LAS TRES TAREAS DEL SACERDOTE

Por X. Pikaza

 El Concilio Vaticano II, reasumiendo una antigua terminología eclesial, afirma que los sacerdotes (obispos y presbíteros) deben ejercer tres ministerios principales al servicio de la humanidad y de la misma iglesia: están llamados a enseñar, expandiendo como misioneros la palabra de Jesús entre los hombres, sean o no sean aún cristianos; en segundo lugar han de santificar a los creyentes a través de la celebración de la liturgia y la plegaria compartida; y finalmente han de regir como pastores a los mismos fieles, dirigiéndolos según el evangelio, de manera que así cumplan todo lo que Cristo enseñó sobre la tierra (Mt 28,16,20; cf, Lumen Gentium 24-27; Christus Dominus 12- 16; Presbyterorum Ordinis 4-6).

En las reflexiones que ahora siguen he querido explicar con cierta detención esas tareas, inspirándome en un libro que escribí hace tiempo (Experiencia religiosa y cristianismo, Sígueme, Salamanca 1981, 456-465).

Me fundo, sobre todo, en el Concilio Vat II, pero lo interpreto a la luz del mensaje original del Nuevo Testamento. De esa forma, retomando o recreando unas palabras que resultan ya tradicionales, quiero presentar aquí los tres matices o tareas que definen a los sacerdotes:

1. En primer lugar, ellos son profetas misioneros: escuchan la palabra de Jesús y han de extenderla entre los pueblos. Como ministros de esa palabra y pregoneros de la vida-pascua de Jesús han de actuar los sacerdotes sobre el mundo.

2. En segundo lugar, ellos son dirigentes-servidores de las comunidades: haciéndose los siervos de todos los hermanos, rigen a la Iglesia, de manera que ella pueda ser comunidad donde los fieles comparten vida y bienes, fe y tareas creadoras, para bien de los pobres.

3. Finalmente, ellos son presidentes de la fiesta de Jesús sobre la tierra: animan la celebración del nacimiento (bautismo) y de la vida (matrimonio), el gozo del perdón (penitencia) y de la mesa compartida (eucaristía) donde Cristo se hace unión de amor y de liturgia entre los hombres. Dejo a un lado otros aspectos de la vida y misión sacerdotal ( que aunque resultan urgentes ya no son fundamentales) y me centro en estos que he indicado, ofreciendo así una especie de visión espiritual activa de los ministerios.

1. Los sacerdotes son profetas-misioneros.

 Los presbíteros, como cooperadores de los obispos, tienen como obligación principal el anunciar a todos el Evangelio de Cristo, para constituir e incrementar el pueblo de Dios, cumpliendo el mandato de Jesús: «Id por todo el mundo y predicad el evangelio a toda creatura» (Me 16,15) (Presb. Ord. 4). Los sacerdotes son profetas de la nueva alianza porque anuncian y expanden sobre el mundo la palabra de Dios que se ha encamado en Jesucristo. Ellos no tienen más riqueza ni verdad que esa «palabra» que Dios mismo les ha dado como herencia que ahora deben ofrecer gratuitamente a todos los hombres y mujeres de la tierra. Por eso les llamamos profetas-misioneros o, quizá mejor, apóstoles de Cristo. Dios mismo les envía (apóstol viene de aposte/lo, enviar), confiándoles por medio del Espíritu, la misión suprema que se puede realizar sobre la ·tierra: mantener vivo el recuerdo de Jesús, hacer que su mensaje no se calle, que su fuego no se apague a lo largo de la historia. En las reflexiones que ahora siguen he querido resaltar esta tarea misionera del recuerdo: los sacerdotes son profetas de Jesús porque mantienen viva su memoria entre los hombres.

Por eso han de escuchar y revivir internamente su palabra, para renacer así por ella y luego contarla como viva y creadora sobre el mundo.

Por eso, para ellos, sacerdotes de Jesús, la experiencia del recuerdo es lo primero. Antes que exigirnos algo, antes que pedirnos cosa alguna, el evangelio nos libera: ensancha el corazón, abre los ojos, desata los oídos y conduce hacia un inmenso continente de gracia y cercanía de Dios en esperanza.

El Evangelio es, ante todo, narrativo: es el testimonio de un hecho o misterio que cambia de raíz las condiciones de la historia: es el recuerdo actualiza[1]do del hombre Jesucristo que nos abre un camino cerrado y nos precede en la búsqueda o exploración de un continente inesperadamente esperado, anheladamente presentido y siempre nuevo ( cf. Hech 6,20).     Por eso, cuando el sacerdote cuenta la historia de Jesús está exponiendo la verdad del hombre nuevo: proclama su libertad, instituye su ciudadanía como redimido y desvela su grandeza. ¿Cómo? Escuchemos la palabra: «Se ha cumplido el tiempo y se acerca el reino de Dios» (Mc 1,15). Atendamos a la proclamación: «Bienaventurados vosotros, los pobres, porque es vuestro el reino de Dios» (Le 6,20). Un día se acercaron a Jesús y le dijeron: «¿Eres tú el que ha de venir o esperamos a otro?» Jesús contestó: «Fijaos bien en lo que pasa y anunciadlo: los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos son curados, escuchan los sordos; son resucitados los muertos y a los pobres se les anuncia la buena noticia» (Mt 11,3s).

