Mujer e Iglesia

Mujer e Iglesia: realidades inseparables e indisolubles

por Academia de Líderes Católicos el 03/09/2021 15:45

La temática del rol de la mujer en la Iglesia es de gran importancia, pero a la vez suscita agitados debates. El Papa Francisco ha expresado que: “¡El papel de la mujer en la Iglesia no es feminismo, es un derecho!

Es un derecho de bautizada con los carismas y los dones que el Espíritu le ha dado”.  Y por si a alguien le quedaran dudas, añade: “Las mujeres son más importantes que los hombres porque la Iglesia es mujer. La Iglesia es la esposa de Cristo y la Virgen es más importante que los papas, los obispos y los sacerdotes”.

De Iglesia Colegiada a Iglesia Piramidal

Jesús se aparece a María Magdalena y con tono urgente le dijo: “Ve a mis hermanos y diles: Subo al Padre mío y Padre vuestro, al Dios mío y Dios vuestro” (Juan 20,17). Fue una mujer la primera apóstol misionera.

Mujer e Iglesia quedan configuradas desde este primer momento como realidades inseparables e indisolubles. Sin embargo, ambas, a pesar de “no ser del mundo”, están insertas “en el mundo”. La Iglesia de los primeros tiempos, nacida con un marcado sentido colegial y plural no logró eximirse de la fuerte influencia patriarcal de la cultura greco-romana dominante.

Esto dio lugar al modelo de “Iglesia-Societas-Perfecta Inequalis”, es decir Iglesia jerárquica y perfecta. En esta sociedad perfecta y desigual hay dos clases marcadas: los pastores (activa) y el rebaño (pasiva).  Y así como en la sociedad civil la mujer quedó jurídicamente atada a la “patria potestas”, la figura de María Magdalena, evangelizadora y misionera por excelencia se desdibujó en los ámbitos eclesiales.

La concepción disminuida y discapacitada de la mujer imperante en la sociedad civil se infiltró y conformó la concepción de la mujer en la Iglesia, dejándola “sin voz ni voto” por más de mil años de historia.

El clericalismo: el gran desafío de la mujer en la Iglesia del tercer milenio

En la historia de la Iglesia bajo la hegemonía clerical son demasiados frecuentes los momentos en los que las mujeres fueron las que mantuvieron y sostuvieron a la Iglesia gracias a su fe y a ese “genio femenino” propio de ella: su resiliencia, su capacidad de empatía, su relacionalidad e inagotable solidaridad.

Sin embargo, a pesar de que las mujeres continúan desempeñando varios roles insustituibles en el ámbito pastoral, de formación, educativo y asistencial; a pesar de la presencia de religiosas en los lugares más remotos y desolados del mundo enfrentando situaciones desesperadas de pobreza, violencia y desplazamientos humanos forzados, este patrimonio pastoral de las mujeres no tiene el mismo peso en las decisiones eclesiales ya que carecen de espacios en las posiciones de alta responsabilidad.

Es por ello que el rol de la mujer en la Iglesia no se trata simplemente de una cuestión de número o de cuotas. La Iglesia de hoy nos llama a formar parte activa de una Iglesia sinodal.

Sinodalidad versus Clericalismo

En la Constitución Dogmática Lumen and Gentium del Concilio Vaticano II la Iglesia se presenta como pueblo de Dios. La Iglesia es vista no ya desde el sacramento del orden haciéndola esencialmente jerárquica, sino del sacramento del bautismo como comunidad de fieles donde todo el pueblo de Dios está en posición activa. La condición de fieles trae aparejada la común dignidad de los bautizados haciéndose partícipes de la fundación sacerdotal, profética y real de Cristo.

Sinodalidad hace referencia a un camino hecho en conjunto del pueblo de Dios que peregrina en la historia: jóvenes, ancianos, hombres, mujeres, laicos, sacerdotes, obispos, mujeres consagradas; todos hacia el encuentro del Señor con un espíritu de comunión misionero.

Una Iglesia que busca vivir un estilo sinodal debe encarar una reflexión sobre la condición y el rol de la mujer tanto dentro de la Iglesia como en la sociedad ya que aquella se encuentra en el corazón mismo de esta última.

Debe haber a una interacción entre sidonalidad y la cultura socio-política. Los derechos de las mujeres representan un desafío para la Iglesia, la cual no puede posponer el dar respuestas a los justos reclamos de las mujeres por una mayor reciprocidad entre hombres y mujeres como asimismo ante los flagelos de la discriminación, la violencia de toda índole, los abusos sufridos a diario como a sus aspiraciones y a sus sueños.

Esta Iglesia sinodal llama a salir del clericalismo poniendo énfasis también en la diversidad del pueblo de Dios, al servicio del mundo en busca del bien común. No hay un único modo, proceso o técnica para la sidonalidad.

La Iglesia sinodal invita a ser una Iglesia inclusiva y relacional que escucha atentamente las necesidades de todos sus fieles, especialmente de las mujeres. El Papa Francisco lo ha dejado en claro: ¡la Iglesia tiene rostro de mujer!

A manera de conclusión

El Concilio Vaticano II abrió sus puertas a una Iglesia sinodal invitando a dejar detrás la Iglesia clerical y piramidal. Sin embargo, hay mucho camino que recorrer para alcanzar ese fin. Es necesario un gran espíritu de escucha y de discernimiento.

Como lo ha declarado abiertamente el Papa Francisco, el camino de la sinodalidad es el camino que Dios espera de la Iglesia en el tercer milenio; un claro “signo de los tiempos”. Y nos invita a emprender ese camino sin miedos y con cierta audacia. Esto lo demostró claramente el mismo Papa con el nombramiento de la hermana Nathalie Becquart como subsecretaria del Sínodo de Obispos: primera vez que una mujer tiene derecho de voto dentro del cuerpo colegiado desde su creación hace ya más de cincuenta años.

La sinodalidad permitirá a las mujeres encontrar en la Iglesia un lugar propicio para desarrollar sus dones. La falta de una participación de la mujer en la iglesia no se presenta sólo como una cuestión de justicia que emana de su dignidad bautismal, sino que su ausencia empobrece el debate, el discernimiento y el camino de la Iglesia.

Pero esta sinodalidad también debe encarnarse en el seno de la sociedad. Para la mujer, la sinodalidad implica un desafío de cómo vivir la diferencia con el hombre. Es un camino abierto a la voz del Espíritu Santo, a un nuevo Pentecostés, que nos invita a cada uno de nosotros a una conversión personal, pero a la vez comunitaria, asumiendo corresponsabilidad. Solo así la mujer podrá llegar a la plenitud que el Señor la llama.


Escrito por Alejandra Segura, integrante del Consejo Internacional de la Academia de Líderes Católicos

Un proceso sinodal sin precedentes

Lo presentan como el mayor proceso de consulta democrática en la historia de la Iglesia católica. 

La gran consulta que impulsa el Papa en la Iglesia y cómo puede cambiar uno de los poderes más antiguos del mundo 

Unos 1.300 millones de católicos están llamados a expresarse sobre el futuro de la Iglesia en un proceso que durará dos años 

 Fuente:   El Comercio Eslovenia,  

 El papa Francisco puso en marcha este fin de semana un proceso que puede cambiar el futuro de una institución que, a lo largo de los siglos, se ha convertido en símbolo de una rígida jerarquía, conservadurismo y poca transparencia. 

 El Sumo Pontífice urgió a los católicos a “no quedarse encerrados en sus certezas”, sino “escucharse los unos a los otros” al presentar la iniciativa en la misa de este domingo en la Basílica de San Pedro. 

“¿Estamos preparados para la aventura de este viaje? ¿O nos da miedo lo desconocido, prefiriendo refugiarnos en las excusas habituales: ‘es inútil’ o ‘siempre lo hemos hecho así’?”, planteó. 

Francisco quiere que durante los próximos dos años, la gran mayoría de los 1.300 millones que se declaran católicos en el mundo sean escuchados sobre el futuro de la Iglesia. 

Para ello cuenta con los impulsos de las comunidades locales en una primera fase, asambleas regionales en la siguiente etapa y, finalmente, el Sínodo de los Obispos previsto para 2023 en el Vaticano. 

Asuntos que han salido a la luz más recientemente, como una mayor participación femenina en la toma de decisiones de la Iglesia y una mayor aceptación de los grupos aún marginados por el catolicismo tradicional, serán algunos de los temas que presumiblemente aparecerán en este proceso de consulta pública, el más grande jamás celebrado en la historia del catolicismo

Además, Francisco debe aprovechar este momento para consolidar un compromiso claro de su pontificado con las reformas. 

Al definir que el próximo sínodo tendrá como tema la propia sinodalidad —el modo de ser y de actuar de la Iglesia—, se inspira en el modo de vida de los primeros cristianos, cuyas decisiones fueron tomadas de manera colegiada. 

Por supuesto, esto no significa que la Iglesia católica haya abrazado la democracia. 

Las decisiones continúan como de costumbre: respetando la jerarquía tradicional. La consulta pública será democrática, pero el Papa tendrá la última palabra. 

Si tiene éxito, la institución habrá dado un paso importante. 

Para los especialistas consultados por BBC News Brasil, la llamada sinodalidad puede dejar de ser un método para convertirse en una forma de pensar. 

Lo que significa que el modelo llevado al extremo por Francisco difícilmente puede dejarse de lado, incluso cuando sea otro el papa. 

 La voz del pueblo 

Lo que comienza este fin de semana es un proceso de sinodalidad que pretende estar abierto a escuchar a todos los católicos que quieran expresarse en los próximos dos años. 

Los 1.300 millones de católicos representan la mitad de los cristianos del mundo. 

El actual pontífice demuestra una vez más, y de forma contundente, que cree en una Iglesia que escucha los deseos de los cristianos. De todo el mundo. 

Esta futura reunión de obispos, por lo tanto, no se limitará a conferencias dirigidas por religiosos dentro de los muros del Vaticano. 

¿Radical? “Es el mayor sínodo, la mayor experiencia de sinodalidad que se haya hecho jamás en la Iglesia”, comenta Filipe Domingues, doctor de la Pontificia Universidad Gregoriana de Roma. 

“La propuesta es amplia, pretende que todos los fieles bautizados tengan la posibilidad, en alguna parte del proceso, de ser consultados. Nunca en la historia de la Iglesia ha habido un intento de consultar a todos los católicos del mundo. 

“Por supuesto, nadie va a ir de puerta en puerta para hablar con todos. Pero las reuniones y asambleas deben realizarse en parroquias y grupos, se deben entregar cuestionarios. La idea es que todos se sientan motivados a participar”, explica Domingues. 

