyando la creación de una alternativa que no será vista como foránea ni militar en Afganistán, sino operando desde lo más hondo de su realidad.

Los retos de la teología del s. XXI

+José Comblin

Nuestro punto de partida será la distinción entre religión y evangelio. El cristianismo no es originalmente una religión y Jesús no fundó ninguna religión. Más tarde los cristianos fundaron la religión cristiana, creación humana y no divina.

La religión es producto de la cultura humana. Hay una gran variedad de religiones, y todas tienen la misma estructura aunque muy diversas en su forma exterior. Todas tienen una mitología, un culto y una clase dedicada a su ejercicio. En eso la religión cristiana no es diferente de las demás. Ella también es creación humana, producto de diversas culturas. La religión es una realidad básica de la existencia humana. Plantea los problemas del sentido de la vida en esta tierra, el problema de los valores, el lugar del ser humano en el universo, y el problema de la salvación de este mundo de todos sus males.

La religión ha sido muy estudiada por la antropología religiosa, por la sociología religiosa, por la psicología religiosa, por la historia de las religiones. Todo eso ilustra también la religión cristiana. Por ser creación humana, la religión cristiana ha cambiado y puede todavía cambiar en el porvenir según los cambios de la historia. Este es incluso uno de los grandes desafíos de la hora presente, porque la religión cristiana está agotada y no ofrece respuesta a la orientación de la cultura actual, salvo restos del pasado.

El evangelio de Jesús no es una religión. Jesús no fundó ninguna religión: no proclamó una doctrina religiosa o una mitología, ningún discurso sobre Dios, no fundó ningún culto y no fundó ninguna clase clerical. Jesús proclamó e inauguró el reino de Dios en la tierra. El Reino de Dios no es ningún reino religioso, es una renovación de toda la humanidad, realización que cambia el sentido de la historia humana, abriendo una nueva época, la última. Es un mensaje para toda la humanidad en todas sus culturas y religiones. Se podría decir que es un mensaje y una historia meta-política.

Puesto que los seres humanos no pueden vivir sin religión, los discípulos de Cristo durante 2000 años construyeron una religión que fue como el revestimiento del mensaje cristiano, con el peligro de transformar el cristianismo en una religión. El revestimiento religioso puede ocultar el mensaje del evangelio o puede conducir a ese mensaje según la evolución de la historia. En muchos casos la religión ocultó el evangelio. Los cristianos enunciaron una doctrina que usó muchos elementos del judaísmo o de las religiones no cristianas ni judías, crearon un culto de la misma inspiración y crearon todo un sistema jurídico que encuadra una institución muy compleja.

Podemos decir que la historia del cristianismo es la historia de una tensión o de un conflicto entre religión y evangelio, entre una tendencia humana hacia la religión, y las voces o las vidas de los que querían vivir según el evangelio.

Las religiones son conservadoras y creen en un mundo permanente en el que todo recibe una explicación religiosa. La religión cambia inconscientemente pero resiste ante cualquier solicitación de cambio voluntario. Muchos cristianos y estructuras cristianas luchan sin saberlo contra el evangelio. Hay algo de verdad en lo que decía Charles Maurras, ateo francés del siglo XX, cuando decía que felicitaba a la religión romana por haber sacado del cristianismo todo el veneno del evangelio. Es un poco exagerado pero sugestivo.

El evangelio es cambio, movimiento, libertad. No puede aceptar el mundo que existe, porque tiene que cambiarlo. El evangelio es conflicto entre ricos y pobres. En la religión ricos y pobres son parte de la armonía general. Son así porque tiene que ser así, aunque los ricos tengan que ayudar a los pobres sin cambiar esa estructura creada por Dios o por los sustitutos de Dios. La religión quiere paz, aunque sea con alianza con los poderosos. El evangelio quiere conflicto.

La tarea de la teología es mostrar la distinción, buscar lo que es el evangelio y todo lo que se añadió y puede o debe cambiar para ser fiel a ese evangelio. Es libertar el evangelio de la religión. La religión es buena si ayuda a buscar el evangelio y no a olvidarlo bajo el revestimiento religioso. Es una necesidad humana pero tiene que ser investigada y corregida.

La teología está al servicio del pueblo cristiano o aun no cristiano, para que conozca el verdadero evangelio y pueda llegar a la fe verdadera y no a un sentimiento religioso.