Para hacer que esa palabra resuene hasta la entraña y se recuerde al Cristo, se ha fundado originalmente la Iglesia. Para mantener viva la Iglesia, de manera que ella cumpla cada día su tarea, han de mostrarse vigilantes sus ministros (sacerdotes), avivando y expandiendo la llama del recuerdo de Jesús sobre la tierra. Este recuerdo es transformante. Quien se acerca al evangelio está viniendo al fuego ( cf. Le 12,49), llega hasta la llama que se expande, abre la puerta hacia el misterio. Esta experiencia radical de Jesús se expresa en mil maneras: es vino nuevo que revienta los antiguos odres, paño fuerte que desgarra los vestidos anteriores (Mt 9,16-17). La Iglesia entera existe para mantener encendido el recuerdo de Jesús, su transparencia frente a Dios, su abnegación ante los hombres. Lógicamente, cuando giran las puertas de la palabra evangélica, cuando se abre el santuario y se desvela la verdad definitiva, sólo queda un recuerdo: la persona de Jesús que nos invita a que miremos, descubramos su misterio y le sigamos hacia el Padre (cf. Mt 4,18-22; 8,18-22; 16,21-28).

Así los sacerdotes cumplen su misterio ( es decir, su ministerio) si es que son buenos profetas: ellos deben hablar de tal manera que en el fondo de su voz resuene sólo la voz de Jesucristo; han de actuar de tal manera que al mirar lo que ellos hacen se descubra la misma acción de Cristo. Por eso, ellos son antes que nada buenos narradores: quizás no saben decir otras cosas, pero han aprendido a contar la historia de Jesús y así la cuentan de manera siempre nueva a los que quieran escucharles. Así han de ser expertos en comunicación: no se ocupan de vender productos de este mundo, visiones filosóficas o ideas, «venden» o, quizá mejor, «regalan» la imagen de Jesús, de tal manera que esa imagen (no olvidemos que Jesús es el icono de Dios cf. 2Cor 4,4; Col 1,15) viene a presentarse como fuerza salvadora ante los hombres de la tierra. ¿Por qué recordar el evangelio? Porque Jesús lo ha convertido en vida de su vida. Por eso, más allá de todas las filosofías o leyes moralistas, el evangelio sigue siendo algo que se escucha y se recuerda: la historia de Jesús, como i verdad de Dios empieza a hacerse nuestra. Así se explica el hecho de que, tras decenios de misión y enfrentamiento con el judaísmo, cuando la Iglesia primitiva se ha sentido obligada a precisar su recuerdo de Jesús. y ha concretado su evangelio por escrito no ha tenido más remedio que acudir al recuerdo que se narra. De esa forma ha escrito y ha «canonizado» nuestros evangelios: Me y Mt, Lc y Jn.

Por eso, ellos se han vuelto base y centro de la nueva alianza; son el testimonio y centro del amor de Dios hacia los hombres. Si la Iglesia no se hubiera preocupado por fijar su mensaje más profundo en esos evangelios, como expresión condensada del recuerdo de Jesús, ella hubiera corrido el riesgo de diluir su mensaje, convirtiéndolo en simple esperanza utópica, deseo de interioridad o exigencia moralista.

 Sólo una cosa ha sido centro de la nueva realidad cristiana: la palabra de la vida de Jesús, la fuerza transformante de su gesto, la hondura de su muerte interpretada por la fe como victoria de Dios y plenitud para los hombres. Por eso ha escrito Marcos la proclama de libertad que es su recuento de milagros y gestos de Jesús; por eso ha pregonado Pablo su palabra de vida y redención, de muerte salvadora y juicio transformante para el mundo.

 Eso significa que la Iglesia sólo tiene un evangelio: el recuerdo de Jesús, con su palabra, gesto y muerte. Ese evangelio no le pertenece. Gratuitamente lo ha recibido y gratuitamente debe extenderlo entre los hombres. Este es el principio de todo compromiso de la Iglesia: está empeñada en que el recuerdo de Jesús estalle, se expansione en todas direcciones, de tal forma que los pobres puedan recibir el evangelio.

 Por eso, los sacerdotes de la iglesia son antes que nada narradores del evangelio. Son «expertos» en el libro de la historia de Jesús: la conocen bien por dentro, la sienten como fuego en sus entrañas, y así saben contarla, interpretarla y traducirla entre los hombres.         Lo que se pide al sacerdote es por lo tanto experiencia de palabra: capacidad de recrear los evangelios, para así contar la historia de Jesús de una manera intensa, hermosa y fascinante.

