Abrázame, ¡si no me muero!

por Trinidad Ried 

  

La gran verdad que debemos asimilar es que en todo momento de nuestra vida (no solo en los primeros años), sin el cuidado, esta no existiría. El ser humano surge del cuidado y, aunque pasa por diferentes etapas y por una sucesión de períodos de dependencia e independencia, a lo largo de la vida, el “abrazo” como expresión de un otro diferente a mí que, de vez en cuando, me sostiene, me consuela sin juzgarme ni aconsejarme, es una necesidad vital imprescindible.

De lo contrario, la persona muere, como es el caso de los bebés recién nacidos o de las personas mayores en soledad, que mueren lentamente por múltiples padecimientos por falta de reciprocidad en sus vínculos. Somos seres relacionales, sociales; somos yo y tú, que necesitamos el nosotros como red nutritiva de vida y de retroalimentación donde todos dan y reciben en un sistema vivo. Desterremos entonces creencias tan arraigadas, como erradas, como que en nuestra adultez podemos y debemos ser autosuficientes, ser capaces de regular nuestras emociones y que estamos “grandecitos” para estar llorando por amor.

Vulnerabilidad

Vulnerabilidad viene de ‘vulnus’, herida. De la posibilidad de sufrimiento, de finitud, de muerte y también con el querer y con el amor. Viene de comprender que nada es permanente y que no controlamos el cambio; en eso todos somos iguales y hermanos. Muchos tratamos de disimularla o evadirla como si la vulnerabilidad fuese algo malo, pero es parte de lo que somos y, si la rechazamos, rechazamos la vida y obstaculizamos el amor.

La vulnerabilidad es una marca de la existencia y a la vez la apertura a la plenitud porque nos permite darnos, entrar en interdependencia con otros. Naturalmente, de nuestra vulnerabilidad surge la necesidad de cuidarnos.

El amor y la evolución

El amor, manifestado en el cuidado de nuestra vulnerabilidad, es el combustible que nos mantiene vivos, lo que ha permitido la evolución de la especie humana, ya que es la forma en que nuestro cerebro puede establecer nuevas conexiones neuronales, aprender y adaptarse a un mundo en constante cambio.

La historia macro y micro de la humanidad es un eterno rotativo de encuentros y desencuentros donde el cuidado de nuestra fragilidad ha sido la catapulta que ha permitido avanzar en medio de tantos “egos” que creyeron que solos y sin el cuidado de los demás podían dominar el mundo. La historia ha dejado en evidencia su error y hoy tenemos una gran responsabilidad de obrar diferente en todo nuestro ámbito de acción.

La evolución del cuidado y los cuidadores

El cuidado de otro es requisito para que el yo viva; si no este se muere. Sin embargo, a lo largo de la vida, este “abrazo” va variando de forma y recae en diferentes personas. En la primera infancia el apego físico se ha comprobado que es el cuidado fundamental que requiere un niño para desarrollarse integral y sanamente, en el seno de su familia y en los círculos más cercanos que se empiezan a configurar como la escuela, los amigos y luego la sociedad. En la etapa de juventud y adultez propiamente tal, se ha comprobado que el “abrazo” sigue siendo igualmente necesario, desmitificando las teorías de autosuficiencia e individualismo tan arraigadas. Muta a los pares, parejas, colegas, hijos y demás vínculos significativos, pero es una necesidad fundamental de reciprocidad.

Hay una necesidad intrínseca de ser vistos, valorados, amados, reconocidos por otro como alguien especial; en el fondo, ser abrazados y cuidados. Cuando las personas ya comienzan a requerir cuidados por su deterioro físico y/o cognitivo, nos enfrentamos a una nueva etapa de dependencia donde aparecen nuevos protagonistas en escena: los cuidadores. A medida que crece la población mundial, el tema de quién los podrá cuidar se convierte en un verdadero dilema, ya que todas las transformaciones sociales y demográficas también han afectado seriamente la situación de aquellos que tradicionalmente cuidaban a los mayores.

Una fotografía de la situación actual

Hoy, la mayoría de los cuidadores de los mayores son parientes (un 87%) y  mujeres (76%). En general, tienen un nivel educativo más bajo que la media de su edad y un tercio de ellas se dedican al cuidado a jornada completa. Las hijas de las personas que sufren dependencia ocupan el mayor porcentaje (39%); luego va la pareja (26%). El perfil de la persona cuidadora dice que es una mujer de mediana edad, con un nivel cultural inferior a la media de su edad, que cuida mucho tiempo y a la que le falta, por parte del género masculino, la mínima corresponsabilidad exigible. En 2050, en Europa habrá más gente que necesita cuidados que personas cuidadoras. Es un desafío monumental, por lo que necesitamos cuidar a los que cuidan.

La sociedad requiere tener una mirada más amplia de su labor y sobre todo el reconocimiento social, ya que si se valorara (al menos económicamente) su aporte al sistema, representa un verdadero ejército invisible que sostiene todo lo demás. Muchos afirman que necesitan tiempo para no ser cuidadores todo el día ni toda su vida. Para eso requieren tiempo y apoyo. Necesitan autorrealizarse y cumplir su proyecto personal y ser felices también.

Costos y beneficios de cuidar a otros

Ciertamente, asumir en carne propia y 24/7 la vulnerabilidad de otros conlleva un desgaste físico, emocional y espiritual para los cuidadores, a los que muchas veces se les roba su propia vida, que queda hipotecada. La soledad pasa a ser una compañía ingrata, ya que la persona cuidada no siempre es un vínculo horizontal y consume todos los espacios de libertad o desarrollo personal.

El cuidador, en especial si es familiar, muchas veces se ve juzgado por el resto de la familia y no recibe apoyo del resto, que se limita, con suerte, a proveer lo material. Sin embargo, la experiencia de acercarse al sufrimiento, de conocer la vulnerabilidad ajena y propia es casi siempre una vivencia transformadora. Se valora lo que no se tiene, la interdependencia, la importancia de pedir ayuda, la necesidad de ser flexibles. Se aprende a resolver problemas inesperados, la trascendencia de la creatividad en la vida cotidiana, el vivir el presente, el aprendizaje vital de tomar decisiones complejas y el autoconocimiento. Se aprende a conocer los límites de cada persona, la ternura y haber ensanchado la idea de intimidad.

La esperanza en Dios Padre/Madre

El Creador nos hizo seres vinculados para manifestar su amor, ternura y cuidado por medio de todo lo existente. Ninguno estaría vivo ni leyendo este texto si el Señor no hubiese procurado un infinito de cuidados personales y especiales para cada uno. Dios provee en cada momento todo lo necesario para nuestro bienestar y realización. Nos procura cuidados físicos, emocionales y espirituales para desplegar todo nuestro potencial. Y, si a veces nos parece que está ausente, solo está fortaleciendo nuestra musculatura para crecer aún más en nuestra capacidad de servir y amar.

Ya lo dijo Jesús: observen cómo crecen los lirios del campo. No trabajan ni hilan; sin embargo, les digo que ni siquiera Salomón, con todo su esplendor, se vestía como uno de ellos. Si así viste Dios a la hierba que hoy está en el campo y mañana es arrojada al horno, ¿no hará mucho más por ustedes, gente de poca fe? (San Mateo 6,28-30) Nunca perdamos la fe y seamos sus instrumentos para cuidar la vida que se nos ofrece con alegría y con paz.

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