La pederastia, un problema de poder

[Por: Juan José Tamayo]

El negacionismo, el silencio y el ocultamiento de los crímenes de pederastia durante décadas, primero, el encubrimiento y la falta de denuncia ante los tribunales de justicia, después, y, ahora, la auditoría encargada por la Conferencia Episcopal Española (CEE) al despacho de abogados Cremades & Calvo Sotelo, cuyo presidente Javier Cremades ha reconocido su pertenencia al Opus Dei, organización eclesiástica encubridora de pederastas en su seno, son la mejor demostración del desprecio a las víctimas, de la falta de com-pasión hacia ellas por parte de la jerarquía católica española, que se convierte así en responsable y cómplice de dichos crímenes.

No vale decir que se trata de casos aislados y marginales, ni, como excusa, que la mayoría del clero católico y de los formadores de seminarios y noviciados de congregaciones religiosas han demostrado una conducta ejemplar. No, no son casos aislados y marginales, ni la pederastia es algo excepcional. Se trata de un problema estructural que debe resolverse a través de una transformación igualmente estructural de la Iglesia católica. Los pederastas dentro de la iglesia católica se ubican en el ámbito de lo sagrado, que es considerado espacio protegido, y, desde la institución eclesiástica, es excluido del ámbito cívico y se pretende blindar frente a cualquier acción judicial. Así se viene procediendo desde tiempos inmemoriales. 

La pederastia se produce en todos los espacios del poder eclesiástico y en sus dirigentes:  cardenales, arzobispos, obispos, miembros de la Curia romana, miembros de congregaciones religiosas, responsables de parroquias, capellanes de Congregaciones religiosas femeninas, profesores de colegios religiosos, formadores de seminarios y noviciados, padres espirituales, confesores, etc. Todos ellos se consideran representantes de Dios, y sus comportamientos, por muy perversos que sean, se ven legitimados por “su” Dios, el Dios varón que ellos han creado a su imagen y semejanza para ser perdonados por sus crímenes y librarse de las condenas terrenales y, a través de la absolución, también de las penas eternas. 

Este es su razonamiento: solo Dios es capaz de juzgar y, en su infinita misericordia y bondad, puede perdonar y perdona los pecados, no solo los veniales, sino también los mortales por muy graves que sean. Se crea así un cerco eclesiástico que impide llevar los casos de pederastia a los tribunales civiles.  

La raíz de la pederastia se encuentra en el poder detentado por las personas sagradas, un poder omnímodo y en todos los campos: poder sobre las conciencias que requieren de guías morales que ayuden a discernir el bien del mal, y esos guías son los representantes de Dios; poder sobre las mentes para uniformarlas sin posibilidad de disentir y para discernir la verdad de la falsedad, que llega a poner entre paréntesis la razón y reclama la iluminación de la fe bajo la guía del magisterio eclesiástico; poder sobre las almas, que, desde una antropología dualista, es lo único a salvar del ser humano; poder fálico sobre los cuerpos que se convierten en propiedad de las masculinidades sagradas, en objeto de colonización y en territorio de uso y abuso a su capricho. 

Es, en fin, un poder omnímodo, sin control de instancia humana alguna, sin equilibro de otros poderes, porque en la Iglesia católica no hay división de poderes, sino que todos están concentrados en el Papa y en sus representantes, nombrados con el dedo del Sumo Pontífice, como tampoco hay democracia que reconozca el derecho a elegir o cesar a los representantes, como tampoco reconocimiento y respeto de los derechos humanos de los cristianos dentro de la Iglesia católica.  

Pero no es un poder cualquiera, sino un poder patriarcal sobre las mujeres, los niños, las niñas, los adolescentes, los jóvenes y las personas discapacitadas. A las mujeres se les impone una moral de esclavas, que se resume en estos verbos: obedecer, someterse, soportar, aguantar, sacrificarse por, depender de, cuidar de, perdonar, renunciar, privarse de, callar. Un poder que se caracteriza por tener una organización jerárquico-piramidal donde las personas creyentes de base no tienen otra función que la de cumplir órdenes y donde las mujeres son excluidas del acceso directo a lo sagrado y de los ámbitos donde se toman las decisiones que afectan a toda la comunidad cristiana. La pederastia clerical se convierte así en la mayor perversión de la divinidad, de lo sagrado y de la religión.

¿Pueden erradicarse tamañas agresiones sexuales? Mi respuesta es negativa mientras impere en la Iglesia católica la masculinidad hegemónica convertida, además, en sagrada, y siga siendo la base del ejercicio del poder. No será posible la erradicación mientras el patriarcado sea la ideología y el orden religioso sobre el que se sustente la organización eclesiástica. Menos todavía mientras los ministerios eclesiales sean ejercidos solo por el clero y la jerarquía se apropie de la eclesialidad en exclusiva. 

Sí es posible la erradicación de la pederastia si se de-construye la actual estructura doctrinal, organizativa, legislativa autoritaria, patriarcal, homófoba, sexista, estamental y clerical, se produce un cambio de paradigma, una verdadera eclesiogénesis (Leonardo Boff) y se cambia la imagen del Dios padre padrone, porque como afirma Rafael Sánchez Ferlosio, si no cambian los dioses no cambiará nada.

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