De aquella magna asamblea (Concilio Vaticano II) al Sínodo presente

La finalidad del Sínodo al igual que el Concilio Vaticano II, sigue siendo “comunión participación y misión”. El Concilio Vaticano II se hizo a sí mismo. A eso hoy día, el moralista Marciano Vidal, lo llama “empoderamiento”. Se empoderó. Fue una “intuición”. “…Que entendí como voz de lo alto…” dijo Juan XXIII …Fue un toque inesperado, un rayo de luz de lo alto, una gran dulzura en los ojos y en el corazón; pero, al mismo tiempo, un fervor, un gran fervor que se despertó repentinamente por todo el mundo, en espera de la celebración del Concilio…”. Esa intuición era algo inaudito. No se comprendía. “Sentí por dentro una intuición que yo comprendí como voz del Espíritu Santo…” (Juan XXIII)

Necesidad de empoderamiento

Por empoderamiento se conoce el proceso por medio del cual se dota a un individuo, comunidad o grupo social de un conjunto de herramientas para aumentar su fortaleza, mejorar sus capacidades y acrecentar su potencial, todo esto con el objetivo de que pueda mejorar.

La palabra, proviene del inglés, del verbo to empower, que en español se traduce como ‘empoderar’, del cual a su vez se forma el sustantivo empoderamiento.

Empoderar, significa desarrollar el potencial y la importancia de las acciones y decisiones para afectar su vida positivamente. El empoderamiento se refiere, al proceso de conceder poder a un colectivo, comunidad o grupo social. En el plano individual, el empoderamiento se refiere a la importancia de que las personas desarrollen capacidades y habilidades para que puedan hacer valer su rol y mejorar su situación.

En el discurso inaugural de Juan XXIII “Gaudet Mater Ecclesia” (11 de octubre de 1962, se dijo:
“…Iglesia no ha asistido indiferente al admirable progreso de los descubrimientos del ingenio humano, y nunca ha dejado de significar su justa estimación…La tarea principal de este Concilio no es, por lo tanto, la discusión de este o aquel tema de la doctrina fundamental de la Iglesia, repitiendo difusamente la enseñanza de los Padres y Teólogos antiguos y modernos…Una cosa es la substancia de la antigua doctrina, del «depositum fidei», y otra la manera de formular su expresión; y de ello ha de tenerse gran cuenta —con paciencia, si necesario fuese— ateniéndose a las normas y exigencias de un magisterio de carácter predominantemente pastoral…”

Juan XXIII cambió la relación de la Iglesia con el mundo. Hay que ser amigos. El mundo es de verdad en donde tenemos que realizarnos. El Concilio hoy renace en el Camino Sinodal. El Camino Sinodal tiene que “empoderarse”. El Concilio fue Concilio Vaticano II ecuménico porque se empoderó. El Camino Sinodal será Camino Sinodal si se empodera.

De la teología del Vaticano II al Camino Sinodal. “Jerarquía de verdades”

Algunos ejemplos ilustrativos. En el decreto “Unitatis Redintegratio” , se dice en relación con “la forma de expresar y de exponer la doctrina de la fe“ (nº11) que “… finalmente, en el diálogo ecumenista los teólogos católicos, bien imbuidos de la doctrina de la Iglesia, al tratar con los hermanos separados de investigar los divinos misterios, deben proceder con amor a la verdad, con caridad y con humildad. Al confrontar las doctrinas no olviden que hay un orden o «jerarquía» de las verdades en la doctrina católica, por ser diversa su conexión con el fundamento de la fe cristiana. De esta forma se preparará el camino por donde todos se estimulen a proseguir con esta fraterna emulación hacia un conocimiento más profundo y una exposición más clara de las incalculables riquezas de Cristo (Cf. Ef., 3,8)”.

Creer en la divinidad de Cristo, no es lo mismo que creer en las prácticas de ayuno y abstinencia. Hay una “jerarquía de verdades”; por lo tanto cuando dialoguemos, sepamos tener en cuenta la jerarquía en los temas motivo de diálogo. Y lo mismo se puede decir en el modo y contenido de las predicaciones.

·…en el anuncio del Evangelio es necesario que haya una adecuada proporción. Ésta se advierte en la frecuencia con la cual se mencionan algunos temas y en los acentos que se ponen en la predicación…”

En el campo de la moral, también hay jerarquía de verdades. Efectivamente. El Papa Francisco en el primer documento “Evangelium Gaudium”, plasma que eso que dijo el Concilio en el decreto “Unitatis Redintegratio” para la dogmática, también sirve para la moral.

En la exhortación “Evangelii Gaudium” nº 36, se dice “…Todas las verdades reveladas proceden de la misma fuente divina y son creídas con la misma fe, pero algunas de ellas son más importantes por expresar más directamente el corazón del Evangelio. En este núcleo fundamental lo que resplandece es la belleza del amor salvífico de Dios manifestado en Jesucristo muerto y resucitado. En este sentido, el Concilio Vaticano II explicó que «hay un orden o “jerarquía” en las verdades en la doctrina católica, por ser diversa su conexión con el fundamento de la fe cristiana». Esto vale tanto para los dogmas de fe como para el conjunto de las enseñanzas de la Iglesia, e incluso para la enseñanza moral.

En el nº 37. Santo Tomás de Aquino enseñaba que en el mensaje moral de la Iglesia también hay una jerarquía, en las virtudes y en los actos que de ellas proceden. Allí lo que cuenta es ante todo «la fe que se hace activa por la caridad» (Ga 5,6).

En el nº 246. “…Dada la gravedad del antitestimonio de la división entre cristianos, particularmente en Asia y en África, la búsqueda de caminos de unidad se vuelve urgente. Los misioneros en esos continentes mencionan reiteradamente las críticas, quejas y burlas que reciben debido al escándalo de los cristianos divididos. Si nos concentramos en las convicciones que nos unen y recordamos el principio de la jerarquía de verdades, podremos caminar decididamente hacia expresiones comunes de anuncio, de servicio y de testimonio…”

En el Decreto Optatam totius nº 16. “…Renuévense igualmente las demás disciplinas teológicas por un contacto más vivo con el misterio de Cristo y la historia de la salvación. Aplíquese un cuidado especial en perfeccionar la teología moral, cuya exposición científica, más nutrida de la doctrina de la Sagrada Escritura, explique la grandeza de la vocación de los fieles en Cristo, y la obligación que tienen de producir su fruto para la vida del mundo en la caridad…”

Crisis de los misiles en Cuba. El problema de la guerra. Mentalidad nueva

Si el Concilio Vaticano II coincidió su inauguración con la crisis de los misiles en Cuba, es decir, el conflicto diplomático entre los Estados Unidos, la Unión Soviética y Cuba en octubre de 1962, generado a raíz de la toma de conocimiento por parte de Estados Unidos de la existencia de bases de misiles nucleares de alcance medio del ejército soviético en Cuba.

