16 -mayo, Día Internacional de la Convivencia en Paz

Manos Unidas denuncia la «violenta normalidad» en América Latina

Manos Unidas denuncia la "violenta normalidad" en América Latina
Manos Unidas denuncia la «violenta normalidad» en América Latina

«Desde Manos Unidas estamos en contacto permanente con nuestros socios en el Chocó para monitorear la situación de las comunidades –explica Santolaya– y fortalecer el rol de las organizaciones locales en la defensa de los derechos humanos y la paz»

En un contexto tan fraccionado y polarizado, la intervención de Manos Unidas en Colombia se centra en las comunidades y los grupos más vulnerables

| Manos Unidas

Para la Organización de Naciones Unidas (ONU), «la paz no solo es la ausencia de conflictos», sino que consiste en «aceptar las diferencias y tener la capacidad de escuchar, reconocer, respetar y apreciar a los demás, así como vivir de forma pacífica y unida». Con este espíritu, la ONU declaró el 16 de mayo como el Día Internacional de la Convivencia en Paz.

Desde Manos Unidas nos sumamos a las acciones de sensibilización en este día a través de la denuncia de la grave situación de violencia que soportan las comunidades indígenas y campesinas de Colombia; una violencia que ha llegado a afectar directamente a las comunidades y socios locales con los que trabajamos.

Ever Ortega y Luz Marina Arteaga, activistas sociales asesinados en Colombia
Ever Ortega y Luz Marina Arteaga

En pocos meses hemos recibido dos terribles noticias de nuestros socios locales: en los primeros días del año encontraban el cuerpo sin vida de Luz Marina Arteaga, miembro de la Corporación Claretiana NPB –organización socia de Manos Unidas en la región del Casanare–, y hace pocos días ocurría lo mismo con Ever Ortega, colaborador del Servicio Jesuita de Refugiados.

La «violenta normalidad» en América Latina

Miembro de la guardia indígena

Lamentablemente, estos asesinatos –realizados presumiblemente como «castigo» a Luz Marina y Ever por su labor junto a las comunidades y en defensa de los derechos humanos– han venido conformando una «violenta normalidad» que se extiende a lo largo de toda América Latina y que afecta sobre todo a aquellas regiones disputadas por actores con intereses en el agronegocio, las industrias extractivas y el narcotráfico.

Tal y como hemos venido haciendo recientemente al denunciar la violencia contra las poblaciones indígenas en Perú (aquíaquíaquí), en esta ocasión insistimos en alertar sobre la crisis humanitaria desatada en Colombia a raíz de una violencia que, según Carmen Santolaya, responsable de Proyectos de Manos Unidas en Colombia, se relaciona con tres grandes factores:

  • La falta de compromiso y la débil implementación del proceso de paz ante el conflicto armado interno.
  • La explotación de los territorios por parte de un modelo económico extractivista que se beneficia de la violencia para amedrentar o controlar a los pobladores.
  • El incremento de la actividad de grupos guerrilleros, paramilitares y narcotraficantes, de la que el «paro armado» decretado el 5 de mayo por el «Clan del Golfo» sería el último episodio de una «guerra» que sigue cobrándose víctimas en Colombia.

Aunque los ataques –en forma de amenazas, secuestros, agresiones y asesinatos– se suceden a lo largo del todo el país, nos referimos a continuación a tres regiones en las que trabaja Manos Unidas.

«Que la defensa de los derechos humanos de las comunidades no cueste la vida»

Con este lema arranca el comunicado firmado, entre otras organizaciones, por el Servicio Jesuita de Refugiados (SJR) en Colombia, tras el reciente asesinato de Ever Ortega en el municipio de Norosí, en el Sur del departamento Bolívar. Ever era colaborador del SJR, líder comunitario y presidente de la Junta de Acción Comunal del corregimiento de Santa Elena. Para el SJR, el liderazgo del joven se destacó por «su sencillez, carisma y disposición al servicio dinamizando procesos en favor de su comunidad».

A través de iniciativas apoyadas por Manos Unidas, Ever y otros jóvenes trataban de cumplir su sueño de arraigo y permanencia en el territorio a pesar de todas las dificultades. Se formaron en derechos humanos, en agroecología y economía solidaria, y junto a otros campesinos fortalecieron sus redes y sus medios de vida a través de viveros, cultivos sostenibles y cría de animales.

Jóvenes colombianos asisten a un taller de formación comunitaria

«Este territorio está en medio del paro armado –explica el SJR– y sus pobladores están padeciendo zozobra y miedo». «Sienten cómo se van quedando solos» y «sin un Estado que les proteja». Por esta razón, el SJR apela al Estado colombiano para «avanzar en la implementación del Acuerdo final de Paz, asumiendo con responsabilidad su obligación de proteger los liderazgos y la integridad de quienes habitan en territorios históricamente golpeados por la violencia».

El «paro armado» golpea al Chocó

La región del Chocó ha sido una de las regiones más afectadas por el «paro armado» impuesto por el Clan del Golfo, como ha denunciado el obispo de Quibdó, Juan Carlos Barreto, que ha alertado del cierre de los transportes y del obligado confinamiento que, bajo amenazas de muerte, ha sufrido la población.

Diálogo entre activistas sociales y el ejército colombiano


Diálogo entre el ejército colombiano y activistas sociales
Foto: NPB

Tal y como se denuncia en un comunicado firmado por organizaciones colombianas e internacionales como Manos Unidas, el Chocó sufre «una compleja crisis humanitaria y de derechos humanos que, de acuerdo con el informe de las Misiones Humanitarias, se deteriora cada día más». En este sentido, las organizaciones piden «poner límites a la confrontación armada mientras se avanza en una negociación política que ponga fin al conflicto armado interno».

Muertes y desplazamientos en el Casanare

Indígena colombiana cultiva yuca

En el departamento del Casanare, la Corporación Claretiana NPB desarrolla con apoyo de Manos Unidas un programa de soberanía alimentaria junto a los pueblos indígenas del Resguardo de Caño Mochuelo, una zona de conflicto entre el Ejército de Liberación Nacional (ELN) y un grupo guerrillero disidente de las FARC-EP.

