Sobre el Sínodo que viene, o está viniendo

Por | Victorino Pérez Prieto

Una pequeña parte de la Iglesia católica, que forma parte de la sociedad en proporción más pequeña aún…  está siendo movilizada en los últimos tiempos para un nuevo sínodo, con un tema y un título atractivo para los que abogamos por una Iglesia más acorde con el proyecto liberador de Jesús de Nazaret: “Por una Iglesia sinodal: comunión, participación y misión”. Un acontecimiento y un proceso que invita a caminar juntos, a acompañarse, como indica la misma palabra sínodosyn (“juntos”) y hodos (“camino”). Puede resultar algo atractivo y así lo han ido manifestando en los últimos meses algunos grupos y ambientes de Iglesia. Pero, confieso que no me siento muy ilusionado con la propuesta, y he tenido que hacer un gran esfuerzo de motivación para ponerme a escribir sobre el tema –tras un largo tiempo de silencio en este blog por distintas circunstancias ajenas a él–, porque no encontraba esa motivación.

¿Por qué? En primer lugar, por la misma convocatoria y luego por lo que hemos ido viendo en la historia de los mismos sínodos. Una convocatoria que está hecha desde arriba y controlada por los de arriba –y no precisamente por el Señor de los cielos, sino por señores de la tierra…– tanto en el proceso de elaboración –incluso la participación del pueblo desde unas preguntas ya elaboradas previamente por ellos…–, como en el tratamiento de las conclusiones, y, lo que es más importante, por lo que se va a hacer con estas. Es un “sínodo de los obispos”, lo convoca el papa y la curia vaticana; el secretario general será un cardenal –los subsecretarios, otro obispo y una mujer, creo van a decidir muy poco…-, el presidente y el relator serán también arzobispos, etc.

Los sínodos, revitalizados tras el Concilio Vaticano IIson solo “organismos consultivos”, y tienen por misión “asesorar al papa” en el tema propuesto; por eso, es éste el que escribe el texto final tras su conclusión, la “Exhortación Apostólica Postsinodal”,  y lo hace según le parece él. Es decir, no tienen ninguna capacidad real de decisión. Y así ha ocurrido en la historia de estos desde Pablo VI hasta Francisco. 

Ha ocurrido desde el primero (1967) conPablo VI, aún en el clima ilusionante del Vaticano II, pero que tenía un título menos sugerente que el actual (“Preservación y fortalecimiento de la fe católica, su integridad, su fuerza, su desarrollo, su coherencia doctrinal e histórica”), los siguientes (1969, 1971 y el de 1974 que dio lugar a la hermosa “Evangelii nuntiandi”); luego los que se realizaron en el pontificado de Juan Pablo II (1977, 1980,1983, 1985, 1987, 1990… 2003) y en el de Benedicto XVI (2005, 2008, 2009 y 2010). Al último (2019), con Francisco, el Sínodo de la Amazonia, que pretendía abrir “nuevos caminos para la Iglesia”; pero sus grandes e ilusionantes propuestas sobre el ministerio y las nuevas formas de evangelización desde los laicos, hechas en la periferia, quedaron en papel mojado.

¿Será este nuevo sínodo 2021-2023 diferente? Me temo que no. Primero, por su convocatoria; aunque se pretenda “escuchar a toda la Iglesia y encontrar métodos que faciliten llevar este concepto de sinodalidad a la práctica”, está realizada desde una autoridad impuesta a todo el pueblo de Dios que no va a hacerse el harakiri. Y segundo, por su planteamiento también jerárquico; las reflexiones previas seguirán siendo utilizadas solamente según el arbitrio del papa y la curia vaticana. Se ha destacado mucho la “novedad”, por primera vez en la historia de los Sínodos, de no limitarse el sínodo a la Asamblea de los obispo en octubre de 2023, sino que habrá una presunta participación de todo el pueblo de Dios (sacerdotes, religiosos/as, laicos/as, hombres, mujeres, jóvenes, adultos…); comenzando con fases previas de consulta en las Iglesias particulares, particularmente de los laicos y las comunidades, según laintención del papa Francisco en que “la Iglesia entera participe en la búsqueda de métodos en pos de la sinodalidad”.

Pero esto ¿será realmente escuchar la voz da la Iglesia de base?¿Qué ocurre con los que ya de entrada van a ver excluida y/o silenciada su voz? En primer lugar, las mujeres, ¿estarán en él realmente en pie de igualdad con los clérigos varones, obispos o incluso del más bajo escalafón? Pero también  los divorciados y vueltos a casar, las personas LGBTIQ y los bautizados/as “rebeldes”… No es de extrañar que en algún comentario se haya escrito que para creer realmente en la eficacia democrática del sínodo le gustaría tener la lista de las cosas que realmente cambiarían, tras las propuestas hechas, y comprobar luego si es verdad; para que no ocurra lo tan sabido de hacer creer que algo cambia para que realmente nada cambie.

Luis Marín

Luis Marín, subsecretario del Sínodo, dijo hace unos meses en unas Jornadas de Apostolado Seglar de la CEE  que “el sínodo no se hace para que todo siga igual”, valorando la corresponsabilidad real de los laicos. Frente a un modelo eclesiológico piramidal que calificó como “falso”, dijo que había otro que también lo era: un “modelo de esfera” donde todos somos iguales y todos votamos y decidimos. Y propuso una tercera imagen: El poliedro: mismo nivel, pero distintas caras, distintos colores. Diversidad en unidad: comunión, participación y misión en una Iglesia pueblo de Dios que camina unido”.Muy bonito; pero la realidad es que si en la iglesia el poder no es circular y democrático/koinónico, sigue siendo piramidal/feudal y solo lo ejercen unos pocos, que a todo más le darán a los laicos migajas de participación para contentarlos.

Me temo que esto será lo que ocurra una vez más con este sínodo, a pesar de las ilusiones puestas en él. Mientras no se dé un verdadero “cambio estructural de la Iglesia”,que pedía el gran teólogo Karl Rahner hace cincuenta años (1971) en el contexto de un sínodo de la Iglesia alemana, se tratará de parches que no van a cambiar realmente nada.

IGNACIO ELLACURÍA, TEÓLOGO Y MÁRTIR. 

Ignacio Ëllacuría

 Han sido pocos los hombres de Dios que han impactado mi vida, pero uno de ellos ha sido Ignacio Ellacuría. Tengo muy vivo en mi memoria la última vez que nos vimos. Hace más de treinta años en los pasillos del colegio La Salle de Santiago se cruzaron nuestras miradas y pude ver en su mirada tierna la mirada de un Santo que luchó sin temer, la mirada de un hombre que decidió seguir a Dios hasta dar la vida por los más desfavorecidos del Salvador. 

