A los 50 anos de la muerte de Mons Valencia

Gerardo Valencia Cano, episcopado como diaconado permanente

Gerardo Valencia Cano
Gerardo Valencia Cano

Tomó una posición en favor “de una Iglesia no comprometida con los poderes del Estado»

Cambió la mitra y el báculo por la piragua y el canalete, para acercarse a los negros desvalidos de su vicariato

Su despacho parecía más un centro asistencial, donde se solucionaban lo mismo problemas espirituales como de índole material

Porque conocía a su pueblo, le dolían sus dolores. Sufría con la miseria y con la explotación que se palpaban en Buenaventura

Por | Dumar Iván Espinosa Molina

Se cumplen 50 años de la trágica muerte del obispo Gerardo Valencia Cano, Vicario apostólico de Buenaventura (Colombia), director del departamento de misiones del Celam, ocurrida el 21 de enero de 1972 cuando contaba con 54 años de edad y 18 de episcopado. Gerardo Valencia Cano es uno de los padres conciliares latinoamericanos, firmantes del Pacto de las Catacumbas, “pastores con olor de oveja”, cercanos a los pobres, muertos en trágicos accidentes a los pocos años de concluido el Vaticano II, concilio que estaban aplicando en la realidad latinoamericana. Otros casos similares al suyo son los de Manuel Larraín Errazuriz, obispo de Talca (Chile), presidente del Celam, muerto en un accidente automovilístico el 22 de junio de 1966 con 65 años de edad y Raúl Zambrano Camader obispo de Facatativá (Colombia) director suplente del Departamento de pastoral de Conjunto del Celam muerto en un accidente aéreo el 18 de diciembre de 1972, el mismo año de Valencia Cano, a la edad de 51 años.

Periódicos de la época relatan la angustia vivida por los fieles del vicariato apostólico de Buenaventura que esperaban contra toda esperanza que la vida Gerardo Valencia Cano, obispo de los pobres no se hubiese apagado. Cuatro días después del accidente campesinos de la región donde ocurrió el accidente llegaron hasta sitio donde se encontraban esparcidos los restos de la aeronave y sus ocupantes contraviniendo la disposición de las autoridades de declarar el lugar campo santo ante la dificultades de la geografía y el clima. El cuerpo sin vida del obispo fue rescatado y llevado a la catedral donde una multitud dio el último adiós a su pastor.

El Tiempo 22 enero 1972 4
El Tiempo 25 enero 1972

Se reportan a continuación, como homenaje a este obispo que vivió el episcopado como “diaconado permanente”, dos breves notas periodísticas, escritas en el calor de los acontecimientos, sobre Gerardo Valencia Cano publicadas en el periódico El Tiempo entre el 22 y el 26 de enero 1972:

El primer artículo se titula “Vicario de la pobreza” y fue escrito por Germán Castillo:

«“Moncho”, el vicario de la pobreza, murió en la acción de su apostolado.

La figura de Gerardo Valencia fue la síntesis de una iglesia de servicio y amor.

El “hermano Gerardo”, como cariñosamente le llamábamos sus amigos, nació en la que fuera cuna del novelista Tomás Carrasquilla, Santo Domingo, Antioquia, el 26 de agosto de 1917. Hijo de arrieros antioqueños, compartió con sus doce hermanos la pobreza en la que quedó su familia en la crisis del año 30.

Fue ordenado sacerdote el 29 de noviembre de 1942 en la Congregación de sacerdotes de Yarumal, por su mentor religioso, el obispo Miguel Angel Builes, controvertido jerarca cuyas tesis políticas se distanciaron radicalmente de las de su discípulo Gerardo, quien tomó una posición en favor “de una Iglesia no comprometida con los poderes del Estado”.

Fue superior de la Congregación Misionera Javeriana, en los años de 1956 a 1958. Estudió Dogma en la Universidad Javeriana y se ufanó diciendo “que perdió los exámenes para doctor”.

El 27 de julio de 1949 fue –nombrado- Prefecto Apostólico en las selvas de Vaupés, en Mitú y posteriormente, el 24 de mayo de 1953, fue ordenado obispo, para asumir el 21 de julio del mismo año, la Vicaría Apostólica de Buenaventura, calidad de pastor que conservó hasta su trágica muerte.