“Es el intento más amplio de enraizar la sinodalidad, ya no como un proceso y una forma de hacer las cosas, sino como una mentalidad de la Iglesia”. 

Qué quiere el papa Francisco 

La palabra sínodo proviene de la unión de dos términos griegos, synodos (reunión o concilio) y hodós (camino). 

La sinodalidad, por tanto, es una forma de creer que el camino depende del entendimiento conjunto, que las decisiones no deben ser impuestas por una autoridad, sino provenir de las bases. 

Desde que se convirtió en Papa en 2013, el argentino Jorge Bergoglio ha demostrado que esa es su apuesta de futuro. 

En cierto modo, recupera el modus operandi de las primeras comunidades cristianas antes de que la institución se volviera poderosa e influyente. En esos inicios, todas y cada una de las decisiones eran colegiales. 

En el camino, Francisco también profundiza una idea planteada en el Concilio Vat II. 

En respuesta a los deseos expresados por los padres conciliares, el entonces papa Pablo VI (1897-1978) creó en 1965 el Sínodo de los Obispos, un encuentro periódico para reunir a representantes episcopales de todo el mundo para tratar temas específicos. 

Desde entonces, se han realizado 29 encuentros, entre ordinarios, extraordinarios y regionales. 

El encuentro final del nuevo sínodo tendrá lugar en 2023, pero al presentarlo este fin de semana, Francisco radicaliza algo que venía buscando desde el primero de los cinco sínodos ya convocados por él: la participación de las comunidades

“En esta nueva asamblea sinodal, lo más importante no serán las conclusiones, sino el proceso de escucha y participación eclesial que desencadena”, explica el sociólogo Francisco Borba Ribeiro Neto, coordinador del Centro de Fe y Cultura de la Pontificia Universidad Católica de São Paulo. 

Además, existe la posibilidad de que Francisco termine su pontificado, por jubilación o muerte, antes de que finalice el sínodo. 

Así, el proceso sinodal se convierte en un medio para garantizar la continuidad del proceso de cambio iniciado por Bergoglio, independientemente de quién sea el nuevo papa. 

“El punto crucial es la amplia consulta de la comunidad católica, que comenzará a nivel local, en diócesis y parroquias, y culminará en la asamblea de obispos”, agrega Borba Ribero Neto. 

“Estas consultas se convirtieron en características de una ‘forma de Francisco’ de gobernar la Iglesia, aunque se pueden encontrar procesos similares en varias experiencias anteriores”. 

“La idea es que antes de cada gran decisión, antes de fijar la directriz de la Iglesia, las personas son consultadas”, dice Domingues. 

“Al final, la Iglesia mantiene su estructura jerárquica y todo lo demás. Siempre será una autoridad la que tome la decisión. Pero estará iluminada por estas experiencias desde la base”, señala. 

 Familia, jóvenes y Amazonía 

Desde que asumió el mando del Vaticano, Francisco ha celebrado cuatro sínodos. Los dos primeros debatieron sobre la familia. El tercero abordó el tema de los jóvenes. 

El último, que tuvo lugar en 2019, trajo al centro de la Iglesia católica un tema urgente hoy: la Amazonía, con todas sus implicaciones sociales, geográficas y ambientales. 

El hermano Marcelo Toyansk Guimarães, de la Comisión de Justicia, Paz e Integridad de la Creación de los Frailes Capuchinos y asesor de la Comisión de Justicia y Paz de la Conferencia Nacional de Obispos de Brasil (CNBB, sección São Paulo), recuerda bien los eventos preparatorios que ayudó a realizar entre 2018 y 2019. 

“Tratamos de hacernos eco, durante el proceso del sínodo, de esos temas, ayudando a toda la Iglesia a repensar un nuevo proceso: la ecología integral, una Iglesia en salida y toda la perspectiva que trajo el sínodo”, comenta. 

Otra novedad reciente es la convocatoria a participar en el propio encuentro de laicos expertos o especialistas. El evento de 2019, por ejemplo, contó con la presencia del reconocido climatólogo brasileño Carlos Nobre, del equipo galardonado con el Premio Nobel de la Paz en 2007, y Ban Ki-moon, exsecretario general de las Naciones Unidas (ONU). 

Un año antes, en el sínodo que abordó el tema de los jóvenes en el mundo contemporáneo, otro laico brasileño fue invitado. Se trata de Filipe Domingues, que en ese momento cursaba su doctorado en la Universidad Gregoriana. 

“Fue inesperado”, dice. Un profesor lo invitó a participar en una reunión presinodal. Terminó convirtiéndose en uno de los relatores. Luego, junto a otro colega, acabó siendo llamado a actuar en el propio sínodo. 

“Querían que hubiera al menos dos personas relativamente jóvenes en el comité de expertos”, explica. Él se ocupa principalmente de cuestiones relacionadas con el uso de las redes sociales en la comunicación entre jóvenes. 

Destaca la importancia de eventos presinodales como aquel. “Esto trajo cuestiones al sínodo que, en mi opinión, los obispos por sí solos no habrían pensado o no habrían pensado igual”, cree. 

“Por ejemplo, la participación de las mujeres o incluso los temas de sexualidad, que son importantes. A muchos jóvenes les cuesta vivir lo que la Iglesia pide en este ámbito”. 

Sin embargo, también hay oposición. En el informe, dos miembros activos de la Iglesia católica en Brasil criticaron cómo se han estado llevando a cabo las reuniones presinodales bajo el pontificado de Francisco. 

Ambos pidieron no dar sus nombres, pero expresaron su malestar por cómo las discusiones, en tiempos de fuerte polarización ideológica, han sido monopolizadas por grupos alineados con la izquierda. 

En el tablero de ajedrez que juega el Papa, lo que queda por hacer es poner a los llamados “progresistas” y a los “conservadores” del mismo bando. 

La idea de convocar un sínodo para debatir la sinodalidad, en un principio, sonó como una especie de provocación. Pero, en el umbral del lanzamiento del proceso, ya se entiende como un eco profundo de la enseñanza de Francisco. 

 Proceso comunitario 

El sociólogo Ribeiro Neto enfatiza que la sinodalidad “es un proceso ‘comunal’”, que no debe confundirse con un movimiento democrático. 

“En un proceso democrático, las decisiones nacen de una posición mayoritaria, a menudo determinada por el voto. En la comunión, las decisiones nacen de un consenso apoyado en la sabiduría y la espiritualidad de los maestros de la fe”, explica. 

“Lo que Francisco insiste en recordar es que ellos no son necesariamente los líderes ni los doctos, sino cualquier miembro de la comunidad que tenga el verdadero discernimiento de la fe”, prosigue Ribeiro Neto. 

“Francisco es, sobre todo, un místico. Busca en las polémicas y en las voces a menudo disonantes del mundo, los signos de la voluntad de Dios. 

“Para él, el sínodo es eso: una oportunidad para escuchar la voz de Dios que está escondido entre los más pequeños, no es un proceso democrático de consulta con la mayoría. Es un evento de carácter espiritual y místico, más que político y organizativo “, resume el sociólogo. 

El legado de Rutilio (2)

Rutilio y Romero en El Paisnal

Rutilio y la Semana Nacional de Pastoral, julio de 1970 (2)

2. La intervención de Rutilio ante los obispos

Antes que los obispos se pronunciaran sobre las Conclusiones de la Semana, Rutilio les advirtió que no podrían neutralizar la semana de pastoral con una declaración y que ello, además, “sería lamentable” porque provocaría una confrontación “fatal”. Movido por el deseo de evitarlo, se armó de valor y se dirigió  por escrito a la conferencia episcopal. El documento llegó a la conferencia por medio de Mons. Romero, su amigo personal.
La Jerarquía, advirtió Rutilio, no podía matar aquel movimiento de renovación pastoral. Ellos tenían una responsabilidad gravísima: el campesino aún esperaba algo de la Iglesia y ésta no podía dormirse ante la coyuntura de que todavía el pueblo reaccionaba positivamente ante el hecho religioso. Había necesidad de una pastoral definida que respondiera a las necesidades y problemática social del pais. Ya se había perdido parte del campo obrero por falta de atención pastoral, ahora no debía repetirse el mismo error respecto al campesinado. Finalmente Rutilio pidió a los obispos reflexión y prudencia…
El desafío planteado por las Conclusiones de la semana debía ser planteado por todos, los obispos los primeros, que debían proceder con valentía y pronunciar una palabra de aliento para mantener viva la esperanza popular. Resguardarse en el “catolicismo de fachada” prevaleciente era una falsa ilusión, tal como lo demostraba la acelerada urbanización de San Salvador y su periferia.
“¡No nos hagamos ilusiones! Gran parte de esa gente va entrando más rápidamente de lo que creemos en la gran masa de los descristianizados. Y a medida que vaya avanzando hacia el campo ese ambiente, nuestro campesinado irá entrando”
Todavía había tiempo para impedir que la secularización alcanzara la zona rural, donde vivía la mayor parte de la población salvadoreña.
“No nos lamentemos después de haber perdido para la Iglesia gran parte de nuestro pueblo, si les dimos una religión que no pudieron sostener al primer embate de la vida secular o que no les dio nada para la construcción de su mundo, para la liberación integral de sus personas, en sus derechos inalienables de personas”
Si la Iglesia no estaba a la altura de los tiempos, el pueblo la despreciaría y la condenaría.
Rutilio también era crítico de algunos aspectos de la Semana, pero sus críticas no invalidaban sus aportes más valiosos. La conclusiones de la Semana contenían verdades incuestionables, a las cuales había que “sacar partido al máximo posible…para bien de la Iglesia en nuestro país”, puesto que “no sin cierta Providencia de Dios se mueven las cosas aunque llenas de imperfecciones humanas”

Vida religiosa y sinodalidad

Vida religiosa y sinodalidad: mística y profetismo 

 El inicio del camino del Sínodo 2021-2023 “por una Iglesia comunión, participación y misión” ha estado precedido por un signo esperanzador. A través de una carta dirigida a la vida monástica y contemplativa, el cardenal Mario Grech, secretario general del Sínodo de los Obispos, reconoce que en un tiempo tan decisivo para la Iglesia, los monjes y las monjas enriquecen a toda la comunidad eclesial con su “preciosa vocación” y, en este sentido, son “custodios y testigos de realidades fundamentales para el proceso sinodal que el Santo Padre nos invita a realizar”. 

