Aniversario Mártires UCA


Homilía del P. Tojeira el 16 de Nov. en recuerdo de nuestros mártires.

Las lecturas elegidas para esta eucaristía son las mismas que corresponden a la misa dedicada a los mártires jesuitas del Paraguay del siglo XVII. Nos ofrecen suficientes elementos para recordar a los 8 mártires de la UCA y reflexionar sobre lo que su muerte nos continúa diciendo en la actualidad. La primer lectura nos habla de ser luz para los demás, y la segunda del odio que la luz despierta en quienes tienen propósitos oscuros. Comenzamos con lo que hemos escuchado en el Evangelio de Juan: decía entre otras cosas que “Si el mundo los odia, sepan que primero me odió a mí… ( y que) llegará un tiempo en que el que los mate pensará que está dando culto a Dios”. Hablaba el evangelista del odio como “aversión hacia alguien cuyo mal se desea”. Y ya sabemos hacia dónde y hacia qué resultados llevó el odio en nuestra guerra civil, y no solo con el asesinato colectivo en la UCA. Las masacres, el abuso y el mal trato a los débiles, la tortura y la muerte fueron numerosas y constantes durante once años. Pero ese odio anémico y estéril nunca da a quienes lo practican el resultado que ellos esperan. Creer que causando dolor o muerte se puede arreglar el pasado, el presente o el futuro, no es más que un pensamiento mágico e irracional, que nos distrae siempre de planificar el futuro desde la solidaridad y el respeto a la dignidad humana. El odio nunca entraña soluciones permanentes. En la tradición cristiana se solía decir que la sangre de los mártires era como una semilla de vida. Incluso alguno de los paganos indiferentes de su tiempo, asesinado posteriormente por su fe cristiana, solía decir que se había convertido al cristianismo al ver cómo los cristianos caminaban valientemente a la muerte sin traicionar su fe. El odio, estéril para quienes lo practican, al cebarse en el sacrificio martirial de la gente buena, se convierte en semilla de futuro para quienes resisten en el deseo de un mundo más humano y más fraterno.

Hoy, cuando el odio, que nunca dejó de existir en nuestro país tras la guerra, vuelve a crecer, el miedo no debe hacer presa de nosotros. El poder tiende con demasiada frecuencia a odiar la verdad que le perjudica y a montar narrativas y discursos que la sustituyan. Presenta acciones y promesas en las que lo falso se entremezcla con la verdad, con el fin de confundir a muchos y entusiasmar a sus adeptos. Pero como decían los santos de antaño, la verdad está desnuda. Como desnudo estaba Jesús en la cruz, solamente revestido de su amor y su entrega a todos. No hay, en ese sentido, sustituto adecuado para la verdad de la entrega y el servicio. Resistir en la verdad, en el pensamiento racional, en la defensa de los pobres y de sus derechos, siempre será el camino estrecho que acerca a la verdad y hace presente el Reinado de Dios en la tierra. En el Salvador, afortunadamente, tenemos un pueblo creyente, esperanzado y resiliente, que ha superado enormes pruebas a lo largo de su historia, algunas de ellas bastante peores que las del presente. Un pueblo que mantiene la memoria del pasado como fuente de identidad. Frente a las tendencias autoritarias que tratan de presentarse como una absoluta novedad, parcialmente endiosada e impidiendo que el pasado doloroso arroje luz sobre el futuro, nuestra gente quiere justicia y fraternidad, con líderes humildes, que sepan aceptar sus errores y mantener el diálogo con todos. No en vano nos consideramos todos hijos e hijas de San Romero de América.

Quienes odian, en realidad vagan en la oscuridad, aunque pretendan, como diría San Ignacio, y por cierto también el Quijote, presentar sus obras o sus liderazgos con la apariencia y el disfraz de ángeles de luz. Y aunque confundan a muchos, en el mediano y largo plazo se tendrán que confrontar con un pueblo que desea paz con justicia y que valora la dignidad humana desde la concepción cristiana de la fraternidad universal. La UCA, como universidad de inspiración cristiana, trata de caminar con este pueblo. Y trata con él de acercar a nuestra historia el Reino de Dios, de impulsar el bien más universal, construyendo el bien local como semilla de universalidad y esperanza para toda la humanidad. Así vimos su muerte el mismo día que los mataron. Un asesinato local se convertía en fuerza mundial de solidaridad, en apoyo a la paz en El Salvador, en defensa de los Derechos Humanos y en condena del militarismo y la fuerza bruta. En la Misa que ese mismo día, ya en la noche, celebramos los jesuitas en su recuerdo, en el salmo responsorial se repetía tras cada estrofa la siguiente frase: “los confines de la tierra han contemplado la victoria de nuestro Dios”. Y era cierto, desde muchas partes del mundo se veía su muerte como una victoria sobre el odio, y como un triunfo del bien y del amor. Vivir sin miedo,sin que el odio ajeno sea un obstáculo para nuestro ideales, es la primera lección de la Palabra.

En la carta de Pablo a los filipenses, que acabamos de escuchar, se nos dice que aquellos que siguen el camino del Señor Jesús “brillan como estrellas en el mundo, mostrando el mensaje de la vida”. Ni el odio ni la mentira pueden apagar la luz de las personas buenas. Gandhi. Mandela, Martin Luther King, Romero, Elba y Celina junto con los jesuitas, y tantos otros, conocidos o desconocidos, estuvieron presos o fueron asesinados. Quienes los encarcelaron o los mataron trataban de apagar una luz que hablaba de la igual dignidad de las personas, de la paz, de la justicia y de la convivencia fraterna. Pero la muerte no apagó su resplandor. Al contrario, el brillo aumentó con la persecución y con el sacrificio de la propia vida. Santo Tomás, un clásico del pensamiento cristiano, decía que el martirio, “entre todos los actos virtuosos, es el que mejor demuestra la perfección del amor”. Y ese amor que es luz verdadera, como dice la carta de Pedro, “cubre la multitud de los pecados”. Incluso quienes disfrutaron un día con el odio, si saben escuchar a su conciencia, descubren en las víctimas el paso de Jesús por nuestra historia.

Treinta y tres años después del sacrificio de nuestros compañeros, a nosotros nos toca continuar en esa tarea de seguir mostrando el camino de la vida. Es tarea permanente para toda persona de buena voluntad. Pero en la UCA es parte además de la propia identidad universitaria, forjada en la palabra beligerante de nuestro hermanos, en su trabajo por la paz y en su sangre derramada. Nos toca ahora a nosotros defender los Derechos Humanos en su totalidad y universalidad, frente a un gobierno que se ampara en los derechos de las víctimas para negar derechos básicos a inocentes y a culpables. Y que interpreta los derechos de las víctimas como a una especie de acceso libre a la venganza masiva e indiscriminada, ejecutada desde el poder. Nos corresponde apoyar una vez más a las madres de los desaparecidos y defender el Estado de Derecho, junto con la libertad, la crítica y el diálogo. Estar al lado de las causas de los pobres y de los débiles es tarea permanente de una universidad que tiene su centro fuera de sí misma, en la realidad nacional, y que ve con dolor las amplias capas de sufrimiento en el país. “Bajar de sus cruces a los crucificados” de hoy, como decía Ignacio Ellacuría, es la única manera de impedir que “el monopolio de la fuerza se convierta en monopolio de la verdad”. Permanecer firmes, resistentes y resilientes en la verdad y la justicia, es la actitud indispensable para iluminar la realidad.