En 1962 la Iglesia nos hacía estas preguntas: ¿Qué vamos a hacer? ¿Queremos seguir pasando el tiempo en discusiones sobre los problemas internos de la Iglesia cuando los dos tercios de la humanidad mueren de hambre? ¿Qué podemos decir nosotros ante el problema del subdesarrollo? ¿Mostramos preocupación ante los grandes problemas de la humanidad?”.

Un tema importante y de máxima actualidad es el referente a la guerra. En el Concilio Vaticano II, en la Constitución “Gaudium set Spes” nº 80, es donde explica lo de la guerra y cómo ha cambiado la situación de la guerra.

Sobre la guerra total, dice el Concilio: “…Todo esto nos obliga a examinar la guerra con mentalidad totalmente nueva. Sepan los hombres de hoy que habrán de dar muy seria cuanta de sus acciones bélicas. Pues de sus determinaciones presentes dependerá en gran parte el curso de los tiempos venideros…. Toda acción bélica que tienda indiscriminadamente a la destrucción de ciudades enteras o de extensas regiones junto con sus habitantes, es un crimen contra Dios y la humanidad que hay que condenar con firmeza y sin vacilaciones…”

El Papa Francisco retoma en “Fratelli Tutti”, la idea de la “mentalidad nueva”. Así en una nota dice. “Ya no sirve la teoría de la guerra justa…”

En el nº 258 “….no podemos pensar en la guerra como solución, debido a que los riesgos probablemente siempre serán superiores a la hipotética utilidad que se le atribuya. Ante esta realidad, hoy es muy difícil sostener los criterios racionales madurados en otros siglos para hablar de una posible “guerra justa”. ¡Nunca más la guerra!. Fue san Agustín, quien forjó la idea de la “guerra justa” que hoy ya no sostenemos, dijo que «dar muerte a la guerra con la palabra, y alcanzar y conseguir la paz con la paz y no con la guerra, es mayor gloria que darla a los hombres con la espada» (Epístola 229, 2: PL 33, 1020).)

Y el Papa Francisco dice también que el uso del arma nuclear es inmoral. Lo dijo el Concilio Vaticano II. Hay que pensar la guerra con mentalidad nueva. El Concilio Vaticano ii aceptó la disuasión nuclear y no dijo nada de la posesión de armas nucleares. Ahora el Papa Francisco, dice que no solo el uso de armas nucleares es inmoral, sino la posesión del arma nuclear es inmoral.

Crisis de Ucrania

En 2022 la sociedad vuelve a estar en peligro de una guerra nuclear (la crisis de Ucrania).

Estamos saliendo de una pandemia cuyos efectos devastadores perdurarán durante tiempo afectando sobre todo a los países más pobres y la guerra nuclear es una nueva amenaza real con su epicentro en Ucrania. Los bloques políticos acrecientan su enfrentamiento y el armamentismo parece  ser su única alternativa de seguridad.

El papa Francisco advirtió (9-10-22) que la humanidad «atraviesa momentos difíciles» y «corre un grave peligro”. Pidió aprender de la historia y no olvidar el peligro de guerra nuclear que amenazaba el mundo hace 60 años, durante el periodo en el que inició el Concilio Vaticano II, el 11 de octubre de 1962. ”No podemos olvidar el peligro de guerra nuclear que en aquel entonces amenazaba al mundo. ¿Por qué no aprender de la historia?», dijo Francisco en referencia a la crisis de los misiles entre Cuba, Estados Unidos y la Unión Soviética.

Hoy 2022 la Iglesia nos vuelve a hacer estas preguntas: ¿Qué vamos a hacer ante tantas víctimas de la pobreza, frente a  “un sistema económico que mata” y ante un mundo que camina hacia su “autodestrucción” conducido  por los explotadores de la naturaleza? En pleno siglo XXI, los problemas graves de la humanidad siguen vigentes. Y la Iglesia no puede permanecer indiferente; es necesario reexaminar la enseñanza cristiana.

Una cosa es el depósito de la Fe, es decir, las verdades contenidas en nuestra doctrina, y otra el modo de proclamarlas, pero siempre en el mismo sentido y significado. La Iglesia siempre ha condenado los errores. Y en la época actual, prefiere utilizar la medicina de la misericordia antes que tomar comportamientos severos; piensa que debe responder a las necesidades de hoy exponiendo el valor de su enseñanza más claramente que condenándola”. Hoy también se quiere un aggiornamento. Es preciso abrir la Iglesia al pluralismo y diálogo con el mundo. La Iglesia “en salida”. Y urge, asimismo, que la Iglesia continúe renovándose a la luz del Evangelio.

La Iglesia en sintonía con lo signos de los tiempos

Hoy la Iglesia maneja documentos (los del Papa Francisco), que responden a una evolución de iglesia y esos documentos (los nuevos), comenzando por el documento programático: la “Evangelii Gaudium”, no ofrece dificultad alguna al Concilio Vaticano II, sino todo lo contrario, lo hace más actual, lo concreta.

Así la exhortación “Amoris Laetitia” manifiesta una orientación nueva mirando a los intereses teológicos y las sensibilidades del pueblo cristiano. La encíclica sobre la casa común supone una revolución en la línea de las encíclicas sociales. Con el término revolución quiero indicar tema nuevo.

La encíclica “Fratelli tutti” que es un cuadro de lo que podría ser el mundo entero, si se dejara guiar por el principio de la fraternidad, principio que proviene de la Revelación cristiana, pero que es compartido por otras religiones. El Papa ha querido poner esto de relieve. Y además es un principio que proviene y es consonante con la cultura occidental de la modernidad. En los números en los que alude a la guerra, suponen un cambio cualitativo del paradigma de la guerra. Y es la concreción del Concilio Vaticano II cuando dice que “hay que pensar la guerra con mentalidad totalmente nueva”. El Concilio pensó con mentalidad totalmente nueva; ahora el Papa Francisco dice que hay que pensar con mentalidad nueva la totalidad de la guerra.

Muchos, por no decir todos los problemas de interpretación teológica que hoy tienen lugar, suceden por no atender y seguir el Magisterio del Papa Francisco

Pautas a seguir

1º.- La Iglesia, como pueblo de bautizados, es el sujeto capital para la misión.

2º.- Tener siempre presente, ante los signos de los tiempos, el aggiornamento hoy vigente y del que habló el Concilio Vaticano II.

