El liderazgo sinodal

Cristina Inogés “El liderazgo sinodal es poner a la persona en el centro”

La teóloga y Maria Luisa Berzosa dieron claves para la gestión de las congregaciones durante la segunda jornada de la Asamblea General de la CONFER

La segunda jornada de la Asamblea General de la CONFER ha abordado, de la mano de Cristina Inogés y Maria Luisa Berzosa, el liderazgo sinodal. En un formato participativo, han destacado la importancia de la persona, “por encima de la institución” y la figura de los votos como “una ventana abierta a la libertad”.


Abrió el fuego Inogés, recurriendo a san Juan y a los tres mosqueteros para exponer el concepto de liderazgo sinodal. Así, este tipo de mandato “arranca del evangelio de san Juan, donde desaparecen los apóstoles pero todos somos discípulos”. Terminó recurriendo a los héroes de Dumas para concretarlo: “‘Todos para uno y uno para todos’. En este lema se recoge la idea del liderazgo sinodal. Atos, Aramis y Portos son tres personas totalmente diferentes que, sin embargo, actúan en conjunto, como una sola. Y lo hacen porque tienen una misión”.

Entonces, “si ellos son capaces de actuar así, nosotros, que tenemos una misión muchísimo más importante, tenemos que poder hacerlo. Podemos crear liderazgos sinodales”, insistió la teóloga. En este sentido, abundó en que “hay que poner a la persona en el centro. La institución no puede estar por encima de la persona. Por ejemplo, en las visitas, hay que preguntar ‘¿como estás’ no para que te respondan ‘bien’ o ‘me duele la pierna’, sino preguntar si siente que es feliz, si las funciones que tiene son lo que ella puede aportar, si se siente arropada, o sola… “.

“Todos para uno y uno para todos”

Algo fundamental para que pueda funcionar este tipo de liderazgo “es la comunicación“. En este sentido, Inogés subrayó la importancia de “establecer canales de comunicación válidos, conforme a las realidades y necesidades de cada congregación. Después, es fundamental contar con una persona preparada al frente de la comunicación de cada congregación“.

En este aspecto, Berzosa advierte: “hay que tener cuidado con cómo se dicen las cosas. Y mucho cuidado con el secretismo. Sobre todo, porque al final se sabe todo y crea mal ambiente, rompe la sensación de pertenencia al grupo. Somos familia, y debemos saber todo, lo bueno y lo malo. Debemos elegir bien los canales”.

Poder vs Autoridad

Interpelada por los asistentes, Inogés explicó que la diferencia entre “poder y autoridad es que el poder vence, pero la autoridad convence”. en este sentido, se remitió al ejemplo de la Virgen. “Muchas veces nos venden una imagen de María como la que obedece, y se confunde esa obediencia con sumisión. Ella dialoga con el enviado del Señor, que es como hacerlo con el Señor. Y hay que ver el contexto de la época… Por otro lado, se habla poco del sí de José, y se le ve con otra perspectiva“. En cualquier caso, “obediencia sí, sumisión no”.

También hizo referencia Berzosa a los votos. Explicó que, para ella, lejos de ser una cárcel, “son una ventana abierta a la libertad“.

«Caminar juntos» implica «ser juntos»

Pikaza: «Es bueno que las confesiones cristianas sean distintas, pero no para condenarse, sino para iluminarse mutuamente»

Unidad de los cristianos
Unidad de los cristianos

Sínodo (Syn-hodein) significa caminar juntos, no ser todos lo mismo, sino ir andando y comunicándose (acompañándose) unos a los otros, en un plano de conocimiento y vida

Es bueno que las religiones y las confesiones cristianas sean distintas, pero no para enfrentarse y condenarse, sino para iluminarse y ayudarse mutuamente, enriqueciéndose así unas a las otras.

Por Xabier Pikaza

Partiendo de Jesús, un rechazado

    A fin de mantener sus privilegios y seguir dominando como hacían, los poderes establecidos, que controlaban las redes sacrales (sacerdotes) e imperiales (soldados) del siglo I d.C., mataron a Jesús, pensando que así deshacían su obra y acallaban su mensaje, pero no lo consiguieron, pues tenían poder, pero no palabra ni proyecto de vida compartida, no tenían caminos para acompañarse mutuamente.Unos apelarona su templo, otros en sus legiones, y pactaron para matar a Jesús, pero no pudieron destruir su mensaje, ni su vida, sino todo lo contrario: Con su misma decisión de muerte hicieron posible que Jesús mostrara y desplegara radicalmente su proyecto, como nuevo comienzo de vida (grano de trigo que cae en la tierra…: Jn 12, 24).

Subió Jesús sin armas ni dinero a la ciudad de las promesas, que era entonces Jerusalén. De igual forma, los hombres religiosos de este tiempo pueden y deben ofrecer su tarea de humanidad (comunicación y paz) a pesar de las posibles amenazas de los poderes dominantes, al servicio de la comunión humana.

(1) En la línea de Jesús, para promover la comunión de los hombres, las iglesias no necesitan ejércitos más fuertes, sino todo lo contrario: deben renunciar a los ejércitos. Ellas han de promover la comunión, poniéndose al, de los pobres y excluidos de la tierra. Si no está al servicio de ellos no tiene sentido este octavario.

(3) Las iglesias tampoco necesitan un dinero especial, propio, pues aquello que se adquiere y mantiene con dinero debe defenderse con armas y dinero, y la unidad  que las iglesias han de promover a través de sus caminos (en forma sinodal) es comunión de “palabra” compartida.

La alternativa de las víctimas.

Jesús no fue un héroe, ni un superman, ni un santo asceta o moralista…, sino un hombre que vivió a favor de los demás, abriendo un cuerpo o comunión de humanidad compartida. Aquí se funda la propuesta de sinodalidad cristiana.

Más de una vez, las iglesias cristianas han buscado la paz y unidad de Jesús por la  fuerza (¡como si la fuerza hiciera la unión), pro con eso le han traicionado: han apelado a los poderes civiles para defenderse, han creado instituciones sacrales y sociales, con aparatos de poder administrativo y legal y de esa forma han terminado edificando muros, no abriendo caminos de diálogo, en forma de “sínodo”.   

            En contra de eso, la unidad de las iglesia se expresa y realiza caminando (avanzando) juntos, al servicio de los más excluidos de la comunión humana. Por eso, la comunicación entre los cristianos no necesita instituciones centralizadas de tipo impositivo (pues en ella todo es centro y todo periferia), ni pactos especiales con los poderes del sistema (que apelan siempre a las armas para defenderse). Ella necesita sólo comunidades caminantes, que son como bicicletas (perdónese el símil) pues sólo se mantienen firmes avanzando.

La paz es Palabra encarnada, no argumento.

La verdad de los cristianos es su oferta de palabra, caminando con aquellos que caminas a su lado; por eso, allí donde triunfara por imposición el cristianismo habría muerto La finalidad del cristianismo no su triunfo, ni la extensión de una iglesia que dice llamarse cristiana, sino que los hombres y mujeres puedan darse vida y compartirla en gratuidad, mientras avanza, siendo así Palabra encarnada y comunicada, de un modo directo, inmediato, sin la mediación impositiva de una ideología, de un capital, de un ejército.

La unidad de los cristianos es la comunión de por la palabra, el diálogo de cada iglesia con otras iglesias, buscando cada una el bien de las demás antes que el propio. Por eso, una iglesia que utilizara algún poder para imponer o expandir su pretendida verdad dejaría de ser cristiana. La verdad solo es «verdadera» allí donde no apela a su verdad, donde no toma ni impone ningún tipo de ventaja (cf. Mt 12, 18-21).Por eso, si los cristianos buscaran el triunfo de su iglesia como institución dejarían de ser evangélicos y la iglesia no sería ya cristiana.  

El Evangelio es testimonio de comunicación, no doctrina impuesta

La iglesia no tiene que dar lecciones a otros, ni resolver problemas en un plano de sistema, diciendo a políticos o economistas, a militares o jueces lo que ellos han hacer en sus respectivos campos. La iglesia debe limitarse a ser iglesia, en diálogo de paz con otros movimientos religiosos y humanos que también buscan la paz, escuchando y ofreciendo de manera esperanza su propuesta, es decir, su Buena Noticia.

La verdad de la iglesia no es un dogma separado, sino su misma vida, que ella ofrece y comparte con todos. No está para dar lecciones (doctrinas, teorías), sino para compartir caminos, entre los cristianos y con todos en el mundo.

 No hay primero fe cristiana, sin comunicación personal ni diálogo gratuito, y luego comunicación, porque el contenido de la fe es la misma comunicación, es decir, el amor mutuo entre los fieles y todos los hombres.

Por eso, una propuesta de unidad cristiana que fuera independiente de la vida, o que viniera después, como una consecuencia que brota de otros principios, no sería cristiana. Este es el contenido de la fe evangélica: que los hombres se amen, dándose la vida, en camino pascual de paz.

Jn 14,1-6.En la casa de mi Padre hay muchas moradas, esto es, muchos caminos

7/20. La Segunda Venida De Cristo “Jesús Promete Volver” (ESTUDIO DE …

Muchos pensaban que sólo había una morada, una forma de ser y de vivir, impuesta desde arriba, por la fuerza, tanto en el judaísmo de la ley (algunos fariseos), como en el judaísmo sacerdotal (un templo). Algunos cristianos quisieron imponer ese modelo de morada única, pero el evangelio de Juan se opuso, y lo hizo apelando a la pregunta de Pedro que le había dicho que le había dicho: ¿Dónde vas? (Jn 13, 36).

            Pedro quiere saber dónde va Jesús, para tener la llave de la puerta y abrir sólo a los suyos (los de Pedro, no los de Jesús); y Jesús le respondió: “No te turbes, Pedro, no te turbes Papa, en la casa de mi Padre hay muchas moradas”. Dios es comunión, Dios es sínodo, no es sólo como tú lo piensas (Jn 14, 1

            En esto interviene Tomás, el inteligente… (toda la tradición le presenta como más sabio que Pedro). Pues bien, este Tomás se atreve a seguir donde se ha parado Pedro… y le dice a Jesús: No sabemos dónde vas (¡hay muchas moradas!) ¿cómo podremos saber el camino? (Jn 14, 5). Y es entonces cuando Jesús le dice: Yo soy el camino, la verdad y la vida… (Jn 14, 6).

Eso significa: vayas donde vayas ven conmigo…Si las “moradas del Padre” son muchas, muchos han de ser los caminos de Jesús… caminos diversos, pero todos de Jesús, todos hacia el Padre, todos en diálogo. Este es el programa del octavario por la comunión de las Iglesia.

            Tomás pregunta aquí también, y Jesús le responde: Muchas son las moradas, hay formas distintas de aplicar el evangelio, pero todas han de fundarse en la entrega de Jesús hasta la muerte, en el amor más hondo, en comunión de vida con él, como describió Santa Teresa en su libro de las Moradas. Hay formas distintas de aplicar la Buena Nueva, pero Jesús es el camino, la verdad y la vida, en él avanzamos, conocemos y somos. Su ciudad es una ciudad grande, como la Ciudad Biblia

 La gran iglesia, comunión de Iglesias

              En un mundo dominado por el miedo al destino, poblado de fuerzas astrales y poderes demoníacos, los seguidores de Jesús ofrecieron la confianza en Dios Padre y la certeza de su amor más íntimo (dirigido a cada uno de los hombres y mujeres) y más universal (abierto al conjunto de la humanidad, asumiendo y desbordando incluso los esquemas del orden social dominante, representado por un Imperio romano que quería extenderse a todo el mundo conocido).  

Dentro de una sociedad donde se habían perdido los antiguos criterios morales de la mayoría dominante de población y todo podía comprarse, venderse y cambiarse (cf. Ap 13-14; 18, 12-13), los cristianos se mostraban seguros de su vocación y dignidad, como hijos de Dios y portadores de una fraternidad sagrada que les unía a todos los hombres, sabiendo que en la casa del Padre han varias moradas (formas distintas de Iglesia), pero todas en la línea del camino de Jesús, que es la verdad, que es la vida (no en línea de imposición, sino de comunión).

