La Iglesia es sinodal

Juanjo Hernández. Un libro clave para entender y recorrer el camino sinodal.

Juan José Hernández Alonso, La iglesia es sinodal, Pozo de Siquén 450,                                    Sal Terrae, Santander, 2022, 144 páginas.

           El credo de Nicea-Constantinopla define a la iglesia como “una, santa, católica y apostólica”. Esos cuatro atributos son en sí suficientes, pues la iglesia es una siendo comunión de fieles, es santa encarnándose en la historia, es católica siendo universal y es apostólica porque está fundada en los apóstoles o enviados de Jesús.

            En ese contexto, este precioso libro del Prof. Juan José Hernández  añade que, precisamente por ser una y católica, la iglesia es (=ha de ser) “sinodal”, pues todos los cristianos comparten en ella un camino de diálogo y vida, en el sentido radical de la palabra  “syn-hodein” (caminar juntos dialogando).

            La iglesia es  sinodal  siendo, al mismo tiempo, “conciliar” (camino de diálogo,espacio de palabra compartida) entre todos los que escuchan y comparten el mensaje y proyecto de Jesús.

            En otro tiempo se podía dejar este elemento sinodal en la penumbra, destacando el aspecto jerárquico de la iglesia, como expresión de un poder superior que se impone sobre los creyentes. Pero el Papa Francisco ha convocado un Sínodo Universal sobre la iglesia como Sínodo, abiendo un camino que todos los católicos están/estamos preparando y recorriendo (años 2021-2023). El profesor Juan José Hernández ha escrito y publicado este libro para sepamos lo que significa la iglesia como sínodo, camino de encuentro en la palabra y en la vida de todos los creyentes.

    He publicado en este blog al Prof. Juan José Hernando Alonso, presentado unas reseñas sobre otros dos  de sus “libros mayores», sobre Jesús de Nazareto el Reino de Dios. El libro que ahora presente es de dimensiones menores (más breve), pero quizá más importante, pues nos sitúa de lleno ante el tema y tarea sinodal de la iglesia.

Por | X Pikaza Ibarrondo

Punto de partida: La iglesia es sinodal

Con el transcurso de los siglos, la iglesia ha tendido a definirse a veces, como sociedad jerárquica y perfecta, como si lo más importante en ella fuera el poder superior (potestas) de una jerarquía clerical sagrada, portadora de sus tres poderes supremos que son; profético (doctrinal), sacerdotal (de celebración) y real o ejecutivo (de organización y mando).

            Ciertamente, ella ha sabido siempre que todos los bauzados comparten (reciben y ejercen) esos os tres poderes de Cristo en la Iglesia (Catecismo Iglesia Católica: 783-786), de forma que todos los cristianos son por sí mismos “sacerdotes, profetas y reyes”. Pero de hecho, en la práctica, eso ha tendido a olvidarse, de forma que sólo algunos (los especialmente ordenados: Obispos y presbíteros) han actuado de hecho como sacerdotes (son restantes son simples fieles), maestros o docentes (los otros son simples oyentes, auditores o discentes) y jerarcas o mandatarios.

            Pues bien, para volver al principio de la iglesia (es decir, al NT), con el concilio Vaticano II y el Catecismo del año 1993, el Papa Francisco ha querido poner de relieve este aspecto “sinodal”, poniendo así de relieve que la verdadera jerarquía se expresa y realiza en ella en forma “sinodal”, es decir, en comunión y diálogo de vida de todos los creyentes.

            No se trata, según eso, de cambiar la doctrina (de crear un nuevo dogma), ni de añadir un quinto atributo a la iglesia diciendo que ella es “una, santa, católica, apostólica y sinodal”, sino que ella es sinodal precisamente por ser una, santa, católica y apostólica, como supone y dice el credo “romano” o de los apóstoles, cuando afirma: Creo la Santa Iglesia católica, en la comunión de los santos, etc.