La Corporación Claretiana, que ha sufrido recientemente el asesinato de uno de sus miembros, Luz Marina Arteaga, hace un llamamiento a «desescalar el conflicto y que se respeten los convenios internacionales de derechos humanos».

Según Jaime León, director de la Corporación, «en lo que va de 2022 los asesinatos suman ya cerca de 150 solo en el Arauca», a lo que se suman «las personas desaparecidas, el desplazamiento masivo y el silencio institucional». «Las familias migran ante el temor de ser asesinadas –continúa León– y, quienes deciden quedarse, terminan atrapadas, confinadas y sufriendo el desabastecimiento».

¿Cómo trabaja Manos Unidas por la paz en Colombia?

En un contexto tan fraccionado y polarizado, la intervención de Manos Unidas en Colombia se centra en las comunidades y los grupos más vulnerables. De forma paralela, «impulsamos procesos productivos y de generación de ingresos para que la población pueda permanecer en sus comunidades de forma autónoma y que pueda disfrutar de los derechos económicos, sociales y culturales que ahora se encuentran en constante amenaza», afirma Santolaya.

Formación comunitaria en Colombia


Formación comunitaria en Colombia.
NPB

«Fortalecemos a las organizaciones civiles para que puedan defender su territorio ante los diferentes grupos armados y ante aquellos actores con intereses de mercantilización del territorio con graves efectos de expulsión de los pueblos originarios: indígenas, afros, campesinos», explica Carmen Santolaya, responsable de Proyectos de Manos Unidas en Colombia.

Haití: ¿cuándo demasiado es demasiado?

Haití

escrito por  Clara Temporelli

En un mundo donde existe una pandemia global, las continuas guerras en Yemen, Etiopía, Myanmar, Siria, AfganistánCongo, Mozambique, Mali, Nigeria, Somalia, el interminable conflicto armado entre Palestina e Israel, la actual guerra entre Rusia y Ucrania, la guerra contra el narco tráfico en México, la falta de paz en Colombia desde 1962, la violencia doméstica y de género, el maltrato los abusos de poder, de conciencia, sexuales, los femicidios, la trata de personas, el hambre, los refugiados, los inmigrantes, los empujados al exilio, la desigualdad y el mayor empobrecimiento de la población mundial. La realidad que nos reclama a no ser indiferentes y, paradójicamente, ser portadores y portadoras de esperanza.

En noviembre de 2020 Pau Farrás tituló el Cuaderno CJ número 220 así: ¿Por qué Haití? Y puede parecer al lector, a la lectora, repetir una realidad conocida. Desde octubre de 2016, en mi investigación continua-discontinua sobre las monjas y cristianas mártires, durante los siglos XX y XXI, en América Latina y El Caribe, tengo pendiente este escrito sobre Isabel Solà y Haití -por diversas razones otros trabajos pasaron por delante- y lo digo con pena, pues Isabel, la Vida Consagrada y los pobres de la tierra como los haitianos se merecen estar en este sitio[1].

Contexto: una realidad que no podemos olvidar

Hace más de 200 años una población de esclavos africanos y analfabetos logró echar a los colonizadores franceses y establecer una nación haitiana (una lucha que duró desde 1791 a 1804) Desde entonces las potencias extranjeras aliadas a una pequeña élite local no han cesado de buscar controlar el país. Sin embargo, estas acciones siempre encontraron resistencia: primero con  la Revolución Haitiana a fines del siglo XVIII; en 1915 los soldados estadounidenses llegaron para ocupar el país y se encontraron con una milicia campesina (los Cacus); luego un golpe de Estado en 2004, apoyado por EE.UU, Francia y Canadá, que depuso y exilió al presidente Arístides -ex sacerdote salesiano- elegido por una aplastante mayoría de votos (67%) y la participación del 70% de su población; ante el despliegue de los Cascos Azules, grupos civiles armados condujeron una guerrilla urbana en la capital para luchar contra el invasor. Estados Unidos, la ONU y la Unión Europea perdieron toda credibilidad ante los ojos haitianos y centenares de organizaciones campesinas, barriales y el sector privado se unieron para enfrentar el poder de los actores internacionales y rechazar la perpetuación del “Estado asistido”.

La batalla en Haití no ha terminado. El 7 de julio de 2021 el Presidente de la República, Jovenel Moïse, fue asesinado por un comando de mercenarios[2]. Tras su muerte, el ex primer ministro interino, Claude Joseph, solicitó el regreso de Estados Unidos, mientras el Washington Post subrayaba en su editorial la urgencia de desplegar en Haití una fuerza de mantenimiento de la paz de Naciones unidas con el objetivo de “evitar una situación de caos que podría tener consecuencias terribles” (7 de julio de 2021).       Haití es un “Estado fallido”, por ser un “Estado asistido” moldeado por intervenciones extranjeras que a través de “las ayudas”, que ocultan un colonialismo rapiñador, perpetúan su ocupación. 

Afirma Pau Farràs:

“Un pasado colonial como herencia y una guerra como herida; una deuda con Francia como lastre (25.700 millones de euros castigo francés en sus 150 primeros años de independencia, lo que supone el 350% de la riqueza del país, su PBI es de 7.600 millones) y la ocupación estadounidense de castigo (con el envío de 7.500 soldados de la ONU para mantener el orden a partir del 2004)”[3].