Este es el ideal de la gran iglesia (=comunión de Iglesias; una iglesia de muchas moradas), una iglesia en forma de simbiosis, no de una fusión en la que todo se confunde, ni de una imposición en la que un grupo domina sobre otros.  Éstos son algunos de sus rasgos:

  (a) Hechos 2-4. Vida común: Ser capaces de con-vivir, compartiendo los bienes de la vida. La iglesia de Jerusalén, que se desarrolló en torno a Santiago,  esarrolló una intensa experiencia de vida común, que Lucas ha presentado como modelo para todas las iglesias: «Tenían los bienes en común; vendían sus posesiones y las repartían entre todos, según la necesidad de cada uno» (Hech 2, 44). Aquella era, sin duda, una comunidad escatológica, en la línea de otros grupos judíos de aquel tiempo; pero ella ponía de relieve una intensa experiencia de culminación mesiánica, lograda ya por Jesús.

            Se trataba de una comunidad «pobres» (es decir, generosos; no apegados a lo de cada uno, sino buscando cada uno el bien de los demás: «la multitud de los creyentes tenían un corazón y una mente, y ninguno llamaba propios a sus bienes, sino que los tenían en común…; y no había entre ellos nadie que fuera pobre, pues los que poseían campos o casas los vendían y ponían el producto de la venta a los pies de los apóstoles, que daban a cada uno lo que necesitaba» (Hech 4, 32-24).  

(b) Mateo 18. Organización común. El que no acepta la comunión queda fuera Iglesia. La iglesia de Mateo no es congregación de creyentes intachables, compañeros según ley cumplidores del derecho. Al contrario, ella es comunión de pobres (pequeños) perdonados, que se acogen y ayudan unos a los otros (cf. Mt 18, 1-14). Desde aquí surge el problema: ¿Puede mantenerse una comunidad desde el perdón? Ella es una iglesia abierta a todos, pero sólo si ellos saben aceptarse y perdonarse unos a otros (Mt 18, 15-17).

            En principio, la iglesia se abre a todos, pero si hay alguien  que no acepta su apertura ni perdona, si rechaza al grupo entero y si se niega a vivir en actitud de comunión hacia todos queda fuera de la unión comunitaria. Ésta es una iglesia donde hay  caminos distintos, varias moradas, como sabe el evangelio de Juan, pero caminos y moradas que no se excluyen ni condenan entre sí, sino que dialogan, se perdonan, se ayudan mutuamente.

 Caminando con Pablo.

  En perspectiva pascual, la experiencia del Espíritu, expandida a todo el mundo de forma misionera, desemboca en el surgimiento de un grupo de los fieles que se unen para siempre en comunión. Es evidente que, escribiendo el libro de Hechos, Lucas quiere presentarnos más que un hecho del pasado una imagen ideal de lo que debe ser la Iglesia del principio. En ella han venido a expresarse, sin embargo, algunos rasgos esenciales de la toca comunión cristiana:

 Todos los creyentes tendían a lo mismoy tenían todas las cosas en común (Hech 2,44). La multitud de los creyentes tenía un corazón y un alma sola;y nadie llamaba suyo aquello que tenía, sino que todo lo tenían en común (Hech 4,32).

 Conforme a la visión de conjunto del libro de los Hechos, esta nueva comunión es fruto y presencia del Espíritu de Cristo. Allí donde los fieles aguardaban quizá la destrucción del mundo, allí donde temían el gran juicio, ha llegado por Jesús la comunión de amor que ha de expresarse en un plano económico (bienes), afectivo (corazón) y vital (alma).

Más allá de la pura ley. La gracia de la comunión (Pablo)

              Hay formas distintas de vida, pero todas se vinculan en Cristo. Hay grupos diferentes, culturas, sexos… Pero ninguno por encima de los otros, pues todos pueden “comulgar” (reconocerse y ayudarse mutuamente en Cristo”.

  •  ya no hay más judío ni griego,
  • ya no hay más siervo ni libre,
  • ya no hay más varón ni hembra;
  • todos vosotros sois uno en el Cristo Jesús (Gal 3,28).

 Esta unidad universal en Cristo forma el principio y contenido de la nueva experiencia de libertad cristiana, fundada en el Espíritu (cf. Gal, 4,5-6). Así lo desarrolla Pablo en 1 Cor 12-14: «hay división de carismas, pero un mismo Espíritu; hay división de servicios, pero un mismo Señor; hay división de actuaciones, pero Dios es quien actúa todo en todos»  (1 Cor 12, 4-6).  

             Este es el milagro cristiano, esta  es la novedad del evangelio: que todos los hombres y mujeres de la tierra pueden compartir y comparten desde Dios, en Cristo, unos caminos de esperanza, una experiencia radical de amor. Unos y otros, hombres y mujeres se distinguen y separan de múltiples manera, pero todos se vinculan en lo mismo, porque el Espíritu es unión y así suscita la unidad de los creyentes separados (1 Cor 12,7-11):

  •  Como el cuerpo es uno y tiene muchos miembros,
  • así también el Cristo.
  • Porque todos nosotros hemos sido bautizados
  • en un mismo Espíritu para formar un solo cuerpo,
  • ya seamos judíos o griegos, siervos o libres;
  • y todos hemos bebido un mismo Espíritu (1 Cor 12,12-14).

             Un tipo de judaísmo nacional formaba un cuerpo bien organizado y bien tratado, por la fuerza conformante de la ley y las costumbres sociales, culturales, religiosas. Pues bien, los cristianos (judíos mesiánicos) han superado ese nivel de comunión. Su iglesia incluye, como en nueva experiencia germinal, a judíos y gentiles, a esclavos y libres, a hombres y mujeres, pues les une un tipo más alto de personalidad,  la comunión en Cristo.

            Tienen caminos que pueden ser distintos, incluso moradas diferentes… pero hay algo más alto que les une:  Los creyentes han sido bautizados, es decir, han renacido por la fuerza de Jesús, en el Espíritu; por eso, como muertos a este mundo viejo han superado los antiguos niveles de lucha y opresión interhumana. Pero no han nacido en forma individual y separada, desligados los unos de los otros; han nacido como cuerpo, de manera que se encuentran vinculados en amor, en solidaridad y transparencia, los unos a los otros (1 Cor 12,14-30).

  • Esforzaos por guardar la unidad del Espíritu, en el vínculo de la paz.
  • * Hay un sólo cuerpo y un Espíritu,
  • como es una la esperanza de vuestra vocación,
  • a la que habéis sido llamados.
  • * Hay un Señor, una fe, un sólo bautismo.
  • * Hay un Dios que es Padre de todos (Ef 4, 3-6).

 La unidad de Dios Padre y la Unidad del Señor Jesus (expresada en fe y bautismo) se convierte por medio del Espíritu en unidad del cuerpo que es la iglesia, es decir, la comunión de las iglesias… con un mismo Señor Jesús con un mismo Espíritu Santo, con un mismo Bautismo, recreados en Cristo.

Una iglesia encarnada en muchas iglesias. El testimonio de Juan

             Ésta es la comunión en el amor, el amor que a todo vincula, por encima (a través de) las diferencias externas de las Iglesias:   

  • Para que todos sean Uno, como tú, Padre, en mí y yo en ti,
  • para que también ellos sean uno
  • y el mundo conozca que tú me has enviado.
  • Para que sean uno, como nosotros somos uno,
  • yo en ellos y tú en mí,
  • para que sean perfectos en la unidad (Jn 17, 21-23).

 Esta unidad perfecta, realizada en forma de comunión interhumana, constituye el misterio y presencia del Espíritu, la comunión real de las iglesias. Crear esa unidad: esta es la vocación y tarea de la iglesia, en medio de una historia humana que sigue estando dividida.

    Esta es la comunión que se expresa y despliega allí donde cada uno vive al servicio de los demás, de aquellos que caminan a su lada. Ésta es la comunión de las iglesias, que no empiezan buscando su bien propio, sino el bien de las otras iglesias, para crear de esa manera un “nosotros” más alto de unión con Dios, de unión entre los creyentes. Dios no es yo, ni es tú, somos nosotros, es la comunión, es la “persona compartida”, es el amor mutuo.

    Así se puede decir con una fórmula tradicional de la geología: Entre el nosotros de la unión intradivina del Espíritu entendido como amor subsistente del Padre y del Hijo, y el nosotros de la iglesia como campo de encuentro entre los humanos existe más que una relación de causalidad eficiente o de imitación platónica. El mismo nosotros de Dios viene a realizarse en el nosotros de la iglesia.

El problema se sitúa en perspectiva cristológica. El mismo Jesús que es amor de comunión con el Padre en el Espíritu se expresas en las iglesias como amor interhumano. Con esto llegamos al problema especulativo de fondo: la categorización ontológica del Espíritu en el misterio de la trinidad, su valor y su función como persona. Es este un tema que deberíamos y quizá debamos tratar por separado en una postal diferente; por ahora queremos limitarnos a trazar algunos de sus rasgos.

– En perspectiva bíblica el problema sigue abierto. El Espíritu es la fuerza de Dios y es el poder de la pascua de Jesús, el Cristo.  

– En perspectiva teológica, las iglesias no han desarrollado todavía una clara  visión del Espíritu Santo entendido como camino compartida, como morada de Dios (Dios) en el que existen y se fecundan diversas moradas.

– Ya en el final de nuestras reflexiones preguntamos, ¿será posible un cristianismo nuevo, capaz de expresar con más claridad (con la vida más que con teorías) la unidad de los diversos caminos de la Iglesia?

Personalmente pienso que sí.  Mañana seguiré avanzando en esa línea. En esa línea nos sitúa el modelo sinodal que está proponiendo el Papa Francisco: Un modelo de comunicación, en el que cada iglesia existe y despliega su verdad  compartiendo el camino don otras iglesias.

El camino sinodal consiste en caminar juntos… ¿No podemos dar un paso más y decir: Caminar-juntos (synhodein) implicas ser-juntos (syn-einai).

Aportaciones de Barcelona al Sínodo:

Las sugerencias de Barcelona al Sínodo: sacerdocio femenino y celibato opcional

La síntesis remitida a la Conferencia Episcopal reclama, entre otras propuestas, atención a las personas “marginadas por la comunidad eclesial por su situación familiar u orientación sexual”

La síntesis de la primera fase del proceso sinodal en la archidiócesis de Barcelona ya está lista. Entre las propuestas, que serán remitidas a la Conferencia Episcopal para elaborar una síntesis nacional, se incluye la posibilidad del sacerdocio femenino y de que el celibato sea opcional, “o la posibilidad de acceso al sacerdocio de hombres casados”. Sobre la mujer, se sugiere que “se avance en la reflexión sobre su acceso al diaconado y, si fuera posible magisterialmente, al presbiterado”.


El texto, elaborado a partir de las reflexiones de los 7.000 participantes en los procesos de debate promovidos en el seno de parroquias y movimientos católicos de la ciudad condal, habla de “una Iglesia que adapta los diferentes ministerios abriendo la posibilidad al ­celibato opcional o la posibilidad de acceso al presbiterado de hombres casados (tal como ya sucede en las Iglesias del mundo oriental latino-católico”.

Falta de coherencia

También incluye una mención, envuelta en autocrítica, sobre la diversidad sexual y su acogida en la Iglesia. A juicio de los participantes, “falta coherencia entre lo se predica y lo que se hace“. Por eso, hacen un llamamiento a trabajar en el amor a todas las personas que se han visto “marginadas por la comunidad eclesial, la mayoría de veces por cuestiones morales, especialmente por su situación familiar o por su orientación sexual”.

Diversidad

En el documento, también se hace un llamamiento para  que “toda la comunidad cristiana se acerque a las personas que históricamente han quedado al margen; se escuche a los que no son escuchados; se ayude a cerrar las heridas afectivas; se acompañe a las personas en los movimientos difíciles y problemáticos”, entre otras cuestiones.