Una mirada limpia y tierna como la de Ignacio Ellacuría que no se olvide con el paso de los años sólo es posible si, en todo, primero mantenemos los ojos fijos en Jesús. Sólo en Cristo podemos vivir la radicalidad de nuestra vida cristiana, porque es Él quien nos da la fuerza para hacerlo; es Él quien nos acompaña a través de la misericordia del Corazón de Dios. 

Para algunos jerarcas aliados con la oligarquía y el poder político, el asesinato se debió a que los jesuitas se habían alejado de su misión pastoral y se habían implicado en la actividad política del lado de los guerrilleros revolucionarios. “¡Se lo tenían merecido!” 

Pero  Ignacio Ellacuría afirmaba que la causa de la guerra no era la agresión comunista, sino la enorme desigualdad social. Por tanto, la paz solo llegaría si cesaba la explotación de los pobres, que constituían el 70 % de los salvadoreños. Algunos obispos, como Marco René Revelo -auxiliar de Romero en el momento de su muerte­ o el salesiano Pedro Arnoldo Aparicio, rechazaban ese análisis porque, decían, justificaba a la guerrilla y fomentaba el odio. 

Con Pedro Arrupe como superior general, la Compañía de Jesús había actualizado su misión afirmando la unión inseparable de la fe y la justicia. El sacrificio de los jesuitas de la UCA confirmó un augurio de Arrupe formulado en 1975 en la Congregación General 32: «No trabajaremos en la promoción de la justicia sin pagar un precio». 

Jon Sobrino, compañero de las víctimas, que se libró de la muerte por encontrarse fuera de El Salvador, piensa de manera muy diferente: los mataron “porque analizaron la realidad y sus causas con objetividad. Dijeron la verdad del país con sus publicaciones y declaraciones públicas. Desenmascararon la mentira y practicaron la denuncia profética. Por ser conciencia crítica de una sociedad de pecado y conciencia creativa de una sociedad distinta, la utopía del reino de Dios entre los pobres. ¡Y eso no se perdona!”. 

Ellacuría lo mataron, responde Eduardo Galeano, “por creer en esa imperdonable capacidad de revelación y por compartir los riesgos de la fe en su “poder de profecía’”. 

Martirio, en la tradición de la palabra griega, significa testimonio. Y así podemos decir que para un cristiano el camino va por las huellas de este testimonio de Jesús para dar testimonio de Él. ¡Un testimonio que muchas veces termina con el sacrificio de la vida! 

El martirio no es objeto de una elección voluntarista, que se asemeja a un sacrificio humano. Sin embargo, el martirio debe seguir siendo una opción posible y concebible cuando se trata de permanecer fieles al Señor; puede convertirse en un signo de nuestro apego al Señor, cueste lo que cueste. Igual que el profeta Jeremías, Ignacio Ellacuría  es la figura del creyente que no busca primero satisfacer a las personas que le rodean, sino que se preocupa ante todo de su fidelidad a la radicalidad de la Palabra de Dios. 

Este es también el mensaje del Evangelio, donde Cristo compara su misión con un fuego que debe quemarlo todo. Todos los que se adhieren a esta misión son atrapados por este fuego. Y este fuego es tal que deja huellas indelebles; el mensaje de Jesús implica una elección radical. Este mensaje debe convertirse en nuestra nueva identidad, incluso más allá del vínculo de sangre. Es este fuego el que debe caracterizarnos en todo, y convertirse en nuestro signo de reconocimiento. 

La palabra «amor» ha sido tan utilizada que ya no dice mucho. Debemos, pues, comprender que el verdadero amor -en el fondo, el único amor verdadero- es aquel que se pone en acción, que está dispuesto a sacrificarse por el bien de los demás. Recordemos al mismo Jesús: «Habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo». Así pues, el único criterio que puede dar sentido a nuestros sacrificios, incluso a la posibilidad del martirio, es este amor sin límites, que encuentra su fuente en el propio amor de Dios por nosotros. 

No hay amor más grande que dar la vida por los amigos», dijo Jesús. Así que no es novedad que dar la vida por los demás te introduce en el Amor, que es eterno. 

Afirma el papa francisco: «El heroico ofrecimiento de la vida, sugerido y sostenido por la caridad, expresa una verdadera, plena y ejemplar imitación de Cristo y, por lo tanto, es merecedor de aquella admiración que la comunidad de los fieles suele reservar a aquellos que voluntariamente han aceptado el martirio de sangre o han ejercido en grado heroico las virtudes cristianas». «Son dignos de especial consideración y honor aquellos cristianos que, siguiendo más de cerca las huellas y las enseñanzas del Señor Jesús, han ofrecido voluntaria y libremente su vida por los demás y han perseverado hasta la muerte en este propósito» añade 

¡Dar la vida por los demás es una heroicidad del amor. Es la mejor expresión de la lealtad al ser humano! 

Cristo, con su ejemplo y muerte en la cruz, nos dice: «no hay amor más grande que el que da la vida por sus amigos». (Juan 15, 13). Y cuando dice «amigos» se refiere a todos, porque para Él no hay enemigos. El dio la vida por nosotros. 

Amar al prójimo como a uno mismo no es nada fácil, porque requiere «dar la vida», darse a los demás, a todos. Y se nos exhorta a hacerlo como si nos lo diésemos a nosotros mismos. Ahí está la cuestión: porque darse para uno mismo no cuesta; darse a unos pocos tampoco; darse a «los tuyos, menos, pero darse a todos cuesta, porque no tratamos ni queremos a todos igual. 

Por tanto, ser cristiano, seguir a Cristo es «dar la vida» por los demás. Es llevar el mensaje de amor de Cristo a otros manifestando un «amor total». El amor es el verdadero mensaje. 

“La única manera de predicar la cruz al pueblo crucificado es convertirse en uno de los crucificados” Jon Sobrino 

Testimoniar a Cristo es la esencia de la Iglesia que, de otro modo, acabaría siendo sólo una estéril «universidad de la religión» impermeable a la acción del Espíritu Santo. 

La meditación sobre la fuerza del testimonio surgió del pasaje de los Hechos de los apóstoles (7, 51-8,1) que relata el martirio de Esteban. A sus perseguidores, que no creían, Esteban dijo: «Duros de cerviz, incircuncisos de corazón y de oídos. Vosotros siempre resistís al Espíritu Santo». Y precisamente estas palabras de una forma u otra, las había dicho Jesús, incluso literalmente: como eran vuestros padres así sois vosotros; ¿hubo un profeta que vuestros padres no persiguieran?» 