Corrupción, desigualdad y violencia marcaron los dos últimos siglos, a los que se suman fraudes, desvío de los fondos de ayuda solidaria tras la mayor catástrofe producida por el  terremoto del 2010, analfabetismo, epidemias como VIH, la pandemia de Covid, malas infraestructuras, ya no para comunicar a sus pueblos, sino para procurar agua potable, persistencia de las bandas armadas e intentos de asesinatos…

El primer ministro de Haití Ariel Henry sale ileso de un ataque de un grupo armado (03/01/2022)[4]

Al menos una persona murió y varias resultaron heridas en la ciudad haitiana de Gonaives durante el ataque de una banda armada contra el primer ministro, Ariel Henry, y su comitiva que salían de una iglesia tras el oficio de una misa en conmemoración del 218º aniversario de la independencia. En el interior de la parroquia Saint Charles de Borome no había fieles, solo autoridades locales y la delegación del gobierno. Haití atraviesa una grave crisis en prácticamente todos los órdenes, siendo uno de los más difíciles de superar la operación de bandas fuertemente armadas que controlan parte de Puerto Príncipe y otras zonas del país[5]. “Lo que nuestros amigos haitianos realmente quieren y necesitan es la oportunidad de trazar su propio rumbo, sin titiriteros internacionales ni candidatos favorecidos, pero con un apoyo genuino a ese rumbo”, apuntó Daniel Foote (enviado especial de EE.UU. para Haití), quien también se refirió al apoyo de las embajadas de EE.UU. y otros países al primer ministro Ariel Henry, “promocionando su acuerdo político por encima de otro acuerdo anterior, más amplio y propuesto por la sociedad civil”. “La arrogancia que nos hace creer que debemos elegir al ganador, una vez más, es impresionante. Este ciclo de intervenciones políticas internacionales en Haití ha producido sistemáticamente resultados catastróficos”[6].

«Un atentado a la vida, a la justicia y a la paz” (septiembre 2020) [7] La Conferencia Episcopal de Haití hizo pública una declaración en la que estigmatizan la “inseguridad endémica, la violencia de las bandas armadas que afligen al país, sembrando muerte, duelo, aflicción, desolación y miedo en las familias”. “Estas situaciones -advierten los prelados- llevan a Haití directo al abismo”.

“… La población que ahora vive en estado de shock, con trauma, rabia, indignación, revuelta y preocupación”; “los asesinatos son un ataque extremo y grave a la vida, que así se banaliza, pero también un ataque a la justicia, al derecho, a la paz, a la convivencia social, a la convivencia para la construcción de una sociedad justa, fraterna, armoniosa y pacífica” .

Ante las autoridades preguntan: “¿Por qué las autoridades y la policía permanecen indiferentes, con los brazos cruzados, sin hacer nada? ¿Por qué se ha entregado el país a bandidos y asesinos? Ya no podemos seguir adelante”, advierten.

Y destacan que “la población pacífica y civil está cansada. La gente se cansó de la retórica vacía, las falsas promesas y las indagaciones infructuosas. Hay que actuar de inmediato con acciones concretas y contundentes para erradicar definitivamente la inseguridad y la impunidad que aumentan la miseria y la desesperación. Decimos junto a la población: ¡Cuándo es demasiado es demasiado!”. Piden una “acción inmediata”, temiendo que, si no se retoman con prontitud, “será demasiado tarde”. “El país se hunde en la oscuridad del estancamiento económico, el sufrimiento y la desesperación.

Es absolutamente necesario que haya una acción nacional, por parte de todas las fuerzas morales y espirituales del país, de lo contrario se hundirá en el abismo para siempre. Y todos seremos perdedores, gobernantes y gobernados”, concluye el texto de los obispos.

Según un informe de la Comisión de Justicia y Paz de los Obispos de Haití, entre enero y junio del año 2020, unas 243 personas fueron víctimas de la violencia armada solo en la capital de Haití. A fines de junio y principios de julio, dos manifestaciones pacíficas organizadas en Puerto Príncipe para denunciar este clima de inseguridad fueron objeto de represión policial. Parte de los últimos episodios de violencia se deben a los enfrentamientos entre bandas armadas en la zona de la capital Bel Air, que obligaron a sus habitantes a huir de sus hogares para refugiarse en los Campos de Marte, la plaza principal de Haití. El último fin de semana de septiembre las bandas prendieron fuego a varias casas y las víctimas perdieron la vida en el fuego cruzado. Según los medios, al menos 20 personas murieron en lo que sería una nueva masacre en un barrio desfavorecido de Puerto Príncipe.

Nuevos terremotos (14 de agosto 2021 y 24 de enero 2022) y tormenta tropical (16 de agosto 2021)

Por el asesinato del presidente, el terremoto, el huracán: Haití suma titulares, país pobre, en el que llueve sobre mojado. En el verano de 2021, como hace 11 años, ha vuelto a temblar la tierra sacudiendo el sur del país. Dos días después, llegó la tormenta tropical Grace dificultando las operaciones de rescate. Se estima que hay unos 2.000 fallecidos, 10.000 heridos y más de 100.000 casas destruidas. Los ríos están secos y falta agua, y cuando ésta llega, cae en forma de fuerte precipitación que, en ausencia de árboles, debido a la tala abusiva, desciende en forma de cataratas, devastando el campo e inundando las casas. El analfabetismo es del 80% y la esperanza de vida apenas supera los 60 años. Las ciudades están dominadas por las bandas criminales. La vida cotiza poco[8]. Ya el 4 de noviembre de 2019 nos compartían las hermanas de la Orden de la Compañía de María (Lestonnac): “El descontento comenzó a manifestarse en el momento en que la población conoció el asunto de Petrocaribe[9], hace más de un año. (…) la inflación galopante, la corrupción generalizada, la escasez de gasolina hicieron crecer la exasperación de una población de la que la mayor parte vive por debajo del umbral de la pobreza”.[10]

El 24 de enero de 2022 se registró un nuevo terremoto en Haití de magnitud 5,3 en la escala de Richter con sus subsiguientes réplicas y seis días después otro sismo de magnitud 4,3. Sucedió a 130 Km de Puerto Príncipe el primero y a 20 Km al sur el segundo. Al menos dos personas murieron. El geólogo integrante de la Academia de Ciencias de Santo Domingo, Osiris de León, sugiere la existencia de una rotura sísmica en el área central de la península sur de Haití[11].

