Preparando la beatificación de los mártires (2)

El cardenal Rosa Chávez habla sobre la beatificación de Rutilio Grande y compañeros mártires

En entrevista para Vida Nueva, el purpurado confió en que la beatificación de estos mártires traiga esperanza a El Salvador para alcanzar su sueño de paz

A cuatro días de que se celebre en El Salvador la beatificación del sacerdote jesuita Rutilio Grande y sus compañeros mártires Nelson Lemis y Manuel Solórzano, así como del fraile italiano Cosme Spessotto, Vida Nueva conversó con el cardenal Gregorio Rosa Chávez, quien este 22 de enero presidirá la celebración en la plaza del Divino Salvador del Mundo, mismo lugar donde se realizó la beatificación de monseñor Óscar Romero, en mayo de 2015.

El cardenal Rosa Chávez confía en que la beatificación de estos mártires pueda ayudar a El Salvador a recuperar la memoria y la esperanza para no renunciar al sueño de ser un país reconciliado y en paz, “un país como lo quiere nuestro Dios: justo, fraterno y solidario”.

Para el cardenal salvadoreño, el hecho de que esta beatificación se dé en un país devastado por una guerra que duró 12 años y dejó un saldo de aproximadamente 75 mil muertos, le hace pensar en lo que dice el Apocalipsis: “estos son los que vienen de la gran tribulación. Ellos han lavado y blanqueado sus túnicas en la sangre del Cordero”.

Al también obispo auxiliar de San Salvador le llena de esperanza pensar que esta fiesta de fe ocurre precisamente en el 30 aniversario de la firma de los Acuerdos de Paz que tuvieron como escenario el Castillo de Chapultepec, en la Ciudad de México.

En este sentido, explicó que en El Salvador mucha gente está desencantada con dichos acuerdos porque considera que de nada sirvieron, pues “estamos igual o peor que antes”, pero aclaró que la culpa no es de los acuerdos, sino “de nosotros, sobre todo los que vivimos la experiencia traumática de la guerra, que no hemos sabido conservar la memoria y no hemos sido capaces de ser testigos creíbles de la buena noticia de la paz…”.

Por ello, llamó a los salvadoreños a recuperar ‘el espíritu de los Acuerdos de Paz’ y la ‘hoja de ruta’ que allí se trazó.

La memoria nos llevará a la fidelidad

PREGUNTA.- ¿Qué significado tiene para la Iglesia en El Salvador la beatificación de Rutilio Grande y sus compañeros mártires?

RESPUESTA.- Somos una Iglesia martirial, pero estamos bastante pasivos. Nos sucede lo que dijo el papa Francisco en Nairobi, Uganda, en el año 2015: “Pidan la gracia de la memoria. Como les dije a los jóvenes: ‘Con la sangre de los católicos ugandeses está mezclada la sangre de los mártires’. No pierdan la memoria de esa semilla, para que, así, sigan creciendo”.

Sería maravilloso que esta celebración nos despierte y nos ponga en camino. La memoria nos llevará a la fidelidad; es decir, al camino de la santidad. Pero memoria y fidelidad sólo son posibles con la oración.

P.- ¿Considera usted relevante este acontecimiento para la Iglesia en Latinoamérica?

R.- San Juan Pablo II afirmó que “al término del segundo milenio, la Iglesia ha vuelto de nuevo a ser Iglesia de mártires. Las persecuciones de creyentes —sacerdotes, religiosos y laicos— han supuesto una gran siembra de mártires en varias partes del mundo… Es un testimonio que no hay que olvidar” (Tertio Millennio Adveniente 37).

Poco después el Santo Padre pedía a todas las Iglesias particulares elaborar la lista de sus mártires. Para nosotros no fue fácil porque la palabra “mártir” se aplicaba también a las personas que habían muerto con las armas en la mano luchando por unos ideales nobles. Monseñor Romero lo reconocía en una de sus homilías. América Latina tomó en serio las enseñanzas del Concilio Vaticano II, tal como las tradujo para nuestro continente la asamblea de obispos reunidos en Medellín en 1968. Y tomar en serio el Concilio nos trajo la gracia del martirio.

En El Salvador hemos tenido, desde el inicio del ministerio de monseñor Romero como arzobispo, veinte sacerdotes asesinados, así como dos obispos, uno de ellos es monseñor Roberto Joaquín Ramos, de quien casi no se habla. A ellos debemos añadir tres religiosas y una misionera laica, todas de nacionalidad estadounidense, y cientos de mártires anónimos. La presencia de dos laicos -un joven y un adulto- son como una ventana para asomarse a esa realidad de “una multitud inmensa que nadie podía contar” (Apoc 7, 9).

El Salvador necesita mucho oxígeno espiritual

P.- ¿Cuál es el ejemplo que los próximos beatos dan a los fieles y qué virtudes debieran imitar las nuevas generaciones?

R.- Monseñor Romero hablaba de católicos “de misa dominical y de semanas injustas” (homilía 4 diciembre 1977). El soñó con una Iglesia, tal como la describe el documento Juventud en Medellín: “que se presente cada vez más nítida, en América Latina, el rostro de una Iglesia auténticamente pobre, misionera y pascual, desligada de todo poder temporal y audazmente comprometida en la liberación de todo el hombre y de todos los hombres” (n. 15). Esa Iglesia soñada, nuestro santo la describía como “una Iglesia que ha puesto su fuerza en el poder de Dios, en el deseo de ser auténtica Iglesia, en el valor de desprenderse de aquellas cosas que antes tal vez la hacían poderosa, pero que no eran la fuerza de Dios” (homilía 16 de octubre 1977).

El papa Francisco lo expresa de distintas maneras: una Iglesia que “vive la dulce alegría de evangelizar”; una Iglesia en salida; una Iglesia que sale a la calle, corriendo el riesgo de tener un accidente; una Iglesia “hospital de campaña”; una Iglesia que muestre el rostro de Dios: cercano, tierno y misericordioso; una Iglesia que haga presente el Reino de Dios; una Iglesia donde todos se sientan “en casa”; “una Iglesia pobre para los pobres”.

P.- ¿Cómo será la ceremonia de beatificación? ¿Nos podría dar los detalles más relevantes?

R.- En un primer momento se había decidido tener la celebración frente a la catedral de San Salvador, en la plaza donde monseñor Romero tuvo la famosa “misa única” después del martirio del padre Rutilio y sus dos compañeros; además, en ese mismo lugar se realizó el solemne funeral de monseñor Romero, presidido por el cardenal mexicano Ernesto Corripio Ahumada, una misa inconclusa.

Pero la decisión tuvo que ser cambiada porque en ese lugar se están haciendo trabajos que no permiten una gran concentración de personas. Fue así como se escogió otro lugar emblemático: la Plaza del Salvador del Mundo, lugar donde tuvimos la inolvidable celebración de la beatificación de monseñor Romero el 23 de mayo de 2015.

Se prevé la asistencia de seis mil personas sentadas, guardando las medidas de bioseguridad, el sábado 22 de enero a las 5 pm. El cupo ya está lleno y nos ha sorprendido el enorme interés que este acontecimiento ha suscitado en todo el país. Los medios de comunicación están informando con mucho detalle y con simpatía, quizá porque el país necesita buenas noticias y mucho oxígeno espiritual para purificar una atmósfera contaminada por la mentira, la violencia verbal y otras formas de polarización.

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