Durante siglos la teología estuvo al servicio de la institución para defenderla de las herejías o de los enemigos de la Iglesia. Así fue después de Trento hasta el siglo XX y en muchas regiones hasta Vaticano II. Fue apologética, arma intelectual en el combate contra las Iglesias reformadas y toda la modernidad, al servicio de la jerarquía. En cierto modo era un arma dirigida contra los laicos para que no se dejaran seducir por los enemigos de la Iglesia.

Hasta Trento la teología era comentario de la Biblia, libre, abierta a todos, como trabajo intelectual gratuito. La Reforma partió de teólogos y entonces la teología estuvo bajo el control estrecho de la jerarquía.

Küng: el teólogo que quiso democratizar la Iglesia

H. Küng

Pep Martí
El académico suizo, uno de los más relevantes del siglo XX, protagonizó un pulso eterno con Joseph Ratzinger por el legado del Concilio Vaticano II
La muerte de Hans Küng a los 93 años (Sursee, Suiza, 1928-Tubinga, 2021) dirá pocas cosas a los lectores más jóvenes. Pero con la desaparición de este teólogo se cierra uno de los capítulos que explican la historia del catolicismo de los últimos sesenta años y, de paso, de una parte de la cultura europea. Küng impartió clases de Dogmática en la Universidad de Tubinga, donde compartió cátedra con otro joven teólogo, Joseph Ratzinger, futuro Benedicto XVI , con quien coincidiría fuerza y, más tarde, discreparía abiertamente.
Küng y Ratzinger fueron compañeros de universidad y, al mismo tiempo, ideólogos de las corrientes renovadoras de la Iglesia a mediados de los sesenta. Durante el Concilio Vaticano II (1962-65), formaron parte como jóvenes teólogos de la amplia mayoría conciliar favorable a las reformas que inició Juan XXIII y continuó Pablo VI. Ante ellos había una minoría conservadora, que tenía entre sus integrantes un también joven Karol Wojtyla, después Juan Pablo II. Más a la derecha estaban los tradicionalistas de Marcel Lefebvre.
Con los años, sobre todo después de lo que representó Mayo del 68, los pensadores católicos se dividirían. Un sector quería ir más allá del Concilio y cuestionó el concepto de la infalibilidad papal, reclamando libertad de pensamiento dentro del catolicismo, si era necesario en abierta discrepancia con la jerarquía. De este núcleo surgiría la revista Concilium , con teólogos como Yves Congar, Karl Rahner y el mismo Küng, y tendría réplicas diversas en muchos lugares. Del otro, aparecería Communio , fundada por pensadores moderados contrarios a discutir la autoridad del Papa, con Urs von Balthasar y Ratzinger, entre ellos. Seguir leyendo

La teología de H. Küng está viva y pide futuro

Andrés Torres Queiruga: «Muerto Hans Küng, su teología sigue viva y pide futuro»

«Tuvo que romper muchos moldes; evangélicamente diríamos muchos odres viejos, para verter la fe en palabras y conceptos que puedan entregar su significado en la cultura actual»

«La piel de los viejos odres, todavía recia aunque reseca, impide ver el vino nuevo que Küng se ha esforzado en ofrecer a la sed de una expresión significativa e inteligible para las verdades de la fe»

«Sus libros hablan con eficacia única a nuestro tiempo y son comprendidos por muchos miles de lectores en todo el mundo. Son libros, en verdad, teológicamente actuales, que aguantan el paso del tiempo con frescura extraordinaria»

«Su obra ha logrado una especie de cuadratura del círculo: convertir en best-sellers entre los lectores y lectoras actuales libros cargados de una teología muy seria y documentada»

Por Andrés Torres Queiruga

Hans Küng se nos ha ido al Señor tras una vida larga y fecunda, que le permitió atravesar uno de los períodos más movidos, conflictivos y en definitiva fecundos de la teología en su historia milenaria. Tuvo que romper muchos moldes; evangélicamente diríamos muchos odres viejos, para verter la fe en palabras y conceptos que puedan entregar su significado en la cultura actual.