La Comisión Pontificia de ayuda a las iglesias necesitadas (AIN), el 18 de agosto de 2021, aprobó una ayuda de emergencia de 500.000 euros para la población haitiana damnificada y afirmó:

«En medio de la ola de violencia y secuestros que está arrasando el país, sumándose a las noticias que nos llegan sobre la falta de lluvia y agua que ha sumergido a la población rural en la pobreza; después de todo esto, el terremoto del sábado anega a miles de familias a una situación terrible como ninguna otra. El escenario es insostenible. La población está en shock”[12].

Sismo migratorio. Éxodo silencioso. Respuestas

Durante el año 2021 más de 10.000 haitianos forzados al exilio por la extrema pobreza, llegaron a la frontera sur de EE.UU., con la esperanza de solicitar un pedido de asilo, al cabo de una semana de ser reprimidos por las fuerzas policiales con imágenes de latigazos al igual que en el tiempo de la esclavitud, la administración de J. Biden reenvió a su país a más de 4.000 personas[13].

En marzo de 2022 la República Dominicana comenzó a edificar un muro en la frontera con Haití. La pared tendrá 160 Km, una extensión que recorre casi la mitad de la frontera entre ambos países. El gobierno dominicano afirma: “Queremos poner fin a los graves problemas de la inmigración ilegal, narcotráfico y tránsito de vehículos robados”. El muro despierta resentimiento, xenofobia y racismo. Según Luis Abinader, presidente de la República Dominicana, ésta «no puede hacerse cargo de la crisis política y económica, ni resolver el resto de los problemas» de Haití. El mandatario reiteró que esta crisis «debe ser superada por los mismos haitianos y atendida por la comunidad internacional», en particular Estados Unidos, Francia y Canadá, con apoyo de la Unión Europea y la Organización de Naciones Unidas (ONU). Por su parte, el alcalde de Dajabón, Santiago Riverón, expresó que está en desacuerdo «con este tipo de muro» porque «el verdadero muro es el económico» y la corrupción. «Se va a hacer un muro físico. Ahora tenemos que trabajar con el muro en la mente de los militares, que son los que se aprovechan en la frontera y reciben un soborno de 100 o 200 pesos (dos o cuatro dólares) para dejar cruzar a los haitianos ilegales a territorio dominicano”[14].

En los últimos años se ha producido un fuerte movimiento migratorio de haitianos a Chile. A esto se le atribuye la presencia de tropas chilenas en la misión de estabilización luego de la Crisis de Haití de 2004 y luego como parte de los cascos azules en la Misión de las Naciones Unidas para la Estabilización de Haití, lo que provocó un acercamiento entre la población haitiana con la población militar chilena. Viven preferentemente en el Gran Santiago, en comunas como Renca, Quilicura, Recoleta, Independencia y Estación Central. ​ A Quilicura le ha valido el apodo de «la petit Haití». ​Es una de las migraciones que más ha crecido en Chile en los últimos años, con un 731%. Junto a las comunidades colombiana y dominicana son las llamadas «comunidades emergentes», dado su gran crecimiento por la búsqueda de mejores condiciones de vida. Sólo en el año 2017 llegaron 105.000 haitianos. Ante esta realidad migratoria, las autoridades consideran que la llegada masiva de haitianos «ha derivado en situaciones de vulneración de derechos a los mismos migrantes, problemáticas de convivencia local, así como delicadas situaciones de trata de personas y tráfico ilícito de migrantes». La socióloga María Emilia Tijoux, académica de la Universidad de Chile, asegura que “la sociedad chilena en general evalúa negativamente a las personas migrantes” y “la comunidad haitiana ha sido especialmente castigada y sometida a maltratos y abusos de todo tipo”. Los que se quedan, dice, “saben que deben resistir a un modo de ser nacional y racista”, afirma. Entre los factores que han obstaculizado la inclusión de los haitianos en la sociedad chilena, Figueroa, el investigador del Servicio Jesuita, apunta a la discriminación, a las dificultades para conseguir un trabajo digno ­—consiguen empleos que suelen ser precarios en comparación con otras nacionalidades— y a los problemas para regularizar sus papeles, porque el Gobierno pide un documento de antecedentes penales que resulta especialmente complejo de conseguir para los haitianos[15].

Esta realidad que acrecienta sus dificultades fue vivida por la mártir Isabel Solà i Mata, religiosa de Jesús María, asesinada el 2 de septiembre de 2016. Mucho se ha escrito sobre Isabel, sólo resaltaré algunas cuestiones.

 Para conocer de manera completa su vida y su misión consultar a la escritora Mey Zamora, que recupera su biografía en el libro Lo que no da se pierde[16].

En uno de sus escritos Isabel Solá explicaba que le había resultado injusto ser de las personas que habían sobrevivido al terremoto:

“Estoy viva, sí; de milagro. No sé por qué estoy viva, y me da rabia estar siempre entre los que tienen suerte. No sé qué quiere Dios de mí y de todo esto”.

“He trabajado en el Hospital cinco días interminables… Todos, todos, todos, con piernas y brazos amputados, cabezas abiertas, desangrados… Hemos perdido a muchos sin poder hacer nada. Mi lucha estaba entre llorar o seguir aguantando para soportar el dolor de tanta gente… Nos llegaban a treintenas en camillas. Indescriptible”.

Con sencillez y humildad consideraba:

“Pensareis cómo puedo seguir viviendo en Haití, entre tanta pobreza y miseria, entre terremotos, huracanes, inundaciones y cólera. Lo único que podría decir es que Haití es ahora el único lugar donde puedo estar y curar mi corazón. (…) Haití es mi casa, mi familia, mi trabajo, mi sufrimiento y mi alegría, y mi lugar de encuentro con Dios”.

