La Carta Apostólica «Desiderio desideravi»

El Papa: «Abandonemos las polémicas sobre la liturgia, redescubramos su belleza»

Con «Desiderio desideravi», la Carta Apostólica al Pueblo de Dios, Francisco invita a superar tanto el esteticismo que solo se complace en la formalidad exterior como la dejadez en las liturgias: «Una celebración que no evangeliza no es auténtica».

VATICAN NEWS

Una Carta Apostólica al Pueblo de Dios sobre la liturgia, para recordar el sentido profundo de la celebración eucarística surgida del Concilio e invitar a la formación litúrgica. El Papa Francisco publica Desiderio desideravi, que con sus 65 párrafos desarrolla los resultados de la plenaria de febrero de 2019 del Dicasterio del Culto Divino y sigue el motu proprio Traditionis custodes, reafirmando la importancia de la comunión eclesial en torno al rito surgido de la reforma litúrgica postconciliar. No se trata de una nueva instrucción ni de un directorio con normas específicas, sino de una meditación para comprender la belleza de la celebración litúrgica y su papel en la evangelización. Y concluye con un llamamiento: «Abandonemos las polémicas para escuchar juntos lo que el Espíritu dice a la Iglesia, mantengamos la comunión, sigamos asombrándonos por la belleza de la Liturgia” (65).

La fe cristiana, escribe Francisco, o es un encuentro vivo con Él, o no es. Y «la Liturgia nos garantiza la posibilidad de tal encuentro. No nos sirve un vago recuerdo de la última Cena, necesitamos estar presentes en aquella Cena». Recordando la importancia de la constitución Sacrosanctum Concilium del Vaticano II, que condujo al redescubrimiento de la comprensión teológica de la liturgia, el Papa añade: “Quisiera que la belleza de la celebración cristiana y de sus necesarias consecuencias en la vida de la Iglesia no se vieran desfiguradas por una comprensión superficial y reductiva de su valor o, peor aún, por su instrumentalización al servicio de alguna visión ideológica, sea cual sea” (16).

Después de haber advertido contra la «mundanidad espiritual» y el gnosticismo y el neopelagianismo que la alimentan, Francisco explica que » Participar en el sacrificio eucarístico no es una conquista nuestra, como si pudiéramos presumir de ello ante Dios y ante nuestros hermanos” y que «la Liturgia no tiene nada que ver con un moralismo ascético: es el don de la Pascua del Señor que, aceptado con docilidad, hace nueva nuestra vida”. “No se entra en el cenáculo sino por la fuerza de atracción de su deseo de comer la Pascua con nosotros” (20). Para sanar la mundanidad espiritual, es necesario redescubrir la belleza de la liturgia, pero este redescubrimiento “no es la búsqueda de un esteticismo ritual, que se complace sólo en el cuidado de la formalidad exterior de un rito, o se satisface con una escrupulosa observancia de las rúbricas. Evidentemente, esta afirmación no pretende avalar, de ningún modo, la actitud contraria que confunde lo sencillo con una dejadez banal, lo esencial con la superficialidad ignorante, lo concreto de la acción ritual con un funcionalismo práctico exagerado” (22).

El Papa explica que “hay que cuidar todos los aspectos de la celebración (espacio, tiempo, gestos, palabras, objetos, vestiduras, cantos, música, …) y observar todas las rúbricas: esta atención sería suficiente para no robar a la asamblea lo que le corresponde, es decir, el misterio pascual celebrado en el modo ritual que la Iglesia establece. Pero, incluso, si la calidad y la norma de la acción celebrativa estuvieran garantizadas, esto no sería suficiente para que nuestra participación fuera plena” (23). “Si faltara el asombro por el misterio pascual que se hace presente en la concreción de los signos sacramentales, podríamos correr el riesgo de ser realmente impermeables al océano de gracia que inunda cada celebración” (24). Este asombro, aclara Francisco, no tiene nada que ver “con la vaga expresión “sentido del misterio”: a veces, entre las supuestas acusaciones contra la reforma litúrgica está la de haberlo – se dice – eliminado de la celebración. El asombro del que hablo no es una especie de desorientación ante una realidad oscura o un rito enigmático, sino que es, por el contrario, admiración ante el hecho de que el plan salvífico de Dios nos haya sido revelado en la Pascua de Jesús” (25).

¿Cómo podemos entonces recuperar la capacidad de vivir plenamente la acción litúrgica? Ante el desconcierto de la posmodernidad, el individualismo, el subjetivismo y el espiritualismo abstracto, el Papa nos invita a volver a las grandes constituciones conciliares, que no pueden separarse unas de otras. Y escribe que “sería banal leer las tensiones, desgraciadamente presentes en torno a la celebración, como una simple divergencia entre diferentes sensibilidades sobre una forma ritual. La problemática es, ante todo, eclesiológica» (31). Detrás de las batallas sobre el ritual, en definitiva, se esconden diferentes concepciones de la Iglesia. No veo cómo se puede decir, señala el Pontífice, que se reconoce la validez del Concilio y no aceptar la reforma litúrgica nacida de la Sacrosanctum Concilium (31).

Citando al teólogo Romano Guardini, muy presente en la Carta Apostólica, Francisco afirma que sin formación litúrgica, «las reformas en el rito y en el texto no sirven de mucho» (34). Insiste en la importancia de la formación, en primer lugar en los seminarios: «Una configuración litúrgico-sapiencial de la formación teológica en los seminarios tendría ciertamente efectos positivos, también en la acción pastoral. No hay ningún aspecto de la vida eclesial que no encuentre su culmen y su fuente en ella. La pastoral de conjunto, orgánica, integrada, más que ser el resultado de la elaboración de complicados programas, es la consecuencia de situar la celebración eucarística dominical, fundamento de la comunión, en el centro de la vida de la comunidad. La comprensión teológica de la Liturgia no permite, de ninguna manera, entender estas palabras como si todo se redujera al aspecto cultual. Una celebración que no evangeliza, no es auténtica, como no lo es un anuncio que no lleva al encuentro con el Resucitado en la celebración: ambos, pues, sin el testimonio de la caridad, son como un metal que resuena o un címbalo que aturde” (37).

Es importante, continúa explicando el Papa, educar en la comprensión de los símbolos, lo que resulta cada vez más difícil para el hombre moderno. Una forma de hacerlo «es, sin duda, cuidar el arte de la celebración», que «no puede reducirse a la mera observancia de un aparato de rúbricas, ni tampoco puede pensarse en una fantasiosa – a veces salvaje – creatividad sin reglas. El rito es en sí mismo una norma, y la norma nunca es un fin en sí misma, sino que siempre está al servicio de la realidad superior que quiere custodiar” (48). “Uno no aprende el arte de celebrar porque asista a un curso de oratoria o de técnicas de comunicación persuasiva (no juzgo las intenciones, veo los efectos), sino que “es necesaria una dedicación diligente a la celebración, dejando que la propia celebración nos transmita su arte” (50). Y “entre los gestos rituales que pertenecen a toda la asamblea, el silencio ocupa un lugar de absoluta importancia”, que “mueve al arrepentimiento y al deseo de conversión; suscita la escucha de la Palabra y la oración; dispone a la adoración del Cuerpo y la Sangre de Cristo” (52).

A continuación, Francisco observa que en las comunidades cristianas su forma de vivir la celebración «está condicionada -para bien y, por desgracia, también para mal- por el modo en que su pastor preside la asamblea». Y enumera varios «modelos» de presidencia inadecuada, aunque sean de signo contrario: «rigidez austera o creatividad exasperada; misticismo espiritualizante o funcionalismo práctico; prisa precipitada o lentitud acentuada; descuido desaliñado o refinamiento excesivo; afabilidad sobreabundante o impasibilidad hierática». Estos modelos tienen una raíz común: “Un exagerado personalismo en el estilo celebrativo que, en ocasiones, expresa una mal disimulada manía de protagonismo. Esto suele ser más evidente cuando nuestras celebraciones se difunden en red”, mientras que “presidir la Eucaristía es sumergirse en el horno del amor de Dios” (57).

El Papa concluye la carta pidiendo «a todos los obispos, presbíteros y diáconos, a los formadores de los seminarios, a los profesores de las facultades de teología y de las escuelas de teología, y a todos los catedráticos y catequistas, que ayuden al santo pueblo de Dios a sacar de lo que siempre ha sido la fuente primaria de la espiritualidad cristiana», reafirmando lo establecido en la «Traditionis custodes», para que «la Iglesia eleve, en la variedad de lenguas, una oración única e idéntica capaz de expresar su unidad» y esta oración única es el Rito Romano surgido de la reforma conciliar y establecido por los santos pontífices Pablo VI y Juan Pablo II.

Intuiciones en el camino sinodal

Intuiciones y batallas interiores en la ruta de los caminos sinodales

por Mauricio López Oropeza 


  

Poder decirle literalmente a Dios que uno le ama

no solamente con todo su cuerpo, con todo su corazón,

con toda su alma, sino con todo el Universo en vías de unificación.

He aquí una oración que no puede hacerse

más que en el seno del Espacio-Tiempo

Pierre Teilhard de Chardin. ‘El fenómeno humano’

Antes de la Asamblea del Sínodo de la Amazonía, la fuerza de Dios me regaló en el silencio de mis Ejercicios Espirituales – corría el mes de julio del año 2019 – la moción, como llamada desde lo profundo, a emprender una navegación hacia este gran evento.


Fue un recorrido de absoluta gracia personal (y ha sido muy esperanzador saber que lo fue también para muchas personas en tantos y diversos sitios), mediante la cual pude buscar y encontrar la serenidad, el discernimiento y el coraje necesarios para escuchar la voz más importante, la del Dios vivo y presente en los rostros concretos de la Amazonía, y llevarla conmigo a la experiencia de Asamblea Sinodal de octubre del mismo año.

Esa voz nos habló a todos los participantes del Sínodo, al menos los que tenían un corazón libre y abierto, para descubrirlo en las imprescindibles voces de los pueblos, comunidades y misioneros que se encarnan día a día en la Amazonía, y desde las cuales personalmente pude encontrar el sentido en medio de tanto movimiento.

De esa voz de Dios me vino el valor para sostenerme en aguas tan agitadas como las del proceso Sinodal. Esas aguas desde las que el propio Jesús nos llama a no tener miedo y a confiar en Él, como lo hizo con sus seguidores más cercanos en medio de la tempestad.

Luego de participar de la intensa Asamblea del Sínodo Amazónico, la pregunta que más fuerte retumbó en mi interior y acechó mi ser no fue ¿qué sigue ahora y cómo lo hemos de abordar?, sino ¿quién soy hoy, que ya no el mismo de hace un par de meses cuando la Asamblea comenzaba, tampoco el que fui dos años atrás cuando comenzamos este proceso de preparación, escucha y de ruta compartida? En medio de este recorrido interior me hago consciente sobre cómo este proceso me ha trastocado por dentro y me ha transformado definitiva e indudablemente, y de modo permanente.

Por ello, quiero compartir una serie de reflexiones que también quieren ser intuiciones de una ruta personal hacia la Pascua, es decir, hacia un cierto modo de vida nueva, y que son sobre todo eso: movimientos internos –cargados de una mezcla de dudas y certezas – a la luz de la experiencia personal y de mi vivencia sinodal comunitaria. Ellas buscan, por un lado, sacarme de dentro esto que quema en el interior y que no sé dónde poner o cómo acomodar, y por otro, dar cuenta de lo vivido, no desde las tantas lecturas sapienciales, estructurales, morales o programáticas, sino desde las ininterrumpidas sacudidas internas que he experimentado desde la experiencia inédita sinodal que me ha transformado.

Intuiciones en el camino sinodal

  1. Somos pequeñas gotas de agua que resultan del milagroso ciclo vital de la condensación de elementos libres que se integran poco a poco, superando distancias y diferencias de origen y dimensión, pero que de manera misteriosa en su existencia física se van integrando, y en el encuentro podemos abrazar y atestiguar la lógica del Dios creador que produce esa posibilidad de síntesis que también nos representa como seres en proceso de consolidación, como una Iglesia sinodal en camino.
  2. Pidamos intensamente que seamos como esas aguas dispersas que bajo tu lógica se van integrando poco a poco para hacer sentido de nuestra limitada y miniatura existencia, con la que podamos tejer la parte que nos toca en el gesto del advenimiento de una humanidad nueva: el Reino.
  3. Señor, que en el permanente e inconmensurable misterio del movimiento de tu presencia en todo la creado, haz que la convergencia sea posible. Una convergencia de lo diverso que dé como resultado la avasalladora fuerza liberadora, descomunal e incontenible de un río de vida que solo podemos comprender al quitarnos las sandalias ante la tierra y aguas sagradas que relatan tu presencia y belleza en el corazón de este territorio, y en la vida misma de quienes ahí acompañamos y nos acompañan.
  4. Ahí en el Cristo presente en los rostros concretos, en su diversidad cultural, en su espiritualidad y en el permanente proceso de evolución que refleja un camino de liberación en este ‘kairós’ del Reino que se va gestando en todo y en todos sin que nada ni nadie lo pueda parar. Dios es el amor descomunal que lo libera y lo trasciende todo.
  5. Este camino de construcción de Reino desde la sinodalidad sabe a esperanza, pero también produce temor por lo que esto podría implicar en cuanto a cambios, transiciones y nuevos caminos no anticipados. Hay una sensación de plenitud interna y un inusitado gozo por abrazar una genuina libertad ante lo que esto podría producir. Junto con ello debe morir mi anhelo de ser afirmado por otros, pues ello me ata y me imposibilita ir más allá de mí mismo.
  6. Que la fuerza de la parresía nos llene de tu convicción profética, y en ello pido la Gracia de querer, anhelar y pedir, aunque con temor y temblor, el ponerme enteramente en tus manos en este servicio.
  7. Que sepa ponerme en los brazos y bajo el amparo de tantos y tantas mártires de la Iglesia de América Latina, los conocidos y los desconocidos; para que los imitemos, no desde la perspectiva del martirio por sí mismo, porque esto es una gracia nunca buscada, pero sí en la profunda y ferviente experiencia de entrega sin negociar los propios términos. Ponernos de verdad a la intemperie por la pasión de servir a tu proyecto, y ser probados hasta las más inesperadas consecuencias. Y aunque me tiembla la mano de solo escribirlo, lo pido con firme convicción de desear estar a la altura de Tu llamado.
  8. Seamos puente y sitio de encuentro, fieles al llamado del Espíritu para estar en comunión “parrésica” para responder a los signos de los tiempos, y ser capaces de responder ante las graves, sistemáticas e impunes expresiones de muerte violenta y cotidiana que vivimos en los territorios de la Amazonía, donde impera una creciente cultura del descarte.
  9. Que, siguiendo el proceso vivido hasta ahora, el actual Sínodo de la sinodalidad (comunión, participación y misión) sea una verdadera ocasión para estar del lado de los que han sido siempre excluidos y postergados, que sea un momento de opción por el proyecto de Reino, a la luz del Concilio Vaticano II y sus reformas aún pendientes, y del lado del papa Francisco y su itinerario de alegría, reforma y conversión. Que podamos experimentarlo como un verdadero “sentir con la Iglesia”, y al mismo tiempo que nos reconozcamos todos y todas como seres de paso en todo este camino.

Somos medios, el Sínodo ha de ser un medio. El fin único, y último, es la vida plena del territorio y sus pueblos en la plenitud del Señor. El fin último es el Reino al modo en que Jesús nos enseñó.  Esta navegación continuará cada día y todos los días, en mi vida y en toda vida de quien se abra a la experiencia de los nuevos caminos para la Iglesia y para nuestro mundo lastimado.


