Entrevista al Vicario General de la Diócesis de Vitoria

Carlos García Llata: “Esa es la paradoja de la Iglesia, Dios se hace presente en gente que es pecadora”

El Sínodo lo que quiere es que seamos más Iglesia

Es algo que nos está conquistando y entusiasmando poco a poco

PorVicente Luis García Corres (Txenti)

Esta semana muchas parroquias y grupos han iniciado el proceso de participación en la consulta sinodal propuesta por el Papa Francisco. Una iniciativa que está generando expectativas pero que exigirá mucho trabajo en poco tiempo, algo que genera escepticismo también.

En las Jornadas de inicio del Curso Pastoral de la Diócesis de Vitoria se quiso dar un primer anuncio del Sínodo y de su importancia. 

El Vicario General, Carlos García Llata, preside la comisión diocesana encargada de lograr una digna participación de la Iglesia en Vitoria, y de la sociedad alavesa en esta consulta al pueblo hecha desde la Iglesia. 

¿Para empezar cuál está siendo la labor de la comisión diocesana que usted preside?

Animar a la participación,  coordinar la participación diocesana y crear vías para esta participación.

¿Considera que la gente está motivada para participar?

Hemos asistido a una evolución: cuando se dio el anuncio la actitud era de expectativa; cuando en septiembre se dio a conocer el material que se había generado en Roma todos nos hemos asustado y hemos pensado que era un proyecto complejo y difícil de llevar a cabo porque paralizaba algunos procesos diocesanos, y también teníamos una sensación  de que el tema era abstracto; pero a medida que hemos ido conociendo y trabajando el verdadero objetivo del sínodo la gente se está poco a poco motivando y se está generando la sensación de que el sínodo va a ser algo positivo.  No me refiero a que haya un entusiasmo general, pero sí detalles que me hablan de que va calando; el otro día cuando convoqué a  los coordinadores de los grupos vino bastante gente. Es algo que nos está conquistando y entusiasmando poco a poco. 

¿Qué herramientas ha decidido el obispado poner en marcha para lograr la mayor participación posible?

Si la estructura más sinodal, en cierto modo, es la parroquia, lo que hemos hecho es motivar primero a las parroquias. En la parroquia se aglutinan edades, sensibilidades, realidades diversas. Hemos intentado adaptar o plasmar de alguna manera el objetivo del Sínodo en un itinerario concreto, cinco reuniones con su propia dinámica y metodología que ayude a los que participen a expresarse. Después de navidades ofreceremos otros subsidios pensados en gente alejada de la Iglesia y en grupos específicos como jóvenes y niños. También se podrían gestionar participaciones individuales que se hagan llegar desde el respeto. 

Hay muchos que tienen una visión de la Iglesia como una institución más, vista desde fuera, sin haber experimentado un proceso de conversión a Jesucristo. Para ellos la Iglesia es como una ong más, una institución social más. Cuando uno se convierte a Jesuscristo la Iglesia es algo secundario, importante pero pasa a otro plano, y la iglesia la formamos personas imperfectas. Cuando se la ve solo desde el escaparate tenemos una imagen perfecta, irreal y por eso criticable; Cristo confió su Iglesia a gente que le había traicionado. Esa es la paradoja de la Iglesia, Dios se hace presente en gente que es pecadora, en gente que está haciendo un camino, que está haciendo un proceso de conversión. La Iglesia verdadera es la comunidad de los discípulos de Jesús. El sínodo nos invita al proceso de comunión, que no es solo unión: esa comunión crea participación y misión. El Sínodo lo que quiere es que seamos más Iglesia. 

La iniciativa de Elizalde

Es una propuesta más y sin duda habrá que tomar notas de esas entrevistas que el obispo mantenga con las personas y grupos que solicitan reunirse con él. 

Explíquenos cómo es la dinámica de la consulta, si hay un cuestionario base, si este es adaptado  a las personas, si existe libertad por parte de las diócesis para añadir, quitar cuestiones, personalizar la consulta de alguna manera

El Sínodo tiene dos preguntas fundamentales: ¿Cómo se realiza el caminar en la Iglesia? ¿Cómo nos ilumina el Espíritu Santo en ese camino? De ahí salieron los diez temas en los que se ha vertebrado el cuestionario inicial. Luego las Diócesis hemos adaptado esas cuestiones, conectándose más. Pero lo que me gustaría recalcar es la dinámica concreta que se ha propuesto que empieza con la lectura de la Palabra, la reflexión personal y la puesta en común de cómo nos sentimos interpelados cada uno, intervenciones que se escuchan sin réplica ni debate. Es un modelo de discernimiento espiritual. 

Por último le invito a que haga una invitación a participar en la consulta sinodal, un anuncio 

Intencionadamente no transcribo esta parte de la entrevista ¡escuchenla! en el video. 

Non solum sed etiam 

Hace mucho que llevo dándole vueltas a lo de la invitación a la participación en el Sínodo de personas no creyentes, alejadas, críticas o indiferentes. Sin duda que el espacio sinodal por excelencia dentro de la Iglesia es la parroquia, pero la parroquia hoy no llega a todos los sectores, y menos a los que ven a la iglesia con recelo o indiferencia. Después de navidades parece ser que se pondrán en marcha nuevas iniciativas pensando precisamente en las periferias: pondrán a trabajar a los influencers, youtubers, a las redes sociales, a los canales mediáticos de la Iglesia o cercanos a ella? Acaso veremos anuncios con famosos que confiesen su fe y su propuesta de participación en el sínodo? harán llegar algún tipo de cuestionario a los políticos’ se lo encontrarán en la bancada del Congreso y el Senado? lo repartirán como octavillas en las manifestaciones contra los recortes, las jubilaciones o los desahucios? Incluirán las preguntas en la Ruleta de la Fortuna, Saber Ganar y otros concursos? Si el Sínodo es una noticia que es la ¡Bomba! aparecerá en los informativos; tendremos un cuestionario como separata en los diarios y revistas? Estamos dispuestos a tener que retrasar el Sínodo por que se hayan colapsado los obispados de aportaciones?

La otra es que nos conformemos con la participación de los de siempre, inflemos las cifras y nos quedemos con lo que nos gusta y no dé problemas, ofreciendo al final un mundo feliz con un futuro prometedor para una Iglesia que reconoce sus errores pero sin complicarse la vida, aceptando ser grupo burbuja en una sociedad que ha descubierto algunas ventajas que tiene el control social en tiempos de pandemia

No quiero un Concilio Vaticano III 

Sentido y límites de los concilios 

Concreción y clausuras del Vaticano II 

Sentido de los Sínodos 

¿Un nuevo concilio? ¿Con estos obispos? 

¿Por qué en el Vaticano? 