En su misiva, el cardenal Grech destaca tres elementos constitutivos de la Vida Consagrada que, a su vez, son inherentes al itinerario sinodal: la escucha, la conversión y la comunión. Estas tres ‘columnas de la sinodalidad’ están atravesadas por la ‘viga de amarre’ de la oración. De ahí el pedido del secretario del Sínodo a los religiosos y religiosas para que también sean los custodio de la oración, trasladando al proceso sinodal el recurrente pedido del papa Francisco: “¡Recen por mí!”. 

En su camino de revitalización, la Vida Consagrada ha apostado por una renovada pasión por Jesucristo y por la humanidad, asumida desde la riqueza de los carismas y a la luz de la Palabra de Dios, para responder al llamado perenne a optar por los más pobres y excluidos de la sociedad. Su compromiso se comprende en categorías de mística y profetismo, dos pulmones necesarios para la sinodalidad, para oxigenar este “caminar juntos” con la intención de involucrar a todos los bautizados e incluir a los niveles de la vida de la Iglesia desde la riqueza de cada vocación. 

Contemplación y escucha 

Con el pulmón de la mística, la Vida Consagrada acude a las fuentes del Evangelio y apela a sus orígenes, para reconocer que el Señor está presente en la historia, en medio del Pueblo Santo de Dios, y nos anima a buscar su voluntad en un clima de oración, contemplación y escucha sincera de las mociones del Espíritu. 

Inicio fase diocesana del Sínodo

Carta Pastoral al comienzo de la fase diocesana del Sínodo 2021-2023 

Amadeo Rodríguez: “Uniremos nuestros sueños, el de la Iglesia diocesana y el de la Iglesia universal” 

Amadeo Rodríguez

“Estoy convencido de que se nos presenta un año pastoral apasionante. Con pasión por Cristo y con pasión por la comunión y la misión de la Iglesia” 

«Por una Iglesia sinodal: comunión, participación y misión», será nuestro lema desde ahora. Desde Jaén hemos de proclamarlo, sentirlo y vivirlo con la Iglesia del Señor que camina por todos los rincones del universo 

“Sueño con una Iglesia sencilla, que se desprenda de cosas que probablemente nunca debió de adquirir y a las que aún le estamos dando demasiado valor, pero que, sin embargo, ya no nos ayudan a ofrecer la fe y a anunciar el Evangelio en este contexto social, cultural y religioso en el que vivimos” 

“Se debe tener especial cuidado para involucrar a las personas que pueden correr el riesgo de ser excluidas: mujeres, discapacitados, refugiados, migrantes ancianos, personas que viven en la pobreza, católicos que raramente o nunca practican su fe” 

UNIREMOS NUESTROS SUEÑOS, EL DE LA IGLESIA DIOCESANA Y EL DE LA IGLESIA UNIVERSAL 

Queridos diocesanos: 

1. SIN DESPERTARNOS DEL SUEÑO MISIONERO 

Un año pastoral apasionante 

Estoy convencido de que se nos presenta un año pastoral apasionante. Con pasión por Cristo y con pasión por la comunión y la misión de la Iglesia. Habrá un día a día de nuestra pastoral ordinaria, que tendremos que atender y cuidar con mucho esmero, y sin que dejemos nada esencial por hacer. Para eso hemos caminado juntos por nuestro Plan de acción pastoral, que en estos cinco años nos ha marcado un rumbo eclesial renovado y misionero. Recordemos que juntos hemos ido «caminando en el sueño misionero de llegar a todos». Este año, además, se nos invita a participar con gratitud, entusiasmo y sentido de responsabilidad en el sínodo universal, que enseguida va a comenzar y en el que todos nosotros tendremos un papel importante y activo. Por eso, nuestra pastoral ordinaria habrá de ir renovándose con el aire nuevo que le vayamos dando con nuestra participación en esta iniciativa sinodal. 

Participando en un sínodo con toda la Iglesia 

Como sabéis, nosotros ya teníamos un plan para este año pastoral con una ruta que era ambiciosa e ilusionante. Pero en vistas de que se nos ha dado la oportunidad de participar en el Sínodo nos hemos unido a él, pero sin renunciar a la búsqueda de un nuevo horizonte, para una renovación más detallada y audaz de nuestra Iglesia diocesana. Seguro que lo que nosotros pretendíamos saldrá a la luz en la renovación, en sinodalidad, buscada con la Iglesia universal. «Por una Iglesia sinodal: comunión, participación y misión», será nuestro lema desde ahora. Desde Jaén hemos de proclamarlo, sentirlo y vivirlo con la Iglesia del Señor que camina por todos los rincones del universo. El contenido y lema sinodal nos hace caer en la cuenta de que todos somos Iglesia viva y responsable en misión y de que hemos de estar abiertos a una profunda renovación pastoral, bajo la acción del Espíritu y en la escucha de la Palabra. 

Para impregnar nuestra conciencia cristiana de sentido sinodal y misionero 

Aunque haya sido mucho lo que hayamos ido haciendo en la renovación de la vida de la Iglesia, sobre todo a partir del Concilio Vaticano II, es evidente que siempre necesitamos una puesta al día. Ahora nos toca impregnar nuestra experiencia cristiana de sentido sinodal y misionero. Guiados por Evangelii gaudium y en sintonía con Fieles al envío misionero, líneas pastorales de la CEE, haremos juntos un camino de encuentro con nuestra experiencia eclesial. 

Empezaremos por descubrir las claves del actual contexto social, cultural y eclesial, así como los criterios, prioridades y líneas de trabajo desde donde pretendemos responder a una pregunta esencial: ¿cómo puede ayudar el discernimiento en sinodalidad a impulsar la conversión pastoral, personal e institucional, que el Papa nos pide y que el desafío evangelizador reclama? 

Un acontecimiento de doble rostro 

Os escribo esta carta para animaros a participar en el Sínodo, que para nosotros será un acontecimiento de doble rostro. Se nos propone contribuir a poner en movimiento las ideas, las energías, la creatividad de todos los que participemos, con la sencillez de corazón de quien ama a Cristo y a su Iglesia. Como ya se nos ha ido informando, se trata de la fase diocesana y nacional del Sínodo de los Obispos, que será un acontecimiento en todas las diócesis del mundo y al que estamos todos —obispo, sacerdotes, consagrados y laicos— invitados a participar activamente. 

Pero, como os acabo de recordar, esta invitación a participar en el Sínodo ha llegado a nuestra Diócesis de Jaén cuando ya teníamos pensado, diseñado y organizado nuestro Plan de acción para el próximo año pastoral: por esto, será para nosotros un acontecimiento diocesano y universal a la vez. Consideramos enriquecedor poder unir los dos propósitos en uno: el que pretendíamos hacer y el que haremos agradecidos porque nos lo ofrece el Santo Padre como un precioso regalo. 

Queríamos enriquecer nuestro sueño 

La acción que habíamos diseñado para el final del desarrollo de nuestro Plan de Pastoral, nos iba a pedir que este curso de 2021-2022 nos situáramos aún más en el sueño misionero y renovador de nuestra Iglesia diocesana en cada una de nuestras comunidades. A cada uno se nos invitaba a decir: sueño con una Iglesia sencilla, que se desprenda de cosas que probablemente nunca debió de adquirir y a las que aún le estamos dando demasiado valor, pero que, sin embargo, ya no nos ayudan a ofrecer la fe y a anunciar el Evangelio en este contexto social, cultural y religioso en el que vivimos. Queríamos pensar y concretar, en diálogo y oración, si algunas de las cosas que hacemos son un lastre para una Iglesia en salida y en misión. 

Sobre todo, queríamos soñar con modelos y modos nuevos de ser cristiano, de ser discípulo del Señor y de hacer de la vida de la Iglesia una corriente misionera. Mirando a nuestro mundo, en el que evangelizamos y a nuestra Iglesia en su misión, se nos iba a invitar a descubrir, con sana insatisfacción, lo que no está bien, lo que nos sobra, lo que redujera nuestra credibilidad, lo que separara a unos de otros… 

Nuestro sueño era descubrir, a la luz de la Palabra de Dios, cómo se han de hacer las cosas si seguimos la inspiración divina. Ese, en realidad, ha sido durante estos últimos años nuestro verdadero sueño. 

Para una profunda renovación pastoral 

Queríamos encontrar la luz en todo lo que somos y hacemos: buscaríamos juntos el «porqué»; la razón de ser de nuestra Iglesia, de nuestra parroquia y la razón última de cada una de sus acciones, con discernimiento en profundidad. Nos íbamos a ayudar con la guía de documentos que marcan en la actualidad el modo de vida de la Iglesia: Evangelii Gaudium, La conversión pastoral de la comunidad parroquial y Fieles al anuncio misionero, el Plan de acción de la Conferencia Episcopal Española. 

No se trataba de rectificar nada de lo realizado en estos últimos años desde 2017. Al contrario, buscábamos reforzar el camino sinodal que muchos, la inmensa mayoría, en especial los laicos, habéis seguido en una Iglesia que camina, con estilo sinodal, en comunión, evangelización, celebración y caridad. Pero como siempre quedan cosas por pulir, ahora nos tocaba, sobre todo, hacer un camino sinodal que sanara, limpiara y embelleciera a nuestra Iglesia. 

Con libertad, queríamos encontrar todo lo que pudiera ser un obstáculo para el desarrollo de la vida de la Iglesia, especialmente lo que no nos atrevemos a tocar por ese qué dirán que tanto se repite y que nos lleva al inmovilismo: nada cambia porque siempre se ha hecho así. Se trataba de descubrir sombras y luces para que el sueño misionero pudiera recuperar una completa e ilusionada evangelización. En definitiva, lo que correspondía hacer era apuntalar todo lo que mejor pueda promover la conversión pastoral. 

Con confianza en el Espíritu 

Lo queríamos hacer con conciencia clara de que, para «caminar juntos», es necesario que nos dejemos educar por el Espíritu en una mentalidad verdaderamente sinodal, entrando con audacia y libertad de corazón en un proceso de conversión, sin el cual no será posible la «perenne reforma, de la que la Iglesia misma, en cuanto institución humana y terrena, tiene siempre necesidad» (UR 6; cf. EG 26). 

Apuntábamos, en definitiva, a todo lo que nos impidiera caminar y potenciar lo que mejor nos lleve a la meta a la que dirigirnos, aunque sea nuevo o novísimo, aunque nos obligue a romper con el freno que nos dice ante cada posible cambio, que lo mejor es no tocar nada. Todo eso lo hemos de discernir en el Espíritu; conscientes de que para Él nada es intocable. El Espíritu continúa actuando en la historia y mostrando su potencia vivificante. 