Si queremos ser luz, el recuerdo y la memoria se vuelven indispensables para imitar y seguir las huellas de quienes nos precedieron como testigos insignes en la fe y en el amor. En medio de un capitalismo seductor que persigue la felicidad individual en base a la tenencia de bienes materiales, que otorga erotismo a la mercancía y que convierte el consumo en un acto de placer, nos corresponde, desde el recuerdo de nuestros mártires, volver los ojos hacia los que han sido despojados de sus derechos e impedidos en el desarrollo de sus capacidades. Si como universidad funcionamos con bienes creados socialmente, y trabajamos, como decía el rector mártir, con instrumentos que “son de índole colectiva y de implicaciones estructurales”, como lo son “la ciencia, la técnica, la profesionalización, y la composición misma de la universidad”, no nos queda más remedio que mirar la problemática social y estructural de nuestros países. Usar bienes construidos colectivamente para provecho exclusivo de individualidades o grupos de poder no solo es traicionar el espíritu y la esencia universitaria, sino venderse, también como falsos ángeles de luz, a la dinámica de la oscuridad y finalmente del odio. El bien más universal es hoy el bien más estructural, como también dijo en su momento Ignacio Ellacuría. Y los bienes estructurales solo se logran desde el esfuerzo común compartido, desde la multiplicación de contactos, diálogo y cooperación entre comunidades de solidaridad. Somos parte de una misma humanidad y pertenecemos a una tradición tan servidora y amorosa como liberadora. Podemos como Pablo considerar basura nuestros títulos y dignidades si los comparamos con esa opción cristiana fundamental de construir nuestra propia humanidad entregándonos a la construcción de un mundo más humano. Somos y debemos convertirnos cada vez más en una verdadera comunidad de solidaridad. Solidarios entre nosotros y solidarios con el mundo de quienes tienen hambre y sed de justicia, nos corresponde elaborar universitariamente proyectos de realización común que lleven a un nuevo tipo de civilización. A esa civilización de la pobreza, basada en el trabajo y la solidaridad, de la que hablaban nuestros mártires. Una civilización opuesta a la civilización del capital, que prioriza la acumulación de la riqueza como motor de la historia y del desarrollo. Una civilización abierta y afincada en el trabajo humanizante y humanizador, creador de riqueza y camino de autorrealización personal, de satisfacción de necesidades y de desarrollo social. Construir una sociedad diferente y aportar a la construcción de un mundo distinto es una exigencia indispensable a la hora de honrar a nuestros hermanos. Y es sobre todo, segunda lección de la Palabra, la respuesta a la inspiración cristiana universitaria que nos llama a ser luz que ilumina el camino de la vida.

En la Eucaristía de este día 16 solemos presentar como ofrenda los esfuerzos universitarios. Desde los más sencillos a los más elaborados. La memoria de nuestros mártires se une sobre el altar a la memoria del Señor Jesús, luz y camino, verdad y vida. También sobre el altar están los alimentos sencillos de pan y vino. Que todo ello, símbolo de la entrega del Señor Jesús, que nos da su cuerpo y su espíritu como fortaleza y guía, nos conduzca a la perseverancia en esa tarea de superar el odio desde la inspiración cristiana y contribuir a la paz con justicia en El Salvador. La luz martirial de nuestros compañeros, unida a todos los mártires de El Salvador y al fuego de su espíritu, permanece viva entre nosotros generando esperanza. Que así sea

Los jóvenes en la Iglesia

Por José M. Tojeira

No se puede dudar que la futura fuerza y vitalidad de la Iglesia dependerá de la incorporación de los que hoy son jóvenes a una fe eclesial profundamente enraizada en Cristo, con su libertad evangelizadora y su amor profético a todos, y especialmente a los pobres. En esta Iglesia nuestra que quiere estar siempre “en conversión pastoral y en salida”, de corazón abierto y martirial

y que quiere transformar la realidad “para testimoniar el Reino de Dios”, la preocupación por los jóvenes es permanente. Ya al principio de nuestro Plan Pastoral 2019-2024, en el primer objetivo específico, que trata de mantener la coherencia entre fe y vida se hace una referencia a la importancia del “acercamiento entre jóvenes y adultos para superar la ruptura intergeneracional”. Por ello resulta indispensable fijarnos en la situación de los jóvenes.

En diferentes apartados, los documentos de Aparecida recalcan la problemática de los jóvenes latinoamericanos, no muy diferente de la situación de nuestros jóvenes y adolescentes salvadoreños. Se nos invita a conocer su situación para poder hablar su lenguaje y ayudarles a encontrarse en la fe con Cristo como amigo y compañero de camino hacia la maduración personal y hacia el amor cristiano fraterno y solidario. Los obispos en Aparecida eran muy conscientes de la difícil situación de nuestros jóvenes, con sistemas educativos poco competentes, con orientaciones educativas más preocupadas por la competitividad y el mercado que por los valores humanos, con una globalización que fomenta la búsqueda individual del éxito y el placer al tiempo que desecha, olvida y, a veces, incluso persigue a los no triunfadores. Todo ello en sociedades marcadas por la desigualdad y la pobreza.

No es diferente la situación en El Salvador. Nuestros jóvenes son los que reciben los peores salarios, los que se ven más obligados a migrar, la mayoría de los que pueblan nuestras cárceles, los que más han sufrido el dolor de familias disfuncionales o separadas, los más asediados por el consumo, por la violencia, por la droga y por todo tipo de propaganda. En estos meses de estado de excepción han sido los más hostigados y perseguidos. De hecho, de los un poco más de 26.000 detenidos en el último mes y medio, más de dos terceras partes son jóvenes entre 18 y 30 años. La necesidad de llegar a los jóvenes resulta imperiosa en medio de estas situaciones. De hecho en nuestras iglesias encontramos jóvenes que son profundamente generosos, una vez convertidos y entregados al Evangelio, sirven con alegría y vibran con mayor emoción ante nuestros mártires. Nuestra situación no es mala, pero resulta indispensable dedicarles tiempo, trabajar con ellos y formarles adecuadamente en la fe y en la Doctrina Social de la Iglesia. Es un reto para los padres y servidores, muchos de ellos también necesitados de formación en el pensamiento social de la Iglesia, y un desafío para nosotros sacerdotes, necesitados de un lenguaje y una pedagogía, como dice Aparecida, que además de impulsar la fe, conduzca a una formación “gradual para la acción social y política y el cambio de estructuras conforme a la Doctrina Social de la Iglesia, haciendo propia la opción preferencial y evangélica por los pobres y los necesitados”.

La juventud y dinamismo de un alto porcentaje de nuestro clero es siempre promesa de una Iglesia en crecimiento. Pero viendo los problemas de nuestros jóvenes es necesario multiplicar esfuerzos. En la última reunión del clero, uno de los participantes insistía en que si bien la Iglesia ha crecido hacia dentro y ha profundizado en la fe y en el crecimiento espiritual, debemos redoblar esfuerzos para convertirnos en una Iglesia en salida y evangelizadora, ir más allá de nuestros templos e incidir en la historia de nuestro país. El trabajo con los jóvenes nos toca a todos, sacerdotes y laicos formados. Esta sociedad nuestra, con cambios tan acelerados en todos los aspectos, necesita nuevas generaciones de cristianos capaces de amar, servir y construir una sociedad más fraterna, justa y pacífica. O como dice el Concilio Vaticano II, personas que convertidos a Cristo como nuestra cabeza y gozando de la libertad de los hijos de Dios y la fuerza de su Espíritu, tengan “como fin el dilatar más y más el Reino de Dios, incoado por el mismo Dios en la tierra” (Lumen Gentium 9)

Cultura de violencia y agresión a la mujer

José M. Tojeira

El Observatorio Universitario de Derechos Humanos (OUDH) de la UCA nos ha aportado abundantes datos sobre la violación de los derechos de la mujer en El Salvador en su último informe sobre los Derechos Humanos en el año 2021. Lo mismo podríamos decir de ORMUSA, que mantiene una interesante y permanente información sobre el mismo tema. Ambas fuentes de información nos revelan un problema cultural, el del machismo, que no hemos logrado resolver desde principio básico de la ética y la moral, aunque haya habido algunos avances en diversos sectores.

El OUDH nos dice en su informe que la tasa de agresión sexual en El Salvador durante el año 2021 alcanza la cifra de 58 agresiones por cada 100.000 habitantes. Una tasa considerada altamente epidémica, y a la que no se le presta la debida atención ni en el nivel educativo ni en el de las instituciones estatales, a pesar de lo grave que es el delito de agresión sexual y los traumas y problemas psicológicos, muchos de ellos de difícil curación, que puede engendrar. Tasa además, que en este tipo de delitos sólo suele mostrar una proporción pequeña del número de abusos cometidos. Pues según los estudios emprendidos en diversos países, incluso con mayor nivel educativo, la mayoría de las personas agredidas suelen tener miedo a denunciar a sus agresores. Bien porque viven con ellos, o bien por miedo, por vergüenza o por desconfianza de las instituciones

Al contemplar el número de agresiones impacta con dureza el ver la gran cantidad de niñas y adolescentes abusadas. El hecho de que la mayor parte de estos crímenes se cometan contra mujeres en edad fértil indica una terrible ausencia de conciencia moral y un componente de irrespeto a la vida y a esa dimensión sagrada de la misma que es la maternidad. Y reproduce a nivel de pareja esa tragedia humana, fuente de demasiados males, como lo es el hecho de valorar la fuerza bruta como la justificación de todo abuso. De hecho, en la Encuesta Nacional de Violencia Sexual realizada por la Dygestic y el Ministerio de Economía se nos decía que el 53% de las mujeres adolescentes y jóvenes encuestadas habían sufrido al menos un hecho de violencia sexual.