Tema básico

Ese es el tema de fondo de este libro que Juan José Hernández ha desarrollado de un modo exquisito, de una forma bíblica, histórica, teológica y catequética, que puede condensarse en tres afirmaciones.

Todos los bautizados son profetas (comparten y proclaman la verdad del evangelio). No reciben simplemente la doctrina de otros maestros exteriores, no son puros “dependientes” de un magisterio externo, sino portadores y testigos de la palabra de Dios, “maestros” en la fe, que han recibido por el bautismo y que han ido madurando a lo largo de su vida de creyentes. 

Todos los bautizados son reyes en Cristo, siendo así responsables de la vida de la iglesia. No son esclavos de nadie ni de Cristo (ni de Cristo). Nadie puede imponerles su dictado y mandar sobre ellos. Son “reyes”, esto es, libres, capaces de discernir y realizar la misión de un Cristo en quien no hay reyes y súbditos, señores y esclavos, pues todos son amigos y hermanos, con una misma autoridad de amor y servicio mutuo

Todos son, finalmente, celebrantes del misterio de la vida en Cristo, en el sentido radical de la palabra. Éste es el sacerdocio verdadero, el más profundo, ése que suele llamarse “sacerdocio compartido de los fieles, conforme al “orden” de Melquisedec, que es orden de y de todos los cristianos (conforma a la carta a los Hebreos.

Iglesia en “sínodo”, , en camino compartido.

             Sínodo viene de “syn-hodein”, es decir, de hacer camino juntos, dialogando todos para resolver, desde la inspiración común de Cristo y de su Espíritu Santo, los problemas y tareas de la vida, como ha puesto de relieve al autor de este libro, comenzando con el famoso “proemio” o “presupuesto” del Concilio de los apóstoles, tal como lo ha narrado el libro de los Hechos de los Apóstoles: “Nos ha parecido al espíritu Santo y a nosotros…” (Hch 15).

Nos ha parecido, sigue diciendo san Pablo (Gal 2) tras una intensa exposición del temas, con el diálogo consiguiente y la toma de una decisión compartida por la mayoría, de forma que podamos tener la certeza de que lo que decidimos brota de nuestra búsqueda y decisión compartida, brotando, al mismo tiempo, de la voluntad de Cristo que habla por la Iglesia.

            Todas estas cosas parecen sabidas en la iglesia, pero de hecho habían quedado en el fondo, sin desarrollarse, por dos razones que pueden ser complementarias. (a) Por una parte, algunos clérigos, que se han entendido a sí mismos como “jerarcas” han preferido tomar la iglesia como “coro de poder particular”, presentándose como única iglesia docente, de forma que los demás sólo aparezcan en ella como “oyentes”, dispuestos a obedecer. (b) Por otra parte, muchos católicos han preferido escuchar y obedecer; le ha parecido mejor que otros manden y resuelvan los problemas.

            En contra de eso, en 16 capítulos de historia y reflexión creyente, Juan José Hernández ha ido poniendo de relieve los “rasgos sinodales” de la esencia de la iglesia, desde el principio (Nuevo Testamento), pasando por la vida de las primeras comunidades cristianas, hasta llegar cl concilio Vaticano II, que ha definido a iglesia como “comunión y comunicación”.

            Este no es un tema “teórico”, para comprender y admirar (aunque también es eso), sino para comprender y actuar, como ha puesto de relieve el Papa Francisco, que ha querido poner en marcha a toda la iglesia, anunciando un sínodo dedicado precisamente a la “sinodalidad” de la Iglesia, de forma que todos los cristianos puedan prepararlo, reuniéndose por parroquias y comunidades, en el mundo entero.

            Éste es un camino que miles y millones de cristianos del mundo entero han empezado a recorrer, no sólo pensando sobre el futuro sínodo romano, sino “haciendo sínodo”, siendo ellos mismo sínodo abierto y universal, de reflexión compartida, de comunión de vida.