Todo lo demás resulta para ellos secundario. En esto se distingue el sacerdote del filósofo, que puede estar representado por Platón. Como sabemos bien, Platón quería conseguir que cada uno de los hombres (sus oyentes) fuera experto en «vida interna»: que llegara de manera reflexiva hasta aquel centro en donde se hallan escondidas las ideas. En esa línea, Sócrates, su maestro, era un partero: alguien que ayuda a conseguir que descubramos nuestro mismo centro, aquella especie de matriz divina de la que hemos emergido.

 Pues bien, Jesús no es una idea interior, una verdad que cada uno logramos conseguir si meditamos. Jesús ha sido un hombre de la historia. Por eso la Iglesia proclama de manera narrativa su acontecimiento. En el lugar del partero ella tiene al profeta, al apóstol: alguien que testifica lo que ha visto. En virtud de su propio acontecimiento fundante, para hacer posible la memoria de su origen, la Iglesia necesita un ministerio del recuerdo ( apóstol, testigo, mensajero).

Ministro del recuerdo de Jesús es el sacerdote como apóstol. Su función no es la enseñanza o magisterio teórico. Estrictamente hablando, el apóstol no tiene nada que enseñar, no sabe más que otros, no dispone de teorías más perfectas sobre Dios o la vida. Su misión es más precisa, más pequeña, más excelsa: da testimonio de aquello que ha visto y lo proclama gozoso entre los hombres. En principio, el apóstol no dispone de otra autoridad, no tiene más poder o más ventajas que los otros: vive simplemente con el fin de que el recuerdo de Jesús se extienda; por eso lo proclama con valor y autoridad entre los hombres.

 La experiencia originaria de la Iglesia es experiencia narrativa. Si Dios se ha hecho presente en la historia de Jesús sólo hay un modo de adentrarse en su sentido: recordar su historia. Para hacer posible ese recuerdo, el apóstol ( de forma diferente a la que emplea el teólogo), el sacerdote, narra la historia de Dios, de Jesucristo.

Frente al griego, que escudriña su sentido original en lo divino, más allá de los judíos que pretenden conquistar a Dios con sus acciones, los sacerdotes cristianos cuentan la historia de Jesús crucificado: la repiten, la proclaman, la repiensan (cf. 1 Cor 1,18s). Esto nos conduce al fondo del problema. Si Dios fuera un ente necesario, deducible por discurso matemático, el lenguaje apropiado a su verdad sería la demostración. Si Dios fuera un ente racional habría que alcanzarle a través de una dialéctica del mismo pensamiento. Pues bien, Dios se manifiesta para los cristianos como historia, en Jesús y en su evangelio. Por eso, hablamos de él con lenguaje narrativo.

El hombre de Dios no es el científico o filósofo, ni el místico de la interioridad, ni el profeta judío que vive simple[1]mente en la esperanza. El hombre de Dios por antonomasia es el apóstol: aquel que testifica su presencia creadora y salvadora sobre el mundo. Frente a los poderes de la racionalidad (ilustración), la economía o la estructura social,’ emerge la autoridad primigenia del recuerdo: la palabra fundante de la Iglesia es aquella del testigo.       El testimonio y no la argumentación o la teoría sigue siendo el lenguaje del ministro o sacerdote misionero. Conforme a la Escritura de la Nueva Alianza, los sacerdotes ( apóstoles de Cristo) no salen al mundo a demostrar cosas oscuras por métodos de mística esotérica o de ciencia. Ellos son testigos de Jesús y como tales ofrecen testimonio de aquello que han visto y oído ( de aquello que han vivido por dentro), en unidad con los apóstoles primeros (Pedro y Pablo) y en profunda comunión con el conjunto de la Iglesia, que es la institución donde se guarda la memoria de Jesús sobre la tierra.

2. Los sacerdotes son ministros-servidores (Pastores)

Los presbíteros … reúnen, en nombre del Obispo, a la familia de Dios, como una fraternidad que está alentada hacia la unidad, y la conducen a Dios Padre por medio de Cristo en el Espíritu … Aunque se deban a todos, los presbíteros tienen encomendados a sí de una manera especial a los pobres y a los más débiles, a quienes el Señor se presenta asociado, y cuya evangelización se da como prueba de la obra mesiánica (Presb. Ord. 6). El recuerdo de Jesús se convierte en principio de vida para los creyentes. Por eso, los ministros sacerdotes han de ponerse al servicio de esa vida de Jesús, para animarla con autoridad y para presidirla humildemente sobre el mundo.  Por eso, los sacerdotes son antes que nada servidores de los hombres y de un modo especial de los creyentes que se unen a formar comunidad: por eso han de entregar su vida y alma a la tarea de «crear Iglesia», a imagen del misterio trinitario, ayudando a los más pobres de manera que ellos puedan compartir con todos los creyentes el misterio de la gracia de Jesús. Sólo siendo servidores, los ministros-sacerdotes de Jesús podrán llamar[1]se dirigentes o pastores. No son dirigentes para defender su privilegio sino para lograr que ya no existan privilegios en la Iglesia, a no ser para los débiles y pobres.