Los Hechos de los apóstoles puntualizan que Esteban estaba lleno del Espíritu Santo. Y, en efecto, no se puede dar testimonio sin la presencia del Espíritu Santo en nosotros. En los momentos difíciles, cuando tenemos que elegir la senda justa, cuando tenemos que decir que “no” a tantas cosas que tal vez intentan seducirnos, está la oración al Espíritu Santo: es Él quien nos hace fuertes para caminar por la senda del testimonio. 

El catecismo de la Iglesia católica dice: El deber de los cristianos de tomar parte en la vida de la Iglesia, los impulsa a actuar como testigos del Evangelio y de las obligaciones que de él se derivan. Este testimonio es transmisión de la fe en palabras y obras. El testimonio es un acto de justicia que establece o da a conocer la verdad (cf Mt 18, 16): «Todos […] los fieles cristianos, dondequiera que vivan, están obligados a manifestar con el ejemplo de su vida y el testimonio de su palabra al hombre nuevo de que se revistieron por el bautismo y la fuerza del Espíritu Santo que les ha fortalecido con la confirmación» (AG 11). El martirio es el supremo testimonio de la verdad de la fe; designa un testimonio que llega hasta la muerte. El mártir da testimonio de Cristo, muerto y resucitado, al cual está unido por la caridad. Da testimonio de la verdad de la fe y de la doctrina cristiana. Soporta la muerte mediante un acto de fortaleza. “Dejadme ser pasto de las fieras. Por ellas me será dado llegar a Dios” (San Ignacio de Antioquía, Epístola ad Romanos, 4, 1). 

Hemos perdido a un gran siervo de Dios, pero nos quedan sus escritos, sus mensajes y reflexiones… Y a través de ellos podemos  descubrir las profundas verdades que nos deja este hombre ejemplar, pastor, siervo, profeta y visionario. Dios le dará la recompensa a tan digno ministro del Evangelio. 

Caravias, un cura con los pobres


«El librito Vivir como hermanos. Reflexiones bíblicas sobre la hermandad (1971) tuvo una difusión inusitada, con numerosas ediciones no solo en español, sino en portugués, inglés y alemán»
«El libro está claramente en el espíritu y el estilo de la Teología de la Liberación; vio la luz poco después del Sínodo de Medellín, que revolucionó la Iglesia en América Latina, el mismo año que el libro programático de Gustavo Gutiérrez Teologia de la liberación. Perspectivas (Lima, 1971)»
En aquellos años 70, muchos campesinos paraguayos fueron apresados y torturados por tener y usar este “panfleto altamente subversivo”
«El gobierno paraguayo del dictador Alfredo Stroessner persiguieran al libro y a su autor hasta ser secuestrado y expulsado del país»
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Vivir de manera consciente