Por Mauricio López Oropeza. Director del Centro Pastoral de Redes y Acción Social del CELAM

Un proyecto de paz global

Francisco reclama pasar de las “estrategias de poder” a un “proyecto de paz global”

El pontífice invita a los cristianos a testimoniar con la vida la fraternidad que Jesús propone en el evangelio

Aunque julio es tradicionalmente el mes de vacaciones del papa Francisco, en el que se suspenden las audiencias y se reduce la agenda pública; el pontífice no ha falta a su cita dominical para presidir la oración mariana del ángelus tras haber presidido la eucaristía con la comunidad congoleña de Roma. Los fieles no han faltado a este encuentro con el Papa desde la Plaza de San Pedro y han recibido como obsequio en esta ocasión la nueva revista mensual que el periódico ‘L’Osservatore Romano’ ofrecerá elaborada por las personas sin techo, suplemento que se ha denominado ‘Osservatore di strada’.los misioneros Pedro Ortiz de Zárate y Juan Antonio Solinas, los conocidos como mártires del Zenta. Asesinados en 1683 fueron una referencia por si labor misionera en el valle del Zenta, al noroeste del país. E Papa sestacó la defensa de las poblaciones indígenas desde el mensaje del evangelio e invitó a todos a mantener el compromiso por los más débiles.

Nuevamente, el Papa pidió por la paz en Ucrania y en el resto del mundo, en este sentido pidió a las autoridades que no mantengan la paz a través del control de armamento. “Hago un llamamiento a los jefes de las Naciones y Organizaciones Internacionales para que reaccionen ante la tendencia a acentuar el conflicto y la confrontación. El mundo necesita paz. No una paz basada en el equilibrio de las armas, en el miedo mutuo. No, eso no servirá. Esto es hacer retroceder la historia setenta años”, denunció. Para Francisco, “la crisis ucraniana debería haber sido, pero –si se quiere– todavía puede llegar a ser, un reto para los sabios estadistas, capaces de construir en el diálogo un mundo mejor para las nuevas generaciones. Con la ayuda de Dios, esto siempre es posible. Pero debemos pasar de las estrategias de poder político, económico y militar a un proyecto de paz global: no a un mundo dividido entre potencias en conflicto; sí a un mundo unido entre pueblos y civilizaciones que se respeten mutuamente”.

Discípulos en fraternidad

En su reflexión a partir de la liturgia del día, el envío de los 72 discípulos, Francisco destacó que Jesús “no envía gente solitaria delante de él, sino discípulos que van de dos en dos” e insiste en el “testimonio que han de dar más que a las palabras que han de decir”, los llama a “evangelizar con su comportamiento”. El Papa destacó que no son “predicadores que no saben ceder la palabra a otro”. “Es ante todo la vida misma de los discípulos la que anuncia el Evangelio: su saber estar juntos, su respeto mutuo, su no querer demostrar que son más capaces que el otro, su referencia concordante al único Maestro”, destacó.

Para Francisco, “se pueden elaborar planes pastorales perfectos, poner en marcha proyectos bien elaborados, organizarse hasta el más mínimo detalle; se pueden convocar multitudes y disponer de muchos medios; pero si no hay disponibilidad para la fraternidad, la misión evangélica no avanza”. En este sentido contó la anécdota de un misionero solitario en África que acabó funcionando como un “mero empresario” que hacía solo obras y papeleo y recuperó la vida comunitaria. “La misión evangelizadora no se basa en el activismo personal, es decir, en el ‘hacer’, sino en el testimonio del amor fraterno, incluso a través de las dificultades que conlleva la convivencia”, reclamó. En este sentido, el Papa concluyó su reflexión invitado a todos a evaluar su vivencia y testimonio de fraternidad lanzando algunas preguntas al aire.

El Papa habla de la liturgia

Francisco: «Hay olor al diablo cuando la liturgia es una bandera de división»

Audiencia al Instituto Pontificio San Anselmo
Audiencia al Instituto Pontificio San Anselmo

Al recibir a los profesores y alumnos del Pontificio Instituto San Anselmo, con motivo del 60º aniversario de su fundación, el Papa Francisco les recordó que la liturgia es fundamental para la vida cristiana

La liturgia nos impulsa al amor al prójimo y al diálogo, a la vez que nos abre al espíritu ecuménico

«La liturgia no se posee, no, no es una profesión … No es una cuestión de ritos, es el misterio de Cristo. (…) Todo esto, en su Instituto, debe ser meditado, asimilado, yo diría ‘respirado'»

“Quisiera subrayar el peligro, la tentación del formalismo litúrgico, de volver a las formas, a las formalidades más que a la realidad»

 

Por | Adriana Masotti

(Vatican News).– Dirigiéndose a los profesores, alumnos y ex alumnos del Pontificio Instituto Litúrgico San Anselmo, presentes con el rector y el decano con motivo del 60º aniversario de su fundación, el Santo Padre les recordó la Constitución Sacrosanctum Concilium con la que el Concilio Ecuménico Vaticano II impulsó la renovación de la vida litúrgica en la Iglesia, indicando tres dimensiones: la participación activa de los fieles, la comunión eclesial, animada en particular por la Eucaristía, y el impulso a la misión evangelizadora «que implica a todos los bautizados».

Participación activa de los fieles

«El Pontificio Instituto Litúrgico está al servicio de esta triple necesidad», dijo el Papa. Y añadió que el estudio de la liturgia debe fomentar la vida litúrgica, que es fundamental en la vida del cristiano, lo que significa «educar a las personas” para que entren en el espíritu de la liturgia, para que se «impregnen» de ella. De ahí su primera indicación:

“En San Anselmo, me gustaría decir, debería ocurrir esto: impregnarse del espíritu de la liturgia, sentir su misterio, con un asombro siempre nuevo. La liturgia no se posee, no, no es una profesión: la liturgia se aprende, la liturgia se celebra”

A la vez que señaló que hay que llegar a esta actitud de celebrar la liturgia. Y dijo que sólo se participa activamente en la medida en que se entra en este espíritu de celebración.

“No es una cuestión de ritos, es el misterio de Cristo. (…) Todo esto, en su Instituto, debe ser meditado, asimilado, yo diría ‘respirado’

La tentación del formalismo litúrgico

El estudio de la liturgia, continúa el Papa, hace crecer en la comunión eclesial porque abre al otro «lo más cercano y lo más lejano de la Iglesia, en la común pertenencia a Cristo». Pero hay tentaciones:

“Quisiera subrayar el peligro, la tentación del formalismo litúrgico, de volver a las formas, a las formalidades más que a la realidad, que vemos hoy en estos movimientos que tratan de retroceder y negar el propio Concilio Vaticano II: la celebración es recitación, es algo sin vida, sin alegría”

No hacer de la liturgia un campo de batalla

El Pontífice subraya que la vida litúrgica debe «conducir a una mayor unidad eclesial, no a la división». Y advierte: «Cuando la vida litúrgica es un poco la bandera de la división, está el olor del diablo allí, inmediatamente. El engañador. No es posible adorar a Dios y, al mismo tiempo, hacer de la liturgia un campo de batalla por cuestiones que no son esenciales, es más: por cuestiones superadas y tomar partido, desde la liturgia, por ideologías que dividen a la Iglesia».

“El Evangelio y la Tradición de la Iglesia nos llaman a estar firmemente unidos en lo esencial, y a compartir las legítimas diferencias en la armonía del Espíritu”

Resistencia frente a las reformas

La Iglesia, gracias a la liturgia, prolonga la acción de Cristo en medio de los hombres de todos los tiempos, continúa Francisco, y el estudio de la liturgia debe permanecer fiel a ello, pero esto no impide las reformas. A este respecto, el Papa añade una amplia reflexión, observando «que toda reforma crea resistencias«. Y recuerda las reacciones a las reformas de Pío XII:

“Me acuerdo, era un niño, cuando Pío XII empezó con la primera reforma litúrgica, la primera: se puede beber agua antes de comulgar, ayuno de una hora… ‘¡Pero esto va contra la santidad de la Eucaristía!’, se rasgaban las vestiduras”

Luego, la misa de vísperas: «¡Pero, cómo, e la misa es por la mañana!». Después, la reforma del Triduo Pascual: «Pero cómo, el sábado tiene que resucitar el Señor, ahora lo posponen al domingo, al sábado por la tarde, el domingo no tocan las campanas… ¿Y dónde van las doce profecías?».

“Todas estas cosas escandalizaron a las mentes cerradas. También ocurre hoy. De hecho, estas mentes cerradas utilizan los esquemas litúrgicos para defender su propio punto de vista. Utilizar la liturgia: es el drama que vivimos en los grupos eclesiales que se alejan de la Iglesia, cuestionando el Concilio, la autoridad de los obispos…, para conservar la tradición. Y para ello se utiliza la liturgia”

Liturgia y misión

La liturgia – prosiguió el Papa – impulsa a la misión. Lo que celebramos nos lleva “salir al encuentro del mundo que nos rodea, al encuentro de las alegrías y necesidades de tantos», dentro y fuera de la Iglesia:

“La auténtica vida litúrgica, especialmente la Eucaristía, nos impulsa siempre a la caridad, que es sobre todo apertura y atención a los demás. Esta actitud siempre comienza y se basa en la oración, especialmente en la oración litúrgica. Y esta dimensión nos abre también al diálogo, al encuentro, al espíritu ecuménico, a la acogida”

María rezaba con los apóstoles

Los retos de la actualidad, dice el Papa, son muy fuertes, «la Iglesia necesita hoy como siempre vivir de la liturgia». Por lo tanto, es importante continuar el trabajo de formación en la liturgia en continuidad con los Padres del Concilio, «ser formados por la liturgia». Agradeciendo a la comunidad de estudios de San Anselmo su servicio a la Iglesia, el Pontífice recordó que «la Santísima Virgen María, junto con los Apóstoles, rezaba, partía el pan y vivía la caridad con todos». Que la liturgia de la Iglesia, concluye, «haga presente hoy y siempre este modelo de vida cristiana»

La «Revolución Litúrgica» de Francisco

La centralidad de la Palabra de Dios

La ‘revolución litúrgica’ de Francisco acaba con las misas tradicionalistas y restablece la reforma conciliar «en toda la Iglesia de Rito Romano»

«No veo cómo se puede decir que se reconoce la validez del Concilio – aunque me sorprende un poco que un católico pueda presumir de no hacerlo – y no aceptar la reforma litúrgica nacida de la Sacrosanctum Concilium»

«La no aceptación de la reforma, así como una comprensión superficial de la misma, nos distrae de la tarea de encontrar las respuestas a la pregunta que repito: ¿cómo podemos crecer en la capacidad de vivir plenamente la acción litúrgica? ¿Cómo podemos seguir asombrándonos de lo que ocurre ante nuestros ojos en la celebración? Necesitamos una formación litúrgica seria y vital»

«Abandonemos las polémicas para escuchar juntos lo que el Espíritu dice a la Iglesia, conservemos la comunión, sigamos maravillándonos con la belleza de la liturgia»

El arte de celebrar, advierte el Papa, no se aprende «porque uno asista a un curso de oratoria o de técnicas de comunicación persuasiva», sino que requiere «una dedicación diligente a la celebración, dejando que la propia celebración nos transmita su arte»

Por Jesús Bastante

«No podemos volver a esa forma ritual que los Padres Conciliares, cum Petro y sub Petro, sintieron la necesidad de reformar, aprobando, bajo la guía del Espíritu y según su conciencia de pastores, los principios de los que nació la reforma». El papa Francisco ‘consagra’, en una nueva Carta Apostólica ‘Desiderio desideravi’ (‘Anhelaba el deseo’), la reforma litúrgica que ya apuntara en ‘Traditions Custodes’: fin de la misa en latín, de espaldas al pueblo.

Frente a ello, y sumándose a «los santos Pontífices Pablo VI y Juan Pablo II», que «garantizaron la fidelidad de la reforma al Concilio», el Papa expresa la necesidad de que «la Iglesia pueda elevar, en la variedad de lenguas, una única e idéntica oración capaz de expresar su unidad». «Esta unidad que, como ya he escrito, pretendo ver restablecida en toda la Iglesia de Rito Romano», sostiene, en un texto que, a buen seguro, desatará las iras de los sectores tradicionalistas. 

No se puede negar la validez del Concilio

«Sería banal leer las tensiones, desgraciadamente presentes en torno a la celebración, como una simple divergencia entre diferentes sensibilidades sobre una forma ritual», escribe el Pontífice. «La problemática es, ante todo, eclesiológica. No veo cómo se puede decir que se reconoce la validez del Concilio – aunque me sorprende un poco que un católico pueda presumir de no hacerlo – y no aceptar la reforma litúrgica nacida de la Sacrosanctum Concilium».

«Por ello – como ya explicó en Traditionis Custodes- me sentí en el deber de afirmar que “los libros litúrgicos promulgados por los Santos Pontífices Pablo VI y Juan Pablo II, en conformidad con los decretos del Concilio Vaticano II, como única expresión de la lex orandi del Rito Romano”», deja claro el Papa. Por si acaso, más aclaraciones: «La no aceptación de la reforma, así como una comprensión superficial de la misma, nos distrae de la tarea de encontrar las respuestas a la pregunta que repito: ¿cómo podemos crecer en la capacidad de vivir plenamente la acción litúrgica? ¿Cómo podemos seguir asombrándonos de lo que ocurre ante nuestros ojos en la celebración? Necesitamos una formación litúrgica seria y vital».

La nueva carta, dirigida a los obispos y sacerdotes, pero también al pueblo de Dios, porque los no celebrantes también son protagonistas de la liturgia, como lo fueron los primeros discípulos, deja clara una idea: «Una celebración que no evangeliza, no es auténtica, como no lo es un anuncio que no lleva al encuentro con el Resucitado en la celebración: ambos, pues, sin el testimonio de la caridad, son como un metal que resuena o un címbalo que aturde».

Acercar el Pueblo de Dios a la Liturgia y la Liturgia al Pueblo de Dios

Algo que, lamenta el Papa, ha podido comprobar en sus continuas visitas a comunidades, donde «la forma de vivir la celebración está condicionada – para bien, y desgraciadamente también para mal – por la forma en que su párroco preside la asamblea».

«Lista de actitudes» a evitar

Así, Francisco resume varios ‘modelos’ de presidencia. Hace, incluso, una «Posible lista de actitudes» que «caracterizan a la presidencia de forma ciertamente inadecuada». Son las siguientes: «rigidez austera o creatividad exagerada; misticismo espiritualizador o funcionalismo práctico; prisa precipitada o lentitud acentuada; descuido desaliñado o refinamiento excesivo; afabilidad sobreabundante o impasibilidad hierática».

Todas tienen una raíz común, señala Bergoglio: «un exagerado personalismo en el estilo celebrativo que, en ocasiones, expresa una mal disimulada manía de protagonismo. Esto suele ser más evidente cuando nuestras celebraciones se difunden en red, cosa que no siempre es oportuno y sobre la que deberíamos reflexionar. Eso sí, no son estas las actitudes más extendidas, pero las asambleas son objeto de ese “maltrato” frecuentemente. 

A lo largo de 18 páginas y 65 puntos, el Papa desentraña una meditación sobre la belleza de la celebración litúrgica y su papel en la evangelización. Con una idea clara, que se plasma en el último punto: «Abandonemos las polémicas para escuchar juntos lo que el Espíritu dice a la Iglesia, conservemos la comunión, sigamos maravillándonos con la belleza de la liturgia».

«Necesitamos estar presentes»

Una liturgia que «no es un vago recuerdo de la Última Cena«, sino que «necesitamos estar presentes», sin desfigurar su significado «por una comprensión superficial y reductora de su valor o, peor aún, por su instrumentalización al servicio de alguna visión ideológica, sea cual sea».

Redescubrir la belleza de la liturgia, añade Bergoglio, «no es la búsqueda de un esteticismo ritual que se complace sólo en el cuidado de la formalidad externa de un rito o se satisface con una escrupulosa observancia rúbrica», aunque «hay que cuidar todos los aspectos de la celebración (el espacio, el tiempo, los gestos, las palabras, los objetos, los ornamentos, el canto, la música, …) y observar todas las rúbricas: esta atención sería suficiente para no robar a la asamblea lo que le corresponde, es decir, el misterio pascual celebrado de la manera ritual establecida por la Iglesia».

