Actualidad del secreto mesiánico

escrito por Victor Codina

Los cristianos creemos que Jesucristo, el Hijo del Padre encarnado, muerto y resucitado, es el centro de la fe cristiana, camino, verdad y vida (Jn 14, 6), fuera de él no hay salvación (Jn 15,5; Hch 4,12). La misión propia de la Iglesia es evangelizar (Evangelii nuntiandi), esta es su alegría (Evangelii gaudium).
La cristiandad ha estallado
Pero en el mundo moderno occidental, la cristiandad ha estallado y la Iglesia, lejos de ser un signo claro del evangelio, constituye para muchos el mayor obstáculo para el acceso al cristianismo: un oscuro pasado (inquisición, cruzadas, poder temporal del papado, colonialismo misionero…) y un ambiguo presente (patriarcalismo, machismo, abusos sexuales y económicos, inmovilismo ante temas de la sexualidad y la vida…). La Iglesia de los países occidentales modernos sufre un claro descenso sacramental, envejecimiento, falta de vocaciones ministeriales y religiosas, cisma silencioso de quienes se apartan de la comunidad, juventud al margen. Es una Iglesia en situación de diáspora: la fe cristiana ha sido exculturada, hay agnosticismo e indiferencia religiosa, Dios está en el exilio.
En este contexto de “país de misión”, podemos preguntarnos si la evangelización a los “nuevos paganos” y la misión hacia quienes desean entrar o retornar a la Iglesia, debe seguir el modelo tradicional de comenzar por la Iglesia, su doctrina, sus normas y sus sacramentos, o si más bien debería retomar y actualizar hoy el silencio mesiánico y eclesial. Seguir leyendo

Una buena noticia: una Asamblea Eclesial para América Latina y El Caribe

[Por: Víctor Codina, SJ]
Estamos tan acostumbrados a recibir malas noticias, nuevos brotes de la pandemia, retrasos de las vacunas, colapso de los hospitales, amenaza de nuevos confinamientos, además de la crisis económica y laboral, desastre ecológico y escándalos de abusos eclesiales… que nos parece increíble que haya todavía alguna buena noticias y menos aún de la Iglesia: “¿De la Iglesia puede salir algo bueno?”

La buena noticia es que Francisco ha convocado una Asamblea Eclesial de América Latina y Caribe, que quiere ser una reunión de todo el pueblo de Dios latinoamericano y caribeño, bajo el tema: “Todos somos discípulos misioneros en salida”.

Esta Asamblea inaugurada oficialmente el 24 de enero en la basílica de la Virgen de Guadalupe de México, culminará presencial y virtualmente, del 21 al 24 de noviembre de 2021 en la ciudad de México.

¿De dónde nace la novedad de esta buena noticia?

La novedad reside en que hasta ahora las asambleas nacionales y regionales de las Iglesias eran conferencias o asambleas episcopales y ahora esta será una asamblea eclesial, es decir, se reunirán no solo obispos sino todos los participantes del pueblo de Dios: laicos y laicas, religiosos y religiosas, seminaristas, sacerdotes, obispos, cardenales y personas de buena voluntad.

Francisco desea que no reúna una elite separada del santo pueblo fiel, pues todos cuantos hemos recibido el Espíritu en el bautismo, formamos parte de la comunidad cristiana, somos parte del Pueblo de Dios y el Pueblo de Dios es infalible en su fe, como afirma el Vaticano II (LG 12).

Esta Asamblea es un signo profético para el futuro de la iglesia, quiere ser la presencia de Jesús en la vida cotidiana de la gente, en medio de los gritos de los empobrecidos y de la hermana madre tierra, en estos tiempos de pandemia. Se trata de rezar, hablar, pensar, discutir y buscar entre todos, la voluntad de Dios.