Este servicio de unidad liberadora y comunión define la existencia de los sacerdotes en el mundo para cumplimiento experiencia! del evangelio. Esta experiencia de cumplimiento está fundada en el recuerdo de Jesús. Tomadas materialmente, gran parte si no todas sus palabras de exigencia (amor, entrega, fidelidad, desprendimiento, justicia … ) pueden encontrarse en otras religiones. Pues bien, la novedad cristiana se halla en la raíz de esos mandamientos: ellos brotan del don gratificante de Jesús, son expresión y cercanía del Dios que se ha encarnado. Por eso, la norma de vida cristiana resulta inseparable de la experiencia de gratuidad (Dios ama) y del recuerdo cristológico (Jesús resucitado nos invita al seguimiento). Este compromiso que procuran cumplir los sacerdotes se inscribe en la llamada de Jesús: «Vende lo que tienes, dáselo a los pobres, ven y sígueme» (Mt 19,21).

 Así siguen pregonando la palabra originaria: ella suscita una existencia que se vive como desprendimiento (vende lo que tienes), servicio enriquecedor (dáselo a los pobres) y cercanía cristológica (ven y sígueme). En la base está la cercanía de Jesús. Partiendo de ella se precisan los otros dos momentos: hacia adentro el desprendimiento; hacia afuera el servicio. Sólo aquel que se descubre libremente redimido por Jesús, gratificado en el misterio de Dios y renovado por su Espíritu, puede ofrecerse a los demás y enriquecerlos con su vida. Esto es lo que vive y expande el sacerdote. Traducida en perspectiva social, esa exigencia de Jesús se expresa dentro de la Iglesia en rasgos que pudieran precisarse como superación del poder y vida compartida. Dentro de la historia este ideal de superación del poder esclavizante lo han querido cumplir, en formas político-sociales, varios tipos de anarquismos. Es evidente que esa palabra está manchada por imágenes sangrientas o lleva connotaciones negativas -de retorno infantil hacia una naturaleza falsamente mitificada. Pero pienso que el evangelio de Jesús puede limpiarla, convirtiendo el ideal de un mundo sin imposición ni esclavitud en principio inspirador y meta de la vida de la Iglesia. Jesús ofrece su experiencia: deben superarse los caminos de violencia; el hombre alcanza su verdad donde se entrega a los demás, renuncia al uso de la fuerza y deja de ejercer poder sobre los otros (cf. Mt 20,20-28; 23,1-12; 18,1-5).

Pero dejemos aquí a un lado ese nombre viejo de política, que lleva al campo de disputas de este mundo. Vengamos a la fuente radical del evangelío. Allí veremos que el auténtico poder consiste en el servicio: vale de verdad el que renuncia a toda imposición y así se entrega, de manera libre y creadora, para liberar a los demás, haciendo que surja sobre el mundo una comunión de hombres que viven ya sin imponerse los unos por encima de los otros. Como servidor de este camino de superación de la violencia de los fuertes surge en la Iglesia el sacerdote. De esa forma es hombre que teniendo plena autoridad sobre la tierra ( cf. Mt 28,16-20) renuncia a toda forma de poder y se convierte en servidor universal, especialmente de los pobres. En esto consiste su autoridad de ministro: dirige sin «mandar» por arriba, cuida de los otros (pastorea) sin imponerles su dominio. De esa forma; haciéndose el menor de todos, quiere que entre todos surja un nuevo tipo de comunidad donde no existen ya «maestros» ni «‘padres» porque todos los hombres son hermanos ( cf. Mt 23,8-12). En ese aspecto el sacerdote es auténtico «anarquista» (hombre sin poder), pudiendo así ayudar a todos con su servicio liberador.

Muchos han buscado este ideal sobre la tierra, pero casi todos dicen ( al final) que es imposible conseguirlo: el mundo es un lugar donde no existe más que lucha de los unos en contra de los otros. Pues bien, como enviado de Jesús, el sacerdote sabe que el camino de la fraternidad y del servicio puede realizarse y así quiere realizarlo cada día en su comunidad creyente. Por eso se presenta y actúa como servidor de la libertad para los fieles. Muchos dicen que la Iglesia, hasta el momento actual, no ha sido capaz de reflejar en formas de vivencia comunitaria ese ideal de autoridad sin poder, de amor sin imposiciones. Más aún, su misma estructura jerárquica parece contradecir algunas veces ese ideal del evangelio. Pues bien, sea eso como fuera debemos afirmar que ha llegado la hora en que la Iglesia, en su conjunto, debe presentarse ante los hombres como signo de la fuerza transformante de aquel que ha transformado el mundo por amor, desde la cruz. Ella ha de hacerse voz profética que grita contra el cerco asfixiante de todos los poderes que esclavizan sobre el mundo. Sólo allí donde, a la luz del evangelio, vivido en radicalidad, vayan surgiendo comunidades de personas que renuncian al poder y así realizan una obra de transformación al servicio de los pobres, la Iglesia adquirirá valor de signo de Dios entre los hombres. Mirados a esta luz, los sacerdotes son ministros de eso que pudiéramos llamar el poder de la impotencia como Pablo ha señalado con gran fuerza en sus escritos (lCor 9,1-26; 2Cor 10-12).