Espiritualidad y filosofía empujan a vivir de manera consciente Superficialidad e inconsciencia versus consciencia de la Realidad
«El budhhismo enseña que en la comprensión y el conocimiento está la esencia del amor»
«Deleuze decía que el pensamiento estúpido es ‘la bajeza del pensamiento'»
«No hay belleza sin compromiso ético/moral con la realidad social»
«Superficialidad es ser indiferente a las alegrías y las penas de mis hermanos y hermanas»
12.11.2020 | Victorino Pérez Prieto
“La epidemia más grande de nuestro mundo es la superficialidad”,gustaba repetir Raimon Panikkar. Contrariamente al escándalo que en alguien podría suscitar esta afirmación, pensando que hay otros problemas mucho más graves en el mundo como el hambre, la muerte de millones de niños, la injusticia y la violencia cometida cada día contra los pobres, o el gravísimo y creciente atentado de los humanos contra la madre Tierra, no se trata de una expresión banal.
Superficialidad tiene que ver con vivir en la superficie de la Realidad, no ver en profundidad la realidad, no pensar mucho; en oposición a una perspectiva filosófica y estética más “profunda”. Tiene que ver también con lo ético y lo espiritual, con una manera de ver el mundo y estar en el mundo. Tiene que ver con vivir de manera inconsciente, no consciente de lo que la Realidad es. El budhhismo enseña que en la comprensión y el conocimiento está la esencia del amor, como dice el gran maestro budhhista Thich Nat Hanh: “Con la plena consciencia, vemos que la otra persona sufre, y es justamente esto lo que nos motiva a hacer algo para que no sufra”. De esta manera, el conocimiento en profundidad, la comprensión de la Realidad tal como es “es la esencia misma del amor”. “Sin comprensión no es posíble el amor” (Bouddha et Jésus sont des frères).
Y el filósofo francés Gilles Deleuze dice que si se pregunta para qué sirve la filosofía hay que decir que la filosofía consiste en “la lucha contra la estupidez”; “el pensamiento estúpido” es la bajeza de pensamiento. La filosofía consiste en vencer la pereza mental asociada al statu quo apelando a una “tierra nueva” (Nietzsche y la filosofía). La superficialidad es un atentado contra lo que es verdaderamente ser humano.
«Somos consciencia; si vivimos en la inconsciencia, no vivimos»
Una vieja y conocida máxima latina dice nulla aesthetica sine ethica; no hay estética, no hay belleza sin compromiso ético/moral con la realidad social en la que uno vive. La frase le costó la cátedra a José María Valverde –poeta y catedrático de Estética en la Universidad de Barcelona– en los últimos años del franquismo, junto con José Luis Aranguren, catedrático de Ética en la de Madrid. Superficialidad significa vivir en la banalidad y la tontería, en la superficie; vivir al margen de la realidad que nos rodea, al margen de lo que la Realidad es realmente. Superficialidad es vivir centrado solamente en los propios intereses materiales egoístas, sin importar gran cosa lo que le ocurra a los demás seres humanos y al mundo que me rodea; a la Tierra de la que formo parte, pues somos hijos de Adam (adamâh, hijos de la tierra). Superficialidad es ser indiferente a las alegrías y las penas de mis hermanos y hermanas, al goce y al dolor de nuestro mundo; es ser indiferente a lo que le ocurra al resto de la Realidad.
Superficialidad es, en fin, no ser conscientes de que somos tierra y espíritu, en cualquiera de las acepciones que se le quiera dar a éste. Somos consciencia; si vivimos en la inconsciencia, no vivimos. Sin una espiritualidad religiosa o laica no podemos ser plenamente humanos. La espiritualidad es el único lugar en el que podemos encontrarnos los creyentes de todas las religiones y las personas no religiosas que buscan vivir con profundidad, intensidad, veneración y honestidad su existencia. Ese lugar es el camino de la salvación o liberación cristiana, pero también el de la iluminación oriental y la realización secular. Por eso escribe Raimon Panikkar:
“La historia de la espiritualidad coincide con la historia misma del ser humano. En el fondo, es la dimensión más real y efectiva de la historia humana, puesto que verdadero quehacer humano no es tanto hacer guerras, naciones o culturas, como hacerse a sí mismo y llevar a cabo su ‘salvación’… La sed de ‘más allá’ ha sido en última instancia la mayor fuerza que ha impelido en todo momento a la humanidad a caminar por este mundo, no solo para escalar el cielo, sino para alcanzarlo precisamente allí en donde el cielo y la tierra parecen juntarse en el horizonte histórico, siempre futuro, siempre lejano, y al mismo tiempo presente y al alcance de la vista” (Espiritualidad hindú. Sanātana dharma).
La mística busca una experiencia integral de la Realidad, una vida en plenitud: la consciencia de comunión profunda con toda la Realidad. Raimon Panikkar la define como “experiencia plena de la vida”, a la que está llamado todo ser humano (De la mística. Experiencia plena de la vida). Es la experiencia del ser humano que es “espíritu místico, tanto como animal racional y ser corporal”; no una “especialización”, sino la visión integral del ser humano; “experiencia integral de la vida” o de la Realidad, más que experiencias extáticas o elucubraciones conceptuales.
La mística es la mirada profunda y atenta a la realidad: mirar profundamente. Vivir con plenitud es vivir de modo consciente, con atención plena. Es abrir los ojos y despertar a la Realidad, más allá de toda visión reduccionista de ésta. Es atreverse a ver la Realidad incluso más allá de nuestras ideas y creencias, temores y deseos; más allá de la razón, pues el ámbito de lo real desborda lo inteligible, ya que la razón es limitada y la Realidad es más grande que nuestra razón. Esto me parece muy claro, a pesar de que Hegel haya llegado a decir que “todo lo real es racional y todo lo racional es real” (Elementos de la Filosofía del Derecho).
No se trata de renunciar a la razón, sino de relativizarla, para llegar a lo transracional. Por eso, la experiencia mística supone tener muy despiertos no sólo los ojos de la cara, sino los “tres ojos del conocimiento”: el ojo sensible/empírico, el ojo racional/filosófico y el ojo espiritual/contemplativo (tercer ojo), para poder gozar plenamente de la vida (Cf. V. Pérez, “Los Tres Ojos del Conocimiento en San Buenaventura. De la reductio Bonaventuriana al pensamiento complejo de Edgar Morin y la perspectiva cosmoteándrica de Raimon Panikkar”,Perspectivas sobre el pensamiento de San Buenaventura de Bagnoregio y otros estudios, Bogotá 2018).
La superficialidad tiene mucho que ver no solo con la banalidad, la moral y la espiritualidad, sino también con una perspectiva fragmentaria de ver la Realidad, frente a la visión de su Unidad como no-dualidad: sólo existe la Unidad en la diferencia que apreciamos a cada instante. La superficialidad es una perspectiva en la que yo me veo como individuo aislado del resto de la Realidad, considerando ésta a mi servicio: es verme como sujeto y a todo lo demás como objeto que está ahí para mi disfrute.
Es la perspectiva del self-made manamericano, el hombre que cree que se ha hecho a sí mismo; Benjamin Franklin, uno de los “padres fundadores” de los Estados Unidos de América, fue descrito como “el más original self-made man”. Pero, en realidad, todos somos seres dependientes desde que nacemos hasta que morimos, necesitamos siempre de los otros y otras y de nuestro entorno para existir. Hasta Simón el Estilita –ridiculizado en la película de Luis Buñuel Simón del desierto– necesitaba para subsistir al menos que le llevaran el agua y las verduras hasta la columna en la que estaba encaramado en medio del desierto cerca de Alepo (Siria), en el siglo V.
Solamente los insensatos afirman no deber nada a nadie, o que ellos se han hecho a sí mismos sin la ayuda de otros; pero en toda nuestra trayectoria vital han colaborado multitud de personas. Es la grandeza y lo asombroso de nuestra existencia: reconocer cómo todos estamos/somos interrelacionados, vamos interactuando y tejiendo redes y urdimbres de las que salimos fortalecidos.
La superficialidad es lo contrario de ver la Realidad como el tejido sin costuras que verdaderamente es: una Realidad en la que todo está absolutamente interrelacionado/ interconectado. La superficialidad fragmentaria es lo contrario de la unidad y armonía de la Realidad.
El mismo Albert Einstein decía en una conocida y mil veces repetida frase: “Nuestra separación de los demás es una ilusión óptica de la consciencia” y esta ilusión es una prisión para nosotros; nuestra tarea debe ser librarnos de esta prisión para abrazar toda la Realidad.

Los Santos Padres Latinoamericanos contemporáneos II

Casaldàliga y la estirpe de grandes obispos latinoamericanos contemporáneos (2)

17.09.2020 | Victorino Pérez Prieto

Hace ahora un mes, con ocasión del paso al mar de la plenitud en Dios de Pedro Casaldáliga, hablé aquí de otros grandes obispos latinoamericanos contemporáneos: los mexicanos Sergio Méndez Arceo y Samuel Ruiz, los brasileiros Hélder Câmara y Antonio Fragoso, el ecuatoriano Leónidas Proaño, los argentinos Jaime de Nevares, Eduardo Pironio y Enrique Angelelli, el colombiano Gerardo Valencia y el salvadoreño Oscar Romero. Quiero ahora añadir algunos más: los chilenosManuel Larrain y Raúl Silva Enríquez, los cardenales brasileiros Aloísio Lorscheider y Paulo Evaristo Arnsy el ecuatoriano Alberto Luna Tobar. También quiero aportar ahora algo más de información y reflexión, sobre todo de la mano de un memorable trabajo de José Comblin (1923-2011), importante exponente de la Teología de la Liberación: “Los Santos Padres de América Latina”, que hace una calificación más exigente de esa “estirpe”, al compararlos con los Santos Padres de la Iglesia universal.