Esta Asamblea eclesial puede resultar para muchos algo inédito, pero en realidad asume el mensaje del Vaticano II, de que la Iglesia está formada por todo el Pueblo de Dios que va caminando hacia el Reino; está en la línea de la sinodalidad eclesial, es decir, que la Iglesia es un caminar conjuntamente de todos los cristianos bautizados, todos podemos enseñar y aprender, pues todos hemos recibido el mismo Espíritu. Seguir leyendo

Amazonía: un Sínodo singular

Víctor Codina sj: «Es sesgado reducir el sínodo a la ordenación de varones indígenas casados, mientras se silencia la dimensión ecológica integral»
Sostiene que el Sínodo para la Amazonía es singular porque aborda un tema universal, la ecología integral, pero desde un lugar geográfico concreto: la Amazonía
29.10.2020
(Vatican News).- Víctor Codina S.J. sostiene que el Sínodo para la Amazonía es singular porque aborda un tema universal, la ecología integral, pero desde un lugar geográfico concreto: la Amazonía. Importante, porque resume el magisterio de Francisco (Evangelii gaudium, Laudato, si, Episcopalis communio) y constituye, según algunos, como el punto álgido de su pontificado, y conflictivo, porque es crítico ante organismos financieros, económicos y políticos que explotan y destruyen la Amazonía, y crítico también frente al poder del clericalismo eclesial.
Para profundizar en este análisis, Codina plantea siete claves teológicas que se auto-implican y solapan mutuamente:
La vida. Tema central del Sínodo
El tema central es la vida, afirma Codina, y éste forma parte integrante de la misión eclesial de todos los tiempos, prolongar la misión de Jesús que pasó por mundo haciendo el bien y liberando de toda amenaza de muerte (Hch 10,38), que anuncia un Reino de vida, que envía a sus discípulos a dar vida y liberar del mal. Codina nos remite a una visión integral de la vida que incluye la vida del planeta, la vida humana material, cultural y espiritual de los pueblos amazónicos, la vida plena de las comunidades eclesiales amazónicas; es la vida humana comenzando por lo más elemental y material (bios) y humana (psyche) y es la vida plena, salvífica, divina que nos comunica el Espíritu del Señor resucitado (zoe) (IL 11). Corresponde a la Iglesia anunciar y defender la vida y denunciar todas las amenazas de muerte y luchar por la vida.
Por esta razón, argumenta el teólogo, es unilateral y sesgado reducir el sínodo al cambio climático o a la ordenación de varones indígenas casados, mientras se silencia la dimensión ecológica integral.
La metodología del sínodo no es la de Lumen Gentium que comienza a partir de la Trinidad (LG 1-4,), subraya Codina, sino la de Gaudium et Spes que parte de la realidad (GS 1-10): ver, juzgar y actuar. Francisco también nos advierte que la realidad es más importante que la idea (EG 231-233). Sin embargo, añade, la novedad del sínodo consiste en que, al ver, se añade el escuchar, superando así el riesgo de caer en una frialdad sociológica objetiva y distante. Escuchar implica pasar de ser mero agente a ser receptor y paciente, dejarse impactar por la realidad humana, por el clamor del pueblo, como Yahvé escucha el clamor del pueblo explotado en Egipto que sube hasta el cielo (Ex 3,7-10), como Jesús que siente que se le conmueven las entrañas ante el sufrimiento del pueblo que vive como ovejas sin pastor (Mc 6,34). Escuchar es el talante necesario para un juzgar y actuar compasivo ante el dolor ajeno. Subrayando esto, Francisco en Puerto Maldonado (Perú), prefirió escuchar a los indígenas antes que dirigirles su palabra, y añade Codina, en el caso de la Amazonía no solo se trata de escuchar al pueblo sino de escuchar a un pueblo pobre que forma parte de aquellos privilegiados bíblicos a quienes han sido revelados los misterios del Reino de Dios (Lc 10,21-22).
Actitud profética ante la vida amenazada
La actitud de escucha permite, afirma Codina, ser conscientes de los clamores de los pueblos amazónicos que van en dos direcciones: primero, el constante clamor ante la destrucción que las multinacionales provocan en su hábitat y que ponen en peligro su vida, fruto del afán de lucro de grupos financieros, económicos y políticos. Segundo, el clamor ante la amenaza que se cierne sobre su identidad humana, cultural y espiritual, pues la tierra no es un lugar o un objeto, sino un sujeto, la Madre tierra, a la que las multinacionales cortan las venas y esta se desangra. Nunca el pueblo amazónico había estado tan amenazado como ahora.
Por estas razones, subraya el teólogo jesuita, el Sínodo de la Amazonía reviste una providencial actualidad, pues pide un diálogo y conversión ecológica a las partes implicadas.
Eclesiología de la Iglesia local
El Concilio Vaticano II, subraya Codina, reconoce el valor de las Iglesias locales, con su identidad cultural e histórica propia, su diversidad litúrgica y canónica que enriquecen a la Iglesia universal (LG 23, SC 37-40; 65, AG 22). La Iglesia es un Pueblo de Dios con muchos rostros (EG 115,121).