Un libro básico, un acontecimiento central de la Iglesia. Volver a Mt 18

            No conozco ningún texto “base” mejor que este de Juanjo Hernández sobre el sentido y camino de la sinodalidad eclesial. Conozco por experiencia personal las dificultades que está teniendo en ciertos ambientes la preparación y marcha de este símbolos. Estamos más acostumbrados a que nos digan lo que tenemos que hacer y decir, a escuchar de un modo pasivo lo que otros nos quieren decir. Pero los cristianos no somos simplemente “oyentes”, sino oyentes “responsables”, que escuchan y comparten la palabra, para así cumplirla.

El futuro de la Iglesia católica depende de este “camino sinodal”, que el Papa Francisco ha propuesto del modo más solemne y que el Prof. Juanjo Hernández ha estudiado de un modo magistral en este libro, no para que simplemente “se entienda”, sino para que pueda recorrerse el camino sinodal. No quiero ni puedo añadir nada a lo que él dice. Todo es bueno, está en su punto. Sólo como “colega” y amigo antiguo, algo más especializado en Biblia, me atrevo a poner una pequeña glosa marginal a su estudio, no para añadir nada a lo que dice, sino para situarlo en el contexto del evangelio de Mateo, que es el “evangelio del Papa” (por lo que dice de Pedro en Mt 16, 18-19: “Tu eres Roca/Petros y sobre esta Piedra/Petra edificaré mi iglesia).

Abriendo y recorriendo este camino sinodal, el Prof. Juan José Hernández ha retomado un motivo central del primer evangelio (el de Mateo), retomando y mejorando motivos que yo mismo he planteado en mi comentario de Marcos. Agradezco su amabilidad al citarme y me permito evocar en ese contexto algunas ideas y propuestas de mi comentario, para unirme de esa forma a su «manifiesto» a favor de una iglesia sinodal.

Siendo “evangelio del Papa”, Mateo es, al mismo tiempo, el evangelio de la iglesia sinodal, como pone de relieve Mt 18,   mostrando que la autoridad Papa/Pedro no va en contra de la sinodalidad de la iglesia, sino que debe proponerla, defenderla y propagarla. Así sigue diciendo este evangelio, tras haber hablado de Pedro y fijado su tarea en el comienzo de la iglesia, refiriéndose ahora a cada comunidad eclesial:             

Y si tu hermano peca contra ti, ve y repréndele a solas; si te escucha, has ganado a tu hermano.Si no te escucha, toma contigo a uno o a dos, pues todo problema se resuelve por dos o tres testigos. Y si no les escucha llama a la iglesia y si no la escucha, sea para ti como gentil y publicano (Mt 18, 15-17)[1].

            La comunidad reunida es instancia suprema (sinodal) de autoridad. La iglesia que acepta en su seno a quienes creen en Jesús, no puede aceptar a quienes rompen su  unidad fraterna. Este «derecho» de la Iglesia para instituirse como grupo autónomo y visible queda aquí trazado y expuesto de un modo ejemplar, externamente escandaloso (sea para ti como un publicano…), internamente necesario:La Iglesia no puede mantenerse como instancia mesiánica ni ofrecer su apertura a todos los pueblos, si no conserva su identidad, trazando los límites del evangelio, y mostrando que quienes se oponen al perdón y gracia de Dios corren el riesgo de salir fuera del espacio comunitario donde se acoge y cultiva esa gracia.

 Ésta es una declaración de ortodoxia práctica de la Iglesia: pertenecen a la comunidad de Jesús los que perdonan y se dejan perdonar; pero aquellos que niegan el perdón corren el riesgo de quedar fuera de ella (fuera del campo del perdón de Dios, que los seguidores de Jesús reflejan y encarnan en la tierra).

Éste un límite interior del mesianismo: quienes excluyen a los otros (pobres y pequeños) se excluyen a sí mismos, quienes expulsan a otros y no les dejan formar parte del “sínodo” (camino compartido) se condenan y expulsan a sí mismos de la comunidad.

