¿Qué nos impide ser una Iglesia en salida?

La urgencia de las enseñanzas de Francisco: «Tal vez es el miedo el que nos paraliza y nos impide ser una ‘Iglesia en salida'»

Papa Francisco y las reformas
Papa Francisco y las reformas

«Tal vez es el miedo el que nos paraliza y nos impide ser una “Iglesia en salida” a la que nos invita de manera insistente»

«El Papa apela a que todos cambiemos nuestros estilos de vida en temas tan relevantes como el modo de vincularnos con los demás, especialmente las personas más vulnerables y el medio ambiente»

«El Papa ha vuelto a retomar la parábola del Buen Samaritano como regla de vida del católico porque es allí donde se juega la credibilidad de la profesión de fe que hacemos cada domingo»

«El Papa nos advierte del peligro de andar “con cara de vinagre”. Ello claramente no es fruto del Espíritu que habita en nuestros corazones y nos impulsa a la misión»

Por Fernando Chomali G. Arzobispo de Concepción, Chile

Los católicos debiésemos escuchar con mucha mayor atención a Francisco. Tengo la impresión de que la “globalización de la indiferencia”, según sus palabras, vale también para nosotros. Su enseñanza es clara, prístina y sin ambigüedades. Su mayor valor es que nos impulsa a llevarla a la práctica y, en este sentido, pienso que nos falta mucho. Usando sus palabras, muchos nos dedicamos demasiado a “balconear” lo que pasa a nuestro alrededor pero sin involucrarnos realmente. 

Para él es mejor una Iglesia herida porque sale al encuentro de la sociedad sin miedos ni prejuicios que enferma porque está encerrada en sí misma. Tal vez es el miedo el que nos paraliza y nos impide ser una “Iglesia en salida” a la que nos invita de manera insistente. Tal vez porque estamos tan ensimismados es que nos ha costado ser una Iglesia “pobre para los pobres”.

Iglesia pueblo
Iglesia pueblo

Lo que está en juego al seguir o no sus enseñanzas es el futuro de la humanidad, que no sólo es fruto de modelos de desarrollo que se han ido perpetuando y que no han sido capaces de lograr el bien de todos, sino que también es el fruto de nuestras propias acciones, las que no siempre están inspiradas en el Evangelio, en la Doctrina Social de la Iglesia y en la búsqueda del bien común. 

El Papa apela a que todos cambiemos nuestros estilos de vida en temas tan relevantes como el modo de vincularnos con los demás, especialmente las personas más vulnerables y el medio ambiente. Cuando Francisco dice que hemos convertido nuestro ambiente en un “gran basural” y que en la sociedad de consumo hay muchos descartados, significa que debemos mirar nuestro modo de relacionarnos con las personas y el planeta de un modo nuevo. La perspectiva de que todo está interconectado he de ser analizada con mayor profundidad. La encíclica Laudato Si está aún por ser asumida.

También corresponde, con mayor agudeza y espíritu crítico, analizar el vínculo que existe entre el sistema económico que hemos adoptado -sobre todo en occidente- y la pobreza, así como de qué manera nos hacemos cargo del que está en la calle, de aquel ser humano solo en el lecho de enfermo, o indefenso en el útero materno, susceptible de ser abortado por el equivocado supuesto del derecho a elegir de la madre o la falsa idea de que como el cuerpo es mío, hago con él lo que quiero. Cuan lejos estamos de la profética enseñanza plasmada en Fratelli Tutti y de Amoris Laetitia.

Primavera de Francisco
Primavera de Francisco

Francisco se da cuenta que una fe encerrada en sí misma es estéril y que solo con la mediación valiente de cada uno de nosotros podremos dejarle un mundo mejor a las futuras generaciones. Las guerras fratricidas, el terrorismo, el trato deshumanizante hacia los migrantes y tantos otros males que aquejan al mundo, nos obligan a los católicos a -usando sus palabras- a ampliar la mirada, salir a la periferia y comenzar desde nuestro propio ser a fomentar la civilización del amor. El Papa ha vuelto a retomar la parábola del Buen Samaritano como regla de vida del católico porque es allí donde se juega la credibilidad de la profesión de fe que hacemos cada domingo. La palabra ternura está el corazón del mensaje del Papa y tan lejos que estamos de vivirla, de hacerla propia y de transmitirla.

