“Alcem la veu”

‘Alcem la veu’, la revuelta de las mujeres en la Iglesia de la Diócesis de Valencia, ha presentado esta mañana en el Arzobispado el documento que hace unos días se hacía llegar al Vaticano. Son las conclusiones de meses de trabajo de organizaciones de todo el mundo agrupadas en el Consejo de Mujeres Católicas (CWC), que esperan poder trasladar al nuevo arzobispo, Enrique Benavent.

De forma paralela a la convocatoria del papa Francisco de un proceso sinodal de escucha de toda la Iglesia y de diálogo con la sociedad civil, el CWC inició una serie de sesiones virtuales para que los obispos pudieran oír las voces de las mujeres de todo el mundo. Desde el 8 de Marzo de 2022 se ha estado reflexionando en cada diócesis, país y continente sobre cinco ejes: la situación de las mujeres en la Iglesia; poder, participación y representación; estructura y transparencia; vida sacramental; y resistencia y esperanza.

Comenzó con una encuesta realizada a miles de mujeres que respondieron
mayoritariamente que su participación en la Iglesia es “invisible, ya que realizan tareas subalternas y de servicio, pero carecen de poder de decisión”. La realidad presenta matices en cada continente, desde Asia donde las católicas son una minoría, aunque trabajan codo a codo con mujeres de todas las religiones en temas de justicia social; pasando por África donde son mayoría y la desigualdad social y de género está muy marcada; por Norteamérica donde negras e hispanas dicen experimentar el racismo en la Iglesia estadounidense en forma de discriminación, segregación y actitudes estereotipadas; hasta llegar a Europa donde son tratadas y vistas como asistentes, que simplemente apoyan el trabajo del párroco.

Cuando las mujeres de todo el mundo hablan de su experiencia de la Iglesia, el
término más común utilizado es frustración. “Se sienten frustradas por el abuso de poder, el clericalismo, la discriminación, el sexismo y el miedo que experimentan en los entornos eclesiales. Su ausencia en la toma de decisiones y su exclusión de los ministerios ordenados son vistas como una injusticia”, reza el documento de conclusiones.

Denuncian que la estructura jerárquica clerical de la Iglesia “ha conducido al fracaso generalizado de las autoridades para responder con justicia y compasión a los sobrevivientes de diversas formas de abuso”. Exigen, por tanto, una mayor rendición de cuentas, comisiones de la verdad independientes y transparencia. En el documento también se recogen algunos ejemplos positivos de estructuras eclesiales de Australia o Alemania que van dando pasos hacia la igualdad. Pero aseguran, “para que la Iglesia transite verdaderamente por el camino sinodal, necesita despojarse de su pensamiento feudal, de sus dictados patriarcales y de sus actitudes paternalistas”.

Ponen como ejemplo la exclusión de la mujer de la ordenación sacerdotal, que
entienden como una pérdida incalculable para la Iglesia, o la negativa a acoger plenamente a la comunidad LGBTQ+.

En las recomendaciones finales invitan a la Iglesia a desenmascarar las teologías que justifican el sexismo, el racismo y toda forma de dominación. También a renovar las estructuras de la Iglesia y las leyes canónicas para hacerla más democrática y transparente, acogiendo la diversidad e incorporando a las mujeres en la toma de decisiones, incluida la posibilidad de que pueda ser ordenada. Así como a desarrollar aún más una «sacramentalidad del cuidado» para que, “como cristianas y cristianos, podamos atender mejor las desigualdades sin precedentes de nuestro tiempo y abordar de manera proactiva la devastación de la Tierra debido al cambio climático.

Más información: Rosa Martínez

En reconstrucción permanente

Rosa Ruiz, misionera claretiana

Rosa Ruiz, teóloga y psicóloga


  

Para alguien como yo, nacida en Castilla (La Vieja) a los pies de un castillo levantado sobre roca, buscar lo estable, definitivo e inmutable es lo normal. En Castilla, habituados a un paisaje de meseta, hay pocas curvas y mucha claridad. Después, con el tiempo y a fuerza de dejarte llevar por la vida, vas descubriendo que solo tienes que moverte un poco para caer en cuenta que el horizonte sigue estando en el mismo lugar aunque atravieses montañas que no dejan ver lo que hay detrás. Y descubres la belleza del norte, del sur y del centro. Cada cual la suya. Algo así pasa también con las personas. El paisaje nos configura más de lo que pensamos, aunque siempre permanezca la particular forma de ser de cada uno.