Por | Eduardo de la Serna 

Varias veces se han levantado voces pidiendo o reclamando o soñando un nuevo Concilio Vaticano III. Todos sabemos que nada hay más importante en la vida de la Iglesia católica romana que un Concilio realizado en comunión con el Papa (señalo lo de “comunión” porque en la larga historia de la Iglesia hubo concilios que fueron “por la suya”, la época de los “conciliarismos”, pero, además, no necesariamente esto implica presencia del Papa; el cual, por ejemplo, no estuvo en los primeros grandes concilios de Oriente). De estos concilios han surgido enormes e importantes reformas, declaraciones, cambios o frenos, correcciones, impulsos, etc. Ciertamente esto no implica uniformidad, pero sí debiera significar comunión (de ahí lo de la comunión con el Papa, el que preside la comunión). Suele ocurrir, en todos los tiempos de la Iglesia, que algunos de estos cambios, reformas, declaraciones, etc. son resistidos. Así nacen herejías, cismas y demás, que la Iglesia conoce y ha vivido en su historia. Veamos un ejemplo reciente: cuando el Concilio Vaticano I propuso / impuso el dogma de la infalibilidad hubo quienes resistieron esto y así se dio origen a lo que se ha llamado los “Viejos Católicos”. Como el Concilio Vaticano II fue pastoral, más que dogmático, las resistencias fueron pastorales. Así hubo quienes cuestionaron el ecumenismo, la lectura de la Biblia, la liturgia… Una pregunta vigente era si el Concilio había significado un re-impulsar la vida de las comunidades o un límite al que llegar, o, si se quiere, un punto de llegada o un punto de partida. Se ha dicho – creo que con razón – que los que perdieron en el Vaticano I triunfaron en el Vaticano II, y – se ha añadido – los que perdieron en el Vaticano II triunfaron en el invierno eclesial expresado en los pontificados de Juan Pablo II y Benito XVI. De hecho, y es un buen ejemplo, con motivo de los 25 años del Concilio el Papa convocó a un Sínodo extraordinario. Las actitudes vaticanas (expresadas en el Informe de la fe, del cardenal Ratzinger, prefecto de la congregación para la doctrina de la fe) pretendieron – y lograron – un freno brusco a todo lo que el Concilio había impulsado. A modo de ejemplo, la declaración Dominus Iesus dinamitó caminos de ecumenismo que se transitaban por doquier (es difícil decir que queremos dialogar con comunidades a las que les negamos el nombre de “Iglesias”), la declaración de la Interpretación de la Biblia en la Iglesia puso un límite al intento del Cardenal Ratzinger de fortalecer la lectura patrística y espiritual de la Biblia, y ya Papa, él mismo autorizó bendiciendo la liturgia según el viejo misal de Pio V (en latín y “de espaldas al pueblo”). Con esto quiero señalar, de todos modos, algo importante: que un concilio dé pasos significativos no implica que sean pasos consolidados. No se podrá decir “el Concilio Vaticano II” debe anularse, pero sí decir “tal o cual es la interpretación correcta [o errónea] del mismo”. Sirva esto, además, para relativizar la importancia de los sínodos (si puede acotarse, frenarse, limitarse y casi castrarse un concilio, mucho más puede hacerse con un sínodo el que, por cierto, además es consultivo). 

Dicho esto, creo que la Iglesia de nuestros días está sumamente desorientada. Su relación con la sociedad (“el mundo”) es más de incomprensión y crisis que de diálogo y encuentro. Valga esto para temas más europeos como también del Tercer mundo… La relación con los centros de poder, por ejemplo, es, en frecuentes ocasiones, más de casamiento que profética (el regaño de Juan Pablo II a monseñor Romero sobre su relación con el poder político es ejemplo cabal de esto). Curiosamente pareciera que las jerarquías “deben” llevarse bien con los poderes políticos en temas sociales, económicos, culturales, pero mal si se trata de temas sexuales o familiares, entonces se puede ver al cardenal de Nueva York disfrutando de las mieles de Trump mientras el cardenal de Honduras (o Bolivia, entonces) confrontando con políticas oficiales (ciertamente las ideologías de unos y otros influyen en esto). Fueron patéticas las declaraciones del cardenal Terrazas en la presentación de la realidad boliviana en Aparecida, y patéticas también las del cardenal Rodríguez Maradiaga haciendo campaña explícita en contra de Xiomara Castro en Honduras. Señalo, con esto, la desambiguación evidente de las jerarquías eclesiásticas con los poderes políticos, con las culturas, con las sociedades. Pero valga lo mismo con actitudes intraeclesiales… pueden suponerse las mejores intenciones del Papa al convocar a sínodos o a Asambleas eclesiales, pero los obispos presentes no han mostrado, en general, la más mínima actitud sinodal, de escucha o de respeto por las disidencias. Con esto señalo que, en un eventual Concilio, al que todos los obispos del mundo están convocados, participará la enorme mayoría que fueran elegidos por el invierno eclesial, y en razón de su invernalidad. Esos serían los que propondrían ¡y votarían! ¿Realmente queremos que esos obispos invernales marquen rumbos acerca de hacia dónde y por dónde ha de transitar la Iglesia del presente y del futuro próximo? Porque, lo señalo, me resulta curioso que se hable de una nueva primavera eclesial a partir de la llegada del Papa Francisco. Y, si por Iglesia no entendemos solamente al Papa (¡y no la entendemos así!), si obispos y curas, y laicos de movimientos eclesiales bendecidos por el invierno también forman parte de la eclesialidad… No veo brotes primaverales, ¡debo decirlo! Un ejemplo… (que se vio de un modo patente en las asambleas de Medellín y Puebla, y se notó ausente de modo patente en Santo Domingo y Aparecida) ¿alguien podría nombrar en América Latina hoy algún obispo verdaderamente profeta? Un ejemplo claro… las denuncias fundadas sobre la manipulación del documento final y adulterado de Aparecida, que – como le dijeron al Papa Benito XVI – ocurrieron en Argentina, Brasil y Chile no tuvieron la más mínima repercusión episcopal. ¿Hubo obispos que levantaran su voz ante el atropello? Si las hubo, no las escuché. Los evidentes signos de los tiempos de nuestro presente parece que son respondidos con anti-signos eclesiales. Valgan dos estruendosos y evidentes: el lugar de las mujeres en la Iglesia, estructuras y espacios de vida pastoral, y la actitud frente a los niños, preferidos de Jesús y el escándalo de los abusos por parte de eclesiásticos. Ambos temas fueron motivo de escándalo, por ejemplo, en la Asamblea eclesial: las declaraciones del cardenal Ouellet sobre las mujeres y el silencio sobre los abusos clama al cielo, pero no atraviesa los muros vaticanos. 

Dicho todo esto, ¿cuál sería la ventaja, conveniencia, prudencia o necesidad de un Concilio Vaticano III? Y, si se viera la pertinencia, una pregunta final… ¿por qué Vaticano III y no Asís I, o Jerusalén I, o Sucumbíos I? Digo, porque hasta eso mismo ya es un mensaje ¿o no

El éxito de este Sínodo

El éxito de este Sínodo no estará en lo que los obispos determinen al final; el éxito estará en que los cristianos practiquemos la sinodalidad durante todo el proceso. El éxito estará en que tomemos conciencia de nuestra responsabilidad en la reforma de la Iglesia, de que somos portavoces del Espíritu Santo. 

La reforma de la Iglesia no depende de la Curia vaticana ni de los obispos (¡así nos va!) depende de nuestra sinodalidad, de nuestra experiencia de Dios y del mensaje Jesús; experiencia personal y comunitaria. 