El misterio de Dios

Pese a todo, «esto no es suficiente», añade el Papa. «Si falta el asombro por el misterio pascual» presente «en la concreción de los signos sacramentales, podríamos correr el riesgo de ser realmente impermeables al océano de gracia que inunda cada celebración».

Educar en la comprensión de los símbolos

Es importante, continúa explicando el Papa, educar en la comprensión de los símbolos, lo que resulta cada vez más difícil para el hombre moderno. Una forma de hacerlo «es, sin duda, cuidar el arte de la celebración», que «no puede reducirse a la mera observancia de un aparato rúbrico, ni puede pensarse en una creatividad imaginativa -a veces salvaje- sin reglas». El rito es en sí mismo una norma y la norma nunca es un fin en sí misma, sino que siempre está al servicio de la realidad superior que quiere custodiar».

El arte de celebrar, advierte el Papa, no se aprende «porque uno asista a un curso de oratoria o de técnicas de comunicación persuasiva», sino que requiere «una dedicación diligente a la celebración, dejando que la propia celebración nos transmita su arte». Y «entre los gestos rituales propios de toda la asamblea, ocupa un lugar de absoluta importancia el silencio», que «mueve al arrepentimiento y al deseo de conversión; suscita el deseo de conversión».

Lc 10, 4-10: la 1ª misión cristiana

De en dos, sin alforjas ni dinero. La primera misión cristiana Lc 10)

El evangelio (Lc 10 1-12) recoge y expande el motivo de la primera misión del evangelio en Galilea y su apertura al mundo entero. Esta misión constituye el más profundo (el más actual) de los programas de evangelización del NT y de la historia de la Iglesia, hasta el día de hoy (año 2022), por encima del Vaticano II, en el fondo del programa de recreación del Papa Francisco. Sin volver a ese principio carecen de sentido todos los intentos de renovación eclesial que hoy se proponen, de un lado y del otro. Ese programa ha sido expuesto en dos textos paralelos: Mc 6, 7-11 y Lc 10, 4-10 (con un motivo básico del documento Q).

 | X Pikaza Ibarrondo

Introducción

El evangelio de Mateo(Mt 10, 1-15) recoge, condensa y unifica (agrupa) ambos textos (Mc y Q), para exponer así la misión primitiva de la Iglesia en Galilea, y presentar después (en Mt 29,16-20) la misión universal, desde Galilea a todos los pueblos, después de la pascua.

El evangelio de Lucas mantiene en cambio ambos motivos separados, situándolos en el tiempo de Jesús : (a) Lc 9, 1-4 recoge y expone la misión según Marcos, realizada por los doce apóstoles a las 12 tribus de Israel antes de la muerte de Jesús. Por su parte, Lc 10,4-10 amplía el tema del Q, con la misión realizada por 72 discípulos y dirigida a todos los pueblos del mundo, tras la pascua de Jesús, por el Espíritu santo. En sentido estricto, está segunda misión ha sido  realizada por la Iglesia posterior, tal como Lucas dice en  Hechos.

Del paso de una misión a la otra (de Galilea a todas las naciones) trata lo que sigue.  Éste es, como he dicho, el texto y programa más importante de la revelación y misión cristiana, hasta el día de hoy, de dos en dos (en amor mutuo de los misioneros),y sin más alforjas que ese amor mutuo y la esperanza de que la transformación gozosa de la vida humana en Cristo Mesías de Dios y de los hombres.

Texto Lc 10, 1-12  

 En aquel tiempo, designó el Señor otros setenta y dos y los mandó por delante, de dos en dos, a todos los pueblos y lugares adonde pensaba ir él. Y les decía: «La mies es abundante y los obreros pocos; rogad, pues, al dueño de la mies que mande obreros a su mies. ¡Poneos en camino! Mirad que os mando como corderos en medio de lobos. No llevéis talega, ni alforja, ni sandalias; y no os detengáis a saludar a nadie por el camino.

Cuando entréis en una casa, decid primero: «Paz a esta casa.» Y si allí hay gente de paz, descansará sobre ellos vuestra paz; si no, volverá a vosotros. Quedaos en la misma casa, comed y bebed de lo que tengan, porque el obrero merece su salario. No andéis cambiando de casa. Si entráis en un pueblo y os reciben bien, comed lo que os pongan, curad a los enfermos que haya, y decid: «Está cerca  el Reino de Dios…).   

Introducción. La misión de Galilea[1].

  De todas formas, al tratar de las comunidades galileas, preferimos prescindir de los Doce y de Pedro (que pueden haber hecho un camino especial, más vinculado a Jerusalén) para ocuparnos de aquellos que han sido “específicamente” galileos, es decir, de aquellos que han continuado realizando las obras de Jesús y repitiendo sus palabras anteriores, como portadores y adelantados del Reino de Dios en su patria. Ciertamente, ellos han podido tener una experiencia pascual (de resurrección de Jesús), pero no parece haber sido igual que la de aquellos que se han instalado en Jerusalén, para esperar sin más la venida de Jesús.

Los primeros cristianos de Galilea  no se han limitado a esperar a Jesús, sino que han seguido viviendo como él (hablando y actuando), como si su obra no hubiera llegado a su fin y fueran ellos los que debieran culminarla. Más que testigos de una experiencia pascual que ha cambiado todo su pasado (como el de las mujeres y el de los Doce de Jerusalén), ellos parecen testigos y continuadores del comienzo de la obra de Jesús en su propia tierra, insistiendo así más en lo que ha sido su etapa galilea.

Ciertamente, conocen la muerte de Jesús y mantienen su conexión con los cristianos pascuales de Jerusalén, aceptando de algún modo su experiencia (Jesús resucitado). Pero todo nos permite suponer que, para ellos, la forma de anunciar y expandir la presencia de Jesús es seguir curando como él curaba y proclamando su Reino, como había hecho Jesús  Nazoreo, cuyo camino y empeño asumen como propio.

Se suele afirmar que estos continuadores galileosde Jesús no han formado iglesias pascuales de tipo más jerárquico y patriarcal, como las que surgirán a partir de Jerusalén (con Santiago y con los helenistas).

Estos galileos saben, sin duda, que Jesús ha muerto por fidelidad a su mensaje, en Jerusalén, y están convencidos de que ese mensaje y proyecto sigue siendo válido, pues ha sido ratificado por la muerte del mismo Jesús, a quien ellos veneran como mártir o testigo de Dios. Saben que Jesús es importante, pero a su juicio lo que importa de verdad es su mensaje de Reino, que ellos siguen anunciando y expresando con su vida, hasta que venga el Hijo de hombre de la tradición apocalíptica judía (y quizá del mensaje de Jesús), un Hijo de Hombre a quien ellos empiezan a identificar con el mismo Jesús Nazoreo que anunciaba su venida.

Ellos piensan, por tanto, que Jesús y su obra no han terminado, sino que su Reino vendrá, pues Jesús se ha convertido por la muerte en Hijo de hombre (cf. Pikaza, Historia de Jesús, cap. 13), dando así un sentido nuevo no sólo al Reino, sino a la misma figura del Hijo del Hombre. Parece que estos galileos no han formulado relatos de experiencias pascuales directas, como las de Pablo en 1 Cor 15. Pero en el fondo de su actividad late una experiencia mesiánica intensa (cf. también Historia de Jesús, cap.6)[2].

            El evangelio de Marcos constituye un testimonio importante de la existencia de estos cristianos galileos, pues no sólo conserva parte de sus tradiciones (de milagros), sino que pide, de un modo programático, a las mujeres y discípulos (con Pedro) que «vayan a Galilea» (Mc 16, 7-8), para redescubrir la tarea básica de Jesús y recrear su movimiento.  En una línea convergente se sitúa el documento Q. Esos dos testimonios (Mc y Q) no ofrecen una visión aproximada de los cristianos galileos[3], que así aparecen como sanadores, exorcista y sabios,  es decir, como misioneros itinerantes y pobres, al servició de la nuevas  casas cristianas[4].

Entendido así, el cristianismo no es una religión de recreación social, esto es, de formación casas o comunidades mesiánicas transformación interior, sino de recreación social. Los cristianos itinerantes (misioneros, exorcistas, sanadores, sabios…) realizan su misión con la finalidad de crear (recrear) comunidades sedentarias de cristianos, que se reúnen en casas y/o comunidades cristianas que superan las normas de vida de este mundo (fundadas en el poder y el dinero)  compartiendo casa, trabajo, familia y posesiones, como han puesto de relieve los textos del ciento   por uno (cf. Mc 10, 28-31 par).

            Tanto lo misioneros o itinerantes de Marcos como los del Q (especialmente los del   trasmitirían, el testimonio de Jesús en forma de «palabras de sabiduría», interpretándole (e interpretándose a sí mismos como portadores privilegiado de una experiencia vital, conforme a la visión que ofrecimos en la Historia de Jesús. Ciertamente, estos «cristianos Q» aparecerían también como sanadores (exorcistas), pero ellos se presentarían sobre todo, como «agrupaciones de sabios», es decir, como testigos y trasmisores de una tradición de conocimiento profundo que, en principio, resulta independiente (o, al menos, distinta) de la experiencia pascual de la comunidad de Jerusalén y especialmente de los helenistas y de Pablo, que han destacado más la importancia de la muerte y de la resurrección de Jesús.

Estos “sabios mesiánicos” de Galilea conservarían las «palabras» de Jesús (y reasumirían su ejemplo misionero, anunciando la llegada del Reino de Dios), pero no se ocuparían propiamente de la historia de Jesús, pues su vida personal les parecería menos importante, igual que su destino de muerte y resurrección (aunque esperaban de algún modo que Jesús volvería como Hijo de Hombre). Ellos tenderían pronto a desarrollar, partiendo de las palabras de Jesús, un tipo de sabiduría moral y existencial, en la línea de otros maestros y hombres espirituales de aquel tiempo.

Esta visión «sapiencial» y esta enseñanza de los nazoreos de Galilea tiende a convertir el movimiento de Jesús en una «escuela de sabiduría popular», una escuela de sanación, de expulsión de los demonios y de comunicación de bienes, dirigida básicamente a los campesinos y pobres de Galilea, más que a a los estratos superiores de la población. Lógicamente, en ese contexto no se podría hablar de iglesias establecidas, sino de comunidades o agrupaciones de carismáticos sabios, que conocen y actualizan la lucha de Jesús contra Satán (como muestra Lc 4, 1-13), pero manteniéndose dentro del judaísmo ambiental.

Los seguidores galileos de Jesús siguieron manteniendo su anuncio de Reino, realizando sus signos y esperando la venida del Hijo del Hombre (al que identificaban ya con el mismo Jesús). Ciertamente, ellos recogieron y repitieron muchas palabras de Jesús, pero no para convertirlas en manual de sabiduría interior (como harán los gnósticos posteriores, en una línea ya iniciada en Ev. Tomás, del que hablaremos en La Gran Iglesia), sino para integrarlas en el contexto del Jesús histórico, que proclamó la llegada del Reino de Dios, aquí mismo, en Galilea. Ciertamente, en general, ellos creían en la resurrección de los muertos, al fin de los tiempos (y podían creer en un tipo de cielo superior), pero esperaban, anunciaban y preparaban la llegada del Reino de Dios en esta misma tierra, en Galilea, como lo había esperado Jesús (al que identificaban ya con el Hijo del Hombre).

Ellos tuvieron que mantener y extender el movimiento de Jesús en tiempos turbulentos, marcados por el intento «idólatra» de Calígula, que quiso erigir su estatua en Jerusalén, identificando así el Reino de Dios con el imperio del César (el año 41 d.C.) y, sobre todo, en tiempos posteriores, marcados por el despliegue del movimiento nacionalista violento de los celotas, que culminará en la guerra del 67-70 d.C. Externamente hablando, parece que ellos no triunfaron, porque el conjunto de los galileos no se hicieron cristianos y porque al fin se extendió por Galilea la lógica de la guerra, con la respuesta de la represión de Roma. Pero en otra línea profunda ellos ofrecieron un testimonio muy profundo de fidelidad al mensaje de Jesús y a su camino de Reino, como seguiremos indicando[5].

Itinerantes con autoridad

            Los misioneros  «cristianos de Mc 6y del Q» fueron sabios y apocalípticos, siendo al mismo tiempo exorcistas, como lo había sido su maestro. En ese sentido, como he destacado en cap. 4, su sacramento particular habría sido el exorcismo. Las comunidades de cristianos galileos permanecieron más cerca del proyecto mesiánico más antiguo de Jesús, como mensajero al servicio del Reino. Éstos serían sus rasgos distintivos: 

Movimiento mesiánico. Como vengo indicando, antes de la iglesia pascual plenamente establecida de Jerusalén, y luego al lado de ella, ha existido en Galilea un movimiento mesiánico del Reino de Dios, vinculado a Jesús (quizá al lado de otros movimientos mesiánico-apocalípticos, relacionados con otras figuras y signos judíos, como podían los de Henoc o Esdras). Muchos siguieron a Jesús mientras vivía y luego, tras su muerte, algunos mantuvieron su forma de vida y su mensaje de Reino, relacionado con el Hijo del Hombre a quien identificaron pronto con el mismo Jesús (que ha de volver). Por eso, más que la presencia actual (gloriosa) de Jesús resucitado ponían de relieve su venida y le esperaban como portador del Reino, realizando mientras tanto su misma tarea, como sabios (pero también como exorcistas y sanadores) creando familias ampliadas o comunidades abiertas a la gran transformación de Dios.

            De esa forma, estos cristianos galileos se situaban entre el pasado de la historia de Jesús (a quien seguían recordando) y el futuro del Reino, que él había proclamado, afirmando que el mismo Jesús era garante de la venida de ese Reino, en Galilea. En sentido estricto (al menos en principio), ellos no formaron una comunidad organizada con su institución y jerarquía (con presbíteros o escribas especiales), ni una Iglesia al estilo paulino (con su visión trascendente de Jesús como Hijo de Dios y Señor), sino un movimiento mesiánico dentro del judaísmo.

            Seguían siendo judíos más que «cristianos», en el sentido que el  término recibirá en Antioquia (cf. Hch 11, 26) y podríamos llamarles «nazoreos», como a Jesús, pues conservan y expanden sus tradiciones (y esperan su llegada como «Hijo de hombre», vinculado al Reino de Dios). Más que la veneración o adoración de Jesús (como Señor, Hijo de Dios, en la línea de las comunidades paulinas posteriores) les importa aquello que Jesús había hecho(su mensaje y camino de Reino) y lo que deberá hacer al manifestarse y venir como Hijo de hombre. Por eso, mientras esperaban su llegada final, siguieron realizando lo que él había realizado. No crearon grupos autónomos y separados del cuerpo judío, sino que quisieren ser principio de renovación para todo el judaísmo. Sus dirigentes eran profetas carismáticos y exorcistas como Jesús.

            En este contexto se entienden las palabras de envío que el mismo Jesús glorificado les dirige. Ellas pueden tener una base prepascual (reflejando el recuerdo de aquello que los itinerantes de Jesús llevaban y hacían). Pero en su forma actual son palabras del Jesús ya muerto, a quien estos nazoreos recuerdan y siguen, el mismo a quien esperan como Hijo de hombre, que vendrá muy pronto a culminar su obra. Así les habla Jesús, así se transmiten sus palabras en los dos testimonios básicos de la tradición evangélica, el documento Q y el evangelio de Marcos, que en este campo presentan versiones convergentes, que deben estar vinculadas a su origen galileo:

  1. Mc 6, 7-11: (Jesús les dio) autoridad sobre los espíritus inmundo; Y les ordenó que no llevara nada para el camino, sino sólo un bastón; ni pan, alforja o dinero en el cinto; Y les dijo: dondequiera que entréis en una casa, quedaos allí hasta que salgáis del lugar, y donde no os reciban ni os escuchen…
  2. Lc 10, 4-10 (tema Q): No llevéis bolsa, ni alforja, ni sandalias. Y no saludéis a nadie en el camino.En la casa en que entréis decid primero: Paz a esta casa…Y en la ciudad en que entréis y os reciban comed lo que os pongan y curad a los enfermos que haya en ella y decidles: El reino de Dios ha llegado a vosotros.Y en la ciudad en que entréis y no os reciban sacudid el polvo de vuestros pies…

            Estos dos pasajes (de Marcos y del Q) conservan la memoria de la primera y más honda misión de Jesús y de sus seguidores, que aparecen así como enviados mesiánicos  del mismo Jesús definidos  por aquello que ofrecen (y llevan) y por aquello que reciben, desde la perspectiva de quienes les acogen o rechazan.  

