Preparando la beatificación-mártires (3)

Rodolfo Cardenal: «Rutilio y los otros tres mártires son un reclamo de verdad y de justicia en un país donde la mentira es estructural»

Este 22 de enero serán beatificados en El Salvador, el padre Rutilio Grande S.J. junto con los laicos Manuel Solórzano y Nelson Rutilio Lemus, asesinados el 12 de marzo de 1977 y fray Cosme Spessotto O.F.M.

La Iglesia salvadoreña se prepara para la celebración de estos cuatro mártires y anhela que se conozca la verdad y se haga justicia

El autor del libro ‘Vida, pasión y muerte del jesuita Rutilio Grande’ (2016), Rodolfo Cardenal S.J., afirma: «Su aporte es haber estado al lado de los pobres en un momento conflictivo y difícil»

«Su enfoque personal dio lugar a una vibrante comunidad de cristianos que participaban activamente en la vida de la parroquial. Es lo que el Papa Francisco llama ahora la Iglesia en salida, el ir a las fronteras. Ellos fueron a las fronteras»

| Vatican News/EFE

El 12 de marzo de 1977, hacia las cinco de la tarde, el Padre Rutilio Grande junto con Manuel Solórzano (72 años) y el joven Nelson Rutilio Lemus (15), se dirigía en su vehículo “zafari” hacia El Paisnal, población situada a unos 40 kilómetros de la capital, para celebrar el último día de la novena en honor a San José, patrono de la comunidad.

En El Paisnal, el templo lucía preparado para la fiesta. Los asistentes abarrotaron el lugar. Mientras, el padre “Tilo”, como lo llamaban los campesinos, fue emboscado por un grupo de hombres armados quienes dispararon contra el “zafari” y sus pasajeros. El auto volcó y en su interior quedaron tres cuerpos sin vida. El reporte forense afirma que el padre Grande recibió doce balazos.

Quienes esperaban al sacerdote para celebrar la eucaristía, al conocer la noticia, se trasladaron al lugar de la emboscada. Un grupo de agentes de la ahora extinta Guardia Nacional no dejaron que nadie se acercara a los cuerpos.

Una Iglesia perseguida por defender a los más pobres

A partir de 1970, la sociedad salvadoreña, caracterizada por sufrir enormes desigualdades, comienza a dar pasos hacia una mayor organización campesina que exigía sus derechos. El gobierno de turno responde con un proyecto de transformación agraria que buscaba redistribuir la tierra. Estos años se van a caracterizar por la confrontación entre los distintos grupos de poder y las organizaciones campesinas y sindicales. La represión por parte del gobierno fue creciendo hasta el estallido de la guerra civil en 1980.

El autor del libro “Vida, pasión y muerte del jesuita Rutilio Grande” (2016), Rodolfo Cardenal S.J. recuerda la preocupación del padre Grande por el respeto a la vida y a los derechos de los campesinos en un contexto de creciente violencia y en el cual el gobierno de turno acusa a la Iglesia de “soliviantar a los campesinos y a la gente pobre; eso es falso, lo que realmente hicieron fue darle voz a la gente para que expresaran sus reclamos y para que lucharan por sus derechos”.

«Hasta el final de la guerra civil en 1992, habían sido asesinados más de 20 sacerdotes, el arzobispo, Monseñor Óscar Romero, cuatro religiosas y cientos de catequistas y celebradores de la palabra»

En este contexto cabe recordar el ideal de fraternidad de Rutilio Grande para la Iglesia y el mundo: “Manteles largos, mesa común para todos, taburetes para todos. ¡Y Cristo en medio! Él, que no quitó la vida a nadie, sino que la ofreció por la más noble causa (…) La construcción del Reino, que es la fraternidad de una mesa compartida, la Eucaristía” (homilía del 13 de febrero de 1977 en Apopa).

Una Iglesia cercana, misionera y en salida

El padre Grande había adoptado un enfoque innovador en la formación de los seminaristas. De igual manera, cuando fue asignado a la parroquia de Aguilares invirtió sus energías y esfuerzos en nuevos enfoques para la formación de los hombres y mujeres laicos.

A veces decía: «Ahora no vamos a esperar a los misioneros de fuera. Más bien, debemos ser nuestros propios misioneros». En este empeño, el padre Grande y sus compañeros jesuitas empezaron a visitar a la gente tanto en las comunidades rurales como en las poblaciones urbanas. La cercanía con los campesinos y a sus sufrimientos sería uno de los principales énfasis del trabajo pastoral.

Con el tiempo, su enfoque personal atrajo a la gente a la celebración de la Eucaristía, los sacramentos y el estudio bíblico, lo que dio lugar a una vibrante comunidad de cristianos que participaban activamente en la vida de la parroquia.

Los cuatro beatos: luz para un pueblo en búsqueda

Rodolfo Cardenal afirma que la beatificación de los cuatro mártires sitúa a la Iglesia salvadoreña y latinoamericana en la senda de la Iglesia martirial. “Rutilio Grande está asociado a monseñor Romero. Monseñor Romero no se entiende sin Rutilio Grande. Él y otros sacerdotes trabajaron, prepararon el camino pastoral que después monseñor Romero recorrió y avanzó”, afirmó Cardenal.

«Por otro lado, Rutilio Grande y los otros tres mártires son “un reclamo de verdad y de justicia en un país donde la mentira es estructural, donde hay impunidad y los crímenes de guerra no han sido investigados ni juzgados», subraya el historiador

El aporte más importante de estos mártires afirma Cardenal, es haber estado al lado de los pobres en un momento conflictivo y difícil“Es lo que el Papa Francisco llama ahora la Iglesia en salida, el ir a las fronteras. Ellos fueron a las fronteras”. Este es el sueño del padre Grande, “él quería que la creación fuera compartida por toda la humanidad, que nadie declarara como propio algo que era común a todos (…) promovió la creación de comunidades donde todos tuvieran su espacio”.

