El legado de Rutilio (6)

La opción primaria y fundamental

La “opción primaria y fundamental” de Rutilio es una especie de declaración de principios, que expresa su compromiso con la liberación de los pobres y su deseo de ser consecuente con su vocación sacerdotal y religiosa.

Rutilio optó por “un trabajo pastoral y en equipo, en una zona rural campesina o suburbana marginada en orden a una promoción integral a partir de una concientización cristiana”.

Los elementos constitutivos de su “opción primaria y fundamental” eran el equipo misionero mixto, la experiencia pastoral en una zona rural o suburbana marginal, la articulación  de la evangelización y promoción humana y la metodología de la concientización cristiana.

La vida interna del equipo misionero, de la cual se derivarían la planificación del trabajo, la reflexión y el interés por el estudio y el descanso.. A diferencia de la experiencia apostólica tradicional, el equipo propuesto por Rutilio sería mixto. Además de los jesuítas, Rutilio pensaba incluir algunas religiosas y sacerdotes diocesanos.

La otra novedad del proyecto de Rutilio era la naturaleza de su misión. En efecto, esa misión sería concreta y capaz de entusiasmar a otros, porque si el equipo se consolidaba en su originalidad, creatividad y dinamismo, suscitaría otras experiencias similares.

La zona rural o la suburbana marginal era el lugar idóneo para desarrollar la experiencia, porque ahí se concentraba el pueblo pobre, del cual él mismo había salido y al cual deseaba volver para poner sus conocimientos y experiencias a su servicio. Rutilio sentía que los viajes, los estudios y los trabajos anteriores lo habían alejado e incluso enajenado de su pueblo, al cual se debía por entero.

En la reunión viceprovincial de diciembre de 1969, los jesuitas centroamericanos se plantearon, en ambiente de Ejercicios espirituales, su actividad apostólica. Y en septiembre de 1970, optaron, como viceprovincia, por la liberación de los pobres.

La reformulación de la identidad y de la misión viceprovincial y de los apostolados provocó una serie de crisis personales e institucionales, que solo se superaron a comienzos de la década de 1980. La realidad centroamericana forzó a los jesuitas a definirse por el cambio o por la conservación de unas formas obsoletas.

Rutilio tenía claridad sobre el agotamiento de la mentalidad y de las prácticas predominantes, evidente para él en la falta de entusiasmo apostólico, en el cansancio y en la rutina. Rutilio había descubierto las grandes intuiciones de la teología de la liberación, cuyas implicaciones teóricas y prácticas profundizó más tarde en el IPLA.

Esas intuiciones, según sus propias palabras, inspiraron su actuación firme y conflictiva en los acontecimientos posteriores a la Primera Semana de pastoral de conjunto y en la homilía del 6 de agosto de 1970. En este contexto, formuló “su opción primaria y fundamental”.

Rutilio concibió el trabajo pastoral como una actividad en equipo. Para él era evidente la riqueza y dinamismo de un equipo compenetrado en torno a un objetivo concreto y definido, entusiasmante y actual. Así se produciría la vivencia comunitaria del ideal por el cual se trabajaba. Se revisaría y planificaría gradualmente, facilitando la evaluación, la reflexión y el estudio. Una comunidad de vida y trabajo bien llevada suscitaría normalmente una constelación de equipos en la misma línea. Estimularía con experiencias nuevas y creativas suscitando contagio y uniendo a los diversos grupos dentro de las principales “coordenadas” de la acción pastoral planificada en una zona o región.

En este momento del proceso aparecen claramente formulados los dos polos que marcaron la existencia personal y apostólica de Rutilio: el pueblo, o lo que él llamaba las mayorías, y la misión del sacerdote en medio del pueblo oprimido.

En medio de ese pueblo oprimido y marginado económica y políticamente, Rutilio situó su misión, como sacerdote y ministro, es decir, como servidor de todos. El creyó que se anunciaban los albores de una segunda independencia, de la cual la primera había sido un breve anticipo: son los valores eternos del hombre –los mismos que proclamaba el Evangelio- los que constantemente golpean la conciencia de los pueblos.

Jesús, el hombre del pueblo, no el político partidista y electorero, sino el político del bien común de las mayorías. La labor sacerdotal era específica, pero en ciertas circunstancias y en virtud de la conciencia, admitió Rutilio, el sacerdote estaba obligado a jugar un rol supletorio y transitorio luchando por la libertad del pueblo si estaba en juego un bien mayor, urgente e impostergable.

El sacerdote, por vocación, ha de estar encarnado en la problemática de su tiempo. Es comprensible que las minorías griten alarmadas: ¡curas comunistas! Pero Jesús también fue tildado de subversivo y político por luchar por la implantación del Reino de Dios. Dichosos son aquellos hombres que no son traidores ni retardatarios en esa hora decisiva, porque de serlo, advirtió Rutilio, pecarán contra la luz, la justicia, el pueblo y Dios, quien se expresa en la inmensa muchedumbre de los humildes y desheredados de la tierra.

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