El Pontífice está convencido que esta conversión surgirá sólo en la medida que volvamos a la fuente única y primera de la fe: la persona de Jesucristo. Solamente centrados en Él podemos evitar la tentación de espiritualizar todo y separarnos de la realidad o convertir la fe en una ideología. Francisco vuelve al convencimiento de que sólo desde Jesús podemos comprender adecuadamente al hombre, a la mujer, a la sociedad y sólo desde Él podemos vivir en concordancia con nuestra dignidad de hijos de Dios. Hace muy bien volver a leer Christus Vivit para recuperar el celo apostólico y la urgencia de predicar a tiempo y a destiempo.

A Francisco le incomoda de sobremanera -usando sus palabras- “la mundanidad espiritual” que no sólo no ayuda a propagar el mensaje del Señor sino que aleja al oyente. El Papa tiene más problemas con los hipócritas que con los pecadores. Ha sido doloroso constatar que personas declaradamente católicas están involucradas en hechos de corrupción de la máxima gravedad. Doloroso ha sido constatar que clérigos abusaron de quienes debían cuidar. Una y otra vez nos vuelve a recordar el Pontífice que no hay espacio para quienes abusan en el sacerdocio y que sigamos con fuerza y convicción los casos que se denuncian.

Papa Francisco y la primavera
Papa Francisco y la primavera

Volver a la fuente, a Jesús y a la vida sencilla de las primeras comunidades cristianas es la apuesta del Papa. Reconocer que las estructuras, los planes pastorales -buenos en sí- están al servicio de lograr el encuentro personal de cada uno con el Señor. Para el Papa así como el tiempo es superior al espacio, de la misma manera el carisma que impulsa el Espíritu Santo en la Iglesia es superior a sus estructuras. Este es un desafío permanente en toda la Iglesia. La profunda reforma que está llevando a cabo en el Vaticano debiese mirar nuestras propias estructuras y sin temor entrar en el “hospital de campaña” a sanar a los heridos y convertir a la Iglesia en un “oasis de misericordia”. 

Francisco se da cuenta que lo que está en juego es el futuro de la humanidad y de la Iglesia también. Le duele la soledad de los ancianos, así como la disminución de la natalidad, que muchas veces es fruto del temor por el futuro y un claro signo de desesperanza, al final motivado por la tibieza de la fe. El evidente deterioro de la familia, como célula fundamental de la sociedad y lugar privilegiado para experimentar el amor, es también una preocupación constante de quien cree que los seres humanos hemos sido creados para experimentar la ternura de la paternidad y la maternidad a semejanza de la ternura que nos regala el Buen Dios. Con todo, el Papa nos invita a no caer en un pesimismo estéril e infundado, sobre todo porque la promesa del Señor de que estará con nosotros hasta el fin de los tiempos sigue presente. 

Francisco no deja indiferente a nadie. Su libertad lo lleva a caminar por terrenos pedregosos. Sabe distinguir muy bien entre un empresario honesto que genera trabajo y productos y servicios al servicio de la sociedad, que remunera justamente a sus trabajadores de los especuladores. “Empresarios sí, especuladores no”, es su consigna. También ha sido criticado por su visión acerca de una sociedad que gira en torno al consumo.

Las tres T

Creo que está a la vista el desastre que significa convertir a los seres humanos en meros consumidores, que suelen ser considerados por lo que tienen más que por lo que son y también las brechas cada vez más escandalosas entre millones de pobres que no tienen acceso a tierra, trabajo y techo (Las tres T del Papa) y aquellos que viven en la opulencia, que consumen más de lo que necesitan, que despilfarran la comida y son absolutamente indiferentes a lo que le pasa al vecino. El llamado urgente a la fraternidad, a la concordia mutua, a la justicia por parte de Francisco es clara y urgente, porque así no se puede continuar. Tan simple como eso. 