Estas cosas y otras pensaba mientras veía arder una pequeña falla en Valencia. Sin captar del todo el significado que sí le dan quienes han crecido en esa cultura, es difícil no conmoverte: una obra artesana y manual, fruto de la creatividad y el esfuerzo de muchas personas, con todo detalle, con esmero y a lo largo de casi un año, queda reducida a cenizas en minutos. Literalmente. Y no es un accidente, ni un drama. Es una elección. Una filosofía de vida. Y una tradición.

Cuentan que, antiguamente, los carpinteros quemaban los trastos viejos frente a sus talleres en la noche de su patrón, San José. La ciudad se convertía en un “mar de fueguitos”, parafraseando a Eduardo Galeano y junto a la madera inservible ardía también el artefacto de madera (‘parot’) donde colocaban el candil para trabajar en el invierno. Con el tiempo, ese ‘parot’ que se tornaba inservible en primavera, fue revistiéndose de trapos y objetos, representando personajes, precursores de los actuales ninots. En Castilla hay muchos momentos donde el fuego y lo que ya no sirve son el centro: por supuesto, la hoguera de san Juan, pero también he visto lugares donde se asocia a las Candelas de febrero o al inicio de año o incluso a la hoguera del Sábado Santo para iniciar la Vigilia Pascual. Puro renacer. Quemar lo que no nos sirve tiene un pase; pero quemar algo que amas y que has creado tú mismo, es otra cosa. Requiere valor, no sólo sentido de fiesta. Y si, además, lo haces rodeado de los tuyos, como los valencianos antiguos, la fiesta se convierte en un modo de vivir.

Fallas Valencia

Porque el monumento fallero (esa obra de arte simbólica y satírica a base de materiales combustibles), fue construido para eso: para ser contemplado, disfrutado y quemado. El ritual se mantiene: la Fallera Mayor enciende la mecha que da inicio a la traca que terminará en el mismo corazón de las figuras coloridas provocando el fuego. Suena de nuevo la música y se entremezclan las lágrimas de la emoción con la tristeza del final y la alegría de haber podido disfrutarlo. Bailan juntos y siguen adelante. Solo unos días después, volverán a reunirse para empezar a preparar la del año próximo en la ‘apuntà’. Y así, una vez más.

Me decía una buena amiga valenciana que los que nos reconstruimos como mucho una vez en la vida, lo sufrimos más. Nos parece más dramático. Pero quienes se reconstruyen a sí mismos con frecuencia, lo viven con menos dramatismo. Y creo que lo entendí mejor junto a los escombros y los 3 palos quemados que quedaron como resto de lo que días antes visitábamos turistas y foráneos a pesar de la lluvia y el frío. Más aún: unas horas después (¡solo unas horas después!) las plazas y calles aparecen perfectamente limpias. Ni rastro de obra de arte. Ni rastro de cenizas. Un nuevo día.

Valencia

Me gusta Castilla. Me gusta la gente que apuesta por lo que cree sin ambages y se enraíza en la vida y en las relaciones sin fisuras. Es gente fiel, directa, clara. Y también me gusta Valencia. Me gusta la gente que vive lo cotidiano (no sólo grandes decisiones vitales) en gerundio, en proceso, en reconstrucción permanente. Y no lo hacen resignados, tolerando con humildad lo vulnerables y caducos que somos, sino celebrando que seamos así. Que tengamos capacidad para relativizarnos a nosotros mismos y a la vez poner lo mejor de nosotros en cada cosa que hacemos, como si su belleza fuera a ser para siempre.

Dios no es inmutable, decimos. Al menos el Dios de Jesús (Mc 1,41; 6, 34; 8, 2; Mt 9, 36; 14, 14; 15, 32; 20,34; Lc 7,13…). No es ‘inmutable’ porque se deja afectar (cf. Os 11,8). No tiene miedo a cambiar para que permanezca lo esencial (Jer 31,20). No es indolente (cf. Sal 103). Y, paradójicamente, nosotros mismos querríamos serlo muchas veces. No lo decimos así, claro. Lo revestimos de compromiso, fidelidad o coherencia, pero, quizá, se nos escapa que aferrarnos a la impasibilidad tiene más de pecado original (ser Dios y tenerlo todo claro y distinto para siempre) que de fidelidad al Dios de la vida. El Artesano que crea y llena de capacidad a su creatura para que crezca y se equivoque y escuche y cambie y renazca y se convierta … y vuelva una y otra vez a vivir. Nunca acabado.