3º.- Saber leer siempre esos signos e interpretarlos a la luz del Evangelio, de manera que, acomodándose a cada generación, pueda la Iglesia responder a los perennes interrogantes de la humanidad sobre el sentido de la vida presente y de la vida futura y sobre la mutua relación de ambas. Es necesario por ello conocer y comprender el mundo en que vivimos, sus esperanzas, sus aspiraciones. Los seres humanos se hallan en un período nuevo de su historia, caracterizado por cambios profundos y acelerados, que progresivamente se extienden al universo entero. Jamás el ser humano, tuvo a su disposición tantas riquezas, tantas posibilidades, tanto poder económico. Y, sin embargo, una gran parte de la humanidad sufre hambre y miseria.

4º.- Del ‘extra ecclesiam, nulla salus’ (fuera de la Iglesia, no hay salvación) al ‘extra mundum, nulla salus’ (fuera del mundo, no hay salvación); es en este mundo  donde se realiza la salvación. Y hoy se insiste y urge añadir el ‘extra pauperes, nulla salus’ (fuera de los pobres, no hay salvación). 

5º.- Se quiere pasar de una Iglesia piramidal a una Iglesia circular: de una Iglesia cerrada en sí misma, a una orientada hacia el mundo y sus problemas más urgentes, hacia los pobres, es decir, una  “Iglesia en salida”.

6º.- De una Iglesia que se situaba como centro de la humanidad y referencia imprescindible, a cuyo criterio debía someterse la sociedad y sus formas de gobierno, se pasa a una Iglesia dialogante y que se deja interpelar; de una Iglesia eclesiocéntrica a una Iglesia circuncéntrica; de una Iglesia unicéntrica a una Iglesia policéntrica y plural.

7º.- De una Iglesia jerarquizada y clerical a una iglesia de hermanos bautizados donde todos son escuchados y donde la autoridad se entiende como servicio. De una Iglesia de las periferias y de los pobres frente a una Iglesia de las catedrales y curias. Una Iglesia siempre en diálogo y teniendo como espejo el Evangelio.

8º.-El proceso sinodal, propone la renovación a fondo de la Iglesia para que caminando juntos, como Pueblo de bautizados,  seamos capaces de ofrecer esperanza y respuestas eficaces. Tenemos que aceptar la diversidad en aquello que es discutible y mostrar unidad en los principios fundamentales de nuestra fe.

9º.-Habría que aterrizar en reformas concretas que afecten tanto a la estructura clerical (centralidad de la comunidad, respeto a los carismas y a la diversidad de ministerios, elección de responsables, celibato opcional, igualdad de la mujer…) como a la pastoral (reformas de los sacramentos, economía eclesial, consejo pastoral decisorio…).

10º.-Testimoniar el rostro de una Iglesia «madre amorosa de todos, benigna, paciente, llena de misericordia», capaz de cercanía y de ternura, capaz de acompañar a quien está en la oscuridad y en la necesidad. Una Iglesia que no confía en sí misma y que no persigue el poder mundano ni el protagonismo mediático, sino que permanece humildemente detrás de su Señor, confiando sólo en Él.

«Cristo es la luz de los pueblos”. La Iglesia no brilla con luz propia, sino con la luz de Cristo, («fulget Ecclesia non suo sed Christi lumine»), dice san Ambrosio. Existe, pues, solo una luz: en esta única luz resplandece también la Iglesia. Si es así, entonces el anuncio del Evangelio no puede hacerse más que en el diálogo y en la libertad, renunciando a cualquier medio de coerción, ya sea material o espiritual. La sinodalidad es ante todo una manera de ser y de operar de la Iglesia.

El laico (superar la concepción de ministerios ordenados y no ordenados) debe ser considerado como sujeto de la acción eclesial y no puede ser oyente pasivo. “No hago nada sin el consejo de los presbíteros y el consenso del pueblo”, decía San Cipriano, obispo de Cartago. Y así propiciar una Iglesia que no sea clerical; una Iglesia que salga de lo ritual para ser una Iglesia más humana y cercana a todos, involucrando al mayor número posible de bautizados, sin excepción, apuntando a cambios de mentalidad.

Por José Manuel Coviella Corripio

Renacimiento del Vat II en el camino sinodal

Marciano Vidal: “El Concilio Vaticano II renace en el camino sinodal”

Marciano Vidal, religioso redentorista y teólogo moralista

El moralista reflexiona sobre el “gran acontecimiento eclesial del siglo XX” en las jornadas ‘Acoger la sinodalidad, a los LX años del inicio del CVII’, impulsadas por el Instituto Superior de Pastoral

“El Concilio Vaticano II renace en el camino sinodal. Pero este debe empoderarse o no habrá camino sinodal, pues el Concilio lo fue porque se empoderó”. Así de rotundo se ha mostrado el moralista Marciano Vidal en las jornadas ‘Acoger la sinodalidad, a los LX años del inicio del CVII’.

El acto, impulsado por el Instituto Superior de Pastoral, adscrito a la Universidad Pontificia de Salamanca, y el Aula Rovirosa-Malagón, de la Fundación Guillermo Rovirosa-Tomás Malagón, ha contado también con la presencia del cardenal arzobispo de Madrid, Carlos Osoro; la presidenta de la HOAC, Mª Dolores Megina; y el director del Instituto Superior de Pastoral, Lorenzo de Santos.

El sacerdote redentorista, ordenado solo una semana después del inicio del Concilio, ha reflexionado sobre el “gran acontecimiento eclesial del siglo XX”, un acontecimiento que, según él, “difícilmente se repetirá”, ha explicado tras ser presentado por Ignacio Mª Fernández, profesor del Instituto Superior Pastoral, que ha afirmado que “no se puede entender el Concilio sin el deseo de una Iglesia abierta de Juan XXIII”.

Centrándose en los tres primeros años del Vaticano II (1962-1965), Vidal ha señalado que el Concilio surgió de un “efecto personal” de Juan XXIII, fue “una intuición, mezcla de deseo y de inconsciencia” de un Papa que “apostó por el riesgo”. Por tanto, aunque lo culminara Pablo VI, “lleva la impronta” de Roncalli.

El empoderamiento del Concilio Vaticano II

En relación al “empoderamiento” del Vaticano II, el moralista ha señalado, para que se entienda, que se empoderó porque “se fue haciendo a sí mismo”, aunque “le costó mucho, pues vivió un “lento pero imparable empoderamiento”.

En cuanto a la preparación del Concilio, Vidal ha dicho sin tapujos que “la preparación fue un desastre, porque estaba dirigido por la Curia romana y ni siquiera la mejor, sino la más de acuerdo con el Santo Oficio”. Por ello existieron esas “tensiones iniciales y continuadas entre la Curia y la dirección del Concilio e, incluso, entre la dirección y Pablo VI”.

Asimismo, ha añadido que “la Curia romana siempre estuvo en contra del Concilio Vaticano II. Esperaban que pasara y el poder volviera a ellos, pero, gracias a Dios, no fue así y hubo un cambio en la Iglesia”.