Con ese intento de renovación queríamos desechar todo lo que no es del gusto evangélico y no tiene la luz y la belleza del Espíritu. Lo que realmente buscábamos eran líneas de acción que nos llevaran a una clara y limpia evangelización. Por eso, dábamos el paso adelante para buscar criterios que nos indicaran cómo descubrir, cómo hacer lo nuevo. Quizá, lo más decisivo de cuanto buscábamos fuera nuestro compromiso personal de no mirar para atrás o para otro lado, sino mirar hacia adelante, aunque con eso pudiéramos asumir riesgos y dificultades. Pero siempre caminando en la caridad. En lo esencial unidad, en lo dudoso libertad, en todo caridad o amor. 

Ya anticipadamente tomábamos conciencia de lo que dice el Documento sinodal, que se nos ha enviado: «Precisamente en los surcos excavados por los sufrimientos de todo tipo padecidos por la familia humana y por el Pueblo de Dios están floreciendo nuevos lenguajes de fe y nuevos caminos capaces, no solo de interpretar los eventos desde un punto de vista teologal, sino también de encontrar en medio de las pruebas las razones para refundar el camino de la vida cristiana y eclesial». «En este contexto, la sinodalidad representa el camino principal para la Iglesia, llamada a renovarse bajo la acción del Espíritu y gracias a la escucha de la Palabra. La capacidad de imaginar un futuro diverso para la Iglesia y para las instituciones a la altura de la misión recibida depende en gran parte de la decisión de comenzar a poner en práctica procesos de escucha, de diálogo y de discernimiento comunitario, en los que todos y cada uno puedan participar y contribuir» (Documento preparatorio 7; 9). 

2. POR UNA IGLESIA SINODAL: COMUNIÓN, PARTICIPACIÓN Y MISIÓN 

Con toda la Iglesia 

Esta propuesta para el año pastoral que nos habíamos marcado, ahora necesariamente hemos de unirla a otra iniciativa, guiada por el Santo Padre, que invita a todas las Iglesias particulares a una participación, con el estilo y modo habitual que nosotros hemos adoptado en los pasados años. Estoy convencido de que, si seguimos fielmente el Documento Sinodal y el Vademécum, vamos a entrar todos en este nuevo modelo de ser Iglesia y de compartir fe y vida. 

En lo que se nos invita a hacer en el Sínodo, muchos enseguida reconoceréis que este ha sido el estilo de trabajo de nuestra Iglesia de Jaén. ¿Os acordáis de lo que os escribí en una carta pastoral en nuestros comienzos? Entonces os decía: «Para la conversión pastoral que pretendemos es absolutamente necesario que adoptemos la “sinodalidad”, como método de vida y acción, que por otra parte es lo que caracteriza a la Iglesia. La sinodalidad ha de ser, por tanto, el factor estructurante que la Iglesia de Jaén está llamada a asumir en las tareas que hemos de realizar unidos todos los bautizados. Es indispensable la sinodalidad para la cooperación de los fieles laicos; por supuesto es indispensable para los sacerdotes diocesanos, servidores del pueblo de Dios. Y la sinodalidad ha de ser el estilo que marque la presencia de numerosas comunidades de vida consagrada». 

Nos afianzamos en los pasos dados 

Pues bien, se puede comprobar que los pasos que ahora se nos propone dar en este camino sinodal no hay nada que sea diferente a lo que hemos hecho en estos cinco años. Por eso se dice en el documento sinodal, refiriéndose también a nosotros: «Es un motivo de gran esperanza que no pocas Iglesias hayan ya comenzado a organizar encuentros y procesos de consulta al Pueblo de Dios, más o menos estructurados. Allí donde tales procesos han sido organizados según un estilo sinodal, el sentido de Iglesia ha florecido y la participación de todos ha dado un nuevo impulso a la vida eclesial» (Documento preparatorio 7). 

Se desea que el Sínodo de los Obispos empiece a celebrarse solemne y activamente en todas y cada una de las diócesis del mundo. Según se nos indica, tendrá una fase diocesana, una fase continental y una fase final que abarque a la Iglesia universal. 

Con una gran fiesta eucarística diocesana 

Este itinerario sinodal tendrá una apertura solemne tanto en Roma (9-10 de octubre) como en cada Iglesia particular, que se ha fijado para el domingo 17 de octubre, a las 6 de la tarde. La celebremos en la que fue nuestra primera catedral, la de Baeza. Refleja, a mi entender, una época en la que la vida de la Iglesia caminaba claramente con un estilo sinodal. Ese día será una gran fiesta para toda la Iglesia y también para nosotros lo será. Yo espero que tenga la misma participación y el mismo espíritu que tuvo la apertura del año de la misión. ¿¡¡¡Recordáis!!!? 

Os animo, por tanto, a una participación entusiasta y agradecida. Por primera vez en los tiempos modernos, un acontecimiento de carácter universal se hace con una llamada tan explícita a todo el pueblo de Dios que vive su fe en cualquier lugar del mundo con sus circunstancias, cultura, peculiaridades. No obstante, esta advertencia importa mucho: no se trata de hacer un evento, sino un proceso que implica en sinergia al Pueblo de Dios, al Colegio Episcopal y al Obispo de Roma, cada uno según su función. 

Con esta invitación, el Santo Padre nos hace una llamada a colaborar en una reflexión comunitaria universal. POR UNA IGLESIA SINODAL: COMUNIÓN, PARTICIPACIÓN Y MISIÓN. El sínodo se hará para que todos unidos nos afiancemos, en nuestra conciencia eclesial. Acoged estas afirmaciones tan emblemáticas y certeras, si aún necesitáis convenceros de lo que os digo: «La sinodalidad nos remite a la esencia misma de la Iglesia, a su realidad constitutiva, y se orienta a la evangelización». «Nuestro caminar juntos es lo que mejor realiza y manifiesta la naturaleza de la Iglesia como pueblo de Dios peregrino y misionero». «Practicar la sinodalidad es hoy para la Iglesia el modo más evidente de ser «sacramento universal de salvación» (LG 48), «signo e instrumento de la unión íntima con Dios y de la unidad de todo el género humano» (LG 1). 

Mirando al doble mandato de Cristo 

En este caminar al que se nos invita, haremos juntos un gran discernimiento eclesial sobre cómo hemos de hacer el doble mandato que los apóstoles acogieron en la primera hora: «Id y anunciad» y «haced esto…». Así lo hacían en los comienzos, los cristianos caminaban unidos y con participación corresponsable de todos; por eso eran conocidos, una vez que su vida comenzó a ser socialmente significativa, como los del camino. Los cristianos somos los que caminamos juntos. Ese es ya no sólo nuestro nombre sino nuestro modo de ser. 

San Juan Crisóstomo, por ejemplo, escribe que Iglesia es el «nombre que indica caminar juntos (óýíïäïò)» La Iglesia tiene nombre de sínodo. Y si tiene nombre es porque vive y camina en sínodo. Eso significa que la Iglesia es la asamblea convocada para dar gracias y cantar alabanzas a Dios como un coro, una realidad armónica, donde todo se mantiene unido, porque quienes la componen, mediante su relación recíproca y ordenada, coinciden en el mismo sentir. 

La Iglesia siempre es sinodal 

Este modo de ser y de vivir en comunión, participación y misión de los primeros cristianos, hoy lo hemos de asumir para la responsabilidad de llevar adelante la misión de la Iglesia. Por eso, no hace falta que diga que nadie puede sentirse excluido del camino eclesial. Lo que nos jugamos es muy esencial: «Caminar juntos, invocar al Espíritu, escuchar y acompañar van haciendo del discernimiento sinodal la clave de fondo que sugiere las acciones que realizar, en la doble escucha del Señor y de los deseos y gemidos de nuestros contemporáneos, con los que nos encontramos en la salida misionera» (Fieles el envío misionero, 4.1.) 

Para ir haciendo esta Iglesia en esta doble fidelidad a Dios y a los hombres, se nos invita a participar activamente, desde la próxima apertura (17 de octubre) hasta abril de 2022, en una amplia consulta al pueblo de Dios; porque el proceso sinodal se realiza en la escucha a la totalidad de los bautizados, sujeto del sensus fidei infalible in credendo (LG 119). 

Sin perder de vista una pregunta fundamental 

El punto de partida será una pregunta fundamental, que nos ha de impulsar como guía: ¿Cómo realizar hoy, a diversos niveles (desde el local al universal) ese «caminar juntos» que permite a la Iglesia anunciar el Evangelio, de acuerdo a la misión que le fue confiada; qué pasos del Espíritu nos invita a dar para crecer como Iglesia sinodal? (Documento preparatorio 2). 

Lo haremos unidos, —laicos, pastores y Obispo de Roma— y lo haremos siguiendo a Jesucristo, que nos dice: «Yo soy el camino, la verdad y la vida» (Jn 14,6). Se trata de poner en práctica lo que nos ha dicho el Papa Francisco: «El sensus fidei impide separar rígidamente entre Ecclesia docens y Ecclesia dicens, ya que también la grey tiene su olfato para encontrar nuevos caminos que el Señor abre a la Iglesia» (Discurso del Santo Padre en la conmemoración del 50 aniversario de la institución del Sínodo de los obispos). 

Para que se mueva sin reserva nuestra voluntad de participar, metamos en el corazón esta afirmación convincente: «La sinodalidad en esta perspectiva es mucho más que la celebración de encuentros eclesiales y asambleas de obispos, o una cuestión de simple administración interna de la Iglesia; la sinodalidad indica la específica forma de vivir y obrar (modus vivendi et operandi) de la Iglesia Pueblo de Dios, que manifiesta y realiza en concreto su ser comunión en el caminar juntos, en el reunirse en asambleas y en el participar activamente de todos sus miembros en su misión evangelizadora» (Documento preparatorio 10). 

Una amplia y generosa consulta 

Una vez que celebremos la apertura, nos tocará, por tanto, situarnos activamente en actitud de oración, encuentro, reflexión en diálogo y celebración eucarística. La consulta se hará con una amplia participación en parroquias, comunidades, movimientos y grupos eclesiales. De un modo especial se hará por los cauces de comunión y participación comúnmente establecidos en la Iglesia, que son como las manos de la sinodalidad. Pero es voluntad del sínodo que la consulta sea lo más completa y más enriquecedora posible y que se haga con la participación de muchos, tanto «de dentro de la Iglesia» como de los «márgenes». 