No se trata de saber mucha teología para discernir entre complejas tesis especulativas; no es un sínodo teológico sino pastoral. Se trata de sentir el mensaje que nos transmiten los evangelios, de trasladar al mundo actual el testimonio de amor y solidaridad por el que eran conocidas las primeras comunidades cristianas: “mirad cómo se aman”. 

¿Qué podemos aportar nosotros? 

Cada día podemos constatar que, en nuestro mundo occidental, las iglesias se van quedando vacías, los jóvenes se desinteresan, faltan vocaciones al sacerdocio, conocemos los escándalos de pederastia que los obispos nos habían ocultado, la Iglesia pierde autoridad y credibilidad. El Papa muestra su deseo de una profunda reforma, pero encuentra resistencia en las altas jerarquías (“como un pastor entre lobos” dijo el prudente Benedicto XVI) y pide nuestro apoyo a todos los cristianos que sientan la necesidad de esta reforma. 

¿Cómo percibe todo esto nuestra conciencia? Quizás lo lamentamos pero no sabemos cómo podemos reaccionar. 

Lo primero que podemos expresar es si sentimos la necesidad de esta reforma y si queremos apoyar y realizar las líneas que el Papa está proponiendo. Podemos y debemos dialogar estas preocupaciones con nuestra comunidad cristiana. 

En cuanto a propuestas de reforma, podemos expresar las que se nos ocurren espontáneamente a cada uno, releyendo algunos pasajes de los evangelios, consultando los comentarios de otros cristianos, o acudiendo a los diversos artículos que se van publicando en revistas y webs sobre estos temas. Muchas webs y comunicados de grupos cristianos tratan de la reforma de la Iglesia y proponen medidas más o menos urgentes. La web de Fe Adulta ha abierto una sección sobre el Sínodo (https://www.feadulta.com/es/sinodalidad.html) en la que recoge artículos, sugerencias, experiencias personales, y ejemplos de buenas prácticas. 

En este artículo quiero destacar dos perspectivas sobre las que podemos reflexionar en conciencia y compartir nuestras conclusiones con nuestras comunidades. 

En términos concretos, prácticos e inmediatos, podemos centrarnos en la corrección de la hipertrofia del clericalismo, sobre la que viene insistiendo el Papa, porque el clericalismo ha dominado la institución eclesiástica y ha provocado la pasividad de los laicos, su desinterés y su abandono. 

El concilio Vaticano II resaltó el papel del pueblo de Dios, la importancia de los carismas que el Espíritu suscita en los diversos miembros, y el sentido de servicio del carisma de gobierno que se ejerce en la comunidad. 

Para volver a equilibrar la relación entre la comunidad y la jerarquía convendría volver a la costumbre original de que el pueblo elija a sus presbíteros y obispos; y la ordenación de mujeres y hombres casados. 

En términos más generales y a largo plazo pero más fundamentales, podemos insistir en la vuelta al evangelio, al predominio de la misericordia sobre la ley, de la ortopraxis sobre la ortodoxia; y rechazar claramente los tristes ejemplos de posesión de poder y dinero, que son las dos mayores tentaciones que Jesús señaló contra el espíritu evangélico. 

Para evitar la tentación del dinero podríamos proponer separar por una parte la economía necesaria para desarrollar el ministerio asistencial de la Iglesia -centrándola en Cáritas y dirigida por laicos independientes del clero- y por otra la economía del desarrollo de la pastoral y de la misma institución eclesiástica. Reconocer que para superar el injusto abismo entre la situación económica entre los pueblos (¡la distribución de las vacunas!), y lograda con la sobreexplotación de la tierra y de las riquezas naturales de otros pueblos menos industrializados, es imprescindible (y a la larga inevitable) el decrecimiento de nuestro nivel de vida. Y los cristianos deberíamos ser promotores de esta dura empresa. 

Para evitar la tentación de poder político habría que renunciar al Estado Vaticano, y para evitar el poder interno habría que renunciar a la absorbente curia vaticana. En ambos casos bastaría la autoridad que les atribuya el pueblo cristiano, basada en el servicio evangélico de sus representantes más que en la imposición de leyes. 

¡Ven, oh Santo Espíritu! llena los corazones de tus fieles y enciende en ellos el fuego de tu amor. 

Un paso nuevo en el proceso sinodal

Agenor Brighenti: Asamblea Eclesial, “un paso nuevo de un rico proceso sinodal” 

Ponencia Agenor Brighenti 

“Esta Primera Asamblea Eclesial es no es un evento más. Es un paso nuevo de un rico proceso sinodal en América Latina y El Caribe, que dio a nuestra Iglesia una palabra y un rostro propio” 

En los cuatro sueños, el Papa Francisco, “proyecta el horizonte de una evangelización, que desafía particularmente esta Asamblea Eclesial” 

«La conversión pastoral y los cuatro sueños proféticos del Papa Francisco son para esta Asamblea un gran reto, que desafía nuestra generosidad a un desborde en el Espíritu del Resucitado” 

Por Luis Miguel Modino, corresponsal en Latinoamérica 

Conversión pastoral es un concepto que nació en Aparecida, y es sobre eso y su relación con los cuatro sueños proféticos del Papa Francisco en Querida Amazonía que ha reflexionado el teólogo brasileño Agenor Brighenti en el ámbito de la Asamblea Eclesial de América Latina y el Caribe. 

Para él, “esta Primera Asamblea Eclesial es no es un evento más. Es un paso nuevo de un rico proceso sinodal en América Latina y El Caribe, que dio a nuestra Iglesia una palabra y un rostro propio”. En ese sentido, pone su singularidad en el hecho de “procurar reavivar Aparecida”, que define como “una Conferencia que se propuso dar nuevo impulso a la renovación del Vaticano II”, y al mismo tiempo como la base de la Evangelii Gaudiumdel Papa Francisco”. 

Estamos en camino hacía una segunda recepción de la renovación del Vaticano II, según el pastoralista brasileño. Esa fue una de las aspiraciones de Aparecida, retomando una propuesta de la Conferencia de Santo Domingo, que habla de la conversión pastoral de la Iglesia, según el padre Brighenti, que la define como algo que abarca a todos y a todo. Es algo que viene de Medellín, que habló de una nueva evangelización, lo que fue recogido por el Papa Pablo VI en Evangelii Nuntiandi. 

La Iglesia en continua reforma es algo presente en la Iglesia desde los Santos Padres, idea retomada por el Vaticano II, que pide la vuelta a las fuentes bíblicas y patrísticas. Agenor Brighenti citaba a Dom Helder Cámara, para quien “la Iglesia precisa cambiar constantemente para ser siempre la misma Iglesia de Jesucristo”. Dando un paso más, el Sínodo para la Amazonía, donde el teólogo brasileño fue perito, habla de una “conversión integral”, que se desdobla en una conversión pastoral, cultural, ecológica y sinodal, recogidas en el Documento Final, acogido por el Papa Francisco al inicio de Querida Amazonía, donde las conversiones, adquiriendo una dimensión utópica se convierten en sueños: social, cultural, ecológico y eclesial

En esos cuatro sueños, el Papa Francisco, proyecta el horizonte de una evangelización, que desafía particularmente esta Asamblea Eclesial”, según el padre Brighenti. En el sueño social el desafío para América Latina y el Caribe en luchar por los derechos de los más pobres; en el cultural, que preserve su riqueza cultural; en el ecológico que sea un continente que custodie su belleza natural; y en eclesial, hacer realidad una Iglesia con rostro latinoamericano y caribeño. 