El profesor se ha acercado también a los subrayados teológicos en los documentos del Concilio –decretos, constituciones, declaraciones, etc.–. En este sentido, ha apuntado la necesidad de “conocer las teologías progresistas previas para ponderar la teología del Concilio Vaticano II”.

El Concilio Vaticano II

60 años después, muchos no lo conocen

Concilio Vaticano II

«Hasta la fecha, hay personas que no aceptan de corazón los caminos marcados por este Concilio. Tras la defensa del latín, que muchos no comprenden, se esconden resistencias a cambiar su mentalidad sobre la vivencia del Evangelio»

«No aceptan que se insista en la dimensión social de la fe cristiana y quisieran que todo se redujera a un espiritualismo desencarnado, sin compromiso por la transformación de la sociedad. Por eso, no aceptan del todo a los Papa que nos hablan de esto, desde Juan XXIII hasta Francisco»

Por Felipe Arizmendi

MIRAR

El 11 de octubre de 1962, siendo San Juan XXIII el sumo pontífice, se inició este gran acontecimiento que marcaría la ruta de nuestra Iglesia en su renovación. Han pasado 60 años y muchos no lo conocen; ni siquiera lo han leído, mucho menos se han esforzado en llevarlo a la práctica. En atención a ellos, haré una brevísima descripción.

Participaron unos cuatro mil obispos de todo el mundo, con la asesoría de sacerdotes especialistas en diversos asuntos teológicos y pastorales; en aquellos tiempos no se resaltaba tanto la participación de los laicos. Se realizaron cuatro sesiones, pero cada sesión duraba entre uno y tres meses, con deliberaciones mañana y tarde en el interior de la basílica de San Pedro, casi siempre en la presencia del Papa. Cuando murió Juan XXIII, continuó el gran Pablo VI, con una sabiduría y prudencia exquisitas. El Espíritu Santo nunca nos deja. El Concilio se concluyó el 8 de diciembre de 1965.

Se aprobaron 16 documentos

Se aprobaron 16 documentos: 4 constituciones, que son las más importantes, 9 decretos y 3 declaraciones. Las constituciones son: sobre la Iglesia (Lumen Gentium), sobre la divina revelación (Dei Verbum), sobre la sagrada liturgia (Sacrosanctum Concilium) y sobre la Iglesia en el mundo actual (Gaudium et spes). El primer documento que se aprobó fue el de la liturgia, el 4 de diciembre de 1963. Uno de los últimos, fue el de la Iglesia en el mundo actual, aprobado el 7 de diciembre de 1965.

Los nueve decretos del Concilio son: sobre el oficio pastoral de los obispos (Christus Dominus), sobre el ministerio y vida de los presbíteros (Presbyterorum Ordinis), sobre la formación sacerdotal (Optatam totius), sobre la adecuada renovación de la vida religiosa (Perfectae caritatis), sobre el apostolado de los seglares (Apostolicam actuositatem), sobre las Iglesias orientales católicas (Orientalium Ecclesiarum), sobre la actividad misionera de la Iglesia (Ad gentes), sobre el ecumenismo (Unitatis redintegratio) y sobre los medios de comunicación social (Inter mirifica). 

Las tres declaraciones son: sobre la libertad religiosa (Dignitatis humanae), sobre la educación cristiana de la juventud (Gravissimum educationis) y sobre las relaciones de la Iglesia con las religiones no cristianas (Nostra aetate). Ponerles un título en latín era una práctica común en la Iglesia para los documentos oficiales, pues el latín sigue siendo la lengua oficial; sin embargo, el Papa Francisco ha puesto títulos no latinos a algunos de sus documentos, como Laudato siFratelli tuttiQuerida Amazonia

Hasta la fecha, hay personas que no aceptan de corazón los caminos marcados por este Concilio. Tras la defensa del latín, que muchos no comprenden, se esconden resistencias a cambiar su mentalidad sobre la vivencia del Evangelio. No aceptan que se insista en la dimensión social de la fe cristiana y quisieran que todo se redujera a un espiritualismo desencarnado, sin compromiso por la transformación de la sociedad. Por eso, no aceptan del todo a los Papa que nos hablan de esto, desde Juan XXIII hasta Francisco.

DISCERNIR

Transcribo sólo algunos párrafos de las cuatro constituciones conciliares:

Constitución sobre la Iglesia: “Cristo es la luz de los pueblos. Por ello, este sacrosanto Sínodo, reunido en el Espíritu Santo, desea ardientemente iluminar a todos los hombres, anunciando el Evangelio a toda criatura (cf Mc 16,15) con la claridad de Cristo, que resplandece sobre la faz de la Iglesia. Y porque la Iglesia es en Cristo como un sacramento, o sea signo e instrumento de la unión íntima con Dios y de la unidad de todo el género humano, ella se propone presentar a sus fieles y a todo el mundo con mayor precisión su naturaleza y su misión universal, abundando en la doctrina de los concilios precedentes. Las condiciones de nuestra época hacen más urgente este deber de la Iglesia, a saber, el que todos los hombres, que hoy están íntimamente unidos por múltiples vínculos sociales, técnicos y culturales, consigan también la unidad completa en Cristo” (LG 1).

Constitución sobre la divina revelación: “La Palabra de Dios la escucha con devoción y la proclama con valentía el Santo Concilio, obedeciendo a aquellas palabras de Juan: ‘Os anunciamos la vida eterna: que estaba junto al Padre y se nos manifestó. Lo que hemos visto y oído os lo anunciamos para que también vosotros viváis en esta unión nuestra, que nos une con el Padre y con su Hijo Jesucristo (1 Jn 1,2-3). Y así, siguiendo las huellas de los Concilios Tridentino y Vaticano I, este Concilio quiere proponer la doctrina auténtica sobre la revelación y su transmisión, para que todo el mundo, escuchando el mensaje de salvación, crea, creyendo espere, esperando ame” (DV 1).

Constitución sobre la sagrada liturgia: “Este sacrosanto Concilio se propone acrecentar de día en día entre los fieles la vida cristiana, adaptar mejor a las necesidades de nuestro tiempo las instituciones que están sujetas a cambio, promover todo aquello que pueda contribuir a la unión de cuantos creen en Jesucristo y fortalecer lo que sirve para invitar a todos los hombres al seno de la Iglesia. Por eso cree que le corresponde de un modo particular promover la reforma y el fomento de la liturgia” (SC 1).