Se debe tener especial cuidado para involucrar a las personas que pueden correr el riesgo de ser excluidas: mujeres, discapacitados, refugiados, migrantes ancianos, personas que viven en la pobreza, católicos que raramente o nunca practican su fe. Es importante que los bautizados escuchen las voces de otras personas en sus contextos locales, incluidas personas que han abandonado la práctica de la fe, personas de otras tradiciones religiosas, personas sin creencias religiosas. Todos pueden ayudar a la Iglesia en su camino sinodal de búsqueda del bien y de la verdad. Esto es especialmente cierto en el caso de los más vulnerables y marginados (cf. Vademecum 2). 

Lo que importa es que todos colaboremos en el objetivo sinodal: el sentido del camino al cual todos estamos llamados consiste, principalmente, en descubrir el rostro y la forma de una Iglesia sinodal, en la que «cada uno tiene algo que aprender. Pueblo fiel, Colegio episcopal, Obispo de Roma: uno en escucha de los otros; y todos en escucha del Espíritu Santo, el “Espíritu de verdad” (Jn14,17), para conocer lo que Él “dice a las Iglesias” (Ap 2,7)» (Documento preparatorio 15). 

Para crecer en amor a la Iglesia 

No niego, en efecto, que todo esto que os estoy exponiendo, supondrá un esfuerzo especial para todos; pero de lo que sí estoy convencido es de que lo que se nos invita a hacer tiene tantos valores que no sólo no perjudica en nada a nuestra vida pastoral ordinaria, sino que la enriquecerá y nos enriquecerá a todos cuantos consciente y activamente participemos: hará crecer nuestro amor a la Iglesia, reforzará nuestro sentido de pertenencia, abrirá en horizonte de nuestra eclesialidad más allá de nuestros límites, no sólo geográficos sino humanos y religiosos. En nuestro caso, lo que con toda seguridad hará será ensanchar nuestra mirada, ya que el primer paso, el de reunirse y reflexionar juntos, ya estaba logrado, por las convocatorias hechas cada año. 

Lo que sí tendremos que hacer, y en esto hemos de ser muy cuidadosos, es esmerarnos en nuestra mirada espiritual y pastoral, para que no se desorienten nuestras propuestas y sueños. Por una parte, nos centraremos en nuestra Iglesia particular, en nuestra Diócesis del Santo Reino de Jaén, mirando a nuestra acción pastoral cotidiana, en sus carencias y posibilidades, teniendo en cuenta quiénes somos y con quienes contamos pero siempre con una actitud de conversión espiritual y pastoral. 

Por otro lado, ensancharemos la visión y nos sentiremos Iglesia en la Iglesia universal y colaboraremos con el Santo Padre en su ministerio petrino. Tendremos muy en cuenta lo que nos dice al pedirnos que colaboremos corresponsablemente con Él: «El mundo en el que vivimos, y que estamos llamados a amar y servir también en sus contradicciones, exige de la Iglesia el fortalecimiento de las sinergias en todos los ámbitos de su misión. Precisamente el camino de la sinodalidad es el camino que Dios espera de la Iglesia del tercer milenio» (Discurso en la conmemoración del 50 aniversario de la institución del Sínodo de los Obispos). 

Para generar dinamismos nuevos en la Iglesia 

Si alguno de vosotros a estas alturas, después de cinco años compartiendo juntos en estilo sinodal, aún se está preguntando: ¿Esto servirá para algo?, ya sabéis que esta pegunta, más habitual en la Iglesia de lo que debiera, es, sobre todo, una tentación que siempre nos persigue, la de conformarnos con los que somos y tenemos. Siempre nos persigue la tentación de querer «cristalizar los procesos y pretender detenerlos» (EG 223). Pero hemos de intentarlo. Por eso, yo os digo: no tengáis miedo, participemos en esta experiencia sinodal, en la que «se trata de privilegiar las acciones que generan dinamismos nuevos» (EG 223). 

Para convencernos de esto, qué bien nos vendrá tener en cuenta esta reflexión de Romano Guardini, recogida en Evangelii Gaudium: «El único patrón para valorar con acierto una época es preguntar hasta qué punto se desarrolla en ella y alcanza una auténtica razón de ser la plenitud de la existencia humana, de acuerdo con el carácter peculiar y las posibilidades de dicha época» (EG 224). Con nuestros límites, incluso con las pequeñeces que nos impiden crecer, nosotros estamos unidos en ese intento de ir hacia una Iglesia de comunión, participación y misión. 

Pero hemos de hacerlo todo con la convicción de que es el Espíritu quien nos lleva a vivir como misión en el mundo, a llevar el tejido de la evangelización grabado en el corazón. Por eso, haremos lo que nos pide el documento con el que se nos invita a caminar en este tiempo de Sínodo: «hacer que germinen sueños, susciten profecías y visiones, hacer florecer esperanzas, estimular la confianza, vendar heridas, entretejer relaciones, resucitar una aurora de esperanza, aprender unos de otros. Y crear un imaginario positivo, que ilumine las mentes, enardezca corazones, dé fuerza a las manos» (Documento preparatorio 32). 

En la inventiva infinita del Espíritu 

No olvidemos nunca que «el Espíritu Santo posee una inventiva infinita, propia de una mente divina, que provee a desatar los nudos de los sucesos humanos, incluso los más complejos e impenetrables» (EG 178). Por eso, nuestra confianza la pondremos siempre en el Espíritu, Él es quien le da un sentido eclesial a lo que hacemos y nos sitúa unos junto a otros como Pueblo de Dios. Eso significa que esta consulta sinodal «no implica que se asuman dentro de la Iglesia los dinamismos de la democracia radicados en el principio de la mayoría, porque en la base de la participación en cada proceso sinodal está la pasión compartida por la común misión evangelizadora y no la representación de intereses en conflicto» (Documento preparatorio, 14). Pero eso sí, seamos conscientes de que la Iglesia nunca ha estado cerrada a aprender desarrollos y estrategias que pudieran conectar con la cultura del hombre actual. 

Por si aún no os habéis dado cuenta, os lo digo: se está haciendo un esfuerzo inmenso y un extraordinario alarde de creatividad, por eso, termino pidiendo a todos, y con esto concluyo mi carta, que entréis en esta dinámica de la Iglesia de nuestro tiempo. Es impensable la conversión pastoral de nuestra Iglesia diocesana sin la participación activa de todos los integrantes del Pueblo de Dios que camina en Jaén. Pidamos la gracia del Señor de sentirnos interpelados en el camino sinodal de la Iglesia de nuestro tiempo. La sinodalidad no es una moda, no es un capricho, es, como ya os decía en el año de la comunión, la esencia misma de la Iglesia, por eso, ninguno de nosotros podemos sentirnos excluidos en este modo de ser y de caminar. 

Todo lo haremos con estas claves 

Os llamo, por eso, encarecidamente a que entréis en el proceso sinodal que se nos propone a todos con tanto esmero y afecto. Os invito a que conozcáis tanto el precioso Documento preparatorio que se nos ha enviado como el Vademécum. Son dos piezas preciosas para entender todo lo que se nos pide que hagamos. Si lo hacemos así entraremos en un camino de discernimiento y decisión, en el que pasaremos por la consulta compartida y la escucha recíproca, respetuosa y compasiva. Si lo hacemos, encontraremos las claves para: 

* vivir un proceso eclesial participado e inclusivo, que ofrezca a cada uno —en particular a cuantos por diversas razones se encuentran en situaciones marginales— la oportunidad de expresarse y de ser escuchados para contribuir en la construcción del Pueblo de Dios; 

* reconocer y apreciar la riqueza y la variedad de los dones y de los carismas que el Espíritu distribuye libremente, para el bien de la comunidad y en favor de toda la familia humana; 

* experimentar modos participados de ejercitar la responsabilidad en el anuncio del Evangelio y en el compromiso por construir un mundo más hermoso y más habitable; 

*examinar cómo se viven en la Iglesia la responsabilidad y el poder, y las estructuras con las que se gestionan, haciendo emerger y tratando de convertir los prejuicios y las prácticas desordenadas que no están radicadas en el Evangelio; 

*sostener la comunidad cristiana come sujeto creíble y socio fiable en caminos de diálogo social, sanación, reconciliación, inclusión y participación, reconstrucción de la democracia, promoción de la fraternidad y de la amistad social; 

* regenerar las relaciones entre los miembros de las comunidades cristianas, así como también entre las comunidades y los otros grupos sociales, por ejemplo, comunidades de creyentes de otras confesiones y religiones, organizaciones de la sociedad civil, movimientos populares, etc.; 

* favorecer la valoración y la apropiación de los frutos de las recientes experiencias sinodales a nivel universal, regional, nacional y local. 

Gracias por vuestra paciencia, si habéis llegado hasta el final. Y mucho ánimo en el trabajo que vuestro Obispo os encomienda en comunión con el Santo Padre. 

Finalizo esta carta en la tarde del día 2 de octubre, en la memoria de los Santos Ángeles Custodios, a los que encomiendo su cercanía permanente a todos cuantos vivimos en nuestra provincia y diócesis de Jaén. 

Con mi afecto y bendición. 

+Amadeo Rodríguez Magro 

Obispo de Jaén 

Arranca el camino sinodal en las iglesias particulares

 

El camino sinodal fue inaugurado por el Papa en el Vaticano el pasado fin de semana, 9 y 10 de octubre, y en las iglesias particulares arrancará este domingo, 17 de octubre 

El arzobispo de Madrid, cardenal Carlos Osoro, celebrará a las 19:00 horas una Misa solemne en la catedral de Santa María la Real de la Almudena 

La Comisión Diocesana para el Sínodo y la Delegación Episcopal de Liturgia proponen a las parroquias y lugares de culto unirse a esta intención a través de la oración universal y de la oración al Espíritu Santo 

El objetivo de esta fase es la consulta al pueblo de Dios para que el proceso sinodal se realice en la escucha de la totalidad de los bautizados 

17.10.2021 

(CONFER); El camino sinodal fue inaugurado por el Papa en el Vaticano el pasado fin de semana, 9 y 10 de octubre, y en las iglesias particulares arrancará este domingo, 17 de octubre. El arzobispo de Madrid, cardenal Carlos Osoro, celebrará a las 19:00 horas una Misa solemne en la catedral de Santa María la Real de la Almudena. En una carta, el purpurado anima a participar en esta ceremonia a todo el clero, así como a los miembros de la vida consagrada y a los laicos. 

La Comisión Diocesana para el Sínodo y la Delegación Episcopal de Liturgiaproponen a las parroquias y lugares de culto unirse a esta intención a través de la oración universal y de la oración al Espíritu Santo. Ambos elementos pueden incluirse en la celebración habitual de la Eucaristía del domingo XXIX del tiempo ordinario. 