Por su parte, el Sínodo escucha la voz de las comunidades cristianas amazónicas que en la amplia encuesta realizada expresan, como hemos visto un doble aspecto. Por un lado, agradecen los 500 años de evangelización de la Iglesia misionera que ha fundado y formado las diversas comunidades cristianas a lo largo de siglos, y piden que les sigan ayudando con centros de formación y defendiendo contras las actuales agresiones de las multinacionales.
Pero al mismo tiempo lamentan que todavía perviva un sentido colonial y vertical de la misión, poco inculturada y dialogal, con una pastoral más de visita que de presencia estable. Se pide que los misioneros conozcan la lengua y cultura de pueblo y que tengan una visión positiva sobre las capacidades de los indígenas para liderar sus comunidades eclesiales en las diversas formas de misión y de ministerios, ya que ellos y ellas son quienes mejor conocen a su gente y saben cómo acompañarlos y dirigirlos. Una Iglesia local madura ha de poseer sus propios ministros autóctonos.
Para Codina es legítimo hablar de una Iglesia con rostro amazónico en tanto sea una Iglesia que responsa a las inquietudes y necesidades de los pueblos de este territorio, defendiendo su vida y proclamando el Evangelio de manera inculturada. Por esto se pide la constitución de un Organismo Episcopal Regional Postsinodal para la Región Amazónica (IL 115) que pueda discernir y llevar a término las propuestas sinodales. El fruto de esta reflexión ha sido, dice el jesuita, la constitución no de una Conferencia Episcopal Amazónica sino de la Conferencia Eclesial de la Amazonía.
Aportes de la Amazonía a la Iglesia y al mundo
En relación a este aspecto, Codina insiste en superar la visión que algunos sectores tienen sobre los pueblos amazónicos y en la que se acentúa su pobreza y necesidad de protección, olvidando sus grandes riquezas humanas, culturales y espirituales y que cuentan con una sabiduría milenaria y ancestral, anterior al cristianismo
A la belleza del territorio, hay que añadir, afirma el jesuita, el planteamiento de los pueblos amazónicos en relación a la vida, en armonía con la naturaleza, con la comunidad y con Dios, así como una espiritualidad integral, que se expresa en el sentido de celebración y de fiesta, una tradicional sabiduría en el cuidado de la tierra, la salud y los remedios, un concepto de desarrollo y de progreso muy diferente del concepto moderno de progreso tecnocrático que acumula bienes en manos de pocos y destruye la naturaleza.
Solo después de haber hablado de la necesidad de defender la Amazonía de las amenazas que la destruyen, subraya Codina, tiene lugar hablar de la eucaristía. Sin justicia no hay eucaristía, no sería la cena del Señor (1 Cor 11.). Antes de ofrecer la ofrenda hay que reconciliarse con los hermanos (Mt 5,23-24). Por esto no deja de ser sospechoso que algunos sectores quieran reducir el sínodo de la Amazonía al tema de ministerios de hombres casados y al diaconado femenino. Codina cita a Henri de Lubac quien resume la tradición patrística: “la eucaristía hace la Iglesia, la Iglesia hace la eucaristía” y que Juan Pablo II recoge en Ecclesia de eucharistia, muestra la centralidad de la eucaristía en la vida cristiana, ya que como dice el Vaticano II, la eucaristía es fuente y cumbre de toda vida cristiana (SC 10; PO 5).
Por eso, argumenta Codina, no se puede privar durante años enteros a las comunidades de la eucaristía por falta de ministros y las grandes distancias, con el riesgo de que las comunidades devengan comunidades evangélicas de la Palabra o simplemente desparezcan. De ahí la urgencia de dotar a las comunidades de ministros ordenados para la evangelización, el servicio y la celebración de los sacramentos, sobre todo la eucaristía.
En este último apartado, Víctor Codina afirma que hay que partir del hecho de que el Pueblo de Dios cree que quien lo conduce es el Espíritu del Señor que llena el universo (GS 11) y que toda la Iglesia, especialmente los pastores y teólogos, han de auscultar, discernir e interpretar, con la ayuda del Espíritu, las múltiples voces de nuestro tiempo (GS 44), para comprender los planes de Dios y de este modo la Verdad revelada pueda ser mejor percibida (GS 44).
De igual manera, argumenta el jesuita, la historia humana no es homogénea, sino que hay momentos de gracia, de kairós, que llaman a una conversión, a un cambio profundo hacia el Reino de Dios. Este Espíritu presente en el de profundis de la historia, que se manifiesta a través de los últimos, pobres, marginados y descartados, es el que ahora clama a través de los pueblos amazónicos, pidiendo justicia en su tierra, libertad para vivir su identidad y su cultura, para que se respete su territorio, la Madre tierra. Al grito de los pobres se une el grito de la tierra, es el Espíritu del Señor, él clama a través de ellos e invita a escuchar su voz para que abandonemos caminos de muerte y nos convirtamos a una ecología integral