 Por un lado ellos no pueden nada, pues no tienen medios materiales, políticos, sociales para imponer su ideal sobre la tierra. Pero, al mismo tiempo, ellos disponen de la autoridad suprema: llevan la gracia de Jesús, el amor crucificado que transforma toda la estructura de la tierra. En ese aspecto decimos que ellos son ministros del poder de Dios porque no tienen poder sobre la tierra, en clave de economía o de política.  Además de buscadores de una vida nueva donde se superan los viejos poderes del mundo, los sacerdotes son ministros de la comunidad, en un sentido radical.     Esto les acerca a la utopía de algunos comunismos. También esta palabra está manchada en alguno de sus fondos económicos, políticos, sociales, militares. Sin embargo, al cristianismo le resulta querida en cuanto implica unidad comunitaria. La iglesia no renuncia a la estructura del poder por escapar del mundo sino para crear un mundo más humano, una dinámica social donde la vida se comparte, en rasgo de alegría desprendida, total, gratificante.

También en ese plano la Iglesia se ha dejado-sobornar algunas veces por la facilidad y el miedo: la comunión espiritual o de los santos a que alude el Credo ha sido inoperante en perspectivas materiales. Se ha tendido a una comunicación limitada, propia de algunos carismáticos o monjes; pero el conjunto de la Iglesia, reflejada en estructuras dominantes, no ha vivido el compromiso de la comunicación de bienes, entendido además como simple consejo y no como exigencia del Cristo. Es evidente que la Iglesia no debe planificar de manera imperativa, económico-política, la superación de las injusticias sociales. Sin embargo, a partir del compromiso evangélico, el ejemplo de Jesús y la exigencia de amor mutuo, ella ha de mostrarse como signo de amor liberador entre los hombres: signo de una comunión plena, que convierte al creyente en ser para los otros; signo de un encuentro traducido en participación que incluye lo económico. La Iglesia es así comunidad de Dios sobre la tierra.

En ese aspecto, el sacerdote es hombre de la comunión: vive para hacerse signo de unidad, punto de encuentro de todos los creyentes. Por eso, dentro de las condiciones actuales de la historia es conveniente que renuncie a su misma vida privada, a la pequeña familia que él pudiera crear con su esposa y con sus hijos. A través del sacerdote todos los creyentes son (han de hacerse) familia que comparte afecto, comunicación (palabra) y bienes.

Lógicamente, de una forma normal, siendo hombre de todos y lugar de referencia del conjunto de la comunidad, el sacerdote será célibe. Esta es la paradoja de la vida y misión del sacerdote. Por un lado renuncia al poder personal sobre los otros, como signo de un evangelio de Jesús que se ofrece y no se impone. Pero, al mismo tiempo, en virtud de su renuncia y su entrega a los demás, el sacerdote célibe viene a convertirse, en el sentido más profundo de ese término, en hermano universal, aquel amigo y centro donde se revela de un modo visible la unidad de todos los creyentes en el Cristo.

 Esto que decimos de manera general ha de concretarse luego en el contexto conflictivo de este mundo. Por eso, siendo para todos una voz del evangelio el sacerdote ha de expresarla de manera diferente: será voz de conversión que interpela a ricos y opresores; será voz de libertad y de esperanza en el oído de los pobres. El sacerdote, a partir del testimonio de Jesús y con su misma autoridad no impositiva, denuncia al poderoso, ofreciéndole un camino de conversión, y evangeliza al pobre, enriqueciéndole con la palabra y el signo del Reino. De esa forma, siendo comunidad de personas que suscita un camino de vida libremente compartida en medio de la historia, la Iglesia podrá presentarse como lugar de humanidad: comunión de vida y misterio, gratuidad y esperanza creadora, donde los pobres de este mundo pueden encontrar un ámbito de vida en creatividad no egoísta y amor universal.

Esta Iglesia ha sido y seguirá siendo el lugar de experiencia del Reino. De esta manera, la Iglesia podrá ser lugar de transparencia: ciudad que se edifica sobre el mundo, luz que está encendida en el centro de la casa ( cf. Mt 5,13-16). Ella no está para esconder sino para mostrar su propia vida, haciéndose a sí misma sacramento, espejo que refleja sobre el mundo la luz de Jesucristo. Por eso es necesario que las cosas, muchas cosas, cambien hoy en nuestra Iglesia, de manera que ella sea, antes que nada, campo de gratuidad y de servicio. Hemos citado el ministerio apostólico del recuerdo como base de todos los restantes ministerios. Pienso que, en segundo lugar, tenemos que desarrollar, con fuerza semejante, un ministerio del servicio diaconal, que visibilice la tendencia evangélica de superación de todo poder y el ideal de la participación comunitaria. Ese ministerio pertenece al conjunto de la Iglesia, interpretada como campo en que se vive y se experiencia el amor hecho servicio. Sin embargo son los sacerdotes los que deben expresarlo de manera especial, como ministros de Jesús y delegados por la Iglesia para expresar la exigencia de solidaridad y amor activo del Reino entre los hombres.

