Educar la escucha

 


“Quién eres, tú sonoro al fondo de mi mismo?”, se pregunta el poeta Armando Rojas Guardia. Este ‘tú’ sonoro es también horizonte presentido, oscuridad ansiada, “paisaje último donde el gozo no puede saber sino a agonía”. ¿Quién eres? ¿Qué es? Lanzamos la pregunta, pero para poder tener una respuesta, tenemos que ubicarnos en el perfecto abrazo que supone estar justo entre la palabra y el silencio. undirnos lenta y conscientemente en ese horizonte supremo donde el silencio y la palabra se unen. En esa madura pulpa de paz donde Pachelbel fue a recoger matices para su ‘Canon’. Preguntamos, pero debemos esperar superar el escalofrío ontológico para que la respuesta llegue.

Voy trazando estas líneas mientras escucho, justamente, el ‘Canon’ de Pachelbel. Maravillosa composición del alemán Johann Pachelbel, creada para deleite de la humanidad en 1680. Una obra que destaca precisamente por su armonía. Hay una progresión armónica en esta obra que nos va llevando de la mano entre la simpleza en que la belleza se nos ofrece a los sentidos, en este caso la escucha. Sentido que ha venido siendo desplazado para entronizar otros, en especial, el habla. Para disfrutar del ‘Canon’ debo callar para que él hable y así inundarme de una belleza insólita que va alimentado mi espíritu.

El acontecimiento de la escucha

Sobre el fenómeno de la escucha nuestros antepasados tuvieron algo muy claro que nosotros hemos ido perdiendo. La tradición hebrea le brinda a la escucha un significado más profundo que el ‘mero’ acto de escuchar. Para ellos la escucha tiene una condición fundamental que abre su corazón a lo teológico, lo metafísico, lo ontológico, lo histórico, lo antropológico, lo existencial. Tiene que ser así, ya que todo gira en torno a la convicción de que Dios es la palabra a ser escuchada. A Dios no se le ve, se le escucha, y a través de la escucha, por lo tanto, la existencia alcanza su sentido más vivo. El ‘dábar’ hebreo no sólo significa ‘palabra’, sino también la gran enseñanza relacionada con el poder que las palabras tienen para edificar, sanar y restaurar, pero también para destruir. Sin embargo, solo puede ser poseído por medio de la escucha.

Lamentablemente, entre ellos y nosotros, estuvieron los helénicos. Ellos no quisieron ‘escuchar’, ellos querían ver. Todo estaba asociado a lo visto. Todo pasaba por el ojo de la mente. La mirada abría el camino hacia procesos importantes, pero nos alejó de una ‘gnosis’ de obediencia para acercarnos a una que ‘instrumentaliza’ lo que ve para poseerlo y ponerlo a su servicio.

Educar la escucha

Cuando nos planteamos la idea de educar la escucha lo hacemos apelando al afán de contestar la pregunta que inicialmente nos hacíamos con el poeta Rojas Guardia: ¿Quién eres, tú sonoro al fondo de mi mismo?”. Esta pregunta hace que mi mirada contemple lo que el budismo señala como ‘escucha interior’ o meditación sobre el sonido interior, ‘Nada Yoga’ en sánscrito. Este sonido es un agudo timbre interno capaz de abrazar amorosamente el silencio que es cubierto por palabras, o notas musicales, para entrar a una dimensión más profunda de la escucha que, a su vez, nos abre el camino para transitar el enigma de la belleza.

Ese enigma de la belleza que me incita a buscar a buscar el ‘Canon’ de Pachelbel me conduce a recordar que San Agustín destacaba el poder de la música para modelar el ánimo y despertar estados de placer y éxtasis. La escucha nos ayuda a comprender la belleza, no sólo del fenómeno musical, sino la propia grandiosidad de todo lo creado por Dios y, por ello, ayuda a expresar la gratitud hacia el Creador y el sentimiento de pertenecer a un universo único, fruto de su amor.