¿Qué nos dirían hoy los seis jesuitas mártires de El Salvador?

Por Víctor Codina sj:
«Ellacuría creía en la construcción de una civilización del trabajo y de la sobriedad compartida»
«Su muerte produjo un enorme impacto internacional, desveló adónde se dirigía la inmensa ayuda de USA al gobierno y al ejército del Salvador y sin duda este sangriento asesinato propició el Tratado de paz»
«En el Museo de los mártires vi que el libro de Jürgen Moltmann, El Dios crucificado, había sido teñido con la sangre de uno de los mártires, ejecutado en su habitación»
«El jardinero, Don Obdulio, esposo de Alba y padre de Celina, plantó en el césped del jardín 8 rosas rojas»
16.11.2020 | Víctor Codina
Cada 16 de noviembre conmemoramos a los seis jesuitas Ignacio Ellacuría, Ignacio Martínez Baró, Segundo Montes, Amando López, Juan Pablo Moreno y Joaquín López y López, miembros de la Universidad Centroamericana (UCA) Simeón Cañas de San Salvador, que fueron asesinados por el ejército salvadoreño; junto a ellos, Julia Alba y su joven hija Celina Ramos que trabajaban en la comunidad, también fueron eliminadas, para que no hubiera testigos de la masacre. Fue en el año 1989.
Su muerte produjo un enorme impacto internacional, desveló adónde se dirigía la inmensa ayuda de USA al gobierno y al ejército del Salvador y sin duda este sangriento asesinato propició el Tratado de paz, luego de varios años de lucha civil y más de 70.000 muertos.
Yo había conocido a Ellacuría y Montes cuando estudiábamos teología en Innsbruck. El año 1986, en una visita de Ellacuría, Rector de la UCA, a Cochabamba, Bolivia, donde yo residía, me invitó a dar un semestre de clases en la UCA. Allí conocí al resto de compañeros y pude ver de cerca su plena dedicación al trabajo por la fe y la justicia en El Salvador, siguiendo el ejemplo de Monseñor Romero martirizado en 1980.
No volví a visitar El Salvador hasta 2008, 24 años más tarde, para un encuentro de teólogos. En el Museo de los mártires vi que el libro de Jürgen Moltmann, El Dios crucificado, había sido teñido con la sangre de uno de los mártires, ejecutado en su habitación. Otros compañeros fueron sido asesinados en el jardín. El jardinero, Don Obdulio, esposo de Alba y padre de Celina, plantó en el césped del jardín 8 rosas rojas.
Y cuando entré en la sala-capilla del Centro Monseñor Romero para nuestro encuentro teológico, vi que en el muro de la izquierda estaban enterrados todos mis antiguos compañeros. ¡Impactante! No se puede hacer teología al margen de las víctimas.
El teólogo alemán Martin Maier le dijo a Moltmann que su libro sobre el Dios crucificado había quedado empapado con la sangre de uno de los mártires. Moltmann fue expresamente a El Salvador y al llegar al verde jardín de las 8 rosas rojas, se arrodilló y oró en silencio durante una hora.
Han pasado ya 31 años de este martirio, su memoria subversiva nos sigue impactando. Pero quizás, hoy en plena pandemia de coronavirus, comprendemos mejor el mensaje que Ignacio Ellacuría, como portavoz de todo el grupo de la UCA, había formulado en su tiempo.
Muchas de las expresiones de Ellacuría, que hace años parecían exageración y fantasías utópicas, hoy, en medio del caos y colapso sanitario, tecnológico, laboral, económico, político, ecológico y religioso actual, nos parecen luminosas y esperanzadoras. Afirmar que hay que “revertir la historia, subvertirla y lanzarla en otra dirección”, como dijo Ellacuría al recoger el premio Alfonso Comín en el Ayuntamiento de Barcelona, el 6 de noviembre de 1989, 10 días antes de su muerte, parecía entonces una retórica exagerada.
Hoy cuando, en plena pandemia, todo se derrumba y existe el peligro de querer volver a la “normalidad de antes”, estas palabras abren un camino de esperanza: la historia actual ha generado muerte, destrucción de la naturaleza y exclusión de la mayoría de la humanidad. No podemos seguir igual, no hemos llegado al final de la historia, está en juego la supervivencia de la humanidad, hay que revertir el rumbo de la historia.
Pero Ellacuría no se limita a la denuncia, ofrece una pista positiva, opción preferencial por los pobres y ayudar a la construcción de una civilización del trabajo y de la sobriedad compartida, todo ello desde la inspiración de la fe cristiana. Esto implica hoy una vida sencilla, lejos del consumo y de la explotación de la tierra, pero compartida entre todos, sin exclusividad de unos pocos, sin marginar ni descartar a la mayoría de la humanidad. Para Ellacuría todo esto forma parte del proyecto del Reino de Dios que anunció Jesús de Nazaret.
Seguramente Ellacuría y sus compañeros mártires sintonizarían con el estilo evangélico de Iglesia en salida y samaritana, pobre y de los pobres, que hoy propone Francisco.
Este podría ser el mensaje de los mártires del Salvador a nuestro tiempo de pandemia: no querer volver a la “normalidad” de antes, sino aprovechar la ocasión para cambiar el rumbo económico, social, político, ecológico y religioso de nuestra historia. Otro mundo es posible y urgente, sobrio y compartido.
Quizás, para comprender mejor todo esto, podríamos arrodillarnos espiritualmente un rato en el verde jardín de la casa de los mártires, mientras en silencio contemplamos las 8 rosas rojas que plantó Don Obdulio.