In memoriam

El Obispo auxiliar de Barcelona, Sebastiá Taltavull, presidió el funeral por Isabel en la capilla del colegio de Jesús María en el barrio de San Gervasio y entre otras palabras expresó:

«Con la muerte de Isa, tan fiel al Señor en su vida religiosa y, por ello, tan entregada a la causa de los pobres, vivimos el reconocimiento de una mujer mártir que empieza a dar frutos en aquellas personas que valoran el paso del buen samaritano en su vida. Así me gusta contemplar a Isa en su vida consagrada, en su forma de amar, de detenerse ante el enfermo, de ayudar al necesitado, de ofrecer cultura al analfabeto, de ayudar la mujer a recuperar su dignidad… Cuántas prótesis materiales y espirituales no habrá colocado Isa a los afectados por la violencia y la enfermedad[17].

“Las manos y el corazón de Haití” (Barcelona, Misa en Jesús María, 02 sept2021)

Expresa Marcos Recolons sj:

“Hoy cinco años después del terremoto en el que Isabel va a perder compañeros y amigos, la misionera será enterrada en la capital haitiana envuelta por todas las personas que la han estimado. Después del seísmo del 2010, mucha gente va a quedar mutilada, e Isa va a decidir hacer un taller de prótesis para la población local. Ahora centenares de personas tienen brazos y piernas artificiales gracias a ella. Su muerte ha sido la cosa más absurda

Una luchadora malograda por la violencia. Lamentablemente no es un hecho. Hay bandas organizadas que, ignoramos si alertadas por algún infiltrado en los bancos, avisan a sus miembros que alguien ha retirado dinero. Si no pueden robarles por las buenas no dudan en recurrir al asesinato. Los brotes de violencia en la zona son habituales y las religiosas alojadas en casas más o menos aisladas, son a menudo un blanco fácil. Entre septiembre de 2014 y abril de 2015, va a haber una banda formada por 13 jóvenes que van a llegar a asaltar 27 casas religiosas. Algunas monjas van a ser violadas. Va a ser terrible”, rememora el jesuita. Estos episodios van a hacer tambalear a la sociedad haitiana y poco después va a haber una manifestación encabezada por el Cardenal de Haití y algunos de los miembros de la banda van a ser detenidos.

Pero ni la violencia, ni el hambre, ni la pobreza extrema asustaban a Isabel. El barrio donde trabajaba, Bel Air, es considerado uno de los más peligrosos de Puerto Príncipe. Nada que ver con su lugar de nacimiento hace 51 años: el privilegiado barrio de San Gervasio, en la zona alta de Barcelona. Enfermera de formación va a preferir dedicar 26 años de su vida a los últimos en Guinea Ecuatorial y en Haití.

La Isa tenía una empatía extraordinaria, visión, creatividad y un gran liderazgo. Su sensibilidad hacia los más pobres era extraordinaria, vivía completamente inmersa en su tarea solidaria”, explica Recolons. Isabel también dominaba perfectamente la lengua de la zona, el criollo haitiano, y su deseo desde hacía un tiempo era construir una escuela. Ya había conseguido el terreno y los que la estimaban se encargaban que su sueño viese la luz. Serán los mismos que hoy la acompañarán con la idea que, sin duda, tiene el cielo ganado”[18]

La violencia establecida hizo que perdiera la vida de manera injusta y dramática. Hacer el bien está muy bien pero, criticar a los gobiernos, suele ser perjudicial. En los países del Tercer Mundo, ni siquiera hace falta disimular con «enfermedades repentinas» o «accidentes» cuando quieres eliminar a alguien. Isabel denunció repetidamente al Gobierno de Haití por la falta total de ayuda y por la grave deforestación del país y la sobreexplotación de los bosques, la falta de inversión en educación y salud[19].

Sabemos que Isabel fue asaltada, que le arrebataron el bolso y la asesinaron con dos tiros en la cabeza. Puede ser que no se aclare el motivo exacto de su asesinato, ni se esclarezcan sus autores materiales e intelectuales, pero hemos de preguntarnos: ¿fueron miembros de bandas delincuentes con el único móvil de robar?, ¿era necesario matarla?, ¿fue asesinada por móviles políticos, por sus denuncias y su accionar? En un país corrupto, impune y violento todo es posible menos la verdad, la justicia, la igualdad y la paz.

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Haití, un estado fallido

Haití ingobernable: corrupción, violencia y crisis humanitaria en un Estado fallido

Desde el asesinato del presidente Moïse en julio, el país caribeño sigue a la deriva, con un gobierno interino muy cuestionado, el auge de las pandillas criminales y la incompetencia de la comunidad internacional

CÉSAR G. CALERO

Al periodista haitiano Jean Dominique, azote de los poderosos, lo mataron el 3 de abril de 2000 a la puerta de la emisora de radio donde trabajaba en Puerto Príncipe. Había sido un feroz opositor a la dictadura de los Duvalier (1957-1986) y desde los micrófonos de Radio Haití-Inter también denunciaba la corrupción enquistada en las instituciones democráticas. A día de hoy todavía no se sabe quién lo mandó matar. Dos décadas después de ese crimen que conmocionó a Haití, nada parece haber cambiado en ese rincón del Caribe. La impunidad campa a sus anchas. El asesinato del presidente Jovenel Moïse en julio pasado ha dejado un país ingobernable, cada vez más empobrecido, víctima de las constantes rencillas entre la clase política y dominado por unas violentas pandillas que pretenden suplantar al Estado ante la incompetencia de la comunidad internacional.

Secuestros, asesinatos y extorsiones son el pan de cada día en Haití. El año pasado se registraron casi mil secuestros, entre ellos los de 55 extranjeros, según el Centro de Análisis e Investigaciones de Derechos Humanos de Haití (CARDH). El primer ministro, Ariel Henry, salía ileso de un atentado a principios de este mes. Desde el gobierno se acusa del ataque a bandas del crimen organizado. Apoyado en un primer momento por el denominado Core Group (EE.UU., Canadá y Francia, entre otros países), Henry ha ido perdiendo credibilidad desde que la justicia lo vinculara con el magnicidio. El fiscal Bedford Claude reveló en septiembre que Henry había hablado por teléfono horas después del atentado con uno de los principales sospechosos del caso, Joseph Badio, y pidió que se abriera una investigación al respecto. Para defenderse, el primer ministro pasó a la ofensiva y ordenó al ministro de Justicia, Rockefeller Vincent, que cesara al fiscal. Como Vincent no le hizo caso, Henry destituyó al ministro y despidió al fiscal de una tacada.