Junto a estas cuestiones, también se plantea la necesidad de promover la corresponsabilidad de los laicos y apostar por “un lenguaje eclesial utilizado a cualquier nivel (que) sea sencillo y claro, acorde con el tiempo en el que vivimos, comprensible para todo el mundo”.

La puesta de largo de estas conclusiones tuvo lugar este domingo en un acto que se celebró en el Col·legi Maristes La Immaculada de Barcelona con la participación de unas 700 personas procedentes de varios puntos de la archidiócesis.

Durante su intervención, el cardenal arzobispo de Barcelona, Juan José Omella, subrayó, a la luz del documento, que “todos vamos en la misma barca“. En relación a las cuestiones más o menos dispares que presenta el texto, puso el énfasis en que todos los participantes “son merecedores de respeto”.

Por su parte, el sacerdote Enric Termes , coordinador de toda la fase diocesana del Sínodo, subrayó la necesidad de “ser valientes para estar abiertos al cambio y el cambio, superar el miedo al diálogo y superar la rutina y ser hombres y mujeres de esperanza, alegría y fe”. Eso sí, explicitó que ” la síntesis no es un documento, sino una recopilación de aportaciones que se han hecho y que ahora se comparten“. 

Expectativas

La delegada para la Formación y Acompañamiento del Laicado, Anna Maria Almuni, destacó que “la llamada del sínodo ha generado expectativas, especialmente centradas en expandir los horizontes y profundizar el trabajo para caminar juntos, lo que no es fácil porque requiere una revisión profunda y una verdadera conversión, saber cómo escuchar, dar la bienvenida y sentirse bienvenido y, en última instancia, “renovando la Iglesia”.

Los riesgos del Sínodo

por Academia de Líderes Católicos 

Reflexiones iniciales

Una parte de la Iglesia teme al Sínodo y estaría contenta si fracasara. Un grupo pequeño pero ruidoso de obispos, sacerdotes y laicos piensan que el camino sinodal afectará profundamente a la Iglesia católica al punto de corromperla irremediablemente. Su postura quizás indigne a quienes ven con esperanza el camino sinodal, pero hay que admitir que no les falta algo de razón.

El Sínodo contiene no pocos riesgos y quizás lleve a la Iglesia a un punto de retorno como no se ha visto en los últimos siglos ¿Estamos listos para esto? ¿Estamos seguros de que el Sínodo nos traerá más beneficios que perjuicios? ¿Hasta dónde estamos dispuestos a ir?

Mons. Cabrera, arzobispo de Guayaquil y presidente de la Conferencia Episcopal Ecuatoriana, acaba de publicar un interesante documento donde sintetiza magistralmente la pedagogía del sínodo: escuchar, discernir y decidir[1]. A partir de esto, quisiera resaltar los principales riesgos que el Sínodo implica para la Iglesia y que podrían afectarla en su actual modo de ser y proceder.

Escuchar lo que no se pregunta

Cuando un colectivo humano está insatisfecho con el rumbo que le imprimen sus dirigentes, la respuesta suele ser el desafecto o la protesta. En el caso de la Iglesia, es más lo primero que lo segundo. Al igual que sucede en algunos países de los cuales sus ciudadanos emigran para buscar las condiciones de vida que no encuentran en su patria, en la Iglesia se “vota con los pies”. Resulta preferible abandonar el barco, antes que seguir soportando recriminaciones absurdas, homilías insulsas o la prepotencia y vanidad de algunas de sus autoridades.

Por esto, a la hora de escuchar a laicos y laicas, la jerarquía eclesiástica corre el grandísimo riesgo de escuchar cosas que no ha preguntado y que quizás no desee tratar. No servirá de nada decir que aquellos no son los temas de la agenda, que por favor concéntrense en la pregunta, que no es conveniente abordar esto por ahora, que los designios de Dios son insondables, o quién sabe qué otros mecanismos de defensa.

Si se pregunta sinceramente qué piensa el pueblo de Dios sobre el caminar juntos de fieles y pastores – y nadie duda de la sinceridad del Sínodo – con toda seguridad surgirán respuestas no pedidas, y este es un riesgo que vale la pena correr. Dios quiera que no las descalifiquemos como impertinentes o las descartemos con el fácil argumento del procedimiento no observado.

Dejar entrar la subjetividad de los participantes

Con frecuencia utilizamos el término discernimiento como sinónimo de reflexión profunda o debate racional. Pero esto nada tiene que ver con la tradición del discernimiento de espíritus que iniciaron los Padres del desierto allá por el siglo IV.

El discernimiento es la búsqueda de la voluntad de Dios poniendo en movimiento toda la persona. Esta búsqueda supone que Dios habla también a través de las emociones y pasiones, no solo en las ideas claras y distintas de los católicos ilustrados. Es decir, la subjetividad humana se revaloriza con el discernimiento, sin llegar por supuesto al anti intelectualismo de los iluminados que nunca faltan.

¿Qué hay de extraño con esto? El problema es que la teología y la educación eclesial y religiosa otorgan un peso excesivo a la verdad como forma de aprehender la realidad, mientras que la cultura contemporánea valora la experiencia como la mejor manera de entenderse con todo lo que existe.

Obviamente, no hay para qué irse a los extremos. Pero si la Iglesia quiere verdaderamente hacer del discernimiento un momento importante de su caminar como pueblo de Dios, deberá – deberemos – asumir el riesgo que significa dejar hablar a las emociones, sentimientos, experiencias y demás mociones de un pueblo que necesita sentir y vivir, tanto o más que saber o conocer, para seguir el camino de Jesús.

Siempre me ha extrañado que, en los momentos de oración comunitaria, luego de la lectura de un pasaje de la Biblia, generalmente se nos pide que pensemos o reflexionemos qué nos dice Dios. Pareciera que el compartir los sentimientos fuera meramente un desahogo personal, una catarsis, y no aportara nada a la relación con Dios. Quizás nos esté faltando algo en la práctica eclesial “porque la palabra de Dios es viva, eficaz y más cortante que una espada de dos filos: penetra hasta la división del alma y del espíritu, hasta lo más profundo del ser y discierne los pensamientos y las intenciones del corazón” (Hebreos 4, 12).

Dejar descontentos a una parte de los fieles

A la hora de decidir, la Iglesia deberá decir sí a algunas propuestas y no a otras. Esto que parece una obviedad no lo es tanto, puesto que la cultura institucional de la Iglesia tiene en gran aprecio al universalismo: la salvación es universal, la Iglesia no conoce fronteras, la madre abraza a todos y todas.                                                                       

Teológicamente es verdad que la oferta de salvación de Jesucristo es para toda persona de todo pueblo y nación. Pero esto no significa que el mensaje y las exigencias del Evangelio se deban diluir a tal punto que todo el mundo se sienta conforme con ellas. Jesús nos invita a recorrer un camino de felicidad y redención, pero nunca abrió un supermercado para satisfacer todos los gustos y acomodar todas opiniones habidas y por haber.                                                                                                              Para ser auténtico, el Sínodo deberá conducir tarde o temprano a resolver algunas cuestiones teóricas y prácticas que preocupan al pueblo de Dios. Esto puede llevar años, pero sin esta finalidad práctica – ¿o habría que decir reformadora? ¿O conciliar? – el Sínodo será una asamblea más, y mucha gente está cansada del asambleísmo improductivo.                                                                                                                  Ahora bien, las reformas no gustan a todo el mundo. Habrá algunos que quedarán descontentos si la Iglesia decide romper con la inercia y gestionar sabiamente el cambio, pero es un riesgo necesario en los tiempos que corren. Como bien dice Mons Luis Cabrera: “El que algo hace puede equivocarse, pero el que nada hace, ya está equivocado”.                                                                                                                            Cuando Jesús decidió ir de Galilea a Jerusalén, muchos de sus seguidores lo abandonaron; cuando se enfrentó al poder religioso, sus discípulos huyeron; cuando la Iglesia latinoamericana opta por los pobres, el catolicismo bien pensante se escandaliza y activa las resistencias. No se conoce a ciencia cierta cuáles son las claves del éxito del Sínodo, pero la clave de su fracaso radica en querer contentar a todo el mundo.

Reflexiones finales

¿La Iglesia está en riesgo? Sí, y en buena hora. La Iglesia católica en su forma actual necesita una reconfiguración profunda que la reconecte con sus cimientos y la aligere de los arabescos que le hemos adherido con el paso de los años. Pero, contrariamente a lo que temen algunos, el Sínodo puede purificarla, no corromperla. Eso sí, se trata de una apuesta de alto riesgo, que puede parecer demasiado costosa para algunos, aunque sabemos de quién nos fiamos. Lo que parece imposible para los hombres, es posible para Dios.                                                                                                              [1] Cabrera, Luis. Por una Iglesia sinodal: comunión, participación y misión. Guayaquil, 6 de enero 2022.

Por Fernando Ponce León, SJ. Rector de la Pontificia Universidad Católica del Ecuador y miembro de la Academia Latinoamericana de Líderes Católicos

Fase diocesana del Sínodo en España

SÍNTESIS SOBRE LA FASE DIOCESANA DEL SÍNODO SOBRE LA SINODALIDAD DE LA IGLESIA QUE PEREGRINA EN ESPAÑA

I. INTRODUCCIÓN: RELECTURA DE LA EXPERIENCIA SINODAL

Por una Iglesia sinodal: comunión, participación y misión. Este era el llamamiento del papa Francisco a toda la Iglesia universal, que hemos atendido fielmente desde la Iglesia que peregrina en España. Desde la apertura de la Asamblea sinodal en Roma, el 10 de octubre de 2021, hasta la clausura de la fase sinodal en España, el 11 de junio de 2022, todas las diócesis españolas, las congregaciones religiosas, los institutos seculares, la vida contemplativa, los movimientos apostólicos y muchas otras instituciones se han involucrado en el llamamiento del papa para impulsar un proceso de escucha y discernimiento que contribuya a promover el camino de la sinodalidad, que es –dice el papa Francisco– «el camino que Dios espera de la Iglesia del tercer milenio». En este camino compartido han participado en España 14.000 grupos sinodales que han implicado a más de 215.000 personas, en su mayor parte laicos, también consagrados, religiosos, sacerdotes y obispos. Se han involucrado las 70 diócesis, con 13.500 grupos parroquiales, numerosas congregaciones religiosas y 11 CONFER regionales, 215 monasterios de clausura, 20 Cáritas diocesanas, 37 movimientos y asociaciones laicales, 21 institutos seculares.

El Equipo sinodal designado por la Conferencia Episcopal Española recibió todas las aportaciones y, tras un ejercicio de discernimiento, ofrece la siguiente síntesis, que será remitida, junto con todas las aportaciones recibidas, a la Secretaría General para el Sínodo de la Santa Sede.

El recorrido sinodal no ha sido totalmente nuevo. La experiencia en España ha tenido como referente inmediato el Congreso de Laicos, celebrado en el mes de febrero de 2020. Aquella experiencia, que identificó en sus conclusiones cuatro itinerarios para avanzar hacia una Iglesia en salida –primer anuncio, acompañamiento, procesos formativos y presencia en la vida pública– y dos claves transversales –sinodalidad y discernimiento–, se ha visto ahora reforzada con la participación en esta escucha y discernimiento de la vida consagrada en sus diversas formas, la aportación sacerdotal y la implicación de numerosas instituciones de la Iglesia.

En algunas diócesis el camino sinodal ha convivido con otros procesos de sínodo diocesano que se estaban realizando o que habían concluido recientemente. Esto ha supuesto en algunos casos una escasa incidencia del proceso sinodal, que se ha encontrado con el cansancio del Pueblo de Dios. En otros casos, sin embargo, la integración con las asambleas diocesanas que estaban teniendo lugar ha permitido un trabajo integrado y una reflexión más fecunda.