Sócrates decía a sus discípulos: “Hablen para que los conozca”. El filósofo tenía claro que la escucha es un eje central de una apertura existencial que favorece la comprensión del otro. Escuchar es un fenómeno profundo que permite el acceso a lo esencial que, como señaló Saint-Exupery, es invisible a los ojos. Eso esencial que inaugura todo proceso de diálogo, puesto que en la escucha es donde se fundamenta la comprensión humana. Paz y Bien


Por Valmore Muñoz ArteagaProfesor y escritor. Maracaibo – Venezuela

La escuela en el corazón de Romero


La fuerza más potente del mundo

“¿De qué sirve todos esos «descubrimientos» si en vez de dar alas al alma para acercarse a Dios, fueron tumba que aprisionó el espíritu? No es que condene el progreso, sino el ateísmo de nuestro progreso. Que el hombre se olvidó que las fuerzas que tiene en sus manos y el dominio sobre la materia Dios se los confió solamente para perfeccionar su misma esencia humana que consiste en ser imagen de Dios


Y por eso se ha escrito que el alma de toda cultura del alma […] la fuerza más potente del mundo no es el vapor, sino la fe. La energía más valiosa del mundo no es la electricidad sino el amor. El ideal más digno del hombre no es el campeón de boxeo, sino el santo. El tesoro más sublime del hombre no es la máquina sino el alma”, esto lo escribió Oscar Romero en abril de 1949 siendo un joven sacerdote de 32 años.

Idea que le angustió profundamente durante toda su vida sacerdotal, pues sentía que, de alguna manera, era la raíz de los males del ser humano. “Almas que aprisionó la sensibilidad o el espíritu comercial excesivo, o la fe desmedida en el poder de la máquina, o el atropello de toda justicia, o el error de falsas opiniones. Almas que parecéis vivas y estáis muertas, oíd, está soñando la hora de la libertad! Es la hora de la resurrección!” Y tenía muy claro que la educación era un camino poderoso para contribuir con Cristo y la Iglesia en la resurrección del hombre aquí y ahora.

Una educación con un fuerte propósito social

Una educación con un fuerte propósito social, eso pensaba Romero, para la defensa de los derechos humanos, la búsqueda de la paz y la propia liberación de todo hombre y mujer, que se sustentó de la creciente comprensión que tuvo sobre las posiciones que asumieron las Conferencias Episcopales de Medellín (1968), cuyo tema central fue la liberación de los pueblos de América Latina y la de Puebla (1979), acontecimiento en el cual se asume la opción preferencial por los pobres como una línea de acción de la Iglesia latinoamericana y de otros documentos relacionados con la doctrina social de la Iglesia Católica, es decir, una educación que sirva, como cierran aquellas muy lejanas palabras de 1949, para romper “los sellos de la tumba, rodar la pesada losa sepulcral. Y por el campo libre, bajo la espléndida mañana, iluminado por una vida sin temores de muerte, camina seguro [junto al] Resucitado. Si con Cristo habéis resucitado, buscad vosotros también las cosas que son de arriba”.

Quizás el tema educativo haya sido una preocupación central en el pensamiento de Romero desde siempre, pero no lo abordó de manera decidida y constante, aunque, si leemos sus documentos con la mente abierta, podemos hallar allí palabras que pueden nutrir aspectos fundamentales para la pedagogía latinoamericana. No lo abordó con mucha constancia, pero cuando lo hizo aportó ideas luminosas brotadas del corazón siempre nuevo del Evangelio.

Una casa para moldear el corazón del hombre

La escuela es una casa en la cual podemos moldear el corazón del hombre y esa tarea preciosa la tienen los maestros y profesores, en especial, aquellos que “miran con fe a un niño porque no es un ser para malearlo a nuestro gusto, sino un hijo de Dios que trae la imagen que el mismo Dios está reclamando que se forme a lo que él ha puesto en potencia en ese futuro hombre”. Moldearles el corazón con la forma de la mirada de Cristo cuya presencia en el mundo es un permanente –y siempre nuevo– cuestionamiento de la realidad humana, en especial, en ambientes de espesa injusticia.