Los datos hablan con fuerza de la necesidad de entender la masculinidad de otra manera. Pero muy pocos tienen una idea clara de cómo se puede vivir la virilidad sin caer en el machismo. Por eso se habla poco del tema. A lo más que se llega es a hablar de la necesidad de respeto, pero sin fundamentar ni explicar el modo de vivir sin caer en la prepotencia de quien se considera superior, simplemente porque tiene más fuerza física

El problema es lo suficientemente grave como para que no se pueda solucionar con simples consejos de moralidad. Es necesaria una formación e información amplia sobre el tema y una receptividad mucho mayor de las instituciones frente a las personas ofendidas. La familia, la escuela, las asociaciones juveniles y las Iglesias tienen una enorme responsabilidad educativa en este terreno. Es en ellas donde se alcanza con mayor facilidad la conciencia de la igual dignidad de la persona, donde se adquiere sensibilidad frente al dolor ajeno y donde se aprende a dialogar y a convivir viendo la diversidad y las diferencias no como un obstáculo sino como un camino de complementariedad y enriquecimiento.

La educación sexual, como la educación para la ciudadanía y para la convivencia democrática, no pueden quedarse en recetarios de comportamiento y en moralidades abstractas. Deben partir de una concepción de la persona como un ser humano comunicativo, capaz de analizar y valorar sus sentimientos y educarlos en beneficio de todos. Con los datos que se nos dan, pasar indiferente ante el complejo de superioridad masculino y ante el abuso y la agresión a la mujer solo garantiza la perpetuación de la violencia. Con demasiada frecuencia pensamos que el castigo soluciona los problemas. Es un error, pues con demasiada frecuencia hay formas de burlar el castigo cuando el abuso se produce contra el más débil.

Aunque haya que castigar al agresor, lo más importante es crear una cultura en la que la igual dignidad entre los sexos se refleje realmente en el comportamiento cotidiano y en el funcionamiento de las instituciones. Y para crearla se necesita conocimiento, diálogo, formación y autocrítica. Y por supuesto caer en la cuenta de la gravedad y de las terribles consecuencias sociales del exceso de impunidad del que gozan unos crímenes, los sexuales, en los que el abuso y la brutalidad destruyen la conciencia de la igual dignidad humana

Semana Santa y amistad social

 

José M. Tojeira

En Semana Santa recordamos con frecuencia el mandato de Jesús a sus discípulos: “Ámense unos a otros como Yo les he amado”. Es un mandato universal para todo el que se considere cristiano. Y es un mandato que desobedecemos con demasiada facilidad, pasando del resentimiento al odio, y de éste a la ofensa, que puede llegar incluso a matar.

Jesús fue víctima de esta tendencia humana a afirmarnos como seres humanos negando la humanidad de los demás. Y por esa misma razón la tradición cristiana, cuando piensa en la vida en sociedad, además de recordar el mandato básico del amor, recomienda la existencia de normas que defiendan a los débiles e impidan el abuso sobre los indefensos o los que no tienen voz, como decía nuestro San Romero. Normas que no rompan la amistad social, sino que tiendan a aumentarla.

En el pensamiento secular, en buena parte inspirado por la tradición cristiana, se puso como principio, en los albores de la democracia, la frase “que nos gobiernen leyes y no personas”. Mientras las personas están sujetas a mayores equivocaciones, la norma es fruto (o debe serlo) del diálogo, de la reflexión y del discernimiento sobre las situaciones históricas en las que viven las colectividades humanas.

Protegen a los más débiles universalizando derechos y crean instituciones independientes que supervisen el cumplimiento de las obligaciones derivadas de la ley. En nuestros países centroamericanos, se dio desde muy temprano, en buena parte como herencia colonial, la tendencia a establecer gobiernos muy elitistas que pronto evolucionaron hacia caciquismos regionales y gobiernos militaristas.

Salir de la tendencia a que nos gobiernen autoritariamente personas y no normas, es y continúa siendo un proceso largo y conflictivo. La desigualdad social, una plaga muy extendida en nuestros países, no solo genera violencia. Tiende también a generar gobiernos elitistas que rápidamente se convierten al populismo autoritario y paternalista.

Para quienes acaparan poder es mejor la costumbre romana de “pan y circo”, con palo y garrote para quienes opinen diferente, que la democracia participativa y con controles de poder. En muchos aspectos nos siguen gobernando personas en vez de leyes. Y eso impide la confianza en las instituciones y la amistad social.

En el esfuerzo por construir sociedades democráticas hemos trasladado a nuestras Constituciones los Derechos Humanos, con una mayor o menor universalización de los mismos según contextos históricos. Pero no hemos desarrollado adecuadamente las instituciones que universalicen los derechos constitucionales y controlen los abusos del poder. En la actualidad, además, se utiliza la mayoría parlamentaria  y el control de las instituciones incluso para cambiar términos en beneficio y capricho del poder. De este modo la Policía, PNC, puede decir que hubo cero homicidios en un día y un pandillero muerto.

Como si matar a un pandillero, aunque fuera en legítima defensa, no fuera un homicidio que se debe investigar y ubicar como tal para eximir de responsabilidades a los ejecutores, si así lo determinan los hechos. Se burlan de los Derechos Humanos sin darse cuenta de que sobre los mismos está construida la propia Constitución.

Y se confunde la Constitución con la voluntad mayoritaria de la Asamblea Legislativa o con los deseos y órdenes del Presidente elegido constitucionalmente. Se controlan las instituciones de control, reduciendo los controles a voluntades personales, más allá de la constitución y de los convenios internacionales ratificados por la misma Asamblea Legislativa. Fanatismo y miedo suplantan a la amistad social.

En la actualidad, el mandamiento del amor, que reflexionamos y tratamos de vivir de un modo especial en la Semana Santa, al menos los cristianos, no puede vivirse sin amistad social. Y la amistad social se niega cuando el poder de muy pocos se impone a como dé lugar. No hay nada mejor para vivir la amistad social que una democracia de leyes inspirada en la universalidad de los Derechos Humanos.

En Semana Santa debemos busca nuestra propia conversión al amor hacia todos, a la justicia y a la paz social y el bien común. Y por eso, en las actuales circunstancias, no debemos olvidar la invitación del Concilio Vaticano II que pide a los cristianos comprometidos en política que se olviden del propio interés y que “luchen con integridad moral y con prudencia contra la intolerancia y absolutismo de un solo hombre o de un solo partido político; conságrense con sinceridad y rectitud, más aún, con caridad y fortaleza política al servicio de todos” (Gaudium et Spes 75).

Día de Jueves Santo

Hoy, jueves santo, comenzamos el día con la Misa Crismal, en la que se bendicen los aceites perfumados que se utilizarán posteriormente en la mayoría de los sacramentos. Se conmemora además la realidad sacerdotal del pueblo cristiano. Se declara también este jueves como el día de los sacerdotes ministeriales, que presiden la Eucaristía en recuerdo y memoria del Señor. En esta primera misa se insiste en que la labor sacerdotal es una labor profundamente social. Se realiza en el banquete comunitario de la Eucaristía, desarrolla la fraternidad y conduce siempre a dar la buena noticia a los pobres y liberar a los oprimidos. La lectura del apocalipsis insiste en que esta labor sacerdotal nos incumbe a todos los cristianos, pues es un don del que “nos amó y nos purificó de nuestros pecados con su sangre y ha hecho de nosotros un reino de sacerdotes para su Dios y Padre”. Así como los sacerdotes ministeriales, los presbíteros, renuevan sus promesas sacerdotales, así también todos los cristianos y cristianas deben tomar conciencia de su sacerdocio general, que le llama a ser intermediarios entre los seres humanos y Dios a través del testimonio y de la acción.