El trabajo de Comblin fue publicado inicialmente en 1984 y luego años después en la Revista Latinoamericana de Teología, más completo en Concilium y, muy resumido, en el portal de Koinonía. La publicación en Concilium (n. 333, 2009) formaba parte de un número monográfico sobre el tema, en el que había otros artículos sobreHélder Câmara, Leonidas Proaño, Sergio Méndez Arceo, Aloísio Lorscheider y Oscar Romero, disculpándose en el editorial por la falta de un estudio específico sobre Manuel Larraín. El número se completaba con un trabajo de G. Gutiérrez sobre Bartolomé de Las Casas, otro sobre “Matrística latinoamericana” (donde destaca el caso singular de Sor Juana Inés de la Cruz, considerada por algunos autores como una genuina madre de la Iglesia Latinoamericana en el sentido clásico) y otro sobre el “Magisterio colectivo en el episcopado latinoamericano y caribeño”.

Entre los obispos fundadores de la Iglesia latinoamericana, Comblin habla de los “tenores”, la primera generación: Manuel Larraín y Hélder Câmara–losmayores referentes, a los que llega a calificar como “los dos santos padres por excelencia”,  Sergio Méndez Arceo, Leónidas Proaño y Eduardo Pironio –de los que hablé en mi primer artículo, salvo del primero–, Ramón Bogarín (obispo de San Juan Bautista de las Misiones, Paraguay) y José Darnmert (obispo de Cajamarca, Perú). Junto a ellos, y presentes desde el inicio, Antonio Fragoso –del que hablé también en mi primer articulo–, el cardenal Silva Henríquez, José Távora, Fernando Gomes dos Santos y Landázuri Ricketts. Tras esa primera generación, vino una segunda en la que cita en primer lugar a los mártires Óscar Romero, Enrique Angelelli, Gerardo Valencia –de los que hablé también en mi primer artículo– y Juan Gerardi (obispo guatemalteco asesinado brutalmente en 1998, tras la publicación del informe Guatemala: nunca más), a los cardenales Aloísio Lorscheider  y Paulo Evaristo Arns, y al argentino Poncede León.

Comblin añade otros  nombres destacados como el mexicano Samuel Ruiz y el argentino Jaime de Nevares –de los que hablé en mi primer artículo–, su compatriota Fernando Ariztia, José Dammert (renovador de la Iglesia en Perú), el chileno Enrique Alvear, el paraguayo Santiago Benítez, el panameño Marcos McGrath y los brasileiros Tomás Balduino, Pedro Casaldáliga, Cándido Padin, José Maria Pires, Luciano Mendes de Almeida, Erwin Kräutler, Moacyr Grechi y Valdir Calheiros. Comblin no nombra a Podestá –aunquepudiera tener motivos de cara a una nueva Iglesia con curas casados y mujeres curas–, ni a Luna Tobar, de quien hablaré aquí.

Para Comblin, estos obispos poseían las cualidades de los Santos Padres:

  1. Santidad evidente. Un par de ejemplos, Hélder Câmara vivía realmente pobre; su casa era la sacristía de una vieja capilla de los tiempos de la colonia, sin coche ni asistenta; él mismo abría la puerta y atendía a todos los mendigos que pasaban por allí; y era un místico que vivía constantemente en la presencia de Dios, irradiando fe y esperanza. Leonidas Proaño vivía en una casa de ejercicios donde ocupaba dos pequeñas habitaciones, una para los libros y otra para dormir; visitaba las comunidades miserables de los indios oprimidos; comía con ellos, dormía con ellos; vestía poncho y una vieja corbata que tenía 25 años.
  2. Fidelidad al Evangelio con todo el rigor posible, dedicando todos los minutos de sus vidas a él, sin reservar nunca tiempo para satisfacciones personales.
  3. Entendieron perfectamente las señales de los tiempos y organizaron toda su vida para responder a los desafíos de su pueblo.
  4. Fueron y siguen siendo venerados como santos por todas las personas que los conocieron. Aunque todos sufrieron la persecución de la sociedad civil y los poderes eclesiásticos, padeciendo la incomprensión de sus hermanos y conociendo la soledad.

 

Los ministerios de las mujeres en la Iglesia

Otra vez sobre los ministerios de las mujeres en la Iglesia

  • 03.09.2020 | Victorino Pérez Prieto

Me ha llamado la atención un post de Xabier Pikaza –colega en estos blogs de RD– de título sugerente: “Jesús y las mujeres. Sobre ellas refundaré mi Iglesia”. Leo las frases de la entradilla y me llama la atención que, tras decir que “estas mujeres serán como María Magdalenarefundarán la iglesia” –palabras con las que estoy completamente de acuerdo, yo ya he escrito algo semejante hace muchos años – escribe que  “no serán como muchas ‘obispas’ o ‘presbíteras’ actuales, que…no sirven para para refundar la iglesia, sino para que sea más de lo  mismo”; este es otro cantar…

Lo sorprendente es que, leyendo detenidamente el largo texto hasta el final, veo que se trata solamente de la presentación de un libro del teólogo irlandés O’Murchu –que muchos conocemos por su “teología cuántica”– sobre la vida religiosa en el siglo XXI; Pikaza no vuelve a hablar en su artículo de esas “obispas” y “presbíteras” que “no sirven para para refundar la iglesia”. ¿Cuál es entonces la razón para decir en la entradilla que esas mujeres que han recibido el ministerio ordenado no sirven para construir la nueva Iglesia? ¿Será acaso por la obsesión que tiene este teólogo y otros con el camino pacífico que han emprendido hace años en la Iglesia las mujeres presbíteras –católicas o protestantes–, que en las últimas semanas han tenido un gran protagonismo en los medios de todo el mundo por unas acciones en Francia?

En otra ocasión escribió Pikaza sobre “La Comunidad de Magdala y el Nuevo Colegio Apostólico de Mujeres Sacerdotes”, contraponiendo la primera (cf. D. Lemar, La comunidad de Magdala), que bien podría “refundar la Iglesia” por sus presupuestos, a la Asociación de Mujeres Presbíteras Católicas Romanas (ARCWP), a la que pertenece Christina Moreira, que… no podria hacer tal cosa.

No tengo la más mínima intención de entrar en la competición de quién hace aquí las afirmaciones más originales, o más de moda sobre el sacerdocio de las mujeres… para captar más lectores. Además, ya he dicho en otras ocasiones que creo que son las mujeres implicadas las que deben escribir sobre lo que ellas quieren, por qué lo quieren y para qué lo quieren; ellas son las que deben decir sobre sus opciones, que ya son mayorcitas para aceptar tutores. Y yo tengo en mi casa una de ellas, que estudió teología, escribe muy bien y, además, preside muy dignamente la celebración de nuestra comunidad de base: Christina.  Sé bien que si algo tienen claro estas mujeres presbíteras es no querer repetir los viejos esquemas clericales-patriarcales, que tanto daño le han ello a ellas y a toda la Iglesia. Pero quiero hacer unas reflexiones al respecto. En primer lugar recordando dos trabajos míos publicados hace tiempo. Uno sobre la Iglesia del futuro que yo veo y el papel de las mujeres en ella. Y otro, más sencillo, sobre mujeres ordenadas fuera de la Iglesia católica, por alusión a que Pikaza habla sobre pastoras de iglesias escandinavas que tampoco “sirven para para refundar la iglesia”.