Constitución sobre la Iglesia en el mundo actual: “Los gozos y las esperanzas, las tristezas y las angustias de los hombres de nuestro tiempo, sobre todo de los pobres y de cuantos sufren, son a la vez gozos y esperanzas, tristezas y angustias de los discípulos de Cristo. Nada hay verdaderamente humano que no encuentre eco en su corazón. La comunidad cristiana está integrada por hombres que, reunidos en Cristo, son guiados por el Espíritu Santo en su peregrinar hacia el Reino del Padre y ha recibido la buena nueva de la salvación para comunicarla a todos. La Iglesia por ello se siente íntima y realmente solidaria del género humano y de su historia” (GS 1).

ACTUAR

Si quieres seguir el camino de Jesús, medita estos documentos, inspirados por el Espíritu Santo, ora con ellos y descubre qué senderos te propone la Iglesia para vivir con más profundidad la Palabra de Dios, y así colaborar a la vida plena de la humanidad.

El proyecto inacabado de Juan XXIII

Juan XXIII, el Papa

«Juan XXIII comprendió que la Iglesia no se estaba acompasando al mundo en el que vivía y decidió, a pesar de sus provectos años, convocar un concilio»

«El Papa diplomático murió antes de que se terminara su proyecto y desde entonces la Iglesia se ha dividido en dos bandos, ambos queriendo ser los auténticos defensores de las ideas del concilio»

Por Isabel Gómez Acebo

No creo que fue casualidad la vida diplomática que llevó Juan XXIII antes de su nombramiento como pontífice. Vivir en profundidad en países como Bulgaria y Francia le hicieron posar sus ojos ante otras realidades muy distintas de las que se viven en el Vaticano. Comprendió que la Iglesia no se estaba acompasando al mundo en el que vivía y decidió, a pesar de sus provectos años, convocar un concilio.

Fueron muchas sesiones, aunque nunca son suficientes, donde se plantearon distintos temas que merecían ser estudiados en profundidad. Por primera vez se admitieron algunas mujeres en el aula conciliar, sin voz ni voto, lo que abría la puerta a su protagonismo en años venideros. Se colocó el acento en el pueblo de Dios, se invitó a ver en otras personas y otros credos las semillas de Dios, se pidió que la Iglesia no se enfrentara a los signos positivos que pudiera mostrar el mundo moderno…

Papa Roncalli

El Papa diplomático murió antes de que se terminara su proyecto y desde entonces la Iglesia se ha dividido en dos bandos, ambos queriendo ser los auténticos defensores de las ideas del concilio. La facción liberal vio un comienzo al desmantelamiento del poder autoritario de las estructuras eclesiásticas para ser más cercana a la vida de los católicos inmersos en el mundo y prepararse al fin de la cristiandad de manera a ser más celosos en defensa de nuestra religión y sus valores. El ala tradicional no ve más solución, ante el mundo materialista, que ofrecer nuestra contracultura que se extiende a lo largo de dos mil años del cristianismo.

Vuelta al espíritu aperturista de Juan XXIII

Las ideas tradicionalistas triunfaron en los papados anteriores y con este Papa se ha derivado al espíritu aperturista de Juan XXIII. Ha quitado fuerza a la Congregación de la Doctrina de la Fe, se ha acercado a los líderes de otras religiones y ha convocado un sínodo en el que van a participar los cristianos del mundo entero, representantes indígenas… e incluso mujeres. Con la idea de que la misión de la Iglesia es acompañar a las personas con indiferencia de su cultura, estado civil o inclinación sexual, pues todos están llamados a ser cristianos y tienen que ser agentes en la evangelización de un mundo que se proclama ateo

Lo tenemos difícil, sobre todo, si dentro de nuestro seno hay discusiones cainitas ya que la unión hace la fuerza. Tenemos que aceptar la diversidad en aquello que es discutible y mostrar unidad en los principios fundamentales de nuestra fe. De que lo consigamos dependerá que consigamos algún éxito que otro, pues veo el triunfalismo muy lejano

Vox populi, vox Dei

Vox populi, vox Dei: La síntesis final del proceso sinodal español

Papa Francisco y la primavera
Papa Francisco y la primavera

«Ningún jerarca del mundo mundial por muy carca que sea puede oponerse a la voluntad expresada masivamente por lo que Francisco llama ‘el santo pueblo de Dios’. No en vano desde antiguo se sostiene en la Iglesia que ‘vox populi, vox Dei'»

«El pueblo de Dios, cuando le dejan hablar los curas, se pronuncia jaleado por el Espíritu Santo»

«Lo que pidieron básicamente es ‘descongelar el Concilio’, metido en el congelador del miedo por los pontificados de Juan Pablo II y Benedicto XVI»

«¿La jerarquía ha podado el sínodo español? Podado no, pero sí recortado, pulido y limado. No lo ha podado del todo, pero ha hecho todo lo posible para atemperar la parresía del pueblo santo de Dios»

Por José Manuel Vidal

Oscar Andrés Rodríguez Maradiaga, uno de los cardenales más libres y proféticos del colegio cardenalicio (por eso, desde la Curia quisieron ‘lincharle’ con falsas acusaciones de corrupción), sostiene que el Papa Francisco, tras años de lucha contra el poder curial enquistado en Roma, llegó a la conclusión de que, para remover su inmovilismo y vencerlo definitivamente, tenía que utilizar la palanca del ‘santo pueblo de Dios’.

Y es que ningún jerarca del mundo mundial por muy carca que sea puede oponerse a la voluntad expresada masivamente por lo que Francisco llama ‘el santo pueblo de Dios’. No en vano desde antiguo se sostiene en la Iglesia que ‘vox populi, vox Dei’. Y, por eso, lanzó un Sínodo de la sinodalidad (su Concilio, sin llamarlo Concilio) de dos años de duración, que va a involucrar a toda la cristiandad en tres etapas: diocesana, continental y universal.

vox populi, vox Dei

Y la estrategia dio resultado, porque el pueblo de Dios, cuando le dejan hablar los curas, se pronuncia jaleado por el Espíritu Santo. Como muestra, el botón español, con una Iglesia envejecida y mal vista por el resto de la sociedad, pero también con arrestos suficientes en sus bases, para seguir proponiendo el sentido evangélico a la gente y rompiéndole el espinazo al clericalismo omnipresente en nuestro país, con un clero convertido en casta funcionarial, que no quiere dejar sus privilegios ancestrales por nada del mundo.

Como la mayoría del clero (sobre todo el clero joven de menos de 45 años) no cree en el proceso sinodal, dejó el campo libre a los laicos más comprometidos. Y los obispos, incluso los más conservadores, no se atrevieron a decir no abiertamente al proceso. No lo promovieron, pero tampoco lo prohibieron.

En esos pequeños entresijos de libertad, más de 200.000 miembros del Sínodo se reunieron, se escucharon, compartieron, convivieron y hablaron de los cambios y reformas que quieren, para intentar conseguir esa Iglesia evangélica, samaritana y en salida con la que sueñan desde hace décadas, cuando se truncó aquella primera primavera del Concilio Vaticano II.