Moldearles el corazón a partir de una idea muy clara de una ética trinitaria o de la concordia, ya lo hemos dicho, una ética como posibilidad humana de ceder al otro prioridad sobre uno mismo, es decir, deponer nuestra soberanía, nuestro orgullo y nuestra prepotencia. Una ética que busque siempre y en todo momento “un bienestar que no sea atropello de nadie, sino que sea el amor y la fe entre los hombres”. Un corazón siempre dispuesto a trabajar por la construcción un amor y una paz -pero no una paz y un amor superficiales, de sentimientos, de apariencia-, un amor y una paz que tiene sus raíces profundas en la justicia. Sin justicia no hay amor verdadero, sin justicia no hay la verdadera paz. Paz y Bien


Por Por Valmore Muñoz Arteaga. Director del Colegio Antonio Rosmini. Maracaibo – Venezuela

La última Navidad de Mons. Romero


En mayo de 2015, el papa Francisco envió una carta a Mons. José Luis Escobar Alas, Arzobispo de San Salvador y Presidente de la Conferencia Episcopal de El Salvador, por la beatificación de Mons. Oscar Romero, en la que afirma que el Prelado salvadoreño es semilla de reconciliación. Monseñor Romero nos invita a la cordura y a la reflexión, al respeto a la vida y a la concordia, escribió el Papa. Su recuerdo es una constante exhortación a renunciar a la violencia de la espada, la del odio, y vivir “la violencia del amor, la que dejó a Cristo clavado en una cruz, la que se hace cada uno para vencer sus egoísmos y para que no haya desigualdades tan crueles entre nosotros”.



No hizo otra cosa Mons. Romero que hacer un llamado comprometido con el Evangelio y la Iglesia a convertirnos para que Cristo mire nuestra fe y se apiade de nosotros. Su llamado constante fue a la conversión y a la comprensión de que de nada sirven los capitales, la política y el poder si el hombre está desasistido del amor supremo. Hoy, mirando con esperanza al próximo año, traigo a la dinámica social aquella última homilía de su última Navidad entre nosotros.

24 de diciembre de 1979

Reunidos en la Catedral aquel ya lejano 24 de diciembre de 1979, Mons. Romero felicitaba a su pueblo, no solo por ser noche de Navidad, sino por la valentía que los sobrecogía de estar allí, en ese momento, “mientras mucha gente tiene miedo y cierra sus puertas y hasta muchos de nuestros templos se dejan vencer de la psicosis, la Catedral abierta es imagen de una confianza y de una esperanza en el Redentor que nos nace”.

Esa actitud de entrega y de abandono a Dios es lo que significa para Romero la vivencia de lo que debe ser la Navidad. “En medio del mundo y no obstante los peligros, las vicisitudes, las psicosis, los miedos, hay esperanza, hay alegría. Y no es un simple fingir como una valentía sin razón y sin sentido, sino que hay la profundidad de una realidad que anida en el corazón de la Iglesia y que debe ser el motor poderoso de la vida de todo cristiano”. Valentía del pastor y de su rebaño, valentía que viene de lo alto cuando nos hallamos en apertura si reservas a la alegría del Evangelio.

Os anuncio una gran noticia

 Aquella homilía giró en torno a tres puntos que él mismo esquematizó de la siguiente manera: el ángel dice a los pastores “os anuncio una gran noticia: os ha nacido un salvador”; dicen los ángeles a los pastores “esta será la señal: lo encontraréis envuelto en pañales sobre un pesebre”; y la multitud de ángeles que baja cantando: “gloria a Dios en los cielos”.

El primero de los puntos resaltados nos recuerda que en Navidad se introduce en la historia un principio de novedad, de renovación, de noticia siempre eterna. El segundo nos ubica antropológicamente frente a un Dios que se envuelve en la miseria humana para brindarle sentido divino al dolor y al sufrimiento. El tercero es la invitación que Cristo viene a hacer a los hombres: “de que el hombre tiene un destino junto a la gloria de Dios y que por eso su vida tiene que ser optimista y nunca debe flaquear”.