El apelativo de “Moncho”, como le llamaron sus feligreses porteños, fue el único título que ostentó con orgullo, pues su vida se caracterizó por la sencillez y humildad que irradiaban respeto y amor dentro de la comunidad de marginados del Pacífico, a la que consagró su vida de auténtico pastor. Cambió la mitra y el báculo por la piragua y el canalete, para acercarse a los negros desvalidos de su vicariato.

Alternó lo mismo en los círculos primitivos que en los sofisticados contertulios intelectuales. No solo en Colombia sino en el hemisferio; formó con Helder Cámara y Monseñor Fragoso la vanguardia de las mitras de América, empeñadas en una iglesia post-conciliar.

Constantemente dejaba su despacho, el cual parecía más un centro asistencial, donde se solucionaban lo mismo problemas espirituales como de índole material. De su sudorosa chequera salieron los fondos para mitigar el hambre y la miseria de innumerables feligreses del puerto de Buenaventura.

Se le veía en el los ríos del sur con su tradicional atuendo, pantalón de dril y botas de caucho, repartiendo bendiciones y enseñando la doctrina de Cristo lo mismo a indios que a negros, durmiendo en los aserríos, donde en las noches de luna acompañaba la miseria con sus trovas populares, al son de su guitarra, experiencia que le llevó a convertirse en un símbolo de auténtico cristiano.

Pero también emprendía con la misma mística, viajes a congresos, simposios y reuniones tanto en Bogotá como en Londres o en Roma, a sostener sus tesis que le convirtieron en la controvertida –frase- del “Obispo Rojo Colombiano”

La realidad de “Moncho” fue la de un misionero consciente de su misión. Colombia y la jerarquía pierden con Gerardo Valencia al auténtico pastor que supo interpretar la hora de angustia en que se desenvuelve la historia de América. Que su muerte sea el comienzo de una toma de conciencia, que nos lleve a liberarnos de una miseria no merecida, y la luz de su evangelizadora obra sea el ejemplo para seguir en la búsqueda, de una sociedad donde el Hombre no sea víctima del hombre».

El segundo artículo se titula “El hermano Gerardo” fue escrito por Oscar Jaramillo S. J.

«Así simplemente. O con su nombre de pila. No le gustaban ni los títulos ni las venias ni los ropajes. Así lo conocían en la calle las gentes de buenaventura. Así lo reconocían los negros en las parroquias más alejadas de su inmenso Vicariato.

Ya lo admiraba por el conocimiento que de él había tenido a través de la prensa. Hasta que, hace tres años, me fui a verlo a Buenaventura. Me recibió en su casa: en la antigua casa cural del puerto, en donde vivía como uno más de los sacerdotes. Junto a la Iglesia Catedral, en la que celebraba la misa según el horario que le señalara el párroco.

Cuando lo encontré vestía traje de faena. Y así lo vi durante los cuatro días que duró mi visita.

Contra lo que yo pensaba antes de conocerlo, Gerardo Valencia era un hombre callado. De pocas palabras. Pero en una de aquellas noches logré llegarle al alma con alguna pregunta sobre la situación social de sus feligreses: entonces lo oí realmente elocuente.

Gerardo amaba ardientemente a su pueblo. Lo acompañé a pie por las calles. En todos los barrios lo conocían. Y él conocía a todos: a cada uno preguntaba por el pariente enfermo, por la niña que estudiaba en la escuela, por la marcha del negocio recientemente emprendido.

Y porque conocía a su pueblo, le dolían sus dolores. Sufría con la miseria y con la explotación que se palpaban en Buenaventura. Con la misma explotación que él había vivido en los llanos y selvas del oriente colombiano, antes de su nombramiento como obispo.

Fui el día domingo en su compañía a celebrar la misa en un barrio apartado de Buenaventura. Un barrio de miseria. Al llegar, una señora le llevó a su niña de seis años y le contó que ya sabía leer.

Gerardo celebró la misa, en la que habló el lenguaje de esas gentes. Y después de haber repartido la comunión, llamó a la niña para que se acercara al altar. Entonces dijo: “Les tengo una magnífica noticia. Un buen ejemplo. Esta niña de seis años, hija de doña Fulana, ya aprendió a leer. Quiero que la oigan”. Cargó entonces a la niñita, la colocó sobre el altar y le dio un libro para que leyera. Después pidió un aplauso para ella. Y dio fin a la celebración, en la forma acostumbrada.

Así era el hermano Gerardo. Sencillo, franco, nítido, insobornable. El Evangelio le corría por las venas. Le salía por los ojos. Se manifestaba en sus actividades cotidianas».

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