Conforme a todo esto, el sacerdote es un hombre que, situándose en el centro de la comunidad y viviendo para ella, hace visible ( con su propia vida y testimonio) el ideal de servicio, comunión y solidaridad del evangelio, conforme a lo que aquí estamos mostrando. Así lo resumimos brevemente.

1) El sacerdote es servidor o ministro del conjunto de la Iglesia, de todos los hermanos, de manera que ellos puedan realizarse en plenitud y autonomía.

 2) El sacerdote es de esa forma dirigente de los otros, es decir, un hombre de la comunidad: sobre la entrega de Cristo, actualizada en el gesto de su propia entrega sacerdotal, puede edificarse un tipo nuevo de familia, una comunión fraterna en la que todos los cristianos ( especialmente los pobres) encuentren un espacio para realizarse en libertad y palabra (vida) compartida.

3) Finalmente, el sacerdote es hombre de la solidaridad: de esa forma la palabra del recuerdo de Jesús que su mensaje ha ofrecido y transmitido se convierte en palabra que vincula en compromiso de amor, de comunicación y transparencia (cf. Jn 15,15) a todos los creyentes.   Los sacerdotes son presidentes de la fiesta de Jesús La celebración eucarística, presidida por el presbítero, es el centro de la unidad de los fieles. Enseñan los presbíteros a los fieles a ofrecer al Padre en el sacrificio de la misa la víctima divina y a ofrecer la propia vida juntamente con ella … Les enseñan igualmente a participar en la celebración de la sagrada liturgia de forma que exciten también en ellos una oración sincera … Enseñan, por tanto, a los fieles a cantar al Señor en sus corazones himnos y cánticos espirituales, dando siempre gracias por todo a Dios Padre en el nombre de N.S. Jesucristo (Presb. Ord. 5). ·

 Culmina de esta forma el ministerio de los sacerdotes. Hemos visto, en primer lugar, que ellos son profetas: guardan la memoria de Jesús y transmiten la palabra de su vida entre los hombres. En segundo lugar eran ministros: pastores encargados de animar a los creyentes de Jesús, servidores de su comunidad, testigos de su amor entre los hombres. Pues bien, llegando al culmen de su ministerio, los sacerdotes son los presidentes de la fiesta de Jesús, aquellos que saben celebrar y celebran, de manera oficial, solemne, gozosa y transformante el gozo de Jesús (y su salvación) entre los fieles. Por eso, el sacerdote no es jamás un simple moralista, alguien que dice a los demás lo que han de hacer y les amenaza si es que no lo cumplen.

Tampoco es un sencillo narrador que repite siempre cuentos que carecen de importancia. Después de haber contado la vida de Jesús y haber trazado la señal de su exigencia sobre el mundo, el sacerdote ha de volverse celebrante: es el hombre que está siempre dispuesto a actualizar la fiesta de Jesús sobre la tierra. Recordamos así que la experiencia celebrativa constituye la consumación del evangelio. La misma historia de Jesús es una fiesta: tiempo peculiar, cualificado, internamente rico de alegría, sorpresa y esperanza. Lucas lo presen[1]ta como «día de victoria» que libera de todos los poderes enemigos (Le 1, 74).

 También se dice en Lucas que Jesús, abriendo el libro de la historia y la promesa, elevó la voz y dijo: «El Espíritu de Dios está sobre mí … ; él me ha enviado a fin de proclamar la libertad a los cautivos, para abrir los ojos a los ciegos … ; me ha enviado, en fin, para anunciar el año de remisión del Señor» (Le 4,18). Tal es la fiesta de Jesús, el día de la plena remisión, el año eterno del perdón, de la hermandad y la esperanza. La novedad del evangelio está precisamente en eso: en la capacidad de entusiasmo que Jesús ha suscitado, en la admiración de las gentes, en el gozo de los pobres, la alegría de los hombres antes contristados. Por eso se celebra su camino a modo de rosario esmaltado de trozos, como tiempo cargado de salud, de victoria sobre el diablo, de alegría y saciedad en la esperanza (cf. Mt 14,13s; 15,32s).