Estas ideas las resaltó Monseñor Romero aquella Navidad de 1979 a su pueblo salvadoreño. Palabras que muy bien pueden hacer nido en la realidad de Venezuela, agobiada y maltratada por la ignominia, la ignorancia y la violencia. Sin embargo, así como aquella noche, también hoy debemos recordar que nos nace un Salvador, que nace todos los días y lo hará hasta el final de los tiempos. Un Salvador que espera por nuestra conversión para entrar nuevamente en la historia de los hombres. Paz y Bien


Por Valmore Muñoz Arteaga. Director del Colegio Antonio Rosmini. Maracaibo – Venezuela

Romero, Cristo y su misericordia

 

San Romero de América

 
Jesucristo es el rostro de la misericordia del Padre Dios, rico en misericordia, nos ha donado a su Hijo para salvarnos. Jesús con su palabra, con sus gestos y con la totalidad de su persona revela la misericordia de Dios. Necesitamos contemplar el misterio de la misericordia divina, dice el papa Francisco, porque es fuente, condición, revelación y acción del amor de Dios por nosotros, que se hace para nosotros ley y camino en nuestra relación con Él y los demás. La Iglesia siente la necesidad vital de mantener viva esta verdad. Mantenerla viva entre los hombres de hoy. 

Por esto, Mons. Romero decía que “la Iglesia no solo se ha encarnado en el mundo de los pobres y les da una esperanza, sino que se ha comprometido firmemente en su defensa. Las mayorías pobres son oprimidas y reprimidas cotidianamente por las estructuras económicas y políticas de nuestro país. Entre nosotros siguen siendo verdad las terribles palabras de los profetas de Israel. Existen […] los que venden al justo por dinero y al pobre por un par de sandalias; los que amontonan violencia y despojo en sus palacios; los que aplastan a los pobres”. 

La misericordia de Cristo 

Cristo nos habla hoy de manera muy especial sobre su necesidad de que seamos protagonistas de su misericordia. Que aprendamos a contemplar la realidad que nos rodea desde sus ojos misericordiosos con la finalidad de ser semilla para una transformación antropológica que impulse la edificación de la civilización del amor. El Catecismo de la Iglesia nos enumera las obras a la que nos exhortó Cristo desde su ejemplo: “Las obras de misericordia son acciones caritativas mediante las cuales ayudamos a nuestro prójimo en sus necesidades corporales y espirituales. Instruir, aconsejar, consolar, confortar, son obras espirituales de misericordia, como también lo son perdonar y sufrir con paciencia. 

Cristo nos pone ante la circunstancia de darle todo sin esperar nada, sin buscar nada, tan sólo la realidad de darse, pues el único sentido de su actuación es el amor que comparte con el Padre. Romero nos impulsa entonces a pensar en la necesidad de comprender a la misericordia como un camino hacia la justicia. 

Romero mira a Cristo 

Recordando la parábola del hijo pródigo, Romero nos recuerda que “preferiría que nos sentáramos en silencio y recordáramos que esas páginas del hijo son nuestra propia historia individual. Cada uno de ustedes, así como yo, podemos ver en la parábola del hijo pródigo nuestra propia historia, que se reduce siempre […] por irnos a gozar la vida sin Dios, el pecado. Y una espera de Dios, esperando el día en que el hijo llegue; y cuando el hijo, tocado por la miseria, por el abandono de los hombres, se acuerda que no hay más amor que el de Dios”. 

La misericordia de Cristo nos revela a Romero como un hermoso despertar de una cruel inhumanidad. Representa ojos nuevos para ver la verdad de la realidad y de los seres humanos. Monseñor nos muestra la profundidad de la bondad de Dios, cuyo rostro es Cristo, que se concreta en que está en favor de la vida de los pobres, en que ama con ternura a los privados de vida, en que se identifica con las víctimas de este mundo. Sin embargo, no arremete contra los ricos como se suele hacer con facilidad irresponsable. Todo lo contrario, les muestra su misericordia, aunque pueda pensar que son responsables directos o indirectos de la miseria de otros. 