Hay cerca de medio centenar de personas arrestadas por el asesinato de Moïse, entre ellas 18 mercenarios colombianos y varios mandos policiales haitianos. Pero no se ha podido demostrar todavía quiénes fueron los autores intelectuales de un atentado que tiene muchos interrogantes sin resolver. Los miembros de la seguridad del mandatario no opusieron resistencia al comando armado que irrumpió en la residencia presidencial el 7 de julio. En una entrevista con The New York Times, Rodolphe Jaar, empresario ligado en el pasado al narcotráfico, ha admitido su colaboración en la trama. Según su relato, puso 130.000 dólares de su bolsillo, armas y una casa para albergar a los exmilitares colombianos.

Ahora que acaba de ser detenido en República Dominicana a petición de Estados Unidos, tal vez tenga tiempo para dar más explicaciones. Entre otras revelaciones, Jaar le contó al diario norteamericano que Badio le había hablado maravillas de Henry, un aliado político al que supuestamente tenía bajo su control. El plan inicial era deponer a Moïse pero no matarlo, de acuerdo con la declaración de Jaar, quien se habría unido a la confabulación después de que Badio le asegurara que los conspiradores contaban con el apoyo de Estados Unidos. Según esa hipótesis, Moïse, en el poder desde 2017, habría perdido el favor de Washington por su errática forma de gobernar.

El académico haitiano Laennec Hurbon, lamentaba ya en febrero de 2021 la «deriva autoritaria» de Moïse. En un artículo publicado en la revista Nueva Sociedad, Hurbon señalaba también la responsabilidad de la Casa Blanca: «La situación de Haití se caracteriza por una doble impostura: la de un presidente, Jovenel Moïse, que se declara aún presidente del país cuando su mandato (de cinco años) finalizó el 7 de febrero de 2021, y la de una comunidad internacional, representada esencialmente por Estados Unidos, que apoya el camino de una nueva dictadura en Haití (…) Los cuatro años de Moïse en la presidencia se distinguen por una serie de masacres perpetradas todas en bidonvilles de Puerto Príncipe». Moïse pretendía permanecer en el poder hasta febrero de 2022, bajo el argumento de que tardó un año en asumir el cargo debido a las irregularidades detectadas en los comicios de finales de 2015 y la repetición electoral un año después. En enero de 2020 disolvió el Parlamento y se negó a convocar elecciones legislativas.

Haití precisa de un consenso social y político previo a cualquier proceso electoral

Mientras la investigación del magnicidio continúa, Haití sigue tan inestable como siempre. El asesinato de Moïse provocó una dura pugna por el control del poder. Henry, un neurocirujano de 72 años que ya fue ministro del Interior en el gobierno de Michel Martelly (2011-2016), se impuso a sus rivales con la promesa de una reforma constitucional y una convocatoria electoral. No ha cumplido su palabra todavía, aunque se espera que lo haga a lo largo de este año.

En todo caso, Haití precisa de un consenso social y político previo a cualquier proceso electoral, y un mayor esfuerzo de la comunidad internacional para aliviar la grave crisis humanitaria que padece. Como si se tratara de una maldición bíblica, la tierra tembló otra vez un mes después del magnicidio. Aunque el terremoto del 14 de agosto no fue tan devastador como el de 2010 (en el que murieron unas 300.000 personas), hubo más de 2.000 muertos y 300 desaparecidos.

El poder de las pandillas

A la inestabilidad política se suma la cada vez más violenta presencia de las pandillas criminales en las calles de la capital. Hombres armados mataron hace diez días a dos periodistas que investigaban precisamente sobre las disputas entre bandas rivales en un barrio de Puerto Príncipe. Históricamente, el poder político se ha valido de esas pandillas, a las que ha formado y financiado con la ayuda de empresarios sin escrúpulos. Los sátrapas François y Jean-Claude Duvalier tenían como fuerza de choque a los tristemente célebres Tontons-Macoutes. Ya en democracia, Jean-Bertrand Aristide contó en sus diferentes mandatos con el fanatismo de los Chimères. Y Moïse también se apoyó en varias pandillas.

El informe anual de Human Rights Watch denuncia esa connivencia entre actores institucionales y un centenar de grupos armados. Pero esa dinámica podría estar cambiando. Organizaciones de Derechos Humanos de Haití alertan sobre la creciente independencia de las bandas, cuyo perfil va pareciéndose al de las maras centroamericanas. Un caso paradigmático es el de la G-9 an fanmi (G9 y familia, una alianza de nueve pandillas), comandada por el expolicía Jimmy Chérizier, alias Barbecue, y acusada de varias masacres. A mediados de septiembre, las pandillas pusieron en jaque al país al tomar varios puertos y hacerse con el control de los depósitos de combustible.

La encrucijada en la que se encuentra Haití no tiene visos de resolverse a medio plazo. Dos millones de haitianos (casi el 20% de la población) han emigrado en los últimos años. Para el 50% de los que se quedan, la lucha por la vida se libra con menos de dos dólares al día. No hay soluciones fáciles para el país caribeño, hundido en una recesión económica y castigado también por la pandemia. Un reciente informe del International Crisis Group sugiere que antes de embarcarse en un proceso electoral, Haití debería acometer sin más dilación reformas profundas con la ayuda de la comunidad internacional: “Los donantes y organismos extranjeros deben actuar de inmediato para respaldar reformas al poder judicial, a la policía y al sistema penitenciario, enfocadas en la lucha contra los delitos graves de alto impacto».

Jean Dominique era la voz de los que no tienen voz. Desde los micrófonos de Radio Haití-Inter les hablaba en créole a esos miles de haitianos que nacen y mueren en una bidonville. Pese a las amenazas de muerte recibidas, denunció hasta el último momento a políticos y empresarios corruptos. Soñaba con un Haití más justo, menos desigual. Casi veintidós años después de que silenciaran su voz, la corrupción, la violencia institucional y una pobreza secular son todavía las señas de identidad de un territorio ingobernable.