El proceso sinodal ha ido creciendo con el paso del tiempo. Con el transcurso de las semanas se han ido incorporando nuevos grupos gracias al entusiasmo mostrado por sus dinamizadores –sobre todo los laicos, más motivados inicialmente que los sacerdotes–. Se invitó a grupos ajenos a la Iglesia y se dieron experiencias de escucha muy valiosas. Miembros de partidos políticos y de iniciativas culturales y sociales fueron escuchados y se recogió también la voz de personas que enviaron su aportación vía online. La pandemia ha resultado una circunstancia ambivalente. Por un lado, limitó la convocatoria de los grupos, el trabajo y sus reuniones, pero, al mismo tiempo, revitalizó el tejido comunitario para atender a las nuevas situaciones que se producían y el Sínodo empujó a vencer los miedos y retomar el trabajo eclesial, suponiendo en muchos casos una expresión de vuelta a la normalidad después de un tiempo de alejamiento.

Finalmente, los grupos han querido dejar patente su profundo agradecimiento por este tiempo vivido: un momento de gracia, construido desde la escucha mutua, activa y respetuosa, la apertura para hablar con franqueza, compartiendo experiencias gratificantes y con intercambios constructivos.

La participación ha sido principalmente de personas ya implicadas en la vida de la Iglesia, mayoritariamente mujeres. Ha resultado escasa la respuesta de los jóvenes y las familias y también entre los alejados y las personas no creyentes, aunque los que han participado expresaron su sorpresa por el interés de la Iglesia en saber su opinión. Algunas experiencias han resultado especialmente significativas, como los procesos sinodales en 19 cárceles, en las residencias de ancianos y el trabajo realizado por algunos profesores de religión, padres y alumnado de esta asignatura, especialmente en los cursos superiores de la ESO y de Bachillerato. Merece la pena destacar la participación e integración en este proceso de los inmigrantes católicos.

En relación con el trabajo realizado, ha predominado la percepción de no estar solos, de formar parte del Pueblo de Dios, compuesto por una riqueza y pluralidad de comunidades, con sus distintas sensibilidades, opiniones y preocupaciones. Se ha vivido la alegría de compartir y revitalizar la fe, la vida y la pertenencia a la Iglesia y el gozo de ser tenido en cuenta. De hecho, lo más valorado ha sido el proceso mismo: el sentirse todos comunidad, la libertad para expresarse, la posibilidad de escucha, el compartir inquietudes, deseos, dificultades, dudas… El diálogo fraterno y la reflexión compartida han hecho experimentar ilusión y esperanza, y han sido una oportunidad para dinamizar la comunidad, que expresa su deseo de seguir caminando juntos.

Sínodo 2023

Respecto al impacto que ha tenido el proceso sinodal, destaca la numerosa participación de fieles en los procesos de escucha y discernimiento. Hubo también dudas en torno a la utilidad de esta fase sinodal, por dos motivos: por un lado, porque, como consecuencia de experiencias negativas anteriores, se suscitó una cierta desconfianza sobre los frutos que podrían originarse en este trabajo sinodal; por otro lado, por la desconfianza en torno a que las aportaciones llegaran realmente a ser escuchadas, discernidas e incorporadas.

Entre las sorpresas no ha sido menor comprobar cómo, al avanzar en el camino, todo iba encontrando sentido y se fortalecía la vocación, el compromiso y la experiencia sinodal: al andar se ha hecho camino. Hemos experimentado la acción silenciosa pero real y constante del Espíritu Santo como gran animador de todo. La readaptación de etapas y de materiales según las necesidades de los grupos, la preparación de nuevos recursos para distintos colectivos eclesiales (por ejemplo, niños, adolescentes, ancianos, etc.) y para sectores más alejados o con dificultades, son también momentos especiales que hablan de un proceso vivo, dinámico y creativo. Además, con los materiales se ha querido dar respuesta a una dificultad encontrada: el desconocimiento de lo que es la sinodalidad y la complejidad de las cuestiones que se planteaban.

Destacamos algo que, en general, se ha subrayado en todas las aportaciones: que el trabajo se ha realizado en cada una de las sesiones tras la oración y la invocación al Espíritu. Esta oración comunitaria ha servido para tomar conciencia de que los cristianos iluminamos nuestra vida a través del discernimiento, en el que dejamos que el Espíritu de Jesús nos habite y nos conduzca.

Pero en la experiencia del discernimiento queda camino por recorrer. Ese ha sido uno de los déficits que se han experimentado durante la consulta. Somos conscientes de que nuestras síntesis son más un sumatorio de aportaciones, con el deseo de recoger todas las voces, que el fruto de un ejercicio de un discernimiento, tarea que, sin embargo, hemos de realizar una vez culminada la primera fase del proceso sinodal, pues así se nos pide desde la Secretaría General del Sínodo.

En cualquier caso, el sentir general que se desprende de los documentos recibidos es que el proceso sinodal ha supuesto un esfuerzo comunitario que fortalece el sentido eclesial y ha servido para iluminar tanto nuestra propia realidad, como comunidades parroquiales, grupos y movimientos. Ha abierto el apetito de crecer en sinodalidad y discernimiento.

La convocatoria del papa Francisco a participar en el Sínodo ha sido aceptada con ilusión y esperanza y se ha comprendido que el objetivo de esta fase diocesana no era responder a un cuestionario sino comenzar a incorporar la sinodalidad como parte fundamental del ser de la Iglesia y el “estilo sinodal” que se deriva de ella como el modo propio de hacer Iglesia. Adoptarlo y permear con él toda la realidad eclesial, en todos los ámbitos y en todos los aspectos, es un proceso de conversión lento, que llevará tiempo y del que sólo se está en los comienzos.

Alentados por el mismo Espíritu, este trabajo se realiza con el mismo afán de escuchar y discernir el querer de Dios para la Iglesia, aquí y ahora.

II. EL SÍNODO, TIEMPO HABITADO POR EL ESPÍRITU

Comunión, comunidad, escucha y diálogo, corresponsabilidad, formación, presencia pública, misiónson palabras –todas ellas conectadas entre sí– que resuenan con fuerza en las síntesis recibidas. La comunión se vive en la comunidad, de cuya edificación y desarrollo todos somos corresponsables, bajo la acción del Espíritu Santo; una comunidad que escucha acoge, nos permite vivir, celebrar y crecer en la fe y nos anima a comprometernos en el mundo para transformar la realidad y anunciar a Jesucristo.

A) Iglesia en camino: la voz del Espíritu dentro de la Iglesia

Como punto de partida, destacan dos ideas fundamentales: de un lado, avanzar en el cumplimiento de la misión de la Iglesia requiere partir de una fuerte conversión personal, comunitaria y pastoral; de otro, no podemos ser Iglesia desde la lejanía, sino que resulta imprescindible la apertura, la escucha, ir allí donde están quienes nos necesitan, como una forma de entender nuestra misión.

Desde la perspectiva de la conversión, somos muy conscientes del papel de la oración, los sacramentos, la activa participación en las celebraciones y la formación sobre los contenidos de nuestra fe; en definitiva, de la necesidad de vivir una espiritualidad dinámica que nos conduzca a una renovación interior y a una transformación exterior, a madurar el sentido sobrenatural de la fe para no quedarnos en lo puramente ritual. Renovar el encuentro con Jesús, el Señor, es el punto de partida de cualquier proceso de cambio para dar respuesta a las urgencias que estamos detectando. No podemos ser creíbles en el exterior si no cuidamos el interior.

Nos preocupa la secularización de los bautizados, la pérdida de la identidad cristiana de los creyentes y, por derivación, de las estructuras de las que formamos parte –instituciones y centros de la Iglesia–. Efectivamente, la conversión no puede quedarse solo en lo personal: debe afectar a la organización de nuestra Iglesia para que todas las estructuras se vuelvan más misioneras.

Juega un papel muy importante, en relación con esta cuestión, la celebración de la fe. Observamos que la liturgia–a pesar de su importancia como instrumento privilegiado de santificación, de conversión y de evangelización, así como de edificación de la comunidad– se vive de una forma fría, pasiva, ritualista, monótona, distante. Ello es así en gran medida por las carencias formativas sobre sus contenidos, que lleva al desconocimiento de lo que es y significa, y por la falta de participación en su desarrollo, que conduce a la indiferencia. Todo ello tiene como consecuencia la desconexión entre las celebraciones litúrgicas y nuestra vida, por lo que resulta imprescindible potenciar la formación en liturgia y promover una participación viva y fructuosa, a través de la creación de equipos de animación litúrgica. Resuena también con fuerza la necesidad de reflexionar seriamente sobre la adaptación de los lenguajes, de los ornamentos y de parte de los ritos que están más alejados del momento presente, así como de repensar el papel de la homilía –en tanto que parte integrante de la liturgia– como elemento fundamental para entender la celebración y para la formación de los fieles laicos. Adicionalmente, se considera que la preparación de la liturgia debe cuidarse especialmente en aquellas celebraciones a las que asisten personas que no participan activamente de la vida de la Iglesia. En definitiva, hemos de lograr que las celebraciones toquen el alma de los fieles.

Sínodo

Más en concreto, el Espíritu nos pide profundizar en la vida de oración, sin la cual no podemos vivificar a la Iglesia. Necesitamos sentirnos comunidad viva, coherente, que asume sus errores y carencias y camina hacia el futuro con la práctica de la oración y la ayuda de la gracia del Espíritu.

Desde la perspectiva de la vivencia y celebración de la fe, se valora mucho la parroquia como principal espacio para el ejercicio de la vida cristiana, como lugar de comunión, de cercanía, que ayuda a superar el individualismo, a conocerse, a quererse. También, más en particular, la pertenencia a un grupo de referencia. Somos Iglesia de muchos modos y, en ocasiones, muy diversos entre sí. Pero esa pluralidad ha de ser asumida en clave de complementariedad y hemos de ser capaces de lograr la unidad sin caer en la tentación de imponer la uniformidad. Percibimos, en cierto sentido, que hemos de recuperar el valor de la comunión eclesial sobre la vivencia de lo particular o grupal, que puede llegar a ser excluyente. Aunque apreciamos la riqueza de las distintas realidades eclesiales, tenemos la sensación de que no nos conocemos y andamos divididos.

Junto con ello, los cristianos no podemos vivir como si fuéramos una realidad social ajena a este mundo. Debemos caminar junto con la sociedad actual y ello implica esforzarnos por abrirnos a todos. Una resonancia especial posee la necesidad de mostrarnos como Iglesia que escucha y acompaña, también que anima y llega a la vida real de las personas. Ciertamente, la palabra escucha ha sido una de las más subrayadas por los grupos sinodales.

La escucha del Espíritu es experiencia originaria y permanente. Hemos de ser capaces de construir comunidades que la pongan en práctica, acogedoras, cercanas e inclusivas, que acompañen y sepan mostrar la ternura de Dios, particularmente a aquellas personas que son excluidas o rechazadas por la sociedad. Ello permitiría ir rompiendo prejuicios y clichés contra la Iglesia, favoreciendo el diálogo con la sociedad.

Desde esta perspectiva, coincidimos en la importancia del papel de los sacerdotes en el acompañamiento espiritual y les pedimos por ello una mayor cercanía a la comunidad. Al mismo tiempo, somos conscientes de que recae sobre el resto de los miembros del Pueblo de Dios la responsabilidad fundamental de colaborar activamente en la construcción de comunidades que acojan y acompañen. En definitiva, hemos de lograr pasar de eventos pastorales a procesos de vida cristiana, sobre todo porque, en ocasiones, percibimos el agotamiento y el cansancio por no ver con claridad hacia dónde vamos; de algún modo, tenemos la sensación generalizada de que hacemos muchas cosas que no llevan a ninguna parte.

En particular, se pone de manifiesto la necesidad de que la acogida esté más cuidada en el caso de las personas que necesitan de un mayor acompañamiento en sus circunstancias personales por razón de su situación familiar –se muestra con fuerza la preocupación por las personas divorciadas y vueltas a casar– o de su orientación sexual. Sentimos que, como Iglesia, lejos de quedarnos en colectivos identitarios que difuminan los rostros, hemos de mirar, acoger y acompañar a cada persona en su situación concreta.