En la tarde celebramos la Cena del Señor, con el signo fundamental del servicio plasmado en el lavatorio de los pies. Inicia con esta celebración el triduo pascual; el paso del Señor por la cruz que conduce a la resurrección. La Eucaristía queda reflejada en las lecturas como signo de liberación y servicio. Es la oración más perfecta de la Iglesia porque nos da siempre, en el sacramento, lo que este significa: entrega, confianza en Dios, caridad y comunión. Si en la oración mental o en la de petición podemos equivocarnos, en la Eucaristía siempre está el Señor con nosotros, incluso cuando nos distraemos y no le atendemos y escuchamos. Él se nos da en su totalidad de Hijo, verdadero Dios y verdadero ser humano. Y al dársenos, nos da también su Espíritu. Recibirlo, alegrarnos profundamente con este memorial eficaz, que repite en nuestra comunidad y en nuestro interior individual la muerte-resurrección salvadora del Señor, nos convierte siempre en discípulos y misioneros, amigos cercanos del Jesús que nos salva. “Les he dado ejemplo para que lo que yo he hecho con ustedes, también ustedes lo hagan”.

Por José Mª Tojeira

 

 

Los mártires de la UCA al cine

‘Llegaron de noche’: el cine resucita a los mártires de la UCA

Vida Nueva charla con el director de la película, Imanol Uribe, y con el guionista, Daniel Cebrián

Llegaron de noche

Dice Jesús en el evangelio que “nada hay oculto que no haya de descubrirse, ni secreto que no haya de saberse y ponerse al descubierto” (Lc 8, 17). Aferrados a esa promesa divina, la Compañía de Jesús y el pueblo salvadoreño llevan más de tres décadas aguardando a que la justicia humana llegue hasta al final y arroje luz sobre uno de los episodios más trágicos en la historia de la orden fundada por Ignacio de Loyola y del pequeño país centroamericano, sumido por entonces en una fratricida guerra civil de doce años (1980-1992) que se cobraría 75.000 vidas y dejaría un número indeterminado de desaparecidos.


Se trata del asesinato, en la madrugada del 16 de noviembre de 1989, de seis jesuitas –los españoles Ignacio Ellacuría, Segundo Montes, Ignacio Martín-Baró, Amando López, Juan Ramón Moreno y el salvadoreño Joaquín López–, la cocinera de la comunidad, Julia Elba Ramos, y su hija Celina Ramos, en el campus de la Universidad Centroamericana José Simeón Cañas (UCA) de San Salvador donde los religiosos residían e impartían clases.

El 5 de enero de 2022, la Sala de lo Constitucional de la Corte Suprema de Justicia (CSJ) de El Salvador –que en 2020 dictó el cierre del proceso penal y “que no se investigue a los señalados como autores intelectuales de la masacre”– ordenaba que se reabriera el caso. Y el 11 de marzo, hace apenas un par de semanas, el titular del Juzgado Tercero de Paz de San Salvador, José Campos, emitía una orden de busca y captura contra el ex presidente Alfredo Cristiani (1989-1994), decretando su detención tras no comparecer en el juicio.

Caprichos (o no) del destino, lo cierto es que ahora, coincidiendo con estas esperanzadoras noticias, un poderoso vehículo de concienciación como el cine viene a sumarse a ese empeño por saber la verdad y rescatarla de las tinieblas de la impunidad. Lleva por título ‘Llegaron de noche’ –como los asesinos en aquella fatídica fecha– y desembarca en las salas el 25 de marzo, previo paso por el Festival de Málaga.

Al frente del proyecto figura el director Imanol Uribe, un vasco nacido en San Salvador que –aunque con 20 años menos– admite haber llevado “vidas paralelas” con Ignacio Ellacuría, aquel jesuita nacido en Portugalete que acabaría viviendo y muriendo en El Salvador. En distendida charla con Vida Nueva en la sede de la ONG jesuita Entreculturas, y acompañado por el guionista de su último trabajo, Daniel Cebrián, relata cómo pasó “por los sitios que él pasó”.

Y, aun cuando asume tener “una memoria espantosa”, recorre mentalmente su periplo educativo, vinculado siempre a la Compañía de Jesús: el Externado San José en El Salvador, los jesuitas de Indautxu en Bilbao, los jesuitas de Tudela, “donde también estuvo Ignacio Ellacuría”. Incluso, llegó a conocerle personalmente “en una charla que dio en Salamanca”.

Hechos que marcan

Ahora bien, más allá de ese pasado jesuita, Uribe reconoce que “el gusanillo del interés por su figura siempre ha estado ahí”. Como a tanta gente de su generación, le impactó “muchísimo” la matanza de El Salvador, “al nivel del asesinato de Carrero Blanco, de Kennedy o del 11-S: son hechos que marcan”. Y a Ellacuría –subraya– “le admiraba”. Todo ello “se conjura” como germen de su nueva película después de leer la novela Noviembre, de Jorge Galán.

En ella se habla de los jesuitas, de monseñor Romero… pero fue Lucía Barrera de Cerna, empleada de limpieza en la UCA y único testigo de la matanza que decidió declarar, quien reclamó su atención. “Solo se cuenta un poquito su vida”, desvela. Suficiente para que el veterano cineasta encontrara en ese personaje “el desencadenante desde el que hincarle el diente a la historia”: contaría lo vivido por esta mujer y, de paso, hablaría de la muerte de los jesuitas. “Como vehículo narrativo, me fascinaba la historia increíble de Lucía y su defensa de la verdad”, confiesa.

“Lo que es interesante es la historia de Lucía, su conflicto: tiene que optar entre contar la verdad o que la dejen vivir. Y opta por contar la verdad, aunque no la vayan a dejar vivir. Imanol lo vio enseguida; yo tardé en verlo más, pero había que justificar el sueldo”, secunda entre risas Cebrián, que ya ha colaborado con Uribe en anteriores producciones.

Enriquecedoras entrevistas

A partir de ese momento, como guionista, emprendió “una fase de documentación periodística” en la que leyó todo lo que pudo acerca de aquellos acontecimientos. Al principio, hablaron mucho con Jorge Galán, incluso pensaron en comprarle los derechos de su novela, pero “yo sabía ya demasiadas cosas como para hacer la película y, al final, todo terminó donde había empezado Imanol”.

Conocerían luego al padre José María Tojeira (encarnado en la cinta por Carmelo Gómez), provincial de los jesuitas en Centroamérica de 1988 a 1995, que “fue muy generoso con nosotros: grabamos bastantes horas de conversaciones con él en la UCA y ha colaborado desde el primer momento”, recuerda agradecido Uribe. Y a Lucía (Juana Acosta), que resultó “esencial”, y a su marido (Juan Carlos Martínez).

Y es que, tras entrevistarse con este matrimonio salvadoreño, “solo queríamos contar ya la historia de Lucía, que era la idea original de Imanol desde nuestra primera conversación”. De hecho, inicialmente iba a llamarse La mirada de Lucía, pero la premonición de Ellacuría sobre la autoría de su propia muerte (aquí puesta en boca del actor que se mete en su piel, Karra Elejalde) les brindó el título definitivo: “Si me matan de día sabrán que ha sido la guerrilla, pero si llegan de noche serán los militares los que me maten”.

Entrelazar la realidad

Así que, después de encontrarse con unos y con otros, “no hubo que inventarse nada, sino entrelazar la realidad que había”, asegura Uribe. A lo sumo, “fundir” en algún personaje acciones o diálogos de otros. Como es el caso del propio padre Tojeira, que “tuvo mucho protagonismo –apostilla Cebrián–, aunque había más sacerdotes jesuitas adscritos a la universidad que estaban por allí”. “El resto –reitera Uribe– ha sido articular y guionizar la historia, porque la realidad estaba ahí”. Y ese “resto”, fundamentalmente, es la historia de Lucía.

Ella es “la puerta de entrada”, según Cebrián, porque “¡es tan absurda la muerte de los padres!… que hacer una película sobre eso tiene poco interés, más allá de la tragedia que supone”. “Sería contar una historia que todos conocen”, asiente Uribe. “Es una atrocidad sin sentido desde el punto de vista humano –prosigue Cebrián–, a nadie le puede parecer bien aquello, no hay un conflicto. Cuando lees todo en su contexto, es muy fácil seguir la línea que conduce de finales de 1989 al fin del conflicto: aquella matanza aceleró la paz, no el triunfo de la guerrilla; al menos, la capitulación del Gobierno en muchos aspectos”.