  1. Autoridad. Un poder del amor. Estos cristianos galileos son ante todo exorcistas (aunque Lc 10, que refleja una situación eclesial posterior, habla sólo de curar enfermos); son exorcistas y sanadores, no escribas de ley, ni sacerdote de templo, ni capitandes de ejército, ni presbítero o inspector (=obispo) de una comunidad, sino alguien con poder personal para curar (liberar) a los posesos, de manera que su autoridad no puede reglamentarse por oficio.

            Una comunidad cuya autoridad suprema la ejercían exorcistas ha de estar centrada en carismáticos, cuya tarea básica es la humanización (liberación) de aquellos que sufren bajo poderes destructores. Ciertamente, estos exorcistas  despliegan su mensaje con gestos sanadores, más que con palabras. De esa forma suscitan la conversión o cambio radical de las personas (como supone el fin canónico de Marcos: 16, 12): Son sabios y apocalípticos al mismo tiempo, porque anuncian la llegada del Reino (del Hijo de hombre) y despliegan su más alta sabiduría siendo expulsando a los demonios, como sabe y dice de forma programática Mc 1, 21-28.

             Estos galileos sabios y exorcistas de Mc 6 del Q han  han traducido la enseñanza de Jesús como «programa social» para tiempos de pre-guerra, desarrollando en ese contexto un ideario de paz y un camino intenso de concordia, que debería haber sido capaz de frenar y superar la dialéctica de enfrentamiento que se estaba desencadenando en el ambiente y que desembocaría en la guerra del 67-70 d.C. Las palabras radicales de Jesús sobre el perdón y el amor a los enemigos (cf. Lc 6, 27-42 y Mt 5, 38-48; 7, 1-5) han sido transmitidas y recreadas precisamente en ese contexto de violencia y guerra que se estaba incubando en Israel y, de un modo especial, en Galilea, tras la muerte de Herodes Agripa (año 44 d.C.). Lo que aquel tiempo y lugar necesitaba no eran palabras ideales de amor, sino una experiencia y camino de concordia, una alternativa a la guerra que se estaba gestando. Los cristianos  ofrecieron esa experiencia, pero la mayoría de los galileos no se “convirtieron”[6]. 

Una misión de testimonio. Cristianos liberados para crear una casa universal

            Los discípulos de Jesús no son autoridad por lo que tienen (bienes), por lo que aparentan (vestidura) o por la gradación académica, sacral o social que poseen (como en la administración organizada de ciertas iglesias y sinagogas posteriores), sino por su propio testimonio de Reino, que se expresa a través de un total desapego (son itinerantes, sin casa ni bienes). Ese desprendimiento (atestiguado aún en Did 11-14) no es fruto de ascesis o  rechazo monetario, como podía suceder entre los filósofos cínicos del entorno helenistas (con quienes a veces se ha comparado a los cristianos del Q), sino que proviene de un fuerte sentimiento de confianza y solidaridad mesiánica[7]. Cf. Pikaza, Diccionario de la Biblia.

            Nos hallamos en un momento de fuerte crisis social y de intensos preparativos para la llegada del «reino de Dios» o para la transformación mesiánica del judaísmo, que desembocarán en la guerra del 67-70 dC. Pues bien, estos enviados de Jesús no tienen que preparar ningún tipo de defensa, ni llevar nada consigo, sino su palabra (como sigue destacando Mc 13, 11, en un contexto de fuerte tensión escatológica). Son obreros de un Reino que no se consigue con armas o dinero, sino con la transformación personal, en línea de gratuidad o de comunión humana (cf. Mt 10, 11), sin más aval que la propia vida. Por eso, ellos dan gratuitamente lo que tienen (expulsan demonios, curan) y esperan confiadamente lo que necesitan, en casa, comida o vestido, mientras otros grupos, en su entorno, empiezan a preparar ansiosamente la guerra.

            Éste es el mensaje de los mensajeros galileos de Jesús, que siguen confiando en la “autoridad” de la vida y la palabra que él desarrolló mientras vivía y que les ha legado tras su muerte. Es un mensaje que se identifica con la misma existencia de los mensajeros que, no teniendo nada, pueden presentarse como más poderosos y fuertes que todos los restantes grupos sociales del entorno, desde los celotas que prepararán pronto la guerra hasta los escribas de la línea de los fariseos, que terminarán creando comunidades separadas de puros, en medio de un mundo que parece condenado a la violencia sin fin de los «guerreros» de un lado y de otro[8].

Los enviados-profetas son autoridad itinerante (de reino), sin casa fija, ni tareas administrativas y de esa forma van y ofrecen gratuitamente curación y vida a quienes les acojan. Son carismáticos, «apóstoles» del evangelio, liberados para el reino. No son ascetas (comen, beben, reciben buena hospitalidad), sino testigos de Jesús, en la línea de lo que serán los apóstoles de las comunidades helenistas y del tiempo de Pablo. Ellos son los portadores de la Palabra.

  1. Quienes les reciben en sus casas (aldeas) instituyen pronto un autoridad establecida, de manera que los enviados de Jesús no quieren ni pueden rechazarla, sino que la aceptan en un sentido muy práctico y concreto. Los itinerantes/apóstoles les hablan y curan, pero dependen del alojamiento, vestido y comida que los sedentarios les ofrezcan. De esa manera hallamos una especie de comunidades móviles, cambiantes, de itinerantes y sedentarios, «iglesias» que se van haciendo en un proceso de enriquecimiento mutuo, en amor y servicio.

            Los enviados de Jesús no empiezan creando o imponiendo autoridad, sino que aceptan la autoridad de cada lugar o familia que les acoge. Esta implicación (simbiosis) entre itinerantes carismáticos(misioneros-apóstoles sin casa, dinero o vestido propio) y sedentarios instituidos (que pueden ofrecerles casa-pan-vestido) constituye un elemento esencial del principio de la iglesia. Sólo más tarde, cuando triunfe el elemento sedentario, de manera que el “movimiento” se estabilice y las iglesias aparezcan como una institución establecida (sin itinerantes), podrán nacer unos ministerios fijos (obispos, presbíteros), de manera que las comunidades Jesús tiendan a transformarse en un tipo de agrupación sacral autosuficiente[9].

En ese sentido, las comunidades galileas se expresan en forma de camino mesiánico constante«Y donde no os reciban…». Los enviados de Jesús siguen caminando, tanto si son acogidos (tras un tiempo de permanencia en la casa o ciudad que les recibe, han de seguir caminando), como si no (teniendo que abandonar el lugar donde les rechazan), porque son mensajeros del Jesús que ha muerto para que llegue (¡y está llegando!) el Reino. Ellos no pueden establecerse por separado como grupo estable (¡no serían ya itinerantes del Reino!), ni imponer su mensaje o proyecto a fuerza de razones económica, sociales o sacrales, porque el Reino de Dios que Jesús anunciaba no puede establecerse en forma de institución organizada.

Con su misma itinerancia ellos se vuelven testigos de aquello que ha de venir (de lo que Jesús les dirá y les dará cuando venga), de forma que no deben defender lo que “ahora tienen”. Por eso, si no les acogen en un sitio, si los habitantes de un lugar no escuchan su mensaje, ellos no deben seguir insistiendo, sino marcharse, sacudiendo incluso el polvo de los pies, como expresión de total desapego (=no se les ha pegado cosa alguna). Sin nada propio han venido, sin nada propio deben irse, como testigos de un Dios que regala vida a todos, con la confianza de que algunos les recibirán y, sobre todo, con la certeza de que llega el Reino (cf. Mc 9, 1 par; Mt 10, 23). Pero si les acogen tampoco pueden quedarse, pues no son simples testigos de algo que hay ya, sino buscadores y pregoneros de algo que vendrá (de la Palabra plena, de la comunicación completa)[10].

  AMPLIACIóN. CUATRO  TEXTOS

            Como he dicho, los cuatro textos de la misión de los sinópticos recogen dos tradiciones (Marcos y el Q), que Lucas trasmite por separado (Lc 9, 1-5 la de Marcos; Lc 10, 1-9 la de Q) y que Mateo combina (cf. Mt 9,35-10-16). Los cuatro pasajes conservan la memoria de la primera y más honda misión de Jesús, que define a los enviados por aquello que ofrecen (y llevan) y aquello que reciben, desde la perspectiva de quienes les acogen o rechazan.  En el fondo de de esas «comunidades» hallamos unos profetas carismáticos, cercanos a la historia de Jesús, que en principio no se identifican con los Doce (más vinculados a Jerusalén), ni con los apóstoles de la misión helenista y paulina, abierta a los gentiles. Esos itinerantes de Reino constituyen la primera autoridad de la iglesia, de tal forma que pueden concebirse como ejemplo y criterio de toda autoridad posterior. Así As pueden condensarse los motivos principales de esos textos:

(a) Mc 6, 7-11

[1. Identidad, misión] 7 Entonces llamó a los doce y comenzó a enviarlos de dos en dos2. Autoridad] dándoles autoridad sobre los espíritus inmundos; [3. Posesión, titulación] 8 y les ordenó no llevar nada para el camino, sino sólo un bastón; ni pan, alforja o dinero en el cinto; 9 sino calzar sandalias y no llevar dos túnicas. [4. Iglesia-casa] 10 Y les dijo: dondequiera que entréis en una casa, quedaos allí hasta que salgáis del lugar [5. Iglesia-camino] 11 Y donde no os reciban ni os escuchen, al salir de allí, sacudid el polvo de vuestros pies en testimonio contra ellos. 

 [Identidad, misión] 1 Reuniendo a los doce (les envió…),2. Autoridad] les dio poder y autoridad sobre todos los demonios y para sanar enfermedades. 2 Y los envió a proclamar el reino de Dios… [3. Posesión, titulación] 3 Y les dijo: No toméis nada para el camino, ni bordón, ni alforja, ni pan, ni dinero; ni tengáis dos túnicas cada uno. [4. Iglesia-casa] 4 En cualquier casa donde entréis, permaneced allí, y salid de allí. [5. Iglesia-camino] Y en cuanto a los que no os reciban, al salir de esa ciudad, sacudid el polvo 

(c) Lc 10, 1-8 (exponiendo el motivo básico del Q)

[Identidad, misión] 1. Después designó a otros setenta y dos y los envió de dos en dos2. Autoridad] Y les dijo: La mies es mucha, los obreros pocos. Rogad al Dueño de la mies que envíe obreros a su mies (9 curad los enfermos… y decidles: se acerca el reino).[3. Posesión, titulación] 4 No llevéis bolsa, ni alforja, ni sandalias. Y no saludéis a nadie en el camino. [4. Iglesia-casa] 5 En la casa donde entréis, decid…: Paz a esta casa…7 Permaneced en ella y comed y bebed lo que tengan, pues el obrero merece salario…. [5. Iglesia-camino] 8. En la ciudad donde entréis y os reciban, comed lo que os pongan.

(d) Mt 10, 5-13 (Mc y Q)

1.Identidad, misión] 5 A estos doce los envió diciendo… 6. No vayáis a los gentiles, sino a las ovejas perdidas de Israel… 2. Autoridad] 7 Decid: El reino de los cielos se ha acercado. 8 Sanad enfermos, resucitad muertos, limpiad leprosos, expulsad demonios; gratis recibisteis, dadlo gratis. [3. Posesión, titulación] 9 No toméis oro, ni plata, ni cobre vuestros cintos, 10 ni alforja para el camino, ni dos túnicas, ni sandalias, ni bastón [porque el obrero es digno de su sostén]. [4. Iglesia-casa] 11 Y en cualquier ciudad o aldea donde entréis, averiguad quién es digno en ella, y quedaos allí hasta que marchéis. [5. Iglesia-camino] 12 Al entrar en la casa saludadla 13 Y si la casa es digna, que vuestra paz venga sobre ella; pero si no es digna, que vuestra paz vuelva a vosotros.

Identidad y misión. De dos en dos.

            La autoridad y tarea posterior de la iglesia se funda en este envío de Jesús, que ha querido expandir su tarea de reino, a través de sus discípulosEllos, los Doce (o Setenta y dos) escogidos de Jesús, son signo de todos los mensajeros (apóstoles) y profetas (testigos) que Jesús irá enviando a lo largo de la iglesia. Quien envía es, en principio, el Jesús de la historia; pero es evidente que, en perspectiva actual, lo hace el Jesús resucitado, que sigue actuando. El principio de toda autoridad eclesial es, por tanto, esta llamada y este envío (cf. Mc 1, 16-20 par; 3,7-19 par)[11].

Marcos identifica implícitamente a los enviados (apóstoles: cf. 3, 14) con los Doce, a quienes presenta como símbolo y compendio de los misioneros de la iglesia, que al final del evangelio (16, 7) no aparecen ya como Doce sino como mujeres y discípulos como Pedro. Así ha trazado una línea que va de los itinerantes carismáticos del tiempo de Jesús, por los apóstoles-profetas posteriores, a los misioneros su tiempo.

Lucas distingue dos momentos. El primero (tomado de Marcos: Lc 9, 1-2) identifica a los enviados (implícitamente apóstoles:apesteilen) con los Doce, a quienes el mismo Jesús envió a predicar su mensaje de Reino en Israel, durante el tiempo de su vida. El segundo (tomado del Q: Lc 10, 1-8) interpreta a los enviados (también con apesteilen: 10, 1), como seguidores que han dejado todo por Jesús (cf. Lc 9, 59-62); son Setenta y dos, número simbólico que alude a todos los misioneros de la iglesia, abierta a los gentiles, como iremos viendo en Hechos (a partir de Hech 6-7: elección de los Siete). Las condiciones y formas de misión siguen siendo significativamente las mismas en uno y otro caso.

Mateo restringe expresamente esta primera misión (de los Doce) a las ovejas perdidas de la Casa Israel, evocando así el valor y fracaso de la misión israelita de Jesús. Por eso, tiene que repetir el mandato misionero tras la pascua, dirigiéndolo a los Once, que son signo de todos los misioneros eclesiales, enviados a todos los pueblos (cf. 28, 16-20). Evidentemente, los temas y modos del primer envío (todo Mt 10) siguen siendo modelo para el segundo y definitivo.

De dos en dos (Mc 6 y Lc 10), los 12 y los 72). La primera misión es de 12 (signo de todo Israel). La segunda es de  72 (Lc 10, para todos los pueblos), pero en ambos casos los enviados van “de dos en dos”. En este principio de la iglesia no existe ningún tipo de  <autoridad monárquica aislada. Los enviados van de dos en dos (dos varones, un varón y una mujer, dos mujeres… de forma que ha de suponerse que son maduros en amor, capaces de amarse y de convivir, expandiendo el evangelio a partir de su mismo amor mutu

1. Autoridad.

Jesús les hace ante todo exorcistas (menos en Lc 10, que refleja una situación eclesial posterior y habla sólo de enfermos), ofreciéndoles su autoridad salvadora para enfrentarse a los demonios (espíritus impuros) que dominan sobre el mundo. Exorcista fue Jesús (cf. Mt 12, 28 par) y lo serán sus discípulos, expresando así una autoridad de curación que no se puede reglamentar por ordenaciones, ni fundar en sacrificios religiosos, ni victorias militares. El exorcista no es escriba de ley, ni sacerdote de templo, ni capitán de ejército, ni presbítero o inspector (=obispo) de una comunidad instituida, sino alguien que tiene poder personal para curar (liberar) a los posesos: autoridadque no se puede reglamentar por oficio.