Y lo que pidieron básicamente es “descongelar el Concilio”, metido en el congelador del miedo por los pontificados de Juan Pablo II y Benedicto XVI. Y en sus propuestas volvieron a rescatar la vieja corresponsabilidad conciliar apenas sin estrenar entre nosotros, pero también peticiones mucho más concretas, como el sacerdocio de la mujer, el celibato opcional para los sacerdotes, la acogida sincera y sin condiciones a las personas lgtbi o a las divorciados vueltos a casar e, incluso, la recuperación para el ministerio de los curas casados o la raparación integral de las víctimas de los abusos del clero.

Concilio Vaticano II

Por eso, los informes sinodales de muchas diócesis (tan dispares en términos eclesiales como Barcelona, Zaragoza, Madrid o San Sebastián) estaban redactados con un lenguaje profético y lleno de parresía, sin rodeos, sin circunloquios, con claridad, sencillez y transparencia. Una apuesta clara y radical por las reformas de Francisco para la Iglesia.

Pero todos estos informes diocesanos tuvieron que pasar por el filtro de la síntesis hecha por la Conferencia episcopal. Y llegaron las rebajas. Rebajas en el tono, en la forma y en el fondo. Y todo volvió a ser mucho más clerical.

En la síntesis nacional ya sólo se habla de codecisión de los laicos, acogida a divorciados y un pequeño guiño hacia el celibato opcional.

También pide la síntesis una mayor presencia de la mujer en la Iglesia, pero ya ha desaparecido la petición del ministerio sacerdotal femenino, la aceptación de todo tipo de familia o la acogida y ‘bendición’ del colectivo homosexual.

¿La jerarquía ha podado el sínodo español? Podado no, pero sí recortado, pulido y limado. No lo ha podado del todo, pero ha hecho todo lo posible para atemperar la parresía del pueblo santo de Dios. Y, por si caso, ha querido dejar bien claro que esas propuestas más avanzadas sobre el celibato opcional o el acceso de la mujer al altar “sólo se plantearon en algunas diócesis y por un número reducido de personas”.

Primavera de Francisco
Primavera de Francisco

Era tan de esperar esta maniobra de ‘afeitado’ que los mismos participantes en el proceso sinodal español ya planteaban su “desconfianza de que lleguen las aportaciones” al Papa. Porque conocen bien el paño clerical. Pero Francisco también lo sabe, conoce a la perfección la querencia a tablas del morlaco clerical y es perfectamente consciente de que el ‘santo pueblo de Dios’ ha hablado y le ha dado una aplastante aprobación a sus reformas. Porque nadie puede parar la primavera en primavera, sobre todo si viene en alas del Espíritu, que sopla y alienta en el corazón del pueblo santo de Dios: Vox populi, vox Dei.

Un cambio de paradigma eclesial


[Por: Víctor Codina, SJ]
 
 
Thomas S. Kuhn (1922-1996), físico, historiador y filósofo de la ciencia, fue quien fundamentó y popularizó el tema del cambio de paradigma (CdP) en el mundo científico. Pero su intuición puede aplicarse a otros ámbitos.
 
Paradigma es un esquema de la realidad, reconocido por la comunidad como marco de referencia que incorpora conocimientos, valores y concepciones simbólicas que permiten situar y resolver los nuevos problemas.
 
Cuando el paradigma es universalmente aceptado tenemos un tiempo normal y permite la solución de los nuevos problemas desde el paradigma habitual.
 
Sin embargo, a veces surgen nuevas cuestiones que ya no permiten ser solucionadas desde el paradigma habitual, son anomalías que cuestionan el paradigma habitual.
 
Se genera entonces un tiempo de incertidumbre, de crisis y de conflicto que provoca un cambio de paradigma. Surge entonces un nuevo paradigma que, a pesar de las resistencias de ser aceptado por los defensores del paradigma anterior, luego de un tiempo de transición, acaba siendo asumido por la comunidad. 
 
Indudablemente este modelo de Kuhn sobre los cambios científicos no puede ser aplicado a la Iglesia sin correcciones. Tenemos un criterio último para juzgar la vedad de un paradigma que es la revelación Palabra de Dios y la fe cristiana de la gran Tradición eclesial.
 
Pero esto supuesto, hay mucha semejanza entre el CdP científico y el eclesial, tanto en los momentos de crisis como en la búsqueda de nuevos paradigmas y las tensiones eclesiales ante la novedad de un CdP. Podemos, pues aplicar este esquema de CdP no de forma matemática, pero sí analógica, a los cambios eclesiales y teológicos de hoy.
 
La historia de los concilios de la Iglesia, desde la Asamblea apostólica de Jerusalén (Hch 15) hasta el Concilio Vaticano II, son ejemplos de la necesidad de la Iglesia de un CdP para poder expresar la fe de modo que responda a los nuevos contextos históricos y culturales.
 
Los cristianos creemos que este proceso eclesial está siempre guiado por la acción dinámica del Espíritu que nos va guiando hacia la verdad plena (Jn 16,13).
 
El Vaticano II, un nuevo paradigma
 
Tanto en la convocación del Vaticano II por Juan XXIII en 1959, como en su discurso inaugural en 1962, aparece el deseo de que la Iglesia, iluminada por el Espíritu, pueda anunciar el Evangelio al mundo moderno, no como profetas de calamidades que ven inminente el fin de los tiempos, sino con fe en la Providencia de Dios que guía la historia. Más que reprimir y condenar errores, la Iglesia hoy desea mostrar la luz de la verdad de forma paciente y benigna. Prefiere usar la medicina de la misericordia más que condenar con severidad los errores. Juan XXIII distingue el depósito de la fe, de la forma como se expresa, ateniendo a una actitud prevalentemente pastoral. Se intuye ya un CdP.
 
El esquema que se había preparado sobre la Iglesia, es rechazado por los obispos del Vaticano II por creerlo clerical, juridicista y triunfalista. Se propone una Iglesia Pueblo de Dios, sacramento de salvación, en camino hacia la escatología. Se habla de la prioridad de la Palabra en la vida de la Iglesia, del sacerdocio común de todos los bautizados, de la vocación universal a la santidad, del diálogo ecuménico, de la posibilidad de salvación fuera de la Iglesia católica, del diálogo inter-religioso, de la libertad religiosa y la libertad de conciencia personal. Se reconoce la acción del Espíritu en la Iglesia, dador de dones jerárquicos y carismáticos. Este Espíritu actúa en la historia de la humanidad y se manifiesta a través de los deseos profundos del pueblo: son los llamados signos de los tiempos que hay que escuchar y discernir (Gaudium et spes 4;11;44).
 