Rodolfo Cardenal insiste en que su aporte y experiencia pastoral fue bien importante, así como la idea de consolidar una “pastoral de conjunto” que subraya el ejercicio de un trabajo pastoral en equipo, lo que “el Papa Francisco llama el camino sinodal”. Fue un hombre, añadió, que luchó por una sociedad donde los seres humanos pudieran vivir a plenitud.

La Iglesia salvadoreña se prepara para la celebración de estos cuatro mártires y anhela que se conozca la verdad y se haga justicia.

Padre Cosme, señalado de comunista por defender a los pobres de El Salvador

«El padre Cosme era un hombre que siempre te sonreía, un hombre que no perdía la sonrisa», es lo que recuerdan quienes conocieron al sacerdote italiano Cosme Spessotto, asesinado en 1980 en el municipio salvadoreño de San Juan Nonualco por el Ejército por supuestamente infundir ideas comunistas y por defender a los pobres.

«Desde pequeña ella (mi madre) me traía a la iglesia y mi primer recuerdo del padre Cosme fue que cuando lo veía caminar en el centro (de la iglesia) era un hombre que para mi era un gigante. Dos metros (de estatura), alto, con aquellas grandes manos, la camándula y las grandes sandalias», recordó Yanira Barahona, una mujer que siguió de cerca el trabajo religioso y social del italiano. La mujer también rememoró que el padre Spessotto «era un hombre que siempre te sonreía, un hombre que no perdía la sonrisa (…) le gustaba compartir con los niños y con los jóvenes».

Spessotto, asesinado el 14 de junio de 1980 mientras se encontraba arrodillado en un banco de una iglesia, será beatificado el próximo sábado junto al padre Rutilio Grande, otro mártir de la iglesia Católica junto con san Óscar Arnulfo Romero.

Un italiano que defendió a los pobres salvadoreños

El 18 de octubre de 1953, el padre Spessotto llegó al poblado de San Juan Nonualco -ubicado en la zona central de El Salvador y con una población actual de casi 20.000 habitantes- para ser el segundo párroco de dicha localidad y permaneció en esa localidad 27 años. «Lo recibimos con música y con cohetes (…) sabíamos que venía un sacerdote, pero no sabíamos la calidad de sacerdote que venía, lo que el Señor (Jesús) nos había preparado», comentó a Efe Leopoldo Henríquez, quien era un niño cuando conoció al italiano.

Desde ese año, el padre Spessotto se convirtió en un nuevo guardián de los pobres, fuertemente golpeados por una guerra civil que se cobró la vida de 75.000 personas, la mayoría civiles desarmados. Barahona dijo a Efe que «el padre visitaba a los dueños de las haciendas (donde se recolectaba algodón) y les hacia ver el trato que se le daba a la gente, el sueldo, la comida que se le daba a la gente». «El padre les concientizaba para que se les dieran a las gentes (trabajadores) por lo menos el mínimo de condiciones para su vida y les decía que si eso no cambiaba iba a tener repercusiones sociales graves, no le hicieron caso, no entendieron lo que el padre decía», comentó.

Durante la década de los 70 y 80 los salvadoreños de las zonas rurales del país trabajaban principalmente en la cosecha de café y recolección de algodón y caña de azúcar. Las personas pasaban semanas e incluso meses en grandes haciendas donde pernoctaban mientras era la época alta de dichos cultivos.

El padre Spessotto también «miró por la educación de las mujeres y fue un promotor de derechos humanos», señaló Barahona. «Eso fue (defender los derechos humanos) lo que le trajo mayores problemas (…) trato de dignificar al pobre, de darle un rostro de hijo de Dios y de enseñarle sus derechos», subrayó.

El asesinato

Spessotto fue asesinado por odio a la fe por escuadrones de la muerte de extrema derecha, mientras se encontraba arrodillado en un banco de una iglesia y dos personas, usando pelucas que ocultaban su identidad, entraron y le dispararon con una ametralladora. «Vine corriendo a ver y ya estaba tumbado en el piso sangrando», recordó Henríquez. Dijo que «el pueblo se quedó sorprendido e inquieto» porque ya se habían escuchado casos similares a la muerte del padre italiano, como el asesinato de monseñor Romero.

San Óscar Arnulfo Romero fue asesinado el 24 de marzo de 1980 por un francotirador, hecho que marcó, a juicio de diversos sectores, el comienzo del conflicto armado en El Salvador.

«Fue una experiencia horrible (el asesinato de Spessotto) para el pueblo. Cuando a mí me llegaron a decir no me extrañó porque yo sabía que él apoyaba a sus catequistas y hacía todo lo imposible por defender a su pueblo, y eso lo llevó a la muerte», dijo Henríquez.

Barahona, por su parte, añadió que tanto Rutilio como Spessotto «iban hacia un mismo fin de justicia social, de darle rostro humano al pobre, de defender los derechos del pobre y eso no es comunismo».

Al menos 500 religiosos, entre curas, monjes y laicos, fueron asesinados antes y durante la guerra interna salvadoreña (1980-1992). Entre las víctimas religiosas también están los seis padres jesuitas de la Universidad Centroamericana (UCA), cinco de ellos españoles; tres monjas estadounidenses de la orden Maryknoll; y varios catequistas de las Comunidades Eclesiales de Base. La guerra salvadoreña, que enfrentó al Ejército, financiado por Estados Unidos, y a la entonces guerrilla Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional (FMLN), y también dejó cerca de 8.000 desaparecidos

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