Estoy convencido de algo que está empezando ya a suceder en una medida cuyo alcance no se percibe a simple vista: que muchas de las cosas que ha dicho y bastantes de los moldes que ha roto no tardarán en verse como normales. Y con eso quiero decir que se percibirá que con palabras nuevas está exponiendo la fe de siempre; pero la piel de los viejos odres, todavía recia aunque reseca, impide ver el vino nuevo que Küng se ha esforzado en ofrecer a la sed de una expresión significativa e inteligible para las verdades de la fe.

Cada vez aparece con más claridad que gran parte de los conflictos con la (vieja) autoridad de las distintas comisiones defensoras de la fe, consiste en un problema de interpretación. En el fondo vivo, en el hondón de las experiencias religiosas radicales, Küng ha estado expresando con un lenguaje distinto, desde un nuevo paradigma cultural (concepto que acentuaba con gusto y eficacia), las mismas verdades que se expresaban y siguen expresándose en el lenguaje de la filosofía escolástica y de la imaginería patrística. Expresaba y defendía la “fe” de siempre en una “teología” nueva, que, leída desde la teología anterior, parecía estar siendo negada.

Por eso se produce el fenómeno curioso de que, en general, se le entiende mejor desde fuera, en la intemperie religiosa, que desde dentro del mundo tradicional(ista). De hecho, su obra ha logrado una especie de cuadratura del círculo: convertir en best-sellers entre los lectores y lectoras actuales libros cargados de una teología muy seria y documentada.

No alcanza, en mi parecer, la creatividad torrencial de un Karl Rahner, con el que mantuvo diferencias no siempre justas; pero detecta con intuición certera donde están los verdaderos problemas para actualizar la teología, y los expresa con claridad, sin rodeos ni reservas. A veces no se preocupa bastante de elaborar con detenimiento suficiente las categorías teológicas o las figuras y metáforas a las que recurre. Pero resulta siempre sugerente y, en todo caso, señala el problema y abre la puerta por donde la teología está llamada a entrar, si quiere resultar inteligible y tener validez para el futuro.

Seguramente no podía ser de otra manera, pues basta una ojeada al decurso de su obra para comprenderlo. En oleadas sucesivas va dedicando amplias y fundamentadas monografías a todos los grandes problemas que pueblan el horizonte teológico. El ecumenismo intracristiano, desde su tesis doctoral sobre Karl Barth. Los trabajos que culminan en “La Iglesia”. El amplio repaso del cambio cultural donde necesita inscribirse el Cristianismo actual, con su obra sobre “La encarnación”, en diálogo con Hegel.

El panorama de conjunto, con aire todavía actual, que ofrece en “Ser cristiano” y “¿Existe Dios?”. La apertura hacia las demás religiones, no solo afrontando las cuestiones de principio, sino dedicándoles monografías que constituyen auténticas informaciones enciclópedicas, llenas de clara empatía. Y el gran frente de la ética universal, donde se está jugando el futuro de la humanidad. Y, como si no quisiese dejar ningún tema sin exponerlo al sol de un cristianismo actualizado, están las obras menores sobre la muerte, las postrimerías, la mujer e incluso la música.

La acogida de sus libros no es casual: respiran actualidad en las cuestiones y sinceridad en reconocer la necesidad de afrontarlas. No oculta por donde piensa que va la solución, y la expone sin rodeos, aunque no siempre se tome el tiempo para avanzar hasta el fin en la fundamentación ni para señalar con suficiente cuidado los apoyos hondos de la continuidad. Pero es obvio que ningún teólogo puede abarcarlo todo, y tal vez estos límites sean la condición de posibilidad de su enorme aportación y, como se dice en la jerga especializada, representen la medida justa de su carisma.

En todo caso, sus libros hablan con eficacia única a nuestro tiempo y son comprendidos por muchos miles de lectores en todo el mundo. Son libros, en verdad, teológicamente actuales, que aguantan el paso del tiempo con frescura extraordinaria.

Tomad, por ejemplo, “Ser cristiano” en las manos: escrito en 1974, hace casi cincuenta años, y veréis que sigue hablando todavía hoy. Ahí están los problemas que siguen siendo los nuestros, los enuncia sin rodeos y los afronta con sinceridad valiente, a veces algo desafiante y en ocasiones posiblemente un punto precipitada. Pero en su lectura se respira teología viva, capaz de alimentar una comprensión crítica para la fe, en nuestra cultura.