Contra la violencia en Guatemala

Los obispos de Guatemala alzan la voz para evitar más muertes en conflicto por tierras

En las últimas semanas 13 personas han perdido la vida debido a un conflicto entre dos comunidades por sus límites territoriales

comunidades de Guatemala en conflicto

Los obispos de Guatemala hicieron un llamado de paz a las comunidades de Nahualá y Santa Catarina Ixtahuacán, del departamento de Sololá, las cuales se encuentran en conflicto debido a la falta de claridad en sus límites territoriales y el uso del agua.


Este conflicto ha provocado la muerte de decenas de habitantes durante más de 150 años, siendo los últimos, 12 personas -entre ellas cinco mujeres y cuatro niños- el 17 de diciembre de 2021.

Este 7 de enero del presente año, un grupo de policías y fiscales se disponían a realizar un allanamiento en el municipio de Nahualá para dar con los responsables de las 12 personas asesinadas; sin embargo, fueron embocados, lo que provocó la muerte de un policía y ocho heridos con armas de fuego.

Obispos advierten de una creciente polarización

A través de un comunicado firmado por el arzobispo metropolitano de Santiago de Guatemala y presidente de la Conferencia Episcopal de Guatemala, Gonzalo de Villa y Vásquez, los obispos guatemaltecos lamentaron “los hechos de creciente violencia, polarización y conflictividad” entre ambas comunidades.

Manifestaron su preocupación por el desborde de la violencia que ha provocado históricamente numerosas muertes, sobre todo porque se trata de “personas inocentes que solamente buscaban honradamente el sustento de sus familias”.

“Pedimos a Dios que conceda el descanso eterno a los difuntos y dé fortaleza a sus familiares”.

Piden desenmascarar al crimen organizado

Los obispos guatemaltecos condenaron el uso de la violencia como método para alcanzar los propios objetivos, pues –dijeron– ésta solo engendra más violencia.

También hicieron un llamado a desenmascarar, capturar, enjuiciar y condenar a los miembros del crimen organizado, en caso de que se descubra que estuvieron involucrados en los sucesos.

Los obispos hicieron un llamado a los habitantes de estos “pueblos hermanos”, especialmente a sus líderes reconocidos, para que busquen medios pacíficos y conforme a la ley para argumentar posiciones o salvaguardar derechos.

Dejaron en claro que los hechos violentos vuelven indefendibles las perspectivas de quienes consideran tener razones válidas para defender sus derechos y demandas.

“Los mecanismos de diálogo deben seguir siendo los canales fundamentales para la resolución de la problemática que ha generado la polarización y la conflictividad”, apuntaron.

También instaron a las autoridades nacionales y locales a no cesar en la búsqueda de las soluciones que desactiven la violencia. “La historia nos enseña que el abandono de los problemas no los resuelve”.

Este 11 de enero, el gobierno del presidente Alejandro Giammattei abrió una mesa de diálogo entre ambas comunidades para llegar a acuerdos concretos.

Nuestro Caribe se desangra en Haití

Haitianos se agolpan en una estación de servicio ante el desabastecimiento de combustible


La Conferencia Episcopal Haitiana, en su reciente mensaje de Navidad, hizo tres llamados muy importantes para todos nosotros, estemos cerca o lejos del hermano atribulado país caribeño. Los señores obispos plantearon la necesidad de que la institución del Estado sea viable, advirtieron que con las armas no se negocia la paz entre hermanos y le rogaron al mundo que no deje solo a Haití.


Podemos ver ese mensaje como un lamento de dolor, un grito ante el terror y una súplica por que llegue una mano misericordiosa. Es más, podemos también usar el mensaje de los obispos para plantear que Haití debe servir de ejemplo de hasta dónde se pueden hundir nuestros otros países si no tomamos como advertencia lo que ha pasado allí. Es como tantas veces le advierten los padres a los hijos, con aquello de “mírate en ese espejo”, para que eviten los caminos del mal y se esfuercen en el trabajo y la superación.

Sin embargo, valoro el trascendental y firme mensaje de la CEH de otra manera. Para mí, Haití no es el espejo para que escarmiente nadie. Lo que veo es que en Haití se libra una batalla que no nos conviene perder. Por la herida abierta y profunda de Haití se desangra mi Caribe, nuestro Caribe. El lamento, el dolor y la súplica es por todos nosotros. El espejo que tenemos que ver no es el de lo que le pasa a los hermanos haitianos, sino el que refleja lo que hasta ahora ha sido nuestro fracaso para enfrentar y contener la barbarie que asedia nuestra región.

En Haití, lo único que pareciera no haber fracasado es la “voluntad férrea” del pueblo haitiano, que desde que sembró la semilla originaria de la libertad para todo el continente latinoamericano, ha seguido vivo enfrentando todas las formas en que se puede traducir la palabra miseria.  En este contexto, pienso que decir “haitiano” debería entenderse como admirable, indomable, valiente, decir haitiano es sinónimo de decir fe. Al decir de nuestro querido profesor, teólogo latinoamericano, Jon Sobrino, SJ , tenemos que “hacer todo lo posible para que la libertad sea victoria sobre la injusticia y el amor sobre el odio”.

Las pandillas controlan el 60% del territorio

Ahora bien, el menosprecio de lo mucho que tiene para enseñar Haití, ha llevado a demasiadas personas y organizaciones a ver ese país como objeto de laboratorio para las “ciencias fraudulentas” del estudio de los fracasados.  ¡Alerta!  Por supuesto, si no creo tener nada que aprender del otro, se hace más fácil olvidarme de él.  Así, muchos están interesados en lo que ellos pueden protagonizar para incursionar en Haití con aires de superioridad llevándole migajas disfrazadas de caridad, mientras dejan, sin mucho mirar, que los piratas y filibusteros imperiales extraigan de allí riquezas en grado obsceno.