42º Aniversario de Mons. Romero

San Óscar Romero y la inmediatez del prójimo oprimido

San Óscar Romero
San Óscar Romero

«Sentía cercano al prójimo oprimido y veía en él el rostro del Señor crucificado»

«Hoy, al recordarlo, cuando tendemos a ponerlo en un pasado violento y heroico, muy diferente de nuestra actualidad, le hacemos un flaco favor a su santidad. Porque de muchas maneras el prójimo oprimido continúa estando a nuestro lado»

«Sólo podremos celebrar a Romero desde la solidaridad humilde y combativa. Esa misma solidaridad que tuvo quien ‘siendo rico, se hizo pobre para enriquecernos’ (2Cor 8, 9)»

24.03.2022 | José M. Tojeira sj

Celebramos un año más la santidad de Mons. Romero en el día de su muerte martirial. Y es bueno preguntarnos qué es lo que hace santo a este obispo, tímido y profeta al mismo tiempo, riguroso consigo mismo y libre para anunciar el Evangelio del Reino, que se dirigía espiritualmente con un sacerdote del Opus Dei y se confesaba con un jesuita. Y la respuesta que brota con mayor rapidez es clara: Sentía cercano al prójimo oprimido y veía en él el rostro del Señor crucificado. Y ahí, en la debilidad del infravalorado y marginado, encontraba la fuerza para anunciar y denunciar.

Hablaba con todos, trataba de ayudar siempre, soportaba ataques, insultos e incluso la enemistad de algunos (a veces más que algunos) de sus hermanos en el episcopado. Pero su cariño y su preocupación indeclinable eran los pequeños, los marginados y los perseguidos por defender y trabajar en favor de la igual dignidad humana de los hijos e hijas de Dios.

Vivía con una enorme sencillez en un asilo de enfermos terminales y disfrutaba sintiéndose acogido y querido por los pobres. Su bondad y su heroicidad nos facilita ponerlo en una hornacina del pasado, como una de las personas que nos recuerda al Jesús que pasó por este mundo “haciendo el bien y curando a los oprimidos por el diablo” (Hechos 10, 38). Pero no basta la admiración de una santidad si no se siente al mismo tiempo un fuego interior como el que sentía los apóstoles al interiorizar la resurrección del Señor.

Hoy, al recordarlo, cuando tendemos a ponerlo en un pasado violento y heroico, muy diferente de nuestra actualidad, le hacemos un flaco favor a su santidad. Porque de muchas maneras el prójimo oprimido continúa estando a nuestro lado. Y un santo del que recordemos sus glorias pasadas sin que nos inquiete en nuestro presente no deja de ser una especie de adorno personal y, con frecuencia, una muestra de narcisismo institucional.

Quienes viven y sufren en la marginalidad y la pobreza, los migrantes menospreciados por su origen o por el color de su piel, las víctimas de las guerras, los saharauis abandonados porque la economía es más importante que las personas, son parte de esa legión de oprimidos que siguen cuestionando nuestras historias personales y sociales.

Romero

Si no los sentimos inmediatos, si algo no nos llama a hacerlos históricamente significativos, nos alejamos de lo más hondo de nuestra realidad humana: la capacidad de sentirnos fraternos, miembros de la misma especie. Y al olvidar y traicionar nuestra humanidad traicionamos también nuestra fe. De poco nos serviría entonces el recuerdo de aquellos que en el pasado amaron tanto a sus prójimos que pudieron vivir sin que el odio de los violentos, e incluso la muerte, nublara su mirada de profetas.

Mons. Romero nos llama siempre al presente. Así lo entendieron quienes propusieron en la ONU que el 24 de marzo fuera el “Día Internacional del Derecho a la Verdad en relación con las Violaciones Graves de los Derechos Humanos y para la Dignidad de las Víctimas”. La Asamblea General de la ONU aprobó en 2010 la titulación de ese día en honor a Monseñor Romero. Casi podríamos decir que lo canonizó antes que su propia y nuestra Iglesia.

Pero tanto a los cristianos como a la ciudadanía humanista nos cuesta demasiado romper la comodidad que nos cuestiona el que sufre. Y ponemos al margen de nuestras mentes a quien la sociedad ha marginado ya antes, de un modo injusto y con frecuencia violento. El Romero santo y asesinado debe ser para nosotros siempre un recuerdo peligroso. Peligroso para el statu quo del dinero, de la egolatría y del poder, y peligroso también para quienes, despertados y urgidos por su recuerdo, tratemos simultáneamente de odiar al mal y amar al enemigo. Sólo podremos celebrar a Romero desde la solidaridad humilde y combativa. Esa misma solidaridad que tuvo quien “siendo rico, se hizo pobre para enriquecernos” (2Cor 8, 9).

Romero

El camino hoy de una Iglesia martirial

Por José M. Tojeira

En principio toda Iglesia cristiana es una Iglesia martirial. El Apocalipsis le da a Jesucristo el título de “Testigo fiel” (mártir, dice en griego Apoc 1, 5). Todo seguidor de Jesús tiene que ser testigo de la muerte y resurrección del Señor. En los Hechos de los Apóstoles, en varios de sus primeros discursos, Pedro y sus compañeros se definen como testigos (mártires) de la resurrección de Jesús. Quienes posteriormente derramaron su sangre por Cristo se unen especialmente a él. Todos nos unimos al Señor por el bautismo, participando simbólica y sacramentalmente en su muerte y resurrección. Pero los mártires se unen de un modo especial al Señor: No solo “por la representación figurada del sacramento”, sino también “por la imitación de su obra”, decía Santo Tomás de Aquino. Cuando una Iglesia como la nuestra, la salvadoreña, ha sido rica en mártires, el camino eclesial debe ser más exigente.

En efecto, la beatificación y canonización de San Óscar Romero dejó muy clara la radicalidad de la llamada al seguimiento del Señor Jesús en El Salvador. Nuestro Pastor entregó su vida martirialmente al pueblo salvadoreño cuando otros mártires del pueblo de Dios encendieron en su corazón un fuego profético. Hoy, algunos de los que le precedieron en la entrega de sus vidas, Rutilio, Nelson y Manuel, son también mártires beatificados por la Iglesia. Cosme Spessotto, asesinado poco después de nuestro obispo santo, ha alcanzado también el reconocimiento eclesial de su muerte martirial. La Iglesia salvadoreña se prepara para iniciar nuevos procesos de beatificación de los numerosos mártires que entregaron generosamente su vida en el anuncio del Reino de Dios, antes y después del sacrificio de nuestro San Romero de América.

Esta realidad martirial de nuestra Iglesia salvadoreña nos presenta una desafío fundamental: seguir con radicalidad a Jesucristo, encarnándolo en la propia historia personal de cada cristiano. Cuando los primeros escritores cristianos, santos y mártires muchos de ellos, hablaban del martirio, solían fijarse especialmente en dos conceptos fundamentales de la vida cristiana: la resistencia frente al mal y frente al perseguidor, y la libertad para anunciar el Evangelio e incluso denunciar lo que se oponía al mismo. Todo ello desde una opción por la verdad, revestida de un profundo pacifismo, nacido del espíritu de fraternidad cristiano. En una sociedad como la nuestra, en la que la fraternidad sufre los asaltos de la violencia, de la injusticia social, y de la triple idolatría (riqueza, poder y organización político-social) que ya había denunciado San Óscar Romero, los cristianos debemos tener posiciones tan claras como exigentes. La fraternidad y el amor al prójimo deben estar siempre en el primer término. Enfrentar la injusticia social, desde la riqueza de nuestros mártires y desde la sabiduría de la Doctrina Social de la Iglesia, es una exigencia ineludible. La construcción de comunidades de solidaridad, que multipliquen una nueva cultura, distinta del individualismo consumista, y extiendan un modo de actuar diferente al de un sistema, denunciado por Pablo VI en la Populorum Progressio, que “conduce a la dictadura justamente denunciada por Pío XI como generadora del “imperialismo internacional del dinero”.

Los mártires han sido siempre los mejores maestros de la identificación con Cristo. Su profunda eclesialidad, su dimensión moral, la fuerza profética de su memoria, su capacidad de soñar y delinear una sociedad fraterna y solidaria, su libertad para anunciar el Evangelio en todas sus exigencias, nos ofrecen actualizaciones concretas del camino del Señor. Celebrar hoy y recordar a nuestros mártires, retomar su fuego apostólico y hacerlo presente en una sociedad en la que con frecuencia se mezcla la superficialidad con el egoísmo individual y la irresponsabilidad social, puede ser difícil para los que quedamos. Pero nuestros mártires interceden por nosotros. Ellos están definitivamente en el Reino de Dios y sentados al lado del Señor como verdaderos jueces de la historia. A nosotros nos corresponde continuar su obra, aproximando la historia terrena a ese Reino que viene hacia nosotros desde el amor gratuito de nuestro Dios.