 Precisamente para abrirse a todos (y en especial a los más pobres), la iglesia debe negar a quienes niegan su apertura.  De esa forma se solapan el centro y la frontera del evangelio. El centro es el perdón siempre ofrecido, superando la ley, como gracia fundante. La frontera es la exclusión de aquellos que niegan el perdón, una exclusión que no nace de la iglesia (que no excluye, ni condena positivamente a nadie), sino del pecador, que al negarse a perdonar se excluye del perdón.

Mt 16, 18-19 presentaba a Pedro como roca y rabino primero de la Iglesia (es decir, de todas comunidades cristianas), pues había interpretado (atado-desatado) los principios de la Ley judía desde Jesús (cf. Mt 5, 19). Por el contrario, este pasaje (Mt 18, 15-20) se sitúa en un plano posterior y define a cada iglesia como un grupo autónomo, capaz de organizar su vida interna desde la experiencia y tarea del perdón, en gesto de sínodo constante. Por eso, allí donde fracasa la corrección personal (o de pequeño grupo: dos o tres), deben reunirse los hermanos y decidir (a fin de que la comunidad pueda seguir siendo espacio de perdón).

Este pasaje  comienza diciendo si tu hermano, es decir, un miembro de la comunidad peca contra ti…. No se trata de una falta intimista, sino de un pecado que pone en riesgo la unidad y vida comunitaria. Por eso se instaura un proceso comunitario en regla, que traza las tareas de aquellos que forman parte de la comunidad. El método de ese proceso es el diálogo, según el orden descrito: uno a uno, dos testigos, comunidad entera. El camino que debe recorrerse puede ser doloroso, pero es necesario y no puede delegarse. La comunidad cristiana está formada por personas capaces de juntarse y resolver dialogando sus problemas[2].

            Sólo así se puede seguir diciendo que cada comunidad cristiana es signo y presencia de Dios, de manera que su decisión tiene un valor definitivo. No hay una “autoridad posterior” (fuera del sínodo o diálogo de la comunidad). Partiendo de Jesús el sínodo o diálogo comunitario es la autoridad suprema de la Iglesia.

En verdad os digo: todo lo que atéis en la tierra, será atado en el cielo;        y todo lo que desatéis en la tierra, será desatado en el cielo (Mt 18,18)

Este no es un modelo exclusivamente cristiano, sino que brota de la raíz judía [3] de Mateo de Jesús y del evangelio de Mateo, que entiende la Iglesia como una federación de comunidades vinculadas por Jesús, conforme a la interpretación de Pedro. Las palabras atar y desatar (deô y lyô) indican aquello que ha de hacerse para establecer la iglesia (acoger y expulsar, afirmar y negar, confirmar y abrogar). Los judeocristianos habían dicho que nadie puede desatar (lyô) los mandamientos de la Ley (Mt 5, 19); pero Pedro había recibido las llaves del Reino, como primer escriba, intérprete de Jesús, y así pudo atar y desatar (deô y lyô) en el momento fundante de la iglesia (cf. 16, 18-19). Pues bien, conforme a Mt 18, 18, lo que hizo Pedro (para la iglesia entera) puede y debe hacerlo cada iglesia, avalada por el mismo Cielo, para establecer y mantener su identidad.

Esto significa que la autoridad es la misma comunidad, es decir, los cristianos reunidos en diálogo personal y en oración (es decir, como iglesia). Sobre cualquier dominación externa, por encima de todo poder separado que intenta imponerse a los demás, ha establecido Mateo el principio israelita de la comunión fraterna como revelación y signo de Dios (y de Cristo), una comunión abierta a todos los hermanos, empezando por los pobres y pequeños, sin cerrarse en un grupo de limpios y puros. Esa verdad eclesial de Jesús se identifica con el mismo diálogo comunitario y no puede delegarse en ningún otro organismo o sistema dirigido desde fuera[4].

En verdad os digo: si dos de vosotros concuerdan, sobre cualquier cosa que pidan en la tierra, les será dado por mi Padre que está en los cielos. Porque donde se reúnen dos o tres en mi Nombre, allí estoy Yo en medio de ellos (Mt 18, 19-20).