En cuanto a la conversión pastoral de la Iglesia, que acompaña la vida de la Iglesia del continente desde Santo Domingo, se concreta en diferentes ámbitos: el de la conciencia de la comunidad eclesial, asumido la eclesiología del Pueblo de Dios del Vaticano II; el de las acciones pastorales y comunitarias, buscando “ser una respuesta a los desafíos de hoy, en especial al clamor de los pobres”; el de las relaciones de igualdad y autoridad, que lleve a “la erradicación del clericalismo” y fomenta “la corresponsabilidad de todos los bautizados”; el de las estructuras, fomentando “los Consejos y las Asambleas de Pastoral en todos los niveles”, teniendo como ejemplo la CEAMA o esta Asamblea Eclesial. 

Por eso, Agenor Brighenti afirma que “como se puede percibir, la conversión pastoral y los cuatro sueños proféticos del Papa Francisco son para esta Asamblea un gran reto, que desafía nuestra generosidad a un desborde en el Espíritu del Resucitado” 

SÍNODO Y JERARQUÍA 

Si no me equivoco, es la primera vez que más de 1.300 millones de ciudadanos son emplazados a opinar sobre cómo quieren que se gobierne la Iglesia. Es la decisión que ha tomado el Papa Francisco convocando un Sínodo de Obispos que, constando de tres fases, va a tener su momento más importante en octubre de 2023. En la primera etapa, ya iniciada, se emplaza a todos los católicos y personas interesadas -más allá de su adscripción religiosa- a diagnosticar y proponer lo que estimen oportuno sobre cómo ser una “Iglesia sinodal”, es decir, sobre cómo “caminar juntos” (que eso significa “sin-odos”). A esta primera etapa sucederá otra continental y, finalmente, el Sínodo mundial de obispos en Roma. Me ahorro reseñar el escaso -por no decir, nulo- entusiasmo con que, entre nosotros, ha sido acogida esta iniciativa por parte de la jerarquía eclesiástica; y no solo por ella. 

Desgraciadamente, no contamos con una tradición sinodal como la tienen otras iglesias centroeuropeas, latinoamericanas o las estadounidense y australiana. Y cuando lo hemos ensayado -celebrando Asambleas diocesanas o implementando instituciones con alcance deliberativo- nos “han zurrado de lo lindo”, es decir, nos han impuesto obispos cuya primera misión ha sido desactivar dicho alcance deliberativo y silenciar lo que, desde el Vaticano II, se llama “la voz del pueblo de Dios”; como es el caso, al menos, de las diócesis del País Vasco. 

En esta política de sofocamiento y afirmación autoritaria de la jerarquía, es tristemente referencial el castigo infligido a la iglesia holandesa por Juan Pablo II. En vez de abrir un diálogo sobre lo sinodalmente debatido y aprobado, el Papa Wojtyla convocó en Roma a sus obispos para decirles que este modo de “caminar juntos” se había acabado; que tenían que ir al frente del “rebaño”, atendiendo, por supuesto, más a las indicaciones que venían de la Sede primada que a lo acordado con los católicos holandeses. El resultado de tal “reorientación” es bien conocido: una hemorragia, silenciosa e imparable, hasta llegar a ser -como lamentablemente se constata en la actualidad – una comunidad católica casi inexistente. El Papa polaco -defendiendo una concepción absolutista y monárquica de la jerarquía en nombre de la verdad- no tuvo problema alguno en sacrificar esta floreciente iglesia. A diferencia de los pontificados de Juan Pablo II y Benedicto XVI, Francisco asume, sintonizando con el Vaticano II, que se ha de escuchar al “pueblo de Dios”, “infalible cuando cree”. 

Se entiende -como he adelantado- que los nervios se hayan desatado en una buena parte del episcopado mundial. Y también fuera de la Iglesia, particularmente en aquellos lobbies habituados a controlarlo todo. Quizá, por ello, estamos escuchando estos días que existe una clara diferencia entre la sinodalidad eclesial y la democracia representativa mayoritaria, intentando despistarnos de que, igualmente, existen estructuras jerárquicas en la forma democrática moderna de convivencia.  

Y que el problema a debatir en este Sínodo no es el que pasa por yuxtaponer jerarquía a democracia, dando por incuestionable la primera, sino por imaginar y proponer modos alternativos a la manera absolutista y monárquica de la autoridad, incuestionable hasta el presente en la gran mayoría de las instituciones católicas. Tal concepción y ejercicio autoritario, se recuerda, es el principal obstáculo para la implementación efectiva de una Iglesia sinodal en la que la escucha no sea un mero ejercicio retórico, sino un espacio de discernimiento y verificación que tiene su propia normatividad y que el cuerpo jerárquico no puede ignorar en virtud de la ordenación sacramental. 

Pues bien, en orden a avanzar en esta dirección, me permito indicar varios puntos que sería bueno proponer y reivindicar en esta primera etapa sinodal para que, al menos, alguno de ellos acabara siendo un clamor eclesial 

El primero, que los obispos sean nombrados por un tiempo determinado con la participación del pueblo de Dios, bien sea eligiendo uno de entre tres candidatos que pueda enviar la Santa Sede, bien sea presentando una terna para que el Vaticano escoja uno. El segundo, que -siendo el cuidado de la unidad de fe y de la comunión eclesial la razón de ser de la autoridad en la Iglesia- lo normal es que lo aprobado por mayoría cualificada en los Sínodos, Asambleas y diferentes consejos eclesiales quede ratificado tanto por el Papa como por los obispos y sacerdotes, si no se atenta contra dichas fe y comunión eclesial. El tercero, que el laicado pueda desempeñar tareas de gobierno y de magisterio -hasta el presente reservadas a los obispos, presbíteros y diáconos- ya que ellos también están investidos de “autoridad” por el bautismo. El cuarto, que se establezcan Sínodos o Asambleas diocesanas regulares en todas las diócesis e iglesias del mundo. Y el quinto -de momento, último- que se instituya un Sínodo mundial no solo de obispos, sino de todo el pueblo de Dios con representantes del laicado, religiosos y religiosas, presbíteros y diáconos. 

Ya sé que habrá quien diga que estoy formulando propuestas imposibles “porque no es el momento para ello”, es decir, porque son “imprudentes”. Bueno, si esa es toda la fuerza de su argumentación, entiendo -a diferencia de ellos- que ha llegado la hora de insistir “a tiempo y a destiempo, con ocasión y sin ella”. Es más, creo que se nos ha convocado, precisamente, para decir lo que nos parezca más conveniente. Por eso, me permito acabar estas líneas formulando un deseo todavía más “imprudente”, pero igualmente necesario: ¡Ojalá este Sínodo sea el primer paso hacia un Concilio Vaticano III, por supuesto, de matriz indudablemente sinodal! 