Fosas trájicas

José M. Tojeira

Las grandes masacres casi siempre necesitaron fosas clandestinas. Muchas de ellas se fueron descubriendo después de las guerras que generaron las matanzas. Así actuaron los nazis en vastas zonas de la Europa oriental con judíos y gitanos, o los soviéticos en zonas polacas o en su propio territorio cuando Stalin exterminaba opositores. Los nazis, preocupados por no dejar huella, pronto cambiaron las fosas comunes de los campos de exterminio (no todas) por los hornos crematorios. Hoy los campos de concentración nazis se han convertido en una especie de centros de reflexión, auténticos santuarios, del nunca más.

Sin embargo las fosas comunes continuaron siendo frecuentes en diversas guerras del siglo XX, posteriores a la segunda guerra mundial, desde Yugoslavia a Camboya, pasando por otros muchos lugares incluida América Latina. En una escala mucho más pequeña, las fosas comunes continúan en algunos países como señal y signo de que la locura homicida no está extirpada de la historia humana. Uno de estos países es el nuestro, El Salvador.

Las fosas comunes, independientemente del tamaño que tengan, presuponen siempre una organización criminal que podrá ser reducida, pero siempre será más amplia de lo que podemos imaginar, si contamos a los que colaboran, callan, o no se atreven a hablar. Por eso resulta indispensable reflexionar sobre el tema. En un intervalo de tiempo corto hemos visto en El Salvador la aparición de dos fosas clandestinas. Una de aproximadamente 20 personas y otra de 27, según información oficial.

En la primera fosa se encontró rápidamente a uno de los protagonistas, pues la tenía en su propia vivienda. Se habló inicialmente de una red, pero pronto el silencio cayó sobre la investigación y se le dio la calidad de “testigo criteriado” al que parecía inicialmente uno de los protagonistas. Con la segunda, relativamente cercana a zonas pobladas, no hay tampoco mayor información sobre la autoría y conexiones y cómplices necesarios conexiones para disponer de esa especie de cementerio tan cercano a zonas densamente pobladas del gran San Salvador.

Por otra parte sabemos que hay grupos de exterminio en El Salvador, en los que se juntan sicarios, algunos policías o expolicías, y algunos comerciantes y medianos empresarios. En pura lógica racional no resulta difícil establecer un nexo entre las fosas, cementerios ilegales, y la existencia de grupos ilegales de exterminio, a cuyo servicio están sin dudas las dichosas fosas. Aunque los homicidios hayan bajado ostensiblemente en el país, esta doble presencia de grupos y fosas clandestinos muestra una fuerza del crimen organizado y una capacidad de acción del mismo que debería ser objeto de investigación prioritaria y de información pública trasparente.

Los crímenes concretos podrán sufrir positivas reducciones, pero que un poder paralelo al Estado tenga la posibilidad de matar impunemente e incluso “administrar” en el tiempo fosas o cementerios clandestinos, señala una vulnerabilidad estatal en el campo de la seguridad ciudadana realmente peligrosa. Y  más en estos tiempos de tensión en los que se fomenta el odio contra la crítica política con una vocería con frecuencia agresiva. En este contexto resulta indispensable para la ciudadanía señalar esta situación como una auténtica emergencia. Y al mismo tiempo exigir al Estado que asuma su responsabilidad a la hora de investigar a fondo tanto las fosas como los grupos de exterminio, y sus posibles vinculaciones. Por su parte, al Estado le corresponde garantizar una seguridad ciudadana, que siempre será débil, si no se investiga con transparencia y se lleva a juicio a todos los implicados en esta doble y conexa situación de grupos y cementerios organizados al servicio del crimen

San Ignacio y San Fco. Javier

Este 12 de marzo, además de la primera fiesta de Rutilio mártir beatificado, los jesuitas celebramos el 400 aniversario de la canonización de San Ignacio y San Francisco Javier. Les comparto y escrito sobre ellos y como supieron orientar sus deseos hacia Cristo:

San Ignacio y San Francisco Javier: El deseo y su transformación

Por José M. Tojeira

Ya en el siglo XVI, en una poesía atribuida a Fray Luis de León, se habla de la pérdida del vigor juvenil con el paso del tiempo. El poeta anciano se sentía “agostado como yerba que al sol su fuerza pierde”. Pero perder la fortaleza juvenil no elimina el deseo, y por eso la poesía continúa diciendo, “y solo en mi el deseo queda verde”1. El contexto era el de una poesía amorosa pero sin duda nos dice una verdad profunda: somos seres de deseo y la vida sólo existe en plenitud cuando hay pasión, anhelo y ansia. Como también existe la corrupción y la violencia cuando el deseo no se estructura sanamente. Hoy, en una época en la que la publicidad y un tipo de noticias, propaganda y acontecimientos tienden a desbordar los deseos y hacen difícil su sana estructuración, bueno es reflexionar sobre aquellos cristianos que consiguieron convertir sus deseos más profundos en verdaderas y audaces empresas apostólicas. En este año ignaciano que resalta la transformación de los deseos de fama y gloria de Ignacio de Loyola, en deseos ardientes de seguimiento del Señor, resulta interesante ver la semejanza del proceso en dos personas, Ignacio y Francisco Javier, tan diferentes en edad, historia y opciones.

Ambos hijos menores de familias nobles, estaban llenos de sueños e ilusiones. Ignacio llega a hablar de una su dama de sus pensamientos que no era “condesa ni duquesa, mas era su estado más alto que ninguno déstas”2. Ansioso de crecer en el servicio al rey, trabaja en cercanía a la nobleza y se apresta a defender Pamplona contra los partidarios de un rey navarro apoyado por los franceses. Francisco por su parte, 15 años más joven que Ignacio, y el pequeño de los varones en su familia, opta por otro camino de ascenso social reservado a los nobles segundones: el camino de los beneficios clericales. Ya convertido Ignacio y tratando de conseguir una canonjía Javier, coinciden en la Universidad de París. Ignacio fichado en España por anunciar el Evangelio como laico, Javier empujado por la fama de la universidad, por la influencia de su padre, doctor en derecho por la Universidad de Bolonia y, probablemente, por la simpatía de sus hermanos mayores hacia el candidato al trono de Navarra apoyado por los franceses. Nada hacía pensar en que ambos pudieran orientar sus deseos de la misma manera.

Los hermanos mayores de Javier habían participado activamente en las luchas internas de Navarra, dividida en dos bandos que a su vez defendían el trono de Navarra para diferentes dinastías. De hecho los hermanos de Javier participarán, desde el bando opuesto, en el cerco de Pamplona en el que caerá herido Ignacio de Loyola. Por amor a un ideal de honor y fidelidad a una dinastía, la familia de Javier sufre destierros y limitaciones en sus derechos nobiliarios sobre diversas tierras. Defendiendo el patrimonio familiar, tanto su madre como después su hermano mayor, se ven envueltos en pleitos con pueblos que consideraban tributarios y con pastores trashumantes que ocupaban tierras de paso. El honor y el derecho de la nobleza serían si duda comentario constante en las frías noches de invierno frente al hogar. Todo ello en un tiempo, el Renacimiento, en el que el deseo individual estallaba, el culto a la belleza se imponía, el aprovechamiento del momento gozoso, “carpe diem”3, era la consigna, y el individuo comenzaba a convertirse en el centro de la reflexión.

Egresar como Maestro de la Universidad de París facilitaba la consecución de algún beneficio eclesiástico importante que garantizara un futuro cómodo, cuando no un ascenso al episcopado en algún momento. De hecho, ya comprometido con el incipiente grupo que daría nacimiento posteriormente a la Compañía de Jesús, Javier recibe la notificación de un beneficio a su favor en la catedral de Pamplona. Ni él ni su familia habían renunciado, durante largo tiempo, a hacer carrera eclesiástica en ese mundo en que la fama se valoraba tanto como la vida.