El documento hecho público por la Secretaría del Sínodo con motivo de esta XVI Asamblea General Ordinaria explica que «el objetivo de esta fase es la consulta al pueblo de Dios para que el proceso sinodal se realice en la escucha de la totalidad de los bautizados». Se ha enviado un documento preparatorio, un cuestionario y un vademécum con propuestas para realizar la consulta, que estará abierta a los alejados de la Iglesia o de la fe y a aquellos que tienen otras confesiones cristianas o que confiesan otras religiones. 

La fase de discernimiento diocesano culminará con una reunión presinodal y sus conclusiones se enviarán a la Conferencia Episcopal Española, donde los obispos, reunidos en Asamblea, realizarán una síntesis con las aportaciones de las diferentes diócesis para enviar a la Secretaría del Sínodo antes de abril de 2022. 

Coneste material, procedente de todas las iglesias particulares de todo el mundo, se elaborará un instrumentum laboris que será publicado en septiembre de 2022 y que será enviado a las iglesias particulares para trabajar la segunda fase del Sínodo: la continental

La fase continental, que durará hasta marzo de 2023, tiene como objetivo que las conferencias continentales dialoguen sobre el instrumentum laboris, para realizar un discernimiento, teniendo en cuenta las particularidades culturales de cada continente

Por último, con las reflexiones aportadas se redactará un documento final que se enviará a la Secretaría del Sínodo para que elabore un nuevo instrumentum laboris de cara a la Asamblea Sinodal universal que tendrá lugar en Roma en octubre de 2023

Reflexiones sobre la sinodalidad

El estamento clerical, su gran obstáculo 

Por Rufo González 

Gran parte del Pueblo de Dios carece de una eclesiología actualizada 
Hace años me impresionaron estas palabras del profesor de Tubinga, especialista en ciencias bíblicas, Herbert Haag: “La crisis de la Iglesia perdurará mientras ésta no decida darse una nueva constitución que acabe de una vez para siempre con los dos estamentos actuales: sacerdotes y seglares, ordenados y no ordenados… 

Interrogando a los testigos de los tiempos bíblicos y del cristianismo primitivo, llegamos a la conclusión clara y convincente de que episcopado y sacerdocio se desarrollaron en la Iglesia al margen de la Escritura y fueron más adelante justificados como parte del dogma. Todo parece hoy indicar que ha llegado la hora, para la Iglesia, de regresar a su ser propio y original” (H. Haag: “¿Qué Iglesia quería Jesús?”. Herder. Barcelona 1998. p. 14-15). Sin duda que la sinodalidad, impulsada por el papa Francisco, puede ser un buen impulso para “regresar al ser propio y original” de la Iglesia. 

La sinodalidad supone comunión en torno al Evangelio y capacidad para caminar juntos sin imposición, descubriendo entre todos lo que el Espíritu de Jesús sugiere. Los que se oponen a la sinodalidad son los infantilizados por el clericalismo y muchos del estamento clerical. La práctica de los sacramentos sólo les ha exigido dejarse llevar de la costumbre y pactar detalles con los dirigentes de sus iglesias. Bautizados sin conocimiento, llevados a la Eucaristía por una fiesta social, acostumbrados a callar y aceptar lo que dicen los clérigos, hoy sólo cabe esperar, de una inmensa mayoría, el infantil seguimiento o abandono eclesial. Está sucediendo. 

Muchos clérigos, sobre todo los más jóvenes, aceptan la Reforma gregoriana (s. XI): “Hay dos géneros de cristianos; uno ligado al servicio divino, constituido por los clérigos. El otro es el género de los cristianos al que pertenecen los laicos” (Decreto de Graciano, año 1140). Mentalidad que ha perdurado casi veinte siglos. A principios del siglo pasado, la dejó diáfana san Pío X: “La Iglesia es una sociedad desigual que comprende dos categorías de personas, los pastores y el rebaño; los que ocupan un puesto en los distintos grados de la jerarquía y la muchedumbre de los fieles. Estas categorías son tan distintas entre sí que solamente en el cuerpo pastoral residen el derecho y la autoridad necesaria para promover y dirigir los miembros hacia el fin de la sociedad. En cuanto a la multitud, no tiene otro deber sino dejarse conducir y, rebaño dócil, seguir a sus pastores” (Encíclica “Vehementer Nos” 1906). 

El Concilio Vaticano II logró cambiar el esquema inicial sobre la Iglesia. Renovó la eclesiología centrándola en la comunión del Pueblo de Dios, sacerdotal, profético y regio (LG 9ss). El bautismo nos constituye en “pueblo de Dios, hace partícipes de la función sacerdotal, profética y regia de Jesucristo, capacita para ejercer la misión de todo el pueblo cristiano en la Iglesia y en el mundo” (LG 31). Aunque hace ya más de medio siglo del Vaticano II, la Iglesia se sigue entendiendo como la comunidad de clérigos, con algunos adláteres ligados con votos. Los laicos siguen siendo receptores pasivos de la salvación dada por los clérigos. 

Investigaciones muy numerosas coinciden en que los “dirigentes” de las iglesias primeras no ejercían culto alguno, ni se les llamaba “sacerdotes”. Sus nombres, de origen profano, aludían a sus funciones: vigilantes-supervisores (epíscopos), mayores (presbíteros), servidores (diáconos y diáconas), viudas, maestros, guías… Supeditados a la comunidad que los elegía y a la que debían rendir cuentas, no eran vitalicios en contra de la voluntad de la comunidad. 

El proceso de “sacerdotalización” de los ministerios fue fruto, en gran medida, de querer demostrar la continuidad de la Nueva Alianza con la Antigua, negada por parte del gnosticismo (movimiento filosófico y teológico que fusiona principios orientales con ideas filosóficas griegas y doctrinas cristianas). Los gnósticos explican el bien y el mal, según la creencia maniquea -propuesta por el persa Maní-, como procedentes de dos principios distintos: el Ser supremo y el Demiurgo. Éste, eón del Ser supremo, quiso ser superior a él, se rebeló y fue arrojado del reino de la luz. Él es creador de la materia y del ser humano, y de la lucha constante entre el hombre y Dios; es el Dios del Antiguo Testamento. Las almas humanas, partes de luz divina encerradas en la materia, esperan ser rescatadas. Para ello es enviado Cristo, eón divino fiel al Ser supremo, comunicador del conocimiento (la gnosis) que libra de la materia y hace volver al Ser supremo. No salvan, pues, las buenas obras, sino el buen conocimiento. 

Contra la interpretación gnóstica, los cristianos tienen a Jesús por el Mesías aludido en la Ley y los Profetas. Continuidad de Dios, pero no de sacerdocio. El fundador del Nuevo Testamento, Jesús no es sacerdote del Templo. Reúne discípulos y forma una comunidad, familia de hermanos, basada en vivir la voluntad del Padre, el Reino de Dios, guiados por su Espíritu. Los apóstoles no usan poderes sacerdotales. De Pablo sabemos que participaba de la “fracción del pan” (He 20, 7), pero nada se sabe si la presidía. Sólo un escrito del Nuevo Testamento, la Carta de los Hebreos, interpreta la vida de Jesús como sacerdotal. Se trata de un sacerdocio existencial, vital, único, en el que se integran los bautizados. Los dirigentes son “guías” (egoumenoi”, nombrados por la comunidad y actúan colegialmente. Se encargan de anunciar de la Palabra y de ser ejemplares (Heb 13,7), “se desvelan por vuestro bien, sabiéndose responsables; así lo harán con alegría y sin lamentarse” (13,17). Sin función cultual. Nada se dice de la eucaristía, porque no se la consideraba entonces expresión o confirmación de la fe, ni como sustituta del culto judío. 

A finales del s. II, los guías eclesiales empiezan a distinguirse y recabar para sí un carácter sagrado, no evangélico. Se creen en continuidad con el sacerdocio antiguo: los obispos, los sumos sacerdotes; los presbíteros, sacerdotes; diáconos, levitas. Se elevan a categorías u órdenes. “Orden” en la cultura romana era una “clase social”. “Así, entre los siglos III y IV, en la Iglesia nació el clero. Y con el clero se marginó el Evangelio del centro de la Iglesia… El centro lo ocupó el clero… `El clero se volvió distinguido porque era privilegiado´” (Castillo: El Evangelio marginado. Desclèe de Brouwer. 2019. P. 70). 

Benedicto XVI utiliza esta continuidad sacerdotal para justificar la ley del celibato en la Iglesia. Alude a la “conciencia colectiva de Israel”: “La abstinencia sexual, en los periodos en que ejercían el culto y, por tanto, estaban en contacto con el misterio divino”, era un deber estricto de los sacerdotes judíos. Los sacerdotes judíos “solo debían consagrarse al culto durante determinados periodos”. Por ello “matrimonio y sacerdocio eran compatibles” en periodos no cultuales. Pero los sacerdotes del Nuevo Testamento tienen que celebrar la misa incluso a diario. Luego “toda su vida está en contacto diario con el misterio divino. 

Eso exige por su parte la exclusividad para Dios. Quedan excluidos, por tanto, los demás vínculos que, como el matrimonio, afectan a la totalidad de la vida. De la celebración diaria de la Eucaristía, que implica un estado permanente de servicio a Dios, nace espontáneamente la imposibilidad de un vínculo matrimonial. Se puede decir que la abstinencia sexual, que antes era funcional, se convierte por sí misma en una abstinencia ontológica.” (Desde lo más hondo de nuestros corazones. R. Sarah con J. Ratzinger, Benedicto XVI. Ed. Palabra. Madrid 2020. P. 50-52). Tesis negada expresamente por el Vaticano II: “el celibato no es exigido por la naturaleza misma del sacerdocio, según la práctica de la Iglesia primitiva (1Tim 3,2-5; Tit 1, 6) y la tradición de las Iglesias orientales…” (PO 16) 

¿Un Sínodo sobre sinodalidad?

Tomar consejo y construir consenso: ¿Un Sínodo sobre Sinodalidad? 

“Quizás estemos ante el evento más importante de la actual fase de recepción del Concilio Vaticano II bajo el pontificado del papa Francisco” 

“Con esta convocatoria, el papa Francisco invita a toda la Iglesia a discernir un nuevo modelo eclesial para el tercer milenio, que profundice el proceso de aggiornamento iniciado por el Vaticano II y responda a los cambios epocales y eclesiales que vivimos” 

“El nuevo modelo eclesial supone superar relaciones desiguales, de superioridad y subordinación, y pasar a la lógica de la ‘recíproca necesidad'” 

Por Rafael Luciani teólogo 

(Mensaje).- La Iglesia ha sido convocada a un Sínodo que lleva como lema Por una Iglesia sinodal: comunión, participación y misión. El evento se inaugurará el 9 de octubre de 2021 en Roma y el 16 de octubre en cada Iglesia particular. Será un proceso sinodal de dos años, culminando en la celebración de la XVI Asamblea General Ordinaria del Sínodo de los Obispos en octubre de 2023. Con esta convocatoria, el papa Francisco invita a toda la Iglesia a discernir un nuevo modelo eclesial para el tercer milenio, que profundice el proceso de aggiornamento iniciado por el Vaticano II y responda a los cambios epocales y eclesiales que vivimos. En este contexto se sitúa la relevancia que tiene este Sínodo para discernir las reformas necesarias a la luz de la sinodalidad. 