DE UNA IGLESIA SACRAMENTALISTA A UNA IGLESIA EVANGELIZADORA



Por Victor Codina
Unas de las consecuencias de la pandemia ha sido el cierre de todos los lugares de culto, de todas las iglesias y templos. También las bendiciones Urbi et Orbi de Francisco fueron ante una Plaza y una basílica de San Pedro vacías. Muchos auguraban una cuaresma y una Semana Santa muy pobre, sin celebraciones litúrgicas, sin Via crucis, ni pasos de procesiones.
Y, sin embargo, ha sido una Semana Santa sumamente profunda y rica, no solo por participar mediáticamente de las ceremonias, sino por algo más hondo: vivir de cerca la pasión del Señor en la pasión y el sufrimiento de los enfermos, lectura del evangelio y oración en familia, experimentar la ayuda a gente mayor solitaria y la colaboración a vecinos, aplausos a médicos, sanitarios, transportistas, trabajadores de farmacias y supermercados, a voluntarios que reparten comidas, etc. Los protagonistas de esta Semana Santa no han sido los curas, ni siquiera sus trasmisiones mediáticas, sino las familias, laicos y laicas, los y las jóvenes. Se ha promovido una Iglesia doméstica, en la que los laicos son protagonistas, donde han sido siempre los papás, no el párroco, quienes han enseñado a rezar a sus niños antes de ir a dormir. Donde hay dos o tres reunidos en nombre del Señor, Él está en medio de ellos.
Quizás muchos crean que este cierre de las iglesias ha sido solo un paréntesis pastoral y que pronto se volverá a la situación de antes. Otros, como el sociólogo y teólogo Tomás Halik, de Praga, afirman claramente que este es un tiempo favorable y de gracia, un kairós, un signo de los tiempos, Dios nos quiere revelar algo.
¿Qué quiere decirnos Dios? Cada uno puede dar una respuesta personal, pero a nivel eclesial quizás podemos pensar que el Espíritu nos invita a pasar de una Iglesia sacramentalista y clerical a una Iglesia evangelizadora.
Iglesia sacramentalista sería la que se identifica tanto con los siete sacramentos que tiene el riesgo de considerar al clero como el protagonista de la Iglesia y al templo como su centro autorrefencial o propio, mientras margina a los laicos, descuida la evangelización, el anuncio la Palabra, la iniciación a la fe, la oración, la formación cristiana, sin formar una comunidad cristiana, ni un laicado de ciudadanos responsables y solidarios con los pobres y marginados. Muchos párrocos se angustian al ver que los sacramentos rápidamente disminuyen y sus fieles envejecen.
Iglesia evangelizadora es la que hace lo que hizo Jesús: anunciar la buena nueva del Reino de Dios, predicar, curar enfermos, comer con pecadores, dar de comer a hambrientos, liberar de toda opresión y esclavitud. Este era el programa de Jesús en la sinagoga de Nazaret: dar vista a los ciegos, liberar a los cautivos, evangelizar a los pobres, anunciar la gracia y la misericordia de Dios. En la última cena Jesús instituyó la eucaristía, pero el evangelio de Juan situó en la última cena el lavatorio de los pies y el mandamiento nuevo del amor fraterno, completando la dimensión litúrgica con la más existencial y evitar así que la eucaristía se convirtiese en un mero rito vacío.
No se trata de olvidar los sacramentos, sino de valorarlos como “signos sensibles y eficaces de la gracia”, pero siempre a la luz de la fe y de la Palabra, para que no se conviertan en magia y pasividad. Por esto, toda celebración sacramental viene precedida por la celebración de la Palabra; el Concilio Vaticano II afirma que la misión primera de los obispos y presbíteros consiste en anunciar la Palabra de Dios.