Ignacio, maestro ya en el discernimiento, que no es sino la orientación y el análisis crítico de todo deseo visto desde el Evangelio, debió ver en Javier, con su juventud fogosa y sus deseos de brillo, a un sujeto apto para entender hacia dónde puede orientarse el deseo en busca de su mayor plenitud y libertad. En este tiempo en el que hemos recordado la conversión de Ignacio, y ahora el aniversario de su canonización, ver cómo dos personas pasan de la desconfianza a una profunda amistad, nos puede ayudar a comprender la importancia de la estructuración evangélica del deseo, tanto para iniciar el camino de la santidad como para establecer una muy sólida amistad. Entender cómo un mismo deseo y un mismo ánimo pueden unir y reconciliar a los contrarios, nos conduce a la comprensión de la espiritualidad ignaciana. San Francisco Javier, ese religioso que trascendió las fronteras de la Compañía de Jesús, para convertirse en patrono de todos los que se dejaron arrastrar por el afán de aventura a lo divino, nos ayuda a reflexionar sobre la estructuración evangélica del deseo. Utilizaremos para ello solamente los tiempos previos a sus viajes a la India, tratando de ver, en su vida inicial de religioso, cómo el deseo, esa realidad tan profundamente humana, se convierte desde la fe en fuerza que ordena las dimensiones fundamentales de su vida.

Javier sufrirá un giro radical tras el encuentro con Ignacio de Loyola en París. Aunque las relaciones con Ignacio fueron durante un largo tiempo ambiguas, Javier, sin duda no dejó de advertir cómo Ignacio, en medio de un mundo tan contradictorio, que rompía todo tipo de barreras, había estructurado sus propios anhelos profundos en torno a un ideal radicalmente cristiano y moderno al mismo tiempo. Tras una búsqueda trágica, en la que “el peregrino”4 lucha por encontrar a Dios como centro de su vida, Ignacio logra encontrar una causa que dé sentido a su deseo y lo ordene definitivamente. La voluntad de Dios y su mayor gloria, realizada en el servicio al prójimo, se convierte en el centro ordenador del deseo tras los Ejercicios. Hay en ese proceso de búsqueda, como en casi todos los procesos místicos, un afán de matar todo deseo que no nazca de la voluntad de Dios, una purificación del deseo puesto en la escucha personal de la Palabra, y una explosión final del deseo, recuperado como arma apostólica tras el encuentro con el Señor, en el caso propio de Ignacio.

Javier, hombre de deseos, encuentra a Ignacio con sus deseos ya purificados, pero con su vida todavía en esa búsqueda del peregrino de la fe que se deja llevar por Dios incluso “hacia donde él no sabía”5. Se produce en un primer momento, en Javier, una mezcla de admiración y rechazo. Javier, con su simpatía personal, cualidad de su carácter que será señalada como notable a lo largo de toda su vida, recurre con frecuencia a la broma y al humor para mantener a distancia a este vasco insistente, de diferente tradición familiar, guerrero en bando distinto al de su familia, pero que toca inquietantemente la fibra del deseo en Javier. “Qué le importa al hombre ganar todo el mundo si pierde su alma”, es la pregunta evangélica en la que Ignacio insiste. Pero el hambre de ganar el mundo no se agotaba fácilmente en un hombre como Javier. Máxime cuando podría escudarse en que la carrera y el éxito clerical no era exactamente mundano.

Pedro Fabro, otro santo de esta historia de conversión de los deseos, será el mediador entre el vasco y el navarro, empecinados cada uno en su propio sueño. Dotado de un carácter suave, Fabro logrará, a lo largo de cuatro años, relacionar a su amigo con Ignacio. Y allí el joven navarro, irá desarrollando una amistad con Ignacio que le lleva a profesar sus votos con los primeros compañeros en Montmartre (15 de Agosto de 1534) y a hacer con ellos, dirigidos por Ignacio, los Ejercicios Espirituales. El cambio en Javier fue radical. Parafraseando a los clásicos, “si no a más descansado, a más honroso sueño entregó los ojos, no la mente”6. Porque Javier era un hombre que amaba lo concreto y en sus sueños y en su mirada real ponía sus objetivos vitales y su caminar cotidiano. De los Ejercicios sale otro hombre, muy semejante a Ignacio, inseparable seguidor del peregrino por sendas enormemente diferentes. Mientras a Ignacio la pasión apostólica le lleva a terminar su peregrinación en Roma, dedicado a estructurar la naciente Compañía de Jesús, a Javier, el mismo ánimo esforzado le llevará a recorrer tierras lejanas, creando el paradigma misionero que ha alimentado a la Iglesia durante cinco siglos. Dos caras de la misma moneda, del mismo ánimo que sabe que la historia verdadera se construye desde la cruz y desde el mismo deseo de oprobios y persecuciones que asemejan al Maestro y que dan a toda empresa apostólica el signo de la eficacia cristiana. Javier repetirá años más tarde, ya desde la India, una frase que se convierte casi en sonsonete de muchas de sus cartas: Que el Señor que “por su misericordia nos juntó y por su servicio nos separó tan longe unos de otros, nos torne a ayuntar en su santa gloria”7. No importa la lejanía sino el ánimo. Y si el servicio de Dios y de las ánimas aleja a unos de otros, el Reino futuro reúne de nuevo a quienes trabajan por el Evangelio.

Hechos los Ejercicios Espirituales la orientación de sus deseos cambia. Ha escuchado en la contemplación del Reino que la voluntad del Señor “es de conquistar todo el mundo y todos los enemigos y así entrar en la gloria de mi Padre; por tanto quien quisiera venir conmigo ha de trabajar conmigo, para que siguiéndome en la pena, también me siga en la gloria”8. Los sueños de honra previos a la conversión, se convierten ahora en sueños apostólicos donde la cruz tiene un lugar preferencial. Conocedor de la inmensidad de pueblos que se abrían a esa sociedad cristiana hasta poco tiempo antes tan cerrada en sí misma, Javier comienza a soñar con cargar sobre sus hombros a las gentes de las Indias mientras grita dormido “más, más, más”9, despertando a sus propios compañeros. El mismo sueño del “magis” ignaciano arde en Javier lanzándolo fuera de su “propio amor, querer e interés”10. Tiene muy clara una idea que muchos después de él formularán de diversas maneras. Si el camino del éxito apostólico pasa por la cruz, el camino más inmediato al éxito es la predicación del evangelio a los gentiles, donde el peligro abunda sobremanera.

La opción de Javier por la cruz, y por la eficacia histórica de la misma, está en la base más inmediata de su opción misionera. Como otros posteriormente11, Javier veía en los territorios de misión un camino de seguimiento esforzado, de dificultad y de lucha por el Reino, que acercaba a la cruz. Y ésta era la pasión al ver en ella el camino real de la eficacia apostólica. Un par de anécdotas, para no abundar excesivamente en citas, nos iluminan sobre la posición de Javier al respecto. En Portugal le tocó a Javier esperar largos meses para poder embarcar hacia la India. Distinguido por su entusiasmo y caridad con enfermos a los que visitaba en hospitales, Javier se quejaba de lo bien que les trataba a los futuros misioneros el rey de Portugal. Pero se consolaba pensando que ya lo pagaría en sufrimientos y persecuciones cuando estuviera en la India. Se alegraba así mismo de que el rey de Portugal respetara la decisión de la Compañía, todavía sin Constituciones, de no aceptar obispados12 (algunos de la nobleza portuguesa lo estaban promoviendo).

Y cuando ya estaba a punto de partir para la India, el Conde de Castanheira insistía ante el rey Juan III que diera un mozo de servicio a Javier y a sus compañeros durante la larga travesía, a veces más de un año, entre Portugal y la India, para que les lavara la ropa y les cocinara en el barco. Creía el conde que “sería en perjuicio de su prestigio y autoridad entre las gentes, si le viesen (a Javier) con el resto de la tripulación lavar su ropa a la borda del barco y preparar su comida en la cocina del mismo”. Javier no duda en responderle al amistoso conde diciendo: “Señor Conde, el adquirir crédito y autoridad por ese medio que Vuestra Señoría dice, ha traído a la Iglesia de Dios al estado en que ahora ella está, y a sus prelados; y el medio por donde se ha de adquirir es, lavando esas rodillas y guisando la olla, sin tener necesidad de nadie, y con todo eso procurando emplearse en el servicio de las almas de los prójimos”                               13. Mientras la cruz y la persecución no llegaban, Javier se preparaba para lo que constituía su opción fundamental, una vida identificada con la cruz del Señor en su historia particular, asumiendo lo bajo y humilde, lo que el mundo tiene por loco y despreciable. Una opción que esperaba historizar en la India en plenitud, pero que empieza a darse desde abajo, desde lo sencillo, visitando hospitales, sin olvidar por ello la relación con el rey, que garantiza la mayor universalidad de ese bien que hoy llamaríamos estructural.