 Jesús Martínez Gordo 

¿De cuerpo entero?

 

POR CRISTINA INOGÉS 

¡Al fin! Ya estamos de Sínodo. ¿Cómo lleváis lo de “sinodear”? Supongo que andaréis atentos porque la experiencia es prometedora. ¡Ánimo! Aunque a estas alturas ya lo sabéis todos, no está de más recordar que estamos todos invitados a participar. 

Diversidad y unidad 

Hace unos días releía el texto de Pablo, el capítulo doce de la Carta a los Corintios sobre la diversidad y unidad, y el símil del cuerpo. Me paré a pensar en la diversidad de dones, de carismas, de ministerios, y pensé en la diversidad de personas que formamos la Iglesia, que somos el cuerpo de la Iglesia. Una vez más admiré la maravilla que es esa diversidad y pensé en lo afortunados que somos de tenerla, aunque no sea para algunos fácil de asimilar, ni de aceptar. 

La parte en la que Pablo habla de los diferentes miembros del cuerpo, de esos judíos y griegos, y esclavos y libres –hombres y mujeres dirá en otro texto– que a pesar de ser muchos son un solo cuerpo y que ningún miembro puede decir a otro miembro que no lo necesita, me llevó a pensar en esas personas a las que les amputan un miembro de su cuerpo y, durante mucho tiempo, sienten que lo siguen teniendo, y les sigue doliendo. 

Eso me llevó a plantearme si nos duelen, si seguimos sintiendo a todos esos miembros que por mil razones están amputados de nuestro cuerpo eclesial, o ya estamos en la fase de haber olvidado la ausencia y el dolor y, sencillamente, ya no recordamos que existen. 

Ir contracorriente 

Y, de nuevo, la diversidad se hizo presente. Mejor dicho, la falta de ella al menos oficialmente. Hay muchos miembros del cuerpo eclesial que no tienen problemas en aceptar la diversidad, variedad, pluralidad, diferencia… ¡Hay tantas formas de decirlo! Sin embargo, para otros, la uniformidad viene a ser como un valor inamovible, eterno, que les da seguridad. Sin darse cuenta que esa seguridad es tan poco segura como lo está el agua en una cesta. 

¿Cómo podemos pensar que en la Iglesia estamos todos cuando faltan tantos de sus miembros? ¿Cómo a estas alturas podemos seguir preguntándonos cómo llegar hasta ellos, qué tenemos que hacer para acercarnos? Estas simples preguntas nos retratan como cristianos. No digo que nos identifiquen, digo solamente que nos retratan como cristianos de salón y, si se quiere, hasta de sacristía. ¿Los hemos visto y hemos mirado para otro lado? ¿Los hemos visto y, sencillamente, los hemos ignorado? ¿Acaso no los hemos visto y no hemos sentido su presencia en forma de ausencia? 

Ir contracorriente fue, es y será lo propio de los cristianos y eso significa actuar conforme a la Palabra, conforme a lo que Dios quiso para nosotros desde el inicio. Somos, todos, fruto de la evolución querida por Dios en la creación, somos el resultado del deseo de Dios, ¿cómo olvidarnos, cómo no aceptar parte de ese deseo, de esa creación? 

Lo esencial de la fe 

Toda teología, para que lo sea de verdad, tiene que ser teología encarnada. En este Sínodo de la sinodalidad en el que estamos ya inmersos, además de hacer y proponer una teología encarnada, tendremos que hacer una teología enraizada en las realidades que nos rodean, pero, sobre todo, en el sufrimiento humano. Y hay mucho sufrimiento en ese margen imaginario de la Iglesia, en esa línea que nos permitimos dibujar aquellos que nos consideramos dentro como si el espacio eclesial fuera de nuestra propiedad. 

Yves Congar, en su libro Verdadera y falsa reforma de la Iglesia, publicado a mediados del pasado siglo, dijo algo que se puede afirmar hoy sin ninguna duda. Frente a la Iglesia, cualquier persona de nuestro entorno puede decir que “más que los pecados de sus miembros, [nuestros contemporáneos] se escandalizarán de su incomprensión, de sus mezquindades, de sus retrasos”

Urge el reconocimiento de esa realidad humana que habita en esos márgenes que huelen a ocultamiento por nuestra parte. Esconder la realidad que debería cuestionarnos permanentemente lo esencial de nuestra fe, sigue dándole la razón a la reflexión de Congar. 

El don de la diversidad 

Ese cambio nos obliga a escuchar con toda la humildad y respeto el dolor, el sufrimiento, y hasta la ira de esas personas a las que un día alejamos de nosotros. Cuando una víctima, una persona herida, una persona abandonada es capaz de verbalizar el sentimiento sufrido, se inicia el camino de la recuperación. Se pueden olvidar las palabras que alguna vez nos dijeron, pero nunca, nunca, el sentimiento que nos causaron. Acariciar con la escucha no va a ser fácil, sin embargo, es condición indispensable para sanarnos mutuamente. 

Por duro que sea el encuentro, por dura que sea la escucha, por incómoda que sea la vergüenza que pasemos, merece la pena hacerlo porque sí, somos todos miembros muy diferentes de un cuerpo eclesial donde la diversidad de todo tipo es un don maravilloso deseado por Dios. 

De muchos de nosotros va a depender que podamos decir, de ahora en adelante, que somos una Iglesia de cuerpo entero. 

Una reflexión a propósito del próximo sínodo 

Por Marco de Carlo Hernández 

Hace algunos meses conocí a un extraordinario personaje, que ahora es mi amigo, y que no me alcanzaría este espacio para describir: gran conversador, bohemio, honesto, en pocas palabras una persona íntegra y feliz. Mi amigo José Luis es muy bueno en lo que hace, pero es el primero que oigo que dice: “yo no sé hacer esto, por eso lo hago con cuidado”, a pesar de que es un experto en el tema. Y él mismo lo dice bien, no se trata de una falsa humildad, sino de mantener los pies en la tierra y disfrutar de lo que uno sabe y le gusta hacer, cuidando los detalles. En una ocasión le pregunté cuál podría decir que es su secreto, y acercándose a mí, como si se tratara de una cosa muy privada, me dijo: a cada cosa hay que darle su tiempo. 

Esta anécdota a propósito de que en estos días llegó a mí el vademecum preparatorio para el Sínodo de los Obispos al que ha convocado el papa Francisco para el mes de octubre del 2023. Se trata de una reunión representativa de todos los obispos del mundo para tratar temas específicos. El documento, a pesar de los descuidos en la ortografía, me parece muy esperanzador. Me alienta muchísimo leer que la Iglesia quiere escuchar a todos, especialmente a los más alejados para, en esas voces, escuchar el clamor del pueblo de Dios y a Dios mismo. Algo muy necesario y oportuno en la iglesia del siglo XXI. Su proyección y objetivos son muy loables, las figuras bíblicas muy evocadoras y me parece que ofrece una gran inspiración. Les invito a todos a informase del tema y buscar lo que esta maravillosa invitación implica para todos. 