  1. a) Hace casi veinte años di una conferencia en Lisboa, organizada por Somos Igreja-Portugal, que posteriormente sería publicada como “O futuro da Igrexa e a Igrexa do futuro” (Encrucillada, n. 131, 2002). Como los profetas bíblicos que hablan del futuro a partir del presente, empezaba diciendo: “Lo que va a venir es el fruto de lo que es, de lo que hay” (Cf. Jer 1,11-15). Mirar el futuro es mirar el presente con imaginación creadora y actitud esperanzada. Respondiendo al título, hablaba allí de “LaIglesia autoritaria-piramidal, un proyecto caduco” y de “El futuro de la Iglesia es una Iglesia nueva: la comunidad de iguales en el seguimiento de Jesús”. Entre otros, citaba en esta segunda parte precisamente un polémico libro de Xabier Pikaza que acababa de ver la luz y sobre el que yo había escrito una laudatoria recensión: Sistema, Libertad, Iglesia. Instituciones del Nuevo Testamento (2001); decía en él que el cristianismo ya no puede intentar ser un sistema contra otro sistema, sino que debe buscar llevar a la gente, humildemente, a su propuesta alternativa.

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Cuidado de la Madre Tierra (9)

A 5 años de la Laudato Si (3)

  • «Laudato Si’», una cosmovisión nueva con una concepción relacional de la Realidad, holista y no-dualista

02.07.2020 | Victorino Pérez Prieto

En los dos desafíos clave de la encíclica de Francisco (una denuncia de la degradación ecológica con llamada a una respuesta ética consecuente, y una cosmovisión nueva marcada por una concepción relacional de la Realidad) que he venido comentando, es este último el que me parece más novedoso, aunque fue más ignorado en comentarios y congresos sobre la encíclica. De él me ocuparé hoy.

Más allá de la importancia de las denuncias y propuestas ecologistas, considero que la mayor aportación de la Laudato si’ es una interpelación aún más innovadora y desafiante para la teología cristiana, el pensamiento y el mundo moderno. Se trata de una cosmovisión nueva, que llama a una ecología verdaderamente integral, no solo en el aspecto social y ético: una cosmovisión relacional, holista y no-dualista. Fue el aspecto que más me llamó la atención ya en mi primera lectura de la encíclica. Me pareció entonces y ahora algo particularmente novedoso y aún revolucionario, por el pavor secular que el Magisterio de la Iglesia y la teología cristiana han tenido a lo largo de su historia a todo lo que pudiera sonar a panteísmo, de cerca o de lejos. En ese miedo iba incluido el hecho de hablar de una Realidad en la que todo está conectado, interrelacionado, incluso la misma Divinidad.

Esa fue una de las razones más importantes del miedo de la Iglesia a los místicos; con su visión de la Unidad en la diversidad y su tendencia a integrar en el Todo al mismísimo Dios trascendente; denunciaban el olvido de que en el cristianismo ese Dios trascendente es también inmanente. El miedo a los místicos –además del temor de la institución ante unas personas absolutamente libres– era el miedo a la comunión radical con Dios; al proceso de divinización que buscaban en la unión mística, como si eso pudiera “rebajar” la grandeza divina. Pero como escribía Panikkar hace años: “El Humano no es menos humano cuando descubre su vocación divina, ni pierden los Dioses su divinidad cuando son humanizados” (La nueva inocencia).

La consumación o unión lleva al ser humano a una toma de conciencia de lo que es, de que su realidad es divina; lo lleva a reconocerse en Dios. San Buenaventura dice: “Es necesario entrar en nuestra alma, imagen eviterna de Dios… Es necesario trascender al Eterno espiritualísimo y superior a nosotros” (Itinerarium mentis in Deo I, 2). Y el Maestro Eckhart llega a decir “Dios y yo somos uno”. “El fondo de Dios es mi fondo y mi fondo es el fondo de Dios… Dios no pide otra cosa de ti, sino… que dejes a Dios ser Dios en ti” (Sermones “Dios y yo somos uno” y “Vivir sin porqué”). En fin, el gran místico sufí Al-Hallaj llega a decir: “Mi ‘yo’ es Dios”.

La cosmovisión nueva que vemos en la encíclica se manifiesta en primer lugar por ser de las expresiones más repetidas a lo largo del texto de Laudato si’:más de 200 veces. Son las más repetidas después de ecología y medio ambiente: Todo está conectado, todo está relacionado, entrelazado. Estamos interpenetrados. Toda la Realidad forma un tejido sin costuras. Formamos parte de una comunión universal, con la que estamos en una profunda interdependencia.

1) Todo está conectado

“Una nueva óptica… la convicción de que en el mundo todo está conectado” (n.16).

La convicción de que en la Realidad todo está conectado no es una expresión ocasional, sino que el mismo papa Francisco la califica de uno de “los ejes que atraviesan toda la encíclica” (n. 16), junto con otros que hemos citado anteriormente. El papa es consciente de que esta perspectiva interrelacional es una “nueva óptica”; una nueva visión de la Realidad, que supone también una nueva concepción.

El hecho de que “todo está conectado” supone “amor sincero hacia los seres [humanos y no humanos] y un constante compromiso” (n. 91).  La consecuencia lógica es que si se pierde esta conexión, el ser humano se desmorona (n. 117).

Esta interdependencia no afecta solamente a los seres humanos y a los seres vivos, sino a toda la Realidad: “El tiempo y el espacio no son independientes entre sí, y ni siquiera los átomos o las partículas subatómicas se pueden considerar por separado… conforman una red que nunca terminamos  de reconocer y comprender” (n. 138).