Las anomalías del paradigma de Cristiandad anterior que desde hacía siglos se cuestionaban (fuera de la Iglesia no hay salvación, Iglesia clerical donde los laicos son sujetos pasivos, la vocación a la perfección solo para algunos, sin carismas, liturgia exclusivamente en latín, visión negativa de otras Iglesias cristianas y de las religiones, Iglesia unida al Estado, Iglesia piramidal, etc) se resuelven con un nuevo paradigma ecuménico, de diálogo con el mundo moderno,  Iglesia Pueblo de Dios, todo él llamado a la santidad, etc. Hay una vuelta a las fuentes (resourcément) y una puesta al día (aggiornamento).
 
El Postconcilo
 
Como en todo cambio de paradigma, también en el postconcilio hubo resistencias al nuevo paradigma. Su símbolo es el obispo Marcel Lefèvbre para quien el Vaticano II era neo-protestante y neo-modernista. Juan Pablo II acabó excomulgando a Lefèvbre cuando este comenzó a ordenar obispos al margen de Roma. 
 
Pero incluso los que asumían el nuevo paradigma tenían miedo de sus consecuencias. Pablo VI hizo añadir a Lumen Gentium una Nota previa que frenaba la colegialidad episcopal; en su encíclica Humanae vitae, sobre el control dela natalidad, no se atrevió a situar el amor como el centro de la vida conyugal. En tiempo de Juan Pablo II se consideró peligrosa la expresión Iglesia “Pueblo de Dios” y se prefirió la tradicional de “Cuerpo de Cristo”; la Congregación de la fe dirigida por Ratzinger frenó la importancia de las conferencias episcopales y criticó la teología de la liberación. Se intentó resaltar más la continuidad del Vaticano II con la tradición anterior (el antiguo paradigma) que su novedad. El teólogo Juan Luís Segundo escribió una carta a Ratzinger en la que le decía que su crítica a la teología de la liberación en el fondo era un ataque al Vaticano II que había hablado de los signos de los tiempos y de la dimensión histórica de la salvación.
 
La gran mayoría de fieles cristianos aceptó el CdP con mucha alegría y lo asumió, sacando sus consecuencias. La Iglesia Latinoamericana reunida en Medellín en 1968 recibió el Vaticano II desde un continente pobre e injustamente marginado y escuchó en la voz de los pobres la voz del Espíritu. De allí surgió la opción por los pobres, la necesaria denuncia de las estructuras injustas, la lucha por la justicia y la importancia simbólica del Éxodo, un tema que el Vaticano II, liderado por obispos y teólogos del mundo centroeuropeo había preterido. 
 
¿Un nuevo paradigma eclesial?
 
La Iglesia, sobre todo con Francisco, ha ido sacando otras consecuencias del nuevo paradigma del Vaticano II: la apertura a la ecología (Laudato sí), a la fraternidad universal (Fratelli tutti), al amor conyugal como centro del matrimonio que convive con la imperfección, la disculpa y los límites del ser amado (Amoris laetitia); crítica al sistema económico que mata y a la globalización de la indiferencia ante emigrantes y descartados. Francisco propone una Iglesia en salida hacia la periferia, hospital de campaña, que huela a oveja, no aduana sino madre misericordiosa, que callejea la fe; se resalta la importancia de la piedad y espiritualidad popular, la Iglesia es una pirámide invertida, el clericalismo es la lepra de la Iglesia, hay que respetar las culturas en una Iglesia poliedro. 
 
El concepto de sínodo y la sinodalidad eclesial, se convierten en el nuevo estilo de Iglesia para el siglo XXI. La sinodalidad es la actitud de una Iglesia en camino que escucha a todos, porque lo que afecta a todos debe ser compartido por todos; el pueblo de Dios tiene la unción del Espíritu y no puede equivocarse en su fe (Lumen gentium 12).
 
Francisco ha sido objeto de ataques furibundos: hereje, comunista, no sabe teología, está deshaciendo la Iglesia, etc. En realidad, Francisco no ha hecho más que deducir algunas consecuencias del CdP del Vaticano II, leído a la luz de los signos de los tiempos de hoy. 
 
Pero quedan todavía asignaturas pendientes del CdP del Vaticano II: el rol de la mujer en la Iglesia y la posibilidad de acceder al ministerio ordenado, la no obligatoriedad del celibato presbiteral, una postura abierta y dialogante con los miembros del LGTBIQ, consultar a la comunidad la elección de nuevos pastores, potenciar las Iglesias locales, reformar la curia, desligar al obispo de Roma de la presidencia del Estado Vaticano, etc.
 
Más que hablar de un nuevo CdP, habría que tomar en serio las exigencias del Vaticano II, auscultar al Espíritu del Señor en los signos de los tiempos, desde una Iglesia sinodal, en comunión y en camino. La sinodalidad comienza desde la periferia, pues el Espíritu del Señor actúa desde abajo. ¿No había afirmado ya Juan XXIII que la Iglesia de los pobres tenía que ser el rostro de la Iglesia del Vaticano II?
 

Vat.II: una semilla que sigue creciendo ahora con Francisco

Concilio Vaticano II

Una gran gracia, una verdadera profecía para la vida de la Iglesia, un nuevo Pentecostés: así es como Juan Pablo II y Benedicto XVI hablaron del último Concilio

Una pequeña semilla que se ha convertido en un árbol que sigue dando frutos por obra del Espíritu Santo

Este 55 aniversario el Concilio está provocando un nuevo periodo de debate en la comunidad eclesial, frente a los que se están distanciando cada vez más de ella y los que quieren reducir su alcance y significado

 08.07.2020 | Sergio Centofanti

(Vatican News).- Este año, el 8 de diciembre, marca el 55 aniversario del fin del Concilio Vaticano II. Un acontecimiento que en este período está provocando un nuevo debate en la comunidad eclesial, frente a los que se están distanciando cada vez más de ella y los que quieren reducir su alcance y significado.

Un nuevo Pentecostés

Benedicto XVI usó una palabra fuerte: habló de un «nuevo Pentecostés». Fue testigo directo del Concilio, participando como experto, siguiendo al Cardenal Frings, y luego como testigo experto oficial: «Esperábamos que todo se renovara -dijo a los sacerdotes de Roma el 14 de febrero de 2013– que un nuevo Pentecostés llegara realmente, una nueva era en la Iglesia (…) sentíamos que la Iglesia no iba adelante, se encogía, que parecía más bien una realidad del pasado y no la portadora del futuro. Y en ese momento, esperábamos que esta relación se renovara, cambiara; que la Iglesia fuera una vez más la fuerza del mañana y la fuerza del hoy». Y citando a Juan Pablo II en la audiencia general del 10 de octubre de 2012, hace suya la definición del «Concilio como la gran gracia de la que se ha beneficiado la Iglesia en el siglo XX: en él se nos ofrece una brújula segura para guiarnos por el camino del siglo que se abre» (Novo millennio ineunte, 57): la «verdadera fuerza motriz» del Concilio – añade – fue el Espíritu Santo. Por lo tanto, un nuevo Pentecostés: no para una nueva Iglesia, sino para «una nueva era en la Iglesia».

