Les abrió los ojos

‘Les abrió los ojos’, un apunte sobre la verdad 

POR BALMORE MUÑOZ ARTEAGA

Raimon Panikkar afirma que el hombre moderno tiene la necesidad, aunque lo desconozca, de intentar cultivar el todo para poder superar así la propia individualidad y readquirir el sentido de la persona. “El hombre no es un individuo, apunta categóricamente, es una persona, es decir, un nudo en una red infinita de relaciones”. Relaciones con él mismo, con el otro, con la realidad, con el mundo visible e invisible del que nos habla el Credo. 

Desafortunadamente la educación occidental ha descuidado aspectos vitales para la vida del hombre. Parece no estar interesada en el desarrollo de una existencia con el misterio que el propio hombre es efectivamente. Ha descuidado lo que canta el poeta José Hierro en uno de sus poemas: ‘Entendernos sin palabras’. “Que tú me entiendas a mí sin palabras como entiendo yo al mar o a la brisa enredada en un álamo verde”. No hemos cosechado, ni nos han enseñado a cosechar el valor fundamental de la contemplación. Por ello quiero rescatar una idea que surca la Escritura: aquella según la cual Dios ‘abre los ojos’ al hombre. Una expuesta en el libro del Génesis y la otra en el Evangelio según San Lucas. 

Génesis 3, 7 

“En ese momento se les abrieron los ojos, y los dos se dieron cuenta de que estaban desnudos”, nos narra el Génesis a propósito del resultado de la caída del hombre en el pecado original. Esta caída representa el ocultamiento del hombre del rostro de Dios (Cfr 3, 8). Ocultarnos del rostro de Dios es ocultarnos de nosotros mismos, de cuanto tenemos de misterio. De aquellos aspectos que abren los sentidos a un universo que va más allá del dato, de la certeza, de lo limitado que fue, es y será siempre el campo visual de la Ciencia. Ocultarnos de Dios representa darle la espalda a la verdad de la plenitud del hombre. 

Al abrirles Dios los ojos a Adán y a Eva, ellos sólo pudieron reconocer sus miserias humanas en su absoluta desnudez. Sus ojos se cerraron a todo aquello que no fuera su desnudez, su frontera con el misterio y su acceso a la verdad quedó reducida a un cálculo matemático, que no sabe pregonar la verdad del hombre, en especial porque es una verdad edificada a partir del olvido de la dimensión contemplativa y de la intuición, llevándonos al sinsentido de querer demostrar la existencia de Dios, de objetivarlo, para poderlo racionalizar “con el hermoso pretexto, afirma Panikkar, de creer en él”. 

Esto me recuerda otro poema de José Hierro, uno en el cual sintetiza a la Modernidad alegre entre flores de plástico. Esas flores de plástico que revelan la pequeñez y la necedad de los hombres que descubrimos sin descubrir, avanzamos sin avanzar, sentimos sin sentir, vivimos sin vivir. Ahogados entre certezas creyendo que creemos en una verdad que nos hunde más en nosotros mismos. 

Lucas 24, 31 

El pasaje de los discípulos de Emaús nos abre siempre a otra dimensión, una dimensión que se abre al ‘cruzar hacia la otra orilla’. Dimensión que nos muestra el camino hacia el misterio que somos. La narración cuenta cómo dos seguidores de Cristo, abatidos por su muerte, ‘retornan’ a la vida que tenían antes de conocerlo: vida que abre los ojos, pero no ve nada. Tan ciegos estaban que no reconocieron a su Señor resucitado. Tuvieron que escuchar la Palabra viva en labios del que vivía más que la vida para que su corazón ardiera y luego lo reconocieran al partir el pan. 

Jesús que es la Verdad del hombre abrió sus ojos desde la Palabra que avasalla todo límite y permite ver más allá. Ver más allá de nuestras miserias: contemplar nuestra plenitud. Jesucristo es el camino para abrirnos verdaderamente a la realidad, pues, como advierte Antonio Rosmini: fuimos ‘creados para la verdad’, pero ‘seducidos por el error’. Jesucristo nos rescata de esa seducción, es quien nos devuelve la vista, sólo Él. Paz y Bien

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