El paso de la vivencia interior de la fe a la presencia pública transformadora de la sociedad tiene como puente la formación. A este respecto, sin embargo, reconocemos graves carencias, particularmente en los fieles laicos, pero también en los sacerdotes.

Sinodalidad

En cuanto a los sacerdotes, se pide una formación que profundice más en la vida apostólica, en la clave de la sinodalidad y en la corresponsabilidad, con reconocimiento del papel propio de los fieles laicos, de la autoridad entendida no como poder, sino como servicio. En concreto, se insiste mucho en que la formación de nuestros seminaristas esté iluminada con estas claves.

Respecto de los laicos, se puede detectar una clara paradoja en las aportaciones. Al tiempo que se ve imprescindible potenciar procesos formativos –integrales y de carácter permanente que conduzcan a un compromiso transformador de la realidad, con una fuerte presencia de la Doctrina Social de la Iglesia–, no se asumen como propios; no existe un compromiso firme con la formación en el caso de la inmensa mayoría de los fieles. Ello conduce a profesar una fe débil, llena de lagunas y carencias, e incapacita para dar testimonio público de ella, porque se percibe inseguridad, miedo, falta de preparación para el diálogo. A nivel más de detalle, los laicos piden a sus pastores valentía y mayor claridad en temas complejos que generan gran debate social.

Vemos claro que la formación nos tiene que llevar al compromiso y afectar a nuestra propia vida. Los documentos magisteriales son abundantes y los centros especializados de formación no faltan, pero se precisa comprender la necesidad de articular procesos formativos y de animar a comprometernos con ellos. En relación con esta cuestión, se valora muy positivamente la pertenencia a un equipo de vida como marco adecuado para la formación, entendida en sentido amplio y no como mera adquisición de saberes; un equipo que, no obstante, no esté encerrado en sí mismo, sino abierto a la comunidad, para no crear barreras ni hacer acepción de personas.

Dos de las cuestiones que más reflexiones ha suscitado son la complementariedad de las tres vocaciones, todas llamadas a la santidad –la vocación laical, la vocación a la vida consagrada y la vocación al sacerdocio– y, en relación con ella, la corresponsabilidad de los fieles laicos.

Somos muy conscientes del papel imprescindible de los sacerdotes en la vivencia y celebración de la fe, singularmente en la eucaristía y el perdón, así como en la animación y edificación de la comunidad. Por eso nos duele particularmente la falta de entusiasmo de una parte muy relevante de los sacerdotes de las distintas comunidades locales y nuestra falta de eficacia como comunidad a la hora de acompañarlos en la vivencia de su vocación.

¿Cómo va el Sínodo de la sinodalidad?

Una concreción de ello es lo que podemos llamar clericalismo bilateral, es decir, un exceso de protagonismo de los sacerdotes y un defecto en la responsabilidad de los laicos. Vemos que tiene una doble causa: por un lado, los sacerdotes, por inercia, desempeñan funciones que no les son propias y no impulsan la corresponsabilidad laical; por otro lado, los laicos no asumen su papel en la edificación de la comunidad, por comodidad, por inseguridad, por miedo a equivocarse o por experiencias negativas anteriores. Se entiende generalmente que “lo de dentro es cosa de curas y lo de fuera cosa de laicos” y que, desde el punto de vista institucional, la Iglesia está más organizada sobre el sacramento del orden que sobre el sacramento del bautismo –ambos recíprocamente imprescindibles–.

Se señala con insistencia la necesidad de ampliar los espacios de participación, de animar a más personas a que se comprometan en ellos, de ayudar a los bautizados a descubrir que son Iglesia y que, como tales, todo lo que le afecta les concierne. En este sentido, el apostolado asociado se ve y valora como un medio eficaz para descubrir y vivir la corresponsabilidad en la vida y misión de la Iglesia.

Derivado de lo anterior, el autoritarismo en la Iglesia (autoridad entendida como poder y no como servicio), con sus correspondientes consecuencias –clericalismo, poca participación en la toma de decisiones, desapego de los fieles laicos– es una de las principales críticas que aparece en las aportaciones de los grupos sinodales. El papel de los laicos y de la vida consagrada en el momento presente es imprescindible e insustituible, y hemos de ser capaces de encontrar el modo y los espacios para que puedan desarrollarlo en toda su plenitud.

Valoramos mucho a nuestros hermanos consagrados, si bien somos conscientes de que no les tenemos tan presentes como deberíamos. Por ello, resulta importante cuidar las mutuas relaciones con los miembros de la vida consagrada, que vemos como un carisma de la Iglesia, que se vive en la Iglesia y el Espíritu lo da al servicio de la Iglesia y de toda la humanidad. En particular, valoramos muy positivamente que la vida contemplativa también ha vivido este proceso sinodal desde la oración, la lectio divina y el discernimiento comunitario tan propio de los monasterios.

B) Iglesia en salida: diálogo con el mundo

No somos Iglesia para nosotros mismos, sino para los demás. Desde esta perspectiva, se insiste claramente en la necesidad de abandonar la visión de una Iglesia de mantenimiento para avanzar hacia una auténtica Iglesia en salida, aunque suponga asumir algunos riesgos. Transformar la pastoral de conservación en una pastoral de conversión y de evangelización constituye una exigencia ineludible en la actualidad. En coherencia con ello, consideramos que la comunión ha de conducirnos a un estado permanente de misión: encontrarnos, escucharnos, dialogar, reflexionar, discernir juntos son acciones con efectos positivos en sí mismas, pero no se entienden si no es con el fin de impulsarnos a salir de nosotros y de nuestras comunidades de referencia para la realización de la misión que tenemos encomendada como Iglesia.

Se percibe, sin embargo, una clara fractura entre Iglesia y sociedad. Aquélla es vista como una institución reaccionaria y poco propositiva, alejada del mundo de hoy. En parte, consideramos que la responsabilidad es nuestra, porque no sabemos comunicar bien todo lo que somos y hacemos. Esta imagen de la Iglesia nos duele –porque la amamos– y, en cierto sentido, la sensación de que no llegamos a la sociedad y de que los prejuicios contra la Iglesia son insalvables nos conduce a un profundo desánimo que dificulta la presencia evangelizadora y transformadora de la realidad.

Creemos que la Iglesia, de la que nos sentimos miembros, debe acercarse a los hombres y mujeres de hoy, sin renunciar a su naturaleza ni a la fidelidad al Evangelio, estableciendo un diálogo con otros actores sociales, con el fin de mostrar su rostro misericordioso y contribuir a la realización del bien común. Somos Iglesia viva y alegre al servicio de la misión, pero hemos de manifestarlo a todos. Al mismo tiempo, esa presencia en la realidad puede ayudarnos a escuchar la voz de Dios en la vida social para atender mejor los desafíos que nos plantea. En definitiva, la Iglesia sigue estando llamada a hacerse presente en la Historia.

Sin embargo, falta espíritu evangelizador en nuestras comunidades, más centradas en sí mismas que en abrirse a todas las personas que habitan el territorio en el que se ubican. En particular, aunque los laicos son conscientes de estar llamados a hacerse presentes en la vida pública, cuesta atender esa tarea, en parte porque no sienten el apoyo y el acompañamiento de la comunidad. Se anhelan líderes cristianos en los diferentes ámbitos de la vida pública –política, economía, educación, cultura…– y se ve imprescindible impulsar procesos de formación de estos laicos cristianos que viven la caridad política, así como de acompañamiento en el desarrollo de sus tareas.

Material para los laicos en vista del Sínodo

En cuanto a la Iglesia como institución social, vemos imprescindible su participación en la vida comunitaria, pero consideramos que hemos de ser capaces de impulsar una Iglesia que se preocupe más de abrir procesos movida por el Espíritu que de ocupar espacios. Más allá de la corresponsabilidad y de la participación en la misión de la Iglesia, se insiste particularmente en tres extremos relativos a su organización: la necesidad de una mayor profesionalización en los asuntos de gobierno (esto es, de contar con expertos para la toma de decisiones en los distintos sectores en los que estamos presentes); la conveniencia de extender la transparencia a otros ámbitos diferentes del meramente económico –respecto del cual se valora muy positivamente en términos generales–, para explicar cómo contribuimos al bien común; y la urgencia de una mayor presencia en los medios de comunicación generalistas, tanto en los tradicionales como en los nuevos espacios virtuales, unida a un mejor aprovechamiento de los medios propios. En particular, se valora mucho la acción de Cáritas como canalizadora de la acción caritativo-social de la Iglesia.

III. TEMAS QUE HAN TENIDO UNA FUERTE RESONANCIA EN EL PROCESO SINODAL

Las cuestiones anteriormente destacadas –referidas al interior de la Iglesia y a su papel en la sociedad– están omnipresentes en las aportaciones de los grupos sinodales. Junto con ellas, han resonado con fuerza algunos temas específicos que conviene destacar y sobre los que resulta necesario un mayor ejercicio de discernimiento. Son los siguientes:

En primer lugar, sin duda alguna, la referencia al papel de la mujer en la Iglesia como inquietud, necesidad y oportunidad. Se aprecia su importancia en la construcción y mantenimiento de nuestras comunidades y se ve imprescindible su presencia en los órganos de responsabilidad y decisión de la Iglesia.

Es patente la preocupación por la escasa presencia y participación de los jóvenes en la vida y misión de la Iglesia.

La familia se ve como ámbito prioritario de evangelización.

Ha tenido un eco importante el tema de los abusos sexuales, de poder y de conciencia en la Iglesia, evidenciando la necesidad de perdón, acompañamiento y reparación.

Mayoritario ha sido el sentir acerca de la necesidad de institucionalizar y potenciar los ministerios laicales.

Atención específica merece el tema del diálogo con las demás confesiones cristianas y con otras religiones. Reconocemos que tenemos escasa experiencia ecuménica en nuestras comunidades, al tiempo que comprendemos la necesidad de establecer este diálogo allí donde no existe y, en su caso, de potenciarlo, con espacios e iniciativas compartidas que lleguen a todos los miembros de las comunidades.

Por último, destacamos algunas otras cuestiones relevantes que han surgido en diálogo sinodal, si bien con menor presencia:

La necesidad de potenciar una presencia cualificada de la Iglesia en el mundo rural.

La religiosidad popular como cauce de evangelización en un mundo secularizado.

La necesidad de fomentar la pastoral de los mayores.

La conveniencia de incrementar la atención de determinados colectivos tales como presos, enfermos o inmigrantes.

Junto con todo lo anterior, aunque se trata de cuestiones suscitadas solo en algunas diócesis y, en ellas, por un número reducido de grupos o personas, vemos conveniente incorporar a esta síntesis, por su relevancia en el imprescindible diálogo eclesial y con nuestros conciudadanos, la petición que formulan acerca de la necesidad de discernir con mayor profundidad la cuestión relativa al celibato opcional en el caso de los presbíteros y a la ordenación de casados; en menor medida, ha surgido igualmente el tema de la ordenación de las mujeres. En cualquier caso, en relación con estos temas, se detecta una clara petición de que, como Iglesia, dialoguemos sobre ellos con el fin de permitir conocer mejor el Magisterio respecto de los mismos y poder ofrecer una propuesta profética a nuestra sociedad.

Tríptico de la CEE para animar a los alejados a participar en el Sínodo de la sinodalidad

Por último, debemos destacar, como particularidad de la Iglesia que peregrina en España, la fuerte resonancia en las síntesis diocesanas del proceso abierto con motivo del Congreso de Laicos celebrado en Madrid en febrero de 2020. Se percibe con nitidez que ese proceso ha sido precursor de este camino sinodal y que es asimismo la manera natural de darle continuidad. 2 Cf. FRANCISCO, Exhortación apostólica postsinodal Querida Amazonia, 87-88 y 99-105. 13

IV. LA FUERZA DE LA SINODALIDAD Y LA CLAVE DEL DISCERNIMIENTO

Quienes nos hemos implicado en este proceso hemos experimentado con fuerza que la sinodalidad es el camino para seguir haciendo Iglesia; una Iglesia no autorreferencial, sino abierta y cercana a todos los hombres y mujeres de hoy y, por ello, queremos seguir en esta senda.