Este mismo sentimiento se repetirá como criterio apostólico en sus correrías por la India. De un modo gráfico narraba a sus compañeros las consolaciones que le había dado el permanecer en las Islas del Moro, en medio de peligros. “Porque todos estos peligros y trabajos, voluntariosamente tomados por sólo amor y servicio de Dios nuestro Señor, son tesoros abundosos de grandes consolaciones espirituales”. E inmediatamente la razón de fondo del consuelo: En medio de dificultades tan grandes la esperanza hay que ponerla solamente en Dios. “Mejor es llamarles islas de esperar en Dios que no islas del Moro”

14. En definitiva, que Javier había estructurado su deseo vital, lo más profundo de sus ansias, en torno a una fe ardiente en que el camino de la cruz lleva a la gloria. Y no sólo a la gloria del más allá, sino también a la eficacia misionera en el más acá. Javier no vacila una vez que el deseo está puesto en la cruz como camino de seguimiento del Señor. La misión vivida desde dentro, pero también puesta por quienes le gobiernan, le historiza su vida de cruz en la misión de evangelizar pueblos no cristianos. Toda su vida será ya un permanente peregrinar buscando en la evangelización esforzada, y en la ampliación de la misma, su autorrealización cristiana y jesuítica.

La civilización del deseo ilimitado

En nuestra cultura actual el deseo se ha convertido en el eje motor de múltiples dimensiones. La idea del progreso ilimitado, por falsa que pueda ser, despierta deseos sin freno. La publicidad comercial juega permanentemente con el deseo de tener, de poder y de disfrutar, sin límites morales muchas veces. E incluso con cierta frecuencia, impulsando a saltarse los límites legales. El culto a la apariencia, el éxito personal como logro definitivo de autorrealización, la superficialidad de los modelos de hombre y mujer que se nos presentan en el ámbito político, económico y artístico, llevan con frecuencia a la confusión y dificultan enormemente una sana estructuración del deseo. En el campo de la sexualidad, la trivialización de la misma y la comercialización del deseo han producido unos cambios espectaculares en el ámbito de la familia y de las relaciones entre personas y grupos.

Una cultura específica juvenil, en la que “la juventud pasó a verse no como una fase preparatoria para la vida adulta, sino, en cierto sentido, como la fase culminante del desarrollo humano”

15, transformó en muchos aspectos los deseos de autorrealización tradicionales. La ruptura de normas tradicionales, la tendencia a vivir el momento, la moda, desentendiéndose de las propias raíces y convirtiendo la memoria histórica en elemento de museo, el convertir el presente en una especie de sucesión rápida de momentos, cada uno con su preocupación y su placer particular, terminaron por entronizar el deseo individual autónomo e ilimitado como la base de dicha cultura juvenil. La canción de un grupo rokero español, afirmando que “siempre, siempre haré, lo que yo quiero; esté bien o esté mal, lo que yo quiero”

16, no es más que una muestra dentro de un muy amplio universo que exalta, en todos los ámbitos el deseo ilimitado.

Este tipo de cultura y modo de pensar, sin duda, dificulta tanto el campo de la evangelización hoy como el trabajo vocacional para la vida religiosa. Pero al mismo tiempo nos desafía enormemente. Una cultura del deseo ilimitado no se construye sin que haya sujetos capaces de desear ilimitadamente, aunque sea de un modo engañoso. Incluso quienes así viven y desean, encuentran en muchos aspectos de esta moderna cultura juvenil las limitaciones incluso abruptas del deseo. El mismo Hosbawn, ya citado, recuerda que esta cultura del deseo ilimitado, que se incluye especialmente en el sueño de la juventud como el estado de perfección del ser, no es más que un “estilo de vida ideado para morir pronto”

17. El recuerdo de iconos juveniles que van desde Bob Marley a Kurt Kobain, pasando por otros muchos personajes de éxito que murieron jóvenes, suicidados o por sobredosis de droga, nos confirma en lo profundamente frustrante que puede ser esa estructuración del deseo que tiende a producir la cultura moderno-contemporáneo en sus áreas más extendidas de comercialización de lo juvenil, del placer momentáneo y del poseer.

¿Qué hacer, en este contexto, frente a unos jóvenes que llegan a la fe cristiana, o a la vida religiosa, desde esta cultura, tocados por esa convicción de que el deseo individual lo es todo? Aunque la respuesta es compleja, y los ejemplos de otros siglos son profundamente diferentes, no cabe duda de que personalidades como la de Ignacio y Javier pueden convertirse en un ejemplo claro de cómo la estructuración sana del deseo puede dar sentido a toda una vida. La época de Javier tenía profundas diferencias con la nuestra, pero también semejanzas. De hecho no se puede negar que en muchos modos de abordar la vida actual se pueden encontrar raíces hondas en los tiempos del Renacimiento. El descubrimiento de nuevas tierras, los viajes y las conquistas de las mismas, la reforma protestante insistiendo en la libre e individual interpretación de la Biblia, y la reforma católica, nacida ya antes de Trento con ansias de utopía

18, crearon la convicción, que dura hasta el presente, de que la perfección era alcanzable para la mente y la mano humana.

Aunque es indudable que todos los santos realizaron una estructuración de sus deseos en torno a los valores fundamentales del evangelio, la época y la búsqueda larga de Ignacio de cómo concretar una llamada que urgía en la acción la mayor gloria de Dios, ha sido un momento importante de la historia, abierta a la universalización del Evangelio. La misión en salida de lo propio, la vida aventurera de Javier, su carácter profundamente sonriente y humorista, su capacidad de entrar en mundos tan diferentes al suyo, lo hace especialmente atractivo para la persona que quiere estructurar sus deseos en torno a valores. Porque independientemente de lo absorbente que sea una cultura determinada, hay rasgos y valores que están presentes en todas las culturas y que no pueden ser destruidos por las versiones culturales promovidas desde el mercado. Valores como la verdad, la solidaridad que se expresa en el servicio a los demás, la libertad personal como capacidad autónoma de modelar la vida y las actitudes ante la misma, escapan con frecuencia al simple fomento de pulsiones que produce la publicidad. Y la persona de Javier, conocida adecuadamente, puede tocar con fuerza esa capacidad latente en ocasiones en el deseo de los jóvenes, de estructurar sus deseos desde una serie de valores que produzcan, en el mediano y largo plazo, satisfacciones en el ámbito del sentido de la vida.

Hoy como ayer la cruz sigue marcando la historia, con frecuencia hasta extremos espeluznantes. El holocausto, los exterminios masivos por razones ideológicas, la bomba atómica en Hiroshima y Nagasaki, no son situaciones superadas. En Centroamérica hemos vivido hace todavía muy pocos años las que hoy se llaman guerras sucias, que produjeron masacres de niños, de campesinos, de opositores pacíficos y de personas que simplemente estaban donde según los administradores de la violencia no debían estar. Los países poderosos siguen acudiendo a la guerra con motivaciones mentirosas. Se atreven a amenazar incluso con una guerra nuclear. De nuevo hoy, como en el siglo XVI, hubiéramos podido repetir con frecuencia otros versos de Fray Luis de León, por terminar citándolo una vez más al final, a él que vivió los mismos “tiempos recios” que San Francisco Javier:

“Si miro la morada es peligrosa,

Si la salida incierta, el favor mudo,

El enemigo crudo,

Desnuda la verdad, muy proveída

De armas y valedores la mentira”

Fray Luis terminaba esta estrofa diciendo: “La miserable vida, sólo cuando me vuelvo a ti, respira”

19, refiriéndose a María. Hoy, cuando de nuevo la mentira está demasiado proveída de armas y propagandistas, es indispensable reeducar el deseo desde la fe. Tanto para el cristianismo como tal, como de un modo especial para la vida religiosa, si queremos continuar siendo testigos públicos del seguimiento del Señor. Indudablemente tenemos en la historia contemporánea de esta América Latina martirial grandes ejemplos que nos ayudan en la tarea. Pero también Ignacio y Francisco Javier, cuyo aniversario de canonización celebramos, pueden descubrirnos facetas centrales de la educación cristiana del deseo. Especialmente cuando el deseo se quiere traducir en ímpetu apostólico. Un deseo y un ansia apostólica que, hoy como ayer, tendrá también que encontrar su modo propio de realizar el itinerario hacia el triunfo a través de la fuerza de la cruz