El mismo documento señala que el objetivo principal es escuchar, inclusive es la herramienta indispensable para la sinodalidad, que es el tema central del sínodo; pero lamentablemente, la escucha es algo de lo que cada vez más carecemos en la sociedad y en la Iglesia en la que vivimos. Desde que como humanidad comenzamos a grabar lo que escuchamos, primero en papiros y libros, luego en audios y ahora en videos, hemos perdido la capacidad de escuchar con atención; además ahora mismo vivimos en medio de una gigantesca cacofonía global, el estilo de vida moderna nos llena de mensajes que inundan de ruido toda nuestra vida ofreciéndonos cosas innecesarias, estilos de vida insostenibles y modelos a seguir que muchas veces son inhumanos. En este escenario nadie escucha a nadie. Entonces nos volvemos una sociedad impaciente, ya no queremos oratoria (rollo como coloquialmente se llama) sino fragmentos, videos de 20 segundos que me cuenten una pequeña parte de la historia antes de ‘swipear’ (termino anglosajón que de forma práctica significa pasar a otra historia si no me atrapa en los primeros cuatro segundos) y la conversación se ha desplazado por la transmisión personal breve de lo que puede significar un emoji. 

Nos hemos vuelto tan insensibles a la escucha que los medios de comunicación tienen que gritarnos con sus titulares aquello que desean atrapará nuestra atención, porque no prestamos atención a lo que no se destaca dentro de todo el ruido. Y este es un problema fundamental al que el itinerario de la preparación al sínodo no le está dando su tiempo. Es tan fundamental porque la capacidad de escucha consciente implica el entendimiento. Un mundo donde no hay escucha consciente es un lugar tenebroso y violento. Si esto lo transportamos a la Iglesia, el escenario será el mismo. 

La ciencia ha descubierto que en las estructuras de comunicación, pasamos casi el 60% del tiempo escuchando, pero solo retenemos el 25% de eso que escuchamos, lo que se traduce en un 16.6%. Y es que este ejercicio de escuchar se trata del significado que podemos extraer de aquello que escuchamos, es decir, en realidad es un proceso mental que obedece a patrones que lo hacen más o menos eficaz; por ejemplo, cuando se le llama a alguien por su nombre pone más atención en la escucha. Pero lo más importante del escuchar es la intención, aunque de intenciones no se vive, dice el refrán. Y es que según el itinerario ofrecido por el vademecum, el próximo abril se termina la etapa de escucha a los más alejados, es decir, en 5 meses, y estoy muy seguro que muchos de ustedes aún no han oído hablar del sínodo ni saben qué pretende. En pocas palabras, tiene una gran intención, pero no veo ninguna estrategia, ni estructura, ni recursos reales para lograr sus objetivos, y como generalmente pasa, los mismos de siempre, la gente de una iglesia para gente de iglesia, terminará imponiendo sus mismas opiniones sin realizar el ejercicio que se pretende. 

La escucha tiene una importancia fundamental porque además nos ubica en el espacio tiempo; escuchar el presente es ubicarnos en un aquí y ahora, reflejando la realidad, pero también contiene una narrativa que nos conecta con todo, el pasado y el futuro. De hecho en el documento se invita a todos a imaginar la Iglesia ideal; un ejercicio que, en las diócesis donde se ha impuesto la metodología prospectiva, ya conocemos, y que mientras no se haga con verdadera intención, no da resultados reales. 

Cinco requisitos 

Podría enumerar cinco requisitos para una escucha consciente. Primero el silencio, pero no un silencio violento utilizado como castigo, porque la indiferencia puede ser más dolorosa que un grito, sino un silencio intencionado para entender al otro, escuchar su necesidad real; segundo, aprender a escuchar al otro en medio de tanto ruido, o pasar de las expresiones violentas y ruidosas a escuchar la verdadera necesidad; tercero, conectar con la propia necesidad, disfrutar el ejercicio de escucha consciente y empática que tengo con aquel que estoy escuchando; cuarto, modificar las posturas de escucha, de una escucha activa a una pasiva y paciente, de una reducida, aquella donde solo escucho lo que me interesa, a una extendida, de una crítica a una postura empática; finalmente un acrónimo: ARCI (aceptar, reconocer, contestar, interrogar). Aceptar es encontrase con el otro y entender que detrás de su dolor existe una necesidad no cubierta; reconocer es agradecer que el otro hable, que se tome ese tiempo para decir lo que siente; contestar es replicar lo que me acaba de decir para, con mis palabras, esta misma persona se escuche y confirme qué eso es lo que siente; interrogar si es así como se siente o reformular lo expresado a modo de llegar a su necesidad auténtica. 

Todos, pero especialmente como Iglesia, necesitamos escuchar conscientemente para un crecimiento pleno, para conectarnos en la realidad presente, en el espacio y tiempo que vivimos, para entendernos los unos a los otros y realmente hacer una conexión espiritual como lo expresa la intención del sínodo en el vademecum. De no hacerlo así, este ejercicio de escucha global que se pretende, entrará en un terreno muy resbaladizo quedándose muy lejos de su intención y seguiremos, los que hemos sido empujados al borde del camino, los despreciados y excluidos, los que hemos sido vetados y tenemos que vivir en las periferias, contemplando una jerarquía sorda, ciega y muda que no refleja la compasión y misericordia que predicó Nuestro Señor Jesucristo. 

Quiero terminar pidiéndote, querida (o) lectora (or), hagas un ejercicio; pregunta a cinco personas, de esas que están más alejadas de la Iglesia o de la fe, si saben lo que es un sínodo o han escuchado que se va realizar uno. Y te invito a que te expreses, a que utilices tus redes sociales, tus estados de WhatsApp, o cualquier otro medio que tengas a tu alcance para decir qué Iglesia del siglo XXI sueñas ver. Utilicemos el hashtag #PreguntameAMi o #QuieroEstaIglesia o cualquier otro. Hagamos resonar nuestra voz para ser escuchados y contribuir a la paz, inclusión y compasión evangélica que deberíamos vivir. 

Ser Iglesia es ser Sínodo

Michael Czerny: “Ser Iglesia es ser sínodo, ya sea recorriendo el Amazonas o subiendo las montañas de Suiza” 

El cardenal ha participado en el XII Foro de Friburgo de la Iglesia en el Mundo, que se ha celebrado con el tema ‘La mirada de una Iglesia ‘Franciscana desde el Sínodo de la Amazonía’ 

“La sinodalidad se refiere a la esencia misma de la Iglesia, a su realidad constitutiva, y así se orienta hacia la evangelización. Es una forma de ser eclesial y una forma profética de servir hoy al mundo. Ser Iglesia es sínodo”. Así lo ha expresado el cardenal Michael Czerny, subsecretario del Dicasterio para el Servicio del Desarrollo Humano Integral, durante su alocución en el XII Foro de Friburgo de la Iglesia en el Mundo, que se ha celebrado con el tema ‘La mirada de una Iglesia ‘Franciscana desde el Sínodo de la Amazonía’. 