Nos hemos sabido escuchados, hemos sido libres al hablar, hemos experimentado esperanza, alegría, ilusión, coraje para cumplir nuestra misión, con un fuerte sentimiento comunitario de seguir en camino y de hacerlo juntos. Sentimos un profundo agradecimiento por haber podido ser protagonistas del proceso. Junto con ello, realmente vemos en él algo nuevo, que nos abre horizontes hasta ahora poco explorados. En un momento en el que resulta patente que las cosas no pueden seguir igual y urge dar respuesta a desafíos ineludibles, percibimos que estamos asentando las bases para un nuevo modo de trabajar y de ser Iglesia y ello nos ilusiona y anima.

La participación nos ayuda a renovar nuestro sentido de pertenencia a la Iglesia y fortalece la comunión (encontrarnos, rezar juntos, escucharnos, dialogar, nos hace crecer como comunidad); reflexionar y discernir unidos sobre cómo hemos de ser Iglesia en el momento presente nos lleva a volver a la esencia de la razón de nuestra existencia y misión: anunciar a Jesucristo. En definitiva, nos hace más auténticos, nos configura como discípulos-misioneros.

No obstante, esta certeza en la necesidad de seguir avanzando en la vía de la sinodalidad y (re)descubriendo lo que significa no impide que encontremos dificultades y se manifiesten dudas e incertidumbres. El ejercicio de escucha sin filtros que hemos tratado de hacer no ha estado exento de esfuerzo; además, no son pocos quienes se preguntan si realmente servirá para algo este proceso de escucha, sobre todo relacionándolo con experiencias anteriores –sínodos y asambleas diocesanas celebrados en algún momento más o menos reciente, que han generado frustración por quedar sin aplicaciones prácticas–. De algún modo, la voluntad de seguir avanzando se condiciona a que existan signos concretos que continúen motivando una mayor implicación y generando ilusión. Nos sabemos escuchados, pero no protagonistas de la vida y misión de la Iglesia.

También se considera, desde otra perspectiva, que hemos de ser capaces de no sobrecargar la experiencia sinodal. No podemos desconocer que existen muchos espacios sinodales; por ello, hemos de comenzar a llenarlos de contenido auténticamente sinodal para favorecer la participación y la toma de decisiones, sin perjuicio de que, allí donde se vea necesario, se abran nuevos caminos, siempre desde el discernimiento. A este respecto resuena con especial fuerza la idea de dar el paso de la consulta a la codecisión: que los órganos existentes no se limiten a ser instrumentos consultivos, sino que en ellos se adopten decisiones con madurez, honestidad y como fruto de un ejercicio de corresponsabilidad guiado por el discernimiento. También hemos de destacar la insistencia acerca de la conveniencia de una mayor apertura del proceso de nombramiento de obispos y párrocos a la participación de la comunidad.

La sinodalidad, no obstante, se percibe como inseparable del discernimiento, otro de los extremos que resuena con fuerza en las síntesis diocesanas y que constituye el objetivo del proceso sinodal. El discernimiento se ve como un complemento necesario de la sinodalidad y un instrumento eficaz para evitar el clericalismo. Más en concreto, algunos grupos destacan que los cauces para el discernimiento son, entre otros, los espacios sinodales ya existentes, tales como los consejos parroquiales y diocesanos y las comunidades de referencia donde se comparte la vida y la misión.

Así se puede participar en la consulta sinodal en Madrid

Aunque no tenemos experiencia suficiente de qué es el discernimiento y cómo podemos llevarlo a cabo en nuestras comunidades, comprendemos que es camino seguro para abrirnos al Espíritu e ir identificando los pasos que hemos de dar. Efectivamente, constatamos que no estamos todavía preparados para esta actitud interior y por eso necesitamos educarnos para un discernimiento personal y comunitario. Esto exige descubrir el plan y la voluntad de Dios para cada persona, estar atentos a las llamadas y retos de la Iglesia y del mundo aquí y ahora, mediante la escucha de la Palabra de Dios en un clima de oración. Y, sobre todo, entenderlo no como una acción de mera invocación del Espíritu, sino como una actitud sincera de escucha a su voz. El discernimiento es una clave verdadera para realizar la necesaria conversión en la Iglesia y para transformarnos en discípulos misioneros.

Se trata en definitiva de reconocer el paso de Dios por nuestra vida, de interpretar las llamadas del Espíritu y de elegir los caminos que el Señor nos señala para una conversión pastoral y misionera.

V. UNA MIRADA ESPERANZADA

En este tiempo de Gracia, todos cuantos hemos participado en el proceso sinodal hemos expresado nuestros sueños, deseos y compromisos con una Iglesia que sea más familia, más cercana a los necesitados, más valiente para afrontar los problemas del mundo de hoy y en la que sus miembros, apoyados en la Palabra, mostremos a todos la alegría y la belleza de seguir a Jesús.

A la luz del trabajo sinodal realizado en toda la Iglesia en España, sentimos con fuerza la llamada a caminar juntos y a renovar e incrementar nuestro modo de participar en la Iglesia, desde la hondura de su misterio, en los dos aspectos que la definen: la comunión y la misión.

Esta llamada implica tres urgencias que abordar, claramente entrelazadas: crecer en sinodalidad, promover la participación de los laicos y superar el clericalismo.

1.- Crecer en sinodalidad. La Iglesia está llamada a una permanente conversión en el modo de ser y de hacer. Este estilo y espiritualidad –la sinodalidad– no cambia su identidad ni su misión, que provienen del Señor, pero invita a todos a un renovar su modo de comprometerse en el servicio eclesial y de participar en la vida de la Iglesia. Muchos grupos manifiestan su deseo de continuar trabajando con este espíritu sinodal en sus comunidades y que este mismo espíritu guíe la vida diocesana y la de toda la Iglesia.

Este deseo de cambio exige, por tanto, una formación explícita en sinodalidad, con todo lo que implica de capacidad de acogida, de procesos de escucha activa y respetuosa, de comprensión, de acompañamiento a los demás y de discernimiento. Se trata de dar cabida, con paciencia y humildad, a las preguntas y cuestiones que otros quieran formular con el fin de conocer, a partir de la escucha abierta a las aportaciones de todos, el plan de Dios para este tiempo y para este lugar.

Implica asumir la diversidad en las comunidades en clave de complementariedad y tener estructuras eclesiales auténticamente sinodales. Supone dar un mayor protagonismo a quienes forman parte de ellas, desde la complementariedad de las vocaciones, también en cuanto a la toma de decisiones.

Una propuesta concreta para seguir experimentando la sinodalidad sería la realización de consultas anuales, parroquiales o diocesanas, para dar la oportunidad de expresarse y contribuir en los planes pastorales que se van a llevar a cabo. Se trata de promover otras estructuras de participación que corresponsabilicen al Pueblo de Dios en la acción evangelizadora y caritativa de la Iglesia. Entre los sacerdotes sería oportuno promover e impulsar el trabajo en los arciprestazgos y en el consejo del presbiterio, como órgano colegiado en orden a desarrollar procesos de discernimiento concernientes a la vida pastoral de la diócesis.

2.- Promover la participación de los laicos. Se ha sentido especialmente la necesidad de subrayar la plena responsabilidad de los laicos en la vida y la misión de la Iglesia. En el interior de la Iglesia, en orden a la comunión, es preciso una mayor presencia en los ámbitos de decisión que permita incrementar la corresponsabilidad y ofrecer un mejor servicio al Pueblo de Dios. Sería oportuno, a partir de una reflexión eclesial y canónica, definir los asuntos respecto de los cuales la participación de los cristianos laicos tuviera carácter decisorio, especialmente en aquellos campos que son más propios de su vocación en el mundo.

En particular, es preciso repensar el papel de las mujeres en la Iglesia, con un mayor protagonismo y responsabilidad; sencillamente, están desempeñando un papel fundamental en el día a día de la comunidad eclesial y deben poder asumirlo igualmente en los lugares y espacios en los que se toman las decisiones.

Al mismo tiempo, en orden a la misión, resulta imprescindible potenciar la presencia acompañada de los laicos en el entramado social: asociaciones de vecinos, sindicatos, partidos políticos, economía, ciencia, política, trabajo, medios de comunicación, entre otros. Conviene superar un estilo de vivir la fe “hacia dentro”, que se reduce a la práctica de los sacramentos y no sale al encuentro de las personas en la vida social y hasta las periferias. Conscientes del valor que tiene caminar junto a personas no creyentes y alejadas, es preciso trazar un itinerario de encuentro que comience con la escucha, con la necesidad de sanar heridas y con la apertura a horizontes de colaboración y que, al mismo tiempo, sea plan de acogida en las parroquias para los que lleguen por primera vez.

3.- Superar el clericalismo. La promoción del laicado implica y exige la superación del clericalismo como una inercia de tiempos pasados, en los que todas las responsabilidades recaían en la figura del sacerdote. Esa superación implica también vencer la pasividad y la falta de implicación de muchos fieles laicos en la edificación de la Iglesia. El ámbito propio de los sacerdotes es el de la caridad pastoral que le encomienda encabezar, acompañar, proteger y sanar al Pueblo de Dios para que sea fiel a la comunión y misión que le constituyen. Algunos laicos, por su misión eclesial, participan de esa dimensión pastoral y colaboran con ella en la catequesis, la visita a enfermos o presos, la enseñanza, etc. En cualquier caso, fuera de esa labor pastoral, la misión de los pastores no se extiende a las decisiones en aquellos ámbitos que superan su preparación y su ministerio, respecto de los cuales se hace imprescindible contar con el asesoramiento de laicos expertos y trabajar con ellos sinodalmente. También lo es tener muy presente la vida consagrada y su esencia profética, voz humilde que acerca las periferias.

Sinodalidad

A partir de estas urgencias, la Iglesia se ofrece a la sociedad a la que sirve, de manera especial a aquellas personas que se sienten en las periferias por su origen étnico, por su situación familiar o económica o por su orientación sexual. Todas y cada una de ellas, sean cuales sean sus circunstancias, tienen un sitio en la Iglesia y es preciso ofrecerlo con claridad, sin exclusiones, para acompañar cada situación desde el amor fraterno hasta la verdad y la promoción personal. Esto nos exige a todos una apertura de corazón a la comprensión del plan de Dios para cada persona.

Un servicio más verdadero y profundo a la sociedad implica necesariamente la formación de todo el Pueblo de Dios y la celebración del misterio cristiano que alimenta y vivifica la fe de los creyentes. Por ello, estos dos aspectos necesitan de especial cuidado.

En relación con la formación, se hace precisa una formación integral que atienda a la dimensión personal, espiritual, teológica, social y práctica. Para ello, es imprescindible una comunidad de referencia, porque hay un principio del “caminar juntos” que es el de la formación del corazón, que trasciende los saberes concretos y abarca la vida entera. Es necesario incorporar a la vida cristiana la formación continua y permanente para poner en práctica la sinodalidad, madurar y crecer en la fe, participar en la vida pública, acrecentar el amor y la participación de los fieles en la eucaristía, asumir ministerios estables, ejercer una corresponsabilidad real en el gobierno de la Iglesia, dialogar con las otras Iglesias y con la sociedad para acercarse fraternalmente a los alejados.

Esa formación puede estar orientada por un plan diocesano de formación del laicado, con especial incidencia en la Doctrina Social de la Iglesia y que forme acompañantes cristianos para las comunidades. La formación online puede ser un cauce oportuno a tal fin.

Con relación a la celebración, conviene una preparación esmerada, realizada por equipos de liturgia presentes en cada parroquia. La eucaristía, que finaliza con el envío a la sociedad, por su valor mistagógico, nos introduce en la comunión profunda con Dios y con los hermanos, por la alegría y esperanza que se transmiten, especialmente cuando participan los niños y los jóvenes. Urge renovar nuestras celebraciones, revisando y mejorando los gestos y el lenguaje y la comprensión de las homilías, haciéndolas más participativas y comunitarias.