Por último quisiera rescatar una dimensión del católico que a veces se olvida y es la alegría que se está llamado a experimentar cuando hay un encuentro vivo y verdadero con Jesucristo. El Papa nos advierte del peligro de andar “con cara de vinagre”. Ello claramente no es fruto del Espíritu que habita en nuestros corazones y nos impulsa a la misión. Hoy más que nunca la experiencia cristiana profesada y vivida se presenta como una luz en medio de la oscuridad que irradia, desde la belleza que significa ser un ser humano, a creyentes y no creyentes. La lectura de Evangelii Gaudium nos anima en la tarea que llevamos todos en cuanto bautizados.

La sociedad es otra. El Evangelio sigue siendo y seguirá siendo el mismo. El Papa nos anima a reconocer este cambio cultural y volver a pensar nuestros métodos de evangelización. Con un lenguaje sencillo pero lleno de profundidad el Papa nos invita a no confundir los medios con los fines y a poner la dignidad del ser humano al centro de todo anuncio y de toda acción a la que convoca Jesucristo, el único maestro y Señor de la historia.

Combatir el virus del miedo

Por Tamara Cordero
Para muchas personas la angustia ante la enfermedad puede ser peor que la dolencia en sí misma. Aunque es completamente normal sentirse ansioso en este momento por la incertidumbre que genera el futuro desde la debidilidad física, es importante enfrentar la desazón con dosis constantes de esperanza.
El miedo es la emoción que se experimenta al percibir un intenso sentimiento provocado por la apreciación de un peligro o daño que puede ser real o imaginario, presente o futuro. Es la sensación que todos sentimos desde que la pandemia COVID-19 irrumpió en el mundo a comienzos de este año 2020. En mayor o menor medida, una especie de desasosiego se ha instalado en cada uno de nosotros a la hora de realizar nuestras tareas más cotidianas: desde hacer la compra hasta quedar con unos amigos o visitar a nuestros mayores en sus hogares y residencias. Miedo a la enfermedad, sí, pero también miedo por no querer convertirnos en vector de contagio, por la crisis económica que ya vislumbramos tras la sanitaria; miedo por no poder trabajar cuando querríamos hacerlo, miedo por la educación de nuestros hijos, por tener que afrontar una operación quirúrgica, una visita al médico de familia, o sencillamente por montarnos en el metro para acudir a nuestro puesto de trabajo.
Esta emoción es la respuesta que activa nuestro cerebro ante una posible amenaza; y si se le permite que se apropie del cuerpo humano sin control, puede provocar cambios físicos y psicológicos en los pensamientos y las conductas. Ante este sentimiento se puede responder de diferentes maneras: luchando, huyendo o paralizando lo que consideraríamos la vida normal.
“Por supuesto que esta situación que estamos viviendo nos va a dejar una huella psicológica en nuestra vida -afirma Mar Echenique, psicóloga del área de salud de Cruz Roja- pero lo importante es que no tiene por qué dejar una huella negativa, también esto nos puede dar herramientas para afrontar la vida, para relativizar lo que es y lo que no es importante y para adquirir nuevas fortalezas. De lo que no hay duda es de que será una experiencia de vida en todos los casos”.
existen respuestas positivas al miedo que ayudarán a afrontar el momento histórico que se está viviendo en este tiempo, proporcionándonos serenidad para ser precavidos, seriedad a la hora de acatar las normas sociales impuestas por la comunidad sanitaria y política y objetividad a la hora de priorizar aquello que llevamos a cabo cada día. El primer paso es conseguir que esta emoción no paralice el ritmo de nuestra vida.
Sin embargo, hoy proliferan las consecuencias negativas de ese temor a lo desconocido, a lo que no hemos sido capaces de prevenir. Porque la preocupación por lo que pasará en nuestro país, por el futuro de la pandemia y del mundo, es lógica y signo de conexión con la realidad, pero sentir pánico no lo es. Y ambos sentimientos son iguale de contagiosos que el virus del COVID-19.