“La Iglesia existe en muchas formas distintas, desde la familia y la parroquia, a través de la diócesis y todo tipo de asociaciones, organizaciones y movimientos, a la conferencias episcopales y la Sede de Pedro”, ha aseverado el cardenal, subrayando que todas estas manifestaciones “necesitan procesos de escucha, cooperación y sinergia” para que puedan “participar en el camino sinodal, ya sea recorriendo las vías fluviales del Amazonas o subiendo y por las montañas de Suiza”. 

Haciendo un recorrido por los distintos hitos del pontificado de Francisco desde el Sínodo de la Amazonía –incluyendo el documento Documento Final del Sínodo y las encíclicas del Papa– el purpurado ha apuntado que, de hecho, este camino recorrido durante estos años es un llamamiento a las Iglesias particulares a “descubrir los propios potenciales y fecundidad” así como a “iniciar sus propios procesos sinodales” para “descubrir sus propios nuevos caminos”. 

Nuevos caminos 

De hecho, los “cuatro sueños” del papa Francisco para la Amazonía –el sueño social, cultural, ecológico y eclesial– pueden “aplicarse a todas las regiones del mundo”. Por ello, Czerny ha querido animar a los asistentes a preguntarse si pueden “experimentar, espiritual y pastoralmente, la integridad de estos nuevos caminos para la Iglesia y para una ecología integral”. 

“Lo que el Santo Padre ha sugerido audazmente es un mayor sentido eclesial que abre horizontes”, ha aseverado el purpurado. “Es bastante sorprendente que el factor dinamizador no esté limitado por nuestros límites habituales: mi diócesis, mi estado, mi rincón del mundo, sino que proviene de algo más grande, más diverso y de una Amazonia vulnerable, cada vez más vital para la salud del mundo”, ha añadido. 

Asimismo, ha señalado que en ‘Fratelli tutti’ la “advertencia” del Papa “no podría ser más clara”. “O somos hermanos y hermanas, o todo falla y nos destruimos unos a otros. Hermano y hermana es la frontera en la que debemos construir, el desafío de nuestro siglo, el desafío de nuestro tiempo”. 

De cara a octubre de 2023, “anticipamos con alegría el Sínodo sobre la sinodalidad”. Y es que en este sínodo, en el que se pondrá de manifiesto ese carácter sinodal de la Iglesia, “se ha pedido a todas las diócesis que participen en su preparación. Aquí está la oportunidad de reunir los pasos anteriores en un proceso continuo, convirtiendo la palabra Iglesia en verbos: encontrar, reparar, funcionar, servir, orar”. 

Propuestas para vivir una Iglesia más sinodal

por Academia de Líderes Católicos  

La sinodalidad en la vida y en la misión de la Iglesia ha sido rescatada por la reforma del Concilio Vaticano II y está inserida en la perspectiva eclesiológica de “Pueblo de Dios”. Sus intuiciones y proposiciones contadas en los documentos conciliares apuntan a la sinodalidad en la vida eclesial. Una gran contribución para el rescate de la sinodalidad eclesial promovida por el Vaticano II, sin dudas, actualmente, viene del Papa Francisco

Eso se refiere de manera muy clara y transparente en la actuación de su vida pública como también por sus numerosos documentos publicados. Se menciona aquí algunos de estos documentos: Evangelii Gaudium (2013), Amoris Laetitia (2016), Laudato Si (2015), la gran alocución por ocasión de la Conmemoración del Sínodo de los Obispos (2015) en Roma sobre el tema de la sinodalidad como camino de la Iglesia en el tercer milenio, la Exhortación Apostólica Gaudete et exultate refiriéndose a la santidad en el mundo de hoy (2018), la consulta al Pueblo de Dios sobre el Sínodo de los Obispos en Roma, etc. Muchas otras cosas se dieron posterior a su elección, sobretodo el papel que el Papa asume para gobernar la Iglesia. 

Una nueva Iglesia más sinodal 

El Papa Francisco pide una Iglesia distinta, más abierta y que dialogue con la realidad de hoy. Una Iglesia donde haya una escucha recíproca, donde todos tienen algo que aprender. El camino sinodal empieza por escuchar el pueblo y las  Iglesias Particulares. Con esta convicción, el Papa inauguró en el día 09 de octubre del 2021 la sección de apertura del proceso sinodal 2021-2023, con la temática: “Por una Iglesia Sinodal: comunión, participación y misión” (2021) donde pide una Iglesia “diferente” que sea capaz de superar visiones verticalizadas, distorsivas y parcializadas. 

El Papa Francisco propone un Sínodo precedido por un proceso inédito de consultas y de manera descentralizada, por la primera vez, con asambleas diocesanas y continentales que culminará con la Asamblea General de los Obispos, en octubre de 2023 en Roma. Este Sínodo envolverá toda la Iglesia, Iglesia local, Diócesis en un proceso de escucha y discernimiento. 

Todos nosotros somos llamados a participar en la vida de la Iglesia y en su misión. Lo que está en pauta es la necesidad de promover un modo nuevo de hacer con las características de una participación activa de todos los bautizados. Francisco (2021) exhorta que nosotros “somos llamados a la unidad, a la fraternidad que nace del sentimiento de que somos abrazados por el único amor de Dios”. Nos deja claro que las tres palabras del Sínodo: “comunión, participación y misión” expresan y recuerda el misterio de la Iglesia. 

En ese sentido, implementar una Iglesia sinodal es una tarea muy compleja y difícil, porque implica cambios en el ser y en la manera de hacer de la Iglesia. Se impone cambios en las relaciones de igualdad y autoridades en la Iglesia, con los ojos en decisiones ya tomadas. En la sinodalidad, el sujeto de la Iglesia no es el clero sino que la comunidad eclesial, pues existe una corresponsabilidad de todos en todo lo que compite a la Iglesia. 

Ministerios al servicio del bien común 

Hay numerosos y distintos ministerios, más todos en el seno de la comunidad eclesial y a su servicio. Los mismos que presiden, deciden o comandan la comunidad, pero ante todo, ejercen el “ministerio de la coordinación”  co-ordenan a todos para el servicio de todos a todos; crean armonización en la diversidad en función de la unidad de la comunidad eclesial. Una comunidad-sujeto de pastoral se fundamenta en cuatro principios base: 

  • Intervención de todos: para una comunidad-sujeto, todos los interesados tienen el derecho de participar con su voz y voto, para que se pueda promover decisiones y provoquen cambios estructurales con el consenso de todos. 
  • Discernimiento comunitario: un discernimiento que tenga la capacidad de valorar las diversidades y las distintas maneras de pensar, sobretodo de las mujeres en distintas instancias y decisiones. De esta manera, se va resolviendo y teniendo la verdad de pensamiento delante las diferencias. 
  • Decisión compartida: todos tienen poder de decisión, pero jamás solos; se toman las decisiones con todos los demás que integran el proceso. Para esto, se hace necesario mantener la persistencia en el movimiento de rompimiento con el poder institucional abierto cada vez más para las causas del Reino. Un paso fundamental para la decisión compartida es desarrollar la apertura y la escucha entre clérigo y el laico. 
  • Acción desconcentrada: sin autonomía, no hay responsabilidades, sujetos. Autonomía de las personas y de los espacios eclesiales, en relación a la autoridad y a la institución.  La sinodalidad exige una administración según el principio de la subsidiariedad: todo lo que está en la superioridad sirve/subsidia/apoya todo lo que está en la base, pues la sinodalidad solo tiene vida si es de abajo para arriba, condiciones estas para el ejercicio de un poder-servicio. 