Por último, planteamos una serie de propuestas diferenciadas en función del nivel de actuación.

1.- Propuestas a nivel parroquial

Promover una nueva forma de estar en el territorio. El mapa parroquial actual muestra una realidad que corresponde al pasado porque en muchos lugares la parroquia ya no es una realidad pastoral viva, sino un territorio de misión. En la España rural hay que organizar una nueva forma de presencia de la Iglesia con sinergias en la vida parroquial y un mayor compromiso de los fieles laicos.

Poner en marcha, allí donde no existen, los consejos parroquiales y de asuntos económicos o, en su caso, renovarlos, haciendo de ellos verdaderos espacios sinodales. Conviene también considerar sobre qué temas los consejos parroquiales o de economía pueden ser deliberativos, con la participación de los laicos. Ambos consejos se consideran instrumentos fundamentales de sinodalidad.

Favorecer los pequeños grupos de fe que se alimentan a diario de la Palabra y que juntos profundizan en su vivencia cristiana. Han de cuidarse y alimentarse, ya que constituyen un fermento que hará crecer la semilla de la fe.

2.- Propuestas a nivel diocesano

Dar mayor protagonismo a los movimientos eclesiales, las cofradías y hermandades, y a la vida consagrada y monástica en la elaboración de los planes diocesanos. Su aportación puede contribuir a la renovación de la Iglesia, sobre todo a través de los consejos diocesanos de pastoral.

Desarrollar y aumentar el número de ministerios formalmente reconocidos para los laicos: ministros de liturgia, de la Palabra, de Caritas, de visitadores, de catequistas.

Priorizar el trabajo en red de todas las realidades que existen en las diócesis.

3.- Propuestas a nivel de Iglesia universal

Ayudar a redescubrir la vocación bautismal, la común pertenencia al Pueblo de Dios, buscando espacios de comunión y de trabajo en equipo, así como la implicación en un proyecto de anuncio de Jesús en este mundo y en este tiempo.

Estar cada vez más presente como voz profética en todas las dificultades, conflictos y desafíos del mundo de hoy.

Nuestro proceso no concluye aquí. Las urgencias, aspectos que precisan de un especial cuidado y propuestas concretas que se recogen en esta síntesis, junto con todas las aportaciones que han surgido de los grupos sinodales, necesitan de un mayor discernimiento en nuestras diferentes comunidades. Concluida la fase diocesana del Sínodo, es momento propicio para llevarlo a cabo, dando así continuidad a nuestra experiencia sinodal, al tiempo que se desarrolla la fase continental.

La Iglesia que peregrina en España se muestra agradecida al papa Francisco por impulsar este proceso sinodal. A pesar de sus dificultades, ha abierto caminos de esperanza. Una esperanza que se asienta en la fidelidad de Dios, que cumple siempre sus promesas.

Nuestro aporte al Sínodo de la Iglesia

Aportaciones al Sínodo de la Iglesia Católica

Como grupo de cristianos  de Horcajo de Santiago, (calle Juan de la Cierva, 6)      hemos tenido un estudio-debate sobre la sinodalidad en la Iglesia; y estando atentos a la oportunidad que nos da el Papa Francisco a todo el Pueblo de Dios, nos sentimos llamados a dar nuestra contribución para la renovación de la Iglesia conforme al Evangelio de Jesús y de acuerdo con el Concilio Vaticano II.

 Por ello enviamos por este medio nuestras aportaciones a los responsables del Proceso Sinodal de la Diócesis de Cuenca.

Sintiéndonos cristianos, seguidores de Jesús, que intentan vivir el Evangelio, estamos participando semanalmente en la celebración de la Eucaristía y en la formación cristiana. Nos sentimos unidos a toda la Iglesia y en particular a nuestra Diócesis de Cuenca, deseando llevar el Evangelio con nuestro testimonio y compromisos pastorales.    Somos conscientes  que formamos parte del Pueblo de Dios, donde participamos por el Bautismo de la dignidad de hijos de Dios, tanto varones como mujeres, hermanos todos, discípulos y misioneros, que intentan llevar el Evangelio en la construcción del Reino de Dios.

Igualmente creemos que Jesucristo es el único Sacerdote en la Iglesia y que todos los bautizados formamos parte de ese sacerdocio común del Pueblo de Dios y a la vez también afirmamos que el sacerdocio ministerial está al servicio de todo el Pueblo de Dios; y debería estar abierto a todos los bautizados, hombres y mujeres, célibes y casados.

Por eso creemos que tenemos que ir superando el modelo jerárquico y autoritario de la Iglesia anterior al Vaticano II, apostando por un modelo más circular y democrático donde se supere de una vez el clericalismo, como nos está pidiendo constantemente el Papa Francisco. Y para eso proponemos la mayor participación de los laicos en los planes pastorales y en las estructuras y organismos eclesiales, tanto parroquiales como diocesanos.

Para ello proponemos una adecuada formación bíblica y en doctrina social de la Iglesia de todos los agentes pastorales para que puedan realizar convenientemente los ministerios pastorales que hoy se requieren y para realizar la misión del Reino de Dios.  Igualmente pensamos que para que la Iglesia pueda anunciar con libertad el Evangelio, tendría que optar por vivir la pobreza evangélica y renunciar a los privilegios y poderes que se le han ido pegando a lo largo de la historia.

Dando las gracias a los responsables de la Diócesis de Cuenca por recibir estos aportes, esperamos que los puedan tener en cuenta.

Horcajo de Santiago mayo de 2022

Firmado                                                                                 Firmado

Daniel Sánchez Barbero y 20 firmas más

La sinodalidad, un camino


Palabra, liderazgo y comunidad eclesial


Carmen Soto Varela

Lidia, Febe, Prisca, Junia, Tecla, Olimpia, Paula o Lampadion son algunos nombres de mujeres que dejaron huella en la memoria cristiana porque asumieron tareas significativas en sus comunidades, contribuyendo al crecimiento y configuración del cristianismo en los primeros siglos


Sus relatos son breves y a veces fragmentarios, pero su existencia nos habla del profundo anhelo de igualdad e inclusividad que palpitaba en el camino cristiano en sus comienzos, pero que no pudo realizarse del todo porque chocaba con los imaginarios de género, las concepciones identitarias y las expectativas frente a las mujeres de las sociedades del mundo mediterráneo antiguo en las que estaban insertas las primeras comunidades de creyentes en Jesús.

Del vivir al proclamar

Los relatos evangélicos nos recuerdan que las mujeres siguieron a Jesús en Galilea, subieron con él a Jerusalén y son las primeras testigos y anunciadoras de que Jesús vive. Algunas de estas mujeres son recordadas por sus nombres: Magdalena, Salomé, María la madre de Santiago, María de Cleofás, Juana… y las encontramos adquiriendo un protagonismo muy relevante especialmente en los relatos de la Pasión y la Pascua.

De formas diversas, los autores de los evangelios señalan que estas mujeres seguían y servían a Jesús ya desde Galilea, reconociendo su pertenencia al grupo de Jesús, aunque su memoria de discípulas haya sido difuminada por los pinceles de la mirada androcéntrica y patriarcal a la que no pudieron sustraerse los autores de los textos.

En los evangelios se subraya la centralidad del servicio (diakonia) como clave del discipulado (Mc 10, 42-45) y este significado nos permite intuir que la diakonia de estas mujeres iba más allá, pues lo que era habitual en sus vidas se convertía en paradigma para el seguimiento y estaba llamado a definir las relaciones comunitarias, los estilos de liderazgo y las propuestas organizativas de la comunidad del Reino a la que habían sido convocadas.

Como mujeres, estaban llamadas también a hacer los ritos de duelo; por eso, aquella mañana se dirigen a la tumba de Jesús y allí, al hacer memoria del Maestro, su lamento se convierte en experiencia de revelación y en mandato de anunciar lo que habían visto y oído. Su encuentro con el Resucitado, y el modo en que ellas interpretaron la experiencia vivida y la narraron, está en el origen del kerigma, y su testimonio las legitimaba para asumir servicios en la comunidad y en la misión, aunque por su condición de mujeres no siempre les resultase fácil.

Líderes y anfitrionas

El Nuevo Testamento testimonia la presencia de mujeres que se destacaron por su liderazgo y por las tareas que iban asumiendo en sus comunidades. Sus relatos nos revelan el valor e importancia que ellas tuvieron en la organización eclesial y señalan su audacia y compromiso en la tarea misionera y evangelizadora.

Aunque los datos que nos ofrecen los textos aportan poca información para determinar cómo eran los ministerios que ejercieron y cómo se definió su liderazgo, es posible recuperar una praxis existente, que sin duda estuvo condicionada por las creencias sobre las mujeres y su lugar en la sociedad y en la religión de aquel momento. Esto, sin embargo, no impide que la memoria y su papel en la construcción de la Iglesia en los comienzos legitime la inclusión de las mujeres en los ministerios eclesiales, y nos invite a repensar las estructuras actuales para posibilitar una comunidad de iguales que posibilite un acceso normalizado e inclusivo a los diferentes servicios eclesiales y al liderazgo.

Sínodo 2023

La CEE envía un cuestionario a las diócesis para conocer el estado de la consulta

La fase diocesana se prolonga hasta agosto de 2022

El equipo sinodal de la CEE quiere avanzar en su labor de acompañamiento a los responsables diocesanos Después de varias semanas de proceso, las diócesis españolas han comenzado a compartir sus reflexiones en encuentros públicos y orientados a la escucha

Todo sobre el Sínodo 2021-2023                                                                                            Por | María Gomez / ARAS

El pasado lunes 7 de febrero, la Secretaría General del Sínodo presentó el primer balance oficial del camino sinodal. Hablaban de «gran satisfacción» porque el 98% de las conferencias episcopales y sínodos de las Iglesias orientales han designado a una persona o equipo responsable de guiar el Sínodo en las realidades locales.                            Y entre las conclusiones, varias fortalezas y alguna debilidad; entre ellas: «Los laicos y la vida consagrada están mostrando un gran entusiasmo (…) El miedo y la reticencia que se dan entre algunos grupos de fieles y entre el clero».                                             ¿Y en España? Tres meses después de iniciada la fase diocesana, ¿cómo se está desarrollando el Sínodo de la sinodalidad en las diócesis españolas?

El equipo sinodal constituido por la Conferencia Episcopal Española (CEE), que coordina el arzobispo Vicente Jiménez Zamora, mantuvo un encuentro en Madrid el pasado 27 de enero para concretar los pasos que quiere seguir dando en su labor de acompañamiento a las diócesis.                                                                                       Entre las medidas que van a poner en marcha, ha decidido que van a enviar a los responsables diocesanos un cuestionario para conocer en qué momento de la consulta se encuentran los grupos sinodales en España.                                          Los resultados se conocerán a principios de marzo, en una reunión que además servirá para mantener reuniones online por zonas y conocer en qué medida el proceso sinodal está llegando a las distintas realidades eclesiales (parroquias, asociaciones, movimientos, congregaciones, etc.) y a colectivos de alejados. Además, aprovecharán para realizar una jornada formativa.

