La conflictividad de los profetas

Por Rodolfo Cardenal
Es mal asunto provocar un conflicto religioso y dar pie a la denuncia de persecución religiosa. La imprudencia y la hipersensibilidad a la crítica hacen que el régimen de los Bukele se vuelva intolerante e insolente. El enfrentamiento religioso que asoma revive el de Mons. Romero y el del P. Rutilio Grande con el Ejército y la oligarquía agroexportadora. La inminente beatificación de este último, junto con dos campesinos, pone en aprietos a un régimen que no conoce el límite. La elevación a los altares católicos de estos últimos y del fraile Cosme Spessotto, víctimas de la persecución religiosa y del odio a la fe, es una ocasión para recapacitar sobre la función profética de la fe en una sociedad injusta y violenta.

“Nadie se interpondrá entre Dios y su pueblo para sacar adelante a nuestro país”, ha sentenciado Bukele, en un par de ocasiones. La frase es lapidaria y equívoca. Por pueblo ha de entenderse él mismo, ya que se ha arrogado su representación, en virtud del resultado de las urnas. El mismo argumento utiliza para desechar las críticas sobre la anulación de la libertad legislativa y judicial. En clave presidencial, Bukele es el pueblo. Y nadie, según su sentencia, se interpondrá entre él y Dios. Así como nadie se interpone entre él y los otros dos poderes del Estado. En consecuencia, las improvisaciones, las contradicciones y las diatribas presidenciales serían todas ellas obra divina.

Sin embargo, el Dios de la Biblia se vale de intermediarios para salvar a su pueblo. Los patriarcas pusieron los cimientos de dicho pueblo. Moisés lo liberó de la esclavitud de Egipto. Los jueces lo gobernaron, le administraron justicia y lo dirigieron militarmente. Cuando el pueblo pidió reyes, Dios se los dio, pero les envió profetas para recordarle que deseaba justicia, no plegarias y sacrificios. Finalmente, envió a su hijo Jesús, su palabra encarnada.

Entre Dios y su pueblo siempre se ha interpuesto el pecado. El pueblo liberado renegó de Dios en varias ocasiones durante la travesía por el desierto. Una vez en la tierra prometida, cometió innumerables crímenes, que jueces y profetas intentaron remediar. “Ya se te ha dicho […] lo que es bueno y lo que el Señor te exige: tan solo que practiques la justicia, que quieras con ternura y camines humildemente con tu Dios” (Miq 6,8)”. A pesar de ello, el pueblo tomó otro camino. “Cuando rezan con las manos extendidas, aparto mis ojos para no verlas, aunque multipliquen sus plegarias, no las escucho, porque hay sangre en sus manos” (Is 1,15). “Alejen de mis ojos sus malas acciones, dejen de hacer el mal y aprendan a hacer el bien. Busquen la justicia, den sus derechos al oprimido, hagan justicia al huérfano y defiendan a la viuda” (Is 1,15-16). Estos llamados resultaron tan insoportables que los profetas acabaron mal. Por eso, Jesús exclamó: “¡Jerusalén, Jerusalén, que matas a los profetas y apedreas a los que se te envían!” (Mt 23,37).

Arrogarse la encarnación del pueblo no libra del pecado. Esa apropiación es una necedad típicamente humana. Relativizarla diciendo de sí mismo que es “el dictador más cool del mundo mundial”, aparte del pésimo manejo del español, no la hace menos presuntuosa. La naturaleza humana está atravesada por la desmesura del orgullo y de la arrogancia. Sin justicia, sin reconocer los derechos del oprimido y sin defender a la viuda es imposible construir la sociedad anunciada por Bukele. Tampoco es posible caminar en la presencia de Dios, que aparta su mirada de las manos manchadas de sangre, aun cuando se levanten en oración.

No existe, pues, conexión directa entre el Dios bíblico y su presunto representante salvadoreño. Tampoco sus obras son voluntad divina. “Soberbia, arrogancia, mal proceder y boca mentirosa, todo eso lo aborrezco” (Pro 8,13). El camino que Bukele y sus hermanos recorren no es el querido por Dios. Más prudente sería dejar a Dios fuera de la retórica política. Más sabio sería volverse hacía él y cambiar de rumbo. Bukele y los suyos no salen bien parados cuando incursionan el ámbito religioso, porque intentan manipular a un Dios mucho más grande que ellos. Sin embargo, lo sagrado parece ejercer en ellos un atractivo especial. Tal vez porque la altivez está reñida con la cordura. Tal vez porque en el ámbito de lo sagrado encuentran una legitimación que les es negada en la esfera de la secularidad política. En cualquier caso, es pretencioso manchar la divinidad con intereses egoístas para obtener la aprobación popular.

Los profetas son necesarios para llamar a la conversión y, por ello, son ultrajados y asesinados. Sin embargo, Dios no desiste y los sigue enviando. Envió al P. Rutilio Grande, a Mons. Romero, al fraile menor Cosme Spessotto y a otros muchos, aún no reconocidos oficialmente por la Iglesia católica. Estos profetas son prueba del primor con el que Dios cuida del pueblo salvadoreño. Ojala escuchemos hoy su voz, que habla a través de sus profetas.

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