Una sinodalidad en comunión de saberes 

En síntesis, el ejercicio de la sinodalidad implica en un proceso apoyado en estructuras de comunión, como estas: los organismos de globalización y acción, que son la asamblea y el consejo de pastoral en los distintos espacios eclesiales en comunidad, parroquia, diócesis; y los mecanismos de coordinación, que son equipos de coordinación de los distintos servicios de pastoral y los equipos de coordinación de los ámbitos eclesiales. 

Son estos organismos que posibilitan una pastoral orgánica y de conjunto: orgánica en el sentido de que cada servicio de pastoral o espacio eclesial es un componente de un mismo y único cuerpo que es la Iglesia Local; y de conjunto, donde cada servicio pastoral o espacio eclesial convergen para el mismo objetivo. 

En el documento final del Sínodo de la Amazonía (26 de octubre de 2020), varias expresiones se refieren a la sinodalidad: conversión sinodal de la Iglesia; inculturación de la organización y el ministerio eclesial (85); cultura del diálogo, escucha mutua, discernimiento espiritual, consenso y comunión, decisiones conjuntas para responder a los desafíos pastorales (88); reconocimiento, expansión y participación de los laicos, especialmente de las mujeres en la toma de decisiones en las distintas instancias de la Iglesia (92; 94); “… se pide que las voces de las mujeres sean escuchadas, consultadas y sean partícipes en la toma de decisiones y así poder contribuir con su sensibilidad a la sinodalidad eclesial (101). 

Concluyendo podemos afirmar que la sinodalidad no es una mera opción, es el único modo autentico de ser una Iglesia misionera, una Iglesia participativa, una Iglesia más acogedora y una Iglesia más armoniosa. Es en esta Iglesia que vemos manifestado el primado de los bautizados y el papel dinámico de la acción del Espírito Santo. 

Por Clélia Peretti. Doutora em Teologia pelas Faculdades EST. Pós-doutora em Fenomenologia pelo Centro Italiano di Ricerche Fenomenologiche — CIRF. Professora do Programa de Pós-Graduação em Teologia — PPGT da Pontifícia Universidade Católica do Paraná y membro da Academia de Líderes Católicos 

El éxito del Sínodo

¿De qué depende el éxito de este Sínodo? 

Por | Gonzalo Haya, teólogo 

El éxito de este Sínodo no estará en lo que los obispos determinen al final; el éxito estará en que los cristianos practiquemos la sinodalidaddurante todo el proceso. El éxito estará en que tomemos conciencia de nuestra responsabilidad en la reforma de la Iglesia, de que somos portavoces del Espíritu Santo. 

La reforma de la Iglesia no depende de la Curia vaticana ni de los obispos (¡así nos va!) depende de nuestra sinodalidad, de nuestra experiencia de Dios y del mensaje Jesús; experiencia personal y comunitaria. 
No se trata de saber mucha teología para discernir entre complejas tesis especulativas; no es un sínodo teológico sino pastoral. Se trata de sentir el mensaje que nos transmiten los evangelios, de trasladar al mundo actual el testimonio de amor y solidaridad por el que eran conocidas las primeras comunidades cristianas: “mirad cómo se aman”

¿Qué podemos aportar nosotros? 

Cada día podemos constatar que, en nuestro mundo occidental, las iglesias se van quedando vacías, los jóvenes se desinteresan, faltan vocaciones al sacerdocio, conocemos los escándalos de pederastia que los obispos nos habían ocultado, la Iglesia pierde autoridad y credibilidad. El Papa muestra su deseo de una profunda reforma, pero encuentra resistencia en las altas jerarquías (“como un pastor entre lobos” dijo el prudente Benedicto XVI) y pide nuestro apoyo a todos los cristianos que sientan la necesidad de esta reforma. 
¿Cómo percibe todo esto nuestra conciencia? Quizás lo lamentamos pero no sabemos cómo podemos reaccionar

Lo primero que podemos expresar es si sentimos la necesidad de esta reforma y si queremos apoyar y realizar las líneas que el Papa está proponiendo. Podemos y debemos dialogar estas preocupaciones con nuestra comunidad cristiana. 

En cuanto a propuestas de reforma, podemos expresar las que se nos ocurrenespontáneamente a cada uno, releyendo algunos pasajes de los evangelios, consultando los comentarios de otros cristianos, o acudiendo a los diversos artículos que se van publicando en revistas y webs sobre estos temas. Muchas webs y comunicados de grupos cristianos tratan de la reforma de la Iglesia y proponen medidas más o menos urgentes. La web de Fe Adulta ha abierto una sección sobre el Sínodo en la que recoge artículos, sugerencias, experiencias personales, y ejemplos de buenas prácticas. 

En este artículo quiero destacar dos perspectivas sobre las que podemos reflexionar en conciencia y compartir nuestras conclusiones con nuestras comunidades. 

En términos concretos, prácticos e inmediatos, podemos centrarnos en la corrección de la hipertrofia del clericalismo, sobre la que viene insistiendo el Papa, porque el clericalismo ha dominado la institución eclesiástica y ha provocado la pasividad de los laicos, su desinterés y su abandono. 

El concilio Vaticano II resaltó el papel del pueblo de Dios, la importancia de los carismas que el Espíritu suscita en los diversos miembros, y el sentido de servicio del carisma de gobierno que se ejerce en la comunidad. 
Para volver a equilibrar la relación entre la comunidad y la jerarquía convendría volver a la costumbre original de que el pueblo elija a sus presbíteros y obispos; y la ordenación de mujeres y hombres casados

En términos más generales y a largo plazo pero más fundamentales, podemos insistir en la vuelta al evangelioal predominio de la misericordia sobre la ley, de la ortopraxis sobre la ortodoxia; y rechazar claramente los tristes ejemplos de posesión de poder y dinero, que son las dos mayores tentaciones que Jesús señaló contra el espíritu evangélico. 

Para evitar la tentación del dinero podríamos proponer separar por una parte la economía necesaria para desarrollar el ministerio asistencial de la Iglesia -centrándola en Cáritas y dirigida por laicos independientes del clero- y por otra la economía del desarrollo de la pastoral y de la misma institución eclesiástica. 

Reconocer que para superar el injusto abismo entre la situación económica entre los pueblos (¡la distribución de las vacunas!), y lograda con la sobreexplotación de la tierra y de las riquezas naturales de otros pueblos menos industrializados, es imprescindible (y a la larga inevitable) el decrecimiento de nuestro nivel de vida. Y los cristianos deberíamos ser promotores de esta dura empresa. 

Para evitar la tentación de poder político habría que renunciar al Estado Vaticano, y para evitar el poder interno habría que renunciar a la absorbente curia vaticana. En ambos casos bastaría la autoridad que les atribuya el pueblo cristiano, basada en el servicio evangélico de sus representantes más que en la imposición de leyes. 

¡Ven, oh Santo Espíritu! llena los corazones de tus fieles y enciende en ellos el fuego de tu amor.