             Una iglesia cuya autoridad suprema la ejercen exorcistas es iglesia de carismáticos, centrados en la tarea de humanización (liberación) de los que sufren bajo poderes destructores de lo humano. Ciertamente, ellos pueden ser y son mensajeros del reino, como ha destacado el Q (en Lc 10 y Mt 10); pero su anuncio se realiza con gestos sanadores, más que con palabras. De esa forma suscitan conversión o cambio intenso (como supone el fin de Marcos: 16, 12). Ellos expresan la más alta sabiduría de Dios, que se manifiesta proféticamente en la curación de los enfermos y el anuncio escatológico del reino[12]. Estos son la primera autoridad cristiana, mensajeros de Jesús o terapeutas, sanadores: curan, ayudan a vivir a los humanos. No reciben una autoridad externa, por «orden social» o delegación separada de la vida, sino que ellos mismos son autoridad, en la línea de Jesús, por lo que hacen, curando y liberando a los humanos. No están encargados de dirigir una iglesia, ni pastores de un rebaño (a pesar de la imagen pastoril de Mt 10, 6), sino misioneros, creadores de humanidad.

2. Posesión, titulación:

 «Y les ordenó que no llevaran nada…, ni alforja, ni dinero…» (Mc 6, 8 par). El poder del sistema sólo puede ejercerse con medios adecuados al sistema, tanto en bienes materiales (comida, provisiones), como en signos de honor (vestidos, documentación, títulos). En contra de eso, Jesús quiere que sus delegados lleven su persona, la autoridad de su vida, capaz de ayudar personalmente a los necesitados. Por eso, las disposiciones son negativas y varían, según los evangelios (que reflejan la tradición de las iglesias), pero concuerdan en la misma experiencia de Jesús: la autoridad mesiánica no se identifica con bienes materiales (pan, dinero) o representativos y sociales (uniforme, báculo) [13].

            Los discípulos de Jesús no son autoridad por lo que tienen (bienes), por lo que aparentan (vestidura) o por la gradación académica, sacral o social que han recibido (como en la administración organizada de iglesias y estados posteriores). Este desprendimiento (atestiguado aún en Did 11-14) no es fruto de ascesis o rechazo monetario, como puede suceder entre los cínicos, sino de un fuerte sentimiento de confianza y solidaridad mesiánica. Todo sistema tiende a estructurarse jerárquicamente y cada uno vale en razón de su oficio y funciones, de manera que la relación personal queda sustituida por una relación de oficio y rango, papeles y representaciones. Pues bien, en contra de eso, los enviados de Jesús no llevan papeles ni documentación, rangos ni oficios, sino sólo sus personas. Son obreros del evangelio, de la pura gratuidad o encuentro humano (cf. Mt 10, 11), sin mas documentación que su persona: dan gratuitamente lo que tienen (expulsan demonios, curan) y esperan gratuitamente lo que necesitan, en casa, comida o vestido.

De esta forma se opone Jesús al principio de todo burocracia, con representaciones y funciones mediadores, que se expresan en ropas y dineros, títulos y rangos, necesarios para crear el sistema social de este mundo. Pues bien, en contra de eso, sus enviados no llevan traje distintivo, sino que vestirán como lo hacen en cada lugar sus habitantes, recibiendo de ellos lo que necesiten[14].

3. Iglesia, casa:

 «Dondequiera que entréis…» (Mc 6, 10 par).Estrictamente hablando, los enviados de Jesús no tienen casa propia, son huéspedes constantes, no por carencia, sino por abundancia y vocación: son ricos de evangelio y para ofrecerlo abiertamente renuncian a la casa propia, quedando así a merced de aquellos que quieran (o no quieran) recibirles. Cada iglesia que les recibe es una casa, un lugar de comunión, de transformación humana…, una nueva humanidad formada por familias grandes que acogen a todos…De esa forma se insinúa una doble autoridad cristiana, que volveremos a encontrar en la misión paulina: 

  • – Los apóstoles-profetas son autoridad misionera (de reino): sin casa fija, ni tareas administrativas, ofreciendo gratuitamente curación y vida a quienes les acojan. Son carismáticos, itinerantes evangélicos, liberados para el reino, no ascetas (comen, beben, reciben buena hospitalidad), sino testigos de Jesús[15].
  • – Quienes les reciben en sus casas (aldeas) son autoridad establecida, de manera que los enviados de Jesús no quieren ni pueden rechazarla, sino que quedan «sometidos» a ella, en un sentido muy práctico y concreto: dependen del alojamiento, vestido y comida que los representantes de las casas les ofrezcan.

             Los enviados de Jesús no empiezan creando o imponiendo autoridad, sino que aceptan la de cada lugar, en acogida, diálogo y regalo mutuo. Esta implicación (simbiosis) entre itinerantes carismáticos(misioneros sin casa, dinero o vestido propio) y sedentarios instituidos (que pueden ofrecerles casa-pan-vestido) constituye un elemento esencial de la iglesia, que no puede cerrarse en una perspectiva o en la otra. Sólo más tarde, cuando triunfe el aspecto sedentario, podrán nacer unos ministerios fijos (obispos, presbíteros). Pero la libertad misionera sigue siendo esencial para la iglesia: los representantes de Jesús nunca serán puros delegados de la comunidad, sino que reciben una autoridad superior, que les hace capaces de crear comunidades

5. Iglesia camino: itineracia:

«Y donde no os reciban…». Los enviados de Jesús siguen caminando, tanto si son acogidos (tras un tiempo de permanencia en la casa o ciudad que les recibe, han de seguir caminando), como si no lo son (y deben abandonar el lugar donde les rechazan). Ellos no pueden establecerse por separado, como grupo estable de itinerantes, ni imponer su mensaje o proyecto a fuerza de razones militares o económicas, porque el evangelio es don pascual, no imposición. Por eso, si no le acogen, no tienen más remedio que marcharse del lugar, sacudiendo incluso el polvo de los pies, como expresión de total desprendimiento (=no se les ha pegado cosa alguna). Sin nada han venido, sin nada deben irse; pero tienen la confianza de que algunos les recibirán, porque llega el reino (cf. Mc 9, 1 par; Mt 10, 23). La violencia del poder brota del miedo de perderlo. Los que nada tienen que perder nada llevan consigo, nada deben defender, pues no son representantes de ningún sistema económico o social. Por eso pueden dejar con libertad el lugar donde no quieran recibirles. No se imponen, no discuten. Simplemente van. Esta movilidad de los misioneros forma parte de la libertad esencial del evangelio[16].

            Esta autoridad carismática de los apóstoles-profetas ambulantes sigue siendo base de la iglesia. Jesús y sus primeros seguidores no han creado una comunidad estable, con poderes firmes, separada de los otros grupos nacionales o sociales (en especial del judaísmo); es bueno que podamos recordarlo, tras casi XIX siglos de iglesia establecida, en claves de poder y prestigio social. Por largos decenios, varias comunidades de seguidores de Jesús (atestiguados por Mt y Ap, Sant y Did), se han mantenido en el ámbito social y religioso del judaísmo; no se han tomado como nueva religión, sino como un movimiento de transformación mesiánica, a partir de la experiencia israelita, como Jesús había querido[17]. A la luz de la misión paulina, cristalizada en Efesios y Hechos, podemos suponer que aquel intento era inviable: no existía verdadero cristianismo, el Espíritu no había suscitado todavía verdadera iglesia. Pero, en contra de eso, debemos recordar (y recuperar) aquella primera misión, como elemento integrante del evangelio: Jesús no quiso fundar comunidad separada, sino recrear mesiánicamente el judaísmo (y la humanidad).

            La iglesia actual, con su estructura y funciones separadas es signo de creatividad (brota del Espíritu de Cristo), pero es también signo de un fracaso mesiánico, pues no triunfó la primera misión itinerante. Desde entonces, todo intento de sancionar (sacralizar) un tipo de iglesia, como signo inmutable de Dios, resulta peligroso: Jesús y sus primeros seguidores no quisieron crear otra religión y sociedad sagrada, sino un movimiento de transformación mesiánica de la humanidad. Por eso, aquellos profetas itinerantes son germen y promesa de toda autoridad cristiana: no son hombres o mujeres de nueva teoría, rabinos o filósofos que huir de este mundo; tampoco son administradores (obispos o presbíteros de un nuevo grupo social), sino hermanos universales que viven dentro de un grupo humano más extensopromotores y testigos de una humanidad donde se comparte todo, más allá del comprar y vender, imponer o someterse. De esa forma expresan la gratuidad del reino: dan lo que tienen, agradecen lo que reciben; son auténticos cristianos, anteriores a la iglesia establecida.

 6. Iinerantes y sedentarios. Nueva familia

           Estos apóstoles-profetas del Q y de Mc, han seguido realizando la misión mesiánica (de reino) en Galilea y quizá en Siria, como voluntarios carismáticos del Cristo. Saben que Jesús esta resucitado, pero más que su pascua en sí les importa el mensaje y venida de su reino. No intentan crear una iglesia distinta (separada del judaísmo), pero tampoco son filósofos cínicos contraculturales, como han pensado algunos investigadores modernos, sino mensajeros del reino: la resurrección no les lleva a fundar una iglesia en el sentido posterior de la palabra, sino a mantener y extender la obra mesiánica del Cristo[18]. Por eso pueden identificarse con los Doce testigos pre-pascuales de Jesús. Nos gustaría conocer mejor su organización, las bases de su enseñanza, sus signos mesiánicos: el pan compartido (eucaristía), el bautismo en nombre de Jesús…

            Había entre ellos un principio de doble autoridad: por un lado los carismáticos; por otro, los representantes de las casas o grupos donde eran acogidos. Por eso, el principio de organización eclesial no era el templo (lugar de experiencia sagrada), ni la sinagoga (comunidad de oración de los judíos), ni la escuela (reunión de estudiosos), sino la casa familiar ampliada. Parece que hubo desde el principio casas cristianas, si se permite ese nombre posterior, pues el término «cristiano» empieza a utilizarse en la misión helenista de Antioquia (Hech 11, 26). Proyectando sobre esas casas nuestras preguntas, nos gustaría saber quien presidía la eucaristía (¿el padre de familia? ¿el misionero?), si es que había eucaristía propiamente dicha y presidencia. Los itinerantes son autoridad creadora o animadora. Es normal que a su lado se eleve la autoridad del representante de la casa o jefe de familia (quizá una mujer, como supone Hech 12, 12) que parte el pan y preside la mesa donde comen también los itinerantes. Desde aquí puede surgir un nuevo patriarcalismo o una comunión igualitaria de creyentes: 

  • – Nuevo patriarcalismo. Triunfo de la casa antigua. En un principio pudo darse una doble autoridad,que hallamos también en otros grupos religiosos (como el budismo): los itinerantes (monjes) son autoridad carismática, porque aportan palabra y curación; los sedentarios son autoridad patriarcal, pues acogen a los itinerantes con casa y comida. En principio, esa doble autoridad se equilibra, pues tanto el padre de familia (autoridad de la casa) como los itinerantes (autoridad carismática), se complementan, sin imposición de unos sobre otros. Más tarde, cuando se apague la autoridad de los carismáticos, triunfará el modelo de los padres de familia (Pastorales).
  • – Comunión igualitaria. Nueva casa. Carismáticos y establecidos, itinerantes y sedentarios, pueden buscar y trazar nuevas estructuras de comunidad, superando la oposición entre casa cerrada (patriarcalista) y pura vida errante o solitaria. Unos y otros se vinculan, para formar una familia nueva o casa donde quepan todos los que buscan la voluntad de Dios, en comunión (círculo, corro) de amor de hermanos, hermanas y madres (cf. Mc 3, 31-35). Desde este fondo se puede hablar de una comunidad cristiana alternativa, que no está fundada por itinerantes, ni padres de familia, sino que aparece como «casa mesiánica» donde todos los seguidores de Jesús pueden unirse y reciben el ciento por uno en hermanos y hermanas, madres e hijos, casas y campos, en medio de dificultades (Mc 10, 28-30)[19].

            Por ahora quedan los dos caminos abiertos, aunque los sinópticos destacan el segundo. Se va formando así un tipo de comunidad distinta. Es muy posible que los seguidores de Jesús hayan empezado a desarrollar una serie de ritos distintivos, los más importantes de los cuales (junto a los exorcismos) son el bautismo y la eucaristía. El primero consiste en bautizar en nombre de Jesús a los creyentes; estrictamente hablando, ese gesto no supone una ruptura respecto al judaísmo, pues también otros grupos tenían bautismos especiales, pero destaca un «nuevo comienzo», que sitúa a los creyentes en la línea del Bautista, recreada Jesús, pues el bautismo se realiza en su nombre. El segundo, eucaristía o Cena del Señor, vincula a los creyentes con Jesús (desde Jesús), consolidando los signos de pertenencia grupal, en torno al pan y al vino.

            Los seguidores carismáticos de Jesús son ante todo exorcistas y sanadores itinerantes, pero van estableciendo con aquellos que les reciben unos lazos de unidad comunitaria (vida), que se expresan de un modo peculiar por estos ritos de nacimiento (bautismo) y pertenencia grupal (eucaristía). ¿Quién y cómo los realiza? De manera sorprendente, los textos nada dicen. No sabemos quien impartía el bautismo, aunque por Hech 2, 38, 1Cor 1, 14-17 podemos suponer que lo podía hacer cualquier seguidor de Jesús (como hasta hoy). Tampoco sabemos quien presidía la Cena del Señor, aunque parece que lo hacía el responsable de la casa (varón o mujer) que acogía a los itinerantes y reunía a la comunidad. Ambos eran ritos religiosos, pero laicales: no exigían sacerdocio. La comunidad primera no necesitaba estructuras jurídicas especiales[20]. Desde ese fondo podemos plantear ya dos preguntas:           

  • – ¿Presencia de mujeres? Es claro que los Doce, en cuanto signo del Nuevo Israel, han debido ser y han sido varones. Pero la tradición evangélica recuerda a unas mujeres que han seguido y servido a Jesús, participando de la misión del reino, tanto en el anuncio (itinerancia, mensaje) como en la acogida (forman parte de las casas que reciben a Jesús). Aunque todo lo anterior se aplica por igual a ellas, nos gustaría conocer mejor la función o/y lugar que ocupan en el movimiento de Jesús, que no las distingue de los varones, ni en la fe ni en la palabra, ni en el bautismo ni en la eucaristía, que son ritos comunes para ambos sexos, en contra de la circuncisión judía.
  • – Servicio de mujeres. La suegra de Simón es la primera servidora en la casa mesiánica (cf. Mc 1, 29-31) y la mujer del vaso de alabastro que unge a Jesús (cf. Mc 14, 3-9) se encuentra integrada en la misión universal del evangelio. En esa línea, Mc 15, 41 afirma que las mujeres habían servido a Jesús en el camino ¿Cómo simples criadas? ¿Cómo ministros de la iglesia? Evidentemente como ministros, pues el evangelio no acepta función especial (inferior) de criadas. Desde ese fondo recibe una luz especial el pasaje de Marta y María (Lc 10, 38-42): las dos hermanas (¿cristianas?) son signo de la iglesia doméstica (casa), que recibe a los misioneros itinerantes (Jesús), como veremos al tratar de Lucas[21].

7.Iglesia establecida ¿fracaso de la misión?