Quizás estemos ante el evento más importante de la actual fase de recepción del Concilio Vaticano II bajo el pontificado del papa Francisco. Se involucra un aproximado de 114 conferencias episcopales de rito latino, el Consejo de Patriarcas Católicos de Oriente, seis sínodos patriarcales de Iglesias orientales, cuatro sínodos archiepiscopales mayores y cinco consejos episcopales internacionales. Profundizando la eclesiología del Pueblo de Dios, y a la luz de un modelo de Iglesia de Iglesias, el Papa propone —como dijo durante la Conmemoración del 50 Aniversario de la institución del Sínodo de los Obispos— que “el camino de la sinodalidad es el camino que Dios espera de la Iglesia del tercer milenio”. Y lo hace en un contexto en el que urge, más que nunca, renovar la vida eclesial tomando consejos y construyendo consensos al estilo del viejo principio de la canonística medieval que reza: “Lo que afecta a todos, debe ser tratado y aprobado por todos”. 

Esta práctica no es nueva en la Iglesia. Cabe recordar la regla de oro del Obispo San Cipriano, que puede ser vista como la forma sinodal del primer milenio y ofrece el marco interpretativo más adecuado para pensar los retos actuales: “Nihil sine consilio vestro et sine consensu plebis mea privatim sententia gerere”1. Para este obispo de Cartago, tomar consejo del presbiterio y construir consenso con el pueblo fueron experiencias fundamentales a lo largo de su ejercicio episcopal para mantener la comunión en la Iglesia. A tal fin, pudo idear métodos basados en el diálogo y el discernimiento en común, que posibilitaron la participación de todos, y no solo de los presbíteros, en la deliberación y toma de decisiones. El primer milenio ofrece ejemplos de una forma ecclesiae en la que el ejercicio del poder se entendió como responsabilidad compartida. 

Una Iglesia de la escucha 

Inspirado en este modo de proceder, el papa Francisco describe al nuevo modelo eclesial con las siguientes palabras: “Una Iglesia sinodal es una Iglesia de la escucha (…). Es una escucha recíproca en la cual cada uno tiene algo que aprender (…). Es escucha de Dios, hasta escuchar con él el clamor del pueblo; y es escucha del pueblo, hasta respirar en él la voluntad a la que Dios nos llama”2. El ejercicio de la escucha es indispensable en una eclesiología sinodal, pues parte del reconocimiento de la identidad de los sujetos eclesiales —laicos(as), presbíteros, religiosos(as), obispos, Papa— a partir de relaciones horizontales fundadas en la radicalidad de la dignidad bautismal y en la participación en el sacerdocio común de todos los fieles (Lumen Gentium 10). La Iglesia en su conjunto es cualificada por medio de los procesos de escucha en los que cada sujeto eclesial aporta algo que completa la identidad y la misión del otro (Apostolicam Actuositatem 6), y lo hace desde lo propio de cada uno (AA 29). 

Tal modelo supone superar relaciones desiguales, de superioridad y subordinación, y pasar a la lógica de la “recíproca necesidad” (LG 32). Este es el espíritu de la Comisión Teológica Internacional al afirmar que “una Iglesia sinodal es una Iglesia participativa y corresponsable. En el ejercicio de la sinodalidad está llamada a articular la participación de todos, según la vocación de cada uno, con la autoridad conferida por Cristo al Colegio de los Obispos presididos por el Papa. La participación se funda en el hecho de que todos los fieles están habilitados y son llamados a que cada uno ponga al servicio de los demás los respectivos dones recibidos del Espíritu Santo”3. Podemos decir que ser escuchados es un derecho de todos, pero tomar consejos a partir de la escucha es un deber propio de quien ejerce la autoridad. 

Sin embargo, la escucha también tiene otra dimensión. A través de ella se genera un proceso de reconfiguración de los modelos teológico-culturales de la organización eclesial. El Papa explica que se escucha a un pueblo, en un lugar y en un tiempo “para conocer lo que el Espíritu «dice a las Iglesias» (Ap 2,7)” y encontrar modos de proceder acordes a cada época. Lo recordó el Sínodo para la Amazonia, al decir que la Iglesia “reconfigura su propia identidad en escucha y diálogo con las personas, realidades e historias de su territorio” (Querida Amazonia 66). Y lo hace, como sostiene el Concilio, discerniendo “de qué modo puedan compaginarse las costumbres, el sentido de la vida y el orden social con las costumbres manifestadas por la divina revelación” (Ad Gentes 22). 

Un Sínodo como el actual puede ser apreciado como el inicio de un proceso que puede llevar a “una acomodación más profunda en todo el ámbito de la vida cristiana” (AG 22) porque “los vínculos de historia, lenguaje y cultura, que en ella plasman las comunicaciones interpersonales y sus expresiones simbólicas, trazan el rostro peculiar, favorecen en su vida concreta el ejercicio de un estilo sinodal” (CTI, Sin. 77). De ahí la importancia de comprender que la sinodalidad es el modo más adecuado para la génesis de los procesos de identidad y reconfiguración teológico-cultural de la Iglesia, según los tiempos y las culturas, bajo el modelo de Iglesia como Iglesia de Iglesias presidida por el Obispo de la Iglesia de Roma y en comunión entre todas ellas. 

Una forma más completa de ser Iglesia 

La escucha no es un fin en sí mismo. Ella se realiza en el marco de un proceso mayor, cuando “toda la comunidad, en la libre y rica diversidad de sus miembros, es convocada para orar, escuchar, analizar, dialogar y aconsejar para que se tomen las decisiones pastorales más conformes con la voluntad de Dios” (CTI, Sin. 53). A partir de esta serie de relaciones y dinámicas comunicativas se va generando el ambiente propicio para tomar consejos y construir consensos que luego se traduzcan en decisiones. Es importante tener en cuenta todas las acciones a la hora de emprender un proceso de escucha: “Orar, escuchar, analizar, dialogar y aconsejar”, porque la finalidad de este camino no es simplemente encontrarnos, oírnos y conocernos mejor, sino trabajar en conjunto “para que se tomen las decisiones pastorales”. Este es uno de los aspectos que definen el sentido y la meta de un proceso sinodal y, en este Sínodo sobre sinodalidad, la Iglesia se plantea avanzar en la búsqueda de una “más completa definición de sí misma” —recogiendo las palabras de Pablo VI al abrir la segunda sesión del Concilio. 

Sin este horizonte en mente, se puede correr el riesgo de limitar la comprensión y el ejercicio de la sinodalidad a una mera práctica afectiva y ambiental, sin que se traduzca efectivamente en cambios concretos que ayuden a superar el actual modelo institucional clerical. Por ello, es importante destacar que el actual Sínodo ha creado una Comisión Teológica asesora de todo el proceso. Es un hecho novedoso que recupera la colaboración que debe existir entre la teología y el magisterio. Y dentro de dicha comisión se ha conformado una subcomisión para elaborar propuestas de reforma del derecho canónico. Si lo escuchado no se traduce en nuevos canales y estructuras eclesiales —en palabras de Francisco, “mediaciones concretas”— quedará develado, una vez más, un modelo eclesial en el que se da una “insuficiente consideración del sensus fidelium, la concentración del poder y el ejercicio aislado de la autoridad, un estilo centralizado y discrecional de gobierno, y la opacidad de los procedimientos regulatorios”4. 

Un evento que se convierte en proceso 

Coherente con el tema que aborda, y con el fin de palpar el sentir de toda la Iglesia universal, el actual Sínodo deja de ser un evento y se convierte en un proceso que comienza con una primera fase diocesana. Desde una eclesiología de las Iglesias locales, se parte del primer nivel en el ejercicio de la sinodalidad, como lo ha manifestado el cardenal Mario Grech, secretario general del Sínodo de los Obispos: “Considerando que las Iglesias particulares, en las cuales, y a partir de las cuales existe la una y única Iglesia católica, contribuyen eficazmente al bien de todo el cuerpo místico, que es también el cuerpo de las Iglesias (LG 23), el proceso sinodal pleno solo existirá verdaderamente si se implican en él las Iglesias particulares”5. 

Para comprender lo que esto implica, podemos hacer memoria de las palabras de Mons. De Smedt, una de las voces más importantes del Concilio, quien decía que “el cuerpo docente [obispos] no descansa exclusivamente en la acción del Espíritu Santo sobre los obispos; sino que también [debe] escuchar la acción del mismo espíritu en el pueblo de Dios. Por lo tanto, el cuerpo docente no solo habla al Pueblo de Dios, sino que también escucha a este Pueblo en quien Cristo continúa Su enseñanza”6. 

A lo largo de esta primera fase diocesana, los obispos no solo deben escuchar al sino también en el pueblo de Dios, como parte integrante de él y, junto a él, discernir y elaborar decisiones pastorales. Siguiendo el texto de Lumen Gentium 12, recogido en Episcopalis Communio 5, es la totalidad de los fieles, “desde los obispos hasta los últimos fieles laicos, [que] presta su consentimiento universal en las cosas de fe y costumbres”. Lo que está en juego no es el sentir de cada obispo, sino el sentir de toda la Iglesia o, mejor dicho, el sensus ecclesiae totius populi. Por ello, cada Iglesia particular debe proceder “sirviéndose de los organismos de participación previstos por el derecho, sin excluir cualquier otra modalidad que juzguen oportuna” (EC, disp. canónica 6). 

El paso de la sinodalidad afectiva a la efectiva 

Quizás uno de los retos más importantes para la jerarquía eclesiástica será la creación de mediaciones y procedimientos para el involucramiento de todos los fieles y el establecimiento de las modalidades de participación. Haciendo uso de las palabras de Severino Dianich, “la normatividad actual, entre la atribución a todos los fieles de la tarea de evangelización (…) y su llamada a una participación activa en la liturgia eucarística (…), no confiere a los fieles laicos ningún papel específico capaz de determinar la vida de la comunidad (…). Los fieles [laicos] no tienen ninguna instancia en la que, al expresar su propio voto deliberativo, se pueda decidir algo colegialmente”7. Este sentir fue discernido en el 2007 por los obispos latinoamericanos en la Conferencia de Aparecida y propusieron que “los laicos participen del discernimiento, la toma de decisiones, la planificación y la ejecución” (Aparecida 371) de toda la vida eclesial. 