La lealtad está en marcha

Lo que el Concilio ha mostrado más claramente es que el auténtico desarrollo de la doctrina, que se transmite de generación en generación, se realiza en un pueblo que camina unido guiado por el Espíritu Santo. Este es el corazón del famoso discurso de Benedicto XVI a la Curia Romana el 22 de diciembre de 2005.

Benedicto habla de dos hermenéuticas: la de la discontinuidad y la ruptura y la de la reforma y la renovación en la continuidad. La «justa hermenéutica» es la que ve a la Iglesia como «un sujeto que crece con el tiempo y se desarrolla, pero permaneciendo siempre igual, el único sujeto del Pueblo de Dios en camino». Benedicto habla de una «síntesis de fidelidad y dinamismo». La fidelidad está en movimiento, no está inmóvil, es un viaje que avanza por el mismo camino, es una semilla que se desarrolla y se convierte en un árbol que ensancha sus ramas, florece y produce frutos: como una planta viva, por un lado, crece, por otro tiene raíces que no se pueden cortar.

La continuidad y la discontinuidad en la historia de la Iglesia

¿Pero cómo podemos justificar una renovación en la continuidad ante ciertos cambios fuertes en la historia de la Iglesia? Desde que Pedro bautizó a los primeros gentiles sobre los que descendió el Espíritu Santo y dijo: «Verdaderamente me doy cuenta de que Dios no hace acepción de personas, pero el que le teme y practica la justicia, cualquiera que sea el pueblo al que pertenece, le es grato» (Hechos 10:34-35). Los circuncisos le reprochan, pero cuando Pedro explica lo que ha sucedido, todos glorifican a Dios diciendo: «¡Así que Dios también ha concedido a los gentiles que se conviertan para que tengan vida! (Hechos 11:18). Es el Espíritu quien indica lo que hay que hacer y nos hace movernos, nos hace avanzar.

En 2000 años de historia, ha habido muchos cambios en la Iglesia: la doctrina sobre la salvación de los no bautizados, el uso de la violencia en nombre de la verdad, la cuestión de las mujeres y los laicos, la relación entre la fe y la ciencia, la interpretación de la Biblia, la relación con los no católicos, los judíos y los seguidores de otras religiones, la libertad religiosa, la distinción entre la esfera civil y la religiosa, por mencionar sólo algunos temas. Benedicto XVI, en el mismo discurso a la Curia, reconoce esto: en ciertos temas «una discontinuidad se ha manifestado de hecho». Por ejemplo, más allá del razonamiento de contextualización filosófica, teológica o histórica para demostrar una cierta continuidad, primero se dijo no a la libertad de culto para los no católicos en un país católico y luego se dijo sí. Así que, una indicación muy diferente en la práctica.

«2000 años de historia y un solo precepto: Amarás a tu prójimo como a ti mismo»

El escándalo de una Iglesia que aprende

Benedicto XVI utiliza palabras significativas: «Tuvimos que aprender a comprender más concretamente que antes«, «fue necesario un amplio replanteamiento», «aprender a reconocer». Como Pedro que, después de Pentecostés, todavía tiene que entender cosas nuevas, todavía tiene que aprender, todavía tiene que decir: «Me estoy dando cuenta de que…». No tenemos la verdad en nuestros bolsillos, no «poseemos» la verdad como una cosa, pero pertenecemos a la Verdad: y la Verdad Cristiana no es un concepto, es el Dios vivo que sigue hablando. Y refiriéndose a la Declaración del Concilio sobre la Libertad Religiosa, Benedicto XVI declara: «El Concilio Vaticano II, reconociendo y haciendo suyo con el Decreto sobre la Libertad Religiosa un principio esencial del Estado moderno, ha retomado una vez más la herencia más profunda de la Iglesia. Puede ser consciente de que está en plena sintonía con la enseñanza del mismo Jesús (cf. Mt 22,21), así como con la Iglesia de los mártires, con los mártires de todos los tiempos». Y añade: «El Concilio Vaticano II (…) ha revisado o incluso corregido algunas decisiones históricas, pero en esta aparente discontinuidad ha mantenido y profundizado su naturaleza íntima y su verdadera identidad. La Iglesia es, tanto antes como después del Concilio, la única, santa, católica y apostólica Iglesia en el camino a través del tiempo».

Una continuidad espiritual

Entonces podemos ver mejor que la continuidad no es simplemente una dimensión lógica, racional o histórica, es mucho más que eso: es una continuidad espiritual en la que el mismo y único Pueblo de Dios camina unido, dócil a las indicaciones del Espíritu. La hermenéutica de la ruptura es llevada a cabo por aquellos que en este viaje se separan de la comunidad, rompen la unidad, porque se detienen o van demasiado lejos. Benedicto habla de los dos extremos: los que cultivan la «nostalgia anacrónica» y los que «corren hacia adelante»(Misa 11 de octubre de 2012). Ya no escuchan al Espíritu que pide fidelidad dinámica, sino que siguen sus propias ideas, se apegan sólo a lo viejo o sólo a lo nuevo, y ya no saben cómo unir las cosas viejas con las nuevas, como hace el discípulo del reino de los cielos.

La novedad del Papa Francisco

Después de los grandes Papas que lo precedieron, llegó Francisco. Está siguiendo la estela de sus predecesores: es la semilla que se desarrolla y crece. La Iglesia continúa. Muchas noticias distorsionadas o falsas se ponen en circulación sobre Francisco, como sucedió con el predecesor Benedicto y muchos otros sucesores de Pedro. Ni los dogmas o mandamientos, ni los sacramentos, ni los principios sobre la defensa de la vida, la familia, la educación han cambiado. Las virtudes teológicas o cardinales no han cambiado y tampoco los pecados mortales. Para comprender mejor la novedad en la continuidad de Francisco, más allá de las distorsiones y falsedades evidentes, hay que leer la Exhortación Apostólica «Evangelii gaudium», el texto programático del Pontificado. Comienza así: «La alegría del Evangelio llena los corazones y la vida entera de los que se encuentran con Jesús. Aquellos que se dejan salvar por Él se liberan del pecado, de la tristeza, del vacío interior, del aislamiento. Con Jesucristo la alegría siempre nace y renace». Lo primero es la alegría del encuentro con Jesús, nuestro Salvador. Seguir leyendo