Francisco saca una conclusión teológico-espiritual genial de esta interconexión, para llevarla hasta la Trinidad divina. Dios no es el gran solitario, es pura conexión-comunión amorosa, es Trinidad: “Todo está conectado, y eso nos invita a madurar una espiritualidad de la solidaridad global que brota del misterio de la Trinidad” (n. 240). Seguir leyendo

Cuidado de la Madre Tierra (8)

A 5 años de la publicación de la Laudato Si (1)

Victorino Pérez Prieto: «Laudato Sí, una encíclica única y revolucionaria en la historia del Magisterio de la Iglesia»

Consciente de la gravedad del momento –el hecho de que en los últimos cincuenta años los humanos hayamos destrozado la Tierra más que en todos los siglos anteriores de nuestra historia–, Francisco lanza en su encíclica Laudato si’ un desafío al mundo, a la teología y a los cristianos

15.06.2020 | Victorino Pérez Prieto

Leía hace un par de semanas en Religión Digital, en las vísperas del Día Mundial del Medio Ambiente, que el papa Francisco encomendó a un jurista argentino una Fundación Laudato Si’. Se trata de una fundación internacional para aplicar la encíclica y trabajar para acercar posiciones entre los Estados con relación a la disminución de las emisiones de los gases de efecto invernadero. La fundación tendrá sede en Madrid y parece que comenzará a trabajar antes de fin de año. Me interesó la noticia particularmente por dos razones: la primera por la importancia de la encíclica en el imprescindible compromiso ecológico de cristianos y no cristianos; y la segunda por lanzarse la idea durante un seminario virtual organizado por KAICIID (King Abdullah bin Abdulaziz International Centre for Interreligious and Intercultural Dialogue), una institución con sede en Viena dedicada a la promoción del diálogo entre diferentes culturas y religiones. Ambos son temas teológicos que me han interesado mucho desde hace años y sobre los que he publicado varios libros y bastantes artículos.

Como se ha repetido desde el comienzo de su pontificado, el papa Francisco ha supuesto una verdadera revolución pacífica en la Iglesia. Era “el papa de la primavera”, tras el largo invierno eclesial que con Juan Pablo II y Benedicto XVI. Sus primeras declaraciones supusieron, particularmente, una apuesta de diálogo ecuménico e interreligioso y una apertura al mundo tan rotunda que tuve que cambiar el título del apartado de uno de mis libros más queridos, que estaba en ese momento ya en proceso editorial: La búsqueda de la armonía en la diversidad. El diálogo ecuménico e interreligioso desde el Concilio Vaticano II (Verbo Divino, 2014). Iba a titularse “De la primavera de Juan XXIII al invierno de Juan PabloII”, pero, con el advenimiento y primeras declaraciones del nuevo papa, debí de cambiarlo por “De la primavera de Juan XXIII a la de Francisco”. Afirmaba allí que Francisco podría convertirse en el pontífice más comprometido de la historia con el diálogo interreligioso. Y recogía una de sus frases más geniales entonces, especialmente llamativa por salir de la boca del máximo responsable de la Iglesia católica: “Yo creo en Dios, pero no en un Dios católico. No existe un Dios católico. Existe Dios, mi Padre”.

Además del compromiso con el diálogo interreligioso, Francisco empezó pronto a manifestar su compromiso ecologista, y en el 2015 salió a la luz el texto que será, posiblemente, el más importante de su pontificado: su encíclica Laudato Si’. Entre los muchos aspectos de este papa polifacético, ese ocupó desde entonces más espacio que ninguno en los noticiarios de rtv y las portadas de periódicos y revistas. Fue un texto que leí inmediatamente y que me interesó sobre todo por su búsqueda de la armonía con toda la creación y una concepción relacional de la Realidad (todo está interconectado), más aún que su importante denuncia ecológica y sus magníficas propuestas ecologistas. Francisco denunciaba valientemente una situación de nuestro planeta que oprime a los más pobres y a la misma naturaleza, al buscar la rentabilidad económica como la razón más importante de estar en el mundo. En uno de sus discursos ese año, dijo unas palabras –que  de un modo u otro ha repetido en numerosas ocasiones– con el eco valiente de los viejos profetas bíblicos,  llamando ídolo al capital (Mammon) y “el estiércol del diablo” a la ambición económica:

“Se está castigando la tierra, los pueblos y las personas de forma salvaje. Y por detrás de tanto sufrimiento, tanta muerte y destrucción, se siente el hedor de aquello que Basilio de Cesarea –uno de los primeros teólogos de la Iglesia– llamaba ‘el estiércol del diablo’: reina la ambición desenfrenada del dinero. Este es el estiércol del diablo… Cuando el capital se vuelve un ídolo y dirige las opciones de los seres humanos, cuando la avidez del dinero domina todo el sistema socioeconómico, arruina la sociedad, condena al hombre, destruye la fraternidad humana, e incluso, como vemos, pone en peligro nuestra casa común, la hermana y madre tierra”. (Discurso en el Encuentro Mundial de Movimientos Sociales en Santa Cruz de la Sierra-Bolivia, 09/07/2015). Seguir leyendo

Panikkar, un maestro para nuestro tiempo

Diez años sin la presencia cálida y lúcida de Panikkar

  • La aportación de su pensamiento es la de un genio, un “maestro para nuestro tiempo”, como proclama uno de los premios que recibió (Premio Nonino, Italia 2001) y como manifiestan las múltiples condecoraciones y reconocimientos que tuvo en diversos países

«Nos unía una fuerte amistad, más allá de su magisterio»

25.08.2020 | Victorino Pérez Prieto

Hace ahora diez años, el 26 de Agosto de 2010, Raimon Panikkar acababa su periplo histórico en su casa de Can Feló en Tavertet (Catalunya), en cuyo cementerio parroquial están enterradas parte de sus cenizas (las otras fueron echadas al Ganges, por expreso deseo suyo). El agua de su gota pasaba a formar parte de ese mar inconmensurable de la Realidad sin fin, donde Dios es todo en todo; entraba ya plenamente en la armonía cosmoteándrica que siempre buscó. Para los que lo queríamos, cesaba la presencia cálida del maestro, su verbo vivo, su constante sonrisa, la expresiva mirada de sus ojos, sus manos siempre gesticulando… pero continuaba en la palabra, igualmente viva, que nos dejaba en sus numerosos escritos (he catalogado hasta la fecha 78 volúmenes en diferentes lenguas y cerca de 2000 artículos), y en las muchas grabaciones en video que nos había regalado, sobre todo en sus últimos años.//

Con ocasión del centenario de su nacimiento (2008) se multiplicaron por todo el mundo congresos, eventos, evocaciones y celebraciones (ver en este blog). También se le recordará en estos días en lugares de Europa, Asia y América. Entre otras, el próximo día 29 en una Misa en la iglesia de Santa Maria de Cadaqués a las 8 de la tarde; y en un conversatorio por zoom, organizado por la Red Iberoamericana de Estudiosos del Pensamiento de Raimon Panikkar (RIAP), con la participación simultánea de algunos panikkarianos españoles (Javier Melloni y el que esto suscribe) y colombianos (Victor Ricardo Moreno y Camilo López).