             La iglesia de la casa con sus funciones (reflejadas en Lucas por Marta y María) resulta inseparable de la misionera (centrada en Jesús y los exorcistas-predicadores). Desde ese fondo podemos afirmar que esta dualidad de itinerantes (más carismáticos) y sedentarios (establecidos) sigue influyendo a lo largo de la historia de la iglesia:

  • – La iglesia empieza con la itinerancia de personas que rompen con las antiguas estructuras familiares y locales, para ponerse al servicio de un evangelio universal, siguiendo el modelo de Jesús. Los itinerantes (apóstoles, profetas) lo han dejado todo (cf. Mc 10, 39), incluso casa y ley del padre (cf. Mt 8, 18-22), para realizar la obra de Jesús, sin más autoridad que su vida al servicio del reino. Su ministerio carismático (que brota de un encuentro personal con Jesús) es anterior a la iglesia establecida.
  • – La iglesia es también casa ampliada o familia extensa (cf. Mc 3, 31-35 par), cuyos miembros forman la comunidad mesiánica o semilla de reino. Lógicamente, la mayor parte de los ministerios estables posteriores de la iglesia se irán desarrollando a partir de la comunidad que acoge a los misioneros (cf. Lc 10, 28-32) y, sobre todo, sirve a los pobres (cf. Hech 6). El surgimiento de una nueva casa, convertida en lugar de experiencia de reino, constituye un elemento clave del movimiento de Jesús[22].

             El principio de la autoridad del evangelio no es la iglesia organizada sino los enviados de Jesús, apóstoles y profetas ambulantes, cuya tarea consiste en curar a los humanos, preparándoles para el reino. Pero ellos se encuentran vinculados, también desde el principio, con las casas (o comunidades) que les acogen y escuchan, organizándose conforme a su enseñanza. Por eso, en la raíz de la iglesia ha existido y sigue existiendo una simbiosis o inter-dependencia: los misioneros del reino no pueden desligarse de las comunidades (casas) que les acogen; los ministerios de las comunidades derivan de algún modo de los misioneros. Es evidente que el Espíritu de Jesús puede manifestarse y se manifiesta por ambos: por la libertad de los carismáticos (que están al principio de las comunidades) y por el orden establecido de las mismas comunidades (que van instituyendo a sus ministros).

            Esa simbiosis define el ser y tarea de los seguidores de Jesús. Por un lado, las funciones más estrictamente patriarcales de los «sedentarios» han de transformarse, para que se exprese en plenitud el evangelio, como llamada a la comunión universal: sobre la pura organización social y la autoridad familiar antigua del entorno ha venido a desvelarse un misterio de gracia y comunión universal. Por otra parte, los itinerantes han de ser capaces de integrarse en las comunidades, para recibir el ciento por uno en abundancia de familia. Jesús está presente y actúa en ambos lados: envía a sus apóstoles, ofreciéndoles su palabra; vincula en comunión a la comunidad cristiana. Esta dualidad de carisma y organización social se mantiene a lo largo de la historia de la iglesia: sus ministros son, por una parte, testigos de Jesús y reciben un encargo y tarea que proviene del mismo Espíritu Santo; por otra parte, son delegados y portavoces de la vida comunitaria. Pues bien, desde este fondo, desarrollando un argumento que venimos evocando en lo anterior, podemos afirmar que la iglesia organizada, como un grupo separado de personas, ha nacido de un fracaso y de una gracia de Dios.

Proviene de un fracaso: los misioneros de Jesús no han logrado convertir a los judíos, ni han expandido de manera universal su movimiento mesiánico, a partir de Israel, para todas las naciones. Según eso, el movimiento de Jesús se ha concretado en una iglesia, perdiendo así parte de su capacidad misionera. Por otra parte, el ministerio carismático de sus primeros apóstoles-profetas ha corrido el riesgo de diluirse, convirtiéndose en funcionariado clerical, dentro del organismo muy estructurado de la iglesia

Es producto de una gracia de Dios: los que acogen en sus casas el mensaje de Jesús, recibiendo la palabra y testimonio de los misioneros, se han estructurado a partir del evangelio, suscitando una nueva comunidad, fundada en el diálogo de fe y amor (de vida) de todos los creyentes. Precisamente el fracaso de la misión israelita hace posible la expansión del movimiento de Jesús a todas de las naciones, no como irrupción impositiva, sino como transformación misionera, fermento de reino. De esa forma, las casas que reciben a los seguidores de Jesús han venido a convertirse en iglesia donde pueden unirse en fe y amor gozoso judíos y gentiles, todos los pueblos de la tierra, como ha indicado de manera jubilosa Efesios[23].

                       Desde esta paradoja (de fracaso y gracia) se comprende lo que sigue. La iglesia posterior no ha olvidado a los apóstoles-profetas primeros (cf. Ef 2, 20), que actuaron sobre todo en Galilea, como indican de formas convergentes, Mt, Ap y Did. Pero en el principio de la iglesia posterior han influido de manera más directa otros agentes: los Doce (apóstoles) de Jerusalén y sus sucesores; ellos definen la tarea y despliegue posterior de la iglesia, conforme al testimonio convergente de Pablo y Lucas.

  NOTAS

[1] Cf. S. Guijarro, Dichos primitivos de Jesús. Una introducción al Proto-Evangelio de dichos: Q, Sígueme, Salamanca 2004;  J. S. Kloppenborg, The formation of Q: Trajectories in Ancient Wisdom Collections, Fortress, Philadelphia 1987;  Q. El evangelio desconocido, Sígueme, Salamanca2005;  B. L. Mack, El evangelio perdido, Roca, Barcelona 1994; J. Robinson, J. S. Klopenborg y P. Hoffmann, El Documento Q. Edición Bilingüe, con paralelos del evangelio de Marcos y del evangelio de Tomás(BEB 107), Sígueme, Salamanca 2002;  G. Theissen, Colorido local y contexto histórico en los evangelios, Sígueme, Salamanca 1997, 225-258;  Ch. M. Tuckett, Q and the History of Early Christianity, T&T Clark, Edinburgh 1996. De todas maneras, al menos de un modo general, pensamos que Pedro y los Doce han empezado a formar una comunidad escatológica en Jerusalén, donde se han establecido, pensando que Jesús vendrá precisamente allí, para instaurar el Reino. En un primer momento, ellos pudieron pensar que la historia anterior de Jesús en Galilea había terminado, de manera que sólo quedaba el testimonio de la resurrección de Jesús en Jerusalén, para esperarle precisamente allí, en la ciudad sagrada, conforme a la esperanza más extendida del judaísmo de su tiempo (no en Qumrán ni en Galilea). De todas formas, en este contexto, debemos recordar que el dicho del Q sobre los doce tronos para juzgar a las Doce tribus de Israel (cf. Mt 19, 28;  Lc 22, 28-30) transmite una promesa y esperanza de Jesús, compartida por los cristianos antiguos del grupo de los Doce, pero no dice si esos tronos se elevarán en Jerusalén (como podría suponerse) o en algún lugar de Galilea, entendido como «capital» del nuevo Reino, o quizá «en el aire», como se podría suponer partiendo de 1 Tes 4, 17.

[2] Cf. también L. Schenke, La comunidad primitiva, Sígueme, Salamanca1999. La «presencia» gloriosa (pascual) de Jesús en sus seguidores de Galilea se expresaría en una serie de signos de tipo mistérico y misionero, como las multiplicaciones de los panes (Mc 6 y 8), el paso por el mar y la pesca milagrosa (Mc 6, Lc 5 y Jn 21).

[3] Cf. V. Fusco, Le prime Comunita Cristiane, EDB, Bologna 1995123-280;  S. Guijarro, Fidelidades en conflicto. La ruptura con la familia por causa del discipulado y de la misión en la tradición sinóptica, UPSA, Salamanca 1998;  P. Hoffmann, Studien zur Logienquelle (NTAbh 8), Münster, 1972;  A. D. Jacobson, The First Gospel. An Introduction to Q, Polebridge, Sonoma 1992;  M. Sato, Q und Prophetie (WUNT 29), Tübingen 1988;  G. Theissen, Colorido local y contexto histórico en los evangelios, Sígueme, Salamanca 1997, 225-258;  Estudios de sociología del cristianismo primitivo, Sígueme, Salamanca 1985;  Ch. M.Tuckett, Q and the History of Early Christianity, Clark, Edinburgh 1996, 102;  I. E. Vaage, Galilean Upstarts. Jesus’ First Followers according to Q, Trinity, Valley Forge 1994. Tanto Q como Mc han recogido tradiciones de Galilea, donde, en sentido estricto, más que “iglesias” en el sentido posterior de la palabra, habría comunidades y grupos vinculados a la memoria de Jesús, como profeta sabio y mensajero apocalíptico del Reino de Dios. Todas las reconstrucciones que podemos hacer de esas comunidades resultan problemáticas, pero, a grandes líneas, podemos conocerlas. 

[4] Éstos parecen ser los textos básicos del Q, siguiendo el orden de Lucas, agrupados en unidades amplias: Q 3, 2b.3;  3, 7-9;  3, 16b-17;  3, ·21-22 4, 1-4. 9-12.5-8. 13;  4, 16;  6, 20-21;  6, 22-2;  6, 27-28. 35c-d;  6, 29-30;  6, 31;  6, 32;  6, 36;  6, 37-38;  6, 39;  6, 40;  6, 41-42;  6, 43-45;  6, 46;  6, 47-49: 7, 1, 3, 6b-9. 10?;  7, 18-23;  7, 24-28;  7, ·29-30;  7, 31-35;  9, 57- 60;  10, 2;  10, 3;  10, 4;  10, 5-9;  10, 10-12;  10, 13-15;  10, 16;  10, 21;  10, 22;  10, 23-24;  11, 2b-4;  11, 9-13;  11, 14-15, 17-20;  11, ·21-22;  11, 23;  11, 24-2;  11, ?27-28;  11, 16. 29-30;  11, 31-3;  11, 33;  11, 34-35;  11, 39a?. 42. 39b. 41. 43-44; 11, 46b, 52. 47-48;  11, 49-51;  12, 2-3;  12, 4-5;  12, 6-7;  12, 8-9;  12, 10;  12, 11-12;  12, 33-34;  12, 22b-31;  12, 39-40;  12, 42-46;  12, ·49‚ 51. 53;  12, ·54-56;  12, 58-59;  13, 18-19;  13, 20-2;  13, 24-27;  13, 29, 28;  13, 30;  13, 34-35;  14, ·11;  14, 16-18. 19-20. 21. 23;  14, 26;  14, 27;  17, 33;  14, 34-35;  16, 13;  16, 16;  16, 17;  16, 18;  17, 1-2;  15, 4-5a. 7;  15, ·8-10;  17, 3-4;  17, 6;  17, 20-21;  17, 23-24;  17, 37;  17, 26-27, 28-29?. 30;  17, 34-35;  19, 12-13. 15-24. 26;  22, 28.30. Muchos investigadores suponen que las comunidades galileas (de tipo Q) habrían dado prioridad a un tipo de dichos, más vinculados a la sabiduría de la vida y al Reino como presencia interior de Dios que a la muerte de Jesús (como hace Mc). Ciertamente, esa sabiduría contendía también elementos proféticos (e incluso apocalípticos); pero predominaba el aspecto sapiencial. 

[5] G. Theissen, Colorido local y contexto histórico en los evangelios, Sígueme, Salamanca 1997, ha destacado de un modo consecuente la relación entre el despliegue del cristianismo de Palestina y el intento idolátrico de Calígula, del que trata con extensión Flavio Josefo (cf. Ant 18, 4, 3).

[6] Ésta fue la autoridad de las comunidades galileas de Jesús, ésta la herencia que dejaron para el conjunto de las iglesias posteriores, a través del documento Q, tal como ha sido recogida, sobre todo, por Lc 6, 20.45 y Mt 5-7. Sin esa autoridad de amor y sin esa herencia de perdón (de no violencia activa) resulta incomprensible el cristianismo. En este contexto siguen siendo importante las reflexiones de G. Theissen, La renuncia a la violencia y el amor al enemigo(Mt 6, 38-48 / Lc 6, 27-38) y su trasfondo histórico-social, en Estudios de sociología del cristianismo primitivo, Sígueme, Salamanca1985 103-148.Cf. también G. Lohfink, El sermón de la montaña ¿para qué?, Herder, Barcelona 1989, 237-247;  A. Trocmé, Jésus-Christ et la Revolución non violente, Labor et Fides, Genéve 1961;  J. L. Espinel, El pacifismo en el Nuevo Testamento, San Esteban, Salamanca 1992;  J. H. Yoder (ed.), Comunidad, no-violencia y liberación. Perspectivas bíblicas, Dabar, México DF 1991. He desarrollado el tema en Antropología bíblica, Sígueme, Salamanca2005, cap. 5.

[7] Todo sistema tiende a estructurarse jerárquicamente, de manera que cada uno de sus miembros vale en razón de su oficio y funciones, de manera que la relación personal queda sustituida por la de oficio y rango, papeles y representaciones. Pues bien, en contra de eso, los enviados de Jesús no llevan papeles ni documentación, rangos ni oficios, sino sólo sus personas: el testimonio de su propia vida y su palabra, como exorcistas del Reino.

[8] Estos enviados de Jesús no crean castas, ni grupos distintos, ni buscan su identidad u honor en algún tipo de función establecida: valen por lo que son y por lo que hacen, curando y/o animando a los excluidos y expulsados, en un mundo donde crecen las diversas formas de violencia, que desembocarán en la guerra del 67-70 d.C. Se podrá decir que estos mensajeros de Jesús no han triunfado, pues no han logrado extender su ideal ni su paz en Galilea. Pero el recuerdo de sus palabras, recogidas de formas distintas pero convergentes en los sinópticos resulta esencial para entender el movimiento de Jesús.

[9] Pero por ahora, en Galilea, estrictamente hablando, no se puede hablar de una iglesia plenamente sedentaria, es decir, establecida, en un lugar determinado (como las diócesis posteriores de ciertas iglesias), sino que los seguidores de Jesús siguen formando un movimiento de renovación abierto a todos los habitantes del lugar

[10] Esta autoridad carismática de los enviados-profetas ambulantes sigue siendo básica en iglesia. Jesús y sus primeros seguidores de Galilea no han creado una comunidad estable, con estructuras y poderes firmes, separada de los otros grupos nacionales o sociales (en especial del judaísmo). De esa forma, sus itinerantes carismáticos no quieren tener «su propia Iglesia», frente a otras comunidades o iglesias, sino actuar como fermento de la sociedad en su conjunto. Por eso es necesario recordar a estos primeros «cristianos» galileos, con su mensaje de Reino, pero sin iglesia estable, tras casi XX siglos de iglesia establecida, que ha abandonado en gran parte la itinerancia y ha destacado su identidad y prestigio social.

               Por largos decenios, diversas comunidades de seguidores de Jesús, de origen básicamente galileo, aunque extendidas por Siria y por otros lugares (comunidades atestiguados por Mateo y el Apocalipsis, por Santiago y la Didajé), han mantenido este carácter itinerante, moviéndose en el ámbito social del judaísmo. No se han tomado como nueva religión, sino como un movimiento de transformación mesiánica, a partir de la experiencia israelita, como Jesús había queridoHemos estudiado el tema, desde la perspectiva de la vida de Jesús, en Historia de Jesús, cap. 14. Sobre la vida y misión de los profetas itinerantes cf. G. Theissen, Radicalismo itinerante, en Estudios de Sociología del Cristianismo Primitivo, Sígueme, Salamanca 1985, 13-40;  R. Trevijano, Profetas ambulantes, en Diccionario. Teológico de la Vida Religiosa, Claretianas, Madrid1992, 1425-1443. A la luz de la misión paulina, tal como ha venido a cristalizar en las iglesias posteriores (en la línea de lo que un día será la Gran Iglesia), algunos han podido suponer que el intento de estos galileos era inviable: ellos no eran todavía cristianos (en el sentido posterior), el Espíritu no había suscitado todavía verdadera iglesia. Sea como fuere, debemos recordar (y recuperar) aquella primera misión de los galileos, como elemento integrante del movimiento de Jesús.

[11]Jesús tiene autoridad y la ofrece a sus discípulos, a quienes escoge para confiarles una tarea de reino. Aquí se les llama apóstoles (enviados) y se tiende a identificarles, pero más que apóstoles en sentido posterior son profetas.