 Éstos son los dos «sujetos» básicos de la comunidad (uno Dios, el otro Jesús), vinculados entre sí. (a) El primero es Dios Padre, ante quien los cristianos se vinculan y concuerdan (symphônein) por su oración (su palabra). Los hermanos descubren su necesidad ante Dios y se vinculan en plegaria, en grupos de, al menos, dos o tres personas, según la tradición judía (Mt 18, 16.19. Cf. Dt 19, 15). (b) El segundo es Jesús. Los judíos rabínicos se reunían en nombre de la Ley, que ellos veneran y cumplen unidos, como sabe la Misná, Abot 3, 2 A (cf. citas anteriores).

Pues bien, los cristianos de Mateo se reúnen en nombre de Jesús para hacer camino compartido, en forma de “sínodo constante”: «Donde estén dos o tres reunidos en mi nombre allí estoy yo…» Como autoridad pascual (Emmanuel, Dios con nosotros: Mc 1, 23), Jesús se encuentra allí donde sus discípulos viven y extienden su mensaje (Mt 28, 20), dialogando entre sí (18, 20), en forma de camino compartido. Este «yo» de Jesús, presente en las comunidades que escuchan y cumplen la Palabra de Dios dialogando entre sí define a los cristianos.

Éste es el argumento de fondo de este breve y sólido libro de Juanjo Hernández, definiendo, del mejor modo posible, el camino sinodal de la Iglesia, tal como lo está proponiendo el Papa Francisco. Por eso he querido añadir este pequeña reflexión personal, vinculando, con el evangelio de Mateo la “autoridad fundante” del Papa/Pedro y la autoridad “caminante”  de la iglesia sinodal.

Gracias, Juanjo, de nuevo, por este libro y por toda tu obra teológica ejemplar a lo largo de tu intenso ministerio sinodal, eclesial, desde tus años de Profesor de la Universidad Pontificia de Salamanca hasta estos años de jubilación profunda siempre al servicio del mensaje de Jesús y de la Iglesia.

 Notas

[1] Formulación hipotética (no apodíctica) de perdón y exclusión comunitaria, con cita de Dt 19, 19. La iglesia o comunidad cristiana aparece con autonomía jurídica, independiente de la sinagoga. Fuera de ella quedan el gentil y publicano, es decir, aquellos qu,e en terminología judía, no pueden compartir la vida del pueblo de Dios. Eso significa que los miembros de esas comunidades hablan como judíos, pues consideran a los de fuera (a los que rompen la disciplina comunitaria) como gentiles y publicanos (desde un tipo de judaísmo que sigue buscando una pureza interior).

[2] La palabra «el que peca contra ti» tiene aquí un carácter colectivo, como interpretan aquellos manuscritos que ponen contra nosotros o vosotros (cf. GNT y NTG). La carta de Santiago (Sant 5, 19-20) ofrece una versión distinta de ese «proceso» de conversión y perdón, desde una perspectiva más personal, sin fijar ningún tipo de condena, como vimos en cap. 12

[3] Así aparece en un famoso texto judío:  Abot 3,2 A. «Rabi Ananías, hijo de Teradión, decía: si dos están sentados juntos y no median entre ellos las palabras de Torah, es una reunión de insolentes, como está escrito: en la junta de los insolentes no se sienta (Sal 1, 1).Pero si dos personas están sentadas juntas y median entre ellas las palabras de la Torah, a Sekina (=Dios) está en medio de ellos, como está escrito: cuando los temerosos de Yahvé se hablan mutuamente, Yahvé les habla y escucha y es escrito un libro de memorias en su presencia para los justos de Yahvé… (Mal 3,16)».

[4]Cf. W. Pesch, Matthäus als Seelsorger (Mt 18) (SBS 2), Stutgart 1966. Sobre la vinculación de los judíos en torno a la Ley, según la Misná, he tratado en Dios Judío, Dios cristianos, Verbo Divino, Estella 1997309-315

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