La existencia histórica de Raimon Panikkar Alemany fue larga (noventa y dos años, 1918-2010) y rica (ver en este blog “Una existencia caleidoscópica”-1 https://www.religiondigital.org/armonia_en_la_diversidad/Raimon-Panikkar-Alemany-existencia-caleidoscopica_7_1994270571.html  y “Una existencia caleidoscópica”-2 https://www.religiondigital.org/armonia_en_la_diversidad/Raimon-Panikkar-Alemany-existencia-caleidoscopica_7_1994270570.html), con sus luces y sus sombras, con sus aciertos y  también con sus errores y contradicciones, como la de todos los seres humanos; así lo dejó reflejado honestamente en sus Diarios, sobre todo en El agua de la gota. Fragmentos de los diarios (Herder 2019). Pero la suya fue una existencia significativa y en muchos aspectos brillante.

La aportación de su pensamiento es la de un genio, un “maestro para nuestro tiempo”, como proclama uno de los premios que recibió (Premio Nonino, Italia 2001) y como manifiestan las múltiples condecoraciones y reconocimientos que tuvo en diversos países. Como el humanista italiano Pico de la Mirándola, Panikkar desarrolló un interés y una apertura a “tutte le materie conoscibili”; y buscó “la posibilidad de entablar un juego limpio de verdad”, según sus propias palabras (Invitación a la sabiduría, 1998). Su obra está reconocida internacionalmente como una de las más innovadoras del siglo XX en el campo del pensamiento; así lo testimonian las múltiples ediciones y traducciones de sus ensayos, así como las numerosas monografias y tesis de doctorado que se han hecho sobre él en universidades de todo el mundo. Se esté o no de acuerdo con sus posturas y sus reflexiones, Raimon Panikkar es, sin duda, uno de los grandes pensadores de nuestra época; llegó a ser calificado como “uno de los pensadores paradigmáticos de la Segunda Era Axial”, por su interdisciplinaridad e interculturalidad (Ewert Cousins,  Christ of the 21st Century, 1992).  Un verdadero “hombre mutante” (“a mutational man”) por su realidad intercultural (“a cross-cultured man”) y por su realidad multidimensional (“multi-dimensional man”) que concilia armónicamente polaridades que parecen irreconciliables entre oriente y occidente, entre ciencia y mística, entre lo mítico y lo racional, filosofía y oración, por primera vez en la historia (“Raimundo Panikkar and the Christian Systematic Theology of the future”, en Panikkar at Santa Barbara, Cross Currents  2, 1979).

Como he escrito en varias ocasiones, Raimon Panikkar fue un hombre excepcional; de un recorrido existencial e intelectual largo, rico y fuera de lo común. En él convergen su origen hindú-cristiano, su formación académica e intelectual interdisciplinar, pero también plurilingüística (publicó en más de media docena de lenguas y dominaba cerca de la docena), intercultural, interreligiosa… No fue un diletante de diversas culturas, sino una persona profundamente inmersa en el cristianismo y en la cultura occidental contemporánea secular, y al mismo tiempo en el hinduismo y en el buddhismo, con su mística y su voluntad de comunión con el todo. Vivió en cada una tan intensamente que llegó a declararse simultáneamente cristiano, hinduista, buddhista y secular. Vivió esta múltiple identidad teóricamente, adentrándose en sus distintas y diversas tradiciones, y existencialmente, profundizando hasta la médula en el devenir vital e intelectual de la vida europea, india y norteamericana (de mi Introducción al Diccionario panikkariano).

Como escribía también hace ahora diez años, nos unía una fuerte amistad, más allá de su magisterio. Así lo manifiestan las numerosas cartas suyas que recibí. El nuestro fue un encuentro no sólo en la amistad gratuita, sino también en la conexión de intereses e ideas comunes; unas ideas que no siempre tuvieron buena acogida en otros teólogos y pensadores, en lo que a él se refiere y en lo que a mí se refiere. Lo de Raimon Panikkar fue siempre todo o nada; nunca fue hombre de medias tintas. Su pensamiento siempre buscó la reflexión sobre el todo, la integración de toda la realidad “cosmo-te-andrica”, recogiendo hasta los más insignificantes elementos de la Realidad. Una de las frases que más repetía en sus escritos era un versículo del Evangelio: “Colligite quae superaverunt fragmenta, ne pereant” (Jn 6,12), la frase del Maestro que pone fin al relato joánico de la multiplicación de los panes y los peces.

Esa interconexión de todo con todo fue siempre lo que más me fascinó, de lo que más aprendí y que más condicionó mi teología y mi  pensamiento. Por eso, me hizo particular ilusión verla repetida en numerosas ocasiones en la encíclica Laudato si’, el mayor regalo intelectual del papa Francisco. Así era el “sabio de las montañas”, como lo llamaban en Barcelona; así era este maestro y amigo.

De nuevo, muchas gracias maestro, hermano y amigo Raimon

 

A 5 años de la Encíclica «Laudato Si» (3)

A cinco años de la publicación de la encíclica «Laudato Si’» (3)

  • 26.06.2020 | Victorino Pérez Prieto

Decía en mi anterior post que había fundamentalmente dos claves en los desafíos de la encíclica ecologista de Francisco: a) una denuncia de la degradación ecológica y una llamada a una respuesta ética consecuente; b) una cosmovisión nueva, marcada por una concepción relacional de la Realidad. Comentaba que este segundo aspecto era el que me parecía el más novedoso, aunque fue más ignorado. Pero voy a hablar hoy de la primera de las claves, pues sus afirmaciones no por conocidas resulta menos necesario volver sobre ellas; además, las reacciones en contra de la encíclica vinieron sobre todo estas valientes palabras.

Francisco denuncia  un sistema que quiere “convertir la realidad en mero objeto de uso y dominio” (n. 10). Es una crítica al paradigma tecnocrático/tecnoeconómico que rige el pensamiento, la ciencia, la política y la economía; no sólo ya la occidental, sino cada vez más también la oriental, en un mundo marcado por las orientaciones del mercado y la producción: la concepción liberal-capitalista y la economía de mercado. Francisco lo llama sobre todo “paradigma tecnocrático” (n. 101, 108, 109…), pero también “paradigma eficientista de la tecnocracia” (n. 189),  y “paradigma consumista” (n. 215); e incluso “paradigma unidimensional” (n. 106), que nos trae ecos de Marcuse, aunque evidentemente la encíclica no lo cita. Seguir leyendo