Si el modo de proceder de una Iglesia sinodal “tiene su punto de partida y también su punto de llegada en el Pueblo de Dios” (Episcopalis Communio 7), y si “la sinodalidad es una dimensión constitutiva de la Iglesia que, a través de ella, se manifiesta y configura como Pueblo de Dios” (CTI, Sin. 42), entonces hay que hacer lo posible para que este Sínodo de paso a una auténtica sinodalización de toda la Iglesia. Por ejemplo, será clave discernir los modelos de decisión en la Iglesia. Quizás articular uno en el cual la elaboración de las decisiones (decision-making) sea vinculante a los pastores (decision-taking), porque ellos mismos habrán participado del proceso de escucha y discernimiento, tomando consejos y construyendo consensos. Y es que cualquier modelo decisional debe tener en cuenta que “la dimensión sinodal de la Iglesia se debe expresar mediante la realización y el gobierno de procesos de participación y de discernimiento capaces de manifestar el dinamismo de comunión que inspira todas las decisiones eclesiales” (CTI Sin 76). 

¿Seremos capaces de concebir procesos sinodales en los que se elaboren decisiones entre todos(as) para que la autoridad competente, habiendo participado como un fiel más de todas las etapas del proceso, y confiando en que el Espíritu Santo ha hablado a través del Pueblo de Dios, ratifique dichas decisiones? Creemos que este es el espíritu expresado por el cardenal Grech al afirmar que “el Sínodo de los Obispos es el punto de convergencia del dinamismo de escucha recíproca en el Espíritu Santo (…). No es solo un evento, sino un proceso que implica en sinergia al Pueblo de Dios, al Colegio episcopal y al Obispo de Roma, cada uno según su función”8, y en diversas fases (diocesana, nacional, continental, universal). El gran reto será, pues, el de crear una cultura del consenso eclesial, capaz de manifestarse en estilos, eventos y estructuras sinodales que den cauce a un nuevo modo eclesial de proceder para la Iglesia del tercer milenio

1 “Quando a primordio episcopatus mei statuerim, nihil sine consilio vestro, et sine consensu plebis, mea privatim, sententia gerere”. Jacques Paul Migne, Patrologiae Latina, Tomus 4 (S. Cypriani), 234. 
2 Francisco, Discurso en la Conmemoración del 50 Aniversario de la institución del Sínodo de los Obispos http://www.vatican.va/content/francesco/en/speeches/2015/october/documents/papa-francesco_20151017_50-anniversario-sinodo.html 
3 Comisión Teológica Internacional, La sinodalidad en la vida y en la misión de la Iglesia (2 de marzo de 2018) n. 67: http://www.vatican.va/roman_curia/congregations/cfaith/cti_documents/rc_cti_20180302_sinodalita_sp.html De ahora en adelante lo citaremos: CTI, Sin. 
4 Alphonse Borras, “Sinodalità ecclesiale, processi partecipati e modalità decisionali”, Carlos María Galli – Antonio Spadaro (eds.), La riforma e le riforme nella Chiesa, Queriniana, Brescia 2016, 208. 
5 Carta de presentación del itinerario sinodal aprobado por el papa Francisco en la audiencia concedida al cardenal Mario Grech, secretario general del Sínodo de los Obispos, el 24 de abril de 2021. 
6 Emile-Joseph De Smedt, The priesthood of the faithful, Paulist Press, NY 1962, 89-90. 
7 Severino Dianich, Riforma della Chiesa e ordinamento canonico, EDB, Bologna 2018, 69-70. 
8 Cf. Alocución del cardenal Mario Grech al Santo Padre en el Consistorio para la creación de nuevos cardenales, el 28 de noviembre de 2020. 

Santa Teresa de Jesús

Por José Antonio Vázquez Mosquera

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Santa Teresa de Jesús

Santa Teresa es una de las grandes luces del camino místico dentro del cristianismo, murió en Alba de Tormes, el 4 de octubre de 1582, si bien, entró en vigor tras su muerte una ordenación del calendario nueva, que suprimió 10 días, y quedó fijada su muerte el día 15 de octubre que es cuando se celebra actualmente su “nacimiento” para el cielo. 

Podríamos recordar tres importantes enseñanzas de Teresa: 

– La sabiduría no es fruto del “mucho pensar” sino del “mucho amar”, es la relación de amistad con Dios la que produce la sabiduría. Es precisamente ésta la idea del evangelio que hoy se nos propone, no es el estudio de la Ley de donde nace el saber, sino de la relación de amor con Dios, de la relación de intimidad con Dios, como dice Jesús ( nadie conoce bien al Padre sino el hijo, el que experimenta el amor de Dios como Padre). 

– La persona de Jesús marca una diferencia cualitativa con toda otra revelación de Dios. El amor a la humanidad de Jesús, dirá Teresa, es esencial en el camino místico cristiano. Esta novedad de Jesús, supone el amor al ser humano, descubrir el amor gratuito de Dios por las personas y su deseo de llevarlas a desarrollar su dignidad en plenitud. Como dice este evangelio, para conocer realmente al Padre hay que conocer a Jesús, el rostro más pleno del Padre en la historia. 

– La oración ha de llevar a las obras de amor. Así decía a sus hermanas: “Para esto es la oración: de esto sirve este matrimonio espiritual: de que nazcan siempre obras, obras” (Moradas, séptima, IV, 6). El camino cristiano es una praxis más que una filosofía (si bien haya una filosofía implícita), no es el estudio de la Ley lo que lleva al amor efectivo (con obras) sino la oración (relación de intimidad con Dios por medio de Jesús). Así el yugo (la praxis cristiana) se hace ligero y llevadero, frente al modo “legalista” de vivir la espiritualidad, o al modo gnosticista (buscar experiencias alteradas), así la contemplación nos humaniza y no nos lleva al narcisismo individualista o al triunfalismo institucional. 

El protagonista del Sínodo de la Sinodalidad

 

por Isabel Corpas 

Se inauguró este fin de semana en Roma la XVI Asamblea General Ordinaria del Sínodo de los Obispos –el Sínodo de la Sinodalidad– y el próximo 17 será la inauguración a nivel mundial en todas las diócesis. Es la Iglesia en camino que toma aire –propiamente se llena de Espíritu Santo– para iniciar una nueva etapa del camino eclesial que, como invitó Francisco en su homilía de la misa inaugural, se proyecta como camino de encuentro, de escucha y de discernimiento

Una nueva etapa en el camino eclesial 

Digo nueva etapa porque el caminar de la Iglesia, desde Jerusalén hasta nuestros días, ha estado jalonado por reuniones regionales y ecuménicas de obispos. Nueva, porque se dibuja como una etapa diferente de las anteriores, como quiera que en las periferias de la Iglesia hemos empezado a sentir que no somos únicamente espectadores y destinatarios de las decisiones de los obispos y que, como invitó Francisco en la misa inaugural “al dar inicio al itinerario sinodal, todos –el Papa, los obispos, los sacerdotes, las religiosas y los religiosos, las hermanas y los hermanos laicos–” estamos invitadas e invitados a participar. Y es nueva esta etapa porque son nuevas la interpretación y la praxis de la sinodalidad planteadas por Francisco. 

En cuanto a la praxis de la sinodalidad, pocos meses después de su elección comentó que “es tiempo de cambiar la metodología del Sínodo, porque la actual me parece estática” (Entrevista con Antonio Spadaro. La Civiltà cattolica, 2013), e introdujo un primer cambio, para ampliar la consulta, convocando el Sínodo de la Familia 2014-2015 en dos momentos y a lo largo de dos años. 

Amplió una vez más la consulta para escuchar las voces de los jóvenes en la siguiente Asamblea General del Sínodo de los Obispos, en 2017, y aún más todavía en la Asamblea Especial para la Región Panamazónica del Sínodo de los Obispos de 2019 en cuya preparación y desarrollo fue novedosa la amplia escucha sinodal y la amplia participación de líderes indígenas y agentes de pastoral, entre quienes se contaban numerosas mujeres. 

Más que una encuesta 

Y el actual camino sinodal también ofrece como novedad que “se han previsto tres fases, que se realizarán entre octubre de 2021 y octubre de 2023”, dijo recientemente Francisco en su encuentro con los fieles de la diócesis de Roma y subrayó: “Este itinerario ha sido pensado como dinamismo de escucha recíproca que se llevará a cabo en todos los niveles de la Iglesia, con la participación de todo el pueblo de Dios. El cardenal vicario y los obispos auxiliares deben escucharse, los sacerdotes deben escucharse, los religiosos deben escucharse, los laicos deben escucharse. Y además, todos escucharse unos a otros. No se trata de recoger opiniones, no. No es una encuesta; se trata de escuchar al Espíritu Santo”. 

Esta novedad en la praxis ha estado acompañada por la novedad de la interpretación de la sinodalidad: en su discurso del 50 aniversario de la institución del Sínodo de los Obispos (2015) recordó “que el Pueblo de Dios está constituido por todos los bautizados” y que “el sensus fidei impide separar rígidamente entre Ecclesia docens y Ecclesia dicens”, como también que “una Iglesia sinodal es una Iglesia de la escucha, con la conciencia de que escuchar ‘es más que oír’ (EG 171). Es una escucha recíproca en la cual cada uno tiene algo que aprender. Pueblo fiel, colegio episcopal, obispo de Roma: uno en escucha de los otros; y todos en escucha del Espíritu Santo”. 

El protagonismo del Espíritu Santo 

Tanto la praxis como la interpretación de la sinodalidad planteadas por Francisco destacan el protagonismo del Espíritu Santo. Y así lo reafirmó en el discurso inicial del proceso sinodal –“el protagonista del Sínodo es el Espíritu Santo. Si no está el Espíritu, no habrá Sínodo”– en el que sus palabras se hicieron oración y como prolongación de la tradicional plegaria inaugural Adsumus Sancte Spiritus: “Queridos hermanos y hermanas, que este Sínodo sea un tiempo habitado por el Espíritu. Porque tenemos necesidad del Espíritu, del aliento siempre nuevo de Dios, que libera de toda cerrazón, revive lo que está muerto, desata las cadenas y difunde la alegría, nos guía hacia donde Dios quiere, y no hacia donde nos llevarían nuestras ideas y nuestros gustos personales”.