Echenique es una de las especialistas del programa “Cruz Roja te escucha”, un teléfono de atención psicológica y acompañamiento social que se puso en marcha durante el Estado de Alarma en nuestro país y que ya ha recibido más de 5.000 llamadas. “El servicio se creó en el marco de la crisis sanitaria para las personas que estaban sufriendo psicológicamente lo que estaba sucediendo de una manera más directa, con el objetivo de ofrecer un acompañamiento emocional. Pero con la desescalada seguimos apostando por este servicio porque sigue siendo bastante requerido”. En él se atiende a las personas tantas veces como lo necesiten, y cuando se detecta un problema que necesita de un mayor tratamiento, se deriva a psicólogos especialistas para que le hagan un seguimiento. “La salud mental y emocional es como la física -continúa la experta-, cuanto antes intervengamos más fácil es que no se convierta en algo más grave. Por eso animo a todas las personas a llamar a cualquier servicio de los muchos que hay disponibles cuanto antes, para que se les de el acompañamiento que necesiten en cada momento. Nuestro teléfono gratuito es el 900 107 917 y estamos disponibles de lunes a viernes en horario de mañana y tarde”.
El mundo que nos espera una vez hayamos vencido la crisis sanitaria mundial que estamos atravesando, seguro que será bien distinto al que conocíamos. Además, enfrentaremos en mayor o menor medida una crisis social y económica de gran alcance. La realidad es que nuestro país comenzaba a crecer económicamente después de años de recuperación y nadie suponía que un problema de tal magnitud nos alcanzase. Y es que hay acontecimientos que nadie espera, que son absolutamente impredecibles e imprevisibles. Lo importante es cómo se responde a estos momentos decisivos, qué determinaciones tomemos y qué pasos demos adelante en el camino de nuestras vidas.
La hafefobia es otro de los miedos que más están proliferando en estos días. Se trata del temor al contacto físico y a los gérmenes. También son muchas las personas que sufren el “síndrome de la cabaña”, teniendo la falsa sensación de que en casa están más seguros y no podrán infectarse. El miedo a las multitudes (agorafobia) es otro de los temores que están apareciendo. Y las consultas por TOC relacionadas con la COVID-19 se han disparado en estos meses: “Ha habido un claro repunte en las consultas de psicología clínica, aunque las demandas han sido diferentes a medida que transcurría el tiempo. En un primer momento, durante el confinamiento, hubo muchas crisis de ansiedad y trastornos de estrés agudo. Existía mucho miedo a lo desconocido, mucho temor por la salud tanto propia como de los seres queridos, incertidumbre ante la situación laboral y financiera, angustia por no poder estar cerca de las personas mayores”, aclara Silvia García Graullera, especialista en Psicología Clínica en PSICIA. Y continúa: “Pasado el confinamiento y el Estado de Alarma han aumentado los casos de depresión. El futuro incierto que se nos presenta, el estrés ambiental y sociopolítico, los duelos que se están viviendo… hacen que muchas personas se encuentren sumergidas en todo tipo de pensamientos negativos acerca del presente y del futuro. Y este sentimiento de desesperanza e indefensión está provocando síntomas como la pérdida de interés en actividades que antes resultaban placenteras, tristeza, apatía, sentimientos de inutilidad y sensación de amenaza constante”.
No es malo sentir miedo, aclara la psicóloga, “el miedo cumple una función adaptativa y nos protege frente a las adversidades. Estamos ante una amenaza real y el miedo a los contagios, a poder enfermar, a transmitir la enfermedad a personas más vulnerables, a la incertidumbre sobre las medidas tomadas, es normal y en parte nos ayuda a ser precavidos. Lo malo es cuando este miedo nos desborda, nos paraliza y se convierte en algo irracional. Entonces esta ansiedad se vuelve anticipatoria en forma de pensamientos catastrofistas y limitantes. En este caso se produce un desgaste emocional en el que se pierden los recursos de afrontamiento y puede dar lugar a enfermedades y trastornos psicológicos”.