[12] Se viene discutiendo apasionadamente sobre el carácter primitivo del Q: unos defienden su carácter sapiencial, otros piensan que es un documento profético (incluso apocalíptico); otros hablan de un proceso, que ha llevado del plano sapiencial primero al apocalíptico posterior. Pensamos que esos elementos no se oponen, de manera que el texto puede ser sapiencial y profético a la vez.

[13] No han de llevar pan, ni alforja, ni dinero, ni dos túnicas (Mc 6, 8-9). Ciertamente, van calzados, para caminar; pero no llevan vestido de repuesto. No lo hacen por austeridad o espíritu de pobreza, ni por rechazo social (comen y beben, no ayunan: Mc 2, 18-22), sino por confianza escatológica. Quieren y deben ofrecer lo que tienen, compartiendo con hombres y mujeres de la tierra, el proyecto de Jesús. No necesitan ir asegurados (con dinero y/o ropa de repuesto), pues tienen un poder más alto: la confianza de que serán recibidos y alimentados.

[14] El vestido era signo de autoridad (poder sacral, riqueza). Los enviados de Jesús evitarán esos signos, recibiendo y empleando la ropa normal de cada lugar (cf. Mt 23, 5 par). No crean casta, ni grupo distinto; no buscan su identidad u honor en algún tipo de función establecida: valen por lo que son y hacen, curando y/o animando a los excluidos y expulsados. De esa forma van contra el sistema, buscando un tipo distinto de plenitud humana.

[15] Cuando entréis en una casa, quedaos allí… (Mc 6, 10). No lleva nada propio (dinero, ropa, comida), porque esperan recibirlo todo. No piden como mendigos, no exigen como asalariados, pues no son «dependientes» de los otros, ni tampoco sus señores . Son simplemente hermanos: por eso ofrecen, esperan, reciben, comparten.

[16] Los discípulos primeros de Jesús, a diferencia de lo que sucederá muy pronto en la historia de la iglesia (en la misión paulina) serán exorcistas y/o carismáticos ambulantes (cf. Mc 3, 15 par; 6, 6-13 par). Más que una ortodoxia nueva (doctrina sobre Dios) y más que una nueva organización social, ellos propagan y extienden una forma de vida compartida, en plano de acogida mutua (salud) y mesa común.

[17] Sobre la vida y misión de los profetas itinerantes sigue siendo básico G. Theissen, «Radicalismo itinerante»en Id., Estudios de Sociología del Cristianismo Primitivo, Sígueme, Salamanca 1985, 13-40. Visión panorámica en R. Trevijano, «Profetas ambulantes»: Dic. Teol. Vida Religiosa, 1425-1443.

[18] Entre los que interpretan a Jesús y a los primeros cristianos como cínicos itinerantes, cf.: J. D. Crossan, Jesús. Vida de un campesino judío, Crítica, Barcelona 1994; B. Mack, A Myth of Innocence: Mark and Christian Origins, Fortress, Philadelphia 1988; Id., El Evangelio perdido. El documento Q., M. Roca, Barcelona 1994. En esa misma línea parecen moverse algunos participantes de Jesus Seminar; cf. B. Witherington, The Jesus Quest. The Third Search for the Jew of Nazaret, Paternoster, Carlisle 1995Visiones distintas de los orígenes cristianos en J. P. Meier, A Marginal Jew, I-III, Doubleday, New York 1991/6 (=Jesús, un judío marginal I-II, EVD, Estella 1998/9); N. T. Wright, The NT and the Victory of the People of God I, SPCK, London 1992; Id., Jesus and the Victory of God II, SPCK, London 1996.

[19] Esta comunidad mesiánica, que rompe el viejo esquema paternalista (no hay en ella padres) constituye la matriz de la iglesia, como he destacado en Casa, pan y palabra. Le iglesia en Marcos, Sígueme, Salamanca 1998. S. C. Barton, Discipleship and Family Ties in Marc and Matthew, Cambridge UP 1994, ha estudiado los textos anteriores y otros (Mc 1, 16-20 par; Mc 13, 9-13 par), sin destacar las consecuencias ministeriales.

[20] Cf. G. Barth, El bautismo en el tiempo del cristianismo primitivo, Sígueme, Salamanca 1996, 40 ss. En general, sobre las primeras comunidades cristianas, cf. R. Aguirre, Del movimiento de Jesús a la iglesia cristiana, DDB, Bilbao 1987; Id., La mesa compartida. Estudios del NT desde las ciencias sociales, Sal Terrae, Santander 1994.

[21] Hech 6 habla de choque entre mensaje de la palabra y servicio de las mesas, desde una perspectiva de varones. Lc 10, 38-42 ha releído el tema en perspectiva de mujeres: una (Marta) se ocupa más del servicio o diakonía (acogida y organización comunitaria); otra (Marta) escucha de la palabra.

[22] Sobre itinerantes y casa estable, cf. R. A. Campbell, The Elders. Seniority within Earliest Christianity, Clark, Edinburgh 1994. Sobre la casa cf. H.-J. Klauck, Hausgemeinde und Hauskirche im frühen Christentum, SBS 103, KBW, Stuttgart 1981; R. Aguirre, La casa como estructura base del cristianismo primitivo: las iglesias domésticas, en Id., Del movimiento de Jesús a la iglesia cristiana, DDB, Bilbao 1987, 65-92 [=EstEcl 59 (1984) 27-51].

[23] Sobre los carismáticos ambulantes: G. Theissen, Sociología del movimiento de Jesús, Sal Terrae, Santander 1979; Id., Estudios de sociología del cristianismo primitivo, Sígueme, Salamanca 1985, 13-78. Cf. D. E. Aune, Prophecy in Early Christianity, Eerdmanns, Grand Rapids MI 1983, 171-246. Sobre el surgimiento de la iglesia y la misión a los gentiles, cf. E. Peterson, Tratados teológicos, Cristiandad, Madrid 1996, 193-204. Sigue siendo significativo el trabajo de J. Meliá,“Misión galilea y misión universal en los sinópticos”: Cuadernos Bíblicos 2 (1978) 1-101.

Vox populi, vox Dei

Vox populi, vox Dei: La síntesis final del proceso sinodal español

Papa Francisco y la primavera
Papa Francisco y la primavera

«Ningún jerarca del mundo mundial por muy carca que sea puede oponerse a la voluntad expresada masivamente por lo que Francisco llama ‘el santo pueblo de Dios’. No en vano desde antiguo se sostiene en la Iglesia que ‘vox populi, vox Dei'»

«El pueblo de Dios, cuando le dejan hablar los curas, se pronuncia jaleado por el Espíritu Santo»

«Lo que pidieron básicamente es ‘descongelar el Concilio’, metido en el congelador del miedo por los pontificados de Juan Pablo II y Benedicto XVI»

«¿La jerarquía ha podado el sínodo español? Podado no, pero sí recortado, pulido y limado. No lo ha podado del todo, pero ha hecho todo lo posible para atemperar la parresía del pueblo santo de Dios»

Por José Manuel Vidal

Oscar Andrés Rodríguez Maradiaga, uno de los cardenales más libres y proféticos del colegio cardenalicio (por eso, desde la Curia quisieron ‘lincharle’ con falsas acusaciones de corrupción), sostiene que el Papa Francisco, tras años de lucha contra el poder curial enquistado en Roma, llegó a la conclusión de que, para remover su inmovilismo y vencerlo definitivamente, tenía que utilizar la palanca del ‘santo pueblo de Dios’.

Y es que ningún jerarca del mundo mundial por muy carca que sea puede oponerse a la voluntad expresada masivamente por lo que Francisco llama ‘el santo pueblo de Dios’. No en vano desde antiguo se sostiene en la Iglesia que ‘vox populi, vox Dei’. Y, por eso, lanzó un Sínodo de la sinodalidad (su Concilio, sin llamarlo Concilio) de dos años de duración, que va a involucrar a toda la cristiandad en tres etapas: diocesana, continental y universal.

vox populi, vox Dei

Y la estrategia dio resultado, porque el pueblo de Dios, cuando le dejan hablar los curas, se pronuncia jaleado por el Espíritu Santo. Como muestra, el botón español, con una Iglesia envejecida y mal vista por el resto de la sociedad, pero también con arrestos suficientes en sus bases, para seguir proponiendo el sentido evangélico a la gente y rompiéndole el espinazo al clericalismo omnipresente en nuestro país, con un clero convertido en casta funcionarial, que no quiere dejar sus privilegios ancestrales por nada del mundo.

Como la mayoría del clero (sobre todo el clero joven de menos de 45 años) no cree en el proceso sinodal, dejó el campo libre a los laicos más comprometidos. Y los obispos, incluso los más conservadores, no se atrevieron a decir no abiertamente al proceso. No lo promovieron, pero tampoco lo prohibieron.

En esos pequeños entresijos de libertad, más de 200.000 miembros del Sínodo se reunieron, se escucharon, compartieron, convivieron y hablaron de los cambios y reformas que quieren, para intentar conseguir esa Iglesia evangélica, samaritana y en salida con la que sueñan desde hace décadas, cuando se truncó aquella primera primavera del Concilio Vaticano II.

Y lo que pidieron básicamente es “descongelar el Concilio”, metido en el congelador del miedo por los pontificados de Juan Pablo II y Benedicto XVI. Y en sus propuestas volvieron a rescatar la vieja corresponsabilidad conciliar apenas sin estrenar entre nosotros, pero también peticiones mucho más concretas, como el sacerdocio de la mujer, el celibato opcional para los sacerdotes, la acogida sincera y sin condiciones a las personas lgtbi o a las divorciados vueltos a casar e, incluso, la recuperación para el ministerio de los curas casados o la raparación integral de las víctimas de los abusos del clero.

Concilio Vaticano II

Por eso, los informes sinodales de muchas diócesis (tan dispares en términos eclesiales como Barcelona, Zaragoza, Madrid o San Sebastián) estaban redactados con un lenguaje profético y lleno de parresía, sin rodeos, sin circunloquios, con claridad, sencillez y transparencia. Una apuesta clara y radical por las reformas de Francisco para la Iglesia.

Pero todos estos informes diocesanos tuvieron que pasar por el filtro de la síntesis hecha por la Conferencia episcopal. Y llegaron las rebajas. Rebajas en el tono, en la forma y en el fondo. Y todo volvió a ser mucho más clerical.

En la síntesis nacional ya sólo se habla de codecisión de los laicos, acogida a divorciados y un pequeño guiño hacia el celibato opcional.

También pide la síntesis una mayor presencia de la mujer en la Iglesia, pero ya ha desaparecido la petición del ministerio sacerdotal femenino, la aceptación de todo tipo de familia o la acogida y ‘bendición’ del colectivo homosexual.

¿La jerarquía ha podado el sínodo español? Podado no, pero sí recortado, pulido y limado. No lo ha podado del todo, pero ha hecho todo lo posible para atemperar la parresía del pueblo santo de Dios. Y, por si caso, ha querido dejar bien claro que esas propuestas más avanzadas sobre el celibato opcional o el acceso de la mujer al altar “sólo se plantearon en algunas diócesis y por un número reducido de personas”.

Primavera de Francisco
Primavera de Francisco

Era tan de esperar esta maniobra de ‘afeitado’ que los mismos participantes en el proceso sinodal español ya planteaban su “desconfianza de que lleguen las aportaciones” al Papa. Porque conocen bien el paño clerical. Pero Francisco también lo sabe, conoce a la perfección la querencia a tablas del morlaco clerical y es perfectamente consciente de que el ‘santo pueblo de Dios’ ha hablado y le ha dado una aplastante aprobación a sus reformas. Porque nadie puede parar la primavera en primavera, sobre todo si viene en alas del Espíritu, que sopla y alienta en el corazón del pueblo santo de Dios: Vox populi, vox Dei.

La Buena Noticia del Dgo 14º-C

ENVIADOS A ANUNCIAR EL REINO DE DIOS. Lc 10, 1-12.17-20

Los mandó por delante de dos en dos
Los mandó por delante de dos en dos

.

LA HORA DE LA PALABRA

La alegría de anunciar el Evangelio
Jesús envía a un grupo de setenta y dos discípulos a colaborar con él en el proyecto del Reino de Dios. Y los envía de dos en dos para que el camino sea más llevadero y para que lo que prediquen sea un testimonio contrastado. Los setenta y dos volvieron muy contentos y le dijeron: “Señor, hasta los demonios se nos someten en tu nombre”
En este mundo en el que sigue aumentando cada vez más la separación entre ricos y pobres, el anuncio del Reino de Dios y el compromiso con él, es más urgente que nunca, si queremos ser fieles a Jesús.
Los discípulos de Jesús no solo estamos llamados a seguirle, sino a ser también anunciadores del mensaje a otros.
ACTUALIZACION DE LA PALABRA

DOS CONSIGNAS DE JESÚS 

Después de veinte siglos de cristianismo es difícil escuchar las instrucciones de Jesús a los suyos sin sentir sonrojo. No se trata de vivirlas al pie de la letra. No. Simplemente de no actuar contra el espíritu que encierran. Solo recordaré dos consignas.

Jesús envía a sus discípulos por las aldeas de Galilea como «corderos en medio de lobos». ¿Quién cree hoy que esta ha de ser nuestra identidad en una sociedad atravesada por toda clase de conflictos y enfrentamientos? Y, sin embargo, no necesitamos entre nosotros más lobos, sino más corderos. Cada vez que desde la Iglesia o su entorno se alimenta la agresividad y el resentimiento, o se lanzan insultos y ataques que hacen más difícil el mutuo entendimiento, estamos actuando contra el espíritu de Jesús.

Lo «primero» que han de comunicar sus discípulos al entrar en una casa es: «Paz a esta casa». La paz es la primera señal del reino de Dios. Si la Iglesia no introduce paz en la convivencia, los cristianos estamos anulando de raíz nuestra primera tarea.

La otra consigna es más desconcertante: «No llevéis talega, ni alforja, ni sandalias». Los seguidores de Jesús vivirán como los vagabundos que encuentran en su camino. No llevarán dinero ni provisiones. Caminarán descalzos, como tantos pobres que no tienen un par de sandalias de cuero. No llevarán siquiera una alforja, como hacían ciertos filósofos itinerantes.

Todos podrán ver en su manera de vestir y de equiparse su pasión por los últimos. Lo sorprendente es que Jesús no está pensando en lo que han de llevar consigo, sino precisamente en lo contrario: en lo que no deben llevar; no sea que se distancien demasiado de los más pobres.

¿Cómo se puede traducir hoy este espíritu de Jesús en la sociedad del bienestar? No simplemente recurriendo a un atuendo que nos identifique como miembros de una institución religiosa o responsables de un cargo en la Iglesia. Cada cual hemos de revisar con humildad qué nivel de vida, qué comportamientos, qué palabra, qué actitud nos identifican mejor con los últimos.

Por José Antonio Pagola

TESTIGOS DE LA PALABRA

Representación de la masacre ante el monumento a la memoria del Sumpul
Representación de la masacre ante el monumento a la memoria del Sumpul

La masacre del Sumpul

En la madrugada del 14 de mayo de 1980, en el departamento de Chalatenango, El Salvador, en el río Sumpul, que hace frontera con Honduras, fueron asesinadas más de 600 personas civiles (niños y adultos), por soldados, Guardia Nacional, miembros de la organización paramilitar ORDEN, apoyados por helicópteros que comenzaron a disparar sobre la gente. Antes de rematarlos, les torturaban tirando a los niños pequeños al aire para hacer blanco.
Los sobrevivientes intentan atravesar el río, huyendo hacia la frontera con Honduras. Muchos se ahogan y los que logran pasar son asesinados por el ejército hondureño apostado en la otra orilla. Ese día el río Sumpul se tiñó de sangre inocente.
Todos los años las comunidades cristianas rememoran la masacre pidiendo que haya pronto justicia para tantos inocentes.