Significativamente, a la fiesta de Jesús han acudido de una forma especial los más perdidos, aquellos que no hallaban cabida en otras fiestas de la tierra, los que estaban sin cimiento en la palabra de la ley, Las tres tareas del sacerdote 227 los rechazados del poder, los marginados por el signo del pecado, enferme[1]dad o miedo de la muerte: tullidos y leprosos, publicanos, prostitutas … Para todos ellos, a partir del encuentro con Jesús, la vida empieza a ser lugar de fiesta, campo de ilusión y de plegaria, de sorpresa, gratitud y de esperanza. La muerte de Jesús no ha destruido el carácter de esa fiesta. ¡Todo lo contrario! Asumida en su raíz, esa fiesta ha desbordado y culminado allí donde quisieron silenciarla por la fuerza. La celebración verdadera no supone sólo la alegría momentánea de una dicha externa. Implica fidelidad a los valores de la vida, deslumbramiento ante el misterio de Dios que destruye el poder de la muerte y transforma la existencia.

 Pues bien, por fidelidad a Dios y para fundar la nueva fiesta de la vida de los hombres se ha entregado Jesús hasta la muerte. Así lo ha establecido cuando, en gesto de amistad solemne, despidiendo a sus discípulos, convierte su entrega en fundamento de la nueva fiesta: «Esto es mi cuerpo; esta es mi sangre, la sangre de la alianza derramada por vosotros» (Me 14,22-26 y par). Ningún otro momento de la historia ha interpretado en esta hondura la muerte como fiesta de un hombre que ha entregado su existencia como base de la nueva celebración del recuerdo y la esperanza, de la entrega y el amor entre los hombres.  Aquí es donde recibe su fuerza y plenitud el sacerdocio de la nueva alianza, como ha indicado sin cesar la tradición cristiana. Conforme a todo lo que aquí estamos diciendo, Cristo ha instituido su nuevo sacerdocio en el conjunto de su vida, en sus palabras y en sus gestos, en su entrega y en su muerte por los otros. Pues bien, esos motivos vienen a centrarse, se condensan y cu[1]minan ya en el gran encargo de su cena: «Haced esto en memoria mía».     

Esto que Jesús realiza (esto que debe transmitir y actualizar la Iglesia) es ciertamente todo el sentido de su vida. Por eso dijimos que es tarea de los sacerdotes el recuerdo de Jesús y la exigencia de cumplir sus enseñanzas (suscitando así un modelo nuevo de comunidad entre los hombres). Pero recuerdo y exigencia culminan en la misma entrega de su vida que los fieles pueden y deben recordar como una fiesta, actualizando todo lo que cumple y ratifica con su cena.

Serán ministros verdaderos de la Iglesia aquellos que de un modo solemne, delegados por Jesús y en nombre del conjunto de la comunidad, reasuman y celebren la vida que Dios mismo nos ha dado celebrando la cena de la nueva alianza. Y con esto pasamos del tiempo de la vida de Jesús que (externamente) ha terminado, al tiempo perdurable de su pascua, celebrada como fiesta de vida por la Iglesia. Así culmina la fiesta de Jesús por medio de la pascua.

 Los primeros cristianos entendieron como brote de una tierra nueva esa pascua y la vivieron como surgimiento del tiempo escatológico. Eso implica que la vieja realidad del mundo de pecado y perdición, angustia y muerte, inseguridad y sin sentido ya ha pasado. El hoy nuevo del reino de Dios, inaugurado por Jesús sobre la tierra, se convierte en tiempo de misión, fiesta de victoria del mesías y esperanza de su vuelta. Por eso, la Iglesia es lugar en donde el nuevo sacerdocio sabe celebrar y ya celebra, por encima de la muerte, la gran vida de Dios por Jesucristo. .

 En medio de las luchas y fracasos de este mundo, apenados por la angustia de la muerte y los poderes del pecado, los cristianos saben que el recuerdo de Jesús y la exigencia de cumplir su mandamiento se traducen y culminan en su fiesta de victoria que anticipa nuestra propia victoria escatológica. La Iglesia católica acentúa el valor del ministerio de la celebración, convirtiéndolo en momento central de su liturgia y de su vida (eucaristía).

 La  misma Iglesia se convierte de algún modo en una institución celebrativa: sus obispos son litúrgicos, sus presbíteros ministros de la misa. Sin embargo, esa liturgia ha terminado siendo a veces voz vacía, como un tiempo artificial[1]mente sagrado, fuera de la vida y de la historia concreta de los hombres. Por eso, en la más dura palabra anticristiana, Nietzsche puede exclamar: «Ellos (los cristianos, los sacerdotes) soñaron en vivir como cadáveres …             Quien vive cerca de ellos vive al lado de negros estanques … Sería preciso que me cantaran mejores canciones para que aprendiera a creer en su salvador. Sería preciso que sus discípulos tuvieran un aire más de redimidos». (Así habló Zaratustra, parte II, De los sacerdotes).

Lógicamente, en un mundo donde la celebración cristiana parece apagarse, es normal que se enciendan las fiestas paganas de Apolo y Dionisia, la fiesta de la utopía política, del sexo hipertrofiado y del dinero loco. Por su palabra acerca de los sacerdotes que no saben celebrar, Nietzsche ha pronunciado la crítica más honda de todas las que pueden pronunciarse en contra de la Iglesia.

