Comunidades de misa, mesa y misión

La Facultad de Teología de la Universidad Católica de Valencia ha elaborado un estudio inédito que analiza las buenas prácticas de una muestra significativa de lo que han denominado como “parroquias evangelizadoras”, esto es, templos que han dado el salto de una dinámica de mantenimiento, centrada en servicios confesionales propios de un contexto católico por tradición, a una pastoral misionera encarnada en una sociedad secularizada.

Sin querer presentar un modelo paradigmático ni recetas mesiánicas de conversiones a mansalva, en su estudio, el equipo de investigadores hace hincapié en algunos aspectos que entroncan directamente con la apuesta sinodal que vertebra el actual pontificado. Por un lado, la imprescindible conversión personal, tanto del párroco como de los laicos, para vivir con una renovada pasión el discipulado misionero. Este cambio no se materializa de inmediato, sino que exige un proceso artesanal para configurar una comunidad real de seguidores de Jesús de Nazaret, que irá conformando equipos operativamente saludables y eficaces.

Solo así se moldeará una sana corresponsabilidad y complementariedad, que –tal y como ha afirmado el Papa en estos días– supere  “los modos de actuar autónomamente o en vías paralelas que no se encuentran nunca”. Si el celo apostólico verdaderamente está atravesado por el Espíritu a través de la oración, la eucaristía y el discernimiento compartido, por añadidura llegará una reestructuración del organigrama y proyectos pastorales frescos, integrados e integradores. De lo contrario, se caerá en la tentación de querer solapar la aplicación de métodos de importación de primer anuncio y campañas de neoconversión tan efectistas como contraproducentes. De la misma manera, también se puede caer, bien en una deriva de clericalización de los seglares o de reducirles a funcionarios de una empresa con aderezos eclesiales.

Ser casa samaritana

Si algo tienen en común estas parroquias evangelizadoras es que, una vez que se ha consolidado la conversión pastoral, lejos de anclarse en ‘grupos estufa’ militantes, su compromiso más allá de los muros de la iglesia se ha multiplicado, hasta convertirse en uno de los agentes dinamizadores de los barrios y los pueblos de los que se sienten parte.

Es decir, dejan de ser el espacio donde solo se administran los sacramentos o se da una ayuda asistencial, para convertirse en alma y corazón de sus vecinos, a los que acogen y abrazan sin exclusiones desde la escucha. Así, se configura una Iglesia en salida que se sabe familia de familias, que abre sus puertas para ser casa samaritana, y no un club que se reserva el derecho de admisión, para ser hogar donde compartir misa, mesa y misión.

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