ORACIÓN DESDE LA PALABRA

Manda, Señor, obreros a tu mies
Manda, Señor, obreros a tu mies
Quiero ser altavoz de tu Palabra
Allí donde eres desconocido o ignorado
Porque en esta tarea no estoy solo; somos muchos
Pero no siempre tenemos el valor suficiente
Para dar valor de tu presencia,
Para ser tus testigos con todas las consecuencias.
Manda, Señor, obreros a tu mies Quiero ser trabajador de tu campo.
¡Ayúdame, Señor, a ponerme en camino!
sin más amparo que el ancho cielo,
sin otro apoyo que tu Espíritu,
sin más aliento que tu Palabra.
Quiero ser reflejo de tu amor y de tu paz
Llevando al mundo esperanza,
Ilusión y alegría a los hombres y mujeres
que carecen de ellas.
Porque experimento cada día,
que mi nombre, que nuestros nombres
están escritos en la palma de tu mano.
.
Isidro Lozano o.c.
.
Pastoral bíblica de Daniel Sánchez Barbero en Fuente de Pedro Naharro, Cuenca

Las mujeres en el Sínodo de la Iglesia española

Las mujeres mandan en el Sínodo de España: son el 70% de las participantes

¿Es la razón por la que se pide el sacerdocio femenino y un mayor reconocimiento a su labor?

José Lorenzo,religion digital

¿Están contando con mujeres en los equipos sinodales de la etapa diocesana, que empezó el 17 de octubre de 2021 para preparar el camino del Sínodo sobre la Sinodalidad de 2023 en Roma? Esa fue la petición que, expresamente, hizo Nathalie Becquart, la subsecretaria de este Sínodo, cuando el pasado mes de noviembre presentó el documento marco.

Y, cuando faltan cinco días para que Madrid acoja la asamblea final de esta fase de escucha, la respuesta, al menos en lo tocante a la Iglesia española, es sí, abrumadoramente. Nada menos que el 70% de las más de 200.000 personas, repartidas en 13.500 grupos sinodales han sido mujeres, según ha sabido RD

Se trata de una participación muy significativa que, por otro lado, no deja de evidenciar algo ya sabido: las mujeres son las que, mayoritariamente, hacen funcionar en el día a día la vida de parroquias y otras instancias eclesiales, las que cuidan la catequesis, organizan la labor asistencial y caritativa… aunque su labor sea históricamente poco reconocida. Como apunta una fuente, «si en el 2000, las mujeres éramos el 50% de la Iglesia, en el 2020, somos el 80%».

¿Punto de inflexión?

¿Supone esta participación un punto de inflexión? Parece también evidente que el hecho de que en muchas diócesis hayan salido como propuestas para enviar a Roma el dar una mayor responsabilidad a la mujer en el gobierno de la Iglesia, cuando no incluso su acceso a la ordenación sacerdotal, tiene que ver con esta alta participación en esta fase de escucha, que termina este sábado 11 de junio en Madrid, en la Asamblea final del Sínodo en España, que acogerá a más de 600 personas procedentes de todas las diócesis.

Pendientes del “enfoque” del párroco

“¿Tendrá esto recorrido de cara a las resoluciones del Sínodo?”, se preguntan. Y ahí, claro, surgen las dudas cuando todavía no se han hecho públicas las conclusiones, porque, se señala, “que las mujeres hayan tenido una participación más o menos activa y significativa ha dependido mucho del enfoque que el párroco haya querido darles”, lo que explicaría que esta cuestión no haya aparecido en otras diócesis como una reivindicación a tener en cuenta.

Las fuentes consultadas, eso sí, subrayan el interés desde el equipo coordinador de esta fase sinodal “en poner el foco en los laicos en general, pero dando una mayor dimensión al papel de las mujeres. Esta ha sido una constante que se ha intentado transmitir”, apuntan.

En torno a los 55-60 años

En este sentido, también se destaca que, “con una edad medida de las participantes en torno a los 55-60 años, habrá muchas mujeres rondando los 70 u 80 años, y no sé hasta qué punto la ordenación sacerdotal femenina ha estado entre las prioridades de estas mujeres”, aunque también se hace constar que ha habido otras realidades, como la de Revuelta de Mujeres en la Iglesia, que también han hecho sus aportaciones.

Jesús y María Magdalena

María Magdalena

1. Sobre la Familia de Jesús 
Jesús, como cualquier otro judío de su época, estaba
integrado en una familia, que le confería identidad y reconocimiento social. En Nazaret, con una población de unos 1.600 habitantes, Jesús había alargado sus lazos familiares.
Todo el mundo lo conocía como hijo de María y de José, ejerciendo con toda probabilidad el oficio de su padre. A José no se le menciona para nada desde el momento en que Jesús comienza su vida pública.

La razón más plausible es que José ya no vivía cuando Jesús comenzó su ministerio público, más o menos entre los 30-35 años.
María, por el contrario, sí que aparece y suponiendo que comenzó a ser madre a la edad de 14 años, y que había traído al mundo otros seis hijos por lo menos, tendría unos 48-50 años en el momento de la crucifixión de su hijo. ¿Los hermanos y hermanas de Jesús eran tales, eran hijos de un matrimonio anterior de José
(hermanastros) ligados a Jesús por el vínculo legal del segundo matrimonio de José, o eran primos?

Que los hermanos y hermanas de Jesús fueran primos u otra clase de parientes lejanos es todavía la doctrina habitual de la Iglesia católica romana, aun cuando hace algún tiempo teólogos y exégetas católicos afirman que se trata de hermanos reales. Meier, gran investigador del Jesús histórico, no duda en afirmar que “la
búsqueda de los parientes históricos de Jesús se acerca a lo imposible” (Pg. 328) No obstante, “un juicio sobre el NT y los textos patrísticos como fuentes históricas nos llevan a la opinión más probable de que los hermanos y hermanas de Jesús lo eran verdaderamente” (Pg. 340).

2. ¿Jesús era célibe?
 Nos encontramos con que, en la tradición cristiana, se admite como buena la condición del estado de casado, pero se admite igualmente como superior el celibato al matrimonio. En ese contexto y desde la perspectiva de la fe cristiana, se mantiene la creencia casi universal de que Jesús permaneció célibe.

Pero, aquí utilizamos ahora los argumentos de historiadores modernos. Desde las fuentes históricas, ¿es posible determinar si Jesús estaba o no casado? Conviene no confundir en este punto determinadas ideas negativas sobre la sexualidad sostenidas en la Iglesia católica con el análisis de la historia. Una cosa es la cuestión
histórica del estado civil de Jesús y otra las preocupaciones contemporáneas.

Hay autores que están a favor del matrimonio de Jesús con el siguiente argumento: el judaísmo del tiempo de Jesús tenía una posición muy positiva sobre el sexo y matrimonio; el matrimonio era la norma; por lo tanto, el celibato era inconcebible, luego Jesús estuvo casado. Así razona también el Código da Vinci.

Tratándose de la cuestión decisiva que origina y abarca toda la trama del secreto del Código da Vinci, bien vale la pena exponer los argumentos, si los hay, a favor del celibato de Jesús. Los argumentos serían los siguientes:

1. Los evangelios no hablan para nada de la mujer e hijos de Jesús durante su vida pública. Sí que hablan de su padre, madre, hermanos y hermanas durante su vida privada, pero tampoco en todo ese tiempo se dice nada de su mujer o hijos.Este
silencio, en uno y otro momentos, parece indicarnos que no
existían.

2. Jesús vivía inmerso en el judaísmo del siglo I.

Dentro de él, había diversas corrientes ideológicas respecto al sexo y matrimonio. Una era la del judaísmo farisaico y otra la de otros grupos como los esotéricos, proféticos, místicos, etc. Es seguro que algunos o muchos de los esenios eran célibes.

3. También se da como seguro que otros grupos –los terapeutas, establecidos en Egipto-, esenios también o de otro movimiento judío similar, practicaban la abstinencia, encontrándose dentro de él también mujeres. Qumrán, el monasterio del Mar Muerto, expresión concreta del movimiento esenio, albergaba miembros que practicaban el celibato.
Este hecho está acreditado por el testimonio de Josefo y Filón, dos judíos del siglo I.

4. Fueron célibes también figuras bíblicas como las del profeta Jeremías del AT, Elías, Juan Bautista, etc.

5. Se puede constatar también, dentro del mundo grecorromano del siglo I después de Cristo, la existencia de un celibato vocacional en destacados hombres de la filosofía: : Epitecto, Apolonio, etc.
Es lógico, por tanto, concluir que el celibato no estaba ausente en el judaísmo del siglo I. El erudito judío Geza Vermes no tiene dificultad en ver a Jesús como célibe y explicar este estado poco habitual por su llamada profética y la recepción del Espíritu (Cfr. Jesus the Jew, 99-102).

J.P. Meier, después de hacer un análisis largo desde los contextos del celibato de Jesús en el judaísmo, concluye: “En suma, no podemos tener una absoluta certeza sobre si Jesús estaba o no casado. Pero los varios contextos, tanto próximos como remotos, en el NT lo mismo que en el judaísmo, señalan como hipótesis más verosímil la de que Jesús permaneció célibe por motivos religiosos.

Digamos que Jesús probablemente interpretó su celibato como necesidad impuesta por su misión profética, totalmente absorbente, orientada a Israel para hacer del dividido y pecador pueblo de Dios un todo purificado en preparación para la llegada final de Dios como rey. Es, por tanto, posible que Jesús -quizás con tono irónico- se cuente a sí mismo entre quienes “se hacen eunucos por el reino de Dios”. El total silencio sobre una mujer y unos hijos de Jesús en contextos donde son mencionados varios familiares suyos bien puede indicar que nunca estuvo casado” (Idem, pp. 353-354).

3. ¿Estuvo Jesús casado con María Magdalena? 
Si hacemos caso a las investigaciones anteriores, queda la hipótesis más probable de que Jesús no estuvo casado con Maria Magdalena.
Magdalena, oriunda de Magdala, una pequeña ciudad de Galilea, pertenecía al círculo de los discípulos de Jesús, pues en ella se dan de hecho, aunque apenas se le nombre como tal, las características del discípulo. No sólo eso, sino que era reconocida como ocupando un puesto preeminente: ella figura siempre a la cabeza de las demás mujeres y es reconocida como la principal en seguir, acompañar y ayudar a Jesús.

Según los especialistas, Magdalena estaba soltera y entre ella y Jesús había una gran amistad, debido seguramente a que Jesús la curó de una grave enfermedad, lo que propició una especial cercanía y afecto entre ambos.
Esta especial amistad dio lugar a que entre las diversas comunidades primitivas existentes, unas se decantasen por su liderazgo, y otras por el de Pedro, haciendo valer la preferencia que sobre ella mostraba el Señor.
Naturalmente que unos y otros iban a interpretar esa amistad con matices y acentos distintos; unos tratarían de reivindicarla para asegurar el protagonismo de la mujer en la Iglesia, con responsabilidades y servicios equiparables a los de los discípulos varones y otros tratarían de rebajarla, influidos probablemente por
ideas que atribuían a la mujer una condición de indignidad e inferioridad.

En esto, Jesús demostró actuar con libertad e innovación,
favoreciendo un cambio radical, de igualdad, que afectaría de
diversa manera a los grupos que se iban formando.
Tema éste apasionante, que puede ilustrar la evolución del
papel que la mujer ha tenido o debiera haber tenido en el desarrollo
posterior de la Iglesia.

Carmen Bernabé, teóloga y doctora bíblica, en su libro “María
Magdalena, tradiciones en el cristianismo primitivo”, demuestra que
las características que los textos extracanónicos atribuyen a María
están basadas en los evangelios, sobre todo en el de Juan, que la
presentan como discípula, receptora y transmisora de una
revelación especial y concluye su estudio con esta valoración: “
Parece que María Magdalena tiene un papel importante en la
interpretación del destino de Jesús a la que iban a llegar los
primeros discípulos, así como en la decisión de la conveniencia de
iniciar la misión, con la que se debió enfrentar muy pronto aquella
comunidad.

María Magdalena era, sin duda, la figura más
importante, del grupo de discípulas, así como Pedro fue de los
varones. María Magdalena fue una figura muy cercana a Jesús, con
una relación especial, en cuanto se adivina más intensa que la que
tienen las otras mujeres discípulos. No se está defendiendo aquí,
como a veces se ha hecho, una relación matrimonial entre ella y
Jesús, algo que no es posible demostrar basándose en los textos;
sino una relación de amistad cercana y preferente” (EVD, p. 265,
1994).

No dejan de ser sugerentes las investigaciones últimas
acerca de la identidad y significado de la expresión del cuarto
evangelio “uno de sus discípulos, aquel al que amaba Jesús” (Jn
12,23; Jn 19,25-27; Jn 21,7; Jn 21, 20.

Hay autores que hacen luz sobre este punto, argumentando
de esta manera: Al pie de la cruz o, más bien, un poco lejos
mirando, sólo podían encontrarse mujeres, sin saber a ciencia cierta
si eran cuatro o dos. De ser dos, serían María la madre de Jesús y
Maryam Magdalena. “En esta escena no es la madre el centro, sino
la discípula de Magdala, a la que se quiere ensalzar y con ella la
tradición de la propia comunidad, precisamente con la entrega que
Jesús le hace de su propia madre. En ningún caso y en ningún
estado de la redacción se menciona a ningún otro hombre fuera de
Jesús”(Juan Manuel Lozano, Un retrato de Jesús, Nueva Utopía,
pg. 143, 2006).

.
Leyendo ahora el texto “Jesús viendo a su madre y al
discípulo que amaba” los autores lo interpretan como la entrega que
Jesús hace de su madre a Magdalena. Ella la recibió en su familia.
“Los cristianos de entonces, escribe Lozano, entendían
perfectamente que el discípulo (ho mathetes) al que Jesús había
amado particularmente, era Maryam Magdalena, a quien Jesús dejó
confiada su propia madre. No, ciertamente, a ningún hombre que no
ha aparecido hasta ahora. Más cerca de Jesús, no se podía colocar
al discípulo que Jesús amaba…Con esta entrega por Jesús de su
madre el cuarto evangelio pretendió presentarse como el libro de
una comunidad, cuya tradición venía nada menos que de Maryam
Mgadalena. Maryam es su heroína, como Pedro acaba siéndolo del
Evangelio de Mateo. El cuarto Evangelio realiza la tarea de glorificar
a su héroe, aquí heroína, colocando a Maryam al pie e la cruz y
haciendo que Jesús le confíe su madre” (Idem, Pgs. 156-159).
Los apuntes anteriores nos permiten decir que las
afirmaciones del Código da Vinci, no parten de una
investigación histórica seria y quedan, por lo mismo, relegadas al
mundo de la ilusión.

El secreto, que abarca la novela entera, que sustenta la teoría
de que el Santo Grial es Maria Magdalena, que se transmite a
través de la dinastía merovingia y lo conserva seguro el Priorato de
Sión mediante la creación de los Templarios su brazo armado, que
señala a la Iglesia católica como exterminadora del culto a la diosa
femenina y de la degradación y marginación de la mujer, que
explica el invento político de la Divinidad de Jesús y el alza
inconmensurable del poder patriarcal y machista en la Iglesia, que
ha creado el engaño bimilenario del cristianismo, se convierte en
fantasía, en pura ilusión de quien intenta pasarlo como verdad
a través de una novela.

Todo depende, para la consistencia del secreto, en que Jesús
de Nazaret estaba casado y estaba casado con María Magdalena.
La Iglesia católica no admitió esta verdad “natural, obvia,
pública y rigurosamente histórica”, tuvo poder para desterrarla y
entonces para no desaparecer, esta verdad comienza a
conservarse en secreto, el SECRETO más importante y mejor
guardado de todos los tiempos. Y eso es lo que, al parecer con
argumentos irrefutables, pretende finalmente mostrar y anunciar
Dan Brown a la engañada y manipulada humanidad: Jesús estaba
casado y lo estaba con María Magdalena.

La trama, el contenido y las consecuencias
del Código da Vinci se vienen abajo con la
facilidad de un sueño. Dan Brown nos ha
ofrecido un sueño con pretensiones de realidad,
pero por suerte la realidad es más fuerte que la ilusión