Ciertamente “la eucaristía hace la Iglesia”, sin eucaristía no hay Iglesia plenamente constituida, pero esta frase debe completarse con su contraparte: “la Iglesia hace la eucaristía”, es toda la comunidad, presidida por sus pastores, la que celebra la eucaristía, sin el tejido de una comunidad eclesial no habría eucaristía.
El Cardenal Jorge Bergoglio, en el cónclave de su elección como obispo de Roma, ofreció una original interpretación del texto de Apocalipsis 3,20, en el que el Señor llama a la puerta para que le abramos. Ordinariamente se entiende que el Señor quiere que le abramos la puerta para entrar en nuestra casa, pero Bergoglio dijo que lo que el Señor nos pide ahora es que le abramos la puerta y le dejemos salir a la calle.
Por esto Francisco habla de “una Iglesia en salida”, hacia las fronteras, hospital de campaña, que huela a oveja, que encuentre a Cristo en las heridas del pueblo y de la Iglesia, cuide nuestra casa común, callejee la fe, como María que fue a toda prisa a visitar a su prima Isabel. No se trata de convertir a la Iglesia en una ONG, pues la eucaristía, memorial de la muerte y resurrección de Jesús, es la cumbre de la vida cristiana, pero solo se va a esta cumbre por el camino de fe y del seguimiento de Jesús.
A veces los poetas son quienes entienden mejor los misterios de la fe. Las reflexiones del poeta catalán Joan Maragall ante una iglesia quemada durante la Semana Trágica de Barcelona, el año 1909, pueden ser actuales. Cuando Maragall, acudió el domingo a una iglesia que había sido incendiada la semana anterior, escribió:
«Yo nunca había oído una Misa como aquella. La bóveda de la iglesia descalabrada, las paredes ahumadas y desconchadas, los altares destruidos, ausentes, sobre todo aquel gran vacío negro donde estuvo el altar mayor, el suelo invisible bajo el polvo de los escombros, ningún banco para sentarse, y todo el mundo de pie o arrodillado ante una mesa de madera con un crucifijo encima, y un torrente de sol entrando por el boquete de la bóveda, con una multitud de moscas bailando a la luz cruda que iluminaba toda la iglesia y hacía parecer que oíamos la Misa en plena calle…».
A Maragall, aquella misa, después de la violencia anticlerical de la Semana Trágica le pareció nueva, un rincón de las catacumbas de los primeros cristianos. Pensaba que la misa siempre debería ser así: una puerta abierta a los pobres, a los oprimidos, a los desesperados, para quienes fue fundada la Iglesia, y no cerrada ni enriquecida “amparada por los ricos y poderosos que vienen a adormecer su corazón en la paz de las tinieblas”. No hay que reedificar la iglesia quemada, ni ponerle puertas.
No puede establecerse un paralelismo fácil entre la Semana Trágica y la actual pandemia, pero es válida la intuición del poeta: no volvamos a edificar la iglesia de antes.
Cuando acabe la pandemia, no volvamos a restaurar la Iglesia sacramentalista del pasado, salgamos a la calle a evangelizar, sin proselitismos, para anunciar con alegría la buena noticia de Jesús a quienes no entran en el templo. Así tendrá sentido pleno celebrar en la comunidad cristiana la fracción del pan y los demás sacramentos