Conforme al esquema que he seguido, podemos afirmar que hay tres pecados de los sacerdotes: recordar mal a Jesús, deformando o apagando su memoria entre los hombres; pervertir su exigencia de amor, haciendo imposible ( o destruyendo) su camino de solidaridad y comunión entre los fieles; apagar la fiesta cristiana, convirtiendo la Iglesia de Jesús en un hogar (o antihogar) en el que anidan sólo los recelos, envidias, dolores y tristezas. Pues bien, de esos pecados el más grande es el del final.

 Ciertamente, muy en contra de eso que supone Nietzsche, la fiesta de Jesús no está apagada sobre el ruedo de la tierra. Se celebra sin cesar su gozo allí donde se goza el surgimiento de la vida (bautismo) y se convierte el mismo trance de la muerte en nuevo canto de esperanza (exequias). Se celebra la vida de Jesús donde se ensalza y glorifica el matrimonio como revelación de Dios sobre la tierra, allí donde los fieles reunidos viven, cantan y comparten el gozo del perdón comunitario que les hace renacer en unidad fraterna sobre el mundo, etc.

Quizás el problema de Nietzsche y otros nuevos «sacerdotes» de la modernidad está en que quieren una fiesta diferente: les gusta sólo el brillo de la pura belleza intramundana (Apolo ), del éxtasis vital-sexual (Dionisia), del gozo erótico expresado en formas bellas (Afrodita) … Quizá tienen un valor esas fiestas y otras de que hablan tantos nuevos profetas de la historia.

Pero los cristianos pensamos que la fiesta suprema es la de Cristo y para celebrarla nos unimos en la Iglesia. En esta línea, debemos recordar que los sacerdotes son, en su principio y en su meta, celebrantes de la nueva fiesta de la alianza que Dios ha establecido con los hombres en el Cristo. Este debe ser el tema central de su formación: más que teólogos y gestores de una acción comunitaria, los ministros de Jesús serán expertos en celebraciones. Han de ser capaces de juntar a los creyentes y animarles en el canto de la vida y del amor (bautismo, matrimonio), en el gozo de la mesa compartida donde Cristo se hace pan y vino de sus fieles (eucaristía). El mundo no se pierde sólo por ignorancia (falta de conocimiento) ni por injusticia (lucha mutua). Se pierde sobre todo porque falta fiesta entre los hombres. Es poco intensa la celebración del misterio. Es muchas veces vacía y aburrida la asamblea de los fieles que se juntan para actualizar el gozo de Jesús, pero se encuentran fríos y desnudos de gozo en sus entrañas.

Es aquí donde, a mi juicio, tienen más tarea (más hermosa, esperanzada tarea) los nuevos sacerdotes de la Iglesia. La experiencia cristiana culmina donde el recuerdo de Jesús y el cumplimiento de su ley se expresan como fiestas, celebradas en estallido de amor, luz y belleza, desde el centro de la vida en el pan y vino de la fraternidad, en el encuentro gozoso del perdón, en el beso de amor que se recibe y se comparte. Un Dios ante el que no se ríe ni se canta, un Dios que no estremece de gozo y alabanza, un Dios que no fascina ni lleva al trascendimiento y exigencia creadora ha dejado de ser Dios en lo más hondo de nuestros corazones. Por eso, el compromiso final de los cristianos que pretenden vivir el evangelio en nuestra tierra debe concretarse como fiesta de Jesús, que ofrece a los creyentes un espacio de júbilo y realización, estremecimiento y alegría, comunicación y responsabilidad que no puede encontrarse en ningún otro lugar de nuestra tierra.

* * * Estos son los elementos esenciales de la Iglesia y su experiencia. Ella asume y proclama el recuerdo de Jesús, vive su palabra y celebra el misterio de su fiesta. Una experiencia eclesial que no sea al mismo tiempo narrativa, social-liberadora y celebrativa ha dejado de ser cristiana. Estos son los ministerios y tareas de los sacerdotes: ellos son hombres del recuerdo de Jesús, de la creación comunitaria y de la fiesta de la Iglesia. Su tarea puede parecer en un momento dado fuerte o dura. Pudiera ser. Pero indudablemente es una tarea hermosa.  Frente a todos los que piensan que el tiempo de los sacerdotes ya ha acabado, tenemos que afirmar que hoy sigue siendo, dentro de la Iglesia y para el mundo, tiempo de tarea (de vocación y entrega hermosa) de los sacerdotes. Frente a todos los que auguran que se acerca un tiempo (una Iglesia) sin sacerdotes yo debo afirmar y afirmo gozosamente, que se acerca un tiempo hermoso de nuevos (eternos) sacerdotes, en camino de creatividad que irá trazando el mismo Espíritu de Dios sobre la tierra.

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