uno de los síntomas más expresos del miedo es la pérdida de esperanza, lo que puede provocar que se produzca el pánico y se actúe de manera irracional. Como ha pasado en Grecia, donde los nacionalistas, olvidándose de cada uno de los rostros de los refugiados, están pidiendo que se establezcan campos de concentración, para proteger a la población local de la “posible” infección por coronavirus. O en Italia, donde Matteo Salvini, líder opositor, dijo que “los inmigrantes son una amenaza para el país porque pueden portar el virus” y criticó al Gobierno por rescatar a varios refugiados africanos. Son situaciones con fines interesados y partidistas, pero, en definitiva, ejemplos negativos de lo que el pensamiento catastrofista puede limitar nuestras vidas. Y sin duda, son situaciones que no contribuyen a relajar las inquietudes en este momento de inestabilidad social y emocional que está viviendo nuestro mundo.
¿Qué se puede hacer para afrontar este temor de manera positiva? ¿Cómo decir no al pánico y sí a aprender a convivir con esta “nueva normalidad”? No hay recetas mágicas: “Cada persona necesita diferentes razones y consejos para enfrentar el miedo”, dice Echenique, pero sobre todo “no debemos adelantar acontecimientos que pueden ser negativos, tenemos que concentrarnos en el presente e intentar no angustiarnos por lo que pueda pasar o pueda no pasar, pues es algo que desconocemos en este momento”.
“Tenemos que intentar adaptar nuestras rutinas a esta época que estamos viviendo, para poder enfrentarnos a ella de la manera más sana -aconseja Graullera-. No podemos cambiar las situaciones y la realidad que nos está tocando vivir, pero sí tenemos que tener cierto control sobre nuestros pensamientos y actos”.
El ser humano, como ser global que debe ser considerado, es un todo en el que figuran y convergen sentimientos, pensamientos, conductas y acciones. Quizás no sea capaz de responder en este momento al sentimiento de angustia que invade la vida cotidiana, pero sí que puede actuar para que los pensamientos negativos no impregnen todo aquello que se lleva a cabo.
En este tiempo de pandemia, y en el que se vivirá más adelante, hay que seguir siempre las recomendaciones sanitarias de las autoridades, intentando mantener la calma en todo momento, aunque a veces creamos que las situaciones nos sobrepasan. Es importante también que se adquiera una rutina, que contribuya a dar cierta normalidad a un nuevo modo de vida. También, sin renunciar a la vida social, se debe ser precavido y luchar por parar el pensamiento obsesivo focalizando la atención en otros asuntos que no tengan que ver con la pandemia. En este contexto, los hobbies como la lectura y la actividad física, serán grandes aliados que pueden ayudarnos a lograrlo.
también ambas expertas coinciden que es bueno estar informados, pero que, sobre todo en un tiempo como este, hay que ser selectivos y también protegerse de la sobreexposición a los medios: “el cerebro necesita una válvula de escape ante tanto estímulo adverso y es bueno diversificar tareas que nos puedan proporcionar bienestar, activarnos y sentirnos útiles en vez de adoptar una actitud de desesperanza que repercutirá en nuestro estado de ánimo”, confirma la psicóloga clínica Graullera.
En la era digital, la sobrecarga informativa puede tener nefastas consecuencias en el bienestar físico y psicológico con una intensidad mucho más pronunciada que en otro tiempo. La experta también anima a acudir a un profesional: “Si vemos que la situación nos está desbordando, es bueno buscar ayuda”.
El ser humano es único e irrepetible. Por eso, en la vida tenemos la tarea de desarrollar lo único y especial que es. A lo largo de los años, la cultura occidental ha tendido a valorar lo racional más que lo emocional, la acción por encima de la contemplación, lo que puede producir desequilibrios en nuestro organismo. Pero ahora vivimos en la era del cultivo de lo emocional, haciendo énfasis en la necesidad de ser intuitivo, creativo, sentimental y contemplativo, en un intento por restablecer el equilibrio al que se nos ha conducido en los últimos siglos de historia.
el miedo es una emoción que todos en algún momento de la existencia hemos experimentado. Dejar que el pánico se apodere de nosotros es bien distinto. La mejor forma de enfrentar esta situación difícil es respirando hondo, intentando escuchar nuestro interior para entender de dónde proceden estas emociones negativas; encontrando en nuestro ser la esperanza necesaria para abordar este momento histórico y aceptando que, aunque el mundo que nos espera será sin duda distinto a lo imaginado, la vida está por encima de todo