Su misericordia es aquella que decide en libertad y por amor, emprender el camino a Jerusalén; una misericordia militante y comprometida, pero no con nuestros intereses, siempre subalternos, sino con la procura de Reino en la tierra que no es otra cosa que la búsqueda de la civilización del amor. Y tan concreto fue su compromiso la misericordia de Cristo y su opción por los pobres, que lo último que pronunciaron sus labios fue: “que este Cuerpo inmolado y esta Sangre Sacrificada por los hombres nos alimente también para dar nue stro cuerpo y nuestra sangre al sufrimiento y al dolor, como Cristo, no para sí, sino para dar cosechas de justicia y de paz a nuestro pueblo”. Paz y Bien 

Por Valmore Muñoz Arteaga. Director del Colegio Antonio Rosmini. Maracaibo, Venezuela 

Mons. Romero y los derechos humanos

  

Una semana antes de su asesinato, Monseñor Romero expuso en una homilía que “nada me importa tanto como la vida humana. Es algo tan serio y tan profundo, más que la violación de cualquier otro derecho humano, porque es vida de los hijos de Dios y porque esa sangre no hace sino negar el amor, despertar nuevos odios, hacer imposible la reconciliación y la paz. Lo que más se necesita hoy aquí es un alto a la represión”.

De allí brotaba su enconada defensa por los derechos humanos, de su amor y defensa de la sacralidad de la vida, pues el derecho a la vida es el más fundamental de todos los derechos, es el valor de todos los valores y todos, absolutamente todos, tienen derecho, no sólo a la vida, sino a su promoción por medio de mecanismos que garanticen su seguridad en todos los órdenes políticos, sociales, económicos y culturales.

Nada me importa tanto como la vida humana

Todo cuanto atente contra la vida es producto de la violencia y la violencia, es indigna del ser humano. La sacralidad de la vida es un principio religioso absoluto. En sus homilías dejaba claro a quienes lo escuchaban con el corazón abierto o cerrado que el derecho a la vida es universal, pertinente a todo ser humano en todo tiempo y lugar.

La vida es inviolable, protegerla es un deber radical que no admite abdicación, ni giros ideológicos, ni componendas; ningún camino humano puede ser transitado para suprimirla o mermarla; es un derecho rígido, ya que no hay ley humana que esté por encima de la vida, no sólo por ser la vida un regalo de Dios, sino porque los gobiernos y sus leyes pasan, pero el ser humano queda y es principio de servicio de todo gobierno y de toda ley.

“Todo cuanto atenta contra la misma vida, como son el asesinato de cualquier clase, el genocidio, el aborto, la eutanasia, y el mismo suicidio voluntario, todo lo que viola la integridad de la persona humana (…). Todas esas prácticas y otras parecidas son en sí infamantes (…), son totalmente opuestas al honor debido al Creador”. Bajo la perspectiva de San Oscar Arnulfo Romero todo gobierno que actúe de manera semejante está opuesto a Dios y oponerse a Dios es oponerse al hombre.

Oponerse a Dios es oponerse al hombre

No puedes amar lo que no ves, si eres incapaz de amar lo que sí puedes ver. Monseñor Romero no consiente, ni acepta como legítimo ningún atentado contra la vida de un ser humano. No lo admite.

No lo justifica, es que no tiene justificación alguna. Matar, de cualquier manera, es insultar al Creador: “El mandamiento del Señor, «No matarás», hace sagrada toda vida; y aunque sea de un pecador, la sangre derramada siempre clama a Dios, y los que asesinan siempre son homicidas”.

La violencia es inhumana, no es cristiana

La violencia es inhumana, no es cristiana, no es evangélica. Por eso, para Monseñor Romero la defensa de los derechos humanos tampoco podía ser producto del odio, la violencia y la venganza.

Todo hombre que diga promover y defender los derechos humanos, pero que sus actos sean llevados por el bastardo interés político, por el odio o la frustración, más que defender la vida lo que hace –y con conocimiento de causa– es defenestrarla, vaciarla de su contenido y sentido.

En todo caso, y como él mismo fue testimonio, la vida se defiende entregando la vida: “Cuando Cristo nos dice en la segunda lectura de hoy: «Amad como Cristo que se entregó por vosotros». Así se ama. La única violencia que admite el Evangelio es la que uno se hace a sí mismo. Paz y Bien