Los esfuerzos de los imperios de “Estados Unidos y Europa” han fracasado y no han logrado producir una sociedad de gobernanza democrática de la miseria, el saqueo y la corrupción.  El dinero de los “inversionistas buitres”, disfrazados de donativos humanitarios, siguen fracasando, como también fracasan muchas otras formas de conducir desde afuera la historia de ese pueblo. Y esto, sin poner en acción la verdad solidaridad fraterna con respeto a la dignidad humana.

Mientras tanto, hoy en día, en el hermana nación Haitiana, los grupos armados irregulares –conocidos como pandillas– controlan con gran crueldad cerca del sesenta por ciento del territorio nacional y buena parte de la capital. Esos grupos, que parecen haber tenido su origen en el uso de las “jefaturas políticas y oligárquicas de pandilleros” para imponerse, dan señales de radicalización y de intentar hacer una revolución, mientras se pelean entre ellos.

¿Qué nos toca hacer a los caribeños ante tamaña crisis? Me siento como pienso que pudieron haberse sentido aquellos discípulos al que Jesús les ordenó que con dos peces y cinco panes le dieran de comer a una muchedumbre. Los grandes milagros requieren fe, mucha perseverancia, una resistencia que haga brillar en nuestros ojos un potente rayo de justicia social, y estamos llamados a ponerla en práctica, aunque tengamos apenas un poquito de fe, una fe tan pequeña como un diminuto grano de mostaza.  Por favor, les invito a cada minuto, cada día nos preguntemos: qué más podemos hacer por Haití? ¡No dejemos de preguntarnos hasta alcanzar juntos la verdadera justicia y paz para nuestro caribe empobrecido, pero con esperanza!  Nos encontraremos en el camino de las respuestas diarias. No claudiquemos.

Golpe de estado en Burquina Faso

Los militares se hacen con el poder en Burkina Faso ante el auge de la violencia yihadista

Golpe en Burkina Faso

El presidente, Roch Marc Christian Kaboré, permanece detenido por los golpistas desde el 24 de eneroSegún estadísticas oficiales, en el país hay repartidos más de un millón y medios de desplazados internos

Se viven horas tensas en Burkina Faso desde que, este lunes 24 de enero, un golpe militar encabezado por el autodenominado Movimiento Patriótico de Salvaguardia y Restauración se hiciera con el poder, destituyendo al jefe de Estado, Roch Marc Christian Kaboré, quien continúa detenido por los amotinados junto a varios miembros de su Ejecutivo. En este contexto de incertidumbre, emerge la figura del teniente coronel Paul-Henri Damiba, hombre fuerte del golpe y quien, de triunfar este, podría postularse como próximo líder burkinés.


Según manifestaron los militares en una declaración televisiva al conjunto de la nación, lo que les ha llevado a la acción contra el Gobierno de Kaboré es su supuesta incapacidad para asegurar la estabilidad y la seguridad ciudadanas, percibiendo cómo la situación se ha ido “degradando” y el Estado ha sido incapaz de “unir” a los burkineses. En este sentido, según las últimas estadísticas oficiales, en el país hay repartidos más de un millón y medios de desplazados internos, víctimas en su gran mayoría de la violencia ocasionada por grupos incontrolados.

Promesa frustrada

Precisamente, cuando Kaboré llegó al poder, en 2015, lo hizo con la promesa principal de que pacificaría el país y acabaría con los distintos colectivos terroristas que aterrorizan a la población. En este sentido, el impacto de distintos atentados yihadistas ha hecho mucha mella en una ciudadanía ya agotada y desesperanzada. Con la reelección electoral del presidente en 2020 parecía que se le daba un voto de confianza, pero lo cierto es que, en las últimas fechas, se multiplicaban las manifestaciones en las que se exigía la dimisión del Gobierno.

Como destaca Vatican News, este golpe en Burkina Faso se suma a los que se han producido recientemente en Chad y Malí, donde los militares también se han hecho con el poder con la promesa principal de combatir firmemente a los yihadistas, que cada vez tienen más fuerza en el conjunto del Sahel africano. A nivel internacional, la condena ha sido rotunda, rechazando el golpe y exigiendo la libertad de Kaboré desde la Unión Europea hasta la ONU.

Lejos de su hogar

En declaraciones a la agencia vaticana, el religioso Ludovic Tougouma, de la comunidad misionera de Villaregia, en Uagadugú, señaló que, “durante mucho tiempo, el ejército y la población han sentido que el Gobierno es incapaz de gestionar la seguridad”. Una situación que, fundamentalmente, han padecido los obligados a dejar sus hogares: “El problema de los desplazados es importante, tanto para nosotros, que los recibimos de los estados vecinos, como para los que han dejado esta tierra y no tener la posibilidad de volver a ella”.

Finalmente, para Touguma, el papel de la Iglesia local se antoja crucial a la hora de unir a la población y llamar a la paz: “Exhortarnos a estar unidos porque, aunque haya diferencias, la inseguridad es un enemigo común y, por eso, el llamado que lanzamos, incluso en nuestros sermones, es a dejar de lado lo que nos divide y luchar juntos contra la ausencia de paz, que perjudica a todos”.

Llamada a la paz

Tal y como recoge La Croix, el conjunto de confesiones religiosas (tanto cristianas como islámicas) siguen esta senda de concordia y llaman a la paz. Así lo manifiesta la religiosa Marie Kaboré: “Entre los golpistas hay cristianos. En el poder, junto al presidente Kaboré, también hay cristianos. La Iglesia es para todos y su mensaje es para cada uno de nosotros”. Para el sacerdote Jean-Gilbert Guiguemdé, “cualquiera que sea el régimen político, el pueblo quiere felicidad y paz. Eso es lo más importante y por lo que rezaremos”.

“Solo tenemos un país -concluye el pastor evangélico Marcuse Traoré-. Tenemos la obligación de ponernos de acuerdo para salvar este país. Es Dios quien nos dio esta tierra y debemos amarla y desarrollarla en paz”.