Asamblea final en junio

Suponiendo que ese balance del estado del Sínodo en España se haga público, hasta ese momento no podrá conocerse con seguridad cuántas parroquias, grupos, movimientos, asociaciones, congregaciones y comunidades de todo tipo están participando en la consulta sinodal requerida por el papa Francisco.                                   Lo que sí es seguro es que en una fecha por concretar en el mes de junio se celebrará la Asamblea final o fiesta sinodal, un evento que será el momento culmen del discernimiento diocesano, donde se presentarán las síntesis y testimonios del camino sinodal y habrá espacios para la deliberación de los participantes y para la celebración.  Posteriormente, el equipo sinodal de la CEE elaborará una síntesis con las aportaciones diocesanas que enviará a los obispos españoles, estos las trabajarán en asamblea y mandarán a Roma (con fecha límite de agosto de 2022) un documento que, junto a las conclusiones de las conferencias episcopales del resto del mundo, serán la base del primer Instrumentum laboris[LEER MÁS: Por qué hay dos Instrumentum laboris del Sínodo de 2023]                                                                                                                   Primeros eventos sinodales en las diócesis                                                                     Después de varias semanas de camino sinodal, las diócesis españolas han comenzado a compartir sus reflexiones en encuentros públicos. Al mismo tiempo, el proceso sinodal recomienda ampliar la consulta más allá de las parroquias y comunidades, y abrirlos a la sociedad civil, y en esa línea también se han celebrado varios encuentros enfocados a la escucha.                                                                                                    Por ejemplo, en Madrid, el 11 de enero, tuvo lugar un encuentro público entre el cardenal Carlos Osoro y una veintena de políticos, creyentes y no creyentes, de todas las formaciones políticas (PP, Más Madrid, PSOE, Podemos, Ciudadanos, Recupera Madrid y Vox). Fue un debate amplio y rico donde se trataron los más diversos asuntos: desde la encíclica Fratelli Tutti, los sin-papeles y los pobres, hasta el papel de la mujer, los abusos o el materialismo.                                                                                                Entre otras muchas actividades y encuentros, Osoro también se ha reunido con los empresarios y con profesores universitarios.                                                                En Bilbao, en el auditorio de la Universidad de Deusto, el 23 de enero se celebró una jornada con un centenar de representantes de los 97 grupos sinodales de la diócesis, en los que han participado alrededor de 2.700 personas. Se presentó un resumen de las propuestas y se trabajó conjuntamente en un borrador del documento-síntesis. El obispo, Joseba Segura, insistió: «Los debates de ideas son necesarios en la Iglesia»

4 propuestas para el Sínodo de los cristianos de base de España

El documento enviado desde Redes Cristianas hace referencia a la necesidad de una Iglesia “horizontal” y “de iguales”, que deje atrás “sus pretensiones de uniformismo doctrinal y moral”

La Asamblea Eclesial cierra proceso de escucha

La colaboración de los cristianos de base ha llegado al Sínodo de la Sinodalidad. Y es que estas comunidades católicas españolas, integradas en el colectivo Redes Cristianas, han enviado un documento al Vaticano y a la Conferencia Episcopal Española (CEE) en el que detallan sus aportaciones para el Sínodo, que se celebrará en octubre de 2023.


El documento enviado desde Redes Cristianas, bajo el título ‘Por una Iglesia posible y necesaria en España’, hace referencia a la necesidad de una Iglesia “horizontal” y “de iguales” y que deje atrás “sus pretensiones de uniformismo doctrinal y moral, su patriarcalismo y organización estamental piramidal”. En total, Redes Cristianas ha hecho 4 propuestas para una Iglesia sinodal:

1. Organización como una sociedad de iguales

“Ante esta consecuencia directa del Evangelio proclamada por Pablo, ya no se puede mantener, en el mundo de hoy, una Iglesia de clases y corporativismos donde el poder anacrónico se reparte solo entre varones y al margen de la formalidad democrática. Todo lo que puede hacer un varón en nuestras comunidades es igualmente posible y apropiado para la mujer y, por tanto, la Iglesia debe incorporar a la mujer [y a las otras personas diferentes] a todas sus funciones, tanto de reflexión, como de gobierno y de celebración”.

2. Acogida de comunidades

“Asumir a personas y colectivos que discrepan del pensamiento teológico y moral único, de las prácticas litúrgico-pastorales uniformes, de la espiritualidad única, etc., como, por ejemplo, Redes Cristianas (con todas las Comunidades de Base, los grupos críticos y colectivos que firmamos este documento)”.

3. Aplicar la Doctrina Social de la Iglesia

“Aplicar en el propio funcionamiento de la Iglesia las orientaciones de Doctrina Social que propone para la sociedad en su conjunto. Orientaciones sobre democracia, papel de la mujer, derechos de los trabajadores, etc”.

4. Cambio en las celebraciones

“Fomentando celebraciones cristianas vivas y creativas, donde todas las personas puedan participar; porque toda la comunidad es la que celebra y lo hace con naturalidad, sin vestimentas ni ritos extraños, sin necesidad de recintos sagrados, ni protagonismo de ningún celebrante. La horizontalidad en estas celebraciones conlleva un cuestionamiento de la figura del sacerdote-presidente, como ser investido de poderes sagrados, para subrayar el protagonismo ministerial de la comunidad en su conjunto. Una organización que, reconociendo la pluralidad de carismas, supere a la vez cualquier jerarquización de los ministerios. Y siempre haciendo iluminar la Palabra de Dios sobre la realidad social que nos rodea, pero respetando y haciendo presente lo esencial, el mandato de Jesús: “haced esto en memoria mía”. No repetimos un rito, sino un proyecto y un estilo de vida, el de Jesús. Y todo ello en clave de fiesta, con nuestros cantos y guitarras y compartiendo la comida como hermanos”.

Una Iglesia “decidida”

Asimismo, Redes Cristianas “apuesta” por una Iglesia “capaz de vivir en el contexto de una sociedad laica y fuertemente secularizada”, dispuesta a “aceptar que el inmenso depósito cultural y espiritual que atesora no puede fijarla en un pasado irrepetible, sino que la está empujando a seguir haciendo historia con toda la humanidad”, decidida a “devolver a la sociedad civil “todos los bienes histórico-culturales que ha inmatriculado durante más de 70 años al amparo de unas leyes nacidas bajo la dictadura franquista o abiertamente inconstitucionales”.

Por último, “comprometida a romper con la permisividad, el encubrimiento y la desidia que ha mantenido la jerarquía española sobre la pederastia, a pedir perdón y apoyar una investigación exhaustiva, imparcial y sincera que saque a la luz los abusos sexuales del clero y establezca medidas eficaces de reparación al ingente número de víctimas de este delito”.

Sobre el Sínodo que viene, o está viniendo

Por | Victorino Pérez Prieto

Una pequeña parte de la Iglesia católica, que forma parte de la sociedad en proporción más pequeña aún…  está siendo movilizada en los últimos tiempos para un nuevo sínodo, con un tema y un título atractivo para los que abogamos por una Iglesia más acorde con el proyecto liberador de Jesús de Nazaret: “Por una Iglesia sinodal: comunión, participación y misión”. Un acontecimiento y un proceso que invita a caminar juntos, a acompañarse, como indica la misma palabra sínodosyn (“juntos”) y hodos (“camino”). Puede resultar algo atractivo y así lo han ido manifestando en los últimos meses algunos grupos y ambientes de Iglesia. Pero, confieso que no me siento muy ilusionado con la propuesta, y he tenido que hacer un gran esfuerzo de motivación para ponerme a escribir sobre el tema –tras un largo tiempo de silencio en este blog por distintas circunstancias ajenas a él–, porque no encontraba esa motivación.

¿Por qué? En primer lugar, por la misma convocatoria y luego por lo que hemos ido viendo en la historia de los mismos sínodos. Una convocatoria que está hecha desde arriba y controlada por los de arriba –y no precisamente por el Señor de los cielos, sino por señores de la tierra…– tanto en el proceso de elaboración –incluso la participación del pueblo desde unas preguntas ya elaboradas previamente por ellos…–, como en el tratamiento de las conclusiones, y, lo que es más importante, por lo que se va a hacer con estas. Es un “sínodo de los obispos”, lo convoca el papa y la curia vaticana; el secretario general será un cardenal –los subsecretarios, otro obispo y una mujer, creo van a decidir muy poco…-, el presidente y el relator serán también arzobispos, etc.

Los sínodos, revitalizados tras el Concilio Vaticano IIson solo “organismos consultivos”, y tienen por misión “asesorar al papa” en el tema propuesto; por eso, es éste el que escribe el texto final tras su conclusión, la “Exhortación Apostólica Postsinodal”,  y lo hace según le parece él. Es decir, no tienen ninguna capacidad real de decisión. Y así ha ocurrido en la historia de estos desde Pablo VI hasta Francisco. 

Ha ocurrido desde el primero (1967) conPablo VI, aún en el clima ilusionante del Vaticano II, pero que tenía un título menos sugerente que el actual (“Preservación y fortalecimiento de la fe católica, su integridad, su fuerza, su desarrollo, su coherencia doctrinal e histórica”), los siguientes (1969, 1971 y el de 1974 que dio lugar a la hermosa “Evangelii nuntiandi”); luego los que se realizaron en el pontificado de Juan Pablo II (1977, 1980,1983, 1985, 1987, 1990… 2003) y en el de Benedicto XVI (2005, 2008, 2009 y 2010). Al último (2019), con Francisco, el Sínodo de la Amazonia, que pretendía abrir “nuevos caminos para la Iglesia”; pero sus grandes e ilusionantes propuestas sobre el ministerio y las nuevas formas de evangelización desde los laicos, hechas en la periferia, quedaron en papel mojado.

¿Será este nuevo sínodo 2021-2023 diferente? Me temo que no. Primero, por su convocatoria; aunque se pretenda “escuchar a toda la Iglesia y encontrar métodos que faciliten llevar este concepto de sinodalidad a la práctica”, está realizada desde una autoridad impuesta a todo el pueblo de Dios que no va a hacerse el harakiri. Y segundo, por su planteamiento también jerárquico; las reflexiones previas seguirán siendo utilizadas solamente según el arbitrio del papa y la curia vaticana. Se ha destacado mucho la “novedad”, por primera vez en la historia de los Sínodos, de no limitarse el sínodo a la Asamblea de los obispo en octubre de 2023, sino que habrá una presunta participación de todo el pueblo de Dios (sacerdotes, religiosos/as, laicos/as, hombres, mujeres, jóvenes, adultos…); comenzando con fases previas de consulta en las Iglesias particulares, particularmente de los laicos y las comunidades, según laintención del papa Francisco en que “la Iglesia entera participe en la búsqueda de métodos en pos de la sinodalidad”.

Pero esto ¿será realmente escuchar la voz da la Iglesia de base?¿Qué ocurre con los que ya de entrada van a ver excluida y/o silenciada su voz? En primer lugar, las mujeres, ¿estarán en él realmente en pie de igualdad con los clérigos varones, obispos o incluso del más bajo escalafón? Pero también  los divorciados y vueltos a casar, las personas LGBTIQ y los bautizados/as “rebeldes”… No es de extrañar que en algún comentario se haya escrito que para creer realmente en la eficacia democrática del sínodo le gustaría tener la lista de las cosas que realmente cambiarían, tras las propuestas hechas, y comprobar luego si es verdad; para que no ocurra lo tan sabido de hacer creer que algo cambia para que realmente nada cambie.

Luis Marín

Luis Marín, subsecretario del Sínodo, dijo hace unos meses en unas Jornadas de Apostolado Seglar de la CEE  que “el sínodo no se hace para que todo siga igual”, valorando la corresponsabilidad real de los laicos. Frente a un modelo eclesiológico piramidal que calificó como “falso”, dijo que había otro que también lo era: un “modelo de esfera” donde todos somos iguales y todos votamos y decidimos. Y propuso una tercera imagen: El poliedro: mismo nivel, pero distintas caras, distintos colores. Diversidad en unidad: comunión, participación y misión en una Iglesia pueblo de Dios que camina unido”.Muy bonito; pero la realidad es que si en la iglesia el poder no es circular y democrático/koinónico, sigue siendo piramidal/feudal y solo lo ejercen unos pocos, que a todo más le darán a los laicos migajas de participación para contentarlos.

Me temo que esto será lo que ocurra una vez más con este sínodo, a pesar de las ilusiones puestas en él. Mientras no se dé un verdadero “cambio estructural de la Iglesia”,que pedía el gran teólogo Karl Rahner hace cincuenta años (1971) en el contexto de un sínodo de la Iglesia alemana, se tratará de parches que no van a cambiar realmente nada.